Vencejo alpino: 200 días en el aire

Rondone maggiore; Alpine Swift; Apus melba

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

En 2011 un equipo del Instituto Ornitológico Suizo, en colaboración con la Universidad de Berna, adhirió pequeños dispositivos electrónicos, capaces de grabar periódicamente la cantidad de luz y la aceleración, al cuerpo de seis vencejos alpinos.

Estos pájaros, después de la época estival de apareamiento y cría en Europa, hacen un largo viaje de miles de kilómetros, ya que emigran todos los años a África para pasar el invierno. Los científicos querían averiguar el consumo de energía de estos animales y determinar el tiempo que permanecían en vuelo.

Al año siguiente los estudiosos pudieron recuperar tres vencejos que habían regresado en verano a Europa. Se quedaron sorprendidos al comprobar que durante más de 200 días consecutivos los pájaros no habían dejado de volar. En ese tiempo habían recorrido unos 10◦000 kilómetros. Es el trayecto más largo que jamás se ha conseguido grabar con un dispositivo en un ave. El aparato registraba datos cada cuatro minutos y cabe la posibilidad de que se hubieran detenido en algunas ocasiones entre dos muestreos consecutivos, aunque es bastante improbable. Parece ser que el vencejo alpino (o vencejo real) puede permanecer en el aire durante 6 meses sin tocar el suelo en ningún momento.

Son animales pequeños de unos 20 centímetros de longitud y una envergadura de alrededor de 50 centímetros que pesan del orden de 100 gamos y se nutren de lo que se suele denominar como “plancton aéreo”: insectos pequeños, esporas, semillas y bacterias. El agua que contiene esta sustancia es suficiente para cubrir sus necesidades. Por lo tanto, cazan mientras vuelan; incluso beben en el aire. Según Felix Liechti, del Instituto suizo estos pájaros “pasan más tiempo durante la noche en tierra, conforme más al norte se encuentran”. Y en África, durante el invierno, siempre están volando; suelen hacerlo a gran altura y desde tierra no se les ve.

A España llegan de marzo a abril y se marchan de septiembre a octubre. En verano, buscan zonas montañosas con acantilados para pernoctar enganchados a las rocas con sus patas cortas. Construyen los nidos en lugares de difícil acceso, año tras año, casi siempre en el mismo sitio. Pero, hay otros que lo hacen en los pueblos, debajo de un tejado o de un puente, o en la grieta de una vivienda. Los fabrican con paja, barro y plumas.

Los dos adultos colaboran en el proceso de incubación que dura unos 20 días. Los polluelos permanecen en el nido un par de meses. En sus excursiones para alimentar a las crías los vencejos adultos se alejan mucho de los nidos y traen los insectos que cazan apretados en pequeñas bolas que amalgaman con su saliva gomosa. Las crías pueden hacer que la temperatura de su cuerpo baje y aletargarse si, debido al mal tiempo, sus padres no pueden salir a cazar insectos para ellos.

La capacidad de estos animales para volar de forma ininterrumpida durante 200 días y descansar en el aire sigue siendo un misterio sin resolver.

 

Banderas en la Luna

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El 12 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón pisó, por primera vez, América llevaba un estandarte de la corona de Castilla. Las banderas siempre acompañaron a los exploradores en sus gestas. El 14 de diciembre de 1911, cinco expedicionarios y 16 perros llegaron por primera vez al Polo Sur. Roald Amundsen, el jefe del equipo, plantó una bandera noruega en aquel punto de latitud 90 grados sur. Es posible que el estadounidense Robert A. Frederick Cook, fuese también el primer explorador que colocara una bandera de su país en el Polo Norte, en abril de 1908; o quizá ese honor le corresponda a Robert E. Peary, un año después. No está claro cuál de los dos exploradores fue el primero en llegar al Polo Norte, pero sí que ambos lo celebraron dejando una bandera. El coronel neozelandés Edmund Hillary y su sherpa nepalés, Tenzing Norgay, fueron los primeros en conquistar la cima del monte Everest, el 29 de mayo de 1953. Edmund Hillary alzó la bandera de su país en la cumbre de la montaña más alta del mundo, a 8848 metros sobre el nivel del mar.

Ayer se cumplieron 45 años desde que los astronautas estadounidenses, Neil Amstron y Buzz Aldrin, colocaron una bandera en la superficie de la Luna. Sin embargo, aquella bandera traería algunos problemas. Los defensores de la teoría de la conspiración, según la cual el viaje a la Luna fue un invento fabricado para la televisión, que jamás tuvo lugar en la realidad, la bandera flameando en la Luna- donde no existe atmósfera ni aire- era otra prueba más del fraude. Como siempre estas teorías ganan adeptos a gran velocidad y mucha gente se unió a los directores de orquesta de lo que fue, sobre todo, un magnífico negocio para unos pocos. No deja de ser curioso que, en 2012, se tomaran fotos de la superficie lunar que mostraban cinco de las seis banderas de las misiones Apolo. La del Apolo 11 aún estaba allí, aunque durante el despegue los gases del cohete la habían tumbado. Eran una prueba bastante evidente de que los astronautas habían pisado la Luna. Otra vez las banderas.

De todas formas, a cualquier técnico de la NASA se le habría ocurrido que en un ambiente sin aire las banderas no podrían flamear, así que, para verse desplegadas, tendrían que ser rígidas y con la intención de que cobraran un poco de vida las hicieron con ondulaciones. Las proezas no eran tales sin dejar una bandera y el viaje a la Luna no podía ser menos.

 

 

El primer astronauta: Wan Hu

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Tsien Hsue-shen murió a los 83 años en California, en 1997. Ingeniero aeronáutico por el Massachusetts Institute of Technology, había estudiado en China y trabajó para su país de origen hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando emigró a Estados Unidos y obtuvo la nacionalidad estadounidense. Tsien fue jefe de ingeniería en Boeing. El ilustre ingeniero acostumbraba a decirles a sus alumnos que, según le había contado Wang Shizhuo (uno de los pioneros de la aviación en China), fue Wan Hu quien se merece el honor y la consideración de primer astronauta de la Historia.

Ocurrió en 1465, durante el año 19 del reinado del emperador Chenghua, de la dinastía Ming, en China.

Wan Hu era un joven de una rica familia que había estudiado historia clásica, pero que se sentía profundamente atraído por la tecnología y las ciencias. Le fascinaban los artefactos propulsados con pólvora: los cohetes. Wan Hu soñaba con enviar un hombre al espacio, propulsado con aquellos artefactos, desde donde podría observar el mundo igual que lo hacen los pájaros.

El joven chino se agenció dos grandes cometas y un sillón ligero, de mimbre. Sujetó al sillón 47 cohetes, los más grandes que pudo encontrar. Un día sacó el artefacto a un llano y le pidió a sus sirvientes que encendieran la primera fila de cohetes. Alrededor del aeronauta se había congregado una multitud de curiosos. Uno de sus empleados protestó: “Mi señor, estoy realmente asustado”. Wan Hu le preguntó que por qué estaba asustado y el sirviente le dijo que temía por la vida de su amo. Wan Hu se rió y le contestó muy seguro de sí mismo: “ Volar ha sido el sueño de los chinos durante miles de años. Hoy, yo quiero descubrir una forma nueva de explorar el cielo, incluso aunque me rompa en pedazos. No tienes necesidad de sentir miedo. ¡Simplemente. enciende los cohetes!”

El siervo de Wan Hu obedeció y la nave del joven astronauta se convirtió en una densa nube de humo y llamaradas que abandonó la tierra a gran velocidad. Los espectadores lanzaron una exclamación de sorpresa y la segunda fila de cohetes se encendió de forma automática. Poco después, el sillón de mimbre se convirtió en una bola de fuego y Wan Hu cayó al vacío, sujetando los cometas incendiados con las manos. Su cuerpo se estrelló en la colina de Wan Jiashan.

Según Tsien Hsue-shen, la historia de Wan Hu demuestra que China inventó los cohetes con dos etapas. Los soviéticos asignaron, en 1966, a uno de los cráteres de la Luna el nombre de Wan Hu y en 1970 la Unión Internacional Astronómica aceptó la denominación. En el lado oscuro de nuestro satélite un agujero de 52 kilómetros de diámetro y 5 kilómetros de profundidad honra la memoria de este voluntarioso astronauta. En China, una estatua suya flanquea la entrada del centro de lanzamiento de satélites Xichang.

 

Benu, el pájaro egipcio

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Foto: Bettmann/Corbis

Hace muchos años que en el mágico Egipto, donde Louis Amstrong hizo sonar su trompeta, ya no vuelan los pájaros benu. Fueron una clase de garzas de gran tamaño y su papel, en la sociedad egipcia de la época de los faraones, era el de garantizar la resurrección de los difuntos.

Los benu se habían creado a sí mismos: surgieron del estallido del corazón de Osiris o a partir del fuego en el que ardía un árbol en el templo de Ra. Pero hay muchas descripciones del pájaro benu en la mitología egipcia. A veces se presenta como un halcón dorado con cabeza de garza, con el plumaje rojo, dorado, escarlata, azul o rosa; pero, siempre como un pájaro de gran tamaño.

Es posible que el pájaro benu fuera la garza Goliat, que se ha encontrado en las orillas del Mar Rojo. Es una garza que puede medir hasta un metro y medio, se alimenta de peces y pequeños reptiles y anida en estuarios, pantanos y estanques. Vive con su pareja y no suele verse en grupos.

Los antiguos egipcios creían que los dioses tenían que manifestarse en cuerpos de animales: cocodrilos, leones, gatos, toros, serpientes, chacales y multitud de aves. Benu no fue el único pájaro que utilizaron para darle una morada a sus dioses. Ibis, un intermediario entre los dioses y los hombres y el halcón, Horus, que era el símbolo del soberano egipcio (el que vuela más alto), fueron otros ejemplos de animales voladores de su compleja mitología. Representaban a las almas de los hombres, en las que creían, con pájaros con cabeza humana. Ellos inventaron los pájaros con cabeza, antes de que sus descendientes, nosotros, concibiéramos la idea de hombres con la cabeza llena de pájaros.

Hoy, los benu se han perdido en el desierto, como las notas de la trompeta de Luis Amstrong. Pero hay un asteroide, en nuestro Sistema Solar, de unos 500 metros de diámetro que lleva el nombre del antiguo pájaro egipcio.

La NASA ha organizado una misión a Benu (Bennu): una nave espacial partirá de la Tierra en 2016 y tratará de extraer algunas muestras del asteroide, no menos de 60 gramos, para regresar otra vez a nuestro planeta en 2023. El material de Benu aportará información sobre los orígenes de nuestro Sistema Solar y también acerca de los asteroides que siguen órbitas próximas a la de la Tierra y con los que nuestro planeta podría colisionar. Pero, quizá, lo más innovador en este proyecto de la NASA es que ha invitado a cualquier persona para que envíe su nombre, antes del 30 de septiembre a la dirección http://planetary.org/bennu. Después de enviar el nombre es posible descargar e imprimir un certificado de participación en la misión OSIRIS-REX. La NASA grabará los nombres de los participantes en un microchip que acompañará la nave espacial durante toda la misión. De este modo, los nombres de los participantes viajaran por el espacio exterior y la NASA se compromete a informarles del paradero del microchip a través de Facebook y compartir con ellos las noticias más importantes del viaje. Mi certificado es el 313846, así que al parecer en el microchip de la nave ya ha embarcado un número considerable de pasajeros.

 

Rosetta, cada vez más cerca de su objetivo

Imagen: ESA

Imagen: ESA

67P/Churyumov-Gerasimenko espera pacientemente que Philae se pose en la superficie de su cuerpo. Eso ocurrirá el 11 de noviembre de este año, si todo funciona de acuerdo con lo previsto. El robot viaja por el espacio a bordo de Rosetta desde que, hace 10 años, despegó de Kourou, en la Guayana francesa. Todavía está a unos 20 000 kilómetros de su objetivo, pero eso no es nada comparado con los 6000 millones de kilómetros que ya ha recorrido desde que abandonó la Tierra.

El pasado 20 de enero, la NASA comunicó que Rosetta les había saludado. Dijo “Hola Tierra”, cuando despertó de su larga hibernación, de unos dos años y medio, en la que la mayor parte de sus sistemas se habían desconectado, para ahorrar energía, mientras viajaba por los confines de nuestro Sistema Solar. Ahora ya está muy cerca de 67P, un cometa de unos 4 kilómetros de diámetro. El robot que transporta Rosetta, Philae, tiene asignada la misión de aterrizar en la superficie del cometa para estudiar su composición y las transformaciones que se produzcan cuando se aproxime al Sol.

Los cometas, como 67P/ Churyumov-Gerasimenko, son los cuerpos celestes más antiguos de nuestro Sistema Solar y conservan una gran cantidad de material volátil. Los cometas se formaron a una gran distancia del Sol, hace unos 4600 millones de años, y las bajas temperaturas han preservado su composición inicial. Son similares a lo iceberg oceánicos de los mares fríos. Sus colas se forman cuando se aproximan al Sol y algunos de sus materiales se evaporan. Los millones de cometas de nuestro Sistema Solar han contribuido a configurar el estado actual de los planetas y sus satélites. Se conservan cráteres en la Luna y Mercurio que se deben a los impactos de estos cuerpos celestes. En la Tierra pudieron ser los responsables del desarrollo de la vida y de la existencia de las grandes masas de agua que forman sus mares y océanos.

El largo viaje de Rosetta para interceptar su objetivo, el cometa 67P, solo pudo hacerlo siguiendo una trayectoria según la cual ha tenido que orbitar casi cuatro veces alrededor del Sol y auxiliarse de maniobras con apoyo de las fuerzas gravitatorias de otros planetas. La imagen de este artículo representa a Rosetta, en su vuelo a unos 250 kilómetros sobre la superficie de Marte, el pasado 25 de febrero de 2007. Desde Darmstadt, en Alemania, se planifican y controlan, todas las trayectorias de Rosetta.

El 4 de junio, la cámara Osiris, desde la nave espacial Rosetta, tomó una imagen de 67/P. Estaba a 430 000 kilómetros de su objetivo. El cometa parece estar menos activo que el pasado mes de abril, cuando mostraba una extensa cola; su intensidad lumínica ha disminuido. Conforme se acerque al Sol, los cambios de aspecto son impredecibles.

Los técnicos trabajan en el diseño y ejecución de las maniobras finales para asegurarse de que Philae pueda aterrizar sobre el cometa sin problemas. En total quedan 6 maniobras de aproximación y las últimas se efectuarán el 6 de agosto, cuando Rosetta se encuentre a 100 kilómetros del cometa.

Las comandantes de vuelo

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Élise Léontine Deroche

Desde hace ya muchos años las “pollas” ya no son imprescindibles en la cabina de vuelo de un avión comercial. Carey Smith, comandante piloto de la compañía canadiense WestJet tuvo que dar esta explicación a un pasajero que le había dejado una nota, en su asiento, antes de abandonar el avión en un vuelo suyo de Calgary a Victoria. En la misiva, el pasajero le informaba de que esperaba que la próxima vez la línea aérea le advirtiera de que una mujer pilotaba su vuelo, para no embarcarse. Carey le contestó con una frase, en Facebook, en la que irónicamente se refería a las “pollas” (en inglés, cock), en un contexto con doble intención en el que también mencionaba la palabra cabina de vuelo (en inglés, cockpit). El episodio tuvo lugar en Canadá hace tan solo unos meses.

En Brasil, un pasajero de TRIP Linhas Aéreas en un vuelo que partía de Bello Horizonte se plantó de pie en el pasillo de la cabina para gritar: “Alguien debería haberme dicho que el comandante es una mujer. Yo no vuelo con una mujer a los mandos.” Y no voló, porque la comandante dio orden de que lo desembarcaran. De eso, ya han pasado un par de años.

De acuerdo con la Asociación Internacional de Mujeres Pilotos, de los 130◦000 pilotos que vuelan hoy en las líneas aéreas comerciales, en todo el mundo, tan solo unas 4000 (3% del total, aproximadamente) son mujeres y de ellas 450 desempeñan la función de comandante. En España, según el Sepla, el colectivo de 5300 pilotos profesionales cuenta con 159 mujeres (un 3%). Cuando Élise Léontine Deroche recibió lo que fue la primera licencia de vuelo que obtuvo una mujer en la historia de la aviación, el 8 de marzo de 1910, el Aéro Club de Francia le otorgó el número 36. Ese día, de 36 pilotos franceses, solo había una mujer (otro 3%, aproximadamente). En 104 años, no han cambiado mucho las cosas y es como si las mujeres estuvieran llamadas a perpetuar una cuota del 3% en el colectivo de vuelo.

La entrada de las mujeres en las cabinas de vuelo de la aviación comercial, para asumir el mando de las aeronaves, está siendo un proceso muy lento. Una de las pioneras, Beverley Bass, que en 1986 fue noticia por ser la primera mujer comandante de un gran avión de largo recorrido (Boeing 777), tuvo que trabajar muy duro para conseguirlo. Empezó acumulando horas de vuelo por las noches, con un avión Bonanza con una sola hélice en el que por 5 dólares a la hora transportaba cadáveres; de día aprovechaba para estudiar. Cuando ingresó en American Airlines, en 1976, tenía las mismas horas de vuelo que sus compañeros masculinos, la mayoría de ellos las habían obtenido cómodamente en las Fuerzas Aéreas y a cambio de un salario.

La pionera de la aviación comercial británica Yvonne Pope Sintes, que en 1972 consiguió volar como comandante, explica la ausencia del género femenino en las cabinas de vuelo así: “Las mujeres son tan buenas como los hombres, pero parece que tienen asuntos domésticos y no todas ellas quieren dedicarse a un trabajo que requiera todo su tiempo”.

En Japón hasta el año 2010, ninguna mujer había asumido el mando de una aeronave perteneciente a las principales aerolíneas niponas. Ari Fuji, de 42 años, dijo que “nadie, ni siquiera ella pensó que conseguiría hacerlo una realidad”; tan escasa era su fe en alcanzar la posición de primer mando a bordo de una aeronave comercial.

A mitad camino entre la progresista American y la conservadora Japan, en 1998, Bettina Kadner, se convirtió en la primera comandante de la compañía aérea española, Iberia. En enero de este año 2014, Marta Pérez Aranda, realizó el primer vuelo intercontinental en el que un comandante femenino de Iberia dirigía la tripulación de la aeronave, con 22 años de retraso con respecto a lo que ocurrió en Estados Unidos. Con su vuelo de Madrid a Sao Paulo, a bordo de un A-340, Marta se incorporaba a la flota de largo recorrido de la compañía. Cinco meses después Marta marcaba otro hito histórico en la aerolínea española: una comandante, dos pilotos, una sobrecargo y diez azafatas, volaban a Sao Paulo con una tripulación compuesta exclusivamente por mujeres. Pero, si tenemos en cuenta que Iberia vuela a Suramérica desde el año 1946, en que empezó a operar la ruta a Buenos Aires con sus DC-4, han tenido que pasar 68 años para que una mujer asumiera el mando en un vuelo intercontinental. Son muchos años.

Una de las últimas incorporaciones al grupo de mujeres comandantes es la de Yasmeen Fraidoon, la primera que lo ha hecho en la aerolínea de bandera, Gulf Air, del reino de Bahrein; ocurrió el mes de marzo del presente año.

Las mujeres no están peor dotadas que los hombres para ejercer el mando a bordo de una aeronave comercial. Yvone Pope tiene razón. Hace ya muchos años, la famosa aviadora estadounidense, Jackie Cochran, financió el proyecto del doctor Lovelace que pretendía demostrar que las mujeres podían llevar a cabo misiones espaciales, igual que los hombres. Era una respuesta a la selección por parte de la NASA de sus primeros astronautas, todos varones. Lovelace consiguió demostrar, con un grupo de voluntarias, que las pruebas que pasaron los astronautas masculinos también las podían superar las mujeres. Aquellos resultados dieron pie a que los responsables del proyecto de Lovelace cursaran una protesta formal al Senado, por discriminación; una decisión que haría saltar las alarmas institucionales porque si la enmienda presentada prosperaba el programa Mercury se vendría abajo. Era un proyecto impulsado por el Gobierno para remontar la ventaja que la Unión Soviética llevaba a Estados Unidos en la carrera espacial. Fue la propia mecenas que financió los trabajos de Lovelace, Jackie Cochran, quien le retiró su apoyo, preocupada por la posible interferencia de aquella iniciativa con los planes del presidente Einsenhower. Hubo quién pensó que Jackie lo hizo para preservar su condición de “primera aviadora del país” que estaba destinada a perder con la aparición de una astronauta.

No es por falta de capacidad. Un factor que explica la escasa presencia de pilotos en las aerolíneas comerciales estriba en que las Fuerzas Aéreas de casi todos los países, hasta hace poco tiempo, no han aceptado a mujeres en sus unidades de vuelo. Las Fuerzas Aéreas han sido la principal fuente de suministro de pilotos de las aerolíneas comerciales durante muchos años.
También es posible que a muchas mujeres no les atraiga la idea de pilotar un avión. No hay duda de que son capaces de volar con la misma destreza que un hombre, deberían tener las mismas oportunidades para hacerlo, y plena libertad para elegir su profesión. Pero, lo más importante es que podemos tener la certeza de que si, en un vuelo, nuestro avión está en manos de una comandante, alguien excepcional va a ocuparse de nuestra seguridad.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

Un accidente insólito: Aloha 243

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La reina Lili’uokalani fue el último monarca de Hawái. Se rindió ante la superioridad de las fuerzas estadounidenses que ocuparon su país el 17 de enero de 1893. A la reina le gustaba escribir poemas y componer música. Muchos paisanos la recordarían con cariño y la línea aérea de bandera de su archipiélago, Aloha, bautizó uno de los primeros Boeing 737 que recibió, en 1969, con el nombre de su soberana.

El 28 de abril de 1988 el Boeing 737 Queen Liliuokalani efectuaba el servicio de vuelo Aloha 243, de la isla de Hilo a Honolulu, en Hawái, con 89 pasajeros a bordo y 6 tripulantes. En sus cerca de 20 años de servicio había acumulado 35 496 horas de vuelo y 89 680 aterrizajes y despegues. Ese día ya había realizado tres servicios de ida y vuelta, desde Honolulu a Hilo, Maui y Kawai, con toda normalidad. Las condiciones meteorológicas eran buenas.

En la cabina de vuelo iban tres personas, los dos pilotos y un tripulante en el asiento auxiliar. Entre el comandante, Robert Schornstheimer, de 44 años, y el copiloto, Madeline Tompkins, de 33 años, acumulaban más de 15 000 horas de vuelo en aviones Boeing 737.

A las 13:48 horas los pasajeros en las primeras filas contemplaron atónitos como un trozo del techo, en la parte izquierda del avión, se desprendió. Clarabelle Lansing, una de las azafatas, con 37 años de servicio en la compañía, fue arrastrada por la violenta descompresión y desapareció. La cabina se convirtió en unos instantes en un torbellino de papeles, libros, billetes y objetos revueltos al tiempo que saltaban las máscaras de oxígeno.

En ese momento, el copiloto llevaba los mandos de la aeronave, había estabilizado el avión a 24 000 pies. Notó una punzada en el pecho, pero de forma instintiva continuó volando, durante unos diez o doce segundos; en su cabeza dominaba la idea de que, por encima de todo, debía mantener el control del aeroplano. El comandante, Robert Schornstheimer, se percató de que la puerta de la cabina de vuelo había desaparecido y que a sus espaldas se abría un extraño cielo azul en el lugar que debía de ocupar parte del fuselaje del avión. Schornstheimer tomó el control de la aeronave; el aparato se alabeaba con facilidad hacia los dos lados y sintió como si los mandos estuvieran muy blandos. Decidió aterrizar en el primer aeropuerto que pudiese, inició un picado profundo y le dio instrucciones al copiloto para que contactara con la torre del aeropuerto de Kahului, en Maui, que estaba a unos 43 kilómetros al norte.

La voz de Madeline Tomkins invadió de forma inesperada el habitáculo de la torre de control: “Torre de Maui, Aloha dos cuarenta y tres, vamos a aterrizar. Estamos justo al oeste de Makena, descendiendo a 13◦000 pies, y tenemos una rápida depr…estamos despresurizados. Declarando una emergencia…”.

En la cabina de pasajeros el agujero aumentaba, partes del avión y trozos del fuselaje eran arrastrados por aquel torbellino que había convertido lo que era un vuelo apacible en una pesadilla. El agujero cada vez era más grande y parecía como si el avión entero se estuviera desintegrando y sus restos fluían por aquella abertura. Algunos pasajeros empezaron a entonar canciones, otros estaban convencidos de que en breve todo se habría acabado y los menos pensaron que aún no les había llegado su hora y saldrían vivos de allí.

El comandante Schornstheimer durante un momento pensó que la rueda de morro del tren de aterrizaje no se había desplegado, pero desde la torre de control le notificaron que estaba fuera. El copiloto que atendía la radio informó a la torre de que no podían comunicarse con la tripulación de cabina y que no sabían cuántas personas estaban heridas, pero que necesitaban una ambulancia y todos los servicios de emergencia.

Unos trece minutos después del accidente, el avión efectuó un aterrizaje de emergencia en Kahului, el aeropuerto de Maui. La rueda de morro golpeo primero la pista de aterrizaje y después lo hicieron las otras. El avión se detuvo en pocos metros. La tripulación desplegó las rampas de emergencia y ayudó a que los pasajeros desalojaran el avión con rapidez. Como en la isla no había más de un par de ambulancias los 65 heridos tuvieron que utilizar furgonetas turísticas de Akamai Tours para desplazarse al hospital. La única persona que falleció en el accidente fue la azafata Clarabelle Lansing.

El avión, cuyo nombre rememoraba a la última soberana de Hawái, el Queen Liliuokalani, sufrió daños irreparables y tuvo que ser dado de baja del servicio. La serenidad y destreza de la tripulación hicieron posible que aquel terrible accidente no tuviera peores consecuencias que hubieran podido ser desastrosas.

La investigación oficial que se llevó a cabo para determinar las causas del accidente determinó que su origen estuvo en la existencia de múltiples grietas de “fatiga” adyacentes a los agujeros de la fila de remaches de la junta del fuselaje en la sección S-10L. En estas juntas, de soldadura fría, las planchas del fuselaje se solapaban, estaban unidas con remaches y entre ellas se colocaba un material adhesivo.

El informe oficial dio origen a una inacabada controversia. Matt Austin, un ingeniero mecánico e inspector de calderas, desarrolló la teoría de que la rotura abrupta del fuselaje se produjo por un efecto de “martillo fluido”. Según Austin, el agujero inicial fue relativamente pequeño y al succionar el cuerpo de la azafata se bloqueó la salida; esto disminuyó abruptamente el tamaño del orificio lo que indujo un extraordinario pico de presión en la cabina (·”martillo fluido”) que originó la rotura masiva del fuselaje. Los investigadores no han admitido este supuesto como válido y siguen creyendo que el desgajamiento del techo del avión estuvo originado por la existencia de múltiples grietas. Lo más sorpresivo del accidente fue que se produjo un desprendimiento del fuselaje cuya extensión pone entredicho la teoría de que un fallo estructural debería ser, en mayor medida, controlable.

En cualquier caso, el accidente del Queen Liliuokalani ha servido para que la industria aeronáutica mejore sus procedimientos de mantenimiento, el diseño y la fabricación de las aeronaves, de forma que es casi imposible que otro accidente de este tipo vuelva a ocurrir.

Libros de Francisco Escartí (Si desea más información haga click en el enlace)
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El secuestro del LH 181

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Durante los primeros días de octubre de 1977, dos parejas de turistas más aterrizaron en Palma de Mallorca: Zoahir Youssif Akache, un palestino nacido en Beirut de 23 años que había estudiado ingeniería aeronáutica en el Reino Unido, y su prometida, Hind Alameh, de 22 años, cristiana libanesa, junto con Wabil Harb, perteneciente a una acaudalada familia del Líbano y Suhaila Sayeh, palestina, de 23 y 22 años, respectivamente. Los jóvenes se hospedarían en un lujoso hotel mallorquín. Durante varios días disfrutaron de sus vacaciones sin reparar en gastos. Sin embargo, cuando llegaron a Palma de Mallorca no tenían billetes para regresar a su lugar habitual de residencia. Harb reservó dos billetes en primera clase en la agencia Euroclub, en la calle de Jaime III de la capital mallorquina, para el vuelo de Palma de Mallorca a Francfort del 13 de octubre. Pagó en efectivo. Akache compró dos plazas en el mismo vuelo, pero en clase turista, en la agencia de Viajes Iberia SA, en el Paseo del Generalísimo Franco. Una de las últimas noches en Palma de Mallorca asistirían a un espectáculo de flamenco.

El jueves 13 de octubre, los cuatro turistas embarcaron en el aeropuerto de Son Sant Joan en el vuelo de Lufthansa LH 181. Vestían con prendas habituales en la gente joven de la época: camisetas de manga corta con el rostro del Che Guevara impreso. Pero, entre los artículos de uso personal, que llevaban en su equipaje, contaban con una colección de artefactos muy particular: dos pistolas, seis granadas y un kilogramo y medio de explosivo plástico, capaz de destruir por completo el Boeing 737 en el que habían embarcado. Las medidas de seguridad aeroportuaria de aquella época no efectuaban controles rigurosos del equipaje que los pasajeros embarcaban en las aeronaves. Los cuatro turistas habían pasado la frontera española con pasaportes iraníes y holandeses, falsos.

En la cabina de vuelo, el comandante Jürgen Schumann, de 37 años, antiguo piloto de la Lufwaffe y Jürgen Vietor, copiloto, ex piloto de la Marina, se preparaban para el despegue. En la cabina de pasaje, tres azafatas, Hannelore Piegler, jefa de cabina, Anna-María Staringer y Gabriele Dillmann ayudaban a los pasajeros a acomodarse en sus asientos. El Boeing 737-230 de Lufthansa, Landshut, llevaba el nombre de una bonita ciudad bávara, famosa por su escudo con tres yelmos y la altura de la torre de ladrillo de su iglesia de San Martín. Tan solo faltaban unas horas para que Landshut alcanzara también la fama por otras razones.

El avión despegó a la hora prevista y cuando habían transcurrido unos 30 minutos, los controladores franceses advirtieron que la aeronave se desviaba de su ruta. En la cabina, Zoahif Youssif Akache apuntaba con una pistola a la cabeza del comandante Schumann para ordenarle que se dirigiese a Chipre. A Vietor, el terrorista lo había mandado a la cabina con los pasajeros. Poco después se apoderó de la radio para enviar un mensaje al centro de control de tráfico aéreo en el que, con voz firme y amenazante, informaba a los controladores de que el avión estaba bajo su mando y supervisión. Schumann le dijo que no tenían combustible para volar hasta Chipre y le sugirió que hicieran escala en Roma. Akache tuvo que aceptar la propuesta del comandante.

Poco antes de que el aparato aterrizara en Roma, el canciller alemán, Helmut Schmidt, fue informado del secuestro y el ministro del Interior de Alemania Occidental, Werner Maihofer, ya había organizado un grupo para seguir el incidente.

Una vez en Roma, los secuestradores pidieron la liberación de 10 terroristas de la Facción del Ejército Rojo, detenidos en la prisión de JVA Stuttgart-Semamheim, junto con la puesta en libertad de 2 palestinos que se encontraban en una cárcel turca y 15 millones de dólares.

Helmut Schmidt era un firme partidario de adoptar una posición muy dura con los terroristas. Hacía cinco semanas que el grupo Siegfried Hausner, de la Facción del Ejército Rojo, había secuestrado al presidente de la Confederación de Asociaciones de Empresarios y de la Federación de Industrias Alemanas: Hanns Martin Schleyer. El representante de la patronal, un hombre muy radical en sus planteamientos capitalistas, había pertenecido a las SS y después de la guerra los aliados lo mantuvieron preso durante tres años. En 1968 se convirtió en el blanco de los movimientos estudiantiles más revolucionarios. Desde el 5 de septiembre de 1977 la Facción del Ejército Rojo lo .tenía secuestrado y pedía a cambio de su libertad la excarcelación de prisioneros pertenecientes a su grupo terrorista. El secuestro del vuelo de Lufthansa LH 181 tenía que estar relacionado con el de Schleyer. El canciller alemán creó un gabinete de crisis en el que participarían sus ministros de Exteriores, Interior, de Justicia y de Estado, cuyo titular era Jürgen Wischnewski. Helmut Schmidt estableció contactos telefónicos con muchos jefes de Estado, entre ellos el británico James Callaghan quién le mostró su apoyo incondicional en la línea de dureza que sugería el alemán y le ofreció la colaboración de su organización antiterrorista: el Servicio Aéreo Especial (SAS).

El ministro alemán de Interior, Werner Maihofer, le pidió a su colega italiano, Francesco Cossiga, que ordenara disparar contra los neumáticos del aeroplano para impedir que pudiese despegar. Sin embargo, el primer ministro, Julio Andreotti, era partidario de evitar que aquel conflicto tuviera que resolverse en su país, por lo que facilitó la salida del vuelo LH 181, después de repostar, que a las 17:45 despegó rumbo a Chipre, con el segundo piloto, Vietor, otra vez en la cabina de vuelo.

Los servicios de inteligencia alemana, con la ayuda de los británicos no tardarían mucho tiempo en identificar a Zoahir Youssif Akache. Scotland Yard sopechaba que Akache había sido el autor material del asesinato del ex primer ministro de Yemen del Norte, al-Qadi Abdulla al-Harj, su esposa y otro diplomático que había tendido lugar en la entrada del hotel Bayswater, en abril de aquel mismo año, en Londres. Tres disparos en la nuca a sangre fría, con una pistola con silenciador, sirvieron para acabar con la vida de los ciudadanos yemeníes. Akache había sido expulsado del Reino Unido, en 1976, después de pasar seis meses en prisión por enfrentamientos con la policía a raíz de manifestaciones callejeras en favor de la liberación de Palestina. Sin embargo, había conseguido entrar y salir del país en varias ocasiones, con pasaportes falsos. Su familia, de origen palestino se había visto obligada a emigrar a un campo de refugiados en el Líbano, en 1948. A principios de la década de los años 1970, Akache viajó a Londres para estudiar ingeniería aeronáutica y muy pronto se convertiría en un militante activo y extremista de los movimientos de liberación palestinos. En aquella misión del secuestro de la aeronave de Lufthansa, Akache, el líder de la célula terrorista que se denominó a sí mismo Martir Halime, se haría llamar Capitán Martir Mahmud. Pertenecían al Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), organización terrorista radical que se había escindido de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

El Landshut aterrizó en Lárnaca, Chipre, a las 20:28. El ministro de Asuntos Exteriores chipriota dirigió unas palabras a los terroristas para pedirles que liberasen a los niños, las mujeres y los enfermos. Mahmud contestó airado al funcionario diciéndole que no le importaba quién fuese y que no quería hablar con él. Después llegó un representante local de la OLP, Saharia Abdul Rachim, que trató de convencer a los secuestradores para que se entregaran, lo que desató la furia de Mahmud que le vociferó en árabe una letanía de improperios.

El canciller Schmidt autorizó la puesta en marcha de una operación de rescate liderada por el grupo antiterrorista Grenzschutzgruppe 9 (Guardia fronteriza 9), GSG 9. Esta unidad de élite se había creado después del secuestro del grupo de atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de 1972, por la organización Septiembre Negro, que finalizó con un tiroteo en la Base Aérea de Fürstenfeldbruck. La acción terrorista se cobró la vida de 11 israelíes, 5 terroristas y 1 policía. El coronel Ulrich Wegener, que entonces trabajaba en el ministerio del Interior, asumiría el mando y la preparación del GSG 9 el 17 de abril de 1973. Cuatro años más tarde, Wegener recibió el encargo de rescatar a la tripulación y los pasajeros del Landshut poco después de que su Gobierno tuviera noticia del secuestro. La operación recibió el nombre de Fuego Mágico.

A las 15:55, un Boeing 707 de la compañía Lufthansa, con 30 miembros del GSG 9 y varios oficiales de la policía y los servicios de inteligencia alemanes despegó de Alemania para dirigirse a Chipre. Apenas habían transcurrido unas horas del secuestro y los políticos alemanes ya disponían de un plan de actuación. Sin embargo el gobierno chipriota no autorizó el aterrizaje del avión en Lárnaca y tuvo que hacerlo en la base británica de Akrotiri que estaba a 80 kilómetros del aeropuerto en el que había aterrizado el Landshut. El gobierno de Chipre no veía con buenos ojos una operación de rescate alemana en su país.

Akache tenía la intención de aterrizar en Beirut y a las 22:50 el Landshut despegó con la idea de trasladarse al aeropuerto de aquella ciudad. Sin embargo, el Líbano le denegó el permiso para aterrizar. Lo mismo ocurriría con otros destinos alternativos que los terroristas eligieron, como Damasco, Amán y Kuwait. La diplomacia alemana trataba de negociar, con algún país de la zona, la posibilidad de que el avión de Lufthansa se estacionara en él con el propósito de resolver el conflicto mediante el uso de la fuerza. Cuando el LH 181 despegó de Lárnaca el Boeing 707 de Wegener voló a Ankara para quedar allí a la espera de instrucciones.

El Landshut se dirigió entonces Barhein. Un avión de Qantas informó a los pilotos del LH 181 que el aeropuerto de Bahrein estaba cerrado. La información se la confirmarían desde el centro de control, pero Schumann insistió que no tenía combustible para ir a otro lugar. Al final, el controlador de vuelo les proporcionó una frecuencia para iniciar el aterrizaje. A la 1:52, el Landshut aterrizó en Bahrein con una autorización temporal para reabastecerse. Cuando el avión se detuvo, un contingente de soldados lo rodeó. Mahmud volvió a tomar la radio y se dirigió al centro de control para anunciarle que disponían de 5 minutos para retirar las tropas porque si no lo hacían dispararía sobre la cabeza del copiloto: Vietor. Las tropas se replegaron, el avión fue reabastecido y despegó hacia Dubái a las 03:24 del 14 de octubre.

Durante esta corta parada en Barhein las conexiones entre las personas que tenían retenido a Schleyer y los secuestradores del LH181 se pusieron en evidencia. Las peticiones de los terroristas llegaron al gobierno alemán a través del abogado suizo Denis Payot, el mismo que había intervenido en el caso de Schleyer. Los terroristas establecieron el 16 de octubre a las 08:00 GMT como el tiempo límite para que les satisfacieran sus exigencias, o de lo contrario volarían el avión con los rehenes y Schleyer sería sacrificado.

Cuando el Landshut se aproximó a Dubái también se le denegó el permiso para aterrizar. Al amanecer, Schumann y Vietor, sobrevolaron el aeropuerto y pudieron comprobar con las débiles luces del alba que la pista estaba bloqueada con camiones y equipos anti-incendio. Schumann informó a la torre de que aterrizaría en cualquier caso. Retiraron obstáculos y, a las 5:40, Vietor aterrizó en Dubai. Los terroristas pidieron comida, agua, periódicos y que les retiraran las basuras.

El jefe del GSG 9, Ulrich Wegener, había llegado a Dubái en un avión; con él estaban dos británicos del SAS, Barry Davies y Alistair Morrison. El ministro alemán Wischnewski también viajó a Dubái en secreto, en otro avión distinto al de Wegener, desde Bonn, el sábado 15 de octubre. El ministro, en contacto directo con su canciller, se desplazó al lugar en donde se desarrollaba el conflicto para negociar directamente con las autoridades locales. El político alemán garantizó al gobierno de los Emiratos Árabes Unidos que no ordenaría un ataque al Landshut sin su autorización. El Boeing 707, con los hombres del GSG 9 que se habían desplazado, primero a Chipre y después a Ankara, regresó a Alemania. Desde allí seguiría el curso de los acontecimientos y podría equiparse con la dotación y el material idóneo, en función de la misión concreta que se le ordenase. El secuestro se había alargado más de lo previsto en un principio.

En Dubái, el comandante Schumann logró pasar a las autoridades locales la información del número de secuestradores a bordo. Mahmud se enteró, al interceptar una conversación vía radio, y el piloto estuvo a punto de perder la vida a manos del líder del grupo terrorista. Mientras los políticos y los expertos del GSG 9 alemán y el SAS británico discutían el modo de llevar a cabo una operación de rescate, en la cabina del Landshut el grupo terrorista mostraba signos de nerviosismo. Mahmud amenazó con matar rehenes, de uno en uno, si las autoridades no le permitían repostar combustible. A las 00:20 del 17 de octubre, el Landshut despegó de Dubái y puso rumbo a Salalah en Omán. Todos los planes de abordar el avión secuestrado en Dubái ya no servían de nada y el tiempo concedido por los secuestradores ya se había agotado.

El Landshut no conseguiría permiso para aterrizar en Omán y se dirigió hacia Adén, en el Yemen del Sur. Con las reservas de combustible prácticamente agotadas y Vietor pilotando la aeronave, desde la torre de control se les informó de que no tenían autorización para aterrizar. Las dos pistas del aeropuerto habían sido bloqueadas con vehículos. El copiloto no se lo pensó dos veces y decidió aterrizar en una franja de arena paralela a las pistas. El avión levantó una gran polvareda, pero logró posarse en tierra sin que, en apariencia, sufriera ningún daño. Mahmud autorizó a Schumann para que abandonara el avión e inspeccionara si el tren de aterrizaje o los motores habían sufrido algún desperfecto. Pero, Schumann, no sólo inspeccionó la aeronave sino que, al parecer, se puso en contacto con las autoridades locales para pedirles que accedieran a satisfacer las demandas de los terroristas y evitaran que el avión volviera a despegar. Muy nervioso ya, Mahmud requirió de forma insistente la presencia de Schumann a bordo mediante mensajes por radio y amenazó con volar la aeronave y sus pasajeros si no lo hacía de inmediato. Por fin, Schumann reapareció y Mahmud no le dio la oportunidad de explicar su ausencia. Le ordenó que se pusiera de rodillas y, en la cabina de pasaje, le disparó un tiro en la cabeza que acabó con su vida.

Después de repostar, Vietor volvió a tomar los mandos del aeroplano y a las 6:00 del día 17 de octubre despegó de Adén tras una larga y penosa carrera sobre la arena del desierto. Tan solo tardó 22 minutos en llegar a Mogadiscio, en Somalia, donde aterrizó sin ningún problema. Mahmud se mostró satisfecho con el copiloto y le dijo que ya no volarían más y que podía marcharse. Vietor se negó a hacerlo y decidió permanecer a bordo y correr la misma suerte que la de sus 86 pasajeros y 3 tripulantes que seguían con vida en la aeronave.

Los terroristas arrojaron el cuerpo de Schumann sobre la pista y advirtieron al mundo de que, si a las 16:00 h (locales) sus peticiones no se habían cumplido, volarían el avión. La noticia conmocionó a la opinión pública de todos los países civilizados y el papa, Pablo VI, se ofreció como rehén a los terroristas. Después de rociar a los pasajeros con bebidas alcohólicas, que sacaron de la tienda libre de impuestos de a bordo, los secuestradores recibieron un comunicado según el cual el gobierno alemán accedía a sus peticiones, pero les advertía de que el traslado de los prisioneros a Mogadiscio requeriría más tiempo del que disponían, por lo que se les solicitaba que ampliaran el plazo. Mahmud convino en extenderlo hasta las 2:30 del día siguiente (18 de octubre).

Mientras los políticos alemanes negociaban con las autoridades somalíes, el Boeing 707, con una fuerza compuesta por 30 especialistas, despegó del aeropuerto de Colonia-Bonn rumbo a Dkibouti. Cuando el avión sobrevolaba Etiopía el canciller Schmidt consiguió del presidente de Somalia, Siad Barre, permiso para que el equipo aterrizara en Mogadiscio. A las 20:00 el avión que transportaba a los hombres del GSG 9 tomó tierra en la capital de Somalia con los focos apagados. Wegener había llegado antes en otro avión y enseguida se puso a elaborar un plan para asaltar el Landshut. Sus hombres tardaron cuatro horas en descargar el equipo del Boeing 707.El jefe de las fuerzas especiales decidió que asaltarían la aeronave, a la vez, desde las dos puertas de emergencia sobre las alas y la delantera lateral; además, con anterioridad, otro grupo se introduciría en la aeronave por el portón trasero para interrumpir el suministro de energía eléctrica. Para entretener a los secuestradores, los representantes alemanes en el aeropuerto les pasaron un falso informe de progreso, sobre la liberación de los prisioneros, según el cual el avión que los traía acababa de despegar de El Cairo donde había hecho escala para repostar. Wegener fijó la hora del asalto a las 2:00 del 18 de octubre, media hora antes de que se acabara el plazo del ultimátum. Pocos minutos antes de que diera comienzo la operación de rescate, los soldados somalíes provocaron un fuego a unos 200 metros del morro del Landshut con el objetivo de distraer a los terroristas. Mahmud y dos de ellos corrieron a la cabina.

A las 2:07, los hombres del GSG 9, tal y como estaba previsto, hicieron saltar las puertas del avión. Wegener, a la cabeza de uno de los grupos, se introdujo por la puerta delantera y los otros dos grupos, dirigidos por el sargento mayor Dieter Fox y el sargento Joachim Huemmer, lo harían por las puertas de emergencia sobre las alas, al mismo tiempo. Muy poco antes, otro grupo de asalto había entrado por el portón de cola para desconectar el suministro de energía eléctrica. Los asaltantes ordenaron, en alemán, a los pasajeros y la tripulación que se lanzaran al suelo. Dotados con subfusiles MP-5, pistolas y potentes linternas muy direccionales los haces de luz de la fuerza de asalto localizaron primero a una terrorista en el pasillo, en la cola, y después a otros dos. Ráfagas, muy cortas, de ametralladora, los derribaron. Akache, el que durante los últimos cinco días se había convertido en el capitán Mahmud, apareció en la puerta de la cabina de vuelo, con una pistola en la mano, y aún le dio tiempo de hacer fuego antes de caer gravemente herido. Dos terroristas fallecieron en el avión, Akache lo haría horas después a causa de las heridas y tres pasajeros y una azafata sufrieron contusiones leves al igual que uno de los asaltantes. La única persona del grupo terrorista que sobrevivió después del asalto sería Souhaila Sayeh.

Se desplegaron las rampas de emergencia y los pasajeros y la tripulación abandonaron con rapidez el aeroplano. A las 2:12, cinco minutos después del asalto, la fuerza especial del GSG 9 dio por concluida la operación. El canciller Helmut Schmidt, en Bonn, recibió un mensaje por radio: «Cuatro oponentes eliminados- los rehenes libres- cuatro con heridas leves- un miembro de las fuerzas especiales ligeramente herido. La operación Fuego Mágico había finalizado con éxito».

Horas después de la liberación de los pasajeros del Landshut los tres prisioneros de la banda Baader Meinhof, Andreas Baader, Gudrun Ensslin y Jan Carl Raspe, aparecieron muertos en sus celdas. Los secuestradores de Schleyer tomaron a su rehén y lo metieron en un automóvil para trasladarlo de Bruselas a Mulhouse, Francia. A mitad camino lo mataron y dejaron su cuerpo en la maleta del Audi 100 en la calle Charles Péguy. Después, llamaron al periódico de París, Libération, para dar cuenta de su ‘ejecución’.

Jürgen Vietor, el copiloto que no quiso abandonar a sus pasajeros, volvió a reincorporarse al servicio de vuelo de Lufthansa pocas semanas después del secuestro. La casualidad hizo que tuviera que regresar a la cabina de vuelo del Landshut y por su heroico comportamiento durante el secuestro recibió la Cruz al Mérito de la Alemania Federal, de primera clase. En 2008, Jürgen devolvería la condecoración como símbolo de protesta por la liberación del terrorista Christian Klar que había participado en el secuestro y asesinato de Martin Schleyer en 1977. Una de las azafatas, Gabriel Dillmann también fue condecorada por los extraordinarios servicios que prestó a todos los pasajeros durante el trágico episodio. La prensa alemana la bautizaría con el nombre del Ángel de Mogadiscio.

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El Doble Burbuja y las flatulencias de las vacas.

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Hay más de mil millones de cabezas de ganado vacuno en la Tierra cuyos eructos y flatulencias producen gran cantidad de metano. Contribuyen de forma sustancial, y en mayor medida que el tráfico aéreo, a la producción de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento del planeta. La aviación comercial genera algo más de un 2% de las emisiones de CO2 en nuestro planeta. No sé muy bien qué puede hacerse con las vacas; he visto algunas fotos en las que les pintan un parche en el trasero, pero no creo que eso funcione. Sin embargo, la industria aeronáutica ha puesto en marcha un gran número de iniciativas para reducir las emisiones.

En 2008 la NASA adjudicó al Massachusetts Institute of Technology (MIT) un estudio dotado con 2,1 millones de dólares para que propusiera nuevos conceptos de aeronave más amigables, desde el punto de vista medioambiental, que pudieran llevarse a la práctica en el año 2035. En colaboración con otras empresas, el MIT presentó un aeroplano al que bautizaron con el nombre de D8 “Doble Burbuja” (Double Bubble). Su cuerpo, en vez de tener forma cilíndrica como los aviones convencionales, envolvía dos tubos, por lo que resultaba bastante más ancho, las alas eran finas y alargadas y los motores se ubicaban en la parte superior del fuselaje. Este avión, del tamaño de 737 y con capacidad para unos 180 pasajeros, en teoría consumiría un 70% menos que el modelo de la Boeing, aunque su velocidad de crucero sería ligeramente inferior.

Con un fuselaje más ancho, el Doble Burbuja, tiene una configuración similar a las alas volantes; quizá uno de los aspectos más revolucionarios del diseño es que los motores están colocados muy cerca del fuselaje, atrás, con la idea de que ingieran el flujo de aire que circula próximo a su superficie. En esta zona se encuentra lo que los técnicos denominan “capa límite”. La ingesta de la capa límite, por parte de los motores, puede contribuir a disminuir la resistencia de forma significativa. No es un concepto nuevo ni que no se haya implantado antes en otros vehículos marinos de uso militar, pero nunca se ha hecho en aviones comerciales.

La idea que presentó el equipo del MIT a la NASA en 2010 no se quedó archivada en una estantería, o en la carpeta de un ordenador, sino que el programa de investigación siguió adelante. La NASA; el MIT, Aurora Flight Sciences, Pratt & Whitney y el centro de investigación de United Technologies, realizaron ensayos con un modelo a escala 1:11 en el túnel de viento del centro Langley (NASA), en Virginia. La mayor parte de las pruebas estaban diseñadas para evaluar los efectos de la ingestión de la “capa límite”. Los resultados preliminares confirmaron los estudios teóricos, pero aún quedan muchos ensayos por llevar a cabo antes de que el concepto pueda darse por validado. Para los investigadores, el principal beneficio de este proyecto es el análisis del flujo de aire en la parte final del fuselaje y el estudio de la aminoración de resistencia por el efecto de la absorción de la “capa límite”, por parte de los motores; también se plantean la viabilidad práctica de la operación de los propulsores en estas condiciones.

Es un proyecto que apunta a cómo podría ser la configuración de una aeronave tres generaciones más avanzada que las actuales, en el año 2035, con el ánimo de disminuir el consumo de combustible en un 70%. Si la tecnología es capaz de lograr esos objetivos podríamos permitirnos que el tráfico aéreo se multiplicara por dos para entonces y, al mismo tiempo, disminuir las emisiones de CO2 de la aviación comercial.

Quizá resulte más complicado resolver el problema de las vacas.

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

El desastre del Hindenburg

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Hindenburg, 6/05/1937, Lakehurst

El 6 de mayo de 1937 Hugo Eckener había acudido a la Universidad de Graz, Austria, para pronunciar una conferencia ante los estudiantes de la Politécnica. Al mediodía compró el periódico y se enteró de que el dirigible Hindenburg de la Compañía Alemana de Zepelines, de la que él era presidente, había tenido una travesía difícil a través del Atlántico Norte y su llegada a Lakehurst, Nueva Jersey, se retrasaría 12 horas. A los mandos del dirigible volaba el comandante Ernst Lehmann, director gerente de la empresa, auxiliado por el capitán Max Pruss y una tripulación de 61 personas que transportaba a 36 pasajeros.

Aquel año, Hugo Eckener, cumpliría 69 años y había dedicado toda su vida a los zepelines, una idea original del conde Zeppelin a quien conoció en Friedrichshafen cuando escribía su tesis doctoral y nada sabía sobre aquellos gigantescos artefactos. La personalidad y la voluntad de aquel viejo general conquistaron su ánimo y el joven estudiante se convertiría, primero en el hombre que dirigía las relaciones públicas del aristócrata, después en el jefe de operaciones de su flota de dirigibles y cuando Ferdinand von Zeppelin falleció, en 1917, asumió la máxima responsabilidad de la empresa. Durante la I Guerra Mundial los zepelines resultaron ser armas demasiado vulnerables y, aunque causarían terror a la población civil, sus bombardeos originaron menos daños de lo que muchos pensaron en un principio que podrían originar. Después de la contienda Hugo Eckener retomó la idea del uso de los grandes dirigibles de cuerpo rígido en viajes comerciales de largo recorrido y construyó el Graf Zeppelin, que había alcanzó una merecida fama, a nivel mundial, por sus extraordinarios viajes. Las excursiones del Graf alrededor del mundo, al Ártico y a través del Atlántico relanzaron la imagen de Hugo Eckener y los grandes zepelines a nivel mundial.

Aquella noche austríaca del 6 de mayo de 1937, en Graz, Hugo Eckener tardó algún tiempo en conciliar el sueño. Hacía dos años que había perdido el control de las operaciones de la empresa de zepelines. La construcción del Hindenburg (LZ-129), requirió una cantidad de dinero que tuvo que solicitar del Ministerio del Aire alemán y el titular de la cartera, Hermann Goering, en marzo de 1935, aprovechó la ocasión para relegarlo a un segundo término. En la nueva sociedad, que creó para la explotación del tráfico aéreo de largo recorrido, lo mantuvo con el título de presidente, pero designó a Lehmann – que simpatizaba en mayor medida con el nuevo gobierno del canciller Hitler- como director general. Las desavenencias entre Hugo Eckener y los nazis venían de tiempo atrás. Su primer encuentro con Hitler fue un episodio que no le gustaba recordar. Ocurrió en 1933 en un hotel cerca de Berchtesgaden y el político estuvo hablando, sin parar durante toda la entrevista, sobre asuntos intrascendentes. Tenía aspecto de burgués acomodado, o de cómico con aquel bigote a lo Charles Chaplin. Eckener se había opuesto a que el Graf Zeppelin paseara unas inmensas esvásticas pintadas en la envoltura, pero no tuvo más remedio que aceptar que los timones verticales del Hindenburg se decoraran con aquellos símbolos.

La realidad fue que, con la ayuda financiera de los nazis, la Compañía Alemana de Zepelines había desarrollado una actividad única en el transporte aéreo de pasajeros de largo recorrido. Durante el año anterior, en 1936, el Hindenburg cruzó diez veces el Atlántico Norte y la empresa realizó diecinueve viajes a Argentina. En la ruta Sur transportó 1006 pasajeros, 9252 kilogramos de correo y 9198 kilogramos de carga, entre la que cabía destacar la presencia de un coche y dos aviones. Todo ello con los dos zepelines de la sociedad: el Hindenburg y el Graf Zeppelin. La demanda excedía con creces la oferta disponible, los zepelines viajaban llenos de viajeros adinerados a los que no les importaba pagar un alto precio por el servicio y los dirigibles se habían ganado la fama de ser extraordinariamente seguros. Nunca, en la historia de la compañía, se había producido un accidente que causara la muerte de algún pasajero.

Para la temporada de 1937 el programa de vuelos era aún más agresivo. En concreto, se habían programado dieciocho vuelos a Estados Unidos, en vez de los nueve del año anterior. La serie de viajes a Lakehurst la acababa de iniciar el Hindenburg con el primer vuelo de la temporada hacía unos pocos días, el 3 de mayo de 1937.

Mientras se cernían las sombras sobre Graz y Hugo Eckener se preocupaba por el retraso del vuelo del Hindenburg y trataba de conciliar el sueño, el gran dirigible, a las 3:32 de la tarde (hora local), sobrevolaba Nueva York. En tierra, los taxis y los autobuses hacían sonar sus bocinas, la gente elevaba la mirada al cielo y en la azotea del edificio Empire State algunos curiosos fotografiaban la aeronave y otros la saludaban agitando las manos con energía. Unos cuantos aeroplanos volaban alrededor del inmenso dirigible de 245 metros de longitud y 41,2 metros de diámetro, propulsado por cuatro motores Daimler Benz de 1050 HP. Los aviones eran como moscas insignificantes a su lado. Desde el dirigible los pasajeros observaban la ciudad de los rascacielos, las riberas del Hudson, y la pequeña Estatua de la Libertad que parecía de juguete. En el puesto de mando, el capitán Max Truss observaba los instrumentos. A lo largo del viaje había tenido que volar con vientos en contra y no tuvo más remedio que informar a la base de Lakehurst, New Jersey, que llevaban unas doce horas de retraso. El capitán ordenó poner rumbo a su destino y el Hindenburg se alejó de Manhattan. El comandante Ernst Lehmann estaba en la cabina de pasajeros. Allí la gente hablaba de todo. Los más atrevidos hacían chistes sobre los nazis, en voz baja, otros discutían acerca de los sucesos de la guerra civil española y en uno de los círculos se comentaba lo seguros que eran los viajes en dirigible. Lehmann se atrevió a decir que “los zepelines nunca tienen accidentes”. De hecho, la compañía Lloyd de Londres había asegurado al Hindenburg con una prima muy barata, de 500 000 libras esterlinas, si se tenía en cuenta el coste del dirigible.

En Lakehurst esperaban al dirigible periodistas, cámaras, fotógrafos, familiares de los pasajeros, funcionarios del Gobierno y el equipo de la base de apoyo a las maniobras de vuelo, dirigido por Charles E. Rosendahl, compuesto por 110 militares de la Marina de Estados Unidos y 138 civiles. La hora de la llegada estaba prevista para las 06:00 de la mañana y la gente en el campo de vuelo ya mostraba signos de impaciencia y aburrimiento. Para los periodistas ya no se trataba de una novedad; durante la temporada anterior el zepelín había realizado diez vuelos. A las 04:00 de la tarde apareció el dirigible, pero el capitán Pruss estimó que las condiciones meteorológicas no eran las adecuadas para el aterrizaje. Envió un mensaje por radio para informar al equipo de tierra de que retrasaría el aterrizaje dos horas. Sobrevoló la base, dejó caer un paracaídas con una nota en la que confirmaba sus intenciones, y siguió hacia el sur.

A las 06:12 horas de la tarde soplaban ocho nudos de viento del oeste-noroeste, la visibilidad era de cinco millas y la tormenta había pasado. Rosendahl envió un mensaje a Pruss para notificarle que las condiciones para el aterrizaje eran buenas. En ese momento el dirigible volaba otra vez rumbo a Lakehurst, después de que en su trayectoria hacia el sur hubiera llegado hasta la desembocadura del Delaware. A los pasajeros a bordo del Hindenburg se les informó de que aterrizarían en breve y los que aún no lo habían hecho se dirigieron a las cabinas para cerrar las maletas. El capitán Lehmann se dirigió al puesto de control con Pruss.

Poco después de las 07:00 de la tarde el dirigible se aproximó al campo con un rumbo noreste, con sus focos delanteros encendidos. El viento soplaba variable de dos nudos del sureste en superficie y de seis nudos del oeste a 200 pies de altura. El techo de nubes estaba a 2500 pies. Rosendahl observó como el dirigible pasó sobre la vertical del mástil a unos 600 pies de altura y realizó un amplio giro hacia babor para tomar un rumbo noreste; después viró 180 grados también por babor y, cuando se aproximaba hacia el mástil, otra vez volvió a girar a babor para corregir después el rumbo con un viraje, algo cerrado, a estribor y se dirigió hacia la torre de aterrizaje. A las 07:19 el dirigible se aproximaba hacia la torre, quizá con demasiada velocidad. Para nivelarlo se expulsó hidrógeno y se liberó agua del lastre. Cuando estaba a unos 700 pies de la torre, Pruss ordenó a las góndolas que pusieran la reversa de los motores y el dirigible se detuvo con brusquedad. A las 07:21 el primer cabo de anclaje cayó a tierra. El equipo de tierra amarró la línea de babor y después la de estribor. Pruss y Lehmann quedaron satisfechos con el aterrizaje. El radio telegrafió al Graf Zeppelin, en vuelo de regreso de Argentina, para notificarle que el Hindenburg había aterrizado en Lakehurst, sin ningún problema.

La mayor parte de los pasajeros estaba en el salón principal de estribor, preparados para pasar la inspección de aduanas y desembarcar. Diecisiete empleados de aduanas, seguidos de oficiales de inmigración y sanidad se dirigían hacia la aeronave. Los motores se detuvieron poco a poco. El Hindenburg estaba anclado y a unos setenta y cinco pies de altura sobre el suelo. Todo estaba bien, en apariencia.

Surgió una pequeña llamarada arriba y atrás, en el borde de ataque del timón vertical de dirección en el que lucían las grandes esvásticas. En unos quince segundos las llamas se propagaron hacia adelante unos veinte o treinta metros y entonces se produjo la primera explosión. En la cabina de control Pruss sintió el golpe, oyó la detonación y pudo escuchar los gritos de la gente, horrorizada, en el campo de vuelo. “¿Qué ocurre?” preguntó. El oficial de radio le respondió: “La nave está ardiendo”. Pruss pensó en liberar lastre para estabilizar el dirigible, pero sabía que, en muy poco tiempo, se habrían convertido en una gigantesca antorcha y, si no lo nivelaba, quizá el personal de popa tendría la oportunidad de salvarse. La proa se levantó hasta alcanzar una altura de unos 500 pies para derrumbarse al poco tiempo. Desde el momento en el que apareció el fuego hasta que el Hindenburg se desplomó por completo, envuelto en llamas, transcurrieron 34 segundos.

El personal de tierra consiguió librarse del fuego, salvo un individuo que falleció en el accidente. Los pasajeros y la tripulación que se salvaron lo hicieron casi todos saltando por las ventanas e incluso algunos no llegaron nunca a averiguar cómo lo lograron. De las 97 personas que iban a bordo perecieron 35: 13 de los 36 pasajeros y 22 de los 61 tripulantes. Todos los miembros de la tripulación, en la cabina de control, permanecieron en sus puestos mientras el dirigible se mantuvo en el aire. Max Truss salvó la vida y Ernst Lehmann murió a causa de las quemaduras; en tierra, con la espalda consumida por el fuego y en estado de shock, exclamó antes de fallecer: “No puedo creerlo ¿Cuántas personas de la tripulación y el pasaje se han salvado?”
Muchos periodistas y fotógrafos presenciaron el desastre que sería la noticia de la primera página en la prensa de todo el mundo al día siguiente. El presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, envió un telegrama de condolencia al canciller alemán, Hitler, desde su yate Potomac con el que navegaba por el Golfo de México. El ministro alemán Goering mandó un mensaje de confraternización al Secretario de la Marina de Estados Unidos en el que exaltaba la unión y camaradería de todos los aviadores del mundo.

Ajeno a cuanto ocurría en New Jersey, Hugo Eckener había conseguido conciliar el sueño en Graz cuando el teléfono de su habitación sonó de forma insistente y premonitoria. Desde Berlín, un corresponsal del New York Times le dijo que lamentaba informarle que hacía una hora y media el Hindenburg había explotado en Lakehurst. El periodista, Weyer, también le preguntó si creía que había alguna posibilidad de que se tratara de un sabotaje. Eckener le dijo que le aclarase si el incendio se había producido en el aire y al saber que fue así le contestó que “quizá podía haber sido un sabotaje”. A las siete de la madrugada llamaron del Ministerio del Aire para que se trasladara a Viena en donde le esperaría un avión para llevarlo a Berlín. En la capital tuvo que darle explicaciones a un Goering furioso porque sus declaraciones al periodista del New York Times se habían interpretado por la prensa como que la opinión de Eckener era que se trataba de un sabotaje. Tuvo que salir al paso de aquella confusión con otras declaraciones públicas, ese mismo día. En cualquier caso, el gobierno alemán decidió que Eckener encabezara la comisión de investigación alemana que trabajó sobre las causas del accidente y que se desplazó a toda prisa a Lakehurst.

El informe de la comisión que presidió Eckener daba a entender que el incendio lo originó la carga eléctrica del dirigible que al lanzar los cabos de anclaje, sobre la tierra húmeda produjo un chispazo que originó el incendio favorecido por las descargas de gas durante la maniobra de aterrizaje. Otro motivo pudo ser el sobresfuerzo al que se vio sometida la estructura del dirigible durante la maniobra de aterrizaje. Sin quedar del todo claros los motivos, lo que sí pareció evidente fue que la maniobra de aterrizaje, en circunstancias meteorológicas similares, debería hacerse en lo sucesivo de otro modo.

A partir de entonces el Graf Zeppelin quedó amarrado en su hangar y no volvería a volar. Eckener trató de convencer a los estadounidenses de que autorizaran la venta de gas helio a Alemania para llenar las celdas del LZ-130, el último gran dirigible, en construcción, de su empresa de transporte aéreo. La opinión del presidente Roosevelt era favorable a otorgar el permiso y Eckener trató de convencer a los congresistas estadounidenses de que los dirigibles no tenían ningún valor militar. Por fin, el 7 de diciembre de 1937 se aprobó la exportación de helio para la construcción del LZ-130. Sin embargo, el 12 de marzo de 1938 la anexión de Austria por la Alemania de Hitler dio al traste con las autorizaciones y el LZ-130 tuvo que rellenarse con hidrógeno. Fue un dirigible que nunca transportó pasajeros y que se utilizó en demostraciones que exaltaban el poderío nazi hasta el comienzo de la II Guerra Mundial cuando se desmanteló, junto con el Graf Zeppelin, para que la industria aeronáutica pudiera utilizar el duraluminio de sus estructuras.

El desastre del Hindenburg, en Lakehurst, pondría punto final a la época del transporte trasatlántico de pasajeros en grandes dirigibles de cuerpo rígido, lo que también supondría el final del mundo que el doctor Hugo Eckener construyó siguiendo los pasos del conde Ferdinand von Zeppelin.

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