El servicio a los pasajeros en los vuelos comerciales, en 1925 y un siglo después.

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Cine a bordo- 1925

El primer avión en el que realmente sus diseñadores tuvieron en cuenta el confort de los pasajeros como uno de los objetivos de diseño fue el Douglas Commercial One (DC-1) que encargó la TWA a la empresa Douglas en 1932. Arthur Raymond, el ayudante del vicepresidente de ingeniería del fabricante de aviones, se empeñó en hacer de aquella aeronave una máquina capaz de ofrecer a los pasajeros un nivel de comodidad hasta entonces desconocido. Raymond tuvo que trasladarse a las oficinas de la TWA, en Nueva York, para discutir las especificaciones del aeroplano que la aerolínea encargó a Douglas. El viaje de ida, desde Los Ángeles a Nueva York lo había hecho en tren, pero el regreso, lo hizo en avión y como pasajero sufrió una traumática experiencia que jamás olvidaría. En su viaje aéreo de costa a costa tuvo que soportar ruidos, vibraciones, malos olores, frío, estrecheces y salpicaduras. Raymond puso un cartel en la oficina de diseño para que sus ingenieros pensaran en la comodidad de los pasajeros en todo momento. Con la irrupción en el mundo aeronáutico del DC-1, el confort a bordo de las aeronaves comerciales empezó a tener la consideración que se merece.

Las fotografías de los primeros vuelos de la historia de la aviación comercial datan de los años 1920 y nos muestran señoras elegantes y encorbatados caballeros con trajes de magnífico corte, sombrero y pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Eso sí, todos con abrigo. También se recrean en mostrarnos las excelencias de un servicio a bordo del que hoy no queda el menor vestigio. Incluso en algunos de aquellos vuelos se proyectaban películas. La empresa británica, Imperial Airways, fue la primera en ofrecer cine a bordo. En abril de 1925 los pasajeros de la aerolínea podían ver la película The Lost World, el último gran éxito de Hollywood en el que los dinosaurios se peleaban con los hombres blancos igual que en Parque Jurásico, en los vuelos de Londres a París. Con una diferencia, y es que aquellos dinosaurios y los expedicionarios se expresaban con subtítulos porque la película era muda. De tener voz, los pasajeros no hubieran oído nada porque el ruido en la cabina era ensordecedor. Además de soportar tantos decibelios los sufridos pasajeros tampoco se atrevían a quitarse el abrigo durante el viaje para protegerse del frío. Las cabinas eran estrechas, los sillones incómodos y nada ergonómicos. Como la cabina de pasaje no estaba presurizada los aviones volaban por lo general por debajo de las nubes con lo que se veían zarandeados por las turbulencias. Las ventanas cerraban mal y el aroma de los gases de escape de los motores se colaba por las aberturas. Los váteres eran pequeños y llegar hasta ellos por los angostos pasillos obligaba a los pasajeros a realizar ejercicios de equilibrismo. Y los billetes aéreos eran muy caros. El único aliciente de los pasajeros de los años 20 era el de compartir durante unas horas, con otros pasajeros igual de ricos y elegantes, un mal rato para contarlo a las amistades en algún restaurante lujoso al día siguiente.

A pesar de las apariencias, nuestras líneas aéreas de bajo coste del siglo XXI ofrecen un servicio de lujo a sus clientes en comparación con las experiencias de los primeros y valientes pasajeros de la primera época de la aviación comercial.

Si a la falta de confort añadimos lo relativo a la seguridad, cualquier comparación de la experiencia de volar en las primeras líneas comerciales con hacerlo ahora es abrumadoramente favorable al magnífico servicio de los transportistas aéreos de bajo coste. En el año 1929 en Estados Unidos se produjeron 51 accidentes en los que murieron 61 personas. Si la seguridad se hubiera mantenido en ese nivel, teniendo en cuenta el volumen de pasajeros transportados, a lo largo del año 2012 habrían ocurrido 7000 accidentes con 8000 víctimas mortales. En realidad hubo 29 accidentes, en los que no hubo que lamentar ninguna fatalidad.

El progreso de la aviación, desde el punto de vista de los pasajeros, ha sido de tal magnitud que solo cabe añorar un futuro en el que los servicios mejoren con la misma celeridad que ha ocurrido en el pasado.

Jackie Cochran y las aviadoras

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Cuando Estados Unidos decidió arrebatarle a la Unión Soviética el liderazgo espacial, la NASA seleccionó a 7 astronautas para su proyecto Mercury, en 1959. El presidente Einsenhower impuso como condición que los futuros astronautas tenían que ser pilotos de reactores con un mínimo de 1500 horas de vuelo lo que excluía forzosamente a las mujeres, ya que la Fuerza Aérea aún no las admitía en estas unidades. Los aspirantes además debían “poseer condiciones  físicas excepcionales, ser intelectualmente superdotados y ser capaces de trabajar en equipo y solos…”.

El doctor William Randolph Lovelace II trabajó en el diseño de las pruebas físicas y sicológicas a las que había que someter a los candidatos. Cuando finalizó el proceso de selección, en 1960, quiso averiguar si las mujeres serían capaces de soportar las mismas pruebas que habían pasado los 7 elegidos por la NASA. La agencia espacial no tenía ningún interés en el proyecto del médico y Lovelace buscó financiación privada.

Jackie Cochran estaba casada con Floyd Bostwick Odlum, abogado, financiero y dueño de una inmensa fortuna. Pero, Jackie, además de ser rica por su matrimonio con Odlum gozaba del reconocimiento público de ser la primera aviadora del país y una mujer que había luchado desde su juventud por la integración de la mujer en el mundo de la aviación. El doctor Lovelace la conocía personalmente y estaba seguro de que no había en Estados Unidos nadie que pudiera tener más interés que ella en financiar su proyecto en el que pretendía demostrar que las mujeres eran igual de aptas que los hombres para el trabajo de astronauta.

La vida de Cochran no había sido fácil. Su nombre de soltera fue Bessie Lee Pittman y se casó embarazada muy joven, a los catorce años, con Robert Cochran un mecánico de aviación. Cuatro años después se divorció y regresó a la casa de sus padres que vivían modestamente en una pequeña ciudad del noreste de Florida: DeFufniak Springs.  Su hijo murió en un trágico accidente. De su primer esposo le quedaría para el resto de su vida el apellido, Cochran.

Bessie empezó a trabajar en una peluquería en Pensacola y poco después se trasladó a Nueva York donde le ofrecieron un buen puesto en un elegante salón de belleza de la Quinta Avenida. Bessie cambió su nombre por el de Jackie y a partir de entonces inició una nueva vida en la que no guardó ningún sitio para un pasado que trató de ocultar hasta su muerte.

En 1930, cuando tenía 24 años,  voló por primera vez con un amigo. La experiencia la emocionó profundamente.  Jackie empezó a tomar lecciones de vuelo en el aeródromo Roosevelt. Durante aquella época conoció a Floyd Bostwick Odlum, catorce años mayor que ella, con quien contrajo matrimonio en 1936.

Desde una posición económica muy desahogada, Jackie Cochran se entusiasmó con la aviación y junto con Amelia Earhart peleó para que en la famosa competición aeronáutica Bendix se permitiera que participaran las mujeres.  Esta competición se celebraba anualmente, patrocinada por el fundador de la corporación que llevaba su nombre, Vincent Bendix, y su propósito era favorecer el desarrollo de aeroplanos más seguros, fiables y rápidos.  En 1938, Jackie fue la ganadora  a bordo de una aeronave Severksy P-35 haciendo la travesía de Los Angeles a Cleveland en 8 horas y 10 minutos.

En 1938, a los 32 años, Jackie había acumulado un número considerable de records y trofeos aeronáuticos y estaba considerada como una de las mejores pilotos femeninas de su país. Entre sus records figuraba el de ser la primera mujer que había volado a través del océano Atlántico pilotando un bombardero. Esta misión la llevó a cabo como miembro de la organización Wings for Britain que se dedicaba  transportar aviones fabricados en Estados Unidos al Reino Unido.

En septiembre de 1940 Cochran envió una carta a Eleanor Roosevelt para proponerle la creación una organización similar a la Air Transport Auxiliary (ATA), del Reino Unido. La ATA tenía como misión cubrir los servicios de transporte de los aviones militares entre los aeródromos operativos y los centros de mantenimiento, así como efectuar transportes urgentes de pasajeros o material y equipamiento. Eran tareas de soporte a las unidades que efectuaban misiones de combate en el frente. Los pilotos de la ATA permitían que la Royal Air Force (RAF) contara con más efectivos en el campo de batalla al no tener que distraer parte de su dotación humana en esos menesteres. Se trataba de una iniciativa civil, integrada, en un principio, en la línea aérea BOAC y en la que trabajaron pilotos que no poseían la cualificación para volar las misiones de la RAF, debido a su edad o a la falta de entrenamiento. A lo largo de la guerra, la ATA contó con 1245 pilotos, hombres y mujeres, de 25 países, que operaron 147 tipos distintos de aeronave. Las primeras 8 mujeres de la ATA se incorporaron el día de año nuevo de 1940 y empezaron a trabajar bajo las órdenes de Pauline Gower.  Su paga era un 20% inferior a la de los hombres. Sin embargo, Pauline luchó para que sus muchachas tuvieran los mismos emolumentos que los varones y en 1943 la ATA implantó un sistema de igualdad de oportunidades para todos  sus empleados. A lo largo de la segunda guerra mundial en la ATA se alistaría un total de 168 mujeres, entre las cuales estuvieron Amy Johnson y Jackie Cochran.  El principal papel de Jackie Cochran fue el de reclutar y preparar mujeres estadounidenses para la organización.

Jackie continuó ejerciendo presión para conseguir que las mujeres se integraran de algún modo como pilotos en la Fuerza Aérea. Había perdido a su mejor aliada, Patricia Earhart, cuando desapareció en el Pacífico en 1939, pero Cochran no se desanimó. El teniente general de la Fuerza Aérea de su país, Henry H. Arnold, Hap, tuvo en cuenta las recomendaciones de Cochran y le pidió que se desplazara a la ATA con un grupo de aviadoras estadounidense para estudiar con más detalle su funcionamiento. En marzo de 1942, la norteamericana se presentó en la organización británica con 25 paisanas suyas con licencia de piloto que habían pasado las pruebas que ella misma diseñó.

En agosto de 1943 el general Arnold autorizó la constitución del Women Airforce Service Pilots (WASP), compuesto por pilotos de sexo femenino,  al que se le asignaron funciones de entrenamiento y de transporte de aeronaves .  Jackie Cochran fue nombrada directora del WASP que estableció su base en Sweetwater, Tejas. Centenares de mujeres acudieron al centro tejano para recibir entrenamiento, bajo la supervisión de la famosa piloto.

Cuando finalizó la segunda guerra mundial, Jackie ingresó en la reserva de la Fuerza Aérea estadounidense.  En 1953 en el lago Rogers Dry, en California a bordo de un Sabre F-86 que pidió prestado a la Fuerza Aérea de Canadá traspasó la barrera del sonido. El comandante Chuck Yeager la había animado a hacerlo y, al igual que él fue el primer hombre que voló más rápido que el sonido, Jackie sería la primera mujer supersónica. Chuck y Jackie mantuvieron una estrecha amistad durante el resto de sus vidas. Siete años más tarde, el 6 de junio de 1960, la intrépida piloto voló en un A3J Vigilante a una velocidad de Mach 2 con lo que se convirtió en la primera mujer que viajó dos veces más deprisa que el sonido.

Durante los últimos veinte años, desde 1940 a 1960, Jackie había acumulado más trofeos, records de distancia, velocidad y altitud, títulos y honores aeronáuticos, que ninguna otra persona, mujer o varón, en todo el mundo. También había luchado por conseguir la igualdad de derechos de la mujer en el mundo aeronáutico. Sin embargo, en 1960, en Estados Unidos las mujeres no podían ingresar en la escuela militar de pilotos de combate ni ser astronautas de la NASA.

El perfil de Jackie encajaba a la perfección para convertirse en la patrocinadora del proyecto del doctor Lovelace, una iniciativa privada que únicamente pretendía demostrar que las mujeres podían llevara a cabo misiones espaciales, exactamente igual que los hombres. El médico tampoco quería ir mucho más allá y Cochran accedió a financiar la iniciativa.

Lovelace invitó primero a Jerrie Cobb, una experimentada piloto, para que participara en el proyecto. Jerrie consiguió pasar las tres fases de las pruebas. Después, con la ayuda de Jerrie, revisó más de 700 expedientes de voluntarias y seleccionaron a 19, de las que 12 pasaron las pruebas físicas que se habían hecho a los futuros astronautas durante la fase I.  Para realizar las pruebas de las fases II y III se necesitaba material, reactores y equipo militar, ubicado en la Naval School of Aviation Medicine, en Pensacola, Florida. Pocos días antes de la celebración de los test correspondientes a estas fases, la Marina denegó el permiso y exigió un requerimiento formal de la NASA para autorizar el uso de sus instalaciones.

