Dicen que Marte es un paraíso

df-20457_rv2

Dicen que Marte es un paraíso. No es frío ni cálido, parece que en su subsuelo hay agua en abundancia, tiene una gravedad que es del orden del 38% de la de la Tierra, a la que podríamos acostumbrarnos, posee una atmósfera protectora de las radiaciones y la duración del día y la noche es muy parecida a la de nuestro planeta. En nuestro Sistema Solar hay otros dos astros que orbitan cerca de la Tierra: la Luna y Venus. Sin embargo, la Luna tiene días que duran un mes y no posee atmósfera por lo que su superficie recibe numerosos impactos de meteoritos y se ve afectada por las radiaciones. En cuanto a Venus está muy caliente, la temperatura media ronda los 400 grados centígrados, la presión  alcanza las 90 atmósferas y sus noches pueden durar 120 días terrestres.

Así es que si queremos buscar una residencia en el Sistema Solar, solo nos queda Marte.

Marte gira alrededor del Sol en una órbita exterior con respecto a la Tierra y por tanto a menor velocidad. Aproximadamente, cada 26 meses la Tierra pasa cerca de Marte y eso abre una ventana de oportunidad para lanzar un cohete y alcanzar el planeta rojo en un tiempo estimado por la NASA del orden de nueve meses. Sin embargo esta cifra puede reducirse si contamos con suficiente combustible. Lo más probable es que las naves que en el futuro vuelen de forma regular entre la Tierra y Marte, lo hagan cada 26 meses.

Hay varios grupos que quieren colonizar Marte. La NASA no tiene previsto enviar un ser humano a este planeta hasta el año 2032, pero el creador de Space X y Tesla, Elon Musk, desea hacerlo en 2024. Dos años antes habría hecho viajar hasta el planeta rojo a uno de sus automóviles con una nave con capacidad para transportar 100 personas. Los planes del multimillonario estadounidense son sorpresivos: en febrero de 2017 anunció que en 2018 Space X transportará dos pasajeros de pago a la Luna. Pero la historia de los viajes a Marte va mucho más allá de una excursión de lujo a nuestro satélite, porque el objetivo de los exploradores marcianos será construir una infraestructura capaz de hacer viable la existencia de humanos en aquellas areniscas rojizas.

Si es posible enviar personas de la Tierra a Marte, y seguro que en algún momento no tan lejano llegará a serlo, no parece difícil que en ese planeta se pueda construir un entorno capaz de proteger a los individuos y suministrarles sus necesidades vitales. La colonia de Marte se regirá por sus propias normas éticas ya que no dependerá de ningún Estado terráqueo y deberá formar su propio Gobierno. Con enlaces regulares con la Tierra, cada 26 meses, en viajes cuya duración se reducirá posiblemente a tres o seis meses, los marcianos deberán encontrar el modo de obtener dinero de los terrestres para continuar con sus obras y desarrollar su economía. En un principio, la publicidad y el turismo podrán ser una fuente de ingresos importante, pero a medio plazo, necesitarán contar con otras como la minería, la experimentación o  cultivos especiales, imposibles de efectuar en la Tierra. Hay muchos expertos que piensan que en Marte será posible desarrollar actividades de gran interés para los terrícolas y que los colonizadores disfrutarán de una economía saneada.

Para Elon Musk, Marte es un negocio que viene persiguiendo desde hace muchos años, quizá el mayor negocio de su vida. No parece probable que el Gobierno de la colonia marciana cuya creación haya impulsado Space X vaya a depender de la empresa, interesada tan solo en continuar haciendo negocio con la línea de transporte aéreo entre la Tierra y Marte. El Gobierno marciano será independiente de Space X y muy pronto empezará a negociar con Elon Musk las condiciones de la ruta espacial: frecuencias de vuelo, horarios, capacidad de carga y pasaje, etc…Aparecerán otros transportistas, Lockheed Martin y Boeing, con casi toda seguridad, y el Gobierno marciano se beneficiará de la competencia. Elon Musk será cada vez más rico.

El problema surgirá con la NASA y las agencias espaciales de las que se consideran superpotencias, que no verán con muy buenos ojos el crecimiento de un Gobierno independiente en Marte. Y es muy posible que impulsen el desarrollo de otras colonias, en otras partes de la superficie del planeta, en las que sus miembros pertenezcan a la nación que los envía con ánimo de establecer una zona controlada por su bandera: la colonia estadounidense, la rusa, la china, la de la Unión Europea…Lo que no sabemos es si, una vez en Marte, después de contactar con el primer Gobierno local, los colonos abanderados seguirán sometidos a sus dueños terráqueos o se adherirán al poder ya establecido en el planeta rojo. Esta opción sería la más inteligente ya que evitaría conflictos entre colonos, especialmente indeseables en un territorio tan hostil.

La comunidad marciana crecerá y es muy posible que inicie un proceso de transformación del planeta, sobre todo si es capaz de extraer de forma masiva agua del subsuelo, cambiar la composición de la superficie exterior gracias al cultivo extensivo de algas e inyectar grandes cantidades de vapor de agua en la atmósfera, dióxido de carbono y oxígeno. El objetivo final sería hacer de Marte un planeta mucho más parecido a la Tierra.

Y el inhóspito planeta Marte se convertirá en el Edén , en donde la enseñanza y la atención médica serán gratuitas y universales, todos sus habitantes dispondrán de lo necesario para vivir, trabajarán con entusiasmo para la sociedad, respetarán las normas y las leyes que ellos mismos entiendan que son necesarias para sobrevivir y permanecerán unidos para hacer frente a la inmediata adversidad. Por eso dicen, que Marte es un paraíso.

 

 

¿Y si hay vida en los exoplanetas?

1_main_pia21423-png

NASA

 

Desde hace unos días sabemos que hay otros ocho planetas de una estrella remota en los que puede existir vida, igual que en la Tierra. El anuncio lo hizo la NASA, el 21 de febrero de 2017 al confirmar que, con el telescopio Spitzer, había descubierto siete planetas de la estrella TRAPPIST-1, en órbitas situadas, al menos tres de ellas, en lo que se conoce como zona habitable circunestelar; es la zona, alrededor de una estrella, en la que un planeta conserva una temperatura adecuada para el mantenimiento de la vida. Además de la temperatura, también es preciso que la masa del planeta sea suficiente para soportar una atmósfera a su alrededor y quizá que cuente con un campo magnético que lo proteja. La estrella TRAPPIST-1 y tres de los planetas, cuya existencia confirmó la NASA, ya los había descubierto el Instituto de Astrofísica y Geofísica de la Universidad de Lieja en 2015, desde el observatorio de Atacama, en Chile.

Según Michael Gillon, investigador principal del programa TRAPPIST, si las investigaciones posteriores nos revelan la existencia de oxígeno, metano, ozono y dióxido de carbón en las atmósferas de estos planetas, «eso nos diría que existe vida con una confianza del 99%»

La estrella del sistema TRAPPIST-1, cuyo nombre es el acrónimo de Transiting Planets and Planetesimals Small Telescope, es una enana roja, mucho más pequeña que el Sol y más fría. Los planetas giran alrededor de su estrella con periodos muy cortos que oscilan entre 1,5 días y 20 días, por lo que la duración de los años de estos cuerpos celestes es muy reducida en comparación con la de la Tierra. Se encuentra en la constelación de Acuario a una distancia de 39,13 años luz del Sol.

Estos tres planetas no son los primeros que se descubren con características que los hacen potencialmente habitables, al menos se han encontrado ya una docena de ellos, situados en órbitas de estrellas separadas de nosotros entre 4,2 y 1200 años luz. Todos son exoplanetas, porque se encuentran fuera del Sistema Solar.

Que se hayan encontrado unos doce exoplanetas en la zona habitable de su estrella no quiere decir que no existan muchísimos más en nuestra galaxia, en donde sabemos que hay del orden de algunos centeneras de miles de millones de estrellas; no es improbable que en varias de ellas existan planetas con características físicas que permitan el desarrollo de algún tipo de vida. Que la vida sea un fenómeno exclusivo de la Tierra, parece un tanto extraño. Pero, si las observaciones confirman la presencia de una atmósfera con gases, y agua, en estos planetas y creemos a Michael Gillon, llegaríamos a la conclusión de que con casi toda seguridad existe vida en determinados lugares concretos de nuestra galaxia.

Nos hemos acostumbrado a escuchar noticias sobre las galaxias, los agujeros negros, las enanas blancas, los quásares, pulsares, rayos cósmicos, radiación de fondo, big-bang, energía y materia oscura, y otros muchos elementos relacionados con el lejano universo que nos envuelve, pero nada resulta tan próximo, tan excitante y tan asombroso como cualquier asunto que tenga que ver con la vida en este espacio tan vasto, frío, lejano e incomprensible en el que se desarrolla nuestra existencia. Por eso, este tipo de noticias suscita un interés abrumador. La gente enseguida se pregunta cómo sería esa vida, hasta qué punto poseería inteligencia, cuánto tardaríamos en desplazarnos al lugar donde se encuentre y cómo podríamos comunicarnos con ella.

Con respecto a la forma y la inteligencia de dicha vida va a ser muy difícil sacar ninguna conclusión.

El tiempo necesario para llegar a un lugar que se encuentra a 39,3 años luz, con una nave espacial de las nuestras que viaja a no más de 28 000 kilómetros por hora (7,77 kilómetros por segundo), sería de un millón y medio de años. El problema es que si consiguiéramos una nave que viajara a una velocidad próxima a la de la luz, la energía necesaria para impulsarla sería de una magnitud tal que, al detener la nave en nuestro exoplaneta y liberarse dicha energía, lo destruiríamos. Puede parecer absurdo, pero es así. Hoy no conocemos atajos en el universo, aunque es posible que existan, con lo que las distancias a esos destinos son impracticables.

Quizá, la primera cuestión a resolver sería la de la comunicación y aquí también tenemos serios problemas. Para saber algo de estos exoplanetas, en la actualidad, los científicos observan las variaciones en las características de la radiación de la estrella cuando el planeta pasa por delante de la misma; eso ocurre cada vez que da una vuelta a la estrella. La fuente que emite la energía es la estrella y la que lo modula es el planeta. La potencia del emisor es gigantesca y la señal tarda años en llegar a la Tierra. Por lo tanto, la comunicación con objetos tan distantes plantea también problemas muy complejos: potencia de los transmisores, sensibilidad de los receptores y tiempo que tarda en propagarse la señal.

Todo apunta a que las cuestiones que nos planteamos la gente, con respecto a los exoplanetas habitables, no las podrán responder los expertos en muchos años. Ni siquiera el anuncio formal, por parte de la comunidad científica, de que en TRAPPIST-1 hay un 99% de probabilidades de que exista vida, hará que el plato de la balanza con las respuestas contenga una mínima parte del plato donde se acumulan las preguntas. Quizá eso sea lo más interesante de la historia y una muestra incontestable de nuestra insignificancia.

La Luna, tan lejos y tan cerca

Apollo-17-crater

Cernan y Schmitt, el último paseo lunar (1972)

 

Desde el 11 de diciembre de 1972 ningún ser humano ha pisado la Luna. El último fue Gene Cernan que se paseó por su inhóspita superficie con un magnífico todo terreno y que cuando, con su colega Schmitt, se subió al Módulo Lunar para regresar a la nave Apollo 17, puso punto final a las excursiones de los terrícolas a su satélite natural.

En poco más de tres años —desde que el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong y Buzz Aldrin hollaran el planeta terrestre por primera vez en la historia de nuestra especie— 12 astronautas en total lo visitaron. Desde entonces Japón, India, China, Europa y Estados Unidos han enviado sondas que se estrellaron en la superficie lunar; la Unión Soviética alunizó el Luna 24 en 1976 y China también logró otro alunizaje con una nave en 2013, en ambos casos las misiones no fueron tripuladas. Las exploraciones lunares no han sido muy frecuentes durante los últimos 40 años.

Hay compañías privadas que han anunciado la posibilidad de realizar vuelos turísticos a la Luna con naves biplaza y un coste del billete que podría rondar los 750 millones de dólares. Pero el turismo espacial se encuentra en una fase muy preliminar. Entre 20 y 40 millones de dólares pagaron los siete turistas que viajaron a la Estación Espacial Internacional en excursiones organizadas por Space Adventures, de 2001 a 2009. La empresa tuvo que cancelar sus viajes por falta de asientos disponibles en la nave Soyuz. Los viajes a la Estación Espacial Internacional duraban entre 10 y 14 días y constituían una verdadera experiencia espacial. De otra parte, ninguna compañía ha logrado satisfacer la demanda de pasajeros que ya han reservado plazas en vuelos suborbitales; Virgin Galactic, lleva mucho tiempo intentándolo, quizá en uno o dos años más lo consiga. Se tratará de vuelos en los que la nave se eleve unos 100 kilómetros de altura y describa una trayectoria balística como la de una bala de cañón. Los turistas podrán contemplar la curvatura de la Tierra, sentir la ingravidez, y poco más.

China ha manifestado que tiene intención de enviar astronautas a la Luna, lo que podría ocurrir en un par de décadas. Sin embargo, durante estos últimos años la NASA no se ha mostrado demasiado entusiasta con la idea de viajes tripulados a nuestro satélite natural. Charles Bolden, el director general de la agencia espacial estadounidense, ha hecho referencias en varias ocasiones, a posibles viajes a Marte, quizá para alinearse con un comentario del presidente Obama: «en la Luna ya hemos estado». Una misión tripulada al planeta rojo y las visitas a algún asteroide para desviarlo de su órbita son los proyectos que aparenta apoyar el responsable de la NASA. Sin embargo, su agencia no dispone de un plan detallado para ejecutarlos y menos de un presupuesto, o quizá sea tan escandalosamente caro que no se ha atrevido a publicarlo. Sin una idea muy clara de hacia dónde se dirige la organización espacial estadounidense, a su director general es muy posible que le queden pocos días en el cargo tras las próximas elecciones presidenciales en su país.

Son muchas las voces en Estados Unidos que claman por recuperar la idea de volver a enviar astronautas a la Luna y construir allí una base de operaciones, al menos como un primer paso del viaje a Marte. Es muy posible que la idea tome forma y se consolide. De acuerdo con un estudio de NextGen la agencia espacial podría enviar seres humanos a la Luna en cinco o siete años, crear un base permanente en diez o doce años. Para ello debería adoptar la misma práctica que emplea para reabastecer la Estación Espacial Internacional: haciendo uso de asociaciones con empresas privadas como SpaceX, Orbital ATK y United Launch Alliance. La prueba de que este tipo de contratación abarata los costes significativamente es que la carga que se pone en órbita con un cohete Falcon 9 de SpaceX, le cuesta a la NASA unos 4750 dólares por kilogramo; el precio, con el Saturn 5 del programa Apollo era de 60 000 dólares por kilogramo. El plan esbozado por NextGen sugiere que la NASA subcontrate todos los trabajos a dos empresas privadas, tal y como ha hecho en la Estación Espacial Internacional.

Es muy probable que en 2017 la Luna reciba nuevos visitantes, no serán personas humanas, pero sí robots construidos por empresas terrícolas. Google patrocina un premio (Google lunar Xprize) de 20 millones de dólares para el grupo privado que alunice un artefacto capaz de desplazarse al menos 500 metros sobre la superficie del satélite y transmitir a la Tierra imágenes de alta definición. La misión debe cumplirse antes de finales de 2017 y para optar al concurso es necesario haber contratado el lanzamiento de la cápsula espacial antes de que expire 2016. En agosto de 2016, dos empresas ya han suscrito acuerdos para el envío de sus robots a la Luna: Moon Express y SpaceIL. Quedan 14 equipos, con tiempo para hacerlo, que han manifestado su intención de concursar. Moon Express es una sociedad, estadounidense, creada para extraer materias primas de la Luna. SpaceIL es una empresa israelita que pretende enviar a nuestro satélite natural un vehículo muy pequeño que para recorrer los 500 metros dará un salto impulsado por un cohete; la primera ha contratado el lanzamiento con Rocket Lab y la segunda con SpaceX.

Muchos creen que la Luna posee riquezas naturales de gran valor. El agua helada de sus casquetes polares puede transformarse en hidrógeno (combustible) y oxígeno (comburente) que, almacenados en depósitos orbitando alrededor del satélite, servirían para reabastecer a las naves espaciales. La corteza lunar posee helio 3 en gran abundancia, comparada con el que podemos extraer de la terrestre. Sabemos que a partir de 2050 los reactores nucleares comerciales serán de fusión y, aunque en la actualidad se trabaja en la fusión del deuterio y el tritio (D-T), algunos opinan que la del deuterio y el helio 3 podría resultar más eficiente; es algo que está por confirmar. El helio 3 es escasísimo en la Tierra, difícil de obtener y muy caro, la Luna podría ser una opción interesante como fuente de helio 3 para las necesidades de nuestro planeta. La Luna es rica en materiales como el magnesio, aluminio, sílice, hierro, titanio e incluso platino procedente de meteoritos que han impactado en su superficie. El potencial minero del gran satélite terrestre ha captado el interés de varias iniciativas privadas que impulsan a la NASA a desviar su mirada del lejano Marte a la mucho más cercana Luna.

Todo apunta a que la Luna volverá a estar muy pronto de moda. En 2019 se cumplirán 50 años del alunizaje de los astronautas estadounidenses y con casi toda seguridad el evento reavivará el deseo y la nostalgia hasta el punto de que el regreso del hombre a la Luna se hará inevitable a corto plazo. Según el Tratado del Espacio Exterior de Naciones Unidas de 1967 —que ya han suscrito más de un centenar de estados— todo cuanto se encuentra en el universo más allá de la Tierra pertenece a la humanidad. Eso no obsta para que un chileno, Jenaro Gajardo Vera, reclamase la propiedad de la Luna en 1953, que un estadounidense, Dennis Hope, haya hecho público que ha vendido parcelas en la Luna a particulares por un importe de más de 50 millones de dólares y que un alemán, Martin Juergens, insista en que la Luna se la cedió Federico el Grande, en 1756, a un antepasado suyo. Pero controlar propiedades que se encuentran a más de 350 000 kilómetros de distancia no es fácil y parece muy poco probable que los presuntos lunatenientes puedan ejercer los derechos que reclaman.

Así es como no pasará mucho tiempo antes de que la Luna, que está tan lejos, nos quede cerca de la Tierra.

 

De Pretoria a Marte: Elon Musk y SpaceX

Dragon_capsule_and_SpaceX_employees_(16491695667)

«Fueron cuatro años maravillosos. Te amaré siempre. Algún día harás a alguien muy feliz». Este fue el tuit que envió Elon Musk a su esposa Talulah Riley en 2012 para romper su relación. Al año siguiente volvieron a casarse; dieciocho meses después Musk pidió el divorcio, pero retiró la demanda y en marzo de 2016 Talulah Riley es quién ha iniciado los trámites para separarse de su marido. Sin embargo, es posible que sus diferencias se arreglen. Ella acaba de publicar una novela, Acts of Love, en la que describe la relación entre una joven inglesa y un hombre maduro del Silicon Valley; algo que podría parecerse a su vida con Elon Musk.

Describir al tuitero, Elon Musk, es un asunto difícil. Hijo de un ingeniero electromecánico surafricano y una modelo canadiense, nació en Pretoria el 28 de junio de 1971. Sus padres se divorciaron en 1980 y los primeros años vivió en Suráfrica con su padre. A los 12 años programó un videojuego que vendió por 500 dólares a una revista. Antes de cumplir los 18 se desplazó Canadá para estudiar en la universidad de Kingston. Completó su formación en Estados Unidos, con cursos de física y economía. En 1995 se trasladó a California para hacer el doctorado en física aplicada y materiales en la universidad de Standford.

Elon Musk nunca llegaría a completar su doctorado. El mismo año que llegó a California creó, junto con su hermano Kimbal, la empresa Zip2 con 28 000 dólares que les prestó su padre. En febrero de 1999 Compaq compró la sociedad Zip2 por 307 millones de dólares de los que a Elon le correspondieron 22 millones por las acciones que tenía de la compañía. Invirtió la mitad de sus beneficios en otra sociedad, X.com, que empezó a comercializar en internet el servicio de pago PayPal.

En el año 2000 Elon se casó con Justine, una joven escritora que había conocido en la universidad de Pennsylvania, cuando los dos eran estudiantes. Tuvo una hija con ella que murió al poco de nacer y después, en dos partos, Justine alumbró a cinco hijos. Su matrimonio duraría ocho años.

En octubre de 2002 e-Bay adquirió la nueva empresa de Musk a cambio de mil quinientos millones de dólares en acciones. A Musk le correspondieron 165 millones de dólares. Elon no terminó sus estudios en el Silicon Valley, pero contribuyó a consolidar la leyenda que lo describe como el lugar perfecto de negocio para los jóvenes emprendedores. Justine, su esposa, había firmado —según diría más tarde, de forma inconsciente— un acuerdo prematrimonial que, en caso de divorcio, no la hacía partícipe de aquella fortuna.

Multimillonario, a los 31 años, Elon Musk continuó invirtiendo dinero e inteligencia en negocios con futuro como los automóviles eléctricos y los paneles solares. Así se convertiría en socio de Tesla Motors y formaría otra nueva sociedad: SolarCity. En 2016, Elon ha liderado el proceso de compra de SolarCity por Tesla Motors, lo que le reportará unos beneficios de alrededor de 570 millones de dólares. Además de estos negocios, también ha impulsado el desarrollo de un nuevo concepto de transporte de alta velocidad que emplea cápsulas que circulan en el interior de un tubo rodeadas de un colchón de aire y movidas por diferencias de presión (Hyperloop) y una sociedad sin ánimo de lucro dedicada al estudio del uso beneficioso para la humanidad de la inteligencia artificial (OpenAI).

Pero quizá, el aspecto más sorprendente de todas las actividades de Elon Musk tiene que ver con el espacio. El siglo XXI ha visto nacer una incipiente industria espacial liderada por modernos hombres de negocios: Paul Allen, John Carmack, Jeff Bezos, Richard Branson y Burt Rutan, entre otros.

Paul Allen, cofundador de Microsoft, uno de los diez hombres más ricos del mundo, financió el desarrollo de la nave SpaceShipOne (SS1), construida por Scaled Composites, con la que en el año 2004 se efectuaron tres vuelos suborbitales tripulados, alcanzando alturas de más de 100 kilómetros. SS1 ganó el premio Ansari X, dotado con 10 millones de dólares, cuya finalidad era la de incentivar el desarrollo de la industria espacial privada.

John Carmack, un programador multimillonario de videojuegos, compitió con Paul Allen con su empresa Armadillo Aerospace, pero no consiguió ganar el premio Ansari.

Jeff Bezos, el empresario que inventó Amazon.com, con una fortuna que supera los cinco mil millones de dólares, creó una sociedad el año 2000, Blue Origin, que en principio tenía intención de desarrollar cohetes y naves espaciales para efectuar vuelos suborbitales, aunque a partir de 2014 comenzó a fabricar cohetes para el lanzamiento de naves espaciales orbitales para otros operadores como United Launch Alliance (ULA); una sociedad de Boeing y Lockheed Martin que efectúa lanzamientos espaciales para el gobierno de Estados Unidos con cohetes bastante antiguos: Delta II, Delta IV y Atlas V.

Richard Branson, propietario de las aerolíneas Virgin, fundó Virgin Galactic en 2004 con la intención de desarrollar el turismo espacial con vuelos suborbitales. Encargó la construcción de cinco naves, SpaceShipTwo (SS2), y dos aeronaves WhiteKnightTwo (WW2) a Scaled Composites. El WW2 es un avión que asciende transportando la SS2 a unos 10 000 metros, desde donde la nave impulsada por un motor cohete inicia su trayectoria suborbital hasta una altura de unos 100 kilómetros. El proyecto inicial sufrió importantes retrasos y un accidente fatal en 2014, pero en agosto de 2016 Virgin Galactic ha anunciado que ya dispone de la licencia de la Federal Aviation Administration (FAA) para llevar a bordo de su nave espacial a turistas cuando pase todas las pruebas de seguridad. Los vuelos, de las 700 personas que ya han hecho reservas (250 000 dólares cada pasaje), se iniciarán a partir de 2017.

El ingeniero aeronáutico Burt Rutan fundó Scaled Composites en 1982. La empresa se acreditó por el uso de materiales compuestos en la fabricación de prototipos de aeronaves, diseñadas por su propietario. El Voyager, en 1985, fue el primer avión que dio la vuelta al mundo, pilotado por el hermano de Burt, Dick Rutan, y Jeana Yeager. En 2005, otro avión de Rutan, el Global Flyer volvió a circunvalar la Tierra con un solo piloto a bordo: el multimillonario Steve Fossett. La empresa cambió de propietarios, pero Burt Rutan la recompró un par de veces, hasta que en 2007 fue adquirida en su totalidad por Northrop Grumman. Rutan se retiró en 2011. Paul Allen encomendó a Rutan la fabricación del SpaceShip1 (SS1) y el avión que lo transportaba hasta unos 10 000 metros de altura, el WhiteKnight, antes de que Scaled Composites fuera adquirida por la Northrop. Allen ha seguido con su proyecto espacial, encargando un avión más grande a Scaled Composites que portará una nueva nave espacial: la Dream Chaser. El proyecto se conoce con el nombre de Stratolauncher.

Todas estas nuevas iniciativas buscan ingresos del lanzamiento de pequeños satélites, del turismo espacial, y de contratos con la NASA y otras organizaciones como la empresa privada que ha mantenido hasta hace poco el monopolio práctico de los lanzamientos militares estadounidenses: United Launch Alliance. Existe un mercado creciente de redes de satélites en órbitas bajas para proporcionar servicios de internet, imágenes de la Tierra e información meteorológica. Los partidarios de hacer los lanzamientos desde una aeronave, como la WhiteKnightTwo o la Stratolauncher, dicen que se pueden alcanzar las órbitas con mayor precisión y los lanzamientos no dependen de las condiciones meteorológicas de cada momento. Los detractores insisten en que el mayor coste que implica este sistema no justifica sus ventajas.

En ese complejo y costoso entramado industrial se introdujo Elon Musk, en el año 2001, con una idea y una metodología completamente diferente a la del resto de los emprendedores privados del negocio aeroespacial. A Musk le interesaba Marte. Colonizar el planeta rojo con millones de seres humanos es el único modo de hacer de la industria del espacio un negocio de primera magnitud. Para ello tendría que apoyar a la NASA en sus proyectos de exploración marcianos y llamar la atención de la gente para que instara a sus gobernantes a que dotaran a la agencia espacial con los fondos necesarios. Musk pensó que enviar un invernadero a Marte y hacer que creciesen en aquel planeta algunas plantas captaría el interés del mundo.

Para llevar a la práctica sus proyectos, en octubre de 2001, Elon Musk viajó a Rusia con su amigo de la universidad Adeo Ressi y Jim Cantrell, experto en suministros de equipamiento espacial. Con Ressi había compartido casa, en su época universitaria en Pennsylvania, una vivienda que trasformaron en un club nocturno que llegó a contar con 500 socios. A finales de 2001el joven Ressi ya había creado y vendido dos empresas y por la última le dieron 88 millones de dólares. Musk y su equipo pretendían comprar misiles balísticos intercontinentales para la aventura espacial marciana. Los rusos no se los tomaron en serio ya que los norteamericanos carecían de experiencia y tuvieron que volver a Estados Unidos sin ninguna oferta. En febrero de 2002 Elon regresó a Moscú, esta vez en compañía de un experto, Mike Griffin, y la empresa Kosmotras les ofreció misiles por 8 millones de dólares la unidad. A Musk el precio le pareció desorbitado. Decidió que para abaratar los costes tenía que fabricarlos él. Fundó otra empresa, SpaceX, contrató a un ingeniero de reconocida experiencia en el campo de los cohetes, Tom Mueller, y empezaron a construir el Falcon 1 en El Segundo, California. Este cohete sería el primero construido por una empresa privada que colocó en órbita una carga de pago. Impulsado mediante dos etapas, desechables, la primera con un motor Merlin y la segunda con un motor Kestrel, el Falcon 1 logró en su cuarto intento —el 28 de septiembre de 2008— poner en órbita una carga de prueba. Al año siguiente lanzó al espacio el satélite RazakSAT, en lo que sería la primera misión comercial del Falcon 1 y la última de estos cohetes porque SpaceX los sustituyó por el Falcon 9.

¿Por qué Elon Musk abandonó tan pronto el Falcon 1? Él había creado Space X para construir cohetes y naves espaciales avanzados que permitieran a la gente trasladarse a otros planetas. Ese fue y sigue siendo su objetivo. Desde el primer momento sabía que necesitaba contar con la NASA, que su dinero ni el de sus socios bastaba para desarrollar una industria privada espacial de primera línea. Y desde el primer momento organizó una sofisticada red de tráfico de influencias (lobby), en Washington, dedicada a manipular la voluntad de los políticos para que sus decisiones favoreciesen los intereses de SpaceX y sus otras empresas, en la que ha invertido millones de dólares.

La NASA dispone de modalidades de contratación distintas a la tradicional que consiste en desarrollar las especificaciones detalladas de los servicios y productos que adquiere. Estos nuevos programas se estructuran en forma de acuerdos con empresas para desarrollar sistemas y tecnologías, en los que tanto la NASA como el empresario aportan dinero y la industria dispone de mayor libertad para diseñar y construir sus productos. Las inversiones de SpaceX en la construcción del Falcon 1 y el éxito del proyecto sirvieron para convencer a la NASA de la capacidad y solvencia de SpaceX. En el marco del programa de la NASA Commercial Orbital Transportation Services (COTS), SpaceX consiguió, en 2006, 278 millones de dólares del Gobierno para diseñar y producir un cohete y la nave espacial capaces de transportar carga a la Estación Espacial Internacional y regresar a la Tierra. La ayuda exigía la realización de 3 lanzamientos de demostración. El programa sirvió para que SpaceX desarrollara el cohete Falcon 9, y la nave espacial Dragon. El Falcon 9, un cohete mucho más potente que el Falcon 1, reutilizaba la tecnología de su predecesor. El éxito de la asociación público-privada culminó con la contratación, en diciembre de 2008, de 12 misiones espaciales, por parte de la NASA, a SpaceX por un importe de 1600 millones de dólares. Nueve de estas misiones ya se habían ejecutado satisfactoriamente en julio de 2016. Pero, la relación con la NASA aún ha ido más lejos. En 2012, SpaceX recibió otra ayuda de 440 millones de dólares para certificar la nave espacial Dragon a fin de que pudiese transportar astronautas a la Estación Espacial Internacional. Y en septiembre de 2014 la NASA, adjudicó un contrato a Space X de 2600 millones para efectuar de 2 a 6 misiones de transporte de astronautas a la Estación Espacial Internacional; al mismo tiempo, Boeing recibió otro contrato de 4200 millones de dólares con idéntico objetivo, para lo que utilizará su nave CST-100. Space X no es la única sociedad que se ha beneficiado de estos contratos de la NASA que pretenden involucrar a las empresas privadas en la financiación y desarrollo de proyectos espaciales.

