Rebelión a bordo del UA-93.

911-1  

El comandante Jason Dahl apagó las luces de abrocharse los cinturones y la tripulación de cabina empezó a servir el desayuno. El avión, un Boeing 757, alcanzó su nivel de vuelo de crucero de 30◦000 pies. El vuelo de United Airlines 93 había despegado de Newark (Nueva Jersey) a las 8:42, con 42 minutos de retraso, y se dirigía a San Francisco. Poco después de las 09:00 Dahl recibió un mensaje del centro de control de Chicago en el que les comunicaban que otros aviones habían sido secuestrados y que “tuvieran cuidado de una intrusión en cabina”. A las 9:15 respondieron: “Confirmado”. Los pilotos del vuelo UA 93 no podían sospechar que a las 8:46 un avión se había estrellado contra la fachada noreste de la Torre Gemela norte, en Nueva York, y que 17 minutos después otro avión haría lo mismo en la torre sur.

A las 9:28 cuatro individuos, con cintas rojas alrededor de la cabeza, irrumpieron en la cabina, el comandante les conminó a que se marcharan de allí inmediatamente. Desde el centro de control se escucharon las voces de los pilotos y ruidos amortiguados de lo que tuvo que ser el forcejeo que mantuvieron con los secuestradores. Los dos pilotos fueron reducidos por los sus agresores y malheridos, o muertos, los arrastraron al pasillo de la cabina de primera clase donde quedaron tumbados en el suelo. Cuatro terroristas, Ziad Samir Jarrah, Ahmed Ibrahim al-Haznawi, Saeed al-Ghamdi y Ahmed al-Nam ─que hasta aquel momento volaban como pasajeros en primera clase─ tomaron el control del aeroplano. Jarrah y Haznawi ocuparon los puestos del comandante y copiloto y se dirigieron a los pasajeros para informarles de la situación: “Les habla el comandante, me gustaría que todos permanezcan sentados, hay una bomba a bordo y regresamos al aeropuerto…Por favor permanezcan quietos”.

Todos los pasajeros y los 5 tripulantes fueron conducidos a la parte trasera del aeroplano por los terroristas; poco después dos secuestradores pilotaban el avión, otro se quedó cerca de los pilotos, que estaban en el suelo, y el cuarto se situó en la separación del compartimento de primera con el de turista. Iban armados con cuchillos y uno llevaba una bomba al cinto. En la refriega un pasajero y una azafata habían sido acuchillados.

A las 9:35 los secuestradores cambiaron el rumbo 180 grados y se encaminaron hacia algún lugar de la costa Este de Estados Unidos, quizá hacia el aeropuerto Ronald Reagan en Washington DC.

Cinco minutos antes de que los terroristas a bordo del vuelo UA 93 dirigieran el avión hacia el este, tres cazas F-16, armados con misiles, despegaron de la base aérea Langley de Hampton, en Virginia. Tras los impactos en las Torres Gemelas, la Federal Aviation Administration (FAA) y la Fuerza Aérea detectaron el secuestro de otro vuelo que puso rumbo a Washington DC. Los cazas salieron tras la aeronave, aunque nunca la alcanzarían: el avión secuestrado, los terroristas y la tripulación y sus pasajeros, se estrellaron en el Pentágono. Las autoridades estadounidenses estaban desconcertadas, parecía como si el mundo se hubiera vuelto loco y ordenaron el cierre del espacio aéreo al tráfico civil, primero en el área de Nueva York y poco después, en todo el país. Cuando la FAA detectó el cambio de rumbo del vuelo UA 93 comprendieron que se trataba del cuarto avión que aquel día un grupo, muy numeroso de terroristas, había secuestrado para utilizarlo como una bomba contra algún objetivo emblemático del país. Podía ser el Capitolio, la Casa Blanca, la residencia de Camp David o incluso alguna central nuclear de la Costa Este. Los F-16 recibieron la orden de interceptar al 757.

En ese momento, a bordo del avión de United viajaban 33 pasajeros y 5 tripulantes, 4 terroristas y los 2 pilotos de la compañía, que yacían en el suelo, quizá muertos; un pasajero y una azafata podrían haber corrido la misma suerte que los pilotos. Ninguno de los que seguían vivos sabía que apenas les quedaba, apenas, media hora de existencia. Aquellos larguísimos 30 minutos desencadenaron un torrente de conversaciones telefónicas entre las personas de a bordo y sus familiares y amigos en tierra. Los terroristas los habían abandonado en la cola del avión, en la cabina de clase turista; estaban solos, podían hablar entre ellos, pasarse los móviles y utilizar el teléfono público de a bordo.

Mark Bingham, de 31 años, ocupaba una plaza en primera clase y su teléfono lo había dejado olvidado en el asiento, cuando los terroristas le obligaron a moverse a la parte trasera del avión. Viajaba en aquél aeroplano de casualidad. Tenía que haber volado a San Francisco el día anterior, pero se quedó en Nueva York porque después de la fiesta de su compañero de apartamento, con motivo de su 30 cumpleaños, no se sintió con ganas de hacerlo. Desde el teléfono público, en la cabina de turista, llamó a su madre, Alice Hoagland azafata de United, y la despertó (en California eran las 06:44): “Quiero decirte que te quiero. Estoy en un vuelo de Newark a San Francisco. Tres tipos a bordo han tomado el avión. Dicen que tienen una bomba ¿me crees, no mamá?” La conversación se cortó en ese momento. Alice conectó la televisión, se enteró de las noticias y pensó que los pasajeros debían de hacer algo. Llamó enseguida al teléfono móvil de su hijo, que estaba en el asiento vacío, y le dejó un mensaje: “Mark, soy tu madre. Son las 10:54 (calculó mal el tiempo, eran las 9:54). Las noticias dicen que ha sido secuestrado por terroristas. Planean usar el avión, probablemente, para alcanzar un blanco en tierra. Si puedes, intenta reducir a esos tipos, si puedes, porque ellos usan el avión como un blanco. Yo diría que hagas todo lo que puedas para reducirlos, porque son unos obcecados. Intenta llamarme si puedes. Sabes mi número.OK. Te quiero, cielo. Adios.” Mark no pudo escuchar el mensaje de su madre, que se quedó grabado en su buzón de voz.

Jeremy Glick, antiguo campeón de judo de New Jersey y director de ventas de una página de internet, llamó a su mujer Lyz que estaba con su hijo de tres años en casa de su padre. La esposa de Glick consiguió establecer contacto con la policía y Jeremy les pasó información sobre los secuestradores. Glick le dijo a su mujer que tenía noticias, a través de otros compañeros de viaje que habían hablado con sus esposas, de que otros terroristas acababan de estrellar aviones en el World Trade Center de Nueva York. Glick comentó que estaba urdiendo un plan con otros pasajeros, todos de más de un metro ochenta, en forma y de buena constitución física, para recuperar el control del avión.

Uno de los pasajeros que hizo más llamadas telefónicas fue Thomas Burnett, vicepresidente de una empresa de investigación en el campo de la medicina, de 38 años de edad. Su mujer, Deena, había dejado su trabajo como azafata para atender a sus tres hijos. Aquella mañana, Deena estaba con los niños tomando el desayuno cuando llamó Tom para decirle que su avión había sido secuestrado y que llamara a la policía. Fue breve y conciso. Cuando volvió a llamar agentes del FBI se habían conectado a la línea telefónica. Burnett hizo preguntas sobre lo que había ocurrido en el World Trade Center y le dijo a su mujer que los secuestradores pensaban estrellar el avión contra algún objetivo. En su tercera llamada, a las 9:41, poco después de que otro avión secuestrado impactara en el Pentágono, dijo que “iban a hacer algo”.

La conversación más larga, a bordo del vuelo UA 93, la mantuvo Todd Beamer, contable de Oracle de 32 años. Todd habó unos 15 minutos con Lisa Jefferson, telefonista supervisora de la compañía GTE-Verizon. Beamer no quiso llamar a su esposa, embarazada, y marcó un “0”. La operadora le pasó la conferencia a su jefa: Lisa Jefferson. Con la voz pausada, tranquila, le explicó lo ocurría a bordo. Más tarde le comentó que tenía dos hijos y que su mujer estaba esperando el tercero, que los quería mucho y le hizo prometer a la telefonista que si no conseguía salir de allí llamaría a su mujer. Después le pidió que rezara con él un Padre Nuestro, cosa que harían los dos, a la vez.

Algunos pasajeros y tripulantes, en la cabina de clase turista, urdieron un plan a bordo; comprendieron que sus secuestradores los dirigían hacia una muerte segura, acompañada de alguna acción de consecuencias terribles para otras personas. No tenían nada que perder. Dos o tres minutos antes de las 10:00 el plan tomó forma y se puso en funcionamiento.

Todd le explicó a Lisa Jefferson que los pasajeros iban a correr por el pasillo hasta la cabina de primera clase para atacar a los terroristas. “Tengo que ir con fe”, le dijo, antes de volverse hacia otras personas y exclamar: “¿Estáis listos? OK. Pongámonos en marcha”. Aquellas fueron las últimas palabras que la empleada de la compañía telefónica escuchó de su interlocutor.

La cuarta vez que Tom Burnett llamó a su mujer le dijo que estaba seguro de que los secuestradores no tenían una bomba, solamente cuchillos. Insistió en que había un grupo de gente que iba a hacer algo. Su esposa, Deena le pidió que se estuviera quieto, que se sentara y que no llamase la atención de los secuestradores, pero Tom le respondió que si los terroristas tenían intención de estrellar el avión ellos debían hacer algo.

Jeremy Glick se despidió de su esposa que le animó a que trataran de reducir a los terroristas. Sandy Bradshaw, hablaba por teléfono con su marido y después de explicarle que estaba preparando recipientes con agua hirviendo, le dijo: “Todo el mundo corre hacia la cabina de primera clase. Tengo que ir, adiós.”

A las 9:55, el piloto introdujo en el computador de a bordo el código para dirigir el avión al aeropuerto Reagan en Washington DC; dos minutos después empezó la revuelta a bordo. Los pasajeros iniciaron el ataque a los terroristas, irrumpieron en la zona de primera clase y se abalanzaron contra la puerta de la cabina de vuelo. Los pilotos comprendieron que les quedaba poco tiempo. Trataron de librarse de la revuelta, primero alabeando el aeroplano y después con violentos movimientos de cabeceo. A las 10:02, los terroristas decidieron estrellar el avión con un fuerte viraje a la izquierda; la aeronave se puso del revés y se desplomó. “Alá es grande”, fueron las últimas palabras de los secuestradores antes de que el avión impactara en el suelo, en un campo de Shanksville en Pensilvania.

Algunos testigos presenciales aseguraron que vieron un avión militar, cerca del 757, y muchos creen que el avión fue derribado por el misil de un caza de la Fuerza Aérea. Con casi toda seguridad, si el vuelo UA-93 hubiera seguido su curso hacia Washington, los aviones militares lo habrían derribado en algún punto de su trayectoria. El mando de Defensa sabía que se trataba de un avión secuestrado y conocía sus intenciones, el presidente ya había autorizado el uso de la aviación militar para interceptar posibles aviones civiles secuestrados. Sin embargo, la versión oficial de los hechos es que los aviones de caza de la Fuerza Aérea estaban a unos 11 minutos de vuelo del lugar en que se estrelló el avión cuando los terroristas decidieron dar por concluida su misión. De otra parte, los registros de la “caja negra” demuestran que se produjo a bordo una reacción desesperada por parte de los pasajeros y que los pilotos trataron de evitarla zarandeando el avión. Hay quien sostiene que el derribo del 757 por un misil ocurrió al mismo tiempo que la rebelión de los pasajeros.

Este 11 de septiembre hará 13 años desde que el mundo cambió para peor, y hasta la fecha ningún grupo de valientes, como los pasajeros del UA 93, ha sabido poner remedio al desastre.

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