De Los Ángeles al cielo (Capítulo 3)

douglas1942

DE LOS ÁNGELES AL CIELO

Capítulo 3

DONALD DOUGLAS

─Claro que para entenderme a mí, para comprender los motivos por los que yo estaba allí, no basta con que te cuente la historia del Boeing 247 y de Jack Frye y la TWA. Tienes que saber, por ejemplo, quién era Donald Douglas y lo que hacía entonces su empresa de aviones.

El patrón, Donald, era un hombre tranquilo, elegante, inteligente y apasionado. La sangre que circulaba por sus venas y el corazón que la impulsaba se formaron de acuerdo con las instrucciones de unos genes que también pertenecieron a los escoceses rebeldes que lucharon por su país siglos atrás; poseía una excelente educación técnica que recibió en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y en la escuela naval de Annapolis; fue uno de los primeros ingenieros aeronáuticos de su país y había crecido al mismo tiempo que la industria por la que sentía una atracción irresistible: la aviación.

De niño, sus padres le proporcionaron una educación esmerada. Don había nacido en Brooklyn, el 6 de abril de 1892; su padre de origen escocés, William, trabajaba en el National Park Bank y su madre, Dorothy Hagen-Locher, era de origen escandinavo. Los Douglas disfrutaban de una posición económica desahogada y cuando llegó al mundo Don ya tenían otro hijo, Harold, dos años mayor que él.

Desde muy pequeño Don mostró una gran capacidad de liderazgo, asentada en firmes convicciones, en ideales, que se convertirían en el motor de su vida. Con una espada de madera y escudos de cartón, Donald organizaba batallas con sus amigos de la infancia, en las que los valientes patriotas escoceses se peleaban con los ingleses.

Cuando creó su propia empresa para fabricar aviones, Don recurrió a sus ancestros en busca de un símbolo que le ayudase a recuperar “el espíritu necesario para afrontar dificultades más allá de los límites que son capaces de soportar la mayoría de las personas”. Un antepasado suyo, James Douglas, al que también se le conocía como Douglas el Bueno o Douglas el Negro –según lo nombraran los escoceses o los ingleses– había peleado junto a los legendarios héroes escoceses William Wallace y Robert Bruce. James lideró muchas batallas e incursiones contra los ingleses y entabló una gran amistad con Robert Bruce. Cuando este último murió, en 1329, le dejó a James una petición un tanto peculiar. Uno de los grandes deseos de Robert había sido ir como cruzado a Jerusalén, pero como no lo pudo cumplir en vida quiso que su amigo, James, llevara su corazón hasta Tierra Santa. James no lo dudó, siquiera un solo momento, tomó el corazón de Robert, lo guardó en un casco de plata y emprendió el camino de los cruzados. Tuvo la desgracia de que cuando llegó a España, en una batalla contra los moros, perdió la vida. Donald Douglas, casi 600 años después, recuperó el símbolo del corazón al que le añadió un par de alas y lo utilizó como imagen de su empresa. Los primeros aviones que salieron de su fábrica llevaban pintado en la cola el logotipo de la Douglas: un corazón, el de James Douglas, y un par de alas.

Donald Wills Douglas fue el primer hombre que conocí “con el espíritu necesario para afrontar dificultades más allá de los límites que son capaces de soportar la mayoría de las personas”. Si tengo que decirte la verdad, solamente conocí otra persona así, algunos años más tarde, cuando mi azarosa vida me llevó a tu país, una nación que entonces vivía una espantosa guerra civil. Aquel individuo se llamaba Juan Negrín y era el presidente de un gobierno a la deriva. Tardé tiempo en comprender que en muchos casos el éxito lo alcanzan las personas con el espíritu necesario para afrontar dificultades más allá de los límites convencionales, pero hay veces que esas personas también fracasan aunque se merezcan una recompensa. Y es que eso que algunos llaman azar o suerte y que comprende circunstancias que escapan a lo previsible desempeña un papel muy importante en el devenir de los acontecimientos. Pero, con independencia del resultado, éxito o fracaso, para que un espíritu se afiance hasta ese punto en el que es capaz de soportar tantas dificultades, debe poseer una fuente que genere una gran cantidad de energía interna y esa fuente, en el caso de Don, fue la pasión que sentía por los aviones. No me preguntes qué es eso de la pasión, porque no lo sé muy bien, es algo así como una fuerza que te arrastra hacia alguna parte y te lleva, quieras o no quieras. La de Don era una fuerza contagiosa y no había más que ver a la gente que trabajaba con él: disfrutaban con sus aviones.

California era una tierra de oportunidades, de gente con dinero, en la que crecía con facilidad cualquier industria –como la aeronáutica o la cinematográfica– que ofreciese nuevas oportunidades para que los millonarios siguieran acumulando dinero. La gran pasión que movía aquel mundo de brillantes palmeras, guapas actrices y locos por la aviación y la tecnología, era la fiebre del oro, que entonces ya no se extraía de las minas bajo de la tierra ni se podía encontrar en las riberas de los ríos, lavando arena. Entonces, el oro tenía un color verduzco, era de papel y le llamaban dólar. Glenn Martin, el fabricante de aviones para el que Don había trabajado, era el perfecto ejemplo de hombre apasionado por el dinero. A Glenn le fascinaba la riqueza, a Donald le fascinaban los aviones, y si le ayudaron los californianos poderosos fue porque los aviones también olían a dinero.

Es cierto que, además de los aviones, a Don le gustaba la poesía y la mar. Escribía poemas y, para que vieran la luz, de adolescente montó una revista junto con un grupo de amigos. En 1904, cuando tenía doce años, publicó sus primeros poemas dedicados a los guerreros escoceses en el número de julio de su revista trimestral: The Riverside Chester. Al año siguiente, en Brooklyn, con su hermano Harold empezó a publicar mensualmente otra revista, The Handy Magazine, que vendían por 10 céntimos. Años después, en 1907, Donald editó un libro, Ye Scroll, que recogía la mayoría de los poemas que había escrito de 1903 a 1906. Y en 1933, aún no había perdido el amor por la poesía y seguía escribiendo.

En cuanto a su afición marinera, cuando Don era pequeño sus padres lo llevaron a veranear algunos años a Long Island, cerca de un puerto deportivo. La madre enseñó a sus dos hijos, Harold y Don, a navegar en un pequeño velero y aquella experiencia marcaría para siempre sus vidas. El susurro fresco de la brisa, el olor grueso del mar y la sensación que produce el viento cuando llena la vela y su empuje se transmite al mástil, al casco, al timón y al cuerpo del piloto que también es parte del navío que levanta la proa, busca una cresta y la rompe para zambullirse en la siguiente, quedarían grabados en los tiernos hipotálamos de los muchachos como un referente esencial de sus vidas. Cuando Donald terminó sus estudios en el Trinity Chapel decidió incorporarse a la Academia Naval de Annapolis, en donde su hermano Harold llevaba ya dos años estudiando. A su padre, William, le parecía muy bien que sus dos hijos formaran parte de la Armada de Estados Unidos. Era una profesión que no estaba mal remunerada, segura y de prestigio. En 1909 Donald Douglas había ingresado en la Academia y lucía su uniforme de cadete.

Su afición por los aviones es algo que llevó dentro desde que tuvo uso de razón. De niño visitó con su padre el Smithsonian Institute (en Washington) y allí se entusiasmó con la exposición de los trabajos de Samuel Langley. Langley, el que fuera secretario general del Smithsonian, recibió una ayuda de 50 000 dólares del Gobierno para construir una máquina de volar más pesada que el aire. Aquello ocurrió en 1898, cuando Estados Unidos declaró la guerra a España y el Gobierno pensó que un arma que volara como los artefactos que Langley había propuesto fabricar –él les llamaba aerodromes– serviría para acelerar la resolución del conflicto. Donald solía decir que recordaba que uno de los primeros titulares que leyó en la prensa fue la declaración de guerra a España. La guerra terminó pronto, pero los trabajos del Gran Aerodrome, el último de los aparatos que construyó Langley y que estaba diseñado para volar con un piloto a bordo, se alargaron mucho en el tiempo. El proyecto de Langley fracasó y el 8 de diciembre de 1903, el piloto de su Gran Aerodrome, Charles Manly, y el artefacto del secretario general se fueron a las aguas del Potomac desde la plataforma de lanzamiento, que estaba situada sobre una barcaza anclada en el río, sin remontar el vuelo. Como sabrás, a Langley la prensa lo criticó mucho. Días después, el 17 de diciembre, Orville y Wilbur Wright consiguieron volar con su Flyer, en las dunas de Kitty Hawk, Carolina del Norte. Sin embargo, la noticia de aquel histórico vuelo apenas tuvo divulgación y Don solía decir que tardó mucho en enterarse del primer vuelo de los Wright, aunque él siempre siguió como pudo todos los acontecimientos aeronáuticos que ocurrían en el mundo.

Aunque los Wright volaron por primera vez el 17 de diciembre de 1903, decidieron seguir trabajando en su aeroplano y perfeccionarlo hasta lograr que fuese una máquina que tuviera alguna utilidad práctica. Estaba claro que un cacharro capaz de dar un salto en línea recta de un centenar de metros servía para poco. Patentaron su invento y continuaron, con la mayor discreción posible para que no les copiara nadie la idea, con sus labores de mejora durante casi un par de años más, hasta octubre de 1905 cuando consiguieron volar durante más de 38 minutos en los que su avión recorrió unas 24 millas. Entonces empezaron su campaña comercial de ventas que, por todo lo que he podido averiguar, fue bastante desastrosa. Los gobiernos eran sus clientes naturales y los Wright no querían enseñarles la máquina que pretendían venderles, por ese terror que siempre tuvieron a que alguien les plagiara. Wilbur creía que llevaban una ventaja de seis años a sus competidores y por lo tanto aún disponían de algún tiempo. Los gobiernos habían tenido experiencias recientes muy negativas en relación con las máquinas de volar: Langley en Estados Unidos y Clément Ader en Francia, los dos habían fracasado después de gastar una gran cantidad de dinero público. El resultado fue que los dos inventores tardaron mucho tiempo en llegar a acuerdos con el gobierno de Estados Unidos y con un sindicato francés, según los cuales sus clientes accedieron a comprarles aviones siempre y cuando demostraran que cumplían con los requisitos pactados. De acuerdo con los contratos que firmaron, los Wright tenían que volar en público en 1908; el 8 agosto lo hizo Wilbur por primera vez en Le Mans (Francia) y el 3 de septiembre lo haría Orville en Fort Myer (Washington).

Cuando se preparaba para el ingreso en la Academia Naval, en 1908, Donald tuvo la oportunidad de acercarse con su madre a Fort Myer y ver cómo Orville Wright efectuó algunos vuelos extraordinarios. Claro, que entonces ver volar a un hombre sobre una máquina era ya de por sí algo excepcional. Nunca había ocurrido antes. Tuvo la suerte de no presenciar la demostración del 17 de septiembre en la que el gran inventor voló con un acompañante. Aquel día, un fatídico accidente le costó la vida al teniente Thomas Selfridge, que acompañaba a Orville y el inventor también sufrió heridas de consideración.

El vuelo de Orville quedó grabado en la mente de Donald para siempre y desde entonces siguió muy de cerca, entusiasmado, todos los grandes acontecimientos aeronáuticos del momento.

Además de presenciar el vuelo de Orville, Donald también contempló una exhibición aérea de Glenn Curtiss, el primer estadounidense que voló en público en su país. Curtiss fue compañero de Selfridge en la Aerial Experiment Association (AEA), una asociación fundada por Alexander Graham Bell. Sí, el mismísimo Graham Bell que había alcanzado fama mundial por sus inventos telefónicos, fue amigo personal de Samuel Langley (secretario general del Smithsonian) y siempre pensó que Samuel estaba llamado a resolver el problema del vuelo. Sin embargo, Langley, como ya te he comentado, fracasó con su Grand Aerodrome pocos días antes de que los Wright volaran por primera vez en Kitty Hawk, en diciembre de 1903. La prensa ridiculizó sin piedad a Langley a quien no le quedó más remedio que renunciar a seguir con sus experimentos aeronáuticos. Poco después enfermó y en 1906 murió olvidado por todos. Bell acudió a su entierro y pronunció unas palabras amables para con quien había sido su amigo –que las pocas personas que realmente lo apreciaban agradecieron–. Y Bell pensó que había llegado su turno para inventar la máquina de volar y creó la Aerial Experiment Association (AEA) a la que incorporó a dos ingenieros canadienses, al fabricante de motores de Hammondsport, Glenn Curtiss, y al teniente Thomas Selfridge. Para que el teniente formara parte de su equipo tuvo que pedir permiso al presidente de Estados Unidos, pero eso no supuso un obstáculo para un hombre como Alexander Graham Bell.

Graham Bell y su grupo de la AEA progresaron muy deprisa. De marzo a junio de 1908 la AEA logró hacer volar tres aeroplanos: el Red Wing, el White Wing y el June Bug. Glenn Curtiss ganó el premio de la Scientific American Trophy el 4 de julio, día de la fiesta nacional estadounidense, al volar por primera vez en público en Estados Unidos, una distancia superior a 1000 metros con el June Bug, de la AEA. Todos esos acontecimientos ocurrieron poco antes de que los Wright volaran en público, ya que el primer vuelo de Wilbur, en Francia, tuvo lugar en agosto de ese mismo año.

En Francia, Alberto Santos Dumont ya había volado en público, en agosto de 1906, al igual que también lo habían hecho otros pilotos franceses, como Farman y Léon Delagrange, con aviones mucho más rudimentarios que los de los Wright. Los seis años de ventaja que decía Wilbur que llevaban a sus competidores parecía que se habían reducido de forma significativa.

Donald estaba al tanto de los eventos aeronáuticos mundiales y seguía con especial interés todo lo que ocurría en Estados Unidos, donde cada vez con mayor fuerza emergía un serio competidor de los Wright, Glenn Curtiss, mientras los esfuerzos de Graham Bell pasaban a un segundo plano.

Al año siguiente Curtiss se separó de la AEA y creó su propia compañía. Recibió de la Aeronautic Society of New York el primer encargo en su país para fabricar un aeroplano: el Gold Bug. Glenn se lo entregó a su cliente en julio de 1909, en una pista de carreras de camiones del Bronx, en Nueva York, después de hacer una serie de vuelos de aceptación. Donald Douglas también estuvo allí, viendo cómo Glenn volaba su primer aeroplano.

Al contemplar los vuelos de Orville Wright y de Glenn Curtiss, Donald retomó la afición que tuvo, desde muy pequeño, de hacer modelos de avión. Su habitación estaba repleta de pequeños aeroplanos que construía en solitario y perfeccionaba, después de observar cómo volaban. En la Academia Naval, Don construyó un modelo de aeroplano con un motor de goma elástica y montó otro en un brazo giratorio que movió con un cohete de pólvora. El ensayo con el propulsor de pólvora originó una gran humareda que le acarreó una considerable reprimenda.

La afición que tuvo Donald por construir modelos de avión, llevó a Harry Wetzel, el director general de la Douglas, a relatar a la prensa que cuando Don residía en la Academia Naval lanzaba modelos de aeroplano desde su ventana y una vez el avioncito fue derecho a la cabeza de un almirante que estaba en el patio y le dio un buen golpe. Durante años, el almirante presumiría de haber sido capaz de frenar un avión de la Douglas de un cabezazo. Sin embargo, le oí repetir a Donald varias veces, delante de Harry, que esa historia era falsa, mientras su director se reía a carcajadas. A Harry no le importaba que fuera verdadera o falsa, siempre y cuando le gustase a su público.

Pero, a pesar de su afición por los aviones, Donald permanecería en la Academia Naval hasta el año 1912. Cuando su hermano Harold se graduó en Annapolis, Don perdió todo el interés en seguir allí. Habló con sus padres y decidieron, de mutuo acuerdo, su traslado al Massachusetts Institute of Technology (MIT), en Boston. Allí le advirtieron que tendría que hacer cuatro cursos, pero Don les dijo que él podía completar los estudios en dos. En el MIT, mientras estudiaba ingeniería mecánica, continuó con su afición a la construcción de modelos de avión, a los deportes, en general, y al boxeo, en particular.

Donald era una persona inquieta, durante los veranos viajó a Cuba con sus familiares, se embarcó en un petrolero para hacer prácticas en la sala de máquinas y se marchó a las tierras más escondidas de Nueva Escocia para pasar varias semanas pescando y cazando con un indio.

En 1914, Douglas cumplió con su compromiso de graduarse en dos años en el MIT. La Universidad le hizo una oferta para que se quedara trabajando en el departamento de Aeronáutica, que dirigía Jerome C. Hunsaker, para montar un túnel de viento; el salario era modesto: 500 dólares al año.

Su actividad en el MIT la compatibilizó con otro trabajo como consultor para la Connecticut Aircraft Company que estaba construyendo el DN-1, el primer dirigible de la Marina de Estados Unidos. Allí coincidió con Tom Baldwin, un conocido experto en globos y dirigibles, amigo de Glenn Curtiss. Baldwin no se manejaba bien con los planos, pero era la persona que mejor sabía lo que había que hacer y muy pronto formaría un gran equipo con Douglas.

Don recibió una oferta de trabajo para incorporarse al laboratorio de Edison, pero la rechazó porque su vocación era la aeronáutica. Sin embargo, no pudo declinar la propuesta que recibió de Glenn Martin que entonces empezaba a fabricar aeroplanos en California.

En agosto de 1915, Don abandonó la Costa Este para cruzar el país e incorporarse a su nuevo trabajo, en Los Ángeles. Glenn Martin le había pedido a Hunsaker que le recomendara un buen ingeniero y para el profesor del MIT no había otro mejor que Don; siempre lo recordaría como un hombre cuya inteligencia y tenacidad le permitían enfrentarse a cualquier problema y resolverlo.

Seguramente sabrás que se decía de Glenn Martin que era un fenicio y un negociante que solamente amaba el dinero (y a su madre), aunque llevaba la aviación en las venas y pocos sabían volar mejor que él. A Glenn no se le conocían aventuras amorosas y jamás se separaba de su madre. De pequeño empezó a ganar algunos dólares construyendo cometas y al principio de su carrera trabajó en la industria automovilística, como concesionario. Su madre lo apoyaba en aquella locura suya que tenía por la aviación y cuando pudo aprendió a volar y construyó un modesto aeroplano. En 1909 Glenn empezó a volar en las inmediaciones de Santa Ana; entonces su negocio de automoción le dejaba suficiente dinero como para permitirse el lujo de mantener un aeroplano. En enero de 1910 participó en el primer encuentro aeronáutico en Estados Unidos que se celebró en el campo de vuelo Domínguez (en Los Ángeles). A partir de aquel día, la actividad aeronáutica absorbió todas sus energías. Glenn voló de Fresno a Madera, de Newport Beach a la isla Catalina, ida y vuelta, y organizó exhibiciones en las que asombraba al público con sus acrobacias temerarias.

Durante aquellos años la aviación en Estados Unidos no era un negocio, sino más bien un espectáculo en el que un pequeño grupo de pilotos como Glenn Martin, Glenn Curtiss, Lincoln Beachey y Farnum Fish, encandilaban a masas de espectadores morbosos y ávidos de emociones. Los accidentes formaban parte del atractivo de aquellas demostraciones circenses. El negocio estaba en la venta de aviones militares a un Ejército que se mostraba bastante reticente a la hora de apostar por la aviación. Sin embargo, el inicio del conflicto bélico en Europa, en 1914, hizo que los militares estadounidenses reaccionaran ante la abismal diferencia que existía entre las capacidades aeronáuticas de los estados europeos con Estados Unidos. En 1915 Glenn Martin tenía una pequeña fábrica en Los Ángeles con 50 empleados y contratos con el Ejército; le faltaba un ingeniero jefe.

He escuchado muchas veces cómo fue el encuentro entre Donald y Glenn, en el hotel Baltimore de Los Ángeles. Glenn esperaba a Don en recepción y este se acercó.

─¿Es usted el señor Glenn L. Martin?

─Ahora no puedo atenderlo, jovencito, estoy esperando a una persona. Venga a verme si quiere a mi fábrica.

Ante esta respuesta, Donald tomó asiento en un sofá apartado desde donde podía observar a Glenn que conforme pasaba el tiempo empezaba a mostrar algunos signos de impaciencia, así que se levantó, caminó unos pasos hasta el lugar donde estaba Glenn y le dijo:

─No quiero molestarle, señor Martin, pero me parece que usted me está esperando.