Jerry Cobb y Jane Hart, otra de las participantes, escribieron al presidente Kennedy y fueron recibidas por el vicepresidente Johnson, pero no consiguieron que las pruebas se reanudasen. El 17 y 18 de julio de 1962 se celebraron audiencias públicas ante un subcomité del comité de Ciencia y Astronáutica en el que se investigó la posibilidad de discriminación de género, aunque dicha práctica en Estados Unidos no fue ilegal hasta la promulgación del Acta de Derechos Civiles de 1964. Cobb y Hart testificaron a favor de los beneficios del proyecto de Lovelace. Los representantes de la NASA, entre los que figuraban los astronautas John Glenn y Scott Carpenter,  afirmaron que según los criterios establecidos por la propia agencia espacial las mujeres no podían acceder al puesto de astronauta, lo cual era cierto porque tenían que ser pilotos de reactores  de combate. Quizá la nota más disonante en aquella disputa la aportaría la propia Jackie Cochran, que a pesar de haber contribuido económicamente a la financiación del estudio, manifestó su preocupación de que la puesta en marcha de un programa para seleccionar astronautas femeninos podría demorar el proyecto de la NASA. Sus declaraciones, en las que de algún modo apoyó la negativa a revisar la decisión que excluía a las mujeres como astronautas y poner en marcha un programa para incluirlas en el proyecto Mercury,  pudo estar condicionada por las presiones que recibió de los republicanos. Jackie militaba en el partido republicano, era amiga personal de Einsenhower y argumentó- no sin razón- que un retraso en el programa Mercury no era compatible con los intereses de la nación. Otros piensan que Cochran no quiso poner en peligro su condición de “primera aviadora” de su país, título que una astronauta le hubiera arrebatado inmediatamente.

Después de las audiencias el subcomité no tomó ninguna decisión. Las 13 mujeres de Lovelace pasarían a la historia como las del Mercury 13 para marcar el paralelismo con los 7 hombres del Mercury 7, aunque ellas, regresaron a sus puestos de trabajo y sus casas y no viajaron al espacio a pesar de que el doctor Lovelace demostró que podían hacerlo.

El asunto de las astronautas volvió a saltar a la opinión pública el 16 de junio de 1963, cuando una mujer rusa, Valentina Tereshkova  a bordo de la nave espacial Vostok IV,  comentaba con sus colegas de la agencia espacial soviética: “Veo el horizonte. Un azul pálido, una hermosa banda. Es la Tierra ¡qué hermosa! Todo va bien.”  Fue la primera mujer que viajó al espacio y la Unión Soviética volvía a demostrar su liderazgo y su capacidad para integrar a la mujer en el mundo aeronáutico. La NASA tuvo que aprender la lección, aunque le costó hacerlo porque la doctora Sally Ride, la primera astronauta estadounidense que viajó al espacio,  lo hizo en 1983 con veinte años de retraso.

Cochran murió en su rancho de California el 9 de agosto de 1980, cerca del aeropuerto que utilizó habitualmente y que hoy lleva su nombre: Jaqueline Cochran Regional Airport.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

Los pilares de la creación

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Los pilares de la creación – Imagen NASA- Hubble

 

El 1 de abril de 1995 el telescopio espacial de la NASA, Hubble, tomó una fotografía en la nebulosa Águila que alcanzó una gran popularidad. La foto es en realidad una composición de varias imágenes y muestra un lugar en el que nacen las estrellas. Son pilares de color ámbar que emergen sobre un fondo más claro salpicado de luces rosadas y violetas. Estas magníficas columnas están hechas con moléculas de hidrógeno y en su interior las fuerzas gravitatorias forman glóbulos gaseosos que son los embriones de las estrellas, que después de nacer se apartan de los pilares. Las columnas soportan fuertes radiaciones ultravioleta provenientes de las estrellas, luces rosadas, que actúan como si fueran  vientos y turbulencias capaces de erosionar los pilares. Aunque en la imagen puedan parecerlo, no son pequeños, el de la izquierda mide unos cuatro años luz, es decir, cerca de cincuenta billones de kilómetros.

Los sucesos que capta la escena, fotografiada por J. Hester y P. Scowen, ocurrieron hace unos 6500 años porque a esa distancia, en años luz, se encuentran las columnas. Cuando observamos en el Universo lugares remotos contemplamos las imágenes con el retraso que tarda la luz en viajar desde aquellos sitios hasta nosotros.

Esta imagen se ha realizado con emisiones del espectro visible, pero con posterioridad se han obtenido otras de rayos X e infrarrojos que han permitido observar con mayor detalle el interior de los Pilares de la Creación y constatar que allí se originan glóbulos que forman estrellas. Estas concentraciones de hidrógeno se iluminan, crecen,  y abandonan las columnas envueltos en nubes de polvo revolviéndose contra el ámbar que los aprisiona hasta que se liberan de las turbulencias para brillar con claridad en el fondo. Es un largo proceso que recuerda el nacimiento de los seres vivos.

Los “pilares” se encuentran en la nebulosa Águila, que también se conoce como NGC6611, está en la constelación Serpens, y fue descubierta por Charles Messier que la incluyó como el objeto número 16 (M-16) en su primera versión del Catálogo de Nebulosas y Cúmulos Estelares, en 1771. Sin embargo, es posible que esta paridera de estrellas ya no exista, y que ni siquiera existiera ya cuando Messier descubrió la nebulosa Águila.

El equipo de Nicolas Flagey, del Instituto de Astrofísica Espacial de Orsay en Francia, obtuvo unas imágenes de la nebulosa que muestran una nube de polvo muy caliente que podría indicar la existencia de una potentísima onda de radiaciones producida por la explosión de una supernova, a una distancia de unos 1000 años luz, aproximándose a los “pilares”. Es posible que esta onda haya destruido por completo la hermosa cuna de estrellas y, de ser así, ocurrió hace unos 5500 millones de años, por lo que hoy allí ya no queda nada de lo que estamos viendo. También es posible que hace unos 1000 años nuestros antepasados observaran la explosión de la supernova desde la Tierra, pero eso es algo que aún no se ha podido verificar. Sin embargo, hay astrónomos que no comparten la hipótesis de la destrucción de los “pilares”; Stephen Reynolds, de la universidad del Estado de Carolina del Norte, en Raleigh, Estados Unidos, piensa que la onda expansiva debería emitir más rayos X para alcanzar un poder destructivo capaz de arrasar los “pilares”.

De todas formas, estas grandiosas columnas son una imagen de la energía que conforma el Universo. Los Pilares de la Creación, sometidos a las fuerzas creativas y destructoras de Brahma y Shiva, sugieren la necesidad de que Vishnú nos preserve y proteja.

 

La invención de los cohetes

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En 1806 Claude Fortuné Ruggeri envió una oveja con un cohete a 200 metros de altura. El animal descendió en paracaídas a tierra sin sufrir ningún percance. Antes había elevado ratones y otros animales pequeños. Claude era hijo de Petronio, uno de los cinco hermanos de la familia Fortuné Ruggieri que abandonaron Italia para instalarse en París, en 1730. Muy pronto se convirtieron en los pirotécnicos de moda de la alta sociedad europea. Es posible que a Claude le corresponda el honor de ser el primer artificiero que lanzó un ser vivo utilizando un cohete, pero realmente se haría más famoso por sus conocimientos de química que le permitirían mezclar pólvoras con sales metálicas para colorear las luces de sus fuegos artificiales. Mezclando pólvoras con estroncio las hacía rojas, verdes con bario y azules con cobre. Además era capaz de dibujar figuras y de lanzar sus castillos desde globos de aire caliente.

Los cohetes han servido tradicionalmente para pintar las noches oscuras de fiestas con bonitos colores y  aunque también tuvieron aplicaciones militares siempre fue mayor el ruido que el daño, al menos hasta mediados del pasado siglo. Los primeros cohetes se lanzaron en China, ya que allí se inventó la pólvora y esta sustancia la trajeron los árabes a Europa. Una de las primeras referencias escritas que se tiene en este continente del explosivo chino figura en las crónicas de un rey español, Alfonso XI de Castilla: …tiraban [los árabes] muchas pellas de hierro que las lanzaban con truenos, de los que los cristianos sentían un gran espanto…

Podríamos decir que la historia de los cohetes, como propulsores de una carga útil que normalmente se le suele llamar en el argot aeronáutico “carga de pago”, tiene algo más de mil años. Sin embargo, durante las primeras nueve centurias sirvieron para divertir a la gente y asustar en las guerras. La parte más importante del desarrollo de los cohetes se produjo en un espacio de tiempo que escasamente duró sesenta años, durante el siglo pasado.

Creo que hay cinco grandes protagonistas que, desde el año  1903 hasta la década de 1960, hicieron posible que los cohetes pasaran de levantar una oveja un par de centenas de metros a llevar una tripulación de astronautas hasta la Luna. Fue en aquella década cuando el Saturno V, un impresionante cohete con tres etapas, 110 metros de altura y 10 de diámetro, capaz de transportar más de 45 toneladas de carga a una órbita lunar, inició los vuelos tripulados a nuestro satélite. Ha habido otros cohetes que han completado con éxito más misiones, como los Atlas estadounidenses o los R-7 rusos, pero hasta la fecha ninguno ha superado las prestaciones de los Saturno V.

En la actualidad la NASA trabaja en el desarrollo del Space Launch System que será el cohete que lleve a cabo las misiones previstas hasta el 2032, incluyendo  la caza y la puesta en órbita lunar de algún asteroide próximo, una expedición con astronautas al asteroide en la órbita lunar y un viaje a Marte, tripulado.

Son muchas las personas que han trabajado en el desarrollo de la tecnología de los cohetes, pero por varias razones, cinco de ellas marcaron hitos muy importantes en esa historia. El ruso Tsiolkovsky formuló los principios básicos teóricos de la ciencia de los cohetes. Los resultados de sus investigaciones los publicó en 1903 y en 1911 y todos los que le siguieron tratarían de llevar a la práctica sus ideas, aunque es posible que no todos llegaran a conocer la obra del ruso y tuvieron que reinventarla. El primer cohete cuya concepción respondía a los conceptos de Tsiolkovsky lo lanzó un estadounidense, Goddard, en una granja el año 1926. Fue Goddard quien demostró de manera fehaciente que las ideas de Tsiolkovsky eran viables. Un húngaro, austríaco, alemán o rumano, dependiendo del momento de su vida ya que a lo largo de la misma su ciudad natal cambió de nacionalidad varias veces, por culpa de las guerras y la política, que se llamaba Oberth, también fue el primero en repetir en Alemania, algo similar a lo que hizo Goddard en Estados Unidos. Oberth probó un cohete de combustible líquido, estático, en un laboratorio berlinés, en 1929. Quizá, si no hubiera tenido un ayudante, su experimento se hubiera quedado en otro experimento más, pero von Braun asistió a Oberth durante las pruebas del motor cohete y aquella colaboración marcaría para siempre al joven aristócrata. Von Braun fue el director técnico de los desarrollos de los cohetes alemanes que culminaron con el emblemático V-2, en 1943. Después de la segunda guerra mundial la mayor parte de la tecnología alemana relacionada con los cohetes fue a parar a Estados Unidos y el resto a la Unión Soviética. Von Braun asumió el liderazgo norteamericano. En la Unión Soviética otro ingeniero siguió los pasos de su maestro Tsiolkovsky  y se aprovechó de la experiencia alemana, se llamaba Korolev. El equipo de Korolev tomó el liderazgo mundial en el desarrollo de cohetes  cuando en 1957 puso en órbita el Sputnik 1. Kennedy, ayudado por la inteligencia estadounidense, emplazó a su país para que recuperase un liderazgo que nunca había tenido y von Braun tuvo un papel principal en el desarrollo del proyecto al dirigir el diseño y la construcción del cohete Saturno V que en 1969 llevó al hombre a la Luna.

Goddard jamás consiguió el apoyo financiero que tuvo von Braun, porque le tocó vivir épocas en las que los cohetes no interesaban a los políticos de su país. Tsiolkovsky fue ignorado durante muchos años, en un país empobrecido y convulso. A Oberth ni siquiera le dejaron publicar su tesis doctoral en Alemania, por considerarla “inoportuna”. Von Braun disfrutó del apoyo incondicional de la maquinaria de guerra de Hitler. Korolev estuvo a punto de pasar a mejor vida en una de las famosas purgas de Stalin y fue rescatado como otros muchos técnicos y científicos para contrarrestar a los muchachos de von Braun, durante la segunda guerra mundial. La rabieta de Stalin cuando se enteró de que los estadounidenses se habían llevado casi todo el material y los expertos de los V-2 de Alemania, al terminar la guerra, llenó de rublos el presupuesto de Korolev que en pocos años sorprendió a una sociedad estadounidense poco interesada por la actividad espacial, primero con un satélite y después con un astronauta en el espacio. Las circunstancias hicieron que, la carrera espacial, algo que poco antes parecía inútil se convirtiera en la razón de ser de un país. Aquella locura norteamericana sacó a von Braun del aburrimiento para construir un impensable cohete de 110 metros de altura. Tsiolkovsky, Goddard, Oberth, von Braun y Korolev, hombres de gran talla, fueron las marionetas de una extraña y voluble forma de hacer política que estuvo a punto de destruir el mundo. Fueron años de guerras calientes y de la guerra fría.

Konstantin Eduardovich Tsiolkovsky  nació el 17 de septiembre de 1857 en Izhevskoye, una pequeña ciudad del vasto y atrasado imperio ruso. De niño padeció escarlatina que afectó su audición lo que motivaría que no quisieran admitirlo en la escuela pública. Tsiolkovsky fue un autodidacta que se refugió en su mundo aislado y solitario para dedicarse al estudio de la física y las
matemáticas. De adolescente comenzó a soñar con los viajes espaciales.

Tsiolkovsky acudió durante tres años a una biblioteca en Moscú en donde trabajaba Nikolai Fyodorov, padre del cosmismo ruso: un movimiento filosófico que consideraba al hombre destinado a ejercer un control absoluto sobre la naturaleza hasta el punto de conseguir liberarse de la muerte. Según la filosofía cosmista en el hombre coexiste lo divino y lo material en perfecta armonía; la raza humana está llamada a manipular los fenómenos meteorológicos, la rotación de la Tierra y colonizar el Universo, para lo que tiene que adquirir un conocimiento profundo de las leyes que gobiernan el mundo en que vivimos. A lo largo de toda su vida el pensamiento de Tsiolkovsky estuvo imbuido de las ideas de Fyodorov. Sus trabajos astronáuticos serían una parte menor de una obra que escribió en más de 400 libros de los que solamente 90 tuvieron que ver con los viajes espaciales.

