Kamikaze

Five kamikaze pilots playing with a puppy, May 26, 1945

Yukio Araki, con su cachorro

El modelo de Yukio Araki ganó el concurso de permanencia en el aire de aviones de papel que se organizó en su ciudad natal: Kiryu. El muchacho era un entusiasta de la aviación. En 1943, a los 15 años, fue admitido, como voluntario, en el Programa de Entrenamiento de Jóvenes Pilotos y se desplazó a la base aérea de Tachiarai, en Furuoka, donde recibió entrenamiento. Se graduó con la máxima puntuación en todas las disciplinas. Su primer destino lo cumplió en la base de Metabaru para completar su formación y de allí lo enviaron a Pyongyang, en Corea, a un escuadrón de aviones Mitsubishi K-51.

Yukio era feliz, había logrado lo que más deseaba en esta vida: pilotar aviones. Sin embargo, un viento divino cambiaría para siempre su vida. En febrero de 1945 todos los pilotos del escuadrón de Yukio Araki en Pyongyang se presentaron voluntarios para realizar ataques suicidas y convertirse en kamikazes.

Kamikaze significa “viento divino”. En el año 1281, el mongol Kublai Khan se aproximó a Japón al frente de una poderosa Armada. El Imperio estaba condenado a caer en manos del enemigo cuando, de pronto, una tormenta aniquiló las naves del invasor. Aquella fuerza que salvó a Japón de la destrucción fue el “kamikaze” o el viento divino. En el otoño de 1944, los líderes japoneses eran conscientes de que perderían la guerra y en un esfuerzo desesperado recurrieron a otras fuerzas extraordinarias para intentar salvarse: los kamikazes.

En octubre de 1944, el almirante Takijiro Onishi recibió autorización del ministerio de la Guerra para organizar el primer grupo kamikaze. El marino japonés decía: “Si nuestros jóvenes pilotos están en tierra, serán bombardeados y en el aire, derribados. Eso es triste…muy triste. Tokko (la organización de ataques suicidas) es para que los jóvenes tengan una muerte hermosa. Darles una muerte bella, eso se llama compasión”.

Los pilotos suicidas volarían con aviones japoneses Mitsubishi A6M, que se conocían también con el nombre de Zero, en los que transportarían una bomba de 225 kilogramos. El primer ataque kamikaze organizado de la Historia tuvo lugar el 25 de octubre de 1944, lo dirigió el teniente Yukio Seki, participaron 26 pilotos –la mitad de escolta y la otra mitad eran los kamikaze– y atacaron y hundieron el portaaviones estadounidense Saint Lo. A este le seguirían unas 3.400 misiones suicidas más que hundieron unos 40 barcos en el Pacífico y 16 en las Filipinas. Pero, esta vez el viento divino no destruyó a los enemigos del emperador que, a pesar de los kamikaze, no tuvo otra opción distinta a la de rendirse.

Los kamikazes eran voluntarios y había dos formas de solicitar el ingreso en las filas de los pilotos suicidas. La primera se hacía a petición del interesado y la segunda a través de una encuesta en la que a los participantes se les preguntaba si estaban muy interesados / estaban interesados / o no estaban interesados, en participar en los ataques suicidas.

Muy pocos kamikazes procedían del estamento militar profesional. Las escuadrillas de pilotos suicidas se nutrían principalmente de dos fuentes. La primera era la de los cadetes muy jóvenes que se habían formado en escuelas para muchachos que terminaban el bachillerato; casi todos estos eran menores de dieciocho años. La segunda fuente era la de los universitarios de élite que se habían incorporado forzosamente al servicio militar −a partir de 1943 se denegaron todas las prórrogas por estudios en las principales universidades del país− y habían ingresado en escuelas de vuelo. La casualidad hizo que el plan de kamikazes se pusiera en marcha, justo cuando estos dos grupos de personas finalizaban los programas de entrenamiento de vuelo.

Los jóvenes cadetes solían pedir el ingreso como kamikazes voluntariamente y el número de candidatos era muy elevado, con lo que las autoridades podían elegir a los pilotos más diestros. En cuanto a los universitarios se les solía hacer la encuesta porque el número de peticiones era menor y se seleccionaba a los que “estaban muy interesados”. Siempre hubo más voluntarios de los que el programa del almirante Onishi podía gestionar.

Yukio Araki creía que su vida pertenecía al emperador y que morir por él, para que su país lograra la victoria final, era el mejor uso que podía hacer de su existencia. Le habían enseñado que desde la época de los Samurai los guerreros debían contemplar la muerte como una parte más de la vida. El sacrificio del guerrero, al morir gritando banzai −que el emperador viva 10.000 años− era recompensado con el más alto honor, para él, su familia y su país.

Los mismos sentimientos de Araki los compartían todos los pilotos de su escuadrón y si alguno tenía alguna duda se vería sometido a unos remordimientos insoportables por no aceptar el sacrificio que sus compañeros estaban dispuestos a asumir; sobre todo cuando el sacrificio consistía en un gesto tan noble, tan elevado, como dar la vida por el emperador. La educación de aquellos jóvenes, durante el bachillerato y en la Escuela de Jóvenes Pilotos los había preparado para ofrecer con alegría y resignación su muerte por la patria y el emperador. No había nada negativo en aquél pensamiento.

Para los universitarios que habían solicitado participar en las operaciones de los kamikazes los sentimientos solían ser muy diferentes. Con más años y racionalidad, no podían evitar el dolor por la pérdida de la compañía de las personas que amaban y de los placeres que la vida les podía ofrecer, más aun cuando se encontraban en plena juventud. Su sacrificio por la patria, por la victoria e incluso por el emperador, les parecía un acto de suprema nobleza, pero no exento de un gran dolor.

A finales de marzo, Yukio Araki y sus compañeros de escuadrón volaron a la base aérea de Kakamigahara para preparar sus aviones para realizar los ataques suicidas. La unidad cambió de nombre y se denominó 72 Escuadrón Shinbu. Para ejecutar su misión necesitaban un pequeño entrenamiento. El vuelo que se les había encomendado parecía fácil, pero no era tan sencillo. En primer lugar, el avión llevaba mucho peso durante el despegue y no se podía tirar bruscamente de la palanca porque era fácil entrar en pérdida. A los alumnos se les ponía una carga y practicaban el despegue, en una pista suficientemente larga. Y había dos maneras de lanzarse contra un buque: cayendo en picado desde una altura de 16.000 a 20.000 pies o volar a 10.000 pies hasta divisar el blanco y aproximarse al buque a una altura de 650 a 750 pies sobre el mar. El primer método permitía acercarse sin ser visto, y la exposición a los cazas enemigos era menor, pero ejecutar una trayectoria de caída óptima no era fácil y muchos aviones se hundían en el mar o pasaban por encima del barco. El segundo, facilitaba corregir la trayectoria en todo momento y los radares no detectaban al avión del piloto suicida, pero planteaba la dificultad de tener que atravesar la cortina de agua que levantaban los cañonazos, bombas y aviones que caían al mar durante la batalla. Los instructores insistían en que lo más importante era no cerrar los ojos en el último momento. Al final, la velocidad del avión parecía aumentar desproporcionadamente, los objetos se veían con todo detalle y si el piloto cerraba los ojos, casi con seguridad, no acertaría a impactar en el centro de la diana que en su mente había dibujado. No tenía ningún sentido desperdiciar una vida.

Durante el tiempo que Araki estuvo en Kakamigahara aprovechó para ir a pasar un día con su familia. Los pilotos no podían hablar de los planes militares, pero la familia del muchacho tuvo que intuir cual sería el destino de Yukio cuando entregó les entregó tres cartas cerradas, una para sus padres, otra para su hermano mayor y otra para sus hermanos pequeños, con instrucciones de que las abrieran en caso de que falleciese.

Una vez que completaron los preparativos, los doce pilotos, con sus aviones, regresaron a Pyongyang, en Corea del Norte. Al poco de llegar, quizá por un error, el 21 de abril les dieron la orden de que se trasladaran a Nanking, en China. Allí fueron atacados por aviones P-51 estadounidenses y uno de los pilotos del escuadrón perdió la vida y otro resultó gravemente herido. Pocos días después, el 5 de mayo, Araki y sus nueve compañeros que habían salido ilesos del ataque recibieron la orden de trasladarse a la base aérea de Metabaru, en donde permanecieron hasta que fueron llamados a la base secreta de Bansei, en el extremo sur de Kyushu.

La misión del 72 Escuadrón Shinbu estaba prevista para el día 21 de mayo de 1945, pero debido al mal tiempo se pospuso para el día 27. El 20 de mayo, Yukio Araki, escribió en su diario: “He recibido la orden de partir mañana. Estoy profundamente emocionado y espero hundir uno (un barco aliado). Ya nos han visitado centenares de personas. Alegremente cantando la última despedida.” Ya no volvió a escribir más en su diario.

El 26 de mayo, un reportero desconocido fotografió a Yukio Araki con su cachorro, rodeado de otros compañeros. Al día siguiente, de madrugada, despegaron de Bansei hacia Okinawa los diez pilotos de su escuadrón, pero uno de ellos tuvo problemas con el motor y regresó a la base.

Fue el último vuelo de Yukio Araki. Y sería un viaje tranquilo, sin miedo. Todos los kamikaze que se vieron forzados a interrumpir la misión dieron una versión muy parecida de cuáles fueron sus sentimientos. En su vuelo suicida, Kiitchi Matsuura no sintió el mínimo temor, ya había asumido que iba a morir. Estaba tranquilo. Empezó a fallar su motor y tuvo que abortar la misión. Durante el regreso a la base pensó que caería al mar, quería salvarse y pasó mucho miedo.

Yukio Araki tenía diecisiete años y dos meses cuando llevó a cabo su última misión.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

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