Rebelión a bordo del UA-93.

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El comandante Jason Dahl apagó las luces de abrocharse los cinturones y la tripulación de cabina empezó a servir el desayuno. El avión, un Boeing 757, alcanzó su nivel de vuelo de crucero de 30◦000 pies. El vuelo de United Airlines 93 había despegado de Newark (Nueva Jersey) a las 8:42, con 42 minutos de retraso, y se dirigía a San Francisco. Poco después de las 09:00 Dahl recibió un mensaje del centro de control de Chicago en el que les comunicaban que otros aviones habían sido secuestrados y que “tuvieran cuidado de una intrusión en cabina”. A las 9:15 respondieron: “Confirmado”. Los pilotos del vuelo UA 93 no podían sospechar que a las 8:46 un avión se había estrellado contra la fachada noreste de la Torre Gemela norte, en Nueva York, y que 17 minutos después otro avión haría lo mismo en la torre sur.

A las 9:28 cuatro individuos, con cintas rojas alrededor de la cabeza, irrumpieron en la cabina, el comandante les conminó a que se marcharan de allí inmediatamente. Desde el centro de control se escucharon las voces de los pilotos y ruidos amortiguados de lo que tuvo que ser el forcejeo que mantuvieron con los secuestradores. Los dos pilotos fueron reducidos por los sus agresores y malheridos, o muertos, los arrastraron al pasillo de la cabina de primera clase donde quedaron tumbados en el suelo. Cuatro terroristas, Ziad Samir Jarrah, Ahmed Ibrahim al-Haznawi, Saeed al-Ghamdi y Ahmed al-Nam ─que hasta aquel momento volaban como pasajeros en primera clase─ tomaron el control del aeroplano. Jarrah y Haznawi ocuparon los puestos del comandante y copiloto y se dirigieron a los pasajeros para informarles de la situación: “Les habla el comandante, me gustaría que todos permanezcan sentados, hay una bomba a bordo y regresamos al aeropuerto…Por favor permanezcan quietos”.

Todos los pasajeros y los 5 tripulantes fueron conducidos a la parte trasera del aeroplano por los terroristas; poco después dos secuestradores pilotaban el avión, otro se quedó cerca de los pilotos, que estaban en el suelo, y el cuarto se situó en la separación del compartimento de primera con el de turista. Iban armados con cuchillos y uno llevaba una bomba al cinto. En la refriega un pasajero y una azafata habían sido acuchillados.

A las 9:35 los secuestradores cambiaron el rumbo 180 grados y se encaminaron hacia algún lugar de la costa Este de Estados Unidos, quizá hacia el aeropuerto Ronald Reagan en Washington DC.

Cinco minutos antes de que los terroristas a bordo del vuelo UA 93 dirigieran el avión hacia el este, tres cazas F-16, armados con misiles, despegaron de la base aérea Langley de Hampton, en Virginia. Tras los impactos en las Torres Gemelas, la Federal Aviation Administration (FAA) y la Fuerza Aérea detectaron el secuestro de otro vuelo que puso rumbo a Washington DC. Los cazas salieron tras la aeronave, aunque nunca la alcanzarían: el avión secuestrado, los terroristas y la tripulación y sus pasajeros, se estrellaron en el Pentágono. Las autoridades estadounidenses estaban desconcertadas, parecía como si el mundo se hubiera vuelto loco y ordenaron el cierre del espacio aéreo al tráfico civil, primero en el área de Nueva York y poco después, en todo el país. Cuando la FAA detectó el cambio de rumbo del vuelo UA 93 comprendieron que se trataba del cuarto avión que aquel día un grupo, muy numeroso de terroristas, había secuestrado para utilizarlo como una bomba contra algún objetivo emblemático del país. Podía ser el Capitolio, la Casa Blanca, la residencia de Camp David o incluso alguna central nuclear de la Costa Este. Los F-16 recibieron la orden de interceptar al 757.

En ese momento, a bordo del avión de United viajaban 33 pasajeros y 5 tripulantes, 4 terroristas y los 2 pilotos de la compañía, que yacían en el suelo, quizá muertos; un pasajero y una azafata podrían haber corrido la misma suerte que los pilotos. Ninguno de los que seguían vivos sabía que apenas les quedaba, apenas, media hora de existencia. Aquellos larguísimos 30 minutos desencadenaron un torrente de conversaciones telefónicas entre las personas de a bordo y sus familiares y amigos en tierra. Los terroristas los habían abandonado en la cola del avión, en la cabina de clase turista; estaban solos, podían hablar entre ellos, pasarse los móviles y utilizar el teléfono público de a bordo.

Mark Bingham, de 31 años, ocupaba una plaza en primera clase y su teléfono lo había dejado olvidado en el asiento, cuando los terroristas le obligaron a moverse a la parte trasera del avión. Viajaba en aquél aeroplano de casualidad. Tenía que haber volado a San Francisco el día anterior, pero se quedó en Nueva York porque después de la fiesta de su compañero de apartamento, con motivo de su 30 cumpleaños, no se sintió con ganas de hacerlo. Desde el teléfono público, en la cabina de turista, llamó a su madre, Alice Hoagland azafata de United, y la despertó (en California eran las 06:44): “Quiero decirte que te quiero. Estoy en un vuelo de Newark a San Francisco. Tres tipos a bordo han tomado el avión. Dicen que tienen una bomba ¿me crees, no mamá?” La conversación se cortó en ese momento. Alice conectó la televisión, se enteró de las noticias y pensó que los pasajeros debían de hacer algo. Llamó enseguida al teléfono móvil de su hijo, que estaba en el asiento vacío, y le dejó un mensaje: “Mark, soy tu madre. Son las 10:54 (calculó mal el tiempo, eran las 9:54). Las noticias dicen que ha sido secuestrado por terroristas. Planean usar el avión, probablemente, para alcanzar un blanco en tierra. Si puedes, intenta reducir a esos tipos, si puedes, porque ellos usan el avión como un blanco. Yo diría que hagas todo lo que puedas para reducirlos, porque son unos obcecados. Intenta llamarme si puedes. Sabes mi número.OK. Te quiero, cielo. Adios.” Mark no pudo escuchar el mensaje de su madre, que se quedó grabado en su buzón de voz.

Jeremy Glick, antiguo campeón de judo de New Jersey y director de ventas de una página de internet, llamó a su mujer Lyz que estaba con su hijo de tres años en casa de su padre. La esposa de Glick consiguió establecer contacto con la policía y Jeremy les pasó información sobre los secuestradores. Glick le dijo a su mujer que tenía noticias, a través de otros compañeros de viaje que habían hablado con sus esposas, de que otros terroristas acababan de estrellar aviones en el World Trade Center de Nueva York. Glick comentó que estaba urdiendo un plan con otros pasajeros, todos de más de un metro ochenta, en forma y de buena constitución física, para recuperar el control del avión.

Uno de los pasajeros que hizo más llamadas telefónicas fue Thomas Burnett, vicepresidente de una empresa de investigación en el campo de la medicina, de 38 años de edad. Su mujer, Deena, había dejado su trabajo como azafata para atender a sus tres hijos. Aquella mañana, Deena estaba con los niños tomando el desayuno cuando llamó Tom para decirle que su avión había sido secuestrado y que llamara a la policía. Fue breve y conciso. Cuando volvió a llamar agentes del FBI se habían conectado a la línea telefónica. Burnett hizo preguntas sobre lo que había ocurrido en el World Trade Center y le dijo a su mujer que los secuestradores pensaban estrellar el avión contra algún objetivo. En su tercera llamada, a las 9:41, poco después de que otro avión secuestrado impactara en el Pentágono, dijo que “iban a hacer algo”.

La conversación más larga, a bordo del vuelo UA 93, la mantuvo Todd Beamer, contable de Oracle de 32 años. Todd habó unos 15 minutos con Lisa Jefferson, telefonista supervisora de la compañía GTE-Verizon. Beamer no quiso llamar a su esposa, embarazada, y marcó un “0”. La operadora le pasó la conferencia a su jefa: Lisa Jefferson. Con la voz pausada, tranquila, le explicó lo ocurría a bordo. Más tarde le comentó que tenía dos hijos y que su mujer estaba esperando el tercero, que los quería mucho y le hizo prometer a la telefonista que si no conseguía salir de allí llamaría a su mujer. Después le pidió que rezara con él un Padre Nuestro, cosa que harían los dos, a la vez.

Algunos pasajeros y tripulantes, en la cabina de clase turista, urdieron un plan a bordo; comprendieron que sus secuestradores los dirigían hacia una muerte segura, acompañada de alguna acción de consecuencias terribles para otras personas. No tenían nada que perder. Dos o tres minutos antes de las 10:00 el plan tomó forma y se puso en funcionamiento.

Todd le explicó a Lisa Jefferson que los pasajeros iban a correr por el pasillo hasta la cabina de primera clase para atacar a los terroristas. “Tengo que ir con fe”, le dijo, antes de volverse hacia otras personas y exclamar: “¿Estáis listos? OK. Pongámonos en marcha”. Aquellas fueron las últimas palabras que la empleada de la compañía telefónica escuchó de su interlocutor.

La cuarta vez que Tom Burnett llamó a su mujer le dijo que estaba seguro de que los secuestradores no tenían una bomba, solamente cuchillos. Insistió en que había un grupo de gente que iba a hacer algo. Su esposa, Deena le pidió que se estuviera quieto, que se sentara y que no llamase la atención de los secuestradores, pero Tom le respondió que si los terroristas tenían intención de estrellar el avión ellos debían hacer algo.

Jeremy Glick se despidió de su esposa que le animó a que trataran de reducir a los terroristas. Sandy Bradshaw, hablaba por teléfono con su marido y después de explicarle que estaba preparando recipientes con agua hirviendo, le dijo: “Todo el mundo corre hacia la cabina de primera clase. Tengo que ir, adiós.”

A las 9:55, el piloto introdujo en el computador de a bordo el código para dirigir el avión al aeropuerto Reagan en Washington DC; dos minutos después empezó la revuelta a bordo. Los pasajeros iniciaron el ataque a los terroristas, irrumpieron en la zona de primera clase y se abalanzaron contra la puerta de la cabina de vuelo. Los pilotos comprendieron que les quedaba poco tiempo. Trataron de librarse de la revuelta, primero alabeando el aeroplano y después con violentos movimientos de cabeceo. A las 10:02, los terroristas decidieron estrellar el avión con un fuerte viraje a la izquierda; la aeronave se puso del revés y se desplomó. “Alá es grande”, fueron las últimas palabras de los secuestradores antes de que el avión impactara en el suelo, en un campo de Shanksville en Pensilvania.

Algunos testigos presenciales aseguraron que vieron un avión militar, cerca del 757, y muchos creen que el avión fue derribado por el misil de un caza de la Fuerza Aérea. Con casi toda seguridad, si el vuelo UA-93 hubiera seguido su curso hacia Washington, los aviones militares lo habrían derribado en algún punto de su trayectoria. El mando de Defensa sabía que se trataba de un avión secuestrado y conocía sus intenciones, el presidente ya había autorizado el uso de la aviación militar para interceptar posibles aviones civiles secuestrados. Sin embargo, la versión oficial de los hechos es que los aviones de caza de la Fuerza Aérea estaban a unos 11 minutos de vuelo del lugar en que se estrelló el avión cuando los terroristas decidieron dar por concluida su misión. De otra parte, los registros de la “caja negra” demuestran que se produjo a bordo una reacción desesperada por parte de los pasajeros y que los pilotos trataron de evitarla zarandeando el avión. Hay quien sostiene que el derribo del 757 por un misil ocurrió al mismo tiempo que la rebelión de los pasajeros.

Este 11 de septiembre hará 13 años desde que el mundo cambió para peor, y hasta la fecha ningún grupo de valientes, como los pasajeros del UA 93, ha sabido poner remedio al desastre.

Águila monera

Aguila de Filipinas

Foto: Jef Maitem/Alamy

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Esta hermosa águila de bonitos ojos está en peligro de extinción. Es poco sociable: tiene muy mal carácter y cuando la han tratado de criar en cautividad, en dos ocasiones, la hembra mató al macho. Vive de 30 a 60 años.

Hasta 1896 nadie en el mundo occidental sabía de su existencia. Se descubrió en Filipinas ese año, porque suele permanecer oculta en bosques frondosos. Los nativos la llamaban come-monos ya que pensaban que se alimentaba solamente de estos animales, aunque después se ha comprobado que también le gustan algunas ratas, las serpientes, las ardillas voladoras, los murciélagos, muchos tipos de pájaro y los lémures. Se la bautizó con el nombre de águila monera, por su afición a devorar simios, y también se le conoce como águila de Filipinas.

Es una de las rapaces más grandes y poderosas que existen: sus alas extendidas de punta a punta miden más de 2 metros, pesa unos 6,5 kilogramos y tiene una altura de casi 1 metro.
Endémica de las Filipinas, en la actualidad tan solo quedan unos 300 ejemplares en la isla de Mindanao y pocos más en el país. En 1995 fue declarada pájaro nacional de Filipinas. Quizá tan alto honor la libre de la desaparición; que así sea.

No tan robusto como parece: Fokker E.V

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Anthony Fokker y sus trabajadores trataron de convencer al Ejército alemán de la robustez de sus productos con imágenes espectaculares. Quizá fuera ya demasiado tarde.

Los Fokker E. V entraron en servicio a finales de julio de 1918 cuando ya no quedaba mucha guerra por delante. En muy pocos días tres pilotos perdieron la vida en el frente, debido a roturas de las alas, cuando volaban con estas aeronaves. Todos los Fokker E. V fueron dados de baja del servicio, se les prohibió volar y el Ejército organizó una comisión de accidentes para que analizara el problema. El aeroplano había pasado, sin incidencias, las pruebas de resistencia que hacía el IdFlieg (la organización de las Fuerzas Aéreas responsable de la certificación y el control de calidad de las aeronaves). Para el Ejército aquellos accidentes eran una desagradable sorpresa.

Los inspectores analizaron los restos de los aviones accidentados y también otras unidades de serie y comprobaron que la construcción de los aparatos era muy deficiente. La madera usada en los largueros no era de buena calidad, encontraron filtraciones de agua en el interior del ala de un aparato, lo que favorecía la podredumbre de la estructura, y el espesor del larguero frontal de un avión accidentado era un 40% inferior al del avión que se utilizó durante las pruebas de certificación.

El IdFlieg requirió la presencia de Fokker en sus instalaciones de Adlershof para discutir el asunto con los expertos del Ejército y que fuera testigo de las pruebas de carga que tenían intención de hacer con las alas de sus aeroplanos. El holandés se llevó consigo a Reinhold Platz, diseñador y jefe de ingeniería de su fábrica, que en las discusiones previas se abstuvo de opinar.

Los militares opinaban que la rotura de las alas podía estar motivada, además de a los defectos de fabricación, por un exceso de sustentación en las puntas debido a la deformación inducida por las cargas aerodinámicas en vuelo. Según la opinión del IdFlieg la estructura debería de reforzarse. Antes de hacer las pruebas de carga Platz se quedó horrorizado al comprobar que las dimensiones y la calidad del material que se iba a probar no se ajustaba en absoluto a su diseño; la fabricación de aquellos aeroplanos era más que deficiente. El ingeniero se lo comentó a Anthony Fokker, pero el holandés prefería creer que aquellas desviaciones no tenían mayor importancia y las estructuras pasarían las pruebas. Las alas empezaron a romperse con unas cargas que no llegaban al 77% de las que debían soportar. Un par de días más tarde llegaron otras alas que se habían tomado al azar en la cadena de producción de Fokker en Schwerin que no fueron capaces de aguantar más que el 74% del esfuerzo que se les exigía.

La siguiente prueba consistiría en reforzar un ala, de acuerdo con las sugerencias hechas por los técnicos del IdFlieg, y probarla junto con otra en la que se mantendría el diseño original. Sin embargo, Reinhold Platz no hizo caso a los militares y mandó construir las dos alas igual, pero ajustando las dimensiones y acabado de las piezas, con toda exactitud, a su diseño original. Las alas pasaron las pruebas con holgura y el IdFlieg tuvo que descartar que la rotura se hubiera debido a una sobrecarga inducida por la aeroelasticidad. Los accidentes se podían explicar con la deficiente calidad de los aeroplanos suministrados por Anthony Fokker.

El máximo responsable del IdFlieg, el comandante F. Wagenfuehr, envió una carta a Fokker en la que le informaba de que el Ejército estudiaba la instrucción de una inculpación criminal, en contra suya, porque de manera deliberada había suministrado equipos defectuosos, causando la muerte de personal militar en el frente.

Producir barato y con rapidez había sido su obsesión desde el comienzo de la guerra. Su fábrica de Schwerin era un montón de barracones, nunca se preocupó de contratar verdaderos expertos en fabricación y sus conocimientos de ingeniería mecánica y aerodinámica no eran muy profundos. Extrovertido, simpático, sociable, magnífico piloto, amigo de los grandes ases de la aviación alemana en el frente y receloso de los técnicos, supo construir algunos de los mejores aviones de la Gran Guerra. Sin embargo, su pasión por acumular riqueza y el convencimiento de que el conflicto era un episodio temporal jamás le permitirían invertir dinero en sus fábricas alemanas. Al final del verano de 1918, Anthony Fokker era un mito, un héroe popular, en una Alemania que estaba perdiendo la guerra. Poco iba a ganar el país, a juicio de sus líderes, en destronar otro de los muchos iconos que aquellas nefastas circunstancias derribaban todos los días. El Ejército no emprendió actuaciones contra el holandés, prefirió mirar hacia otra parte.

Reinhold Platz descubrió que, en la fábrica, no se habían dado ni siquiera cuenta de que el larguero más grueso se montaba arriba y el otro abajo y los colocaban indistintamente; las maderas no se inspeccionaban antes de ser laminadas y a veces los agujeros no se taladraban sino que metían un punzón. Fokker dejó hacer a Platz y el ingeniero mejoró como pudo la desorganizada fábrica del holandés cuando el conflicto bélico tocaba a su fin y el fabricante de aviones preparaba su salida de Alemania.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

El Iran Air 655 y los misiles del Vincennes

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La torre de control autorizó al comandante Mohsen Rezaian a despegar en el aeropuerto de Bandar Abbas, en Irán. Eran las 10:17 a.m. y el vuelo de la Iran Air 655 llevaba 27 minutos de retraso. El avión se dirigía a Dubai, su destino final, y acababa de hacer la escala que tenía programada en la ruta de Teherán a la ciudad de Los Emiratos Árabes Unidos. Muchos de los pasajeros eran peregrinos que viajaban a la ciudad santa de La Meca. La duración prevista del último tramo no llegaba a media hora de vuelo a lo largo de la aerovía Ambar 59 que cruzaba el Golfo Pérsico hacia el sur hasta Dubai. Un trayecto corto en el que el avión ascendería a unos 14◦000 pies de altura, para mantener ese nivel hasta las proximidades de su destino.

Mohsen Rezaian era un hombre tranquilo. Aquel era un vuelo sencillo. Su avión, un Airbus A-300 llevaba esa mañana 290 personas a bordo. Mientras se dirigía a la pista 21, para despegar, el piloto pudo ver algún avión militar de la Fuerza Aérea de su país: aviones F-14 Tomcat. Eran aeronaves estadounidenses que el presidente Nixon había autorizado a vender al Shah de Persia a mediados de los años setenta. Hacía ya casi diez años desde que, en1979, los extremistas islámicos derrocaron al Shah Rezah Palhevi que huyó a Egipto a bordo de su avión personal: un Boeing 727. En aquella época Irán era diferente. Poco antes, Mohsen Rezaian había recibido entrenamiento como piloto en la compañía Boeing y en Texas, donde residió durante dos años. Allí nació su hija mayor. En sus diecisiete años como piloto tenía acumuladas más de 7000 horas de vuelo.Ahora las cosas eran muy distintas en Irán. La torre de control ordenó al comandante Rezaian que seleccionara el código 6760 en modo 3 y que activara el transpondedor. El control de tráfico aéreo civil utiliza ese dispositivo para detectar la presencia e identificar a las aeronaves en el espacio aéreo. Para el comandante del vuelo 655 de la Iran Air aquel 3 de julio de 1988 no existía ningún motivo para preocuparse. Despegó y comenzó su ascenso al nivel de vuelo asignado de 14◦000 pies. En la radio de a bordo tenía sintonizada la frecuencia de la torre de control de Bandar Abbas. Sin embargo, en las aguas del Golfo que el avión de la Iran Air debía cruzar la situación era un poco más complicada de lo que Mohsen Rezaian podía imaginarse.

Las complicaciones tenían como fondo el conflicto que se denominó como la Guerra de los Petroleros y que se remontaba al principio de la década de los ochenta cuando Irak impuso el bloqueo a los buques iraníes que recalaran en puertos del norte del Golfo. Kuwait, aliado de Irak, también sufriría las consecuencias del conflicto y en 1987 solicitó para sus buques la protección de la Marina de Estados Unidos. Muchos petroleros kuwaitíes empezaron a navegar con pabellón estadounidense con lo que los buques de guerra de aquel país podían escoltarlos en los conflictivos mares del Golfo Pérsico. A principios de julio de 1988, cuando Mohsen Rezaian con su Airbus A-300 empezó a sobrevolar las aguas del estrecho de Ormuz, una pequeña flota de navíos de la Marina estadounidense navegaba en el Golfo para defender los petroleros kuwaitíes, limitar las actividades de la marina iraní y reforzar el embargo impuesto a Irán.

Esa mañana, el Vincennes, un crucero de la clase Ticonderoga, equipado con el sistema de combate AEGIS, navegaba por las turbulentas aguas del Golfo a las órdenes del comandante William C. Rogers III. Graduado en la Academia Naval, cuando ya había cumplido los 27 años, en 1987 Rogers logró colmar sus aspiraciones como marino al recibir el mando de uno de los buques más modernos y sofisticados de la Marina estadounidense. El comandante mostró, desde un principio, un talante agresivo y un irreprimible deseo de entrar en combate con las fuerzas iraníes.

Minutos después de las siete de la mañana Rogers se estaba afeitando en su camarote. Recibió una llamada del oficial de guardia desde el Centro de Información y Combate (CIC) del Vincennes para que se presentara allí lo antes posible: otro buque de la Marina, el Montgomery, había contactado con varias cañoneras iraníes.

El Montgomery se encontraba a unas 50 millas al noreste, en el estrecho de Ormuz y había descubierto unas 13 pequeñas lanchas cañoneras de la Guardia Revolucionaria que salían de sus escondites, en las islas de Hengam y Abu Musa, para entorpecer el tráfico y disparar sobre los petroleros y mercantes que se dirigían o venían de los puertos kuwaitíes. En cuanto tuvo noticia de ello, el comandante Rogers ordenó a su tripulación poner rumbo hacia el lugar del conflicto a 30 nudos de velocidad.

Poco antes de la ocho de la mañana el helicóptero del Vincennes despegó rumbo al lugar en donde se suponía que patrullaban las lanchas iraníes. Encontró que se hallaban rodeando al carguero Dhaulagiri, de bandera alemana, entorpeciendo su marcha, pero sin hace uso de las armas de fuego. Cuando la información de lo que ocurría llegó al cuartel general de la Marina, en Baréin, el oficial de servicio llegó a la conclusión de que el asunto se estaba desactivando.

Sin embargo, a bordo del Vincennes, el comandante Rogers había comenzado a caldear la situación. Mandó a todos sus hombres a los puestos de combate y colocó personal en las bandas para defenderse del ataque de barcos de poco calado para proseguir su marcha rumbo a las cañoneras. Las lanchas iraníes y el Vincennes recibieron el aviso de un guarda costas de Omán para que abandonaran las aguas territoriales de aquel país. Además, el Vincennes y el Montgomery también se vieron obligados, poco después, a seguir la orden del cuartel general de dar la vuelta y regresar hacia el sur. Para el cuartel general, las lanchas no representaban ninguna amenaza y no veía motivos para que los dos buques permanecieran en aquella zona. Rogers obedeció, pero dejó a su helicóptero atrás, para que observara las lanchas cañoneras.

El helicóptero siguió a las lanchas y se aproximó a ellas. Cuando las tenía relativamente cerca vio destellos y nubes de humo que el piloto, Mark Collier, interpretó como señales evidentes de disparos que les hacían desde los barcos iraníes. El segundo piloto llamó por radio al Vincennes para comunicarle que el enemigo había abierto fuego y que iniciaban una maniobra evasiva.

Las ráfagas de las lanchas bastaron para que Rogers tomara la iniciativa, mandó virar en redondo y puso al buque otra vez rumbo hacia el norte a 30 nudos, detrás de las cañoneras. Nada más que en el portaaviones Forrestall, que estaba a 200 millas al sureste del Vincennes, el almirante Leighton Smith tuvo noticia del ataque al helicóptero envió cuatro aviones de apoyo para que se situaran en un punto a unas 80 millas del buque. Su posible intervención tenía que coordinarse con Rogers.

A las 10:09 de la mañana, el comandante Rogers, en el CIC del Vincennes, trataba de distinguir en el radar las señales de las pequeñas lanchas cañoneras que se confundían con los ecos del mar y a veces aparecían agrupadas como un único blanco. Los potentes y sofisticados sistemas de combate AEGIS no estaban concebidos para hacer la guerra con naves de tan poco desplazamiento. En Baréin, el almirante Lee recibió la petición de Rogers de abrir fuego. No se sintió muy cómodo, preguntó si los contactos estaban despejando la zona y cuál era la posición y el rumbo de las cañoneras.

A las 10:11 el Vincennes cruzó el límite de 12 millas que marcaba las aguas territoriales iraníes. Se encontraba ilegalmente en un país extranjero. Las lanchas estaban muy lejos, a más de 8 kilómetros, en su país, se habían dispersado, quizá ajenas a la presencia del buque de guerra estadounidense. Daba la impresión de que dos de ellas se dirigían hacia el Vincennes. Aquello fue suficiente para que Rogers comunicara al mando en Baréin que las cañoneras mostraban una intención hostil y recibió autorización para hacer fuego en el momento en que estuviera preparado.

El comandante David Carlson, a bordo de la fragata Sides, que se encontraba a unas 25 millas del lugar, seguía por radio y desde el puente de mando las maniobras de Rogers. Le oyó decir a uno de sus oficiales: “¿Por qué no da una vuelta de timón y saca su culo de ahí?”.

William C. Rogers III, sentado en el CIC delante de una gran pantalla de 42X42 pulgadas se hallaba completamente absorto en su batalla naval contra una pequeñas lanchas cañoneras que sus radares apenas podían ver. Había seleccionado la escala en 16 millas. El primer disparo fue contra un blanco a unos 8 kilómetros y a este le seguirían otros más, sin que a ciencia cierta desde el Vincennes pudieran evaluar los resultados del desigual combate que habían decidido librar. El comandante apresuraba al equipo que servía el cañón de cinco pulgadas para que lo cargara más deprisa y mandó virar a estribor con la intención de utilizar el cañón de popa. Los disparos hacían que las tenues luces del CIC se oscurecieran y el ambiente en el puesto de mando era tenso. En realidad cazar conejos era más peligroso que disparar sobre aquellas lanchas, pero nadie a bordo podía olvidar que estaban en un buque de guerra, haciendo la guerra.

Mientras Moshen Rezaian despegaba de Banda Abbas con su airbús y ascendía al nivel de crucero asignado, sobre un mar brumoso y cálido, barrido por las arenas del desierto, toda la flota estadounidense del Golfo Pérsico estaba pendiente de lo que ocurría, casi debajo de él.

A las 10:17, a bordo del Vincennes, al tiempo que el comandante Rogers seguía la batalla contra las cañoneras, el oficial Andrew Anderson detectó la señal radar del Iran Air 665. El radar del sistema AEGIS señaló que se trataba de un avión comercial, con un código en modo 3. Anderson buscó en el cuaderno que llevaba a bordo qué vuelo podía ser, pero no encontró el IR 665. La sala estaba bastante oscura y además cada vez que el cañon disparaba las luces se apagaban un poco más. Para complicar las cosas, el avión había salido con retraso y en la región hay cuatro zonas horarias distintas. Andrew comentó con su compañero, John Leach, si se podía tratar de un F-14 y el jefe de ambos, el teniente Clay Zocher, escuchó la conversación. En aquel momento estaba preocupado porque seguía otro avión, un P-3 que sobrevolaba la costa iraní y temió que este aparato estuviera coordinando un ataque al Vincennes con otro avión. Zocher escaló el asunto y lo trasladó a Scott Lustig, el comandante táctico de guerra aérea. Lustig le ordenó a Zocher que radiara un aviso: “Avión no identificado…Usted se está aproximando a un buque de guerra de Estados Unidos en aguas internacionales…”. El mensaje se envió en las frecuencias de emergencia civil y militar.

A las 10:20, tres minutos después de que Moshen Rezaian despegara de Banda Abbas en la semi oscuridad del CIC, en el interior del Vincennes, alguien hizo correr la voz de que habían detectado un “Astro”. Nadie supo nunca quién la inventó, pera la noticia se propagó a toda velocidad por la sala. Un “Astro” es el nombre que se le da en el argot técnico a un F-14. Andrew escuchó la nueva y aterrorizado volvió a lanzar otra interrogación al avión que acababa de detectar. Sin embargo, se olvidó de poner los controles de distancia en el lugar correcto y el sistema de identificación obtuvo la respuesta de un avión que se encontraba en el mismo sitio que estaba antes el airbús, y resultó ser la de un F-14 estacionado en el aeropuerto o la de un avión de transporte militar que en aquel momento estaba allí. El avión contestó en modo 2, un código militar, pero ese código no lo había emitido el transpondedor del Iran Air 655 que continuaba contestando a los interrogadores de radar secundario en modo 3, código 6760. Andrew confirmó el rumor de la existencia de un “posible Astro” y a partir de ese momento la realidad en el CIC del Vincennes empezaría a desviarse de los datos que sus sensores detectaban para construir un mundo coherente, pero irreal.

El avión sospechoso estaba a 32 millas de distancia del buque de guerra y el comandante Rogers continuaba ensimismado en la batalla contra las cañoneras. Lustig, detrás de él le preguntó. “¿Qué hacemos?”. Un F-14 no era un avión demasiado peligroso, pero no debían dejarlo acercarse más de 10 millas. Apenas había transcurrido un año desde que un Mirage F1 de la fuerza aérea iraquí había lanzado dos misiles Exocet contra una fragata estadounidense, la Stark. Uno de ellos no explotó, hizo un boquete en la banda de babor y el segundo entró casi por el mismo sitio, pero si estalló causando la muerte de 37 marinos y dejando 21 heridos. El buque, incendiado, consiguió arribar a Benaréin. El comandante Glenn R. Brindel, que mandaba la fragata, fue acusado de negligencia y William Rogers tuvo que recordar el incidente, justo en aquel momento. Pero, el marino que ostentaba el mando del Vincennes no estaba seguro de que se tratara de un F4 efectuando una maniobra de ataque a su buque, algún oficial musito a su espalda que se podía tratar de un avión comercial. El blanco volaba demasiado alto.

En la fragata Sides los hombres del comandante David Carlson habían detectado la traza del Iran Air 655 y tenían la certeza de que se trataba de un avión comercial. En el portaaviones Forrestal los operadores del radar de vigilancia también lo habían clasificado como aeronave civil y el almirante Smith descartó la idea de interceptar la aeronave con los cazas que había enviado para apoyar al Vincennes. Sin embargo, todos los oficiales que seguían las maniobras del barco de Rogers no tenían más remedio que aceptar que, desde su posición, el Vincennes disponía de información que ellos no poseían y era la responsabilidad última de su comandante tomar decisiones que afectaban a la seguridad de su tripulación.

El episodio alcanzó su punto más álgido en el CIC del Vincennes cuando Anderson y Leach exclamaron en voz alta que el supuesto F-14 había iniciado una maniobra de descenso y su velocidad aumentaba. Era lo que todos esperaban que hiciera un “Astro” y el avión no los defraudó. Sin embargo, los datos grabados por los radares de a bordo demostrarían que la aeronave continuó ascendiendo y no incrementó su velocidad. El radar del sistema AEGIS no mostraba los cambios de altitud con una flecha arriba o hacia abajo, tenían que ser los operadores quienes mediante lecturas consecutivas debían estimar el signo de la velocidad ascensional. En cuanto a los errores en la detección del cambio de la velocidad no es fácil determinar a que se debieron, pero la cuestión es que el CIC interpretó que el avión de la Iran Air se comportaba como un F-14 que había iniciado un ataque al Vincennes, algo insólito.

Si el buque de Rogers hubiera dispuesto de radios sintonizadas en las frecuencias que utilizaba Moshen Rezaian para comunicarse con los centros de control civil se habría percatado de que el comandante de la Iran Air acababa de notificar, con toda normalidad, a la torre de control que en ese momento había pasado el primer punto de control de su ruta. El comandante del vuelo IR 655 no tenía ni la menor idea de lo que ocurría en el CIC del Vincennes. Las llamadas de advertencia del buque de guerra, a través del canal de emergencia civil, fueron interpretadas por el avión comercial como si estuviesen dirigidas al P-3 militar que sobrevolaba la zona, o a otro avión.

A las 10:24 el comandante Rogers activó los interruptores para autorizar el disparo de dos misiles SM-2ER. Zocher acababa de recibir la orden de hacer fuego, pero su aturdimiento lo llevó a pulsar 23 veces teclas erróneas antes de que otro oficial se acercara a su consola para activar la secuencia correcta.

Habían transcurrido unos 30 segundos desde que Moshen Rezaian se despidiera de la torre de control con un amable “gracias, tenga un buen día” cuando el primer misil rompió el ala izquierda de su avión. Los oficiales del Montgomery la vieron precipitarse en el mar, junto con el motor. El segundo misil estalló en el fuselaje. Los restos de los cuerpos de los 290 ocupantes y del avión cayeron al mar sembrando las aguas de muerte, asombro y desolación. Alguien en el puente de mando del Vincennes comprendió enseguida que el tumulto que siguió al derribo no podía corresponderse con el de un pequeño F-14.

El silencio que se hizo en el barco de Rogers fue estremecedor, el comandante ordenó que el buque virase y se dirigiera hacia el sur para abandonar las aguas iraníes. La inútil caza de las lanchas cañoneras concluyó sin que nadie a bordo supiera si alguna de ellas había sido alcanzada por el fuego del Vincennes.

El 3 de julio, por la tarde, el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan tuvo que hacer pública una declaración en la que reconocía que el Vincennes había derribado un avión comercial iraní en el estrecho de Ormuz causando una terrible tragedia humana. El presidente mostró su simpatía y condolencia para con los pasajeros, la tripulación y sus familias y manifestó que el Departamento de Defensa llevaría a cabo una investigación completa de lo ocurrido.

Lo que siguió estaba anunciado con antelación. La Marina trató de justificar las actuaciones del comandante y en muchas declaraciones públicas oficiales los hechos se tergiversaron para evitar que el mundo contemplara la desnuda realidad de unas actuaciones injustificables, que habían llevado paso a paso a un desenlace espantoso. El comandante Rogers fue condecorado, sus oficiales recibieron distintivos por sus actuaciones durante el conflicto del Golfo y el informe oficial de la Marina exculpó al mando que actuó de buena fe, en defensa de la integridad de su buque y la tripulación. Toda la sarta de actuaciones irresponsables, falta de entrenamiento, errores y fallos técnicos que motivaron el desastre fueron cuidadosamente escamoteados.

Tuvieron que pasar más de ocho años, hasta que el presidente Bill Clinton acordó pagar a Irán y las víctimas de aquel vuelo 61,8 millones de dólares en compensación por los 248 iraníes muertos en el derribo de la aeronave. Fue el resultado del acuerdo para resolver el pleito que el gobierno de Irán planteó contra Estados Unidos en el Tribunal Internacional de Justicia en 1989.

Pero, desgraciadamente, aquel no sería el último misil que derribó un avión comercial.

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El Bullet de William Christmas

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En 1918, William Christmas trató de convencer al ejército estadounidense de que era capaz de construir un avión que podía volar hasta la residencia del káiser Guillermo II. Con semejante invento, estaría al alcance de una fuerza especial organizar una misión para raptarlo. El doctor Christmas ya se había ganado el apoyo financiero de dos brókeres de Nueva York, los hermanos Henry y Alfred McCorey, para sufragar el coste de la construcción del aeroplano y también consiguió el apoyo de un político: el senador James Wolcott Wadsworth de Nueva York. Con la ayuda del senador logró que el Ejército le prestara un motor Liberty de 185 HP para equipar el avión que se construiría en las instalaciones de la empresa Continental Aircraft Company of Amityville, en Long Island.

El doctor William Wallace Whitney Christmas era oriundo de Warrenton, Carolina del Norte, donde nació el año 1866, y se había educado en la Academia Militar de St John y en la Universidad de Virginia; el título de doctor en medicina lo obtuvo en la Universidad George Washington en 1905. Su obsesión por los ingenios voladores lo llevó a publicar un artículo en el New York Times, el 5 de diciembre de 1915, en el que aseguraba que “sus aviones serían las máquinas de volar más grandes que jamás se habrían construido, con un motor de 1600 HP, y capaces de transportar bombas y otras municiones, además de una tripulación de seis personas”. En el escrito comentaba que los Aliados, en Europa, habían encargado 11 de sus “cruceros de guerra”. No eran más que fantasías, aunque parece ser cierto que Christmas, en 1909, voló con un aparato de su invención, el Red Bird, y que desde entonces había dejado la práctica de la medicina y se dedicaba a la aviación.

El avión concebido por William Christmas tenía una peculiaridad y es que sus alas eran flexibles, como la de los pájaros. Era un sesquiplano (biplano con el ala inferior más corta), que no contaba con los montantes y braceado típico de las aeronaves de su época. Los ingenieros de la empresa de Long Island no estaban muy convencidos de que las ideas del doctor fuesen acertadas, pero no tuvieron otra opción distinta a la de seguir al pie de la letra las directrices de su cliente. El avión se terminó en otoño de 1918 y la Primera Guerra Mundial concluyó antes de que ningún piloto pudiera realizar el primer vuelo de prueba con el biplano de Christmas al que bautizarían con el nombre de Bullet (bala). En enero de 1919, Cuthbert Mills, un piloto del Ejército que acababa de regresar a Estados Unidos del frente europeo, fue contratado por Christmas para volar el Bullet. En el primer ensayo de vuelo las alas se desprendieron del fuselaje y el avión se estrelló; el piloto perdió la vida. El pequeño círculo de interesados, próximo a Christmas, mantuvo aquel fracaso lo más oculto que les resultó posible y en marzo de 1919, en la Feria Aérea de Nueva York, una segunda versión del Bullet se exhibió con el anuncio de que se trataba “del avión más seguro del mundo”. Sin embargo, este aeroplano tampoco corrió mejor suerte porque poco después el teniente Allington Jolly se mató volando con el aparato. Otra vez, las endebles superficies sustentadoras del avión se rompieron. Pero, los hermanos McCorey y Christmas no perdieron la compostura y continuaron manteniendo la apariencia de que el Bullet era un avión extraordinariamente seguro.

Quizá lo más insólito de la historia es que en 1923, según el propio Christmas, el inventor vendió su patente de 1921, el Bullet con las alas rediseñadas, al Ejército de su país que pagó por ello la nada despreciable cantidad de 100◦000 dólares.

Al parecer, después de cerrar el trato con el Ejército, Christmas abandonó sus proyectos aeronáuticos para dedicarse a otros negocios, algunos relacionados con los plásticos. Murió el 14 de abril de 1960, a los 94 años, en un hospital de Nueva York, de neumonía.

Para muchos, el único mérito aeronáutico de William Christmas fue el de construir uno de los aeroplanos más feos e inseguros de la historia de la aviación. No deja de ser poco.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

Dan Cooper: la pesadilla del FBI.

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Dan Cooper fue un piloto de pruebas de la Real Fuerza Aérea de Canadá. En realidad se trata de un personaje de ficción, creado por el dibujante Albert Weinberg para la revista Spirou, con el que pretendía contrarrestar el éxito de su gran competidor: Tintin.

Dan Cooper también es el nombre de otro personaje, real, que se ha convertido en una pesadilla para el FBI. Para el agente Larry Carr, que investiga este caso desde 2007, Dan Cooper estuvo destinado en alguna base estadounidense en Europa, antes de 1971. Allí se familiarizó con las aventuras del héroe de Albert Weinberg mientras trabajaba como operador de carga y descarga de aeronaves militares. Su oficio le obligaría a llevar paracaídas de emergencia en algunas ocasiones. Cuando finalizó el servicio militar en Europa se trasladó a Seattle para trabajar en una empresa de aviación. En 1967, Boeing ocupaba a 100◦800 empleados, pero la crisis aeronáutica haría que en abril de 1971 su plantilla disminuyó hasta 38◦690 trabajadores. El 16 de abril de 1971, con cierto sentido del humor, los agentes de la propiedad inmobiliaria, Bob McDonald y Jim Youngren, escribieron un cartel que colgaron cerca del aeropuerto, que decía: “La última persona que abandone Seattle que apague la luz”. El Dan Cooper del agente Larry fue uno de los que tuvieron que dejar la ciudad. Sin embargo, este individuo entonces, aún no se llamaba Dan Cooper, como el héroe de las ficciones de Albert Weinberg.

Fue el 24 de noviembre de 1971 cuando el misterioso personaje del agente Larry se convirtió en Dan Cooper. Era la víspera del día de Acción de Gracias (Thanksgiving) y el individuo se embarcó en el vuelo 305 de la Northwest Airlines, de Portland a Seattle, con el nombre de D.B. Cooper. Vestía un oscuro traje de chaqueta, de ejecutivo, corbata negra, llevaba un maletín y se sentó en la última fila de la cabina de pasajeros. Un lugar en el que, en un Boeing 727 con tres motores en la cola como aquel, el ruido es insoportable. Cooper se comportó con mucha calma: después de despegar pidió un bourbon y un vaso de agua.

Florence Schaffner, una de las tres azafatas de a bordo que atendía a los 36 pasajeros, estaba acostumbrada a que sus clientes le hicieran proposiciones de todo tipo. Cuando Dan Cooper le alargó una nota se la guardó en el bolsillo sin leerla y pensó que se trataba de otra misiva más de un pasajero impertinente. Sin embargo, esa vez, el hombre la tomó del brazo y la obligó a que se sentara a su lado. Aquello superaba los límites de la impertinencia. Pero, más que grosería o falta de educación, el individuo de modales tranquilos, educado, le dijo que en el papel que le acababa de entregar le decía que llevaba una bomba y que se sentara a su lado porque tenía que darle instrucciones. Dan Cooper quería que nada más aterrizar en Seattle le hicieran llegar 200◦000 dólares en billetes de 20 dólares además de cuatro paracaídas, que el avión repostara combustible, despegara y entonces les diría el rumbo que tenían que tomar. Si no seguían al pie de la letra sus órdenes haría estallar la bomba. Cuando Florence se levantó del asiento para llevar la misiva al comandante de la aeronave, Dan Cooper ocultó su rostro detrás de unas gafas oscuras que ya no volvió a quitarse de la cara.

En Seattle, los pasajeros del vuelo 305 de la Northwest Airlines descendieron de la aeronave sin saber lo que ocurría a bordo. A Dan Cooper le llevaron el dinero y los paracaídas y el secuestrador dejó que abandonaran el avión dos de las tres azafatas de a bordo. Los pilotos y el mecánico de vuelo se quedaron en la cabina del 727.

El secuestrador ordenó a la tripulación que pusiera rumbo a Reno, en Nevada, le indicó la velocidad y la altura a la que deberían volar y que no bloquearan el portón trasero del avión; el Boeing 727 lleva incorporada en esa puerta una escalerilla. Dan Cooper se repartió en la vestimenta los 5 kilogramos de billetes de 20 dólares que le habían entregado en Seattle y mandó a la azafata a la cabina de vuelo. Se quedó solo y alrededor de las ocho de la tarde se dirigió a la parte trasera del avión, abrió la puerta y saltó al vacío, con su paracaídas. Hacía una noche intempestiva, oscura y lluviosa. Nadie volvió a saber nada de aquel hombre que protagonizó el único secuestro de un avión en Estados Unidos en el que el FBI no ha sido capaz de identificar la autoría del crimen.

Varios aviones siguieron el 727, unos 1000 soldados batieron la zona en donde se supone que pudo haber llegado a tierra y un avión espía, SR-71, hizo fotografías a lo largo de la ruta que siguió el avión de la Northwest Airlines. No encontraron nada.

En 1980 un excursionista, Brian Ingram, descubrió en la orilla del río Columbia, cuando hacía un hoyo en la arena para encender una hoguera, 5800 dólares sujetos en fajos con bandas de goma, intactos, que llevaban la misma numeración que los que se entregaron a Cooper. Dos años antes se habían encontrado, también cerca de aquel lugar, las instrucciones de cómo abrir las escaleras traseras del avión.

El agente Larry Carr cree que el secuestrador perdió la vida aquella noche, víspera del día de Acción de Gracias, pero nadie ha podido demostrarlo. Durante más de cuarenta años la policía ha identificado a un millar de sospechosos a quienes por alguna razón ha tenido que ir descartando como posibles autores del secuestro. El caso sigue abierto y las especulaciones del agente del FBI, Larry Carr, sobre la personalidad del hombre que ha conseguido burlar a su organización durante casi medio siglo, no son más que conjeturas.

Al margen de las cábalas, en la pequeña población de Ariel, en el bar más próximo al lugar donde se supone que cayó con su paracaídas Dan Cooper, cada año se reúne para celebrarlo un nutrido grupo de admiradores del secuestrador. El sábado siguiente al jueves de Acción de Gracias, desde hace decenas de años, en la Ariel Store and Tavern se juntan para beber cerveza hasta pasada la media noche gente que disfruta con nuevas historias de su héroe. Dicen que es posible que no se lanzara en paracaídas y que se escondió en el avión, para luego escabullirse después de que aterrizara en Reno; también cuentan que lo vieron pasar sobre Vancouver, sentado sobre un peldaño de la escalera desplegada, con el vaso de güisqui en la mano; y otros insisten en que el 727 sobrevoló Ariel a muy baja altura, con los flaps extendidos y el tren desplegado. Hay tantas historias como botellas de cerveza y sobre el cálido y caldeado ambiente, de personajes vestidos con traje de chaqueta oscuro, corbata negra y gafas de sol, flota la idea de que hace ya muchos años, un hombre pequeño e insignificante desafió a los poderosos y les ganó la partida; algo insólito que merece ser celebrado.

 

La doctora y la mulera.

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Quien haya trabajado en una línea aérea sabe que es difícil encontrar una actividad más variada, más compleja y más sorprendente que hacer posible que muchas personas puedan desplazarse todos los días, miles de kilómetros a través de los cielos. Es un ejercicio que va contra las leyes de la naturaleza: movilizar envolturas que pesan toneladas de aluminio que en su interior transportan seres humanos que pasan miedo, duermen, comen, beben, orinan, se lavan los dientes y defecan. Todos tienen prisa por llegar a su destino y a casi ninguno les gusta esa experiencia, a veces tortuosa, que supone el viaje aéreo. Las aglomeraciones, los cacheos, las colas, las andaduras por interminables pasillos arrastrando el equipaje de mano y el tránsito por unos aeropuertos construidos con la intención de que los pasajeros compren, beban, coman, permanezcan en ellos el mayor tiempo posible y caminen por sus circuitos comerciales todo lo que aguanten sus pies, no fomenta en absoluto el buen humor de los usuarios del transporte aéreo.

Pero, cada viajero llega al aeropuerto con su historia, que es diferente a la de los demás, tiene razones muy particulares para viajar y durante el trayecto se ve obligado a compartir una misma experiencia con otras personas que no conoce. Su historia y las historias de los otros viajeros hay veces que se cruzan para construir episodios que superan el mundo de lo imaginable.

La historia que les voy a contar es veraz y me limitaré a no desvelar las fechas ni los nombres reales de los protagonistas y me tomaré también la libertad de cambiar algunos datos. Quizá después de tanta alteración deje de ajustarse con exactitud a la realidad, pero el fondo de la cuestión se desarrolló tal y como lo voy a relatar.

Creo que fue a última hora de un día normal de trabajo, serían las ocho o las nueve de la tarde, cuando me había quedado solo en mi despacho rubricando los documentos que mi secretaria, Tina, colocaba en unos gruesos portafirmas con hojas de papel secante. La mayor parte de los papeles tenían poca enjundia, firmas de trámite, hasta que llegué a uno distinto a los demás. Era una carta impresa con el mejor papel que llevaba mi membrete, el que se utilizaba para las cuestiones importantes. Y en la carta, yo, en nombre de mi compañía pedía disculpas a una señora, Marta, por los inconvenientes que había tenido que soportar en uno de nuestros vuelos. El departamento de Atención al Cliente se encargaba de redactar esas cartas y algunas me las pasaba a la firma: las que iban acompañadas de algún regalo de cierta importancia. En aquel caso, para mí desconocido, lo que me sorprendió fue el regalo ya que el departamento de Atención al Cliente no solía prodigarse en exceso, imagino que sería por no reconocer que el trastorno fuera de un calibre tal que mereciese una recompensa muy valiosa. Sin embargo, en esa ocasión, el departamento me pasaba la carta a la firma porque quería acompañarla de un magnífico maletín de cuero, algo excepcional, que yo tenía que aprobar. Descolgué el teléfono y llamé a Tina para preguntarle si sabía el motivo que justificaba la misiva exculpatoria y el regalo de Marta. Tina, sorprendida, me dijo que no sabía nada del asunto, pero que podía enterarse llamando al departamento de Atención al Cliente, aunque a aquellas horas de la noche lo más probable es que no hubiera nadie y tendría que esperar al día siguiente. Y así fue.

A Tina le costó un poco averiguar qué había ocurrido con Marta. Yo estaba seguro que debía ser algo realmente grave, porque nunca habíamos regalado a nadie un maletín tan lustroso. Hubo un momento en que incluso Tina se temía que la beneficiaria podía ser alguna amiga de un empleado nuestro, de forma que la amistad y no el desagravio era lo que motivaba el regalo: es decir, se trataba de un pequeño fraude a la compañía. Pero, no fue así. Poco a poco mi sagaz e insistente secretaria fue deshaciendo el embrollo y la historia se desveló ante nuestros ojos tal y como ocurrió.

Marta llegó al aeropuerto de Barajas después de un ajetreado vuelo a través del Atlántico, desde Bogotá, en el que el avión tuvo que hacer una escala no programada en Canarias. Cuando sobrevolaban el océano el comandante de la aeronave solicitó, a través de la megafonía de a bordo, que si había algún médico entre el pasaje hiciera el favor de identificarse a cualquier miembro de la tripulación. Marta era doctora en medicina y no dudó en acercarse a una de las azafatas para ponerse a su disposición.

Una pasajera se encontraba muy mal. Marta la reconoció con los escasos medios de que disponía, pero la paciente presentaba síntomas que la alarmaron: hipertensión, taquicardia, sudoraciones, fiebre… No supo diagnosticar qué le ocurría y la mujer, tampoco era capaz de explicarse. Marta le dijo a la tripulación que aquella señora estaba muy grave, no sabía por qué, y que debían aterrizar lo antes posible, solicitar una ambulancia e ingresarla en un hospital. El comandante decidió hacer una escala en el aeropuerto de Gando, en Las Palmas de Gran Canaria.

Aterrizaron en Gando y allí les esperaba una ambulancia. El avión se quedó en la plataforma, llevaron una escalera, el vehículo sanitario se acercó a la aeronave, a bordo subieron un par de enfermeros y con la ayuda del sobrecargo y otro tripulante de cabina bajaron a la enferma. Marta la acompañó hasta la ambulancia para darle al médico la información que tenía de la paciente. Cuando regresaba al avión se dio cuenta de que no llevaba el bolso y se lo dijo al sobrecargo mientras subía por la escalerilla. El sobrecargo le respondió que no se apurase que lo había cogido su compañero. Una vez en el avión, Marta insistió y volvió a preguntar por su bolso. El sobrecargo le dijo que no tuviera cuidado que dirigiese a su asiento y se lo llevarían ellos. Por lo visto, el comandante quería despegar lo antes posible.

El avión aterrizó en Barajas y Marta seguía sin su bolso. Lo reclamó al sobrecargo quien después de movilizar a su equipo y buscarlo por todo el avión, desolado, le confesó que no lo encontraban. Las pesquisas para tratar de localizar el bolso de Marta llevaron tiempo, el suficiente para que todos los pasajeros desembarcaran, subieran a los autobuses y fueran trasladados a la sala de recogida de equipajes. Marta tuvo que hacer aquel trayecto con un coche especial de la compañía junto con el sobrecargo y otro tripulante de cabina. Cuando los tres llegaron a la sala de recogida de equipajes las cintas ya estaban casi vacías. Quedaban pocos pasajeros y alguna maleta suelta, dando vueltas sobre unas cintas que chirriaban.

Pero, Marta se dio cuenta enseguida de la presencia de una persona que ella sabía que la estaría esperando: Antonio, su novio. El muchacho levantó la vista y las miradas de los dos se cruzaron a través de la sala en la que las cintas no cesaban de emitir su desagradable ruido. Antonio empalideció, sus ojos perdieron vivacidad y, sin que sus dos acompañantes pudieran evitarlo, cayó al suelo, desmayado. Las dos personas que estaban con Antonio pertenecían al equipo de protocolo de la compañía y vestían chaquetas rojas. Marta corrió hacia el lugar donde su novio yacía en el suelo, seguida del sobrecargo y el otro tripulante. Los cuatro empleados de la línea aérea y Marta rodearon a Antonio que levantó la cabeza y abrió los ojos y la boca para decir algo ininteligible. Consiguieron levantarlo; Antonio se abrazó a Marta y se puso a llorar.

El episodio estaba claro: una médico que nos había ayudado a resolver un problema con un pasajero y a la que le habíamos perdido el bolso, además de darle un susto a su novio. Eso es lo que había pasado; sí, y algo más. Tina continuó con sus investigaciones.

La cuestión es que la mujer que se puso mal durante el vuelo, la señora a la que atendió Marta, era una “mulera”: una contrabandista de cocaína que llevaba droga en bolsas, dentro del estómago. Alguno de aquellos contenedores reventó y el efecto de la droga, antes de atravesar el aparato digestivo, es letal ya que el alcaloide se absorbe en cantidades insoportables para el organismo.

La contrabandista murió en la ambulancia, antes de llegar al hospital de Las Palmas. Junto a ella se había quedado el bolso de Marta. En el hospital lo abrieron y alguien cogió el carné de identidad de la doctora, pensando que pertenecía a la “mulera”, y telefoneó a la compañía aérea para darle la noticia de que la pasajera con aquel carné acababa de fallecer. La noticia de la “muerte” de Marta llegó a Madrid antes que el avión que la transportaba y los empleados de la sección de protocolo, los “chaquetas rojas”, se prepararon para atender a cualquier persona que se presentara en el aeropuerto para recibirla y hacerse cargo de su equipaje. No les fue difícil localizar a Antonio, su novio, que cuando levantó los ojos y su mirada se cruzó con la de Marta en la sala de recogida de equipajes, acababa de recibir la triste noticia de su fallecimiento. El muchacho se desvaneció conmocionado nada más verla entrar en la sala en un momento en el que aún no se podía habituar a la idea de que había muerto.

Un maletín de cuero era un regalo insignificante para acompañar las disculpas, pero otra cosa tampoco serviría de mucho. Pasaron algunos meses antes de que lograra hablar con Marta. La doctora me confesó que desde entonces tenía pesadillas, que le estaba costando bastante superar el incidente y que a Antonio le pasaba lo mismo.

Supongo que con el tiempo Marta y Antonio habrán conseguido remontar aquel desafortunado episodio; yo jamás podré olvidarlo.

 

 

Diez años después, Rosetta acude puntual a la cita

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67P/Churyumov-Gerasimenko

El director general de la Agencia Europea del Espacio (ESA), Jacques Dordain anunció el 6 de agosto de 2014 que “después de 10 años, cinco meses y cuatro días hacia nuestro destino, girando alrededor del sol cinco veces y 6400 millones de kilómetros, nos encanta anunciar que finalmente estamos aquí”.

Se refería a la nave espacial Rosetta que abandonó la Tierra en marzo de 2004 con la misión de alcanzar el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko: un pequeño cuerpo celeste de unos 4 kilómetros de diámetro que describe una trayectoria elíptica alrededor del sol cuyo punto más próximo a la estrella se encuentra entre Marte y la Tierra y el más alejado detrás de Júpiter. El cometa tarda 6,5 años terrestres en completar su órbita.

En enero de 2014 Rosetta se reactivó después de haber estado hibernado durante 957 días. Desde entonces, la nave espacial se ha ido aproximando a su objetivo y a partir de mayo inició una serie de 10 maniobras para ajustar su velocidad a la de 67P/Churyumov-Gerasimenko. Cualquier pequeño fallo en estas operaciones hubiera hecho fracasar la misión, pero el 6 de agosto los técnicos realizaron el último ajuste y lograron ubicar la nave espacial a unos 100 kilómetros del cometa. En el lugar de encuentro, la nave se hallaba a unos 405 millones de kilómetros de la Tierra.

Desde el mes de abril los instrumentos a bordo de Rosetta han enviado información sobre su objetivo gracias a la cual sabemos que la temperatura de su superficie es de unos -70 grados Celsius, que es oscura y contiene polvo, en vez de hielo, que el cometa consta de dos cuerpos unidos por una especie de cuello, lo que le confiere un cierto aspecto de pato, y que su cola, de gas y polvo, a lo largo de las últimas semanas ha intensificado el brillo para apagarse poco después; el cometa parece liberar unos 300 mililitros de vapor de agua del núcleo, cada segundo. Pero, la misión de Rosetta no es alcanzar a 67P, va mucho más allá. Lleva a bordo un robot, Philae, diseñado para aterrizar sobre la superficie del cometa y desde allí estudiar con detalle los cambios en su composición conforme la temperatura aumenta al aproximarse al Sol.

Ahora Rosetta pasará varias semanas describiendo extrañas órbitas triangulares alrededor del cometa, mientras sus instrumentos analizan la composición de la superficie y la masa del cuerpo celeste, y ayudan a los científicos a identificar algunos lugares adecuados para que Philae aterrice. No es una tarea sencilla ya que el cometa, además de moverse alrededor del Sol, también gira sobre sí mismo. En principio, el aterrizaje de Philae está previsto para el 11 de noviembre próximo, aunque la fecha es provisional y hasta mediados de octubre no se fijará. La velocidad de impacto de Philae sobre la superficie del cometa, en el aterrizaje, tiene que ser del orden de 1 metro por segundo (3,6 kilómetros por hora) y un rebote podría ser muy peligroso. Una vez iniciada la maniobra, desde la Tierra, no existe ningún mecanismo de control y del aterrizaje únicamente se puede anticipar que se producirá en algún lugar dentro de un área de un kilómetro cuadrado, aproximadamente. Después del aterrizaje de Philae en el cometa, la nave espacial continuará acompañándolos hasta el punto de la órbita de 67P más cercano al Sol, en agosto de 2015, y su misión se dará por concluida a finales de ese año.

Hace unos cinco mil millones de años una nube de gas y polvo empezó a condensarse para convertirse en nuestro Sistema Solar. El Sol, se encendió y las partículas que había en el disco que lo rodeaba se aglomeraron para formar los planetas. La mayor parte de los conglomerados de polvo y materia en el espacio interplanetario desaparecieron al colisionar con los planetas, pero miles de millones de pequeños cuerpos sobrevivirían aquellas colisiones para formar los asteroides y cometas. El análisis de la composición de estos cuerpos quizá permita a los científicos determinar el origen del agua de nuestros océanos, o aclarar cuestiones relacionadas con el inicio de la vida en la Tierra. Rosetta y su robot, Philae, podrían ayudarnos a entender mejor el origen de nuestra existencia.

El Enola Gay

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Hirosima, 6 de agosto de 1945

Un niño holandés consiguió evitar un gran desastre cuando tapó el pequeño orificio por donde escapaba el agua de un gran dique. El muchacho vio la filtración en su camino hacia la escuela y le puso remedio sellando la grieta con su dedo. Al poco rato acudieron otras personas, con herramientas, y arreglaron lo que pudo haberse convertido en una tragedia. Es una historia que no ocurrió jamás, pero en Estados Unidos forma parte de las muchas leyendas que tratan de explicar cómo con poco esfuerzo hasta una persona débil, con un pequeño sacrificio, puede evitar una gran catástrofe. El niño que tapó la grieta perdió sus clases aquél día, un daño irrelevante en comparación con el servicio que prestó a la comunidad. Como la historia se la inventó en el siglo XIX una escritora norteamericana, los holandeses han tenido noticia de su propia leyenda gracias a los turistas estadounidenses.

El presidente norteamericano Harry Truman se inspiró en la teoría que justifica causar daños para evitar otros mayores y autorizó el uso de la fuerza que el proyecto Manhatann había logrado poner al servicio de su país. En verano de 1945 dos millones de japoneses luchaban encarnizadamente en la defensa de sus millares de islas y los aviones estadounidenses lanzaban bombas incendiarias sobre las ciudades del imperio del Sol Naciente. Una invasión en Japón, similar a la que los aliados hicieron en Dunkerke, podría causar alrededor de un millón de muertos. El presidente Truman llegó a la conclusión de que la bomba atómica acabaría para siempre con aquella interminable guerra y autorizó que sus aviones la lanzaran sobre Japón.

Hace siete días, el lunes 28 de julio de 2014, murió en Georgia el último superviviente de la tripulación del avión B-29, Enola Gay, que lanzó la bomba atómica sobre Hirosima. Se llamaba Theodore Van Kirk y su origen flamenco le valió el sobrenombre de “Dutch” (holandés). A lo largo de toda su vida Van Kirk justificaría la acción bélica como algo necesario para que el conflicto se acabara. En unas declaraciones a la organización Witness to War Foundation dijo: “Está muy mal que hubiera tantas víctimas, pero si usted me dice cómo luchar en una guerra sin matar a la gente yo voy a ser el hombre más feliz del mundo”. Quizá influenciado por la fábula del niño holandés, Van Kirk, siempre pensó que la misión que llevó a cabo el 6 de agosto de 1945, como oficial de navegación, a bordo de la super-fortaleza volante que lanzó la bomba Little Boy sobre Hirosima, sirvió para evitar desastres mayores.

Pasado mañana habrán transcurrido ya 69 años de aquel aciago día en que poco después de las 07:00 de la mañana los radares de alerta temprana japoneses detectaron la presencia de aviones enemigos con rumbo al sur del país. Las emisoras públicas radiaron la correspondiente alerta. Sobre las 08:00 el operador de radar de Hirosima pudo observar cómo se aproximaba un grupo de aviones enemigos, muy pocos. A las 08:15 Little Boy, una bomba de uranio-235 que pesaba 4400 kilogramos estalló a 580 metros de altura sobre la ciudad nipona. Era la primera vez que una bomba atómica se utilizaba como arma de guerra contra una población civil: Hirosima tenía unos 250 000 habitantes. Su poder de destrucción, 16 kilotones de TNT, causó la muerte instantánea a 80 000 personas; otras 60 000 más morirían después debido a las heridas y otras consecuencias de las radiaciones. El efecto que causaría la bomba, a muchos de los supervivientes, sería desastroso: quemaduras, traumas sicológicos y malformaciones genéticas.

La orden del presidente Truman inauguró una nueva forma, inventada por el hombre, de destruir la vida; al repertorio de los horrores descubiertos por las últimas contiendas, la artillería pesada de largo alcance, la guerra química y los bombardeos masivos sobre poblaciones civiles, hubo que añadir el incipiente arsenal atómico.

Pero, el niño holandés no voló la presa y ahogó a la gente del pueblo para evitar que se inundara todo el país, se limitó a poner un dedo en la grieta y esperar a que la gente le ayudara. Es difícil de comprender la lógica del señor Truman y eso nos hace pensar sobre la necesidad de que todos los países se deshagan de esos artefactos para que a nadie se le ocurra, otra vez, utilizarlos para evitar males mayores.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

Encuentros entre pájaros y aviones

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El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Es posible que el número de pájaros que habitan nuestro planeta esté entre los cien mil y los cuatrocientos mil millones. Es una horquilla bastante amplia. Sin embargo, el número de aeronaves comerciales ronda las 29◦000, muchísimas menos que pájaros y, en cada momento, no vuela más de una tercera parte de la flota mundial de estos singulares pajarracos construidos por el hombre con aluminio y fibra de carbono. Los pájaros de verdad y los de las aerolíneas comerciales surcan el cielo de día, de noche, con lluvia, con niebla, cuando la visibilidad es buena, por debajo de las nubes y por encima y a través de ellas. Sin embargo, tienen un problema y es que no saben muy bien cómo evitar encontronazos que suelen ser siempre fatales para los animales y en algunas ocasiones desastrosos para los humanos.

De acuerdo con un informe publicado por Boeing en 2011, desde 1988 más de 219 personas, en todo el mundo, han perdido la vida a consecuencia de impactos de pájaros contra aeronaves, en 2010 las aerolíneas estadounidenses notificaron unos 9000 impactos de animales salvajes con aeronaves, en la mayoría de los casos pájaros; de 1990 a 2004 estas aerolíneas tuvieron 31 incidentes en los que los pilotos debieron lanzar al aire combustible (unos 11◦400 galones de promedio) para realizar aterrizajes de emergencia después de haber sufrido impactos de pájaros durante el despegue o el ascenso inicial. La mayor parte de estos incidentes se producen a baja altura, pero aunque parezca insólito, el 29 de noviembre de 1973 un avión comercial colisionó con un buitre a 11◦280 metros de altura cerca de Abidjan en Costa de Marfil. Las colisiones de las aves con los aviones comerciales se producen en un 13% de los casos en el parabrisas, el 8% en el morro, un 31% de las veces en las alas, el 4% en el fuselaje, y lo que quizá sea peor: el 44% en los motores; la ingesta de aves puede hacer que los motores dejen de funcionar.

El número de incidentes de este tipo ha crecido a lo largo de los últimos años conforme las medidas de protección medioambiental favorecen la proliferación de especies, antes en vía de extinción. La población de cormoranes de los Grandes Lagos aumentó de 200 adultos, en 1970, a 260◦000 en 2006; los 60 estorninos que en 1890 se liberaron en el Central Park de Nueva York, hoy se han extendido por toda Norteamérica para formar una familia de 150 millones de individuos, son pájaros de gran densidad a los que se les considera como auténticas “balas con plumas”; la población de águilas calvas, de cabeza blanca, contaba con unas 400 parejas en 1970 y en 2010 eran más de 13◦000; 125 águilas calvas impactaron con aeronaves entre 1990 y 2009 en Estados Unidos, según los informes de los pilotos. El número de gansos de Canadá, en aquel país, ha pasado de un millón, en 1990, a 3,9 millones en 2009.

El ganso de Canadá es un ave que puede pesar cerca de 6 kilos y en invierno puebla el centro de América del Norte. El 15 de enero de 2009, sobre las heladas aguas del río Hudson, en New Jersey, un Airbus A320 de la aerolínea US Airways se topó con una bandada de estos pájaros unos 20 minutos después de despegar del aeropuerto de La Guardia. Las aves impactaron en el fuselaje y los motores se tragaron tantas plumas que Chesley Sullenberg, el piloto de la aeronave, se vio obligado a realizar un amerizaje de emergencia en el río. Su pericia y la fortuna hicieron que todos los pasajeros y la tripulación fueran rescatados sin sufrir daños graves. El mundo entero pudo contemplar las insólitas imágenes de un avión flotando sobre las aguas, cerca de la calle 48 de Manhattan, mientras los 150 pasajeros y 5 tripulantes esperaban de pie encima de las alas la llegada de las barcas que los rescataron.

Sin embargo, el vuelo 1549 de la US Airways no fue el primero que protagonizó encuentros de aviones con pájaros. Durante la Gran Guerra, en 1916, el Times publicó la fotografía de un piloto francés mirando atónito el cuerpo de un pobre halcón que, en vuelo, se había enganchado en las riostras de su aeroplano. Es posible que sea el primer incidente de esta naturaleza del que se tiene constancia gráfica, pero en 1905 Orville Wright ya se encontró con una bandada de pájaros y uno de ellos quedó sobre el ala superior de su aeroplano hasta que en un viraje cayó al suelo. Y desde entonces las colisiones entre aviones y pájaros son muy frecuentes. Quizá la peor fue la de un Lockheed L-188 Electra de Eastern Air Lines que el 4 de octubre de 1960, al despegar en Boston, se metió dentro de una bandada de estorninos. Los pájaros afectaron los cuatro motores y el avión se estrelló: 62 personas perdieron la vida en aquél accidente.

Pájaros y aviones compiten en el espacio aéreo y aún no saben cómo apartarse unos de otros. Quizá con el tiempo aprendan, aunque me parece que tendrán que ser los humanos quienes tomen la iniciativa.