Las astronautas del Mercury 13

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El primer hombre que voló más rápido que el sonido, Chuck Yeager, dijo que los astronautas, antes de sentarse en el asiento de su cápsula espacial, tendrían que limpiar las cagadas de los monos. Y es que cuando la National Aeronautics and Space Administration (NASA) abrió el periodo de presentación de candidaturas para elegir los primeros astronautas estadounidenses (programa Mercury 7), no todos los pilotos de la Fuerza Aérea de aquel país creían que el trabajo merecía la pena. Los primeros experimentos con seres vivos en el espacio se habían hecho con monos y no con muy buenos resultados. Una pareja de ellos, Able y Miss Baker, fueron los primeros en regresar sanos y salvos a la Tierra de su viaje al espacio, el 28 de mayo de 1959, después de soportar una aceleración de 38 g. Para muchos pilotos, altamente cualificados, como Yeager, dentro de una cápsula espacial un hombre no tenía mucho qué hacer. La visión de que los hombres a bordo de las primeras naves espaciales no eran sino un estorbo la compartía una gran cantidad de técnicos y científicos estadounidenses que trabajaban en los incipientes proyectos espaciales.

Sin embargo, la opinión pública tenía otros punto de vista y los técnicos tuvieron que cambiar de rumbo forzados por los políticos a quienes los arrastrarían los titulares de la prensa y el pesimismo que cundió entre la ciudadanía del país, del llamado ‘mundo libre’, que lideraba la investigación espacial, cuando los soviéticos se situaron a la cabeza de una carrera recién inventada.

Todo empezó el 4 de octubre de 1957 el día que las estaciones de radio del mundo entero detectaron una extraña señal procedente del espacio: era Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia, que acababan de lanzar los rusos. Pesaba 83,6 kilogramos y los políticos soviéticos se vanagloriaban de la delantera que su país llevaba a las naciones ‘capitalistas’ en la conquista del espacio. Apenas habían podido reaccionar los estadounidenses cuando, el 3 de noviembre de ese mismo año, el Sputnik 2 empezó a orbitar alrededor de la Tierra con una perra a bordo (Laika).

Los técnicos espaciales norteamericanos no tuvieron suerte, porque el cohete Vanguard apenas se elevó unos metros del suelo en Cabo Cañaveral antes de explotar, el 6 de diciembre de 1957. Lo que no llegó a ser el primer satélite estadounidense se quedó en tierra, sin sufrir demasiados daños: era una modesta carga de 1,3 kilogramos de peso, muy liviana en comparación con los Sputnik.

Así terminó el año 1957.

Estados Unidos logró poner en órbita su primer satélite el 31 de enero de 1958, el Explorer 1, que pesaba 13,9 kg propulsado por un cohete del Ejército (Juno)─ una variante de un misil de largo alcance. Fue un proyecto que se llevó a cabo con urgencia para responder a los soviéticos y tranquilizar a la opinión pública del país.

El presidente del gobierno de Estados Unidos, general Dwight Einsenhower, llegó a la conclusión de que el desarrollo de los proyectos espaciales era una tarea urgente y debía de asignarse a una organización civil. El 1 de octubre de 1958 creó la NASA y puso al frente de la agencia espacial al doctor T. Keith Glennan a quien otorgó un mandato suficientemente amplio con el objetivo primordial de arrebatar el liderazgo a los soviéticos en la recién iniciada carrera espacial. Glennan y su equipo sabían que el programa espacial soviético estaba diseñado para conseguir, lo antes posible, que un astronauta ruso orbitase alrededor de la Tierra. La cuestión no era si el hombre en el espacio tenía o no sentido desde un punto de vista científico y económico; se trataba de un asunto emocional: sin personajes no hay historia y a los humanos correspondía escribir los capítulos de la historia del espacio y no a los robots, ni siquiera a los perros o a los chimpancés. Sin el apoyo de la opinión pública los políticos no aprobarían presupuestos y el desarrollo espacial no iría a ninguna parte.

La NASA solicitó candidatos para cubrir 7 puestos de astronauta, los primeros del país. Los interesados debían poseer un alto nivel intelectual, capacidad para trabajar solos y en equipo, 1500 horas de vuelo, licencia de piloto de reactor, formación universitaria, menos de 40 años, no medir más de 1,8 m ni pesar más de 82 kg (las cápsulas espaciales no eran muy grandes) y unas condiciones físicas excepcionales. De 500 solicitantes, en un principio, la lista de participantes en las pruebas finales se redujo a 18. De este grupo se seleccionaron a los 7 del programa Mercury: Alan Shepard, Gus Grissom, John Glenn, Scott Carpenter, Wally Schirra, Gordon Cooper, y Deke Slayton. El 9 de abril de 1959, la NASA presentó en público a sus héroes del espacio: hombres blancos, de clase media, protestantes, con el pelo cortado al estilo militar, casados con esposas oficialmente muy orgullosas de la carrera de sus maridos que aplaudían, sufrían y esperaban. El requisito de que fueran pilotos de reactores limitó las candidaturas a militares de la Fuerza Aérea que forzosamente tenían que ser varones ya que a las mujeres no les estaba permitido acceder a dichos puestos.

El general Donald Flickinger y el doctor Randolph Lovelace II habían diseñado el programa de pruebas médicas que tenían que pasar los astronautas. Lovelace era el presidente del Comité de Ciencias de la Vida de la NASA, al que también pertenecía el general, y dirigía la Fundación Lovelace, en Albuquerque, donde los candidatos realizaron el primer paquete de pruebas. Con este primer paquete se trataba de medir la capacidad física de los potenciales astronautas para soportar el entorno en el que supuestamente se desenvolvería su misión espacial. El programa incluía dos paquetes más de pruebas que se efectuaron en el Laboratorio de Medicina Aeronáutica del Centro de Desarrollo Aéreo Wright, en la base Wright-Patterson, en Dayton (Ohio). En estos últimos ensayos se evaluó la respuesta de los futuros astronautas a situaciones de aislamiento y estrés, así como su capacidad para soportar aceleraciones, carencia de oxígeno e ingravidez.

En aquel momento Lovelace y Flickinger se planteaban la conveniencia de evaluar a las mujeres como futuras astronautas. Según ellos, las mujeres ofrecían tres ventajas para este trabajo con respecto a los hombres. La primera era el peso corporal, que a su vez exigía transportar menos oxígeno y alimentos; la segunda, la menor propensión a sufrir accidentes cardiovasculares; la tercera, que sus órganos sexuales gozaban de una mejor protección natural contra las radiaciones. Los dos sabían que sus planteamientos, hechos desde una perspectiva mecanicista, chocaban frontalmente con la cultura machista de una época en la que para alquilar un coche, en su país, una mujer necesitaba el permiso paterno o del marido. El propio jefe de la base aérea Wright-Patterson había hecho aseveraciones según las cuales la eficiencia de las mujeres en la gestión de procesos, sometidas a estrés, era del orden del 85% de la de los hombres, sin especificar de dónde había salido aquel número mágico. El pensamiento dominante en la sociedad concluía, sin prueba alguna, que la mujer estaba peor dotada para el oficio de astronauta que el hombre. Lovelace y Flickinger eran conscientes de que necesitarían hacer las mismas pruebas, que habían soportado los astronautas masculinos, para determinar el nivel de cualificación de las mujeres.

En verano de 1959 Flickinger y Lovelace viajaron a Moscú para participar en un congreso internacional de medicina aeroespacial. Allí pudieron constatar que más de la mitad de los médicos eran mujeres y también que los soviéticos tenían planes concretos para lanzar al espacio una astronauta. Cuando regresaron a Estados Unidos los dos llegaron a la conclusión de que debían acelerar la puesta en marcha de un programa para someter a un grupo de mujeres a las mismas pruebas que ellos habían diseñado para los astronautas del programa Mercury 7. Sin embargo, sus proyectos se verían entorpecidos por otras causas que, aparentemente, podrían favorecerlos.

Una de las aviadoras más famosas de Estados Unidos, Ruth Nichols, mientras Flickinger y Lovelace estaban en Moscú, había realizado alguna de las pruebas de los astronautas en la base aérea de Wright-Patterson. A veces las aviadoras de moda del país irrumpían en centros de la Fuerza Aérea para volar aviones militares o probar los simuladores. Eran gestos hacia la galería, propiciados por los expertos en comunicación de la organización militar, con los que se publicitaban en las principales revistas del país. Ruth Nichols fue la primera mujer en conseguir una licencia de hidroavión, tenía records de distancia, altura y velocidad con aviones pesados, era muy famosa y contaba con el apoyo de su hermano: el coronel Erickson, Nick, Nichols de la Fuerza Aérea. Además, Ruth fue amiga de Amelia Earhart, de Charles Lindbergh y de Jackie Cochran y disfrutaba de una magnífica situación económica; solía decir que cuando los aviones se movían mucho ella tomaba sándwiches de caviar contra el mareo. Después de realizar algunas pruebas en el establecimiento militar dijo que lo peor de todo había sido la cámara negra: un habitáculo de 10×12 pies, oscuro e insonorizado, en el que los astronautas habían permanecido durante horas, y donde se evaluaba su capacidad de soportar aislamiento y monotonía. Pero lo peor fue el debate y la escandalera que Ruth organizó al dar por finalizadas las pruebas. Pidió en público a la NASA y la Fuerza Aérea que incorporase mujeres al programa de vuelos espaciales. La respuesta fue contundente porque según los militares la medicina aeronáutica no tenía ningún conocimiento ni experiencia sobre el comportamiento del cuerpo de la mujer y necesitarían décadas para acumular el nivel de información que ya se tenía del hombre. Los trajes presurizados estaban diseñados para los hombres, modificarlos sería muy complicado. El coste de incorporar a las mujeres era prohibitivo. El coronel John Stapp, jefe de la base Wright-Patterson en Dayton, aportó la teoría del 85% de eficiencia sicológica de la mujer con respecto al hombre, lo que resultaría un argumento muy convincente para los ya convencidos de la inferioridad femenina. Pero Ruth Nichols siguió abogando por la incorporación de la mujer al proyecto espacial lo que terminaría por incomodar a la Fuerza Aérea.

En septiembre de 1959 Randy Lovelace y Don Flikinger participaron en una reunión de la Asociación de la Fuerza Aérea en Miami. Allí conocieron a otra aviadora famosa, Jerrie Cobb, que trabajaba para la empresa Aero Design and Engineering Company de Oklahoma. Jerrie era hija de un piloto de la Fuerza Aérea, había aprendido a volar cuando tenía 12 años y a los 21 se dedicaba a entregar bombarderos y aviones pesados a las fuerzas aéreas extranjeras. En su palmarés figuraban records de distancia, altura y velocidad y aquel año la revista Life la incluyó en la lista de los 100 estadounidenses más influentes del país. Los dos miembros del comité asesor de la NASA y diseñadores de las pruebas médicas del programa Mercury 7 llegaron a la conclusión de que tenían ante sus ojos a la persona que buscaban. Le propusieron que realizara las pruebas de los astronautas, ella sería la primera de un grupo de mujeres. Jerrie aceptó entusiasmada.

Los problemas los tendría Donald Flikinger al regresar a la base aérea de Dayton en otoño. La oposición de la Fuerza Aérea a su proyecto, de efectuar las mismas pruebas a que se habían sometido los astronautas con un grupo de mujeres, era mucho mayor de lo que él pensó en un principio. Donald y Randy Lovelace le habían propuesto a Jerrie que después que ella superase los ensayos los efectuarían con un grupo de mujeres y la invitaron para que empezara a buscar posibles candidatas que le seguirían. Jerrie envió al general los nombres de 7 mujeres piloto y el militar añadió a la lista otras 8; uno de los requisitos que impuso Don fue que no sobrepasaran los 35 años de edad. Sin embargo, la impenetrable testarudez del mando de la Fuerza Aérea obligó a Don Flikinger a cancelar el programa de ensayos con mujeres en las instalaciones de la base aérea de Dayton. Aún no habían empezado y, el 7 de diciembre de 1959, Jerrie Cobb recibió una carta del general en la que le comunicaba que su proyecto no seguiría adelante.

Pero Flickinger no se rindió, habló con Randy Lovelace y encontraron una solución al problema. Lo que en principio podía haber sido un programa oficial apadrinado por la Fuerza Aérea lo reconvertirían en una iniciativa de investigación civil que luego tratarían de introducir en el mundo oficial de la NASA, cuando tuvieran resultados.

W. Randolph Lovelace II era sobrino del doctor Lovelace, fundador de la clínica que llevaba su nombre. Randy había estudiado Medicina en la Harvard Medical School y después de graduarse, en 1934, trabajó como investigador en la clínica Mayo. Allí, junto con el doctor Arthur H. Bulbulian, inventó una máscara para suministrar oxígeno a los pilotos en misiones de vuelo a gran altura. El equipo que desarrolló el invento recibiría el premio Collier del año 1939. Durante la II Guerra Mundial continuó con sus actividades de investigación en el Laboratorio de Medicina Aeronáutica de la Fuerza Aérea en Dayton (Ohio), donde realizó saltos con paracaídas desde alturas muy elevadas. Una vez finalizada la guerra volvió a incorporarse a la clínica Mayo, como cirujano. Dos de sus hijos fallecerían víctimas de la polio y fue entonces cuando decidió regresar con su mujer a Albuquerque. Allí se incorporó a la clínica familiar y creó, con su tío, la fundación Lovelace. Dicha fundación realizaba muchos trabajos de investigación para el Gobierno y fue la que recibiría el encargo de realizar las pruebas médicas, correspondientes al primer paquete, de los astronautas de la NASA.

Tras un análisis de la situación, Flikinger y Randy, decidieron que la Fundación Lovelace podía, a título privado, realizar las mismas pruebas a que se habían sometido los astronautas del Mercury 7, con un grupo de mujeres. Empezarían con Jerrie Cobb y, si ella las pasaba, seguirían adelante.

A Jerrie el plan le seguiría pareciendo igual de bien y el 14 de febrero de 1960 se presentó en Albuquerque con la intención de hospedarse en el Bird of Paradise Motel donde permanecería una semana mientras efectuaba las pruebas médicas en la Fundación. El motel no era especialmente lujoso y su mérito principal era la proximidad a la Fundación; allí le esperaban unas 75 pruebas que de forma exhaustiva evaluarían el funcionamiento de su organismo.

El primer día, antes de comer, tomaron nota de su historial médico y le hicieron hemogramas y análisis serológicos; determinaron sus niveles de colesterol y glucosa en sangre, factor RH y velocidad de sedimentación; la sometieron a pruebas hepáticas, tiroideas; analizaron su orina registraron la actividad eléctrica de su corazón. Por la tarde, después de un ligero almuerzo, le examinaron el recto, tomaron varias placas de rayos X de distintas partes de su organismo y le hicieron un vectocardiograma.

Al día siguiente, martes, determinaron la densidad de su cuerpo sumergiéndola en agua y la sometieron a una prueba en la que, tumbada horizontalmente sobre una tabla, la inclinaban unos 65 grados para después llevarla otra vez a la posición horizontal, al tiempo que varios sensores registraban el valor de la presión arterial en distintas partes de su organismo. Con ello pretendían evaluar su resistencia y comportamiento en situaciones en las que podía producirse hipotensión ortostática. Jerrie no se mareó, aunque estuvo preocupada por la sujeción a la tabla y temió caerse en cualquier momento.

Los ensayos continuarían con análisis gástricos, evaluación de su visión nocturna, percepción de profundidad y tonometría, determinaron su forma física sometiéndola a un intenso pedaleo en una bicicleta estática y la realización de maniobras de Valsalva, con la nariz tapada, soplando durante 15 segundos con todas sus fuerzas contra una columna de 50 mm de mercurio.

El jueves por la mañana voló al centro de Los Alamos donde, en un sótano, la metieron en un pequeño cilindro que a su vez se acoplaba en un gran cilindro para determinar, mediante la radiación, la cantidad de potasio de su cuerpo y calcular la masa libre de grasa y la grasa total.

El test más desagradable de todos fue el que le hizo el doctor Kilgore para evaluar su respuesta al mareo. Con un oído mirando al techo le introdujeron una jeringuilla muy larga que hacía gotear agua fría (a 10 grados centígrados) sobre su tímpano. Entonces las luces empezaban a dar vueltas y perdía la sensación de equilibrio. Al poco rato, en sus ojos aparecía el nistagmo (oscilación de los globos oculares) y los médicos estudiaban el tiempo que tardaba en hacerse notar y sus características.

Una noche, el doctor que coordinaba las pruebas ─ Lovelace estaba fuera de Albuquerque por cuestiones profesionales─ la invitó a cenar en su casa; fue el mejor rato que pasó durante aquella larguísima semana. Sin embargo, para Jerrie Cobb la experiencia valió la pena desde el momento en que el último día le dijeron que había superado las pruebas y que sus resultados eran equiparables a los que habían registrado en los ensayos de los astronautas del Mercury 7; de hecho, figuraban en la banda superior.