El Falcon 1 sirvió para demostrar la capacidad técnica y financiera de SpaceX; con el cohete Falcon 9, la empresa puede situar 22,8 toneladas de carga de pago en una órbita de baja altura, 8,3 toneladas en una geoestacionaria y llevar 4,02 toneladas a Marte. Pero Elon Musk pretende ir más lejos y deprisa: su equipo trabaja en el desarrollo de un cohete más potente: el Falcon Heavy que podría transportar a Marte 13,6 toneladas de carga de pago.

Musk piensa que lo más importante en la aventura espacial es reducir drásticamente los costes de los lanzamientos. Es la única empresa que hace públicos sus precios: el lanzamiento de un Falcon 9 cuesta 62 millones de dólares y el del Falcon Heavy costará 90 millones de dólares. Sus competidores no lo hacen. Sin embargo, todos saben que SpaceX, con esos precios es muy competitiva. Por eso, en la actualidad cuenta con una importante cartera de contratos, tanto civiles como militares, para el lanzamiento de satélites. Entre sus clientes se encuentran la NASA, la Fuerza Aérea y el Departamento de Defensa de Estados Unidos, Iridium, HISPASAT y Arabsat. Hasta el año 2013 los principales proveedores de estos servicios en el campo de los satélites comerciales eran Arianspace (con el Ariane 5 de Airbus), en Europa, e International Launch Systems (con el Proton, ruso). En este negocio, no solamente prima la cuestión económica, muchas veces la política es más importante, pero estas dos últimas empresas tienen serios motivos para revisar su modelo de negocio si quieren sobrevivir.

La presión de SpaceX sobre la industria espacial puede ir mucho más allá. Elon Musk ha dicho que «si uno pudiera ver la forma de reutilizar cohetes igual que aviones, el costo de acceder al espacio se reduciría en cien veces. Un vehículo completamente reutilizable nunca se ha construido antes. Este es el auténtico cambio necesario para revolucionar el acceso al espacio». Sus ingenieros trabajan en esa dirección. Ya han conseguido recuperar con éxito la primera etapa del Falcon 9 en 2015 y 2016, que ha aterrizado en tierra y en una plataforma sobre el mar, con retrocohetes. Ahora pretenden hacerlo con la segunda etapa. Es lo que falta para que el conjunto sea reutilizable porque la nave espacial Dragon, que impulsan las dos etapas del Falcon 9, reentra en la atmósfera y puede volver a usarse. Según Musk, el precio del lanzamiento podría reducirse a 5,7 millones de dólares (diez veces menos de lo que cuesta actualmente). Y esa es la estrategia del emprendedor: abaratar los lanzamientos para acercar Marte a los presupuestos de la NASA; solo así ve posible la colonización del planeta rojo a medio plazo.

Creo que la trayectoria de SpaceX y su líder, Elon Musk, anticipan un cambio profundo e irreversible en la industria espacial. Musk dice que no piensa perder el control de su compañía, no quiere que los nuevos propietarios diluyan el éxito en busca de beneficios a corto plazo. El emprendedor posee una estrategia clara, en el sentido más genuino de lo que estrategia significa desde un punto de vista empresarial: lo que hay que hacer para ganar (conseguir el objetivo). Es lo que los griegos decían que era el trabajo de los generales y de ahí viene la palabra estrategia. Para Musk lo que hay que hacer es un cohete completamente reutilizable que abarate el coste de los lanzamientos. Así, iremos a Marte.

He leído muchos artículos en los que los autores pretenden explicar las razones del éxito empresarial de un personaje tan singular como Elon Musk. Casi todos inciden en su perseverancia, pensamiento crítico, autoanálisis preciso y gran capacidad de trabajo (80-100 horas semanales). Creo que hay millones de personas en el mundo que comparten esas virtudes o defectos y sus logros distan mucho de los de Musk. Además, es muy difícil medir la perseverancia, aún más el pensamiento crítico y la bondad del autoanálisis (normalmente bastante pobre en gente rodeada de aduladores), y en cuanto a la capacidad de trabajo cualquiera sabe que en los momentos complicados, el trabajo es un compañero de coche, de mesa e incluso de cama; medir su intensidad es imposible. Estoy seguro de que a las cualidades que se le atribuyen cabría añadir muchos defectos que podrían incluso anularlas. Su primera esposa, Justine ya ha hecho públicos algunos, despedirse de su segunda mujer, Talulah, con un tuit tampoco parece un gesto muy amigable y si la relación entre ambos no se restablece es muy posible que la joven británica termine desvelando otra letanía de flaquezas del gran empresario. Creo que de su lista de fortalezas y debilidades saldría un personaje relativamente común. Yo pienso que tener la extraña habilidad para concebir la estrategia adecuada y perseverar en ella, es la clave que mejor explica el éxito de cualquier emprendedor al que también le acompañe la suerte. Elon Musk lo tiene claro y cuando consiga que sus cohetes sean reutilizables, la industria del espacio cambiará para siempre.

 

La gran carrera hacia la Luna

1024px-NASA-Apollo8-Dec24-Earthrise

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Tercera parte)

La gran carrera hacia la Luna:

El 25 de mayo de 1961 el presidente de Estados Unidos, Kennedy, anunció que su país enviaría un hombre a la Luna antes de que finalizara la década de los años 1960. Entonces, la Unión Soviética ostentaba el liderazgo de la recién inaugurada carrera espacial; su presidente, Khrushchev, utilizaba los logros espaciales soviéticos para demostrar la superioridad del sistema comunista. La rapidez con la que los soviéticos lograron desarrollar las bombas nucleares de fisión y de fusión, la alianza de la URSS con el régimen chino, la presión militar comunista sobre Vietnam del Sur y el fracaso de la invasión organizada, el mes anterior por la CIA en Bahía de Cochinos, configuraban un entorno político en el que la aparente supremacía espacial soviética resultaba insoportable para Kennedy. Al menos, todas aquellas razones impulsaron al joven presidente norteamericano a embarcar a su país en un proyecto que dejara a la URSS en segundo lugar en la carrera espacial, aunque el coste fuese desproporcionado y el riesgo igual de grande. La magnitud del esfuerzo, comparada con la probabilidad de un fracaso que convirtiese la aventura en el ‘funeral más caro de la historia de la humanidad’, hacía casi impensable que un político poseyera el temple necesario para asumir la responsabilidad de poner en marcha semejante iniciativa. John Kennedy era un presidente muy singular.

El balance de la carrera espacial soviético-estadounidense, en aquel momento, era muy desfavorable a los norteamericanos. El primer satélite artificial (Sputnik1) lo había lanzado la URSS cuatro años antes, el 4 de octubre de 1957; pesaba 83,6 kilogramos. Estados Unidos consiguió poner en órbita su primer satélite (Explorer 1), cinco meses después, aunque su peso no llegaba a 14 kilogramos. El último gran logro espacial soviético había tenido lugar el 12 de abril de 1961, poco antes de la invasión montada por la CIA en Cuba, al colocar en órbita al primer astronauta de la historia: Yuri Gagarin. Cuando Kennedy anunció la decisión de su Gobierno de enviar una nave tripulada a la Luna, hacía tres semanas que la NASA también había conseguido enviar un hombre al espacio. Lo más relevante fue que se produjera inmediatamente después del vuelo de Gagarin. La gran diferencia estaba en que, mientras el soviético completó una órbita elíptica alrededor de la Tierra con el apogeo a 327 kilómetros de altura, el estadounidense Alan Shepard se limitó a ascender a 187 kilómetros y regresar a la superficie terrestre. La nave Vostok pesaba 4725 kilogramos y la Mercury, norteamericana, 1800 kilogramos. Nadie pudo negarle a la NASA que su astronauta viajara al espacio, pero fue una corta visita, en un vuelo suborbital, que siguió una trayectoria parabólica, similar a la que efectúa el proyectil disparado por un cañón.

Tras aquel estado de cosas se hallaban dos personajes que, hasta ese momento, habían desempeñado un papel clave en el desarrollo de la industria espacial de los dos países: el ruso Serguéi Korolev y el que ya era ciudadano estadounidense, de origen alemán, Wernher von Braun.

Para transportar un artefacto al espacio se necesita un vehículo que lo impulse: un cohete. La industria del espacio necesitaba, en primer lugar, potentes cohetes. El desarrollo práctico de estos ingenios había alcanzado una gran madurez en la Alemania nazi de Hitler, bajo la dirección técnica de von Braun. La complejidad inherente al diseño y fabricación de los V-2 de Hitler, un misil capaz de transportar una tonelada de material explosivo, a más de 300 kilómetros de distancia, propulsado por un cohete, hizo que su desarrollo avanzara con lentitud. Los primeros V-2 no estallaron en Londres hasta el mes de noviembre de 1944. En marzo del año siguiente, la II Guerra Mundial ya estaba perdida definitivamente para Alemania; fue el mes en el que los V-2 causaron sus últimas víctimas. Al final de la contienda, soviéticos, británicos y estadounidenses se afanaron por apresar a von Braun y su equipo para apoderarse de la tecnología de misiles y cohetes nazi, o evitar que lo hiciera otro país aliado. Wernher von Braun y algunos de sus colaboradores más próximos se entregaron a los norteamericanos; sin embargo, otros expertos alemanes optaron por el bando soviético.

Después de la II Guerra Mundial, los soviéticos deportaron a Rusia al grupo de técnicos alemanes que trabajaba para ellos en el desarrollo de misiles y trasladaron, a Moscú, todo el material de las V-2 que pudieron recopilar en Alemania. Allí, los técnicos soviéticos, bajo la dirección de Serguéi Korolev, procuraron obtener tanta información como les fue posible de los alemanes, sin hacerlos partícipes de sus proyectos. Conforme los deportados dejaron de serles útiles, como asesores, los fueron liberando y en 1951 dieron por finalizado el proceso de transferencia tecnológica. Desde entonces, Korolev había contado con el máximo apoyo de los políticos de su país, para desarrollar misiles balísticos de largo recorrido, capaces de transportar una cabeza termonuclear. Los militares soviéticos confiaban en que los misiles les otorgasen la supremacía militar sobre Estados Unidos.

Sin embargo, lo que ocurrió en Estados Unidos inmediatamente después de la II Guerra Mundial —en lo relacionado con los misiles— no se parecería en nada a los acontecimientos que tuvieron lugar en la URSS. Ni los políticos ni los militares, estaban dispuestos a gastar mucho dinero en el desarrollo de la tecnología de misiles. Aunque el Ejército ofreció cobijo y protección a Von Braun y un grupo de colaboradores suyo, casi parecía que fuese mayor el interés de las autoridades estadounidenses por evitar que cayeran en manos de otra potencia aliada, que por la utilización de sus conocimientos. Estados Unidos había desarrollado la tecnología nuclear y disponía de aviones bombarderos capaces de hacer explotar su mortífera carga en cualquier objetivo que se propusiera. No se plantearon la urgencia de montar las nuevas bombas en la cabeza de un misil. Además, la tarea no era sencilla. En Estados Unidos, la Marina, la Fuerza Aérea y el Ejército, cada uno de ellos por separado, contaba con su propio grupo de desarrollo de misiles. Von Braun y sus colegas, que habían emigrado a Estados Unidos, trabajaban para el Ejército. Sus proyectos estaban dotados con escasos fondos, y su misión se limitaba a mejorar la tecnología de los V-2.

En julio de 1955, el presidente Eisenhower anunció que Estados Unidos lanzaría un satélite en 1957, para darle mayor brillo a la celebración de la Convención Internacional de Geofísica. Cuando los soviéticos tuvieron noticia de las intenciones de Eisenhower, a los pocos días, el Comité Central del Partido Comunista de la URSS aprobó la puesta en órbita terrestre de un satélite soviético. La misma orden la recibieron los expertos de ambos países en dos escenarios completamente distintos. En la URSS, Korolev llevaba años trabajando en el desarrollo de un misil balístico de largo alcance, con la mayor parte de los recursos disponibles en su país bajo su mando y un generoso presupuesto; en Estados Unidos, el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, tenían equipos y proyectos de desarrollo de misiles distintos, descoordinados y dotados de presupuestos escasos. Ni los militares ni los políticos norteamericanos habían concedido una importancia excesiva al desarrollo de esta tecnología. Para Korolev, que siempre había soñado con la navegación espacial, el mandato de poner en órbita un satélite le pareció la gran oportunidad de su vida. Para von Braun también, la única diferencia es que, a diferencia del soviético, él no era el responsable del aparato de fabricar cohetes de Estados Unidos.

Las autoridades norteamericanas decidieron organizar un concurso para ver qué organización se hacía responsable de enviar el satélite al espacio. Compitieron la Marina, la Fuerza Aérea y el Ejército. Von Braun y su equipo prestaba sus servicios en el equipo del Ejército y desde el primer momento supuso que serían los ganadores, pero se equivocó. El encargo lo recibió la Marina. Von Braun advirtió a las autoridades de que la solución elegida no llegaría a tiempo y fracasaría. Y así fue. Pero, antes de fracasar, Korolev ya tenía el Sputnik 1 en el aire. Eisenhower se apuntó el éxito de hacer que los soviéticos enviaran un satélite al espacio; quizá no lo hubiesen hecho de no ser por su anuncio, aunque en el trasfondo de aquella iniciativa científica y civilizada latía el interés, de ambas potencias, de lanzar un satélite espía. Con el Sputnik 1 ya en órbita terrestre, la Marina fracasó con el lanzamiento de su cohete Vanguard; el fiasco levantó un escándalo entre la opinión pública y, obligado por las circunstancias, el Gobierno, se vio forzado a otorgarle al Ejército una oportunidad. El cohete del Ejército, diseñado por von Braun, logró situar en órbita al primer satélite estadounidense: el Explorer 1.

La historia volvió a repetirse con el vuelo del primer astronauta. Tras la lección aprendida con el satélite, Eisenhower decidió crear la NASA para aglutinar, en una organización, los esfuerzos públicos en materia de investigación y desarrollo de tecnología espacial. El presidente pensó que la insolencia con que Khrushchev presumía de sus éxitos espaciales únicamente podría contrarrestarla de aquel modo. La NASA, en un principio, ignoró al Ejército y al equipo de Wernher von Braun; para enviar al espacio a un astronauta seleccionó el cohete de la Fuerza Aérea: Atlas. En un primer intento el Atlas fracasó. La NASA rectificó y cambió el Atlas por el Redstone, que era el cohete del Ejército, diseñado por von Braun. Los cambios de rumbo de la agencia estadounidense introdujeron retrasos en el proyecto y, por segunda vez, Korolev se anticipó. El soviético Yuri Gagarin se convertiría en el primer astronauta de la historia que viajó al espacio.

Esa era la situación de la industria espacial, a finales de mayo de 1961, cuando Kennedy anunció el viaje a la Luna. Korolev, en Rusia, controlaba la mayor parte del sistema de producción de misiles de largo alcance balísticos y el programa espacial, mientras que en Estados Unidos von Braun todavía no llevaba un año como director del Marshall Space Flight Center de la NASA, responsable del desarrollo y diseño de los cohetes espaciales. Si Korolev ocupaba una posición de máxima responsabilidad en el programa espacial soviético, von Braun compartía las decisiones con un grupo de altos funcionarios gubernamentales norteamericanos. La URSS había desarrollado una familia de cohetes, los R-7, mucho más potentes que los del Ejército estadounidenses: los Redstone del equipo de von Braun. Los soviéticos ya contaban con misiles balísticos de largo alcance, capaces de transportar cargas de pago de más de 5 toneladas de peso a 12 000 kilómetros de distancia. La URSS partía, en aquella carrera hacia la Luna, desde una posición mucho más ventajosa que la de Estados Unidos.

En el vértice del entramado espacial soviético se encontraba Serguéi Korolev, un personaje desconocido por la opinión pública, con una gran capacidad organizativa y de liderazgo, intuición técnica, voluntad férrea, capaz de transmitir a su equipo su desmedido entusiasmo e inmune al desaliento. Un hombre, cuyo interés por el espacio fue, al mismo tiempo, el mejor aliado de sus éxitos y la principal razón de sus dificultades. Sus grandes cohetes R-7 quemaban una mezcla de oxígeno líquido criogénico y queroseno. La carga del oxígeno a baja temperatura llevaba, al menos, una jornada completa de trabajo; demasiado tiempo para los militares que, muy pronto, le pedirían que ensayara el empleo de comburentes almacenables, en vez de oxígeno criogénico. Korolev, a quien le interesaba, por encima de todo, el espacio, se mostró muy reticente a iniciar aquella vía de investigación, que consumiría muchos de sus recursos sin aportar ventajas al programa espacial. Otros investigadores soviéticos, como Chelomei y Yangel, aprovecharon la actitud de Korolev, hasta cierto punto displicente con los militares y políticos, para iniciar proyectos de misiles balísticos propulsados con mezclas almacenables, lo cual sería del agrado de las autoridades en la URSS. La apertura de líneas alternativas de investigación, el progresivo deterioro de la relación personal de Korolev con Glushko y la falta de un planteamiento político de carácter estratégico del programa espacial soviético, contribuirían a mermar de forma gradual la ventaja que le llevaba la URSS a Estados Unidos en el desarrollo de cohetes de largo alcance. Las diferencias entre Korolev y Glushko tenían su origen en el encarcelamiento que ambos sufrieron, a finales de la década de 1930, durante las purgas de Stalin; los dos se acusaban de haberse delatado. Valentín Glushko era el ingeniero jefe de desarrollo de motores cohete en la URSS, un hombre de gran prestigio, que ocupaba una posición clave para Korolev.

A todo lo anterior habría que añadir el precario estado de salud de un Korolev sometido a un estrés insoportable durante mucho tiempo. Las fisuras del sólido y aventajado sistema de producción de misiles soviético se transformaron en grietas que lo debilitarían con el tiempo, mientras que en Estados Unidos la organización espacial acrecentaba su impulso en la medida en que sus esfuerzos se reconducían en una dirección única. Si bien, el punto de partida en el momento del desafío espacial que lanzó Kennedy era favorable a los soviéticos, se daban circunstancias que apuntaban a que la situación podía cambiar.

Von Braun fue consciente, desde el primer momento, de que la decisión del presidente Kennedy planteaba un reto colosal, incomparable con el último logro de la tecnología espacial norteamericana. Alan Shepard apenas se había asomado al espacio, en un vuelo de 15 minutos en el que recorrió 487 kilómetros; la cápsula espacial, Mercury, pesaba menos de 2 toneladas y su cohete, Redstone, generaba un empuje de unas 75 toneladas. La expedición lunar duraría más de una semana para recorrer dos veces los 384 400 kilómetros que separan la Luna de la Tierra; en la nave espacial viajarían dos o tres astronautas; el cohete tendría que ser capaz de elevar una carga útil que podía rondar las 100 toneladas y su empuje, en la primera etapa, debería ser del orden de unas 3000 toneladas. Unas cifras capaces de convertir el sueño en un imposible. Von Braun comprendió mejor que nadie la magnitud de la complejidad asociada a un proyecto que él mismo se había atrevido a recomendar al presidente Kennedy. La nave y el cohete necesarios para emprender el viaje tripulado a la Luna, en nada se parecerían a los que la NASA había construido hasta entonces; incluso, para formular sus especificaciones con detalle era necesario resolver algunas cuestiones básicas sobre las que no existían aún suficientes conocimientos o consenso. Nadie sabía cómo era la superficie lunar, si estaba cubierta de polvo inconsistente o de formaciones rocosas ¿cómo tenía que ser una nave capaz de posarse sobre un terreno desconocido? En cuanto al viaje, von Braun siempre había planteado la conveniencia de montar una estación en órbita, alrededor de la Tierra, desde la que se iniciaran los viajes espaciales. Construirla llevaría quizá demasiado tiempo. Montar la nave lunar en una órbita terrestre, a la que se podían enviar las partes para ensamblarlas, era otra solución, aunque no exenta de dificultades. El acoplamiento de naves en el espacio y trasvase de astronautas y piezas no se había hecho nunca.

Para los técnicos de la NASA, la idea de la estación y el montaje de la nave espacial en órbita fueron perdiendo sentido. Todo el equipamiento de la expedición tendría que ser puesto en órbita desde la Tierra. Von Braun se vio obligado a enfrentarse al gran reto de su vida profesional: diseñar y construir un cohete gigantesco, el Saturn 5. No tardó mucho en dibujar en su mente las características generales del gran cohete. Mediría 105 metros de altura, estaría equipado con tres etapas, la primera impulsada por 5 motores de 680 toneladas de empuje, cada uno. Los motores consumirían 57 000 litros de queroseno y 90 000 litros de oxígeno líquido por minuto. En la cámara de combustión la temperatura sobrepasaría los 2700 grados centígrados. Hubo momentos en los que pensó que jamás lograría resolver el problema.

En la primavera de 1962, los directivos de la NASA, incluido von Braun, llegaron a un acuerdo en cuanto al modo de desarrollar la misión. Aceptaron la propuesta de Max Hubolt, del Langley Research Center, según la cual la nave espacial llevaría un módulo que se desacoplaría, una vez situada en órbita alrededor de la Luna, para descender a la superficie del satélite terrestre y regresar después a la nave principal. No fue fácil consensuar el perfil de la misión, pero al final todos se convencieron de que la idea de Hubolt era la menos mala de cuántas se les ocurrieron. A partir de aquel momento, el programa empezó a tomar su forma definitiva y los esfuerzos del amplio equipo se centraron en un objetivo común.

En la Unión Soviética, el panorama espacial seguía por otros derroteros. Mientras los norteamericanos centraban sus esfuerzos con la idea de llegar a la Luna antes del final de la década, Korolev no contaba con la aprobación de un proyecto a tan largo plazo. En 1961, Khrushchev le urgió para que antes del 13 de agosto, el astronauta Titov llevase a cabo un importante vuelo espacial. Aparentemente fue un éxito, porque con una semana de antelación a la fecha establecida por el mandatario, la nave soviética con Titov a bordo, completó 12 órbitas a la Tierra. La realidad fue que el vuelo tuvo que interrumpirse porque el astronauta se sintió indispuesto, pero ante la opinión pública 12 órbitas terrestres fueron muchas. El 13 de agosto, con la noticia espacial en la prensa de tapadera, Khrushchev levantó el muro de Berlín. Para el presidente soviético, los logros espaciales de Korolev servían exclusivamente para evidenciar las bondades del régimen comunista y desviar la atención del público.

Los grandes proyectos que Korolev tenía en mente para vencer a los norteamericanos en su carrera hacia la Luna, no contaban con el necesario apoyo de la cúpula del poder en la URSS, cuya prioridad era militar. Desde hacía algunos años, Korolev había esbozado una nueva nave espacial para sustituir a la Vostok: la Soyuz, con capacidad para acoplarse a otra nave. Y también tenía en mente un cohete de gran empuje y carga de pago, el N-1. Estos dos elementos constituían su respuesta al cohete que había empezado a desarrollar von Braun, el Saturn 5, y las nuevas naves espaciales norteamericanas, Gemini y Apollo, que sustituirían a las Mercury.

A Korolev le habían surgido dos competidores en su propio país: Mikhail Yangel y Vladimir Chelomei. Korolev era muy reacio a utilizar en sus cohetes comburentes almacenables (sustancias capaces de reemplazar el oxígeno criogénico), lo que parecía ser una prioridad desde el punto de vista castrense para evitar que una orden de lanzamiento de un misil balístico intercontinental, con una cabeza termonuclear, tardase un día en ejecutarse; ese era el tiempo que llevaba la carga del oxígeno líquido. Yangel, Chelomei e incluso el experto en motores cohete de la URSS, Valentín Glushko, eran también partidarios de los comburentes almacenables, y en febrero de 1962 se reunieron todos con Khrushchev en su dacha para revisar los proyectos en curso. Cuando Korolev planteó su nuevo desarrollo, el N-1, Glushko ya se había negado a construir los motores de sus cohetes, propulsados con oxígeno líquido, tal y como deseaba Korolev. Serguéi tuvo que explicarle a Khrushchev que, un ingeniero de menor prestigio, Nikolai Dimitrievich Kuznetsov, se encargaría de la motorización de los cohetes N-1. Nada satisfecho, Khrushchev y su plana mayor marginaron la propuesta de Korolev. De la reunión surgió un victorioso Chelomei y su proyecto, UR-500.

Sin apenas medios económicos, Korolev logró mantener a su equipo y trató de convencer a militares y políticos de la necesidad que tenía la Unión Soviética de construir un cohete como el N-1, incluso para transportar cabezas termonucleares. Por fin, a finales de 1962 logró la aprobación para empezar el desarrollo de su cohete, que tendría que ser capaz de levantar 75 toneladas de carga de pago. A Kuznetsov le encargó el desarrollo de los motores. El cohete N-1 era similar, en cuanto a sus prestaciones, al Saturn 5, aunque generaría más empuje en sus tres etapas. En la primera dispondría de 30 motores de 153,4 toneladas de empuje. La mayor diferencia estribaba en que el Saturn V, utilizaría hidrógeno líquido en la segunda y tercera etapa como combustible, en vez de queroseno.

Para Khrushchev, el espacio era el teatro en el que se representaba la farsa de la grandeza comunista soviética y por eso nunca se atrevió a prescindir de Korolev. En 1963 le pidió que enviara una mujer al espacio. El 15 de junio, Valentina Tereshkova, se convirtió en la primera mujer astronauta. Fue otro extraordinario golpe publicitario para la causa del primer mandatario soviético.

Valentina se casó con otro astronauta, Andrian Nikolayev, el 3 de noviembre en Moscú. La boda fue un acontecimiento extraordinario en el que coincidieron como invitados von Braun y Korolev. Mientras que al primero lo conocía todo el mundo, Korolev no tenía rostro para la opinión pública y el estadounidense no tuvo la oportunidad de saludar a su anónimo competidor. Días después de la famosa boda, el asesinato del presidente John Kennedy en Dallas conmocionó al mundo. Su desaparición hizo que muchos se cuestionaran el futuro del proyecto espacial que tanto dinero costaba al país, en un momento en el que la guerra de Vietnam preocupaba seriamente a la opinión pública norteamericana.

A principios de 1964, Khrushchev quiso aderezar el desconcierto espacial en Estados Unidos con otra iniciativa propia; ordenó a Korolev que pusiera en órbita a tres astronautas. Los norteamericanos tenían previsto sustituir la cápsula Mercury por una nave espacial capaz de llevar a dos astronautas: la Gemini, que estaría terminada en 1964. Khrushchev quería anticiparse. Korolev, cuyos desarrollos marchaban más despacio, no dispondría de su nueva nave, la Soyuz, hasta 1965. Para contentar a Khrushchev tendría que modificar una nave existente, la Vostok, y empaquetar como pudiera a los tres cosmonautas. La idea le pareció desastrosa porque le obligaba a desviar recursos del desarrollo del cohete N-1 y nave Soyuz, para hacer arreglos en una nave Vostok —que recibió el nombre de Voskhod— sin que el esfuerzo sirviera para acelerar el desarrollo de su proyecto espacial.

Korolev era consciente de que los norteamericanos tenían en marcha un programa que los llevaría a la Luna y que los soviéticos andaban claramente rezagados en aquella empresa. Su programa, con el que intentaba equipararse al de la NASA, carecía del apoyo explícito de las autoridades soviéticas y además de carecer de los fondos necesarios, estaba sometido a las ocurrencias de los políticos. Sin embargo, eran aquellas ocurrencias las que mantenían la afluencia de dinero a su equipo. Durante los primeros meses de 1964, aprovechando el interés de Khrushchev, trató de que le aprobaran un plan con el objetivo de poner un astronauta soviético en la superficie de la Luna, pero no lo consiguió. El estrés terminó pasándole factura; exhausto, aquejado de problemas cardíacos y hemorragias intestinales, su salud se resintió hasta el punto de que, a principios del verano, tuvo que recluirse durante tres semanas en un balneario en Checoslovaquia con su mujer, Nina.

En agosto estaba de nuevo al frente de su equipo, en Baikonur, para ultimar los detalles del lanzamiento de la nave Voskhod con los tres astronautas a bordo. En septiembre, Khrushchev, Brezhnev y Ustinov visitaron Baikonur para revisar el estado de la tecnología soviética espacial. Chelomei criticó con dureza las ideas de Korolev que apenas se defendió. Su defensa, sin palabras, la expresó al mes siguiente, el 12 de octubre de 1964, cuando tres astronautas soviéticos, Vladimir Komarov, Boris Yegorov y Konstantin Feoktistov, fueron lanzados al espacio a bordo de la nave Voskhod. El vuelo tuvo una gran repercusión internacional. En Estados Unidos muchos creyeron que los soviéticos les llevaban una gran ventaja y que quizá en 1966 podían estar en condiciones de viajar a la Luna. Fue la última gran representación teatral en el espacio organizada por Khrushchev que, aquel día, no pudo asistir al lanzamiento de la nave en Baikonur, ni lo siguió desde Moscú: Khrushchev había sido arrestado por Leonid Brezhnev y Alexei Kosygin.

Aún quedaba otra importante escena por representar en las alturas del encargo que el depuesto Khrushchev había encomendado a Korolev. El 18 de marzo de 1965, la nave espacial Voskhod 2, transportó dos astronautas al espacio: Belyayev y Leonov. Alexey Leonov salió de la nave para flotar en el vacío durante 12 minutos. Fue el primer paseo espacial de un astronauta. Otra gesta que Estados Unidos recibió con preocupación.

En 1965, el cambio político en Moscú favoreció que la suerte de Korolev mudara de sino y Chelomei perdió su condición de hombre favorecido en el negocio espacial. Los políticos volvieron a confiar en Korolev, que asumió el liderazgo, aunque el programa de su adversario no se cancelara. Korolev ya había advertido a Brezhnev que quizá, para amargarles el cincuenta aniversario de la Revolución Bolchevique, los norteamericanos podrían mandar sus astronautas a la Luna en 1967. Recibió una dotación de 500 millones de rublos y la promesa de que se le adjudicarían más para que su proyecto de enviar astronautas soviéticos a la Luna en una nave Soyuz, L-3, impulsada por un gran cohete N-1, se hiciera realidad en 1968. Comprendieron que para 1967 ya no podría ser. Los militares y políticos soviéticos volvieron su rostro a Korolev para decirle: «No le des la Luna a los americanos».

Sin embargo, los estadounidenses reducían poco a poco la ventaja espacial soviética y ese mismo año, en primavera, la primera nave Gemini de la NASA consiguió transportar dos astronautas al espacio. A este primer lanzamiento seguirían otros, hasta que en diciembre los norteamericanos lograron permanecer en el espacio durante dos semanas. Las naves Gemini, con un lanzamiento cada dos meses, daban la sensación de haber colocado a los norteamericanos a la cabeza de la carrera hacia la Luna.

El principal responsable soviético del programa espacial contemplaba con angustia, e impotente, cómo su país perdía el liderazgo. La Soyuz se retrasaba y a finales de 1965 tan solo disponía de un modelo a escala natural. De otra parte, el estrés había causado verdaderos estragos en la salud de Korolev. Los médicos le recomendaron que se sometiera a lo que tenía que ser una sencilla intervención quirúrgica, para extirparle un pólipo en el colon. El 12 de enero de 1966 pasó el día de su cumpleaños en el hospital del Kremlin y el 14, el ministro de Salud, doctor Boris Petrovsky, lo operó. La cirugía se complicó, con la aparición de un tumor que no le habían diagnosticado y una fuerte hemorragia. Korolev murió ese mismo día, tras una larga operación. Las autoridades soviéticas decidieron desvelar la figura del gran ingeniero y Serguéi Korolev fue enterrado en Moscú, con todos los honores de los grandes servidores de la patria. Desde entonces, la popularidad, que jamás tuvo en vida, acompañaría siempre su recuerdo.

Las noticias de la muerte del ingeniero soviético y su funeral de Estado llegaron a Estados Unidos. Von Braun supo, por primera vez en su vida, quién era el artífice principal de los muchos éxitos espaciales soviéticos.

Días después de la muerte de Korolev, el 31 de enero, un robot soviético, Luna 9, consiguió posarse sobre la superficie lunar. Por fin, los técnicos se enteraron de que el satélite natural de la Tierra no estaba recubierto de polvo sin consistencia, sino de una superficie sólida sobre la que podía apoyarse una nave construida por el hombre. Quizá fuese el único éxito espacial del equipo soviético durante aquel aciago año de 1966, marcado por la pérdida de Korolev.

Al frente del programa espacial soviético quedó un estrecho colaborador de Korolev desde la época de su estancia en Alemania: Vasily Mishin. Durante su mandato aflorarían todos los problemas que aquejaban al programa espacial soviético desde hacía ya varios años, heredados de la época de Khrushchev. La decisión política de viajar a la Luna y la organización formal de un programa para llevarla a cabo, en la Unión Soviética, databa del año 1965, cuatro años después de que los estadounidenses lanzasen su programa lunar. Aunque Korolev había concebido los elementos fundamentales para dar respuesta al desafío norteamericano (la nave Soyuz y el cohete N-1), su desarrollo estaba muy retrasado por falta de recursos. A las deficiencias estructurales del programa lunar soviético habría que añadir, en 1966, que la personalidad y el carisma de Mishin distaban mucho de los de Korolev, lo que supuso un cambio fundamental en la gestión de los recursos humanos del proyecto.

En mayo comenzaron las pruebas de la primera nave Soyuz, pero los fallos se sucedieron uno tras otro y ninguno de los vuelos no tripulados pudo considerarse exitoso.

A von Braun las cosas le iban un poco mejor. Los problemas de las cámaras de combustión del motor F-1 del cohete Saturn 5 fueron resolviéndose poco a poco, gracias a muchas pequeñas modificaciones. En marzo de 1966, la NASA envió al espacio la nave Gemini VIII, con Neil Armstrong y David Scott a bordo para que realizasen una misión de acoplamiento con el satélite Agena. El acoplamiento no les planteó problemas, pero el sistema de control de actitud de la Gemini falló en pleno vuelo y Neil Armstrong tuvo que estabilizar la nave con el sistema de control de reentrada. El vuelo estuvo a punto de terminar muy mal, pero la actuación de Armstrong salvó la vida de los astronautas. En agosto, la NASA recibió la primera cápsula Apollo y empezó a probarla. Miles de pequeños fallos acompañarían la los primeros ensayos, al igual que les ocurría a los soviéticos con su nave Soyuz.

El año 1967 comenzó muy mal para los norteamericanos. Los astronautas Grissom, Chaffee y White habían sido seleccionados para realizar el primer vuelo a bordo de la nave Apollo, con el cohete Saturn V. El 27 de enero efectuaban en Cabo Kennedy el primer ensayo en tierra, con un cohete, sin combustible, en la nave Apollo 1. Se trataba de una comprobación de todos los sistemas. Los astronautas estaban encerrados en la cápsula cuando a Grissom se le escuchó gritar por la radio: « ¡Tenemos fuego en la cabina!». Chaffee también tuvo tiempo para comunicar al personal que trabajaba en la prueba que había fuego y que los sacaran de allí porque se estaban abrasando. Grissom trató de abrir la escotilla de la cápsula desde el interior, mientras otros lo intentaban desde fuera. Dentro del Apollo 1 se había desencadenado un espantoso incendio que produjo una explosión que originó un boquete en la pared de la nave, antes de que transcurrieran los 6 minutos que tardaron en abrir la escotilla. Los astronautas ya habían fallecido cuando extinguieron el fuego y pudieron sacar sus cuerpos de los restos de la nave. El fuego lo provocó una pequeña chispa —que pudo saltar en cualquier parte de los mazos de cables dispersos por el suelo de la nave— al entrar en contacto con el gas que llenaba la cápsula: oxígeno puro.

El accidente del Apollo 1 paralizó el programa espacial de la NASA.

Leonid Brezhnev urgió a Mishin para que aprovechara aquella pausa norteamericana, y conmemorase el 50 aniversario de la Revolución Bolchevique con algún acontecimiento espacial. Hacía ya casi dos años, que los soviéticos no efectuaban vuelos tripulados y a Brezhnev le había puesto muy nervioso los éxitos americanos con las naves Gemini. Sin embargo, la Soyuz continuaba dando muchos problemas en todos los ensayos. A pesar de todo, Mishin preparó un vuelo que finalmente se lanzó el 23 de abril de 1967, en vísperas de la fiesta del 1 de mayo. Vladimir Komarov, el astronauta seleccionado para la misión, debería de efectuar una maniobra de acoplamiento en el espacio con la Soyuz 1. Desde el inicio del vuelo se produjeron múltiples fallos. En un momento determinado se perdió el control de la nave, desde tierra. Mishin ordenó que se preparase la reentrada para la órbita número 17. Los sistemas de control automáticos fallaron. Entonces se le ordenó a Komarov que tratara de alinear la nave, manualmente, para reentrar en la atmósfera en la vuelta número 18. Los técnicos tenían poca fe en que la operación tuviese éxito y a Komarov le permitieron que se pusiera en contacto con su esposa vía radio; quizá fuera la última vez que tenía la oportunidad de hablar con ella. Vladimir hizo un excelente trabajo y la Soyuz entró en la atmósfera con un ángulo adecuado, pero los paracaídas de frenada no se abrieron y tampoco se activaron los retrocohetes a tiempo. La Soyuz 1 se estrelló contra la superficie terrestre a más de 600 kilómetros por hora. El estrepitoso fracaso del primer vuelo con la primera Soyuz soviética, igual que había ocurrido en Estados Unidos, conmocionó a la opinión pública. Muchos expertos de su círculo más próximo criticaron a Mishin por no haber abortado la misión antes, cuando se produjeron los primeros fallos.

El 8 de noviembre de 1967 el Saturn 5 despegó, por primera vez, de Cabo Kennedy. El gigantesco cohete de von Braun y su equipo medía más de un centenar de metros y los cinco motores de su primera etapa generaban un empuje de 3400 toneladas. La zona de seguridad durante el lanzamiento, alrededor del cohete, se extendía en un radio de 10 kilómetros. La parte superior del cohete la ocupaba la nave Apollo 4, sin tripulantes, en la que la NASA había incluido un exhaustivo repertorio de modificaciones, tras el accidente de la Apollo 1. Once minutos después del lanzamiento, la Apollo 4 estaba en órbita. Von Braun y sus colaboradores celebraron un éxito del que durante algún tiempo habían llegado a dudar que pudiese ocurrir.

Pocos meses después, el 4 Abril de 1968, el segundo cohete Saturn 5, con la cápsula Apollo 6, también sin tripulación a bordo, despegó de Cabo Kennedy sin que su vuelo resultara tan exitoso como el primero, debido a pequeños problemas de estabilidad en la cámara de combustión de los motores F-1. El equipo de von Braun introdujo modificaciones para paliar las deficiencias y la NASA decidió que era suficiente y no se necesitaba otro vuelo de pruebas antes de lanzar un Saturn 5 con tripulación a bordo.

En mayo, el gran cohete de Mishin, el N-1, no pudo lanzarse debido a que en Baikonur los técnicos detectaron fisuras en los recubrimientos metálicos. Muchas de las dificultades de construcción que les estaba planteando a los soviéticos el N-1 se debían a cuestiones logísticas relacionadas con la ubicación de la plataforma de lanzamiento en una zona de tan difícil acceso. Hasta que el cohete N-1 no pudiera lanzarse con una nave Soyuz a bordo, la Luna estaría fuera del alcance de los soviéticos.

El 25 de octubre de 1968, Mishin lanzó una nave Soyuz 2 sin tripular y al día siguiente otra tripulada (Soyuz 3), con el astronauta Georgy Beregovoy a bordo. Su misión consistió en guiar la Soyuz 3 hasta las proximidades de la Soyuz 2 y posteriormente permanecer en el espacio hasta completar 81 órbitas, durante más de 3 jornadas completas.

Esta vez, la NASA había preparado una misión mucho más complicada y llamativa para efectuar su primer vuelo con la nave Apollo y el cohete Saturn V. El 21 diciembre de 1968 partió de Cabo Kennedy, la nave Apollo 8 con 3 astronautas a bordo: Frank Borman, Jim Lovell y Bill Anders. El tercer cohete Saturn V —que por primera vez transportaba una nave tripulada— la puso en órbita terrestre, a 185 kilómetros de altura y 7,79 kilómetros por segundo de velocidad. El plan de vuelo preveía un viaje a una órbita terrestre y de allí a otra lunar, donde permanecería un tiempo, para regresar directamente a nuestro planeta. Jamás los seres humanos se habían alejado tanto de su lugar de origen. A las 2:56 horas de vuelo, los cohetes de la nave Apollo 8 aceleraron la cápsula para alcanzar una velocidad de 10,8 kilómetros por segundo y colocar a la nave en otra órbita terrestre elíptica cuya trayectoria pasara cerca de la Luna. Con este impulso, el Apolo 8 inició su largo viaje hacia la Luna que lo llevaría hasta un lugar del espacio alejado 377 349 kilómetros de la Tierra. Durante la excursión hacia la Luna, el Apolo 8 tuvo que efectuar dos veces pequeños ajustes de su trayectoria. Tardó 2 días y 21 horas en alcanzar el punto en el que fue necesario activar los cohetes para que la nave quedara atrapada, en una órbita lunar, a unos 110 kilómetros de la superficie del satélite natural terrestre. Durante casi 24 horas completó 10 órbitas alrededor de la Luna y cuando llevaba 3 días y 17 horas de viaje volvió a encender sus cohetes para abandonar la Luna y regresar a la Tierra. Antes de la reentrada, a la atmósfera terrestre, el módulo de servicio se separó del módulo de mando de la cápsula espacial. Habían transcurrido 6 días y 3 horas cuando el Apollo 8 y sus tres astronautas, sanos y salvos, amerizaron en el océano Pacífico, al sur de las islas Hawai. El vuelo del Apollo 8 fue uno de los acontecimientos más importantes de aquel año 1968. La estancia de los astronautas en el espacio, durante las fiestas navideñas, les permitió enviar felicitaciones a la Tierra desde la Luna, lo cual tuvo un gran efecto publicitario. El mensaje también llegó al corazón de los ciudadanos de la Unión Soviética, temerosos de que su país hubiese perdido la iniciativa en la exploración espacial.

A pesar de la presión de los políticos, en Baikonur, Mishin seguía sin disponer del cohete N-1. Para lanzar sus naves espaciales utilizaba los cohetes R-7, sin empuje suficiente para la misión lunar. El 14 de enero de 1969, del cosmódromo soviético partió la Soyuz 4, con un astronauta a bordo, y al día siguiente la Soyuz 5 con tres tripulantes. Las dos naves se acoplaron en el espacio y dos astronautas se pasaron a la Soyuz 4 que a continuación reentró en la atmósfera terrestre, sin ningún problema. El astronauta de la Soyuz 5 también logró hacerlo aunque su viaje de vuelta no estuvo exento de dificultades. Los soviéticos publicitaron aquel logro con videos que distribuyeron a las cadenas de televisión de todo el mundo.

Por fin, el 21 de febrero de 1969, el gran cohete N-1 se encontraba en la plataforma de Baikonur listo para efectuar su vuelo inaugural. Nunca se habían probado los 30 cohetes de la primera etapa trabajando a la vez. Su diseñador Kuznetsov se encontraba en la base de lanzamiento, ansioso por comprobar el funcionamiento del extraordinario cohete. Algo falló durante la prueba y poco después de que el cohete se elevara envuelto en una nube de polvo, llamas y ruido, se incendió. Continuó ascendiendo y voló unos 25 kilómetros antes de caer en el desierto helado que rodeaba Baikonur. Fue una suerte que no se desplomara en la plataforma, porque la hubiera destruido por completo.

Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Mike Collins fueron los elegidos por la NASA para viajar a la Luna en el Apolo 11. Neil sería el comandante de la expedición; el astronauta había demostrado una pericia extraordinaria en el manejo del simulador del Módulo Lunar. Mientras Collins los aguardaba en la nave, en órbita alrededor de la Luna, Neil y Buzz, alunizarían, caminarían sobre la superficie del satélite terrestre y regresarían con el Módulo Lunar para reunirse otra vez con su compañero. Armstrong sería el primero en pisar la Luna.

Antes de viajar a la Luna, la NASA debía probar el funcionamiento de la nave Apollo con todos sus módulos y verificar que la trayectoria y los procedimientos eran correctos. En total se programaron dos vuelos, previos a la expedición lunar.

En marzo de 1969, la misión Apollo 9, llevó al espacio, por primera vez, una cápsula con los tres módulos —de Mando, Servicio y Lunar—, y tres astronautas: McDivitt, Scott y Schweickart. La misión consistía en efectuar, en una órbita terrestre, todas las maniobras previstas durante la misión lunar con el Módulo Lunar (ML). En primer lugar, el Módulo de Mando y Servicio se acopló al ML, después del lanzamiento. Una vez realizada esta operación dos astronautas pasaron al ML y se separaron del Módulo de Mando y Servicio mientras el tercero permanecía en este último módulo. El ML simuló una trayectoria de descenso a la Luna, apartándose del Módulo de Mando y Servicio unos 179 kilómetros propulsados con los motores que se utilizarían durante el descenso a la superficie lunar. Realizada esta operación hicieron que el ML se desprendiese de estos motores, ligados a la estructura de alunizaje, para regresar al Módulo de Mando y Servicio con los motores que emplearía en el ascenso desde la Luna. Volvieron a efectuar el acoplamiento para entrar en el Módulo de Mando y Servicio, donde los esperaba su compañero, y se desprendieron del LM. Otra prueba consistió en salir al espacio exterior con el nuevo traje espacial, autónomo, que no necesitaba estar unido a la cápsula espacial por ninguna especie de cordón umbilical. Estos trajes permitirían a los astronautas efectuar el transbordo del LM al Módulo de Mando y Servicio en una situación de emergencia, sin necesidad de efectuar el acoplamiento. Todas las operaciones se realizaron con éxito, en órbita terrestre, en una misión de poco más de 10 días.

El 18 de mayo de 1969 se lanzó el Apollo 10. Un ejercicio casi tan complicado como la propia expedición lunar, en la que los astronautas, Stafford, Young y Cernan, debían realizar todas las operaciones de la misión que constituía el último objetivo del programa, siguiendo una trayectoria muy parecida, con la única diferencia de que el ML se quedaría a 15,6 kilómetros de la superficie lunar. Tras el lanzamiento y el inicio del viaje hacia la Luna, el Módulo de Mando y de Servicio se acopló al ML. Una vez situado en la órbita lunar, Young se quedó solo y Stafford y Cernan partieron a bordo del ML para describir una órbita cuya trayectoria pasaba cerca del sitio en el Mar de la Tranquilidad donde estaba previsto el alunizaje en la próxima misión. Durante la maniobra de activación de los cohetes para iniciar el ascenso, la tripulación cometió un error que generó un movimiento indeseado de la nave, que estuvo a punto de desestabilizarla y hacer que cayese sobre la Luna. El 26 de mayo los astronautas del Apollo 10 regresaron a la Tierra.

Por fin, la NASA estaba en condiciones de asegurar que el satélite terrestre quedaba al alcance de su mano. La fecha elegida para el lanzamiento del Apolo 11, cuya misión era la de posarse sobre la Luna, fue el 16 de julio de 1969.

Mishin, aún trató de realizar un desesperado y absurdo esfuerzo por ganar la baza a los norteamericanos. El 3 de julio, otro N-1 intentó despegar de Baikonur, pero esta vez, a unos 180 metros del suelo, los motores de la primera etapa del cohete fallaron y el gigantesco artefacto se desplomó sobre la plataforma de lanzamiento. El mismo fallo volvió a repetirse, pero esta vez con peores consecuencias. Un espantoso hongo se alzó sobre el desierto y miles de pájaros murieron en un breve instante, alcanzados por la mortífera onda expansiva. Años después, Mishin escribiría en sus memorias: «No quiero que mis lectores entiendan que trato de evitar la responsabilidad como jefe de diseño por algunos errores, que se hicieron (incluidos los míos) a lo largo del programa lunar. Quien no hace nada no se equivoca. Nosotros, los sucesores de Korolev, hicimos cuanto pudimos, pero no fue suficiente».

El 16 de julio, von Braun pudo contemplar en su pantalla cómo el poderoso Saturn V iniciaba majestuosamente su viaje a la Luna. Era la culminación de sus sueños, un gran hito en su azarosa vida dedicada a la construcción de cohetes.

La nave Apolo 11 ejecutó con impecable seguridad su misión durante los días que siguieron, hasta el 20 de julio. Los soviéticos, en un intento desesperado por llevar la delantera a los norteamericanos en alguna faceta de aquella carrera que veían perdida, habían enviado a la Luna un robot: el Luna 15. A la NASA le preocupaba la posible interferencia de la nave soviética con su Apolo 11. El 20 de julio el ML se separó del Módulo de Mando. Neil y Buzz se encontraban a unos 1800 metros de su objetivo cuando el ordenador de a bordo empezó a dar códigos de error ‘1202’ y ‘1201’. De la estación de control terrestre recibieron la indicación de que siguieran adelante e ignorasen el aviso. La computadora de a bordo indicaba que tenía sobrecarga de trabajo; todo se debía a un interruptor del radar colocado en una posición errónea. Armstrong vio que el ordenador los llevaba a un lugar indeseable y decidió realizar el alunizaje en modo semiautomático. Era un maestro en la conducción de aquel artefacto. Cuando se posó sobre la Luna aún le sobraron 25 segundos de combustible. Tras la verificación de la lista de chequeo posterior al aterrizaje Aldrin comunicó al centro de control: «Houston, aquí base Tranquilidad. El Eagle (Águila) ha aterrizado». Cambiar su nombre de Eagle a base Tranquilidad era un código acordado para dar a entender que todo iba bien.

El mundo entero pudo contemplar en directo, gracias a la televisión, lo que ocurrió aquella histórica jornada del 21 de julio en la superficie de nuestro satélite natural. Se estima que unos 600 millones de personas siguieron la transmisión. Durante su paseo lunar, los astronautas recogieron rocas y polvo del suelo, sacaron fotos del Módulo Lunar y del entorno, movieron la cámara de televisión, hablaron con el presidente Nixon, dejaron un módulo con instrumentos científicos y plantaron una bandera de Estados Unidos. Armstrong pronunció su famosa frase («un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad») y Aldrin definió el paisaje como «una magnífica desolación». Los astronautas mantuvieron bien el equilibrio, les resultó sencillo caminar, aunque tenían que planificar sus movimientos con antelación.

El viaje de regreso se produjo sin grandes alteraciones sobre lo previsto y el 24 de julio, el Módulo de Mando del Apolo 11 fue recogido en el océano Pacífico junto a sus tres gloriosos astronautas. En las muestras que trajeron a la Tierra se descubrieron tres minerales nuevos.

Cuando el Luna 15 soviético inició su descenso hacia la superficie de la Luna, el 21 de julio de 1969, los astronautas norteamericanos ya estaban allí. El robot se estrelló en la ladera de una montaña selenita, muy lejos del lugar en el que se hallaba el Eagle. ¿Cuál fue su misión?, es algo que nunca se ha llegado a saber, pero la gran carrera hacia la Luna ya se había terminado.

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Tercera parte)

1-gagarin-first-human

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Tercera parte):

El 7 de noviembre de 1957 se conmemoraba el 40 aniversario de la Revolución de Octubre en la URSS. Khrushchev le preguntó a Korolev si era posible celebrar la fiesta con algún gran evento. Serguei, sabía que el siguiente paso importante en la aventura espacial consistía en colocar a un hombre en una órbita terrestre. Antes de hacerlo con un ser humano tendría que probar con animales. La respuesta al jefe del Gobierno fue que lo podrían celebrar enviando al espacio a un perro. En realidad sería una perra que recogieron en las calles de Moscú: Laika. Korolev tuvo que reunir otra vez a sus colaboradores, a toda prisa, para que preparasen un cohete R-7 y una cápsula espacial que esta vez llevaría a bordo un ser vivo. El 3 de noviembre Laika viajó al espacio, aunque apenas sobrevivió unas horas debido a un fallo en el sistema de regulación de temperatura en la nave espacial. En cualquier caso hubiera muerto en el espacio porque la cápsula no podía devolverla con vida a la Tierra.

Después de este segundo esfuerzo, la salud de Korolev se resintió seriamente y su corazón acusó el terrible estrés a que había estado sometido durante los últimos meses. Korolev tuvo que recluirse durante un tiempo en un sanatorio.

Dada la crisis que produjo en Estados Unidos el lanzamiento del Sputnik 1 y, casi a continuación, el del Sputnik 2 con Laika a bordo, von Braun consiguió autorización para preparar uno de sus cohetes para un eventual lanzamiento, aunque el Vanguard de la Marina lo intentaría en primer lugar. El 6 de diciembre de 1957, con las televisiones de todo el mundo en Cabo Cañaveral, el cohete de Milton Rosen fracasó en su intento por colocar en órbita un pequeño satélite. Fue una página que muchos políticos de aquel país nunca quisieran haber leído; aunque el Huntsville los hombres de von Braun no pudiesen ocultar su alegría al leer en la prensa el título con que bautizaron al cohete de la Marina: Kaputnik.

Por fin, el 31 de enero de 1958, el Explorer 1—el primer satélite artificial estadounidense, de 13,97 kilogramos de peso, lanzado por la Army Ballistic Missile Agency (ABMA) — consiguió orbitar alrededor de la Tierra a 2550 kilómetros de altura. Von Braun siguió el lanzamiento en Cabo Cañaveral desde Washington, debido a que la extraordinaria expectación del evento hizo que los políticos requiriesen su presencia allí para atender a los medios. Durante algunos minutos, Wernher creyó que la misión había fracasado porque las estaciones de escucha terrestres no detectaron las señales del satélite. El Explorer 1 se situó en una órbita más alta de lo previsto. El cohete que lo impulsó, Juno 1, era una versión del Jupiter-C al que se le incorporó una cuarta etapa, sin sistema de guiado; era la solución más sencilla, aunque tenía un grave inconveniente: la órbita no podía determinarse con exactitud.

Estados Unidos celebró el éxito de von Braun con un júbilo hasta cierto punto desmedido. El peso de la carga útil del Sputnik 2 (508 kilogramos) casi multiplicaba por 50 la del Explorer 1; los cohetes de Korolev le llevaban una ventaja muy considerable a los de Wernher von Braun. Sin embargo, el Explorer 1, con un contador de Geiger a bordo, detectó la existencia de los cinturones de radiación que se denominarían de Van Allen, en honor al científico que los había estudiado, mediante globos, y que ideó el experimento en el satélite.

El 15 de mayo de 1958, Korolev puso en órbita el Sputnik 3, que llevó a bordo el Objeto D, con tonelada y media de instrumental científico. Serguei ya se había entregado por completo, en estrecha colaboración con Tikhonravov, al diseño de un programa espacial de gran alcance para la URSS. En aquel espléndido proyecto figuraba la puesta en órbita de una nave tripulada, el viaje a la Luna, la construcción de una estación espacial y la exploración de Marte. El primer problema a resolver con las naves tripuladas era el del regreso a la Tierra. La cápsula espacial debía contar con unos retrocohetes que la frenaran hasta el punto de que, al perder velocidad, se precipitara sobre la Tierra. Sin embargo, la reentrada debía hacerse con un ángulo, dentro de una estrecha ventana, porque si era pequeño al entrar en la atmósfera rebotaría para regresar a una órbita superior, y si era demasiado grande descendería a gran velocidad y el calentamiento la destruiría. En cualquier caso, el problema del exceso de temperatura debido a la fricción con el aire de la atmósfera, también habría que resolverlo. Tikhonravov diseñó una cápsula con el frontal semiesférico, que ofreciera resistencia al avance, para frenar la nave, y sobre todo para que se formara una onda de choque frontal que la mantuviera, hasta cierto punto, aislada del aire que incidía a gran velocidad. El tiempo de encendido de los retrocohetes era crítico para lograr un ángulo correcto de reentrada. Por tanto, para que la cápsula regresara a la Tierra después de un viaje espacial habría que tener en cuenta su forma, el control del tiempo de actuación de los retrocohetes y el material de que estuviera hecha.

El principal problema del proyecto espacial soviético, era que los planes de Korolev y Tikhonravov no coincidían, en sus prioridades, con los del estamento militar ni con los de muchos políticos de su país. Del espacio, lo urgente para ellos, era la estación espía de observación. Y con respecto a los misiles balísticos de muy largo recorrido, les preocupaba: en primer lugar, que las estaciones de lanzamiento eran muy voluminosas, fácilmente detectables por la inteligencia enemiga, y, en segundo lugar que, con anterioridad al lanzamiento del misil, debía efectuarse la carga del comburente líquido, oxígeno criogénico, en la que se tardaba, al menos, un día entero.

Khrushchev mantuvo una reunión con Korolev para tratar de las cuestiones que le preocupaban con respecto a sus misiles balísticos y le preguntó qué pensaba sobre la utilización de otros comburentes y combustibles, de los que, el propio jefe de Estado ya había sido informado por los que apoyaban las ideas de otro ingeniero, Mikhail Kuzmich Yangel, que trabajaba en el desarrollo de misiles de corto y medio recorrido, que empleaban combinaciones combustible-comburente, hipergólicas. Estas mezclas tienen la propiedad de que arden cuando los dos elementos (combustible y comburente) se ponen en contacto. El combustible de los misiles de Korolev era queroseno, y el comburente, oxígeno líquido. La mezcla había que encenderla para que se produjera la combustión. En sus diseños y experimentos, Yangel utilizaba como combustible dimetilhidracina asimétrica y como comburente tetróxido de nitrógeno; son líquidos extremadamente corrosivos y de muy difícil manejo. Korolev estaba al corriente de estos desarrollos, pero consideraba que aportaban poco a su proyecto de misiles de gran empuje que pudieran transportar naves espaciales, al margen de la disponibilidad inmediata para la acción y la posibilidad de almacenarlos en silos, asunto que no le preocupaba demasiado. Khrushchev le pidió que estudiara el problema. En una segunda reunión fue más directo y le dijo que el camarada Yangel se haría cargo de otra línea de trabajo en la que emplearía los nuevos combustibles para desarrollar misiles balísticos de largo recorrido. Korolev protestó, sin que sirviera de nada. Conocía a Yangel, que había trabajado para su organización durante algún tiempo y también era consciente de que su antiguo subordinado había buscado apoyos en Ustinov y otros generales para llevar adelante sus proyectos. Hasta Glushko y el hijo de Khrushchev, que trabajaba en su grupo, habían contribuido a que los ambiciosos proyectos de Yangel prosperasen. El general Ustinov, que ocupaba el cargo de responsable del Comité Central sobre aquellos asuntos, asumió la responsabilidad de apoyar a Yangel. Desgraciadamente, aquel apoyo le costaría muy caro, pero la promoción de otra línea de desarrollo de misiles, que competía con Korolev, no favorecería el desarrollo de sus proyectos.