A pesar de su falta de formación académica Tsiolkovsky aprobó los exámenes de profesor. Su primer empleo fue dar clases en una escuela de Borovsk, cerca de Moscú. El profesor se casó con Varvara Sokolovaya, tuvo una familia y vivió aislado dedicado a la docencia y la investigación.

En 1892 lo trasladaron como profesor a la ciudad de Kaluga. En 1897 instaló en su pequeño apartamento el primer túnel de viento que se utilizó en Rusia para determinar las fuerzas de sustentación y resistencia de objetos con distintas formas. Ideó un dirigible metálico y también hizo bocetos de una máquina de volar más pesada que el aire, pero no obtuvo ningún apoyo para desarrollar estos proyectos y los abandonó.

En 1903 publicó su libro La exploración del espacio cósmico mediante dispositivos a reacción, junto con otros artículos, en los que se compendiaba el resultado de sus trabajos de investigación astronáutica y sobre cohetes. No logró una gran acogida porque Tsiolkovsky se había adelantado a su época. Sin embargo, su publicación de 1911, Investigación sobre cohetes en el espacio exterior, tuvo mayor impacto en los medios científicos internacionales.

El autodidacta ruso calculó que la velocidad mínima para mantener un objeto en una órbita terrestre era de 8000 metros por segundo (28 800 kilómetros por hora) y también determinó la velocidad de escape desde cualquier planeta, es decir, la velocidad a la que hay que impulsar un objeto para que lo abandone. Tsiolkovsky formuló todos los conceptos que con posterioridad llevarían a la práctica los ingenieros y científicos que le siguieron hasta construir los cohetes que transportaron al hombre a la Luna. En primer lugar, estableció la fórmula que permite calcular la velocidad de un cohete en cualquier momento, a partir del impulso específico del combustible y las masas inicial y final. Propuso la idea de cohetes con varias etapas, el uso de combustibles líquidos (oxígeno e hidrógeno) y otros muchos detalles que se implantarían con posterioridad.

Cuando estalló la revolución soviética en su país, Tsiolkovsky apoyó a los bolcheviques y en 1918 fue nombrado miembro de la Academia Socialista. Se retiró en 1920 del trabajo que tenía como profesor de matemáticas en la escuela de Kaluga. En 1928 publicó La voluntad del Universo. La inteligencia desconocida, obra en la que aseveraría que los humanos colonizaremos nuestra galaxia. Para el científico ruso la Tierra era la cuna de la Humanidad, pero la Humanidad no podía estar siempre en la cuna. Durante los últimos años de su vida se interesó por la doctrina eugénica, desarrollada por Galton, que defendía la intervención y el ordenamiento social en la producción de la descendencia humana. La simpatía que mostró por estas ideas no acrecentaría su popularidad. Tsiolkovsky  murió en Kaluga de cáncer de estómago el 19 de septiembre de 1935.

Es posible que el norteamericano Robert Hutchins Goddard, nacido el 5 de octubre de 1882 en Worcerster, Massachusetts, no llegara nunca a conocer bien la obra del ruso Tsiolkovsky. Cuenta Goddard que el 19 de octubre de 1899 estaba arriba de un cerezo podando las ramas viejas y empezó a soñar que sería bello observar el despegue de una nave rumbo a Marte, desde aquél  hermoso prado que se extendía debajo de sus pies. Cuando bajó del árbol se sintió un muchacho distinto porque la existencia al fin parecía tener una finalidad. Desde entonces, el 19 de octubre se convirtió en el  día del aniversario y lo consideraba como un festivo de carácter personal. Tsiolkovsky y Goddard compartieron una visión del mundo romántica y un temperamento introvertido y receloso.

Durante la adolescencia fue un estudiante aplicado, de frágil salud, ávido lector y muy curioso. Se graduó en física por el Worcester Polytechnic Institute en 1908 y completó su formación académica con un doctorado en la Clark University de Worcester en 1911. En 1912 obtuvo una beca de investigación en el laboratorio de física Palmer de la universidad de Princeton, aunque allí estuvo poco tiempo porque cayó enfermo y tuvo que regresar a Worcester al año siguiente. Los médicos creyeron que Goddard no superaría la tuberculosis, pero la pasión del joven físico por la ciencia y sus ganas de vivir lograron vencer la batalla  que tuvo contra las bacterias y, a finales de ese mismo año, Robert empezó a redactar sus primeras patentes. A lo largo de toda su vida llegó a registrar 214 patentes, pero las dos primeras, que describen un cohete con múltiples etapas y el sistema de propulsión con gasolina y óxido de nitrógeno líquido, marcarían un hito muy importante en el desarrollo de la tecnología de los cohetes. Cuando se recuperó de la enfermedad, Robert empezó a trabajar en la universidad Clark, en Worcester, como instructor e investigador.

En 1915 Goddard organizó un gran revuelo en la universidad al lanzar su primer cohete de pólvora. El joven inventor tuvo que aclarar que su experimento era inocuo, aunque fuera ruidoso y que nadie tenía que temer por su integridad, pero no convenció a los directores y a partir de entonces efectuó las pruebas en una cámara, dentro del laboratorio. Robert constató que la eficiencia del cohete de pólvora era de un 2%. Es decir, que solamente ese porcentaje de la energía liberada en la combustión se convertía en energía mecánica capaz de impulsar el cohete. Entonces se le ocurrió utilizar la tobera inventada por el sueco Gustav Laval, en 1888, para canalizar el flujo y comprobó que era posible incrementar mucho la velocidad de salida de los gases.  La tobera, primero se estrechaba y luego se ensanchaba, algo poco intuitivo porque para aumentar la velocidad de un fluido que circula por un conducto parece que hay que reducir la sección del conducto; esto es cierto siempre y cuando la velocidad del fluido sea inferior a la del sonido. Así pues, en la tobera de Laval el fluido aumentaba la velocidad en el estrechamiento hasta alcanzar la del sonido y luego se ensanchaba para que en el tramo supersónico el fluido continuara aumentando su velocidad. De esta forma, el cohete de Goddard conseguiría un rendimiento del 63%, lo cual suponía un paso de gigante en el desarrollo de la tecnología de los cohetes.

Aquellos resultados, según Goddard, demostraban la posibilidad de impulsar con cohetes una nave capaz de escapar de la atracción terrestre y viajar al espacio exterior. Pero, en 1915, cuando todavía no se había encontrado utilidad práctica a la recién inventada máquina de volar, hablar de cohetes espaciales era un atrevimiento que bordeaba la enajenación. Robert Goddard había llegado mucho más allá: en 1916 y 1917 realizó sus primeros experimentos con motores de iones.  Sus pequeños motores de cristal generaban un chorro de aire ionizado. Casi cien años después la NASA ha apostado por esta tecnología para propulsar en el futuro las naves que realicen misiones muy alejadas de la Tierra.

Robert Goddard utilizaba parte de su salario para financiar los costes de las investigaciones, pero a partir de 1916 los gastos empezaron a quedar fuera de sus posibilidades. Solicitó al Smithsonian apoyo económico y para describir sus trabajos envió una monografía con el título de  Un método para alcanzar altitudes extremas. El Smithsonian aceptó proporcionarle una ayuda de 5000 dólares en total, durante cinco años. La universidad Clark añadiría otros 3500 dólares a esa cantidad y la politécnica de Worcester le prestó unas instalaciones seguras donde hacer las pruebas.

En 1920 el Smithsonian publicó la monografía de Robert Goddard que había recibido dos años antes. El documento explicaba cómo mediante el uso de una tobera de Laval se lograba conseguir la mayor cantidad posible de empuje al aumentar la velocidad del flujo supersónico a partir de la garganta del dispositivo. La mayor parte del documento tiene que ver con cuestiones relacionadas con los combustibles, la velocidad de los gases en las toberas, la masa del cohete y su carga de pago, así como la utilización de los cohetes en aplicaciones de exploración de la atmósfera. Sin embargo, en una sección, Goddard explicaba que era posible alcanzar la Luna con un cohete cuyo peso en el momento del lanzamiento fuera de 3,21 toneladas. El cohete llegaría a nuestro satélite con una carga de pago de unos 5 kilogramos. Para verificar, desde la Tierra, la llegada  a la Luna del cohete, se podía hacer que explotara una carga en la superficie lunar que pudiera observarse con un telescopio desde nuestro planeta. En general, la reacción de la prensa fue muy negativa. La idea de que un cohete pudiera llegar hasta la Luna les pareció a muchos periodistas absurda y ridícula. Goddard recibió críticas también desde algunos estamentos científicos, todo lo cual contribuiría a que el físico se aislara y protegiese sus trabajos con un velo de opacidad y secretismo.

El 16 de marzo de 1926 su equipo lanzó el primer cohete que utilizó combustible líquido: una mezcla de gasolina y oxígeno líquido. El cohete no podía ser más simple, pero contaba con todos los elementos básicos necesarios para demostrar la viabilidad de sus teorías. La tobera estaba en la parte superior, de la que colgaban los depósitos con el oxidante y el combustible protegidos por un cono para evitar que el chorro de gases de la tobera incidiera directamente sobre los depósitos. Había dos conductos que desde los depósitos salían hasta la cámara de combustión, arriba, y pasaban por los lados del cohete, separados por dos brazos. Así, con el centro de gravedad por debajo del de empuje, Goddard conseguiría que el cohete mantuviera la estabilidad durante el vuelo. Era un artefacto muy poco atractivo. El lanzamiento se produjo en la granja de la tía Effie, en Auburn, y el cohete ascendió unos 12 metros recorriendo una trayectoria de 60 metros en 2,5 segundos. La prueba fue satisfactoria en el sentido de que se pudo demostrar que las ideas del científico funcionaban, pero un fracaso desde cualquier otro punto de vista. Durante unos 20 segundos por la tobera se expulsaron gases sin que el cohete ascendiera un solo milímetro; el ascenso se inició cuando se hubo quemado suficiente combustible para que el peso se redujera de forma considerable. Parte de la tobera se fundió y la película de la cámara de Esther Goddard, que grababa el gran evento, se agotó antes de que el cohete despegara.

Goddard se dio cuenta de que necesitaba mecanismos automáticos para controlar el vuelo de sus cohetes. Las aletas sólo no eran suficiente y colocó vanos móviles en las salidas de gases, todo ello controlado mediante sistemas con giróscopos.

El famoso piloto Lindbergh, que había volado en solitario de Nueva York a París se interesó por el trabajo de Goddard y actuó de intermediario para que la familia Guggenheim apoyara financieramente al inventor. A partir de 1930 estableció su base de operaciones en Roswell, Nuevo México, para seguir con sus experimentos con un pequeño equipo, aislado y en secreto. A lo largo de más de 10 años, de 1930 a 1941, Goddard lanzó en Roswell 31 cohetes; el que alcanzó mayor altura ascendió hasta unos 2500 metros, en 1937.

Mientras Robert Goddard progresaba muy lentamente en Roswell sin que la Administración de su país le prestara demasiada atención,  en Alemania el gobierno nazi daría un gran impulso al desarrollo de esta tecnología.

El primer científico que realmente se interesó por la ciencia de los cohetes en centro Europa fue  Hermann Julius Oberth nacido en Nagyszeben, en el reino de Hungría que formaba parte del imperio Austro- Húngaro de Francisco José, el 25 de junio de 1894. La lectura de las novelas de Julio Verne,  Desde la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, impactaron al joven Hermann hasta el punto de construir un pequeño cohete cuando tenía 14 años.

Oberth estudió medicina, pero no se olvidó de los cohetes y siguió experimentando por su cuenta. Al joven le interesaba más la física que la medicina y cuando terminó la guerra, en 1919, se trasladó a Alemania para estudiar Física, primero en Munich y después en Göttingen.

Cuando escribió su tesis doctoral En cohetes al espacio planetario, en 1922, sus profesores consideraron que el tema no era adecuado y Oberth se negó a cambiarlo, de forma que no pudo doctorarse. Sin embargo, la universidad rumana de Cluj aceptó su tesis y le otorgó el grado de doctor. El joven físico subsistió, hasta 1938, dando clases en un colegio, en Rumanía.

Pero, durante el tiempo en que Oberth vivió en Rumanía no perdió el interés por los cohetes ni sus contactos con los centros y personas interesados por aquella ciencia. En junio de 1929 ganó el premio de la Sociedad Astronómica Francesa con su libro Caminos del vuelo espacial que escribió a partir de su tesis doctoral. Durante los años 1928 y 1929 trabajó en Berlín, parte de su tiempo, como consultor del equipo cinematográfico que estaba rodando la película Mujer en la Luna. Una de sus tareas fue la de construir y lanzar un cohete, como evento publicitario de la película. Pero quizá, la actividad más destacable durante aquella época fueron los experimentos que llevó a cabo en los laboratorios del Instituto de Tecnología Química en Berlín. Allí probó estáticamente un motor cohete de combustible líquido, construido por Klaus Riedel, con la ayuda de un joven de 17 años que se llamaba Wernher Braun.

Su asistente, Wernher von Braun,  había nacido en Wirsitz, en 1912 en el seno de una familia aristocrática. De pequeño quería ser compositor, aprendió a tocar el piano y el chelo, pero después de leer las obras de ciencia ficción que había escrito Hermman Oberth, sobre viajes espaciales, se aficionó a la astronomía y el espacio. Para von Braun, trabajar con Oberth en el Instituto de Tecnología Química, experimentando con un motor cohete, era más de lo que podía imaginar. Entonces, Wernher estudiaba en el Instituto Tecnológico de Berlín para graduarse como ingeniero aeronáutico.

