Laika

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El primer mandatario de la Unión de las Repúblicas Soviéticas, Nikita Kruschev, quería que el 3 de noviembre de 1957 su agencia espacial sorprendiera al mundo con un gran lanzamiento espacial; deseaba celebrar así el cuadragésimo aniversario de la Revolución Soviética. Apenas habían transcurrido unos días desde que el brillante ingeniero de la agencia soviética, Serguéi Koroliov, había inaugurado la era espacial con la puesta en órbita del primer satélite construido por el hombre: el Sputnik 1. Estados Unidos se había quedado rezagada en la nueva competición que se abría entre las dos grandes potencias por la conquista del espacio.

La insistencia de Kruschev obligó a los ingenieros de Koroliov a improvisar un nuevo proyecto con el que no contaban. Y en cuestión de unas pocas semanas el Sputnik 2 tomó forma. Los soviéticos decidieron que pondrían en órbita, por primera vez en la historia espacial, un ser vivo: una perra de unos 6 kilogramos de peso. Diseñaron la cápsula del Sputnik 2, que tenía forma cónica con dos metros en la base y 4 de altura, para que alojase 3 compartimentos. En el superior colocarían los detectores de radiación, en el intermedio un transmisor para balizar la posición del satélite y en el inferior: a la perra.

Los rusos no eran los únicos que realizaban experimentos en el espacio con animales. Los primeros fueron los estadounidenses, especializados en preparar a monos para estos menesteres. El 11 de junio de 1948 un simio, Albert, murió a bordo del cohete V2 que alcanzó 63 kilómetros de altura en un vuelo suborbital. Fue el primer primer mono que viajó en un cohete. A continuación lo haría una saga de Albertos (hasta Albert V), que no sobrevivieron a los experimentos por diferentes causas, aunque cruzaron la altura que se considera la frontera en donde comienza el espacio (100 kilómetros), sin entrar en órbita. Pero los estadounidenses, desanimados, en 1957 no estaban muy convencidos de que valía la pena gastar más dinero con los ensayos del profesor Werner von Braun, el padre de las V2 alemanas al servicio del gobierno de aquél país, hasta que el Sputnik 1 conmocionó a la opinión pública del mundo entero.

A los soviéticos les resultaba más fácil entrenar perras que monos. Cuando decidieron poner en órbita uno de estos animales ya habían efectuado experimentos con ellos en vuelos suborbitales. Vladimir Yazdovsky y Oleg Gazenko eran los científicos encargados de entrenar a las perras. Seleccionaron a tres para la misión orbital: Laika, Albina y Mushka. Albina ya había volado antes. Laika era una perra callejera que capturaron en las calles de Moscú. Estos perros estaban acostumbrados a una existencia muy dura: sufrían las inclemencias del tiempo y pasaban hambre. A Laika (Ladradora), la llamaban también con otros nombres: Rizadita, Pequeño Insecto, o Limoncito. El entrenamiento empezaba acostumbrando a la perra a vivir en espacios muy reducidos, como el que tenía que soportar durante la misión espacial. También se las sometía a fuertes aceleraciones, en centrifugadoras, para comprobar que eran capaces de soportarlas.

Días antes del lanzamiento, las perras tuvieron que ser intervenidas quirúrgicamente para que les colocaran sensores debajo de la piel que capaces de captar, en todo momento, su presión arterial, el ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria.

Laika fue la seleccionada para el vuelo orbital. Era una misión de la que se sabía que no regresaría jamás. En la cápsula espacial dispondría de oxígeno, un sistema para eliminar el dióxido de carbono, equipamiento para mantener la temperatura a unos 15 grados, bolsas para los excrementos y la orina, comida abundante en estado gelatinoso y los dispositivos de captura de sus constantes vitales. El espacio físico era muy escaso, hasta el punto de que el animal no podría girar sobre sí mismo. El plan oficial consistía en que, transcurridos unos días, se le practicaría la eutanasia sirviéndole alimentos envenenados.

El 3 de noviembre de 1957 Laika despegó del cosmódromo de Baikonur. El ritmo respiratorio del animal se multiplicó por cuatro y su frecuencia cardíaca pasó de 103 pulsaciones por minuto a 240. Después de 3 horas en estado de ingravidez las pulsaciones de Laika retornaron a su valor inicial. Las variaciones de las constantes vitales y los tiempos de recuperación indicaron que la perra sufrió un nivel de estrés mayor del que acusaba cuando en los ensayos en tierra se veía sometida a las mismas aceleraciones. Las información recibida del satélite indicó que Laika había empezado a comer, pero al cabo de cinco o siete horas el animal dejó de transmitir señales de vida. Un problema de aislamiento térmico en la cápsula fue el responsable de la muerte anticipada de Laika.

Sin embargo, durante muchos años se especuló sobre lo que realmente le había ocurrido a la primera perra astronauta de la Historia. La Unión Soviética, al principio, no lo aclaró. Hasta que en el año 2002 Dimitri Malashenkov explicó, en un Congreso Internacional del Espacio en Houston (Texas), que Laika pereció en la cuarta órbita, debido a temperatura excesiva en el compartimento donde viajaba, ya que no pudieron resolver el problema de refrigeración desde tierra.

A lo largo de 5 meses el Sputnik 2 seguiría describiendo órbitas alrededor de la Tierra hasta el 14 de abril de 1958 día en que, después de la vuelta número 2570, entró en la atmósfera terrestre y se desintegró con los restos de quien fue su tripulante, Laika, a bordo.

 

El general que se cayó del avión: Agustín P. Justo

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Agustín Pedro Justo, primer mandatario argentino, presidiendo un chocolate de primera comunión (1937)

 

El telegrama que llegó al despacho del presidente de la República, en Buenos Aires, decía escuetamente. «Ministro de Guerra perdido en el aire. Alegría». Al señor presidente, Marcelo Torcuato de Alvear, tuvieron que aclararle sus acólitos que el extravío del ministro no provocaba gozo a nadie, sino que el firmante de la misiva era el capitán Victoriano Dionisio Martínez De Alegría, jefe de la escuadrilla de aviones Breguet XIX, a la que se le había despistado el paradero de su jefe: el general Agustín Pedro Justo.

Durante aquellos días, el ministro de Guerra, efectuaba una ronda de inspecciones a varias instalaciones militares. El 12 de abril de 1927 la escuadrilla había despegado de Córdoba, rumbo a La Rioja, con sus cinco (o cuatro) aviones y el ministro sentado en el asiento de atrás del avión de Alegría. Sin embargo, cuando aterrizaron en el destino, Alegría pudo comprobar cómo el asiento que ocupaba su jefe estaba vacío. El general se había perdido en el aire y lo que tenía que haber sido su cinturón de seguridad estaba desabrochado.

Muy pronto se inició una desesperada búsqueda que resultó muy provechosa porque los primeros aviones avistaron al corpulento ministro extendiendo su paracaídas sobre la tierra de la llanura, sin duda, para hacerse ver. Justo les indicó a los pilotos que siguieran volando y que no intentaran aterrizar en aquel lugar.

A las once de la mañana, ya hacía calor, y el ministro tenía sed por lo que decidió refugiarse en la sombra de un algarrobo en vez de agotarse en una inútil caminata. El general estaba algo dolorido, pero se encontraba bien. Durante el vuelo, en uno de los muchos baches que tuvieron que soportar, salió despedido de la cabina. No se había abrochado el cinturón de seguridad deliberadamente porque temió que, en caso necesario, podría confundir ese arnés con el del paracaídas. La cuestión es que el ministro se vio, casi sin darse cuenta, descendiendo en un paracaídas y dando vueltas de un lado a otro hasta que con los brazos tiró de los cabos y consiguió detener el giro. En unos diez minutos más llegó a tierra y al poco tiempo vio pasar a los aviones que lo buscaban.

Al atardecer empezó a caminar en la dirección por donde estimaba que debía pasar la vía del tren. De La Rioja había partido un numeroso grupo de gente con exploradores lugareños y personas con voz potente, voceros, cuya única misión era la de llamar a gritos al general. Entre las estaciones de Patagonia y Punta de los Llanos, que era el tramo en el que se había divisado al ministro, el tren hacía recorridos de ida y vuelta haciendo sonar el silbato. Cuando anocheció se encendieron hogueras a lo largo de la vía y se hicieron corros donde se calentaban los exploradores.