Jerrie Cobb pensó que estaba capacitada para realizar misiones de astronauta y solicitó permiso para efectuar las pruebas de los astronautas en el centro de medicina aeronáutica en la base Wright-Patterson. Era el mismo lugar, las mismas instalaciones que había usado Ruth Nichols durante el verano anterior. La respuesta fue tan educada como firme y negativa. Lo que más le molestó a Jerrie fue que el firmante de la carta era el departamento de relaciones públicas lo cual daba a entender que aquellos asuntos, para los militares, no trascendían de la esfera publicitaria y que jamás se habían tomado mínimamente en serio la posibilidad de aceptar una mujer piloto en su plantilla.

La joven piloto no se desanimó y buscó otras posibilidades para seguir adelante con su programa de formación y evaluación como astronauta. La NASA contaba con un centro de investigación, el Lewis, en Cleveland (Ohio), en donde disponían de un simulador muy sofisticado: Multi Axis Space Test Inertia Facility (MASTIF). Este aparato, ligado a un giróscopo, era capaz de inducir giros según tres ejes de forma simultánea, lo cual generaba una situación caótica para la persona que se viera sometida a este movimiento, posible en una cápsula espacial. El piloto, sujeto con arneses, disponía de dos controles en sus manos, con los que podía alterar los movimientos de giro. Con la máquina girando sobre sus tres ejes (a 30 revoluciones por minuto) a la vez y el ‘astronauta’ a bordo, este tenía que maniobrar hasta detener los giros.

Durante los primeros años, el nivel de coordinación entre los distintos departamentos de la NASA y el Gobierno no estaba aún muy bien desarrollado por lo que Jerrie consiguió autorización para realizar pruebas de simulación de vuelo en el MASTIF. Al cabo de 45 minutos logró detener el movimiento.

Lovelace y Jerrie Cobb diseñaron un plan para abordar a los medios de forma coordinada. El médico haría públicos los resultados de las pruebas de Jerrie, en la Fundación Lovelace, durante una convención internacional que se celebraba en Estocolmo en el mes de agosto. Jerrie aún trataría de mantenerse oculta hasta la publicación de un extenso reportaje que ya habían concertado con la revista Life, en el que aparecerían fotos suyas haciendo las pruebas en Albuquerque. Pero cuando el doctor Lovelace desveló en Suecia, el 19 de agosto de 1960, que una mujer había pasado las mismas pruebas que los astronautas del Mercury 7 en Albuquerque, los periodistas llamaron a casa de Jerrie en Oklahoma, y la persiguieron por todo el mundo hasta encontrarla en Nueva York, adonde se había desplazado para hacer presentaciones de los nuevos productos de su empresa. La prensa, en Suecia, le otorgaría el título de “primera astronauta estadounidense”.

Jerrie Cobb se presentó ante la opinión pública como una candidata al puesto de astronauta, completamente viable, con la intención de que la gente apoyara su causa y la NASA cediera ante las presiones y abriese un proceso de selección de astronautas femeninos. La piloto empezó a tomarse muy en serio las cuestiones relacionadas con los medios y contrató una agencia para que le confeccionara un informe periódico con todos los recortes de prensa que hacían referencia a su persona.

De otra parte, Lovelace, sabía que la NASA no se dejaría persuadir por los resultados de una mujer, que podrían ser excepcionales; no la convencería sin datos de un grupo de mujeres y pidió ayuda a Jerrie para identificar pilotos que estuvieran dispuestas a someterse a las mismas pruebas que había pasado ella. Deberían contar con más de 1000 horas de vuelo y no haber cumplido los 35 años. Jerrie dedicó muchas horas a la revisión de los ficheros de la organización internacional Ninety-Nines de mujeres piloto (fundada en 1929 por Amelia Earhart y 99 pilotos más) y el estudio de los perfiles de las candidatas preseleccionadas. Durante varios meses analizó un total de 782 mujeres.

En noviembre de 1960, mientras Jerrie confeccionaba una lista de candidatas y Lovelace preparaba la logística de las pruebas en Albuquerque, ocurrieron un par de acontecimientos importantes. El primero fue la elección, como presidente de Estados Unidos, de John F. Kennedy, en un momento de desconcierto político y aeroespacial en el país. El año anterior la NASA había seleccionado a los futuros astronautas, pero hasta la fecha el cúmulo de fallos en sus cohetes hacían que la opinión pública cuestionase su capacidad técnica. El segundo fue la brusca irrupción de Jackie Cochran en el programa de la fundación Lovelace que había recibido el nombre de Woman in Space.

Jackie Cochran era en aquél momento la aviadora más importante e influyente de Estados Unidos. Casada con un hombre que poseía una de las primeras fortunas del país, Floyd Odlum, su poder trascendía los límites aeronáuticos y tenía acceso a los círculos militares, políticos y económicos, más influyentes de la sociedad estadounidense. En su palmarés acumulaba un número apabullante de records de velocidad, distancia y altura, durante la II Guerra Mundial había creado y dirigido la Women Airforce Service Pilot (WASP) cuya misión era la de transportar aviones militares en Estados Unidos ─tarea asignada a las mujeres piloto de la organización─ y liberar así a los pilotos de la Fuerza Aérea para que realizaran misiones en la primera línea de combate. En 1953, con el apoyo de Chuck Yeager, Cochran se convirtió en la primera mujer que cruzó la barrera del sonido. Jackie había cumplido los 54 años, pero seguía siendo ambiciosa y poseía un carácter muy fuerte. Además, mantenía una excelente relación con Randy Lovelace y su esposa desde hacía muchos años ─era madrina de una de sus hijas─ y su marido, Odlum, presidía el comité de consejeros de la fundación de Albuquerque desde el año 1947. Floyd y Jackie contribuían generosamente con sus donaciones al desarrollo de la Fundación.

Aunque Cochran estaba muy ocupada, la aparición en la prensa de las noticias relacionadas con Jerrie Cobb atrajeron su atención y se presentó en Albuquerque para decirle a Lovelace que la nombrase su asesora personal para aquellos asuntos. Inmediatamente se ofreció a contribuir con 18°700 dólares para cubrir los gastos de manutención estancia y viajes de las mujeres que participaran en las pruebas que se harían en Albuquerque. Jackie envió a su amigo Randy una carta con algunas sugerencias relacionadas con las candidatas, la selección y los procesos asociados con el programa Woman in Space. Su experiencia en WASP le decía que las mejores pilotos eran jóvenes de 20 a 23 años, que quizá debería aumentar el número de participantes porque entre las mujeres solía haber muchas bajas, especialmente si contraían matrimonio, también le sugirió que convendría reducir la exigencia de 1000 horas de vuelo, difíciles de acumular para una mujer. Se extendió mucho en el rol de Jerrie Cobb y junto con la carta le envió artículos en los que aparecían sus declaraciones. Insistió en que su protagonismo era excesivo y que convendría que ninguna mujer del grupo se destacara. También pidió a Lovelace que la copiara en su correspondencia con las candidatas. Lovelace no modificó el número del grupo ni rebajó las horas de vuelo exigibles. La realidad era bien distinta a lo que predecía Cochran porque las mujeres piloto, que se ganaban la vida como instructoras de vuelo, en competiciones aéreas, en el servicio forestal, o que disponían de medios suficientes para pilotar su propio avión, acumulaban más horas que los pilotos de la Fuerza Aérea, aunque no tuvieran experiencia en reactores.

La participación de Cochran en la selección de candidatas no fue decisiva; de las 24 que recibieron la carta de invitación de Lovelace, 18 decidieron incorporarse al grupo que se sometería a las pruebas. De esas 18, un total de 13 las superaron, en un proceso que se alargó unos siete meses a partir de enero de 1961. A la fundación acudían solas, durante una semana, o como mucho coincidía un par de candidatas, de forma que entre ellas apenas llegaron a conocerse. La semana de pruebas en la fundación era muy dura; ni siquiera se les invitaba a una cena de cortesía como habían hecho con Jerrie. Cuando eran dos, la estancia en el Bird of Paradise Motel se les hacía más llevadera. Se les exigió que guardaran el mayor secreto posible y se les advirtió que se trataba de una iniciativa privada de carácter científico, aunque muchas creían que si pasaban las pruebas su inclusión como astronautas en la NASA estaba asegurada.

Las 12 seleccionadas, además de Jerrie Cob, configuraban un grupo diverso y heterogéneo. Las gemelas Janet y Marion Dietrich, de 34 años, se habían graduado por la Universidad de Berkeley, California; Janet contaba con 8000 horas de vuelo y su hermana además de pilotar también trabajaba como periodista. Bernice, Bea, Steadman era dueña de un centro de operaciones de vuelo en Michigan. Jean Hixson de 37 años, quizá fuese la más experta del grupo ya que formó parte del WASP durante la guerra; había pilotado aeronaves de muchos tipos y trabajaba como instructora en Akron (Ohio). Myrtle Cagle, enfermera, con 4300 horas de vuelo, era instructora de vuelo en Macon (Georgia). Sarah Gorelick, trabajaba como ingeniera en AT&T. Rhea Hurrle era piloto en una pequeña empresa de ingeniería que también vendía aviones en Houston; fue una de las que logró las mejores calificaciones durante las pruebas. Janey Hart, casada con un senador de Michigan, pertenecía a una acaudalada familia. Jerri Sloan, trabajaba en un contrato secreto con la empresa Texas Instruments para efectuar los vuelos de prueba de un avanzado sistema de radar de seguimiento del terreno en Dallas. Gene Nora Stumbough, era instructora de vuelo en la Universidad de Oklahoma. Irene Leverton, contaba con más de 9000 horas de vuelo cuando se incorporó al proyecto. Wally Funk, de Taos (Nuevo México), volaba desde que cumplió los 20 años y era la única representante del Estado en el que se realizaron las pruebas médicas.

Este conjunto de mujeres, caracterizado por su gran interés por la aviación, jamás tomó conciencia de grupo y sus miembros no llegaron a reunirse durante el tiempo que duró el programa Woman in Space. Las cartas de invitación para participar en el proyecto las firmó el médico y las recibieron por sorpresa, en casi todos los casos. Con la irrupción de Cochran en el proyecto las participantes no sabían quién era la responsable del grupo y muchas ni siquiera sospechaban la rivalidad existente entre Jerrie y Jackie, aunque otras tuvieron constancia de la misma. En una conferencia en Dallas, en la que participó Jerri Sloan como representante local de la asociación Ninety-Nines, Cochran hizo declaraciones ─en relación con las pilotos de la WASP─ que dejaban en mal lugar a los veteranos de la Fuerza Aérea. A Jerri le molestó la actitud, prepotente, de Cochran y le espetó que no volvería a sentarse con ella en ningún foro de cara al público. La conversación entre ambas fue bastante tensa y Cochran le insinuó que el futuro de Jerri en Woman in Space estaba en sus manos a lo que ella contestó que Jerrie Cobb ya le había confirmado su participación. Cochran, muy airada, le dijo que ella era quien mandaba en aquel programa, no Jerrie Cobb.

Para limar asperezas Cochran invitó a Cobb a su rancho de California, en Indio. En aquella vasta extensión de terreno, de unos 900 acres, Jackie sumergía a sus huéspedes en una apabullante demostración de poder en la que su figura presidía la tramoya de un escenario diseñado para realzarla. Cinco veces, Jerrie Cobb, rehusó las invitaciones que le hizo Jackie para que fuera a su rancho, lo que era un signo evidente del recelo que existía entre ambas.

Jerrie Cobb sabía que después de las pruebas médicas y el entrenamiento en el simulador de vuelo aún le faltaba realizar ensayos que evaluaran su capacidad para soportar el estrés y la monotonía. En el Oklahoma City Veterans Hospital trabajaba el doctor Jay Talmadge Shurley cuyo prestigio en el mundo de la siquiatría era incuestionable. El doctor había inventado un sistema alternativo al de la cámara oscura, que los astronautas utilizaron en la base Wright-Patterson, a juicio del médico mucho más eficaz y que constaba de un tanque circular en el que se sumergía a la persona que se deseaba someter a examen; se pretendía así crear un entorno silencioso, completamente oscuro y en el que tampoco se pudiera sentir ni siquiera la fuerza de la gravedad. A Shurley le resultó atractiva la idea de colaborar con Lovelace en el programa Woman in Space y entre los dos pergeñaron los exámenes siquiátricos para el grupo, divididos en dos paquetes.

Durante tres días Jerrie Cobb se sometió a las pruebas en el hospital de Shurley. Las del primer paquete eran las tradicionales: coeficiente intelectual, análisis de la personalidad, electroencefalogramas, entrevistas, manchas de Roschach, etc. Lo realmente original fue la prueba en el tanque aislado. Era un cilindro de unos 10 pies de diámetro por 8,5 de profundidad relleno de agua con sales de sulfato de magnesio y bolas de material plástico para aumentar la flotabilidad, a una temperatura de 34,2 grados centígrados (igual que la de la piel). El tanque estaba completamente aislado y oscuro de forma que en el interior del recinto ni se oía ni se veía absolutamente nada. El agua circulaba despacio para eliminar los residuos orgánicos y a las personas se les indicaba que no se reprimieran, durante el tiempo que duraba la prueba, si sentían la necesidad de orinar o defecar. Algunos individuos, que se habían sometido a la experiencia de flotar en el tanque, comentaban que podían escuchar el ruido de la apertura y cierre de las válvulas de su corazón. Jerrie Cobb logró permanecer 9 horas y 40 minutos en el tanque, un tiempo extraordinariamente largo ya que, de una muestra de centenares de personas que lo habían experimentado, se consideraba que seis horas era el límite absoluto de tolerancia.

En el mes de febrero de 1961, Jerrie Cobb coincidió con James Webb en un acto organizado por la cámara de Comercio de la ciudad de Oklahoma en el que se homenajeaba a los líderes de la industria aeroespacial. Webb había ocupado los puestos de director de Presupuestos y Secretario de Estado en el gabinete de Harry Truman. Ni Jerrie ni James Webb podían sospechar que el presidente Kennedy nombraría a este último administrador de la NASA pocos días después, el 14 de febrero de 1961. El joven presidente deseaba que la agencia espacial empezara a producir buenos resultados con mayor celeridad.

La situación política de la NASA se deterioraría ante la opinión pública estadounidense de forma alarmante el 12 de abril de 1961. Ese día, Yuri Gagarin orbitó alrededor de la Tierra en una nave espacial soviética. Horas después, Kennedy se dirigió a la nación para explicarle que «las cosas podrían empeorar antes de mejorar, llevará tiempo antes de que los alcancemos… Estamos, yo espero, yendo primero en otras áreas que traerán más beneficios a la humanidad. Pero aquí vamos detrás…» y terminó diciendo que «no veo que no ser los primeros en colocar un hombre en el espacio sea un signo de debilitamiento para el mundo libre».

Estados Unidos recogía el fruto de una política, muy razonable, en la que el gasto asociado al empleo de naves tripuladas en la investigación espacial no parecía tener ninguna justificación. Los soviéticos habían apostado por las misiones tripuladas y contaban con un extraordinario equipo técnico dirigido por Sergei Korolev, un ingeniero espacial con una capacidad extraordinaria para gestionar programas de tecnología avanzada y una visión del futuro poco común. Con el programa Mercury 7, Estados Unidos había tratado de corregir el rumbo, pero la velocidad de progreso era lenta. Los cohetes de la NASA explotaban en el aire, no acertaban el camino que los llevara al espacio, caían con demasiada frecuencia en las aguas del Atlántico y se habían convertido en el hazmerreír de la prensa. Para complicar aún más el panorama político del nuevo presidente, no había transcurrido una semana del éxito de Gagarin cuando un millar de cubanos rebeldes, entrenados, armados y asesorados por la inteligencia estadounidense (CIA) fueron derrotados y los supervivientes apresados en Bahía de Cochinos por las tropas del régimen comunista de Fidel Castro. El mundo entero se abalanzó contra Kennedy y su desastrosa política. El vicepresidente Johnson recibió el encargo de hacer llegar a la NASA la urgente necesidad que tenía el Gobierno de que su agencia espacial les proporcionara alguna buena noticia.

El 30 de abril de 1961, para reforzar su imagen pública y su posición en el programa Woman in Space de la fundación Lovelace, Jackie Cochran escribió un artículo en la revista Parade. Las primeras astronautas gemelas aparecían sonrientes, con cascos de piloto de reactor, en otra foto Jackie podía verse detrás de Janet ─que corría sobre una cinta─ con una tabla sujetapapeles fingiendo tomar notas. En su artículo, Cochran, daba a entender que el proyecto independiente de Lovelace podría transformarse en una iniciativa gubernamental, pero aún faltaban años, seis o siete, para que las mujeres fueran el espacio. Jackie invitaba, a todas las mujeres piloto que desearan participar a que se dirigieran a ella. Recibió muchas respuestas, pero solamente una, Myrtle Thompson Cagle de Macon (Georgia), fue admitida. Con la publicación de su artículo Jackie actuaba en contra de las sugerencias que ella misma había expuesto a Lovelace según las cuales debería prevalecer la discreción.

