Vampiros y murciélagos

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Vampiro

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

De las más de mil especies de murciélagos, que existen en la Tierra, solamente tres de ellas son vampiros y se alimentan de sangre, que no chupan sino que lamen después de cortar la carne de sus víctimas con sus afilados dientes. Los vampiros tienen un pequeño hoyo, cerca de la nariz, que contiene un sensor capaz de detectar radiaciones infrarrojas (calor). Gracias a este órgano encuentran, en plena oscuridad, el lugar exacto de las venas de sus víctimas. Viven en el interior de cuevas húmedas, cálidas y oscuras, en colonias que agrupan a más de un millar de miembros. Son muy sociables, se alimentan de sangre que guardan y regurgitan si es necesario para compartir con las crías y sus compañeros. De escaso porte, pesan de 50 a 60 gramos, son presa fácil de los grandes pájaros depredadores, como los halcones y las águilas.

Sin embargo, los vampiros no dejan de ser un episodio aislado en el vasto universo de los murciélagos.

A los murciélagos, en general, les gusta lamerse el pelo mientras descansan colgados de las patas, con la cabeza hacia abajo. Así se sueltan, abren los brazos y comienzan a volar enseguida, aprovechando la caída.

Hay murciélagos muy pequeños, de apenas una docena de centímetros que pesan pocos gramos, como los vampiros, y los hay gigantes, como el zorro volador, cuyas alas tienen una envergadura de 1,5 metros y pesa cerca de dos kilogramos. Son mamíferos muy longevos: viven alrededor de 30 años.

No son ratas voladoras, no tienen nada en común con los roedores y de parecerse a algún animal sería a los simios y pueden engullir más de un millar de mosquitos en una hora de vuelo.
Mucha gente piensa que están ciegos, pero ven bastante bien, sobre todo de noche, aunque es posible que no distingan los colores.

Pero, la característica más sorprendente de estos voladores de alas cortas y anchas, es su capacidad para comunicarse, navegar y localizar a sus presas mediante el análisis de los ecos de los sonidos que emiten (ecolocalización).

Los sonidos que transmiten los murciélagos se encuentran, por lo general, en una banda de frecuencia de 20 a 120 kilohertzios (kh), que es una zona del espectro muy aguda, en su mayor parte inaudible para los seres humanos. El hombre tiene dificultades para detectar sonidos cuya frecuencia sea superior a los 20 kh.

Para que un murciélago pueda determinar, mediante la ecolocalización, la distancia y la orientación a la que se encuentra su objetivo, el animal tiene que medir el tiempo transcurrido entre la emisión del sonido y el momento en el que su oído detecta el eco (distancia), así como evaluar la diferencia de fase del eco que recibe en cada oreja (orientación o acimut).

Los murciélagos transmiten sonidos cortos con una frecuencia determinada y guardan silencio para escuchar el eco o emiten sonidos más largos en los que cambian de forma continuada la frecuencia. Si las señales que transmiten son cortas, para evitar que sus llamadas los ensordezcan pueden cerrar sus canales auditivos mientras los emiten. Cuando las señales que transmiten son largas, a veces lo hacen en frecuencias que sus orejas no detectan; estas señales al reflejarse, debido al movimiento del murciélago y al que pueda tener el objetivo, devuelven ecos cuyas frecuencias son diferentes a la de la señal emitida (efecto doppler) que los pabellones auditivos del animal sí pueden detectar. Estas dos formas de emitir señales, que en un lenguaje más formal podemos denominar como pulsaciones de banda estrecha y frecuencia constante (CF) o pulsos de banda ancha y frecuencia modulada (FM), admiten combinaciones. Las emisiones CF suelen durar de 10 a 100 milésimas de segundo y hay veces que se producen precedidas y seguidas de emisiones del tipo FM.

Cuando un murciélago vuela en busca de presas emite un pulso cada décima de segundo. Si detecta una, mientras se aproxima a su objetivo irá incrementando la frecuencia con la que emite impulsos de manera progresiva hasta que, durante la fase final de la caza, las emisiones, que ocupaban un 10% del tiempo al principio, se convierten en un zumbido que cubre el 90% del tiempo.
El sonido lo producen en la laringe, como todos los animales, aunque pueden evacuarlo a través de la boca o de los orificios nasales. Hacerlo a través de este último conducto les permite navegar con una presa en la boca y lo que es más importante: concentrar las señales ya que en función de la separación de los orificios nasales la forma del haz sonoro varía y puede focalizarse.

El murciélago forma parte de nuestra historia. Según la leyenda, alguno de estos voladores debió prestar buenos servicios al rey aragonés Jaime I. De hecho, es un mamífero que ocupa un lugar preeminente en el escudo de la ciudad de Valencia, como cimera de la corona; allí se le llama Ratpenat. También está en el escudo de Palma de Mallorca y hasta no hace mucho tiempo ocupaba un lugar de honor en el de Barcelona.

Pero, aun así y todo, no es un volador que suscite la simpatía popular. La gente lo mira con recelo, quizá porque sale a cazar por la noche y vive en lugares oscuros, o quizá por culpa de esas especies que tragan sangre ajena todos los días, hasta tres veces lo que pesan (aunque pesan poco).

La historia del escritor Bram Stoker que se publicó en 1897, con el nombre de Drácula, basada en la vida del príncipe rumano Vlad Drácula, o Vlad el Empalador, ha demonizado para siempre a las tres especies de murciélagos vampiros; incluso, teniendo en cuenta que ninguna de ellas podría sobrevivir en los Cárpatos rumanos (país de Drácula) ya que son oriundas de Sur y Centro América. La saliva de estos difamados lamedores de sangre tiene agentes anticoagulantes que hoy se emplean para el tratamiento de enfermedades vasculares. Quizá esta aportación a la salud de nuestra especie los salve del escarnio; siempre y cuando el público no se entere de que cada doce hembras se emparejan con un ocupado macho que para copular tiene que besarlas, apasionadamente, a la vez que comparte con ellas la sangre de su última víctima.

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