Korolev tomó buena nota de que «el satélite de reconocimiento es más importante para la madre patria» y en noviembre de 1958 consiguió que le aprobaran la cápsula espacial Vostok para el satélite espía, aunque él tuviera en mente darle otros usos complementarios.

La parte más positiva, desde el punto de vista político, de las actividades espaciales de Korolev era que a Khrushchev le proporcionaban siempre magníficas oportunidades para hacer publicidad del régimen comunista soviético, en su propio país y en los foros internacionales.

A principios de 1959, Korolev intentó enviar, por cuarta vez, un cohete a la Luna. Transportaba una caja con 72 piezas en las que se había grabado la hoz y el martillo junto con la fecha del lanzamiento. Para observar el punto en que alcanzaba la Luna, también llevaba a bordo un kilogramo de sodio que al incendiarse producía una gran nube amarilla. El cohete erró la trayectoria, la inmensa nube amarilla pudo verse donde no estaba (y se suponía que debía encontrarse) la Luna, y la sonda se perdió en el espacio para convertirse en otro pequeño objeto en la órbita del Sol. Fue un hito involuntario que Khrushchev convertiría en un gran acontecimiento: el primer objeto humano en órbita solar.

A lo largo de 1959 el mandatario soviético aún tuvo más motivos para presumir de la tecnología espacial comunista. El Luna 2, lanzado el 12 de septiembre, llegó a la parte este del Mare Imbrium en la Luna. El radio telescopio Jodrell Bank del Reino Unido siguió el vuelo de la nave soviética y confirmó la noticia. Khrushchev no dejó pasar por alto a Einsenhower que su Pioner 4, la sonda estadounidense que más se había acercado a la Luna hasta la fecha, pasó a unos 60 000 kilómetros de distancia. Pero quizá, uno de las noticias espaciales que  más captó la atención del público aquel año, fue la que distribuyó las imágenes de la cara oculta de la Luna que fotografió el Luna 3 soviético, lanzado el 4 de octubre. Von Braun tomó nota de que aquel lanzamiento exigía un cohete con un empuje de más de 250 toneladas.

Con habilidad, Korolev iba desarrollando su programa espacial aprovechando el espontáneo y no programado interés de Khrushchev por utilizar los logros espaciales con fines publicitarios. En reconocimiento a su labor, Serguei y Nina recibieron una magnífica vivienda en Podlipki, con un jardín en el que Korolev disfrutaría en verano de la sombra de un viejo roble y durante casi todo el año de la magnífica chimenea con la embocadura de mármol, la biblioteca y algunos cuadros.

Las noticias de América también ayudaron a que los políticos soviéticos tuvieran que mirar la exploración espacial con mayor preocupación. Estados Unidos había creado una nueva agencia para encargarse de esta actividad y buscaba hombres para enviarlos al espacio. Los soviéticos también pusieron en marcha un programa para escoger a sus astronautas. Un programa tan secreto que los aspirantes participaron en un ejercicio de selección en el que no sabían para qué misión se les pretendía elegir.

En Estados Unidos la Marina, la Fuerza Aérea y el Ejército, tenían en marcha proyectos distintos de desarrollo de misiles y exploración espacial. Dado el carácter civil que el Gobierno quería otorgar a este último asunto, Einsenhower decidió crear la National Aeronautics and Space Administration (NASA), el 29 de julio de 1958. Su misión era la de mantener el liderazgo de Estados Unidos en lo relativo a las ciencias espaciales. Keith Glennan fue nombrado administrador de la nueva organización. Los gestores del recién creado organismo espacial tardaron muy poco tiempo en lanzar el proyecto Mercury que consistía en poner un hombre en el espacio. Muy pronto se dieron cuenta que quizá el problema más urgente que tenían que resolver eral la reentrada de la cápsula espacial en la atmósfera terrestre. En Moscú, Tikhonravov llevaba ya meses trabajando sobre el mismo asunto. Otra de las prioridades de la NASA fue la de identificar y absorber las instituciones del Gobierno que en aquel momento se ocupaban de asuntos relacionados directamente con el espacio, como el grupo de la Marina del cohete Vanguard y el Jet Propulsion Laboratory de Pasadena, en California.

Aquel verano de 1958, un proyecto combinado entre la Armada y la Fuerza Aérea, trató de lanzar un cohete a la Luna. El 17 de agosto, el cohete Thor explotó 77 segundos después de ser lanzado con rumbo al satélite natural terrestre. El fracaso, televisado, sirvió para aumentar el descrédito de las actividades espaciales estadounidenses que no gozaban de una prensa demasiado buena. Un mes más tarde, un cohete Atlas volvió a fallar en otro segundo intento por alcanzar el mismo objetivo. Korolev, en Rusia, también había errado en dos lanzamientos con destino a la Luna, pero los malos resultados soviéticos no se publicaban nunca.

En un principio, Von Braun y su equipo siguió trabajando para el Ejército, en Huntsville, al margen de la NASA. Había recibido el encargo de desarrollar un cohete balístico de largo alcance, inspirado en el Jupiter-C, para transportar una cabeza termonuclear. El nuevo desarrollo se planteó con un cohete central y un anillo de cohetes, tipo Redstone. El equipo decidió denominar aquel nuevo invento con el planeta del sistema solar que seguía a Júpiter: Saturno.

En abril de 1959 la NASA presentó oficialmente a sus siete astronautas del proyecto Mercury. Eran las personas elegidas para hacer realidad uno de los grandes sueños americanos. Encarnaban todas las virtudes que habían distinguido a los mejores hombres de la patria. Sus familias formaban parte de la excelencia que los agraciaba. Sus esposas los adoraban. Cierto o falso, el estereotipo que fabricó la NASA para sus astronautas se confundía con el ideal humano de la sociedad estadounidense de la época. Y para engrandecerlo lo elevó a la categoría de héroe.

En mayo de 1959 los astronautas visitaron las instalaciones de la fábrica McDonnell, donde se construía la cápsula Mercury, en St Louis. La nave espacial no disponía de controles ni ventanas. Los héroes se sintieron relegados a simples conejos de indias y solicitaron con vehemencia que se les otorgara a bordo cierta capacidad de control y que se abriera una ventanilla en las paredes de la Mercury. Aquél mes también tuvieron la oportunidad de presenciar el lanzamiento de un cohete Atlas igual al que estaba previsto que los transportase al espacio. En Cabo Cañaveral, desde el bunker, vieron con sus propios ojos como el cohete explotaba en el aire. Uno de los astronautas, Shepard, comentó: «Bien, me alegro de que se lo hayan quitado de encima…espero que arreglen el problema».

Al mes siguiente, en junio, comenzó el ensamblaje en Cabo Cañaveral, de un cohete Atlas, con la cápsula Mercury. El 9 de septiembre se lanzó. El cohete subió demasiado rápido y la cápsula se separó tarde. No logró alcanzar la posición correcta de reentrada y la prueba falló.

La NASA decidió descartar el Atlas y utilizar el Redstone de von Braun. Con este cohete tendría que limitar el experimento a un vuelo suborbital, en el que se alcanzaría una altura de más de 200 kilómetros; se supone que el espacio empieza a partir de las 60 millas (96 kilómetros), con lo que el viaje de la nave podría considerarse como espacial.

Wernher von Braun y sus colaboradores regresaban otra vez a las actividades espaciales. Su incorporación al proyecto supuso un cambio en el modo de hacer las cosas. Sometió a revisión cada sistema y dispuso que se implantaran controles sobre algunos elementos críticos como el exceso de aceleración y vibraciones; también decidió incorporar un mecanismo de escape para que la cápsula pudiera liberarse del cohete en situaciones de emergencia. Además como en el proyecto intervenían muchos subcontratistas —los principales eran Boeing, que fabricaba el cohete, y McDonnell que producía la cápsula Mercury—, von Braun decidió realizar pruebas del sistema completo. Von Braun desencadenó una tormenta en la NASA. El jefe del proyecto, Gilruth, había encargado a Chris Kraft el montaje de un centro de control de misión. Von Braun era partidario de que los tripulantes tuvieran mayor capacidad de control. En las discusiones afloraron sentimientos de aversión hacia los alemanes y resquemor por el papel, siempre estelar, de su líder: von Braun. La propia esposa de Wernher tuvo que intervenir en algunas fiestas en las que los ánimos se caldearon excesivamente.

Von Braun trabajaba para el Ejército, porque su centro de desarrollo de misiles balísticos no se había incorporado todavía a la NASA. En materia de cohetes, Estados Unidos disponía de una amplia colección de grupos de inventores en la nómina de diferentes organismos relacionados con la defensa del país. Von Braun recibió el encargo de presidir un comité que hiciera un informe al respecto y propusiera guías de actuación a largo plazo. El comité expuso las cinco líneas de desarrollo más significativas y von Braun sugirió que en el futuro se abordasen con una planificación conjunta. Estas líneas de trabajo empezaban en el Vanguard y pasaban por el Juno, los Atlas y el Titan, para terminar en los desarrollos de grupos de cohetes como el Saturno y el F-1 capaz de generar hasta tres mil toneladas de empuje.

Von Braun era un visionario y entendió que los futuros cohetes espaciales requerirían empujes muy superiores a los de los existentes y que, de algún modo, se produciría un claro divorcio entre los misiles balísticos nucleares y los cohetes espaciales. Estas ideas también calaron en el estamento militar y el Ejército puso en cuarentena el desarrollo del proyecto Saturno. Al igual que habían hecho los militares soviéticos, en Estados Unidos se cuestionó la oportunidad de seguir gastando dinero en cohetes como el Saturno, que requerían el uso de oxígeno líquido, con todos los inconvenientes asociados al proceso de carga, y desarrollaban empujes quizá innecesarios para transportar unas cabezas termonucleares cuyo peso podría reducirse de forma significativa. Con el proyecto Saturno a punto de cancelarse, Einsenhower anunció, en noviembre de 1959, su intención de transferirlo a la NASA. El 15 de marzo de 1960 se creó el George C. Marshall Space Flight Center en Huntsville, Alabama, dependiendo de la NASA, al que se incorporó personal del Army Ballistic Missile Agency (ABMA), bajo la dirección de Wernher von Braun. Por fin, el ingeniero de origen alemán conseguía un puesto de trabajo en la recién nacida industria espacial, que tanto había contribuido a inventar.

La primera prueba de lanzamiento de la cápsula Mercury con el cohete Redstone se hizo en Cabo Cañaveral, el 21 de noviembre de 1960. El ejercicio se convirtió en un espectáculo circense. El cohete principal se encendió y cuando se había levantado unos 10 centímetros de altura los motores se apagaron y el cohete con su cápsula Mercury en la cabeza se desplomó sobre la base, sin que de momento ocurriese nada. Entonces se activaron los cohetes de emergencia de la cápsula que salió disparada, dejando al cohete en tierra y se elevó 1200 metros, se abrieron los paracaídas y descendió suavemente para aterrizar a unos 370 metros de la plataforma donde el cohete Redstone seguía erguido, milagrosamente, sin que los técnicos supiesen que hacer.

El 19 de diciembre se efectuó otro lanzamiento con una cápsula Mercury vacía. El vuelo suborbital alcanzó 220 kilómetros de altura y la cápsula se recuperó en el océano Atlántico.

El 19 de enero de 1961, el jefe del proyecto Mercury, Bob Gilruth, anunció que Alan Shepard sería el primer astronauta en volar, Gus Grissom el segundo y John Glenn asumiría el papel de reserva para los dos.

Antes de enviar un hombre al espacio, la NASA decidió hacer una prueba con un chimpancé. Había varios entrenados para este menester y escogieron al número 65. El 31 de enero de 1961, el chimpancé partió de Cabo Cañaveral a bordo de una nave espacial Mercury. El sistema de control de empuje no funcionó bien y la cápsula alcanzó 252 kilómetros de altura en vez de los 185 previstos. A pesar de todo el chimpancé sobrevivió a la experiencia.

Gilruth y Kraft de la NASA y el propio Shepard no veían ninguna razón para aplazar el vuelo del astronauta, previsto para el 21 de marzo de 1961. Sin embargo, von Braun se opuso. Quería hacer más pruebas antes de aventurarse a enviar un hombre al espacio. Nadie, en la NASA se atrevió a ir en contra de su opinión, cuando se trataba de algo que tuviera que ver con los cohetes.

Von Braun se había convertido en la imagen pública de la investigación espacial en Estados Unidos. El éxito del Explorer 1 lo anunció la revista Time con un número en el que la fotografía de su rostro ocupaba la primera página. Sus artículos, series televisivas y entrevistas le otorgaron una gran publicidad. El 19 de agosto de 1960, se estrenó la película I aim at the stars (Yo, apunto a las estrellas), en Munich, sobre la historia de su azarosa vida. En la obra, protagonizada por el alemán Curt Jürgens, un periodista norteamericano apostilla el título con la frase «pero a veces le doy a Londres». Durante el estreno en el Reino Unido dos hombres abrieron una gran pancarta: «Los V-2 nazis de von Braun mataron y lisiaron a 9000 londinenses». En Estados Unidos la crítica fue más favorable al alemán, pero sirvió para remover otra vez su pasado en la Alemania nazi de Hitler. Al propio von Braun no le gustó la película. A pesar de la controversia que le acompañaría a lo largo de toda la vida, su talante abierto, su profunda inteligencia, el encanto personal de su porte distinguido y aristocrático, sus dotes de liderazgo y la pasión que era capaz de transmitir cuando hablaba del espacio, lo convirtieron en el icono de la aventura espacial en lo que entonces se llamaba mundo libre.

Korolev no existía para el público. Obsesionados por los secretos; temerosos de que la inteligencia capitalista asesinara al máximo responsable del programa de desarrollo de misiles soviético; las autoridades de la URSS mantuvieron su identidad en la más oscura de las penumbras. Korolev no tenía rostro, era un mito sin cuerpo; se había convertido en el espíritu que movía el complejo entramado de ciencia e ingeniería de una de las naciones más poderosas del mundo para fabricar las gestas que le exigían los políticos.

Sin embargo, junto a la falta de simetría entre la popularidad de von Braun y la de Korolev, coexistía otra realidad igualmente asimétrica: mientras Korolev era el auténtico vértice del entramado espacial de su país, von Braun desempeñaba en el del suyo un papel importante, pero coral. Por eso Korolev sentía sobre su conciencia el peso de la decisión que habían tomado. Yuri Gagarin viajaría al espacio, cuando él diese la orden, cuando él decidiera que todo estaba en condiciones para que lo hiciera.

El 12 de abril de 1961, en la base de lanzamiento de Baikonur, los astronautas Yuri Gagarin y Gherman Titov desayunaron con Serguei Korolev. El jefe de diseño de la ingeniería soviética no había dormido muy bien. A las dos de la madrugada le sirvieron un té con galletas y a las cinco había hablado por teléfono con su esposa Nina. Su rostro reflejaba un profundo cansancio. El médico le había recomendado que descansara porque su corazón daba signos de agotamiento. Pero, aquel era el día señalado por el Comité Central del Partido Comunista para que desde la base de Baikonur se enviara un cohete con un astronauta a bordo, orbitase alrededor de la Tierra y regresara, sano y salvo a la madre patria. Y Korolev fue quien propuso la misión, porque creyó que había llegado el momento.

Desde el mes de mayo de 1960, en que se llevó a cabo la primera prueba de vuelo con el cohete R-7 y la cápsula espacial Vostok acoplados, hasta el 12 de abril de 1961, su equipo había trabajado sin descanso. Había transcurrido casi un año desde que el jefe de la Comisión del Estado, general Nedelin estuvo en Baikonur, para comprobar cómo fallaron los retrocohetes que controlaban la reentrada en la atmósfera. La cápsula rebotó y en vez de regresar a la Tierra, saltó a una órbita superior. Dos meses después, dos perras, Chaika y Lisichka perdieron la vida en otro cohete cuando explotó a los 30 segundos del despegue. En agosto de 1960, tuvieron un éxito al colocar a Belka y Strelka, una pareja de perras, en órbita y traerlas vivas a la Tierra. Un eufórico Khrushchev en una reunión de Naciones Unidas, en Nueva York, prometió regalarle a Einsenhower un cachorro de Strelka para la Casa Blanca. Nedelin lo festejó y quizá aquella fue una de sus últimas celebraciones. El 23 de octubre de 1960, también allí, en Baikonur estaba previsto el lanzamiento del R-16 propulsado mediante una combinación de líquidos hipergólicos y Nedelin acudió para presenciar el lanzamiento del cohete diseñado por Yangel. Una terrible explosión, imprevista, acabó con la vida del general y la de unas 150 personas más. De Nedelin recogerían sus medallas y lo identificaron por la estrella de oro de Héroe de la Unión Soviética. Yangel se salvó porque en ese momento estaba fumando en el bunker. El desgraciado accidente paralizó temporalmente sus lanzamientos hasta el 1 de diciembre. Ese día, otras dos perras, Pchelka y Mushka, completaron 17 órbitas a la Tierra, en una cápsula Vostok; durante la maniobra de reentrada los retrocohetes funcionaron menos tiempo del necesario y la cápsula inició un descenso que la llevaba a caer fuera de la URSS; hicieron que la nave explotara en pleno vuelo. Antes de que finalizara 1960, el 22 de diciembre, en otro lanzamiento con dos perros a bordo, la tercera etapa del cohete falló; aunque la cápsula se separó y pudieron recogerla, con los animales vivos, en Siberia.

En todos aquellos vuelos, Korolev había estado pendiente hasta del último detalle y, después de cada fallo, había sometido a su equipo un profundo análisis para estudiar las causas y diseñar remedios.

A lo largo de 1961 hubo dos vuelos más, el 9 y el 24 de marzo, en los que todo funcionó bien. En ambos, además de un perro, ratones y reptiles, voló un curioso personaje: Iván Ivanovich, un muñeco que representaba la figura de un astronauta, a escala natural. Con estos dos éxitos, Korolev pensó que había llegado el momento de solicitar permiso para lanzar un astronauta soviético al espacio. El Comité Central le otorgó la correspondiente autorización y la fecha del lanzamiento se había fijado para el día 12 de abril.

Gagarin y Titov sentían un profundo respeto por Korolev. El aspecto que tenía el jefe de diseño aquella mañana del 12 de abril, los impresionó. Hacía poco tiempo que ellos le habían pedido una entrevista para decirle que muchos de los fallos en los lanzamientos, podrían evitarse si a bordo de la cápsula espacial los astronautas podían tomar el mando de la nave. Sin embargo, para hacerlo, era preciso que se les enviara un código secreto desde el centro de control, en tierra. Korolev le había pasado la contraseña a Gagarin, contraviniendo el procedimiento; nadie sabía hasta qué punto el entorno a bordo de una cápsula espacial podía alterar el juicio de una persona. Pero Korolev sentía que sobre él recaía todo el peso de aquella responsabilidad y no podía quitarse de la cabeza que de los últimos 17 lanzamientos del cohete R-7, con los mismos motores, 8 habían fracasado. Él asumía las responsabilidades, él tomaba las decisiones.

El día anterior, por la tarde, había estado un largo rato a solas con Yuri Gagarin en la cápsula Vostok explicándole con detalle el proceso del lanzamiento hasta que se sintió tan mal que no tuvo más remedio que interrumpir la sesión para retirarse a su habitación. El médico le recomendó que descansara. Sin embargo, aquella mañana, se sintió con fuerzas para retomar el trabajo.

Tras el desayuno, Gagarin subió a la cápsula espacial y Korolev se refugió en el bunker. Los dos se mantuvieron en contacto por radio durante las comprobaciones previas al despegue. A ratos Yuri Gagarin canturreaba canciones folklóricas rusas. Hijo de campesinos, hacía poco más de un mes que había cumplido 27 años; a pesar de su buen carácter y aspecto sonriente, el astronauta había tenido una vida dura. A Korolev le caía muy bien aquel muchacho y no podía evitar la preocupación de que podía estar enviándolo a la muerte. Lo que más le preocupaba era un fallo de los motores de las etapas superiores.

A las 09:07 Korolev apretó el botón de encendido y el cohete inició el despegue. El corazón de Gagarin latía 157 veces por minuto. Korolev pensaba, angustiado, en todas las posibles complicaciones. Las que más le agobiaban tenían que ver con fallos en los motores de las etapas superiores. Si no funcionaban los retrocohetes podría regresar después de 11 o 12 días de permanecer en órbita, para los que disponía de recursos vitales en la cápsula Vostok. Korolev mantuvo el contacto con Gagarin durante unos 7 minutos; a partir de ese momento la cápsula pasó a comunicarse con otra estación de seguimiento. Korolev habló por teléfono con Khrushchev y pasaron la noticia a la agencia TASS.

Gagarin, desde la Vostok, empezó a describir el horizonte curvado, el color de la Tierra, la negrura del cielo y el brillo de las estrellas.

En el centro de Baikonur estaban pendientes de las noticias de la radio. Al cabo de 50 minutos las emisoras distribuyeron la nota de la agencia: «El primer satélite Vostok con un ser humano ha sido puesto en órbita alrededor de la Tierra desde la Unión Soviética. El piloto astronauta de la nave espacial satélite Vostok es un ciudadano de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, mayor de aviación: Yuri Alexeyevich Gagarin».

Cuando la Vostok iba a completar una vuelta completa a la Tierra para sobrevolar otra vez la URSS, a las 10:25 horas, desde tierra activaron los retrocohetes. Entonces la cápsula, de forma inesperada empezó a girar sobre sí misma, a una velocidad de unos 30 grados por segundo. El problema, que el centro de control no pudo advertir, se debió a que el módulo de instrumentos, unido a la Vostok, no se había separado de la cápsula. Sin embargo, el incremento de temperatura de la reentrada quemó los cables y el módulo se desligó de la Vostok. Yuri tuvo que soportar una aceleración de 8 g. El paracaídas se abrió a 6000 metros de altura, saltó la escotilla y Gagarin fue lanzado al espacio sujeto a la silla de vuelo que se desprendió para liberarlo y permitir que iniciase el descenso final con su paracaídas. A sus pies pudo contemplar la grandeza del Volga y una vez en tierra a unos sorprendidos campesinos que no daban crédito a lo que veían con sus ojos hasta que alguien exclamó: «lo están diciendo en la radio».

Korolev no tenía palabras cuando se encontró con él otra vez, en el campo, y el muchacho lo saludó para comentarle que todo había ido bien.

El 14 de abril fue declarado día de fiesta en la URSS; miles de personas acudieron a la Plaza Roja para celebrar el gran acontecimiento. La gente que se arremolinaba en la gran explanada contempló a un sonriente Yuri Gagarin acompañado del exultante Khrushchev y de Brezhnev. Korolev no ocupó ningún lugar de honor en la ceremonia que celebraba el triunfo. Ni siquiera pudo asistir al acto multitudinario en la Plaza Roja, porque se le rompió la correa del ventilador del coche cuando se dirigía al centro de Moscú. No llegó a tiempo.

Era la segunda vez que la Unión Soviética, con su pequeño David, ganaba otra etapa en la carrera espacial al país que lideraba el llamado mundo libre, gracias a que un hombre invisible, solitario y exhausto, continuaba moviendo los hilos del teatro espacial de su país. Mientras tanto, en la poderosa América, a von Braun siempre lo habían llamado a última hora, para abordar acciones capaces de mitigar el efecto desmoralizador sobre el país de los éxitos soviéticos. Pero, en 1960 habría llegado para quedarse en el negocio espacial y escribir uno de los capítulos más importantes de la historia de los cohetes.

La gran carrera hacia la Luna

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

gpn-2002-000167

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

La conquista del espacio :Korolev contra von Braun (Segunda parte):

A lo largo de 1945, incluso antes de que finalizara la guerra, llegaron a Alemania varios grupos de especialistas soviéticos interesados en la tecnología de los V-2. Tan pronto Peenemünde, Nordhausen y Lehesten cayeron en manos de la URSS los militares destacaron expertos para inspeccionar las instalaciones y hacerse cargo de ellas; a Bleicherode, el último reducto donde se refugió von Braun, también llegaron algunos de los técnicos soviéticos. Korolev aterrizó en Berlín en septiembre de 1945 y el mayor especialista de motores cohete de la URSS, Valentín Glushko, se había incorporado al centro alemán de Lehesten el mes anterior.

La mayor parte de los técnicos del entorno de von Braun quedaron en poder de los americanos, pero miles de expertos seguían en territorios pertenecientes a la zona controlada por la URSS. Los soviéticos trataron de captar a todos los especialistas que pudieron para que se incorporasen a los centros de investigación, desarrollo y producción de misiles A-4, bajo su control. Muchos de los que se presentaron no habían trabajado nunca en el programa de misiles alemán, pero eran excelentes profesionales.

Helmut Gröttrup, un ingeniero de primer nivel, que había trabajado codo a codo con von Braun, decidió quedarse en Alemania y colaborar con los soviéticos. En realidad fue su esposa, Inmgardt, quien negoció, en septiembre de 1945, las condiciones para que su esposo aceptara la oferta de los soviéticos. Dos vacas para que no les faltara leche a los niños, caballos, un chófer, servicio doméstico, una buena casa y alimentos de la despensa del Ejército Rojo, fueron algunas de las exigencias que los nuevos patrones de Gröttrup tuvieron que admitir para contar con sus servicios. A cambio, Helmut no escatimó esfuerzos por lo que no tardaría mucho en ser promocionado: un año después, de él dependían unos 500 empleados en la planta de fabricación de prototipos y había conseguido montar algunos misiles A-4.

Al cabo de algunos meses, las actividades que dirigían los soviéticos relacionadas con la tecnología de misiles, en Alemania, se convertiría en un pequeño caos al que las autoridades trataron de poner remedio. En febrero de 1946 el general Mickhailovich Gaidukov asumió la responsabilidad de coordinar todos los esfuerzos de la Unión Soviética en Alemania para absorber la tecnología de los A-4. La nueva organización se denominó Instituto Nordhausen. El general necesitaba un hombre con el empuje y liderazgo de Korolev para reorganizar los trabajos de investigación y fabricación, en una Alemania que estaba en ruinas, recién terminada la guerra. La mayoría de los científicos e ingenieros de primer nivel, que habían trabajado en los V-2, ya estaban en Estados Unidos, pero los soviéticos habían conseguido reunir a millares de técnicos y obreros especializados alemanes en distintos centros operativos. De Gaidukov pasaron a depender la planta de motores en Lehesten, que dirigía Glushko, y la de lanzamiento, guiado, balística, diseño técnico y fabricación. Gaidukov designó a Korolev como jefe de ingeniería con autoridad sobre toda su organización. Este nombramiento le produjo cierta intranquilidad a Glushko, ya que los dos ingenieros se acusaban mutuamente de traición y haber efectuado falsas declaraciones cuyas consecuencias los llevaron a la cárcel, pero no tuvo más remedio que aceptarlo. A Serguei le había llamado la atención un joven ingeniero, imaginativo y apasionado, recién salido de la universidad que se llamaba Vasili Pavlovich Mishin y lo convenció para que se convirtiese en su ayudante.

El plan del entramado de laboratorios y centros alemanes que trabajaba bajo la supervisión de Serguei Korolev tenía como objetivo fabricar y lanzar, primero, un V-2 y posteriormente construir una versión mejorada de este misil: el R-1. Korolev había descubierto en el V-2 de von Braun bastantes elementos que podían mejorarse. A veces pensaba que el diseño tenía muchas deficiencias y que estaba obsoleto. Una de las mejoras que se le ocurrió fue la de utilizar la superficie externa del misil como parte de los depósitos de combustible, en vez de colocar en el interior un tanque. De este modo se podía reducir el peso y aumentar el alcance.

Winston Churchill fue el primero en acuñar el término “telón de acero”. Finalizada la guerra, las relaciones entre la Unión Soviética y las potencias occidentales empezarían a deteriorarse. A Estados Unidos y Gran Bretaña les preocupaba el control que Stalin ejercía sobre todos los países del bloque comunista, así como la expansión de este sistema político cuyos principios y valores eran incompatibles con el mundo capitalista. Preocupados por las actividades que los soviéticos ejercían en Alemania, los aliados acordaron prohibir los desarrollos de misiles en el territorio alemán. Gaidukov continuó con sus trabajos, aunque con mayor discreción, pero era imposible ocultar a sus aliados, tan próximos, una industria que movilizaba a miles de personas.

El 13 de mayo de 1946 Stalin creó la industria de misiles soviética y sus oficinas principales se establecieron en Podlipki, en las afueras de Moscú. Al mismo tiempo se instituyó el NII-88, el laboratorio nacional responsable del desarrollo de estas tecnologías.

Aquél verano de 1946, en agosto, Serguei envió a su colaborador Mishin a Moscú para que fuese preparando las instalaciones de Podlipki en previsión de los acontecimientos que sabía que no tardarían en ocurrir. A nivel personal, trató de recomponer, al menos por segunda vez, su vida familiar con su esposa Ksenia y su hija Natasha. Pasó con ellas las vacaciones de verano en Alemania, pero en septiembre, cuando Natasha tuvo que regresar al colegio en Moscú, su esposa y él comprendieron que su matrimonio tenía difícil arreglo.

Gröttrup trabajaba con sus paisanos alemanes en la línea de fabricación de los A-4. En verano le solicitaron una lista de posibles mejoras del misil y, tras el análisis del asunto con sus técnicos, elaboró una respuesta con 150 puntos. Después de presentarla, en septiembre, le pidieron que esbozara cómo debía construirse un misil más avanzado. En pocos días formuló una respuesta inspirada en los diseños alemanes que el equipo de von Braun había concebido para los cohetes A-9 y A-10, que nunca llegaron a salir del tablero de dibujo.

Iván Serov, el delegado de Beria en Alemania y jefe de la policía secreta, vigilaba todos los movimientos de Gaidukov y sus hombres. Tal y como era su costumbre informaba puntualmente de los fracasos y elaboraba listas de sospechosos. Pero, quizá el mayor de todos los despropósitos que protagonizó durante aquellos años fue la deportación masiva de millares de alemanes al corazón de Rusia. El 21 de octubre de 1946 Gaidukov organizó una convención a la que invitó a unos 200 ingenieros alemanes. Después de la jornada de trabajo, en la que se discutieron los asuntos técnicos, invitó a todos sus huéspedes a un espléndido banquete. Junto con manjares que, en la Alemania de la posguerra la gente pensaba que habían desaparecido para siempre de la faz de la tierra, hizo que los platos se regaran con magníficos vinos y después de la cena corrió el champán y el vodka. Gaidukov alzó su copa para brindar en numerosas ocasiones y los alemanes le respondieron con otros brindis, hasta bien entrada la noche. Sin embargo, los soviéticos que participaron del banquete apenas probaron el alcohol; habían recibido instrucciones de mantenerse especialmente sobrios. Mientras Gaidukov alzaba una y otra vez su copa, el Ejército Rojo, dirigido por los hombres de Iván Serov, entró en las viviendas de las familias de los ingenieros alemanes, para conminarles a que reunieran sus pertenencias e hiciesen las maletas porque en una hora saldrían de viaje a Moscú, en donde estaba previsto que permanecerían durante cinco años. En la calle les esperaban coches y furgonetas que los transportaron a la estación de Klein Bodungen. Allí les aguardaba un tren con sesenta vagones. Tardaron tres semanas en llegar a su destino. A la deportación de los ingenieros y mandos alemanes siguió el de centenares de técnicos, con lo que en total unas seis o siete mil personas fueron desplazadas a la fuerza desde Alemania a Rusia. Si bien los más cualificados se alojaron en Moscú, en viviendas poco lujosas, el hospedaje de los técnicos en Gorodomlya, una isla en el lago Seliger, a unos 200 kilómetros de Moscú, dejaba bastante que desear. Inmgardt Gröttrup organizó una inútil escandalera antes de viajar a la capital rusa que no sirvió para mucho. También serviría de poco la carta de protesta que Gröttrup escribió en el tren, mientras viajaban a Moscú. A principio de diciembre recibió una respuesta de las autoridades soviéticas en las que se esgrimía el derecho legal de su país a la reconstrucción después de la guerra y que, en el supuesto de que se negara a cooperar, podrían enviarlo a los Urales. Cuando Inmgardt llegó a Moscú, pudo constatar que las condiciones laborales que pactó para emplear a su marido, su patrono las había degradado considerablemente.

En Moscú Helmut Gröttrup se encontró con más problemas de los que esperaba. Acostumbrarse a la vida en aquella ciudad en la que los inviernos eran largos y fríos, con temperaturas de -30 grados centígrados, y en la que existía carencia de casi todo y la gente hacía múltiples colas para conseguir un poco de comida, no le resultó nada fácil. Pero lo peor ocurría en el trabajo, porque las instalaciones eran deficientes, muchos materiales y documentos se extraviaron en el largo viaje, desde Alemania, y resultaba muy difícil contar con herramientas e instrumental adecuado.

La deportación masiva de unos 2000 trabajadores alemanes a Rusia, aunque los soviéticos trataron de llevarla a cabo con celeridad para evitar fugas, tuvo que paralizar durante varios meses todas las actividades relacionadas con el desarrollo de misiles en la Unión Soviética.

En febrero de 1947 Korolev se instaló de nuevo en Moscú y al mes siguiente se cerró el Instituto Nordhausen. A Serguei se le nombró responsable de la división de diseño de misiles balísticos de largo alcance (SKB-3) del NII-88. Glushko asumió el mando de otra división, la encargada de desarrollar los motores cohete. Los dos estaban al mismo nivel.

Gröttrup permaneció en la URSS durante cinco años, hasta el 28 de noviembre de 1953. Su estancia fue la historia de una frustración.

Nada más llegar, los soviéticos pidieron a los técnicos alemanes que presentaran el diseño de un nuevo misil, basado en el A-4, pero que lo superase ampliamente, al que bautizarían con el nombre de G-1. El diseño preliminar de este misil se aprobó por el NII-88 a finales de septiembre de 1947, aunque antes de empezar la construcción el equipo de Gröttrup tendría que aportar información más detallada. Poco después, durante los meses de octubre y noviembre se efectuaron lanzamientos de misiles A-4, algunos construidos en Alemania y otros ensamblados en la URSS, en la plataforma de lanzamiento de Kapustin Yar. Durante el primer lanzamiento, en la cuenta atrás, cuando descontaban el número cinco (siete, seis, cinco…), el cohete cayó a un lado. Interrumpieron la cuenta, lo levantaron y prosiguieron (cuatro, tres, dos, cero…), salió de la plataforma, pero cayó a 20 millas del blanco. El ministro de Armamento. Dimitri Ustinov y el adjunto de Beria, Iván Serov, seguían los acontecimientos en la base. Serov no desaprovechó la ocasión para informar negativamente a sus superiores. Por fin, los A-4 empezaron a volar bien y la campaña se cerró con éxito. Tras los lanzamientos en Kapustin Yar muchos técnicos alemanes fueron transferidos de Moscú a la isla Gorodomlya y  Gröttrup, enseguida, se unió a ellos. Allí, en 1948, se formó un grupo de técnicos alemanes liderado por Gröttrup, dotado de instrumentación y laboratorios, aislado del resto de los equipos del NII-88, que durante ese primer año siguió trabajando en el diseño del G-1.

Korolev había recibido el encargo de producir un misil similar al A-4, el R-1, y otro que lo superase ampliamente, al que le pondrían el nombre de R-2. Serguei hubiera preferido ignorar el primer encargo, para concentrarse en el segundo, pero sus jefes querían ir paso a paso. En otoño de 1948 comenzaron las pruebas del R-1, también en Kapustin Yar. Sin embargo, los alemanes no fueron invitados a los ensayos. Tras un par de fracasos, el R-1 consiguió volar el 10 de octubre de 1948, aunque el sistema de control de guiado no funcionó satisfactoriamente. Serov sí estuvo allí y tomó buena nota de lo ocurrido.

El R-1 fue un triunfo porque se había construido por completo en la URSS, con materiales propios, lo que demostraba que la nación podía abordar con garantías de éxito el programa de misiles. Paso a paso, esa era la consigna. El alcance de 190 millas y el buen comportamiento del motor, RD-100, desarrollado por Glushko, resultaron muy alentadores. Sin embargo, Korolev recibió un severo castigo emocional en el que el papel de verdugo lo asumiría Iván Serov. En Moscú tuvo que presentarse ante Beria, que lo recibió con estudiada displicencia y le preguntó por qué los del “otro equipo” obtenían mejores resultados que él. No había “otro equipo” y Korolev lo sabía, pero al gran policía del Estado le entusiasmaban aquellas extrañas intimidaciones. La historia no terminó con la zafia bronca de Beria, sino que durante un tiempo recibió numerosas llamadas telefónicas nocturnas y una voz, que se parecía a la de Beria, le siguió haciendo las mismas preguntas.

A finales de 1948 Korolev se preguntaba que por qué los alemanes de Gröttrup tenían el encargo de sacar adelante un misil, el G-1, que era igual que su R-2. No tardó en comprender cuál era la respuesta.

También, a finales de 1948 el equipo de Gorodomlya fue llamado a la segunda revisión de diseño del G-1. Después de felicitaciones, aplausos y otros comentarios, los técnicos de Gröttrup no conseguirían que el NII-88 les aprobase el proyecto. Ellos sabían que Korolev disponía de luz verde para seguir adelante con el R-2, del que no poseían casi ningún detalle, y sin embargo el líder soviético conocía a la perfección el diseño del G-1. Para el desarrollo del motor cohete RD-100, que equipó el misil R-1, Glushko contó con el apoyo de algunos técnicos alemanes; cuando inició el diseño del RD-101, que impulsaría al R-2, todos los colaboradores alemanes de Glushko fueron recluidos en Gorodomlya. La isla se había convertido en un lugar en el que los asesores aportaban conocimiento a los soviéticos, mientras que estos no los hacían partícipes de sus planes ni de sus desarrollos. Estaban allí para aportar su ciencia al equipo de Korolev. Serguei, que se había opuesto al plan de deportación de Beria, comprendió que aquel forzoso exilio había sido el primer acto de un plan de mayor alcance. Gröttrup también empezó a darse cuenta de que el aislamiento y la reclusión de sus actividades, al campo de la especulación y el asesoramiento, se debía a que de ellos tan solo se esperaba que transfiriesen sus conocimientos.

A partir de 1949 el equipo de Gröttrup empezó a sentir los efectos de la frustración. El 9 de abril, el ministro de Armamento, Dimitri Ustinov, hizo una visita al grupo alemán, en la isla, que tuvo la oportunidad de exponerle sus preocupaciones. En la entrevista, que se alargó hasta la noche, el ministro les ofreció la oportunidad de trabajar en el diseño de un nuevo misil, distinto a los que se habían fabricado hasta entonces, capaz de transportar tres toneladas de carga de pago a tres mil kilómetros de distancia. La historia volvió a repetirse y, al igual que el G-1, el G-4 fue objeto de tres revisiones durante un año, sin que sus diseñadores obtuvieran permiso para iniciar los trabajos de construcción. A Gröttrup no se le otorgó autorización para participar en Moscú en ninguna de las reuniones que hubo para analizar las propuestas de sus ingenieros. A los alemanes jamás les permitirían fabricar su diseño, ni el del G-4 ni los de los proyectos que le siguieron. A partir de 1950 a su grupo se incorporarían jóvenes ingenieros soviéticos recién titulados, que después de permanecer con ellos algún tiempo eran transferidos a otras unidades del NII-88. El desánimo hundió la moral de Gröttrup y la de muchos de sus colaboradores alemanes, cada vez más desinteresados por el trabajo. Helmut pasó temporadas enfermo, alejado de sus ocupaciones, y otras en las que buscó alivio en el alcohol. Las autoridades soviéticas se mostraron comprensivas con su actitud y no tomaron represalias, aunque se le redujo el salario y tuvo que abandonar su cómoda residencia para irse a vivir a un apartamento. El ministro Ustinov había tomado la decisión de repatriar de forma progresiva a todos los colaboradores alemanes. A partir de junio de 1951 empezaron las devoluciones a su país de origen, en pequeños grupos. Helmut Gröttrup y su familia cruzaron la frontera polaca a finales de noviembre de 1953. Con su marcha, la URSS dio por concluido el proceso de extracción de conocimientos de la tecnología de los V-2 alemanes.

Con sus propias ideas y todas las que pudo extraer del equipo alemán, Korolev fabricó el misil R-2. El principal apoyo al desarrollo de misiles de largo recorrido tenía su origen en el mismo Stalin, cuyas ambiciones militares pasaban por disponer, lo antes posible, de bombas atómicas y misiles capaces de transportarlas hasta cualquier lugar del mundo. Un mes antes de que Igor Kurchatov hiciera explotar la primera bomba atómica de la URSS, en agosto de 1949, Stalin convocó a los responsables de los programas, nuclear y de misiles, para efectuar una revisión en profundidad del estado de ambos desarrollos. Durante la reunión, a la que asistió la plana mayor del dictador soviético, un militar de alta graduación se extendió en una serie de comentarios poco favorables a Korolev: ¿qué valor militar tenían misiles incapaces de acertar un blanco con un error inferior a tres millas? ¿por qué gastar tanto dinero en semejantes armas? Ustinov soportó las críticas en posición de firmes. Tras la perorata del detractor de los misiles, Stalin preguntó si alguien quería añadir algo. Korolev no pudo contenerse y con firmeza y contundencia defendió sus actividades de desarrollo que exigían asumir riesgos y se comprometió a resolver los problemas, en no mucho tiempo. Stalin concluyó la disputa ofreciéndole a Korolev un margen de confianza para que continuara trabajando en sus misiles. Las palabras del máximo dirigente soviético le otorgarían a Serguei Korolev el aval que necesitaba para seguir adelante. Sin embargo, con toda seguridad, el dictador comprendió que los misiles no podían ser una solución, a corto plazo, para el transporte de cabezas nucleares a lugares remotos.

Las pruebas del R-2, en 1949 y 1950, demostraron que el misil tenía un alcance de unos 600 kilómetros, podía transportar 1,5 toneladas de carga de pago y su motor (RD-101), desarrollado por Glushko, daba un empuje de 32 toneladas. El misil se había construido íntegramente sin la colaboración directa de los alemanes y, aunque mejoraba las prestaciones del R-1, estaba aún muy lejos de cumplir los requisitos exigibles a un misil balístico intercontinental. Ustinov le había pasado a los alemanes, en la reunión que tuvo con ellos en abril de 1949, en la isla Gorodomlya, las mismas especificaciones que ya obraban en poder de Korolev para el desarrollo del R-3. Los militares soviéticos querían un misil cuyo alcance fuera del orden de miles de kilómetros, capaz de transportar una carga de pago de no menos de tres toneladas. Las prestaciones del R-2 se encontraban muy lejos de satisfacer aquellos requerimientos y el R-3, suponía por tanto, un salto hacia adelante extraordinario.

A pesar de todos los peligros que encerraba la heterodoxa idea de la navegación espacial en la URSS de la posguerra, Korolev mantenía su amistad y relaciones con Mikhail Klavdilevich Tikhonravov a quién conocía de su época del Grupo de Investigación del Movimiento a Reacción, anterior al tiempo que estuvo encarcelado. El científico ruso, que trabajaba en el NII-4, era un defensor a ultranza de la exploración espacial y consideraba que la URSS debía poner en órbita un satélite artificial. Sin embargo, las ideas de Tikhonravov no tenían una acogida muy entusiasta por parte de los militares soviéticos que consideraban aquellos devaneos espaciales un desperdicio de tiempo y dinero que desviaría a sus científicos y técnicos de la labor principal: fabricar un misil de largo alcance capaz de transportar una bomba atómica. Aun así y todo, Korolev se presentó en la reunión con Stalin, previa al lanzamiento de la primera bomba atómica rusa, con la idea de plantearle al jefe del Estado la idea hacer que la URSS fuese la primera nación que pusiese en órbita un satélite. Dado el cariz que tomó dicha reunión en la que se vio forzado a defender su propio trabajo frente a las críticas de algunos militares, Korolev no planteó el asunto; sin embargo, a la salida de la reunión con Stalin en el Kremlin, se aproximó al general Nedelin, que era el jefe de la Dirección de Artillería, para preguntarle su parecer sobre el lanzamiento de un satélite. El militar le respondió que no hiciera mucho caso a Tikhonravov porque era un «soñador peligroso». Con discreción, Korolev no dejó de relacionarse con Tikhonravov y meditar sobre sus ideas de cómo deberían ser los cohetes para transportar satélites y naves espaciales.

A Serguei le interesaba conocer qué ocurría fuera de la URSS en todo lo que estuviera relacionado con los misiles y coleccionaba artículos de revistas extranjeras. Sus conocimientos de inglés no eran muy buenos y decidió contratar un traductor para leerlos en ruso. Nina Ivanovna Kotenkova, que trabajaba en el NII-88, con la ayuda de un ingeniero, se encargó de aquella labor. Korolev se enamoró de la muchacha y muy pronto descubrieron que se alojaban en el mismo bloque de apartamentos. Decidieron vivir juntos. Cuando se quisieron casar, Ksenia, la esposa de Korolev, muy dolida, se opuso al divorcio. Las tensiones entre ambos cónyuges las sufriría inútilmente la hija de los dos, Natasha, que durante muchos años se negó a ver a su padre haciendo causa común con su progenitora en contra del ingeniero. Korolev logró vencer la resistencia de Ksenia y el 1 de septiembre de 1949 se casó con su traductora.

A finales de diciembre de 1949 el comité científico del RII-88 aprobó el diseño del misil R-3, casi a la vez que se realizaban los primeros lanzamientos del R-2 en Kapustin Yar. El equipo alemán en Gorodomlya no participó en las pruebas del R-2 ni tuvo acceso al diseño del R-3, aunque los soviéticos trataron de aprovechar sus ideas a través del ejercicio que les impusieron con el diseño del G-4. El futuro R-3 precisaba un motor con una única tobera y 120-140 toneladas de empuje, lo que excedía en mucho las 32 toneladas del motor RD-101 que propulsaba, con éxito, al R-2. Al incrementarse el tamaño de la cámara de combustión se creaban bolsas en las que el combustible no ardía de forma uniforme, lo que inducía explosiones y ondas de choque que alteraban el flujo de gases en la tobera. Los expertos de Glushko se enfrentaban a un problema realmente complicado de resolver. Para simplificar el desarrollo, se planteó la posibilidad de un misil de menor alcance, como etapa previa, al que se designó R-3A. El R-3A se modificó y los técnicos desarrollaron otro concepto similar al que denominaron R-5.

A lo largo de 1950 y 1951 el R-3 no logró encontrar ninguna forma definitiva en el tablero de dibujo y, en 1952, Korolev empezó a plantearse seriamente cancelar el programa, para introducir otro diseño, radicalmente distinto. Justo en aquel año, su traductora y esposa le haría entrega de la serie de ocho artículos sobre el espacio, de von Braun, publicados en la revista Collier’s. Fue un éxito de divulgación científica ya que se vendieron tres millones de copias con las que, el ingeniero alemán, logró popularizar la idea de la exploración espacial. Korolev y Nina leyeron con interés las cavilaciones de Braun, según las cuales un «despiadado enemigo», a bordo de una nave espacial que orbitase alrededor de la tierra a una velocidad de 24 000 kilómetros por hora, a 1700 kilómetros de altura, «podría someter al mundo». En sus artículos, describía las estaciones espaciales, las lanzaderas, la vida en un mundo sin gravedad, los trajes espaciales y la forma de recorrer los 384 000 kilómetros, en cinco días, que nos separaban de la Luna, a bordo de un cohete con tres etapas; Wernher von Braun, predijo que aquel épico viaje ocurriría en 1977.

En 1952, Korolev estaba convencido de que el alemán había conseguido en Estados Unidos, los fondos necesarios para llevar a la práctica el cúmulo de sueños que desvelaba en sus escritos. Impulsado por el deseo de encaminar su nuevo cohete hacia el espacio y por la necesidad de resolver el cálculo de trayectorias balísticas para alcances de miles de kilómetros, Korolev pidió ayuda a su amigo Tikhonravov. Necesitaba conocer la trayectoria exacta del cohete, en función de la carga de pago, el impulso específico, la masa, y la velocidad de reentrada en la atmósfera, para un misil cuyo motor proporcionase un empuje de 120 toneladas.

En mayo de 1952 Korolev se llevó una gran desilusión cuando un subordinado suyo fue promocionado para dirigir el NII-88; quizá las autoridades soviéticas no habían olvidado su pasado en el Gulag y Beria no le había quitado el ojo de encima. Fue un año que también finalizó con malas noticias para la URSS. En la carrera por el armamento nuclear, los estadounidenses borraron del mapa una pequeña isla (Elugelab) en un atolón del Pacífico, el 1 de noviembre de 1952, al hacer estallar la primera bomba atómica de fusión de hidrógeno. Sin embargo, a Korolev las dificultades jamás lo amedrantaron y en 1953 lograría desquitarse y renacer de sus propias cenizas como un auténtico ave Fénix.

A pesar de las suposiciones de Korolev, von Braun se hallaba aún muy lejos de abordar en la práctica sus proyectos espaciales. Sus artículos sobre el espacio en la revista Collier’s, de 1952, lo convirtieron en un personaje muy popular en Estados Unidos, pero aquellos sueños no contaban con el apoyo del Gobierno.

El gobierno estadounidense ofreció un contrato de trabajo inicial de seis meses a Wernher von Braun y 120 de sus colaboradores. Tras algunos interrogatorios fueron trasladados a las instalaciones del ejército del Ejército en Fort Bliss, al norte de El Paso, en Texas, cuando llegaron a Estados Unidos en otoño de 1945. No disponían de pasaportes. Se alojaban en barracones, con pocas comodidades y aunque las instalaciones no estaban valladas tenían prohibido salir del campamento. Una vez al mes, en pequeños grupos, visitaban la ciudad de El Paso.

La posición de las autoridades estadounidenses con respecto a los técnicos alemanes recluidos en Fort Bliss estaba llena de contradicciones. En primer lugar, no querían que cayeran en manos de los soviéticos, quizá este era el punto en el que existía un acuerdo absoluto. De otra parte, el desarrollo de la tecnología de misiles no figuraba entre las prioridades de la cúpula militar. El país contaba con bombas atómicas y aviones para transportarlas, lo que le proporcionaba una gran ventaja con respecto a cualquier enemigo potencial. Y por último, la posible implicación de los técnicos alemanes con las atrocidades cometidas por los nazis, preocupaba a los políticos.

El primer trabajo que se les asignó fue que participasen activamente en el lanzamiento de los misiles A-4 (V-2) que el capitán Staver había enviado desde Nordhausen. A partir de abril de 1946 se empezaron a efectuar pruebas en White Sands con los A-4. Estos misiles se utilizaron para explorar la atmósfera. En vez de cabezas explosivas se equiparon con instrumentos para tomar medidas por encima de los 56 kilómetros y hasta los 120 kilómetros que solían alcanzar los misiles durante estos vuelos. Uno de los primeros lanzamientos estuvo a punto de causar un importante incidente diplomático porque el misil cayó cerca de Ciudad Juárez, en el estado mexicano de Chihuahua.

Además de los lanzamientos de las sondas atmosféricas, el coronel Toftoy del Ejército había puesto en marcha otro proyecto (Bumper) en el que se utilizaba un A-4 que transportaba una segunda etapa, con varios cohetes, que se encendían poco después de que el motor del A-4 dejara de funcionar. En febrero de 1949 este cohete se elevó 393 kilómetros. Los estadounidenses efectuaron 8 ensayos con los Bumper, los dos últimos lanzamientos desde Cabo Cañaveral, a finales de julio de 1950, en disparos con poco ángulo y volando a través de la atmósfera, alcanzaron 320 kilómetros.

Von Braun interrumpió sus actividades en White Sands para regresar a Alemania en marzo de 1947; allí contrajo matrimonio con su prima de 18 años, María von Quistorp. De algún modo se habían comprometido antes de que el ingeniero abandonara Alemania; desde Estados Unidos, Wernher encargó a su padre que le preguntase a María si quería casarse con él. El ingeniero ya había tenido que abortar un primer matrimonio al no contar con la aprobación materna y aquella vez no quería volver a equivocarse. A pesar de que Wernher había mantenido relaciones con otras novias y tenía mucho éxito con las mujeres, en lo relacionado con su boda se ajustó a la tradición más conservadora de la aristocracia alemana. La muchacha contestó que «nunca había pensado en casarse con otra persona» y la boda se organizó discretamente, bajo la estrecha vigilancia del personal de seguridad estadounidense, temeroso de que los soviéticos secuestraran al novio. Cuando regresaron de Alemania, los recién casados se instalaron en White Sands.

Las autoridades estadounidenses recomendaron al grupo de alemanes, refugiado en su país, que pasaran lo más desapercibidos que pudieran mientras en Núremberg la opinión pública estaba pendiente de los juicios de los nazis. En junio de 1947, una delegación de militares que juzgaba en Dachau a prisioneros nazis acusados de haber cometido crímenes de guerra, se trasladó a White Sands. Georg Rickhey y Arthur Rudolph habían desempeñado en Mittlewerk el cargo de director de producción y ayudante al director, respectivamente. Unos sesenta mil prisioneros trabajaron en la construcción y en la operación de la fábrica, en Nordhausen, y más de veinte mil perdieron la vida. Georg y Rudolph afirmaron que desconocían las ejecuciones y condiciones deplorables que padecieron los esclavos de Mittlewerk. Rudolph llegó a declarar que las «condiciones de trabajo eran buenas». Los militares estadounidenses no consintieron en que von Braun se desplazara a Alemania para declarar. A cambio, escribió una declaración en la que afirmó que nunca había trabajado en Mittlewerk y que las 15 o 20 veces que lo había visitado lo hizo para atender a reuniones de trabajo. Fue consciente de que en un principio las condiciones laborales allí fueron malas, pero después mejoraron. Según Von Braun el máximo y único responsable de la gestión de los obreros en Mittlewerk fue Albin Sawatzki, un hombre rudo y cruel, que actuaba directamente bajos las órdenes del general Hammler. Von Braun no mencionó a Rickhey, ni a Rudolph, que llegó a Nordhausen con 60 000 esclavos de Buchenwald para construir la fábrica, ni a su hermano Magnus, a quien él mismo envió a Mittlewerk, desde Peenemünde, para dirigir la producción de giróscopos.

Von Braun justificó su pertenencia al partido nazi y a las SS, por las presiones que había recibido de las autoridades alemanas y, en particular, del propio Himmler que llegó a ordenar su detención.

Georg Rickhey fue absuelto y von Braun y el resto de sus colegas que permanecían en Estados Unidos, no llegarían a ser investigados. En un informe de la Oficina Militar del Gobierno, de septiembre de 1947, se afirmaba que von Braun no era un criminal de guerra y que, aunque perteneció al partido y a las SS, nunca fue un «ardiente nazi».

Wernher y sus compatriotas alemanes deseaban, por encima de todo, continuar con sus investigaciones sobre cohetes, misiles de largo recorrido y exploración espacial. Los lanzamientos de A-4 distaban mucho de satisfacer el deseo que los devoraba por reemprender algo más parecido al trabajo que habían realizado en Alemania. Las actividades relacionadas con el espacio que pudo realizar von Braun, durante aquellos primeros años, se limitarían a la elaboración de un libro, Proyecto Marte, cuya edición rechazaron diecisiete editoriales.

La explosión, en agosto de 1949, de la primera bomba atómica soviética, hizo sonar todas las alarmas en los círculos militares estadounidenses y británicos. La sospecha de que el espionaje soviético, en el Reino Unido, había contribuido de una forma decisiva al desarrollo del armamento nuclear en la URSS, provocó un auténtico terremoto en los servicios de inteligencia occidentales. La victoria comunista en China, a finales del mismo año, y el inicio de la guerra de Corea, en 1950, contribuyeron a calentar el escenario de lo que se conoció como guerra fría. Estos acontecimientos influyeron en la decisión del ejército estadounidense de enviar a los técnicos alemanes al Redstone Arsenal, en Huntsville, Alabama, con el encargo de que desarrollaran un nuevo misil, inspirado en los A-4. Para Wernher von Braun y sus colaboradores, se trataba de un modesto ejercicio.

También, por aquellas fechas, el senador Joseph McCarthy impulsó su famosa caza de brujas cuyo principal objetivo fue el desenmascarar a todos los empleados del Gobierno que tuvieran algún tipo de exposición a la inteligencia soviética, o que simpatizaran con el comunismo. Von Braun y sus colegas alemanes no se libraron de ser interrogados. En concreto, Wernher tuvo que declarar sobre sus relaciones con el padre de su esposa, Alexander von Quistorp. Su suegro, un banquero, había sido secuestrado por los soviéticos en una conferencia sobre finanzas que se celebró en Berlín. Durante un par de años lo mantuvieron en paradero desconocido y después reapareció en Waldheim, un campo de Alemania del Este. De otra parte, muchos de los técnicos de Peenemünde y Nordhausen que fueron deportados a Rusia, empezaron a regresar a la Alemania del Oeste y establecieron contacto con sus antiguos colegas. Todo ello constituía motivo de extrema preocupación para la inteligencia estadounidense, obsesionada con el comunismo.

En Hunstville, von Braun y sus colaboradores desarrollaron un misil que se inspiraba en el A-4 y que se asemejaba al R-2 de Korolev. El misil recibió el nombre de Redstone y, los primeros, medían 19,2 metros de longitud, con un diámetro de 1,78 metros. Su motor, A-7, le suministraba un empuje de 34 toneladas y empleaba como combustible una mezcla de etanol y agua y como oxidante oxígeno líquido. Lo controlaba un sistema de guiado inercial, con giróscopos, y disponía de vanos móviles de grafito para cambiar la dirección de los gases de la tobera, y timones en los bordes de salida de las cuatro aletas estabilizadoras colocadas en la base del cohete. En la cabeza podía transportar una carga explosiva de 3,1 toneladas a 240 kilómetros de distancia con una precisión de 140 metros. En el primer vuelo de prueba, que tuvo lugar el 20 de agosto de 1953 en Cabo Cañaveral, falló y el misil cayó en el océano a ocho kilómetros de la plataforma de lanzamiento; aún quedaban por depurar bastantes detalles. A final de año, el misil realizó un vuelo aceptable. Tuvieron que transcurrir cinco años más para que el Ejército dispusiera de los primeros misiles de serie, operativos, pero mucho antes, los prototipos y sus derivados prestarían valiosos servicios a Estados Unidos en su carrera contra la URSS por la conquista del espacio.

Para von Braun, el Redstone estaba muy lejos de satisfacer sus ambiciones y deseaba embarcarse en proyectos más avanzados y complejos. Quizá, para llamar la atención del público y ganarlo a favor de aquella causa imposible de la conquista del espacio, se puso a escribir los ocho artículos que publicó Collier’s en la serie El hombre conquistará el espacio pronto y que captaron la atención de Korolev.

En 1953 hacía ya cuatro años que el equipo de Korolev había probado con éxito una versión muy avanzada del misil alemán A-4: el R-2; ese año salían las primeras unidades del R-2 de las fábricas de armamento soviéticas, para equipar al Ejército Rojo con misiles balísticos. Los estadounidenses, con la ayuda de Wernher von Braun y su equipo, disponían de un misil de características algo más avanzadas, también era una copia mejorada del A-4, pero se encontraba en una fase de desarrollo todavía preliminar. El sistema de guiado del R-2 era bastante más impreciso que el del Redstone. A pesar de todo, en 1953 los soviéticos llevaban cinco años de ventaja a los estadounidenses, en el desarrollo práctico de misiles balísticos de uso militar.

En 1953 Korolev dio un giro definitivo al programa de desarrollo de misiles balísticos soviético. Una serie de acontecimientos políticos le permitieron realizar aquel cambio radical que, desde hacía ya algún tiempo, consideraba imprescindible para que sus misiles fueran capaces de lograr las prestaciones que los militares deseaban. Ese año, en marzo, murió Stalin. La lucha por la sucesión, entre Malenkov, Beria, Bulgarin y Khrushchev se decantaría al final a favor de este último, pero durante un corto periodo de tiempo Malenkov estuvo al frente del Gobierno. El 12 de agosto Andrei Sajárov consiguió hacer explotar la primera bomba atómica de fusión soviética, en el polígono de Semipalátinsk, en Kazajistán. En aquellos momentos de lucha por el poder y bajo el mandato de Malenkov, Vyacheslav Malyshev, uno de sus ministros, desempeñaba un papel importante en la industria armamentística de la URSS. El ministro fue a ver a Sajárov para preguntarle cuál sería el peso exacto de una cabeza termonuclear de la siguiente generación. El científico no lo sabía exactamente, pero aventuró una cifra: cinco toneladas. En octubre, Malyshev se presentó en el despacho de Korolev. Quería que los nuevos misiles balísticos fueran capaces de transportar una carga de pago de cinco toneladas, a miles de kilómetros de distancia.

El estado del arte de los misiles de la URSS, en aquel momento, permitía mover una carga de pago de una tonelada; Korolev y sus colaboradores aún no sabían cómo levantar tres toneladas; y Malyshev pretendía que fueran cinco. Korolev llegó a la conclusión de que el único modo de lograrlo sería mediante un cohete de varias etapas, tal y como había sugerido Tikhonravov para los vuelos espaciales. Para conseguir el empuje necesario, que podría alcanzar las 390 toneladas, Korolev pensó que sería necesario colocar varios cohetes en la base. Estos cohetes, que serían cinco, en vez de contar con una única tobera de salida de gases, para disminuir el tamaño, llevarían cuatro toberas cada uno. Controlar la dirección de salida de los gases con vanos de grafito, tal y como se hacía en los R-2, le pareció algo imposible y decidió incorporar otros pequeños cohetes, vernier, de control. Glushko aceptó el nuevo diseño, con la salvedad de los vernier. Dijo que aquello no funcionaría y que no podía responsabilizarse de un desarrollo en el que no tenía ninguna fe. Korolev encargó a Mishin que se hiciera cargo del diseño de estos cohetes de control. A este nuevo misil le llamaron R-7. Korolev consiguió que le aprobaran la idea y el proyecto R-3 se canceló.

Con el R-7 en marcha, Korolev intentó convencer al Partido y a los militares de que había llegado el momento de lanzar un programa para situar en órbita, alrededor de la Tierra, un satélite artificial. Sin embargo, su idea no contó con el apoyo de las autoridades obcecadas exclusivamente en la carrera armamentística.

En 1954 el equipo alemán de von Braun se había empezado a disgregar. Su hermano Magnum trabajaba para la Chrysler y el propio Wernher había pedido, en secreto, la dimisión al Ejército. La falta de ambiciosos proyectos que motivaran a los ingenieros alemanes era la causa principal de su desánimo. Sin embargo, aquel año la situación cambiaría por completo. Von Braun recibió una llamada de la Marina. El responsable de la unidad de cohetes, Milton Rosen, había criticado a von Braun abiertamente porque en sus artículos sobre el espacio simplificaba los problemas. A pesar de todo, su jefe, el responsable la Oficina de Investigación Naval, George Hoover, se entrevistó con von Braun en Washington para conocer su opinión sobre el posible lanzamiento de un satélite. En 1957 se celebraba el Año Internacional Geofísico y la Marina acariciaba la idea de celebrarlo con el lanzamiento de un satélite con instrumental científico, de carácter civil, para conmemorar el evento. Von Braun dijo que el misil Redstone, al que se le podían añadir algunas etapas con cohetes de combustible sólido, sería capaz de poner en órbita un satélite de unos 5 kilogramos de peso; era una configuración que ya se había probado con anterioridad y no ofrecía demasiado riesgo. A Hoover le pareció bien la posibilidad de que el Ejército y la Marina trabajaran juntos en el proyecto. El programa de investigación científica lo lideraría el profesor James van Allen de la universidad de Iowa y von Braun desarrollaría el cohete en Huntsville.

Los planes de Hoover se truncaron cuando intervino Einsenhower. El presidente había sido advertido por la CIA de que los soviéticos tenían planes para lanzar un satélite espía. No parece que fuera cierto, pero Einsenhower decidió que EEUU tendría que adelantarse. Sin embargo, antes de construir un satélite militar parecía razonable estrenarse con otro civil. El Gobierno decidió seguir aquella estrategia y designó una comisión, liderada por el doctor Homer, del Instituto de California, para que la pusiera en práctica. La Comisión decidió que la competencia entre distintas unidades daría mejores resultados que la colaboración exclusiva entre la Marina y el Ejército, tal y como había planeado Hoover. Así fue como la Comisión solicitó propuestas independientes a la Marina, el Ejército y la Fuerza Aérea. Milton Rosen, de la Marina, propuso una solución (con el cohete Vanguard), que se apoyaba en el misil Viking al que habría que añadir dos etapas. La Fuerza Aérea propuso otro proyecto, el Atlas, también en fase de desarrollo. El Ejército presentó la solución del Redstone auxiliado con cohetes de impulso (boosters) que actuarían en tres etapas adicionales. El único concepto probado, con garantías plenas de éxito, era el Redstone del Ejército, que lideraba von Braun. Pero el Comité se dejó influenciar por otras cuestiones. El Ejército había adquirido una posición de supremacía en materia de misiles y la excesiva participación alemana, en aquellos proyectos, no era del agrado de muchos nacionalistas. La decisión fue muy política y se inclinó a favor de la propuesta de Milton Rosen. De nada sirvieron las protestas de von Braun y las advertencias de que hacer funcionar las etapas y el cohete Vanguard, en dos años, era una tarea muy poco viable. El alemán ofreció ponerse a trabajar y permanecer en la sombra, para que dispusieran de la opción del Ejército, en caso necesario, de repuesto. Al Departamento de Defensa le pareció inaceptable la oferta de von Braun.

A fin de paliar la terrible frustración del equipo que hasta hacía muy poco conservaba la nacionalidad alemana —pero que había solicitado, en bloque, la ciudadanía de Estados Unidos mientras se decidía la opción ganadora— el Ejército les encargó el diseño de un nuevo misil que pudiera desarrollar una velocidad de 25 750 kilómetros por hora y su alcance fuese de 2400 kilómetros; quizá pretendía así mantener el interés de von Braun y lo que restaba de su equipo por la tecnología de los cohetes. El nuevo misil se llamó Jupiter C y consistía en una versión alargada del Redstone, con dos etapas adicionales. La segunda llevaba once pequeños cohetes de aceleración (boosters) y la tercera tres cohetes iguales a los anteriores. Estos pequeños cohetes empleaban combustible de estado sólido y eran un modelo reducido del cohete Sergeant. En realidad se trataba del cohete que von Braun había propuesto para el lanzamiento del satélite en el proyecto conjunto entre la Marina y el Ejército. Ahora, la autorización la recibían, principalmente, para efectuar pruebas de reentrada de una cápsula en la atmósfera.

Del Júpiter C se efectuarían tres pruebas, la primera el 20 de septiembre de 1956. En este vuelo la carga de pago era un falso satélite de 14 kilogramos. Von Braun, el Ejército y el Departamento de Defensa sabían que si montaban una cuarta etapa con el satélite, el Jupiter C podía ponerlo en órbita. A Wernher y su equipo se le advirtió, desde el Departamento de Defensa, que bajo ningún concepto estaban dispuestos a tolerar que esto ocurriera. Antes del lanzamiento se realizaron inspecciones para verificar que nadie había tenido la ocurrencia de montar una cuarta etapa de forma casual. En la prueba, la carga que simulaba el satélite ascendió hasta 1100 kilómetros y alcanzó una velocidad de 25 750 kilómetros hora. En mayo de 1957, otro Jupiter C levantó una cápsula de forma cónica a una altura de 560 kilómetros y efectuó una reentrada en la atmósfera, con éxito. El sistema de protección térmico diseñado por von Braun y sus colaboradores funcionó perfectamente. El último lanzamiento del Jupiter C, se efectuó el 8 de agosto de 1957 y el misil demostró ser capaz de alcanzar los 2140 kilómetros.

En septiembre de 1957, Milton Rosen, aún no había logrado efectuar ningún vuelo con el misil Vanguard de la Marina, del que se esperaba que fuera capaz de poner en órbita alrededor de la Tierra el primer satélite artificial de la historia. Dada la situación del programa el Ejército solicitó permiso para lanzar un Jupiter C con otra etapa más y el satélite, pero el Departamento de Defensa negó la autorización.

El equipo de Korolev, en la URSS, estaba ya muy cerca de conseguir lo que a Milton Rosen le resultaba imposible y a von Braun le habían prohibido.

La noticia de que Estados Unidos estaba preparando el lanzamiento de un satélite artificial la hizo pública el presidente Einsenhower en julio de 1955. Para Korolev, la navegación espacial seguía siendo el reto de su vida y aquella era su gran oportunidad. En enero de 1956 el Comité Central de la URSS aprobó el lanzamiento de un Objeto D de 1300 kilos de peso; fue el extraño nombre que le dieron al satélite para enmascarar la decisión. Todo cuanto se relacionara con el programa de misiles, el espacio y el armamento nuclear, en la URSS se protegía con un histérico secretismo. La nueva base de lanzamiento de los R-7, Baikonur, se encontraba en realidad a más de 200 kilómetros de distancia de aquella ciudad; el nombre simplemente pretendía desorientar al público.

Khrushchev visitó las instalaciones del NII-88 donde le mostraron una maqueta, a escala real, del R-7. Los más de 30 metros de altura del cohete, impresionaron al mandatario y sus acompañantes. El gobernante le preguntó directamente a Korolev si el lanzamiento del satélite entorpecería el desarrollo principal, que era el del misil. Serguei le contestó que de ninguna manera y Khrushchev le dijo que entonces podía seguir con el proyecto. La bendición del primer ministro lo protegería.

En 1956 Korolev contaba con el máximo apoyo para convertir en realidad las ilusiones que lo habían motivado desde la década de los años 1930. Tikhonravov y su equipo trabajaban con él en el complejo cálculo de las trayectorias del cohete. Seguía muy de cerca lo que ocurría fuera de la URSS, en las revistas especializadas y la prensa en general. En septiembre, cuando von Braun lanzó el primer Jupiter C desde Cabo Cañaveral, Korolev lo interpretó como un intento fracasado de poner un satélite en órbita, por parte de los americanos. Nunca pudo imaginar que aquél vuelo se hizo con otra intención y que hasta se tomaron medidas para evitar que llevase un satélite artificial al espacio.

Las pruebas del R-7 que se habían programado para principios de 1957 se pospusieron al mes de marzo. Glushko tenía que resolver algunos problemas con los motores. Otro asunto que se había convertido en un auténtico dolor de cabeza para Korolev era el Objeto D. Los científicos soviéticos habían diseñado un paquete instrumental que equiparía el satélite para analizar la radiación cósmica y ultravioleta, la atmósfera y el campo electromagnético terrestre. Sin embargo los distintos organismos e institutos que trabajaban en el satélite no estaban bien coordinados y el conjunto no terminaba de encajar unas veces por peso, otras por volumen. Tikhonravov recomendó simplificar el problema y prescindir de todas las complejidades en aquel primer satélite. Sugirió que una carcasa esférica plateada (hecha con una aleación de aluminio), de unos 83 kilogramos, con antenas y un transmisor en su interior, que emitiera señales de radio, serviría para anunciar al mundo la presencia del primer satélite artificial; no pasaría desapercibido, y sería suficiente. La idea contó con el beneplácito del Gobierno.

Las pruebas del R-7 se demoraron hasta mayo, justo un mes después de que Korolev recibiera la buena noticia de su rehabilitación plena. Los jueces reconocieron que los crímenes que lo habían llevado al Gulag, jamás existieron y que Serguei siempre fue inocente.

En mayo, en la plataforma de Baikonur, el R-7 se había ensamblado por completo, en posición horizontal, y después se levantó para fijarlo con un dispositivo ingeniado por Mishin: cuatro sujeciones en forma de pétalos de tulipán que se abrían en el momento en que despegaba el cohete.

El 15 de mayo el lanzamiento fracasó. El cohete se incendió poco después de abandonar la plataforma. Las pruebas se suspendieron hasta el mes de junio. Otros tres fracasos consecutivos, el 9,10 y 11 de junio pusieron a prueba los nervios de Korolev y consiguieron desquiciar a Glushko y al general Nedelin que amenazó seriamente a Korolev con ordenar su regreso a Moscú para que revisara el proyecto entero. Serguei había anticipado a Nina, en una carta, que los lanzamientos podrían ir mal: «Probablemente no será un éxito…la verdad es que nuestro objetivo nunca se ha alcanzado antes en toda la historia de la tecnología». El 11 de julio lo volvieron a intentar. El cohete despegó bien, pero empezó a moverse de forma errática y explotó. Después de aquella colección de fracasos quizá lo más prudente hubiera sido estudiar con más detalle las causas y buscar remedios poderosos; las causas eran siempre pequeños fallos. Si regresaban a Moscú el proyecto se retrasaría demasiado y eso lo sabían todos, incluyendo a los más furiosos como Nedelin y Glushko. En la plataforma tan solo quedaba un cohete y decidieron lanzarlo el 21 de agosto. Esa vez, el vuelo fue un éxito.

La agencia soviética TASS dio la noticia del lanzamiento del R-7; un cohete que marcó un hito muy singular en la carrera espacial.

En aquel momento von Braun tuvo la seguridad de que los soviéticos estaban ya muy cerca de colocar un satélite en el espacio. Hubo un último intento desesperado del Ejército para que el Departamento de Defensa autorizase el lanzamiento de un satélite a bordo del cohete Jupiter C que von Braun tenía listo en Cabo Cañaveral. La respuesta fue la misma de siempre: no.

El 3 de octubre Korolev y los mandos que se habían congregado en la plataforma de Baikonur para el lanzamiento del  Objeto D simplificado, acompañaron, como era costumbre, al R-7 desde el hangar al lugar en que lo levantaban para sujetarlo con los pétalos de Mishin. El cohete había pasado todas las pruebas y en su cabeza llevaba la bola de plata con el transmisor, ideados por Tikhonravov. Korolev avisó a su equipo de que el lanzamiento se produciría a las 22:28 horas. Serguei había visto con sus ojos cómo casi todos los anteriores ensayos habían fracasado. Ahora el R-7 transportaba un satélite y el fallo sería mucho más doloroso para todos.

A la hora prevista, en punto, el cohete se encendió y una persistente luz, acompañada de un ruido ensordecedor y una nube de humo, rasgaron el silencio de la fría noche en la base de Baikonur. Desde su refugio, Korolev, su equipo y las autoridades que habían acudido a presenciar el lanzamiento, contemplaron atónitos el espectáculo. El cohete remontó el vuelo y se perdió de vista. Al cabo de unas dos horas, todos estaban pendientes de lo que sucedía en una pequeña estación de radio. Cuando escucharon una débil señal, beep- beep, supieron que el Sputnik 1, o bola de plata de Tikhonravov, se encontraba sobre sus cabezas después de haber dado una vuelta al mundo.

Al día siguiente, satisfecho, Serguéi Korolev tomó un avión de vuelta a casa, en Moscú, mientras el mundo entero hablaba del Sputnik 1. Ese mismo día, 4 de octubre, von Braun, en Huntsville se hallaba de casualidad con el nuevo secretario de Estado de Defensa, Neil McElroy, en una reunión en la que celebraban su nombramiento, cuando se enteraron de que sobre Estados Unidos, cada dos horas, volaba un satélite de la URSS. Furioso, von Braun le advirtió al mandatario: «Todo el mundo cuenta con el Vanguard. Yo le digo a usted ahora, que el Vanguard nunca lo conseguirá».

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Tercera parte)

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

Bumper8_launch-GPN-2000-000613[1]

En 1936, el joven aristócrata Wernher von Braun asumió la dirección técnica del centro de investigación de cohetes que el gobierno alemán acababa de instalar en Peenemünde. Hijo del barón Magnus von Braun y su esposa Emmy, que poseían una gran extensión de tierra en Silesia, el pequeño Wernher quería ser músico, pero después de leer los libros de Hermann Oberth, sobre viajes espaciales, cambió de opinión y se aficionó a la cohetería. A los doce años, él y su hermano Magnus, lanzaron un carro impulsado por cohetes por la calle Tiergarten, en el centro de Berlín, ante los despavoridos ojos de los viandantes. El ingenio recorrió la vía siguiendo una quebrada que terminó abruptamente en la fachada del ultramarinos. Sus padres les regalaron un telescopio, con la intención de que los chicos cambiaran de hábitos, pero la contemplación de las estrellas serviría para acrecentar la pasión de Wernher por el espacio. Con 19 años ingresó en la Sociedad para Viajar al Espacio y un año después, en 1932, hizo una demostración a los militares lanzando un cohete que ascendió unos 30 metros. El capitán Walter Dornberger, que dirigía el grupo castrense encargado del desarrollo de cohetes, se fijó en el joven científico y le ofreció que trabajara en su equipo. Entonces, Von Braun estudiaba en el Instituto Tecnológico de Berlín ingeniería aeronáutica y colaboraba en el laboratorio de Hermann Oberth que realizaba experimentos con motores para cohetes. Werner demostró poseer, además de conocimientos técnicos, un entusiasmo desmedido, capacidad para contagiarlo a sus colaboradores y dotes de liderazgo. Su primer cohete militar, el A-1 explotó en vuelo, pero el A-2 voló 1,5 millas. El 27 de julio de 1934 se doctoró en la universidad berlinesa con una tesis sobre el uso de combustibles líquidos en motores cohete, cuyo contenido no pudo hacer público en su totalidad al considerarse material clasificado. Cuando accedió a la dirección técnica del centro de investigaciones alemán, en Peenemünde, Von Braun tenía 24 años.

El joven ingeniero había puesto sus ilusiones en los viajes espaciales, pero el Ejército quería un cohete capaz de transportar una cabeza explosiva de una tonelada de peso a 160 millas de distancia. Ese era el mandato que su jefe, Walter Dornberger, había recibido de sus superiores. El diseño del cohete A-4 del equipo de Wernher se había hecho teniendo en consideración estos requerimientos. El motor daba un empuje de 25 400 kilos, contaba con aletas estabilizadores, timones de control, vanos para desviar la salida de gases, cuerpo con formas que ofrecían la mínima resistencia aerodinámica, un mecanismo giroscópico de guiado y comunicación de datos vía radio entre el cohete y la base en tierra. Los hombres de von Braun trabajaban día y noche, pero las dificultades que planteaba el ambicioso proyecto eran grandes. Se contrataron a miles de técnicos, científicos e ingenieros. Bajo el mando del joven y brillante director técnico, los trabajos progresaban con lentigud en Peenemünde. Sin embargo, los militares tenían una fe ciega en von Braun, hasta el punto de que —según relataría más tarde el propio científico— fueron los políticos del círculo más próximo a Hitler quienes insistieron en que se afiliase al Partido Nazi, en 1937.

A partir de 1939, tras la invasión de Polonia, el gobierno alemán impulsó los trabajos de desarrollo en Peenemünde, aportando más fondos. Aún tardaría tres años más el equipo de von Braun en lograr que un cohete, el A-4, volase. El 3 de octubre de 1942, un prototipo del A-4 recorrió 193 kilómetros a 5632 kilómetros por hora y se elevó más de 80 kilómetros. Dornberger anunció el advenimiento de «una nueva era de transporte espacial», sin saber que los problemas del A-4 reaparecerían y el Ejército tardaría en disponer de aquel artefacto casi un par de años más.

La presión, los nervios y la prisa, en la cúpula del poder nazi, por disponer de un arma que ya habían rebautizado con el pomposo nombre de Vergeltungswaffe 2  (Arma de la venganza 2) V-2, hicieron que el jefe de la Gestapo y de las SS, Heinrich Himmler, asumiera la máxima responsabilidad del proyecto. El general Hans Kammler reemplazó a Dornberger, amigo personal de von Braun, en la dirección del programa V-2. El nuevo líder, un experto en la construcción de campos de concentración y el empleo de esclavos en instalaciones industriales, era un hombre despiadado que, bajo la apariencia de una persona cultivada, ocultaba un temperamento ególatra y megalómano.

Las instalaciones de Peenemünde, aunque estaban bien protegidas, fueron bombardeadas por los aliados y estos creían haberlas destruido. La realidad era muy diferente, porque el bombardeo apenas causó daños a la factoría. En busca de una mayor protección, el mando alemán decidió construir una gran fábrica subterránea para producir los V-2, en el centro de Alemania, cerca de Nordhausen bajo las montañas Harz. El nuevo complejo industrial se diseñó con dos túneles de unas dos millas de largo, uno para ubicar la línea de fabricación y el otro para albergar el material, unidos por otros túneles perpendiculares a los principales, que los comunicaban. Para horadar las montañas se llevaron prisioneros del campo de Buchenwald a los que se les alimentaba con una dieta de 1000 calorías diarias. La desnutrición hacía que tardasen unos seis meses en morir, exhaustos. Cada jornada perecían unos 160 esclavos, víctimas de la gangrena, la disentería y la desnutrición o cualquiera de las muchas enfermedades que fustigaban a los internos del campo de concentración Dora, donde se alojaban los trabajadores que construían la nueva fábrica. Para mantener la disciplina, cada día, los vigilantes colgaban a unos cuantos desgraciados, en público. No importaban los cargos, ni siquiera que los tuvieran, y sus cuerpos sin vida quedaban expuestos durante varios días. El ignominioso y cruel modo con que se levantó y operó aquella fábrica, a la que se le puso el nombre de Mittelwerk (Trabajos Centrales), es una de las sombras que siempre ha planeado sobre la figura de Wernher von Braun, pues nunca se llegó a clarificar hasta qué punto estuvo al corriente de aquellos actos criminales.

En agosto de 1944, Hans Kammler, pudo informar a sus jefes que ya disponía de un millar de misiles V-2 y el 8 de septiembre ordenó que se lanzara el primero sobre Londres. A las 18:44 horas, once casas volaban por los aires en Chiswick, un barrio situado al oeste de la city. El V-2 llegó sin hacer ruido, ya que viajaba a una velocidad superior a la del sonido. La explosión causó 27 heridos, 3 de los cuales fallecieron poco después. La onda expansiva que siguió al desastre fue ensordecedora. El misil tardó siete minutos en recorrer la distancia que lo separaba desde su plataforma de lanzamiento cerca de La Haya, en Holanda, hasta el corazón de Chiswick. Fue la obertura del fatídico concierto originado por un total de 517 misiles que cayeron sobre la capital del Reino Unido, a lo largo de poco más de seis meses. Quizá, el que mayor alarma causó a la población fue el que impactó en los grandes almacenes Woolworths, en New Cross, el 25 de noviembre y en el que perdieron la vida 160 personas. En total, los V-2 mataron a 2754 londinenses durante toda la guerra.

La explosión del primer V-2 en Londres reavivó en las potencias aliadas su interés por la tecnología de los cohetes. Tanto en la Unión Soviética como en Estados Unidos los respectivos gobiernos no habían prestado demasiada atención a este asunto. En América, el científico estadounidense Robert Goddard disponía de un modesto laboratorio especializado en el desarrollo de cohetes, en Annapolis, que trabajaba para la Marina desde 1942. Sus prototipos de cohete distaban mucho del nivel alcanzado por los V-2. En la Unión Soviética el propio Stalin había descabezado al grupo de científicos que trabajaba en este asunto durante las purgas de la década de los años 1930. Aun así y todo, el Comisariado Popular de Asuntos Internos (NKVD), precursor de la KGB, seguía muy de cerca los movimientos de Wernher von Braun en Alemania. Uno de sus espías, Breitenbach, informó al NKVD periódicamente sobre las actuaciones del científico alemán hasta el año 1942, cuando fue descubierto y aniquilado, cruelmente, por la Gestapo. La noticia de que los misiles alemanes habían llegado al Reino Unido impresionó profundamente a Stalin, que presionó a sus técnicos y científicos para que acelerasen el desarrollo de la industria de cohetes soviética.

En agosto de 1944, Serguei Pavlovich Korolev salió de la cárcel de Kazán, aunque las autoridades no le dejaban abandonar la ciudad sin un permiso especial. Para el científico ruso se cerraba un angustioso periodo que había durado más de seis años. El 27 de junio de 1938, en Moscú, tres oficiales del NKVD entraron en su casa para registrarla. Horas después se lo llevaron detenido, acusado de «ser miembro de una organización contrarrevolucionaria y de haber cometido actos de sabotaje». Stalin dispuso que en 10 días se resolvieran los juicios de los ‘enemigos del pueblo’ y a continuación se los deportaba al Gulag si no eran fusilados. Korolev había sido delatado por sus colegas de oficio — Kleimenov, Langemak y Glushko— en confesiones bajo los efectos de la tortura. Tuvo suerte y lo condenaron a 10 años en el Gulag. Al abandonar Moscú, rumbo a su destino Korolev temió por la suerte que pudieran correr su esposa Ksenia y su hija Natasha. Al jefe máximo del Instituto de Investigación Científica de Reacción (RNII), Mikhail Tukhachevsky, lo habían fusilado junto con ocho de sus colaboradores más cercanos y poco después la madre del científico y sus hermanos corrieron la misma suerte. Korolev trabajaba en el RNII, con Glushko, desde la fundación del Instituto, en 1933. En muy poco tiempo, el efecto de las purgas de Stalin sobre la capacidad para el desarrollo de la tecnología de los cohetes en Rusia fue devastador.

Sin embargo, Ksenia y Natasha se libraron del NKVD. Korolev fue internado en el campo de concentración de Maldyak, al este de Siberia. Trabajaba de las cuatro de la madrugada hasta las ocho de la noche. Comía sopa de col y algo de pan. Muy pronto cayó en un estado de absoluta desesperación; víctima del escorbuto, le sangraban las encías y perdió los dientes. Sin embargo, aún le quedaron fuerzas para escribir al Fiscal General del Estado y al propio Stalin, reivindicando su inocencia. Nadie le hizo caso. El brillante y joven científico que había sido Serguei Korolev se hundió en un estado de profunda depresión. Su vida, llena de luz y energía, se truncó de un modo imprevisible. Nada en su existencia hacía prever que aquello pudiese ocurrir. Korolev había nacido en Kiev un 12 de enero de 1907. A los 6 años, sus abuelos lo llevaron a una exhibición aeronáutica local. Desde que contempló a Serguei Utochkin surcando el cielo a bordo de su rudo aeroplano ya no se pudo quitar a los aviones y la exploración del espacio de su cabeza. Estudió ingeniería aeronáutica en la Politécnica de Kiev y después en Moscú. Cuando se graduó lo contrataron en el Instituto Central de Aero-hidrodinámica de Moscú. En 1931 se casó con Ksenia, a quien conocía desde que tenía 18 años. Su pasión por el espacio y los cohetes empezó entonces. Entusiasmado con la idea de viajar al espacio, ingresó en una sociedad creada por los aficionados a los cohetes, en Moscú: el Grupo de Investigación del Movimiento a Reacción (GIRD), que dirigía Fridikh Tsander. Alrededor del GIRD se congregó un grupo de intelectuales, todos ellos interesados en el espacio y en las teorías de Tsiolkovsky, el precursor ruso de la ciencia de los cohetes. La mente despierta y lúcida de Korolev, su entusiasmo y capacidad de liderazgo lo llevaron a la dirección del GIRD cuando, inesperadamente, Tsander falleció enfermo de tifus en 1933. Poco después el GIRD lanzó al espacio un cohete con un motor de combustible líquido que se elevó unos 400 metros. El grupo atrajo la atención de Valentín Glushko, que dirigía un grupo militar especializado también en el desarrollo de motores de combustible líquido. Fue Mikhail Tukhachevsky, un militar visionario, quien tuvo la idea de unir a los dos equipos, el de Glushko y el de Korolev en el RNII. Todo aquel esfuerzo se vendría abajo cuando los hombres de Stalin, llevados de un celo incomprensible, fusilaron o encarcelaron al núcleo más valioso de científicos soviéticos que trabajaban en el desarrollo de los cohetes. Muchos desaparecieron y otros, como Korolev, quedarían sepultados en el frío glaciar del Gulag, a -50 grados centígrados.

De un modo inexplicable para Korolev, aunque no tanto para quienes observaban lo que estaba ocurriendo en Alemania, cuando apenas llevaba un año en el Gulag recibió la orden de presentarse en Moscú, donde su caso sería revisado. Tras un viaje repleto de aventuras, porque el Ejército no sufragó el transporte, Korolev llegó a Moscú, en 1940, un año después de recibir la orden de traslado. Allí, el tribunal redujo su pena a 8 años y en vez de devolverlo a Siberia lo mandaron a una prisión especial para trabajadores técnicos en Moscú. Privado de libertad, al menos Korolev empezó a disfrutar de una alimentación más sana y de jornadas laborales en centros de investigación, junto con otros colegas, lo que le ayudaría a recuperar el ánimo. De Moscú fue destinado a Omsk y finalmente a Kazán.

En verano de 1944 Korolev obtuvo permiso para salir de la prisión de Kazán, aunque no podía abandonar la ciudad. Ese mismo año, los soviéticos crearon un grupo de técnicos para el estudio de los cohetes, dirigido por el general Mikhailovich Galdukov. Mientras los alemanes hacían estallar sus V-2 en Londres, Korolev tenía otra preocupación. Quería viajar a Moscú para rencontrarse con su mujer Ksenia y su hija Natasha. Incluso pensaba que podía rehacer la vida familiar. Sabía que había otras cuestiones que podrían impedirlo. Fue en noviembre —justo el mismo mes en que un V-2 causó un pánico atroz en Londres al explotar en Woolworths— cuando Korolev mantuvo un frío encuentro con Ksenia en Moscú, tras conseguir el permiso para viajar a la capital desde Kazán. La pareja no rehízo su vida en común, quizá porque Korolev mantenía relaciones con una mujer que se llamaba Ivanovna, cuñada de Glushko. A finales de 1944 regresó a Kazán para enfrentarse a una nueva vida.

A principios de 1945, en tanto que Serguei Korolev recomponía las hechuras de su existencia de cara a un futuro, en el que las oscuras sombras del pasado se desvanecían, Wernher von Braun se enfrentaba a las incertidumbres de un futuro, en el que sus pretéritas glorias se emborronaban. Sin saberlo, compartían un destino que los llevaría a luchar por la supremacía en la conquista del espacio.

En medio de la confusión que reinaba en Alemania, a principios de 1945, von Braun recibió dos órdenes contradictorias a finales del mes de enero. Los soviéticos invadían Alemania y Peenemünde ya no era un lugar seguro. Las SS regionales le urgían a defender hasta el último bastión y destruir cualquier elemento valioso antes de que cayera en manos del enemigo. Hans Kammler, el general que mandaba en el proyecto V-2, quería que los hombres de von Braun y su equipamiento se trasladaran a la fábrica de Mittlewerk en Nordhausen. El convoy que hizo el viaje de 400 kilómetros hacia el sur, desde Peenemünde a Nordhausen, que encabezaba von Braun y Dornberger, consiguió llegar a su destino con muchas dificultades.

Los soviéticos, británicos y estadounidenses, estaban muy interesados en cuanto tuviera que ver con el diseño y la producción de misiles V-2, lo que incluía al personal técnico y sobre todo al principal cerebro del grupo: Wernher von Braun. Stalin puso a Malenkov al frente de un comité especial cuyo objetivo era el de extraer de Alemania todo el conocimiento que fuera posible, relacionado con los V-2. El juego entre los aliados con respecto a esta materia no era excesivamente limpio. Cuando los británicos solicitaron a los soviéticos permiso para visitar las bases de lanzamiento de los V-2 que habían tomado en Blizna (Polonia), Stalin se las ingenió para retrasar la inspección lo indecible. Mientras tanto vació las plataformas y se llevó a Moscú un motor de V-2. Los estadounidenses destacaron a un ingenioso capitán, Robert Staver, que después de recabar información sobre los V-2 de la inteligencia británica y francesa, recibió la orden de sustraer de Alemania toda el material que pudiera, que tuviera que ver con los V-2, y trasladarlo a un centro en Estados Unidos en White Sands, Nuevo México. Los americanos tenían la convicción de que los nazis les llevaban 20 años de ventaja en el desarrollo de misiles. Para Robert Staver, von Braun, encabezaría muy pronto la lista del personal más buscado por su país en lo concerniente a aquel asunto. Su nombre figuraba en la lista de la operación que se conocería con el nombre de Paperclip cuyo objetivo consistía en trasladar, después de la guerra, a Estados Unidos a los científicos y técnicos más relevantes de Alemania. Al tiempo que sus tropas invadían el territorio alemán, los aliados se preparaban para apoderarse, por separado, de la tecnología de misiles nazi.

En Nordhausen von Braun sufrió un accidente de tráfico en el que se rompió un brazo. Se acomodó en una lujosa mansión, Villa Frank, que había pertenecido a un judío deportado por los nazis y allí, después de discutirlo con algunos de sus más allegados llegó a la conclusión de que las 14 toneladas de documentación, planos e informes de los V-2, que habían traído con ellos desde Peenemünde, corrían un serio peligro de ser destruidas por los soldados de las SS para que no cayeran en manos enemigas. Esas eran las instrucciones que habían recibido del propio Hitler. Incluso ellos también serían aniquilados por aquellos fieros cumplidores de los mandatos del Fürher, para que los enemigos de la madre patria no se aprovecharan de sus conocimientos. En la mente de von Braun, y de muchos de sus colaboradores, se había instalado la convicción de que su futuro estaba en América. Allí podrían reemprender la tarea de construir cohetes capaces de hacer realidad su sueño: viajar al espacio. La destrucción de los documentos supondría años de retraso y decidieron esconderlos. Von Braun encomendó a Dieter Huzel y Bernhard Tess buscar un lugar seguro en el que ocultar aquella montaña de papeles y guardarlos allí. Los americanos ya estaban en las proximidades de Nordhausen cuando los dos colaboradores de von Braun lograron llevar a una mina abandonada, cuya entrada cegaron después con unas cuantas toneladas de rocas y tierra, los papeles que contenían valiosísima información sobre los programas de desarrollo de los A-4, A-9 y A-10.

Dornberger y von Braun creían que con un poco de suerte caerían en manos de los soldados estadounidenses en cuestión de días, si es que los hombres de las SS de Kammler no los mataban antes. Sin embargo, el 1 de abril, el general nazi ordenó a von Braun, Dornberger y los 500 científicos y técnicos de mayor relevancia del grupo, que se desplazaran a los Alpes Bávaros, un lugar más seguro, en el que muchos pensaban que se escondía el Fürher protegido por numerosas y bien armadas unidades de las SS. El viaje en tren hasta su destino, Oberammergau, un plácido lugar en las montañas, les llevó algunos días debido a la escasa velocidad con que avanzaba el convoy. Una vez allí, von Braun y su hermano, Magnus, se albergaron en el pueblo de Weilheim, al sur de Oberammergau.

Entre tanto, los americanos entraron en Nordhausen y cuando su posición estuvo asegurada, el capitán Robert Staver se desplazó para inspeccionar la fábrica de los V-2. Fue el primero en recorrer sus instalaciones y pudo contemplar, horrorizado, los cadáveres de esclavos que se apilaban en las inmediaciones de la fábrica. Staver empezó a embalar las piezas y el material que encontró en Mittlewerk con la intención de enviarlos en camión a Amberes y de allí en barco a White Sands, Nuevo México. Sus colegas esperaban recibir un centenar de V-2. Al capitán no le resultó difícil juntarlos.

El 20 de abril Hitler celebró su 56 cumpleaños en el bunker y el 1 de mayo se quitó la vida. La radio alemana dio la noticia fingiendo que el Fürher había caído en el frente luchando contra los bolcheviques y que el almirante Karl Doenitz lo revelaba en el mando. Sin embargo, la guerra había terminado.

Dornberger le ofreció al comandante de las SS, que vigilaba a los 500 técnicos de los V-2, que quemaran los uniformes y pasaran a engrosar las filas de sus soldados regulares. De esa forma les evitaba la molestia de que, tuvieran que cumplir las órdenes del desaparecido, como por ensalmo, general Kammler —matar a todos los científicos antes de que cayeran en poder de los aliados— lo que les podría acarrear serios problemas cuando los apresaran los americanos: seguramente los fusilarían. El comandante pactó con Dornberger aquella salida para él y sus soldados.

Los hombres de von Braun acordaron enviar a Magnus en bicicleta, con un pañuelo blanco, en busca de las fuerzas americanas que se encontraban ya en las proximidades. El 2 de mayo, al amanecer, el hermano de Wernher se topó con una unidad del Séptimo Ejército de Estados Unidos que después de tomar Munich se dirigió hacia el sur. Ese mismo día von Braun, Dornberger y los líderes alemanes del programa V-2 se entregaron a las fuerzas estadounidenses.

Robert Staver sabía que el tiempo jugaba en su contra. En febrero de 1945 los aliados ya se habían repartido la Alemania que quedase una vez acabada la guerra. Nordhausen quedaba en zona soviética. El 1 de junio era la fecha prevista para que se hiciera el cambio de mando y además del material y un centenar de V-2, Staver quería enviar a Estados Unidos el alijo documental que mandó esconder von Braun y que había descubierto por casualidad. Aún más, también había recibido órdenes de sacar en un tren de aquel lugar, y trasladarlos a la zona americana, tantos científicos y técnicos relacionados con los V-2 como pudiese. Cuando supo que von Braun estaba en manos de su Ejército fue a por él y lo escoltó hasta Nordhausen. Como Wernher tenía intención de trasladarse a trabajar a Estados Unidos, no le fue difícil que lo ayudara a convencer a muchos técnicos para que salieran de Nordhausen en el tren de Staver y se moviesen a la zona de influencia americana. Todos querían saber qué les ofrecían los americanos para compararlo con lo que prometían los soviéticos. Malenkov había enviado un grupo de expertos soviéticos a Alemania para que se hiciera cargo de las instalaciones de los V2 y ofreciera trabajo, un buen salario y la seguridad de que continuarían desarrollando su labor de investigación en el campo de los cohetes a todos los técnicos y científicos alemanes que hubieran trabajado en aquel programa. La oferta soviética la publicitaban en la radio.

Material de la fábrica de Nordhausen, cien V-2 y un tren con mil expertos del equipo de von Braun, abandonaron Nordhausen antes de que los soviéticos asumieran el mando en la zona. El capitán Robert Staver cumplió las órdenes recibidas, gracias a su astucia y atrevimiento burló a los servicios secretos aliados y cuando los soviéticos entraron en Mittlewerk, se encontraron con una fábrica vacía. El capitán tuvo suerte, porque al final la fecha del cambio de mando de Estados Unidos a la Unión Soviética, en aquel territorio, se pospuso del 1 al 21 de junio.

El Ejército de Estados Unidos envió al representante de General Electric en Paris para que interrogase a los expertos alemanes, que apenas eran capaces de entender las preguntas de sus interlocutores. El 15 de mayo, von Braun escribió un documento de ocho páginas en el que expuso su particular visión sobre el futuro de la exploración espacial: aviones cohete, telescopios espaciales, espejos gigantes capaces de alargar la duración del día en algunos puntos de la tierra, satélites y viajes interplanetarios.

Los estadounidenses tenían algunas dudas con respecto a la conveniencia de que von Braun se trasladase a su país y en el Gobierno coexistían las dos opiniones contrarias. Los soviéticos le ofrecieron 5000 marcos de recompensa si se pasaba a su bando. Stalin estaba furioso porque los americanos le habían vaciado Nordhausen, Peenemünde lo destruyeron los alemanes y muchos trabajadores de los V-2 se habían pasado a las zonas de influencia estadounidense. La explosión de las bombas atómicas en Hirosima y Nagasaki, a principios de agosto, pusieron de manifiesto la trascendencia bélica que tendría en el futuro el dominio de las tecnologías nuclear y de misiles de forma simultánea. El asunto de adquirir la tecnología de los V2 se convirtió en algo apremiante para el dictador soviético.

Y en medio de aquella algarabía y confusión, en septiembre de 1945, Serguei Pavlovich Korolev recibió la orden de trasladarse desde Moscú a Viena y de allí a Berlín. Con el grado de teniente coronel, rehabilitado tras una penosa estancia en el Gulag, el joven ingeniero portaba la orden de adquirir todo el conocimiento desarrollado por los hombres de von Braun. Su misión consistía en hacer que la Unión Soviética se posicionara a la cabeza del desarrollo tecnológico en aquella materia. Ese mismo día, von Braun salía de Alemania hacia Estados Unidos.

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

Leyendas de Neil Armstrong

9382423e-63f1-4cea-ab5f-ad141cff6f31-Neil_A__cover3

El primer hombre que pisó la superficie de la Luna, Neil Armstrong, siempre pensó que las personas veníamos al mundo con un presupuesto fijo de pulsaciones cardíacas; cuando nuestro corazón las cumplía dejaba de latir. Por eso nunca fue un obseso del deporte que acelera el pulso y según su teoría acorta la duración de la vida. En cualquier caso, el astronauta procuraba llevar una vida sana.

Supongo que lo anterior es cierto, aunque hay razones para dudarlo porque del comandante del Apolo 11 circulan otras historias, algunas verdaderas otras falsas.

Muchos han comentado que al pisar la Luna oyó una voz que decía Dios es grande y se convirtió al Islam, pero eso no es cierto.

Aunque quizá la leyenda más extendida es que, al regresar de la superficie lunar a su nave espacial, dijo algo así como buenas noches señor Gorsky y la gente después le preguntó muchas veces quién era aquel individuo. Armstrong se reía, pero nunca contestaba esa cuestión y la mayoría creyó que se trataba de un astronauta soviético a quien el norteamericano quiso homenajear. Al cabo de bastantes años, en 1995 y durante una entrevista con varios periodistas en Tampa Bay (Florida), el asunto se clarificó. Armstrong dijo que el señor Gorsky había muerto y ya podía explicarlo todo. Al parecer en 1938, de niño, Neil jugaba con un amigo en el jardín de su casa y una pelota saltó la valla para caer en la parcela del vecino. Mientras la recogía, Armstrong escuchó a la señora Gorsky que le decía airada a su marido: «¿Sexo? ¿Quieres sexo? ¡Lo tendrás cuando el niño del vecino ande sobre la Luna!».

La historia empezó a circular en Estados Unidos en 1995. En una de sus variantes la leyenda, en vez de a Gorsky, hacía alusión a un tal Manny Klein. La gran frase del astronauta cuando pisó por primera vez la Luna no fue «un paso pequeño para un hombre, pero grande para la humanidad», sino «un paso pequeño para un hombre, pero grande para el señor Manny Klein». La palabra «humanidad» (en inglés mankind), suena muy parecida a Manny Klein. En la tierra nos confundimos porque Armstrong le dedicó la frase al señor Klein y no a la humanidad.

Hay otras variantes, pero al parecer tienen en común que el apellido de los esposos suena en casi todas a nombre judío (Gorsky, Lipinski, Schultz o Klein), y la reacción de la mujer encaja bien con el estereotipo que la sociedad estadounidense tiene de las ortodoxas, poco entusiastas del sexo y menos si es oral (como se detalla en algunas versiones de la conversación que, casualmente, oyó el astronauta).

Sin embargo, el propio Neil Armstrong desmintió esta fábula que dijo haber escuchado por primera vez en el programa del humorista Buddy Hackett, el año 1995, en California; además, es fácil de rebatir escuchando las grabaciones del alunizaje (lunar landing transcript).

Así es que quizá la teoría del número de pulsaciones con que venimos al mundo también sea falsa.

Las astronautas del Mercury 13

womantilttest-thumb-615x479-93972

El primer hombre que voló más rápido que el sonido, Chuck Yeager, dijo que los astronautas, antes de sentarse en el asiento de su cápsula espacial, tendrían que limpiar las cagadas de los monos. Y es que cuando la National Aeronautics and Space Administration (NASA) abrió el periodo de presentación de candidaturas para elegir los primeros astronautas estadounidenses (programa Mercury 7), no todos los pilotos de la Fuerza Aérea de aquel país creían que el trabajo merecía la pena. Los primeros experimentos con seres vivos en el espacio se habían hecho con monos y no con muy buenos resultados. Una pareja de ellos, Able y Miss Baker, fueron los primeros en regresar sanos y salvos a la Tierra de su viaje al espacio, el 28 de mayo de 1959, después de soportar una aceleración de 38 g. Para muchos pilotos, altamente cualificados, como Yeager, dentro de una cápsula espacial un hombre no tenía mucho qué hacer. La visión de que los hombres a bordo de las primeras naves espaciales no eran sino un estorbo la compartía una gran cantidad de técnicos y científicos estadounidenses que trabajaban en los incipientes proyectos espaciales.

Sin embargo, la opinión pública tenía otros punto de vista y los técnicos tuvieron que cambiar de rumbo forzados por los políticos a quienes los arrastrarían los titulares de la prensa y el pesimismo que cundió entre la ciudadanía del país, del llamado ‘mundo libre’, que lideraba la investigación espacial, cuando los soviéticos se situaron a la cabeza de una carrera recién inventada.

Todo empezó el 4 de octubre de 1957 el día que las estaciones de radio del mundo entero detectaron una extraña señal procedente del espacio: era Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia, que acababan de lanzar los rusos. Pesaba 83,6 kilogramos y los políticos soviéticos se vanagloriaban de la delantera que su país llevaba a las naciones ‘capitalistas’ en la conquista del espacio. Apenas habían podido reaccionar los estadounidenses cuando, el 3 de noviembre de ese mismo año, el Sputnik 2 empezó a orbitar alrededor de la Tierra con una perra a bordo (Laika).

Los técnicos espaciales norteamericanos no tuvieron suerte, porque el cohete Vanguard apenas se elevó unos metros del suelo en Cabo Cañaveral antes de explotar, el 6 de diciembre de 1957. Lo que no llegó a ser el primer satélite estadounidense se quedó en tierra, sin sufrir demasiados daños: era una modesta carga de 1,3 kilogramos de peso, muy liviana en comparación con los Sputnik.

Así terminó el año 1957.

Estados Unidos logró poner en órbita su primer satélite el 31 de enero de 1958, el Explorer 1, que pesaba 13,9 kg propulsado por un cohete del Ejército (Juno)─ una variante de un misil de largo alcance. Fue un proyecto que se llevó a cabo con urgencia para responder a los soviéticos y tranquilizar a la opinión pública del país.

El presidente del gobierno de Estados Unidos, general Dwight Einsenhower, llegó a la conclusión de que el desarrollo de los proyectos espaciales era una tarea urgente y debía de asignarse a una organización civil. El 1 de octubre de 1958 creó la NASA y puso al frente de la agencia espacial al doctor T. Keith Glennan a quien otorgó un mandato suficientemente amplio con el objetivo primordial de arrebatar el liderazgo a los soviéticos en la recién iniciada carrera espacial. Glennan y su equipo sabían que el programa espacial soviético estaba diseñado para conseguir, lo antes posible, que un astronauta ruso orbitase alrededor de la Tierra. La cuestión no era si el hombre en el espacio tenía o no sentido desde un punto de vista científico y económico; se trataba de un asunto emocional: sin personajes no hay historia y a los humanos correspondía escribir los capítulos de la historia del espacio y no a los robots, ni siquiera a los perros o a los chimpancés. Sin el apoyo de la opinión pública los políticos no aprobarían presupuestos y el desarrollo espacial no iría a ninguna parte.

La NASA solicitó candidatos para cubrir 7 puestos de astronauta, los primeros del país. Los interesados debían poseer un alto nivel intelectual, capacidad para trabajar solos y en equipo, 1500 horas de vuelo, licencia de piloto de reactor, formación universitaria, menos de 40 años, no medir más de 1,8 m ni pesar más de 82 kg (las cápsulas espaciales no eran muy grandes) y unas condiciones físicas excepcionales. De 500 solicitantes, en un principio, la lista de participantes en las pruebas finales se redujo a 18. De este grupo se seleccionaron a los 7 del programa Mercury: Alan Shepard, Gus Grissom, John Glenn, Scott Carpenter, Wally Schirra, Gordon Cooper, y Deke Slayton. El 9 de abril de 1959, la NASA presentó en público a sus héroes del espacio: hombres blancos, de clase media, protestantes, con el pelo cortado al estilo militar, casados con esposas oficialmente muy orgullosas de la carrera de sus maridos que aplaudían, sufrían y esperaban. El requisito de que fueran pilotos de reactores limitó las candidaturas a militares de la Fuerza Aérea que forzosamente tenían que ser varones ya que a las mujeres no les estaba permitido acceder a dichos puestos.

El general Donald Flickinger y el doctor Randolph Lovelace II habían diseñado el programa de pruebas médicas que tenían que pasar los astronautas. Lovelace era el presidente del Comité de Ciencias de la Vida de la NASA, al que también pertenecía el general, y dirigía la Fundación Lovelace, en Albuquerque, donde los candidatos realizaron el primer paquete de pruebas. Con este primer paquete se trataba de medir la capacidad física de los potenciales astronautas para soportar el entorno en el que supuestamente se desenvolvería su misión espacial. El programa incluía dos paquetes más de pruebas que se efectuaron en el Laboratorio de Medicina Aeronáutica del Centro de Desarrollo Aéreo Wright, en la base Wright-Patterson, en Dayton (Ohio). En estos últimos ensayos se evaluó la respuesta de los futuros astronautas a situaciones de aislamiento y estrés, así como su capacidad para soportar aceleraciones, carencia de oxígeno e ingravidez.

En aquel momento Lovelace y Flickinger se planteaban la conveniencia de evaluar a las mujeres como futuras astronautas. Según ellos, las mujeres ofrecían tres ventajas para este trabajo con respecto a los hombres. La primera era el peso corporal, que a su vez exigía transportar menos oxígeno y alimentos; la segunda, la menor propensión a sufrir accidentes cardiovasculares; la tercera, que sus órganos sexuales gozaban de una mejor protección natural contra las radiaciones. Los dos sabían que sus planteamientos, hechos desde una perspectiva mecanicista, chocaban frontalmente con la cultura machista de una época en la que para alquilar un coche, en su país, una mujer necesitaba el permiso paterno o del marido. El propio jefe de la base aérea Wright-Patterson había hecho aseveraciones según las cuales la eficiencia de las mujeres en la gestión de procesos, sometidas a estrés, era del orden del 85% de la de los hombres, sin especificar de dónde había salido aquel número mágico. El pensamiento dominante en la sociedad concluía, sin prueba alguna, que la mujer estaba peor dotada para el oficio de astronauta que el hombre. Lovelace y Flickinger eran conscientes de que necesitarían hacer las mismas pruebas, que habían soportado los astronautas masculinos, para determinar el nivel de cualificación de las mujeres.

En verano de 1959 Flickinger y Lovelace viajaron a Moscú para participar en un congreso internacional de medicina aeroespacial. Allí pudieron constatar que más de la mitad de los médicos eran mujeres y también que los soviéticos tenían planes concretos para lanzar al espacio una astronauta. Cuando regresaron a Estados Unidos los dos llegaron a la conclusión de que debían acelerar la puesta en marcha de un programa para someter a un grupo de mujeres a las mismas pruebas que ellos habían diseñado para los astronautas del programa Mercury 7. Sin embargo, sus proyectos se verían entorpecidos por otras causas que, aparentemente, podrían favorecerlos.

Una de las aviadoras más famosas de Estados Unidos, Ruth Nichols, mientras Flickinger y Lovelace estaban en Moscú, había realizado alguna de las pruebas de los astronautas en la base aérea de Wright-Patterson. A veces las aviadoras de moda del país irrumpían en centros de la Fuerza Aérea para volar aviones militares o probar los simuladores. Eran gestos hacia la galería, propiciados por los expertos en comunicación de la organización militar, con los que se publicitaban en las principales revistas del país. Ruth Nichols fue la primera mujer en conseguir una licencia de hidroavión, tenía records de distancia, altura y velocidad con aviones pesados, era muy famosa y contaba con el apoyo de su hermano: el coronel Erickson, Nick, Nichols de la Fuerza Aérea. Además, Ruth fue amiga de Amelia Earhart, de Charles Lindbergh y de Jackie Cochran y disfrutaba de una magnífica situación económica; solía decir que cuando los aviones se movían mucho ella tomaba sándwiches de caviar contra el mareo. Después de realizar algunas pruebas en el establecimiento militar dijo que lo peor de todo había sido la cámara negra: un habitáculo de 10×12 pies, oscuro e insonorizado, en el que los astronautas habían permanecido durante horas, y donde se evaluaba su capacidad de soportar aislamiento y monotonía. Pero lo peor fue el debate y la escandalera que Ruth organizó al dar por finalizadas las pruebas. Pidió en público a la NASA y la Fuerza Aérea que incorporase mujeres al programa de vuelos espaciales. La respuesta fue contundente porque según los militares la medicina aeronáutica no tenía ningún conocimiento ni experiencia sobre el comportamiento del cuerpo de la mujer y necesitarían décadas para acumular el nivel de información que ya se tenía del hombre. Los trajes presurizados estaban diseñados para los hombres, modificarlos sería muy complicado. El coste de incorporar a las mujeres era prohibitivo. El coronel John Stapp, jefe de la base Wright-Patterson en Dayton, aportó la teoría del 85% de eficiencia sicológica de la mujer con respecto al hombre, lo que resultaría un argumento muy convincente para los ya convencidos de la inferioridad femenina. Pero Ruth Nichols siguió abogando por la incorporación de la mujer al proyecto espacial lo que terminaría por incomodar a la Fuerza Aérea.

En septiembre de 1959 Randy Lovelace y Don Flikinger participaron en una reunión de la Asociación de la Fuerza Aérea en Miami. Allí conocieron a otra aviadora famosa, Jerrie Cobb, que trabajaba para la empresa Aero Design and Engineering Company de Oklahoma. Jerrie era hija de un piloto de la Fuerza Aérea, había aprendido a volar cuando tenía 12 años y a los 21 se dedicaba a entregar bombarderos y aviones pesados a las fuerzas aéreas extranjeras. En su palmarés figuraban records de distancia, altura y velocidad y aquel año la revista Life la incluyó en la lista de los 100 estadounidenses más influentes del país. Los dos miembros del comité asesor de la NASA y diseñadores de las pruebas médicas del programa Mercury 7 llegaron a la conclusión de que tenían ante sus ojos a la persona que buscaban. Le propusieron que realizara las pruebas de los astronautas, ella sería la primera de un grupo de mujeres. Jerrie aceptó entusiasmada.

Los problemas los tendría Donald Flikinger al regresar a la base aérea de Dayton en otoño. La oposición de la Fuerza Aérea a su proyecto, de efectuar las mismas pruebas a que se habían sometido los astronautas con un grupo de mujeres, era mucho mayor de lo que él pensó en un principio. Donald y Randy Lovelace le habían propuesto a Jerrie que después que ella superase los ensayos los efectuarían con un grupo de mujeres y la invitaron para que empezara a buscar posibles candidatas que le seguirían. Jerrie envió al general los nombres de 7 mujeres piloto y el militar añadió a la lista otras 8; uno de los requisitos que impuso Don fue que no sobrepasaran los 35 años de edad. Sin embargo, la impenetrable testarudez del mando de la Fuerza Aérea obligó a Don Flikinger a cancelar el programa de ensayos con mujeres en las instalaciones de la base aérea de Dayton. Aún no habían empezado y, el 7 de diciembre de 1959, Jerrie Cobb recibió una carta del general en la que le comunicaba que su proyecto no seguiría adelante.

Pero Flickinger no se rindió, habló con Randy Lovelace y encontraron una solución al problema. Lo que en principio podía haber sido un programa oficial apadrinado por la Fuerza Aérea lo reconvertirían en una iniciativa de investigación civil que luego tratarían de introducir en el mundo oficial de la NASA, cuando tuvieran resultados.

W. Randolph Lovelace II era sobrino del doctor Lovelace, fundador de la clínica que llevaba su nombre. Randy había estudiado Medicina en la Harvard Medical School y después de graduarse, en 1934, trabajó como investigador en la clínica Mayo. Allí, junto con el doctor Arthur H. Bulbulian, inventó una máscara para suministrar oxígeno a los pilotos en misiones de vuelo a gran altura. El equipo que desarrolló el invento recibiría el premio Collier del año 1939. Durante la II Guerra Mundial continuó con sus actividades de investigación en el Laboratorio de Medicina Aeronáutica de la Fuerza Aérea en Dayton (Ohio), donde realizó saltos con paracaídas desde alturas muy elevadas. Una vez finalizada la guerra volvió a incorporarse a la clínica Mayo, como cirujano. Dos de sus hijos fallecerían víctimas de la polio y fue entonces cuando decidió regresar con su mujer a Albuquerque. Allí se incorporó a la clínica familiar y creó, con su tío, la fundación Lovelace. Dicha fundación realizaba muchos trabajos de investigación para el Gobierno y fue la que recibiría el encargo de realizar las pruebas médicas, correspondientes al primer paquete, de los astronautas de la NASA.

Tras un análisis de la situación, Flikinger y Randy, decidieron que la Fundación Lovelace podía, a título privado, realizar las mismas pruebas a que se habían sometido los astronautas del Mercury 7, con un grupo de mujeres. Empezarían con Jerrie Cobb y, si ella las pasaba, seguirían adelante.

A Jerrie el plan le seguiría pareciendo igual de bien y el 14 de febrero de 1960 se presentó en Albuquerque con la intención de hospedarse en el Bird of Paradise Motel donde permanecería una semana mientras efectuaba las pruebas médicas en la Fundación. El motel no era especialmente lujoso y su mérito principal era la proximidad a la Fundación; allí le esperaban unas 75 pruebas que de forma exhaustiva evaluarían el funcionamiento de su organismo.

El primer día, antes de comer, tomaron nota de su historial médico y le hicieron hemogramas y análisis serológicos; determinaron sus niveles de colesterol y glucosa en sangre, factor RH y velocidad de sedimentación; la sometieron a pruebas hepáticas, tiroideas; analizaron su orina registraron la actividad eléctrica de su corazón. Por la tarde, después de un ligero almuerzo, le examinaron el recto, tomaron varias placas de rayos X de distintas partes de su organismo y le hicieron un vectocardiograma.

Al día siguiente, martes, determinaron la densidad de su cuerpo sumergiéndola en agua y la sometieron a una prueba en la que, tumbada horizontalmente sobre una tabla, la inclinaban unos 65 grados para después llevarla otra vez a la posición horizontal, al tiempo que varios sensores registraban el valor de la presión arterial en distintas partes de su organismo. Con ello pretendían evaluar su resistencia y comportamiento en situaciones en las que podía producirse hipotensión ortostática. Jerrie no se mareó, aunque estuvo preocupada por la sujeción a la tabla y temió caerse en cualquier momento.

Los ensayos continuarían con análisis gástricos, evaluación de su visión nocturna, percepción de profundidad y tonometría, determinaron su forma física sometiéndola a un intenso pedaleo en una bicicleta estática y la realización de maniobras de Valsalva, con la nariz tapada, soplando durante 15 segundos con todas sus fuerzas contra una columna de 50 mm de mercurio.

El jueves por la mañana voló al centro de Los Alamos donde, en un sótano, la metieron en un pequeño cilindro que a su vez se acoplaba en un gran cilindro para determinar, mediante la radiación, la cantidad de potasio de su cuerpo y calcular la masa libre de grasa y la grasa total.

El test más desagradable de todos fue el que le hizo el doctor Kilgore para evaluar su respuesta al mareo. Con un oído mirando al techo le introdujeron una jeringuilla muy larga que hacía gotear agua fría (a 10 grados centígrados) sobre su tímpano. Entonces las luces empezaban a dar vueltas y perdía la sensación de equilibrio. Al poco rato, en sus ojos aparecía el nistagmo (oscilación de los globos oculares) y los médicos estudiaban el tiempo que tardaba en hacerse notar y sus características.

Una noche, el doctor que coordinaba las pruebas ─ Lovelace estaba fuera de Albuquerque por cuestiones profesionales─ la invitó a cenar en su casa; fue el mejor rato que pasó durante aquella larguísima semana. Sin embargo, para Jerrie Cobb la experiencia valió la pena desde el momento en que el último día le dijeron que había superado las pruebas y que sus resultados eran equiparables a los que habían registrado en los ensayos de los astronautas del Mercury 7; de hecho, figuraban en la banda superior.

Jerrie Cobb pensó que estaba capacitada para realizar misiones de astronauta y solicitó permiso para efectuar las pruebas de los astronautas en el centro de medicina aeronáutica en la base Wright-Patterson. Era el mismo lugar, las mismas instalaciones que había usado Ruth Nichols durante el verano anterior. La respuesta fue tan educada como firme y negativa. Lo que más le molestó a Jerrie fue que el firmante de la carta era el departamento de relaciones públicas lo cual daba a entender que aquellos asuntos, para los militares, no trascendían de la esfera publicitaria y que jamás se habían tomado mínimamente en serio la posibilidad de aceptar una mujer piloto en su plantilla.

La joven piloto no se desanimó y buscó otras posibilidades para seguir adelante con su programa de formación y evaluación como astronauta. La NASA contaba con un centro de investigación, el Lewis, en Cleveland (Ohio), en donde disponían de un simulador muy sofisticado: Multi Axis Space Test Inertia Facility (MASTIF). Este aparato, ligado a un giróscopo, era capaz de inducir giros según tres ejes de forma simultánea, lo cual generaba una situación caótica para la persona que se viera sometida a este movimiento, posible en una cápsula espacial. El piloto, sujeto con arneses, disponía de dos controles en sus manos, con los que podía alterar los movimientos de giro. Con la máquina girando sobre sus tres ejes (a 30 revoluciones por minuto) a la vez y el ‘astronauta’ a bordo, este tenía que maniobrar hasta detener los giros.

Durante los primeros años, el nivel de coordinación entre los distintos departamentos de la NASA y el Gobierno no estaba aún muy bien desarrollado por lo que Jerrie consiguió autorización para realizar pruebas de simulación de vuelo en el MASTIF. Al cabo de 45 minutos logró detener el movimiento.

Lovelace y Jerrie Cobb diseñaron un plan para abordar a los medios de forma coordinada. El médico haría públicos los resultados de las pruebas de Jerrie, en la Fundación Lovelace, durante una convención internacional que se celebraba en Estocolmo en el mes de agosto. Jerrie aún trataría de mantenerse oculta hasta la publicación de un extenso reportaje que ya habían concertado con la revista Life, en el que aparecerían fotos suyas haciendo las pruebas en Albuquerque. Pero cuando el doctor Lovelace desveló en Suecia, el 19 de agosto de 1960, que una mujer había pasado las mismas pruebas que los astronautas del Mercury 7 en Albuquerque, los periodistas llamaron a casa de Jerrie en Oklahoma, y la persiguieron por todo el mundo hasta encontrarla en Nueva York, adonde se había desplazado para hacer presentaciones de los nuevos productos de su empresa. La prensa, en Suecia, le otorgaría el título de “primera astronauta estadounidense”.

Jerrie Cobb se presentó ante la opinión pública como una candidata al puesto de astronauta, completamente viable, con la intención de que la gente apoyara su causa y la NASA cediera ante las presiones y abriese un proceso de selección de astronautas femeninos. La piloto empezó a tomarse muy en serio las cuestiones relacionadas con los medios y contrató una agencia para que le confeccionara un informe periódico con todos los recortes de prensa que hacían referencia a su persona.

De otra parte, Lovelace, sabía que la NASA no se dejaría persuadir por los resultados de una mujer, que podrían ser excepcionales; no la convencería sin datos de un grupo de mujeres y pidió ayuda a Jerrie para identificar pilotos que estuvieran dispuestas a someterse a las mismas pruebas que había pasado ella. Deberían contar con más de 1000 horas de vuelo y no haber cumplido los 35 años. Jerrie dedicó muchas horas a la revisión de los ficheros de la organización internacional Ninety-Nines de mujeres piloto (fundada en 1929 por Amelia Earhart y 99 pilotos más) y el estudio de los perfiles de las candidatas preseleccionadas. Durante varios meses analizó un total de 782 mujeres.

En noviembre de 1960, mientras Jerrie confeccionaba una lista de candidatas y Lovelace preparaba la logística de las pruebas en Albuquerque, ocurrieron un par de acontecimientos importantes. El primero fue la elección, como presidente de Estados Unidos, de John F. Kennedy, en un momento de desconcierto político y aeroespacial en el país. El año anterior la NASA había seleccionado a los futuros astronautas, pero hasta la fecha el cúmulo de fallos en sus cohetes hacían que la opinión pública cuestionase su capacidad técnica. El segundo fue la brusca irrupción de Jackie Cochran en el programa de la fundación Lovelace que había recibido el nombre de Woman in Space.

Jackie Cochran era en aquél momento la aviadora más importante e influyente de Estados Unidos. Casada con un hombre que poseía una de las primeras fortunas del país, Floyd Odlum, su poder trascendía los límites aeronáuticos y tenía acceso a los círculos militares, políticos y económicos, más influyentes de la sociedad estadounidense. En su palmarés acumulaba un número apabullante de records de velocidad, distancia y altura, durante la II Guerra Mundial había creado y dirigido la Women Airforce Service Pilot (WASP) cuya misión era la de transportar aviones militares en Estados Unidos ─tarea asignada a las mujeres piloto de la organización─ y liberar así a los pilotos de la Fuerza Aérea para que realizaran misiones en la primera línea de combate. En 1953, con el apoyo de Chuck Yeager, Cochran se convirtió en la primera mujer que cruzó la barrera del sonido. Jackie había cumplido los 54 años, pero seguía siendo ambiciosa y poseía un carácter muy fuerte. Además, mantenía una excelente relación con Randy Lovelace y su esposa desde hacía muchos años ─era madrina de una de sus hijas─ y su marido, Odlum, presidía el comité de consejeros de la fundación de Albuquerque desde el año 1947. Floyd y Jackie contribuían generosamente con sus donaciones al desarrollo de la Fundación.

Aunque Cochran estaba muy ocupada, la aparición en la prensa de las noticias relacionadas con Jerrie Cobb atrajeron su atención y se presentó en Albuquerque para decirle a Lovelace que la nombrase su asesora personal para aquellos asuntos. Inmediatamente se ofreció a contribuir con 18°700 dólares para cubrir los gastos de manutención estancia y viajes de las mujeres que participaran en las pruebas que se harían en Albuquerque. Jackie envió a su amigo Randy una carta con algunas sugerencias relacionadas con las candidatas, la selección y los procesos asociados con el programa Woman in Space. Su experiencia en WASP le decía que las mejores pilotos eran jóvenes de 20 a 23 años, que quizá debería aumentar el número de participantes porque entre las mujeres solía haber muchas bajas, especialmente si contraían matrimonio, también le sugirió que convendría reducir la exigencia de 1000 horas de vuelo, difíciles de acumular para una mujer. Se extendió mucho en el rol de Jerrie Cobb y junto con la carta le envió artículos en los que aparecían sus declaraciones. Insistió en que su protagonismo era excesivo y que convendría que ninguna mujer del grupo se destacara. También pidió a Lovelace que la copiara en su correspondencia con las candidatas. Lovelace no modificó el número del grupo ni rebajó las horas de vuelo exigibles. La realidad era bien distinta a lo que predecía Cochran porque las mujeres piloto, que se ganaban la vida como instructoras de vuelo, en competiciones aéreas, en el servicio forestal, o que disponían de medios suficientes para pilotar su propio avión, acumulaban más horas que los pilotos de la Fuerza Aérea, aunque no tuvieran experiencia en reactores.

La participación de Cochran en la selección de candidatas no fue decisiva; de las 24 que recibieron la carta de invitación de Lovelace, 18 decidieron incorporarse al grupo que se sometería a las pruebas. De esas 18, un total de 13 las superaron, en un proceso que se alargó unos siete meses a partir de enero de 1961. A la fundación acudían solas, durante una semana, o como mucho coincidía un par de candidatas, de forma que entre ellas apenas llegaron a conocerse. La semana de pruebas en la fundación era muy dura; ni siquiera se les invitaba a una cena de cortesía como habían hecho con Jerrie. Cuando eran dos, la estancia en el Bird of Paradise Motel se les hacía más llevadera. Se les exigió que guardaran el mayor secreto posible y se les advirtió que se trataba de una iniciativa privada de carácter científico, aunque muchas creían que si pasaban las pruebas su inclusión como astronautas en la NASA estaba asegurada.

Las 12 seleccionadas, además de Jerrie Cob, configuraban un grupo diverso y heterogéneo. Las gemelas Janet y Marion Dietrich, de 34 años, se habían graduado por la Universidad de Berkeley, California; Janet contaba con 8000 horas de vuelo y su hermana además de pilotar también trabajaba como periodista. Bernice, Bea, Steadman era dueña de un centro de operaciones de vuelo en Michigan. Jean Hixson de 37 años, quizá fuese la más experta del grupo ya que formó parte del WASP durante la guerra; había pilotado aeronaves de muchos tipos y trabajaba como instructora en Akron (Ohio). Myrtle Cagle, enfermera, con 4300 horas de vuelo, era instructora de vuelo en Macon (Georgia). Sarah Gorelick, trabajaba como ingeniera en AT&T. Rhea Hurrle era piloto en una pequeña empresa de ingeniería que también vendía aviones en Houston; fue una de las que logró las mejores calificaciones durante las pruebas. Janey Hart, casada con un senador de Michigan, pertenecía a una acaudalada familia. Jerri Sloan, trabajaba en un contrato secreto con la empresa Texas Instruments para efectuar los vuelos de prueba de un avanzado sistema de radar de seguimiento del terreno en Dallas. Gene Nora Stumbough, era instructora de vuelo en la Universidad de Oklahoma. Irene Leverton, contaba con más de 9000 horas de vuelo cuando se incorporó al proyecto. Wally Funk, de Taos (Nuevo México), volaba desde que cumplió los 20 años y era la única representante del Estado en el que se realizaron las pruebas médicas.

Este conjunto de mujeres, caracterizado por su gran interés por la aviación, jamás tomó conciencia de grupo y sus miembros no llegaron a reunirse durante el tiempo que duró el programa Woman in Space. Las cartas de invitación para participar en el proyecto las firmó el médico y las recibieron por sorpresa, en casi todos los casos. Con la irrupción de Cochran en el proyecto las participantes no sabían quién era la responsable del grupo y muchas ni siquiera sospechaban la rivalidad existente entre Jerrie y Jackie, aunque otras tuvieron constancia de la misma. En una conferencia en Dallas, en la que participó Jerri Sloan como representante local de la asociación Ninety-Nines, Cochran hizo declaraciones ─en relación con las pilotos de la WASP─ que dejaban en mal lugar a los veteranos de la Fuerza Aérea. A Jerri le molestó la actitud, prepotente, de Cochran y le espetó que no volvería a sentarse con ella en ningún foro de cara al público. La conversación entre ambas fue bastante tensa y Cochran le insinuó que el futuro de Jerri en Woman in Space estaba en sus manos a lo que ella contestó que Jerrie Cobb ya le había confirmado su participación. Cochran, muy airada, le dijo que ella era quien mandaba en aquel programa, no Jerrie Cobb.

Para limar asperezas Cochran invitó a Cobb a su rancho de California, en Indio. En aquella vasta extensión de terreno, de unos 900 acres, Jackie sumergía a sus huéspedes en una apabullante demostración de poder en la que su figura presidía la tramoya de un escenario diseñado para realzarla. Cinco veces, Jerrie Cobb, rehusó las invitaciones que le hizo Jackie para que fuera a su rancho, lo que era un signo evidente del recelo que existía entre ambas.

Jerrie Cobb sabía que después de las pruebas médicas y el entrenamiento en el simulador de vuelo aún le faltaba realizar ensayos que evaluaran su capacidad para soportar el estrés y la monotonía. En el Oklahoma City Veterans Hospital trabajaba el doctor Jay Talmadge Shurley cuyo prestigio en el mundo de la siquiatría era incuestionable. El doctor había inventado un sistema alternativo al de la cámara oscura, que los astronautas utilizaron en la base Wright-Patterson, a juicio del médico mucho más eficaz y que constaba de un tanque circular en el que se sumergía a la persona que se deseaba someter a examen; se pretendía así crear un entorno silencioso, completamente oscuro y en el que tampoco se pudiera sentir ni siquiera la fuerza de la gravedad. A Shurley le resultó atractiva la idea de colaborar con Lovelace en el programa Woman in Space y entre los dos pergeñaron los exámenes siquiátricos para el grupo, divididos en dos paquetes.

Durante tres días Jerrie Cobb se sometió a las pruebas en el hospital de Shurley. Las del primer paquete eran las tradicionales: coeficiente intelectual, análisis de la personalidad, electroencefalogramas, entrevistas, manchas de Roschach, etc. Lo realmente original fue la prueba en el tanque aislado. Era un cilindro de unos 10 pies de diámetro por 8,5 de profundidad relleno de agua con sales de sulfato de magnesio y bolas de material plástico para aumentar la flotabilidad, a una temperatura de 34,2 grados centígrados (igual que la de la piel). El tanque estaba completamente aislado y oscuro de forma que en el interior del recinto ni se oía ni se veía absolutamente nada. El agua circulaba despacio para eliminar los residuos orgánicos y a las personas se les indicaba que no se reprimieran, durante el tiempo que duraba la prueba, si sentían la necesidad de orinar o defecar. Algunos individuos, que se habían sometido a la experiencia de flotar en el tanque, comentaban que podían escuchar el ruido de la apertura y cierre de las válvulas de su corazón. Jerrie Cobb logró permanecer 9 horas y 40 minutos en el tanque, un tiempo extraordinariamente largo ya que, de una muestra de centenares de personas que lo habían experimentado, se consideraba que seis horas era el límite absoluto de tolerancia.

En el mes de febrero de 1961, Jerrie Cobb coincidió con James Webb en un acto organizado por la cámara de Comercio de la ciudad de Oklahoma en el que se homenajeaba a los líderes de la industria aeroespacial. Webb había ocupado los puestos de director de Presupuestos y Secretario de Estado en el gabinete de Harry Truman. Ni Jerrie ni James Webb podían sospechar que el presidente Kennedy nombraría a este último administrador de la NASA pocos días después, el 14 de febrero de 1961. El joven presidente deseaba que la agencia espacial empezara a producir buenos resultados con mayor celeridad.

La situación política de la NASA se deterioraría ante la opinión pública estadounidense de forma alarmante el 12 de abril de 1961. Ese día, Yuri Gagarin orbitó alrededor de la Tierra en una nave espacial soviética. Horas después, Kennedy se dirigió a la nación para explicarle que «las cosas podrían empeorar antes de mejorar, llevará tiempo antes de que los alcancemos… Estamos, yo espero, yendo primero en otras áreas que traerán más beneficios a la humanidad. Pero aquí vamos detrás…» y terminó diciendo que «no veo que no ser los primeros en colocar un hombre en el espacio sea un signo de debilitamiento para el mundo libre».

Estados Unidos recogía el fruto de una política, muy razonable, en la que el gasto asociado al empleo de naves tripuladas en la investigación espacial no parecía tener ninguna justificación. Los soviéticos habían apostado por las misiones tripuladas y contaban con un extraordinario equipo técnico dirigido por Sergei Korolev, un ingeniero espacial con una capacidad extraordinaria para gestionar programas de tecnología avanzada y una visión del futuro poco común. Con el programa Mercury 7, Estados Unidos había tratado de corregir el rumbo, pero la velocidad de progreso era lenta. Los cohetes de la NASA explotaban en el aire, no acertaban el camino que los llevara al espacio, caían con demasiada frecuencia en las aguas del Atlántico y se habían convertido en el hazmerreír de la prensa. Para complicar aún más el panorama político del nuevo presidente, no había transcurrido una semana del éxito de Gagarin cuando un millar de cubanos rebeldes, entrenados, armados y asesorados por la inteligencia estadounidense (CIA) fueron derrotados y los supervivientes apresados en Bahía de Cochinos por las tropas del régimen comunista de Fidel Castro. El mundo entero se abalanzó contra Kennedy y su desastrosa política. El vicepresidente Johnson recibió el encargo de hacer llegar a la NASA la urgente necesidad que tenía el Gobierno de que su agencia espacial les proporcionara alguna buena noticia.

El 30 de abril de 1961, para reforzar su imagen pública y su posición en el programa Woman in Space de la fundación Lovelace, Jackie Cochran escribió un artículo en la revista Parade. Las primeras astronautas gemelas aparecían sonrientes, con cascos de piloto de reactor, en otra foto Jackie podía verse detrás de Janet ─que corría sobre una cinta─ con una tabla sujetapapeles fingiendo tomar notas. En su artículo, Cochran, daba a entender que el proyecto independiente de Lovelace podría transformarse en una iniciativa gubernamental, pero aún faltaban años, seis o siete, para que las mujeres fueran el espacio. Jackie invitaba, a todas las mujeres piloto que desearan participar a que se dirigieran a ella. Recibió muchas respuestas, pero solamente una, Myrtle Thompson Cagle de Macon (Georgia), fue admitida. Con la publicación de su artículo Jackie actuaba en contra de las sugerencias que ella misma había expuesto a Lovelace según las cuales debería prevalecer la discreción.

La NASA le proporcionaría un pequeño salvavidas al presidente Kennedy el 5 de mayo de 1961. Ese día Alan Shepard se convirtió en el primer astronauta norteamericano que viajó al espacio. Aunque en realidad efectuó un vuelo suborbital de 15 minutos de duración ─Gagarin había orbitado durante 108 minutos─ los políticos tratarían de sacarle al evento todo el partido que pudieron. El astronauta fue recibido en Estados Unidos como un héroe. Jerrie Cobb que se encontraba entonces en Nueva York fue entrevistada por la prensa, que sabía que ya hacía más de un año que había pasado las pruebas médicas en Albuquerque y podría convertirse en la primera astronauta del país. Cobb habló en sus entrevistas de las ventajas de las mujeres con respecto a los hombres en el desempeño del oficio espacial y comentó que un grupo de mujeres voluntarias, sin coste alguno para el Gobierno, estaba realizando pruebas médicas en Albuquerque. Incluso se atrevió a insinuar que si las mujeres asumían el rol de astronautas, los hombres quedarían libres para realizar las tareas de piloto militar que, al fin y al cabo, era para lo que el Gobierno los había entrenado.

En mayo de 1961 ocurrieron una serie de acontecimientos que determinarían el futuro del programa de Lovelace Woman in Space; unos tendrían lugar en el seno del proyecto y otros en la arena de los políticos.

Randy Lovelace encontró un lugar para que las participantes en el programa que dirigía realizaran pruebas en simuladores de vuelo. La U.S. Naval School of Aviation Medicine en Pensacola (Florida) aceptó prestar sus instalaciones para este propósito. Si Jerrie Cobb superaba las pruebas, la escuela naval las realizaría también con el resto de las participantes. Lovelace envió cartas a todas las que habían pasado los exámenes médicos para que se prepararan a viajar en junio a Pensacola. Jerrie Cobb sería la primera en acudir a la base naval, en el mes de mayo. Aquella vez, Randy no contactó con Cochran para informarle acerca de lo que estaban haciendo en el programa Woman in Space.

Antes de presentarse en Pensacola, Jerrie pasó unos días entrenando en casa de la escritora de la revista Life Jane Rieker en Nueva York. Tom Harris, su jefe en Aero Design, siempre le autorizó a disponer del tiempo necesario para trabajar en el programa de Woman in Space; sabía que la participación de Jerrie beneficiaba a su empresa.

Las pruebas en Pensacola tendrían una duración de 10 días y con ellas se trataba evaluar la capacidad de los participantes para actuar en situaciones de extrema aceleración, altitud y movimiento; también verificaban sus reacciones durante la evacuación de una cápsula sumergida en el agua y su resistencia para soportar una eyección automática desde la cabina de vuelo.

El primer día en Pensacola Jerrie tuvo que saltar una valla y correr. Para el test de altitud en la cámara de presión, a 60°000 pies de altura, necesitaba un traje presurizado, y todos le venían grandes por lo que tuvieron que ajustarle el más pequeño con arreglos de última hora. En la cámara y con el traje, soportó las condiciones de máxima altura y después simularon una caída libre. Uno de los ejercicios más molestos fue el vuelo, sentada en el asiento del copiloto de un Douglas Skyraider, en el que el piloto efectuaba las acrobacias más exigentes mientras a Jerrie ─ocho agujas y una cámara─ le grababan todas sus reacciones físicas y orgánicas. Y quizá el que le causó mayor intranquilidad fue el de la cápsula debajo del agua. Le advirtieron de que no sintiera pánico, que evitara que algo se enganchara, que se fijase en un objeto de referencia, que se dirigiera a la escotilla, que la abriera y que nadase hasta la superficie; así de sencillo. Jerrie consiguió salir a flote sin que los buceadores tuvieran que rescatarla, en el tiempo previsto. Otro mal trago lo pasó a bordo de una cabina controlada por un sistema de movimiento que giraba a 10 revoluciones por minuto y en cuyo interior ella recibía instrucciones para realizar tareas como activar interruptores, girar botones, o mover objetos de un sitio a otro, en un ambiente en el que su orientación espacial se veía seriamente afectada.

Al cabo de diez días, Jerrie Cobb, logró pasar todos los ejercicios y Lovelace comunicó al resto de las participantes que se preparase para las pruebas en Pensacola que tendrían lugar, en el mes de julio. También les informó que el grupo se reuniría por primera vez y tendrían la oportunidad de conocerse todas ellas. Lovelace sugirió que, después de los ejercicios en Pensacola, discutieran como grupo, la estrategia más adecuada a seguir con los medios.

Aquel mes de mayo de 1961 también resultaría crucial para el desarrollo futuro de la NASA y la actividad espacial en el mundo. La tarde en que el astronauta Shepard se paseó triunfalmente por la ciudad de Washington, Kennedy urdió lo que sería uno de los proyectos más importantes de su mandato. El vicepresidente Johnson había pedido a la NASA un informe detallado de sus proyectos y actividades y James Webb, después de trabajar con su equipo y obtener el visto bueno del Secretario de Defensa, Robert McNamara, se lo hizo llegar: «Resultados importantes en el espacio simbolizan el poder tecnológico y la capacidad organizativa de una nación…son los hombres, no las máquinas, en el espacio, lo que capta la atención de la gente». El 25 de mayo de 1961, John Kennedy expuso en el Congreso las necesidades urgentes de la nación: «Son tiempos extraordinarios y arrostramos retos extraordinarios…es la hora de una gran empresa americana nueva». El presidente pidió a «todos los científicos, ingenieros, técnicos, contratistas y empleados públicos» que apoyaran la carrera espacial: «Esta nación debería comprometerse a conseguir el objetivo, antes del final de esta década, de aterrizar un hombre en la Luna y traerlo sano y salvo a la Tierra. Ningún proyecto espacial en este periodo será más impresionante para la humanidad, o más importante para la exploración del espacio a largo plazo y ninguno será tan difícil y caro de conseguir». El presidente Kennedy trató de involucrar a todo su pueblo en el logro de un proyecto ambicioso, capaz de movilizar un amplio espectro de las gentes de un país que, por primera vez, después de la II Guerra Mundial veía amenazado su liderazgo.

Jerrie Cobb, nada más finalizar sus pruebas en Pensacola envió una carta al administrador de la NASA, James Webb, a la que acompañó con un artículo de un periódico con la noticia de que los rusos se preparaban para enviar una mujer al espacio. Cobb, que ya había superado las pruebas en Pensacola, se ofrecía como voluntaria para la misión, aunque tuviera que esperar diez años más, y estaba convencida de que una mujer americana en el espacio era la mejor prueba de la fiabilidad y seguridad de los valores de su país. Pocos días después de que Webb recibiera esta misiva, Jerrie y el administrador de la NASA coincidieron en una conferencia que se celebró en Tulsa (Oklahoma). No tuvieron mucho tiempo de hablar, pero al final del discurso que pronunció James, después del almuerzo ─dedicado en su mayor parte al vuelo de Shepard─ se dirigió a Jerrie Cobb para felicitarla por sus éxitos, por haber superado las pruebas de los astronautas, mostró su simpatía por la incorporación de la mujer a los vuelos espaciales y sorprendió, a la audiencia y a la propia Jerrie, con el anuncio de su nombramiento como consultora de la NASA. En aquellas jornadas, Lovelace haría público por primera vez que un grupo de mujeres piloto había completado la primera fase de pruebas, idénticas a las que tuvieron que superar los astronautas del programa Mercury 7. Jerrie Cobb apareció en las primeras páginas de la prensa fotografiada junto a una cápsula espacial Mercury, pulcramente vestida, con tacones y guantes blancos.

Cuando finalizó la conferencia de Tulsa, Jerrie viajó a París porque tenía programada la asistencia a una serie de actos en la Feria Aeronáutica. En la misma ciudad, con motivo de la celebración del mismo evento y en el mismo hotel, se encontraba Jackie Cochran que, desde hacía muy poco tiempo, ya se había enterado de las pruebas en Pensacola y la designación de Jerrie como colaboradora de la NASA. Furiosa, Jackie mantuvo varias conversaciones con su marido que fue quién envió una larga carta de protesta a Lovelace por todo lo que estaba ocurriendo de espaldas a su esposa en el programa Woman in Space. Jackie no sabía nada y ella, que era el rostro ante la opinión pública del proyecto, tuvo que pasar momentos embarazosos cuando los periodistas le hicieron algunas preguntas. El médico trató de recomponer la situación con excusas y dejando bien claro que él no controlaba a Jerrie, y más si contaba con el apoyo de Webb porque los dos tenían vínculos muy fuertes con Oklahoma. Lo que sí podía hacer Lovelace era retrasar otra vez las pruebas del grupo de participantes en Pensacola para acomodar el momento de su ejecución a la agenda de Jackie si es que ella deseaba estar presente.

A Lovelace le dio la impresión de que la tormenta había pasado. Odlum y Jackie se comprometieron a financiar la estancia de las participantes y los gastos de viaje en Pensacola que, ajenas a la disputa entre Jerrie y Jackie, les sorprendió recibir cartas de Jerrie, Jackie y Lovelace sobre el mismo asunto, con cambios de fechas casi en las vísperas.

Jackie trató, sin ningún éxito, de concertar una entrevista con Jerrie mientras las dos atendían la Feria Aeronáutica parisina y, a su regreso a Estados Unidos, mantuvo conversaciones con el almirante Robert Pirie, adjunto al Jefe Naval de Operaciones Aéreas de la Marina. Jackie lo haría partícipe de sus preocupaciones cuyo fundamento eran las prisas, la gestión y la escasa amplitud del proyecto ya que con un número tan reducido de participantes corrían el riesgo de perderlas a todas (por su experiencia en el WASP sabía que la tasa de abandono entre las mujeres era bastante elevado). El almirante solicitó a la NASA la confirmación oficial de que la agencia había solicitado las pruebas para las participantes del programa Woman in Space y James Webb tuvo que responder que su organización no habían intervenido en aquel asunto; sin una petición formal de la NASA el almirante dio la orden de suspenderlas.

Pocos antes del día previsto para el inicio de las pruebas en Pensacola, Lovelace envió una carta a todas las participantes notificándoles que el proyecto Woman in Space se cancelaba con carácter definitivo.

De nada servirían todas las gestiones que Jerrie Cobb realizó con la intención de recuperar el programa, de que la Fuerza Aérea y la Marina cambiaran de opinión, de que el Gobierno interviniese a su favor o de que fueran los políticos del Congreso quienes ayudaran al grupo de aviadoras que la gente empezaría a conocer con el nombre de Mercury 13. En marzo de 1962, Jane Hart y Jerrie Cobb se entrevistaron con el vicepresidente Lyndon Johnson que insistió en que el asunto estaba fuera de su alcance, en manos de la NASA. Tampoco los subcomités ni el comité del Congreso encargados de analizar este asunto las apoyaron después de escuchar a las partes implicadas, a los astronautas que declararon, como Glenn y Cooper, y a la propia Jackie Cochran que de algún modo prestaron apoyo a la posición gubernamental. Las protestas de Jerrie harían que la NASA le retirase el cargo o título de asesora, a finales de 1961.

Jackie Cochran apoyaría un programa de mujeres en el espacio, pero no aquel, en el que con toda seguridad perdería su posición de primera aviadora del país que recaería sobre la futura astronauta. Glenn y Cooper no veían ninguna ventaja inmediata en la incorporación de mujeres al programa espacial. Y los responsables de la ejecución de los proyectos trabajaban sometidos a la presión de tener que alcanzar a los soviéticos lo antes posible, sobrepasarlos y poner un hombre en la Luna antes de la siguiente década. De otra parte, las participantes en Woman in Space nunca actuaron como un grupo y la propia Jerrie desconocía cuáles eran sus opiniones.

Jerrie Cobb continuó su tarea de lobby hasta 1965. A partir de ese momento empezó a volar en el Amazonas en misiones humanitarias. En 1980 fue nominada para el premio Nobel de la Paz. Lovelace continuó trabajando para la NASA. Falleció en un accidente aéreo en 1965. Jackie Cochran fue nombrada consultora de la NASA en 1963. Siguió acumulando records en los años 60, escribió una autobiografía en la que aparece como la protagonista principal del programa Woman in Space y murió en 1980.

Los soviéticos consiguieron que la primera astronauta fuera la rusa Valentina Tereshkova, el 16 de junio de 1963, y los estadounidenses se demorarían en enviar una mujer al espacio veinte años (Sally Ride a bordo del Challenger el 18 de junio de 1983).

En 1995, 11 de las 13 mujeres del programa Woman in Space se reunieron para aplaudir a la astronauta Eileen Collins en el lanzamiento del transbordador espacial (STS-63). En 1999 volvieron a juntarse cuando Collins se convirtió en la primera mujer al mando de una lanzadera de la agencia espacial; la NASA dedicó esta misión (STS-93) a las mujeres pioneras de la aviación.