La NASA le proporcionaría un pequeño salvavidas al presidente Kennedy el 5 de mayo de 1961. Ese día Alan Shepard se convirtió en el primer astronauta norteamericano que viajó al espacio. Aunque en realidad efectuó un vuelo suborbital de 15 minutos de duración ─Gagarin había orbitado durante 108 minutos─ los políticos tratarían de sacarle al evento todo el partido que pudieron. El astronauta fue recibido en Estados Unidos como un héroe. Jerrie Cobb que se encontraba entonces en Nueva York fue entrevistada por la prensa, que sabía que ya hacía más de un año que había pasado las pruebas médicas en Albuquerque y podría convertirse en la primera astronauta del país. Cobb habló en sus entrevistas de las ventajas de las mujeres con respecto a los hombres en el desempeño del oficio espacial y comentó que un grupo de mujeres voluntarias, sin coste alguno para el Gobierno, estaba realizando pruebas médicas en Albuquerque. Incluso se atrevió a insinuar que si las mujeres asumían el rol de astronautas, los hombres quedarían libres para realizar las tareas de piloto militar que, al fin y al cabo, era para lo que el Gobierno los había entrenado.

En mayo de 1961 ocurrieron una serie de acontecimientos que determinarían el futuro del programa de Lovelace Woman in Space; unos tendrían lugar en el seno del proyecto y otros en la arena de los políticos.

Randy Lovelace encontró un lugar para que las participantes en el programa que dirigía realizaran pruebas en simuladores de vuelo. La U.S. Naval School of Aviation Medicine en Pensacola (Florida) aceptó prestar sus instalaciones para este propósito. Si Jerrie Cobb superaba las pruebas, la escuela naval las realizaría también con el resto de las participantes. Lovelace envió cartas a todas las que habían pasado los exámenes médicos para que se prepararan a viajar en junio a Pensacola. Jerrie Cobb sería la primera en acudir a la base naval, en el mes de mayo. Aquella vez, Randy no contactó con Cochran para informarle acerca de lo que estaban haciendo en el programa Woman in Space.

Antes de presentarse en Pensacola, Jerrie pasó unos días entrenando en casa de la escritora de la revista Life Jane Rieker en Nueva York. Tom Harris, su jefe en Aero Design, siempre le autorizó a disponer del tiempo necesario para trabajar en el programa de Woman in Space; sabía que la participación de Jerrie beneficiaba a su empresa.

Las pruebas en Pensacola tendrían una duración de 10 días y con ellas se trataba evaluar la capacidad de los participantes para actuar en situaciones de extrema aceleración, altitud y movimiento; también verificaban sus reacciones durante la evacuación de una cápsula sumergida en el agua y su resistencia para soportar una eyección automática desde la cabina de vuelo.

El primer día en Pensacola Jerrie tuvo que saltar una valla y correr. Para el test de altitud en la cámara de presión, a 60°000 pies de altura, necesitaba un traje presurizado, y todos le venían grandes por lo que tuvieron que ajustarle el más pequeño con arreglos de última hora. En la cámara y con el traje, soportó las condiciones de máxima altura y después simularon una caída libre. Uno de los ejercicios más molestos fue el vuelo, sentada en el asiento del copiloto de un Douglas Skyraider, en el que el piloto efectuaba las acrobacias más exigentes mientras a Jerrie ─ocho agujas y una cámara─ le grababan todas sus reacciones físicas y orgánicas. Y quizá el que le causó mayor intranquilidad fue el de la cápsula debajo del agua. Le advirtieron de que no sintiera pánico, que evitara que algo se enganchara, que se fijase en un objeto de referencia, que se dirigiera a la escotilla, que la abriera y que nadase hasta la superficie; así de sencillo. Jerrie consiguió salir a flote sin que los buceadores tuvieran que rescatarla, en el tiempo previsto. Otro mal trago lo pasó a bordo de una cabina controlada por un sistema de movimiento que giraba a 10 revoluciones por minuto y en cuyo interior ella recibía instrucciones para realizar tareas como activar interruptores, girar botones, o mover objetos de un sitio a otro, en un ambiente en el que su orientación espacial se veía seriamente afectada.

Al cabo de diez días, Jerrie Cobb, logró pasar todos los ejercicios y Lovelace comunicó al resto de las participantes que se preparase para las pruebas en Pensacola que tendrían lugar, en el mes de julio. También les informó que el grupo se reuniría por primera vez y tendrían la oportunidad de conocerse todas ellas. Lovelace sugirió que, después de los ejercicios en Pensacola, discutieran como grupo, la estrategia más adecuada a seguir con los medios.

Aquel mes de mayo de 1961 también resultaría crucial para el desarrollo futuro de la NASA y la actividad espacial en el mundo. La tarde en que el astronauta Shepard se paseó triunfalmente por la ciudad de Washington, Kennedy urdió lo que sería uno de los proyectos más importantes de su mandato. El vicepresidente Johnson había pedido a la NASA un informe detallado de sus proyectos y actividades y James Webb, después de trabajar con su equipo y obtener el visto bueno del Secretario de Defensa, Robert McNamara, se lo hizo llegar: «Resultados importantes en el espacio simbolizan el poder tecnológico y la capacidad organizativa de una nación…son los hombres, no las máquinas, en el espacio, lo que capta la atención de la gente». El 25 de mayo de 1961, John Kennedy expuso en el Congreso las necesidades urgentes de la nación: «Son tiempos extraordinarios y arrostramos retos extraordinarios…es la hora de una gran empresa americana nueva». El presidente pidió a «todos los científicos, ingenieros, técnicos, contratistas y empleados públicos» que apoyaran la carrera espacial: «Esta nación debería comprometerse a conseguir el objetivo, antes del final de esta década, de aterrizar un hombre en la Luna y traerlo sano y salvo a la Tierra. Ningún proyecto espacial en este periodo será más impresionante para la humanidad, o más importante para la exploración del espacio a largo plazo y ninguno será tan difícil y caro de conseguir». El presidente Kennedy trató de involucrar a todo su pueblo en el logro de un proyecto ambicioso, capaz de movilizar un amplio espectro de las gentes de un país que, por primera vez, después de la II Guerra Mundial veía amenazado su liderazgo.

Jerrie Cobb, nada más finalizar sus pruebas en Pensacola envió una carta al administrador de la NASA, James Webb, a la que acompañó con un artículo de un periódico con la noticia de que los rusos se preparaban para enviar una mujer al espacio. Cobb, que ya había superado las pruebas en Pensacola, se ofrecía como voluntaria para la misión, aunque tuviera que esperar diez años más, y estaba convencida de que una mujer americana en el espacio era la mejor prueba de la fiabilidad y seguridad de los valores de su país. Pocos días después de que Webb recibiera esta misiva, Jerrie y el administrador de la NASA coincidieron en una conferencia que se celebró en Tulsa (Oklahoma). No tuvieron mucho tiempo de hablar, pero al final del discurso que pronunció James, después del almuerzo ─dedicado en su mayor parte al vuelo de Shepard─ se dirigió a Jerrie Cobb para felicitarla por sus éxitos, por haber superado las pruebas de los astronautas, mostró su simpatía por la incorporación de la mujer a los vuelos espaciales y sorprendió, a la audiencia y a la propia Jerrie, con el anuncio de su nombramiento como consultora de la NASA. En aquellas jornadas, Lovelace haría público por primera vez que un grupo de mujeres piloto había completado la primera fase de pruebas, idénticas a las que tuvieron que superar los astronautas del programa Mercury 7. Jerrie Cobb apareció en las primeras páginas de la prensa fotografiada junto a una cápsula espacial Mercury, pulcramente vestida, con tacones y guantes blancos.

Cuando finalizó la conferencia de Tulsa, Jerrie viajó a París porque tenía programada la asistencia a una serie de actos en la Feria Aeronáutica. En la misma ciudad, con motivo de la celebración del mismo evento y en el mismo hotel, se encontraba Jackie Cochran que, desde hacía muy poco tiempo, ya se había enterado de las pruebas en Pensacola y la designación de Jerrie como colaboradora de la NASA. Furiosa, Jackie mantuvo varias conversaciones con su marido que fue quién envió una larga carta de protesta a Lovelace por todo lo que estaba ocurriendo de espaldas a su esposa en el programa Woman in Space. Jackie no sabía nada y ella, que era el rostro ante la opinión pública del proyecto, tuvo que pasar momentos embarazosos cuando los periodistas le hicieron algunas preguntas. El médico trató de recomponer la situación con excusas y dejando bien claro que él no controlaba a Jerrie, y más si contaba con el apoyo de Webb porque los dos tenían vínculos muy fuertes con Oklahoma. Lo que sí podía hacer Lovelace era retrasar otra vez las pruebas del grupo de participantes en Pensacola para acomodar el momento de su ejecución a la agenda de Jackie si es que ella deseaba estar presente.

A Lovelace le dio la impresión de que la tormenta había pasado. Odlum y Jackie se comprometieron a financiar la estancia de las participantes y los gastos de viaje en Pensacola que, ajenas a la disputa entre Jerrie y Jackie, les sorprendió recibir cartas de Jerrie, Jackie y Lovelace sobre el mismo asunto, con cambios de fechas casi en las vísperas.

Jackie trató, sin ningún éxito, de concertar una entrevista con Jerrie mientras las dos atendían la Feria Aeronáutica parisina y, a su regreso a Estados Unidos, mantuvo conversaciones con el almirante Robert Pirie, adjunto al Jefe Naval de Operaciones Aéreas de la Marina. Jackie lo haría partícipe de sus preocupaciones cuyo fundamento eran las prisas, la gestión y la escasa amplitud del proyecto ya que con un número tan reducido de participantes corrían el riesgo de perderlas a todas (por su experiencia en el WASP sabía que la tasa de abandono entre las mujeres era bastante elevado). El almirante solicitó a la NASA la confirmación oficial de que la agencia había solicitado las pruebas para las participantes del programa Woman in Space y James Webb tuvo que responder que su organización no habían intervenido en aquel asunto; sin una petición formal de la NASA el almirante dio la orden de suspenderlas.

Pocos antes del día previsto para el inicio de las pruebas en Pensacola, Lovelace envió una carta a todas las participantes notificándoles que el proyecto Woman in Space se cancelaba con carácter definitivo.

De nada servirían todas las gestiones que Jerrie Cobb realizó con la intención de recuperar el programa, de que la Fuerza Aérea y la Marina cambiaran de opinión, de que el Gobierno interviniese a su favor o de que fueran los políticos del Congreso quienes ayudaran al grupo de aviadoras que la gente empezaría a conocer con el nombre de Mercury 13. En marzo de 1962, Jane Hart y Jerrie Cobb se entrevistaron con el vicepresidente Lyndon Johnson que insistió en que el asunto estaba fuera de su alcance, en manos de la NASA. Tampoco los subcomités ni el comité del Congreso encargados de analizar este asunto las apoyaron después de escuchar a las partes implicadas, a los astronautas que declararon, como Glenn y Cooper, y a la propia Jackie Cochran que de algún modo prestaron apoyo a la posición gubernamental. Las protestas de Jerrie harían que la NASA le retirase el cargo o título de asesora, a finales de 1961.

Jackie Cochran apoyaría un programa de mujeres en el espacio, pero no aquel, en el que con toda seguridad perdería su posición de primera aviadora del país que recaería sobre la futura astronauta. Glenn y Cooper no veían ninguna ventaja inmediata en la incorporación de mujeres al programa espacial. Y los responsables de la ejecución de los proyectos trabajaban sometidos a la presión de tener que alcanzar a los soviéticos lo antes posible, sobrepasarlos y poner un hombre en la Luna antes de la siguiente década. De otra parte, las participantes en Woman in Space nunca actuaron como un grupo y la propia Jerrie desconocía cuáles eran sus opiniones.

Jerrie Cobb continuó su tarea de lobby hasta 1965. A partir de ese momento empezó a volar en el Amazonas en misiones humanitarias. En 1980 fue nominada para el premio Nobel de la Paz. Lovelace continuó trabajando para la NASA. Falleció en un accidente aéreo en 1965. Jackie Cochran fue nombrada consultora de la NASA en 1963. Siguió acumulando records en los años 60, escribió una autobiografía en la que aparece como la protagonista principal del programa Woman in Space y murió en 1980.

Los soviéticos consiguieron que la primera astronauta fuera la rusa Valentina Tereshkova, el 16 de junio de 1963, y los estadounidenses se demorarían en enviar una mujer al espacio veinte años (Sally Ride a bordo del Challenger el 18 de junio de 1983).

En 1995, 11 de las 13 mujeres del programa Woman in Space se reunieron para aplaudir a la astronauta Eileen Collins en el lanzamiento del transbordador espacial (STS-63). En 1999 volvieron a juntarse cuando Collins se convirtió en la primera mujer al mando de una lanzadera de la agencia espacial; la NASA dedicó esta misión (STS-93) a las mujeres pioneras de la aviación.

 

La Passarola

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La Passarola

 

El escritor portugués, José Saramago, en su libro Memorial del convento cuenta cómo funciona la máquina de volar de Gusmao:

«Esto que aquí ves son las velas que sirven para cortar el viento y se mueven según las necesidades, y aquí está el timón con que se dirigirá la barca, no al azar sino por medio de la ciencia del piloto, y éste es el cuerpo del navío de los aires a proa y popa en forma de concha marina, donde se disponen los tubos del fuelle para el caso de que falte el viento, como tantas veces sucede en el mar, y éstas son las alas, sin ellas, cómo se iba a equilibrar la barca voladora, y no te hablaré de estas esferas, que son secreto mío, bastará que te diga que sin lo que ellas llevarán dentro no volará la barca, pero sobre este punto aún no estoy seguro, y en este techo de alambre colgaremos unas bolas de ámbar, porque el ámbar responde muy bien al calor de los rayos del sol para el efecto que quiero, y esto es la brújula, sin ella no se va a ninguna parte, y esto son roldanas y poleas, que sirven para largar y recoger velas, como los barcos en la mar. Se calló un momento, y añadió, Y cuando todo esté armado y concordante entre sí, volaré».

Son viejas historias que, para Saramago, se componen de verdades e invenciones casi en la misma proporción; pero Lorenzo de Gusmao existió, diseñó esta nave, la Passarola, y en mi libro El secreto de los pájaros, narro su historia. Es difícil entender a Gusmao sin tener una ligera idea del conocimiento aeronáutico de la época, caracterizado por el intento de construir máquinas voladoras inspiradas en la flotabilidad de elementos menos pesados que el aire, y en la que destacó la figura de otro fraile: Francisco Lana de Terzi. Gusmao tuvo que estudiar al italiano.

Este es la historia de los dos inventores que copio de mi libro:

 

Francisco Lana de Terzi

La idea de utilizar el principio de Arquímedes para dotar de capacidad de flotación a un artefacto la recogería otro religioso italiano. Francisco Lana de Terzi, hijo del conde Gherardo Lana de Terzi y la condesa Bianca, nació en Brescia el 10 de diciembre de 1631, en el seno de una noble familia cuyos ancestros procedían de la región de Bérgamo. El joven Francisco se educó en el colegio de San Antonio de los jesuitas y el 11 de noviembre de 1647 ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Roma. En su juventud dio clases de gramática en la escuela de Terni y escribió una obra de carácter religioso La rappresentazione di San Valentino martire e Prottetore di Terni, con la coronzione di Tacito, Floriano, Ternani, Imperatori Romani. El largo título de esta obra pía, quizá presagiara que el jesuita, aunque fue un hombre piadoso hasta la muerte, no volviese a escribir sobre cuestiones religiosas, dedicándose por completo a asuntos científicos durante el resto de su vida. Fue profesor de matemáticas de la universidad de Ferrara de 1677 a 1679 y a partir de 1680 se aposentó en Brescia, ciudad en la que murió el 22 de febrero de 1687. Durante esta época, fundó la Academia Brixiensis Philo-Exoticorum Naturae et Artis de la que fue su primer presidente. La actividad científica del jesuita abarcó todas las disciplinas del saber, en una época en la que la universalidad de Leonardo da Vinci, era todavía posible. Terzi quería rescribir toda la antigua ciencia en clave moderna, contrastando el conocimiento tradicional con la experimentación práctica. En el año 1684 publicó el primer volumen de su Magisterium Naturae et Artis, y el segundo en 1686, publicándose el tercero, después de su muerte, en 1692.

En el año 1670 apareció publicado en Brescia un pequeño volumen, Prodromo overo Saggio i alcune inventione nuove premesso all’arte maestra, en el que expuso, en los capítulos quinto y sexto, sus conceptos sobre la aeronáutica. En primer lugar, el profesor de Brescia, daba un repaso a los inventos de máquinas voladoras, reales e imaginarios, de los que tenía noticia, para concluir que había cuatro formas de volar.

Terzi empezó refiriéndose a la paloma de Archytas, el famoso filósofo y matemático griego, de quién se dice que construyó unas palomas que volaban. Lana de Terzi sugirió que quizá volaran igual que los dragones de Battista Porta que en su libro Magia Naturales explica a sus lectores cómo construir éstos animales voladores, sujetos a una cuerda como las cometas, un sistema que todos conocían en la época del jesuita, pero desconocido por los lectores de Porta. Pudiera ser que las palomas de Archytas fueran también cometas. Después cita a Adrianus Romanus y cuenta que Regiomontanus, el famoso astrónomo y matemático, construyó un águila que voló al encuentro de Carlos V, en su solemne entrada a la ciudad de Nuremberg, acompañando al monarca. A continuación apunta que Boecio hace referencia a ciertos pájaros pequeños que no solo volaban sino que cantaban y que el Emperador Leone tenía otros pajarracos parecidos. Finalmente, recuerda a sus lectores que según el padre Famianus Strada, el ingeniero Turriano construyó para el Emperador Carlos V unos pájaros voladores, cuando se recluyó en Yuste. Es curioso observar cómo el jesuita, en el repaso que da a la historia del vuelo anterior a su época, no hace ninguna referencia a la obra aeronáutica de Leonardo, de quién le separaba poco más de un siglo, lo cual demuestra que los trabajos del florentino habían permanecido ocultos hasta entonces.