─¿Usted? Mire, yo he quedado con el ingeniero jefe de mi fábrica, no con un colegial.

─Me llamo Donald W. Douglas.

─¿Usted?, pero si es un niño…

Por lo que su apodo sería el de Ingeniero Niño, pero Don supo ganarse muy pronto el respeto de los empleados de Glenn.

Tampoco permanecería mucho tiempo en su nueva empresa, aunque el suficiente como para entablar amistad con personas que después ocuparon puestos clave en su propia fábrica. Conoció a Boeing, se casó con Charlotte Ogg, reparó miles de veces un Studebaker y compró su perro, Shalto. Quizá esas fueron otras cosas importantes que hizo mientras trabajaba con Glenn L. Martin. Su perro llegó a hacerse famoso en la industria aeronáutica y aprendió a hostigar a los mirones para que dejaran la pista del campo de vuelos libre cuando tenían que probar algún aeroplano.

El capataz de Glenn Martin se llamaba George Strompl; era un hombre de carácter fuerte y resolutivo. Cuando Don empezó a mandar sus planos al taller, George le dejó bien claro que los planos eran un accesorio superfluo; el jamás los había necesitado. A Donald le costó algún tiempo convencer al jefe de los mecánicos de que sus dibujos servían para algo, pero con autoridad y paciencia lo consiguió. También hizo amistad con el piloto de Glenn Martin Eric Springer y con un inspector del Ejército que estaba en la fábrica, Harry Wetzel. Todos ellos desempeñarían años después un papel importante en la fábrica de Douglas. Otro personaje con el que Don coincidió en Los Ángeles fue William Boeing, aunque no sé si entonces llegó a conocerlo en persona. Boeing era un joven traficante de madera, adinerado y deportista que había estudiado en Yale. Compró un avión a Glenn Martin y se trasladó a California para tomar lecciones de vuelo. Su profesor, Floyd Smith, le dijo a Don que su alumno quería desarrollar la aviación en el norte del estado de Washington y que tenía unas dotes especiales para el pilotaje. Boeing regresó a Seattle con su aparato; un par de años más tarde el avión sufrió daños importantes en una de las tomas sobre el lago Union. En vez de repararlo William Boeing decidió construir uno nuevo, el B&W, que vendió a un cliente neozelandés. Así es como nació la Boeing.

Su automóvil, el Studebaker, se ganó el apodo de “EMF”, las siglas de “Every Morning Fix it” (arréglalo cada mañana). El día de su boda lo utilizó para llevar a Charlotte a Riverside, donde un pastor de la Iglesia Episcopal ofició la ceremonia nupcial. Los novios fueron acompañados por la amiga de la novia, Henrietta Cricks, que salía con Art Barry, la persona con quién Don compartía apartamento en Los Ángeles. Henrietta le había presentado a Don a su amiga Charlotte, hacía un año. Como en el Studebaker no cabían más que tres personas, solo pudieron llevarse a Henrietta de testigo a su boda. Durante el trayecto pinchó dos veces y Don tuvo que arremangarse y ensuciarse las manos y el traje de grasa para cambiar las ruedas.

Don no estuvo mucho tiempo con Glenn porque en noviembre de 1916 la Sección de Aviación del Ejército buscaba un ingeniero jefe para la Aviación Civil y Donald recibió la oferta de asumir el cargo. Dejó a Glenn y se mudó con Charlotte y su perro Shalto a la Costa Este. Los funcionarios tenían que hacerle un examen de ingreso, pero nadie se atrevió a organizarlo porque él sabía más de ingeniería aeronáutica que los miembros del tribunal. Estuvo esperando en el hotel Raleigh de Washington hasta que los empleados del Gobierno decidieron que no era necesario que se sometiera a un test de aptitud. Y antes de las Navidades ya estaba en Buffalo inspeccionando motores.

Poco después de incorporarse a su nuevo trabajo, su hermano Harold falleció de un ataque de apendicitis que no fue diagnosticado a tiempo y a principios de 1917 Don y Charlotte se trasladaron a Nueva York para asistir al funeral de Harold.

Aquel año Estados Unidos entró en guerra. Juntando los aviones de la Marina y del Ejército apenas se podían contar 100 aeroplanos. En agosto de 1917 los franceses tenían 2335 aviones en el frente, mientras que los alemanes contaban con 1980 y los británicos 1200 aparatos operativos en la línea de batalla. La desproporción de la fuerza aérea entre los ejércitos europeos y el de Estados Unidos era muy significativa. Sin duda, durante los últimos años Europa había tomado el liderazgo aeronáutico, quizá porque se estuviera preparando para una guerra que parecía inevitable. Otro dato que resaltaba la falta de presencia americana en el mundo aeronáutico era la distribución por países de los récords de aviación registrados por la Federación Aeronáutica Internacional. De 38 récords, 20 pertenecían a Francia, 7 a Alemania, 4 a Rusia, 3 a Austria, y el Reino Unido e Italia tenían 2, cada uno. Yo tuve un protagonismo muy especial, años después, cuando Estados Unidos decidió mejorar su palmarés aeronáutico, ya que me apunté unos cuantos récords que permitirían equilibrar la balanza.

El 24 de julio de 1917, el Congreso aprobó que se destinaran 649 millones de dólares para construir aviones. La mayor cantidad de dinero que se había asignado jamás para un asunto concreto. Con estos fondos se pretendía construir 20 000 aviones de combate y 9000 de entrenamiento. El Gobierno también relanzó el proyecto de un motor, el Liberty, y la industria automovilística recibió pedidos para fabricar 25 500 unidades.

Aquel gigantesco esfuerzo para recolocar a la industria aeronáutica estadounidense en una posición que permitiera al país hacer frente a la guerra, se vio salpicado por el favoritismo y la corrupción. Algunos fabricantes se aprovecharon de un excesivo beneficio, muchos pedidos fueron a parar a las fábricas de quienes recompensaban a los adjudicadores y, en general, la coordinación de los contratos resultó deficiente. La gigantesca máquina de guerra que se construyó, en muy poco tiempo, apenas tuvo la oportunidad de estrenarse en el campo de batalla. La Marina, que contaba con unos 50 aeroplanos antes de la guerra, en 1918 llegó a tener alrededor de 2000 y el Ejército que no poseía muchos más que la Marina cuando Estados Unidos entró en la guerra, acabó el conflicto con 4865 aeronaves en Estados Unidos y 3580 destacadas fuera del país.

Donald por aquellas fechas trabajó para el Gobierno en la tarea de adaptar los motores, grandes y pesados, que salían de las fábricas de automóviles a aeronaves ligeras. El motor Liberty condicionaría la industria aeronáutica hasta el punto de que muchos decían que se hacían aviones para un motor, en vez de motores para los aviones. A Don aquel trabajo no le satisfacía mucho y propuso a sus superiores el diseño de nuevas aeronaves. Le aceptaron la idea, pero cuando llevaba algún tiempo en esa tarea se dio cuenta de que siempre que sus diseños estaban casi terminados en el tablero de dibujo, recibía una nueva orden para empezar otro distinto. Su afán innovador encontró una oportunidad cuando Glenn L. Martin creó la sociedad Glenn L. Martin of Cleveland, después de que su empresa anterior se fusionara con la Wright Flying Field, la Wright Corporation, la General Aeronautical Company of America y la Simplex Automobile, para crear la Wright-Martin Aircraft Corporation. Don le pidió trabajo a Glenn y este lo volvió a aceptar enseguida en su nueva empresa como ingeniero jefe de diseño.

Donald jugó un papel decisivo en el diseño del Martin Bomber (MB-1). Era un avión más grande que los bombarderos más pesados de la época, Caproni y Handley Page, y sus prestaciones también los superaban. El MB-1 salió del hangar de la factoría de Martin (en Cleveland) el 17 de agosto de 1918. Ya era muy tarde para que se pudiera incorporar al frente de batalla porque el armisticio se firmó el 11 de noviembre de aquel año.

La guerra terminó y la industria aeronáutica, cuya capacidad había aumentado muchísimo, colapsó por falta de trabajo. Más del 90% de las empresas que se dedicaban a este menester tuvieron que cerrar. Ni el Ejército ni la Marina podían absorber todos los aparatos que la industria era capaz de producir. Glenn Martin trató de encontrar aplicaciones comerciales para su MB-1, como avión de transporte de correo, mercancías o pasajeros. Todas las empresas que fabricaban aviones intentaban hacer lo mismo en Estados Unidos y también en Europa.

A principios de 1920 Don tomó una decisión que cambiaría el resto de su vida profesional y el devenir de la industria aeronáutica. Entonces tenía dos hijos, Donald y William, de tres y dos años, respectivamente, y su mujer Charlotte se había marchado a California con los pequeños porque el invierno en Cleveland se le hacía especialmente insoportable. Durante la guerra tuvieron que mudarse de vivienda en numerosas ocasiones, no había muchas casas disponibles en la ciudad y las restricciones de combustible para las calefacciones domésticas eran frecuentes. Los niños pasaban frío y Charlotte se agobiaba con esta situación. En marzo, Donald se tomó unas vacaciones para ir a pasar una temporada con su familia, en Los Ángeles. En la fábrica de Glenn los negocios no iban mal del todo. Su último trabajo había consistido en el diseño de un avión torpedero para la Marina. Su sueldo era muy sustancioso: 10 000 dólares al año. Sin embargo, Don quería hacer algo por su cuenta, tenía la ilusión de diseñar aviones y construirlos. No disponía de mucho dinero ahorrado, unos 600 dólares; habló con su mujer y después de analizar las ventajas y los inconvenientes, tomó la decisión de montar su propia fábrica de aviones. En marzo envió una carta a Glenn presentando su renuncia como ingeniero jefe de la empresa de Cleveland. Martin trató de disuadirlo, le dijo que no era un buen momento para fabricar aviones, que el Ejército los vendía por 200 dólares porque tenía material sobrante, pero Donald ya había tomado una decisión.

Como te puedes imaginar, fue una decisión en una época muy complicada y lo normal es que le hubiera salido mal, pero no fue así. Muchos piensan que Donald creía de verdad que había llegado el momento de fabricar aviones de transporte de pasajeros. Poco antes, en una conferencia que dio en la Society of Automotive Engineers, dijo que el futuro de la aviación estaba en el transporte civil de pasajeros, ya que conseguir fondos del Gobierno, en aquellas circunstancias, era algo muy difícil. Donald señaló que se podía construir una variante del Martin Bomber, el Glenn Martin Passengers (GMP), a un precio de 40 000 dólares y que una aerolínea obtendría el 30% de la inversión transportando pasajeros con aquel aparato, entre Cleveland y Chicago. Yo creo que cuando creó su empresa, en 1920, Don quería fabricar aviones comerciales para el transporte de pasajeros porque el mercado militar ya estaba saturado. Sin embargo, la falta de recursos financieros fue el elemento que condicionó el inicio de su aventura empresarial.

El primer y único problema con que se topó el joven ingeniero de 28 años, que era Don en aquel entonces, fue encontrar dinero para empezar a producir alguno de los aviones que únicamente existía, de momento, en sus pensamientos. La mayoría de los banqueros no se tomaban muy en serio que la aviación pudiera resultar alguna vez un negocio rentable; los había que incluso pensaban que terminaría por desaparecer. La actividad aeronáutica comercial era muy escasa. En California, quizá lo más significativo era que Syd Chaplin, el hermano de Charles Chaplin, había empezado a volar a la isla Catalina de forma regular. En Seattle, al norte de California en el estado de Washington, la Boeing contaba con dos delineantes y fabricaba algún que otro hidroavión de tres pasajeros, el B1. Hasta la Curtiss estuvo a punto de quebrar. Era muy difícil encontrar inversores para un negocio que atravesaba una crisis tan profunda.

Después de muchas visitas frustradas, a Donald se le ocurrió hablar con un periodista deportivo de Los Angeles Times, Bill Henry, al que conocía porque había trabajado como relaciones públicas para Martin en Cleveland. Gracias a él, encontró a un joven millonario y deportista que quería que le construyeran un avión. Se llamaba David R. Davis y era abogado por la Universidad de Vanderbilt. El avión que quería Davis tenía que ser capaz de volar de costa a costa de Estados Unidos, sin repostar. Don tomó aquella oportunidad porque no tenía otra y llegó a un acuerdo con David para fabricarle su avión en la empresa que sería de los dos. Así es como empezó Donald, con un socio y una empresa que tenía un único pedido de un avión y dinero para construirlo. Su esposa, Charlotte, sacó del banco sus ahorros– que ascendían a 2000 dólares– y los invirtió en la empresa de su marido. Agradecido por haberle facilitado el contacto, Douglas, le dio algunas acciones a Bill Henry quien no quiso aceptarlas, pero el ingeniero insistió y Bill tuvo que convertirse también en accionista de esta nueva sociedad.

El 21 de junio, Don escribió una larga carta a su amigo George Strompl que seguía en Cleveland trabajando para Martin. Le decía que tenía una empresa y un pedido, y de momento nada más, pero que le ofrecía trabajo y, aunque era arriesgado, si las cosas les iban bien compartiría con él los éxitos, también que si no aceptaba su oferta lo entendería perfectamente. Don envió algunas cartas más y como era un hombre de gran personalidad, un líder, la gente le siguió. El 20 de julio llegaron a Los Ángeles cinco hombres: Ross Elkins, Jim Goodyear, George Borst, Henry Guerin y George Strompl. Fueron el núcleo duro del equipo humano de la empresa Douglas que me fabricó. Los recién llegados tardaron en encontrar a Donald, porque este había alquilado su oficina en la trastienda de una barbería y no podían imaginar que el nuevo fabricante de aviones estuviese allí. Fue peor que eso, apenas se habían saludado, cuando empezaron a discutir sobre el proyecto, de repente, escucharon un zumbido sordo, grave, y el tintinear de las lámparas con golpes cortos y agudos, sintieron el temblor de las paredes y el suelo a sus pies empezó a moverse. Era un terremoto, algo habitual en California.

Alquilaron una segunda planta de un taller, el Koll Mill, en el que había utensilios suficientes como para fabricar el avión. He escuchado decir muchas veces que la única herramienta que tuvieron que comprar y que durante algún tiempo constituyó la totalidad del inventario del instrumental de la Davis-Douglas fue una taladradora de mano que costó tan solo 25 dólares. Esa taladradora ha estado expuesta en alguna vitrina durante años.

El aeroplano se llamaría Cloudster, un nombre que le puso Eric Springer, antiguo piloto de la empresa de Martin que se había incorporado a la Davis-Douglas. Era un biplano con un solo motor Liberty de 400 HP, casi 17 metros de envergadura, y dos tanques de combustible de 660 galones. Un año después de empezar su construcción, el aeroplano ya estaba listo para volar. Había costado 40 000 dólares. Durante el primer intento de vuelo, Springer se tragó la pista entera del aeródromo Goodyear y detuvo el avión en un campo de coliflores. Ni el piloto ni el aparato sufrieron daño alguno, pero las coliflores sí y la Davis-Douglas se vio obligada a indemnizar al granjero con 55 dólares. Días después, el 24 de febrero, Davis y Springer consiguieron despegar sin problemas y volaron durante media hora sobre el aeródromo de Goodyear. Por los tubos de escape asomaban llamas de más de un metro de largo, porque la mezcla era excesivamente rica, pero, aparte de este detalle, que resolvieron ajustando la carburación, el avión voló muy bien. La sobrina de Davis, Jane Pearsall, rompió una botella de champán francés en el morro del aparato y así quedó oficialmente bautizado con el nombre de Cloudster que ya le había puesto Springer.

Las pruebas del Cloudster demostraron muy pronto que era un magnífico aeroplano y Springer y Davis decidieron aventurarse a cruzar con él Estados Unidos de costa a costa. Don les aconsejó que despegaran de Riverside porque la pista de Goodyear era muy corta.

El 27 de junio de 1921 David Davis y Eric Springer desayunaron a las cuatro de la madrugada y decidieron que despegarían a las seis. El Cloudster podía volar durante unas 33 horas seguidas, a 85 millas por hora, por lo que era capaz de recorrer un poco más de las 2500 millas que había hasta el aeródromo Curtiss (en Long Island). Sería el primer vuelo sin paradas a través del Continente y también podían ganar el récord de permanencia en el aire que entonces ostentaba un Farman: el Goliath, que había volado durante 24 horas y 19 minutos de forma ininterrumpida. Despegaron con dificultad porque con los tanques de combustible llenos el avión pesaba mucho; casi rozaron el tejado de una de las casas que estaba en las proximidades del aeropuerto. A las 9:05 sobrevolaban Yuma, después de haber dejado atrás California y los cactus del desierto en Arizona. A las 15:45 llegaron a El Paso y desde allí divisaron nubes de tormenta en el horizonte. Dio la impresión de que al Cloudster no le gustaron los nubarrones porque el motor se paró de golpe. Tuvieron que aterrizar en Fort Bliss, unas pocas millas al este de El Paso, después de haber recorrido 785 millas en 8 horas y 45 minutos a unos 2400 metros de altitud. Los militares, que no esperaban aquella visita, los observaron con extrañeza y lo que más les impactó fue ver cómo aquellos dos pilotos civiles también llevaban paracaídas. Poco después del aterrizaje, cuando el Cloudster estaba en la plataforma estacionado, arreció el viento y una ráfaga hizo que un ala golpeara el suelo. El avión necesitaría una reparación importante antes de continuar el vuelo. El proyecto de Davis, de cruzar Estados Unidos sin paradas intermedias, se vino abajo.

David Davis se olvidó durante un tiempo de la aviación para dedicarse a los negocios deportivos y aceptó su condición de perdedor, aunque en la aventura aeronáutica se hubiera gastado más de 40 000 dólares.

Quizá sepas que el triunfo que no pudo lograr el socio de Don, sería más tarde para dos tenientes del Ejército, Oakley G. Kelly y John A. Macready, quienes aterrizaron en San Diego 26 horas y 50 minutos después de haber despegado de Nueva York, el 2 de mayo de 1923, en un Fokker T-2.

Con posterioridad, el Cloudster fue adquirido por dos hombres de negocios, Thornton Kinney y Benjamin Brodsky, que lo modificaron para convertirlo en un avión de transporte de pasajeros de siete plazas. Sin embargo, la gente aún tenía bastantes reparos a la hora de subirse a un avión, por lo que el negocio no funcionó bien. Claude Ryan, de San Diego, lo compró después para transportar promotores inmobiliarios entre San Diego y San Clemente, pero al cabo de un año lo vendería también a una empresa de Baja California. Esta sociedad lo emplearía para transportar licor, de forma ilegal. En uno de aquellos viajes, el piloto se vio sorprendido por una tormenta, aterrizó en una playa y abandonó el avión. Al subir la marea el océano se llevó al Cloudster, la primera aeronave que salió de la fábrica de Don.

Davis le vendió su parte por 2500 dólares ya que no lo interesaba el negocio aeronáutico por lo que Donald continuó con su aventura empresarial, en solitario.

Muy poco después del fracaso del vuelo transcontinental del Cloudster, Don logró firmar un contrato con el Gobierno para construir tres aviones torpederos, DT-1. Mientras Davis y Springer hacían los preparativos para volar de costa a costa, Don ya estaba trabajando, día y noche, en el diseño de sus aviones torpederos y así seguiría hasta conseguir el contrato. Cuando lo tuvo en sus manos se encontró con que no disponía de recursos financieros suficientes para empezar a construir los aeroplanos. Tenía un contrato de 120 000 dólares con el Gobierno y los bancos le negaban un crédito de 15 000 dólares que era todo lo que necesitaba para financiar su actividad hasta que su cliente le hiciera los primeros pagos. Ningún banquero confiaba en aquel negocio. Su amigo, el periodista deportivo Bill Henry, le recomendó que fuera a ver a su jefe, Harry Chandler, el editor del periódico Los Angeles Times. Don le ofreció hasta un 49% de su empresa si le avalaba un crédito de 15 000 dólares. El banquero se rio de la oferta que le hizo el joven empresario:

─Douglas, lo mío es la prensa y no sé nada de aviones, pero quiero que esta ciudad prospere y para conseguirlo necesitamos emprendedores como tú, así que te voy a avalar un crédito de 15 000 dólares si consigues que nueve individuos más lo hagan.

