La extraordinaria aventura de Juliane Koepcke

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A María Koepcke, ornitóloga, siempre le había parecido que los aviones eran unos pájaros metálicos que no podían volar bien: ninguna de las aves que conocía tenía el cuerpo de aluminio. Por eso, volar nunca le resultaba una experiencia demasiado grata.

Aquella víspera de Navidad, el 24 de diciembre de 1971, tenía que volar con su hija Juliane, de 17 años, de Lima a Pucallpa donde le esperaba su marido para pasar las Navidades en familia. María y su esposo Hans Wilhelm Koepcke trabajaban en la Estación Ecológica de Panguana en la selva del Perú; su hija estudiaba en Lima. Hubiera preferido volar algún día antes, pero hubo un baile en el colegio el día 22 y el 23 se celebró la ceremonia de graduación de Juliane.

En vísperas de las fiestas navideñas el aeropuerto estaba abarrotado de gente; además, el día anterior se habían cancelado algunos vuelos debido a problemas meteorológicos. Empezaron a embarcar sobre las once de la mañana. El avión era un turbohélice Lockheed Electra L-188 de la compañía LANSA, con cuatro motores, bautizado con el nombre de Mateo Pumacahua. María se sentó en una de las últimas filas, su hija en la ventanilla y ella en el centro, con un señor bastante grueso a su otro costado.

Por fin despegaron y durante unos treinta minutos todo fue bien. Les ofrecieron un sándwich y algo de beber; cuando las azafatas recogían el desayuno el avión empezó a zarandearse. En muy poco tiempo por las ventanillas no se veía nada más que el resplandor de los relámpagos que caían por todas partes. La gente empezó a gritar. Del techo comenzaron a caer bolsos, paquetes y ropa, al abrirse algunos cierres de los compartimentos del equipaje de mano, lo que contribuyó a sembrar el pánico entre los pasajeros. Las azafatas apenas podían infundir algo de calma a un pasaje que se quitaba de la cabeza la lluvia de objetos que les caía desde los maleteros, se limpiaba la ropa, ensuciada por los restos del almuerzo y lo que había quedado en los vasos sin recoger, y veía horrorizada el resplandor de los relámpagos a través de las ventanillas. La gente se aferraba como podía a los cinturones de seguridad.

María se volvió para comprobar que su hija estaba bien sujeta y le dijo que “esperaba que aquello se arreglase pronto”, aunque su tono de voz no fue en absoluto tranquilizador.

Sobre el ala derecha estalló una luz cegadora y el avión inició un picado muy violento. Desde los asientos de atrás, María y Juliane, pudieron ver todo el pasillo, hasta la cabina, y escucharon el ruido del avión que empezó a aumentar más y más. María apenas tuvo tiempo de susurrar unas palabras: “Ahora se acabó todo”. Fueron las últimas que la muchacha escuchó de su madre.

El ruido ensordecedor ocupó todo el espacio y después se hizo un silencio que sorprendió a Juliane. La muchacha vio que su madre ya no estaba a su lado, ni siquiera el avión; seguía sujeta al asiento y caía al vacío, desde una altura de unos 3000 metros. Estaba sola. Notó la presión del cinturón de seguridad sobre su vientre y perdió el sentido. Después volvió a recuperarlo mientras seguía cayendo, en silencio, hacia unos bosques inmensos que se agrandaban con lentitud ante sus ojos que contemplaban aquél espectáculo a través de una capa de niebla. Antes de que pudiera sentir miedo volvió a quedarse inconsciente.

Cuando Juliane se despertó estaba sobre la tierra en la jungla, con el cinturón desabrochado, sobre los tres asientos y completamente sola. Húmeda y embarrada pasó en estado de semiinconsciencia, la tarde y la noche. Al amanecer del día siguiente pudo contemplar la luz del sol irradiando un halo verdoso sobre las copas de los árboles. Se sintió abandonada, completamente sola. El asiento de su madre, a su lado, estaba vacío.

Solo podía ver un poco con el ojo derecho, las gafas que llevaba normalmente habían desaparecido, y trató de leer la hora en su reloj que seguía funcionando. Hasta que sus ojos se habituaron a la luz no pudo enterarse de que eran las nueve de la mañana. Después de un rato en el que trató de levantarse varias veces, sin conseguirlo, logró mantenerse en pie y vencer el mareo.

Se dio cuenta de que su clavícula derecha estaba rota y que tenía un corte profundo en la pantorrilla, aunque no sangraba. Se tumbó a cuatro patas y gateó por los alrededores, llamó a gritos a su madre María, pero no tuvo otra respuesta que la de las voces de la jungla.

Los árboles y la espesura de los matorrales apenas dejaban pasar la luz, las sombras se extendían sobre la tierra como un manto negro, olía a moho, y se escuchaba el zumbido de los insectos. El agua goteaba por todas partes y los animales más grandes dejaban escapar, de vez en cuando, un variado repertorio de gruñidos, susurros, cacareos, trinos y voces que para cualquier persona podrían resultar muy poco tranquilizadores. Sin embargo, a Juliane, sus padres le habían enseñado los secretos de la jungla y estaba acostumbrada a su música y a la visión de hormigas, abejas, mosquitos, saltamontes y mariposas; incluso conocía las moscas que dejaban los huevos debajo de la piel de las personas, o en las heridas, y las abejas salvajes, sin aguijón, que se adherían al pelo. Nada de aquello le producía temor. Conforme su cabeza fue recobrando el razonamiento y su corazón el pulso, Juliane empezó a pensar en cómo salir de allí.

Calmó su sed lamiendo gotas de agua de las hojas y trató de memorizar su posición fijándose en las marcas de los árboles y otros detalles. Describió varios círculos, alrededor del lugar en donde había caído, en búsqueda de restos del accidente, pero no encontró nada, pero descubrió una bolsa de caramelos y comió uno. Poco después escuchó el motor de un avión en el cielo; desde aquél sitio ella era invisible. El sonido del motor se desvaneció y Juliane se dio cuenta de que tenía que salir de aquel lugar lo antes posible.

Buscó el camino que seguía el agua, hasta encontrar un pequeño hilillo que manaba de una fuente. Lo siguió, a veces con dificultades porque la maleza lo escondía y había troncos que le impedían continuar el camino del agua. Poco a poco el hilo de agua se fue ensanchando, hasta convertirse en un pequeño torrente que dejaba a los lados riberas estrechas, pero secas. Se hizo de noche muy pronto y Juliane buscó un lugar para pasar la noche después de cenar otro caramelo.

Durante tres días siguió el camino que hacía el agua y el cuarto, el 28 de diciembre, su reloj –regalo de su abuela− se paró.

Juliane sabía que tenía que seguir el camino del agua; el torrente se fue ensanchando y se convirtió en un riachuelo en dos o tres días más, pero los caramelos se terminaron y apenas había frutos comestibles porque aquella era justo la época lluviosa. Sus padres le habían enseñado que en la jungla hay muchas sustancias venenosas y ella no se atrevía a probar nada que no conociese. Hubiera podido cocer raíces, cortar hojas de palma para morder sus corazones, o pescar en el río, cada vez más ancho, pero no tenía con qué hacer fuego, ni un cuchillo, ni nada para improvisar un anzuelo. Todos los días bebía mucha agua. Procuraba llenar su estómago con agua del río.

Cuando llevaba andando unos cinco o seis días escuchó los sonidos de pájaros que le resultaron muy familiares y que solían habitar en zonas civilizadas. Cerca tendría que haber algún poblado. El río se había ensanchado mucho y en sus orillas crecía la maleza muy espesa. Pensó que pronto encontraría caimanes y cocodrilos, aunque sabía que esos animales no solían atacar a las personas. Mucho más temibles eran las rayas venenosas. Juliane decidió que a partir de entonces nadaría en el centro del cauce del río para evitar los peligros de las riberas.

Al anochecer siempre buscaba un lugar despejado adonde pasar la noche. Allí los mosquitos la torturaban hasta la desesperación porque la despertaban cuando se introducían en sus orificios nasales o en los oídos. El viento frío y la lluvia también le causaba sobresaltos nocturnos por lo que, agotada, desnutrida, somnolienta, con la espalda quemada por el sol y con gusanos debajo de la piel, su cerebro empezó a inventarse imágenes y sonidos y a Juliane le resultaba difícil discernir las fantasías de la realidad. Por la mañana, tenía que hacer un gran esfuerzo para no abandonar su caminata y seguir aquella ruta aguas abajo que, desde un principio, sabía que la sacaría de la jungla salvaje.

Fue el décimo día cuando después de pasar la jornada nadando, al atardecer, encontró un lugar despejado en la ribera con un lecho de gravilla que le pareció muy adecuado para pasar la noche. Se tumbó y quedó medio dormida unos instantes. Al despertarse vio al otro lado del río un pequeño barquichuelo. Se frotó los ojos y los volvió a abrir para comprobar que, efectivamente, había una barca o una canoa, algo construido por el hombre para navegar. Volvió a meterse en el río para llegar hasta la canoa y tocarla con sus manos. No tenía la menor duda de que era un barca. Descubrió una senda que se adentraba en la jungla y empezó a caminar por ella. El camino subía por la loma de una colina y Juliane se sentía muy débil, apenas podía caminar. Al cabo de un largo rato llegó a un lugar en el que había una pequeña choza.

Se quedó allí, con la seguridad de que alguien iba a salir de un momento a otro de la cabaña, pero no vio a nadie. Transcurrió la noche y a la mañana siguiente empezó a llover. Tampoco pudo ver a ninguna persona. Juliane se sentía agotada y decidió pasar el día en la choza, descansando. Se cubrió con una lona y se quedó en aquel lugar sin que apareciese ninguna persona. Al atardecer vio como tres hombres salieron de la jungla y cuando la descubrieron se quedaron paralizados. Ella les dijo en español que se llamaba Juliane y que era una chica que iba en el vuelo 508 de LANSA que se había accidentado hacía unos días.

Juliane Koepcke había pasado 11 días en la jungla cuando la hallaron los tres madereros, el 3 de enero de 1972. No tenía fuerzas ni para comer y los hombres la llevaron en la canoa río abajo, durante ocho horas, hasta un lugar en la que pudo recogerla una avioneta para llevarla al hospital.

Con su ayuda pudieron determinar el lugar exacto en donde se había producido el accidente y los equipos de rescate descubrieron que las 91 personas restantes que iban a bordo del vuelo de LANSA habían muerto. Algunos de ellos fallecieron en tierra, heridos y por falta de auxilio. La joven de 17 años fue la única superviviente de la catástrofe.

El accidente fue debido al incendio que produjo un rayo al caer sobre un tanque de combustible, situado debajo del ala, que originó el fallo estructural del avión. Los tres asientos de la fila que ocupaba Juliane se desprendieron del aparato. Su madre y la otra persona que se sentaba en el lado del pasillo se soltaron, pero la muchacha continuó sujeta por el cinturón a la fila de asientos que cayó desde unos tres mil metros de altura a la jungla; la vegetación amortiguó el impacto.

Hoy Juliane es bióloga y trabaja en Múnich en el museo de zoología del Estado Bávaro. Cada cierto tiempo vuelve a la estación de investigación de Panguana que fundaron sus padres cuando ella era una niña.

 

La región ON2

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L.M. Oskinova, R.A. Gruendl, Spitzer Space Telescope, JPL, NASA & ESA

Esta es la región ON2 del Universo. Forma parte del cúmulo denominado Berkeley 87, que se encuentra a unos 4000 años luz de nosotros. Allí anidan alrededor de 2000 estrellas; la mayoría son como nuestro Sol, o incluso menores, pero hay varias docenas con unos tamaños realmente grandes. Además, es un lugar en el que puede observarse el proceso de gestación de nuevas estrellas.