Después del análisis de las máquinas voladoras de las que tenía noticia, el jesuita, propondría las cuatro formas de volar.

Los dos primeros métodos, que sugiere Lana de Terzi, tienen en común la utilización de dispositivos ornitópteros que obtienen la energía de mecanismos de relojería. El tercer método utiliza aire a presión, que al soltarse debajo de las alas impulsaría al artefacto. El cuarto, se basa en el principio por el que las cáscaras ligeras y cerradas, llenas de vapores calientes, se elevan.

Lana de Terzi diseñó, con todo detalle, una máquina siguiendo el cuarto de los métodos que había propuesto. Se trataba de un aparato con una barquilla de madera, sujeto por cuatro globos de plancha de cobre fina, de unos 6 metros de diámetro cada uno. A los globos se les tenía que quitar el aire de su interior, con lo que, al estar vacíos, proporcionaban el empuje necesario para soportar el peso de la barquilla de madera y a sus tripulantes. Para propulsar su invento, en la barquilla colocó una vela y unos remos, de forma que el navegante piloto podría desplazarse por el cielo, remando en el aire o auxiliado por los vientos, con lo que el aparato se inspiraba por completo en la ingeniería naval.

Sin embargo, el jesuita pensó que aquél ingenio no debería construirse nunca por dos razones: la primera porque costaría un dinero para el que seguro había otros fines más piadosos y adecuados, y la segunda porque Dios no permitiría la construcción de semejante arma de destrucción, capaz de volar sobre una fortaleza y lanzar a sus indefensos ocupantes explosivos mortales. En cualquier caso, Lana de Terzi también se lamentó de que su voto de pobreza le impedía reunir los fondos necesarios para construir el ingenio que había ideado. Sin embargo, en el año 1670, cuando Lana de Terzi hizo público su invento, era prácticamente imposible construir las esferas con delgadas planchas de cobre y someterlas a un vacío suficiente sin que colapsaran. A pesar de lo fantástico e irrealizable que era su máquina de volar Lana plasmó de forma clara, aunque un tanto sofisticada, el concepto de lo que cien años más tarde se reinventaría con el nombre de aeróstato o globo. También llama la atención la premonición del jesuita, en cuanto al horror que el uso de las máquinas voladoras podría infringir en tiempos de guerra a los hombres. Tuvieron que transcurrir doscientos cuarenta y cinco años para que sus vaticinios se hicieran realidad. En 1915, el Káiser Guillermo II, Emperador de Alemania y Rey de Prusia, ordenaría a su temible flota de dirigibles de cuerpo rígido que bombardeara Inglaterra y su decisión causaría pánico a la población civil. Afortunadamente, las máquinas voladoras del Ejército y la Marina del Káiser no resultarían tan destructoras como Lana de Terzi había anticipado.

Lorenzo de Gusmao

Hacer el vacío a una esfera de cobre o de cualquier material no era posible, pero rellenar un artefacto muy ligero de aire caliente no planteaba grandes problemas. Teniendo en cuenta que el aire caliente pesa menos que el aire atmosférico que lo rodea, el principio de Arquímedes funciona igualmente, y si el artefacto que contiene el aire es suficientemente ligero se elevará. Muy pronto, otro monje, pero esta vez brasileño, de nombre Bartolomé Lorenzo de Gusmao, cortesano del rey Juan V de Portugal, que había merecido los favores de su monarca por sus atrevidos y exóticos proyectos, demostró que un globo lleno de aire caliente era capaz de elevarse.

Lorenzo Gusmao nació en la localidad de Santos de la provincia de Sao Paulo en Brasil, el año 1685, hijo de un médico de prisiones, que tuvo otros once hijos. Destacó desde muy joven por su habilidad para las ciencias y fue admitido en el seminario de Bahía, donde construyó una bomba capaz de levantar agua unos 100 metros. Posteriormente decidiría retornar al país de sus ancestros: Portugal. En Coimbra, un día en el que Gusmao dedicaba sus fuerzas a la noble tarea de lavar la ropa, se fijó en el vuelo de las pompas de jabón. Gusmao concibió una nave, la Passarola, cuyo diseño no es bien conocido, pero sí el uso para el que su inventor la había creado: una nave capaz de transportar enseres y tropas a los confines del vasto imperio del rey de Portugal, Juan V. También podría utilizarse para observar la Tierra y los mares y confeccionar mapas geográficos. El invento contaba con dos esferas que guardaban poderosos imanes amarillentos, alas, velas y remos. Gusmao presentó sus ideas en la corte del rey portugués, lugar en donde contaba con ciertos apoyos, porque su hermano Alejandro era un oficial que prestaba servicios al rey Juan. Además, durante un viaje a España, Gusmao, tuvo la oportunidad de conocer y deslumbrar con sus ideas a la princesa Isabel, futura emperatriz de Austria, que lo recomendó al rey portugués. El rey lusitano, que entonces tenía veinte años, una gran curiosidad por las ciencias y las artes, y que también oficiaba de mecenas, decidió ayudar al joven Gusmao que, el 19 de abril de 1709, recibiría de su monarca el encargo de construir una máquina capaz de volar, apoyo financiero y un puesto de profesor de matemáticas en la universidad de Coimbra. Se sabe que su primer ingenio, que probó en el palacio de San Jorge, no funcionó correctamente, pero después de varios ensayos y cambios radicales en el modelo, Gusmao presentó en el palacio real, su famoso globo de aire caliente. El experimento se llevó a cabo el 8 de agosto de 1709, en el salón de Indias del palacio real, en Lisboa, en presencia del rey y su esposa, la reina Ana María, del cardenal Conti, que con el tiempo se convertiría en el Papa Inocencio III, y de otros dignatarios. El relato de lo que ocurrió aquél día en palacio lo recoge el padre Ferreira en su Ephemeride historica chronologica. El globo disponía de una pequeña cesta metálica, bajo la abertura del balón, donde ardían ascuas que producían el aire caliente. El aparato flotó por la sala y llegó a elevarse unos 3,5 metros, con tal mala fortuna que fue a dar con unos cortinajes, prendiéndoles fuego, de modo que los lacayos de su majestad tuvieron que abatirlo y apagar las llamas, urgentemente, para evitar un incendio de grandes proporciones. El globo de Gusmao, armado con una ligera estructura de madera, era de papel.

Lo lógico, después del experimento que con tanto éxito llevó a cabo el brasileño, hubiera sido tratar de construir un globo de mayores dimensiones, pero por razones no del todo claras Gusmao abandonó Portugal, se refugió en España y murió en Toledo quince años más tarde, a los treinta y nueve años, empobrecido e ignorado.

El secreto de los pájaros

El primer hombre que voló sobre España: Diego Marín Aguilera

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Monumento a Diego Marín, Coruña del Conde

¿Fue Diego Marín Aguilera el primer hombre que voló con un aeroplano? Sabemos que Pilâtre de Rozier y el marqués de Arlandes fueron los primeros en hacerlo con un aeróstato, en 1783, y que Wan Hu estrenó la navegación aérea con un artefacto propulsado mediante cohetes, en 1465. Pero lo que no sabemos es si el vuelo del español ─que llevó a cabo en Coruña del Conde a finales del siglo XVIII─ habría que inscribirlo en la primera página de la historia de la navegación aérea, junto con el de los dos franceses y el chino; cada uno con su artefacto.

Si Diego Marín Aguilera hubiera volado las 431 varas castellanas que relatan las crónicas, se trataría de un hito excepcional: no estaríamos frente al primer hombre que voló sobre España, como lo bautizó el periodista Eduardo Ontañón en 1932, sino que muy probablemente se trataría del primer hombre que voló sobre el mundo con un aeroplano.

Hay que situar los hechos en el contexto mundial aeronáutico para comprender la importancia que tienen. Casi todas las referencias coinciden en que el vuelo de Diego ocurrió en Coruña del Conde, durante la noche del 15 de mayo de 1793. En aquella época el desarrollo de la máquina de volar más pesada que el aire se encontraba en un punto muerto. Desde la muerte del gran maestro florentino Leonardo da Vinci, en 1519, prácticamente nadie se había dedicado al estudio del vuelo con este tipo de máquinas. Además, los trabajos de Leonardo permanecieran ocultos hasta el siglo XIX por lo que los interesados en el vuelo, a lo largo de los tres siglos que siguieron a su fallecimiento, no pudieron estudiar los dibujos aeronáuticos ni leer los textos del genio renacentista.

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII (con la salvedad del año 1799), no hubo ningún avance, ni se efectuaron experimentos de vuelo relevantes con máquinas más pesadas que el aire. La única excepción fueron los tradicionales ejercicios de los saltadores de torres, que hubo siempre, carentes de rigor y fundamento técnico. Si bien es cierto que, en esos casi 300 años, el desarrollo de la máquina de volar no se benefició de ningún progreso, hay que reconocer que se produjeron importantísimos descubrimientos que contribuirían a su invención posterior.

En el siglo XVII un religioso italiano realizó estudios sobre el vuelo de los pájaros cuyos resultados cuestionaban la idea de que para impulsarse movían las alas hacia atrás. La vieja concepción aristotélica consistía en suponer que los pájaros bajaban las alas para sostenerse en el aire y las movían hacia atrás para impulsarse. Algo que, hoy sabemos, es completamente falso. En su obra De Motu Animalium publicada en 1680, al año siguiente de su muerte, el científico napolitano Giovanni Alphonso Borelli explica cómo los pájaros se propulsan gracias a la torsión de la punta de sus alas en el movimiento descendente. Borelli también estudió la musculatura del pájaro para concluir que sus pectorales son incomparablemente más potentes que los del hombre, lo que cuestionaba la posibilidad de que nuestra especie fuera capaz de ejercitar el vuelo con alas en los brazos.

Junto con las aportaciones de Borelli, los progresos científicos en el campo de la Física y de la Mecánica de Fluidos durante los tres siglos ulteriores a Leonardo da Vinci, tanto a nivel teórico como práctico, aportarían conocimientos útiles para los posteriores desarrollos relacionados con la invención de la máquina de volar más pesada que el aire. Daniel Bernoulli y Leonhard Euler con sus estudios sobre el comportamiento de los fluidos y John Smeaton, que determinó el valor de la constante que relaciona la fuerza del viento sobre una placa con el cuadrado de su velocidad, fueron quizá los representantes más significativos de este grupo de estudiosos.

De un modo, casi imprevisible, en 1799 un aristócrata inglés dibujó en un disco de plata el concepto de aeroplano, tal y como lo conocemos hoy. Se llamaba sir George Cayley y su gran mérito fue concebir una máquina en la que el peso del aparato, con su piloto y carga de pago, lo soporta un ala fija y la resistencia al avance de la aeronave se supera con la ayuda de un motor. El invento de Cayley, además de alas, llevaba una barquilla para alojar al piloto y en la parte posterior una cola cruciforme para dotarlo de estabilidad. Un diseño idéntico al de nuestras modernas aeronaves que los diseñadores y fabricantes aeronáuticos del siglo XXI no hemos sabido cambiar. Pero, con anterioridad a Cayley, no se tiene noticia de que nadie hubiera experimentado el vuelo con un tipo de máquina similar a la que él describió.

Diego Marín voló en Coruña del Conde poco después de que se realizasen los primeros ascensos en globo de la historia, que lógicamente renovarían el interés por la navegación aérea en todo el mundo. Prueba de ello, es que el joven George Cayley se interesó por este asunto mientras estudiaba en Londres y parece que los primeros dibujos del aristócrata inglés ─relacionados con su aeroplano─ datan de 1793, el mismo año en el que Diego realizó su vuelo en tierras burgalesas.

En el último decenio del siglo XVIII, que es cuando el inventor español efectúa su experimento aéreo, la ciencia del arte de volar con una máquina más pesada que el aire se encuentra a punto de nacer. Se sabe algo más sobre el vuelo de los pájaros y las fuerzas que una corriente de aire ejerce sobre una placa. La reciente invención del globo, por los hermanos Montgolfier, causa un gran interés por el vuelo en toda Europa y un inglés, sir George Cayley, formula el concepto de aeroplano moderno, en 1799, aunque no construyó los primeros planeadores hasta pasados algunos años. Estamos en el punto de salida de la carrera por la conquista del aire que cobra velocidad a lo largo del siglo XIX y que al final la ganan, en 1903, dos desconocidos fabricantes de bicicleta estadounidenses: los Wright. En ese contexto, el vuelo de Diego Marín, posee unas connotaciones muy particulares: ¿Fue él quien inició el proceso que culmina con la invención del moderno aeroplano cien años más tarde, o su aventura no tiene ningún fundamento técnico como tantos otros saltos de gente tan inculta como atrevida? El problema con el vuelo y la historia de Diego Marín Aguilera es la falta de documentación relacionada con todo el asunto y durante unos cuantos días yo he tratado de recopilarla. Quizá, al verla con mayor perspectiva podría llegar a alguna conclusión.

En internet he leído 45 entradas sobre este tema en las que se pueden observar contradicciones; seguramente habrá más entradas, aunque no creo que sean muy diferentes a las anteriores. Una de ellas es mía y la escribí antes que este artículo; después de un estudio un poco más exhaustivo no creo que tenga que hacer ninguna corrección que valga la pena, salvo la aclaración de que, como en mayo el día es muy largo y todas las crónicas datan los hechos en la noche del día 15, yo me atreví a suponer que ocurrieron durante la madrugada del 16. No creo que sea un asunto demasiado relevante. Relevantes tampoco son la mayoría de las contradicciones de las 45 entradas que, salvo algunos errores, denotan que sus autores han utilizado las mismas fuentes: dos, que más adelante citaré.

Todos los artículos de internet coinciden en que se lanzó desde el cerro en el que se levanta el castillo de su pueblo, que cayó a tierra porque se rompió un perno del aparato que se controlaba con manivelas, que se dirigía a Burgo de Osma y después a Soria, que voló 300 metros o más, que las alas eran de alambres y plumas, que Diego había estudiado el vuelo de los pájaros, que era un artesano habilidoso que había mejorado máquinas hidráulicas (molinos de agua y batanes) en la comarca y diseñado una aserradora de mármol en Espejón y que sus paisanos ─después del experimento─ quemaron el artefacto, lo que sumiría a Diego en una profunda depresión que acortaría su vida. Casi todos coinciden en la fecha del vuelo (la noche del 15 de mayo de 1793), en el año de nacimiento de Diego Martín (1757), en que le ayudaron su hermana y su amigo Joaquín Barbero, en la distancia que recorrió (431 varas castellanas) y que murió a los 44 años de edad.

En alguno de los artículos se menciona como punto en el que aterrizó el río e la desembocadura del arroyo de Fuente Gadea en el río Arandilla. Si hubiera sido así el vuelo sobrepasaría con creces las 431 varas que, de otra parte, es la distancia que figura en dichas entradas.

En 1996 Fidel Cordero dirigió la película La fabulosa historia de Diego Marín que trata sobre este asunto. También he podido verla. En la película la hermana de Diego no aparece y, a cambio, el inventor disfruta de la compañía de una novia, aprende a leer gracias a la hija de una marquesa que termina en las montañas de bandolera revolucionaria y cuenta con la amistad del hermano de su joven profesora que muere por culpa de una explosión cuando realiza experimentos con cohetes. Diego construye su aparato con la ayuda de la novia y un amigo, vuela lanzándose desde el castillo y es el cura quien instiga al vecindario para quemar el artefacto. La película fantasea la realidad para fabricar una historia comercial o cuenta con fuentes de información que desconozco.

Además de repasar los artículos en internet y ver la película, he vuelto a leer las referencias a Juan Aguilera en libros que tengo en casa sin encontrar nada nuevo ni distinto, salvo algún error en los textos.

Mi conclusión es que la mayoría de los escritos se inspiran en dos fuentes: un artículo de Eduardo Ontañón que apareció en el número 230 de la revista gráfica madrileña Estampa, el 4 de junio de 1932 y otro escrito de Juan Albarello que se publicó en la sección de Efemérides el 15 de mayo de 1918 en el Diario de Burgos; este último artículo puede encontrarse en la recopilación que se editó en 1919 con el título de Efemérides Burgalesas de los artículos publicados por Albarello en el diario durante el año anterior.

He conseguido ambos documentos y las dos versiones de lo que ocurrió son similares, aunque difieren en una cuestión sustancial y es la fecha en que Diego voló. Desconozco las fuentes que utilizó Albarello para escribir su artículo, pero sí sabemos que Eduardo Ontañón viajó a Coruña del Conde en 1932 y se entrevistó con la gente del lugar. Allí también tuvo acceso a un documento que recoge las declaraciones que haría con posterioridad Joaquín Barbero.

He entrecomillado las referencias precisas que hace Ontañón al documento, que según él conserva el pueblo ─no dice dónde ─ y he resumido el resto de su relato, que es como sigue:

«A los catorce años era Diego Marín muy nombrado en Coruña del Conde y pueblos inmediatos». Comenzó enseguida a ingeniarse en «la práctica de varias rutinas del país», mejoró el mecanismo de un molino de agua en el río Arandilla, hizo la máquina para un batán y construyó otra para aserrar mármoles en las canteras de Espejón. Durante algún tiempo se ocupó en «recoger águilas, que acarreaba reuniendo carnes muertas en un sitio donde construyó una tapia, y apenas cogía una la hacía morir por asfixia, la desplumaba, pesaba el cadáver con los húmedos y aparte la cantidad de pluma». Así fue construyendo el «recurso volátil» con alas de dos varas cada una, «susceptibles de flemones y movimientos articulares, compuestas de ligeras costillas de hierro vestidas de plumas de águila, colocadas en la misma forma y en la misma ala a que habían pertenecido, sujetas al armazón entre sí por medio de alambres, y una cola también con las plumas téctricas (sic) sacadas de otras águilas. Así, éstas como las alas, eran agitadas por medio de una manivela que movía a su voluntad el jinete, quien para mayor comodidad llevaba metidos los pies en unos casquillos de hierro elevados en los del pájaro, e iba vestido de plumas ». Los vecinos los parientes ya estaban alarmados y para hacer la prueba definitiva eligió la noche; acompañado de Joaquín Barbero y su hermana. En la noche del 11 de mayo de 1798 se dirigió con la máquina hasta el cerro del castillo. Allí le ayudaron a montar en el aparato y le dieron la mano de la despedida:

─ Voy a Burgo de Osma ─les dijo «alegre y sereno»─ y desde allí a Soria, y no volveré hasta pasados ocho días. Adiós.

Sin embargo, el vuelo se truncó de forma imprevista y su hermana y Joaquín vieron como caía al suelo y «merced a la claridad de la noche y por haberlo seguido a toda prisa» lo encontraron riñendo con el herrero, porque «la causa del accidente no fue otra que la rotura de un pernio de la articulación del ala derecha». Había recorrido 431 varas.

Los vecinos despertaron, se acercaron al lugar donde se encontraba el aparato, alguien dijo que eran cosa de brujas y lo destruyeron.

Diego Marín falleció el 11 de octubre de 1800, según apuntó el cura don Josef Sacristán Marín y Aragonés en su libro de partida de defunción.

Ontañón se refiere a la noche del 11 de mayo de 1798 y no al 15 de mayo de 1793 como la mayoría de los demás escritos. Si en la transcripción se hubiera equivocado de año, y quería reseñar el 11 de mayo de 1793, ocurre que ese día la luna no brillaba (el 10 de mayo de 1793 hubo luna nueva). El documento que sirvió a Ontañón para escribir el artículo dice textualmente «merced a la claridad de la noche». Y es difícil que se equivocara de día porque en su artículo resalta la coincidencia del número del día del mes en que voló con el de su fallecimiento. O sea que, la fecha no está tan clara como en un principio podía parecer.

Tengo que reconocer que durante unos días no pude dejar de pensar que hay algunos aspectos de la historia de Diego Marín que encajan muy bien con la de los incultos y obstinados saltadores de torres. La antigua concepción aristotélica del mundo se fundamentaba en que había cuatro elementos básicos que daban origen a todas las cosas: el agua, el aire, el fuego y la tierra. Los materiales hechos con sustancias de aire tenían una tendencia natural a ir al aire y los de la tierra a la tierra. Las plumas de los pájaros debían estar hechas de sustancias de aire y por eso muchos saltadores de torres se emplumaban el cuerpo creyendo que esas partes de los pájaros los llevarían a su lugar natural: el aire. Si Diego Marín atrapaba águilas y luego «pesaba el cadáver con los húmedos y aparte la cantidad de pluma» quizá estuviera tratando de adivinar el plumaje, por unidad de peso, que necesitaba un animal para volar. Según esa teoría, para volar, bastaría con fabricarse unas alas con la cantidad de pluma ─adecuada al peso que se desea a transportar─ y agitarlas para remar en el aire. El emplumado, las manivelas y el movimiento de las alas, lo que da la idea de que el aparato era un ornitóptero, apunta a que todo el proyecto habría que encuadrarlo en la abultada lista de los saltadores de torres.

Sin embargo, hay cuatro elementos en la historia de Diego Marín que me hicieron pensar que el proyecto tenía un fundamento racional: su experiencia en el diseño y fabricación de maquinaria, el tiempo que dedicó a la observación del vuelo de los pájaros, la distancia que cubrió durante el vuelo y su reacción cuando le destruyeron el artefacto.

Un hombre que es capaz de introducir mejoras en los molinos de agua, construir batanes y máquinas de aserrar mármol y cuya fama en el oficio se extiende por toda la comarca, es una persona ilustrada que sabe de hidráulica y mecánica. Dada su ocupación, no sería de extrañar que también conociese el funcionamiento de los molinos de viento, el movimiento de las aspas y su orientación con respecto al flujo del aire. Si durante su infancia, como pastor, había observado el vuelo de los pájaros, su mente despierta establecería similitudes entre el viento que incide en las velas de las aspas de los molinos y el que soporta el peso de los buitres, mientras planean. Pudo darse cuenta de que no hay ninguna diferencia: una corriente de aire que incide con un ángulo, no muy grande, sobre una superficie y genera una fuerza que hace girar las velas de las aspas en los molinos o aguanta el peso del buitre leonado que mantiene las alas extendidas en el cielo.

Las conexiones entre las máquinas y los pájaros solamente podía descubrirlas una persona que, además de poseer conocimientos e intuición para comprender el funcionamiento de las velas de los molinos, estuviera familiarizado con el vuelo de los grandes planeadores que abundan en aquellas tierras. Diego Marín había ejercido el oficio de pastor y era un muchacho despierto, curioso y observador, a quién no se le pasarían por alto el vuelo de aquellos grandes carroñeros y depredadores que, en ocasiones, suponían un riesgo para el ganado.

Recorrer 431 varas (359,8 metros) con un planeador como el que pudo construir Diego, desde el cerro del castillo, es algo extraordinario. Imposible de efectuar con un ornitóptero, como podría deducirse que era su invento de la lectura de los documentos anteriores. Con un ornitóptero, es decir, con un artefacto que batiera por completo las alas, no creo que hubiese ido más allá del tejado de la primera casa, y eso si las había muy cerca de la vertical desde donde se lanzó. Para realizar ese vuelo tan largo, el aparato tenía que ser un planeador con una superficie bastante generosa de ala fija. Es posible que contara con manivelas para ajustar el diedro o también que en las puntas hubiera dispuesto de planos que se pudieran batir con la intención de impulsarse. También es imposible ─tal y como especifica el documento─ que el artefacto tuviera una envergadura (distancia de punta a punta de las alas) de 4 varas (3,34 metros); con la superficie de unas alas de esas características el vuelo hubiera finalizado pocos segundos después del lanzamiento. En definitiva, si damos por válido que Diego voló 431 varas, su invento era un planeador bien concebido, diseñado por alguien que había estudiado con detalle el problema del vuelo.

Cuando los vecinos rompieron su artefacto Diego se hundió. Es la reacción de una persona que tiene una fe absoluta en lo que hace y otros le impiden sacar adelante sus proyectos. Los vecinos del pueblo y sus enemigos se asustaron al constatar que aquél hombre podría llegar a conseguir su propósito de volar y, semejante atrevimiento, sugería que el inventor hubiese hecho tratos con el demonio. De otra parte, Diego había conseguido volar, sabía que tenía que perfeccionar su máquina, pero sus hipótesis eran válidas. No pudo ser mayor su frustración. La melancolía lo llevó a una temprana muerte.

A pesar de que estos cuatro elementos indicaban que el experimento de Diego no era una de las muchas absurdas locuras, que a lo largo de siglos ha venido haciendo la gente, no podía olvidarme de las prácticas del cluniense con sus águilas: «apenas cogía una la hacía morir por asfixia, la desplumaba, pesaba el cadáver con los húmedos y aparte la cantidad de pluma». Era una frase que Ontañón decía haber copiado literalmente del documento que relataba los hechos y que se me antojaba más acorde con un ejercicio de magia que con un ensayo técnico. Hasta que de pronto, no sé por qué, se me ocurrió que casi todas las plumas estarían en las alas y, en cualquier caso, cabía la posibilidad de que solamente pesara las de las alas y que ese peso tenía que ser proporcional a la superficie de las mismas. Pudiera ser que Diego empleara el peso de las plumas de las alas para evaluar su área; era más fácil pesar plumas que dibujar el contorno de las alas y calcular la superficie. La relación entre el peso del pájaro y la superficie de las alas (carga alar) era un dato que Diego necesitaba conocer para estimar, en función de su peso y el de su máquina de volar, la superficie de las alas de su invento si quería que se asemejara a los pájaros. Si eso es lo que hizo, descubriría que la carga alar de sus águilas rondaba los 7 kilogramos por metro cuadrado y que si a su peso le sumaba el de la máquina, necesitaba unas alas con una superficie no inferior a unos 14 metros cuadrados. Un razonamiento que convertía una práctica con apariencias hechiceras en un recurso muy sofisticado para determinar la carga alar de las águilas o los pájaros que apresaba.

Una vez que encontré una justificación, que me pareció muy razonable, para explicar el tratamiento que Diego daba a sus águilas decidí regresar a Coruña del Conde para echar un vistazo desde el castillo. Ya había estado allí hacía unos años, pero quería comparar las vistas desde el cerro en que se asienta con las fotos del artículo de Ontañón en la revista Estampa. Tomé varias fotografías y por la noche, en casa, hice unos cálculos aproximados de la altura del montículo en el que se asienta el castillo, con respecto al río. Estimo que ronda los 30 metros, aunque varía de un punto a otro. Las 431 varas de recorrido desde una altura de 30 metros, en línea recta, dan un ángulo de planeo de 4,77 grados, como máximo.

Las primeras noticias que tenemos de vuelos experimentales con planeadores son los que mandó hacer el propio sir George Cayley. En 1849 parece ser que un niño voló en uno de sus artefactos y en 1853 le tocaría a su chófer hacer de piloto de pruebas en otro de sus inventos. De estos vuelos, aunque existen registros que los acreditan, no se tiene mucha información. Fue Otto Lilienthal, un ingeniero alemán, el primero en realizar ensayos de un modo riguroso y documentado con planeadores. De 1891 a 1896 ─año en que perdió la vida en un accidente─ efectuó unos dos mil vuelos con distintos tipos de planeador que él mismo construyó con la ayuda de su hermano Gustav. Sus experimentos marcaron el camino a seguir a los inventores de la máquina de volar más pesada que el aire. Gustav Lilienthal resumió en pocas líneas las características de los últimos vuelos de su hermano Otto: «El área de los planos de soporte era de 14 metros cuadrados; para una velocidad del viento de 6 m/s la velocidad del planeador era de 5 m/s, la caída 18 metros, y la longitud de la trayectoria de 300 metros con una inclinación de 4 grados. El peso total del piloto y el planeador era de 105 kilogramos».

Las descripciones que hace Gustav de los vuelos de su hermano tienen muchos elementos comunes con el que pudo realizar Diego Marín cien años antes: la distancia recorrida, el ángulo de planeo y las superficies de las alas (si es que el cluniense utilizó a las águilas como modelo). Otra cuestión es que para remontar el vuelo Diego tuvo que contar con un viento de morro de unos 6 m/s (21,6 km/h); esos vientos no son infrecuentes en sus tierras. Si fue así, y por lo que hemos visto pudo serlo, Marín Aguilera voló esas 431 varas y si las voló tuvo que ser así.

Mi conclusión es que, con el material disponible, hay recursos para montar una historia coherente y según la cual en el último decenio del siglo XVIII Diego Marín Aguilera construyó el primer aeroplano de la historia, y voló con él; sin embargo, la ausencia de documentación, hace que lo anterior no sea más que una hipótesis que no se puede demostrar. Como suele ocurrir en estos casos, sería más útil dedicar el esfuerzo al estudio de lo que sucedió que gastarlo en medallas, placas y alabanzas.

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El Boy-Carrier
El desconocimiento científico y la invención del vuelo

Referencias en internet a Diego Marín:

http://suenosdeaireazul.blogspot.com.es/2008/05/diego-marn-aguilera-el-hombre-pjaro.html

DIEGO MARÍN AGUILERA -El primer hombre que voló-

http://elbulotraselmisterio.blogspot.com.es/2013/02/inventores-en-el-olvido.html

http://www.diariodeburgos.es/noticia/ZE78667B9-B2F3-F7FD-7657C23A4F03AAE5/20121209/diego/marin/aguilera/pionero/aviacion

http://es.wikipedia.org/wiki/Diego_Mar%C3%ADn_Aguilera

http://www.publicoscopia.com/cultura/item/2343-el-vuelo-de-diego-marin-aguilera.html

http://www.arqueologiaypatrimonioindustrial.com/2014/01/el-avion-de-coruna-del-conde-monumento.html

http://www.ivoox.com/diego-marin-aguilera-audios-mp3_rf_2318955_1.html

Diego Marín Aguilera

http://foroespana.foroactivo.com/t3103-diego-marin-aguilera-precursor-del-ornitoptero

http://www.curistoria.com/2011/07/diego-marin-un-pionero-del-mundo-de-la.html

http://sinfuturoysinunduro.com/2009/02/24/la-fabulosa-historia-de-diego-marin/

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http://aviacionultraligera.es/foro-ulm/viewtopic.php?f=24&t=12685

http://diariodeunburgense.blogspot.com.es/2007/05/diego-marin-aguilera.html

http://aylagas.wordpress.com/2012/04/06/la-fabulosa-historia-del-burgales-diego-marin/

http://www.cope.es/detalle/Diego-Marin-el-hombre-pajaro-espanol-pionero-de-la-aviacion.html

http://caidodelahojadelcalendario.blogspot.com.es/2012/02/don-diego-marin-aguilera.html

http://programacontactoconlacreacion.blogspot.com.es/2014/05/el-primer-hombre-que-volo.html

CORUÑA DEL CONDE, Burgos. CUNA DEL PRIMER HOMBRE QUE VOLÓ. Por Adelina Arranz Aguilera

Haz clic para acceder a RGS%20Homenaje%20Marin%20Aguilera.pdf

http://postalesdejavi.blogspot.com.es/2008/04/monumento-diego-marn-aguilera.html

http://lamasbolano.com/sellos/1991-2000/2599-sellos-espana-1993-aerograma-diego-marin-aguilera-1-valor.html

http://www.pueblos-espana.org/castilla+y+leon/burgos/coruna+del+conde/648596/

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http://www.akasico.com/noticia/544/Ano/Cero-Historia-ignorada/La-prehistoria-del-vuelo.html

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/05/16/castillayleon/1242472063.html

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http://www.caminodelcid.org/Poblacion_CorunadelConde.aspx

http://www.harmoniclife.com/sample.aspx?SampleID=179955

Breve historia de los cometas y las aventuras de Philae

Halley's_Comet,_1910

Cometa Halley, 1910

Los cometas son pequeños cuerpos celestes que cuando pasan cerca del Sol forman colas de polvo y gas ionizado, materiales que proceden de su núcleo y que el calor volatiliza. La cola de gas sigue, desde el cometa, la dirección de la luz del Sol y la de polvo está entre esta y la trayectoria del cuerpo celeste. En el Sistema Solar hay miles de millones de cometas; los astrónomos observan con regularidad muchos, pero solo unos pocos trascienden al público en general. Son los más próximos o los más luminosos los que suelen adquirir la denominación de ‘gran cometa’; aunque no existe ninguna definición precisa para estos cuerpos celestes.

Los cometas desempeñaron un papel muy importante durante el proceso de formación del Sistema Solar. Hace unos 4500 millones de años los conglomerados de polvo y materia que rellenaban el espacio interplanetario colisionaban con frecuencia con los planetas, recién nacidos, y los restos de aquellas formaciones quedaron en el espacio en forma de asteroides y cometas. Es posible que gran parte del agua de nuestros océanos y que las complejas moléculas que dieron origen a la vida en la Tierra procedan de los cometas. Mientras que los planetas, desde su creación, se han visto sometidos a transformaciones químicas, los cometas han mantenido una composición muy similar a la que tuvieron cuando se originó el Sistema Solar. Son una especie de fósiles en el pequeño rincón del universo que ocupamos y ofrecen una oportunidad excepcional para el estudio de su formación y desarrollo.

Las observaciones desde la Tierra, y las que han hecho las sondas espaciales, de la composición de los cometas, muestran que contienen carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Todos estos elementos se hallan en las moléculas orgánicas más complejas, como los ácidos nucleicos y los aminoácidos, esenciales para la formación de la vida. La idea de que fueron los cometas los responsables de aportar el agua y “sembrar” los elementos que dieron origen a la vida en nuestro planeta ha ido cobrando fuerza de forma progresiva con el tiempo en el mundo científico. El observatorio espacial Herschel, de la Agencia Europea del Espacio (ESA), pudo comprobar que el agua del cometa Hartley era muy similar a la de la Tierra ¿Cómo es posible distinguir el agua de nuestros océanos de la que contiene un cometa? Las moléculas de agua tienen dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Los átomos de hidrógeno son muy simples, con un protón y un electrón. Hay un elemento, el deuterio, que tiene un electrón, pero que en su núcleo hay un protón y un neutrón. Químicamente es muy parecido al hidrógeno, pero es más pesado. Estos átomos se denominan isótopos. Dos átomos de deuterio se combinan igual con uno de oxígeno para formar lo que denominamos agua pesada. Nuestros océanos contienen esta clase de agua en una proporción determinada. Cuando se formó el universo, hace unos 13◦700 millones de años durante el big bang, se creó todo el hidrógeno y el deuterio del universo. Hoy, el agua de cada lugar contiene deuterio en cantidades diferentes, que dependen de las condiciones que caracterizaban el sitio en el que se formó. Así pues, comparando la tasa de deuterio en el agua de la Tierra con la de los cometas es posible determinar si su procedencia es la misma o no.

Los cometas tienen su origen en dos zonas del Sistema Solar muy distintas. Los que describen órbitas de corto periodo (menos de 200 años), suelen moverse en el plano de la eclíptica, al igual que los planetas, y su afelio (punto de la órbita más alejado del Sol) está en la región de los planetas exteriores (más allá de Júpiter). Estos cometas tienen su origen en el Disco Disperso: un anillo que se extiende a partir del cinturón de Kuiper que está a 30 UA del Sol. Los de mayor periodo y los que viajan siguiendo una trayectoria parabólica o hiperbólica, proceden normalmente de la nube de Oort. Se trata de una corteza esférica situada muy lejos de nuestra estrella, cuyo espesor se extiende de unos 2000 UA a 50◦000 UA de distancia, mil veces más alejada del Sol que la zona del Disco Disperso. Allí, el efecto gravitatorio de nuestra estrella es muy débil. En los confines del Sistema Solar otras estrellas y las galaxias próximas influyen en el movimiento de los cuerpos que los ocupan de un modo difícil de predecir. Los objetos celestes en la nube de Oort contienen gran cantidad de agua, metano, etano, monóxido de carbono, ácido cianhídrico y amoníaco. Se considera que esta nube es un resto del disco que dio origen a los planetas y que se formó alrededor del Sol hace 4600 millones de años. Algunos astrónomos opinan que los cuerpos del cinturón de Kuiper y el Disco Disperso también pasan a la nube de Oort y que las diferencias entre asteroides y cometas no son tan grandes como en un principio se creía.

Desde hace más de dos mil años los seres humanos han observado al cometa Halley, sin ni siquiera saber cómo se llamaba, porque fue Edmund Halley quién, en el siglo XVII, descubrió que describía orbitas alrededor del Sol y que tardaba unos 77 años en completarlas; a partir de entonces se convirtió en el cometa Halley. Sin embargo, no todos los cometas describen órbitas y los que lo hacen pueden tener periodos tan cortos como el cometa Encke (3,3 años) o tan largos como el del gran cometa de 1843 (515 años).

Tycho Brahe trató de calcular la distancia a la que pasó de la Tierra el gran cometa de 1577 y comprobó que ─mientras la ubicación aparente del objeto en el cielo era la misma visto desde su observatorio [cerca de Copenhague] que para otro astrónomo en Praga─ la de la Luna difería bastante. Esto le llevó a concluir que el cometa estaba del orden de tres veces más lejos que la Luna. Fue una aproximación bastante burda ya que en realidad se encontraba a unas 320 UA (unidad astronómica o distancia de la Tierra al Sol), según estimaríamos hoy a partir de las observaciones del propio Tycho Brahe. El famoso astrónomo danés todavía pensaba que el Sol giraba alrededor de la Tierra, igual que la Luna.

En 1744 otro fantástico cometa, el Klikenberg-Chéseaux, pudo contemplarse con el mismo brillo que Venus, y durante su perihelio (punto de la órbita más próximo al Sol) llegó a mostrar un abanico de seis colas. Los astrónomos ya habían observado otros cometas con múltiples colas, pero el de 1744 los desconcertó porque no se tenía noticia de ninguno con un número tan elevado. La explicación que se le ha dado a este fenómeno, en el caso del Klikenberg-Chéseaux, es la existencia de tres fuentes activas en el núcleo del cometa que, al rotar y enfrentarse al Sol, producen emisiones de forma secuencial.

En 1843, otro gran cometa exhibió al pasar cerca del Sol una larguísima cola cuya longitud era del orden de 2 UA. El 27 de febrero de aquel año podía contemplarse desde la Tierra durante el día. Nunca se había observado antes un cometa con una cola de semejante tamaño.

Durante estos últimos años, uno de los cometas más famosos fue Hale-Boop que se pudo contemplar desde la Tierra a simple vista durante un año y medio. Se hizo tristemente célebre cuando el grupo religioso Puerta del Cielo cometió un suicidio colectivo que afectó a 39 de sus miembros, convencidos de que tras el cometa viajaba una nave de extraterrestres en la que sus almas podrían embarcar para acceder a una vida superior. El trágico suceso ocurrió el 22 de marzo de 1997 cuando Hale-Boop se hallaba en el punto de su trayectoria más próximo a la Tierra.
A finales de noviembre de 2013, los astrónomos estuvieron pendientes de otro cometa, ISON, que terminó por desaparecer al acercarse a nuestra estrella. Cada vez que los cometas pasan cerca del Sol, se gastan, pierden materiales ligeros y brillo y con el tiempo terminan por convertirse en asteroides.

Este año, otro cometa está siendo objeto de especial atención por parte de la comunidad científica y el público en general. Se llama 67P/Churyumov-Gerasimenko.

En 1969 Klim Ivanovych Churyumov, del Observatorio Astronómico de Kiev, mientras examinaba una fotografía de un cometa (Comas Solá) hecha por Svetlana Ivanovna Gerasimenko, encontró una mancha en la placa. En principio pensó que era parte de la cola del objeto celeste. Poco después pudo constatar que se trataba de otro cometa distinto. Como es habitual, el recién descubierto objeto celeste recibió el nombre de sus descubridores. Sin embargo, los astrónomos Churyumov y Gerasimenko no podían imaginar, hace 35 años, que se harían mundialmente famosos gracias a una nave espacial que llevaría el nombre de la piedra que utilizó Champollion para descifrar la escritura jeroglífica egipcia, Rosetta, porque su misión sería la de desentrañar los secretos mejor guardados de los cometas.

En 2004, Rosetta, un un artefacto espacial de la Agencia Europea del Espacio, recibió el encargo de viajar hasta el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko para llevar a cabo una exploración única en la historia de los viajes espaciales. La nave llevaría a bordo un robot, Philae, capaz de posarse sobre la superficie del cometa. Precisamente fue en la isla egipcia de Philae donde los soldados de Napoleón encontraron la piedra Rosetta.

Rosetta lleva viajando por el Sistema Solar, con su robot Philae a bordo, más de diez años. Se ha adentrado en el espacio profundo, ha orbitado casi cuatro veces alrededor del Sol y para seguir su trayectoria se ha tenido que apoyar en las fuerzas gravitatorias de otros planetas. En junio de 2011 todos sus sistemas se hibernaron para ahorrar energía y así permanecieron cerca de dos años y medio hasta el 20 de enero de este año. Ese día, el despertador automático a bordo de Rosetta los reactivó y envió una señal: «Hola Tierra». A partir de ese momento, Rosetta, inició la aproximación final a su objetivo. En junio estaba a 430°000 kilómetros del cometa y en agosto lo alcanzó. Desde entonces, Rosetta ha descrito órbitas triangulares alrededor del objeto celeste para determinar en qué punto de su superficie deberá aterrizar Philae. Cuando lo seleccionó le pusieron un nombre: ̕sitio J̕. Sin embargo, la ESA decidió organizar un concurso para rebautizarlo y desde el 16 al 22 de octubre recibió 8°000 propuestas de 135 países con designaciones para ese lugar. La ganadora fue Agilkia que es el topónimo de la isla del Nilo a la que se trasladaron los antiguos monumentos egipcios ─incluyendo el templo de Isis─ que ocupaban la isla de Philae cuando esta se inundó debido a la construcción de la presa de Asuán.
El aterrizaje del robot Philae en el lugar denominado Agilkia del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, está previsto para dentro de unos días: el 12 de noviembre.

Philae lleva 10 instrumentos que le permitirán estudiar el material de la superficie y el interior del cometa y cómo se altera conforme la temperatura aumenta al acercarse al Sol. Dispone de un sistema de perforación para obtener muestras a 23 centímetros de profundidad que podrán ser analizadas por los espectrómetros para determinar su composición química; también cuenta con otros instrumentos para medir la resistencia, densidad, textura, porosidad, características del hielo y propiedades térmicas de los compuestos de la superficie.

Rosetta no es la primera nave espacial que aportará información sobre los cometas. Giotto, Stardust y Deep Impact ya lo han hecho. Giotto, el pintor del medievo que representó en sus lienzos a la Estrella de Belén, fue el nombre con que se bautizó a la primera sonda espacial que se aproximó a dos cometas: el Halley en 1986 (596 kilómetros) y el Grigg-Skjellerup en 1992 (200 kilómetros). Stardust, partió de la Tierra el 7 de febrero de 1999, recogió muestras de la coma del cometa Wild 2, la cápsula de retorno llegó a la Tierra el 15 de enero de 2006, y la nave principal continuó la misión hasta interceptar otro cometa, Tempel 1, en 2011. Deep Impact envió un objeto pesado contra Tempel 1, en 2005, para provocar un cráter en la superficie del cometa y estudiar su composición. El impacto contra el cuerpo celeste produjo una nube de polvo, más grande de lo que se esperaba, que ocultó la vista del cráter.

Aunque Rosetta no es la primera nave que estudia un cometa, es la que cuenta con el equipo más sofisticado, y la primera que lleva un robot capaz de permanecer sobre la superficie del cuerpo celeste durante meses. En un principio, incluso se pensó que la nave regresara a la Tierra con muestras del asteroide, pero el proyecto tuvo que abandonarse al resultar excesivamente costoso. Aun así la Agencia Europea del Espacio estima que la misión incurrirá en un gasto de unos 1300 millones de euros, en su defensa argumenta que es la mitad de lo que cuesta un submarino moderno o el precio de 3 aviones Airbus 380, incluso dice que si no hubiera habido físicos interesados en el estudio de las partículas tampoco se habría desarrollado internet.

Laika

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El primer mandatario de la Unión de las Repúblicas Soviéticas, Nikita Kruschev, quería que el 3 de noviembre de 1957 su agencia espacial sorprendiera al mundo con un gran lanzamiento espacial; deseaba celebrar así el cuadragésimo aniversario de la Revolución Soviética. Apenas habían transcurrido unos días desde que el brillante ingeniero de la agencia soviética, Serguéi Koroliov, había inaugurado la era espacial con la puesta en órbita del primer satélite construido por el hombre: el Sputnik 1. Estados Unidos se había quedado rezagada en la nueva competición que se abría entre las dos grandes potencias por la conquista del espacio.

La insistencia de Kruschev obligó a los ingenieros de Koroliov a improvisar un nuevo proyecto con el que no contaban. Y en cuestión de unas pocas semanas el Sputnik 2 tomó forma. Los soviéticos decidieron que pondrían en órbita, por primera vez en la historia espacial, un ser vivo: una perra de unos 6 kilogramos de peso. Diseñaron la cápsula del Sputnik 2, que tenía forma cónica con dos metros en la base y 4 de altura, para que alojase 3 compartimentos. En el superior colocarían los detectores de radiación, en el intermedio un transmisor para balizar la posición del satélite y en el inferior: a la perra.

Los rusos no eran los únicos que realizaban experimentos en el espacio con animales. Los primeros fueron los estadounidenses, especializados en preparar a monos para estos menesteres. El 11 de junio de 1948 un simio, Albert, murió a bordo del cohete V2 que alcanzó 63 kilómetros de altura en un vuelo suborbital. Fue el primer primer mono que viajó en un cohete. A continuación lo haría una saga de Albertos (hasta Albert V), que no sobrevivieron a los experimentos por diferentes causas, aunque cruzaron la altura que se considera la frontera en donde comienza el espacio (100 kilómetros), sin entrar en órbita. Pero los estadounidenses, desanimados, en 1957 no estaban muy convencidos de que valía la pena gastar más dinero con los ensayos del profesor Werner von Braun, el padre de las V2 alemanas al servicio del gobierno de aquél país, hasta que el Sputnik 1 conmocionó a la opinión pública del mundo entero.

A los soviéticos les resultaba más fácil entrenar perras que monos. Cuando decidieron poner en órbita uno de estos animales ya habían efectuado experimentos con ellos en vuelos suborbitales. Vladimir Yazdovsky y Oleg Gazenko eran los científicos encargados de entrenar a las perras. Seleccionaron a tres para la misión orbital: Laika, Albina y Mushka. Albina ya había volado antes. Laika era una perra callejera que capturaron en las calles de Moscú. Estos perros estaban acostumbrados a una existencia muy dura: sufrían las inclemencias del tiempo y pasaban hambre. A Laika (Ladradora), la llamaban también con otros nombres: Rizadita, Pequeño Insecto, o Limoncito. El entrenamiento empezaba acostumbrando a la perra a vivir en espacios muy reducidos, como el que tenía que soportar durante la misión espacial. También se las sometía a fuertes aceleraciones, en centrifugadoras, para comprobar que eran capaces de soportarlas.

Días antes del lanzamiento, las perras tuvieron que ser intervenidas quirúrgicamente para que les colocaran sensores debajo de la piel que capaces de captar, en todo momento, su presión arterial, el ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria.

Laika fue la seleccionada para el vuelo orbital. Era una misión de la que se sabía que no regresaría jamás. En la cápsula espacial dispondría de oxígeno, un sistema para eliminar el dióxido de carbono, equipamiento para mantener la temperatura a unos 15 grados, bolsas para los excrementos y la orina, comida abundante en estado gelatinoso y los dispositivos de captura de sus constantes vitales. El espacio físico era muy escaso, hasta el punto de que el animal no podría girar sobre sí mismo. El plan oficial consistía en que, transcurridos unos días, se le practicaría la eutanasia sirviéndole alimentos envenenados.

El 3 de noviembre de 1957 Laika despegó del cosmódromo de Baikonur. El ritmo respiratorio del animal se multiplicó por cuatro y su frecuencia cardíaca pasó de 103 pulsaciones por minuto a 240. Después de 3 horas en estado de ingravidez las pulsaciones de Laika retornaron a su valor inicial. Las variaciones de las constantes vitales y los tiempos de recuperación indicaron que la perra sufrió un nivel de estrés mayor del que acusaba cuando en los ensayos en tierra se veía sometida a las mismas aceleraciones. Las información recibida del satélite indicó que Laika había empezado a comer, pero al cabo de cinco o siete horas el animal dejó de transmitir señales de vida. Un problema de aislamiento térmico en la cápsula fue el responsable de la muerte anticipada de Laika.

Sin embargo, durante muchos años se especuló sobre lo que realmente le había ocurrido a la primera perra astronauta de la Historia. La Unión Soviética, al principio, no lo aclaró. Hasta que en el año 2002 Dimitri Malashenkov explicó, en un Congreso Internacional del Espacio en Houston (Texas), que Laika pereció en la cuarta órbita, debido a temperatura excesiva en el compartimento donde viajaba, ya que no pudieron resolver el problema de refrigeración desde tierra.

A lo largo de 5 meses el Sputnik 2 seguiría describiendo órbitas alrededor de la Tierra hasta el 14 de abril de 1958 día en que, después de la vuelta número 2570, entró en la atmósfera terrestre y se desintegró con los restos de quien fue su tripulante, Laika, a bordo.

 

El general que se cayó del avión: Agustín P. Justo

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Agustín Pedro Justo, primer mandatario argentino, presidiendo un chocolate de primera comunión (1937)

 

El telegrama que llegó al despacho del presidente de la República, en Buenos Aires, decía escuetamente. «Ministro de Guerra perdido en el aire. Alegría». Al señor presidente, Marcelo Torcuato de Alvear, tuvieron que aclararle sus acólitos que el extravío del ministro no provocaba gozo a nadie, sino que el firmante de la misiva era el capitán Victoriano Dionisio Martínez De Alegría, jefe de la escuadrilla de aviones Breguet XIX, a la que se le había despistado el paradero de su jefe: el general Agustín Pedro Justo.

Durante aquellos días, el ministro de Guerra, efectuaba una ronda de inspecciones a varias instalaciones militares. El 12 de abril de 1927 la escuadrilla había despegado de Córdoba, rumbo a La Rioja, con sus cinco (o cuatro) aviones y el ministro sentado en el asiento de atrás del avión de Alegría. Sin embargo, cuando aterrizaron en el destino, Alegría pudo comprobar cómo el asiento que ocupaba su jefe estaba vacío. El general se había perdido en el aire y lo que tenía que haber sido su cinturón de seguridad estaba desabrochado.

Muy pronto se inició una desesperada búsqueda que resultó muy provechosa porque los primeros aviones avistaron al corpulento ministro extendiendo su paracaídas sobre la tierra de la llanura, sin duda, para hacerse ver. Justo les indicó a los pilotos que siguieran volando y que no intentaran aterrizar en aquel lugar.

A las once de la mañana, ya hacía calor, y el ministro tenía sed por lo que decidió refugiarse en la sombra de un algarrobo en vez de agotarse en una inútil caminata. El general estaba algo dolorido, pero se encontraba bien. Durante el vuelo, en uno de los muchos baches que tuvieron que soportar, salió despedido de la cabina. No se había abrochado el cinturón de seguridad deliberadamente porque temió que, en caso necesario, podría confundir ese arnés con el del paracaídas. La cuestión es que el ministro se vio, casi sin darse cuenta, descendiendo en un paracaídas y dando vueltas de un lado a otro hasta que con los brazos tiró de los cabos y consiguió detener el giro. En unos diez minutos más llegó a tierra y al poco tiempo vio pasar a los aviones que lo buscaban.

Al atardecer empezó a caminar en la dirección por donde estimaba que debía pasar la vía del tren. De La Rioja había partido un numeroso grupo de gente con exploradores lugareños y personas con voz potente, voceros, cuya única misión era la de llamar a gritos al general. Entre las estaciones de Patagonia y Punta de los Llanos, que era el tramo en el que se había divisado al ministro, el tren hacía recorridos de ida y vuelta haciendo sonar el silbato. Cuando anocheció se encendieron hogueras a lo largo de la vía y se hicieron corros donde se calentaban los exploradores.

El general advirtió el trasiego y se aproximó a la línea del ferrocarril. Como empezó a sentir frío, trató de protegerse en un lugar próximo a la vía, hasta que vio llegar el tren, con su estruendo, a paso de hombre y subió en uno de los vagones. Allí se encontró con un grupo de sus buscadores que mataba el aburrimiento jugando a las cartas.

Aquel día durmió, lo que le quedaba de noche, en La Rioja adonde lo llevó el tren y la gente lo recibió satisfecha por el rápido desenlace del episodio. Al día siguiente un avión militar lo trasladó a Buenos Aires. Su esposa y el presidente Marcelo de Alvear acudirían a recibirlo.

Esta es una versión de lo que ocurrió pero según otras el capitán Alegría se dio cuenta enseguida de la caída de su pasajero y vio cómo el ministro descendía en paracaídas, unos 40 kilómetros antes de llegar a La Rioja (algo mucho más verosímil). El general perdió el sentido nada más salir de la cabina, el paracaídas se abrió automáticamente y en el momento en que despertó descendía suavemente a tierra. Cayó en un terreno boscoso y encontró unos campesinos que lo llevaron a un rancho donde pudo descansar y luego siguió caminando por las vías del tren hasta que, de madrugada, lo halló el convoy organizado para buscarlo.

Sea como fuera, lo cierto es que el general estuvo perdido algunas horas, hizo que cundiera el pánico en los estamentos oficiales y reapareció triunfante, como un héroe, en Buenos Aires.

Agustín Pedro Justo asumió la presidencia del gobierno argentino el 20 de febrero de 1932. Gran aficionado al fútbol, poco antes de abandonarla, en febrero de 1938, concedió un crédito de un millón y medio de pesos y las autorizaciones urbanísticas necesarias para que Boca construyera su nuevo estadio: La Bombonera.

El general, retirado, murió en 1943 a los 66 años de edad.

Turismo espacial: La vida es una aventura audaz o no es nada (Hellen Keller)

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Image Credit: NASA/ESA/Alexander Gerst

Da una vuelta a la Tierra cada 92 minutos y 52 segundos, a una altura de 412 kilómetros y viaja a 27°743 kilómetros por hora. La Estación Espacial Internacional (ISS) es un laboratorio en el que colaboran la Agencia Espacial Europea (ESA), la estadounidense NASA, y las agencias rusa, japonesa y canadiense de forma directa y otras entidades a través de estas. Desde el año 2000 siempre hay un equipo de astronautas a bordo en sus más de 900 metros cúbicos habitables que tiene en la actualidad. La ISS está considerada como una de las mayores obras de ingeniería de nuestra época.

La Estación no ha servido como habitáculo exclusivo de astronautas de los países que participan en el proyecto, sino que también ha recibido a turistas espaciales. El primero en llegar fue un millonario estadounidense que, según parece, pagó 20 millones de dólares por su billete de ida y vuelta y una estancia de 6 días en el hotel espacial. El 28 de abril de 2001, Dennis Tito inauguró el turismo de aventuras galáctico tres meses antes de cumplir 61 años. Viajó a la Estación Espacial a bordo de una nave rusa Soyuz, a pesar de los intentos de la NASA para bloquear la iniciativa de sus socios. Después de Tito, otros seis turistas han viajado al espacio con estancias cuya duración osciló entre 11 y 15 días y tarifas todas ellas superiores a los 20 millones de dólares. El cuarto turista fue Anousheh Ansari, una estadounidense de origen iraní que, el 18 de septiembre de 2006, se convirtió en la primera mujer en disfrutar de unas vacaciones en el espacio. Estos viajes a la Estación Espacial los comercializa Space Adventures Ltd, una empresa estadounidense radicada en Virginia, que también tiene oficina en Moscú y ha suscrito los correspondientes acuerdos con la agencia espacial rusa. Sin embargo, Rusia paralizó los viajes orbitales en 2010 debido a que en las siguientes misiones los asientos disponibles en la Soyuz estaban todos ocupados por las tripulaciones de astronautas. La agencia tiene previsto reanudar las operaciones turísticas a partir de 2015.
El turismo orbital continuará siendo un lujo al alcance de muy pocos, si es cierto que la agencia espacial rusa continua apoyando esta iniciativa. Pero hay otros proyectos en marcha, algunos bastante avanzados, para que los no astronautas podamos experimentar el viaje espacial.

Sir Richard Branson, el fundador de Virgin Group, creó Virgin Galactic para ofrecer viajes suborbitales a sus clientes. La sociedad lleva unos diez años tratando de desarrollar un vehículo capaz de elevarse hasta 100 kilómetros en el que los pasajeros puedan, al menos durante unos cinco minutos, experimentar la ausencia de gravedad y visitar el espacio que se supone que empieza en esas alturas. El proyecto no está resultando nada fácil. Branson compró la tecnología desarrollada por Burt Rutan y Paul Allen, en 2004, con su SpaceShipOne ─la primera nave no gubernamental en realizar un viaje suborbital a más de 100 kilómetros de altura. Dos de los vuelos de prueba han tenido problemas muy serios y en 2007 una explosión mató a tres de los ingenieros que trabajaban en el proyecto. El precio que se anunció para la excursión, que durará unas 2,5 horas en total con 6 turistas a bordo, fue de 200°000 dólares y la empresa tuvo unas 65°000 solicitudes de viajeros que deseaban ocupar alguna de las 100 primeras plazas. La sociedad ha revisado la tarifa y ahora es de 250°000 dólares lo que no es óbice para que cuente con más de 600 interesados que ya han desembolsado el 100% del precio del billete; entre ellos se encuentran Angelina Jolie, Brad Pitt, Russel Brand, Leonardo DiCaprio y Stephen Hawking. Sin embargo, la nave de Virgin Galactic que tiene que transportar a los turistas espaciales sigue sin estar lista. El propio Richard Branson anunció en abril de 2013 que las Navidades de aquel año viajaría al espacio vestido de Santa Claus, pero la realidad es que el hombre de negocios británico se tuvo que quedar en casa. Durante las últimas pruebas que se han hecho a principios de este año con la lanzadera espacial (SpaceShipTwo) han aparecido una serie de problemas técnicos cuya solución limitarán la altura que podrá alcanzar y su carga de pago. Virgin Galactic ha tenido que reconocer que, de momento, sus pasajeros no podrán alcanzar los míticos 100 kilómetros de altura, aunque se compromete a que superen los 80 km. A principios de este mes de octubre Branson anunció que Scaled Composites, la empresa californiana que está finalizando la nueva versión de la SpaceShipTwo, ha probado en tierra el nuevo motor, los vuelos de prueba se reanudarán enseguida y «las operaciones comerciales empezarán pronto, tal y como vengo diciendo desde hace unos años».

Los viajes espaciales de Virgin Galactic se anuncian como experiencias personales que transforman a los individuos. Según el director de la empresa, George Whitesides: «Es una observación simple, pero hay algo que se denomina efecto de perspectiva, que está científicamente documentado. Cuando la gente va al espacio vuelve con una perspectiva diferente y yo creo que muchos de los retos a los que nos vamos a enfrentar durante el próximo siglo son esencialmente retos planetarios que para resolverlos necesitamos tener una perspectiva planetaria». Whitesides espera que miles de personas vuelen al espacio en un futuro próximo y que ellos nos traigan esa visión imprescindible para afrontar los desafíos que se le plantean a nuestra sociedad. Y, según él, esa es la razón por la que el trabajo de Galactic es tan importante para el devenir del mundo y de la humanidad. Whitesides, antes de dirigir la empresa de sir Richard Branson, fue uno de los turistas que reservó un billete espacial, en 2005, junto con su esposa, para celebrar la luna de miel en las alturas.

Virgin Galactic no es la única empresa que vende viajes suborbitales. XCOR Aerospace con instalaciones en el desierto del Mojave, California, y en Midland, Texas, ha desarrollado una aeronave, Lynx, capaz de transportar al piloto y un pasajero a más de 100 kilómetros de altura. Mientras que Virgin ofrece una cabina de pasajeros muy amplia en donde los turistas pueden moverse con cierta libertad el espacio de Lynx es más reducido. El precio del viaje ronda los 100°000 dólares y la empresa, al igual que la Virgin Galactic, cuenta con una importante cartera de clientes que han abonado sus reservas. También está previsto que las operaciones comerciales se inicien a principios del próximo año 2015.

Hasta ahora, la exploración espacial ha sido un asunto reservado a las organizaciones empresariales con la salvedad de las ventas de unas pocas plazas turísticas, que la agencia espacial rusa ha hecho posible, para visitar la Estación Espacial Internacional. Sir Richard Branson lleva cerca de diez años tratando de poner en servicio una lanzadera espacial que permita a los turistas experimentar las condiciones de ingravidez durante unos cinco minutos y les ofrezca la visión de la Tierra desde el espacio. Según su director general, Whitesides, será una experiencia capaz de transformar el mundo. Una experiencia para gente que pueda pagar un cuarto de millón de dólares, además de gozar de unas excelentes condiciones físicas. Parece que hay decenas de millares de personas en este planeta con esas características, que están ansiosos por experimentar el vuelo espacial. Si alguna vez el SpaceShipTwo es capaz de resolver sus muchos problemas, quizá este tipo de turismo se convierta en un negocio extraordinario y otros transportistas copien la idea. Sin duda, el producto se abaratará y será accesible para economías holgadas, pero más modestas. Lo cierto es que las expediciones espaciales financiadas por la iniciativa privada pueden tener un desarrollo que hasta hace muy poco tiempo era impensable y dar un vuelco inesperado a la carrera del espacio que hasta la fecha ha tenido en el llamado “orgullo nacional” su principal móvil. De momento, una compañía (Orbital Technologies) también rusa, anuncia una Estación Espacial Comercial ─similar a la Estación Espacial Internacional─ en la que sus huéspedes podrán pasar varios días disfrutando de excelentes manjares, grandes camas horizontales o verticales, y observando la Tierra, su lugar de origen, a través de unas generosas escotillas. El precio rondaría el millón de dólares para una estancia de una semana.

El primer turista espacial, Dennis Tito, anunció en febrero de 2013 su intención de organizar un viaje para una pareja madura que, tras despegar de la Tierra en 2018 (o quizá 2021) darían la vuelta a Marte y después de más de 500 días de vuelo, regresarían a nuestro planeta. La financiación del proyecto sería privada: «Es una misión filantrópica. Cuando esta misión finalice yo no terminaré con una empresa, de hecho terminaré más pobre». Sin embargo, este año ya ha anunciado que la iniciativa debería organizarse mediante una colaboración público-privada y ha solicitado el apoyo de la NASA. Para Dennis Tito, el móvil principal sigue siendo la inspiración y uno de sus colaboradores parafraseó a Hellen Keller durante la presentación del proyecto: «La vida o es aventura o no es nada».

Quizás, la aventura espacial de carácter privado más ambiciosa sea Mars One, cuyo objetivo es establecer la presencia de seres humanos, de forma permanente, en el planeta Marte, a partir de 2024. Para los primeros colonos será un viaje sin retorno. Los organizadores ya han preseleccionado un primer grupo de más de 800 individuos que se han presentado como voluntarios. La financiación de la iniciativa será la publicidad del gran espectáculo que supondrá todo lo relacionado con este extraordinario evento y la venta de objetos promocionales. Los organizadores no dejan de apelar a la épica y los sentimientos de grandeza para justificar la aventura.

Perspectiva, inspiración, grandeza…y negocio, porque también parece ser que la aventura sin dinero no es aventura.

Volar debajo del agua. Submarinos supersónicos.

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A finales del pasado mes de agosto una noticia publicada en el South China Morning Post activó las alarmas de los observadores militares occidentales y reavivó la curiosidad de los técnicos por un asunto del que, desde hacía tiempo, ya casi no se hablaba; para el público en general las declaraciones de los científicos chinos pasarían desapercibidas. Sin embargo, se trata de una tecnología que puede cambiar por completo el transporte aéreo de largo recorrido que, en vez de efectuarse a 10°000 metros de altura, se llevaría a cabo debajo del agua.

Los profesores Wang Guoyu y Li Fengchen, del Instituto Harbin, hicieron declaraciones a la prensa y dijeron que la tecnología que estaban desarrollando no tenía aplicaciones exclusivamente militares sino que podía emplearse para construir submarinos para transportar pasajeros a muy alta velocidad e incluso para fabricar chaquetas especiales para nadadores. El Insituto Harbin trabaja en el desarrollo de tecnologías para controlar el uso de un fenómeno que se llama ̕supercavitación̕.

Según el teorema del famoso científico suizo, Gabriel Bernoulli, en una corriente de un fluido existe una relación entre la presión y la velocidad, de forma que al aumentar la velocidad disminuye la presión. Cuando un sólido se mueve con rapidez dentro del agua, puede ocurrir que ─al aumentar tanto la velocidad en algunos puntos─ la presión del fluido disminuya hasta el punto de que el líquido se evapore en ese lugar. Este fenómeno se denomina cavitación. Es algo bien conocido y que ocurre con frecuencia en las hélices marinas con un efecto poco deseable para el material que se desgasta, sobre todo debido a las ondas de choque que se producen cuando el vapor vuelve a condensarse. Durante la época de la Guerra Fría (1960-70), la Unión Soviética diseñó una clase de torpedos, los Shkval, que estrenarían el uso beneficioso de la cavitación. Estos torpedos eran capaces de producir una burbuja de vapor de agua que los envolvía por completo; en estas condiciones, los Shkval viajaban en el interior de un gas, el rozamiento disminuía drásticamente y el torpedo podía alcanzar velocidades de unos 360 km/h (kilómetros por hora), o incluso más. En esas condiciones no era fácil controlarlo y su recorrido estaba limitado a unos 10 km (kilómetros). Las últimas versiones de los Shkval lograron alcances de más de 100 km y velocidades muy elevadas, aunque los datos reales no se conocen con mucha exactitud ya que los experimentos eran secretos. Los problemas que plantea esta tecnología para el desarrollo de su uso práctico son, en primer lugar, el control y en segundo, la propulsión. Es difícil lograr una burbuja uniforme y la falta de homogeneidad, en el fluido que rodea el cuerpo del móvil, hace que las variaciones de la fuerza de rozamiento provoquen movimientos indeseables en el vehículo. De otra parte, cualquier timón de control que salga de la burbuja para adentrarse en la corriente del fluido, está sometido a unas fuerzas de fricción muy elevadas. En cuanto a la propulsión, se necesitan motores cohete de larga duración.

Los científicos del Instituto Harbin hicieron público, el pasado mes de agosto, que en sus experimentos habían combinado con éxito las tecnologías de membrana líquida con la supercavitación. Al parecer, durante la fase inicial, utilizan líquidos especiales para bañar la superficie del móvil, disminuir la resistencia y aumentar así la velocidad hasta alcanzar unos 75 km/h y conseguir que se produzca el fenómeno de la cavitación.

Muchos observadores occidentales son bastante escépticos con respecto a las declaraciones de los técnicos chinos y más todavía por el hecho de haberse tomado la libertad de evacuarlas. En el contexto de un proyecto avanzado y secreto que estuviera produciendo resultados aplicables a corto plazo, no parece que pudieran tener lugar. Los chinos no son los únicos que trabajan en este campo de la ciencia, la Universidad de Minnesota DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) y otros centros en Estados Unidos, así como los de otros países (Irán, Alemania y Rusia) cuentan con equipos trabajando en este asunto.

El Instituto de Tecnología de California realizó un estudio en 2001, según el cual, con esta tecnología, un submarino podría moverse más rápido que el sonido debajo del agua, que es de 1482 metros por segundo (5335 km/h), con lo que sería capaz de viajar de Shangai a San Francisco en unos 100 minutos.

Imagino que alguien se habrá hecho una sencilla pregunta: ¿y por qué hay que meterse debajo del agua para rodearse de aire y correr más? Los aviones ya vuelan rodeados de aire. Así es, pero los aviones no flotan en el aire, para equilibrar su peso hay que generar una fuerza aerodinámica que tiene una componente hacia atrás, que se opone al movimiento de la aeronave.

Quizá no ocurra tan pronto como anticipan los técnicos chinos, pero da la impresión de que las futuras aeronaves transoceánicas viajarán por debajo del agua y serán mucho más rápidas, grandes y confortables, que los aviones que hoy realizan esas rutas.

 

El gran salto de un alférez desconocido.

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El 3 de septiembre de 1951 al amanecer, Neil, un alférez de la Marina que había cumplido 21 años cuatro semanas antes, subía a bordo de su avión de caza, Panther, en el portaaviones USS Essex. Su capitán le ayudó a ponerse los cinturones de seguridad y verificó que la máscara de oxígeno, el arnés del paracaídas, la radio y la balsa salvavidas, estaban en perfectas condiciones.

La tripulación de cubierta llevó al Panther a la catapulta y el alférez se preparó para empujar la palanca de gases. El oficial de lanzamiento alzó un dedo. Neil adelantó la palanca y el motor hizo un ruido ensordecedor, cuando el oficial levantó el otro dedo la llevó hasta el máximo y entonces el oficial en la cubierta bajó la mano. La catapulta se disparó e impulsó al Panther con una aceleración que dobló el peso del alférez cuyo cuerpo se aplastó contra el asiento y los labios se le agrandaron.

Minutos después Neil flotaba en el aire y vio cómo el sol se asomaba por el horizonte extendiendo sus rayos sobre el mar. Enseguida apareció la impresionante cima del monte Fuji sobre las nubes; la proximidad de aquella imagen significaba que muy pronto llegarían a las montañas de la costa coreana. Allí les esperaban las baterías antiaéreas.

Cuando cruzaron la línea de tierra el líder de su grupo hizo que se lanzaran en picados cortos para confundir a la artillería enemiga hasta que llegaron al objetivo. Volando muy bajo descargaron las bombas de 250 kilogramos a la vez que hacían fuego con las ametralladoras. La primera pasada dejó el puente en pie y el líder de su escuadrón decidió atacar de nuevo. En el segundo ataque, Neil pudo ver cómo los pilares del puente se retorcían y la estructura se convirtió en un inservible amasijo de hierros al recibir el impacto de las bombas.

Neil tiró de la palanca de control para subir, y entonces se dio cuenta de que iba derecho contra un cable defensivo tensado de una cima a otra en la montaña. El alférez sabía que, si lo golpeaba, el cable rebanaría a su Panther con la misma facilidad que un afilado cuchillo corta un plátano. Apenas tuvo tiempo para reaccionar y en el terrible impacto con la defensa enemiga se dejó la mitad de un ala. Volaba a 500 pies de altura y su velocidad era de unos 350 nudos. De pronto se agrandó el suelo, Neil pensó que iba derecho a descalabrarse contra aquella tierra verde de las riberas y reaccionó muy deprisa. Trató de compensar con los alerones la pérdida de la mitad del ala de estribor para estabilizar el avión y empezar a ganar altura otra vez. Su Phanter volaba a pocos metros del suelo. Lo consiguió, el avión levantó el morro y el paisaje dejó de ser verde para colorearse de azul con manchas blancas; el respaldo se había inclinado hacia atrás.

Se puso en contacto con su líder por radio, para informarle de lo que le había ocurrido y que tendría que efectuar un aterrizaje a gran velocidad en el portaaviones. Neil estimó que a no menos de 170 millas por hora. Si bajaba de esa velocidad no podría mantener estabilizado el avión. Imposible. Igual de imposible que aterrizar sobre la cubierta del portaaviones tan rápido. No había otra solución que la de saltar del avión utilizando el mecanismo de eyección. El líder le dijo que eso era lo que tenía que hacer.

Volaban hacia el sur, pero aún estaban sobre territorio enemigo. El líder lo acompañaría hasta el aeródromo K-3 de Pohang. En aquella zona, controlada por su Ejército, se eyectaría desde una altura de 14°000 pies.

Neil empezó a repasar mentalmente el procedimiento. Era una operación muy peligrosa porque la catapulta lo había lanzado del portaaviones con una aceleración de 2 g, es decir, dos veces su propio peso. Esa fue la sensación que había sentido en la espalda aquella mañana al despegar del USS Essex. Ahora, al abandonar la cabina tendría que soportar una aceleración de 22 g, o con suerte algo menos. Las vértebras sufrirían una carga terrible y el exterior lo recibiría con un viento huracanado de más de 200 kilómetros por hora. Tenía que colocar bien sus hombros, los brazos y las piernas, para evitar sufrir daños y era imprescindible que la eyección se produjera con el avión en la posición correcta. Neil supo cómo era el horror que todos los pilotos temen al imaginar que quizá alguna vez se pueden ver obligados a pasar por aquel trauma.

Siguieron volando hacia el sur, uno al lado de otro: el líder y el alférez. Sobrevolaron varios poblados en Corea del Norte y desde algunos pudieron ver la humareda de los disparos con que los recibieron, pero Neil estaba concentrado en lo suyo y repasaba mentalmente una y otra vez el procedimiento de eyección.

Cuando llegaron a Pohang el líder le dijo que estabilizara el avión a 250 millas por hora. Era la velocidad correcta.

Tiró de los cabos. La aceleración hizo que se sintiera reducido a una pequeña pelota al tiempo que notaba como ascendía a gran velocidad montado en el asiento. Se abrió un paracaídas, el ruido del viento fue acallándose y notó un fortísimo dolor en la rabadilla. La terrible aceleración abandonó su cuerpo; se sintió flotando en el aire, ligero. Entonces se liberó del arnés para echarse hacia adelante y saltar al vacío. Contó hasta cinco, despacio, antes de tirar de la anilla de su paracaídas que se abrió suavemente. Cuando pudo verlo, blanco y grande, sobre su cabeza, a la vez que caía despacio hacia el verde desde el cielo tan azul, Neil se sintió feliz.

Una vez en tierra, los militares del aeródromo se ocuparon de él.

Nadie sabía entonces que aquél hombre llegado del cielo se llamaba Neil Armstrong y, pocos años más tarde, se convertiría en el primer espécimen del género humano que pisó la Luna.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

El Triángulo de las Bermudas. Vuelo 19, desaparecido.

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El almirante vio lumbre desde el castillo de popa: «pero fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuera tierra; pero llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey e díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y vídola; díjole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después que el Almirante lo dijo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos parecía ser indicio de tierra» (jueves 11 de octubre de 1492, Cristóbal Colón Viajes y Testamento). Al día siguiente, el almirante y su tripulación descubrieron las tierras de América.

Los analistas coinciden en que ‘la candelilla de cera que se alzaba y levantaba’ era una luz que no podía venir del islote de Guanahani adonde arribarían poco después los marineros españoles. Es posible que se tratara de una luz a bordo de la canoa de algún indio pescando, pero las condiciones meteorológicas eran muy malas y no parece probable que nadie se atreviese a salir a la mar esa noche. Algunos han tratado de asociar aquella visión nocturna del almirante con los extraños fenómenos que, de acuerdo con determinadas fuentes, ocurren en los mares del ‘Triángulo de las Bermudas’. Con sus tres vértices en Bermudas, Puerto Rico y Miami ─aunque no todas las versiones le asignan las mismas fronteras─ según una leyenda muy extendida, este triángulo ha sido el protagonista de misteriosas desapariciones de aviones y barcos y extraños avistamientos observados por sus visitantes. Y, de acuerdo con esta teoría, don Cristóbal sería el primer marino de Occidente en recibir el aviso del peligro que encerraban esos mares caribeños.

La desaparición de cinco aviones torpederos de bombardeo Avenger con sus 14 tripulantes y un aeroplano de rescate, Mariner, con 13 tripulantes a bordo, el 5 de diciembre de 1945, es el episodio central que alimenta la leyenda del Triángulo de las Bermudas. Los torpederos despegaron de la base aérea naval de Fort Lauderdale en Florida a las 2:10 p.m.; era el vuelo 19 y se trataba de una misión rutinaria de entrenamiento de unas tres horas de duración bajo las órdenes del teniente Charles Taylor. La misión consistía en efectuar un simulacro de bombardeo al sur de la isla Bimini, continuar navegando unas 67 millas hacia el este, después virar hacia el norte, seguir arrumbados 73 millas y regresar a la base. Las condiciones meteorológicas eran buenas, los aviones habían sido revisados antes de salir, llevaban todo el equipo de salvamento y los aparatos y sistemas funcionaban correctamente cuando despegaron, con los tanques de combustible llenos.

La primera parte de la misión la dirigió uno de los pilotos de Taylor, pero en el segundo tramo el teniente volvió a tomar el mando porque pensó que sus alumnos los llevaban en una dirección equivocada. Las brújulas de los aviones dejaron de funcionar y el tiempo empeoró. En un momento determinado, Taylor debió de pensar que estaban sobre los Cayos de Florida y se dirigió hacia el noreste cuando es probable que se encontrara sobre las Bahamas. Las últimas comunicaciones vía radio con el vuelo 19 únicamente servirían para confirmar la desorientación de los pilotos del escuadrón y las pésimas condiciones meteorológicas en las que navegaban. A las 7:30 p.m. despegó un avión Mariner de rescate, con una tripulación de 13 personas a bordo. Nada más abandonar la base el avión comunicó a la torre de control que todo iba bien, pero aquel sería el último contacto con la aeronave. Un petrolero que navegaba cerca de la costa de Florida dijo haber visto una gran bola de fuego en el aire por lo que lo más probable es que el avión de rescate estallara en pleno vuelo. Los Mariner habían tenido accidentes de este tipo, con los depósitos de combustible completamente llenos, debidos a incendios provocados por fugas en los tanques.

Centenares de barcos y aeronaves participarían en la búsqueda de los 6 aviones y 27 tripulantes, de los que no se consiguió localizar el menor rastro a pesar de que la operación cubrió unos 200°000 kilómetros cuadrados de océano, islas, el Golfo de México y zonas del interior de Florida.

La alteración que sufrieron los instrumentos del vuelo 19 y la completa desaparición de todas las aeronaves y sus tripulaciones, de las que no pudo hallarse ningún resto han contribuido a alimentar todo tipo de especulaciones sobre el Triángulo de las Bermudas. Base de naves alienígenas, lugar en el que se alteran los campos magnético y gravitatorio debido a la presencia de cuerpos extraños, o simplemente un sitio en donde ocurren fenómenos desconocidos, son algunos de los argumentos con los que se trata de explicar el desenlace de los Avenger de 1945 y otros muchos accidentes de los que se tiene noticia, al menos desde el año 1840. Otra singularidad de estas aguas, que también descubriría Colón durante su primer viaje, es una vasta extensión de 3,5 millones de kilómetros cuadrados en la que flotan algas formando praderas que causaron horror a los marinos los siglos XVII-XVIII: el mar de los Sargazos. Algo, sin embargo, que a don Cristóbal le produjo cierta alegría: «Aquí comenzaron a ver muchas manadas de hierba muy verde que poco había, según le parecía, que se había despegado de la tierra, por lo cual todos juzgaban que estaba cerca de alguna isla» (domingo 16 de septiembre de 1492, Cristóbal Colón Viajes y Testamento).

Por todo lo anterior no es de extrañar que el periodista E.V.W. Jones se refiriese a este lugar del planeta, en 1951, con el nombre de ‘Triángulo del Diablo̕. Sin embargo, la designación de ̕Triángulo de las Bermudas’ se la dio por primera vez otro escritor, Vincent Gladis, en un artículo que publicó en 1964. Pero estos mares caribeños no alcanzaron fama universal hasta que Charles Berlitz publicó su libro El Triángulo de las Bermudas, en 1974, en el que hace inventario de los extraños sucesos que han ocurrido en sus aguas y que muy pronto se convertiría en un «best seller».

Tres años después, en 1977, Larry Kusche demostró que algunas tragedias que se le atribuyen al lugar son falsas ─nunca sucedieron─ y otras han ocurrido fuera de su territorio. La realidad es que esos mares están muy concurridos, el tráfico marítimo y aéreo de todo tipo de buques y aeronaves es intenso, la meteorología a veces es muy mala y no parece que, dadas las circunstancias, sea un lugar en el que proporcionalmente ocurran más accidentes que en otros sitios. Al menos, las compañías de seguros no exigen una prima especial para transitarlos y ese detalle es muy significativo.

No es necesario recurrir a los alienígenas ni a conceptos físicos desconocidos para explicar sucesos que han ocurrido y no sabemos por qué. Es posible que jamás alcancemos a saber lo que pasó, pero lo que sí sabemos es qué pudo pasar (sin necesidad de que intervinieran los marcianos).

En relación con el episodio central del ‘Tríangulo̕, la desaparición de los aviones de la Marina estadounidense a finales de 1945, una pareja de sabuesos aeronáuticos piensan que han dado con la pista que puede llevar al esclarecimiento del misterioso asunto. John Myhre, un antiguo controlador del aeropuerto de Palm Beach, y Andy Marocco, un californiano dedicado a los negocios, creen haber encontrado el avión del teniente Taylor. Marocco halló, en un informe de 500 páginas de la Marina, que el portaviones USS Solomons desde la costa de Daytona Beach, detectó la señal de cuatro o seis aviones no identificados sobre Florida del Norte, a unas 20 millas al noroeste de Flagler Beach a las 7:00 p.m. del 5 de diciembre de 1945. Los aviones volaban a unos 4000 pies de altura, a 135 millas por hora y con un rumbo de aguja de 170 grados.

En 1989 se descubrieron los restos de un Avenger-3, el mismo modelo que volaba el teniente Charles Taylor, en el humeral de las Everglades. El hallazgo se hizo desde un helicóptero del sheriff del condado de Broward. En un principio se descartó que se tratara de un avión del vuelo 19 porque estaba muy lejos del lugar en donde se suponía que se encontraba el escuadrón la última vez que mantuvo contacto vía radio con las estaciones de tierra. Entonces, el propio Myhre descartó que el aparato perteneciera al vuelo 19. Sin embargo, al descubrir las trazas radar del portaviones, el rumbo, la velocidad y la altura del Avenger del teniente Taylor, los dos sabuesos calcularon el punto donde debió caer el avión y comprobaron que tuvo que ser en las Everglades, justo en el lugar donde se encontró el avión en 1989. A lo que añadirían que, tras una búsqueda intensiva en internet, encontraron una fotografía del lugar del accidente en la que se podía ver un tacón de goma que se correspondía con un zapato cuya talla coincidía con la que debía usar el teniente Taylor. Los dos investigadores concluyeron que el avión descubierto en 1989 era el suyo. El problema es que ahora no encuentran restos del accidente; han desaparecido, la gente que visita la zona se los ha ido llevando como recuerdos.

Es posible que Myhre y Marocco lleguen a validar su teoría, o quizá no, pero hay otras causas por las que pueden ocurrir desapariciones, aparentemente misteriosas, sin tener que recurrir a los extraterrestres. La más simple de todas ellas es la meteorología ya que, en la zona que nos ocupa, se producen tormentas muy violentas con fuertes ráfagas de viento y gran aparato eléctrico cuyos campos electromagnéticos, en ciertas condiciones, pueden afectar los sistemas de navegación a bordo.

Menos corrientes son las burbujas de hidratos de metano que se forman en el fondo del mar y al emerger a la superficie o a la atmósfera producen una disminución muy grande de la densidad del agua o del aire. En Australia se han efectuado experimentos con modelos de barco de los que se deduce que una de estas burbujas, suficientemente grande, puede mandar a pique a un barco de gran tamaño. Lo mismo ocurriría con cualquier aeronave, inmersa en una burbuja de metano. El avión caería, al perder sustentación, al mismo tiempo que en cabina los altímetros estarían señalando un ascenso de la aeronave debido a la menor densidad del metano. La falta de oxígeno podría hacer que los motores se apagasen. Sin embargo, los estudios sobre este tipo de fenómenos parecen indicar que en el Caribe, al menos durante los últimos 15°000 años, no se han producido.

Muy poco frecuentes, y solo afectan a los buques, son las super-olas, olas gigantes de unos 30 metros, como la que hizo volcar, en 1981, la mayor plataforma del mundo: la Ocean Ranger.; sus 84 tripulantes murieron a causa del accidente. Nadie sabe por qué, ni cómo se forman. Cada vez más, se cree que esas olas son responsables de la completa desaparición de grandes buques de los que se perdió para siempre el contacto sin ningún motivo aparente.

La realidad es tan fantástica que acostumbra a superar a la fantasía. No es preciso inventarse el mundo para un pedazo del mundo como es el Triángulo de las Bermudas; el que ya tenemos puede explicar todo lo que allí ha ocurrido y mucho más.