En unos pocos días, con la firma de Chandler, Don consiguió el apoyo de un grupo de personas del mundo de los negocios y, con ello, el crédito que necesitaba para empezar la fabricación de los DT-1.

Durante aquellos años se generó un gran debate en la Marina acerca de la conveniencia o no de apostar por los aviones torpederos y la eficacia de la aviación frente a los acorazados. Una teoría que se había extendido entre los estrategas era la necesidad de prepararse para un posible ataque japonés desde el Pacífico. La Armada japonesa controlaba las aguas de aquel océano y en el supuesto de una confrontación con Estados Unidos cabía suponer que organizara un desembarco en las costas mexicanas, para invadir el país a través de las llanuras de Texas, antes que hacerlo en la costa americana porque allí se encontrarían con las Montañas Rocosas. La defensa más efectiva contra aquella amenaza sería mediante aviones torpederos y bombarderos, ya que con el presupuesto de un solo acorazado podían construirse muchos aviones y en menos tiempo. Sin embargo, algunos marinos objetaban que la aviación no sería nunca efectiva frente a los modernos acorazados con sus magníficos blindajes. La Armada organizó unas maniobras en el Atlántico con buques acorazados capturados a Alemania, durante la Primera Guerra Mundial, que sirvieron de blanco a los aviones torpederos de la Marina. Durante aquel ejercicio se demostró la eficacia de las aeronaves que con sus bombas y torpedos lograron hundir con facilidad el Ostfriesland, un buque insumergible según los armadores alemanes. Aun así y todo, algunos marinos de la Armada continuarían empeñados en hacer de menos la utilidad práctica de la aviación en la guerra naval.

En julio de 1921 desapareció la Davis-Douglas y nació la Douglas Company. Al año siguiente Don movió sus negocios a Santa Mónica, tenía 42 empleados, aquel año fabricaría 6 aviones y recibió un pedido de 18 torpederos más. La Douglas se había puesto en marcha. Las cosas empezaron a irle bien a Donald, y en 1922 tuvo otro motivo de satisfacción porque su mujer Charlotte dio a luz a Barbara Jean.

Casi todo el trabajo de la Douglas durante aquellos años era para el Ejército o la Marina. Los militares aún no habían impuesto los controles internos que llegarían después. La fábrica de Santa Mónica era pequeña, los trabajadores entraban y salían sin ningún impedimento, a veces venían del campo con los bolsillos llenos de serpientes toro gastándose bromas. En el gabinete de diseño había tres ingenieros, Donald, Jack Northrop y Arthur Mankey, quienes compartían una habitación de unos 20 metros cuadrados con el personal de compras y de administración.

En 1924 un teniente del Ejército, Erik Nelson, se presentó en las oficinas de la Douglas, en el Wilshire Boulevard de Santa Mónica, y preguntó por Donald. El teniente quería saber si la empresa estaba interesada en construir cuatro aviones que pudieran dar la vuelta al mundo. Él estaba en ese momento de viaje, pero a su regreso se puso de inmediato a esbozar un avión, inspirado en los DT, con la ayuda del teniente Nelson que fue quien llevó los planos del aparato al general Mason M. Patrick, jefe del Servicio Aéreo del Ejército de Estados Unidos. El 1 de agosto, el Ejército aprobó la oferta de Don y Nelson se desplazó hasta California para supervisar la construcción de esos cuatro aviones. Aquel contrato haría mundialmente famosa a la firma de Don. El proyecto, cuidadosamente diseñado por el Ejército, tenía como objetivo demostrar la viabilidad del transporte aéreo entre varios continentes, en condiciones meteorológicas diversas. También sería una demostración de fuerza y capacidad del propio Servicio Aéreo. En cualquier caso, la publicidad estaba garantizada y la Douglas se jugaba mucho en aquella aventura.

El avión que diseñó Don para dar la vuelta al mundo era un biplano con dos tripulantes, podía llevar flotadores para amerizar o tren de aterrizaje, su autonomía era de 18 horas y a unos 3000 metros de altitud volaba a 100 millas por hora. El biplano estaba motorizado con un Liberty de 400 HP. El Servicio Aéreo planificó una ruta de 25 000 millas que, partiendo de Santa Mónica, atravesaba 25 países antes de regresar otra vez a Santa Mónica. Los preparativos del vuelo no fueron sencillos porque hubo que enviar gasolina a todos los puntos en los que se había planificado una escala, que eran más de 50, estudiar la meteorología, obtener los permisos de sobrevuelo y resolver las cuestiones asociadas a la estancia de los pilotos. Para dirigir la expedición se nombró al comandante F. L. Martin, y el teniente Nelson y el teniente John Harding, fueron designados para formar la cuarta tripulación; también se formó una quinta tripulación de reserva.

El 17 de marzo de 1924, despegaron tres aviones de Santa Mónica– el cuarto, con el teniente Nelson, lo hizo de San Diego porque se había terminado de fabricar justo el día anterior– rumbo a Seattle que era el lugar en el que oficialmente se iniciaba el circuito. El 6 de abril, tras haber sufrido algunos retrasos, los cuatro Douglas World Cruissers (DWC) fueron despedidos por una multitud de personas en Seattle y se dirigieron a su primer destino que era Prince Rupert (en Alaska).

A lo largo de la gira se perderían dos aviones. El primero fue el del comandante Martin, en Alaska, que por culpa de la niebla chocó contra la ladera de una montaña. A pesar de que ni él ni su copiloto sufrieron ningún daño, tuvieron que refugiarse en los restos del avión y luego en una cabina antes de que consiguieran llegar a Port Moller. Durante 10 días estuvieron desaparecidos. Aquel accidente, al principio de la gira, excitó el interés de millones de seguidores en todo el mundo. El otro avión que no regresó se perdería en el mar por culpa de un fallo de la bomba de aceite, que forzó al piloto a amerizar poco después de su despegue en Scapa Flow cuando ya estaba de camino a Islandia. Un buque de la Marina recogió a la tripulación y trató de remolcar la aeronave hasta las islas Faroes, pero un golpe de mar volcó el aparato y tuvieron que cortar la línea de remolque con lo que la aeronave se hundió para siempre en el océano.

Unas 200 000 personas recibieron a los aviones y sus pilotos que regresaron a Santa Mónica el 3 de septiembre tras haber navegado alrededor del mundo. Cayeron miles de flores sobre las cabezas de los héroes y una muchedumbre ansiosa estuvo a punto de romper el cinturón de seguridad y convertir los DWC en un montón de souvenires mientras el teniente Nelson vociferaba: “¿Dónde está Douglas? Quiero decirle a ese muchacho que sabe hacer aviones”.

El mundo supo que había una pequeña empresa en Santa Mónica que fabricaba aviones capaces de volar alrededor del globo terrestre. A la Douglas le llegaron pedidos hasta de países remotos y la empresa tuvo que crecer a marchas forzadas. Los empleados de Don dejaron de ser un grupo de amigos que a la hora del almuerzo salían al campo para meterse serpientes toro en los bolsillos. En 1925 superaron la cifra de 500 trabajadores. Douglas adoptó el siguiente lema: “El primero alrededor del mundo”. Y, más tarde, en 1930, cambió el logo de la empresa, el corazón con alas, por un globo y una órbita que lo circunvalaba.

Mientras los DWC volaban alrededor del planeta, Donald se puso a dibujar su nuevo avión para el Ejército, el llamado XO, una aeronave de observación. También trabajó en un avión carguero. El Ejército anunció un concurso para la sustitución de los De Havilland DH-4 por otros más modernos. En McCook, el aeródromo de pruebas del Ejército, el XO-2 de Donald fue el que superó a todos sus competidores entre los que se incluía también un Fokker. Eric Springer fue el piloto de pruebas de la Douglas que demostró las capacidades del XO durante los ensayos de vuelo. El premio fue un contrato para fabricar 50 aviones por un importe de 750 000 dólares.

Es casi increíble cómo Donald levantó su empresa, prácticamente, de la nada hasta formar una compañía capaz de recibir una orden del Ejército de cerca de un 1 000 000 de dólares, en apenas cinco años. La seriedad y la formación técnica de Donald desempeñaron un papel crucial en todo ese proceso. Yo creo que era el fabricante que estaba mejor considerado por los técnicos del Ejército; se fiaban de él.

En verano de 1925 se produjo un acontecimiento muy relevante en la Douglas cuando Arthur Raymond empezó a trabajar para Don. El joven Raymond, que pocos años después desempeñaría un rol irremplazable en mi diseño y construcción, se había graduado en Harvard, con honores, en 1920 y después estudió aeronáutica en el MIT. Regresó a California, donde su padre tenía un hotel en Pasadena, el Raymond Hotel, para trabajar como asistente suyo. A Raymond le interesaba la aeronáutica, pero no había ofertas de empleo en este sector. El ingeniero sabía lo que quería y se mudó a Santa Mónica con su mujer, a una casa alquilada. Se presentó en la Douglas en repetidas ocasiones hasta que George Strompl lo contrató para taladrar agujeros y ajustar chapa. Por entonces Douglas andaba buscando un experto en aerodinámica y le pidió a Hunsaker que le recomendara a alguien. El profesor le respondió que la persona que buscaba la tenía allí cerca, en su propia fábrica, trabajando para él, se llamaba Arthur Raymond. Don comprobó con Strompl que efectivamente era así y le dijeron a Raymond que pasara al departamento de ingeniería después de ofrecerle una paga de 30 dólares semanales.

Casi al mismo tiempo que se incorporó Arthur también lo hizo Kindelberger. Desde que se había creado la empresa, el propio Donald oficiaba de jefe de ingeniería, lo que contribuyó en gran medida a su éxito. Cuando la gestión de la compañía empezó a requerirle una dedicación mayor, Don pensó que debía contratar a otra persona para que ocupara ese puesto. El elegido fue James H. Kindelberger, que había reemplazado a Don en la empresa de Martin en la posición que él mismo había dejado un día libre al marcharse. El nuevo jefe de ingeniería tenía buen humor y era un personaje muy sociable.

Durante los años siguientes, Douglas continuó suministrando aeronaves de observación al Gobierno y encontró un mercado para su aeronave de transporte de carga: el M-2. El departamento de Correo de Estados Unidos operaba con aviones De Havilland que habían quedado anticuados y la Douglas recibió un pedido de 51 aviones para reemplazarlos por los M-2. Este fue un avión que también adquiriría la Western Air Express, una compañía privada que inició el transporte regular de pasajeros y correo entre Salt Lake City y Los Ángeles el 17 de abril de 1926 con un M-2.

California está llena de recuerdos españoles. Para sus habitantes España es un país remoto, pero familiar, que yo nunca creí que fuera a conocer, aunque jamás me lo imaginaba tal y como es. Los californianos tenemos el vicio de confundir España con México. El M-2 recibió el sobrenombre de Escalante, en memoria de fray Silvestre Vélez de Escalante, quien junto con otro religioso, fray Francisco Atanasio Domínguez, abandonó Santa Fe el 29 julio de 1776 con la intención de trazar un camino que uniera la misión de aquella ciudad con la de Monterrey (en California) separadas por unas 2000 millas. Ya sabes, se trata de historias de curas andarines que recorrían estas tierras a lomos de sus burros o caballos para formar misiones. Los religiosos partieron a caballo, con provisiones guías y un cartógrafo, pero no llegaron nunca a su destino. El invierno, el desierto, la falta de provisiones, los indios y las frecuentes deserciones de sus guías les obligaron a regresar a Santa Fe.

El avión que se llamó Escalante hizo un viaje más rápido que el de los religiosos y llegó felizmente a su destino. El M-2 de la Western Air Express –en su vuelo inaugural– fue bautizado antes de despegar de Salt Lake City con una botella de agua del lago que estrelló contra su morro la hija del gobernador de Utah, Betty Dern, y después de hacer una pequeña escala en Las Vegas, aterrizó en Los Ángeles, donde fue agasajado por un solemne comité de recepción.

Con tanto trabajo, la fábrica de Donald se quedó pequeña y tuvo que ampliar las instalaciones, que entonces entorpecerían la pista. Para realizar los ensayos de vuelo, era necesario trasladar los aviones a otro aeródromo próximo, el de Clover. Las aeronaves las llevaban por la noche de Wilshire a Clover, cruzando las calles de Santa Mónica. Una procesión de hombres con antorchas y linternas acompañaban el viaje nocturno del avión por un itinerario que siempre era el mismo y en el que a menudo tenían que cortar las ramas de los árboles que molestaban y sacar los buzones de correo para hacerle sitio al aeroplano; el cortejo recolocaba los buzones antes de disolverse y al amanecer las calles de Santa Mónica recuperaban el orden, la paz y el silencio.

El último avión que utilizó la pista de la Douglas en Wilshire fue un Ryan pilotado por el que más tarde llegaría a convertirse en un héroe nacional: Charles Lindbergh. Los empleados de Don trataron en vano de hacerle señas para que no aterrizara en la pista, abandonada y llena de baches, pero Charles no los vio y tomo tierra dando saltos. Lindbergh venía de San Diego, con otra persona y querían ver a Donald Douglas; se trataba de una visita de cortesía.

Cuando ocurrió aquel aterrizaje, Lindbergh se había desplazado a California para supervisar los ajustes de su avión, The Spirit of St. Louis, un monoplano fabricado por Claude Ryan en San Diego. Poco después ganaría el premio Orteig dotado de 25 000 dólares para el primer piloto que hiciera el vuelo sin escalas entre Nueva York y París. Charles recorrió aquella distancia de 3610 millas en 33 horas y 30 minutos y fue recibido en la capital francesa en el aeródromo de Le Bourget por una multitud de más de 100 000 personas. A su regreso a Nueva York la llegada del héroe también sería un gran acontecimiento. A partir de aquel momento, Charles y su The Spirit of St. Luis pasaron a formar parte de la Historia de la Aviación. Pero cuando Lindbergh aterrizó en el viejo campo de Wilshire y estuvo a punto de romperse la crisma, porque la pista no reunía las condiciones mínimas para ejercer sus funciones, el piloto aún no había alcanzado la condición de héroe. Vinieron para entrevistarse con Donald, pero nunca llegué a saber de qué hablaron durante el tiempo que estuvieron reunidos. Pocos años después, Lindbergh trabajaría para la TWA, como asesor de Jack Frye, y participaría en el comité que se encargaría de evaluar la propuesta ganadora de la Douglas de la que surgiría yo.

A finales de 1929 la empresa de Don ya se había consolidado como una magnífica fábrica de hacer aviones en su planta de Clover. Durante los últimos años de aquel decenio el país vivió una euforia económica que la sociedad estadounidense jamás había conocido antes. Empresas de todo tipo crecieron como amapolas en los márgenes de los trigales, los precios de las acciones de cualquier sociedad subían a una velocidad de vértigo, los especuladores amasaban grandes fortunas en muy poco tiempo; el dinero corría a raudales de un modo indecente. En Los Ángeles se vivieron años de locura. Joyas, pieles y automóviles lujosos, se paseaban de forma ostentosa por las calles de los barrios más caros de la ciudad para acudir a espectáculos fastuosos. Don siguió con su misma vida de siempre, pero la ciudad cambió.

Arrastrado por la fiebre del oro, Donald diseñó un aeroplano destinado a los jóvenes deportistas de aquella sociedad frívola y derrochadora. En 1928, la Douglas construyó el Ambassador. Y, Eric Springer, el piloto de prueba de la empresa, se lo llevó a El Paso para participar en carreras y vuelos de demostración; sin embargo, el avión fue un fracaso desde el punto de vista comercial. No obstante, a la Douglas aquel traspié no le afectó mucho porque los militares compraban la mayor parte de la producción de la empresa. Los clientes no se limitaban al gobierno de Estados Unidos, ya que otros países como China, Brasil, Perú y Japón empezaron a importar también aviones fabricados por la industria norteamericana. Aunque los productos militares constituían el núcleo del negocio de la Douglas, Don no perdía el interés por el mercado civil y de forma esporádica fabricaba alguna aeronave que encajara bien dentro de este sector. Después del frustrado Ambassador, Don diseñó otro aeroplano que tuvo más éxito: el Dolphin. Era un monoplano con el fuselaje debajo del ala y dos motores grandes de 300 HP por encima de los planos de sustentación. El avión podía trasportar de 6 a 8 pasajeros, el fuselaje era de duraluminio y la estructura muy sólida con varios compartimentos estancos. Su precio era de 45 000 dólares y el primer cliente fue Powel Crosley que tenía una cadena de radio; luego, William Wrigley, el dueño de la isla Catalina, compró dos para su línea aérea que cubría la ruta de Wilmington a Catalina. El Dolphin podía aterrizar o amerizar. El millonario francés, Armand Esders, fabricante de tejidos, visitó la fábrica de Don en 1932 para encargarle un Dolphin; el magnate también compró aquel mismo año un fantástico Bugatti. El aeroplano que se construyó para Esders llevaba muchos extras, como un bar completamente nuevo, y el preció ascendió a 57 000 dólares. La publicidad que consiguió Donald con la venta de su avión a Esders bastó para relanzar el Dolphin y que otros millonarios, como W.K. Vanderbilt, le encargaran varios pedidos. Pero, sin duda, lo que más satisfacción le produjo a Don fue que William Boeing, su competidor de Seattle, le pidiese uno. El Gobierno terminó también por interesarse en este aeroplano y la Marina adquirió 10 unidades, los Guarda Costas 13 y el Ejército 28.

A pesar del éxito del Dolphin, los negocios de la Douglas, con el inicio de la década de los años 30, se resentirían aquejados por la recesión que sobrevino al periodo de bonanza de finales de la década anterior y que afectó prácticamente a todo el país. La explosión económica que precedió a la recesión hizo que en Estados Unidos floreciesen las fábricas de aviones como hongos después de las primeras lluvias otoñales. En total, en el país había un centenar de fabricantes. Incluso la misma Douglas de alguna forma había iniciado sin quererlo el embrión de lo que sería su propia competencia. Jack Northrop, uno de los primeros ingenieros que tuvo Donald, en 1927 se fue a trabajar a la Lockheed en el proyecto Lockheed Vega; un avión que tuvo mucho éxito. En 1931 Jack Northrop dejó la Lockheed y con una participación de su antiguo patrón, Donald Douglas, montó la Northrop Corporation en El Segundo. Don tenía entonces que buscar trabajo para su antigua fábrica y para la nueva. Sin duda aquellos fueron tiempos difíciles y en el año 1932 las cifras de producción de las dos empresas apenas alcanzaron las 70 unidades.

El mundo de los negocios se había complicado durante el inicio de la década de los años treinta, pero Donald vivió algunas alegrías a nivel personal y dado que su empresa se asentaba sobre pilares muy firmes, tanto desde el punto de vista técnico como financiero, los malos tiempos no le afectarían demasiado.

Y es que construía siempre sobre bases sólidas. Sus aviones se inspiraban en modelos anteriores y ponía un gran énfasis en la robustez estructural y todos los aspectos relacionados con la seguridad. A Jack Northrop, uno de sus ingenieros más brillantes, aquellos aviones tan convencionales le parecían un poco aburridos, pero Don quería avanzar siempre paso a paso, sin correr riesgos innecesarios y sus antiguos colegas de Washington apreciaban aquel modo de hacer las cosas.

Bill Henry, el periodista de Los Angeles Times a quien Don había cedido el 25% de las acciones de su empresa, nada más crearla, por el servicio que le había prestado al facilitarle el contacto que le permitió fabricar su primer avión, no quiso seguir como accionista y vendió su participación, por 25 000 dólares, al padre de Donald: William Douglas. De 1921 a 1928 la empresa había generado un beneficio de 1,2 millones de dólares y sus dos únicos socios, padre e hijo, decidieron dedicar la mayor parte de esos beneficios a financiar el crecimiento de la sociedad. En 1927 se repartieron un dividendo de 40 000 dólares. El 30 de noviembre de 1928, los Douglas, aconsejados por expertos financieros, crearon la Douglas Aircraft Company en Delaware y el capital se hizo público. La empresa ingresó 1 000 000 de dólares y la mitad de este dinero se utilizó para construir una nueva fábrica en Clover Field y el resto se depositó en la caja donde permanecería hasta el año 1934. La Douglas, por lo tanto, afrontó el comienzo de la década de los 30 con una excelente situación de tesorería.