Después de la diplomatura, von Braun continuaría estudiando Física  en la universidad Federico-Guillermo. Hermann Oberth había sido un pionero en el mundo de los cohetes, en unos momentos en que se trataba de una ciencia “poco adecuada”, pero el mundo había cambiado. Cuando el partido nazi tomó el poder en Alemania, impulsar la tecnología de los cohetes pasó a formar parte de las prioridades del Gobierno. Wernher von Braun leyó su tesis doctoral el 27 de julio de 1934. La tesis de von Braun trataba sobre el uso de combustibles líquidos en cohetes y la mayor parte de su contenido no se haría público por considerarse material clasificado. Nada más leer su tesis, el capitán Walter Dornberger puso a su disposición una ayuda para que trabajara en su laboratorio de Kummersdorf y a finales de 1934 el equipo de von Braun ya había lanzado dos cohetes que alcanzaron 2200 y 3500 metros de altura, respectivamente. El brillante doctor llegó al mundillo de los cohetes, justo a tiempo. Goddard aún no había conseguido unos resultados tan buenos en Roswell, pero la diferencia de medios con que contaba su equipo y el del joven alemán era abismal.

En 1936 el gobierno alemán creó un centro de investigación de cohetes en Peenemünde, en la isla de Usedom en el mar Báltico. Dornberger sería el responsable máximo del centro y Wernher von Braun fue nombrado director técnico.

Aprovechando la ola de interés sobre los cohetes que impulsó el gobierno nazi, Austria no quiso quedarse atrás y Hermann Oberth abandonó Rumanía en 1938 para trabajar en el Instituto Técnico de Viena. De allí se trasladó a Dresden, en Alemania, y en 1941 von Braun se lo llevó a Peenemünde.

El cohete que mayor popularidad otorgaría a Peenemünde fue el A-4. Durante la tercera prueba, el 3 de octubre de 1943, el A-4 alcanzó 80 kilómetros de altura y se estrelló a 193 kilómetros del lugar de lanzamiento, siguiendo la trayectoria prevista. En 1943, en plena guerra,  se inició la producción en serie del A-4, con el nombre que le puso el ministro nazi Goebbels: Vergeltungswaffe 2  (Arma de la venganza 2). El V-2 llevaba un depósito con una mezcla de etanol y agua como combustible y oxígeno líquido como oxidante. El motor del cohete funcionaba durante 65 segundos, el resto de la trayectoria seguía un curso balístico y portaba una cabeza explosiva de 1 tonelada. Si el V-2 se lanzaba verticalmente, podía alcanzar una altura de 206 kilómetros. La fabricación de las V-2 se haría en Mittelwerk, mientras que las investigaciones seguirían en Peenemünde con von Braun a la cabeza del equipo técnico.

En Estados Unidos, Goddard no contaba con los medios de von Braun y sus desarrollos tuvieron un alcance mucho más limitado. El teniente Fischer de la Marina estadounidense visitó a Goddard en Roswell en 1941 y quedó impresionado con el trabajo del científico. Recomendó a sus superiores que se aplicara aquella tecnología para desarrollar un motor de empuje variable que permitiera despegar aeronaves pesadas en una pista tan corta como la cubierta de un portaviones. En un tiempo récord el equipo de Goddard puso a disposición de la Marina una unidad que cumplía con los requisitos que les habían sido impuestos.

Con la guerra como epicentro de cuanto acontecía en el mundo, en 1942, Robert Goddard trasladó su modesto centro de operaciones a Annapolis, donde estaba el cuartel general de la Marina. En 1945 le enviaron un V-2 capturado a los alemanes y Goddard dijo que le “habían robado su trabajo” porque tenía el mismo diseño que alguno de sus cohetes. Los servicios de inteligencia alemanes habían seguido de cerca el trabajo de Robert. Él mismo confesó que algunos informes suyos habían desaparecido y que alguien había abierto su correspondencia. Si bien es cierto que el espionaje alemán anduvo cerca de las instalaciones de Goddard en Roswell también parece que la información que suministró fue bastante confusa. Lo cierto es que el equipo de Wernher von Braun en Peenemünde, mucho más numeroso, bien equipado y con un presupuesto generoso, progresó mucho más deprisa que Goddard y sus colaboradores. El ejército estadounidense no consideró que los trabajos de Robert Goddard tenían una gran importancia estratégica y los medios lo trataron con cierto desprecio, ni siquiera en las universidades, con excepción de la Clark, hubo estudiosos interesados en desarrollar la tecnología de los cohetes. El propio Goddard no encontró ningún estudiante del Massachusetts Institute of Technology que quisiera incorporarse a su equipo.

La salud de Goddard siempre fue bastante mala. En 1945 le diagnosticaron un cáncer de garganta y murió ese mismo año, en el mes de agosto.

Poco antes de que falleciera el ilustre físico estadounidense, en marzo de 1945, un técnico de laboratorio polaco, que trabajaba en la universidad de Bonn, encontró en un baño trozos de papel que parecían contener los nombres de una misteriosa lista. El técnico hizo llegar al servicio de inteligencia británico su hallazgo que se lo pasó a los estadounidenses. Los papeles contenían la lista Osenberg.  Era la relación de científicos y técnicos alemanes, elaborada por las autoridades nazis en 1943, que debían permanecer en los centros de investigación para trabajar en el desarrollo de nuevas armas. El comandante Staver, responsable de la Sección de Sistemas de Propulsión del departamento de Investigación e Inteligencia del ejército de Estados Unidos utilizó la lista de Osenberg para identificar los científicos alemanes que debían ser detenidos e interrogados. Wernher von Braun encabezaba aquella relación.

En la primavera de 1945 las tropas rusas estaban a unos 150 kilómetros de Peenemünde. Braun recibió órdenes contradictorias de sus superiores, mientras el general Kammler de las SS quería reubicar al equipo de técnicos en el centro de Alemania, otros generales le ordenaron que se incorporaran a la lucha para defender su país. Von Braun falsificó documentos para unos 500 colaboradores suyos y se movieron a una zona que estaba cerca de Mittelwerk. Kammler había dado orden de que los fusilaran a todos antes de dejarlos caer en manos del enemigo, pero von Braun se las ingenió para dispersar a su gente. En mayo, los técnicos alemanes fueron apresados por el ejército estadounidense. A von Braun lo llevaron al castillo de Kransberg, donde el mando británico y estadounidense interrogaba a los líderes científicos, sociales y económicos alemanes. Allí mismo lo incorporaron a la nómina de los afiliados a la operación Paperclip. Esta operación, apadrinada por el presidente Truman,  tenía como objetivo reclutar a los científicos más sobresalientes de la Alemania nazi para que trabajaran en Estados Unidos. Los servicios de inteligencia facilitaban la documentación y los permisos de residencia y trabajo necesarios, al tiempo que eliminaban de los registros existentes cualquier traza que pudiera relacionar de forma indecorosa a los científicos con el nazismo.

Hermann Oberth corrió una suerte distinta. Ya no era tan importante como von Braun y permaneció en Nuremberg, Alemania, hasta 1948 cuando recibió autorización para trasladarse con su familia a Suiza. De allí fue a Italia, en 1950, para colaborar con la Marina en el desarrollo de misiles anti aéreos de combustible sólido. Oberth regresó a Alemania y después viajó a Estados Unidos. Trabajó con von Braun en Huntsville y en la industria privada. Se retiró en 1962, cuando cumplió 68 años. Fue una voz independiente, dedicado a escribir artículos y libros sobre el espacio y siempre defendió la teoría de que no estábamos solos en el Universo.

Wernher von Braun y muchos de sus colaboradores fueron trasladados a Estados Unidos, al amparo de la operación Paperclip. De 1945 a 1950 trabajaron en la instalación del Ejército en Fort Bliss, al norte de El Paso. Fueron años difíciles para ellos, en un lugar inhóspito de un país extranjero, estrechamente vigilados, sin poder circular libremente. En 1950 los movieron a Huntsville, Alabama, cuando empezó la guerra de Corea. Los programas militares ocuparían a von Braun hasta el año 1957.

Von Braun seguía soñando con el espacio y en 1952 publicó una serie de artículos en la revista Collier´s Weekly titulada Man Will Conquer Space Soon (El hombre conquistará el espacio pronto) en los que desarrollaría sus ideas de cómo debía ser una estación espacial: una estructura toroidal de76 metros de diámetro que giraba de  forma que producía una aceleración similar a la de la gravedad. La estación serviría como plataforma desde la que se apoyarían las expediciones lunares. Después escribió una novela, que no se publicaría hasta el año 2006, y participó en programas de televisión con Walt Disney para popularizar los viajes espaciales. En 1959 publicó un cuadernillo con episodios de sus escritos anteriores sobre sus ideas acerca de las expediciones a la Luna.

Para que von Braun pudiera realizar el sueño de su vida fue necesario que Sergei  Korolev y sus colegas de la Unión Soviética irrumpieran con energía y liderazgo en el panorama espacial.

Stalin se enfureció en 1945 al constatar que los estadounidenses se habían apropiado de casi todo el material de los V-2 y que la mayoría de los técnicos y científicos alemanes  relacionados con su desarrollo estaban ya en la zona controlada por los norteamericanos. El dictador soviético ordenó que varios equipos de expertos se trasladaran a Alemania para inspeccionar las instalaciones, apropiarse de los cohetes que encontraran y deportaran a los expertos que fuera posible con el objetivo de adquirir la tecnología de los V-2.  Uno de los técnicos de Stalin que, en agosto de 1945, estuvo en Alemania fue el ingeniero Sergei  Korolev, aún bajo la vigilancia de la inteligencia soviética.

Korolev había sido condenado a 10 años de prisión, en 1938, por los tribunales que ejercieron las purgas de Stalin que conseguirían encarcelar a la élite aeronáutica del país. Se le acusaba de haber dilapidado dinero público con experimentos de cohetería inútiles. En 1940 los tecnócratas comunistas rescataron de las prisiones a los técnicos más relevantes, necesarios para nutrir la industria bélica del país, y los asignaron a oficinas de trabajo aunque siguieran bajo vigilancia. Korolev fue trasladado a un departamento que dirigía Tupolev, en Moscú. El propio Tupolev, también estaba bajo sospecha. En 1944 Korolev recibió el encargo de elaborar un diseño preliminar de un cohete capaz de competir con las V-2 alemanas. Disponía de tres días y 60 ingenieros para entregar el trabajo. La respuesta fue un cohete propulsado con alcohol y oxígeno líquido, con dos etapas y un sistema automático de guiado que dio origen a los D1 y D2 cuyo alcance sería de 75 kilómetros.

Von Braun y su equipo de Peenemünde habían conseguido un cohete cuyo alcance era de unos 300 kilómetros y a los soviéticos les parecería algo extraordinario. Durante su estancia en Alemania Korolev interrogó a los técnicos y científicos aeroespaciales que pudo y participó, como observador, en la operación británica Backfire, en la que se lanzó un V-2 de demostración, el 15 de octubre de 1945 desde Altenwaide.  Korolev también seleccionó a los 234 empleados alemanes de la factoría en donde se fabricaban los V-2, en Mittelwerke, que fueron deportados a Gordodomlya en el lago Seleger la noche del 22 al 23 de octubre de 1946.

Sergei Korolev seguía bajo la vigilante mirada del servicio de inteligencia soviético, pero eso no impidió que se le nombrara responsable del centro de investigación cuya misión era la de copiar y poner en producción los V-2, en la Unión Soviética, con la ayuda de los deportados. Otro ingeniero, que desempeñaría un papel clave en el desarrollo de la actividad aeroespacial soviética, Glushko, recibió el encargo de fabricar los motores de los cohetes de Korolev. Glushko también había sido rescatado de los campos de concentración. Los directivos, vigilados, se habían convertido en los vigilantes de centenares de alemanes deportados.  Eran los tiempos de Stalin, en un país en el que sus infraestructuras industriales distaban mucho de las de Alemania durante la guerra. La versión rusa del V-2, mejorado, sería el R-2 y en la medida en la que los soviéticos adquirían las capacidades necesarias para el desarrollo de sus cohetes, los técnicos alemanes fueron relegados a un segundo plano. Entre 1951 y 1953 se repatriaron a todos los deportados a quienes se les mantendría al margen de los nuevos proyectos.

Stalin apostó con fuerza por el desarrollo de la tecnología de los cohetes y en 1946 firmó un decreto para impulsar las actividades en este campo. Korolev demostraría poseer unas cualidades excepcionales para organizar el trabajo y motivar a sus colaboradores;  además, contaba con medios generosos para cumplir con sus objetivos. Con la ayuda inicial de los técnicos alemanes y bajo el liderazgo de Korolev  los soviéticos consiguieron, en un tiempo récord, perfeccionar la tecnología hasta el punto de poner en órbita el Sputnik 1 que sería el primer satélite, el 4 de octubre de 1957. El cohete  R-7 que se utilizó para propulsar al Sputnik 1 también serviría para impulsar la carga de los primeros misiles balísticos de largo alcance soviéticos.