El punto brillante amarillo, en el centro, es una estrella gigantesca −BC Cygni− condenada a explotar y convertirse en una supernova. Es una de las estrellas más grandes que se conocen, con un radio del orden de 1200 veces el del Sol, aunque su masa equivale a la de unos 20 soles. Las estrellas masivas, como esta, tienen una vida breve, pero muy intensa; generan vientos poderosos, que contienen partículas y radiación capaces de arrasar todo cuanto encuentran en sus inmediaciones. Llega un momento en que la masa de su cuerpo se contrae, la estrella no puede soportar la presión a la que se ve sometida por lo que explota y desaparece a la vez que genera una onda expansiva devastadora cuya luminosidad dura varios días. En esta fase final se las denomina “supernovas”, ya que en lugares del Universo en donde no existía nada, de golpe aparece una extraordinaria luminosidad (estrella nueva), durante un breve lapso de tiempo. Estas estrellas tan grandes evolucionan mucho más deprisa. Una estrella del tamaño de nuestro Sol tarda alrededor de 100 millones de años en alcanzar la secuencia principal, mientras que una estrella con una masa 15 veces mayor llega al mismo punto evolutivo en tan solo 100 000 años.

Las nubes rojizas, que también ocupan el centro de la imagen, están formadas por una mezcla de polvo y gas estelar: la materia prima a partir de la cual se forman las estrellas. En estas nubes hay dos manchas rosáceas que indican la presencia de una gran cantidad de protoestrellas y luz radiada por estrellas grandes, masivas, capaces de generar emisiones y ondas de choque muy energéticas.

Todos los puntos verdes que salpican la imagen son concentraciones de polvo galáctico: protoestrellas o estrellas que se encuentran en periodo de gestación. Los puntos y las manchas azules, también indican la presencia de jóvenes estrellas.

Esta representación de la región ON2 se ha construido al combinar las imágenes de infrarrojos del telescopio espacial Sptizer de la NASA con la de rayos X del observatorio Newton XMM de la ESA. Fue objeto de un artículo científico, en 2010 (L.M. Oskinova, R.A. Gruendl, Spitzer Space Telescope, JPL, NASA & ESA) y hace unos días la ha vuelto a publicar la ESA.

Vampiros y murciélagos

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El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

De las más de mil especies de murciélagos, que existen en la Tierra, solamente tres de ellas son vampiros y se alimentan de sangre, que no chupan sino que lamen después de cortar la carne de sus víctimas con sus afilados dientes. Los vampiros tienen un pequeño hoyo, cerca de la nariz, que contiene un sensor capaz de detectar radiaciones infrarrojas (calor). Gracias a este órgano encuentran, en plena oscuridad, el lugar exacto de las venas de sus víctimas. Viven en el interior de cuevas húmedas, cálidas y oscuras, en colonias que agrupan a más de un millar de miembros. Son muy sociables, se alimentan de sangre que guardan y regurgitan si es necesario para compartir con las crías y sus compañeros. De escaso porte, pesan de 50 a 60 gramos, son presa fácil de los grandes pájaros depredadores, como los halcones y las águilas.

Sin embargo, los vampiros no dejan de ser un episodio aislado en el vasto universo de los murciélagos.

A los murciélagos, en general, les gusta lamerse el pelo mientras descansan colgados de las patas, con la cabeza hacia abajo. Así se sueltan, abren los brazos y comienzan a volar enseguida, aprovechando la caída.

Hay murciélagos muy pequeños, de apenas una docena de centímetros que pesan pocos gramos, como los vampiros, y los hay gigantes, como el zorro volador, cuyas alas tienen una envergadura de 1,5 metros y pesa cerca de dos kilogramos. Son mamíferos muy longevos: viven alrededor de 30 años.

No son ratas voladoras, no tienen nada en común con los roedores y de parecerse a algún animal sería a los simios y pueden engullir más de un millar de mosquitos en una hora de vuelo.
Mucha gente piensa que están ciegos, pero ven bastante bien, sobre todo de noche, aunque es posible que no distingan los colores.

Pero, la característica más sorprendente de estos voladores de alas cortas y anchas, es su capacidad para comunicarse, navegar y localizar a sus presas mediante el análisis de los ecos de los sonidos que emiten (ecolocalización).

Los sonidos que transmiten los murciélagos se encuentran, por lo general, en una banda de frecuencia de 20 a 120 kilohertzios (kh), que es una zona del espectro muy aguda, en su mayor parte inaudible para los seres humanos. El hombre tiene dificultades para detectar sonidos cuya frecuencia sea superior a los 20 kh.

Para que un murciélago pueda determinar, mediante la ecolocalización, la distancia y la orientación a la que se encuentra su objetivo, el animal tiene que medir el tiempo transcurrido entre la emisión del sonido y el momento en el que su oído detecta el eco (distancia), así como evaluar la diferencia de fase del eco que recibe en cada oreja (orientación o acimut).

Los murciélagos transmiten sonidos cortos con una frecuencia determinada y guardan silencio para escuchar el eco o emiten sonidos más largos en los que cambian de forma continuada la frecuencia. Si las señales que transmiten son cortas, para evitar que sus llamadas los ensordezcan pueden cerrar sus canales auditivos mientras los emiten. Cuando las señales que transmiten son largas, a veces lo hacen en frecuencias que sus orejas no detectan; estas señales al reflejarse, debido al movimiento del murciélago y al que pueda tener el objetivo, devuelven ecos cuyas frecuencias son diferentes a la de la señal emitida (efecto doppler) que los pabellones auditivos del animal sí pueden detectar. Estas dos formas de emitir señales, que en un lenguaje más formal podemos denominar como pulsaciones de banda estrecha y frecuencia constante (CF) o pulsos de banda ancha y frecuencia modulada (FM), admiten combinaciones. Las emisiones CF suelen durar de 10 a 100 milésimas de segundo y hay veces que se producen precedidas y seguidas de emisiones del tipo FM.

Cuando un murciélago vuela en busca de presas emite un pulso cada décima de segundo. Si detecta una, mientras se aproxima a su objetivo irá incrementando la frecuencia con la que emite impulsos de manera progresiva hasta que, durante la fase final de la caza, las emisiones, que ocupaban un 10% del tiempo al principio, se convierten en un zumbido que cubre el 90% del tiempo.
El sonido lo producen en la laringe, como todos los animales, aunque pueden evacuarlo a través de la boca o de los orificios nasales. Hacerlo a través de este último conducto les permite navegar con una presa en la boca y lo que es más importante: concentrar las señales ya que en función de la separación de los orificios nasales la forma del haz sonoro varía y puede focalizarse.

El murciélago forma parte de nuestra historia. Según la leyenda, alguno de estos voladores debió prestar buenos servicios al rey aragonés Jaime I. De hecho, es un mamífero que ocupa un lugar preeminente en el escudo de la ciudad de Valencia, como cimera de la corona; allí se le llama Ratpenat. También está en el escudo de Palma de Mallorca y hasta no hace mucho tiempo ocupaba un lugar de honor en el de Barcelona.

Pero, aun así y todo, no es un volador que suscite la simpatía popular. La gente lo mira con recelo, quizá porque sale a cazar por la noche y vive en lugares oscuros, o quizá por culpa de esas especies que tragan sangre ajena todos los días, hasta tres veces lo que pesan (aunque pesan poco).

La historia del escritor Bram Stoker que se publicó en 1897, con el nombre de Drácula, basada en la vida del príncipe rumano Vlad Drácula, o Vlad el Empalador, ha demonizado para siempre a las tres especies de murciélagos vampiros; incluso, teniendo en cuenta que ninguna de ellas podría sobrevivir en los Cárpatos rumanos (país de Drácula) ya que son oriundas de Sur y Centro América. La saliva de estos difamados lamedores de sangre tiene agentes anticoagulantes que hoy se emplean para el tratamiento de enfermedades vasculares. Quizá esta aportación a la salud de nuestra especie los salve del escarnio; siempre y cuando el público no se entere de que cada doce hembras se emparejan con un ocupado macho que para copular tiene que besarlas, apasionadamente, a la vez que comparte con ellas la sangre de su última víctima.

Manfred von Richthofen, el Barón Rojo

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Durante la Primera Guerra Mundial, en el oeste de Europa, la infantería de los dos bandos quedó atrapada en trincheras que apenas se movieron a lo largo del conflicto. Los intentos de romper las líneas del frente, de cualquiera de los contendientes, se resolvieron en batallas costosísimas en vidas humanas y efectivos militares. Los soldados se vieron condenados a llevar una existencia miserable en las trincheras embarradas y húmedas, sometidas al fuego incesante de la artillería enemiga. Millones de combatientes anónimos perdieron la vida en aquellos escondrijos, destrozados por los obuses o asfixiados por los gases venenosos que, por primera vez, se incorporaron al campo de batalla. Fueron tantos los muertos, en tantos frentes, que los individuos se desvanecieron en una masa indiferenciada de soldados cuyas vidas se descontaban por millares.

Aquel mundo sin personalidad, espeso y grisáceo, buscó la forma de redimirse con un pequeño grupo de luchadores que, en solitario, libraron batallas nuevas, hasta entonces desconocidas por los guerreros. Y los llamaron caballeros del aire. Como en las justas medievales, eran peleas entre dos, aunque luego serían entre muchos, y los ganadores se apuntaban los derribos de los enemigos. En torno a los caballeros del aire ─que se conocerían con el nombre de “ases”─ se edificó una leyenda. Se decía que los jóvenes pilotos vivían y morían de acuerdo con códigos no escritos, respetaban a sus enemigos y se consideraban miembros de una hermandad a la que los unía su condición de caballeros del aire. Para la fuerza aérea británica, Royal Flying Corps (RFC), la lucha aérea tenía connotaciones atléticas. Muchos de sus pilotos eran estudiantes deportistas de las mejores universidades del Reino Unido. En aquél mundo de justas y torneos, los pilotos se retaban en duelos aéreos, dejaban notas en los campos de vuelo enemigos y durante los combates se comportaban con la generosidad propia de los caballeros.

Sin embargo, la realidad era bien distinta. Aunque en algunos casos estos gestos, propios de juegos medievales, sí tuvieron lugar en el frente, por lo general la guerra en el aire fue menos romántica de lo que los cronistas quisieron inventarse para satisfacer un público harto de matanzas. Los jóvenes pilotos de caza, de poco más de veinte años los veteranos, tenían una vida muy corta y estaban sometidos a un estrés durísimo. Los aviones no eran excesivamente fiables y entre los accidentes durante el entrenamiento, los que se producían durante el vuelo y las bajas en combate hubo momentos en los que para los pilotos de la RFC, la vida media en el frente no pasaba de veintitrés días. Los pilotos lo sabían y la tensión que les producía la cercanía de la muerte era insoportable. En los barracones de los aeródromos los jóvenes pilotos liberaban sus frustraciones organizando auténticas batalles campales en las que destrozaban el mobiliario. Muchos se refugiaban en el alcohol o en el juego. Al cabo de unos meses su aspecto físico se deterioraba, padecían tics, deambulaban ensimismados por los aeródromos con la irritabilidad a flor de piel y el humor les cambiaba por completo. En esas condiciones la guerra no era más que un ejercicio cuyo objetivo único era el de matar enemigos a los que se les odiaba por necesidad.

¿Para qué dejar vivo a alguien que estaba allí para intentar matarte al día siguiente a ti o a cualquiera de los tuyos? Era la reflexión que se hacían muchos pilotos. Uno de los “ases” de la RFC, el canadiense Billy Bishop, cuenta que un día en el que estaba de servicio atacó a un avión enemigo, con dos asientos, que huyó de inmediato y consiguió aterrizar perfectamente, entonces relata que “me llenó de una furia imponente” y le “juró venganza eterna a todos los aviones enemigos de dos plazas”. Para demostrarlo picó y le dio una pasada rasante al avión en tierra, a pocos pies del suelo, disparándole con rabia: “Tuve la satisfacción de saber que el piloto y el observador debieron ser alcanzados o aterrorizados casi hasta morir”.

Las batallas aéreas no eran justas ni torneos, no eran juegos de ninguna clase, eran ejercicios en los que, más tarde o más temprano, los actores perdían sus vidas.

Cuando empezó la guerra, en 1914, los aviones eran una invención muy reciente. Los militares se dieron cuenta de que servían para observar los movimientos del enemigo y tomar fotografías de sus posiciones; también que podían ayudar a la artillería a corregir sus disparos y hasta cabía emplearlos para lanzar granadas o bombas sobre objetivos, detrás de las líneas enemigas. La mayoría de los aeroplanos llevaban dos cabinas descubiertas, una para el piloto y otra para el observador y una hélice delante (tractora) o detrás (de empuje). Algunos observadores se armaron con rifles o pistolas que utilizaban para disparar a los aviones adversarios si los encontraban en sus misiones de exploración. Cuando esto ocurría se solían cruzar algunos tiros, más para dejar clara la enemistad que se tenían que para herir a los contrincantes, porque hacer blanco era casi imposible. Para mejorar la eficacia de las armas de a bordo se empezaron a montar ametralladoras en la posición del observador, pero el problema era que las hélices de los aviones tapaban un sector importante a través del que no se podía disparar. Los aviones enemigos sabían utilizarlo para evitar el fuego de los adversarios.

A principios de 1915 el piloto francés Roland Garros colocó unos deflectores para proteger las hélices y probó a disparar con su ametralladora a través de las palas en movimiento; si las balas golpeaban las palas los protectores hacían que salieran despedidas sin romperlas. El sistema, aunque muy rudimentario y peligroso para el piloto, funcionaba con muchas limitaciones. Aun así y todo, con la ametralladora disparando hacia el morro, a través de la hélice, Roland Garros consiguió algunos derribos de aviones alemanes. Los franceses celebraron el éxito de Garros. El inventor alcanzó una gran popularidad y se convertiría en el primer “as” de la guerra.

Sin embargo, el “as” francés tendría mala suerte. El 18 de abril, por la tarde, Roland Garros fue derribado en una misión de bombardeo sobre la estación de ferrocarril de Courtrai. Un soldado alemán, Schlenstedt, le disparó con su rifle y la bala rompió el tubo de alimentación de combustible de su Morane. El motor se paró y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en una zona controlada por el enemigo. Garros incendió su aparato, como mandaban las ordenanzas, pero los alemanes llegaron a tiempo de recuperar parte de su avión y lo detuvieron.

Cuando los alemanes supieron quién era el piloto, enviaron a toda prisa los restos del avión a Berlín. Desde allí avisaron a Fokker para que acudiera para examinar el dispositivo del francés y el holandés recibió el encargo de idear una solución parecida, a la mayor brevedad posible. En cuestión de días se le ocurrió un dispositivo muy ingenioso en el que era la hélice, al girar, la que hacía disparar a la ametralladora, en el momento justo en que quedaba un hueco entre las dos palas. Después de probar su invento, en el frente, Fokker empezó a montar el mecanismo en todos los aviones alemanes.

El primer avión dotado con un sistema eficaz de disparo a través de las hélices fue un monoplano fabricado por Anthony Fokker: el Eindecker E-1. Apareció en el frente a principios del verano de 1915 y enseguida se convirtió en un arma terrible, no tanto por sus prestaciones como aeroplano sino por su extraordinaria capacidad para hacer fuego a través de las hélices. Era el primer avión de caza, cuya única misión era la de derribar a otros aviones. Los Eindecker inauguraron lo que se denominaría como el “Azote Fokker” y se adueñaron de los cielos de la guerra durante bastantes meses.

Oswald Boelcke y Max Immelmann, alcanzaron fama como pilotos de combate con los Eindecker a partir de agosto de 1915, mes en el que empezarían a derribar aviones enemigos con aquél monoplano. Fueron los primeros “ases” alemanes. En enero de enero de 1916, el káiser Guillermo II les concedió la medalla Pour le Mérite a los dos aviadores Se trataba de una altísima distinción que el káiser otorgaba a militares o civiles que acreditaran la consecución de resultados excepcionales. Su nombre, francés, se debía a que había sido establecida por Federico II de Prusia, “El Grande”, en una época en la que el francés era el idioma oficial de la corte prusiana.

Immelmann y Boelcke se convirtieron en héroes populares. Immelmann recibía todos los días unas cincuenta cartas, sobre todo de admiradoras, que le enviaban felicitaciones, declaraciones de amor, rosarios y estampas. Su ordenanza se encargaba de atender el correo, ya que él no disponía de suficiente tiempo para hacerlo. Cuando Boelcke visitó Frankfurt, en primavera de 1916, en las calles la gente se arremolinaba para verlo. En la Ópera la audiencia se levantó para aplaudirle y el tenor le dedicó una de sus actuaciones.

La vida de Max Immelmann, como héroe, fue muy corta. En junio de 1916 murió en el frente durante un combate aéreo. Ni siquiera había transcurrido un año desde que, por primera vez, cuando era un piloto desconocido ante la opinión pública, se subió a un Eindecker para iniciar su efímera y brillante carrera de piloto de caza.

Con la aparición del Nieuport 11, Bébé, y los FE2b, los Eindecker ya habían empezado a perder el liderazgo desde hacía algunos meses. Aunque eran aviones que no disponían de mecanismos para disparar a través de las hélices, el Nieuport llevaba una ametralladora fija sobre el ala superior y el FE2b montaba un sistema de disparo muy versátil en la posición delantera del observador. La muerte de Immelmann marcó el final del “Azote Fokker” y tuvo consecuencias importantes en la moral de la aviación alemana. El mando decidió que no se podía permitir el lujo de perder otro héroe nacional en un periodo de tiempo corto, y ordenó a Boelcke que abandonase sus misiones aéreas. Oswald fue enviado a Austria, Bulgaria y Turquía para dar charlas a otros pilotos. Sin embargo, Boelcke empezó a aburrirse muy pronto de aquella ocupación en la que se sentía incómodo, rodeado de aduladores y se reincorporó al frente.

Boelcke también moriría pronto. El 28 de octubre de 1916 el piloto alemán había acumulado 40 victorias y combatía sobre los cielos de Pozières. En una de las maniobras su aparato chocó con el de un piloto de su unidad, Erwin Boehme, y cayó a tierra. Oswald Boelcke murió en aquel accidente. Se celebraron dos grandes funerales de Estado en su honor y un decreto Imperial ordenó que su unidad adoptara el nombre Boelcke, en memoria del padre de la aviación de caza alemana.

Cuando Boelcke sufrió el accidente que le costó la vida, uno de sus pilotos ya había empezado a destacar, se llamaba Manfred Richthofen. Boelcke lo había elegido para que formara parte de su escuadrón y a finales de octubre de 1916 ya contaba con 6 victorias. La primera había tenido lugar el 17 de septiembre. Oswald salió con cinco de sus jóvenes pilotos, novatos, y los llevó hacia las líneas británicas en busca de enemigos. Sus pupilos sentían auténtica devoción por Boelcke; sus palabras eran sagradas. Les había dado instrucciones precisas de lo que tenían que hacer. Richthofen cayó sobre un FE2b y al principio se le escapó, pero cuando el británico pensaba que estaba fuera de peligro, el alemán se le acercó por detrás y abrió fuego. El observador había sido alcanzado y su ametralladora apuntaba hacia el cielo; el motor del avión se paró y el piloto logró aterrizar en territorio alemán. Richthofen lo siguió hasta el suelo para aterrizar también cerca del lugar donde unos soldados alemanes habían acudido al ver el avión enemigo. Manfred llegó al avión cuando los soldados sacaban el cuerpo muerto del observador y se llevaban al herido. Tras su inspección en tierra regresó al aeródromo para incorporarse al grupo de Boelcke que analizaba con sus alumnos los detalles del combate que acababan de efectuar. Desde entonces, Manfred von Richthofen empezó a coleccionar recuerdos, siempre que podía, arrancados a los restos de sus víctimas. Aquella tarde, el joven piloto, escribió una carta a su joyero en Berlín para encargarle una pequeña copa de plata, de unos cinco centímetros de altura, grabada con la leyenda: “1. Vickers 2 17.9.16”. Era la primera victoria, y se trataba de un avión Vickers de 2 plazas, conseguida el 17 de septiembre de 1916. Fue la primera de 60 copas más que una tras otra ordenaría fabricar a su orfebre particular. Tras conseguir 60 victorias, en septiembre de 1917, el joyero no pudo hacer más copas porque en Berlín no encontraba plata con qué fabricarlas.

Para Manfred sus víctimas no eran algo muy distinto a trofeos de caza. Desde muy pequeño había sentido pasión por aquella actividad. Con su primer rifle de aire comprimido había liquidado a los tres patos domésticos de su abuela que nadaban pacíficamente en el estanque. Ante los ojos de su aterrorizada madre se lo hizo saber a la abuela, que no quiso reprenderlo dada la franqueza con que se había expresado el muchacho. En su educación siempre primaría el culto al esfuerzo físico y la práctica del deporte. Ingresó en la escuela de caballería, se graduó como teniente y destacó como un hábil y sufrido jinete de carreras. Cuando cumplió 23 años la guerra lo había llevado a una trinchera en las proximidades del frente de Verdún en donde el joven teniente se aburría y detestaba aquella vida en un lodazal. Richthofen consiguió que lo admitieran a un curso de vuelo para oficiales en Colonia y en verano de 1915 empezó a volar en misiones de observación sobre el frente ruso. En uno de sus viajes en tren, reconoció a Oswald Boelcke y se acercó para preguntarle directamente cómo conseguía sus victorias. El “as” lo miró con sorpresa y le respondió que era muy sencillo, que volaba directo hacia el enemigo, disparaba y eso era todo: el avión contrario caía a tierra.

Richthofen decidió que quería volar su avión. Se había dado cuenta de que con un piloto controlando el vuelo y un observador la ametralladora, era fácil perder la sincronía necesaria. Si el piloto llevaba el avión directamente contra el adversario y las ametralladoras estaban fijas al cuerpo de la aeronave, entonces se podían conseguir los resultados de Oswald Boelcke y Max Immelmann. Manfred aprendió a volar y consiguió que Oswald lo alistara en su escuadrón, a finales del verano de 1916.

En enero de 1917, justo un año después de que el káiser otorgara la máxima condecoración alemana, Pour le Mérite, a Immelmann y Boelcke, Manfred von Richthofen recibió el mismo honor justo antes de hacerse cargo como comandante de su nuevo escuadrón (Jasta 11). Allí fue recibido como un héroe. Richthofen enseñaría a sus pilotos, que lo reverenciaban, la forma de entrar en combate y el modo de efectuarlo. Siempre les aconsejaría que se reservaran para ellos la decisión de aceptar o rechazar una proposición de combate. Para aceptarla deberían de disfrutar de una posición ventajosa, por su situación o por el avión que volaban. Mientras que los pilotos aliados tuvieron en gran consideración a Immelmann y Boelcke, su opinión respecto a Richthofen no gozó nunca de la misma unanimidad. Para algunos era un oportunista, un jugador de ventaja, que se aprovechaba de su condición de líder para anotarse victorias, mientras sus coreógrafos lo protegían, y opinaban que la mayor parte de sus derribos eran presas fáciles. Muchas lo fueron, pero no todas.

El 23 de noviembre de 1916, Richthofen se enfrentó al británico Hawker, el primer piloto de la RFC que había sido galardonado con la Cruz de la Victoria. El Albatros D-2 del alemán sí era superior al DH-2 de Hawker. El propio piloto reconoció que “mi avión ascendía mejor y conseguí situarme encima y detrás del inglés”. En un momento determinado, Hawker abandonó el combate y tomó rumbo hacia las líneas británicas, pero el alemán seguiría tras él disparando ráfagas cuando se acercaba a su blanco. A pesar del zigzagueo del británico, Richthofen consiguió alcanzarlo y derribarlo en territorio alemán. Aterrizó cerca de su víctima y pudo comprobar que Hawker había muerto de un balazo en la cabeza. Los soldados alemanes lo enterraron allí mismo, junto a los restos de su aparato y Manfred arrancó los trozos de tela del timón de dirección, en donde estaba grabada la matrícula del avión de Hawker, para llevárselos junto con la ametralladora. Fueron trofeos que pasaron a engrosar su macabra colección.

Uno de los caprichos de Richthofen en su nueva Jasta fue pintar su avión de un color rojo muy llamativo. Sus compañeros empezaron a preocuparse de que el aparato del líder resultara tan visible a sus enemigos y se imaginaron que muy pronto se establecerían premios y apuestas para derribarlo. Para tratar de disimular la presencia de Manfred, a quién se le empezaría a conocer como “Barón Rojo” o “Diablo Rojo”, los pilotos de su escuadrón consiguieron permiso para pintar sus aviones también de rojo.

El 2 de mayo de 1917 Manfred celebró su 25 cumpleaños con 52 victorias en su haber. Guillermo II lo invitó a su palacio a almorzar y el encuentro con el monarca estuvo lleno de sorpresas para el joven piloto. El káiser le regaló un busto suyo, en bronce y mármol, que llevaron al comedor dos criados. Después del almuerzo el monarca se extendió en un largo monólogo sobre la artillería antiaérea y cuando finalizó la disertación se quedó mirando a Manfred y lo señaló con el dedo: “Me han dicho que usted sigue volando ¡Tiene que tener mucho cuidado de que no le pase nada!”. Después se volvió a su ayuda de campo y le dijo: “¿Cómo es posible? ¿No le he prohibido volar?”. El oficial le explicó a su jefe que no era posible dejar en tierra a Richthofen, la Fuerza Aérea no estaba muy satisfecha con las operaciones de los cazas y el “as” de la aviación alemana debía contribuir de forma efectiva a la mejora de la situación. Al káiser es posible que no le convencieran las explicaciones de su subordinado, pero no tuvo otra alternativa más que aceptarlas. Le horrorizaba la idea de tener que enfrentarse a otro funeral de Estado que sumiría a sus aviadores en una profunda depresión y haría ver al pueblo que la marcha de la guerra no iba por tan buen camino como les contaban.

Aquel verano el “as” estuvo a punto de convertir en realidad los temores del káiser. En un combate aéreo recibió un balazo en la cabeza que le hizo perder la vista y el control muscular de pies y manos. Cayó hasta una altura de 800 metros y allí empezó a recuperar parte de sus condiciones físicas. Aterrizó, como pudo, cerca de Wervicq, en Bélgica. Tuvo la suerte de que la bala no atravesó el cráneo, aunque le produjo una fractura que le dejaría dolores de cabeza durante el resto de su vida.

Richthofen estuvo en el hospital de Courtrai hasta finales de julio y cuando se incorporó al frente anunció a sus pilotos que “muy pronto recibirían triplanos Fokker que trepaban como monos y eran tan maniobrables como el diablo”. Aquellos nuevos aeroplanos, que tampoco estuvieron exentos de problemas, fueron los que llevarían a los pilotos del Richthofen a la cima del éxito.

Los políticos alemanes trataron de utilizar la imagen de Richthofen para negociar la paz con los rusos o resolver problemas en las fábricas con los obreros. Tanto él, como su hermano Lothar que también fue un famoso piloto, trataron de servir a su Gobierno lo mejor que pudieron en aquellas misiones especiales.

El 21 de abril de 1918, en su estadillo particular el “as” alemán llevaba contabilizadas 80 victorias, justo el doble de las que consiguió su maestro: Oswald Boelcke. Había recibido muchas presiones para que se retirase, pero Manfred era un gran cazador y su deseo fue siempre conseguir un trofeo más. Despegó para combatir en el aire, pero no regresaría jamás.

Manfred von Richthofen siempre ha suscitado una gran controversia, aunque todos tienen que aceptar que fue el piloto de la Gran Guerra que anotó el mayor número de victorias en su palmarés.

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Ingenieros, curas y aviadores: los Loring

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La Pepa, avioneta E-2 de Fernando Rein Loring, 1932

El sacerdote jesuita, Jorge Loring, falleció el pasado 25 de diciembre de 2013 a los 92 años de edad. De su libro Para salvarte, se vendieron más de un millón de ejemplares en España. El padre Loring alcanzó una gran popularidad como predicador en las factorías navales de Cádiz adonde iban a escucharle tres o cuatro mil trabajadores todos los meses; también fue uno de los primeros clérigos de habla hispana que empleo con éxito los medios y las redes sociales para hacer apostolado. Había estudiado ingeniería en Madrid y a los 33 años abandonó su carrera para dedicarse al sacerdocio. Además de ser un gran viajero, grabó centenares de conferencias que hoy siguen disponibles en internet al alcance de cualquier interesado. Fue un hombre conservador a quién el concilio Vaticano II le obligó a revisar algunos de sus principios, aunque su profunda humanidad le permitiría estar siempre por encima de las cuestiones ideológicas.

La existencia del padre Jorge Loring fue la de una persona que vivió con intensidad, entregado a sueños e ideales que lo empujarían a predicar sus verdades por todo el mundo. Falleció dos siglos después de que otro hombre, de quien heredó su entusiasmo, arribara a Málaga en 1810: su tatarabuelo George Loring James, el primer Loring de la saga familiar española que lleva su apellido. Entre estos dos grandes personajes, de la Historia que se escribe con letra pequeña, hubo otros Loring cuyas vidas no pasaron desapercibidas.

En sus escritos, el padre Loring recuerda cómo el gran acontecimiento de su época escolar fueron los viajes en avioneta a Manila de un familiar suyo: Fernando Rein Loring. También relata episodios de su niñez, como los que protagonizaba su familia cuando viajaba en avión a Barcelona, desde Madrid, y el periódico ABC distribuía la noticia con una foto de los señores de Loring en la que aparecían con sus ocho hijos y la institutriz, justo antes de embarcar, delante del avión. Los aviones serían muy importantes en su niñez. El que llegaría a ser un famoso predicador se curó la tosferina volando de pie, en una cabina abierta, sobre la sierra del Guadarrama. El piloto ─ que trabajaba en el taller de su padre─ después de los ejercicios aéreos en la montaña, bajaría a Madrid para dar alguna pasada al edificio donde vivía su novia, en la calle Alfonso XIII, con el futuro jesuita de pasajero, bien aireado y en la cabina. Y es que el padre de Jorge, Jorge Loring Martínez, ingeniero de caminos, era entonces dueño de un taller que fabricaba aviones en Carabanchel.

En 1810, George Loring James, capitán de barco estadounidense, nacido en Massachusetts y tatarabuelo del jesuita, desembarcó en Málaga; descubrió las maderas, los vinos, las pasas y las frutas de las tierras andaluzas y empezó a comerciar con ellos. En 1817 se casó con María Rosario Oyarzábal, de familia vasca afincada en Málaga; el estadounidense se quedaría allí para siempre. Los Loring-Oyarzábal tuvieron nueve hijos que se integrarían por completo en los círculos sociales de la clase acomodada malagueña. A lo largo del siglo XIX, los Loring emparentaron con los Heredia y los Larios, tres familias que contribuirían al gran impulso económico que tuvo la ciudad de Málaga durante la segunda mitad de la centuria.

El tercer vástago de George Loring, Jorge Enrique Loring Oyarzábal, heredó de su padre una habilidad extraordinaria para los negocios. Se casó con Amalia Heredia, que también pertenecía a una familia adinerada, propietaria de altos hornos y empresas navieras. Jorge Enrique estudió ingeniería de Caminos en Harvard, ingresó en la masonería, fundó el periódico El Correo de Andalucía, participó en la creación del banco de Málaga y también invirtió en sociedades mineras y de ferrocarriles. Pero, a Jorge Enrique, además de los negocios, también le interesaron la política y la sanidad pública. La reina Isabel II le concedió el título de marqués de la Casa-Loring en 1856, por su generosa intervención en la epidemia de cólera que asoló las costas del Mediterráneo español durante 1854 y 1855. El matrimonio Loring-Heredia poseía una finca en Málaga, La Concepción, en la que solía organizar reuniones a las que acudían políticos importantes, miembros de la aristocracia europea y la élite industrial y financiera andaluza; entre sus invitados solían figurar Cánovas del Castillo y la emperatriz Isabel de Austria. Cuando Jorge Enrique falleció, en 1900, dejó a sus herederos una gran fortuna. El primer marqués de la Casa-Loring fue bisabuelo del sacerdote Jorge Loring.

El mayor de los hijos del marqués, Jorge, heredó el título nobiliario. El tercero de sus hijos, Manuel Loring Heredia, ingeniero de minas, se casó con su prima Ana Martínez. Fue diputado por el partido Conservador y concejal del Ayuntamiento de Málaga. La saga de los Loring vivió momentos difíciles. Uno de ellos se produciría con la muerte violenta de Manuel, abuelo del religioso, cuando tenía 36 años, en 1891, asesinado en una reyerta con el director del Diario Mercantil por cuestiones políticas. A pesar de su corta vida, Manuel tuvo con su esposa seis hijos; el quinto de los vástagos fue Jorge Loring Martínez, padre del sacerdote.

Jorge Loring Martínez estudio ingeniería de Caminos en Madrid; en la escuela entablaría amistad con Juan de la Cierva, el inventor del autogiro. Jorge se aficionó a la aviación desde muy joven: sacó la licencia de piloto en 1916. Empezó a trabajar como director técnico en una empresa de Barcelona en donde conoció a Monserrat Miró Bordas con quién se casó en 1920; por ese motivo, el padre Loring nació en aquella ciudad en 1921. Jorge regresó a Madrid y en 1924 compró un terreno de 120 hectáreas, en Carabanchel, junto al aeródromo de Cuatro Vientos, para ubicar su factoría aeronáutica. Empezó fabricando el avión C-4 de Fokker, bajo licencia, pero muy pronto y con la ayuda del ingeniero Eduardo Barrón se dedicó a producir aeronaves de diseño propio. Barrón proyectó los aviones de Loring, el R-1, el R-2 y el R-3. De este último, la Aeronáutica Militar encargó 110 unidades a la fábrica del malagueño; fue el pedido más cuantioso, que se había hecho hasta aquel momento, de una aeronave diseñada en España. En 1930, Barrón diseñó y construyó en el taller de Loring la avioneta E-2 y al año siguiente se fabricarían tres o cuatro más.

La familia Loring Martínez era muy religiosa: de ocho hermanos, el primogénito, Jorge, ingresó en la orden jesuita, cinco harían votos como religiosas y el otro varón de la familia también tomó los hábitos de San Ignacio; solamente una hermana, Carmina, contrajo matrimonio. La tragedia volvió a ensombrecer la vida de los Loring, en 1936, cuando el padre de los ocho Loring Martínez fue fusilado por un grupo de incontrolados, en Madrid, poco después de que se iniciara la guerra civil. Pero, sus 46 años de vida le bastaron para ser uno de los grandes impulsores de la aeronáutica en España. Ninguno de sus hijos seguiría los pasos del padre, a pesar de que Jorge estudió ingeniería. Su primogénito, alcanzó más popularidad que él, aunque con un trabajo muy distinto: como predicador y apóstol de la fe católica.

La fábrica de Loring se trasladó a Alicante durante la guerra y se reabriría en Madrid, al acabar el conflicto, con otro nombre (AISA); otras personas y antiguos directivos de la sociedad levantaron el negocio, que había iniciado Loring antes de la guerra, y que aún viviría épocas de esplendor.

Para el padre Jorge Loring Miró, tataranieto de George Loring James, lo más notable de su época como estudiante en el colegio fue seguir día a día el viaje de Fernando Rein Loring, con su avioneta E-2, hasta Manila. Fernando Rein era otro fanático de la aviación. Con el padre del jesuita compartía, como bisabuelo, al estadounidense fundador de la dinastía: George Loring. En 1932 era un piloto conocido en el mundo aeronáutico porque ya contaba con unas 2500 horas de vuelo, hechas mientras servía al Ejército en África y después en una empresa de fotografía aérea. A Fernando le pareció que la avioneta E-2 fabricada en los talleres de su pariente Jorge y diseñada por Eduardo Barrón, que ya había participado en la primera vuelta aérea a España, se adecuaba bien para realizar su ambicioso proyecto de volar desde Madrid hasta Manila. Era un aparato lento, robusto, construido con madera, reforzada con tubos metálicos ─una innovación que había introducido el fabricante holandés Anthony Fokker hacía ya muchos años─ y recubierta de tela. La avioneta original se modificó en los talleres de Loring: el puesto delantero fue eliminado, en las alas se ubicaron depósitos de combustible de mayor capacidad y se instaló un motor Kinner radial de cinco cilindros en estrella que suministraba 100 CV de potencia. La avioneta tenía, así, una autonomía de unos 1300 kilómetros.

El vuelo de Madrid a Manila ya se había hecho antes, pero no en solitario. En 1926 habían volado a Manila 3 Breguet-19 de la Patrulla Elcano. Fernando estimaba que consumiría unos 2000 litros de gasolina y más de 200 de aceite y que tendría que volar 16 000 kilómetros para llegar a su destino, en 13 etapas. Cada etapa se correspondía con un día de vuelo, en nueve efectuaría dos saltos y en el resto sólo uno. El proyecto de Fernando Rein contaba con pocas ayudas oficiales, aunque después del vuelo se le otorgarían algunas que llegaron a cubrir menos de la mitad de los costes. El avión fue bautizado con el nombre de La Pepa en una ceremonia en la que las hijas de Jorge Loring actuaron como madrinas.

Con una maleta en la que apretujó la ropa, nueve litros de agua, una cantimplora, algunos víveres, un cuchillo, una pistola, piezas de repuesto del motor, otra hélice de recambio, botes de humo y cohetes de señales, Fernando Rein despegó de Cuatrovientos (Madrid) el 24 de abril de 1932 a las 6:25 para cubrir su primera etapa hasta Málaga. A partir de aquel momento, el pequeño Jorge Loring Miró, desde su colegio, seguiría con los ojos muy abiertos, en un tablero que pusieron en su clase, el viaje del famoso aviador. Una etapa tras otra se irían marcando con chinchetas y anotaciones. Málaga, Argel, Trípoli, Bengasi, El Cairo…Pero, nadie en el colegio de Jorge sospechaba lo mal que lo estaba pasando su pariente. Un depósito de queroseno, ubicado encima de su cabeza, perdía combustible y el piloto se empapaba del líquido viscoso y de olor penetrante, lo que, además de ser muy desagradable y causar un serio peligro de incendio, también acortaba la autonomía de la avioneta. El problema se agravó cuando sobrevoló el desierto de Arabia, donde las turbulencias, originadas por las térmicas, sometieron al tanque de combustible a deformaciones que ahondaron sus grietas. Fernando consiguió que lo reparasen, aunque no del todo, en un aeropuerto. Logró subsanar el fallo definitivamente, casi al final del periplo, untando con jabón el exterior del tanque. Pero, todas aquellas desventuras, como los calentamientos del motor y muchas más, nunca aparecerían en el tablero de la clase del pequeño Jorge que observaba atónito cómo Fernando daba saltos, a lo largo del planeta, en su viaje hacia Filipinas. Y así, hasta Hong Kong. Allí llegó con algo de retraso, en junio y, para sorpresa de todos, allí dio la impresión de que se había pegado al tablero: durante los días que siguieron, el avión no conseguía avanzar, con lo poco que quedaba ya para llegar a Manila.

Fernando tuvo que permanecer casi un mes esperando a que las autoridades del gobierno de China le otorgaran permiso para aterrizar en Taiwán. Debido a los retrasos anteriores, cuando llegó a Hong-Kong la meteorología había cambiado y los vientos predominantes eran del sur, por lo que pensó que quizá debía hacer una escala intermedia en aquella isla, antes de saltar a Filipinas. Durante la espera conoció a un británico, aviador, que estaba también de paso. Le preguntó que de dónde venía y se enteró que de Londres y que, de allí, pensaba volar hasta Australia. Fernando le pidió que le enseñase con qué avioneta estaba efectuando aquel viaje tan ambicioso y cuando la vio, una Comper Swift, decidió que acababa de encontrar el aeroplano con el que volaría en su próxima aventura. Tardó muy poco tiempo en encargar al fabricante británico una de aquellas avionetas, por la que pagaría 25 000 pesetas.

Por fin, Jorge vio como el avión de Fernando volvía a moverse en el tablero de su clase y esta vez sería para dar un salto de Hong-Kong a Aparri (Filipinas) y al día siguiente, el 11 de julio, otro hasta Manila. Su pariente había llegado, por fin, a su remoto destino, esta vez con el pelo seco y sin olor a queroseno. Los homenajes y honores con que fue recibido Fernando en Filipinas los reproduciría la prensa española y los muchachos del colegio de Jorge seguirían las aventuras de su héroe: el gran aviador de la familia Loring.

Fernando dejó a La Pepa en Manila, con el encargo de que la vendieran y regresó a Madrid en barco. En la capital española fue condecorado con la Medalla Aérea, además de ser objeto de numerosos agasajos y ceremonias en las que se exaltaron sus méritos, muy al estilo de la época. Pero, el vuelo, a Manila, que a la postre se había hecho tan largo, no fue de su gusto, de forma que se puso a preparar el siguiente, esta vez con otro avión: el Compter Swift, al que bautizaría en Pamplona con el nombre de Ciudad de Manila. Lo decoró con pinturas de mozos corriendo los toros en San Fermín, chistularis, flamencos y del Gordo y el Flaco (Laurel y Hardi), acompañadas de leyendas que sugerían al público que visitara España (Visitad España). El fuselaje estaba pintado de rojo y el plano superior del ala de blanco, con la matrícula EC-AAT, muy visible. En esta ocasión, Fernando Rein consiguió una subvención de 40 000 pesetas.
Y por segunda vez, en el colegio del pequeño Jorge Loring se volvió a colocar el tablero, aunque ahora los saltos se sucedieron puntualmente, uno detrás de otro, desde que el 18 de marzo de 1933 despegó el Ciudad de Manila de Getafe. En una de las etapas la avioneta de Fernando, y su piloto, sobrevolaron tormentas de arena, soportando un calor asfixiante; aunque, de aquellos inconvenientes los escolares tampoco supieron nada. En Thakek la falta de visibilidad y el mal tiempo lo detuvo. Allí permaneció durante diez días aguardando a que la meteorología se arreglara. Cuando llegó a Hong-Kong, el 8 de abril, Fernando hizo que le revisaran a fondo al motor antes de dar el salto final sobre el Mar de China. La última etapa, de Hong-Kong a Manila, de 1140 kilómetros, la efectuó el 10 de abril. Cuando aterrizó en Filipinas, había recorrido 15 000 kilómetros en 82 horas y 40 minutos.

Fernando Rein Loring continuaría volando durante el resto de su vida profesional. En 1947 se convirtió en el primer piloto español que consiguió superar las 10 000 horas de vuelo; ese mismo año pilotó el avión DC-4 que traería a Eva Duarte de Perón a España. De 1942 a 1971 fue jefe de pilotos de la compañía Iberia y recibió la medalla de Mérito al Tráfico Aéreo al sobrepasar el millón de kilómetros volados. Pero, a pesar de sus aventuras de juventud, a Fernando siempre le gustaron los vuelos tranquilos, sin sobresaltos, mejor nocturnos y con la Luna llena. Murió en Málaga, en 1978.

Jorge Loring Miró, el sacerdote jesuita que siguió con entusiasmo las largas excursiones de Fernando Rein durante su niñez, volaría millones de kilómetros, en sus giras americanas como predicador, de conferencia en conferencia. Solía atribuir su éxito a que creía todo cuanto decía y sabía de lo que hablaba. También murió en Málaga, en 2013, y es posible que con él se fueran para siempre los últimos recuerdos vivos de la época de los grandes vuelos españoles.

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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Breve historia de la Tierra

RedGiant

Gigante roja

Parece increíble que hoy sepamos con bastante certeza que, cuando nació, el tamaño del Universo era del orden de una pelota de golf. Allí ya se guardaba absolutamente todo cuanto hoy existe. Aquella pelota empezó a expandirse, hace 13.800 millones de años, justo en el momento del Big Bang, y así ha seguido desde entonces. Dicen que en el interior de la pelota de golf inicial la materia no tenía una distribución uniforme y que gracias a esas irregularidades se pudieron formar, después, las galaxias, las estrellas y los planetas. En los lugares en los que las irregularidades hicieron que hubiera más masa, se formarían nubes de polvo que al condensarse atraídas por las fuerzas gravitatorias, originarían los distintos cuerpos celestes.

Durante un tiempo se pensó que la expansión empezaría a disminuir en algún momento porque las fuerzas gravitatorias vencerían a las expansivas y el Universo volvería a reducirse. Es decir, que después de la expansión se iniciaría una contracción que llevaría al Universo otra vez a su estado inicial de pelota de golf. Incluso se especulaba con que, entonces, podría ocurrir otra nueva explosión como el Big Bang y todo volvería a empezar.

Sin embargo no es así. La puesta en servicio del telescopio Hubble, en 1998 demostró que cuanto más lejos se encuentran los objetos celestes a mayor velocidad se alejan de nosotros, con lo que parece que la velocidad de expansión, conforme transcurre el tiempo, aumenta. Y este hecho suscitó una cuestión importante, porque la expansión con una velocidad creciente requiere una cantidad de energía que no existe en la masa que podemos observar en el Universo. Los científicos se tuvieron que inventar el concepto de energía oscura, como fuente desconocida capaz de proveer el fondo energético necesario para justificar sus observaciones. Y el resultado es que al final hemos terminado con un concepto de Universo en el que más del 95% de su composición está hecho de materia y energía que nos son completamente desconocidas.

Así pues, en una parte de ese Universo en expansión y en un punto en el que había cierta concentración de masa en nuestra pelota inicial de golf, hace unos 4 600 millones de años, se formaron nuestra galaxia y el Sistema Solar. Hace 3 600 millones de años aparecieron en la Tierra las primeras células y han hecho falta casi todos esos años para que nosotros, los homo sapiens sapiens nos hayamos adueñado de este planeta, desde hace algo así como 60 000 años que llevamos en su superficie.

Los científicos calculan que dentro de unos 1000 millones de años la biosfera terrestre desaparecerá, debido a que el calentamiento del Sol hará imposible que en la superficie de la Tierra el agua se pueda mantener en estado líquido (si es que el hombre no lo consigue antes con su falta de cuidado con el medio ambiente). Quizá, aún tendrán que pasar unos 3 000 o 4 000 millones de años más para que el núcleo del Sol se caliente tanto como para inducir una reacción nuclear de fusión en su corteza exterior y la estrella comience a expandirse. Su radio se dilatará hasta sobrepasar la órbita actual de la Tierra y nuestro planeta será engullido literalmente por la estrella que se habrá convertido en una “gigante roja”. Esto ocurrirá dentro de unos 7 500 millones de años. El Sol aún vivirá más tiempo, se enfriará, su radio disminuirá y entrará en la categoría de las “enanas blancas”, para luego disfrutar de una larga ancianidad como “enana negra”.

Si el Sol fuera más grande, el pronóstico sería distinto, podría explotar como una supernova, pero no parece que eso vaya a ocurrir.

De todas formas, este sería el escenario futuro para un Sol y una Tierra cuya existencia no se vea alterada por otros posibles acontecimientos. Cabe la posibilidad de que un meteorito grande choque contra la Tierra y produzca cambios que hagan que nuestro planeta no se parezca en nada al que hubiera antes del impacto del objeto celeste. Eso podía haber ocurrido hace unos 65 millones de años, cuando desaparecieron la mayor parte de los dinosaurios y grandes voladores como los pterosaurios. También podría ocurrir que nuestro sistema solar se viera afectado por una supernova de nuestra propia galaxia, una estrella de gran masa que al colapsar explotase y que su onda expansiva nos barriera literalmente del mapa galáctico. Y no hay que descartar la posibilidad de que nuestra galaxia choque con otra de las muchas que pueblan el Universo, en cuyo caso las consecuencias son difíciles de prever.

La cuestión es que, si todo sale bien, estamos condenados a que nuestro Sol se nos trague cuando inicie su fase expansiva después de un fuerte calentamiento que convertirá a este planeta azul en un magma incandescente. Es decir, si no ocurren otros episodios igualmente probables, los años de nuestro planeta están contados y quizá ya haya transcurrido algo así como el 80% de su tiempo útil para albergar la vida. Las cifras son de una magnitud tal que pueden causarnos asombro o indiferencia, depende el punto de vista desde el que las analicemos, pero constatan la única certeza que nos rodea y es que nada de lo que existe es inmutable.

Kamikaze

Five kamikaze pilots playing with a puppy, May 26, 1945

Yukio Araki, con su cachorro

El modelo de Yukio Araki ganó el concurso de permanencia en el aire de aviones de papel que se organizó en su ciudad natal: Kiryu. El muchacho era un entusiasta de la aviación. En 1943, a los 15 años, fue admitido, como voluntario, en el Programa de Entrenamiento de Jóvenes Pilotos y se desplazó a la base aérea de Tachiarai, en Furuoka, donde recibió entrenamiento. Se graduó con la máxima puntuación en todas las disciplinas. Su primer destino lo cumplió en la base de Metabaru para completar su formación y de allí lo enviaron a Pyongyang, en Corea, a un escuadrón de aviones Mitsubishi K-51.

Yukio era feliz, había logrado lo que más deseaba en esta vida: pilotar aviones. Sin embargo, un viento divino cambiaría para siempre su vida. En febrero de 1945 todos los pilotos del escuadrón de Yukio Araki en Pyongyang se presentaron voluntarios para realizar ataques suicidas y convertirse en kamikazes.

Kamikaze significa “viento divino”. En el año 1281, el mongol Kublai Khan se aproximó a Japón al frente de una poderosa Armada. El Imperio estaba condenado a caer en manos del enemigo cuando, de pronto, una tormenta aniquiló las naves del invasor. Aquella fuerza que salvó a Japón de la destrucción fue el “kamikaze” o el viento divino. En el otoño de 1944, los líderes japoneses eran conscientes de que perderían la guerra y en un esfuerzo desesperado recurrieron a otras fuerzas extraordinarias para intentar salvarse: los kamikazes.

En octubre de 1944, el almirante Takijiro Onishi recibió autorización del ministerio de la Guerra para organizar el primer grupo kamikaze. El marino japonés decía: “Si nuestros jóvenes pilotos están en tierra, serán bombardeados y en el aire, derribados. Eso es triste…muy triste. Tokko (la organización de ataques suicidas) es para que los jóvenes tengan una muerte hermosa. Darles una muerte bella, eso se llama compasión”.

Los pilotos suicidas volarían con aviones japoneses Mitsubishi A6M, que se conocían también con el nombre de Zero, en los que transportarían una bomba de 225 kilogramos. El primer ataque kamikaze organizado de la Historia tuvo lugar el 25 de octubre de 1944, lo dirigió el teniente Yukio Seki, participaron 26 pilotos –la mitad de escolta y la otra mitad eran los kamikaze– y atacaron y hundieron el portaaviones estadounidense Saint Lo. A este le seguirían unas 3.400 misiones suicidas más que hundieron unos 40 barcos en el Pacífico y 16 en las Filipinas. Pero, esta vez el viento divino no destruyó a los enemigos del emperador que, a pesar de los kamikaze, no tuvo otra opción distinta a la de rendirse.

Los kamikazes eran voluntarios y había dos formas de solicitar el ingreso en las filas de los pilotos suicidas. La primera se hacía a petición del interesado y la segunda a través de una encuesta en la que a los participantes se les preguntaba si estaban muy interesados / estaban interesados / o no estaban interesados, en participar en los ataques suicidas.

Muy pocos kamikazes procedían del estamento militar profesional. Las escuadrillas de pilotos suicidas se nutrían principalmente de dos fuentes. La primera era la de los cadetes muy jóvenes que se habían formado en escuelas para muchachos que terminaban el bachillerato; casi todos estos eran menores de dieciocho años. La segunda fuente era la de los universitarios de élite que se habían incorporado forzosamente al servicio militar −a partir de 1943 se denegaron todas las prórrogas por estudios en las principales universidades del país− y habían ingresado en escuelas de vuelo. La casualidad hizo que el plan de kamikazes se pusiera en marcha, justo cuando estos dos grupos de personas finalizaban los programas de entrenamiento de vuelo.

Los jóvenes cadetes solían pedir el ingreso como kamikazes voluntariamente y el número de candidatos era muy elevado, con lo que las autoridades podían elegir a los pilotos más diestros. En cuanto a los universitarios se les solía hacer la encuesta porque el número de peticiones era menor y se seleccionaba a los que “estaban muy interesados”. Siempre hubo más voluntarios de los que el programa del almirante Onishi podía gestionar.

Yukio Araki creía que su vida pertenecía al emperador y que morir por él, para que su país lograra la victoria final, era el mejor uso que podía hacer de su existencia. Le habían enseñado que desde la época de los Samurai los guerreros debían contemplar la muerte como una parte más de la vida. El sacrificio del guerrero, al morir gritando banzai −que el emperador viva 10.000 años− era recompensado con el más alto honor, para él, su familia y su país.

Los mismos sentimientos de Araki los compartían todos los pilotos de su escuadrón y si alguno tenía alguna duda se vería sometido a unos remordimientos insoportables por no aceptar el sacrificio que sus compañeros estaban dispuestos a asumir; sobre todo cuando el sacrificio consistía en un gesto tan noble, tan elevado, como dar la vida por el emperador. La educación de aquellos jóvenes, durante el bachillerato y en la Escuela de Jóvenes Pilotos los había preparado para ofrecer con alegría y resignación su muerte por la patria y el emperador. No había nada negativo en aquél pensamiento.

Para los universitarios que habían solicitado participar en las operaciones de los kamikazes los sentimientos solían ser muy diferentes. Con más años y racionalidad, no podían evitar el dolor por la pérdida de la compañía de las personas que amaban y de los placeres que la vida les podía ofrecer, más aun cuando se encontraban en plena juventud. Su sacrificio por la patria, por la victoria e incluso por el emperador, les parecía un acto de suprema nobleza, pero no exento de un gran dolor.

A finales de marzo, Yukio Araki y sus compañeros de escuadrón volaron a la base aérea de Kakamigahara para preparar sus aviones para realizar los ataques suicidas. La unidad cambió de nombre y se denominó 72 Escuadrón Shinbu. Para ejecutar su misión necesitaban un pequeño entrenamiento. El vuelo que se les había encomendado parecía fácil, pero no era tan sencillo. En primer lugar, el avión llevaba mucho peso durante el despegue y no se podía tirar bruscamente de la palanca porque era fácil entrar en pérdida. A los alumnos se les ponía una carga y practicaban el despegue, en una pista suficientemente larga. Y había dos maneras de lanzarse contra un buque: cayendo en picado desde una altura de 16.000 a 20.000 pies o volar a 10.000 pies hasta divisar el blanco y aproximarse al buque a una altura de 650 a 750 pies sobre el mar. El primer método permitía acercarse sin ser visto, y la exposición a los cazas enemigos era menor, pero ejecutar una trayectoria de caída óptima no era fácil y muchos aviones se hundían en el mar o pasaban por encima del barco. El segundo, facilitaba corregir la trayectoria en todo momento y los radares no detectaban al avión del piloto suicida, pero planteaba la dificultad de tener que atravesar la cortina de agua que levantaban los cañonazos, bombas y aviones que caían al mar durante la batalla. Los instructores insistían en que lo más importante era no cerrar los ojos en el último momento. Al final, la velocidad del avión parecía aumentar desproporcionadamente, los objetos se veían con todo detalle y si el piloto cerraba los ojos, casi con seguridad, no acertaría a impactar en el centro de la diana que en su mente había dibujado. No tenía ningún sentido desperdiciar una vida.

Durante el tiempo que Araki estuvo en Kakamigahara aprovechó para ir a pasar un día con su familia. Los pilotos no podían hablar de los planes militares, pero la familia del muchacho tuvo que intuir cual sería el destino de Yukio cuando entregó les entregó tres cartas cerradas, una para sus padres, otra para su hermano mayor y otra para sus hermanos pequeños, con instrucciones de que las abrieran en caso de que falleciese.

Una vez que completaron los preparativos, los doce pilotos, con sus aviones, regresaron a Pyongyang, en Corea del Norte. Al poco de llegar, quizá por un error, el 21 de abril les dieron la orden de que se trasladaran a Nanking, en China. Allí fueron atacados por aviones P-51 estadounidenses y uno de los pilotos del escuadrón perdió la vida y otro resultó gravemente herido. Pocos días después, el 5 de mayo, Araki y sus nueve compañeros que habían salido ilesos del ataque recibieron la orden de trasladarse a la base aérea de Metabaru, en donde permanecieron hasta que fueron llamados a la base secreta de Bansei, en el extremo sur de Kyushu.

La misión del 72 Escuadrón Shinbu estaba prevista para el día 21 de mayo de 1945, pero debido al mal tiempo se pospuso para el día 27. El 20 de mayo, Yukio Araki, escribió en su diario: “He recibido la orden de partir mañana. Estoy profundamente emocionado y espero hundir uno (un barco aliado). Ya nos han visitado centenares de personas. Alegremente cantando la última despedida.” Ya no volvió a escribir más en su diario.

El 26 de mayo, un reportero desconocido fotografió a Yukio Araki con su cachorro, rodeado de otros compañeros. Al día siguiente, de madrugada, despegaron de Bansei hacia Okinawa los diez pilotos de su escuadrón, pero uno de ellos tuvo problemas con el motor y regresó a la base.

Fue el último vuelo de Yukio Araki. Y sería un viaje tranquilo, sin miedo. Todos los kamikaze que se vieron forzados a interrumpir la misión dieron una versión muy parecida de cuáles fueron sus sentimientos. En su vuelo suicida, Kiitchi Matsuura no sintió el mínimo temor, ya había asumido que iba a morir. Estaba tranquilo. Empezó a fallar su motor y tuvo que abortar la misión. Durante el regreso a la base pensó que caería al mar, quería salvarse y pasó mucho miedo.

Yukio Araki tenía diecisiete años y dos meses cuando llevó a cabo su última misión.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

El éxito y la tragedia de Barberán y Collar

Barberan y Collar

Joaquín Collar y Mariano Barberán

Nunca antes dos hombres habían volado tantos kilómetros sobre el mar, ni una distancia tan larga, hasta que el 11 de junio de 1933, Mariano Barberán y Joaquín Collar, aterrizaron con su biplano, el Cuatro Vientos, en Camagüey (Cuba). Habían despegado de Sevilla hacía 39 horas y 55 minutos y tras cruzar el inmenso Atlántico Norte arribaron a la isla caribeña dejando atrás 7320 kilómetros de vuelo ininterrumpido. Quizá también, muy pocas veces, dos hombres tendrían que enfrentarse a un destino en el que el éxito y la tragedia se hallaran tan próximos.

El avión había costado 80.000 pesetas (unos 500 euros). Fabricado en Construcciones Aeronáuticas SA (CASA) ─por encargo del Ministerio de la Guerra español─ era una variante del Breguet 19, Super Bidón, con un gran depósito de combustible agrandado, cilíndrico, que formaba parte del fuselaje. Propulsado con un solo motor Hispano Suiza de 720 caballos de máxima potencia, el Cuatro Vientos no llevaba radio para reducir el peso a bordo. Una brújula, tres cronómetros, dos sextantes, una regla de cálculo, varios derivómetros, bengalas de humo y luminosas para observar el ángulo de deriva, completaban todo su equipamiento para la navegación.

La ruta que habían seguido hasta las Antillas, fue la que escogió Barberán, después de un concienzudo estudio meteorológico: de Sevilla a la isla Madera y de allí a San Juan de Puerto Rico para seguir hasta La Habana. Uno de los objetivos del militar español, con aquel vuelo, era el de “abrir una ruta transoceánica de enorme futuro”.

Cuando los militares aterrizaron en Camagüey solo les quedaban 150 litros de combustible y el tiempo era malo, aunque les hubiera gustado seguir hasta la capital cubana, no les pareció prudente hacerlo. Al día siguiente volaron de Camagüey a La Habana, donde los esperaban en el aeropuerto más de 10.000 personas entusiasmadas.

Si el vuelo fue agotador para los pilotos, su estancia en La Habana no lo sería menos. Banquetes, recepciones, brindis, pesca en yate, visitas a establecimientos españoles, entrega de llaves de la ciudad, imposición de medallas, conferencia telefónica con el presidente de la República española, don Niceto Alcalá Zamora, y otros eventos hasta el día 19 de junio que se tomaron de descanso antes de reemprender su viaje, esta vez a México, desde donde pensaban viajar a Estados Unidos.

A las 5:52 de la mañana del día 20 de junio el Cuatro Vientos despegó de La Habana. La meteorología no era muy buena. Para la travesía, cuya duración estimaron los tripulantes en unas 12 horas, cargaron 2.000 litros de combustible. Según parece ─de acuerdo con las conversaciones que mantuvieron con pilotos cubanos─ el plan de vuelo consistía en volar hasta Villa Hermosa y a partir de allí, en función de las circunstancias, decidir la ruta hasta la ciudad de México. El capitán del barco Lezcano, los vio antes de entrar en la península del Yucatán y también parece que se comprobó el paso del avión por Dzitás, Ticul, Champotón, Carmen y Villahermosa (a las 11:35 hora local mexicana). Aquella ciudad de Tabasco fue la última en la que, al parecer, se tiene constancia del paso del biplano de Barberán y Collar por tierras mexicanas.

Después de haber cruzado el Atlántico, aquél salto de La Habana a México a todos les parecía una empresa sencilla, pero aun así y todo muchos aviadores cubanos les recomendaron que hicieran escala en Veracruz, a lo que los oficiales españoles se opusieron. El Nacional, un periódico mexicano, publicaba el 20 de junio una calurosa editorial dedicada a los aviadores: “¡Bienvenidos! Desde las márgenes del Bravo hasta los límites con las tierras polares del Ártico, el clamor de los pueblos es unánime en el anchuroso Continente americano de habla española: ¡Bienvenidos los aviadores españoles!” En la ciudad de México los aviones que salieron para darles escolta, regresaron cuatro horas más tarde, porque se levantó una fuerte tormenta. En el aeropuerto de la capital mexicana, un gentío aguantó la lluvia hasta las siete de la tarde sin que los héroes del Cuatro Vientos diesen señales de vida. A las ocho y media de la noche, el Gobierno dio la orden para que se procediera a la búsqueda del avión español que se dio oficialmente por desaparecido. En un principio, no se tuvo información precisa de si había sobrevolado México o no.

El presidente de la República, Abelardo L. Rodríguez ordenó a la Aviación Militar que coordinara las operaciones de búsqueda de los aviadores españoles. A pesar del extraordinario despliegue de medios que se pusieron a disposición del operativo no se encontró el menor rastro del Cuatro Vientos y el 28 de junio se dio oficialmente como desaparecido. El avión se desvió de su rumbo, debido al mal tiempo y cayó al mar: esa fue la versión oficial. Para apoyar esta hipótesis se utilizó la cámara de un neumático, de goma roja, hallada en la costa de Barra de Chiltepec, en Tabasco. Según confirmó el mecánico de la expedición del Cuatro Vientos, Madariaga, aquella cámara la llevaban los pilotos sujeta con un lazo debajo de los asientos para que hiciera las veces de salvavidas, en caso necesario. La sensación de absoluto desconocimiento del paradero del avión español la recoge con cierta sorna un chascarrillo popular mexicano: “estás más perdido que el Cuatro Vientos”. Poco después, el compositor mexicano, Raúl Castell, escribió un corrido para conmemorar la gesta de los españoles: “Aguilas heróicas”.

En diciembre de 1933, Ramón Franco ─famoso aviador republicano y hermano del dictador español Francisco Franco─ se hizo cargo de la agregaduría militar española en Washington DC y se desplazó a México para dirigir una investigación oficial sobre la desaparición del Cuatro Vientos. Franco se limitó a entrevistar a algunas personas, asistir a numerosos cócteles y recepciones y condecorar a los pilotos mexicanos que participaron en la búsqueda del avión español. El agregado militar envió un informe a Madrid que, junto con casi toda la información que se disponía relacionada con el Cuatro Vientos, desapareció durante la Guerra Civil española.

En 1941, la revista mexicana Hoy (que luego se llamaría Impacto), recibió una carta de don Julián Díaz Ordaz, de Santa María Chilchotla, en la que informaba del paradero del Cuatro Vientos y de las confesiones de una mujer que aseguraba que los pilotos fueron asesinados. La revista organizó una expedición y envió a tres periodistas, en el mes de agosto, para que investigaran sobre el acontecimiento. Uno de los reporteros fue Edmundo Valadés.

Don Antonio Avendaño era una autoridad en la región, bajito, fornido y de aspecto adusto. Su rancho de La Paz se extendía por toda la contornada, los peones lo respetaban y llevaba una pistola al cinto. Una mujer le contó que su marido y otros habían matado a los dos hombres del aeroplano. El marido, al ver caer el avión estaba con otros peones y les dijo que eso era el diablo, que no se acercaran. Luego, se fue con otros dos al lugar del accidente a ver qué ocurría. El “peloncito” (Barberán), tenía las piernas rotas y el que le acompañaba (Collar) estaba bien. Vieron que tenían dinero, los mataron y les robaron todas las pertenencias.

Si Avendaño era el hombre fuerte de la región, Julián Díaz Ordaz era el hombre bueno, el que decía qué había que hacer, lo que estaba bien y lo que estaba mal. Después de escuchar el relato de la mujer, el hacendado fue a ver a Díaz Ordaz para contárselo y pedirle consejo. Y fue el hijo de don Julián, que estaba con ellos, a quién se le ocurrió escribir una carta a la revista Hoy para pedir ayuda y montar la expedición que les permitiera acceder al lugar donde se suponía que se había estrellado el avión. Era un sitio apartado, al que no se podía llegar sin peones y aprovisionamiento, porque para hacer el viaje se necesitaban no menos de dos semanas a través de un terreno infestado de serpientes venenosas.

La expedición de Edmundo Valadés y los periodistas que lo acompañaron no pudo aportar pruebas, tan solo testimonios de personas que decían haber escuchado declaraciones de otras personas y una relación nominal de los culpables. A partir de la información que recabó de sus reporteros la revista Hoy publicó varios artículos sobre el presunto asesinato de Barberán y Collar, de octubre a diciembre de 1941, pero fueron censurados por el Gobierno. Algunas de estas historias se publicarían años más tarde por la revista Impacto.

En 1947 se organizó otra expedición a la Sierra Mazateca en la que se encontraron un altímetro, unos auriculares y un cinturón de seguridad, pero se comprobó que ninguno de estos objetos pertenecía al Cuatro Vientos. En 1973, el periodista Jacobo Zabludowsky exploró la zona sin obtener tampoco ningún resultado.

El 20 de octubre de 1982, el general Carlos Ramírez con un escuadrón de soldados y el periodista, Jesús Salcedo, viajaron a Oaxaca. Encontraron a una de las personas que según las investigaciones de 1941 se había señalado como presunto asesino y lo entrevistaron, pero el inculpado no respondió con claridad a las preguntas de Salcedo, ya que, al parecer, tenía dificultades con el castellano porque su idioma materno era el mazateco. Años después, en 1995, Salcedo creyó que había encontrado los restos del avión, pero los expertos aeronáuticos españoles no pudieron confirmar que sus hallazgos pertenecieran al Cuatro Vientos.

El catalán Enrique Pallarés fue el primer español que acompañó a Salcedo en sus exploraciones por la Sierra Mazateca, ha viajado a México varias veces por este asunto y cree que el avión sigue en alguna parte del cerro de la Guacamaya. Es una opinión que también comparten muchas personas que visitan periódicamente la zona, como Fernando Rodríguez Rodríguez que cree que el salvavidas del avión fue arrojado al río Petlapa, que está al fondo de la ladera donde cayó el avión, y la corriente lo arrastró hasta el mar.

El historiador de Oaxaca, Jorge Mejías Torres, posee una pistola militar española, Gabilondo, fabricada en Eibar, marcada con la leyenda “Plus Ultra” que un tío suyo compró en el poblado de Córdoba, de la Guacamaya, en 1934. Esta sería otra prueba más que apoyaría la hipótesis de que el Cuatro Vientos cayó en la Sierra Mazateca y sus tripulantes fueron asesinados por unos bandidos para apropiarse de sus pertenencias.

Sin embargo, entre los detractores de esta teoría cabe destacar al historiador aeronáutico de México, Manuel Ruiz Romero Bataller, que mantiene con firmeza que los españoles no llevaban a bordo armas de fuego, ni dinero, en billetes o monedas, ni joyas, ni oro, por lo que las especulaciones sobre el asesinato para robarles carecen de fundamento. Además, según él, nadie ha podido aportar hasta la fecha ninguna prueba que demuestre como cierta dicha hipótesis y el único resto que se ha hallado del Cuatro Vientos es una cámara de un neumático, que encontró un campesino el 25 de junio en la Barra de Chiltepec, cerca de Frontera, en el Golfo de México, tres días después de la desaparición del avión. La cámara roja, estaba grabada con el texto Nacional Pirelli Manresa 30 x 4,50 y Madariaga, el mecánico de la expedición, la identificó como perteneciente al equipo del avión.

La versión más oficial de los hechos, por llamarla de algún modo, sigue siendo la que sitúa a los restos del Cuatro Vientos en el fondo del mar. En marzo de 2003, se efectuó una exploración marítima, con un buque oceanográfico de la Armada mexicana, el Onjuku, de la que tampoco se obtendría ningún resultado.

Existen muchos indicios de que en las proximidades del cerro de la Guacamaya, en la Sierra Mazateca, se estrelló algún avión entre 1933 y 1941, pero es posible que no se tratara del Cuatro Vientos, sino de otro cualquiera y de ese modo encajarían muchas de las piezas de este rompecabezas; con una salvedad, y es que los restos del biplano español siguen en paradero desconocido desde aquél fatídico 20 de junio de 1933, en que miles de personas aguardaban su llegada en el aeropuerto de la capital mexicana.

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Los secretos de Charles Lindbergh

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Charles Lindbergh y Anne Morrow

Millones de personas se acuestan todos los días en París. Pero, el 21 de mayo de 1927, fue la primera vez que lo hizo una persona que el día anterior se había despertado en Nueva York. El viajero se llamaba Charles Lindbergh, tenía 25 años y esa noche había aterrizado en Le Bourget, después de cruzar el océano, en solitario, a bordo de su avión: Spirit of St Louis. La proeza le serviría para ganar el premio Orteig.

Raymond Orteig, había desembarcado en Estados Unidos cuando tenía 12 años, en 1882, con 13 francos en el bolsillo. Era uno de los muchos emigrantes franceses que llegaban al Nuevo Mundo en busca de fortuna. No todos la encontrarían, pero Raymond sí lo hizo. Empezó a trabajar como portero y veinte años más tarde era el propietario del hotel Lafayette de Nueva York. Durante la Primera Guerra Mundial, su hotel fue el favorito de los aviadores franceses que visitaban la ciudad norteamericana. En 1919, Orteig, con la ayuda técnica del Aero Club de América, estableció su premio, dotado con 25.000 dólares, para el primer aviador de un país aliado que volara, en cualquier dirección, de Nueva York a París. La validez del premio se extendía durante cinco años que transcurrirían sin que nadie lo ganase; Orteig lo prorrogó otros cinco más.

Cuando Lindbergh despegó del Roosevelt Field en Nueva York, Orteig estaba de vacaciones, con su esposa, en la ciudad francesa de Pau. Su hijo le envió un telegrama y el hotelero salió hacia Paris donde llegó a tiempo para recibir a Lindbergh en el aeródromo de Le Bourget.

Otros aviadores habían intentado ganar el premio a lo largo de los últimos meses. Al as de la aviación francesa de la Primera Guerra Mundial, René Fonck, se le había roto el tren de aterrizaje de su Sykorsky cuando trataba de despegar de Roosevelt Field, ocho meses antes. En el accidente perdieron la vida los dos tripulantes que le acompañaban. Un mes antes, dos aviadores de la Marina estadounidense, Noel Davis y Stanton Wooster también fallecieron en un accidente durante el despegue en el aeródromo Langley, en Virginia, cuando probaban el avión que tenían previsto utilizar en la travesía trasatlántica. Hacía un par de semanas, el 8 de mayo, otro as de la aviación francesa, el capitán Charles Nungesser y el navegante François Coli, habían despegado de París con un hidroavión Levasseur PL 8, rumbo a Nueva York, y se perdieron para siempre en el océano.

El viaje trasatlántico era peligroso y aunque a Lindbergh no le gustaba asumir grandes riesgos, siempre pensó que sin riesgo el éxito era imposible. Cuando despegó de Nueva York, la previsión meteorológica, sin ser muy mala, no era buena. Las borrascas le ayudaron a cruzar el océano en 33.5 horas. Había despegado del aeródromo Roosevelt a las 7:52 de la mañana del día 20 de mayo y aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget a las 10:22 de la noche del 21.

En París, Lindbergh fue recibido por unos 150.000 espectadores que lo sacaron de la cabina en volandas y tuvo que intervenir la policía, para evitar que el avión lo deshiciera el público y lo convirtiese en un montón de pequeños souvenires.

El avión, Spirit of St Louis, se construyó en la empresa que habían fundado Frank Mahoney y Claude Ryan, en San Diego, en 1925. Un ingeniero de dicha sociedad, Donald A. Hall, lo diseñó con el objetivo de ganar el premio Orteig de acuerdo con las ideas de Lindbergh. El 23 de febrero de aquél año, Lindbergh había encargado el avión por un importe de 10.580 dólares y el compromiso de que se construiría en dos meses. El piloto quería que llevase un solo motor porque era la configuración que le parecía más segura y su obsesión, desde el primer momento, fue la reducción de peso. No quiso transportar nada que no fuera absolutamente imprescindible, ni siquiera una radio, porque entonces estos equipos eran bastante pesados.

Antes de cruzar el océano con su avión, a Charles Lindbergh no lo conocía nadie. El histórico vuelo le otorgaría una fama como muy pocas personas habían acaparado hasta entonces. En Francia, el presidente de la República le otorgó la medalla de la Legión de Honor y regresó a Estados Unidos a bordo de un buque de la Marina estadounidense: el Memphis. Nada más llegar, aviones, buques de guerra y hasta un dirigible, lo escoltaron hasta la base naval en Washington DC. El presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge lo condecoró y el departamento de Correos emitió sellos con un mapa del vuelo del Spirity of St Louis.

A partir de entonces la vida del famosísimo Charles Lindbergh sería muy complicada.

En diciembre de 1927, el gobierno de Estados Unidos pidió a Lindbergh que efectuara un viaje oficial por Latinoamérica que facilitara a la diplomacia de su país estrechar lazos con sus vecinos del sur. Durante su estancia en México conoció a Anne Spencer Morrow, hija del embajador estadounidense, con la que contraería matrimonio en 1929. Lindbergh enseñó a Anne a volar y juntos realizaron muchos viajes, por encargo de las líneas aéreas, a fin de recabar datos para la apertura de nuevas rutas.

El 1 de marzo de 1932, el hijo de los Lindbergh, Charles Augustus, de 20 meses de edad, fue secuestrado en su casa de Nueva Jersey; los padres pagaron 50.000 dólares de rescate, pero diez semanas más tarde la policía encontró el cuerpo del niño. En 1934, un carpintero, Bruno Richard Hauptmann fue acusado del asesinato y detenido. El juicio sometería a los Lindbergh a una terrible presión mediática hasta el punto de que, en 1935, decidieron trasladarse a vivir a Europa, con su hijo Jon de tres años. El 3 de abril de 1936, Hauptmann, que había sido declarado culpable en el juicio, fue ejecutado en la silla eléctrica de la prisión estatal de New Jersey.

Mientras estuvo en Europa, Lindbergh viajó a Alemania y quedó impresionado con la industria aeronáutica de aquél país. En 1938 Hermann Goering le otorgó un medalla honorífica que en Estados Unidos suscitó muchas críticas y opiniones poco favorables al aviador por su admiración y simpatía por los nazis.

En 1939 Lindbergh regresó a Estados Unidos y en 1941 actuó como portavoz de la organización America First que estaba en contra de que el país entrara en guerra contra Hitler. La desaparición del nazismo dejaría a Europa indefensa frente al comunismo soviético, según defendían los partidarios de este movimiento político. Lindbergh criticó la política exterior del presidente Roosevelt, acusó a grupos de presión británicos y judíos de manipular los destinos de su país y renunció a su escalafón como aviador militar en la Reserva. Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbour, Lindbergh abandonó sus posiciones políticas y trató de colaborar con el Gobierno que, entonces, prefirió prescindir de sus servicios. Durante el conflicto armado, Lindbergh trabajó como asesor técnico y piloto de pruebas para la Ford y la United Aircraft Corporation. En abril de 1944 estuvo en el frente del Pacífico, como piloto civil, aunque participó en más de 50 misiones de combate.

Después de la guerra, el presidente Eisenhower le volvió a otorgar su rango militar. Lindbergh trabajó como asesor de la Fuerza Aérea estadounidense, de la línea aérea Pan American y contribuyó a definir las características del Boeing 747. En 1953 publicó su libro The Spirit of St. Louis que al año siguiente ganaría el premio Pulitzer.

A partir de 1960 se interesó por la conservación de especies en peligro de extinción como las ballenas azules y por los aspectos culturales de algunos pueblos africanos y filipinos. No apoyó el desarrollo de los aviones supersónicos por la contaminación atmosférica y se retiró a vivir en la isla hawaiana de Maui, donde murió de cáncer en 1974.

En agosto de 2003, Dyrk, Astrid y David Hesshaimer anunciaron, en una conferencia de prensa que se celebró en Munich, que los tres eran hijos de Charles Lindbergh. Hicieron públicas más de 100 cartas de amor que Lindbergh había enviado a su madre Brigitte, desde finales de la década de 1950 hasta su muerte en 1974, y para que no quedara la menor duda de la veracidad de sus aseveraciones se sometieron a un test de ADN que las confirmó. Poco después se supo que el gran aviador había mantenido también relaciones amorosas con otras dos mujeres alemanas con las que tuvo otros cuatro hijos. Todos ellos nacieron entre 1958 y 1967.

La existencia de una vida tan agitada por pasiones que no quiso mostrar en público, en un personaje como Lindbergh, podría explicarse a partir del trauma que le causó el asesinato de su primer hijo. Fue muy estricto con los cinco hijos que sobrevivieron de su matrimonio con Anne, mantuvo posiciones ideológicas bastante extremas a lo largo de su vida y no supo controlar sus devaneos amorosos, en los que encontraría el modo de liberar sus profundas tensiones internas.

Sin embargo, la prensa de Estados Unidos ha preferido ignorar la vida amorosa secreta del famoso piloto. Hasta hoy, ha pasado por alto aquella parte de la existencia del héroe que mantuvo celosamente oculta mientras vivió. Es posible que, Lindbergh, tal y como ya había acertado a explicar su mujer Anne Morrow, solamente amó a su avión: el Spirit of St Louis.

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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

San Valentín en el aire

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“El amor está en el aire” no es solo una canción, ni una película (bastante aburrida). Es también un recurso comercial que utilizan las líneas aéreas para captar pasajeros.

Hacer ya algunos años, en 2009, Air New Zeland, invitó a 100 solteros a encontrar a su amor en el aire. En un vuelo de Los Ángeles a Auckland se organizó una gran fiesta para los participantes. No sé muy bien que pasó. Más práctica, la línea aérea holandesa, KLM, dispone de un servicio que permite a los pasajeros elegir sus compañeros de asiento, vía Facebook y Linkedin, en todos los vuelos desde Amsterdam. Y más atrevida, la aerolínea Virgin America, lanzó el pasado año una aplicación para que cualquier pasajero pueda elegir una persona que viaje en su mismo vuelo, enviarle un mensaje y también invitarle a una copa. Todo ello a través de la pantalla del sistema de entretenimiento de a bordo que está en la parte posterior del respaldo del asiento que llevan delante los pasajeros.  El objeto de deseo, puede levantarse y observar quién ha iniciado la relación y decidir, de acuerdo con el resultado de la exploración visual, el siguiente paso. Si al destinatario le apetece, la historia puede empezar con un chateo y seguir con una conversación en un par de asientos contiguos que estén libres.

Este año, United Airlines ha organizado un concurso para premiar, con dos billetes de ida y vuelta al destino que elija, a la pareja que resulte ganadora de la promoción “Amor en el Aire”. Los participantes tienen que relatar su historia de amor (sin exceder 500 palabras)  y resaltar el papel que desempeñó la línea aérea en la misma. El plazo para el envío de escritos finalizó el 5 de febrero y, hoy, día de San Valentín, United anunciará quién ha ganado el concurso. De momento hay 10 historias finalistas. En la página web de United (abajo he puesto un link) se pueden leer, en inglés. Yo he reflexionado sobre tres de ellas y me he permitido resumirlas, para analizar la parte aérea del amor de sus protagonistas: Sean, un homosexual que se enamoró de otro chico, la del profesor del MIT que se prendó de Susan y la de Jim y Connie en su viaje a China.

Sean:

La existencia de Sean era perfecta, o así lo creía, hasta que tuvo que abandonar la isla de Maui porque se había quedado sin trabajo. Fue a la playa, por última vez, para despedirse del sol y del mar antes de marcharse de aquel paraíso. Allí descubrió a “él”, el amor de su vida. Se acercó para decirle algo y no se atrevió. Al día siguiente, cuando se sentó en la butaca del avión se llevó una gran sorpresa porque, “él”, ocupaba el asiento de al lado. Hablaron durante el viaje y se intercambiaron sonrisas. Ya en San Francisco, organizaron una cita y al cabo de poco tiempo se fueron a vivir juntos. Hoy, son una pareja feliz.

Susan:

El 26 de noviembre de 1969, en un vuelo de Minneapolis a Cleveland, Susan, llevaba varios libros y su compañero de asiento le dijo si podía prestarle uno de filosofía de George Berkeley para leerlo durante el vuelo. Hablaron cuatro cosas y se pusieron los dos a leer. Meses después, en mayo de 1970, aquel muchacho fue a ver a Susan a la residencia donde vivía. A ella le costó reconocerlo. Él le  hizo memoria y le explicó que sabía su nombre porque estaba anotado en el libro que le había prestado en el avión y el de su universidad porque durante la breve conversación que mantuvieron ella se lo había dicho. Con esos datos, investigando un poco, había podido localizarla. Si no lo hizo antes fue porque tenía que terminar su tesis en el MIT. Hoy llevan 42 años casados, desde el 4 de septiembre de 1971 y tienen tres hijos, cuatro nietos y dos copias del libro de Berkeley.

Jim y Connie

Jim quería un asiento de pasillo para volar de San Francisco a Taipéi, por eso reservó un 10F. Cuando subió a bordo había una mujer sentada en su butaca. Le reclamó el asiento y cuando ella inició la maniobra para cambiarse de sitio, Jim se dio cuenta de que el avión tenía una configuración distinta a la que había pensado, con cinco asientos en la isla central en vez de cuatro, y que su asiento 10F no estaba en el pasillo. Pidió disculpas y se sentó en su sitio. El hecho de que estuviera dispuesta a cambiarse de asiento le sorprendió. Empezaron a hablar, la conversación se animó y tomaron una copa de vino. Después ella pidió una botella de Chardonnay y dos vasos. Cuando aterrizaron en Taipei habían bebido 3 botellas y seguían hablando, con mucho entusiasmo. Jim pasó 6 semanas en China y Connie salió para Singapur al día siguiente. Jim pensó que nunca más volverían a verse. Cuando Jim regresó a su casa, en Washington DC, en el buzón tenía una postal de Connie. Le contestó. Se casaron el 11 de febrero de 1991,  10 meses después de haberse conocido, y,  hoy, siguen casados. Tienen un hijo y en uno de sus viajes a China, adoptaron una niña.

Sean tuvo suerte al encontrarse al chico de la playa en el avión, al lado suyo, eso se llama suerte ¿está seguro de que era el mismo? le gustaba y congeniaron. El estudiante del Massachusetts Institute of Technology (MIT), procedió con método, la tesis, la búsqueda y el compromiso, algo irresistible para una verdadera intelectual como Susan. Connie y Jim creían en las bondades del Chardonnay.

La suerte, el método y el Chardonnay hicieron el trabajo, y no sé qué pintaba la United en todo esto, aparte de ofrecer unos asientos que siempre los pasajeros esperamos abandonar lo antes posible. Pero, hoy nos enteraremos, cuando la aerolínea estadounidense anuncie quién ha ganado el concurso y nos explique cuál fue su papel en la historia.

Mientras tanto, del “Amor está en el aire”, todavía nos queda una bonita canción de los años setenta, de John Paul Young

El amor está en el aire,
en todos los sitios en los que miro,
el amor está en el aire,
en cada suspiro y en cada sonido…

Pinchando este enlace se puede escuchar:

http://www.youtube.com/watch?v=NNC0kIzM1Fo&feature=kp

Feliz San Valentín

El concurso de la United en:

https://hub.united.com/en-us/Connections/Social-Specials/Pages/love-in-the-air-promotion.aspx