Durante aquellos años Donald vivió momentos felices, a nivel personal. Charlotte dio a luz en octubre de 1931 a los mellizos James y Malcolm, con lo que la familia Douglas pasaría a tener cuatro hijos y al año siguiente, en 1932, Donald tuvo la satisfacción de ver cómo la ciudad de Los Ángeles se convertía en la sede de los Juegos Olímpicos. Don, que pertenecía al club de yates de la ciudad, que tenía sus propios barcos de recreo y que era un gran marinero, fue designado como uno de los miembros de la tripulación estadounidense que participó en las Olimpiadas. Su barco quedó clasificado el segundo en aquellas regatas que llevaron a las aguas de Los Ángeles a los mejores navegantes del mundo. Fueron todos ellos motivos de alegría que servirían para compensar las dificultades que encontraron sus negocios.

Donald Douglas había conseguido levantar su propia fábrica de aviones, pero en contra de la visión estratégica del negocio que tuvo en un principio, porque hasta entonces casi la totalidad de sus entregas las había hecho a la Marina y al Ejército de Estados Unidos o a fuerzas aéreas extranjeras. El transporte aéreo civil de pasajeros no había tenido el desarrollo que Don supuso que tendría cuando fundó su empresa.

Las cosas ocurrirían a su debido tiempo, porque en 1933 vine yo al mundo para inaugurar la época de los grandes aviones de transporte de hélice…

 

Aquella última frase de DC-1 fue muy solemne. Tenía razón y lo sabía, por eso, la pronunció ceremoniosamente, en un tono algo cursi. Mi interés por él, en gran parte, lo motivaba esa realidad: que su aparición en el mundo aeronáutico supuso el inicio de la época de los grandes aviones de transporte de hélice. Su voz metálica del principio se tornó mucho más cálida siempre que se refería a Donald Douglas, o Don, como le llamaba él. Pero, no me lo había contado todo. No me dijo que Donald, más o menos cuando apareció DC-1 en su vida, también conoció a otra persona importante y que con el tiempo se convertiría en su segunda esposa: Marguerite, Peggy, Tucker. Se conocieron en el club de yates de Santa Bárbara, quizá en verano de 1931 o 1932, y durante más de 20 años mantuvieron un romance secreto, al menos ante los ojos de su esposa Charlotte. Douglas le puso una sombrerería y cuando el negocio se fue al traste una tienda de ropa. Tampoco era un asunto que tuviera mucho que ver con DC-1, que en ese momento había hecho una pausa en su discurso. Otra vez, al retomar el monólogo, su voz recobró aquel fondo metálico que lo caracterizaba.

De Los Ángeles al cielo (Capítulo 2)

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DE LOS ÁNGELES AL CIELO

Capítulo 2

LOS ÁNGELES, 1 DE JULIO DE 1933

─Nací el 1 de julio de 1933, en el aeropuerto de Clover, en Santa Mónica. Por la mañana, mi cuerpo de aluminio brillante salió de un gran hangar para pisar con fuerza la plataforma, en la que se agolpaban centenares de trabajadores de la empresa de Donald y muchos curiosos. Mis motores estuvieron rugiendo durante un par de largas horas, calentándose, antes de que los pilotos tomaran la decisión de hacerme rodar por la pista. Carl Cover, jefe de pilotos de la Douglas y vicepresidente de ventas sería el comandante de mi primer vuelo; Fred Herman, ingeniero de diseño de la compañía, hacía de copiloto. Donald Douglas estaba muy nervioso desde que el jefe de fábrica, Strompl, le había llamado a la oficina a las 11:30 de la mañana para decirle que acudiera al hangar porque todo estaba ya preparado. Sabía que se jugaba mucho en aquella prueba. Donald se había gastado más de 300 000 dólares en construirme y su cliente, la TWA, había pagado 125 000 dólares por mí y si yo funcionaba tenía el compromiso de adquirir 60 unidades más; pero, si yo no conseguía volar, tal y como se había establecido en el contrato, aquello sería el fin de la Douglas.

Donald quiso que me llamara DC-1 que quería decir “Douglas Commercial One”; él me puso el nombre, también aportó el dinero para que me fabricasen y muchas ideas, porque “Don” –que así le llamaban sus allegados, y creo que puedo considerarme uno de ellos– era un buen ingeniero con excelentes ideas, visión de futuro, arriesgado y al mismo tiempo conservador. Aunque Don financió mi diseño y construcción, también le debo mucho a Arthur Raymond, el ayudante de James H. Kindelberger, ingeniero jefe de la Douglas. Raymond era uno de los primeros técnicos que había estudiado ingeniería aeronáutica en Estados Unidos y puso un gran empeño en que su DC-1, o sea yo mismo, el que te habla, fuera capaz de hacer que la experiencia de volar, para los sufridos pasajeros de aquella época, dejara de ser un suplicio. Sin embargo, tengo que puntualizar que, aunque Don y Arthur tuvieron mucho que ver con mi llegada al mundo, este acontecimiento tan importante jamás hubiera ocurrido de no ser por Jack Frye.

No sé si Jack vino a Clover el 1 de julio para verme volar por primera vez, creo que no, pero seguro que estuvo pendiente de lo que allí pasaba, minuto a minuto. Era sábado y un día muy especial en Los Ángeles porque esa misma jornada Frank L. Shaw fue elegido alcalde de la ciudad. Un alcalde que cinco años más tarde abandonaría su puesto en medio de un escándalo de corrupción y uso indebido de los fondos públicos. Seguro que a Jack Frye no le importaba mucho a quién eligiesen los californianos para regir el destino de Los Ángeles. Desde Kansas City, o Nueva York, Jack, vicepresidente de operaciones de la Transcontinental and Western Air (TWA), tuvo que seguir lo que sucedía en el aeródromo de Clover. Si yo fracasaba, casi seguro que Don cerraría la fábrica, pero la aerolínea de Jack tampoco se enfrentaría a un futuro mucho más halagüeño.

La razón por la que yo estaba, aquella bonita mañana de julio, tomando el sol en la plataforma frente al hangar del aeropuerto de Clover, con los dos motores rugiendo como leones a la espera de que mi comandante tuviera a bien comprobar cómo volaba, tenía su origen en las maniobras de un traficante de madera de Seattle, convertido en fabricante de aeronaves, que se llamaba William Boeing. Y es que entonces, el grupo United Aircraft del maderero controlaba una empresa que fabricaba aviones, la Boeing; otra que producía motores, la Pratt & Whitney; y, una tercera, que transportaba carga, correo y pasaje, la United Airlines. Al hombre de Seattle y a su equipo se les ocurrió que si Boeing construía un avión revolucionario y se lo vendía solamente a la United las demás aerolíneas tendrían que cerrar. No era una mala idea, sobre todo, para la United y, por eso, el gobierno de Estados Unidos terminó por prohibir estas prácticas en 1934. Para favorecer la competencia, los fabricantes de aviones y las aerolíneas no podrían, a partir de aquel momento, pertenecer al mismo grupo empresarial. Pero, entonces estábamos en 1932 y la Boeing decidió construir una modernísima aeronave, el Boeing 247, primero, para la United, sin descartar la posibilidad de venderla a otras líneas aéreas en el supuesto de que alguna continuara en el mercado después de la irrupción de su Boeing 247.

Jack Frye era un hombre de gran carácter y no se rindió. Necesitaba una aeronave para su empresa, la TWA, capaz de competir con el Boeing 247 de la United Airlines y esa aeronave no existía; tendría que inventarla.

Hasta entonces, en Estados Unidos, los aeroplanos más populares entre las líneas aéreas eran los trimotores Ford y Fokker, y el Boeing 80A. Del trimotor Ford se llegaron a producir unos 200 aviones para transporte de pasajeros y carga, entre 1926 y 1933 año en que el fabricante de automóviles dejó de ensamblarlos. La desaparición de uno de los pilotos de pruebas de la compañía, amigo personal de Ford, que se estrelló mientras probaba un aeroplano y las pérdidas acumuladas que ascendían a dos millones y medio de dólares convencieron a Ford de la necesidad de poner un punto final al negocio aeronáutico. Fokker no tenía demasiado éxito, por tratarse de un fabricante extranjero; además, la muerte del entrenador del equipo de fútbol de Notre Dame, Knute Rockne, en un accidente aéreo protagonizado por un Fokker, en marzo de 1931, contribuyó de forma decisiva al descrédito de este aparato entre los viajeros. El 80A de Boeing operaba la línea de la United Airlines que iba de costa a costa, en unas 27 horas con un servicio que la aerolínea tildaba de “lujoso”, pero la realidad era muy distinta. Aquellos aviones, que a duras penas alcanzaban una velocidad de crucero de 100 millas por hora, volaban relativamente bajo con lo que los pasajeros sufrían todas las inclemencias del tiempo y su corto alcance les obligaba a hacer frecuentes escalas.

Los directivos de la United Airlines concibieron el Boeing 247 como el aeroplano que sería capaz de dejar para siempre atrás la mayor parte de las limitaciones del transporte aéreo de pasajeros de la época. Querían que el aparato pudiera cruzar el país en menos de 20 horas, sin que los pasajeros tuvieran que pernoctar en ningún punto intermedio ni cambiar de aeroplano, aunque seguiría siendo necesario hacer varias escalas. También deseaban que la cabina del Boeing 247 ofreciera a sus 10 pasajeros un nivel de confort similar al de los ferrocarriles. La United había pedido 60 aeroplanos que empezarían a entregarse en febrero de 1933.

Frye reunió a sus directivos y asesores para formular la descripción de lo que la empresa consideraba que tenía que ser un aeroplano capaz de competir con el nuevo desarrollo de Boeing. El 2 de agosto de 1933 envió cartas a la Glenn Martin Company de Baltimore, la Curtiss-Wright Corporation de St Louis, y la Douglas de Santa Mónica, para preguntarles a los fabricantes si estaban interesados en producir 19 o más trimotores que tuvieran las características técnicas que acompañaba en una hoja adjunta. En esta simple hoja se detallaban, en 6 apartados, las principales características del aeroplano. La TWA estaba interesada en un trimotor, con autonomía de 1080 millas a una velocidad de crucero de 150 millas por hora y con un peso máximo de despegue de 14 200 libras; otra característica importante del aparato era que tenía que ser capaz de despegar, aunque fallara un motor, a plena carga, en el aeropuerto de mayor altura que operaba la TWA (4500 pies, en Winslow, Arizona).

Si comparo lo que Frye y su equipo querían de mí, con lo que prometía ser el 247, me llama la atención que mientras que Boeing había optado claramente por una configuración con dos motores, la TWA parecía seguir interesada en tres motores. Claro está que a los ingenieros de Douglas no les pareció lo más acertado.

Don recibió la carta de Frye el 5 de agosto y enseguida se dio cuenta de que aquella era una gran oportunidad para su compañía. El negocio no le había funcionado muy bien durante los dos últimos años; desde octubre de 1930 hasta julio de 1932 la producción había sido de 4,1 aviones por semana. Don estaba convencido de que existía un mercado importante y completamente nuevo en el segmento de aeronaves de transporte comercial; conocía personalmente a Jack Frye y le tenía aprecio, sabía que era una persona coherente y que la información que figuraba en la lista de la hoja adjunta no la había improvisado y resumía lo que su línea aérea esperaba de los fabricantes para competir con la United. Se llevó la carta a su casa, la leyó varias veces y estuvo pensando en mí hasta las dos de la madrugada. Al día siguiente reunió al núcleo de su equipo de ingeniería. Repasaron punto por punto las especificaciones de la TWA, las discutieron con minuciosidad y la conversación se alargó hasta bien entrada la tarde. El siguiente paso consistiría en elaborar una oferta concreta que recogiera aquellas especificaciones.

Cuando revisaron el primer borrador de la oferta, Kindelberger, el ingeniero jefe de Douglas, dijo que la configuración con tres motores no tenía ningún sentido. Eso era evidente. Aunque la carta se refería a un trimotor, en la hoja adjunta se abría la posibilidad a un aparato con solo dos motores. Kindelberger argumentó que un aeroplano con el mismo aspecto que el Fokker, que se había estrellado en Kansas con el entrenador del equipo de la universidad de Notre Dame a bordo, era una mala opción. Un bimotor ofrecería menos resistencia y se podría dotar con motores que generasen más tracción de la que se conseguía con los actuales trimotores. El 247 ya llevaba hélices de paso variable y ellos también podían montarlas en el nuevo avión. Todos estuvieron de acuerdo con el planteamiento de Kindelberger. Arthur Raymond, el ayudante de Kindelberger, propuso otras cuestiones generales relativas a mi diseño. Mi ala tenía que ser muy baja, de forma que el larguero principal no atravesara la cabina de pasajeros, como ocurría con el 247 de Boeing; de esta forma los largueros, o vigas que cruzan de parte a parte en el sentido transversal por el interior del ala, lo harían sin entrar en la cabina de pasaje. En cuanto a la forma del ala, Arthur Raymond apuntó que convendría aplicar las enseñanzas de Jack Northrop. Jack había trabajado para Douglas hacía años, luego se fue a la Lockheed y entonces ya tenía su propia fábrica; Northrop ideó las alas trapezoidales con una ligera flecha hacia atrás. Los pilones o sujeciones de los motores se desplazarían hacia adelante para alejar las hélices de los bordes de ataque de las alas y mejorar así la eficiencia aerodinámica. Douglas insistió en que haría falta un tren de aterrizaje retráctil, con lo que la resistencia se reduciría en un 20%. Kindelberger apuntó que las góndolas o barquillas de los motores podían hacerse lo suficientemente grandes como para albergar el tren de aterrizaje cuando se plegara. Otro ingeniero del equipo, Fred Herman, propuso dotarme de unos flaps –planos extensibles que aumentan la superficie del ala durante el despegue y el aterrizaje– para conseguir más sustentación a baja velocidad; Frye había especificado una velocidad de aterrizaje, muy lenta, de 65 millas por hora.

Me equiparían con hélices de paso variable, piloto automático, sistemas de deshielo y lo último en instrumental de navegación. Los equipos técnicos trabajaron durante varios días hasta disponer de una configuración no muy detallada, pero que contenía todos mis elementos básicos. Uno de los principios que adoptó el equipo de Kindelberger fue el de no incorporar nada que fuera completamente nuevo, que no estuviera probado, de forma que yo tendría la originalidad de combinar por primera vez muchos elementos, que no eran completamente nuevos, pero que nunca se habían dispuesto juntos en ningún diseño anterior. En la Douglas se progresaba siempre con un paso muy firme, con lo que el ritmo al que se incorporaban las innovaciones debía atemperarse a fin de no incrementar el riesgo. Aquella forma de actuar, característica de Donald, producía aeronaves sólidas y seguras, apreciadas por sus clientes, aunque también haría que la empresa reaccionase con tardanza si el mercado requería cambios rompedores.

Cuando mi diseño estaba muy avanzado, Harry Wetzel, director general de Douglas, y Arthur Raymond, tomaron el tren para reunirse con los representantes de la TWA y discutir la oferta en Nueva York. Era un largo viaje y por el camino seguirían recibiendo modificaciones, notas y apuntes, sobre lo que pensaban hacer conmigo. En Nueva York permanecieron tres semanas en las que mantuvieron numerosas reuniones con el equipo de la aerolínea encabezado por su presidente, Richard W. Robbins, el vicepresidente de operaciones, Jack Frye, y, su asesor técnico Charles A. Lindbergh, el legendario piloto que cruzó por primera vez el océano Atlántico volando en solitario. Realmente me impresioné mucho cuando me enteré de que el propio Lindbergh había participado en mi diseño.

Uno de los asuntos que planteó mayores discusiones fue la motorización. La TWA quería garantías de que si me fallaba un motor, con el otro yo volaría mejor que un trimotor con dos motores. Eso suponía que, con mi máximo peso de despegue, debería ser capaz de remontar el vuelo, en caso de fallo de un motor, en el aeropuerto de mayor altura en que operaba la TWA. Arthur Raymond hizo muchos cálculos y habló con Don y Kindelberger varias veces sobre este asunto. El joven ingeniero creía que había un 90% de posibilidades de que yo pudiera cumplir con este requisito que les imponía la aerolínea, pero no podía garantizarlo por completo. Kindelberger le dijo a Don que la única forma de averiguarlo era construir el avión y hacer la prueba. Douglas autorizó a sus delegados para que aceptaran un compromiso previo, antes de la firma del contrato. La TWA confió en las promesas de la fábrica de California y comunicó a Harry Wetzel y Raymond que estaba decidida a apostar por Douglas.

El 20 de septiembre de 1932, Don viajó a Nueva York para firmar el contrato con el presidente de la TWA, Richard W. Robins. De las 42 páginas del documento final, 29 se referían a cuestiones puramente técnicas. El acuerdo estipulaba un precio de 125 000 dólares, por el primer aeroplano, y una opción de compra, que podía ejercerse a lo largo de un año, de hasta 60 aviones a un precio de 58 000 dólares cada uno. Cuando la noticia se publicó en los medios, el precio de las acciones de la Douglas pasó de 7,12 a 16 dólares. Yo, que aún no había nacido, ya estaba haciendo rico a mi patrón.

La General Motors –propietaria de la TWA– fue muy precavida y ordenó a General Aviation, una empresa que también controlaba, el diseño y fabricación de un trimotor, por si mi proyecto no salía adelante.

Tengo entendido que en su viaje de vuelta, de Nueva York a Los Ángeles, Arthur Raymond voló en un trimotor Ford. La experiencia fue deplorable, como era habitual en aquellas excursiones aéreas, el ayudante de Kindelberger y segundo de ingeniería, tuvo que soportar vibraciones, frío, ruidos, la dureza de los asientos, baches, la estrechez de los lavabos, la pésima ventilación y la falta de estanqueidad de los cierres de las ventanas. Arthur Raymond estableció, como uno de los principales objetivos, hacer de mí: “confort con alas”; se propuso liberar a los pasajeros aéreos de aquellas horribles experiencias. Arthur se obsesionó con la comodidad del pasaje y Don puso un cartel en la sección que me diseñaba: “Piensa como te sentirías si tuvieras que volar en el avión. La seguridad es lo primero”.

Kindelberger organizó un equipo con lo mejor que tenía a su alcance. Raymond contrató como consultor al profesor del Instituto Tecnológico de California, W. Bailey Oswald, a quién le encargó la supervisión de los aspectos aerodinámicos de mi diseño. El Instituto disponía de un túnel aerodinámico en el que se efectuaron unos 200 ensayos con un modelo mío, a escala. Los ensayos demostraron que los flaps eran capaces de incrementar la sustentación en un 30% y la resistencia en un 300%; que la incorporación de una junta carenada entre el fuselaje y el ala permitía aumentar la velocidad máxima en un 17%, y que mi modelo era inestable porque el peso había aumentado y el centro de gravedad se había desplazado hacia atrás, por lo que para compensar este efecto se incrementó la flecha regresiva de mi ala, lo que hizo retroceder también el centro de sustentación. Nunca, con anterioridad, un túnel de viento había sido tan útil a la hora de diseñar un aeroplano. Ni siquiera sé si realmente algún constructor había hecho uso de un instrumento tan valioso para diseñar un avión. La información que proporcionó al equipo que trabajaba en mi diseño le permitió ahorrar una gran cantidad de tiempo y de dinero.

A medida que fui tomando forma, mi peso empezó a desviarse de las previsiones de un modo alarmante, pero las nuevas hélices de paso variable y los motores también aportarían un empuje superior al que mis diseñadores habían estimado en un principio. Cuando se firmó el contrato, Douglas no había decidido todavía cuál iba a ser mi motor, y durante meses los ingenieros de la Pratt & Whitney y de la Wright discutieron los detalles de sus respectivas ofertas con Don y el jefe de la sección de ingeniería responsable de la planta de potencia, Ivar L. Shrogan. Los equipos de ingeniería de los dos motoristas coexistían en la planta de Douglas, encerrados en sus despachos, sin querer compartir ni el café. La decisión final fue utilizar el Cyclone, de la empresa Wright, pero los ingenieros de Douglas lo mantuvieron en secreto, por un tiempo, para conseguir mejoras adicionales del fabricante.

Me diseñaron y construyeron en menos de un año; un desarrollo muy rápido, si se tiene en cuenta la dificultad de construir una aeronave tan revolucionaria como yo, pero fue mucho tiempo para la época. Entonces los aviones se diseñaban y fabricaban en unos pocos meses. Durante la Primera Guerra Mundial los prototipos se construían en un par de semanas. A los técnicos de Douglas les llevó bastante más tiempo ensamblarme hasta el punto de que pudiera volar.

Ésos eran los motivos por los que yo estaba allí, en la pista de vuelo del aeropuerto Clover, en Santa Mónica, el 1 de julio de 1933, con el aluminio limpio y reluciente al que el sol le arrebataba cegadores destellos mientras mi comandante, Carl Cover, me hacía rodar a poca velocidad sobre el pavimento.

En un momento dado, Carl me llevó a la cabecera de la pista y empujó ligeramente las palancas de gases, los motores hicieron algo más de ruido, y yo empecé a rodar, ahora por la pista de despegue. Pero, no quería que volase aún, así que retrasó las palancas, redujo la velocidad, giró en redondo y otra vez me puso a andar hacia la misma cabecera de donde venía. Una vuelta y otra vuelta, la gente empezaba a desesperarse, aunque todo estaba en orden, el día era magnífico, soplaba una suave brisa y yo pude ver por primera vez que el mundo era hermoso y California un lugar privilegiado. Cuando Carl se cercioró de que los mandos, los instrumentos, los motores, el control de paso de las hélices, todo funcionaba bien, entonces me condujo otra vez a la cabecera de la pista y se detuvo por completo. Esta vez sí que íbamos a despegar. Mis dos motores Wright Cyclone de 710 caballos de vapor (HP), cada uno, bramaron con rabia y cuando había rodado unos 300 metros levanté el morro. Con la rueda delantera cada vez más alta daba la impresión de que el morro tiraba del resto de mi pesado cuerpo hasta que se separó del suelo y sentí una gran fuerza en las alas que se curvaron ligeramente. Durante 30 segundos subí majestuosamente. Era la primera vez que veía la tierra alejada de mi cuerpo, el cielo muy azul, el mar, las crestas blancas de las olas y cómo los objetos del suelo se empequeñecían. Todo parecía funcionar bien cuando de pronto el motor izquierdo empezó a ratear, fallaba y parecía que de un momento a otro se iba a parar. La vibración se transmitía por mi estructura y no sé por qué, pero Carl Cover lo que hizo fue nivelarme; es decir bajarme el morro hasta ponerlo en horizontal. Los fallos del motor desaparecieron y volvió a funcionar con normalidad. Carl y Fred intercambiaron algunas palabras que yo no entendí bien, pero con toda seguridad se estaban preparando para un aterrizaje de emergencia. Sin embargo, para virar con seguridad, era necesario ganar altura. Carl tiró suavemente de la palanca para que levantara el morro y empezamos a subir; entonces, fueron los dos motores los que de forma intermitente fallaron. Carl volvió a nivelarme y el problema desapareció. Estaba claro que al inclinar los motores algo funcionaba mal. Con mucha destreza, Carl me llevó hasta una altura de unos 500 metros y entonces viramos para regresar al campo de vuelo de Clover. El aterrizaje fue suave y, con la salvedad del fallo de los motores, yo había volado bien.

Los mecánicos tardaron algún tiempo en encontrar el problema y resultó ser que los carburadores habían sido montados al revés; llevaban unas charnelas que al inclinarse cortaban el paso del carburante. Cuando este problema se solucionó, girando los carburadores 180 grados y montándolos de nuevo, Donald Douglas volvió a dormir sin problemas. La General Motors canceló la orden que había dado a General Aviation para construir el trimotor que le encargó por si yo no funcionaba. La empresa había realizado un 80% del trabajo, pero su avión tenía unas prestaciones peores que las mías.

 

Yo escuché atónito la voz clara y metálica de DC-1 que hablaba con la precisión de una máquina, sin que en su timbre pudiera adivinarse la presencia de algún sentimiento humano. Había estado a punto de estrellarse en su vuelo inaugural, por algo tan nimio como unos carburadores instalados de forma defectuosa, y lo contó sin que su locución se alterase ni siquiera lo más mínimo. Era una historia que conocía, y siempre me producía un escalofrío pensar que un proyecto como aquel podía haberse ido al traste por tan poca cosa. Es posible que fuera capaz de leer mis pensamientos porque DC-1 cambió el tono de su voz, creo que se puso algo tierno cuando empezó a contarme la historia de su patrón.

De Los Ángeles al cielo (Capítulo 1)

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DE LOS ÁNGELES AL CIELO

Capítulo 1

MÁLAGA, 28 DE OCTUBRE DE 2011

Cuando me senté en la butaca del avión estiré las piernas y abrí la carpeta en la que llevaba los documentos, que había recopilado durante los últimos meses, sobre la historia de Douglas Commercial One (DC-1).

Pensé que el viaje había valido la pena porque el asunto empezaba a dibujarse cada vez mejor en mi cabeza. Una cabeza algo aturdida por el vino blanco, fresco; quizá también con menos sangre de la que necesitaba por culpa de la digestión. Como mi sangre se ocupaba de los pescaditos del almuerzo en la Carihuela por las alturas habría disminuido el caudal, porque los ojos a veces se me cerraban, mientras la azafata hacía mudos ejercicios acompañados de la voz enlatada que hablaba de puertas de seguridad, chalecos salvavidas y máscaras de oxígeno.

Aquella mañana, después de fotografiar las andas, Luis me llevó a su museo en la terminal vieja del aeropuerto de Málaga. Me dijo que allí coleccionaba elementos relacionados con el transporte aéreo porque su museo no era de aviones, sino que, en realidad albergaba todo lo que tuviera que ver con este modo de transporte. Eso incluía tantísimos componentes que no sé si es posible juntarlos en alguna parte, pero al menos él lo ha intentado en Málaga. A la entrada hay un mostrador de facturación antiguo y una foto en la que se ve a una sonriente pasajera, con gorrito de casco y falda hasta los tobillos, encima de una balanza con un empleado enfrente que mira atento lo que marca la báscula. Es la imagen de una época en la que en ocasiones se pesaba a los pasajeros antes de embarcar. Pero, lo que me dejó completamente sorprendido en aquella exposición fue el descubrimiento, en la sala en la que se exhiben aparatos de ayuda a la navegación aérea, de una consola de radar de color crema con la botonadura negra y el tubo circular de fósforo anaranjado. La reconocí enseguida, era una OD-58/T fabricada en Nueva York por Airborne Instrumentation Laboratory (AIL), en el año 1971. Fue mi primer trabajo: cuidar del sistema de control de tráfico aéreo en Palma de Mallorca y también de aquella vieja conocida la OD-58/T. Un ingeniero estadounidense, Ron Fisher, me había enseñado cómo funcionaban los radares y aquella pantalla, en Long Island. De pronto, fue como si un chispazo en mi cerebro estableciera conexiones completamente olvidadas y me vinieron a la mente enseguida una serie de letras y números: PP6583T. Las pronuncié todas seguidas y le dije a Luis, señalando la OD-58/T: “Por favor, mira si ese es el código de la fuente de alimentación que está en la parte inferior de ese trasto”. Efectivamente, lo era. Se averiaba aquella maldita fuente con demasiada frecuencia y había que pedir repuestos tantas veces que su nombre quedó grabado en mis neuronas para siempre, sin que me hubiese dado cuenta de aquello hasta entonces.

La azafata terminó con su aburrida letanía y creo que me ofreció un periódico. Lo cogí para dejarlo debajo de la carpeta que llevaba encima de las rodillas.

Habían pasado algo así como cuarenta años desde que aquel ingeniero calvo y grandullón, que se llamaba Ron Fisher, nos diera clases a un pequeño grupo de ingenieros en la factoría de AIL en Nueva York. Tras aquel curso, regresé a España para completar el montaje del primer centro de tránsito aéreo avanzado, que se instalaba en el país. Le expliqué a Luis que mis OD-58/T de Palma de Mallorca se averiaban mucho, porque los controladores del turno de noche se echaban a dormir detrás de las consolas; como les molestaba el ruido del ventilador lo apagaban y la fuente de alimentación se calentaba y terminaba por dañarse. Le pedí que me hiciera una foto junto a la vieja pantalla, que estaba como nueva, con la salvedad de alguna quemadura negra en el fósforo, cerca del centro.

Abrí la carpeta con los documentos que traía y comencé a repasar los papeles cuando el avión ya corría por la pista de despegue y empezaba a levantar el morro. Mis ojos se fijaron en una bonita foto tomada desde la terraza de la terminal de un aeropuerto en la que se veía con nitidez la figura del avión Douglas Commercial One (DC-1). En un ala, con letras grandes, estaba escrito el nombre de la aerolínea (TWA) y en la otra la matrícula (NC223Y) que también aparecía en su generoso timón vertical de cola. En la foto, un pequeño grupo de pasajeros abandonaba el avión, auxiliado por la tripulación. Los señores bien trajeados; las señoras ataviadas con lujosos abrigos y grandes sombreros. Los motores del DC-1 de la fotografía estaban en marcha, debían rugir y, seguramente, harían el mismo ruido que el reactor en el que viajaba yo hacia Madrid y que ya volaba a varios centenares de metros de altura.

Pensé que sería más fácil que el avión me contara lo que había pasado en aquel mismo lugar hacía ya más de setenta años. Justo entonces otro piloto, que se llamaba Rudy Bay, al mando de aquel bonito DC-1 tuvo una avería nada más despegar en el aeropuerto que ahora mismo estábamos abandonando. Claro que pedirle a la foto de un DC-1 que me contara lo que pasó aquel día era una solemne estupidez, porque los aviones no hablan, o al menos eso pensaba yo.

Sin embargo, aquel avión era diferente, nunca hubo otro como él y su corta existencia marcó un hito en el transporte aéreo mundial. Hacía meses que me había interesado por aquel aparato, desde que leí en los libros que narraban la historia de la empresa que lo construyó, la Douglas, que con sus restos “los monjes de la catedral de Málaga habían construido unas andas y que sobre ellas sacaban en procesión a una Virgen todos los años”. Yo sabía que no había monjes en la catedral de Málaga y la historia me pareció más bien inverosímil, aunque no dejaba de ser interesante. Poco a poco fui desentrañando el misterio de los monjes, la catedral, la Virgen, Málaga y el DC-1. Después de aquel viaje, creo que todo se había aclarado.

Conforme fui averiguando la historia del avión el asunto religioso pasó a ocupar un segundo plano porque muy pocas aeronaves tenían el bagaje aeronáutico de aquel aparato. Estuvo rodeado de acontecimientos únicos en la historia de la aviación y de personalidades muy importantes. Además, vivió el final de la guerra civil española como avión de Estado en el bando republicano. Y, por si fuera poco, muchas de las empresas y algunas personas con las que DC-1 tuvo que relacionarse también habían ocupado un lugar relevante en mi vida profesional.

Sin duda, tenía un morro bonito el DC-1, chato y gracioso, que en la foto levantaba una naricilla que le daba aspecto de delfín. Supongo que me quedé adormilado cuando el DC-1 empezó a contarme cosas que ya sabía y otras que imaginaba. Había una raya debajo de la nariz o el morro, como una especie de boca que empezó a hablar. Su voz era metálica, impersonal.

De Los Ángeles al cielo
 

DC-3 ECT-025, también desaparecido

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Günter Kurfiss se dedicaba a buscar aviones viejos por todo el mundo para sus museos en Alemania y quizá también para algún que otro menester. En Kampala, Uganda, encontró un DC-3 y un general que estaba dispuesto a negociar la venta del aeroplano. El militar le pidió 75 000 dólares, pero a Günter le pareció mucho dinero y decidió tomarse con calma lo que sabía tenía que ser una negociación larga y complicada. Sin embargo, al cabo de tres días ya estaban muy cerca de un acuerdo: 18 000 dólares y cinco cajas de güisqui, por el DC-3. Pero, para cerrarlo, el general se empeñó en que Günter tenía que hacerse cargo también de la cuenta del hotel suya y de su familia. El empresario accedió, sin saber que el militar ugandés viajaba acompañado de sus tres mujeres y veintiocho hijos. La verdadera mala suerte, para Kurfiss, no fue que el general tuviera familia numerosa sino que el avión jamás llegó a su destino porque desapareció en vuelo, camino de Alemania. No sería el único de los DC-3 de Günter Kurfiss que, entre 1979 y 1980, se estrelló o desapareció.

En 1979 el empresario alemán adquirió un DC-3 del Ejército del Aire español matrícula ECT-025, esta vez en Madrid, en una subasta. El avión había sido construido en 1944 y 35 años después, Günter, pagó 5409 euros por el aparato. Tuvieron que repararlo a fondo para dejarlo en condiciones de que pudiese volar de Cuatro Vientos, en Madrid, hasta el museo de Frankfurt. Para hacer este viaje el emprendedor contrató a una tripulación compuesta por Harold William Whitaker, un piloto retirado de la Fuerza Aérea estadounidense, de 61 años, como comandante y Lawrence Eckmann, también piloto militar del mismo país, de 35 años. Eran dos excelentes profesionales que conocían el oficio. Whitaker ya había prestado otros servicios a Günter: al menos transportó un par de DC-3 desde Zagreb a Frankfurt

Estaba previsto que con el DC-3 viajaran a Frankfurt, desde el aeródromo de Cuatro Vientos en Madrid, otra antigualla, un Junkers JU-52, y un Cessna 337 con una cámara a bordo para filmar a los veteranos, en el aire. Wall Davis llegó a Madrid con su esposa, Adela, para tomar las escenas de los dos aviones durante el trayecto aéreo de Cuatro Vientos a Frankfurt, y cuenta que cuando los aeroplanos estaban listos para iniciar el viaje, unos ingleses a los que detuvo la policía poco después, robaron todos los instrumentos del DC-3. Tuvieron que retrasar la salida, improvisar una reparación de emergencia, y conseguir un permiso especial de las autoridades aeronáuticas españolas que servía únicamente para efectuar aquel vuelo. El plan consistía en volar de Madrid a Perpiñán, después a Estrasburgo, y finalmente a Frankfurt.

El viernes 3 de octubre de 1980, de acuerdo con el plan, el Junkers JU-52 y el Cessna despegaron antes; el DC-3 era más rápido y los alcanzaría en vuelo, antes de llegar a Perpiñán. En principio, Adela, la esposa de Wall Davis, tenía intención de viajar en el DC-3, pero a última hora cambió de idea y lo hizo en el Cessna. Fue una decisión afortunada.

Según Wall Davis, el Cessna y el Junkers volaron juntos, y él estuvo filmando al aparato, mientras esperaban que los alcanzara el DC-3. Sintonizaron la radio en la frecuencia 135.9, que era la que habían acordado con Whitaker, a la espera de que el estadounidense les llamara. El tiempo empeoró y en Lleida perdieron contacto, vía radio, con el Junkers. Como las condiciones meteorológicas no eran muy buenas y el Junkers no contestaba a las llamadas del Cessna, solicitaron permiso para efectuar un aterrizaje de emergencia en Barcelona; los controladores les dieron prioridad para hacerlo, apartaron el tráfico, y el Cessna guio al Junkers hasta el aeropuerto catalán donde aterrizaron los dos sin mayores problemas. La radio del Junkers se había averiado, podía recibir la señal, pero el transmisor no funcionaba.

La tripulación del Junkers, Wall Davis y Adela supieron, nada más aterrizar, que el DC-3 había despegado de Cuatro Vientos, media hora después que ellos; eso es lo que les dijeron cuando llamaron a Zaragoza preguntando por el avión. Decidieron ir a cenar para resarcirse del mal rato que habían pasado en el aire, con la seguridad de que el DC-3 aparecería por alguna parte antes de que se retirasen a dormir. De vuelta, en el hotel, no les habían dejado ningún recado y volvieron a llamar a Zaragoza desde donde les confirmaron que el avión no había cruzado su espacio aéreo. Pensaron que el aeroplano podía haber aterrizado en otro aeropuerto y trataron de localizarlo, haciendo varias llamadas, sin ningún éxito. Preocupados por la extraña desaparición de la aeronave notificaron el hecho a las autoridades que iniciaron las pesquisas para localizar su paradero.

Whitaker y Eckmann despegaron con el DC-3 de Cuatro Vientos con prisas, sin autorización previa, a las 15:29; también parece que lo hicieron por una pista que no reunía las condiciones necesarias. Una avioneta, Piper PA-28, informó vía radio al centro de control, que tuvo que maniobrar para evitar la colisión con un DC-3, en las proximidades de Villaviciosa de Odón. Aquella fue la última vez que alguien vio al avión y nunca volvió a saberse nada del DC-3 ni de sus tripulantes, simplemente: desaparecieron.

Las aeronaves que intervinieron su búsqueda, un Aviocar de salvamento del Ejército del Aire y un helicóptero, rastrearon la costa catalana entre Barcelona y la frontera francesa y no encontraron nada. La conclusión de la investigación oficial española sobre el accidente fue que: “al no haberse encontrado restos de la aeronave, es posible que cayera al mar, hundiéndose”. Y la mayor parte de los investigadores que han estudiado este caso, opinan también que lo más probable es que el avión, por causas desconocidas, se sumergiera en las aguas del Mediterráneo.

Muchos creen que el fondo del mar es el único sitio en donde parece razonable que fuera a parar el ECT-025, pero Stephen Withaker, hijo del comandante Harold William Withaker, opina que es muy posible que las cosas ocurrieran de otra forma. Sospecha que Günter Kurfiss también trabajaba para la CIA, una organización que mostró una gran afición a emplear aviones DC-3 en sus misiones secretas. Cree que es probable que el avión se desviase de forma deliberada de la ruta “oficial”, para cumplir con una misión contratada por la Agencia. Y, en consecuencia con lo anterior, Stephen solicitó hace tiempo a la CIA información relacionada con los cuatro DC-3 accidentados en 1980 y 1981 y con los que Günter Kurfiss estuvo asociado de algún modo. Stephen siempre ha pensado que podrían existir conexiones entre la desaparición del aeroplano y algunos movimientos revolucionarios latinoamericanos. El avión desapareció dos semanas después de que un comando sandinista asesinara a Somoza, exilado en Paraguay, y la CIA participó activamente en distintas operaciones para neutralizar a los rebeldes. En concreto, Stephen pretendía obtener información para determinar si alguna de las personas o los cuatro aviones DC-3, objeto de su investigación, intervinieron en operaciones de la CIA en Latinoamérica, o en cualquier otra parte. La respuesta de la Agencia fue la de denegar su petición, una decisión fundamentada en la seguridad nacional, sin confirmar ni desmentir la existencia de informes relacionados con aviones o personas que tuvieran que ver con el asunto. Tampoco ha obtenido Stephen mejores resultados de las peticiones hechas a las autoridades españolas, que le han denegado el acceso a informes, trazas radar, libros de mantenimiento u otros datos.

Hace un par de semanas, una juez de distrito en Estados Unidos, Colleen Kollar-Kotelly, respondió a la demanda planteada por Stephen según la cual acusa a la CIA de hacer un uso abusivo de sus prerrogativas para denegarle cierta información. La juez otorga, en parte, razón al demandante y su fallo facilitará, en lo sucesivo, que el hijo del piloto desaparecido pueda acceder a información hasta ahora confidencial –si es que existe- que podría clarificar la misteriosa desaparición del DC-3 y su tripulación.

Stephen dice que “ahora busco un buen abogado español, no muy caro, que entienda del derecho de acceso a la información, y que me ayude a conseguir una copia de todo el material recopilado».

En todas las desapariciones subyace una teoría conspiratoria. En este caso, como en el del MH370, los radares militares pudieron aportar de inmediato una información muy valiosa que no se hizo pública y que me cuesta mucho creer que no existía; una sospecha que refuerza la hipótesis de Stephen.

 

Vuelo MH370, desaparecido

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Anwar Ibrahim, líder de la oposición, se lamenta de que el Gobierno de su país, encabezado por el primer ministro Najib Razak, le acuse de sodomía en vez de ocuparse con mayor diligencia de resolver el caso del vuelo de la Malaysia Airlines, MH370. El Boeing 777 de la compañía aérea malaya despegó de Kuala Lumpur, el 8 de marzo a las 00:41 horas, con 239 personas a bordo y destino Beijing. El avión jamás llegó a la capital de China y hasta la fecha el gobierno malayo ha llevado las investigaciones para averiguar su paradero de un modo que ha suscitado muchas críticas.