El general advirtió el trasiego y se aproximó a la línea del ferrocarril. Como empezó a sentir frío, trató de protegerse en un lugar próximo a la vía, hasta que vio llegar el tren, con su estruendo, a paso de hombre y subió en uno de los vagones. Allí se encontró con un grupo de sus buscadores que mataba el aburrimiento jugando a las cartas.

Aquel día durmió, lo que le quedaba de noche, en La Rioja adonde lo llevó el tren y la gente lo recibió satisfecha por el rápido desenlace del episodio. Al día siguiente un avión militar lo trasladó a Buenos Aires. Su esposa y el presidente Marcelo de Alvear acudirían a recibirlo.

Esta es una versión de lo que ocurrió pero según otras el capitán Alegría se dio cuenta enseguida de la caída de su pasajero y vio cómo el ministro descendía en paracaídas, unos 40 kilómetros antes de llegar a La Rioja (algo mucho más verosímil). El general perdió el sentido nada más salir de la cabina, el paracaídas se abrió automáticamente y en el momento en que despertó descendía suavemente a tierra. Cayó en un terreno boscoso y encontró unos campesinos que lo llevaron a un rancho donde pudo descansar y luego siguió caminando por las vías del tren hasta que, de madrugada, lo halló el convoy organizado para buscarlo.

Sea como fuera, lo cierto es que el general estuvo perdido algunas horas, hizo que cundiera el pánico en los estamentos oficiales y reapareció triunfante, como un héroe, en Buenos Aires.

Agustín Pedro Justo asumió la presidencia del gobierno argentino el 20 de febrero de 1932. Gran aficionado al fútbol, poco antes de abandonarla, en febrero de 1938, concedió un crédito de un millón y medio de pesos y las autorizaciones urbanísticas necesarias para que Boca construyera su nuevo estadio: La Bombonera.

El general, retirado, murió en 1943 a los 66 años de edad.

Turismo espacial: La vida es una aventura audaz o no es nada (Hellen Keller)

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Image Credit: NASA/ESA/Alexander Gerst

Da una vuelta a la Tierra cada 92 minutos y 52 segundos, a una altura de 412 kilómetros y viaja a 27°743 kilómetros por hora. La Estación Espacial Internacional (ISS) es un laboratorio en el que colaboran la Agencia Espacial Europea (ESA), la estadounidense NASA, y las agencias rusa, japonesa y canadiense de forma directa y otras entidades a través de estas. Desde el año 2000 siempre hay un equipo de astronautas a bordo en sus más de 900 metros cúbicos habitables que tiene en la actualidad. La ISS está considerada como una de las mayores obras de ingeniería de nuestra época.

La Estación no ha servido como habitáculo exclusivo de astronautas de los países que participan en el proyecto, sino que también ha recibido a turistas espaciales. El primero en llegar fue un millonario estadounidense que, según parece, pagó 20 millones de dólares por su billete de ida y vuelta y una estancia de 6 días en el hotel espacial. El 28 de abril de 2001, Dennis Tito inauguró el turismo de aventuras galáctico tres meses antes de cumplir 61 años. Viajó a la Estación Espacial a bordo de una nave rusa Soyuz, a pesar de los intentos de la NASA para bloquear la iniciativa de sus socios. Después de Tito, otros seis turistas han viajado al espacio con estancias cuya duración osciló entre 11 y 15 días y tarifas todas ellas superiores a los 20 millones de dólares. El cuarto turista fue Anousheh Ansari, una estadounidense de origen iraní que, el 18 de septiembre de 2006, se convirtió en la primera mujer en disfrutar de unas vacaciones en el espacio. Estos viajes a la Estación Espacial los comercializa Space Adventures Ltd, una empresa estadounidense radicada en Virginia, que también tiene oficina en Moscú y ha suscrito los correspondientes acuerdos con la agencia espacial rusa. Sin embargo, Rusia paralizó los viajes orbitales en 2010 debido a que en las siguientes misiones los asientos disponibles en la Soyuz estaban todos ocupados por las tripulaciones de astronautas. La agencia tiene previsto reanudar las operaciones turísticas a partir de 2015.
El turismo orbital continuará siendo un lujo al alcance de muy pocos, si es cierto que la agencia espacial rusa continua apoyando esta iniciativa. Pero hay otros proyectos en marcha, algunos bastante avanzados, para que los no astronautas podamos experimentar el viaje espacial.

Sir Richard Branson, el fundador de Virgin Group, creó Virgin Galactic para ofrecer viajes suborbitales a sus clientes. La sociedad lleva unos diez años tratando de desarrollar un vehículo capaz de elevarse hasta 100 kilómetros en el que los pasajeros puedan, al menos durante unos cinco minutos, experimentar la ausencia de gravedad y visitar el espacio que se supone que empieza en esas alturas. El proyecto no está resultando nada fácil. Branson compró la tecnología desarrollada por Burt Rutan y Paul Allen, en 2004, con su SpaceShipOne ─la primera nave no gubernamental en realizar un viaje suborbital a más de 100 kilómetros de altura. Dos de los vuelos de prueba han tenido problemas muy serios y en 2007 una explosión mató a tres de los ingenieros que trabajaban en el proyecto. El precio que se anunció para la excursión, que durará unas 2,5 horas en total con 6 turistas a bordo, fue de 200°000 dólares y la empresa tuvo unas 65°000 solicitudes de viajeros que deseaban ocupar alguna de las 100 primeras plazas. La sociedad ha revisado la tarifa y ahora es de 250°000 dólares lo que no es óbice para que cuente con más de 600 interesados que ya han desembolsado el 100% del precio del billete; entre ellos se encuentran Angelina Jolie, Brad Pitt, Russel Brand, Leonardo DiCaprio y Stephen Hawking. Sin embargo, la nave de Virgin Galactic que tiene que transportar a los turistas espaciales sigue sin estar lista. El propio Richard Branson anunció en abril de 2013 que las Navidades de aquel año viajaría al espacio vestido de Santa Claus, pero la realidad es que el hombre de negocios británico se tuvo que quedar en casa. Durante las últimas pruebas que se han hecho a principios de este año con la lanzadera espacial (SpaceShipTwo) han aparecido una serie de problemas técnicos cuya solución limitarán la altura que podrá alcanzar y su carga de pago. Virgin Galactic ha tenido que reconocer que, de momento, sus pasajeros no podrán alcanzar los míticos 100 kilómetros de altura, aunque se compromete a que superen los 80 km. A principios de este mes de octubre Branson anunció que Scaled Composites, la empresa californiana que está finalizando la nueva versión de la SpaceShipTwo, ha probado en tierra el nuevo motor, los vuelos de prueba se reanudarán enseguida y «las operaciones comerciales empezarán pronto, tal y como vengo diciendo desde hace unos años».

Los viajes espaciales de Virgin Galactic se anuncian como experiencias personales que transforman a los individuos. Según el director de la empresa, George Whitesides: «Es una observación simple, pero hay algo que se denomina efecto de perspectiva, que está científicamente documentado. Cuando la gente va al espacio vuelve con una perspectiva diferente y yo creo que muchos de los retos a los que nos vamos a enfrentar durante el próximo siglo son esencialmente retos planetarios que para resolverlos necesitamos tener una perspectiva planetaria». Whitesides espera que miles de personas vuelen al espacio en un futuro próximo y que ellos nos traigan esa visión imprescindible para afrontar los desafíos que se le plantean a nuestra sociedad. Y, según él, esa es la razón por la que el trabajo de Galactic es tan importante para el devenir del mundo y de la humanidad. Whitesides, antes de dirigir la empresa de sir Richard Branson, fue uno de los turistas que reservó un billete espacial, en 2005, junto con su esposa, para celebrar la luna de miel en las alturas.

Virgin Galactic no es la única empresa que vende viajes suborbitales. XCOR Aerospace con instalaciones en el desierto del Mojave, California, y en Midland, Texas, ha desarrollado una aeronave, Lynx, capaz de transportar al piloto y un pasajero a más de 100 kilómetros de altura. Mientras que Virgin ofrece una cabina de pasajeros muy amplia en donde los turistas pueden moverse con cierta libertad el espacio de Lynx es más reducido. El precio del viaje ronda los 100°000 dólares y la empresa, al igual que la Virgin Galactic, cuenta con una importante cartera de clientes que han abonado sus reservas. También está previsto que las operaciones comerciales se inicien a principios del próximo año 2015.

Hasta ahora, la exploración espacial ha sido un asunto reservado a las organizaciones empresariales con la salvedad de las ventas de unas pocas plazas turísticas, que la agencia espacial rusa ha hecho posible, para visitar la Estación Espacial Internacional. Sir Richard Branson lleva cerca de diez años tratando de poner en servicio una lanzadera espacial que permita a los turistas experimentar las condiciones de ingravidez durante unos cinco minutos y les ofrezca la visión de la Tierra desde el espacio. Según su director general, Whitesides, será una experiencia capaz de transformar el mundo. Una experiencia para gente que pueda pagar un cuarto de millón de dólares, además de gozar de unas excelentes condiciones físicas. Parece que hay decenas de millares de personas en este planeta con esas características, que están ansiosos por experimentar el vuelo espacial. Si alguna vez el SpaceShipTwo es capaz de resolver sus muchos problemas, quizá este tipo de turismo se convierta en un negocio extraordinario y otros transportistas copien la idea. Sin duda, el producto se abaratará y será accesible para economías holgadas, pero más modestas. Lo cierto es que las expediciones espaciales financiadas por la iniciativa privada pueden tener un desarrollo que hasta hace muy poco tiempo era impensable y dar un vuelco inesperado a la carrera del espacio que hasta la fecha ha tenido en el llamado “orgullo nacional” su principal móvil. De momento, una compañía (Orbital Technologies) también rusa, anuncia una Estación Espacial Comercial ─similar a la Estación Espacial Internacional─ en la que sus huéspedes podrán pasar varios días disfrutando de excelentes manjares, grandes camas horizontales o verticales, y observando la Tierra, su lugar de origen, a través de unas generosas escotillas. El precio rondaría el millón de dólares para una estancia de una semana.

El primer turista espacial, Dennis Tito, anunció en febrero de 2013 su intención de organizar un viaje para una pareja madura que, tras despegar de la Tierra en 2018 (o quizá 2021) darían la vuelta a Marte y después de más de 500 días de vuelo, regresarían a nuestro planeta. La financiación del proyecto sería privada: «Es una misión filantrópica. Cuando esta misión finalice yo no terminaré con una empresa, de hecho terminaré más pobre». Sin embargo, este año ya ha anunciado que la iniciativa debería organizarse mediante una colaboración público-privada y ha solicitado el apoyo de la NASA. Para Dennis Tito, el móvil principal sigue siendo la inspiración y uno de sus colaboradores parafraseó a Hellen Keller durante la presentación del proyecto: «La vida o es aventura o no es nada».

Quizás, la aventura espacial de carácter privado más ambiciosa sea Mars One, cuyo objetivo es establecer la presencia de seres humanos, de forma permanente, en el planeta Marte, a partir de 2024. Para los primeros colonos será un viaje sin retorno. Los organizadores ya han preseleccionado un primer grupo de más de 800 individuos que se han presentado como voluntarios. La financiación de la iniciativa será la publicidad del gran espectáculo que supondrá todo lo relacionado con este extraordinario evento y la venta de objetos promocionales. Los organizadores no dejan de apelar a la épica y los sentimientos de grandeza para justificar la aventura.

Perspectiva, inspiración, grandeza…y negocio, porque también parece ser que la aventura sin dinero no es aventura.

Volar debajo del agua. Submarinos supersónicos.

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A finales del pasado mes de agosto una noticia publicada en el South China Morning Post activó las alarmas de los observadores militares occidentales y reavivó la curiosidad de los técnicos por un asunto del que, desde hacía tiempo, ya casi no se hablaba; para el público en general las declaraciones de los científicos chinos pasarían desapercibidas. Sin embargo, se trata de una tecnología que puede cambiar por completo el transporte aéreo de largo recorrido que, en vez de efectuarse a 10°000 metros de altura, se llevaría a cabo debajo del agua.

Los profesores Wang Guoyu y Li Fengchen, del Instituto Harbin, hicieron declaraciones a la prensa y dijeron que la tecnología que estaban desarrollando no tenía aplicaciones exclusivamente militares sino que podía emplearse para construir submarinos para transportar pasajeros a muy alta velocidad e incluso para fabricar chaquetas especiales para nadadores. El Insituto Harbin trabaja en el desarrollo de tecnologías para controlar el uso de un fenómeno que se llama ̕supercavitación̕.

Según el teorema del famoso científico suizo, Gabriel Bernoulli, en una corriente de un fluido existe una relación entre la presión y la velocidad, de forma que al aumentar la velocidad disminuye la presión. Cuando un sólido se mueve con rapidez dentro del agua, puede ocurrir que ─al aumentar tanto la velocidad en algunos puntos─ la presión del fluido disminuya hasta el punto de que el líquido se evapore en ese lugar. Este fenómeno se denomina cavitación. Es algo bien conocido y que ocurre con frecuencia en las hélices marinas con un efecto poco deseable para el material que se desgasta, sobre todo debido a las ondas de choque que se producen cuando el vapor vuelve a condensarse. Durante la época de la Guerra Fría (1960-70), la Unión Soviética diseñó una clase de torpedos, los Shkval, que estrenarían el uso beneficioso de la cavitación. Estos torpedos eran capaces de producir una burbuja de vapor de agua que los envolvía por completo; en estas condiciones, los Shkval viajaban en el interior de un gas, el rozamiento disminuía drásticamente y el torpedo podía alcanzar velocidades de unos 360 km/h (kilómetros por hora), o incluso más. En esas condiciones no era fácil controlarlo y su recorrido estaba limitado a unos 10 km (kilómetros). Las últimas versiones de los Shkval lograron alcances de más de 100 km y velocidades muy elevadas, aunque los datos reales no se conocen con mucha exactitud ya que los experimentos eran secretos. Los problemas que plantea esta tecnología para el desarrollo de su uso práctico son, en primer lugar, el control y en segundo, la propulsión. Es difícil lograr una burbuja uniforme y la falta de homogeneidad, en el fluido que rodea el cuerpo del móvil, hace que las variaciones de la fuerza de rozamiento provoquen movimientos indeseables en el vehículo. De otra parte, cualquier timón de control que salga de la burbuja para adentrarse en la corriente del fluido, está sometido a unas fuerzas de fricción muy elevadas. En cuanto a la propulsión, se necesitan motores cohete de larga duración.

Los científicos del Instituto Harbin hicieron público, el pasado mes de agosto, que en sus experimentos habían combinado con éxito las tecnologías de membrana líquida con la supercavitación. Al parecer, durante la fase inicial, utilizan líquidos especiales para bañar la superficie del móvil, disminuir la resistencia y aumentar así la velocidad hasta alcanzar unos 75 km/h y conseguir que se produzca el fenómeno de la cavitación.

Muchos observadores occidentales son bastante escépticos con respecto a las declaraciones de los técnicos chinos y más todavía por el hecho de haberse tomado la libertad de evacuarlas. En el contexto de un proyecto avanzado y secreto que estuviera produciendo resultados aplicables a corto plazo, no parece que pudieran tener lugar. Los chinos no son los únicos que trabajan en este campo de la ciencia, la Universidad de Minnesota DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) y otros centros en Estados Unidos, así como los de otros países (Irán, Alemania y Rusia) cuentan con equipos trabajando en este asunto.

El Instituto de Tecnología de California realizó un estudio en 2001, según el cual, con esta tecnología, un submarino podría moverse más rápido que el sonido debajo del agua, que es de 1482 metros por segundo (5335 km/h), con lo que sería capaz de viajar de Shangai a San Francisco en unos 100 minutos.

Imagino que alguien se habrá hecho una sencilla pregunta: ¿y por qué hay que meterse debajo del agua para rodearse de aire y correr más? Los aviones ya vuelan rodeados de aire. Así es, pero los aviones no flotan en el aire, para equilibrar su peso hay que generar una fuerza aerodinámica que tiene una componente hacia atrás, que se opone al movimiento de la aeronave.

Quizá no ocurra tan pronto como anticipan los técnicos chinos, pero da la impresión de que las futuras aeronaves transoceánicas viajarán por debajo del agua y serán mucho más rápidas, grandes y confortables, que los aviones que hoy realizan esas rutas.

 

El gran salto de un alférez desconocido.

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El 3 de septiembre de 1951 al amanecer, Neil, un alférez de la Marina que había cumplido 21 años cuatro semanas antes, subía a bordo de su avión de caza, Panther, en el portaaviones USS Essex. Su capitán le ayudó a ponerse los cinturones de seguridad y verificó que la máscara de oxígeno, el arnés del paracaídas, la radio y la balsa salvavidas, estaban en perfectas condiciones.

La tripulación de cubierta llevó al Panther a la catapulta y el alférez se preparó para empujar la palanca de gases. El oficial de lanzamiento alzó un dedo. Neil adelantó la palanca y el motor hizo un ruido ensordecedor, cuando el oficial levantó el otro dedo la llevó hasta el máximo y entonces el oficial en la cubierta bajó la mano. La catapulta se disparó e impulsó al Panther con una aceleración que dobló el peso del alférez cuyo cuerpo se aplastó contra el asiento y los labios se le agrandaron.

Minutos después Neil flotaba en el aire y vio cómo el sol se asomaba por el horizonte extendiendo sus rayos sobre el mar. Enseguida apareció la impresionante cima del monte Fuji sobre las nubes; la proximidad de aquella imagen significaba que muy pronto llegarían a las montañas de la costa coreana. Allí les esperaban las baterías antiaéreas.

Cuando cruzaron la línea de tierra el líder de su grupo hizo que se lanzaran en picados cortos para confundir a la artillería enemiga hasta que llegaron al objetivo. Volando muy bajo descargaron las bombas de 250 kilogramos a la vez que hacían fuego con las ametralladoras. La primera pasada dejó el puente en pie y el líder de su escuadrón decidió atacar de nuevo. En el segundo ataque, Neil pudo ver cómo los pilares del puente se retorcían y la estructura se convirtió en un inservible amasijo de hierros al recibir el impacto de las bombas.

Neil tiró de la palanca de control para subir, y entonces se dio cuenta de que iba derecho contra un cable defensivo tensado de una cima a otra en la montaña. El alférez sabía que, si lo golpeaba, el cable rebanaría a su Panther con la misma facilidad que un afilado cuchillo corta un plátano. Apenas tuvo tiempo para reaccionar y en el terrible impacto con la defensa enemiga se dejó la mitad de un ala. Volaba a 500 pies de altura y su velocidad era de unos 350 nudos. De pronto se agrandó el suelo, Neil pensó que iba derecho a descalabrarse contra aquella tierra verde de las riberas y reaccionó muy deprisa. Trató de compensar con los alerones la pérdida de la mitad del ala de estribor para estabilizar el avión y empezar a ganar altura otra vez. Su Phanter volaba a pocos metros del suelo. Lo consiguió, el avión levantó el morro y el paisaje dejó de ser verde para colorearse de azul con manchas blancas; el respaldo se había inclinado hacia atrás.

Se puso en contacto con su líder por radio, para informarle de lo que le había ocurrido y que tendría que efectuar un aterrizaje a gran velocidad en el portaaviones. Neil estimó que a no menos de 170 millas por hora. Si bajaba de esa velocidad no podría mantener estabilizado el avión. Imposible. Igual de imposible que aterrizar sobre la cubierta del portaaviones tan rápido. No había otra solución que la de saltar del avión utilizando el mecanismo de eyección. El líder le dijo que eso era lo que tenía que hacer.

Volaban hacia el sur, pero aún estaban sobre territorio enemigo. El líder lo acompañaría hasta el aeródromo K-3 de Pohang. En aquella zona, controlada por su Ejército, se eyectaría desde una altura de 14°000 pies.

Neil empezó a repasar mentalmente el procedimiento. Era una operación muy peligrosa porque la catapulta lo había lanzado del portaaviones con una aceleración de 2 g, es decir, dos veces su propio peso. Esa fue la sensación que había sentido en la espalda aquella mañana al despegar del USS Essex. Ahora, al abandonar la cabina tendría que soportar una aceleración de 22 g, o con suerte algo menos. Las vértebras sufrirían una carga terrible y el exterior lo recibiría con un viento huracanado de más de 200 kilómetros por hora. Tenía que colocar bien sus hombros, los brazos y las piernas, para evitar sufrir daños y era imprescindible que la eyección se produjera con el avión en la posición correcta. Neil supo cómo era el horror que todos los pilotos temen al imaginar que quizá alguna vez se pueden ver obligados a pasar por aquel trauma.

Siguieron volando hacia el sur, uno al lado de otro: el líder y el alférez. Sobrevolaron varios poblados en Corea del Norte y desde algunos pudieron ver la humareda de los disparos con que los recibieron, pero Neil estaba concentrado en lo suyo y repasaba mentalmente una y otra vez el procedimiento de eyección.

Cuando llegaron a Pohang el líder le dijo que estabilizara el avión a 250 millas por hora. Era la velocidad correcta.

Tiró de los cabos. La aceleración hizo que se sintiera reducido a una pequeña pelota al tiempo que notaba como ascendía a gran velocidad montado en el asiento. Se abrió un paracaídas, el ruido del viento fue acallándose y notó un fortísimo dolor en la rabadilla. La terrible aceleración abandonó su cuerpo; se sintió flotando en el aire, ligero. Entonces se liberó del arnés para echarse hacia adelante y saltar al vacío. Contó hasta cinco, despacio, antes de tirar de la anilla de su paracaídas que se abrió suavemente. Cuando pudo verlo, blanco y grande, sobre su cabeza, a la vez que caía despacio hacia el verde desde el cielo tan azul, Neil se sintió feliz.

Una vez en tierra, los militares del aeródromo se ocuparon de él.

Nadie sabía entonces que aquél hombre llegado del cielo se llamaba Neil Armstrong y, pocos años más tarde, se convertiría en el primer espécimen del género humano que pisó la Luna.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

El Triángulo de las Bermudas. Vuelo 19, desaparecido.

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El almirante vio lumbre desde el castillo de popa: «pero fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuera tierra; pero llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey e díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y vídola; díjole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después que el Almirante lo dijo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos parecía ser indicio de tierra» (jueves 11 de octubre de 1492, Cristóbal Colón Viajes y Testamento). Al día siguiente, el almirante y su tripulación descubrieron las tierras de América.

Los analistas coinciden en que ‘la candelilla de cera que se alzaba y levantaba’ era una luz que no podía venir del islote de Guanahani adonde arribarían poco después los marineros españoles. Es posible que se tratara de una luz a bordo de la canoa de algún indio pescando, pero las condiciones meteorológicas eran muy malas y no parece probable que nadie se atreviese a salir a la mar esa noche. Algunos han tratado de asociar aquella visión nocturna del almirante con los extraños fenómenos que, de acuerdo con determinadas fuentes, ocurren en los mares del ‘Triángulo de las Bermudas’. Con sus tres vértices en Bermudas, Puerto Rico y Miami ─aunque no todas las versiones le asignan las mismas fronteras─ según una leyenda muy extendida, este triángulo ha sido el protagonista de misteriosas desapariciones de aviones y barcos y extraños avistamientos observados por sus visitantes. Y, de acuerdo con esta teoría, don Cristóbal sería el primer marino de Occidente en recibir el aviso del peligro que encerraban esos mares caribeños.

La desaparición de cinco aviones torpederos de bombardeo Avenger con sus 14 tripulantes y un aeroplano de rescate, Mariner, con 13 tripulantes a bordo, el 5 de diciembre de 1945, es el episodio central que alimenta la leyenda del Triángulo de las Bermudas. Los torpederos despegaron de la base aérea naval de Fort Lauderdale en Florida a las 2:10 p.m.; era el vuelo 19 y se trataba de una misión rutinaria de entrenamiento de unas tres horas de duración bajo las órdenes del teniente Charles Taylor. La misión consistía en efectuar un simulacro de bombardeo al sur de la isla Bimini, continuar navegando unas 67 millas hacia el este, después virar hacia el norte, seguir arrumbados 73 millas y regresar a la base. Las condiciones meteorológicas eran buenas, los aviones habían sido revisados antes de salir, llevaban todo el equipo de salvamento y los aparatos y sistemas funcionaban correctamente cuando despegaron, con los tanques de combustible llenos.

La primera parte de la misión la dirigió uno de los pilotos de Taylor, pero en el segundo tramo el teniente volvió a tomar el mando porque pensó que sus alumnos los llevaban en una dirección equivocada. Las brújulas de los aviones dejaron de funcionar y el tiempo empeoró. En un momento determinado, Taylor debió de pensar que estaban sobre los Cayos de Florida y se dirigió hacia el noreste cuando es probable que se encontrara sobre las Bahamas. Las últimas comunicaciones vía radio con el vuelo 19 únicamente servirían para confirmar la desorientación de los pilotos del escuadrón y las pésimas condiciones meteorológicas en las que navegaban. A las 7:30 p.m. despegó un avión Mariner de rescate, con una tripulación de 13 personas a bordo. Nada más abandonar la base el avión comunicó a la torre de control que todo iba bien, pero aquel sería el último contacto con la aeronave. Un petrolero que navegaba cerca de la costa de Florida dijo haber visto una gran bola de fuego en el aire por lo que lo más probable es que el avión de rescate estallara en pleno vuelo. Los Mariner habían tenido accidentes de este tipo, con los depósitos de combustible completamente llenos, debidos a incendios provocados por fugas en los tanques.

Centenares de barcos y aeronaves participarían en la búsqueda de los 6 aviones y 27 tripulantes, de los que no se consiguió localizar el menor rastro a pesar de que la operación cubrió unos 200°000 kilómetros cuadrados de océano, islas, el Golfo de México y zonas del interior de Florida.

La alteración que sufrieron los instrumentos del vuelo 19 y la completa desaparición de todas las aeronaves y sus tripulaciones, de las que no pudo hallarse ningún resto han contribuido a alimentar todo tipo de especulaciones sobre el Triángulo de las Bermudas. Base de naves alienígenas, lugar en el que se alteran los campos magnético y gravitatorio debido a la presencia de cuerpos extraños, o simplemente un sitio en donde ocurren fenómenos desconocidos, son algunos de los argumentos con los que se trata de explicar el desenlace de los Avenger de 1945 y otros muchos accidentes de los que se tiene noticia, al menos desde el año 1840. Otra singularidad de estas aguas, que también descubriría Colón durante su primer viaje, es una vasta extensión de 3,5 millones de kilómetros cuadrados en la que flotan algas formando praderas que causaron horror a los marinos los siglos XVII-XVIII: el mar de los Sargazos. Algo, sin embargo, que a don Cristóbal le produjo cierta alegría: «Aquí comenzaron a ver muchas manadas de hierba muy verde que poco había, según le parecía, que se había despegado de la tierra, por lo cual todos juzgaban que estaba cerca de alguna isla» (domingo 16 de septiembre de 1492, Cristóbal Colón Viajes y Testamento).

Por todo lo anterior no es de extrañar que el periodista E.V.W. Jones se refiriese a este lugar del planeta, en 1951, con el nombre de ‘Triángulo del Diablo̕. Sin embargo, la designación de ̕Triángulo de las Bermudas’ se la dio por primera vez otro escritor, Vincent Gladis, en un artículo que publicó en 1964. Pero estos mares caribeños no alcanzaron fama universal hasta que Charles Berlitz publicó su libro El Triángulo de las Bermudas, en 1974, en el que hace inventario de los extraños sucesos que han ocurrido en sus aguas y que muy pronto se convertiría en un «best seller».

Tres años después, en 1977, Larry Kusche demostró que algunas tragedias que se le atribuyen al lugar son falsas ─nunca sucedieron─ y otras han ocurrido fuera de su territorio. La realidad es que esos mares están muy concurridos, el tráfico marítimo y aéreo de todo tipo de buques y aeronaves es intenso, la meteorología a veces es muy mala y no parece que, dadas las circunstancias, sea un lugar en el que proporcionalmente ocurran más accidentes que en otros sitios. Al menos, las compañías de seguros no exigen una prima especial para transitarlos y ese detalle es muy significativo.

No es necesario recurrir a los alienígenas ni a conceptos físicos desconocidos para explicar sucesos que han ocurrido y no sabemos por qué. Es posible que jamás alcancemos a saber lo que pasó, pero lo que sí sabemos es qué pudo pasar (sin necesidad de que intervinieran los marcianos).

En relación con el episodio central del ‘Tríangulo̕, la desaparición de los aviones de la Marina estadounidense a finales de 1945, una pareja de sabuesos aeronáuticos piensan que han dado con la pista que puede llevar al esclarecimiento del misterioso asunto. John Myhre, un antiguo controlador del aeropuerto de Palm Beach, y Andy Marocco, un californiano dedicado a los negocios, creen haber encontrado el avión del teniente Taylor. Marocco halló, en un informe de 500 páginas de la Marina, que el portaviones USS Solomons desde la costa de Daytona Beach, detectó la señal de cuatro o seis aviones no identificados sobre Florida del Norte, a unas 20 millas al noroeste de Flagler Beach a las 7:00 p.m. del 5 de diciembre de 1945. Los aviones volaban a unos 4000 pies de altura, a 135 millas por hora y con un rumbo de aguja de 170 grados.

En 1989 se descubrieron los restos de un Avenger-3, el mismo modelo que volaba el teniente Charles Taylor, en el humeral de las Everglades. El hallazgo se hizo desde un helicóptero del sheriff del condado de Broward. En un principio se descartó que se tratara de un avión del vuelo 19 porque estaba muy lejos del lugar en donde se suponía que se encontraba el escuadrón la última vez que mantuvo contacto vía radio con las estaciones de tierra. Entonces, el propio Myhre descartó que el aparato perteneciera al vuelo 19. Sin embargo, al descubrir las trazas radar del portaviones, el rumbo, la velocidad y la altura del Avenger del teniente Taylor, los dos sabuesos calcularon el punto donde debió caer el avión y comprobaron que tuvo que ser en las Everglades, justo en el lugar donde se encontró el avión en 1989. A lo que añadirían que, tras una búsqueda intensiva en internet, encontraron una fotografía del lugar del accidente en la que se podía ver un tacón de goma que se correspondía con un zapato cuya talla coincidía con la que debía usar el teniente Taylor. Los dos investigadores concluyeron que el avión descubierto en 1989 era el suyo. El problema es que ahora no encuentran restos del accidente; han desaparecido, la gente que visita la zona se los ha ido llevando como recuerdos.

Es posible que Myhre y Marocco lleguen a validar su teoría, o quizá no, pero hay otras causas por las que pueden ocurrir desapariciones, aparentemente misteriosas, sin tener que recurrir a los extraterrestres. La más simple de todas ellas es la meteorología ya que, en la zona que nos ocupa, se producen tormentas muy violentas con fuertes ráfagas de viento y gran aparato eléctrico cuyos campos electromagnéticos, en ciertas condiciones, pueden afectar los sistemas de navegación a bordo.

Menos corrientes son las burbujas de hidratos de metano que se forman en el fondo del mar y al emerger a la superficie o a la atmósfera producen una disminución muy grande de la densidad del agua o del aire. En Australia se han efectuado experimentos con modelos de barco de los que se deduce que una de estas burbujas, suficientemente grande, puede mandar a pique a un barco de gran tamaño. Lo mismo ocurriría con cualquier aeronave, inmersa en una burbuja de metano. El avión caería, al perder sustentación, al mismo tiempo que en cabina los altímetros estarían señalando un ascenso de la aeronave debido a la menor densidad del metano. La falta de oxígeno podría hacer que los motores se apagasen. Sin embargo, los estudios sobre este tipo de fenómenos parecen indicar que en el Caribe, al menos durante los últimos 15°000 años, no se han producido.

Muy poco frecuentes, y solo afectan a los buques, son las super-olas, olas gigantes de unos 30 metros, como la que hizo volcar, en 1981, la mayor plataforma del mundo: la Ocean Ranger.; sus 84 tripulantes murieron a causa del accidente. Nadie sabe por qué, ni cómo se forman. Cada vez más, se cree que esas olas son responsables de la completa desaparición de grandes buques de los que se perdió para siempre el contacto sin ningún motivo aparente.

La realidad es tan fantástica que acostumbra a superar a la fantasía. No es preciso inventarse el mundo para un pedazo del mundo como es el Triángulo de las Bermudas; el que ya tenemos puede explicar todo lo que allí ha ocurrido y mucho más.

La lucha por el espacio en las clases económicas

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Para los pasajeros aéreos clientes de la llamada “clase económica”, la experiencia del vuelo dista mucho de transcurrir en un ambiente como el que publicita Air New Zealand en el programa 777-300 (“clase de negocio”). Por el contrario, el abaratamiento de las tarifas ha dado origen a espacios de cabina muy hacinados. El pitch (distancia entre asientos), suele expresarse en pulgadas y es de 31 pulgadas en las cabinas de vuelo de clase económica, en casi todas las líneas aéreas. Los pasajeros europeos, sin saber cuántos centímetros son 31 pulgadas, descubren que son muy pocos para guardar las piernas. Hay aerolíneas que han reducido el pitch a 28 pulgadas: una distancia harto incómoda hasta para personas de baja estatura. Para dotar de confort a los pasajeros debería rondar las 37 pulgadas, pero eso ya pertenece a la época de las aerolíneas de bandera o a las cabinas de las clases superiores, con tarifas mucho más caras, como la que publicita New Zealand.

Los tubos de los aviones comerciales se han convertido en lugares abarrotados de gente, sitios en donde las personas han empezado a dar muestras de que no disponen del espacio vital necesario. Hace once años Ira Goldman inventó un artilugio, el Knee Defender (Defensor de Rodillas), que se coloca en los soportes de la mesa plegable ─situada en el respaldo del asiento delantero─ y lo bloquea, impidiendo que se pueda reclinar. Fue, quizá, el primer invento para dotar a los pasajeros con un arma protectora de su intimidad, que impide que el asiento delantero se le venga encima, ocupando parte del escaso espacio que le concede la línea aérea durante el vuelo. El invento se vende con una nota de cortesía para el pasajero de delante en la que se le advierte de que el de detrás va a utilizar el sistema de blocaje, explicaciones de por qué lo hace, y una recomendación de que cualquier reclamación la dirija a la compañía aérea directamente; es la línea aérea la responsable de suministrar el espacio necesario para que los asientos puedan reclinarse sin invadir a otros pasajeros. El precio del engendro es de 21,95 dólares y, hasta hace muy poco, se ha venido utilizando por algunos viajeros sin que se originase ningún escándalo.

Hasta ahora, las inevitables peleas en las cabinas por el espacio disponible no han causado mayores trastornos a los viajeros. Sin embargo, del 24 de agosto al 2 de septiembre, de este año, en tres ocasiones, la disputas entre pasajeros por el espacio de a bordo, han causado trastornos importantes en tres vuelos en los que sus comandantes se han visto obligados a desviarse de la ruta y hacer una escala que no estaba programada.

Todo empezó un domingo, el 24 agosto de 2014, cuando en un vuelo de United de Newark a Denver, una señora intentó reclinar su asiento y descubrió que estaba bloqueado por su vecino de atrás. Los dos viajeros se embroncaron y la señora llamó a la azafata que trató de convencer al dueño del dispositivo que permitiera que la dama hiciese uso del mecanismo reclinatorio. El testarudo caballero se opuso a concederle el privilegio a la señora. En un momento, en el que la discusión se había calentado bastante, la pasajera le arrojó un vaso de agua al dueño del Knee Defender. La pelea continuó a bordo hasta que el comandante decidió aterrizar en Chicago y dejar en tierra a los dos pasajeros sin denunciarlos, porque consideró que se trataba de un asunto relacionado con la atención a sus clientes.

Tres días después, Edmund Alexandre, un pasajero del vuelo de American Airlines de Miami a París, mantuvo otro episodio violento a bordo cuando la señora del asiento delantero trató de reclinarlo. Una azafata acudió con la intención de tranquilizarlo y cuando se fue, Alexandre la siguió para asirla del brazo. Dos agentes federales, que viajaban de incógnito, lo esposaron. El avión aterrizó en Boston para dejar en tierra al pasajero, que fue arrestado por la policía.

El 1 de septiembre, en un vuelo de Delta Air Lines de La Guardia (Nueva York) a West Palm Beach (Florida), una de los pasajeros ─Amy Fine, de 32 años─ se había apoyado en la mesa plegable para dormir cuando la señora de delante reclinó el asiento. Al hacerlo golpeó a Amy en la cabeza y la joven protestó desairada. La discusión subió de tono y las azafatas consideraron que Amy se comportó con excesiva agresividad. La joven exigió que el avión la dejara en tierra inmediatamente y el comandante aterrizó en Jacksonville para entregar a la pasajera a la policía. Amy se excusaría diciendo que acababa de perder a dos perros y estaba muy sensible.

Que en tan poco tiempo se hayan producido tres incidentes graves relacionados con la inclinación de los asientos en los aviones ha hecho que saltaran las alarmas de las líneas aéreas. Muchas compañías han prohibido el uso del Knee Defender, pero esto no resuelve el problema. Los comentaristas ironizan con las soluciones que tienen previstas las aerolíneas para aumentar el espacio en las cabinas de clase económica: contratar personal de vuelo más pequeñito, agrandar las bolsas de mareo y adelgazar los asientos; así la cabina parecerá más grande.

Según una encuesta, llevada a cabo por FiveThirtyEight del 29 al 30 de agosto de este año a 874 pasajeros, las tres principales causas de incomodidad a bordo son: presencia de niños maleducados (82%), que te despierte el vecino para salir del asiento a estirar las piernas (73%) y que el pasajero de delante recline el asiento (41%). A pesar de todo, el 70% de los encuestados no eliminarían esta opción de los aviones y el 64% afirma que no debe reclinarse sin consentimiento del pasajero de atrás.

En la encuesta, los viajeros también muestran su preocupación por el dominio de los brazos de los asientos. La mayoría piensan que hay que compartirlos, aunque un 10% de encuestados opina que pertenecen al pasajero que los ocupe antes y un 14% cree que, en filas de 3 asientos, los brazos del central debe disfrutarlos el pasajero que ocupa esa posición. Hasta el control de la cortina de la ventanilla es motivo de debate: el 58% opina que todos los pasajeros de la fila tienen derecho a decidir cómo hay que colocarla.

El profesor Ronald Oldfield, de la Case Western Reserve University, publicó un estudio en 2011 en el que concluía que los peces que viven en peceras de tamaño reducido, como la mayoría de las que hay en las casas particulares, se vuelven agresivos. Una conclusión que impresionó a los estadounidenses amantes de los peces ya que en su país hay más de 180 millones de estos animales encerrados en pequeñas vasijas domésticas. En 2013 más de tres mil millones de pasajeros utilizaron el avión en todo el mundo. Pudiera ser que haya llegado el momento en que las autoridades aeronáuticas, que otorgan los certificados de aeronavegabilidad y las licencias a los operadores, se ocupen también de este asunto para evitar que, como los peces, los pasajeros se vuelvan agresivos.

Aviación y nubes de cenizas volcánicas

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Bárdarbunga es un nombre mucho más sencillo de pronunciar que Eyjafjallajökull, aunque los dos signifiquen a efectos prácticos lo mismo: son dos volcanes islandeses. El segundo se hizo famoso el año 2010 y esperemos que el primero continúe en un discreto segundo plano, en cuanto a popularidad se refiere. Bárdarbunga está mostrando signos de actividad, desde hace un mes aproximadamente y los vulcanólogos lo observan con mucha atención. Nadie se olvida de que Eyjafjallajökull puso en jaque a todo el transporte aéreo europeo, durante una docena de días, hace cuatro años.

Las erupciones volcánicas siempre han sido un motivo de preocupación para los hombres. En el año 79 a.C. la ciudad romana de Pompeya quedó sepultada bajo una capa de 25 metros de material volcánico. Quizá la mayoría de sus 15◦000 habitantes ya habían huido de la ciudad cuando la gran erupción del Vesubio la hundió en un mar de lava. Pero la mayor erupción volcánica de la Edad Moderna fue la del Tambora en Indonesia, en 1815, que causó la muerte directa de unas 12◦000 personas. A causa de las enfermedades y la hambruna motivada por la pérdida de las cosechas agrícolas en la región, el fenómeno sería el causante de la muerte de otras 60◦000 personas. El efecto de la erupción sobre la atmósfera terrestre fue muy acusado a escala global y 1816 pasaría a la historia como el año en el que el hemisferio norte no tuvo verano; su agricultura también se vio afectada y el hambre y las epidemias se extendieron por todo el planeta. Alguna vez la gente pensó que la mejor forma de librarse de estos incidentes era la de tomar un avión; incluso yo mismo, recuerdo cierta sensación de alivio al observar, desde la ventanilla del aeroplano que me traía de vuelta a Madrid, la humareda del Etna nada más despegar de Catania. Justo el día anterior había descubierto que de la cima del volcán surgía una hebra oscura mientras conducía por la carretera de Palermo a Catania y aquello no me pareció un buen presagio. Escapar de las iras de un volcán enfurecido es un alivio, siempre y cuando la aeronave no se tropiece en pleno vuelo con una nube de cenizas suyas.

El 24 de junio de 1982 el volcán Galunggung, que se encuentra a unos 180 kilómetros al sureste de Yakarta (Indonesia), lanzó una nube, de tamaño insignificante en comparación con la del Tambora. Un avión Boeing 747 de la British Airways (vuelo BA-9) que hacía la ruta de Londres a Auckland (Nueva Zelanda), se topó con la perturbación atmosférica y sus cuatro motores dejaron de funcionar. La frase con que el comandante, Eric Moody, notificó a sus 248 pasajeros y 15 tripulantes el incidente forma parte de la historia aeronáutica del pasado siglo:

«Señoras y señores, les habla el comandante. Tenemos un pequeño problema. Los cuatro motores se han parado. Estamos haciendo todo lo que podemos para ponerlos en marcha otra vez. Confío en que no se angustien demasiado.»

El radar de la aeronave no pudo detectar la fina arena volcánica de la erupción y el avión entró en la nube sin que la tripulación se diera cuenta; la temperatura del interior de los motores fundió el árido que obturó los conductos interiores en las cámaras de combustión. Además, la arena produjo abrasión en partes del fuselaje y en las ventanillas frontales de la cabina. Algunos pasajeros pudieron contemplar cómo la aeronave desprendía destellos, como fuegos de San Telmo, y se convirtió en una luciérnaga aérea de proporciones gigantescas.

Desde los 11◦000 metros de altura, a la que se encontraba el 747, hasta el suelo, el avión podía recorrer unos 165 kilómetros ya que su tasa de descenso en planeo es del orden de 15 metros de recorrido horizontal por cada metro de disminución de altura. El comandante decidió dirigirse hacia el aeropuerto de Yakarta para tomar tierra, pero el problema estaba en que tenía que sobrevolar la cadena montañosa en la costa sur de la isla de Java que se eleva unos 3500 metros. Cuando en su descenso se aproximaba a los 4100 metros de altura, consiguieron arrancar el motor número 4. Después lograrían poner en marcha los otros tres, aunque uno de ellos volvería a pararse.

Cerca de Yakarta, la tripulación no podía ver a través del parabrisas delantero en la cabina por la opacidad que le confirió la abrasión de las cenizas volcánicas: los pilotos se vieron obligados a efectuar el aterrizaje en modo automático. Una vez en el suelo, el comandante pidió ayuda para mover el avión porque la falta de visibilidad le impedía efectuar la rodadura.

Pocos días después, el 13 de julio, otro Boeing 747, de la Singapore Airlines, sufrió la parada de 3 motores en la misma zona. Las autoridades indonesias se vieron obligadas a cerrar el espacio aéreo al tráfico de aeronaves y la aviación comercial descubrió, oficialmente, el problema de las cenizas volcánicas.

A partir de 1982 las autoridades aeronáuticas internacionales empezaron a tomar conciencia de los problemas que las cenizas volcánicas podían originar a las aeronaves comerciales. Durante los siguientes años los casos en los que los pilotos se encontraron con nubes de este tipo, sin previo aviso, y tuvieron que sortearlas propició el establecimiento del International Airways Volcano Watch, en 1987. Sin una idea muy precisa de la peligrosidad real de las distintas nubes de ceniza el criterio que se aplicó fue el de evitarlas a toda costa.

Tuvieron que transcurrir unos 7 años ─desde el incidente de la Singapore Airlines─ para que nuevamente un Boeing 747, en el vuelo 867 de KLM de Amsterdam a Tokyo, el 15 de diciembre de 1989, se viera envuelto en otro incidente importante relacionado con las cenizas volcánicas. El avión hacía escala en Anchorage (Alaska) y cuando descendía hacia este aeropuerto y alcanzaba el nivel de vuelo 250 la tripulación informó al Centro de Control que tenía a la vista una nube, con un tinte de color marrón; poco después notificó a los controladores que en la cabina estaba entrando humo y que se desplazarían a la izquierda. Control les autorizó a hacerlo, justo antes de que la tripulación volviera a comunicar por radio su intención de ascender a nivel 390 puesto que se habían metido en una nube negra. No pudieron subir mucho porque los cuatro motores del Boeing se apagaron. El comandante Karl van der Elst y su tripulación notificaron al Centro de Control de Anchorage que los motores del aparato no funcionaban y que necesitarían que los guiaran hasta la pista. Sin embargo, después de un angustioso descenso de más de 14◦000 pies, los pilotos de KLM consiguieron arrancarlos. El avión, y las 245 personas que viajaban a bordo, aterrizaron en Alaska sin que ninguna de ellas sufriera daño alguno. El responsable de aquel incidente fue el volcán Redoubt: un magnífico ejemplar cuyo cono, helado en su cima, de 3108 metros de altura tiene una base circular de 10 kilómetros de diámetro.

Sobre los cielos de Alaska se extienden aerovías que utilizan muchos vuelos entre Norteamérica y Asia del Este. Anchorage ha sido la escala tradicional de los cargueros que viajan a Tokio desde América del Norte y Europa. A lo largo de estas rutas hay más de un centenar de volcanes y la mitad de ellos se encuentran en Alaska. Fueron los políticos y vulcanólogos de este estado quienes llevaron el asunto de la observación de las actividades sísmicas de sus volcanes al Senado de Estados Unidos.

El 16 de marzo de 2006 en la sesión del Subcomité de Prevención y Predicción de Desastres, del Departamento de Comercio Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos, se abordó el asunto del impacto sobre la aviación que tenía la actividad volcánica. El comandante Terry Mc Venes, presidente del grupo de Seguridad Aérea de la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas (ALPA) de Estados Unidos, se dirigió a la asistencia con las siguientes palabras:

“Históricamente, 1330 volcanes en el mundo entero han manifestado signos de actividad durante miles de años. Más de 500 han mostrado cierta actividad en la historia reciente, pero solamente 174 se observan de forma permanente y hay unas 50 o 60 erupciones todos los años. De 1980 a 2005, más de 100 aviones a reacción han sufrido algún daño al volar a través de nubes de cenizas volcánicas lo que ha producido pérdidas de más de 250 millones de dólares…La erupción de un volcán localizado en una zona densamente poblada en el mundo puede producir consecuencias catastróficas para los que se encuentran próximos. Debido a que la ferocidad de las erupciones volcánicas suponen un peligro potencial para la vida y las propiedades, los volcanes más activos suelen contar con detectores de seísmos cerca de ellos, y una red de observatorios y científicos con planes para reaccionar y transmitir avisos, evacuar a la población y proteger la vida…Volcanes ubicados en poblaciones poco pobladas presentan un problema muy distinto porque la mayoría no se observan y los informes sobre su actividad pueden ser poco habituales o incluso inexistentes. Es posible que nunca se den avisos a la comunidad aeronáutica y la primera indicación de actividad volcánica para un avión que vuele en su área de influencia puede ser el encuentro con una nube de cenizas…”

Después de hacer referencia a los tres vuelos comerciales en los que el efecto de las cenizas volcánicas supuso la parada de todos los motores del avión, el representante de ALPA continuaría su discurso reconociendo que durante los últimos años se había progresado ya que la red de satélites geoestacionarios y los pertenecientes a las órbitas polares podían detectar algunas erupciones volcánicas y el movimiento de las nubes de cenizas. Sin embargo, resultaba urgente instalar equipos para la detección precoz de movimientos sísmicos en las proximidades de muchos volcanes y establecer la correspondiente coordinación con los centros de control de tránsito aéreo para pasar la información a las aeronaves en vuelo.

Al final de las intervenciones de los distintos ponentes la conclusión general fue que lo único que se podía hacer era evitar que los aviones se encontraran con nubes de cenizas volcánicas. Evitarlas no es una tarea sencilla. Se necesitan satélites capaces de detectarlas, modelos físicos para predecir su evolución y protocolos de comunicación entre vulcanólogos, meteorólogos, pilotos y controladores.

Nadie, en el mundo de la aviación comercial, esperaba que la erupción de un volcán fuera capaz de colapsar el sistema de transporte aéreo europeo. Del 14 al 25 de abril de 2010 la nube volcánica originada por las erupciones del Eyjafjallajökull se paseó a su antojo por los cielos del noroeste del viejo continente, las autoridades aeronáuticas cerraron ─de forma no muy coordinada─ grandes sectores del espacio aéreo al tráfico comercial y las aerolíneas se vieron obligadas a cancelar cerca de 100◦000 vuelos. Un hecho sin precedentes.

La actividad de los volcanes islandeses no es nada nuevo, cada cinco o seis años generan erupciones de cierta importancia. Desde mediados de la década de los años 1950, en Islandia, ocho volcanes se han repartido el trabajo de producir nubes de cenizas: seis veces lo han hecho el Grímsvötn, el Hekla y el Krafla, dos el Vestmannaeyjar y el Kverkfjöll, y una el Eyjafjallajökull y el Askja; recientemente es el Bárdarbunga el más activo. Si la dirección del viento lleva las nubes hacia el Reino Unido, lo que ocurre alrededor de un 25% de las veces, es fácil que acontezca algo similar a lo que sucedió el año 2010. Eso quiere decir, según algunos expertos, que cada 20 años, aproximadamente, cabe esperar que las nubes de cenizas volcánicas procedentes de Islandia penetren masivamente en áreas que transitan las aeronaves comerciales en esta parte del mundo. Si no ha ocurrido antes, ha sido de casualidad.

El desastre operativo del año 2010 tuvo su origen en las cenizas volcánicas, pero la falta de coordinación entre las autoridades aeronáuticas de los distintos países y la ausencia de una normativa clara, en cuanto a las concentraciones de material volcánico que hacen realmente peligroso el vuelo, fueron elementos clave en la propagación del caos. A partir de entonces la directriz de no volar en ningún caso se reexaminó para convenir que concentraciones de ceniza volcánica inferiores a 4 miligramos por metro cúbico, si las aeronaves disponen del correspondiente certificado, no ofrecen peligro. La nueva normativa hizo posible que durante la erupción del volcán islandés Grímsvötn de 2011, tan solo se cancelaran 900 vuelos.

La aviación es una actividad muy joven, tanto, que acaba de descubrir las nubes de cenizas volcánicas que desde hace centenares de millones de años se pasean por la atmósfera con toda impunidad. Su previsible efecto sobre el transporte aéreo no es fácil de cuantificar, pero cabe suponer que cada cierto tiempo los volcanes de Islandia dejen en el suelo unos cuantos días a la flota de aviones comerciales que surcan los cielos europeos. Quizá el próximo en amargarnos la vida sea Bárdarbunga, pero eso nadie lo sabe.

 

 

El amerizaje frustrado de una joven gaviota

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El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Con poco viento las gaviotas suelen quedarse en las rocas desde donde otean la superficie del mar. Esto es lo que hacen las pescadoras porque ya hay muchas que pasan el día entero en el interior buscando alimento en los basureros y, al parecer, han dejado de faenar en los mares que es más trabajoso.

Esta gaviota juvenil ─ una larus michahellis, o gaviota patiamarilla, aunque podría ser una larus fuscus, o gaviota sombría, ya que las dos de jóvenes tienen un aspecto bastante parecido─ es una pescadora y ha abandonado su atalaya en tierra firme para recoger un trozo de pan que ha visto sobre el agua. Después de batir las alas cuatro o cinco veces se ha colocado a una altura desde la que va a planear hasta el sitio en el que flota el mendrugo; allí, parece que tiene intención de amerizar: dejándose caer sobre el agua y nadando picoteará su presa hasta engullirla por completo. En la primera imagen, la gaviota ya ha ajustado sus alas para que la trayectoria del vuelo la lleve a su objetivo; las puntas están ligeramente arqueadas. Si las extiende un poco más bajará con menos inclinación y si las recoge, con más. La actitud y la apertura de las plumas de la cola, así como la posición de las patas también le sirven para regular la fuerza de resistencia al avance en el planeo y modificar el ángulo de descenso. Con las patas extendidas frenará su marcha y aumentarán la velocidad y el ángulo de planeo. La joven larus se ha entrenado para saber cómo colocar las alas, la cola, las patas y su cuerpo para que la trayectoria sea la que se adecúe mejor a la misión de su vuelo.

 

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Cuando ya está muy cerca del objetivo la gaviota descuelga las patas y levanta las alas para frenar la velocidad de avance y se dispone a caer casi en vertical sobre el mendrugo de pan. Pero surge el primer problema y es que ha calculado mal la trayectoria, aún es inexperta, las manchas de su cuerpo la delatan porque las adultas cubren sus espaldas con un manto de plumas oscuro y el resto del cuerpo es blanco. Ha hecho corto y el pan está un poco más lejos.

 

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No le queda otro remedio, tiene que rehacer los cálculos e improvisar un breve y último planeo para lo que extiende las alas, con las patas colgando todavía. Así conseguirá ganar unos metros antes de caer al mar.

 

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Sin embargo, las sorpresas no se han acabado. Otra gaviota ha llegado antes a las proximidades del trozo de pan y está sobre el agua. Se dirige a la recién llegada con un gesto muy poco amistoso, acompañado de un graznido amenazador que se le escapa por el pico entreabierto.

 

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La gaviota en el aire, a punto de desplomarse, no se lo piensa mucho y decide abandonar su presa. El plan de vuelo que había seleccionado la llevaba a la superficie del agua por lo que estas correcciones de última hora las hace con gran dificultad: con la punta de la pata izquierda toca el mar y después lo hace con la pata derecha. Levanta las alas porque ahora lo que desea es remontar el vuelo y las va a tener que batir con una fuerza extraordinaria si quiere ascender. Es una situación delicada e incómoda abortar un amerizaje. Una gaviota adulta, con más experiencia, hubiera elegido otro plan de vuelo. Casi seguro que, bastante antes de llegar a su objetivo, habría roto el planeo para aletear con fuerza y acercarse al mendrugo de pan con mucha velocidad, la suficiente como para pasar rozando la superficie del agua y salir de allí con el botín en el pico.

 

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Ahora la joven gaviota tiene que cambiar sus planes sobre la marcha. Aún volverá a tocar el agua otra vez con la pata izquierda. Han sido tres zancadas sin que su vientre se apoyara en el mar. Las alas bajan a gran velocidad y al mismo tiempo las extiende e impulsa hacia delante, agacha la cabeza, estira el cuerpo y levanta la cola. Su corazón late a 500 pulsaciones por minuto. El brusco movimiento de sus alas induce un viento aparente capaz de darles la sustentación que necesita para soportar su liviano peso.

 

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Ya ha ganado velocidad y altura, ha tenido suerte, se ha librado de un chapuzón indeseado y del picotazo de una compañera. Ahora seguirá aleteando para ascender un poco más; luego planeará de vuelta a otra roca donde efectuará un aterrizaje a barlovento y allí aguardará hasta que decida elaborar su próximo plan de vuelo.

Estas siete imágenes pertenecen al episodio protagonizado por una gaviota en un corto espacio de tiempo: tan solo dos segundos.

 

 

 

 

Apagafuegos: Bombardier 415

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Raras veces uno tiene el privilegio de contemplar el vuelo de los apagafuegos. Sus largas y estrechas alas les confieren unas excelentes propiedades aerodinámicas y evolucionan con increíble precisión a poca velocidad. Ayer pude tomar algunas fotos de estos aparatos en su noble lucha contra las llamas que asolaron centenares de hectáreas del Parque Natural del Montgó. Quizá lo más espectacular fueron las operaciones de carga de agua en la bocana del puerto de Denia de los Bombardier 415. Con un pasillo cuya anchura es de un centenar de metros escasos, entre los diques del puerto, los 28,6 metros de punta a punta de las alas del avión parecían llenarlo cada vez que a 130 kilómetros por hora pasaban por la bocana para tomar agua.

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El Bombardier 415, Superscooper, puede cargar 6150 litros de líquido en unos 12 segundos mientras se desliza sobre la superficie del agua recorriendo 450 metros. Es uno de los mejores aviones apagafuegos que existen en la actualidad. Fue diseñado por Canadair en 1993, a partir del CL-215 y las primeras entregas se efectuaron en noviembre de 1994. Desde el año 2006 lo opera el Grupo 43 del Ejército del Aire español.

La foto recoge el momento en el que uno de estos aviones empieza a levantarse del mar en la entrada del puerto de Denia (Alicante), el 12 de septiembre de 2014, ante la atónita mirada de turistas y curiosos en el dique, junto a los edificios de la Marina deportiva. La carga de los depósitos de agua la inició poco antes, después de que el avión entrara en contacto con el mar tras una maniobra de aproximación nada fácil. De allí se dirigió al incendio, en el Parque Natural del Montgó situado a unos 7 kilómetros del puerto, para descargar el agua. Dos Bombardier 415 efectuaron varias rondas, entre el incendio y el puerto de Denia, durante la tarde lo que impediría el acceso al muelle del puerto de los buques de línea regulares entre Denia y las Baleares mientras duró la operación. Una de las tomas de los Bombardier la frustraría un buque de vela que, ajeno al trasiego de aviones, se adentró en la bocana cuando los apagafuegos iban a cargar agua.

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El buque de pasajeros tuvo que esperar a que los apagafuegos liberasen la bocana del puerto

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Intento frustrado. Un velero a la derecha (no se ve) entra en el puerto y los apagafuegos, uno detrás de otro frustran la toma de agua. La policía, en lancha, navega a toda máquina hacia el velero.

El incendio, cuyas causas se desconocen, arrasó unas 400 hectáreas de monte.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones