El primer avión de Anthony Fokker

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La aviación en el mundo, en 1910

A finales de 1910, la aviación estaba en su infancia, pero durante los últimos siete años, que habían transcurrido desde que los hermanos Wright volaran por primera vez en las dunas de Kitty Hawk, el progreso no fue despreciable.
Orville Wright inauguró el vuelo de los modernos aeroplanos el 17 de diciembre de 1903 al despegar de un terreno nivelado y permanecer en el aire, a unos tres metros de altura, durante un recorrido, de aproximadamente 40 metros, que duró doce segundos. Los Wright se dieron cuenta de que su máquina tenía poca utilidad práctica y durante casi dos años la perfeccionaron en secreto para que nadie pudiese copiar sus ideas. En octubre de 1905, con su aeroplano, Orville y Wilbur realizaban figuras de ocho en el aire, aterrizaban y despegaban con seguridad y podían volar durante más de media hora en la que recorrían alrededor de 20 millas. Para que el avión subiera o bajase utilizaban un plano en el morro, el timón de profundidad, y para girar empleaban un sistema de torsión de las alas que en una incrementaba el ángulo de ataque y en otra lo disminuía, junto con un timón de dirección en el plano vertical que colocaron en la cola. El gran avance de los Wright, con respecto a los otros inventores de su época —que mostraron por primera vez en público cuando Wilbur voló en Le Mans, Francia, en agosto de 1908— fue el control que ejercían sobre su aparato en los giros. Hasta entonces, algunos pilotos habían conseguido volar; el primero que lo hizo en público fue Santos Dumont en París, el 13 de septiembre de 1906. Su aparato, el 14 bis, con alas de cajón, disponía de unos sistemas de control mucho más rudimentarios que los de los Wright. Los primeros aviones franceses, casi todos construidos por los Voisin, tenían alas de cajón, no disponían de mecanismo de torsión de las alas o alerones, y los pilotos como Delagrange y Farman realizaban giros con cierta dificultad. Las exhibiciones de vuelo de Wilbur en Le Mans, Avours y después en Pau, abrieron los ojos a los inventores de aviones.
En 1910, cuando Fokker empezó a construir su primer avión, los aeroplanos más avanzados podían permanecer en el aire durante varias horas, superar los 80 kilómetros por hora de velocidad y sus sistemas de control les permitían efectuar todo tipo de maniobras.
Francia era el país en el que la aeronáutica había alcanzado mayor nivel de desarrollo. Desde que, en 1783, los hermanos Montgolfier inauguraron la aerostación con sus globos de aire caliente, los franceses tenían a gala ser los líderes de la navegación aérea en el mundo. La irrupción de los Wright en el panorama aeronáutico internacional, en 1903, fue un duro revés para los círculos de aviadores franceses. Durante años no habían querido dar crédito a los estadounidenses, pero los vuelos de Wilbur en Le Mans despejaron todas sus dudas y tuvieron que aceptar la evidencia de que dos desconocidos fabricantes de bicicletas habían ganado la carrera de la invención de la máquina de volar más pesada que el aire. Sin embargo, los galos no se arredraron y, al año siguiente de aquella exhibición en Le Mans del norteamericano, el francés Blériot demostró que la aviación tenía un uso práctico. Hasta entonces, las exhibiciones se hacían en aeródromos en los que el público podía disfrutar de la contemplación de aquellos asombrosos pajarracos de madera y tela, propulsados por hélices que movían un ruidoso motor. Pero, la verdadera utilidad de la aviación no era la de embelesar a los curiosos sino llevar pasajeros y carga de un lugar a otro del planeta. Blériot, al enlazar Francia con el Reino Unido, con su histórico vuelo de Barraques a Dover el 28 de julio de 1909, puso en una imagen, ante los ojos del mundo, el potencial que tenía el nuevo modo de transporte. Al mes siguiente de aquel gran acontecimiento, los fabricantes de champagne franceses celebraron en Reims la Gran Semana Aeronáutica.
El estadounidense Glenn Curtiss ganó el premio de velocidad en la Gran Semana, al promediar sus vueltas con una velocidad de 75,79 kilómetros hora, y el segundo clasificado, en esta competición, fue Blériot. Aunque el avión de Blériot era más rápido, el norteamericano supo sacarle mejor partido a su aeroplano. La victoria de Curtiss, con un avión menos veloz que el de su competidor, resaltaría el hecho de que, en la aviación, la habilidad del piloto contaba tanto como las prestaciones del aparato. Curtiss había sido el primero en utilizar con éxito los alerones, pequeños planos en las puntas de las alas, para inducir los giros laterales. La idea la había sugerido Alexander Graham Bell, el inventor de los modernos sistemas de telefonía, a los técnicos de la Aerial Experiment Association (AEA) cuando Curtiss formaba parte de aquella organización creada por Bell. La prueba de permanencia en el aire, en la Gran Semana, era el premio mejor remunerado. Lo ganó Henri Farman, al volar 180 kilómetros durante 3 horas, 4 minutos y 56 segundos. Farman aburrió a los espectadores y se hizo tan tarde que tuvieron que encenderle antorchas en el campo para señalizar la pista al anochecer. Los Wright no participaron en aquél gran evento que evidenciaría su pérdida del liderazgo tecnológico aeronáutico. Los pilotos que se inscribieron en la Gran Semana con aviones del tipo Wright tuvieron poco éxito. Los hermanos de Dayton, a cambio, optaron por una estrategia defensiva. Poco antes de que empezaran los vuelos en Reims anunciaron que habían presentado una demanda contra Curtiss y pensaban hacerlo también contra el resto de los aviadores y fabricantes de aeronaves que usurparan los derechos que les otorgaban sus patentes, que, según su interpretación, cubrían prácticamente todos los sistemas de control que la incipiente industria aeronáutica utilizaba. Los inventores del moderno aeroplano querían cobrar derechos de uso a todos los fabricantes. Aquella actitud de los Wright tuvo poco efecto en Europa, pero en Estados Unidos contribuyó al estancamiento del desarrollo aeronáutico que se produjo hasta que el país decidió intervenir en el conflicto bélico europeo.
La realidad fue que un año después de que los Wright asombraran al mundo con sus vuelos, la aeronáutica francesa volvió a retomar el liderazgo. En 1909, el Ejército francés adquirió cinco aviones, 2 Farman, 2 Wright y 1 Blériot, para efectuar ensayos. En octubre de 1910 todos los aviones militares franceses se pusieron bajo las órdenes del general Roques, en la unidad de Inspección Aeronáutica Militar y ese mismo año se efectuaron pruebas con distintos aviones en la región de Picardy. El Ejército tomó la decisión de comprar 20 Farman y 20 Blériot. Fue el primer pedido de material aeronáutico de cierta importancia en todo el mundo.
Aunque los aspectos comerciales de la industria aeronáutica estaban sin desarrollar, los conceptos técnicos relacionados con el vuelo habían progresado notablemente durante los últimos años.

Su primer avión

Fokker vivía en un mundo apartado de los centros en donde la aeronáutica evolucionaba con mayor rapidez y, aunque seguía con interés las noticias del sector, se había formado sus propias ideas sin haber tenido la oportunidad de contrastarlas con otras personas realmente competentes en la materia. Cuando llegó a un acuerdo con el teniente von Daum, para fabricar el avión, el holandés decidió poner en práctica sus ideas, que en algunos aspectos eran algo descabelladas. El joven Tony pensaba que si los pájaros no tenían en la cola timones verticales, su avión tampoco los necesitaba. Concibió un aeroplano estable, sin mecanismo de torsión asimétrica de las alas, ni alerones. Los planos sustentadores los dispuso hacia atrás, en delta, inclinados hacia arriba para formar un acusado diedro, que, junto con la posición del centro de gravedad, elevada, harían que el vuelo del aparato fuera naturalmente estable.
Quizá Anthony Fokker había leído en algunos artículos que las máquinas de los Wright eran muy inestables y que los pilotos debían corregir con los mandos, en todo momento, las desviaciones del aparato para mantener el vuelo. Esa inestabilidad las hacía muy peligrosas. Desde del accidente de Orville, que le costó la vida a su acompañante, el teniente Selfridge, en uno de los vuelos de demostración, en Fort Myer, en 1908, la inestabilidad inherente al diseño de los Wright había sido motivo de discusiones en los círculos aeronáuticos.
Sin embargo, Fokker eligió mal su modelo, porque, si bien los pájaros no utilizan timones verticales, el vuelo que ejercen es mucho más inestable que el de cualquier aeroplano. Los pájaros adaptan en todo momento la forma de su cuerpo a las necesidades del vuelo, con un ejercicio permanente del sistema de control que maneja su cerebro. Cuando Anthony empezó con las primeras pruebas, en seguida comprendió que necesitaba un timón vertical y un estabilizador en la cola, pero insistió en prescindir de alerones y mecanismos de torsión.
A finales de 1910 tuvo que interrumpir los ensayos con el aeroplano porque se vio afectado por una neumonía y regresó a Haarlem para curarse y pasar las Navidades.
Mientras Fokker celebraba las fiestas de fin de año, von Daum aprovechó su ausencia para volar el extraño avión que su socio estaba construyendo. El vuelo del teniente finalizó al pie de un gran manzano, el único de la contornada, y cuando Tony regresó a Baden Baden se encontró con los restos del accidente. Tuvo que reconstruir el avión lo que no le llevaría mucho tiempo. Del hangar surgió un extraño monoplano, con montantes y riostras, una hélice tractora en el morro, dos plazas, un timón vertical de forma triangular en la cola, dos ruedas debajo de las alas y un patín en la cola para el aterrizaje y despegue, y no contaba con ningún mecanismo de control lateral distinto al timón vertical de cola, aunque sí tuvo que montar un sistema para poder virar en los carreteos. De Baden Baden se trasladaron a Maguncia, donde el campo de vuelo era más grande.
Con aquél aparato, Fokker empezó a correr por la pista y dar pequeños saltos que fue alargando hasta lograr vuelos cortos de unos 500 metros. Era la distancia máxima que podía saltar en aquel terreno si quería estar seguro de no salirse del llano, como le había ocurrido a Büchner en Wiesbaden durante el aterrizaje. El 5 de mayo de 1911 fue una fecha histórica para Anthony Fokker. Ese día decidió probar su sistema de control lateral en vuelo para lo que después de ascender a unos 15 o 20 metros continuó volando sobre el campo, con la idea de virar a la izquierda. Durante un rato dudó si era capaz de hacerlo y entonces se acordó otra vez de Büchner y de lo peligroso que era intentar un aterrizaje cuando tenía pocos metros de terreno llano en el morro. Giró el timón ligeramente, inclinó el cuerpo y su aeronave le obedeció con docilidad hasta completar media circunferencia con lo que tomó el rumbo inverso al que traía. Mantuvo ese rumbo y volvió a efectuar otra media circunferencia para sobrevolar el campo. Repitió aquella maniobra tres veces, con seguridad, mientras veía abajo las figuras de su socio y otras personas que lo contemplaban, muy sorprendidas de lo que ocurría en el cielo con aquel extraño artefacto. Aterrizó sin ningún problema. Su avión volaba.
El 16 de mayo, Tony obtuvo su licencia de piloto en el aeroclub de Maguncia después de pasar el examen práctico con su avión, en el que tuvo que realizar varias veces un ocho y aterrizar en un lugar señalizado. Había tardado diez días en aprender a volar con un avión que había construido el mismo, hacía diez días.
El socio de Fokker insistió en que quería aprender a volar como Tony. Fokker sintió pavor porque vio en peligro la integridad de aquella máquina que ya tuvo que reconstruir una vez, con la que había aprendido a volar, y en la que tenía puestas todas sus esperanzas como futuro profesional de la aviación. Sin embargo, no podía oponerse, su socio tenía el legítimo derecho a volar, igual que él. Para sorpresa suya, von Daum no empezó mal, dando los saltos iniciales con bastante soltura. Pero un día sucedió lo que Anthony tanto se temía y el teniente volvió a encontrarse con un árbol que lo atrajo de un modo irresistible. El piloto sufrió algunas contusiones y le quedó un dolor en la espalda, lo que haría que desistiese para siempre de seguir volando. Tony aplaudió el gesto y le dijo que a su edad los golpes podían acarrearle problemas muy serios y que sus reflejos quizá estuvieran ya algo perjudicados. Von Daum y Fokker negociaron un precio razonable por la transacción del aparato, otra vez dañado, y Anthony se quedó con el avión. Tuvo que contar con la ayuda de su padre que le prestó 1200 marcos.
Después de reparar el aeroplano, Fokker reanudó su campaña de vuelos que no pasó desapercibida para los residentes de la contornada, una zona en la que vivía una extensa comunidad de acaudalados hombres de negocios. Mucha gente de Wiesbaden acudía al aeropuerto de Maguncia para ver el aparato de Fokker y charlar con su dueño. La fama de Anthony se fue extendiendo y pronto llegó a su ciudad, Haarlem.
Una de las jornadas más felices de la existencia de Anthony Fokker, fue el día que voló en Haarlem, delante de su padre, sus familiares y amigos y todos aquellos profesores que nunca pudieron sacar ningún provecho de él, tal y como anticipó su padre al poco tiempo de instalarse con su familia en aquella ciudad. Al fin, Tony servía para algo, y el viejo Herman se sintió feliz con el triunfo de su hijo, aunque el vuelo no le pareciese el mejor oficio para el chico. En Haarlem, Anthony volvió a encontrarse con Fritz Cremer y su amigo le dijo que quería que le construyese un avión como el suyo. La relación que Fokker mantendría con Cremer duraría el resto de su vida.
Cuando Fokker voló en Haarlem, delante de sus paisanos, en 1911, tenía 21 años y ya sabía lo que deseaba hacer con su vida: construir y pilotar aviones

Anthony Fokker, primeros años

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Los primeros años

El padre de Tony, Herman Fokker, siempre pensó que los profesores serían incapaces de sacar provecho de su hijo en la escuela. Y así fue.
Anthony Fokker nació en Blitar, una pequeña población al sur de Kediri, en la isla de Java, el 6 de abril de 1890. El moderno aeroplano aún no se había inventado. Sus padres cultivaban café en unas tierras que Herman Fokker había arrebatado a la jungla hacía ya algunos años. El padre de Tony emigró a las Indias Orientales Neerlandesas, Indonesia, y cuando su plantación empezó a producir algo de dinero volvió a Amsterdam, conoció a Anna Diemont, la que más tarde sería la madre de Tony, se casó con ella y regresó con su esposa a Java. Allí tuvieron dos hijos: una niña y Anthony.

Los seis primeros años de la vida de Tony trascurrieron en compañía de los nativos de aquellas hermosas tierras salvajes. Aprendió a trepar a los árboles con la misma agilidad con que lo hacían los monos y utilizaba los dedos de los pies también casi con la destreza de los simios. No supo lo que eran los zapatos hasta que cumplió los seis años.

En la memoria de Anthony quedaron grabados para siempre los restos de una conversación que escuchó a sus padres la noche anterior al día que abandonaron Blitar. Los Fokker hablaron de que sus hijos se merecían una educación que en aquella parte del mundo no podían tener, ellos habían ganado suficiente dinero y, por tanto, era el momento de regresar a Holanda.
Los Fokker empaquetaron sus pertenencias y viajaron por tierra hasta Batavia, la ciudad que hoy se llama Yakarta, y a continuación embarcaron para llegar a Amsterdam después de un larguísimo viaje que duró varias semanas. No podía imaginarse el padre de Tony que, años más tarde, su hijo pequeño fabricaría artefactos para una empresa neerlandesa capaces de volar y transportar pasajeros de Amsterdam a Batavia en un par de jornadas.

Cuando llegaron a Holanda, la familia de Tony se estableció en una pequeña población al norte de Amsterdam, Haarlem; un lugar al que solía acudir gente acomodada.

Desde el primer día, a Tony no le gustaron las muchas obligaciones asociadas a su nueva vida y, en particular, la de ir todos los días a una escuela fue un motivo de insatisfacción permanente. Los profesores jamás conseguirían despertar el interés de Anthony; como mucho lograron que se mostrara tolerante con asignaturas que tuvieran prácticas. Su padre, soportó con resignación las malas notas y los apercibimientos escritos y verbales que su hijo Tony coleccionaba, mes tras mes. Al muchacho, el colegio le aburría y sólo consiguió superar las pruebas escritas gracias al ingenio que desarrolló para copiar en los exámenes. Para ello inventó y fabricó diversos artilugios que sus profesores no pudieron, o no quisieron, descubrir.

Si bien su rendimiento escolar fue desastroso, Tony destacaría por su habilidad en el manejo de las herramientas y su imaginación para inventar aparatos mecánicos. Sus padres le permitieron utilizar la última planta de la casa —que con los años se convirtió en un verdadero laboratorio— para que desplegara en ella su taller y sus juguetes. Durante una época, el ático se transformó en un complejo ferroviario en el que las vías se cruzaban, y por donde circulaban locomotoras y vagones a toda velocidad. Las primeras locomotoras eran de cuerda, las siguientes eléctricas, después también hizo algunas de vapor y lo que no consiguió fue fabricar pequeños motores de gasolina que las movieran. Las vías, clavadas en el suelo, se cruzaban y los trenes cambiaban de vía con mecanismos ideados y construidos por el propio Anthony. Su interés ferroviario se desvaneció cuando empezó a construir modelos de aeroplanos, con distintas alas, contrapesos, planos de cola y timones, que perfeccionaba en función de cómo volara cada configuración en particular. También, una vez subió unos tablones a su guarida y al cabo de un tiempo llamó a sus familiares para mostrarles un pequeño velero que había construido con las maderas. Su padre quedó tan impresionado que convocó a sus amigos para que viesen lo que su hijo Tony era capaz de hacer, quizá porque la gente pensaba que el muchacho no servía para nada, a tenor de las notas que obtenía en el colegio. Con aquel barco Tony aprendió a navegar en los muchos estanques que bordeaban la pequeña ciudad de Haarlem.

A los 18 años, Tony, seguiría siendo un desastre en la escuela, iba retrasado algunos cursos por lo que casi todos sus compañeros eran bastante más jóvenes que él. Una de las veces que el profesor lo expulsó de clase, Tony se quedó en el portal del colegio. Allí coincidió con otro compañero que había corrido la misma suerte. Se llamaba Fritz Cremer y, los padres de los muchachos eran amigos. En la puerta del colegio, Tony, se enteró de que los Cremer tenían un automóvil, algo muy poco usual en la ciudad de Haarlem, en el año 1908.

Fritz y Tony congeniaron bien enseguida. Salían con el coche de los Cremer de excursión por los mal pavimentados caminos de los alrededores y rara era la ocasión en que no tuvieran alguna avería. Tony aprendió muy pronto a reparar el vehículo. Era capaz de desguazarlo pieza a pieza y montarlo otra vez, en poco tiempo, sin que le sobrase ninguna. De esa forma podía arreglar las averías con facilidad. Sin embargo, había algo que ocurría con mucha frecuencia y que les fastidiaba demasiadas excursiones: los pinchazos.

Parecía como si los neumáticos del automóvil sintieran una especial atracción por los clavos, cristales y demás objetos punzantes y cortantes que tanto abundaban en las carreteras. El joven Fokker pensó mucho sobre aquel asunto y llegó a la conclusión de que había nacido para resolver el problema, de forma que concentró toda su actividad en el desarrollo de una solución a los indeseables pinchazos. Se entregó con entusiasmo a la tarea. Fabricó sus propios aparatos de medida para analizar la deformación de los neumáticos durante la marcha y los probó en su bicicleta, por las noches, porque no quería que nadie le copiara las ideas.

La solución que inventó consistía en una banda de acero, exterior, flexible, que se sujetaba a una circunferencia rígida mediante muelles capaces de absorber las deformaciones. Cuando llegó a aquél punto, Tony había consumido todos los recursos económicos de que disponía por lo que necesitaba dinero y además tiempo libre para continuar con sus investigaciones. Entonces, decidió pedir ayuda a su padre.

Para el propio Tony fue una sorpresa ver cómo su padre consintió en aprobar el plan, le prestó dinero y además le autorizó a que se ausentara del colegio durante un par de semanas. Anthony fue a ver al director para comunicarle la buena nueva de que iba a trabajar en el desarrollo de un invento suyo y que durante un par de semanas no acudiría a clase. Extrañado, el director movió la cabeza de un lado para otro y no le dijo nada. Anthony salió del despacho del profesor dándose cierta importancia sin saber que ya no volvería jamás a la escuela.

El desarrollo de la rueda a prueba de pinchazos se alargó mucho en el tiempo. Después de agotar el programa de ensayos con la bicicleta Tony se fue a ver a su amigo Fritz Cremer para decirle que le gustaría hacer pruebas con el automóvil de su familia y ofrecerle además, una parte en el negocio que había emprendido. Fritz y su padre se convirtieron en socios de los Fokker.

El desarrollo del producto, al que los dos entusiastas colegiales dedicaban todo su tiempo, no iba mal y el padre de Anthony contrató un abogado para que se encargara de las patentes. El asesor legal empezó a realizar estudios, uno cada semana, relacionados con la propiedad intelectual del invento, y las facturas se amontonaron en la mesa del despacho de Herman Fokker. Los socios capitalistas, que a su vez eran los padres de los inventores, urgieron a los chicos a que dieran por concluida la fase de desarrollo y empezaran con la comercialización del producto que, de acuerdo con los últimos ensayos, funcionaba a la perfección. Tony y Fritz habían montado una de sus ruedas a prueba de pinchazos en un lado del coche de los Cremer y en el otro una rueda normal. En esas condiciones comprobaron que un pasajero no podía diferenciar entre una y otra rueda, con independencia del tipo de calzada sobre la que rodara el vehículo. Parecía que los problemas técnicos estaban resueltos cuando una mañana el abogado se presentó en casa de los Fokker para decirle a Herman que acababa de descubrir una patente francesa, de fecha anterior, que les impediría comercializar el invento. Aquella mala noticia dio al traste con el negocio de las ruedas a prueba de pinchazos, pero serviría para que Anthony y Fritz estrecharan unos lazos que luego aunarían con mayor fuerza y que Tony Fokker tuviera que plantearse, en serio, qué pretendía hacer con su vida.

El curso de aeronáutica de Zalbach

A Herman Fokker le hubiera gustado que su hijo estudiase en la universidad de Delft, incluso estaba dispuesto a pasarle una generosa asignación anual de 2400 florines para que disfrutara de una cómoda estancia en Delft si Tony se decidía a estudiar ingeniería en aquel centro de tanto prestigio. Sin embargo, el propio Herman era consciente de la incapacidad de Tony para encerrarse durante seis años en un lugar de estudio. Mientras tanto, Anthony tuvo que presentarse para hacer el servicio militar obligatorio y después de algún tiempo consiguió evitarlo gracias a que, a cambio de mil florines, un médico sin demasiados escrúpulos certificó su incapacidad. Anthony estaba acostumbrado a comprar casi todo lo que quería.

Sin otras obligaciones que lo ataran, Tony se vio en la necesidad de decidir sobre su futuro y le dijo a su padre que quería ser piloto. El muchacho, además de fabricar modelos de avión, seguía con interés los acontecimientos aeronáuticos de la época y también había construido un simulador de un puesto de control de vuelo, en el ático de su casa, en el que dispuso junto a una vieja silla los mandos de un avión del tipo Wright. A la izquierda colocó la palanca del timón de profundidad y a la derecha la de control de torsión de las alas que inducía el alabeo, o control lateral, y que también servía para actuar sobre el timón de dirección vertical, al girar la palanca. Por entonces, Tony Fokker, ya había decidido cómo tenía que ser el avión ideal, después de observar el vuelo de sus modelos a escala reducida. Desde aquél puesto realizaba vuelos imaginarios que reproducía en su mente a la vez que actuaba sobre los mandos, en perfecta sincronía con la evolución de la aeronave.

Cuando dijo en casa que quería aprender a volar su padre le respondió que no estaba dispuesto a financiar semejante aventura en la que su hijo terminaría rompiéndose la cabeza, con toda seguridad.

Después de muchas discusiones y analizar diferentes alternativas, padre e hijo, convinieron en que Tony se desplazara a la universidad alemana de Bingen, a orillas del Rin, para hacer un curso de ingeniería que duraba un año. El curso parecía lo suficientemente práctico como para suscitar el interés de Anthony. Con algo de nostalgia, el joven estudiante, emprendió su largo viaje en barco hasta Bingen, que estaba a unas 300 millas de Amsterdam. Sin embargo, Tony no llegó nunca a su destino inicial porque se enteró de que en Zalbach iban a impartir, por primera vez, un curso sobre aeronáutica y convenció a su padre para cambiar el plan. La excusa fue que en Zalbach había un interesantísimo curso sobre automoción con la intención de plantear la cuestión aeronáutica con posterioridad, como formación adicional, junto con la petición de mil marcos para financiar el complemento. El dinero de más lo necesitaba para los materiales del avión, que los alumnos del curso aeronáutico tenían que construir a lo largo del año, y la constitución de una fianza.

El curso empezó con pocos alumnos y un profesor que decía ser ingeniero aeronáutico. Fokker destacó inmediatamente, por su destreza en el manejo de las herramientas y por sus conocimientos en la materia. Cuando el aeroplano estaba casi terminado, la escuela contrató a un piloto que sería el primero en volarlo y que daría clases de vuelo a los alumnos. El aviador se llamaba Büchner. La primera vez que vio el aeroplano de los estudiantes no dijo nada, pero su rostro cambió de color. Aunque Büchner presumía de estar cualificado con creces para ser titular de una licencia de vuelo expedida por la Federación Aérea Internacional (FAI), no la tenía, pero como venía de Johannisthal nadie se atrevía a cuestionar sus habilidades como piloto. Entonces, en el aeródromo de Johannisthal, en Berlín, se habían congregado los personajes más destacados de la aviación alemana y era el centro neurálgico aeronáutico del país.

Para realizar los ensayos de vuelo, la universidad alquiló unos terrenos en Wiesbaden, cerca de Maguncia. Durante las primeras pruebas todos comprendieron que el artilugio que habían construido servía para cortar la hierba con la hélice y para nada más. Las alas tenían poca superficie, al motor le faltaba potencia, al aparato le sobraba peso y la hélice no podía tirar con fuerza del invento ni siquiera para arrastrarlo sobre el campo nivelado. Cuesta abajo ganaba algo de velocidad, no mucha, por lo que los alumnos trataron de hacerlo volar dejándolo caer por la pendiente con Büchner a los mandos. Después de cada intento fallido tenían que arrastrarlo, cuesta arriba, para repetir otra infructuosa carrera.

Anthony Fokker se hizo amigo de Büchner y creyó intuir que el piloto estaba encantado con la situación, porque repetían una y otra vez carreteos que jamás lograrían que aquel ingenio levantase el morro para volar. No parecía que Büchner tuviera gran empeño en practicar la navegación aérea.
La única decisión sensata fue la que adoptaron, después de innumerables ensayos frustrados, y consistió en hacer otro avión con mayor superficie alar, menos peso y un motor más potente. La escuela no tenía fondos para adquirir otro motor, pero uno de los alumnos, panadero, que quería volar a toda costa, resolvió la cuestión. Compró un motor Agnus de 50 caballos de vapor (HP) y se lo alquiló a la escuela. Aquél gesto provocó una oleada de entusiasmo aeronáutico entre los jóvenes universitarios y muchos, que antes no lo habían hecho, se inscribieron en el curso de aviación.

Cuando el segundo aparato estuvo listo para volar, Büchner inició las pruebas de carreteo sobre la pista. El avión alcanzaba 30 o 40 millas en tierra. Era suficiente. El piloto empezó a dar saltos con el aeroplano, primero cortos, luego más largos. Anthony Fokker ya no tenía ninguna duda, Büchner no había volado en su vida y estaba aprendiendo a hacerlo delante de sus narices y además cobraba por ello. Sin embargo, el tiempo del curso se acababa y el primer vuelo tenía que efectuarse con la debida solemnidad. El día del vuelo inaugural, la escuela entera se vistió de gala y, encabezada por su director, se alineó con formalidad en el campo de vuelo para presenciar cómo el gran Büchner paseaba por los cielos de Wiesbaden el magnífico avión de los alumnos de Zalbach. Todos los estudiantes de aeronáutica esperaban aquella jornada con impaciencia porque, después del vuelo del maestro, habría llegado su turno, el gran día en que se iniciarían en el arte de manejar aeroplanos.
Büchner se lanzó por la pendiente a toda velocidad, tiró de la palanca y el avión ganó altura con rapidez. El piloto se debió sentir muy incómodo en el aire, sin tierra pegada a las ruedas de su aeroplano. Todo iba bien, no parecía que hubiese ninguna razón para que la aeronave evolucionara de la forma que lo hizo. Büchner tenía sus motivos, a Fokker le pareció que el piloto nunca había volado y sintió un pánico terrible a dejar la tierra llana que aún quedaba debajo del avión y adentrarse en el bosque, por encima de los árboles. De un modo inesperado, el avión de la escuela inició el descenso para aterrizar en lo que aún quedaba de espacio libre hasta la foresta. El aparato golpeó el suelo con dureza y el piloto no pudo detenerlo antes de estrellarse contra el tronco de un magnífico nogal. Anthony fue uno de los primeros en llegar al montón de maderos rotos y telas desgarradas del que surgió, milagrosamente ileso, un Büchner desconcertado. El joven estudiante se percató enseguida de que el motor había sufrido un daño irreparable.
Con la pérdida del segundo aeroplano, la escuela tuvo que cancelar las actividades del departamento aeronáutico. Sin embargo, Fokker consiguió seguir adelante con su idea de construir un avión y aprender a volar. Uno de sus compañeros, el teniente von Daum, era un estudiante muy peculiar: ya había cumplido los 50 años, disfrutaba de una posición económica holgada y para él la aviación no era otra cosa distinta a la de un entretenimiento en el que pasar el tiempo. El oficial se había dado cuenta de que la única persona con habilidad para construir un aeroplano, en aquella disparatada universidad, era Anthony Fokker. Le propuso que construyeran un avión entre los dos y consiguió que le prestasen un sitio en un antiguo hangar de la empresa Zeppelin, en Baden Baden. Tony escribió otra vez a casa para solicitar fondos que le permitiesen llevar a cabo su proyecto, ahora con un nuevo socio: el teniente von Daum.

El acuerdo entre Fokker y el oficial consistió en que el primero construiría el aparato con un presupuesto de 1500 marcos y el segundo aportaría el motor. Anthony diseñó un aeroplano de acuerdo con sus propias teorías, que había experimentado con pequeños modelos en el ático de su casa y en los talleres de la universidad.

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Anthony Fokker, disparar a través de las hélices

Entre los no demasiados libros de aviación escritos en español, no existe hasta la fecha ninguna biografía de Anthony Fokker, uno de los grandes fabricantes de aviones durante la I Guerra Mundial y los años 1920. Sus aviones ocuparon posiciones de liderazgo en la aeronáutica mundial hasta el inicio de la década de los años 1930, cuando las aeronaves de los constructores estadounidenses tomaron el relevo en los primeros puestos del escalafón tecnológico de la aviación.

Anthony Fokker, además de ser una de las figuras más importantes de las primeras décadas de la aviación, fue un personaje muy singular. Nacido en las Indias Orientales Neerlandesas y criado en Holanda, inició su carrera aeronáutica en Alemania y la desarrolló posteriormente en los Países Bajos y Estados Unidos. Adquirió fama como fabricante de aviones en Alemania, durante la I Guerra Mundial y después se instaló en Holanda donde consiguió el apoyo del Gobierno de los Países Bajos y hasta de Estados Unidos, aunque en menor medida, para impulsar su negocio.

Fokker fabricó el primer avión de caza de la historia de la aviación, el Eindecker, y en realidad podemos considerar que fue el inventor de esta modalidad de aeronave. Gracias al desarrollo de un mecanismo de sincronización de disparos de la ametralladora con el giro de las palas de la hélice, Anthony Fokker hizo posible el nacimiento de los aviones de caza.

Sus aeronaves de alas con perfiles gruesos, en voladizo y con fuselajes de estructura de tubos metálicos, revolucionaron la tecnología aeronáutica.

Sin embargo, Anthony careció siempre de una sólida formación técnica. Sus cualidades de excelente piloto le servirían de mucho en los comienzos de la aviación, cuando nadie disponía de un bagaje de conocimientos teóricos suficiente en el que se pudieran apoyar los diseños de los aviones. Anthony volaba sus aeronaves para comprobar como respondían a los mandos y las perfeccionaba; gracias a su intuición sabía encontrar las modificaciones necesarias para que sus aparatos ejecutaran bien todas las maniobras.

Además de ser un magnífico piloto, tenía una gran visión para los negocios, lo que le permitiría acumular una importante fortuna a lo largo de su vida, aunque jamás fue el dinero el móvil principal de su existencia.

Su temperamento tampoco carecería de singularidades: fue un hombre egocéntrico que necesitaba vivir rodeado de personas y sus relaciones con las mujeres nunca fueron fáciles. Fracasó en sus dos matrimonios.

Dejó unas memorias de su vida, que dictó a un periodista estadounidense, y se publicaron en 1933, después de su fracaso empresarial en Estados Unidos: The Flying Dutchman. El libro, primero se editó en inglés y luego se tradujo al flamenco, con algunas pequeñas modificaciones que introdujo Fokker. En sus memorias, los sucesos aparecen desde una perspectiva excesivamente personal, muchos de ellos significativamente distorsionados por lo que son un relato divertido que no se ajusta del todo a la realidad.

Además de la autobiografía del propio Fokker, hay otros dos libros, en inglés, que relatan su vida.

El mejor documentado es el de Marc Dierikx, Fokker a transatlantic biography.

La otra biografía, Fokker the creative years, de A. R. Weyl, cubre principalmente el periodo de la I Guerra Mundial y describe los aviones de Fokker de esa época con un gran nivel de detalle. El autor no puede evitar que en sus textos predomine la crítica a la figura del fabricante de aviones y se enaltezca la de su mecánico y jefe de diseño: Reinhold Platz. Weyl aporta muchos detalles en su libro, pero no cita las fuentes, al revés que Dierikx que es muy prolijo en especificar el origen de la información que aporta.

La admiración de Weyl por Reinhold Platz es comprensible, pero resulta excesiva. Tanto Fokker como Platz carecían de formación técnica suficiente para continuar al frente del equipo de diseño de un fabricante de aviones de éxito a partir de los años 1930. Ambos eran unos ignorantes en materia de resistencia de materiales y aerodinámica, cuando ya existían túneles de viento en los que se hacían ensayos con aviones a escala. En gran medida, los dos fueron responsables del retraso tecnológico de Fokker que estuvo a punto de hacer que la empresa desapareciese.

Cuando terminé de escribir Ramón Franco el aviador, a partir de un borrador que tenía guardado desde hace ya bastante tiempo, me puse a trabajar en otro libro: Anthony Fokker, disparar a través de las hélices. Si la historia del español me llevó años de trabajo, y una exhaustiva labor de compilación de notas de prensa, no tengo ningún inconveniente en reconocer que en el libro de Fokker no aporto nuevos conocimientos con respecto a su vida. He utilizado como principales fuentes de información del personaje, las tres obras a las que me he referido anteriormente. Con respecto a los aviadores, aeronaves y sucesos relacionados con la I Guerra Mundial, los datos que recojo en esta biografía se pueden encontrar con facilidad en la abundante literatura que existe sobre ese periodo.

Mi intención ha sido escribir un libro sobre la vida de Anthony Fokker y su obra como fabricante de aviones, de fácil lectura y en español. Con ello tan solo pretendo cubrir esa inmensa laguna de la bibliografía aeronáutica, en mi idioma, en la que este extraordinario personaje es un desconocido.

Antes de imprimir el libro, y para poder corregirlo con mayor calma, publicaré en este blog los primeros capítulos que espero susciten el interés de los lectores.

Libros del autor (Se desea más información haga click en el enlace)
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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

El astronauta John W. Young

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El 12 de abril de 1981 la lanzadera espacial Columbia (STS-1), impulsada por dos cohetes reutilizables, fue puesta en órbita y regresó a la Tierra para aterrizar como cualquier avión. Era la primera vez que se empleaba una nave recuperable en una misión espacial. John Young, un veterano astronauta, fue el comandante del vuelo y le acompañaba como piloto Bob Crippen, de la Marina de Estados Unidos. Completaron 36 órbitas a nuestro planeta y aterrizaron en la base Edwards, California, después de efectuar la parte más delicada de la misión: la reentrada en la atmósfera. Cuando Young abandonó la Columbia, lo primero que hizo fue inspeccionar la nave, pletórico de satisfacción al comprobar que la coraza térmica los había protegido de las altísimas temperaturas que tuvo que soportar al entrar en contacto con la atmósfera.

Dos años más tarde, el 28 de noviembre de 1983, Young volvió a asumir el mando de la Columbia, en su primera misión operativa, con cinco astronautas más a bordo. Era la sexta vez que el astronauta viajaba al espacio. Cuando aterrizó en la base Edwards, diez días después, a sus 53 años, Young llevaba acumulados en su palmarés astronáutico 835 horas de servicio, en seis misiones espaciales. Aquella sería la última de ellas, aunque Young no se retiró de la NASA hasta diciembre de 2004 a los 74 años de edad.

John Watts Young nació en San Francisco en septiembre de 1930, se graduó en ingeniería aeronáutica por la universidad de Georgia Tech en 1953 y voló como piloto de la Marina de Estados Unidos antes de incorporarse a la NASA. En dos ocasiones viajó a la Luna, la primera en mayo de 1969 (Apollo 10), en un ensayo previo al alunizaje real, y la segunda en 1972 (Apollo 16).

Los astronautas Young, Cernan y Stafford, despegaron de Cabo Cañaveral el 18 de mayo de 1969 y su nave alcanzó una órbita terrestre desde la que inició el viaje a la Luna. Tardaron tres días en alcanzarla. El 22 de mayo, Young permaneció a bordo del Módulo de Mando (CM) y sus compañeros entraron en el Módulo Lunar (LM) y se separaron del CM para situarse en una órbita de descenso a la superficie del satélite terrestre. Cernan y Stafford se aproximaron a la Luna y observaron el lugar donde alunizarían los astronautas en una misión posterior: el Mar de la Tranquilidad. Cuando finalizó su misión se desprendieron de la etapa de descenso y activaron los cohetes de la etapa de ascenso para retornar al Módulo de Mando, donde los esperaba Young. Durante esta operación el LM empezó a girar, descontrolado, aunque los astronautas consiguieron estabilizarlo, antes de que la situación fuera irrecuperable. Lanzaron al espacio los cohetes de la etapa de ascenso y se conectaron con el Módulo de Mando. El viaje de vuelta a la Tierra duró algo más de tres días. El 26 de mayo de 1969 los recogió un portaaviones de la Marina de Estados Unidos en el Pacífico.

La segunda vez que Young regresó a la Luna tuvo la oportunidad de pasearse por su inhóspita superficie que el astronauta calificó como «un lugar muy bonito». El 16 de abril de 1972, Young fue lanzado al espacio al mando de la misión Apollo 16 junto con los astronautas Mattingly y Duke, desde el Centro Espacial Kennedy (antiguo Cabo Cañaveral). Era la quinta misión tripulada que alunizaba en nuestro satélite y también la penúltima que lo hizo. Duke y Young pasaron 71 horas en la superficie lunar con el LM, mientras Mattingly los esperaba en el Módulo de Mando orbitando la Luna. Los dos astronautas contaban con un vehículo con el que efectuaron desplazamientos sobre la superficie del satélite terrestre y recogieron 95,8 kilogramos de muestras lunares. En sus excursiones, motorizadas, se separaron varios kilómetros del LM para realizar distintas mediciones, tomar muestras, hacer fotografías y filmar películas. En aquellos tres días de recorridos programados por las tierras altas de la geografía lunar, Young y Duke, tuvieron la oportunidad de familiarizarse con las peculiaridades de una parte muy singular de nuestro satélite. En la operación de regreso al Módulo de Mando no pasaron los mismos apuros que los astronautas del Apollo 10. Se conectaron al CM, donde les esperaba Mattingly y regresaron a la Tierra.

En sus dos viajes de vuelta de la Luna, Young recordaba la famosa frase del presidente Kennedy cuando prometió que Estados Unidos enviaría a un hombre a la Luna que regresaría sano y salvo a la Tierra; lo de regresar sano y salvo a la Tierra le parecía una buena idea.

John Watts Young falleció el 5 de enero de 2018

El incierto futuro del A380 y sus consecuencias

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El 25 de octubre de 2007 Singapur Airlines ponía en servicio el primer avión Airbus A380 y el Boeing 747 dejaba de ser el avión más emblemático de la aviación comercial, un puesto que había ocupado durante 38 años. Airbus se apuntaba un gran éxito de imagen. En aquel año sus estimaciones de la demanda del mercado de aeronaves muy grandes de pasajeros, para los siguientes 20 años, la estimaba en 1283/1771 aparatos, mientras que Boeing suponía que la cifra sería del orden de 590. La diferencia de apreciación del mercado entre ambos fabricantes no surgió aquel año, sino que venía arrastrándose desde el comienzo del presente milenio. La experiencia de Boeing con el 747 se remontaba a 1969, cuando entregó los primeros aviones de gran tamaño, y la tendencia de las ventas y producción mostraba una progresiva disminución del interés de las aerolíneas por las aeronaves muy grandes: cada vez se vendían menos aviones 747. Cuando Airbus decidió lanzar el A380, Boeing hizo público que no seguiría a su competidor en la carrera de los grandes aviones y terminó centrando sus esfuerzos de desarrollo en el 787, una aeronave significativamente más pequeña.

Han transcurrido 11 años y, hace poco, Airbus ha anunciado que es posible que se vea obligada a dejar de fabricar el A380. Durante los años 2016 y 2017 no logró vender ninguno. A finales de 2017 había entregado 216 aeronaves de un total de 317 pedidos. La realidad del mercado de los aviones de pasajeros muy grandes se ha desviado significativamente de las previsiones iniciales del fabricante europeo.

Sin embargo, la situación es especialmente singular porque la aerolínea Emirates es el principal operador del A380, con 101 unidades en servicio y pedidos por otras 41(a finales de 2017). Singapor Airlines seguía en esa fecha a Emirates, muy de lejos, en este escalafón, con 19 A380.
A la luz de estos datos parece deducirse que el A380 hubiese resultado un verdadero fracaso sin Emirates. También podemos preguntarnos si Emirates habría podido alcanzar la posición que tiene actualmente en el mercado sin el A380.

El negocio de Emirates consiste en enlazar con Dubái las principales ciudades del mundo para establecer conexiones de largo recorrido. En el escalafón mundial, en 2016, ocupaba el cuarto lugar como transportista aéreo (en pasajeros kilómetro transportados).Si tenemos en cuenta que en las diez primeras aerolíneas de la lista figuran cuatro compañías estadounidenses, tres europeas, dos chinas y Emirates, esta última parece haberse colado de una forma inesperada en el grupo que encabeza el transporte aéreo mundial. Es la única que no opera desde una plataforma geográfica de gran volumen de emisión y recepción de tráfico aéreo. Por tanto, la mayoría del tráfico de Emirates viene y va a las grandes ciudades del mundo y simplemente hace escala en Dubái.

El A380 es un avión icónico que atrae a los viajeros y en las configuraciones de Emirates puede transportar hasta 615 pasajeros (un 50% más aproximadamente que el Boeing 777 que es el otro avión de largo recorrido de la empresa del Golfo). Eso quiere decir que en los aeropuertos extraordinariamente congestionados de las grandes ciudades del mundo, con pocas frecuencias (pocos slots), Emirates es capaz de absorber mucho tráfico. ¿Dispondría de un 50% más de slots en esos aeropuertos si sustituyera los A380 por aeronaves más pequeñas? Posiblemente, no.

Al parecer, la continuidad de la cadena de producción del A380 está pendiente de que Emirates materialice un pedido a Airbus de 36 aviones de este tipo, por unos dieciséis mil millones de dólares; en caso de que esto no ocurra Airbus podría dejar de fabricar el icónico avión. En este último supuesto ¿Cuál sería a medio y largo plazo el efecto sobre los transportistas del Golfo? No lo sabemos, pero está claro que las operaciones de las aeronaves tan grandes como el A380, influyen en el reparto del tráfico entre los grandes transportistas. Y eso es algo que afecta a los tres principales grupos de líneas aéreas europeas: British-Iberia, Lufthansa y Air France-KLM.

Algunos piensan que el precio para Europa de ostentar el icono aeronáutico de la aviación comercial lo pagan las aerolíneas del continente, otros no, ¿Quién está en lo cierto?

 

Blériot, Ramón Franco y Lindbergh

Blériot, Ramón Franco y Lindbergh

Ramón Franco fue uno de los españoles más famosos de todos los tiempos. Idolatrado por el pueblo, vitoreado y zarandeado por las masas, tras su legendario viaje con el Plus Ultra, se convirtió en una estrella mediática de primera magnitud.

En 1926, con los capitanes Julio Ruíz de Alda y Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada, efectuó un vuelo de Huelva a Buenos Aires a través del Atlántico Sur. Hizo escala en Las Palmas, Porto Praia y Fernando de Noronha; de allí voló a Recife ya en el continente americano y después siguió por la costa hasta Buenos Aires haciendo escalas en Río y Montevideo. Franco había salido de Huelva el 22 de enero y llegó a Buenos Aires el 10 de febrero. Su vuelo a través del Atlántico Sur fue el primero de los grandes raids de los pilotos españoles y el más celebrado y popular de todos ellos.

La historia ha maltratado la figura de Ramón Franco, que siempre se ha visto distorsionada por ser hermano del dictador que gobernó España durante casi cuarenta años. Muchos de sus biógrafos han utilizado a Ramón para afear la figura del general. Su primera esposa contó su vida con el aviador para desmentir las falsedades que Pilar, hermana de Ramón, divulgó sobre ella y sus relaciones con el piloto. Alguien allegado a la familia Franco, y después de haber fallecido Ramón, encargó la elaboración de un dossier que se recrea en la descripción de la supuesta vida sórdida y libertina que llevó durante su primera juventud la segunda esposa de Ramón. De su muerte han circulado maledicencias que van desde el asesinato por orden de su hermano a la ejecución, por venganza, organizada por la masonería. De su vida se ha insinuado, sin la menor prueba, la paternidad de la que fue hija de su hermano Francisco. Se le ha responsabilizado de los bombardeos, en la Guerra Civil Española, sobre Barcelona, cuando existen pruebas de que estas misiones las realizó la aviación italiana en cumplimiento de órdenes recibidas de Mussolini. Fascista para unos, rojo y comunista para otros, malquerido por casi todos los políticos republicanos y monárquicos de su época, Ramón Franco, uno de los españoles más aclamados y famosos de la historia, finalizó sus días aislado en el estrecho círculo familiar de su segunda esposa y su hija. Y después de su muerte se convirtió en un recuerdo incómodo para casi todos.

En mi biografía, Ramón Franco el aviador, he procurado recuperar la figura del militar, del célebre piloto, del revolucionario, del político y del aviador, tal y como fue, al margen de cualquier otra consideración. He tratado de reconstruir su vida con precisión, a partir de centenares de artículos de prensa, sus propios escritos, lo que de él dijeron sus contemporáneos y otros documentos. Y en ese largo descubrimiento de su figura me he encontrado con un militar que peleó en África cuerpo a cuerpo con los moros en las arenas del desierto, un piloto de hidroaviones, un famosísimo aeronauta, un temerario revolucionario, un político arrinconado y, al final de su vida, un simple aviador. Todo eso fue Ramón Franco, en una época convulsa de la historia española, recién nacida la aviación en el mundo.

Aquí voy a limitarme a comentar brevemente su condición de aeronauta y la pregunta que me hago es ¿qué hizo Ramón para alcanzar su merecida fama? En realidad hizo lo mismo que Louis Blériot, o Charles Lindbergh: volar por primera vez entre dos lugares emblemáticos. Ramón atravesó el Atlántico Sur. Aunque los portugueses Sacadura Cabral y Gago Coutinho ya lo habían hecho antes, su vuelo fue diferente al de Ramón, porque tuvieron que efectuar largas paradas y emplearon varios aviones. Sin embargo, a diferencia de Ramón los portugueses utilizaron la navegación astronómica para orientarse durante su viaje. Gago Coutinho empleó un sextante de precisión, inventado por él. Ramón nunca supo manejar bien las técnicas de navegación astronómica. En el viaje a Buenos Aires utilizó un radiogoniómetro para situarse en las recaladas, después de horas de navegación a estima. Durante ese viaje se hubiese perdido un par de veces, de no ser por el radiogoniómetro que llevaba a bordo. Cuando trató de volar alrededor del mundo, confiado, no montó en el avión un gonio y en la primera etapa se despistó y terminó con su hidro en el mar. No llegó ni a las Azores. No es aventurado decir que su desmesurada fama pudo alcanzarla gracias a la suerte.

Pero no hay muchas diferencias entre Ramón Franco, Louis Blériot y Charles Lindbergh. Cuando el francés despegó de Francia para cruzar el Canal nadie de su equipo había reparado en montarle una brújula y el famoso piloto preguntó a su ayudante en tierra: ¿dónde está Dover? Por allá, le respondió el desconcertado jefe de campo, a la vez que señalaba con la mano en dirección oeste. Antes de avistar la costa inglesa, Blériot voló completamente desorientado en la bruma, hasta que localizó sobre el mar unos barcos cuyas estelas le marcaron la dirección a seguir. Y desde luego fue una casualidad que Lindbergh se topara con la costa francesa después de volar más de 30 horas, con niebla, tormentas y a veces rozando las crestas de las olas del océano. Llevaba brújulas, cronómetros, derivómetros y en los tramos en los que podía ver el cielo trataba de orientarse con las estrellas. Lindbergh no hizo uso de la navegación astronómica, que en aquella época ya utilizaban muchos aviadores. Después de su travesía sobre el Atlántico Norte, Lindbergh estudió las técnicas de navegación astronómica y no volvió repetir un vuelo con poca visibilidad y de larga duración sin hacer uso de ellas.

Y saco a colación este asunto porque hay quien desmerece a Ramón Franco, el aeronauta, por estas cuestiones de la navegación, sin saber que, puestos a hacer de menos, también deberían cuestionarse las figuras de Lindbergh y Blériot.

Ramón Franco el aviador (Libro)
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El primer simulador de vuelo de la industria española (C-101)

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Hace unos días leí en FLynews que Indra ha empezado a trabajar en un nuevo simulador para el Eurofighter. El articulista, Luis Calvo, señala que Indra ya fue una de las empresas que desarrolló el primer simulador del Eurofighter y también que la compañía trabaja en el desarrollo de un entrenador básico para el Ejército del Aire español.

Este artículo me trae a la memoria el inicio de la actividad de Indra en el campo de la simulación de aeronaves, porque es difícil de imaginar algo más divertido e incluso rocambolesco a la vez que extraordinario. Entonces la empresa se llamaba CECSA y yo era el director de ingeniería, responsable de la ejecución de todos los proyectos. De eso hace algún tiempo, porque fue en el año 1980 cuando el Ejército del Aire contrató con nosotros dos simuladores de vuelo para el C-101, el famoso avión de entrenamiento, conocido con el nombre de culopollo. Nunca habíamos hecho nada parecido y al tiempo que escribimos la oferta tuvimos que aprender qué era un simulador de vuelo, cómo funcionaba, configurarlo y estimar el coste del desarrollo.

Pedro García Vega era el director de marketing de CECSA Sistemas Electrónicos y llevaba el liderazgo de los contactos con el Ejército del Aire. Me parece increíble que Pedro llegase a convencer a nuestras Fuerzas Armadas de que éramos capaces de fabricar los simuladores, aunque yo estaba convencido que sabríamos hacerlo. Contábamos con un grupo de ingenieros con experiencia en desarrollo de software en tiempo real, manejábamos bien los miniordenadores y habíamos entregado aplicaciones en el campo de los sistemas de control de tráfico aéreo. El argumento comercial más potente era “la tecnología nacional”. Si queríamos desarrollar en España nuevas capacidades tecnológicas necesitábamos que la Administración y sobre todo, las Fuerzas Armadas, confiaran en nosotros, los jóvenes ingenieros. Pero no era una tarea sencilla. Recuerdo que en una de las reuniones con nuestro futuro cliente, en la que no faltaba algún general, les comentamos si les parecería bien que los españoles subcontratáramos la defensa del país a un ejército extranjero que tuviese mejor armamento; si confiábamos en ellos y asumíamos el riesgo ¿por qué no tenía que hacer lo mismo el Ejército del Aire con nosotros? Creo que fueron muy corteses y no se tomaron a mal aquella impertinencia porque en el fondo éramos un grupo de entusiastas con los que simpatizaban.

Preparamos una oferta de dos simuladores para el C-101, sin movimiento ni sistema visual, por 400 millones de pesetas. Cuando la escribimos ya teníamos una idea bastante exacta de cómo teníamos que hacer los simuladores. Habíamos contactado con ingenieros de Iberia, de la Fligth Safety Foundation y Pedro y yo nos desplazamos a Tampa para entrevistarnos con expertos del sector de la simulación de aviones. Incluso yo me atreví a innovar un poco, porque elegimos como procesador un ordenador VAX 11/780 de 32 bits de la empresa Digital Equipment Corporation y ofrecimos desarrollar el software con un lenguaje de alto nivel. Hasta entonces la mayoría de los programas de simulación de vuelo estaban escritos en ensamblador. El sistema de entradas y salidas, es decir la conexión entre el ordenador y todo los equipos de la cabina de vuelo lo diseñamos y fabricamos nosotros.

Tuvimos suerte porque nuestra oferta de 400 millones de pesetas resultó un 15% más barata que la de la competencia Thomson/Marconi y el Ejército del Aire nos adjudicó el contrato. De haber sido más caros, seguro que lo hubiésemos perdido.

En nuestros periplos por Oklahoma, Pedro y yo contactamos con muchos ingenieros, expertos en simulación. Uno de ellos, realmente obeso, nos pareció especialmente dispuesto y se comprometió a formar un equipo de especialistas a título privado. Su nombre era Willy y el apellido se pronunciaba Dais (no recuerdo bien cómo se escribía). Todos los expertos del grupo que formó Willy trabajaban en empresas del sector y su colaboración con nosotros la hicieron a título privado. Eso nos permitía acceder a gente realmente valiosa, de empresas diversas, y a un precio muy asequible. Yo no recuerdo la cifra exacta que abonamos a Willy por la asistencia técnica, pero no pasó de tres o cuatro millones de pesetas. A este equipo de expertos le hicimos dos encargos: el primero colaborar con los ingenieros de CECSA, que mandamos a Tulsa, en el diseño preliminar del simulador y, el segundo, efectuar una revisión de los trabajos al cabo de un cierto tiempo.

Organicé un grupo de ingenieros, con experiencia, y nos trasladamos a un motel, en Tulsa, en donde habíamos alquilado habitaciones y salas para trabajar. Llevamos con nosotros centenares de kilogramos de documentación del avión C-101 que nos proporcionó CASA. El curso duró diez días y como los expertos trabajaban en sus empresas respectivas, las clases empezaban cuando quedaban libres, a partir de las cinco de la tarde. A eso le llamaban ellos moon shift, turno lunar, y no era la primera vez que hacían algo así. Eso quería decir que nosotros pasábamos la mañana en la piscina, rodeados de papeles.

Además de la ayuda del grupo de Willy contacté con Juan José Martínez García, catedrático de Mecánica de Vuelo de la Escuela Superior de Ingenieros Aeronáuticos de Madrid y firmamos un contrato para que desarrollara la algoritmia de resolución de las ecuaciones de vuelo. Este trabajo lo hizo a través de una empresa suya que posteriormente ha tenido un gran desarrollo: Grupo de Mecánica de Vuelo (GMV). Yo creo que aquel encargo le ayudó a Juan José a consolidar un excelente equipo de profesionales. En total pagamos por esta asistencia técnica cinco millones de pesetas.

Estimo que la adquisición del know how para hacer los simuladores no nos costaría más de 15 millones de pesetas, incluidos nuestros viajes a Estados Unidos, que fueron bastantes.

El gran problema con el que nos topamos fue que CASA no disponía de un paquete de datos estándar de su avión C-101 para el desarrollo del simulador, como es habitual en la industria. Sin embargo, con la ayuda de nuestros expertos estadounidenses, Martínez García, y bastante paciencia, fuimos capaces de reconstruirlo.

Yo recuerdo que cuando efectuamos los ensayos de entrega de los simuladores vino un general, que además había volado, según me dijo, como piloto de pruebas del C-101. A él no le resultaba fácil manejar el simulador, como es lógico, sin referencias visuales, ni de movimiento y se sorprendía de que algunos de nuestros ingenieros aterrizaban mientras se tomaban un bocadillo, con la mano izquierda y sin apenas mirar los instrumentos. Un día me contó que haciendo pruebas de vuelo, con el C-101, le habían enganchado un cable a la palanca y tuvo la mala suerte de que el cable se trabó de forma que no podía tirar hacia atrás del mando. Hacia adelante se movía, pero atrás no. Así no era posible aterrizar. Entonces me dijo: « ¿sabes lo que hice?, pues muy fácil, puse el avión en vuelo invertido y empujé la palanca, le dí la vuelta otra vez y así varias veces hasta que pude tomar tierra». Estuve a punto de sugerirle que por qué no lo probábamos con el simulador, pero no me atreví.

En la primavera de 1983 entregamos los simuladores en la base aérea de San Javier, y por lo que me consta allí han prestado servicio durante muchos años.

No pasó demasiado tiempo antes de que el Ejército del Aire comprara los aviones F-18 del programa FACA. A McDonell le costó trabajo aceptar que CECSA ofreciera el simulador de su avión por el mismo precio que figuraba en la oferta del fabricante de San Luis, eso sí, menos un dólar, y ganara el contrato. Eso también ocurrió en 1983. El importe de la adjudicación fue de 5000 millones de pesetas. CECSA creó la División de Simulación y Pedro García Vega se hizo cargo de ella.

Yo me quedé al frente de la División de Sistemas Radar que era algo así como la nodriza de la que se fueron desgajando otras divisiones, todas con el mismo lema: desarrollar tecnología propia; era la única forma de divertirse que teníamos los ingenieros. Con el tiempo, CECSA se convirtió en CESELSA y luego se fusionó con las empresas públicas de electrónica para formar Indra.

Hoy, celebro que Indra siga fabricando simuladores y espero que sea por muchos años.

Libros del autor
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DC-3, el avión que cambió el transporte aéreo en el mundo

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El avión Douglas DC-3 cambió el transporte aéreo en el mundo. Hay un antes y un después de su aparición en el mercado. Sin embargo, el DC-3 surgió a partir del DC-2 que a su vez resultó una evolución del DC-1. De este último avión, génesis del legendario DC-3, tan solo se fabricó una unidad. En mi libro, De los Ángeles al cielo, DC-1 nos cuenta cómo y por qué vino al mundo y también la rocambolesca historia que alumbró al aeroplano destinado a transformar el transporte aéreo global: el DC-3:

 

La razón por la que yo estaba, aquella bonita mañana de julio, tomando el sol en la plataforma frente al hangar del aeropuerto de Clover, con los dos motores rugiendo como leones a la espera de que mi comandante tuviera a bien comprobar cómo volaba, tenía su origen en las maniobras de un traficante de madera de Seattle, convertido en fabricante de aeronaves, que se llamaba William Boeing. Y es que entonces, el grupo United Aircraft del maderero controlaba una empresa que fabricaba aviones, la Boeing; otra que producía motores, la Pratt & Whitney; y, una tercera, que transportaba carga, correo y pasaje, la United Airlines. Al hombre de Seattle y a su equipo se les ocurrió que si Boeing construía un avión revolucionario y se lo vendía solamente a la United las demás aerolíneas tendrían que cerrar. No era una mala idea, sobre todo, para la United y, por eso, el Gobierno de Estados Unidos terminó por prohibir estas prácticas en 1934. Para favorecer la competencia, los fabricantes de aviones y las aerolíneas no podrían, a partir de aquel momento, pertenecer al mismo grupo empresarial. Pero, entonces estábamos en 1932 y la Boeing decidió construir una modernísima aeronave, el Boeing 247, primero, para la United, sin descartar la posibilidad de venderla a otras líneas aéreas en el supuesto de que alguna continuara en el mercado después de la irrupción de su Boeing 247.

Jack Frye era un hombre de gran carácter y no se rindió. Necesitaba una aeronave para su empresa, la TWA, capaz de competir con el Boeing 247 de la United Airlines y esa aeronave no existía; tendría que inventarla.

Hasta entonces, en Estados Unidos, los aeroplanos más populares entre las líneas aéreas eran los trimotores Ford y Fokker, y el Boeing 80A. Del trimotor Ford se llegaron a producir unos 200 aviones para transporte de pasajeros y carga, entre 1926 y 1933 año en que el fabricante de automóviles dejó de ensamblarlos. La desaparición de uno de los pilotos de pruebas de la compañía, amigo personal de Ford, que se estrelló mientras probaba un aeroplano y las pérdidas acumuladas que ascendían a dos millones y medio de dólares convencieron a Ford de la necesidad de poner un punto final al negocio aeronáutico. Fokker no tenía demasiado éxito, por tratarse de un fabricante extranjero; además, la muerte del entrenador del equipo de fútbol de Notre Dame, Knute Rockne, en un accidente aéreo protagonizado por un Fokker, en marzo de 1931, contribuyó de forma decisiva al descrédito de este aparato entre los viajeros. El 80A de Boeing operaba la línea de la United Airlines que iba de costa a costa, en unas 27 horas con un servicio que la aerolínea tildaba de “lujoso”, pero la realidad era muy distinta. Aquellos aviones, que a duras penas alcanzaban una velocidad de crucero de 100 millas por hora, volaban relativamente bajo con lo que los pasajeros sufrían todas las inclemencias del tiempo y su corto alcance les obligaba a hacer frecuentes escalas.

Los directivos de la United Airlines concibieron el Boeing 247 como el aeroplano que sería capaz de dejar para siempre atrás la mayor parte de las limitaciones del transporte aéreo de pasajeros de la época. Querían que el aparato pudiera cruzar el país en menos de 20 horas, sin que los pasajeros tuvieran que pernoctar en ningún punto intermedio ni cambiar de aeroplano, aunque seguiría siendo necesario hacer varias escalas. También deseaban que la cabina del Boeing 247 ofreciera a sus 10 pasajeros un nivel de confort similar al de los ferrocarriles. La United había pedido 60 aeroplanos que empezarían a entregarse en febrero de 1933.

Frye reunió a sus directivos y asesores para formular la descripción de lo que la empresa consideraba que tenía que ser un aeroplano capaz de competir con el nuevo desarrollo de Boeing. El 2 de agosto de 1933 envió cartas a la Glenn Martin Company de Baltimore, la Curtiss-Wright Corporation de St Louis, y la Douglas de Santa Mónica, para preguntarles a los fabricantes si estaban interesados en producir 19 o más trimotores que tuvieran las características técnicas que acompañaba en una hoja adjunta. En esta simple hoja se detallaban, en 6 apartados, las principales características del aeroplano. La TWA estaba interesada en un trimotor, con autonomía de 1080 millas a una velocidad de crucero de 150 millas por hora y con un peso máximo de despegue de 14 200 libras; otra característica importante del aparato era que tenía que ser capaz de despegar, aunque fallara un motor, a plena carga, en el aeropuerto de mayor altura que operaba la TWA (4500 pies, en Winslow, Arizona).

Si comparo lo que Frye y su equipo querían de mí, con lo que prometía ser el 247, me llama la atención que mientras que Boeing había optado claramente por una configuración con dos motores, la TWA parecía seguir interesada en tres motores. Claro está que a los ingenieros de Douglas no les pareció lo más acertado.

Don recibió la carta de Frye el 5 de agosto y enseguida se dio cuenta de que aquella era una gran oportunidad para su compañía. El negocio no le había funcionado muy bien durante los dos últimos años; desde octubre de 1930 hasta julio de 1932 la producción había sido de 4,1 aviones por semana. Don estaba convencido de que existía un mercado importante y completamente nuevo en el segmento de aeronaves de transporte comercial; conocía personalmente a Jack Frye y le tenía aprecio, sabía que era una persona coherente y que la información que figuraba en la lista de la hoja adjunta no la había improvisado y resumía lo que su línea aérea esperaba de los fabricantes para competir con la United. Se llevó la carta a su casa, la leyó varias veces y estuvo pensando en mí hasta las dos de la madrugada. Al día siguiente reunió al núcleo de su equipo de ingeniería. Repasaron punto por punto las especificaciones de la TWA, las discutieron con minuciosidad y la conversación se alargó hasta bien entrada la tarde. El siguiente paso consistiría en elaborar una oferta concreta que recogiera aquellas especificaciones.

Cuando revisaron el primer borrador de la oferta, Kindelberger, el ingeniero jefe de Douglas, dijo que la configuración con tres motores no tenía ningún sentido. Eso era evidente. Aunque la carta se refería a un trimotor, en la hoja adjunta se abría la posibilidad a un aparato con solo dos motores. Kindelberger argumentó que un aeroplano con el mismo aspecto que el Fokker, que se había estrellado en Kansas con el entrenador del equipo de la universidad de Notre Dame a bordo, era una mala opción. Un bimotor ofrecería menos resistencia y se podría dotar con motores que generasen más tracción de la que se conseguía con los actuales trimotores. El 247 ya llevaba hélices de paso variable y ellos también podían montarlas en el nuevo avión. Todos estuvieron de acuerdo con el planteamiento de Kindelberger. Arthur Raymond, el ayudante de Kindelberger, propuso otras cuestiones generales relativas a mi diseño. Mi ala tenía que ser muy baja, de forma que el larguero principal no atravesara la cabina de pasajeros, como ocurría con el 247 de Boeing; de esta forma los largueros, o vigas que cruzan de parte a parte en el sentido transversal por el interior del ala, lo harían sin entrar en la cabina de pasaje. En cuanto a la forma del ala, Arthur Raymond apuntó que convendría aplicar las enseñanzas de Jack Northrop. Jack había trabajado para Douglas hacía años, luego se fue a la Lockheed y entonces ya tenía su propia fábrica; Northrop ideó las alas trapezoidales con una ligera flecha hacia atrás. Los pilones o sujeciones de los motores se desplazarían hacia adelante para alejar las hélices de los bordes de ataque de las alas y mejorar así la eficiencia aerodinámica. Douglas insistió en que haría falta un tren de aterrizaje retráctil, con lo que la resistencia se reduciría en un 20%. Kindelberger apuntó que las góndolas o barquillas de los motores podían hacerse lo suficientemente grandes como para albergar el tren de aterrizaje cuando se plegara. Otro ingeniero del equipo, Fred Herman, propuso dotarme de unos flaps –planos extensibles que aumentan la superficie del ala durante el despegue y el aterrizaje– para conseguir más sustentación a baja velocidad; Frye había especificado una velocidad de aterrizaje, muy lenta, de 65 millas por hora.

Me equiparían con hélices de paso variable, piloto automático, sistemas de deshielo y lo último en instrumental de navegación. Los equipos técnicos trabajaron durante varios días hasta disponer de una configuración no muy detallada, pero que contenía todos mis elementos básicos. Uno de los principios que adoptó el equipo de Kindelberger fue el de no incorporar nada que fuera completamente nuevo, que no estuviera probado, de forma que yo tendría la originalidad de combinar por primera vez muchos elementos, que no eran completamente nuevos, pero que nunca se habían dispuesto juntos en ningún diseño anterior. En la Douglas se progresaba siempre con un paso muy firme, con lo que el ritmo al que se incorporaban las innovaciones debía atemperarse a fin de no incrementar el riesgo. Aquella forma de actuar, característica de Donald, producía aeronaves sólidas y seguras, apreciadas por sus clientes, aunque también haría que la empresa reaccionase con tardanza si el mercado requería cambios rompedores.

Cuando mi diseño estaba muy avanzado, Harry Wetzel, director general de Douglas, y Arthur Raymond, tomaron el tren para reunirse con los representantes de la TWA y discutir la oferta en Nueva York. Era un largo viaje y por el camino seguirían recibiendo modificaciones, notas y apuntes, sobre lo que pensaban hacer conmigo. En Nueva York permanecieron tres semanas en las que mantuvieron numerosas reuniones con el equipo de la aerolínea encabezado por su presidente, Richard W. Robbins, el vicepresidente de operaciones, Jack Frye, y, su asesor técnico Charles A. Lindbergh, el legendario piloto que cruzó por primera vez el océano Atlántico volando en solitario. Realmente me impresioné mucho cuando me enteré de que el propio Lindbergh había participado en mi diseño.

Uno de los asuntos que planteó mayores discusiones fue la motorización. La TWA quería garantías de que si me fallaba un motor, con el otro yo volaría mejor que un trimotor con dos motores. Eso suponía que, con mi máximo peso de despegue, debería ser capaz de remontar el vuelo, en caso de fallo de un motor, en el aeropuerto de mayor altura en que operaba la TWA. Arthur Raymond hizo muchos cálculos y habló con Don y Kindelberger varias veces sobre este asunto. El joven ingeniero creía que había un 90% de posibilidades de que yo pudiera cumplir con este requisito que les imponía la aerolínea, pero no podía garantizarlo por completo. Kindelberger le dijo a Don que la única forma de averiguarlo era construir el avión y hacer la prueba. Douglas autorizó a sus delegados para que aceptaran un compromiso previo, antes de la firma del contrato. La TWA confió en las promesas de la fábrica de California y comunicó a Harry Wetzel y Raymond que estaba decidida a apostar por Douglas.

El 20 de septiembre de 1932, Don viajó a Nueva York para firmar el contrato con el presidente de la TWA, Richard W. Robins. De las 42 páginas del documento final, 29 se referían a cuestiones puramente técnicas. El acuerdo estipulaba un precio de 125 000 dólares, por el primer aeroplano, y una opción de compra, que podía ejercerse a lo largo de un año, de hasta 60 aviones a un precio de 58 000 dólares cada uno. Cuando la noticia se publicó en los medios, el precio de las acciones de la Douglas pasó de 7,12 a 16 dólares. Yo, que aún no había nacido, ya estaba haciendo rico a mi patrón.

La General Motors –propietaria de la TWA– fue muy precavida y ordenó a General Aviation, una empresa que también controlaba, el diseño y fabricación de un trimotor, por si mi proyecto no salía adelante.

Tengo entendido que en su viaje de vuelta, de Nueva York a Los Ángeles, Arthur Raymond voló en un trimotor Ford. La experiencia fue deplorable, como era habitual en aquellas excursiones aéreas, el ayudante de Kindelberger y segundo de ingeniería, tuvo que soportar vibraciones, frío, ruidos, la dureza de los asientos, baches, la estrechez de los lavabos, la pésima ventilación y la falta de estanqueidad de los cierres de las ventanas. Arthur Raymond estableció, como uno de los principales objetivos, hacer de mí: “confort con alas”; se propuso liberar a los pasajeros aéreos de aquellas horribles experiencias. Arthur se obsesionó con la comodidad del pasaje y Don puso un cartel en la sección que me diseñaba: “Piensa como te sentirías si tuvieras que volar en el avión. La seguridad es lo primero”.

Kindelberger organizó un equipo con lo mejor que tenía a su alcance. Raymond contrató como consultor al profesor del Instituto Tecnológico de California, W. Bailey Oswald, a quién le encargó la supervisión de los aspectos aerodinámicos de mi diseño. El Instituto disponía de un túnel aerodinámico en el que se efectuaron unos 200 ensayos con un modelo mío, a escala. Los ensayos demostraron que los flaps eran capaces de incrementar la sustentación en un 30% y la resistencia en un 300%; que la incorporación de una junta carenada entre el fuselaje y el ala permitía aumentar la velocidad máxima en un 17%, y que mi modelo era inestable porque el peso había aumentado y el centro de gravedad se había desplazado hacia atrás, por lo que para compensar este efecto se incrementó la flecha regresiva de mi ala, lo que hizo retroceder también el centro de sustentación. Nunca, con anterioridad, un túnel de viento había sido tan útil a la hora de diseñar un aeroplano. Ni siquiera sé si realmente algún constructor había hecho uso de un instrumento tan valioso para diseñar un avión. La información que proporcionó al equipo que trabajaba en mi diseño le permitió ahorrar una gran cantidad de tiempo y de dinero.

A medida que fui tomando forma, mi peso empezó a desviarse de las previsiones de un modo alarmante, pero las nuevas hélices de paso variable y los motores también aportarían un empuje superior al que mis diseñadores habían estimado en un principio. Cuando se firmó el contrato, Douglas no había decidido todavía cuál iba a ser mi motor, y durante meses los ingenieros de la Pratt & Whitney y de la Wright discutieron los detalles de sus respectivas ofertas con Don y el jefe de la sección de ingeniería responsable de la planta de potencia, Ivar L. Shrogan. Los equipos de ingeniería de los dos motoristas coexistían en la planta de Douglas, encerrados en sus despachos, sin querer compartir ni el café. La decisión final fue utilizar el Cyclone, de la empresa Wright, pero los ingenieros de Douglas lo mantuvieron en secreto, por un tiempo, para conseguir mejoras adicionales del fabricante.

Me diseñaron y construyeron en menos de un año; un desarrollo muy rápido, si se tiene en cuenta la dificultad de construir una aeronave tan revolucionaria como yo, pero fue mucho tiempo para la época. Entonces los aviones se diseñaban y fabricaban en unos pocos meses. Durante la Primera Guerra Mundial los prototipos se construían en un par de semanas. A los técnicos de Douglas les llevó bastante más tiempo ensamblarme hasta el punto de que pudiera volar…

 

(Jack Fry quedó fascinado con el DC-1, pero pensó que para los aviones de serie se podían añadir dos asientos más, alargando el fuselaje. El fabricante, Donald Douglas se mostró reacio a gastar más dinero)

 

En Nueva York, Douglas explicó a los ejecutivos de la TWA cómo su empresa se había gastado ya 300 000 dólares conmigo y con los estudios de ingeniería de los cambios que deseaban introducir en los aviones de serie. Las discusiones llevaron algún tiempo, hasta que el presidente Robins aceptó modificar el contrato original por otro con un incremento de unos 7000 dólares por aeroplano. En total, la TWA pagaría 1 625 000 dólares por 25 aviones que recibieron el nombre de DC-2. Mis hermanos, los DC-2, llevarían dos pasajeros más, el tren de aterrizaje se retraería automáticamente en vez de con una bomba manual, en la cabina de vuelo se instalaría otro panel de instrumentos, un piloto automático y frenos, que el piloto podría activar presionando la punta de los pedales. Ya no se fabricarían más DC-1, yo sería único y mi vida aeronáutica también resultaría muy singular, desde mi nacimiento en California, hasta mis últimos días en España.

 

(Lo que nadie esperaba es que apareciese en la escena American Airlines que quería una versión del DC-2 con literas)

 

Cyrrus, un tejano de modales suaves pero algo cabezota, gastó más de 300 dólares en una conferencia telefónica con Donald Douglas. Durante dos horas trató de convencer a Don para que se tomara en serio el asunto de fabricar un prototipo de DC-2 con literas. Sin embargo, Don había invertido más de 300 000 dólares en mí y en aquel momento empezaban a salir de su planta de California los primeros DC-2. La prioridad de Donald era fabricar bien su nuevo avión estrella y le parecía arriesgado iniciar otra aventura que acapararía las mentes de sus ingenieros en un momento en el que quería que se centraran en los DC-2 de la TWA. Sin embargo, Cyrrus era un tejano obstinado como ya te he dicho. Se comprometió a adquirir 20 unidades si los ingenieros de Douglas llegaban a la conclusión de que el proyecto era viable.

Cuando, a regañadientes, Donald aceptó la propuesta de Cyrrus y el tejano colgó el teléfono se debió dar cuenta de que tenía un pequeño problema y es que American Airlines no disponía de dinero para pagar su encargo. Entonces se acordó de que el presidente Roosevelt había dispuesto de un fondo público para ayudar a las empresas estadounidenses solventes y estratégicas que necesitaran tesorería para abordar sus proyectos de expansión. Los burócratas de Washington le concedieron cuatro millones y medio de dólares, aunque tuvo que recurrir a sus amigos personales.

La Douglas empezó a trabajar en el diseño del DC-2 con literas en otoño de 1934. El avión adoptó, en un principio, el nombre de Douglas Sleeper Transport (DST), pero al poco tiempo todo el mundo lo conocería como DC-3. Montar a bordo las literas suponía incrementar el peso de forma notable, por lo que fue necesario agrandar el fuselaje, aumentar la superficie de sustentación y cambiar los motores. Arthur Raymond tuvo que emplear a más de 400 ingenieros y delineantes que dibujaron unos 3500 planos. El 17 de diciembre de 1935, el DST hizo su primer vuelo. Pero, aún tuvieron que pasar unos meses hasta que American Airlines lo pusiera en servicio, el 25 de junio de 1936.

Donald Douglas no tenía mucha fe en los aviones con literas, de hecho le confesó a Arthur Raymond que “los vuelos nocturnos serán tan populares como el cine mudo”, pero de lo que se dio cuenta inmediatamente fue de que si eliminaba las literas y ponía asientos, en vez de 14 dormilones el avión podía transportar 28 pasajeros; el doble que el DC-2. Además, el radio de acción se incrementaría, con respecto a este avión, casi en un 50%. Don, comprendió enseguida que el DC-3 sí que suponía un paso de gigante en el desarrollo de la aviación comercial…

 

DC-1 hizo otra pausa y yo asentí con la cabeza. Efectivamente el DC-3 fue el avión que cambió el transporte aéreo en el mundo. Y Donald Douglas tenía razón, porque de aquellos aviones con literas se produjeron menos de 100 unidades, mientras que la Douglas vendió 455 aparatos DC-3 en su versión comercial con asientos y 10 147 con distintas configuraciones militares. La Segunda Guerra Mundial contribuiría al desarrollo tan espectacular del avión. En cuanto al DC-2, se fabricaron 130 unidades comerciales y 50 militares.

 

La historia de DC-1 (De los Ángeles al cielo)

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

Ramón Franco el aviador

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Ramón Franco el aviador

Esta biografía de Ramón Franco es una magnífica oportunidad para conocer cómo se inició la aviación civil y militar en el mundo y en España, cómo resolvieron los aeronautas los problemas de navegación sin visibilidad, cómo las circunstancias convirtieron a un simple comandante en un héroe popular sin precedentes que terminó rebelándose contra el poder, y cómo el héroe se transformó en un político radical hasta consumirse y desconcertar al mundo entero. Es la historia de un hombre vitoreado, malquerido y despreciado, todo ello con el mismo apasionamiento, y abandonado a un prolongado olvido del que nadie se atrevería a rescatarlo.

La biografía de Ramón Franco entronca con los inicios de la aeronáutica en España y su estreno como arma de destrucción en la guerra de Marruecos. A Primo de Rivera, nada favorable a la presencia militar española en el norte de África, le hubiera gustado que el plan de guerra aérea urdido por el general Soriano hubiese bastado para amedrentar a los indígenas, pero el militar no disponía de suficientes efectivos para culminarlo con éxito y Primo de Rivera se vio obligado a organizar con Francia el desembarco de Alhucemas. Entonces, Ramón ya era un famoso piloto de hidroaviones de la Aviación Militar. Después de batirse cuerpo a cuerpo en las arenas del occidente marroquí, deslumbrado por los ases del aire de la Gran Guerra, decidió incorporarse a la recién nacida aviación. Participó en los bombardeos masivos ordenados por el general Soriano y muy pronto llegó a convertirse en el mejor piloto de hidroaviones del país.
Ramón diseñó un viaje a través del Atlántico Sur y logró que se lo autorizasen tras el desembarco de las tropas españolas en Alhucemas. En 1926 alcanzó una fama indescriptible en su vuelo de Palos a Buenos Aires. Aquel viaje hizo de él uno de los españoles más famosos y populares de todos los tiempos.

Su pasión por la aventura lo llevó a emprender un segundo viaje, alrededor del mundo; sin embargo, fracasó en el intento.

De su etapa como aviador famoso acabó enfrentado con el monarca Alfonso XIII y sus jefes aviadores, enzarzado en discusiones sobre la escasa utilidad de la protección a la industria aeronáutica española, la precariedad del material aeronáutico de la aviación militar y la poca fiabilidad de los servicios meteorológicos del Gobierno. Convencido de que el futuro del transporte aéreo transoceánico estaba en los hidroaviones de gran tamaño y no excesivamente ducho en la navegación astronómica, nunca supo reconocer sus errores.

Su enfrentamiento con el Gobierno lo llevó a luchar por la República Española, codearse con grupos de extrema izquierda y patrocinar uno de los golpes más audaces y desconcertantes a la monarquía: la toma del aeródromo de Cuatro Vientos, en diciembre de 1930, días después de la sublevación de Jaca. Se exiló en París y regresó para dirigir, por muy poco tiempo, la Aeronáutica Militar durante el primer Gobierno de Azaña. Su posicionamiento político se radicalizó y se vio obligado a abandonar el Ejército para ejercer como diputado en un sector extremista. Enfrentado al grupo republicano que organizó la política española tras la caída del régimen monárquico, de acuerdo con el famoso Pacto de San Sebastián, Ramón se asoció con Esquerra y los nacionalistas andaluces de Blas Infante, aunque finalmente se refugiaría políticamente en un pequeño núcleo de izquierda radical.

Desengañado, al perder en las elecciones catalanas a finales de 1932, Ramón se apartaría de la política para regresar al mundo de la aviación, fascinado por el vuelo a Cuba de su amigo Mariano Barberán. Cuando el presidente Alcalá Zamora decidió reemplazar el Gobierno y sustituyó a Azaña por Lerroux, Ramón consiguió reingresar en la aviación militar y que se le asignaran algunas misiones en México y Estados Unidos. A partir de ese momento, el aviador perdió el apoyo de la extrema izquierda a lo que habría que sumar las pocas simpatías que gozaba entre los republicanos y la mayoría de los políticos, así como la profunda antipatía que le profesaban los monárquicos. Ramón se convirtió en un personaje solitario y malquerido casi por todos.
La Guerra Civil española le sorprendió en Estados Unidos y se vio obligado a elegir entre los dos bandos, en un momento en el que vivía al margen de la política de su país. Regresó a España para combatir como aviador y en plena contienda falleció en un extraño accidente.

Al margen de su vida aventurera, Ramón se casó dos veces y reconoció como suya una hija de su segunda mujer. Hasta sobre su paternidad existen dudas razonables. Divorciado y vuelto a casar por las leyes de la II República, el ordenamiento jurídico de la Dictadura deslegitimó su segundo matrimonio, aunque su viuda seguiría cobrando la correspondiente pensión. Su primer matrimonio no estuvo exento de escándalos y en el segundo, el aviador encontró la paz que hasta entonces le había dado la espalda durante toda la vida.

Ramón Franco fue hermano del dictador que gobernó en España durante 40 años: Francisco Franco. Sus relaciones resultaron especialmente difíciles durante las etapas más revolucionarias del aviador. Los dos hermanos poseían temperamentos diametralmente opuestos y ambos alcanzaron muy pronto la fama: cuando Francisco era un militar acreditado por su historial africano, Ramón ya ostentaba la condición de ser uno de los españoles más populares de la historia.

El vínculo familiar entre Ramón y Francisco ha contribuido a que la figura del primero estuviera siempre sujeta a controversia y a que la vida del piloto se analizara, en muchas ocasiones, con la intención principal de criticar a su hermano. Su parentesco no ha favorecido que al aviador se le tratara con objetividad.

En esta biografía he procurado dejar los juicios para el lector, salvo en algunas cuestiones técnicas, y he tratado de reconstruir su vida con la mayor precisión que las fuentes me han permitido. Además de las biografías que se han escrito sobre Ramón, sus propios escritos y otros documentos, he investigado con mucho detalle las noticias de prensa que aparecieron sobre el aviador a lo largo de su vida. Esta labor de reconstrucción me ha llevado a descubrir errores en otras biografías, por ejemplo, cuando Ramón regresó de Buenos Aires hubo festejos en Sevilla que según algunos autores debían de finalizar con la presencia del aviador en Jerez de la Frontera donde le esperaba el dictador Primo de Rivera y Ramón lo dejó plantado al no presentarse en dicha ciudad y regresar directamente a Madrid. El plantón al mismísimo presidente del Gobierno sería un motivo de desencuentro entre ambos en el que algunos biógrafos insisten con demasía. La realidad es que ese día en Jerez no lo esperaba Primo de Rivera ya que el mandatario estaba en Madrid con una agenda bien definida (basta consultar las noticias publicadas en prensa). Esa misma labor de reconstrucción me ha llevado a concluir que el giro político de Ramón no se produce de un modo abrupto en 1936 sino gradual, a partir de finales de 1932, al perder las elecciones catalanas. Durante mucho tiempo, Azaña y sobre todo Miguel Maura, mantuvieron una actitud muy beligerante con Ramón y a pesar de su insistencia en regresar al servicio activo de aviación, sus peticiones cayeron en saco roto.

He escrito este libro porque pensé que nadie tendría nunca interés en ocuparse de la vida de Ramón Franco, a no ser para criticar a su hermano o sacar a relucir historias de su familia. Por eso, en casi todos los libros que sobre él se han escrito lo nombran tomando a su hermano como referente: el hermano maldito, el republicano, el hermano olvidado…Yo he preferido limitarme a considerarlo simplemente como Ramón Franco el aviador. Fue un traidor para las izquierdas y para las derechas, por lo que analizar su vida en clave política es absurdo ya que Ramón jamás fue un hombre de pensamiento, simplemente un aventurero, un individuo entregado a la acción.

Su experiencia profesional y personal, transita por unos vericuetos de gran interés ya que vivió en primera persona sucesos clave de la aviación y la historia española, se codeó con todos los grandes aviadores de su época y con los políticos durante unos años que resultarían cruciales para el futuro de su país. La corta vida de este gran aviador está llena de acontecimientos que hacen de esta biografía una aventura extraordinaria.

Ramón Franco el aviador

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Dicen que Marte es un paraíso

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Dicen que Marte es un paraíso. No es frío ni cálido, parece que en su subsuelo hay agua en abundancia, tiene una gravedad que es del orden del 38% de la de la Tierra, a la que podríamos acostumbrarnos, posee una atmósfera protectora de las radiaciones y la duración del día y la noche es muy parecida a la de nuestro planeta. En nuestro Sistema Solar hay otros dos astros que orbitan cerca de la Tierra: la Luna y Venus. Sin embargo, la Luna tiene días que duran un mes y no posee atmósfera por lo que su superficie recibe numerosos impactos de meteoritos y se ve afectada por las radiaciones. En cuanto a Venus está muy caliente, la temperatura media ronda los 400 grados centígrados, la presión  alcanza las 90 atmósferas y sus noches pueden durar 120 días terrestres.

Así es que si queremos buscar una residencia en el Sistema Solar, solo nos queda Marte.

Marte gira alrededor del Sol en una órbita exterior con respecto a la Tierra y por tanto a menor velocidad. Aproximadamente, cada 26 meses la Tierra pasa cerca de Marte y eso abre una ventana de oportunidad para lanzar un cohete y alcanzar el planeta rojo en un tiempo estimado por la NASA del orden de nueve meses. Sin embargo esta cifra puede reducirse si contamos con suficiente combustible. Lo más probable es que las naves que en el futuro vuelen de forma regular entre la Tierra y Marte, lo hagan cada 26 meses.

Hay varios grupos que quieren colonizar Marte. La NASA no tiene previsto enviar un ser humano a este planeta hasta el año 2032, pero el creador de Space X y Tesla, Elon Musk, desea hacerlo en 2024. Dos años antes habría hecho viajar hasta el planeta rojo a uno de sus automóviles con una nave con capacidad para transportar 100 personas. Los planes del multimillonario estadounidense son sorpresivos: en febrero de 2017 anunció que en 2018 Space X transportará dos pasajeros de pago a la Luna. Pero la historia de los viajes a Marte va mucho más allá de una excursión de lujo a nuestro satélite, porque el objetivo de los exploradores marcianos será construir una infraestructura capaz de hacer viable la existencia de humanos en aquellas areniscas rojizas.

Si es posible enviar personas de la Tierra a Marte, y seguro que en algún momento no tan lejano llegará a serlo, no parece difícil que en ese planeta se pueda construir un entorno capaz de proteger a los individuos y suministrarles sus necesidades vitales. La colonia de Marte se regirá por sus propias normas éticas ya que no dependerá de ningún Estado terráqueo y deberá formar su propio Gobierno. Con enlaces regulares con la Tierra, cada 26 meses, en viajes cuya duración se reducirá posiblemente a tres o seis meses, los marcianos deberán encontrar el modo de obtener dinero de los terrestres para continuar con sus obras y desarrollar su economía. En un principio, la publicidad y el turismo podrán ser una fuente de ingresos importante, pero a medio plazo, necesitarán contar con otras como la minería, la experimentación o  cultivos especiales, imposibles de efectuar en la Tierra. Hay muchos expertos que piensan que en Marte será posible desarrollar actividades de gran interés para los terrícolas y que los colonizadores disfrutarán de una economía saneada.

Para Elon Musk, Marte es un negocio que viene persiguiendo desde hace muchos años, quizá el mayor negocio de su vida. No parece probable que el Gobierno de la colonia marciana cuya creación haya impulsado Space X vaya a depender de la empresa, interesada tan solo en continuar haciendo negocio con la línea de transporte aéreo entre la Tierra y Marte. El Gobierno marciano será independiente de Space X y muy pronto empezará a negociar con Elon Musk las condiciones de la ruta espacial: frecuencias de vuelo, horarios, capacidad de carga y pasaje, etc…Aparecerán otros transportistas, Lockheed Martin y Boeing, con casi toda seguridad, y el Gobierno marciano se beneficiará de la competencia. Elon Musk será cada vez más rico.

El problema surgirá con la NASA y las agencias espaciales de las que se consideran superpotencias, que no verán con muy buenos ojos el crecimiento de un Gobierno independiente en Marte. Y es muy posible que impulsen el desarrollo de otras colonias, en otras partes de la superficie del planeta, en las que sus miembros pertenezcan a la nación que los envía con ánimo de establecer una zona controlada por su bandera: la colonia estadounidense, la rusa, la china, la de la Unión Europea…Lo que no sabemos es si, una vez en Marte, después de contactar con el primer Gobierno local, los colonos abanderados seguirán sometidos a sus dueños terráqueos o se adherirán al poder ya establecido en el planeta rojo. Esta opción sería la más inteligente ya que evitaría conflictos entre colonos, especialmente indeseables en un territorio tan hostil.

La comunidad marciana crecerá y es muy posible que inicie un proceso de transformación del planeta, sobre todo si es capaz de extraer de forma masiva agua del subsuelo, cambiar la composición de la superficie exterior gracias al cultivo extensivo de algas e inyectar grandes cantidades de vapor de agua en la atmósfera, dióxido de carbono y oxígeno. El objetivo final sería hacer de Marte un planeta mucho más parecido a la Tierra.

Y el inhóspito planeta Marte se convertirá en el Edén , en donde la enseñanza y la atención médica serán gratuitas y universales, todos sus habitantes dispondrán de lo necesario para vivir, trabajarán con entusiasmo para la sociedad, respetarán las normas y las leyes que ellos mismos entiendan que son necesarias para sobrevivir y permanecerán unidos para hacer frente a la inmediata adversidad. Por eso dicen, que Marte es un paraíso.