El último contacto del radar civil con la aeronave se produjo poco después del despegue, a las 01:19 horas, cuando los controladores malayos pasaron el tráfico al centro de control vietnamita. Sin embargo, la tripulación del avión nunca llegó a comunicarse con los controladores de dicho país porque después de despedirse del control de tráfico malayo no volvió a establecer contacto, vía radio, con nadie y desapareció de las pantallas de radar civiles.

La línea aérea dio por desaparecida a la aeronave a las 07:24, casi una hora después de la hora prevista de su llegada a Beijing (06:30). Las primeras operaciones de búsqueda dieron comienzo en una zona de unas 50 millas cuadradas, en las proximidades del punto en el que el radar civil lo detectó por última vez. Los satélites chinos captaron algunas imágenes que podían indicar la presencia de restos del avión al sur del Mar de China y la zona de búsqueda se extendió a un centenar de millas. Sin embargo, los restos que se hallaron no pertenecían al avión.

Muy pronto se empezó a especular con la idea de que los radares militares de la Fuerza Aérea malaya habían detectado la presencia del avión en el Estrecho de Malaca, después de que se hubiese perdido la señal del radar civil. De ser cierto, la aeronave tenía que haber virado más de noventa grados a la izquierda para tomar un rumbo hacia el oeste, cuando su ruta a Beijing le exigía mantener un rumbo noreste. Varios días después del accidente, el 12 de marzo, los militares malayos negaron que el avión hubiera sido detectado por sus radares. Sin embargo, hubo declaraciones en las que se hacía referencia a unas trazas radar, de origen desconocido, y que no se habían identificado como pertenecientes al Boeing 777.

Los radares que se utilizan para el control del tráfico aéreo civil se denominan “radares secundarios” y los equipos de tierra de estos sistemas emiten señales de interrogación que responden las aeronaves mediante un aparato (transponder) que llevan a bordo. Este equipo envía a tierra, información de altitud y el código asignado al avión. La posición de la aeronave y los datos asociados a la misma, como su indicativo de vuelo, altitud y velocidad, se muestran en las pantallas de los controladores civiles. Pero, si el transponder no funciona, o se desactiva a bordo, esta información no aparece en los centros de control de tráfico aéreo civil. Sin embargo, los radares militares, para detectar la presencia de objetos en el espacio, lanzan pulsos de alta frecuencia de poca duración; estas emisiones se reflejan en las aeronaves y sus ecos los detecta el receptor del radar. El tiempo que tarda la señal reflejada en el eco en regresar y la posición acimutal de la antena del radar, permiten calcular con precisión el lugar en el que se encuentra el blanco. Los radares civiles de control de tráfico aéreo detectan a las aeronaves que llevan a bordo un transponder operativo, mientras que los radares militares pueden detectar la presencia de cualquier objeto, en el espacio aéreo, que se encuentre a su alcance.

Para encender o apagar el transponder a bordo basta con activar un simple interruptor. Por lo tanto, si el avión del vuelo MH370 había seguido volando tras su desaparición de las pantallas de los sistemas de control civil, el transponder había tenido que dejar de funcionar. O lo apagaron, o se apagó.

Para el líder de la oposición malayo, Anwar Ibrahim, los radares militares de su país debieron ser capaces de detectar el vuelo MH370 en todo momento y aportar esta información a los investigadores del accidente desde el principio. Sin embargo, hasta el 16 de marzo, las autoridades malayas no hicieron público que sus radares militares siguieron la traza del vuelo MH370 hasta las 02:15 horas y que se perdió en el Estrecho de Malaca. Los militares consideraron que la aeronave, no identificada, no presentaba ningún riesgo por lo que no fue interceptada.

Las declaraciones de las autoridades malayas del 16 de marzo supusieron un cambio drástico en la línea de indagación del accidente, inducido por el descubrimiento de otros hechos que aportaron organizaciones ajenas al grupo de investigación del país. Pocos días antes se había sabido que a las 01:07 se recibió una transmisión del avión vía ACARS (Addressing Reporting System) y que todo funcionaba correctamente. Fue la última transmisión de este equipo, ya que a partir de ese momento el ACARS enmudeció, por lo que los investigadores supusieron que fue desconectado a bordo, de forma intencionada. Pero, la aportación externa más relevante fue la que hizo la compañía de satélites Inmarsat que, el 12 de marzo, informó a las autoridades malayas que el Boeing 777 había volado al menos cinco horas más después de abandonar el espacio aéreo malayo. Según los estudios efectuados por los técnicos de Inmarsat, la aeronave pudo seguir dos trayectorias, una hacia el norte y otra hacia el sur. Eran las conclusiones que se derivaban del análisis de las señales recibidas por los satélites del sistema que llevaba a bordo el avión (SATCOM) y que estuvo enviando pings de sincronización cada hora.

Las aeronaves comerciales llevan a bordo un equipo que transmite en la banda de radio de alta frecuencia (HF) y que normalmente se utiliza para las comunicaciones con la aerolínea (ACARS). Los aviones más modernos llevan también un sistema de comunicaciones por satélite (SATCOM) que se suele utilizar para enviar datos de forma automática del funcionamiento de la aeronave a un centro de mantenimiento; este servicio no lo tenía contratado la línea aérea, pero el sistema envía señales de sincronización horarias de forma automática (pings). Además del sistema de comunicaciones vía satélite (SATCOM) y el de enlace con la línea aérea (ACARS), el avión contaba con los equipos de radio VHF para las comunicaciones de voz con los centros de control de tráfico aéreo.

A mediados de marzo los investigadores tenían claro que el ACARS dejó de funcionar poco después de que el avión despegara, que el transponder también se desactivó y que la aeronave dejó de utilizar las emisoras de radio con las que normalmente se comunica con los centros de control (VHF); además cambió de rumbo y siguió volando durante más de cinco horas, después de abandonar el espacio aéreo malayo; pudo seguir dos rutas: una hacia el norte u otra hacia el sur.

Con toda esta información las autoridades malayas corroboraron que las trazas de radar, sin identificar, que habían detectado los radares militares, se correspondían con las del vuelo MH370. Los investigadores oficiales concluyeron que el avión fue desviado de su ruta de forma deliberada, por lo que -según ellos- se enfrentaban a un sabotaje o secuestro; una hipótesis que siempre se había tenido en consideración, pero que en aquél momento se convirtió en la «oficial».

Después de la intervención del primer ministro malayo en la televisión, el 15 de marzo, en la que dijo que las comunicaciones fueron desactivadas de forma deliberada “por alguien en el avión”, la policía entraba en la casa del primer piloto del vuelo MH370, el comandante Zaharie Ahmad Shah de 53 años y con 33 años de servicio en la línea aérea. Los investigadores trataban así de indagar acerca de las posibles conexiones de la tripulación o pasajeros con el terrorismo internacional. Del copiloto, Fariq Abdul Hamid, se había hecho pública una información según la cual en 2011, en un vuelo de Phuket a Kuala Lumpur, Hamid invitó a dos quinceañeras a entrar en la cabina, donde permanecieron durante todo el vuelo, mientras él y el piloto fumaban cigarrillos. También se descubrió que dos de los pasajeros, a bordo del vuelo MH370, habían embarcado con pasaportes falsos. Sin embargo, las pesquisas en busca de indicios que relacionaran a los pasajeros o la tripulación con organizaciones terroristas no dieron ningún resultado.

En las redes sociales circulan todo tipo de hipótesis, fruto de la imaginación de los cibernautas, y van desde la abducción por naves extraterrestre hasta el secuestro organizado por agencias de inteligencia de países occidentales. Se especula con la posibilidad de que los pasajeros y el avión estén secuestrados en el islote Diego García, una base militar estadounidense. Según esta teoría uno de los pasajeros, Philip Wood, envió un mensaje desde su iPhone, el 18 de marzo, en el que decía: “Estoy detenido por personal militar desconocido…”. Junto con el mensaje apareció una imagen en negro, con un fichero (Exif) en el que figuran las coordenadas de la base militar Diego García como lugar de procedencia del mismo. Philip Wood, ejecutivo de IBM, viajaba a bordo de la aeronave.

La variedad de hipótesis y conjeturas es realmente abrumadora, pero existe una posible explicación, que a mi juicio tiene sentido, y que deja a un lado las teorías conspiratorias y el secuestro. Chris Goodfellow, piloto e instructor de vuelo, sugiere en un artículo publicado el 18 de marzo, que el cambio de rumbo repentino del vuelo MH370 podría indicar que se produjo una emergencia a bordo y que el piloto decidió dirigirse inmediatamente a un aeropuerto para aterrizar. El rumbo que tomó el avión lo llevaba directamente al aeropuerto de Langkawi, que de todos los de los que rodeaban al avión es el que reúne las mejores condiciones para realizar un aterrizaje de emergencia. Un piloto experto, como el comandante Zaharie Ahmad, gran conocedor de la zona, tiene en su cabeza durante todo el vuelo la posición de los aeropuertos más próximos adonde debe dirigirse en caso de que surja algún problema a bordo. Según esta hipótesis, el problema pudo ser un incendio eléctrico, que afectó primero al equipo ACARS, lo que justificaría que dejara de funcionar poco después del despegue. Los pilotos, en una situación así, pueden desconectar los circuitos para tratar de aislar la avería. Además, el orden de prioridad de las actuaciones en esos casos no establece comunicarse con tierra en primer lugar, sino mantener el avión en vuelo, navegar y por último informar de la situación. El incendio y las actuaciones de la tripulación pudieron ser los causantes de la interrupción de las comunicaciones. Incluso las variaciones de altura (que se supone que observó el radar militar), con una ascensión hasta 45 000 pies, también las podía haber producido deliberadamente el piloto –si es que efectivamente ocurrieron− para tratar de extinguir el incendio en un ambiente con poco oxígeno. Es posible que los gases de la combustión hicieran que la tripulación perdiera el conocimiento y que el avión siguiera volando hasta que se acabara el combustible. Para Chris Goodfellow, el cambio de rumbo repentino, hacia Langkawi, es una señal que quizá no se haya tenido en cuenta debidamente.

En cualquier caso, de toda la información disponible, la que parece más fiable es la que ha generado la compañía Inmarsat. Los técnicos de Inmarsat analizaron los ping que habían recibido del avión durante el vuelo y estudiaron la variación de frecuencia motivada por la velocidad relativa entre el satélite y el avión (efecto Doppler), con lo que dedujeron que el MH370 había podido seguir dos trayectorias, una hacia el norte y otra hacia el sur. El problema que plantearon de inmediato las trayectorias es que las zonas en las que podría situarse el avión al final de su vuelo eran muy extensas y se encontraban en puntos muy alejados. El ramal norte se consideró, desde un principio, poco probable porque se suponía que los radares militares de los países que tenía que haber sobrevolado habrían detectado al avión. El problema con el ramal sur es que su extremo conducía al avión a una zona remota, en el Océano Índico, muy lejos de la costa occidental australiana (a unos 2500 kilómetros), en la que la búsqueda planteaba muchas dificultades.

Durante la segunda quincena de marzo los gobiernos informaron sobre imágenes de satélites, en el la zona del Índico donde se suponía que habría dejado de volar el avión, con aparentes restos del accidente. Uno tras otro, todos los objetos que se identificaron, resultaron no estar relacionadas con el vuelo MH370.

Por fin, el 24 de marzo, Najib Razak, el primer ministro malayo dijo en una rueda de prensa: “Tenemos que asumir más allá de ninguna duda razonable que el vuelo MH370 se ha perdido y que ninguna de las personas que iban a bordo ha sobrevivido”. Justo el día anterior, la agencia Inmarsat había informado a los investigadores del gobierno malayo que, después de estudiar con detalle los pings del avión y comparar los mismos con los de otras secuencias procedentes de aviones, siguiendo distintas rutas, los de las aeronaves con una ruta hacia el sur mostraban secuencias muy parecidas a las del MH370. Inmarsat tenía la seguridad de que el avión había volado la trayectoria sur y además la agencia la corrigió ligeramente, situándola más cerca de Australia (a unos 1800 kilómetros) y acortándola un poco ya que la aeronave voló a una velocidad ligeramente superior a la que se supuso inicialmente y por lo tanto el combustible tuvo que acabarse antes.

Desde entonces, en la zona donde se supone que finalizó el vuelo MH370, trabajan noche y día, barcos y aviones de distintos países en busca de restos del accidente y también para tratar de detectar las señales que emite la denominada “caja negra”.

La “caja negra” no es negra, sino de color naranja, es del tamaño de una caja de zapatos y contiene dos elementos básicos: el grabador de datos de vuelo (flight data recorder, FDR) y el grabador de voz de cabina (cockpit voice recorder CVR). El grabador de voz almacena las señales de audio de las dos últimas horas, por lo que es posible que, aunque se recuperase, no se pueda averiguar qué conversaciones se mantuvieron en la cabina cuando el avión se desvió de su ruta, ni las de los momentos iniciales del extraño acontecimiento. La “caja negra”, cuando se sumerge en el agua, emite una señal para facilitar su búsqueda, al menos durante un mes. Las baterías que alimentan la señal deben de estar a punto de agotarse. Si esto ocurre y la “caja” deja de emitir, hallarla será mucho más difícil.

Ahora mismo las operaciones de búsqueda en el Índico las coordina Australia y se han desplegado nueve aviones militares, tres civiles y catorce barcos. Hoy, 7 de abril, el barco australiano Ocean Shield ha detectado señales que podrían pertenecer a la “caja negra”, pero la validación de las mismas aún llevará algún tiempo. No va a ser fácil encontrarla, pero no es imposible.

Todo el mundo se pregunta ¿cómo es posible que, con el estado actual de la tecnología, un avión comercial pueda desaparecer y enterarnos varios días después, casi de casualidad, que ha volado durante más de 6 horas sin que nadie sepa por dónde? Ya hemos visto que es posible. Solamente los radares primarios, militares, pueden detectar un avión comercial que, de forma intencionada o por accidente, pierde sus sistemas de comunicaciones. En este caso, el avión parece que voló sobre el mar, transitando una parte del mundo aislada y que no tiene interés para los radares militares de ningún país.

Los principales fabricantes de aviones del mundo han considerado, en varias ocasiones, la idea de que los datos de la “caja negra”, en vez de grabarse a bordo se transmitan a tierra en tiempo real. El problema que plantea la implantación práctica de esta idea es que la cantidad de información que se graba en la “caja negra” es considerable y los aviones deberían disponer de sistemas de comunicación vía satélite, de banda ancha, que, hoy por hoy, no son ni baratos ni de fácil instalación.

Sin embargo, dotar a todos los aviones comerciales con un dispositivo, inaccesible a las tripulaciones, que transmita vía satélite su posición -cada cuatro segundos- costaría muy poco y evitaría su desaparición como ha ocurrido con el MH370.

Anwar Ibrahim, el líder de la oposición malayo, opina que una gestión más eficiente del sistema de defensa de su país hubiera evitado, también, una desaparición tan misteriosa. Los radares primarios detectan aviones sin identificar y los aviones de caza pueden interceptarlos, son equipos muy caros y a veces útiles y necesarios. En esta ocasión o funcionaron mal, que parece la hipótesis más probable, o la información de lo que realmente ocurrió no se ha hecho pública.

 

Beate Uhse y Bücker

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El ganado, el prado y el caserío son españoles y la escena imagino que se remonta a los años siguientes a la guerra civil española, por lo que el avión estaría fabricado en Alemania. Es un Bücker Bü-131, Jungmann, de entrenamiento. Durante la contienda llegaron a España unos 95 aviones de este tipo que se destinarían a los distintos centros de formación de pilotos de la Fuerza Aérea franquista que mandaba el general Kindelán. La Bücker se convertiría en uno de los grandes iconos de la aviación de este país durante el pasado siglo. Después de la guerra, la empresa Construcciones Aeronáuticas S.A. (CASA) fabricó centenares de unidades.

Pero, en la historia que rodea a este avión de madera y de aspecto anticuado, incluso para su época, confluyeron personajes cuyas vidas recorrerían caminos muy distintos. Su creador, Carl Clemens Bücker fue piloto de la Armada Imperial Alemana, durante la I Guerra Mundial. La Bücker conserva trazos que pertenecen a los aviones de la época de la Gran Guerra: biplano, con montantes, riostras y las cabinas descubiertas; una estampa que ha contribuido al desarrollo de la leyenda que siempre la ha acompañado. Y quizá el contrapunto a esta imagen de la época de los pioneros de la aviación, venga de la mano de Beate Ushe, la piloto de pruebas de la empresa de Carl Clemens Bücker que, con los años, también se convertiría en otro icono: el de la liberación sexual de la mujer en Alemania.

 

Después de la I Guerra Mundial, como no podía fabricar aeronaves en su país, Bücker se trasladó a Suecia y allí fundó, en 1921, la empresa Svenska Aero Aktiebolaget (SAAB). En 1933 regresó a Alemania, vendió sus participaciones en la empresa sueca, y constituyó la sociedad Bücker-Flugzeubauen la que con la ayuda del sueco Anders J. Andersson diseñó y construyó el Bücker BU-133 que tendría un gran éxito desde el principio. La Luftwaffe la adoptó como avión de entrenamiento. Cuando Alemania decidió enviar ayuda aérea al Ejército de Franco, con la Legión Cóndor llegaron 3 Bücker de entrenamiento, a finales de 1936.

Carl Clemens instaló su fábrica en el aeródromo de Rangsdorf, situado a unos 40 kilómetros al sur de Berlín. En 1937 la joven Beate Köstlin, con 17 años, empezó a recibir clases de vuelo en aquel aeropuerto. Era una mujer resuelta, que acababa de regresar de Inglaterra donde había pasado un año aprendiendo inglés trabajando como au pair en una residencia familiar. Su carrera como piloto fue meteórica. En menos de un año había conseguido obtener la calificación de piloto de pruebas y volaba para la empresa de Carl Clemens Bücker.

Antes de que estallara la II Guerra Mundial, Beate ya había dejado la Bücker y trabajaba como doble, rodando escenas aéreas peligrosas, para una empresa cinematográfica. También se había enamorado de otro piloto acrobático, Hans-Jürgen Uhse, con quién no se quería casar porque decía que “jamás dejaría de volar por culpa de un hombre”. Hans apoyaba su carrera como piloto y al final consiguió convencerla para que se convirtiese en Beate Uhse. Tuvieron que anticipar la boda porque, al comenzar la guerra, Hans fue llamado para que se incorporase al frente. Cuatro horas después de la ceremonia, el marido de Beate partió para reunirse con sus compañeros de escuadrilla.

Beate no pudo soportar vivir encerrada en su casa de Rangsdorf sin otra ocupación que la de esperar las cartas de su esposo y consiguió un trabajo en la Luftwaffe para trasladar aviones. Hasta el final de la guerra voló con aeronaves de distintos tipos, en misiones de transporte. En 1943 nació su hijo Klaus. Como el trabajo de Beate era importante, la Luftwaffe le asignó una niñera para que le ayudase a ocuparse del niño.

En 1945, su marido Hans-Jürgen falleció en un accidente, poco antes de que la ciudad de Berlín se encontrara sitiada por los ejércitos aliados. La unidad de la aviadora recibió la orden de evacuar la ciudad y volar hacia el Oeste. Beate antes de marcharse fue a Rangsdorf a recoger a su hijo y a la niñera; cuando regresó al aeródromo sus compañeros, y su avión con ellos, ya habían despegado. Descubrió un pequeño avión de transporte, Siebel, con el que no había volado jamás. Mientras le llenaban los depósitos de combustible se estudió el manual. Beate, pilotando el Siebel, consiguió escapar de Berlín con su hijo y la niñera y fue hecha prisionera, por los británicos, nada más aterrizar en Leck.

La guerra cambiaría para siempre la vida de Beate y de Carl Clemens. Bücker se trasladó a Suecia y trató de fabricar aviones en Hamburgo, pero los negocios aeronáuticos ya no le irían jamás, tan bien, como en el pasado. Beate Ushe se instaló con su hijo en Flensburg y su pertenencia a la Luftwaffe, durante la guerra, le impediría seguir volando.

La expiloto decidió ganarse la vida con un pequeño negocio de ventas a domicilio, que le permitiría entrar en contacto directo con multitud de jóvenes amas de casa. Se dio cuenta de que muchas de ellas estaban agobiadas por culpa de los embarazos, en muchos casos no deseados. Beate escribió un panfleto en el que describía la forma de identificar los días fértiles del ciclo menstrual. En muy poco tiempo llegó a vender decenas de miles de ejemplares. Amplió el negocio en otras ciudades.

La joven emprendedora montó una empresa que enviaba a domicilio libros, preservativos, y otros productos, para facilitar el desarrollo de una vida sexual plena y satisfactoria; en 1951, su compañía contaba con cuatro empleados. En los años que siguieron su empresa creció de forma espectacular. En 1962 abrió la primera tienda de productos sexuales. Tuvo que luchar contra las facciones más conservadoras de su país, que en muchos casos tan solo defendían intereses económicos, y soportar el rechazo de organizaciones financieras y clubes sociales alemanes que se negaron a trabajar con ella y aceptarla. Sin embargo, a finales del siglo pasado, su empresa, la Beate Uhse AG, cotizaba en bolsa y el mundo de las finanzas la consideraba como uno de los valores más atractivos del mercado financiero.

Carl Clemens Bücker falleció en Alemania en 1976 y Beate Uhse en Suiza el año 2001, pero los sex shop de la aviadora y el biplano del piloto de la Gran Guerra, siguen vivos, aunque ahora a las Bücker ya no se las vea en los caseríos tomando el sol con el ganado.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

La extraordinaria aventura de Juliane Koepcke

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A María Koepcke, ornitóloga, siempre le había parecido que los aviones eran unos pájaros metálicos que no podían volar bien: ninguna de las aves que conocía tenía el cuerpo de aluminio. Por eso, volar nunca le resultaba una experiencia demasiado grata.

Aquella víspera de Navidad, el 24 de diciembre de 1971, tenía que volar con su hija Juliane, de 17 años, de Lima a Pucallpa donde le esperaba su marido para pasar las Navidades en familia. María y su esposo Hans Wilhelm Koepcke trabajaban en la Estación Ecológica de Panguana en la selva del Perú; su hija estudiaba en Lima. Hubiera preferido volar algún día antes, pero hubo un baile en el colegio el día 22 y el 23 se celebró la ceremonia de graduación de Juliane.

En vísperas de las fiestas navideñas el aeropuerto estaba abarrotado de gente; además, el día anterior se habían cancelado algunos vuelos debido a problemas meteorológicos. Empezaron a embarcar sobre las once de la mañana. El avión era un turbohélice Lockheed Electra L-188 de la compañía LANSA, con cuatro motores, bautizado con el nombre de Mateo Pumacahua. María se sentó en una de las últimas filas, su hija en la ventanilla y ella en el centro, con un señor bastante grueso a su otro costado.

Por fin despegaron y durante unos treinta minutos todo fue bien. Les ofrecieron un sándwich y algo de beber; cuando las azafatas recogían el desayuno el avión empezó a zarandearse. En muy poco tiempo por las ventanillas no se veía nada más que el resplandor de los relámpagos que caían por todas partes. La gente empezó a gritar. Del techo comenzaron a caer bolsos, paquetes y ropa, al abrirse algunos cierres de los compartimentos del equipaje de mano, lo que contribuyó a sembrar el pánico entre los pasajeros. Las azafatas apenas podían infundir algo de calma a un pasaje que se quitaba de la cabeza la lluvia de objetos que les caía desde los maleteros, se limpiaba la ropa, ensuciada por los restos del almuerzo y lo que había quedado en los vasos sin recoger, y veía horrorizada el resplandor de los relámpagos a través de las ventanillas. La gente se aferraba como podía a los cinturones de seguridad.

María se volvió para comprobar que su hija estaba bien sujeta y le dijo que “esperaba que aquello se arreglase pronto”, aunque su tono de voz no fue en absoluto tranquilizador.

Sobre el ala derecha estalló una luz cegadora y el avión inició un picado muy violento. Desde los asientos de atrás, María y Juliane, pudieron ver todo el pasillo, hasta la cabina, y escucharon el ruido del avión que empezó a aumentar más y más. María apenas tuvo tiempo de susurrar unas palabras: “Ahora se acabó todo”. Fueron las últimas que la muchacha escuchó de su madre.

El ruido ensordecedor ocupó todo el espacio y después se hizo un silencio que sorprendió a Juliane. La muchacha vio que su madre ya no estaba a su lado, ni siquiera el avión; seguía sujeta al asiento y caía al vacío, desde una altura de unos 3000 metros. Estaba sola. Notó la presión del cinturón de seguridad sobre su vientre y perdió el sentido. Después volvió a recuperarlo mientras seguía cayendo, en silencio, hacia unos bosques inmensos que se agrandaban con lentitud ante sus ojos que contemplaban aquél espectáculo a través de una capa de niebla. Antes de que pudiera sentir miedo volvió a quedarse inconsciente.

Cuando Juliane se despertó estaba sobre la tierra en la jungla, con el cinturón desabrochado, sobre los tres asientos y completamente sola. Húmeda y embarrada pasó en estado de semiinconsciencia, la tarde y la noche. Al amanecer del día siguiente pudo contemplar la luz del sol irradiando un halo verdoso sobre las copas de los árboles. Se sintió abandonada, completamente sola. El asiento de su madre, a su lado, estaba vacío.

Solo podía ver un poco con el ojo derecho, las gafas que llevaba normalmente habían desaparecido, y trató de leer la hora en su reloj que seguía funcionando. Hasta que sus ojos se habituaron a la luz no pudo enterarse de que eran las nueve de la mañana. Después de un rato en el que trató de levantarse varias veces, sin conseguirlo, logró mantenerse en pie y vencer el mareo.

Se dio cuenta de que su clavícula derecha estaba rota y que tenía un corte profundo en la pantorrilla, aunque no sangraba. Se tumbó a cuatro patas y gateó por los alrededores, llamó a gritos a su madre María, pero no tuvo otra respuesta que la de las voces de la jungla.

Los árboles y la espesura de los matorrales apenas dejaban pasar la luz, las sombras se extendían sobre la tierra como un manto negro, olía a moho, y se escuchaba el zumbido de los insectos. El agua goteaba por todas partes y los animales más grandes dejaban escapar, de vez en cuando, un variado repertorio de gruñidos, susurros, cacareos, trinos y voces que para cualquier persona podrían resultar muy poco tranquilizadores. Sin embargo, a Juliane, sus padres le habían enseñado los secretos de la jungla y estaba acostumbrada a su música y a la visión de hormigas, abejas, mosquitos, saltamontes y mariposas; incluso conocía las moscas que dejaban los huevos debajo de la piel de las personas, o en las heridas, y las abejas salvajes, sin aguijón, que se adherían al pelo. Nada de aquello le producía temor. Conforme su cabeza fue recobrando el razonamiento y su corazón el pulso, Juliane empezó a pensar en cómo salir de allí.

Calmó su sed lamiendo gotas de agua de las hojas y trató de memorizar su posición fijándose en las marcas de los árboles y otros detalles. Describió varios círculos, alrededor del lugar en donde había caído, en búsqueda de restos del accidente, pero no encontró nada, pero descubrió una bolsa de caramelos y comió uno. Poco después escuchó el motor de un avión en el cielo; desde aquél sitio ella era invisible. El sonido del motor se desvaneció y Juliane se dio cuenta de que tenía que salir de aquel lugar lo antes posible.

Buscó el camino que seguía el agua, hasta encontrar un pequeño hilillo que manaba de una fuente. Lo siguió, a veces con dificultades porque la maleza lo escondía y había troncos que le impedían continuar el camino del agua. Poco a poco el hilo de agua se fue ensanchando, hasta convertirse en un pequeño torrente que dejaba a los lados riberas estrechas, pero secas. Se hizo de noche muy pronto y Juliane buscó un lugar para pasar la noche después de cenar otro caramelo.

Durante tres días siguió el camino que hacía el agua y el cuarto, el 28 de diciembre, su reloj –regalo de su abuela− se paró.

Juliane sabía que tenía que seguir el camino del agua; el torrente se fue ensanchando y se convirtió en un riachuelo en dos o tres días más, pero los caramelos se terminaron y apenas había frutos comestibles porque aquella era justo la época lluviosa. Sus padres le habían enseñado que en la jungla hay muchas sustancias venenosas y ella no se atrevía a probar nada que no conociese. Hubiera podido cocer raíces, cortar hojas de palma para morder sus corazones, o pescar en el río, cada vez más ancho, pero no tenía con qué hacer fuego, ni un cuchillo, ni nada para improvisar un anzuelo. Todos los días bebía mucha agua. Procuraba llenar su estómago con agua del río.

Cuando llevaba andando unos cinco o seis días escuchó los sonidos de pájaros que le resultaron muy familiares y que solían habitar en zonas civilizadas. Cerca tendría que haber algún poblado. El río se había ensanchado mucho y en sus orillas crecía la maleza muy espesa. Pensó que pronto encontraría caimanes y cocodrilos, aunque sabía que esos animales no solían atacar a las personas. Mucho más temibles eran las rayas venenosas. Juliane decidió que a partir de entonces nadaría en el centro del cauce del río para evitar los peligros de las riberas.

Al anochecer siempre buscaba un lugar despejado adonde pasar la noche. Allí los mosquitos la torturaban hasta la desesperación porque la despertaban cuando se introducían en sus orificios nasales o en los oídos. El viento frío y la lluvia también le causaba sobresaltos nocturnos por lo que, agotada, desnutrida, somnolienta, con la espalda quemada por el sol y con gusanos debajo de la piel, su cerebro empezó a inventarse imágenes y sonidos y a Juliane le resultaba difícil discernir las fantasías de la realidad. Por la mañana, tenía que hacer un gran esfuerzo para no abandonar su caminata y seguir aquella ruta aguas abajo que, desde un principio, sabía que la sacaría de la jungla salvaje.

Fue el décimo día cuando después de pasar la jornada nadando, al atardecer, encontró un lugar despejado en la ribera con un lecho de gravilla que le pareció muy adecuado para pasar la noche. Se tumbó y quedó medio dormida unos instantes. Al despertarse vio al otro lado del río un pequeño barquichuelo. Se frotó los ojos y los volvió a abrir para comprobar que, efectivamente, había una barca o una canoa, algo construido por el hombre para navegar. Volvió a meterse en el río para llegar hasta la canoa y tocarla con sus manos. No tenía la menor duda de que era un barca. Descubrió una senda que se adentraba en la jungla y empezó a caminar por ella. El camino subía por la loma de una colina y Juliane se sentía muy débil, apenas podía caminar. Al cabo de un largo rato llegó a un lugar en el que había una pequeña choza.

Se quedó allí, con la seguridad de que alguien iba a salir de un momento a otro de la cabaña, pero no vio a nadie. Transcurrió la noche y a la mañana siguiente empezó a llover. Tampoco pudo ver a ninguna persona. Juliane se sentía agotada y decidió pasar el día en la choza, descansando. Se cubrió con una lona y se quedó en aquel lugar sin que apareciese ninguna persona. Al atardecer vio como tres hombres salieron de la jungla y cuando la descubrieron se quedaron paralizados. Ella les dijo en español que se llamaba Juliane y que era una chica que iba en el vuelo 508 de LANSA que se había accidentado hacía unos días.

Juliane Koepcke había pasado 11 días en la jungla cuando la hallaron los tres madereros, el 3 de enero de 1972. No tenía fuerzas ni para comer y los hombres la llevaron en la canoa río abajo, durante ocho horas, hasta un lugar en la que pudo recogerla una avioneta para llevarla al hospital.

Con su ayuda pudieron determinar el lugar exacto en donde se había producido el accidente y los equipos de rescate descubrieron que las 91 personas restantes que iban a bordo del vuelo de LANSA habían muerto. Algunos de ellos fallecieron en tierra, heridos y por falta de auxilio. La joven de 17 años fue la única superviviente de la catástrofe.

El accidente fue debido al incendio que produjo un rayo al caer sobre un tanque de combustible, situado debajo del ala, que originó el fallo estructural del avión. Los tres asientos de la fila que ocupaba Juliane se desprendieron del aparato. Su madre y la otra persona que se sentaba en el lado del pasillo se soltaron, pero la muchacha continuó sujeta por el cinturón a la fila de asientos que cayó desde unos tres mil metros de altura a la jungla; la vegetación amortiguó el impacto.

Hoy Juliane es bióloga y trabaja en Múnich en el museo de zoología del Estado Bávaro. Cada cierto tiempo vuelve a la estación de investigación de Panguana que fundaron sus padres cuando ella era una niña.

 

La región ON2

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L.M. Oskinova, R.A. Gruendl, Spitzer Space Telescope, JPL, NASA & ESA

Esta es la región ON2 del Universo. Forma parte del cúmulo denominado Berkeley 87, que se encuentra a unos 4000 años luz de nosotros. Allí anidan alrededor de 2000 estrellas; la mayoría son como nuestro Sol, o incluso menores, pero hay varias docenas con unos tamaños realmente grandes. Además, es un lugar en el que puede observarse el proceso de gestación de nuevas estrellas.

El punto brillante amarillo, en el centro, es una estrella gigantesca −BC Cygni− condenada a explotar y convertirse en una supernova. Es una de las estrellas más grandes que se conocen, con un radio del orden de 1200 veces el del Sol, aunque su masa equivale a la de unos 20 soles. Las estrellas masivas, como esta, tienen una vida breve, pero muy intensa; generan vientos poderosos, que contienen partículas y radiación capaces de arrasar todo cuanto encuentran en sus inmediaciones. Llega un momento en que la masa de su cuerpo se contrae, la estrella no puede soportar la presión a la que se ve sometida por lo que explota y desaparece a la vez que genera una onda expansiva devastadora cuya luminosidad dura varios días. En esta fase final se las denomina “supernovas”, ya que en lugares del Universo en donde no existía nada, de golpe aparece una extraordinaria luminosidad (estrella nueva), durante un breve lapso de tiempo. Estas estrellas tan grandes evolucionan mucho más deprisa. Una estrella del tamaño de nuestro Sol tarda alrededor de 100 millones de años en alcanzar la secuencia principal, mientras que una estrella con una masa 15 veces mayor llega al mismo punto evolutivo en tan solo 100 000 años.

Las nubes rojizas, que también ocupan el centro de la imagen, están formadas por una mezcla de polvo y gas estelar: la materia prima a partir de la cual se forman las estrellas. En estas nubes hay dos manchas rosáceas que indican la presencia de una gran cantidad de protoestrellas y luz radiada por estrellas grandes, masivas, capaces de generar emisiones y ondas de choque muy energéticas.

Todos los puntos verdes que salpican la imagen son concentraciones de polvo galáctico: protoestrellas o estrellas que se encuentran en periodo de gestación. Los puntos y las manchas azules, también indican la presencia de jóvenes estrellas.

Esta representación de la región ON2 se ha construido al combinar las imágenes de infrarrojos del telescopio espacial Sptizer de la NASA con la de rayos X del observatorio Newton XMM de la ESA. Fue objeto de un artículo científico, en 2010 (L.M. Oskinova, R.A. Gruendl, Spitzer Space Telescope, JPL, NASA & ESA) y hace unos días la ha vuelto a publicar la ESA.

Vampiros y murciélagos

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Vampiro

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

De las más de mil especies de murciélagos, que existen en la Tierra, solamente tres de ellas son vampiros y se alimentan de sangre, que no chupan sino que lamen después de cortar la carne de sus víctimas con sus afilados dientes. Los vampiros tienen un pequeño hoyo, cerca de la nariz, que contiene un sensor capaz de detectar radiaciones infrarrojas (calor). Gracias a este órgano encuentran, en plena oscuridad, el lugar exacto de las venas de sus víctimas. Viven en el interior de cuevas húmedas, cálidas y oscuras, en colonias que agrupan a más de un millar de miembros. Son muy sociables, se alimentan de sangre que guardan y regurgitan si es necesario para compartir con las crías y sus compañeros. De escaso porte, pesan de 50 a 60 gramos, son presa fácil de los grandes pájaros depredadores, como los halcones y las águilas.

Sin embargo, los vampiros no dejan de ser un episodio aislado en el vasto universo de los murciélagos.

A los murciélagos, en general, les gusta lamerse el pelo mientras descansan colgados de las patas, con la cabeza hacia abajo. Así se sueltan, abren los brazos y comienzan a volar enseguida, aprovechando la caída.

Hay murciélagos muy pequeños, de apenas una docena de centímetros que pesan pocos gramos, como los vampiros, y los hay gigantes, como el zorro volador, cuyas alas tienen una envergadura de 1,5 metros y pesa cerca de dos kilogramos. Son mamíferos muy longevos: viven alrededor de 30 años.

No son ratas voladoras, no tienen nada en común con los roedores y de parecerse a algún animal sería a los simios y pueden engullir más de un millar de mosquitos en una hora de vuelo.
Mucha gente piensa que están ciegos, pero ven bastante bien, sobre todo de noche, aunque es posible que no distingan los colores.

Pero, la característica más sorprendente de estos voladores de alas cortas y anchas, es su capacidad para comunicarse, navegar y localizar a sus presas mediante el análisis de los ecos de los sonidos que emiten (ecolocalización).

Los sonidos que transmiten los murciélagos se encuentran, por lo general, en una banda de frecuencia de 20 a 120 kilohertzios (kh), que es una zona del espectro muy aguda, en su mayor parte inaudible para los seres humanos. El hombre tiene dificultades para detectar sonidos cuya frecuencia sea superior a los 20 kh.

Para que un murciélago pueda determinar, mediante la ecolocalización, la distancia y la orientación a la que se encuentra su objetivo, el animal tiene que medir el tiempo transcurrido entre la emisión del sonido y el momento en el que su oído detecta el eco (distancia), así como evaluar la diferencia de fase del eco que recibe en cada oreja (orientación o acimut).

Los murciélagos transmiten sonidos cortos con una frecuencia determinada y guardan silencio para escuchar el eco o emiten sonidos más largos en los que cambian de forma continuada la frecuencia. Si las señales que transmiten son cortas, para evitar que sus llamadas los ensordezcan pueden cerrar sus canales auditivos mientras los emiten. Cuando las señales que transmiten son largas, a veces lo hacen en frecuencias que sus orejas no detectan; estas señales al reflejarse, debido al movimiento del murciélago y al que pueda tener el objetivo, devuelven ecos cuyas frecuencias son diferentes a la de la señal emitida (efecto doppler) que los pabellones auditivos del animal sí pueden detectar. Estas dos formas de emitir señales, que en un lenguaje más formal podemos denominar como pulsaciones de banda estrecha y frecuencia constante (CF) o pulsos de banda ancha y frecuencia modulada (FM), admiten combinaciones. Las emisiones CF suelen durar de 10 a 100 milésimas de segundo y hay veces que se producen precedidas y seguidas de emisiones del tipo FM.

Cuando un murciélago vuela en busca de presas emite un pulso cada décima de segundo. Si detecta una, mientras se aproxima a su objetivo irá incrementando la frecuencia con la que emite impulsos de manera progresiva hasta que, durante la fase final de la caza, las emisiones, que ocupaban un 10% del tiempo al principio, se convierten en un zumbido que cubre el 90% del tiempo.
El sonido lo producen en la laringe, como todos los animales, aunque pueden evacuarlo a través de la boca o de los orificios nasales. Hacerlo a través de este último conducto les permite navegar con una presa en la boca y lo que es más importante: concentrar las señales ya que en función de la separación de los orificios nasales la forma del haz sonoro varía y puede focalizarse.

El murciélago forma parte de nuestra historia. Según la leyenda, alguno de estos voladores debió prestar buenos servicios al rey aragonés Jaime I. De hecho, es un mamífero que ocupa un lugar preeminente en el escudo de la ciudad de Valencia, como cimera de la corona; allí se le llama Ratpenat. También está en el escudo de Palma de Mallorca y hasta no hace mucho tiempo ocupaba un lugar de honor en el de Barcelona.

Pero, aun así y todo, no es un volador que suscite la simpatía popular. La gente lo mira con recelo, quizá porque sale a cazar por la noche y vive en lugares oscuros, o quizá por culpa de esas especies que tragan sangre ajena todos los días, hasta tres veces lo que pesan (aunque pesan poco).

La historia del escritor Bram Stoker que se publicó en 1897, con el nombre de Drácula, basada en la vida del príncipe rumano Vlad Drácula, o Vlad el Empalador, ha demonizado para siempre a las tres especies de murciélagos vampiros; incluso, teniendo en cuenta que ninguna de ellas podría sobrevivir en los Cárpatos rumanos (país de Drácula) ya que son oriundas de Sur y Centro América. La saliva de estos difamados lamedores de sangre tiene agentes anticoagulantes que hoy se emplean para el tratamiento de enfermedades vasculares. Quizá esta aportación a la salud de nuestra especie los salve del escarnio; siempre y cuando el público no se entere de que cada doce hembras se emparejan con un ocupado macho que para copular tiene que besarlas, apasionadamente, a la vez que comparte con ellas la sangre de su última víctima.

Manfred von Richthofen, el Barón Rojo

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Durante la Primera Guerra Mundial, en el oeste de Europa, la infantería de los dos bandos quedó atrapada en trincheras que apenas se movieron a lo largo del conflicto. Los intentos de romper las líneas del frente, de cualquiera de los contendientes, se resolvieron en batallas costosísimas en vidas humanas y efectivos militares. Los soldados se vieron condenados a llevar una existencia miserable en las trincheras embarradas y húmedas, sometidas al fuego incesante de la artillería enemiga. Millones de combatientes anónimos perdieron la vida en aquellos escondrijos, destrozados por los obuses o asfixiados por los gases venenosos que, por primera vez, se incorporaron al campo de batalla. Fueron tantos los muertos, en tantos frentes, que los individuos se desvanecieron en una masa indiferenciada de soldados cuyas vidas se descontaban por millares.

Aquel mundo sin personalidad, espeso y grisáceo, buscó la forma de redimirse con un pequeño grupo de luchadores que, en solitario, libraron batallas nuevas, hasta entonces desconocidas por los guerreros. Y los llamaron caballeros del aire. Como en las justas medievales, eran peleas entre dos, aunque luego serían entre muchos, y los ganadores se apuntaban los derribos de los enemigos. En torno a los caballeros del aire ─que se conocerían con el nombre de “ases”─ se edificó una leyenda. Se decía que los jóvenes pilotos vivían y morían de acuerdo con códigos no escritos, respetaban a sus enemigos y se consideraban miembros de una hermandad a la que los unía su condición de caballeros del aire. Para la fuerza aérea británica, Royal Flying Corps (RFC), la lucha aérea tenía connotaciones atléticas. Muchos de sus pilotos eran estudiantes deportistas de las mejores universidades del Reino Unido. En aquél mundo de justas y torneos, los pilotos se retaban en duelos aéreos, dejaban notas en los campos de vuelo enemigos y durante los combates se comportaban con la generosidad propia de los caballeros.

Sin embargo, la realidad era bien distinta. Aunque en algunos casos estos gestos, propios de juegos medievales, sí tuvieron lugar en el frente, por lo general la guerra en el aire fue menos romántica de lo que los cronistas quisieron inventarse para satisfacer un público harto de matanzas. Los jóvenes pilotos de caza, de poco más de veinte años los veteranos, tenían una vida muy corta y estaban sometidos a un estrés durísimo. Los aviones no eran excesivamente fiables y entre los accidentes durante el entrenamiento, los que se producían durante el vuelo y las bajas en combate hubo momentos en los que para los pilotos de la RFC, la vida media en el frente no pasaba de veintitrés días. Los pilotos lo sabían y la tensión que les producía la cercanía de la muerte era insoportable. En los barracones de los aeródromos los jóvenes pilotos liberaban sus frustraciones organizando auténticas batalles campales en las que destrozaban el mobiliario. Muchos se refugiaban en el alcohol o en el juego. Al cabo de unos meses su aspecto físico se deterioraba, padecían tics, deambulaban ensimismados por los aeródromos con la irritabilidad a flor de piel y el humor les cambiaba por completo. En esas condiciones la guerra no era más que un ejercicio cuyo objetivo único era el de matar enemigos a los que se les odiaba por necesidad.

¿Para qué dejar vivo a alguien que estaba allí para intentar matarte al día siguiente a ti o a cualquiera de los tuyos? Era la reflexión que se hacían muchos pilotos. Uno de los “ases” de la RFC, el canadiense Billy Bishop, cuenta que un día en el que estaba de servicio atacó a un avión enemigo, con dos asientos, que huyó de inmediato y consiguió aterrizar perfectamente, entonces relata que “me llenó de una furia imponente” y le “juró venganza eterna a todos los aviones enemigos de dos plazas”. Para demostrarlo picó y le dio una pasada rasante al avión en tierra, a pocos pies del suelo, disparándole con rabia: “Tuve la satisfacción de saber que el piloto y el observador debieron ser alcanzados o aterrorizados casi hasta morir”.

Las batallas aéreas no eran justas ni torneos, no eran juegos de ninguna clase, eran ejercicios en los que, más tarde o más temprano, los actores perdían sus vidas.

Cuando empezó la guerra, en 1914, los aviones eran una invención muy reciente. Los militares se dieron cuenta de que servían para observar los movimientos del enemigo y tomar fotografías de sus posiciones; también que podían ayudar a la artillería a corregir sus disparos y hasta cabía emplearlos para lanzar granadas o bombas sobre objetivos, detrás de las líneas enemigas. La mayoría de los aeroplanos llevaban dos cabinas descubiertas, una para el piloto y otra para el observador y una hélice delante (tractora) o detrás (de empuje). Algunos observadores se armaron con rifles o pistolas que utilizaban para disparar a los aviones adversarios si los encontraban en sus misiones de exploración. Cuando esto ocurría se solían cruzar algunos tiros, más para dejar clara la enemistad que se tenían que para herir a los contrincantes, porque hacer blanco era casi imposible. Para mejorar la eficacia de las armas de a bordo se empezaron a montar ametralladoras en la posición del observador, pero el problema era que las hélices de los aviones tapaban un sector importante a través del que no se podía disparar. Los aviones enemigos sabían utilizarlo para evitar el fuego de los adversarios.

A principios de 1915 el piloto francés Roland Garros colocó unos deflectores para proteger las hélices y probó a disparar con su ametralladora a través de las palas en movimiento; si las balas golpeaban las palas los protectores hacían que salieran despedidas sin romperlas. El sistema, aunque muy rudimentario y peligroso para el piloto, funcionaba con muchas limitaciones. Aun así y todo, con la ametralladora disparando hacia el morro, a través de la hélice, Roland Garros consiguió algunos derribos de aviones alemanes. Los franceses celebraron el éxito de Garros. El inventor alcanzó una gran popularidad y se convertiría en el primer “as” de la guerra.

Sin embargo, el “as” francés tendría mala suerte. El 18 de abril, por la tarde, Roland Garros fue derribado en una misión de bombardeo sobre la estación de ferrocarril de Courtrai. Un soldado alemán, Schlenstedt, le disparó con su rifle y la bala rompió el tubo de alimentación de combustible de su Morane. El motor se paró y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en una zona controlada por el enemigo. Garros incendió su aparato, como mandaban las ordenanzas, pero los alemanes llegaron a tiempo de recuperar parte de su avión y lo detuvieron.

Cuando los alemanes supieron quién era el piloto, enviaron a toda prisa los restos del avión a Berlín. Desde allí avisaron a Fokker para que acudiera para examinar el dispositivo del francés y el holandés recibió el encargo de idear una solución parecida, a la mayor brevedad posible. En cuestión de días se le ocurrió un dispositivo muy ingenioso en el que era la hélice, al girar, la que hacía disparar a la ametralladora, en el momento justo en que quedaba un hueco entre las dos palas. Después de probar su invento, en el frente, Fokker empezó a montar el mecanismo en todos los aviones alemanes.

El primer avión dotado con un sistema eficaz de disparo a través de las hélices fue un monoplano fabricado por Anthony Fokker: el Eindecker E-1. Apareció en el frente a principios del verano de 1915 y enseguida se convirtió en un arma terrible, no tanto por sus prestaciones como aeroplano sino por su extraordinaria capacidad para hacer fuego a través de las hélices. Era el primer avión de caza, cuya única misión era la de derribar a otros aviones. Los Eindecker inauguraron lo que se denominaría como el “Azote Fokker” y se adueñaron de los cielos de la guerra durante bastantes meses.

Oswald Boelcke y Max Immelmann, alcanzaron fama como pilotos de combate con los Eindecker a partir de agosto de 1915, mes en el que empezarían a derribar aviones enemigos con aquél monoplano. Fueron los primeros “ases” alemanes. En enero de enero de 1916, el káiser Guillermo II les concedió la medalla Pour le Mérite a los dos aviadores Se trataba de una altísima distinción que el káiser otorgaba a militares o civiles que acreditaran la consecución de resultados excepcionales. Su nombre, francés, se debía a que había sido establecida por Federico II de Prusia, “El Grande”, en una época en la que el francés era el idioma oficial de la corte prusiana.

Immelmann y Boelcke se convirtieron en héroes populares. Immelmann recibía todos los días unas cincuenta cartas, sobre todo de admiradoras, que le enviaban felicitaciones, declaraciones de amor, rosarios y estampas. Su ordenanza se encargaba de atender el correo, ya que él no disponía de suficiente tiempo para hacerlo. Cuando Boelcke visitó Frankfurt, en primavera de 1916, en las calles la gente se arremolinaba para verlo. En la Ópera la audiencia se levantó para aplaudirle y el tenor le dedicó una de sus actuaciones.

La vida de Max Immelmann, como héroe, fue muy corta. En junio de 1916 murió en el frente durante un combate aéreo. Ni siquiera había transcurrido un año desde que, por primera vez, cuando era un piloto desconocido ante la opinión pública, se subió a un Eindecker para iniciar su efímera y brillante carrera de piloto de caza.

Con la aparición del Nieuport 11, Bébé, y los FE2b, los Eindecker ya habían empezado a perder el liderazgo desde hacía algunos meses. Aunque eran aviones que no disponían de mecanismos para disparar a través de las hélices, el Nieuport llevaba una ametralladora fija sobre el ala superior y el FE2b montaba un sistema de disparo muy versátil en la posición delantera del observador. La muerte de Immelmann marcó el final del “Azote Fokker” y tuvo consecuencias importantes en la moral de la aviación alemana. El mando decidió que no se podía permitir el lujo de perder otro héroe nacional en un periodo de tiempo corto, y ordenó a Boelcke que abandonase sus misiones aéreas. Oswald fue enviado a Austria, Bulgaria y Turquía para dar charlas a otros pilotos. Sin embargo, Boelcke empezó a aburrirse muy pronto de aquella ocupación en la que se sentía incómodo, rodeado de aduladores y se reincorporó al frente.

Boelcke también moriría pronto. El 28 de octubre de 1916 el piloto alemán había acumulado 40 victorias y combatía sobre los cielos de Pozières. En una de las maniobras su aparato chocó con el de un piloto de su unidad, Erwin Boehme, y cayó a tierra. Oswald Boelcke murió en aquel accidente. Se celebraron dos grandes funerales de Estado en su honor y un decreto Imperial ordenó que su unidad adoptara el nombre Boelcke, en memoria del padre de la aviación de caza alemana.

Cuando Boelcke sufrió el accidente que le costó la vida, uno de sus pilotos ya había empezado a destacar, se llamaba Manfred Richthofen. Boelcke lo había elegido para que formara parte de su escuadrón y a finales de octubre de 1916 ya contaba con 6 victorias. La primera había tenido lugar el 17 de septiembre. Oswald salió con cinco de sus jóvenes pilotos, novatos, y los llevó hacia las líneas británicas en busca de enemigos. Sus pupilos sentían auténtica devoción por Boelcke; sus palabras eran sagradas. Les había dado instrucciones precisas de lo que tenían que hacer. Richthofen cayó sobre un FE2b y al principio se le escapó, pero cuando el británico pensaba que estaba fuera de peligro, el alemán se le acercó por detrás y abrió fuego. El observador había sido alcanzado y su ametralladora apuntaba hacia el cielo; el motor del avión se paró y el piloto logró aterrizar en territorio alemán. Richthofen lo siguió hasta el suelo para aterrizar también cerca del lugar donde unos soldados alemanes habían acudido al ver el avión enemigo. Manfred llegó al avión cuando los soldados sacaban el cuerpo muerto del observador y se llevaban al herido. Tras su inspección en tierra regresó al aeródromo para incorporarse al grupo de Boelcke que analizaba con sus alumnos los detalles del combate que acababan de efectuar. Desde entonces, Manfred von Richthofen empezó a coleccionar recuerdos, siempre que podía, arrancados a los restos de sus víctimas. Aquella tarde, el joven piloto, escribió una carta a su joyero en Berlín para encargarle una pequeña copa de plata, de unos cinco centímetros de altura, grabada con la leyenda: “1. Vickers 2 17.9.16”. Era la primera victoria, y se trataba de un avión Vickers de 2 plazas, conseguida el 17 de septiembre de 1916. Fue la primera de 60 copas más que una tras otra ordenaría fabricar a su orfebre particular. Tras conseguir 60 victorias, en septiembre de 1917, el joyero no pudo hacer más copas porque en Berlín no encontraba plata con qué fabricarlas.

Para Manfred sus víctimas no eran algo muy distinto a trofeos de caza. Desde muy pequeño había sentido pasión por aquella actividad. Con su primer rifle de aire comprimido había liquidado a los tres patos domésticos de su abuela que nadaban pacíficamente en el estanque. Ante los ojos de su aterrorizada madre se lo hizo saber a la abuela, que no quiso reprenderlo dada la franqueza con que se había expresado el muchacho. En su educación siempre primaría el culto al esfuerzo físico y la práctica del deporte. Ingresó en la escuela de caballería, se graduó como teniente y destacó como un hábil y sufrido jinete de carreras. Cuando cumplió 23 años la guerra lo había llevado a una trinchera en las proximidades del frente de Verdún en donde el joven teniente se aburría y detestaba aquella vida en un lodazal. Richthofen consiguió que lo admitieran a un curso de vuelo para oficiales en Colonia y en verano de 1915 empezó a volar en misiones de observación sobre el frente ruso. En uno de sus viajes en tren, reconoció a Oswald Boelcke y se acercó para preguntarle directamente cómo conseguía sus victorias. El “as” lo miró con sorpresa y le respondió que era muy sencillo, que volaba directo hacia el enemigo, disparaba y eso era todo: el avión contrario caía a tierra.

Richthofen decidió que quería volar su avión. Se había dado cuenta de que con un piloto controlando el vuelo y un observador la ametralladora, era fácil perder la sincronía necesaria. Si el piloto llevaba el avión directamente contra el adversario y las ametralladoras estaban fijas al cuerpo de la aeronave, entonces se podían conseguir los resultados de Oswald Boelcke y Max Immelmann. Manfred aprendió a volar y consiguió que Oswald lo alistara en su escuadrón, a finales del verano de 1916.

En enero de 1917, justo un año después de que el káiser otorgara la máxima condecoración alemana, Pour le Mérite, a Immelmann y Boelcke, Manfred von Richthofen recibió el mismo honor justo antes de hacerse cargo como comandante de su nuevo escuadrón (Jasta 11). Allí fue recibido como un héroe. Richthofen enseñaría a sus pilotos, que lo reverenciaban, la forma de entrar en combate y el modo de efectuarlo. Siempre les aconsejaría que se reservaran para ellos la decisión de aceptar o rechazar una proposición de combate. Para aceptarla deberían de disfrutar de una posición ventajosa, por su situación o por el avión que volaban. Mientras que los pilotos aliados tuvieron en gran consideración a Immelmann y Boelcke, su opinión respecto a Richthofen no gozó nunca de la misma unanimidad. Para algunos era un oportunista, un jugador de ventaja, que se aprovechaba de su condición de líder para anotarse victorias, mientras sus coreógrafos lo protegían, y opinaban que la mayor parte de sus derribos eran presas fáciles. Muchas lo fueron, pero no todas.

El 23 de noviembre de 1916, Richthofen se enfrentó al británico Hawker, el primer piloto de la RFC que había sido galardonado con la Cruz de la Victoria. El Albatros D-2 del alemán sí era superior al DH-2 de Hawker. El propio piloto reconoció que “mi avión ascendía mejor y conseguí situarme encima y detrás del inglés”. En un momento determinado, Hawker abandonó el combate y tomó rumbo hacia las líneas británicas, pero el alemán seguiría tras él disparando ráfagas cuando se acercaba a su blanco. A pesar del zigzagueo del británico, Richthofen consiguió alcanzarlo y derribarlo en territorio alemán. Aterrizó cerca de su víctima y pudo comprobar que Hawker había muerto de un balazo en la cabeza. Los soldados alemanes lo enterraron allí mismo, junto a los restos de su aparato y Manfred arrancó los trozos de tela del timón de dirección, en donde estaba grabada la matrícula del avión de Hawker, para llevárselos junto con la ametralladora. Fueron trofeos que pasaron a engrosar su macabra colección.

Uno de los caprichos de Richthofen en su nueva Jasta fue pintar su avión de un color rojo muy llamativo. Sus compañeros empezaron a preocuparse de que el aparato del líder resultara tan visible a sus enemigos y se imaginaron que muy pronto se establecerían premios y apuestas para derribarlo. Para tratar de disimular la presencia de Manfred, a quién se le empezaría a conocer como “Barón Rojo” o “Diablo Rojo”, los pilotos de su escuadrón consiguieron permiso para pintar sus aviones también de rojo.

El 2 de mayo de 1917 Manfred celebró su 25 cumpleaños con 52 victorias en su haber. Guillermo II lo invitó a su palacio a almorzar y el encuentro con el monarca estuvo lleno de sorpresas para el joven piloto. El káiser le regaló un busto suyo, en bronce y mármol, que llevaron al comedor dos criados. Después del almuerzo el monarca se extendió en un largo monólogo sobre la artillería antiaérea y cuando finalizó la disertación se quedó mirando a Manfred y lo señaló con el dedo: “Me han dicho que usted sigue volando ¡Tiene que tener mucho cuidado de que no le pase nada!”. Después se volvió a su ayuda de campo y le dijo: “¿Cómo es posible? ¿No le he prohibido volar?”. El oficial le explicó a su jefe que no era posible dejar en tierra a Richthofen, la Fuerza Aérea no estaba muy satisfecha con las operaciones de los cazas y el “as” de la aviación alemana debía contribuir de forma efectiva a la mejora de la situación. Al káiser es posible que no le convencieran las explicaciones de su subordinado, pero no tuvo otra alternativa más que aceptarlas. Le horrorizaba la idea de tener que enfrentarse a otro funeral de Estado que sumiría a sus aviadores en una profunda depresión y haría ver al pueblo que la marcha de la guerra no iba por tan buen camino como les contaban.

Aquel verano el “as” estuvo a punto de convertir en realidad los temores del káiser. En un combate aéreo recibió un balazo en la cabeza que le hizo perder la vista y el control muscular de pies y manos. Cayó hasta una altura de 800 metros y allí empezó a recuperar parte de sus condiciones físicas. Aterrizó, como pudo, cerca de Wervicq, en Bélgica. Tuvo la suerte de que la bala no atravesó el cráneo, aunque le produjo una fractura que le dejaría dolores de cabeza durante el resto de su vida.

Richthofen estuvo en el hospital de Courtrai hasta finales de julio y cuando se incorporó al frente anunció a sus pilotos que “muy pronto recibirían triplanos Fokker que trepaban como monos y eran tan maniobrables como el diablo”. Aquellos nuevos aeroplanos, que tampoco estuvieron exentos de problemas, fueron los que llevarían a los pilotos del Richthofen a la cima del éxito.

Los políticos alemanes trataron de utilizar la imagen de Richthofen para negociar la paz con los rusos o resolver problemas en las fábricas con los obreros. Tanto él, como su hermano Lothar que también fue un famoso piloto, trataron de servir a su Gobierno lo mejor que pudieron en aquellas misiones especiales.

El 21 de abril de 1918, en su estadillo particular el “as” alemán llevaba contabilizadas 80 victorias, justo el doble de las que consiguió su maestro: Oswald Boelcke. Había recibido muchas presiones para que se retirase, pero Manfred era un gran cazador y su deseo fue siempre conseguir un trofeo más. Despegó para combatir en el aire, pero no regresaría jamás.

Manfred von Richthofen siempre ha suscitado una gran controversia, aunque todos tienen que aceptar que fue el piloto de la Gran Guerra que anotó el mayor número de victorias en su palmarés.

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores