La lucha por el espacio en las clases económicas

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Para los pasajeros aéreos clientes de la llamada “clase económica”, la experiencia del vuelo dista mucho de transcurrir en un ambiente como el que publicita Air New Zealand en el programa 777-300 (“clase de negocio”). Por el contrario, el abaratamiento de las tarifas ha dado origen a espacios de cabina muy hacinados. El pitch (distancia entre asientos), suele expresarse en pulgadas y es de 31 pulgadas en las cabinas de vuelo de clase económica, en casi todas las líneas aéreas. Los pasajeros europeos, sin saber cuántos centímetros son 31 pulgadas, descubren que son muy pocos para guardar las piernas. Hay aerolíneas que han reducido el pitch a 28 pulgadas: una distancia harto incómoda hasta para personas de baja estatura. Para dotar de confort a los pasajeros debería rondar las 37 pulgadas, pero eso ya pertenece a la época de las aerolíneas de bandera o a las cabinas de las clases superiores, con tarifas mucho más caras, como la que publicita New Zealand.

Los tubos de los aviones comerciales se han convertido en lugares abarrotados de gente, sitios en donde las personas han empezado a dar muestras de que no disponen del espacio vital necesario. Hace once años Ira Goldman inventó un artilugio, el Knee Defender (Defensor de Rodillas), que se coloca en los soportes de la mesa plegable ─situada en el respaldo del asiento delantero─ y lo bloquea, impidiendo que se pueda reclinar. Fue, quizá, el primer invento para dotar a los pasajeros con un arma protectora de su intimidad, que impide que el asiento delantero se le venga encima, ocupando parte del escaso espacio que le concede la línea aérea durante el vuelo. El invento se vende con una nota de cortesía para el pasajero de delante en la que se le advierte de que el de detrás va a utilizar el sistema de blocaje, explicaciones de por qué lo hace, y una recomendación de que cualquier reclamación la dirija a la compañía aérea directamente; es la línea aérea la responsable de suministrar el espacio necesario para que los asientos puedan reclinarse sin invadir a otros pasajeros. El precio del engendro es de 21,95 dólares y, hasta hace muy poco, se ha venido utilizando por algunos viajeros sin que se originase ningún escándalo.

Hasta ahora, las inevitables peleas en las cabinas por el espacio disponible no han causado mayores trastornos a los viajeros. Sin embargo, del 24 de agosto al 2 de septiembre, de este año, en tres ocasiones, la disputas entre pasajeros por el espacio de a bordo, han causado trastornos importantes en tres vuelos en los que sus comandantes se han visto obligados a desviarse de la ruta y hacer una escala que no estaba programada.

Todo empezó un domingo, el 24 agosto de 2014, cuando en un vuelo de United de Newark a Denver, una señora intentó reclinar su asiento y descubrió que estaba bloqueado por su vecino de atrás. Los dos viajeros se embroncaron y la señora llamó a la azafata que trató de convencer al dueño del dispositivo que permitiera que la dama hiciese uso del mecanismo reclinatorio. El testarudo caballero se opuso a concederle el privilegio a la señora. En un momento, en el que la discusión se había calentado bastante, la pasajera le arrojó un vaso de agua al dueño del Knee Defender. La pelea continuó a bordo hasta que el comandante decidió aterrizar en Chicago y dejar en tierra a los dos pasajeros sin denunciarlos, porque consideró que se trataba de un asunto relacionado con la atención a sus clientes.

Tres días después, Edmund Alexandre, un pasajero del vuelo de American Airlines de Miami a París, mantuvo otro episodio violento a bordo cuando la señora del asiento delantero trató de reclinarlo. Una azafata acudió con la intención de tranquilizarlo y cuando se fue, Alexandre la siguió para asirla del brazo. Dos agentes federales, que viajaban de incógnito, lo esposaron. El avión aterrizó en Boston para dejar en tierra al pasajero, que fue arrestado por la policía.

El 1 de septiembre, en un vuelo de Delta Air Lines de La Guardia (Nueva York) a West Palm Beach (Florida), una de los pasajeros ─Amy Fine, de 32 años─ se había apoyado en la mesa plegable para dormir cuando la señora de delante reclinó el asiento. Al hacerlo golpeó a Amy en la cabeza y la joven protestó desairada. La discusión subió de tono y las azafatas consideraron que Amy se comportó con excesiva agresividad. La joven exigió que el avión la dejara en tierra inmediatamente y el comandante aterrizó en Jacksonville para entregar a la pasajera a la policía. Amy se excusaría diciendo que acababa de perder a dos perros y estaba muy sensible.

Que en tan poco tiempo se hayan producido tres incidentes graves relacionados con la inclinación de los asientos en los aviones ha hecho que saltaran las alarmas de las líneas aéreas. Muchas compañías han prohibido el uso del Knee Defender, pero esto no resuelve el problema. Los comentaristas ironizan con las soluciones que tienen previstas las aerolíneas para aumentar el espacio en las cabinas de clase económica: contratar personal de vuelo más pequeñito, agrandar las bolsas de mareo y adelgazar los asientos; así la cabina parecerá más grande.

Según una encuesta, llevada a cabo por FiveThirtyEight del 29 al 30 de agosto de este año a 874 pasajeros, las tres principales causas de incomodidad a bordo son: presencia de niños maleducados (82%), que te despierte el vecino para salir del asiento a estirar las piernas (73%) y que el pasajero de delante recline el asiento (41%). A pesar de todo, el 70% de los encuestados no eliminarían esta opción de los aviones y el 64% afirma que no debe reclinarse sin consentimiento del pasajero de atrás.

En la encuesta, los viajeros también muestran su preocupación por el dominio de los brazos de los asientos. La mayoría piensan que hay que compartirlos, aunque un 10% de encuestados opina que pertenecen al pasajero que los ocupe antes y un 14% cree que, en filas de 3 asientos, los brazos del central debe disfrutarlos el pasajero que ocupa esa posición. Hasta el control de la cortina de la ventanilla es motivo de debate: el 58% opina que todos los pasajeros de la fila tienen derecho a decidir cómo hay que colocarla.

El profesor Ronald Oldfield, de la Case Western Reserve University, publicó un estudio en 2011 en el que concluía que los peces que viven en peceras de tamaño reducido, como la mayoría de las que hay en las casas particulares, se vuelven agresivos. Una conclusión que impresionó a los estadounidenses amantes de los peces ya que en su país hay más de 180 millones de estos animales encerrados en pequeñas vasijas domésticas. En 2013 más de tres mil millones de pasajeros utilizaron el avión en todo el mundo. Pudiera ser que haya llegado el momento en que las autoridades aeronáuticas, que otorgan los certificados de aeronavegabilidad y las licencias a los operadores, se ocupen también de este asunto para evitar que, como los peces, los pasajeros se vuelvan agresivos.

Aviación y nubes de cenizas volcánicas

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Bárdarbunga es un nombre mucho más sencillo de pronunciar que Eyjafjallajökull, aunque los dos signifiquen a efectos prácticos lo mismo: son dos volcanes islandeses. El segundo se hizo famoso el año 2010 y esperemos que el primero continúe en un discreto segundo plano, en cuanto a popularidad se refiere. Bárdarbunga está mostrando signos de actividad, desde hace un mes aproximadamente y los vulcanólogos lo observan con mucha atención. Nadie se olvida de que Eyjafjallajökull puso en jaque a todo el transporte aéreo europeo, durante una docena de días, hace cuatro años.

Las erupciones volcánicas siempre han sido un motivo de preocupación para los hombres. En el año 79 a.C. la ciudad romana de Pompeya quedó sepultada bajo una capa de 25 metros de material volcánico. Quizá la mayoría de sus 15◦000 habitantes ya habían huido de la ciudad cuando la gran erupción del Vesubio la hundió en un mar de lava. Pero la mayor erupción volcánica de la Edad Moderna fue la del Tambora en Indonesia, en 1815, que causó la muerte directa de unas 12◦000 personas. A causa de las enfermedades y la hambruna motivada por la pérdida de las cosechas agrícolas en la región, el fenómeno sería el causante de la muerte de otras 60◦000 personas. El efecto de la erupción sobre la atmósfera terrestre fue muy acusado a escala global y 1816 pasaría a la historia como el año en el que el hemisferio norte no tuvo verano; su agricultura también se vio afectada y el hambre y las epidemias se extendieron por todo el planeta. Alguna vez la gente pensó que la mejor forma de librarse de estos incidentes era la de tomar un avión; incluso yo mismo, recuerdo cierta sensación de alivio al observar, desde la ventanilla del aeroplano que me traía de vuelta a Madrid, la humareda del Etna nada más despegar de Catania. Justo el día anterior había descubierto que de la cima del volcán surgía una hebra oscura mientras conducía por la carretera de Palermo a Catania y aquello no me pareció un buen presagio. Escapar de las iras de un volcán enfurecido es un alivio, siempre y cuando la aeronave no se tropiece en pleno vuelo con una nube de cenizas suyas.

El 24 de junio de 1982 el volcán Galunggung, que se encuentra a unos 180 kilómetros al sureste de Yakarta (Indonesia), lanzó una nube, de tamaño insignificante en comparación con la del Tambora. Un avión Boeing 747 de la British Airways (vuelo BA-9) que hacía la ruta de Londres a Auckland (Nueva Zelanda), se topó con la perturbación atmosférica y sus cuatro motores dejaron de funcionar. La frase con que el comandante, Eric Moody, notificó a sus 248 pasajeros y 15 tripulantes el incidente forma parte de la historia aeronáutica del pasado siglo:

«Señoras y señores, les habla el comandante. Tenemos un pequeño problema. Los cuatro motores se han parado. Estamos haciendo todo lo que podemos para ponerlos en marcha otra vez. Confío en que no se angustien demasiado.»

El radar de la aeronave no pudo detectar la fina arena volcánica de la erupción y el avión entró en la nube sin que la tripulación se diera cuenta; la temperatura del interior de los motores fundió el árido que obturó los conductos interiores en las cámaras de combustión. Además, la arena produjo abrasión en partes del fuselaje y en las ventanillas frontales de la cabina. Algunos pasajeros pudieron contemplar cómo la aeronave desprendía destellos, como fuegos de San Telmo, y se convirtió en una luciérnaga aérea de proporciones gigantescas.

Desde los 11◦000 metros de altura, a la que se encontraba el 747, hasta el suelo, el avión podía recorrer unos 165 kilómetros ya que su tasa de descenso en planeo es del orden de 15 metros de recorrido horizontal por cada metro de disminución de altura. El comandante decidió dirigirse hacia el aeropuerto de Yakarta para tomar tierra, pero el problema estaba en que tenía que sobrevolar la cadena montañosa en la costa sur de la isla de Java que se eleva unos 3500 metros. Cuando en su descenso se aproximaba a los 4100 metros de altura, consiguieron arrancar el motor número 4. Después lograrían poner en marcha los otros tres, aunque uno de ellos volvería a pararse.

Cerca de Yakarta, la tripulación no podía ver a través del parabrisas delantero en la cabina por la opacidad que le confirió la abrasión de las cenizas volcánicas: los pilotos se vieron obligados a efectuar el aterrizaje en modo automático. Una vez en el suelo, el comandante pidió ayuda para mover el avión porque la falta de visibilidad le impedía efectuar la rodadura.

Pocos días después, el 13 de julio, otro Boeing 747, de la Singapore Airlines, sufrió la parada de 3 motores en la misma zona. Las autoridades indonesias se vieron obligadas a cerrar el espacio aéreo al tráfico de aeronaves y la aviación comercial descubrió, oficialmente, el problema de las cenizas volcánicas.

A partir de 1982 las autoridades aeronáuticas internacionales empezaron a tomar conciencia de los problemas que las cenizas volcánicas podían originar a las aeronaves comerciales. Durante los siguientes años los casos en los que los pilotos se encontraron con nubes de este tipo, sin previo aviso, y tuvieron que sortearlas propició el establecimiento del International Airways Volcano Watch, en 1987. Sin una idea muy precisa de la peligrosidad real de las distintas nubes de ceniza el criterio que se aplicó fue el de evitarlas a toda costa.

Tuvieron que transcurrir unos 7 años ─desde el incidente de la Singapore Airlines─ para que nuevamente un Boeing 747, en el vuelo 867 de KLM de Amsterdam a Tokyo, el 15 de diciembre de 1989, se viera envuelto en otro incidente importante relacionado con las cenizas volcánicas. El avión hacía escala en Anchorage (Alaska) y cuando descendía hacia este aeropuerto y alcanzaba el nivel de vuelo 250 la tripulación informó al Centro de Control que tenía a la vista una nube, con un tinte de color marrón; poco después notificó a los controladores que en la cabina estaba entrando humo y que se desplazarían a la izquierda. Control les autorizó a hacerlo, justo antes de que la tripulación volviera a comunicar por radio su intención de ascender a nivel 390 puesto que se habían metido en una nube negra. No pudieron subir mucho porque los cuatro motores del Boeing se apagaron. El comandante Karl van der Elst y su tripulación notificaron al Centro de Control de Anchorage que los motores del aparato no funcionaban y que necesitarían que los guiaran hasta la pista. Sin embargo, después de un angustioso descenso de más de 14◦000 pies, los pilotos de KLM consiguieron arrancarlos. El avión, y las 245 personas que viajaban a bordo, aterrizaron en Alaska sin que ninguna de ellas sufriera daño alguno. El responsable de aquel incidente fue el volcán Redoubt: un magnífico ejemplar cuyo cono, helado en su cima, de 3108 metros de altura tiene una base circular de 10 kilómetros de diámetro.

Sobre los cielos de Alaska se extienden aerovías que utilizan muchos vuelos entre Norteamérica y Asia del Este. Anchorage ha sido la escala tradicional de los cargueros que viajan a Tokio desde América del Norte y Europa. A lo largo de estas rutas hay más de un centenar de volcanes y la mitad de ellos se encuentran en Alaska. Fueron los políticos y vulcanólogos de este estado quienes llevaron el asunto de la observación de las actividades sísmicas de sus volcanes al Senado de Estados Unidos.

El 16 de marzo de 2006 en la sesión del Subcomité de Prevención y Predicción de Desastres, del Departamento de Comercio Ciencia y Transporte del Senado de Estados Unidos, se abordó el asunto del impacto sobre la aviación que tenía la actividad volcánica. El comandante Terry Mc Venes, presidente del grupo de Seguridad Aérea de la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas (ALPA) de Estados Unidos, se dirigió a la asistencia con las siguientes palabras:

“Históricamente, 1330 volcanes en el mundo entero han manifestado signos de actividad durante miles de años. Más de 500 han mostrado cierta actividad en la historia reciente, pero solamente 174 se observan de forma permanente y hay unas 50 o 60 erupciones todos los años. De 1980 a 2005, más de 100 aviones a reacción han sufrido algún daño al volar a través de nubes de cenizas volcánicas lo que ha producido pérdidas de más de 250 millones de dólares…La erupción de un volcán localizado en una zona densamente poblada en el mundo puede producir consecuencias catastróficas para los que se encuentran próximos. Debido a que la ferocidad de las erupciones volcánicas suponen un peligro potencial para la vida y las propiedades, los volcanes más activos suelen contar con detectores de seísmos cerca de ellos, y una red de observatorios y científicos con planes para reaccionar y transmitir avisos, evacuar a la población y proteger la vida…Volcanes ubicados en poblaciones poco pobladas presentan un problema muy distinto porque la mayoría no se observan y los informes sobre su actividad pueden ser poco habituales o incluso inexistentes. Es posible que nunca se den avisos a la comunidad aeronáutica y la primera indicación de actividad volcánica para un avión que vuele en su área de influencia puede ser el encuentro con una nube de cenizas…”

Después de hacer referencia a los tres vuelos comerciales en los que el efecto de las cenizas volcánicas supuso la parada de todos los motores del avión, el representante de ALPA continuaría su discurso reconociendo que durante los últimos años se había progresado ya que la red de satélites geoestacionarios y los pertenecientes a las órbitas polares podían detectar algunas erupciones volcánicas y el movimiento de las nubes de cenizas. Sin embargo, resultaba urgente instalar equipos para la detección precoz de movimientos sísmicos en las proximidades de muchos volcanes y establecer la correspondiente coordinación con los centros de control de tránsito aéreo para pasar la información a las aeronaves en vuelo.

Al final de las intervenciones de los distintos ponentes la conclusión general fue que lo único que se podía hacer era evitar que los aviones se encontraran con nubes de cenizas volcánicas. Evitarlas no es una tarea sencilla. Se necesitan satélites capaces de detectarlas, modelos físicos para predecir su evolución y protocolos de comunicación entre vulcanólogos, meteorólogos, pilotos y controladores.

Nadie, en el mundo de la aviación comercial, esperaba que la erupción de un volcán fuera capaz de colapsar el sistema de transporte aéreo europeo. Del 14 al 25 de abril de 2010 la nube volcánica originada por las erupciones del Eyjafjallajökull se paseó a su antojo por los cielos del noroeste del viejo continente, las autoridades aeronáuticas cerraron ─de forma no muy coordinada─ grandes sectores del espacio aéreo al tráfico comercial y las aerolíneas se vieron obligadas a cancelar cerca de 100◦000 vuelos. Un hecho sin precedentes.

La actividad de los volcanes islandeses no es nada nuevo, cada cinco o seis años generan erupciones de cierta importancia. Desde mediados de la década de los años 1950, en Islandia, ocho volcanes se han repartido el trabajo de producir nubes de cenizas: seis veces lo han hecho el Grímsvötn, el Hekla y el Krafla, dos el Vestmannaeyjar y el Kverkfjöll, y una el Eyjafjallajökull y el Askja; recientemente es el Bárdarbunga el más activo. Si la dirección del viento lleva las nubes hacia el Reino Unido, lo que ocurre alrededor de un 25% de las veces, es fácil que acontezca algo similar a lo que sucedió el año 2010. Eso quiere decir, según algunos expertos, que cada 20 años, aproximadamente, cabe esperar que las nubes de cenizas volcánicas procedentes de Islandia penetren masivamente en áreas que transitan las aeronaves comerciales en esta parte del mundo. Si no ha ocurrido antes, ha sido de casualidad.

El desastre operativo del año 2010 tuvo su origen en las cenizas volcánicas, pero la falta de coordinación entre las autoridades aeronáuticas de los distintos países y la ausencia de una normativa clara, en cuanto a las concentraciones de material volcánico que hacen realmente peligroso el vuelo, fueron elementos clave en la propagación del caos. A partir de entonces la directriz de no volar en ningún caso se reexaminó para convenir que concentraciones de ceniza volcánica inferiores a 4 miligramos por metro cúbico, si las aeronaves disponen del correspondiente certificado, no ofrecen peligro. La nueva normativa hizo posible que durante la erupción del volcán islandés Grímsvötn de 2011, tan solo se cancelaran 900 vuelos.

La aviación es una actividad muy joven, tanto, que acaba de descubrir las nubes de cenizas volcánicas que desde hace centenares de millones de años se pasean por la atmósfera con toda impunidad. Su previsible efecto sobre el transporte aéreo no es fácil de cuantificar, pero cabe suponer que cada cierto tiempo los volcanes de Islandia dejen en el suelo unos cuantos días a la flota de aviones comerciales que surcan los cielos europeos. Quizá el próximo en amargarnos la vida sea Bárdarbunga, pero eso nadie lo sabe.

 

 

El amerizaje frustrado de una joven gaviota

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El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Con poco viento las gaviotas suelen quedarse en las rocas desde donde otean la superficie del mar. Esto es lo que hacen las pescadoras porque ya hay muchas que pasan el día entero en el interior buscando alimento en los basureros y, al parecer, han dejado de faenar en los mares que es más trabajoso.

Esta gaviota juvenil ─ una larus michahellis, o gaviota patiamarilla, aunque podría ser una larus fuscus, o gaviota sombría, ya que las dos de jóvenes tienen un aspecto bastante parecido─ es una pescadora y ha abandonado su atalaya en tierra firme para recoger un trozo de pan que ha visto sobre el agua. Después de batir las alas cuatro o cinco veces se ha colocado a una altura desde la que va a planear hasta el sitio en el que flota el mendrugo; allí, parece que tiene intención de amerizar: dejándose caer sobre el agua y nadando picoteará su presa hasta engullirla por completo. En la primera imagen, la gaviota ya ha ajustado sus alas para que la trayectoria del vuelo la lleve a su objetivo; las puntas están ligeramente arqueadas. Si las extiende un poco más bajará con menos inclinación y si las recoge, con más. La actitud y la apertura de las plumas de la cola, así como la posición de las patas también le sirven para regular la fuerza de resistencia al avance en el planeo y modificar el ángulo de descenso. Con las patas extendidas frenará su marcha y aumentarán la velocidad y el ángulo de planeo. La joven larus se ha entrenado para saber cómo colocar las alas, la cola, las patas y su cuerpo para que la trayectoria sea la que se adecúe mejor a la misión de su vuelo.

 

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Cuando ya está muy cerca del objetivo la gaviota descuelga las patas y levanta las alas para frenar la velocidad de avance y se dispone a caer casi en vertical sobre el mendrugo de pan. Pero surge el primer problema y es que ha calculado mal la trayectoria, aún es inexperta, las manchas de su cuerpo la delatan porque las adultas cubren sus espaldas con un manto de plumas oscuro y el resto del cuerpo es blanco. Ha hecho corto y el pan está un poco más lejos.

 

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No le queda otro remedio, tiene que rehacer los cálculos e improvisar un breve y último planeo para lo que extiende las alas, con las patas colgando todavía. Así conseguirá ganar unos metros antes de caer al mar.

 

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Sin embargo, las sorpresas no se han acabado. Otra gaviota ha llegado antes a las proximidades del trozo de pan y está sobre el agua. Se dirige a la recién llegada con un gesto muy poco amistoso, acompañado de un graznido amenazador que se le escapa por el pico entreabierto.

 

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La gaviota en el aire, a punto de desplomarse, no se lo piensa mucho y decide abandonar su presa. El plan de vuelo que había seleccionado la llevaba a la superficie del agua por lo que estas correcciones de última hora las hace con gran dificultad: con la punta de la pata izquierda toca el mar y después lo hace con la pata derecha. Levanta las alas porque ahora lo que desea es remontar el vuelo y las va a tener que batir con una fuerza extraordinaria si quiere ascender. Es una situación delicada e incómoda abortar un amerizaje. Una gaviota adulta, con más experiencia, hubiera elegido otro plan de vuelo. Casi seguro que, bastante antes de llegar a su objetivo, habría roto el planeo para aletear con fuerza y acercarse al mendrugo de pan con mucha velocidad, la suficiente como para pasar rozando la superficie del agua y salir de allí con el botín en el pico.

 

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Ahora la joven gaviota tiene que cambiar sus planes sobre la marcha. Aún volverá a tocar el agua otra vez con la pata izquierda. Han sido tres zancadas sin que su vientre se apoyara en el mar. Las alas bajan a gran velocidad y al mismo tiempo las extiende e impulsa hacia delante, agacha la cabeza, estira el cuerpo y levanta la cola. Su corazón late a 500 pulsaciones por minuto. El brusco movimiento de sus alas induce un viento aparente capaz de darles la sustentación que necesita para soportar su liviano peso.

 

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Ya ha ganado velocidad y altura, ha tenido suerte, se ha librado de un chapuzón indeseado y del picotazo de una compañera. Ahora seguirá aleteando para ascender un poco más; luego planeará de vuelta a otra roca donde efectuará un aterrizaje a barlovento y allí aguardará hasta que decida elaborar su próximo plan de vuelo.

Estas siete imágenes pertenecen al episodio protagonizado por una gaviota en un corto espacio de tiempo: tan solo dos segundos.

 

 

 

 

Apagafuegos: Bombardier 415

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Raras veces uno tiene el privilegio de contemplar el vuelo de los apagafuegos. Sus largas y estrechas alas les confieren unas excelentes propiedades aerodinámicas y evolucionan con increíble precisión a poca velocidad. Ayer pude tomar algunas fotos de estos aparatos en su noble lucha contra las llamas que asolaron centenares de hectáreas del Parque Natural del Montgó. Quizá lo más espectacular fueron las operaciones de carga de agua en la bocana del puerto de Denia de los Bombardier 415. Con un pasillo cuya anchura es de un centenar de metros escasos, entre los diques del puerto, los 28,6 metros de punta a punta de las alas del avión parecían llenarlo cada vez que a 130 kilómetros por hora pasaban por la bocana para tomar agua.

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El Bombardier 415, Superscooper, puede cargar 6150 litros de líquido en unos 12 segundos mientras se desliza sobre la superficie del agua recorriendo 450 metros. Es uno de los mejores aviones apagafuegos que existen en la actualidad. Fue diseñado por Canadair en 1993, a partir del CL-215 y las primeras entregas se efectuaron en noviembre de 1994. Desde el año 2006 lo opera el Grupo 43 del Ejército del Aire español.

La foto recoge el momento en el que uno de estos aviones empieza a levantarse del mar en la entrada del puerto de Denia (Alicante), el 12 de septiembre de 2014, ante la atónita mirada de turistas y curiosos en el dique, junto a los edificios de la Marina deportiva. La carga de los depósitos de agua la inició poco antes, después de que el avión entrara en contacto con el mar tras una maniobra de aproximación nada fácil. De allí se dirigió al incendio, en el Parque Natural del Montgó situado a unos 7 kilómetros del puerto, para descargar el agua. Dos Bombardier 415 efectuaron varias rondas, entre el incendio y el puerto de Denia, durante la tarde lo que impediría el acceso al muelle del puerto de los buques de línea regulares entre Denia y las Baleares mientras duró la operación. Una de las tomas de los Bombardier la frustraría un buque de vela que, ajeno al trasiego de aviones, se adentró en la bocana cuando los apagafuegos iban a cargar agua.

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El buque de pasajeros tuvo que esperar a que los apagafuegos liberasen la bocana del puerto

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Intento frustrado. Un velero a la derecha (no se ve) entra en el puerto y los apagafuegos, uno detrás de otro frustran la toma de agua. La policía, en lancha, navega a toda máquina hacia el velero.

El incendio, cuyas causas se desconocen, arrasó unas 400 hectáreas de monte.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

Rebelión a bordo del UA-93.

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El comandante Jason Dahl apagó las luces de abrocharse los cinturones y la tripulación de cabina empezó a servir el desayuno. El avión, un Boeing 757, alcanzó su nivel de vuelo de crucero de 30◦000 pies. El vuelo de United Airlines 93 había despegado de Newark (Nueva Jersey) a las 8:42, con 42 minutos de retraso, y se dirigía a San Francisco. Poco después de las 09:00 Dahl recibió un mensaje del centro de control de Chicago en el que les comunicaban que otros aviones habían sido secuestrados y que “tuvieran cuidado de una intrusión en cabina”. A las 9:15 respondieron: “Confirmado”. Los pilotos del vuelo UA 93 no podían sospechar que a las 8:46 un avión se había estrellado contra la fachada noreste de la Torre Gemela norte, en Nueva York, y que 17 minutos después otro avión haría lo mismo en la torre sur.

A las 9:28 cuatro individuos, con cintas rojas alrededor de la cabeza, irrumpieron en la cabina, el comandante les conminó a que se marcharan de allí inmediatamente. Desde el centro de control se escucharon las voces de los pilotos y ruidos amortiguados de lo que tuvo que ser el forcejeo que mantuvieron con los secuestradores. Los dos pilotos fueron reducidos por los sus agresores y malheridos, o muertos, los arrastraron al pasillo de la cabina de primera clase donde quedaron tumbados en el suelo. Cuatro terroristas, Ziad Samir Jarrah, Ahmed Ibrahim al-Haznawi, Saeed al-Ghamdi y Ahmed al-Nam ─que hasta aquel momento volaban como pasajeros en primera clase─ tomaron el control del aeroplano. Jarrah y Haznawi ocuparon los puestos del comandante y copiloto y se dirigieron a los pasajeros para informarles de la situación: “Les habla el comandante, me gustaría que todos permanezcan sentados, hay una bomba a bordo y regresamos al aeropuerto…Por favor permanezcan quietos”.

Todos los pasajeros y los 5 tripulantes fueron conducidos a la parte trasera del aeroplano por los terroristas; poco después dos secuestradores pilotaban el avión, otro se quedó cerca de los pilotos, que estaban en el suelo, y el cuarto se situó en la separación del compartimento de primera con el de turista. Iban armados con cuchillos y uno llevaba una bomba al cinto. En la refriega un pasajero y una azafata habían sido acuchillados.

A las 9:35 los secuestradores cambiaron el rumbo 180 grados y se encaminaron hacia algún lugar de la costa Este de Estados Unidos, quizá hacia el aeropuerto Ronald Reagan en Washington DC.

Cinco minutos antes de que los terroristas a bordo del vuelo UA 93 dirigieran el avión hacia el este, tres cazas F-16, armados con misiles, despegaron de la base aérea Langley de Hampton, en Virginia. Tras los impactos en las Torres Gemelas, la Federal Aviation Administration (FAA) y la Fuerza Aérea detectaron el secuestro de otro vuelo que puso rumbo a Washington DC. Los cazas salieron tras la aeronave, aunque nunca la alcanzarían: el avión secuestrado, los terroristas y la tripulación y sus pasajeros, se estrellaron en el Pentágono. Las autoridades estadounidenses estaban desconcertadas, parecía como si el mundo se hubiera vuelto loco y ordenaron el cierre del espacio aéreo al tráfico civil, primero en el área de Nueva York y poco después, en todo el país. Cuando la FAA detectó el cambio de rumbo del vuelo UA 93 comprendieron que se trataba del cuarto avión que aquel día un grupo, muy numeroso de terroristas, había secuestrado para utilizarlo como una bomba contra algún objetivo emblemático del país. Podía ser el Capitolio, la Casa Blanca, la residencia de Camp David o incluso alguna central nuclear de la Costa Este. Los F-16 recibieron la orden de interceptar al 757.

En ese momento, a bordo del avión de United viajaban 33 pasajeros y 5 tripulantes, 4 terroristas y los 2 pilotos de la compañía, que yacían en el suelo, quizá muertos; un pasajero y una azafata podrían haber corrido la misma suerte que los pilotos. Ninguno de los que seguían vivos sabía que apenas les quedaba, apenas, media hora de existencia. Aquellos larguísimos 30 minutos desencadenaron un torrente de conversaciones telefónicas entre las personas de a bordo y sus familiares y amigos en tierra. Los terroristas los habían abandonado en la cola del avión, en la cabina de clase turista; estaban solos, podían hablar entre ellos, pasarse los móviles y utilizar el teléfono público de a bordo.

Mark Bingham, de 31 años, ocupaba una plaza en primera clase y su teléfono lo había dejado olvidado en el asiento, cuando los terroristas le obligaron a moverse a la parte trasera del avión. Viajaba en aquél aeroplano de casualidad. Tenía que haber volado a San Francisco el día anterior, pero se quedó en Nueva York porque después de la fiesta de su compañero de apartamento, con motivo de su 30 cumpleaños, no se sintió con ganas de hacerlo. Desde el teléfono público, en la cabina de turista, llamó a su madre, Alice Hoagland azafata de United, y la despertó (en California eran las 06:44): “Quiero decirte que te quiero. Estoy en un vuelo de Newark a San Francisco. Tres tipos a bordo han tomado el avión. Dicen que tienen una bomba ¿me crees, no mamá?” La conversación se cortó en ese momento. Alice conectó la televisión, se enteró de las noticias y pensó que los pasajeros debían de hacer algo. Llamó enseguida al teléfono móvil de su hijo, que estaba en el asiento vacío, y le dejó un mensaje: “Mark, soy tu madre. Son las 10:54 (calculó mal el tiempo, eran las 9:54). Las noticias dicen que ha sido secuestrado por terroristas. Planean usar el avión, probablemente, para alcanzar un blanco en tierra. Si puedes, intenta reducir a esos tipos, si puedes, porque ellos usan el avión como un blanco. Yo diría que hagas todo lo que puedas para reducirlos, porque son unos obcecados. Intenta llamarme si puedes. Sabes mi número.OK. Te quiero, cielo. Adios.” Mark no pudo escuchar el mensaje de su madre, que se quedó grabado en su buzón de voz.

Jeremy Glick, antiguo campeón de judo de New Jersey y director de ventas de una página de internet, llamó a su mujer Lyz que estaba con su hijo de tres años en casa de su padre. La esposa de Glick consiguió establecer contacto con la policía y Jeremy les pasó información sobre los secuestradores. Glick le dijo a su mujer que tenía noticias, a través de otros compañeros de viaje que habían hablado con sus esposas, de que otros terroristas acababan de estrellar aviones en el World Trade Center de Nueva York. Glick comentó que estaba urdiendo un plan con otros pasajeros, todos de más de un metro ochenta, en forma y de buena constitución física, para recuperar el control del avión.

Uno de los pasajeros que hizo más llamadas telefónicas fue Thomas Burnett, vicepresidente de una empresa de investigación en el campo de la medicina, de 38 años de edad. Su mujer, Deena, había dejado su trabajo como azafata para atender a sus tres hijos. Aquella mañana, Deena estaba con los niños tomando el desayuno cuando llamó Tom para decirle que su avión había sido secuestrado y que llamara a la policía. Fue breve y conciso. Cuando volvió a llamar agentes del FBI se habían conectado a la línea telefónica. Burnett hizo preguntas sobre lo que había ocurrido en el World Trade Center y le dijo a su mujer que los secuestradores pensaban estrellar el avión contra algún objetivo. En su tercera llamada, a las 9:41, poco después de que otro avión secuestrado impactara en el Pentágono, dijo que “iban a hacer algo”.

La conversación más larga, a bordo del vuelo UA 93, la mantuvo Todd Beamer, contable de Oracle de 32 años. Todd habó unos 15 minutos con Lisa Jefferson, telefonista supervisora de la compañía GTE-Verizon. Beamer no quiso llamar a su esposa, embarazada, y marcó un “0”. La operadora le pasó la conferencia a su jefa: Lisa Jefferson. Con la voz pausada, tranquila, le explicó lo ocurría a bordo. Más tarde le comentó que tenía dos hijos y que su mujer estaba esperando el tercero, que los quería mucho y le hizo prometer a la telefonista que si no conseguía salir de allí llamaría a su mujer. Después le pidió que rezara con él un Padre Nuestro, cosa que harían los dos, a la vez.

Algunos pasajeros y tripulantes, en la cabina de clase turista, urdieron un plan a bordo; comprendieron que sus secuestradores los dirigían hacia una muerte segura, acompañada de alguna acción de consecuencias terribles para otras personas. No tenían nada que perder. Dos o tres minutos antes de las 10:00 el plan tomó forma y se puso en funcionamiento.

Todd le explicó a Lisa Jefferson que los pasajeros iban a correr por el pasillo hasta la cabina de primera clase para atacar a los terroristas. “Tengo que ir con fe”, le dijo, antes de volverse hacia otras personas y exclamar: “¿Estáis listos? OK. Pongámonos en marcha”. Aquellas fueron las últimas palabras que la empleada de la compañía telefónica escuchó de su interlocutor.

La cuarta vez que Tom Burnett llamó a su mujer le dijo que estaba seguro de que los secuestradores no tenían una bomba, solamente cuchillos. Insistió en que había un grupo de gente que iba a hacer algo. Su esposa, Deena le pidió que se estuviera quieto, que se sentara y que no llamase la atención de los secuestradores, pero Tom le respondió que si los terroristas tenían intención de estrellar el avión ellos debían hacer algo.

Jeremy Glick se despidió de su esposa que le animó a que trataran de reducir a los terroristas. Sandy Bradshaw, hablaba por teléfono con su marido y después de explicarle que estaba preparando recipientes con agua hirviendo, le dijo: “Todo el mundo corre hacia la cabina de primera clase. Tengo que ir, adiós.”

A las 9:55, el piloto introdujo en el computador de a bordo el código para dirigir el avión al aeropuerto Reagan en Washington DC; dos minutos después empezó la revuelta a bordo. Los pasajeros iniciaron el ataque a los terroristas, irrumpieron en la zona de primera clase y se abalanzaron contra la puerta de la cabina de vuelo. Los pilotos comprendieron que les quedaba poco tiempo. Trataron de librarse de la revuelta, primero alabeando el aeroplano y después con violentos movimientos de cabeceo. A las 10:02, los terroristas decidieron estrellar el avión con un fuerte viraje a la izquierda; la aeronave se puso del revés y se desplomó. “Alá es grande”, fueron las últimas palabras de los secuestradores antes de que el avión impactara en el suelo, en un campo de Shanksville en Pensilvania.

Algunos testigos presenciales aseguraron que vieron un avión militar, cerca del 757, y muchos creen que el avión fue derribado por el misil de un caza de la Fuerza Aérea. Con casi toda seguridad, si el vuelo UA-93 hubiera seguido su curso hacia Washington, los aviones militares lo habrían derribado en algún punto de su trayectoria. El mando de Defensa sabía que se trataba de un avión secuestrado y conocía sus intenciones, el presidente ya había autorizado el uso de la aviación militar para interceptar posibles aviones civiles secuestrados. Sin embargo, la versión oficial de los hechos es que los aviones de caza de la Fuerza Aérea estaban a unos 11 minutos de vuelo del lugar en que se estrelló el avión cuando los terroristas decidieron dar por concluida su misión. De otra parte, los registros de la “caja negra” demuestran que se produjo a bordo una reacción desesperada por parte de los pasajeros y que los pilotos trataron de evitarla zarandeando el avión. Hay quien sostiene que el derribo del 757 por un misil ocurrió al mismo tiempo que la rebelión de los pasajeros.

Este 11 de septiembre hará 13 años desde que el mundo cambió para peor, y hasta la fecha ningún grupo de valientes, como los pasajeros del UA 93, ha sabido poner remedio al desastre.

Águila monera

Aguila de Filipinas

Foto: Jef Maitem/Alamy

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Esta hermosa águila de bonitos ojos está en peligro de extinción. Es poco sociable: tiene muy mal carácter y cuando la han tratado de criar en cautividad, en dos ocasiones, la hembra mató al macho. Vive de 30 a 60 años.

Hasta 1896 nadie en el mundo occidental sabía de su existencia. Se descubrió en Filipinas ese año, porque suele permanecer oculta en bosques frondosos. Los nativos la llamaban come-monos ya que pensaban que se alimentaba solamente de estos animales, aunque después se ha comprobado que también le gustan algunas ratas, las serpientes, las ardillas voladoras, los murciélagos, muchos tipos de pájaro y los lémures. Se la bautizó con el nombre de águila monera, por su afición a devorar simios, y también se le conoce como águila de Filipinas.

Es una de las rapaces más grandes y poderosas que existen: sus alas extendidas de punta a punta miden más de 2 metros, pesa unos 6,5 kilogramos y tiene una altura de casi 1 metro.
Endémica de las Filipinas, en la actualidad tan solo quedan unos 300 ejemplares en la isla de Mindanao y pocos más en el país. En 1995 fue declarada pájaro nacional de Filipinas. Quizá tan alto honor la libre de la desaparición; que así sea.

No tan robusto como parece: Fokker E.V

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Anthony Fokker y sus trabajadores trataron de convencer al Ejército alemán de la robustez de sus productos con imágenes espectaculares. Quizá fuera ya demasiado tarde.

Los Fokker E. V entraron en servicio a finales de julio de 1918 cuando ya no quedaba mucha guerra por delante. En muy pocos días tres pilotos perdieron la vida en el frente, debido a roturas de las alas, cuando volaban con estas aeronaves. Todos los Fokker E. V fueron dados de baja del servicio, se les prohibió volar y el Ejército organizó una comisión de accidentes para que analizara el problema. El aeroplano había pasado, sin incidencias, las pruebas de resistencia que hacía el IdFlieg (la organización de las Fuerzas Aéreas responsable de la certificación y el control de calidad de las aeronaves). Para el Ejército aquellos accidentes eran una desagradable sorpresa.

Los inspectores analizaron los restos de los aviones accidentados y también otras unidades de serie y comprobaron que la construcción de los aparatos era muy deficiente. La madera usada en los largueros no era de buena calidad, encontraron filtraciones de agua en el interior del ala de un aparato, lo que favorecía la podredumbre de la estructura, y el espesor del larguero frontal de un avión accidentado era un 40% inferior al del avión que se utilizó durante las pruebas de certificación.

El IdFlieg requirió la presencia de Fokker en sus instalaciones de Adlershof para discutir el asunto con los expertos del Ejército y que fuera testigo de las pruebas de carga que tenían intención de hacer con las alas de sus aeroplanos. El holandés se llevó consigo a Reinhold Platz, diseñador y jefe de ingeniería de su fábrica, que en las discusiones previas se abstuvo de opinar.

Los militares opinaban que la rotura de las alas podía estar motivada, además de a los defectos de fabricación, por un exceso de sustentación en las puntas debido a la deformación inducida por las cargas aerodinámicas en vuelo. Según la opinión del IdFlieg la estructura debería de reforzarse. Antes de hacer las pruebas de carga Platz se quedó horrorizado al comprobar que las dimensiones y la calidad del material que se iba a probar no se ajustaba en absoluto a su diseño; la fabricación de aquellos aeroplanos era más que deficiente. El ingeniero se lo comentó a Anthony Fokker, pero el holandés prefería creer que aquellas desviaciones no tenían mayor importancia y las estructuras pasarían las pruebas. Las alas empezaron a romperse con unas cargas que no llegaban al 77% de las que debían soportar. Un par de días más tarde llegaron otras alas que se habían tomado al azar en la cadena de producción de Fokker en Schwerin que no fueron capaces de aguantar más que el 74% del esfuerzo que se les exigía.

La siguiente prueba consistiría en reforzar un ala, de acuerdo con las sugerencias hechas por los técnicos del IdFlieg, y probarla junto con otra en la que se mantendría el diseño original. Sin embargo, Reinhold Platz no hizo caso a los militares y mandó construir las dos alas igual, pero ajustando las dimensiones y acabado de las piezas, con toda exactitud, a su diseño original. Las alas pasaron las pruebas con holgura y el IdFlieg tuvo que descartar que la rotura se hubiera debido a una sobrecarga inducida por la aeroelasticidad. Los accidentes se podían explicar con la deficiente calidad de los aeroplanos suministrados por Anthony Fokker.

El máximo responsable del IdFlieg, el comandante F. Wagenfuehr, envió una carta a Fokker en la que le informaba de que el Ejército estudiaba la instrucción de una inculpación criminal, en contra suya, porque de manera deliberada había suministrado equipos defectuosos, causando la muerte de personal militar en el frente.

Producir barato y con rapidez había sido su obsesión desde el comienzo de la guerra. Su fábrica de Schwerin era un montón de barracones, nunca se preocupó de contratar verdaderos expertos en fabricación y sus conocimientos de ingeniería mecánica y aerodinámica no eran muy profundos. Extrovertido, simpático, sociable, magnífico piloto, amigo de los grandes ases de la aviación alemana en el frente y receloso de los técnicos, supo construir algunos de los mejores aviones de la Gran Guerra. Sin embargo, su pasión por acumular riqueza y el convencimiento de que el conflicto era un episodio temporal jamás le permitirían invertir dinero en sus fábricas alemanas. Al final del verano de 1918, Anthony Fokker era un mito, un héroe popular, en una Alemania que estaba perdiendo la guerra. Poco iba a ganar el país, a juicio de sus líderes, en destronar otro de los muchos iconos que aquellas nefastas circunstancias derribaban todos los días. El Ejército no emprendió actuaciones contra el holandés, prefirió mirar hacia otra parte.

Reinhold Platz descubrió que, en la fábrica, no se habían dado ni siquiera cuenta de que el larguero más grueso se montaba arriba y el otro abajo y los colocaban indistintamente; las maderas no se inspeccionaban antes de ser laminadas y a veces los agujeros no se taladraban sino que metían un punzón. Fokker dejó hacer a Platz y el ingeniero mejoró como pudo la desorganizada fábrica del holandés cuando el conflicto bélico tocaba a su fin y el fabricante de aviones preparaba su salida de Alemania.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

El Iran Air 655 y los misiles del Vincennes

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La torre de control autorizó al comandante Mohsen Rezaian a despegar en el aeropuerto de Bandar Abbas, en Irán. Eran las 10:17 a.m. y el vuelo de la Iran Air 655 llevaba 27 minutos de retraso. El avión se dirigía a Dubai, su destino final, y acababa de hacer la escala que tenía programada en la ruta de Teherán a la ciudad de Los Emiratos Árabes Unidos. Muchos de los pasajeros eran peregrinos que viajaban a la ciudad santa de La Meca. La duración prevista del último tramo no llegaba a media hora de vuelo a lo largo de la aerovía Ambar 59 que cruzaba el Golfo Pérsico hacia el sur hasta Dubai. Un trayecto corto en el que el avión ascendería a unos 14◦000 pies de altura, para mantener ese nivel hasta las proximidades de su destino.

Mohsen Rezaian era un hombre tranquilo. Aquel era un vuelo sencillo. Su avión, un Airbus A-300 llevaba esa mañana 290 personas a bordo. Mientras se dirigía a la pista 21, para despegar, el piloto pudo ver algún avión militar de la Fuerza Aérea de su país: aviones F-14 Tomcat. Eran aeronaves estadounidenses que el presidente Nixon había autorizado a vender al Shah de Persia a mediados de los años setenta. Hacía ya casi diez años desde que, en1979, los extremistas islámicos derrocaron al Shah Rezah Palhevi que huyó a Egipto a bordo de su avión personal: un Boeing 727. En aquella época Irán era diferente. Poco antes, Mohsen Rezaian había recibido entrenamiento como piloto en la compañía Boeing y en Texas, donde residió durante dos años. Allí nació su hija mayor. En sus diecisiete años como piloto tenía acumuladas más de 7000 horas de vuelo.Ahora las cosas eran muy distintas en Irán. La torre de control ordenó al comandante Rezaian que seleccionara el código 6760 en modo 3 y que activara el transpondedor. El control de tráfico aéreo civil utiliza ese dispositivo para detectar la presencia e identificar a las aeronaves en el espacio aéreo. Para el comandante del vuelo 655 de la Iran Air aquel 3 de julio de 1988 no existía ningún motivo para preocuparse. Despegó y comenzó su ascenso al nivel de vuelo asignado de 14◦000 pies. En la radio de a bordo tenía sintonizada la frecuencia de la torre de control de Bandar Abbas. Sin embargo, en las aguas del Golfo que el avión de la Iran Air debía cruzar la situación era un poco más complicada de lo que Mohsen Rezaian podía imaginarse.

Las complicaciones tenían como fondo el conflicto que se denominó como la Guerra de los Petroleros y que se remontaba al principio de la década de los ochenta cuando Irak impuso el bloqueo a los buques iraníes que recalaran en puertos del norte del Golfo. Kuwait, aliado de Irak, también sufriría las consecuencias del conflicto y en 1987 solicitó para sus buques la protección de la Marina de Estados Unidos. Muchos petroleros kuwaitíes empezaron a navegar con pabellón estadounidense con lo que los buques de guerra de aquel país podían escoltarlos en los conflictivos mares del Golfo Pérsico. A principios de julio de 1988, cuando Mohsen Rezaian con su Airbus A-300 empezó a sobrevolar las aguas del estrecho de Ormuz, una pequeña flota de navíos de la Marina estadounidense navegaba en el Golfo para defender los petroleros kuwaitíes, limitar las actividades de la marina iraní y reforzar el embargo impuesto a Irán.

Esa mañana, el Vincennes, un crucero de la clase Ticonderoga, equipado con el sistema de combate AEGIS, navegaba por las turbulentas aguas del Golfo a las órdenes del comandante William C. Rogers III. Graduado en la Academia Naval, cuando ya había cumplido los 27 años, en 1987 Rogers logró colmar sus aspiraciones como marino al recibir el mando de uno de los buques más modernos y sofisticados de la Marina estadounidense. El comandante mostró, desde un principio, un talante agresivo y un irreprimible deseo de entrar en combate con las fuerzas iraníes.

Minutos después de las siete de la mañana Rogers se estaba afeitando en su camarote. Recibió una llamada del oficial de guardia desde el Centro de Información y Combate (CIC) del Vincennes para que se presentara allí lo antes posible: otro buque de la Marina, el Montgomery, había contactado con varias cañoneras iraníes.

El Montgomery se encontraba a unas 50 millas al noreste, en el estrecho de Ormuz y había descubierto unas 13 pequeñas lanchas cañoneras de la Guardia Revolucionaria que salían de sus escondites, en las islas de Hengam y Abu Musa, para entorpecer el tráfico y disparar sobre los petroleros y mercantes que se dirigían o venían de los puertos kuwaitíes. En cuanto tuvo noticia de ello, el comandante Rogers ordenó a su tripulación poner rumbo hacia el lugar del conflicto a 30 nudos de velocidad.

Poco antes de la ocho de la mañana el helicóptero del Vincennes despegó rumbo al lugar en donde se suponía que patrullaban las lanchas iraníes. Encontró que se hallaban rodeando al carguero Dhaulagiri, de bandera alemana, entorpeciendo su marcha, pero sin hace uso de las armas de fuego. Cuando la información de lo que ocurría llegó al cuartel general de la Marina, en Baréin, el oficial de servicio llegó a la conclusión de que el asunto se estaba desactivando.

Sin embargo, a bordo del Vincennes, el comandante Rogers había comenzado a caldear la situación. Mandó a todos sus hombres a los puestos de combate y colocó personal en las bandas para defenderse del ataque de barcos de poco calado para proseguir su marcha rumbo a las cañoneras. Las lanchas iraníes y el Vincennes recibieron el aviso de un guarda costas de Omán para que abandonaran las aguas territoriales de aquel país. Además, el Vincennes y el Montgomery también se vieron obligados, poco después, a seguir la orden del cuartel general de dar la vuelta y regresar hacia el sur. Para el cuartel general, las lanchas no representaban ninguna amenaza y no veía motivos para que los dos buques permanecieran en aquella zona. Rogers obedeció, pero dejó a su helicóptero atrás, para que observara las lanchas cañoneras.

El helicóptero siguió a las lanchas y se aproximó a ellas. Cuando las tenía relativamente cerca vio destellos y nubes de humo que el piloto, Mark Collier, interpretó como señales evidentes de disparos que les hacían desde los barcos iraníes. El segundo piloto llamó por radio al Vincennes para comunicarle que el enemigo había abierto fuego y que iniciaban una maniobra evasiva.

Las ráfagas de las lanchas bastaron para que Rogers tomara la iniciativa, mandó virar en redondo y puso al buque otra vez rumbo hacia el norte a 30 nudos, detrás de las cañoneras. Nada más que en el portaaviones Forrestall, que estaba a 200 millas al sureste del Vincennes, el almirante Leighton Smith tuvo noticia del ataque al helicóptero envió cuatro aviones de apoyo para que se situaran en un punto a unas 80 millas del buque. Su posible intervención tenía que coordinarse con Rogers.

A las 10:09 de la mañana, el comandante Rogers, en el CIC del Vincennes, trataba de distinguir en el radar las señales de las pequeñas lanchas cañoneras que se confundían con los ecos del mar y a veces aparecían agrupadas como un único blanco. Los potentes y sofisticados sistemas de combate AEGIS no estaban concebidos para hacer la guerra con naves de tan poco desplazamiento. En Baréin, el almirante Lee recibió la petición de Rogers de abrir fuego. No se sintió muy cómodo, preguntó si los contactos estaban despejando la zona y cuál era la posición y el rumbo de las cañoneras.

A las 10:11 el Vincennes cruzó el límite de 12 millas que marcaba las aguas territoriales iraníes. Se encontraba ilegalmente en un país extranjero. Las lanchas estaban muy lejos, a más de 8 kilómetros, en su país, se habían dispersado, quizá ajenas a la presencia del buque de guerra estadounidense. Daba la impresión de que dos de ellas se dirigían hacia el Vincennes. Aquello fue suficiente para que Rogers comunicara al mando en Baréin que las cañoneras mostraban una intención hostil y recibió autorización para hacer fuego en el momento en que estuviera preparado.

El comandante David Carlson, a bordo de la fragata Sides, que se encontraba a unas 25 millas del lugar, seguía por radio y desde el puente de mando las maniobras de Rogers. Le oyó decir a uno de sus oficiales: “¿Por qué no da una vuelta de timón y saca su culo de ahí?”.

William C. Rogers III, sentado en el CIC delante de una gran pantalla de 42X42 pulgadas se hallaba completamente absorto en su batalla naval contra una pequeñas lanchas cañoneras que sus radares apenas podían ver. Había seleccionado la escala en 16 millas. El primer disparo fue contra un blanco a unos 8 kilómetros y a este le seguirían otros más, sin que a ciencia cierta desde el Vincennes pudieran evaluar los resultados del desigual combate que habían decidido librar. El comandante apresuraba al equipo que servía el cañón de cinco pulgadas para que lo cargara más deprisa y mandó virar a estribor con la intención de utilizar el cañón de popa. Los disparos hacían que las tenues luces del CIC se oscurecieran y el ambiente en el puesto de mando era tenso. En realidad cazar conejos era más peligroso que disparar sobre aquellas lanchas, pero nadie a bordo podía olvidar que estaban en un buque de guerra, haciendo la guerra.

Mientras Moshen Rezaian despegaba de Banda Abbas con su airbús y ascendía al nivel de crucero asignado, sobre un mar brumoso y cálido, barrido por las arenas del desierto, toda la flota estadounidense del Golfo Pérsico estaba pendiente de lo que ocurría, casi debajo de él.

A las 10:17, a bordo del Vincennes, al tiempo que el comandante Rogers seguía la batalla contra las cañoneras, el oficial Andrew Anderson detectó la señal radar del Iran Air 665. El radar del sistema AEGIS señaló que se trataba de un avión comercial, con un código en modo 3. Anderson buscó en el cuaderno que llevaba a bordo qué vuelo podía ser, pero no encontró el IR 665. La sala estaba bastante oscura y además cada vez que el cañon disparaba las luces se apagaban un poco más. Para complicar las cosas, el avión había salido con retraso y en la región hay cuatro zonas horarias distintas. Andrew comentó con su compañero, John Leach, si se podía tratar de un F-14 y el jefe de ambos, el teniente Clay Zocher, escuchó la conversación. En aquel momento estaba preocupado porque seguía otro avión, un P-3 que sobrevolaba la costa iraní y temió que este aparato estuviera coordinando un ataque al Vincennes con otro avión. Zocher escaló el asunto y lo trasladó a Scott Lustig, el comandante táctico de guerra aérea. Lustig le ordenó a Zocher que radiara un aviso: “Avión no identificado…Usted se está aproximando a un buque de guerra de Estados Unidos en aguas internacionales…”. El mensaje se envió en las frecuencias de emergencia civil y militar.

A las 10:20, tres minutos después de que Moshen Rezaian despegara de Banda Abbas en la semi oscuridad del CIC, en el interior del Vincennes, alguien hizo correr la voz de que habían detectado un “Astro”. Nadie supo nunca quién la inventó, pera la noticia se propagó a toda velocidad por la sala. Un “Astro” es el nombre que se le da en el argot técnico a un F-14. Andrew escuchó la nueva y aterrorizado volvió a lanzar otra interrogación al avión que acababa de detectar. Sin embargo, se olvidó de poner los controles de distancia en el lugar correcto y el sistema de identificación obtuvo la respuesta de un avión que se encontraba en el mismo sitio que estaba antes el airbús, y resultó ser la de un F-14 estacionado en el aeropuerto o la de un avión de transporte militar que en aquel momento estaba allí. El avión contestó en modo 2, un código militar, pero ese código no lo había emitido el transpondedor del Iran Air 655 que continuaba contestando a los interrogadores de radar secundario en modo 3, código 6760. Andrew confirmó el rumor de la existencia de un “posible Astro” y a partir de ese momento la realidad en el CIC del Vincennes empezaría a desviarse de los datos que sus sensores detectaban para construir un mundo coherente, pero irreal.

El avión sospechoso estaba a 32 millas de distancia del buque de guerra y el comandante Rogers continuaba ensimismado en la batalla contra las cañoneras. Lustig, detrás de él le preguntó. “¿Qué hacemos?”. Un F-14 no era un avión demasiado peligroso, pero no debían dejarlo acercarse más de 10 millas. Apenas había transcurrido un año desde que un Mirage F1 de la fuerza aérea iraquí había lanzado dos misiles Exocet contra una fragata estadounidense, la Stark. Uno de ellos no explotó, hizo un boquete en la banda de babor y el segundo entró casi por el mismo sitio, pero si estalló causando la muerte de 37 marinos y dejando 21 heridos. El buque, incendiado, consiguió arribar a Benaréin. El comandante Glenn R. Brindel, que mandaba la fragata, fue acusado de negligencia y William Rogers tuvo que recordar el incidente, justo en aquel momento. Pero, el marino que ostentaba el mando del Vincennes no estaba seguro de que se tratara de un F4 efectuando una maniobra de ataque a su buque, algún oficial musito a su espalda que se podía tratar de un avión comercial. El blanco volaba demasiado alto.

En la fragata Sides los hombres del comandante David Carlson habían detectado la traza del Iran Air 655 y tenían la certeza de que se trataba de un avión comercial. En el portaaviones Forrestal los operadores del radar de vigilancia también lo habían clasificado como aeronave civil y el almirante Smith descartó la idea de interceptar la aeronave con los cazas que había enviado para apoyar al Vincennes. Sin embargo, todos los oficiales que seguían las maniobras del barco de Rogers no tenían más remedio que aceptar que, desde su posición, el Vincennes disponía de información que ellos no poseían y era la responsabilidad última de su comandante tomar decisiones que afectaban a la seguridad de su tripulación.

El episodio alcanzó su punto más álgido en el CIC del Vincennes cuando Anderson y Leach exclamaron en voz alta que el supuesto F-14 había iniciado una maniobra de descenso y su velocidad aumentaba. Era lo que todos esperaban que hiciera un “Astro” y el avión no los defraudó. Sin embargo, los datos grabados por los radares de a bordo demostrarían que la aeronave continuó ascendiendo y no incrementó su velocidad. El radar del sistema AEGIS no mostraba los cambios de altitud con una flecha arriba o hacia abajo, tenían que ser los operadores quienes mediante lecturas consecutivas debían estimar el signo de la velocidad ascensional. En cuanto a los errores en la detección del cambio de la velocidad no es fácil determinar a que se debieron, pero la cuestión es que el CIC interpretó que el avión de la Iran Air se comportaba como un F-14 que había iniciado un ataque al Vincennes, algo insólito.

Si el buque de Rogers hubiera dispuesto de radios sintonizadas en las frecuencias que utilizaba Moshen Rezaian para comunicarse con los centros de control civil se habría percatado de que el comandante de la Iran Air acababa de notificar, con toda normalidad, a la torre de control que en ese momento había pasado el primer punto de control de su ruta. El comandante del vuelo IR 655 no tenía ni la menor idea de lo que ocurría en el CIC del Vincennes. Las llamadas de advertencia del buque de guerra, a través del canal de emergencia civil, fueron interpretadas por el avión comercial como si estuviesen dirigidas al P-3 militar que sobrevolaba la zona, o a otro avión.

A las 10:24 el comandante Rogers activó los interruptores para autorizar el disparo de dos misiles SM-2ER. Zocher acababa de recibir la orden de hacer fuego, pero su aturdimiento lo llevó a pulsar 23 veces teclas erróneas antes de que otro oficial se acercara a su consola para activar la secuencia correcta.

Habían transcurrido unos 30 segundos desde que Moshen Rezaian se despidiera de la torre de control con un amable “gracias, tenga un buen día” cuando el primer misil rompió el ala izquierda de su avión. Los oficiales del Montgomery la vieron precipitarse en el mar, junto con el motor. El segundo misil estalló en el fuselaje. Los restos de los cuerpos de los 290 ocupantes y del avión cayeron al mar sembrando las aguas de muerte, asombro y desolación. Alguien en el puente de mando del Vincennes comprendió enseguida que el tumulto que siguió al derribo no podía corresponderse con el de un pequeño F-14.

El silencio que se hizo en el barco de Rogers fue estremecedor, el comandante ordenó que el buque virase y se dirigiera hacia el sur para abandonar las aguas iraníes. La inútil caza de las lanchas cañoneras concluyó sin que nadie a bordo supiera si alguna de ellas había sido alcanzada por el fuego del Vincennes.

El 3 de julio, por la tarde, el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan tuvo que hacer pública una declaración en la que reconocía que el Vincennes había derribado un avión comercial iraní en el estrecho de Ormuz causando una terrible tragedia humana. El presidente mostró su simpatía y condolencia para con los pasajeros, la tripulación y sus familias y manifestó que el Departamento de Defensa llevaría a cabo una investigación completa de lo ocurrido.

Lo que siguió estaba anunciado con antelación. La Marina trató de justificar las actuaciones del comandante y en muchas declaraciones públicas oficiales los hechos se tergiversaron para evitar que el mundo contemplara la desnuda realidad de unas actuaciones injustificables, que habían llevado paso a paso a un desenlace espantoso. El comandante Rogers fue condecorado, sus oficiales recibieron distintivos por sus actuaciones durante el conflicto del Golfo y el informe oficial de la Marina exculpó al mando que actuó de buena fe, en defensa de la integridad de su buque y la tripulación. Toda la sarta de actuaciones irresponsables, falta de entrenamiento, errores y fallos técnicos que motivaron el desastre fueron cuidadosamente escamoteados.

Tuvieron que pasar más de ocho años, hasta que el presidente Bill Clinton acordó pagar a Irán y las víctimas de aquel vuelo 61,8 millones de dólares en compensación por los 248 iraníes muertos en el derribo de la aeronave. Fue el resultado del acuerdo para resolver el pleito que el gobierno de Irán planteó contra Estados Unidos en el Tribunal Internacional de Justicia en 1989.

Pero, desgraciadamente, aquel no sería el último misil que derribó un avión comercial.

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El Bullet de William Christmas

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En 1918, William Christmas trató de convencer al ejército estadounidense de que era capaz de construir un avión que podía volar hasta la residencia del káiser Guillermo II. Con semejante invento, estaría al alcance de una fuerza especial organizar una misión para raptarlo. El doctor Christmas ya se había ganado el apoyo financiero de dos brókeres de Nueva York, los hermanos Henry y Alfred McCorey, para sufragar el coste de la construcción del aeroplano y también consiguió el apoyo de un político: el senador James Wolcott Wadsworth de Nueva York. Con la ayuda del senador logró que el Ejército le prestara un motor Liberty de 185 HP para equipar el avión que se construiría en las instalaciones de la empresa Continental Aircraft Company of Amityville, en Long Island.

El doctor William Wallace Whitney Christmas era oriundo de Warrenton, Carolina del Norte, donde nació el año 1866, y se había educado en la Academia Militar de St John y en la Universidad de Virginia; el título de doctor en medicina lo obtuvo en la Universidad George Washington en 1905. Su obsesión por los ingenios voladores lo llevó a publicar un artículo en el New York Times, el 5 de diciembre de 1915, en el que aseguraba que “sus aviones serían las máquinas de volar más grandes que jamás se habrían construido, con un motor de 1600 HP, y capaces de transportar bombas y otras municiones, además de una tripulación de seis personas”. En el escrito comentaba que los Aliados, en Europa, habían encargado 11 de sus “cruceros de guerra”. No eran más que fantasías, aunque parece ser cierto que Christmas, en 1909, voló con un aparato de su invención, el Red Bird, y que desde entonces había dejado la práctica de la medicina y se dedicaba a la aviación.

El avión concebido por William Christmas tenía una peculiaridad y es que sus alas eran flexibles, como la de los pájaros. Era un sesquiplano (biplano con el ala inferior más corta), que no contaba con los montantes y braceado típico de las aeronaves de su época. Los ingenieros de la empresa de Long Island no estaban muy convencidos de que las ideas del doctor fuesen acertadas, pero no tuvieron otra opción distinta a la de seguir al pie de la letra las directrices de su cliente. El avión se terminó en otoño de 1918 y la Primera Guerra Mundial concluyó antes de que ningún piloto pudiera realizar el primer vuelo de prueba con el biplano de Christmas al que bautizarían con el nombre de Bullet (bala). En enero de 1919, Cuthbert Mills, un piloto del Ejército que acababa de regresar a Estados Unidos del frente europeo, fue contratado por Christmas para volar el Bullet. En el primer ensayo de vuelo las alas se desprendieron del fuselaje y el avión se estrelló; el piloto perdió la vida. El pequeño círculo de interesados, próximo a Christmas, mantuvo aquel fracaso lo más oculto que les resultó posible y en marzo de 1919, en la Feria Aérea de Nueva York, una segunda versión del Bullet se exhibió con el anuncio de que se trataba “del avión más seguro del mundo”. Sin embargo, este aeroplano tampoco corrió mejor suerte porque poco después el teniente Allington Jolly se mató volando con el aparato. Otra vez, las endebles superficies sustentadoras del avión se rompieron. Pero, los hermanos McCorey y Christmas no perdieron la compostura y continuaron manteniendo la apariencia de que el Bullet era un avión extraordinariamente seguro.

Quizá lo más insólito de la historia es que en 1923, según el propio Christmas, el inventor vendió su patente de 1921, el Bullet con las alas rediseñadas, al Ejército de su país que pagó por ello la nada despreciable cantidad de 100◦000 dólares.

Al parecer, después de cerrar el trato con el Ejército, Christmas abandonó sus proyectos aeronáuticos para dedicarse a otros negocios, algunos relacionados con los plásticos. Murió el 14 de abril de 1960, a los 94 años, en un hospital de Nueva York, de neumonía.

Para muchos, el único mérito aeronáutico de William Christmas fue el de construir uno de los aeroplanos más feos e inseguros de la historia de la aviación. No deja de ser poco.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

Dan Cooper: la pesadilla del FBI.

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Dan Cooper fue un piloto de pruebas de la Real Fuerza Aérea de Canadá. En realidad se trata de un personaje de ficción, creado por el dibujante Albert Weinberg para la revista Spirou, con el que pretendía contrarrestar el éxito de su gran competidor: Tintin.

Dan Cooper también es el nombre de otro personaje, real, que se ha convertido en una pesadilla para el FBI. Para el agente Larry Carr, que investiga este caso desde 2007, Dan Cooper estuvo destinado en alguna base estadounidense en Europa, antes de 1971. Allí se familiarizó con las aventuras del héroe de Albert Weinberg mientras trabajaba como operador de carga y descarga de aeronaves militares. Su oficio le obligaría a llevar paracaídas de emergencia en algunas ocasiones. Cuando finalizó el servicio militar en Europa se trasladó a Seattle para trabajar en una empresa de aviación. En 1967, Boeing ocupaba a 100◦800 empleados, pero la crisis aeronáutica haría que en abril de 1971 su plantilla disminuyó hasta 38◦690 trabajadores. El 16 de abril de 1971, con cierto sentido del humor, los agentes de la propiedad inmobiliaria, Bob McDonald y Jim Youngren, escribieron un cartel que colgaron cerca del aeropuerto, que decía: “La última persona que abandone Seattle que apague la luz”. El Dan Cooper del agente Larry fue uno de los que tuvieron que dejar la ciudad. Sin embargo, este individuo entonces, aún no se llamaba Dan Cooper, como el héroe de las ficciones de Albert Weinberg.

Fue el 24 de noviembre de 1971 cuando el misterioso personaje del agente Larry se convirtió en Dan Cooper. Era la víspera del día de Acción de Gracias (Thanksgiving) y el individuo se embarcó en el vuelo 305 de la Northwest Airlines, de Portland a Seattle, con el nombre de D.B. Cooper. Vestía un oscuro traje de chaqueta, de ejecutivo, corbata negra, llevaba un maletín y se sentó en la última fila de la cabina de pasajeros. Un lugar en el que, en un Boeing 727 con tres motores en la cola como aquel, el ruido es insoportable. Cooper se comportó con mucha calma: después de despegar pidió un bourbon y un vaso de agua.

Florence Schaffner, una de las tres azafatas de a bordo que atendía a los 36 pasajeros, estaba acostumbrada a que sus clientes le hicieran proposiciones de todo tipo. Cuando Dan Cooper le alargó una nota se la guardó en el bolsillo sin leerla y pensó que se trataba de otra misiva más de un pasajero impertinente. Sin embargo, esa vez, el hombre la tomó del brazo y la obligó a que se sentara a su lado. Aquello superaba los límites de la impertinencia. Pero, más que grosería o falta de educación, el individuo de modales tranquilos, educado, le dijo que en el papel que le acababa de entregar le decía que llevaba una bomba y que se sentara a su lado porque tenía que darle instrucciones. Dan Cooper quería que nada más aterrizar en Seattle le hicieran llegar 200◦000 dólares en billetes de 20 dólares además de cuatro paracaídas, que el avión repostara combustible, despegara y entonces les diría el rumbo que tenían que tomar. Si no seguían al pie de la letra sus órdenes haría estallar la bomba. Cuando Florence se levantó del asiento para llevar la misiva al comandante de la aeronave, Dan Cooper ocultó su rostro detrás de unas gafas oscuras que ya no volvió a quitarse de la cara.

En Seattle, los pasajeros del vuelo 305 de la Northwest Airlines descendieron de la aeronave sin saber lo que ocurría a bordo. A Dan Cooper le llevaron el dinero y los paracaídas y el secuestrador dejó que abandonaran el avión dos de las tres azafatas de a bordo. Los pilotos y el mecánico de vuelo se quedaron en la cabina del 727.

El secuestrador ordenó a la tripulación que pusiera rumbo a Reno, en Nevada, le indicó la velocidad y la altura a la que deberían volar y que no bloquearan el portón trasero del avión; el Boeing 727 lleva incorporada en esa puerta una escalerilla. Dan Cooper se repartió en la vestimenta los 5 kilogramos de billetes de 20 dólares que le habían entregado en Seattle y mandó a la azafata a la cabina de vuelo. Se quedó solo y alrededor de las ocho de la tarde se dirigió a la parte trasera del avión, abrió la puerta y saltó al vacío, con su paracaídas. Hacía una noche intempestiva, oscura y lluviosa. Nadie volvió a saber nada de aquel hombre que protagonizó el único secuestro de un avión en Estados Unidos en el que el FBI no ha sido capaz de identificar la autoría del crimen.

Varios aviones siguieron el 727, unos 1000 soldados batieron la zona en donde se supone que pudo haber llegado a tierra y un avión espía, SR-71, hizo fotografías a lo largo de la ruta que siguió el avión de la Northwest Airlines. No encontraron nada.

En 1980 un excursionista, Brian Ingram, descubrió en la orilla del río Columbia, cuando hacía un hoyo en la arena para encender una hoguera, 5800 dólares sujetos en fajos con bandas de goma, intactos, que llevaban la misma numeración que los que se entregaron a Cooper. Dos años antes se habían encontrado, también cerca de aquel lugar, las instrucciones de cómo abrir las escaleras traseras del avión.

El agente Larry Carr cree que el secuestrador perdió la vida aquella noche, víspera del día de Acción de Gracias, pero nadie ha podido demostrarlo. Durante más de cuarenta años la policía ha identificado a un millar de sospechosos a quienes por alguna razón ha tenido que ir descartando como posibles autores del secuestro. El caso sigue abierto y las especulaciones del agente del FBI, Larry Carr, sobre la personalidad del hombre que ha conseguido burlar a su organización durante casi medio siglo, no son más que conjeturas.

Al margen de las cábalas, en la pequeña población de Ariel, en el bar más próximo al lugar donde se supone que cayó con su paracaídas Dan Cooper, cada año se reúne para celebrarlo un nutrido grupo de admiradores del secuestrador. El sábado siguiente al jueves de Acción de Gracias, desde hace decenas de años, en la Ariel Store and Tavern se juntan para beber cerveza hasta pasada la media noche gente que disfruta con nuevas historias de su héroe. Dicen que es posible que no se lanzara en paracaídas y que se escondió en el avión, para luego escabullirse después de que aterrizara en Reno; también cuentan que lo vieron pasar sobre Vancouver, sentado sobre un peldaño de la escalera desplegada, con el vaso de güisqui en la mano; y otros insisten en que el 727 sobrevoló Ariel a muy baja altura, con los flaps extendidos y el tren desplegado. Hay tantas historias como botellas de cerveza y sobre el cálido y caldeado ambiente, de personajes vestidos con traje de chaqueta oscuro, corbata negra y gafas de sol, flota la idea de que hace ya muchos años, un hombre pequeño e insignificante desafió a los poderosos y les ganó la partida; algo insólito que merece ser celebrado.