Al éxito del Sputnik 1 de 1957 se añadió el de Yuri Gagarin, el primer astronauta que visitó el espacio, el 12 de abril de 1961, lo que confirmaría la clara ventaja soviética en el desarrollo de motores cohetes. La posibilidad de que los rusos dispusieran de misiles balísticos con cabezas nucleares capaces de alcanzar el corazón de Estados Unidos hizo que Kennedy asumiera el compromiso, en su campaña electoral, de eliminar la ventaja tecnológica rusa en la carrera espacial y de misiles balísticos. Lo cierto es que aquella supuesta ventaja, todavía  no suponía ninguna amenaza. Los misiles balísticos soviéticos de entonces eran muy complicados de operar y desplegar y su sistema de guiado mediante radiocontrol resultaba demasiado rudimentario. Los pocos misiles que se habían desplegado en las bases de Tyuratam y Plesetsk apenas podían alcanzar el norte de Estados Unidos. Los aviones espía U-2 de la inteligencia estadounidense disponían de una información muy precisa sobre la debilidad de aquella amenaza, pero que la opinión pública pensara lo contrario favorecía los intereses de la defensa nacional ya que facilitaría el incremento del gasto militar. A la inteligencia no le interesaba que los ciudadanos cambiaran de opinión y a los políticos tampoco. Kennedy nombró a McNamara  secretario de Defensa y como el nuevo servidor público procedía de la industria automovilística, estaba acostumbrado a pensar a gran escala. Decidió que el país tenía que construir 1000 misiles balísticos intercontinentales. Es posible que fuera una respuesta que no guardara una gran proporción con las ocho plataformas soviéticas, pero era un número redondo y fácil de memorizar. Para abaratar el producto se concibió un nuevo cohete de combustible sólido, el Minuteman.

Korolev recibió el encargo de responder aquella nueva amenaza con el diseño de otro misil de largo alcance propulsado con combustible sólido. Su equipo de ingenieros propuso una solución, el RT-2, pero este misil no llegó a funcionar bien.

El sistema soviético facilitaba la proliferación de camarillas, intrigas, insidias y conspiraciones. En el mundo de los cohetes había tres lumbreras que competían de forma descarada:  Korolev, Glushko y Chelomei.  Korolev y Glushko habían sido huéspedes de las mazmorras de Stalin, durante las purgas anteriores a la segunda guerra mundial, pero después serían rehabilitados. Korolev había ido a prisión, delatado por Glushko, y entre los dos la animadversión era manifiesta. Chelomei trabajó en el desarrollo de misiles que se lanzaban desde aviones bombarderos, pero poco antes de la muerte de Stalin cayó en desgracia porque los sistemas de control de sus cohetes no funcionaban correctamente y tuvo que regresar a la Universidad para dar clases. A su pérdida de protagonismo contribuyó de forma decisiva el hijo del jefe de seguridad de Stalin, contratado por el responsable de diseño de la compañía MIG, que consiguió llevar a su empresa el trabajo del desarrollo de los misiles de Chelomei. Al morir Stalin, Malenkov  ayudó a Chelomei a regresar a la industria para desarrollar uno de sus proyectos: los misiles de crucero que equiparían los submarinos. El ingeniero aprendió la lección y cuando Krushchev ascendió al poder contrató a su hijo Sergei. El vástago de Krushchev le sería de gran ayuda en su batalla contra Korolev para quitarle el encargo del desarrollo del misil de combustible sólido. Krushchev encargó a Chelomei que desarrollase un misil pequeño, propulsado con combustible líquido, el UR-100, del que llegarían a fabricarse miles de unidades.

Por entonces, Korolev mantuvo otro frente abierto con Glushko que quería sustituir el oxígeno líquido por otro oxidante que pudiera almacenarse para evitar el complejo proceso de carga y generación del gas, antes de cada lanzamiento. Los militares apoyaron a Glushko y Chelomei porque, según ellos, Korolev había gastado cantidades astronómicas de dinero en el desarrollo de los programas de misiles balísticos intercontinentales R5, R-7 y R-9. Poco a poco, el ingeniero soviético se centraría en los proyectos espaciales. En agosto de 1964 logró que le aprobaran el proyecto de un vuelo tripulado a la Luna. Sin embargo, para el gobierno soviético la prioridad no era el espacio sino los misiles de su ejército. Korolev tuvo que luchar contra una burocracia que año tras año mermaba sus presupuestos mientras que la Administración Kennedy había puesto en marcha su ambicioso programa espacial con el apoyo de sus máximos dirigentes.

En 1966 Korolev murió en la mesa de operaciones de un hospital de Moscú mientras le intervenían un cáncer de colon. El cirujano no era la persona más adecuada para realizar esta operación, aunque ostentara el cargo de ministro de Sanidad. La prematura muerte de Korolev, a los 59 años, daría al traste con el programa espacial soviético. Dos semanas después de la muerte de Korolev el Luna 9 de la agencia espacial rusa aterrizó suavemente en la superficie de nuestro satélite. Fue el último acto de una obra en la que los soviéticos habían llevado la iniciativa.

En 1960 la NASA abrió el centro espacial Marshall en Huntsville y von Braun fue nombrado director del mismo, cargo que ocuparía hasta 1970. Durante aquellos años trabajó en el desarrollo del Saturno V que transportaría a los astronautas estadounidenses a la Luna. Fue el cohete de mayor tamaño y empuje que jamás se construyó, capaz de transportar 45 toneladas de carga de pago a la órbita de inyección lunar. Hasta la fecha no se ha construido ningún cohete que pueda transportar tripulaciones más allá de la órbita terrestre.  Disponía de tres etapas, todas llevaban oxígeno líquido como oxidante y el combustible de la primera era queroseno refinado (RP-1), mientras que las otras dos utilizaban hidrógeno líquido.

El competidor soviético del Saturno V fue el N1-L3 que se empezó a construir a finales de 1965, pero la muerte de Sergei Korolev, al año siguiente, contribuiría de manera decisiva al fracaso del proyecto. Después de cuatro intentos fallidos, uno de los cuales causó la mayor explosión no nuclear provocada por el hombre, el programa se canceló definitivamente en 1976.

Wernher von Braun dirigió los trabajos del centro Marshall, donde se concibió el mayor cohete de la historia de la astronáutica que prestó servicio en trece misiones espaciales y llevó al hombre a la Luna. Von Braun soñaba con seguir con la aventura espacial y en la década de 1980 creía que sus cohetes transportarían astronautas a Marte. Después del éxito de los Apollo y de la retirada de los soviéticos de la carrera espacial, el interés de la NASA por ir más allá de la Luna, o incluso regresar a nuestro satélite, decayó hasta el punto de que el ingeniero alemán, asentado ya cómodamente en Estados Unidos, abandonaría la agencia.

En 1972, von Braun se retiró de la NASA y durante cinco años trabajaría en la industria privada. Murió de cáncer de páncreas en 1977.

Desde qué Goddard lanzó su primer cohete de combustible líquido, un burdo demostrador, hasta el alunizaje de los astronautas estadounidenses transcurrieron  43 años, un intervalo de tiempo insignificante en comparación con el avance que experimentó la tecnología ¿cómo pudo ocurrir un desarrollo de tal magnitud con tanta celeridad? Los hombres clave hicieron el trabajo, pero la política marcó los presupuestos y la geografía de los acontecimientos.

La historia completa en el libro El viaje a la Luna

Libros de Francisco Escartí (Si desea más información haga click en el enlace)
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La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

El vuelo de los pájaros y nuestros aviones

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El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

Algunas personas creen que los pájaros no nos han enseñado a construir los aviones. Claro que no, los pájaros nunca dicen nada. Otra cosa distinta es si nosotros hemos aprendido a volar observando lo que hacen. También mucha gente cree que, gracias a nuestros conocimientos aerodinámicos y los instrumentos de medida que tenemos en la actualidad, es ahora cuando empezamos a entender cómo vuelan los animales. Es cierto que hoy sabemos de todo mucho más que hace cien años, pero nuestros antepasados aprendieron a descifrar los verdaderos mecanismos que hacían posible el vuelo de los pájaros.

Nadie tiene la menor duda de que los pájaros demostraron al hombre que era posible volar, quizá sin ellos el hombre ni se hubiera planteado esa posibilidad y creo que no es difícil demostrar que también le indicaron el camino de cómo tenía que hacerlo, aunque eso llevó más tiempo. El hombre siempre había visto aletear a los pájaros y ese ejercicio se le antojó que era indispensable para volar. Un grave error.

Fue sir George Cayley quien sacó a los interesados por la navegación aérea de ese error. Se dio cuenta de que, el secreto del vuelo no estaba en el aleteo. Los pájaros planeadores, los que se deslizan suavemente hacia tierra o ascienden aprovechando las térmicas, en círculos, pero sin batir las alas, fueron los que le indicaron cuál era la solución del problema.

Imaginemos a un buitre que ha visto a un par de kilómetros desde su atalaya, cerca de las nubes, un conejo muerto entre los matorrales. El pájaro ajustará sus alas para iniciar un largo descenso hasta el lugar donde está el festín que acaba de descubrir. No tiene demasiada prisa, puede tardar algún tiempo en alcanzar el objetivo que está muerto, y no dará un solo aletazo hasta llegar al suelo. Si observamos su trayectoria, será una línea recta, con un pequeño ángulo de descenso. El animal se mueve hacia adelante con las alas quietas y, para vencer la resistencia al avance, cuenta con un motor que es la fuerza de la gravedad.

¿Cuánta fuerza necesita el buitre para vencer la resistencia al avance en su largo planeo? La pregunta plantea un problema de física elemental. Para que el buitre baje con velocidad constante, la relación entre la fuerza de sustentación de las alas y la fuerza de resistencia al avance es igual a la cotangente del ángulo de planeo. Cayley comprobó que los ángulos de planeo de estos pájaros son pequeños y que esa relación tiene un valor del orden de 10 a 20. Fue un descubrimiento genial porque eso quería decir que la fuerza de resistencia que había que vencer para obtener la sustentación era de 10 a 20 veces más pequeña que la sustentación, con ángulos de planeo que solían ser de 3 a 10 grados. Eso es lo que hacían los pájaros planeando, sin mover las alas.

Así es como, en 1799, sir George Cayley formuló el concepto de aeroplano moderno cuyo principio fundamental establece que para mantener en vuelo un artefacto hay que ganar velocidad, hacer que unos planos fijos, las alas, incidan sobre la corriente de aire con un pequeño ángulo- lo cual genera una fuerza de sustentación capaz de equilibrar el peso- y contrarrestar la resistencia, que será una pequeña fracción del peso, con un empuje de igual magnitud. Durante mucho tiempo, Cayley se obsesionó con la idea de construir un motor ligero que le suministrara suficiente potencia para generar el empuje, sin darse cuenta de que podía volar, como los pájaros planeadores, a expensas de la gravedad. Ya muy mayor, octogenario, construyó planeadores en los que volaría su chófer. A partir de ahí, aun tardarían más de cien años en pergeñar los inventores un aeroplano práctico, pero el camino a seguir ya lo había marcado el noble inglés que supo tomar buena nota de lo que hacían los pájaros.

Bien, ahora estamos en el siglo XXI y cabe preguntarse ¿qué nos pueden enseñar los pájaros? Además la pregunta es muy oportuna porque venimos de un siglo en el que el lema fue “queremos ir más alto, más lejos y más deprisa” y ahora la cuestión es “queremos ser, por encima de todo, energéticamente más eficientes”. Eso equivale a que deseamos aviones más ligeros y cuya resistencia al avance sea menor. La Naturaleza es una perfecta maestra cuando se trata de optimizar recursos. Su método de prueba y error lleva tiempo, quizá millones de años, pero es muy efectivo. Para los ingenieros de un futuro en el que la eficiencia primará sobre la eficacia, la Naturaleza es un modelo idóneo a seguir.

Nuestros aviones comerciales son mucho más grandes y vuelan bastante más deprisa que los pájaros y a veces es imposible establecer comparaciones. Desde que desaparecieron los pterosaurios, hace más de 60 millones de años, los animales más pesados que tienen capacidad para volar no pasan de 20 kilogramos. Incluso, los 80 o 100 kilogramos de aquellos monstruos voladores del Cretáceo hay que multiplicarlos por 1000 para llegar al peso de despegue de un avión como el B-737 MAX que no es de los más grandes. Sin embargo, hoy existe un mercado creciente de aeronaves no tripuladas de tamaño relativamente pequeño para el que estas comparaciones pueden ser perfectamente válidas.

Muchos de los avances aerodinámicos introducidos en los aviones comerciales, durante los últimos años, los vienen utilizando los pájaros desde siempre. Los winglets y los slats, que con casi toda seguridad no surgieron del estudio del vuelo de los pájaros- sino de ensayos en túneles aerodinámicos- son un ejemplo claro de cómo nuestros descubrimientos ya los había inventado la Naturaleza.

En 1976, un ingeniero de la NASA, Richard Withcomb, publicó un artículo en el que demostró los beneficios de colocar en las puntas de las alas unos planos verticales que se denominan winglets, wingtips o sharklets. Withcomb explicaba en su nota que estos adminículos disminuían la resistencia asociada a los torbellinos que se desprenden de las puntas de las alas. Según Aviation Partners, la empresa que patentó en Estados Unidos, en 1994, un tipo de winglet- que usa Boeing en muchos de sus aviones- este dispositivo puede reducir el consumo de combustible entre un 5% y un 7,5%.

Sabemos que los pájaros, en determinadas situaciones, separan las puntas de las plumas primarias dejando huecos entre las mismas lo que produce exactamente el mismo efecto que los winglets. A diferencia de nuestros aviones cuyos winglets son fijos, los pájaros los despliegan en los momentos en que realmente son más efectivos.

Para aumentar la sustentación de las alas a baja velocidad, los aviones grandes utilizan slats que son dispositivos móviles para crear una ranura en el borde de ataque del ala. Cuando el ángulo de ataque del ala aumenta la sustentación también lo hace, hasta un valor de ese ángulo- alrededor de unos 20 grados- en el que el ala entra en pérdida y deja de sustentar. La pérdida se produce porque el flujo laminar de aire en la parte superior del ala (extradós) se desprende. La ranura del slat induce en el extradós un soplado de aire, desde la parte inferior del ala (intradós), que retrasa el desprendimiento del flujo de aire al incrementar el ángulo de ataque.
Los pájaros tienen una pluma, en el borde de ataque del ala, que se llama alula y que funciona de un modo similar, aunque no exactamente igual, a los slats de los aviones.

Los pájaros y nuestros aviones se diferencian fundamentalmente en tres cosas. La primera es que los pájaros no utilizan un plano vertical en la cola. Ese plano- indispensable en las aeronaves para mantener la actitud de guiñada, amortiguar las oscilaciones, y compensar el resbalamiento en un vuelo asimétrico- no lo lleva ningún pájaro. La segunda es que no utilizan hélices. Y la tercera es que los pájaros tienen una forma variable que adaptan en tiempo real a las necesidades del vuelo que ejecutan.
Hay estudios que explican cómo los pájaros pueden volar sin un plano vertical en la cola. Esa posibilidad, que demuestra la evidencia, se debe a la capacidad que tienen los pájaros para modificar en tiempo real su morfología. Como ese no es el caso de nuestros aviones, no tendremos más remedio que seguir haciéndolos con colas.

Fabricar hélices presenta serios problemas a la Naturaleza, porque los tejidos vivos necesitan riego sanguíneo y haría falta una junta rotatoria capaz de transmitir el líquido a las palas de las hélices. Como no ha encontrado el modo de construir este dispositivo, la Naturaleza emplea las puntas de las alas para impulsar a los pájaros. Estas puntas, en su movimiento descendente sufren una torsión, de modo que el plano en el extremo del ala baja casi perpendicular al suelo y la fuerza aerodinámica allí tiene el sentido de la marcha. En las proximidades del cuerpo el ala del pájaro apenas se mueve y recibe el aire como si se tratara de un aeroplano. En esta parte del ala se produce la sustentación que compensa el peso del animal y en las puntas la tracción que lo impulsa.

Quizá, el aspecto que nos pueda ayudar en mayor medida a mejorar nuestras aeronaves en el futuro, sea el estudio de cómo varían los pájaros la forma de su cuerpo, en función del vuelo. Si analizamos el vuelo de planeo de un cóndor se puede observar como el pájaro despliega en mayor o menor medida sus patas para ajustar el ángulo de descenso. Este mecanismo es efectivo si la velocidad es elevada, pero no cuando vuela despacio. Incluso volando deprisa, el ajuste del ángulo de descenso, variando la resistencia frontal, lleva algún tiempo. Si lo quiere hacer rápidamente, el cóndor disminuye la superficie de sus alas. A baja velocidad la extensión y separación de las plumas primarias en la punta de las alas, es mucho más efectiva que la reducción de la sección frontal, para disminuir el ángulo de planeo.

El empleo de todos estos recursos y de otros, que ni siquiera conocemos, hacen de los pájaros unos excelentes maestros de los que podemos aprender las ventajas de la geometría variable para hacer nuestros aviones más eficientes.

Libros de Francisco Escartí (Si desea más información haga click en el enlace)
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Cazar un asteroide

NASA asteroid initiative

La misión es tan sorprendente que algunos expertos piensan que es casi imposible. La NASA propone salir al espacio con un robot, buscar un asteroide de unas 500 toneladas de peso, cazarlo y ponerlo en una órbita lunar; después mandaría un par de astronautas para que lo visitaran y se trajeran alguna muestra del celestial viajero apresado por el robot y convertido en luna de la Luna. Una misión que costará alrededor de dos mil seiscientos millones de dólares.

El robot cazador se lanzaría al espacio con el nuevo Space Launch System (SLS) y la misión tripulada iría a bordo de la nave Orion, dos productos de la agencia espacial que están actualmente en fase de desarrollo. El SLS transportaría un robot, propulsado con un motor iónico que se alimentaría con energía solar, hasta llegar al asteroide. Una vez allí podría desplegar un contenedor cilíndrico hinchable en cuyo interior se alojaría el asteroide, luego el cilindro se deshincharía para atraparlo en una especie de bolsa pegada a su superficie. Es posible que el asteroide estuviera girando sobre sí mismo a gran velocidad y habría que detener la rotación del prisionero, quizá desplegando con un cabo una masa sujeta al asteroide para que al girar disminuyese su velocidad angular, igual que hacen las bailarinas al extender los brazos cuando dan vueltas sobre sí mismas. En el momento en que la velocidad de giro fuese suficientemente pequeña habría que soltar la masa y el cabo, que se perderían en el espacio llevándose con ellas la mayor parte de la energía cinética de rotación del incrédulo asteroide. A partir de ese momento, el motor iónico se encargaría de transportar la presa a una órbita lunar.

La segunda parte de la misión consistiría en enviar dos astronautas con una nave Orion al asteroide. Allí llevarían a cabo labores de investigación, tomarían algunas muestras y regresarían a la Tierra.

Los argumentos más contundentes en contra de este proyecto se centran en que si no se sabe con suficiente antelación el asteroide que se pretende cazar, será imposible cumplir con la agenda prevista. Si detectamos un pequeño asteroide con la antelación necesaria y decidimos que ese va a ser el objetivo de la misión corremos el riesgo de que cuando esté cerca de nosotros nos demos cuenta de que sus características hagan inviable el proyecto y será demasiado tarde para buscar otro. De otra parte, es muy difícil predecir cuándo vamos a encontrar el asteroide idóneo para el programa, quizá eso no ocurra en el plazo que establezca nuestra agenda. Una alternativa consistiría en viajar hasta un asteroide, que conozcamos desde un principio con suficiente detalle, para extraer un trozo del mismo y llevarlo a la órbita lunar.

¿Por qué quiere la NASA hacer esto? Un periodista de la CNN comentaba en broma que es posible que nuestras naves no puedan llevar combustible suficiente para llegar a su destino y sería interesante poder aterrizar en un asteroide, repostar y seguir el viaje; quizá no haría falta reemprender la marcha inmediatamente, si elegimos el asteroide adecuado podría acercarnos al lugar donde nos dirigimos. También se especula con la posibilidad de extraer de los asteroides materias primas que en la Tierra se han agotado o que ni siquiera existen. La experimentación con motores iónicos, necesarios para una futura misión tripulada a Marte, es otra razón que apoya este proyecto. Sin embargo, la defensa de nuestro planeta ante una posible colisión con un asteroide grande capaz de destruir o dañar seriamente nuestra civilización podría justificar con creces el proyecto.

Del 30 de septiembre al 2 de octubre de 1913, la NASA ha organizado en Houston un congreso para tratar de forma amplia esta iniciativa con distintos representantes del público en general, el mundo académico, las empresas y otras organizaciones gubernamentales. Para el debate del evento se ha seleccionado un centenar de comunicaciones. Una de estas presentaciones se titula Reposicionamiento de un asteroide para la defensa del planeta, de Geoffrey A. Landis. Geoffrey es un científico que trabaja para la NASA en el John Glenn Research Center y en sus ratos libres también escribe ciencia ficción. El resumen que hace de su comunicación es muy interesante:

Geoffrey A. Landis, NASA GRC

Durante estos últimos años ha quedado cada vez más claro que los impactos de asteroides han sido los responsables de extinciones masivas sobre la Tierra, incluyendo el impacto de Chicxulub que terminó con la era de los dinosaurios. La probabilidad de un impacto como este es pequeña pero las consecuencias serían grandes. Por lo tanto, hay un gran interés en encontrar alguna defensa contra un impacto capaz de producir un cataclismo. Nuestra idea es la de utilizar un asteroide contra otro asteroide. Concretamente, proponemos que podríamos encontrar un asteroide de 7 a 10 metros de diámetro, llegar hasta él y llevarlo a una órbita lunar estable que pase por algún punto de Lagrange. Desde esta posición, si se detecta un asteroide amenazante, el asteroide defensivo puede lanzarse siguiendo una trayectoria que intercepte la del objeto que nos amenaza para desviar su trayectoria y evitar que impacte sobre la Tierra.

La probabilidad de que un gran asteroide impacte sobre la Tierra es pequeña, como dice Geoffrey, pero las consecuencias serían terribles para nuestro mundo. La defensa de nuestro planeta frente a semejante amenaza podría ser el primer gran logro de la era espacial.

Beryl Markham: las otras Memorias de África

Beryl Markham

Beryl Markham

El 14 de mayo de 1931 Denys Finch Hatton despegó con su sirviente Kamau del aeropuerto de Voi, en Kenia, y después de dar dos vueltas al aeródromo su aeronave se precipitó al suelo y se incendió. Denys y Kamau fallecieron en el accidente. Denys fue enterrado en las colinas de Ngong que bordean el Parque Nacional de Nairobi. Aquél fatal desenlace daría pie a un final romántico para el libro de Isak Dinesen, Memorias de África.

Isak Dinesen, cuyo verdadero nombre fue Karen Blixen, escribió la historia de su vida en África, un relato que años más tarde, en 1985, se llevaría al cine y lo protagonizarían, en una película muy taquillera, Robert Redford y Meryl Streep. Karen Blixen, divorciada después de un matrimonio de conveniencia con el barón Bror Blixen-Finecke, tuvo un romance con Denys, un piloto cazador que organizaba safaris para gente adinerada. La historia de amor se desarrolla en las suaves lomas del Masai Mara, una tierra de color en la que la naturaleza se expresa con fuerza y suavidad.

Si Denys y su acompañante no se hubieran estrellado el final de la novela de Karen Blixen habría sido muy distinto, porque cuando ocurrió la desgracia el piloto y cazador mantenía una relación clandestina con otra mujer que se llamaba Beryl, amiga de Karen.

Beryl Clutterbuck nació en Leicester, Inglaterra, en 1902 y cuando tenía cuatro años su padre se trasladó a  Kenia para explotar una granja en Njoro. Su madre no pudo soportar la vida en África y regresó a Inglaterra por lo que Beryl se educó con su padre. Aprendió swahili, nandi y masai, además de a domar caballos y cuidar de la granja. Se casó con 16 años, con otro granjero, pero su vida amorosa fue muy complicada. Beryl entabló amistad con Karen, que cuidaba de la plantación de café de su familia, ya que las dos pertenecían al pequeño grupo social de extranjeros afincados en Kenia.

Beryl voló por primera vez con Denys Finch Hatton y a partir de aquél momento sintió una atracción irresistible por la aviación. Cuando las relaciones entre Denys y Karen se enfriaron, Beryl amplió el objeto de sus atracciones al piloto y cazador que se convirtió en su amante. Parece que Denys le había propuesto a Beryl que lo acompañara en aquél viaje que no llegó a hacer, pero otro piloto, que también era instructor, Tom Campbell Black, le recomendó que no volara ese día.

Poco después de la muerte de Denys, Beryl se enamoró de Tom Campbell con quién aprendió a volar. Durante algunos años transportó carga y pasajeros a lugares de difícil acceso y también se dedicó a buscar animales desde el aire para orientar a los cazadores, con aviones muy rudimentarios. La aviadora, impulsiva, excéntrica y ambiciosa, quiso emular a Amelia Earhart o impresionar a quién, según algunos, fue el amor de su vida: el piloto Tom Campbell. Para ello decidió volar de Europa a Nueva York, un trayecto que nadie había hecho debido a que los vientos dominantes soplan en la dirección opuesta.

El 4 de septiembre de 1936- a bordo de un Vega Gull, el Messenger– despegó de Abingdon, Inglaterra, rumbo a Nueva York. El vuelo se truncó al helarse la gasolina en los depósitos y tener que efectuar un aterrizaje de emergencia en  Baleine Cove, Canadá. Aunque no cumplió con el objetivo principal de su misión, Beryl se convirtió en la primera mujer que cruzó en solitario el océano de este a oeste a bordo de un avión y en la primera persona que voló de Inglaterra a Norteamérica, sin escalas.

Cuando alcanzó la fama como aviadora se llamaba Beryl Markham y con este nombre se la conocería a partir de entonces. Su segundo marido, Mansfield Markham era un rico aristócrata con quién tuvo un hijo. Mansfield pidió el divorcio después del vuelo transatlántico de su mujer acusándola de infidelidad. Beryl tuvo un romance con el príncipe Enrique, duque de Gloucester, hijo de Jorge V, que la familia Windsor trató de ocultar, aunque duró poco ya que enseguida lo sustituyó por un aviador que se llamaba Hubert Broad.

Cuando murió Tom Campbell, en un accidente de aviación el 19 de septiembre de 1936, Beryl perdió interés por la aeronáutica. Se trasladó a vivir a Estados Unidos y en 1942 se casó con el guionista Raoul Schumacher. En Hollywood coincidió con el piloto y novelista francés Antoine Saint-Exupéry- con quién también tuvo una aventura sentimental- que la animó a escribir su libro Al oeste con la noche. El libro se publicó en 1942, cinco años después que Memorias de África, de Isak Dinesen. Así como este último tuvo mucho éxito, el de Beryl pasó desapercibido.

Beryl Markham regresó a Nairobi en 1952 para dedicarse a la cría de caballos con gran éxito. Sin embargo, con los años el negocio decayó y a los 81 años de edad Beryl seguía adiestrando caballos en su granja. La fortuna le sonreiría por última vez cuando el propietario de un famoso restaurante francés ubicado en la bahía de San Francisco, George Gutekunst, leyó una carta de Hemingway que decía: «¿Leíste el libro de Beryl Markham, Al oeste con la noche? …Ha escrito tan bien, tan maravillosamente bien, que me siento totalmente avergonzado de mí como escritor”. Gutekunst leyó el libro de Beryl y se entusiasmó con la obra hasta el punto de convencer a un editor para que lo imprimiera. A lo largo de cuarenta semanas la novela de la aviadora estuvo en las cabeceras de las listas de libros más vendidos en Estados Unidos. Aquello ocurrió en 1983 y un periodista se trasladó a Nairobi para entrevistar a la autora. La encontró viviendo con estrecheces y malherida porque cerca de su casa un ladrón la había asaltado para robarle.

Gracias a las ventas de su libro, Beryl Markham pudo disfrutar de una cómoda situación financiera durante los últimos años de su vida. Falleció en Nairobi, el 3 de septiembre de 1986, a causa de las secuelas de heridas en una pierna fracturada.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

El cuerpo y el espíritu del Plus Ultra

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Ramón Franco, en Buenos Aires, 1926

“No era alto, apenas un metro sesenta centímetros, tenía algo de tripa, y su pelo rizo había comenzado a desaparecer, pero yo no veía nada de eso. Sólo sus ojos. Ni siquiera su uniforme con las alas de aviador y el pasador de la Medalla Militar”. Así describió Carmen Díaz a su primer esposo, el aviador español Ramón Franco. Se conocieron en 1923 y se casaron en Hendaya el 22 de julio de 1924. Franco no quiso pedir el permiso de boda al rey Alfonso XIII, como era obligatorio hacerlo para los oficiales del Ejército en aquella época. Hacía menos de un año que en el aeródromo de Tauima, en Melilla, en nombre del rey el coronel Jefe de Estado Mayor había condecorado a Ramón con la Medalla Militar, pero el aviador siempre estuvo en contra de todos.

Ramón Franco Bahamonde nació en la ciudad española de Ferrol, en 1896. Cuando se casó, además de la calvicie, el pelo rizo, la tripa y los ojos atractivos, que había visto la novia, también poseía unas dotes excepcionales para el vuelo, era un hombre extravagante, hablaba muy deprisa y fumaba puros a todas horas. Cuatro años más pequeño que su hermano Francisco, que llegaría a gobernar España durante casi cuarenta años, también combatió en África donde hizo gala de una osadía rayana con la temeridad que le valió el sobrenombre de “El Chacal” y la Medalla Militar. Ramón Franco hizo el curso de piloto en Cuatro Vientos, después de combatir en el cuerpo de Artillería y regresó al continente africano para incorporarse a la base de hidroaviones de Atalayón, en Melilla.

El mismo año en que Ramón contrajo matrimonio con Carmen Díaz, del 3 de enero al 16 de febrero, había volado de Melilla a Tenerife, ida y vuelta, con un hidroavión Dornier Wal. El mando de la Aeronáutica española aprovechó una época de poca actividad en el frente africano para ordenar estos vuelos que estaban muy en línea con las gestas de la época. En aquél vuelo, la tripulación de Franco hizo un salto de 817 kilómetros, de Casablanca a Arrecife en Fuerteventura, estableciendo un nuevo récord de distancia para la flota de hidroaviones española.

A finales de 1925 el Gobierno decidió continuar con su programa de vuelos de largo recorrido; después del desembarco de Alhucemas la cuestión africana estaba resuelta y disponía de pilotos entrenados y el equipo necesario para abordar proyectos aeronáuticos ambiciosos. Fijó sus prioridades en tres destinos lejanos que tenían valor social y político para España: Filipinas, Guinea y Argentina.

Eran años, en los que todos los países querían demostrar su capacidad técnica y operativa efectuando grandes vuelos intercontinentales. También eran años en los que la práctica aeronáutica estaba asociada de forma ineludible al peligro. En un artículo publicado por la prensa madrileña en 1920, el autor evaluaba de un modo bastante coherente, el “riesgo” de volar y lo comparaba con otras actividades, teniendo en cuenta el tiempo transcurrido en su ejercicio y el historial de percances mortales de cada una de ellas. Así pues, si se tomaba como referencia “viajar en tren” con un riesgo igual a la unidad (1), “torear” era 428,6 veces más peligroso y “viajar en avión” 3750. Dicho de otro modo, “volar” era algo así como 8 veces más arriesgado que “torear”. Que, en aquella época, los “aviadores” ganaran en riesgo a los “toreros” justifica la connotación de “espectáculo” que acompañó al ejercicio del vuelo durante muchos años.

Dos portugueses, Gago Coutinho y Sacadura Cabral, ya habían cruzado el Atlántico Sur, pero Ramón Franco y Mariano Barberán propusieron hacerlo en un solo avión, con menos escalas y en menos tiempo. Durante meses, los dos aviadores, aprovechando el tiempo libre que les dejaba la guerra africana, estudiaron el vuelo de los portugueses, la evolución de la meteorología a lo largo de la ruta durante el año, los sistemas de navegación disponibles, los repuestos necesarios, la logística, las características de la aeronave que necesitarían y toda la información que estuvo a su alcance necesaria para diseñar el viaje. Franco compró cartas que pagó de su bolsillo y más tarde adquirió un sextante, modelo Systems Admiral Gago Continho de la firma C. Plath de Hamburgo que llevaría consigo durante la expedición. El aparato le costó tres mil pesetas, lo que era entonces una gran cantidad de dinero. En julio de 1925 entregaron al general Soriano, Jefe de la Aeronáutica, su proyecto que además se publicaría en la Revista Aérea. El gobierno del general Primo de Rivera aprobó la propuesta de Soriano y se dio orden a la empresa Dornier para que modificara el hidroavión, que tenía previsto entregar en septiembre, para dotarlo con el equipamiento, depósitos de combustible y refuerzos en las cuadernas que contemplaba el plan propuesto por Franco y Barberán. La inversión en material aeronáutico ascendió a 415 132 pesetas, de las que 340 784 corresponderían al hidroavión. A este gasto habría que añadir más de dos millones  y medio de pesetas correspondientes a las operaciones de los buques de la Armada que participaron en la expedición.

Barberán era jefe de una escuadrilla de aviones Breguet en Melilla y durante el desembarco de Alhucemas tuvo un percance con el cabeza de otro grupo, el capitán Arias Salgado, que no se resolvió a plena satisfacción de Barberán. Dolido, pidió la baja del Ejército y tuvo que renunciar a su participación en el vuelo a Buenos Aires con Franco. Fue el propio Jefe de la Aeronáutica, Soriano, quién propuso como sustituto de Barberán al capitán de Artillería Julio Ruiz de Alda.

Para realizar su misión, el comandante Franco contaba con una tripulación de tres hombres muy especiales: el capitán de Artillería Julio Ruiz de Alda, el teniente de navío Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada. El teniente de navío y el mecánico se incorporarían a última hora. El teniente de navío lo hizo a petición del ministro de Marina, almirante Honorio Cornejo, que deseaba que hubiera un representante de la Marina en una tripulación que se suponía iba a tener una gran exposición a los medios. Además, el Gobierno también asignaría un par de buques, el Blas de Lezo y el Alvedo, para que apoyaran la misión. La única objeción que puso el comandante Franco fue que el marino no podría volar la etapa de Cabo Verde a Fernando de Noronha, sobre el océano, por razones de peso y que ese trayecto lo tendría que hacer a bordo de un buque de la Armada. En cuanto al mecánico, Franco quería que fuese pequeño, de poco peso- como él mismo- y aceptó sin vacilaciones a Rada que se presentó como voluntario en cuanto supo que había una vacante.

El equipo de Ramón Franco estaba formado por hombres que compartían su pasión por la aeronáutica y cualidades extraordinarias para cumplir con la misión que se les había encomendado. Pocas cosas más tenían en común, ya que su procedencia, formación e ideología eran muy dispares. Julio Ruíz de Alda, junto con José Antonio Primo de Rivera y Alfonso García Valdecasas, fundaría el movimiento político Falange Española, en 1933. Julio, brazo derecho de Primo de Rivera, definió a Falange como “un movimiento exaltado y violento, dirigido a las nuevas generaciones”. Fue detenido y fusilado en el patio de la cárcel Modelo de Madrid semanas después del inicio de la guerra civil española, en julio de 1936. Manuel Durán, el marino, era hijo nieto y hermano de médicos y murió seis meses después de la aventura del Plus Ultra, en accidente de aviación en Barcelona cuando tenía 27 años. Pablo Rada, cuya extracción social era la más humilde de los cuatro, sacó el número uno en el concurso de plazas de mecánico de aviación, había participado activamente- como sindicalista- en las huelgas de la Azucarera de Marcilla, tenía fama de ser una persona extrovertida y temeraria. Participó activamente en la quema de iglesias y conventos, en las revueltas que precedieron al conflicto armado, con gasolina adquirida gracias a los vales militares de aviación que le facilitaría Ramón Franco. Durante la guerra civil española se mantuvo leal a la República y al final de la contienda se exiló a Francia y después a Colombia y regresó a España, poco antes de morir, en 1969. Tuvo fama de mujeriego, hasta el punto de que cuentan de él que no consiguió ingresar en una logia masónica- mientras estuvo en Francia- porque la noche anterior a la ceremonia iniciática lo encontraron en la cama con la mujer del gran oriente. De Ramón Franco es difícil hacer un resumen porque en su vida hubo de casi todo. El tiempo demostraría que los hombres del Plus Ultra eran muy distintos, pero algo tenían en común, quizá fuera una extraña mezcla de temeridad, sangre fría, apasionamiento y fuerza de voluntad.

El 22 de enero de 1926, el Plus Ultra despegó de Palos de la Frontera y puso rumbo a Las Palmas de Gran Canaria. De allí se dirigió a Praia, en Cabo Verde, desde donde despegó para efectuar su tercera etapa, la más difícil, hasta Fernando de Noronha. Recorrieron 2035 kilómetros en doce horas y cuarenta minutos, sobre el océano, antes de amarar en las costas de la isla brasileña. Al día siguiente despegaron rumbo a Recife, en el continente suramericano, donde arribaron con una hélice averiada. El Plus Ultra todavía hizo un par de escalas más antes de ser recibido apoteósicamente en Buenos Aires, la primera en Río y la segunda en Montevideo. Esta última etapa no estaba en el programa y al gobierno de Primo de Rivera le sentó muy mal que Ramón Franco introdujera una variante que otorgaba visibilidad al gobierno uruguayo de Serrato, que mantenía unas pésimas relaciones con el dictador español.

Franco quería regresar a España con el Plus Ultra, después de un periplo triunfal por América, pero al Gobierno le parecería, entre otras cosas, poco seguro dejar en manos del imprevisible comandante el desenlace de un asunto que había salido bastante bien, hasta la fecha. El rey Alfonso XIII hizo donación del Plus Ultra a la nación Argentina en un solemne acto en el que el propio Ramón Franco y el ministro Alfonso Danvila, en representación del monarca, entregaron el aparato al ministro de Marina argentino, almirante Manuel Domecq García. Franco estaba convencido de que aquello era una maniobra de Primo de Rivera, molesto por su visita a Uruguay y de poco le consoló la pequeña concesión de su rey cuando le comentó que podía quedarse con el sextante, “como recuerdo de la hazaña.” Era su sextante, por el que había pagado la nada despreciable suma de tres mil pesetas. El piloto le había dicho a Alfonso XIII que “el hidroavión fue el cuerpo; el sextante el espíritu”. La tripulación regresó a España en un crucero de la Armada argentina: el Buenos Aires.

A partir de aquél momento la vida de Ramón Franco fue un descalabro. A su regreso a España no supo adaptarse a la monotonía y se embarcó en una funesta aventura transoceánica en la que él y su tripulación pasaron una semana perdidos en el mar, hasta que los rescató un buque de guerra británico. Franco cambió a última hora el avión con el que realizó el frustrado vuelo y fue acusado de cobro de comisiones ilegales, por la compra de aquél aparato. Ramón Franco abandonó el Ejército para escribir un libro Águilas y garras, en defensa de su honradez, que fue secuestrado en la imprenta por la policía lo que lo impulsó a incorporarse a la Asociación Militar Revolucionaria, ingresar en la masonería y dedicarse clandestinamente a la política.

Con la caída de la Dictadura se promulgó  una amnistía que le permitía reingresar en el Ejército; el gobierno de Dámaso Berenguer le tendió una mano al ofrecerle el puesto de agregado aéreo en Washington que  Ramón rechazó. Estableció contactos con la CNT y el secretario de Estado de Seguridad, Emilio Mola, lo detuvo acusado de trasladar armas para los insurrectos. Se escapó de la cárcel, con la ayuda de Rada; todos pensaron que había salido del país, aunque siguió viviendo en la clandestinidad en España.  A finales de 1930 se apoderó de un avión en el aeródromo de Cuatro Vientos y sobrevoló el Palacio de Oriente. Su intención era bombardearlo, pero no lo hizo porque había unos niños jugando por lo que se limitó a lanzar unas octavillas. Tuvo que exilarse a Francia; ni siquiera allí pudo llevarse bien con los otros españoles que también habían tenido que huir de la España de Alfonso XIII.

El 15 de abril de 1931, nada más proclamarse la II República, regresó a España y el presidente Azaña lo nombró responsable de la Aeronáutica. Tampoco duraría mucho en aquél puesto ya que fue destituido al tomar parte en una manifestación anarquista en Andalucía.

Su vida matrimonial también naufragó y Carmen Díaz se separó de su marido Ramón cuando descubrió que mantenía relaciones con otra mujer en Barcelona, Engracia Moreno a quién llamaban La Chacala, con la que tuvo una hija: Ángeles, nacida el  3 de abril de 1928. Al principio Franco trató de ocultar el engaño, pero finalmente su primer matrimonio acabó en divorcio. Franco se casó con Engracia y reconoció a su hija Ángeles que hasta entonces no llevó sus apellidos.

En Barcelona se presentó a las elecciones y fue elegido diputado a Cortes por Esquerra Republicana. Dejó el Ejército y se dedicó por completo a la política durante algún tiempo.

En 1934, el gobierno de Lerroux lo nombró agregado aéreo en la embajada española de Washington. Allí permanecería hasta el comienzo de la guerra civil española, en 1936, momento en el que manifestó a Azaña su deseo de luchar en el bando republicano, pero el presidente de la República, que no le tenía ninguna simpatía, prefirió no contar con él. Entonces Ramón Franco cambió sus planes de forma diametral, quizá porque Francisco había sido nombrado Jefe del llamado Alzamiento Nacional o por qué su compañero del Plus Ultra, el falangista Ruiz de Alda, fue fusilado por los republicanos en la cárcel Modelo de Madrid. Ramón contactó con su hermano Nicolás y con su ayuda consiguió trasladarse a Salamanca para ponerse a disposición del jefe de los militares sublevados: su hermano el general Francisco Franco.

En contra de la opinión de su jefe de operaciones aéreas, general Kindelán, Francisco Franco envió a Ramón a Palma de Mallorca para que se hiciera cargo de la aviación en las islas Baleares. El nombramiento produjo malestar entre los oficiales. Allí tuvo un recibimiento frío de quienes no entendían- ya que su historial era público-  por qué se habían convertido en sus compañeros y subordinados.

En Palma, el ánimo de Ramón Franco decayó mucho hasta el punto de bordear la depresión. En verano de 1938 se trasladó a la Península para visitar a su hermano Francisco y otros familiares; a su regreso se encontró con una inesperada muerte a bordo de su hidroavión.

En una entrevista para Mach.82 publicada en el número de Marzo/Mayo de 1999, Rodolfo Bay que fue un testigo presencial, relató el accidente de esta manera:

Era el 28 de octubre de 1938, el teniente coronel Ramón Franco y yo fuimos nombrados para efectuar una misión de bombardeo sobre los muelles del puerto de Valencia, pilotando los Cant Z-506. Las órdenes de operaciones se producían con anterioridad, y señalaban tanto el avión asignado como a las tripulaciones de los mismos. Estas tripulaciones eran fijas y los servicios, una vez asignados y conocidos, no se alteraban. La mañana del 28 de octubre, cuando Ramón Franco y yo, con las respectivas tripulaciones nos dirigíamos al embarcadero para subir en los botes que nos llevarían a los aviones anclados en la bahía, recibimos la orden de cambiar de avión; los pilotos solamente, no las tripulaciones, con lo que Franco subió en el avión que estaba destinado para mí y yo subí en el suyo, volando yo con su tripulación y él con la mía. La orden nos extrañó muchísimo por lo inusual, y así lo comentamos. Despegamos; el tiempo era malo y había nubes aisladas que pasamos. Una vez encima de las nubes y alcanzados los cuatro mil metros pusimos rumbo al cabo Formentor, para no sobrevolar la población de Pollensa. Yo iba a la izquierda de Franco y cuando pasamos por encima de Formentor, el avión de Franco redujo mucho la velocidad y se quedó parado en el aire. Me vi imposibilitado para continuar a su lado. Intenté sacar flaps para no caerme y no pasarle, pero fue inútil. El avión de Franco se inclinó sobre el ala derecha e inició un picado que acabaría en el mar con el aparato estrellado y todos los ocupantes muertos. Los cuerpos fueron recuperados al día siguiente, menos el del radio Cánaves que desapareció con los restos del avión. Yo regresé inmediatamente a la base para dar cuenta de lo ocurrido, abortando la misión…Para mí está muy claro que fue un sabotaje. Muy bien preparado pero un sabotaje, sin duda. Es difícil demostrarlo al cabo de los años, pero no me cabe duda de que el avión estaba preparado para que ocurriera lo que ocurrió.

Estos hechos sucedieron en 1938, Rodolfo Bay ya era un excelente piloto, tenía 28 años y militaba en Falange Española. En 1999, cuando lo entrevistó Match.82, un año antes de morir, Bay vivía retirado en su apartamento de Cala Mayor, frente al mar, en la Bahía de Palma de Mallorca. Dejaba atrás una vida intensa dedicada a la aviación, como piloto y como emprendedor. Su testimonio sobre la muerte de Ramón Franco es contundente y el sabotaje apunta directamente al entorno del poder franquista. Pero, nada se pudo probar.

Después de la guerra Engracia Moreno y su  hija, Ángeles Franco, se trasladaron a Barcelona. Allí sobrevivieron gracias a la ayuda de algunos compañeros de Ramón. Recuperaron el sextante con el que el aviador se orientó en su larga travesía oceánica, el espíritu del Plus Ultra, que se había quedado en Barcelona. Engracia y Ángeles hicieron amistad con el doctor Puigvert que también las ayudó en lo que pudo y llegó a ser padrino de boda de Ángeles.

La hija de Ramón, Ángeles, enfermó de cáncer y antes de morir quiso que se cumpliera un deseo que a ella personalmente le hubiera gustado convertir en realidad: que el sextante de su padre regresara a la cabina del Plus Ultra. Engracia y Ángeles le pidieron al doctor Puigvert que hiciera las gestiones oportunas para donar a la nación Argentina el sextante de Ramón. El martes, 3 de febrero de 1976, cuando se cumplían cincuenta años del vuelo del Plus Ultra, el doctor Puigvert- en nombre de la familia de Ramón Franco- hizo entrega en la embajada argentina de Madrid del sextante Systems Admiral Gago Coutinho para que fuera depositado junto al hidroavión en el museo de Luján de Buenos Aires. Ángeles, la hija del aviador estaba ingresada en el hospital San Pablo de Barcelona, de donde ya no saldría con vida.

Y así es como el espíritu del Plus Ultra volvió a encontrarse con su cuerpo.

Pterosaurios: gigantes voladores

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Imagen artística de Quetzalcoatlus Northropi buscando alimento, de Mark Witton y Darren Naish

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Hay cuatro tipos de animales que son, o alguna vez fueron, capaces de volar: los pterosaurios, las aves, los murciélagos y los insectos invertebrados. Todos estos animales tienen brazos y piernas, como el hombre, y se sirven de los brazos para mover las alas con las que vuelan.

En el caso de los pterosaurios las manos terminan en cuatro dedos, los tres primeros son cortos y están delante del ala, acabados en garras, y el cuarto es muy largo, soportando el borde de ataque del ala, formada por una membrana que va del dedo al costado del cuerpo. Los murciélagos, que son los únicos mamíferos voladores tienen cinco dedos: un pulgar corto que les sirve de garra, un índice también corto que tensa la membrana en el borde de ataque, y los tres siguientes anular corazón y meñique, muy largos, dan la forma general al ala que puede adoptar geometrías muy variadas. En el caso de las aves el ala se sujeta- al menos en un 50%- entre el brazo y la mano, los dedos son cortos y la superficie del ala está hecha de plumas.

Los pterosaurios fueron parientes de los dinosaurios y vivieron unos 166 millones de años, desde finales del Triásico, durante todo el Jurásico superior y hasta finales del Cretácico inferior. Desaparecieron, por tanto, hace poco menos de unos cien millones de años. Los pterosaurios también se conocen como reptiles voladores. Los hubo de casi todos los tamaños, siendo los más grandes el Quetzalcoatlus y el Ornithocheirus cuya envergadura, o distancia entre punta y punta de las alas, podía alcanzar los 12 metros y cuyo peso oscilaba entre los 60 y los 100 kilogramos. Estas terribles bestias voladoras podrían haber servido para ilustrar las antiguas fábulas de carruajes arrastrados por pájaros, o servir de montura para alguno de sus héroes. La cabeza de uno de aquellos reptiles voladores medía del orden de 1,5 metros, poseía un pico largo y afilado o, en el caso del Ornithocheirus, una mandíbula con poderosos dientes. Por contra, el Quetzalcoatlus estaba mellado, pero con su largo pico y aún más largo cuello tenía la constitución idónea para limpiar de carroña los bosques poblados de dinosaurios. La mayor parte de aquellos reptiles voladores se alimentaban de peces y los más grandes podían cruzar con toda facilidad el joven océano Atlántico, que entonces apenas medía unos 300 kilómetros de costa a costa. La forma de las alas de aquellos bichos, que poseían una modesta cola, era relativamente cuadrada, con lo que su estabilidad en vuelo, puede decirse que era relativamente buena. La desaparición de estos animales voladores, aunque no está del todo clara, pudo deberse al impacto de un gran meteorito sobre la superficie terrestre hace unos sesenta y cinco millones de años. La existencia de iridio en cantidades anómalas y otros componentes en las capas de sedimentos correspondientes a esa época podrían avalarlo. La teoría del meteorito supone que el impacto produjo una inmensa nube de polvo que oscureció la tierra, durante al menos 6 meses, enfriándola hasta el punto de terminar con la vida de una gran cantidad de especies animales. Los más fanáticos defensores de esta teoría piensan que se trata de un fenómeno recurrente. Cada 60 o 70 millones de años, algún meteorito impacta sobre la corteza terrestre, produciendo este efecto, que sirve para renovar la vida. Sin embargo, no se ha identificado con exactitud qué cráter, de entre los muchos que se conocen, fue el del meteorito que acabó con los grandes reptiles voladores, por lo que otros piensan que el fenómeno del enfriamiento se produjo debido a una erupción volcánica en cadena que originó la misma polvareda en la atmósfera.

Parece que la capacidad de vuelo de los pterosaurios más avanzados no era tan primitiva como se creía. Sus huesos eran huecos de paredes muy delgadas, relativamente frágiles. El tejido de sus alas poseía una malla con nervios, músculos y capilares. De este modo, su sistema nervioso transmitía a al cerebro información sobre las fuerzas aerodinámicas en las distintas partes del ala. El animal podía adaptar la forma de las superficies sustentadoras al tipo de vuelo más adecuado, en cada momento.

Es una verdadera lástima el haber perdido aquellos fantásticos pajarracos, así que hoy únicamente nos quedan los murciélagos, los insectos y las aves.

El misterio de la desaparición de Amelia Earhart

Image: Amelia Earhart

Amelia Earhart

El 11 de junio de este año, Matthew O’Sullivan del Museo de la Fuerza Aérea de Nueva Zelanda en Christchurch, descubrió la existencia de fotografías que podrían desvelar el misterio de la desaparición de Amelia Earhart. Matthew había recibido de Aukland una petición para que enviara determinados rollos de negativos antiguos. Los guardaba en botes de hojalata, dentro de un contenedor que estaba a la intemperie. Al abrir la puerta se encontró con un bote, el número 75, con 41 fotografías impresas y un rollo de negativos que ya había sido revelado. Lo observó con curiosidad porque el bote no se había clasificado debido a que la ubicación de las fotos no se determinó con exactitud. Matthew creyó adivinar que en la etiqueta del bote podía leerse un nombre: la isla Gardner. O’Sullivan comparó las imágenes de las fotos impresas con vistas de Google y llegó a la conclusión de que tenían que ser de aquella isla.

Matt sabía que el Grupo Internacional para la Recuperación de Aviones Históricos (TIGHAR) estaba interesado en cualquier fotografía antigua de la isla Gardner y contactó con la organización. Le dijeron que había encontrado algo que era muy importante. Ellos sabían que se trataba de fotos tomadas por un avión, Supermarine Walrus, lanzado desde el buque HMS Leander en diciembre de 1938. Ese año la Armada exploró los atolones del centro del Pacífico Sur que pertenecían al Reino Unido, en búsqueda de lugares donde se pudiera construir una base aérea. Ric Gillespie y Jeff Glickman de TIGHAR llegaron a Nueva Zelanda el 10 de julio de este año, para hacer copias de los negativos.

Pero, ¿por qué son tan importantes esas fotos para la TIGHAR? Desde hace muchos años la organización investiga sobre la desaparición del avión de Amelia Earhart, acerca de la cual existen tres hipótesis diferentes.

El 2 de julio de 1937 la mundialmente famosa piloto estadounidense Amelia Earhart y Fred Noonan volaban a bordo del Lockheed Electra en la tercera etapa de su periplo alrededor del mundo, de Nueva Guinea a Howland, una ruta de 4113 kilómetros. Tenían previsto aterrizar en Howland y de allí volarían a California. En las proximidades de la isla les aguardaba el guardacostas Itasca de la Marina de Estados Unidos, buque con el que efectuaron todas las comunicaciones a través de la radio, durante su aproximación a Howlland. A las 7:42 de la mañana Earhart dijo: “Debemos de estar sobre ustedes, pero no los vemos. Nos estamos quedando sin combustible. No los oímos por la radio. Volamos a 1000 pies de altura“. El buque respondió, pero daba la impresión de que el avión no oía nada. Una hora más tarde, Amelia volvió a contactar con el guardacostas para decir: “Volamos norte y sur”. La comunicación se cortó y ya no se supo más de Amelia Earhart y Fred Noonan. Amelia era una heroína nacional y Franklin D. Roosevelt, presidente de Estados Unidos, ordenó su búsqueda. La operación movilizó a más de 3000 personas, 65 aeronaves y 10 barcos, pero ni los pilotos ni el avión aparecieron. Después de 17 días en los que se gastaron 4 millones de dólares y el equipo de rescate inspeccionó 250 000 millas cuadradas de océano, el gobierno estadounidense tuvo que dar por concluida la operación.

La primera hipótesis para justificar su desaparición es que el avión se quedó sin combustible y se estrelló en el océano. Es la hipótesis oficial. Nauticos una empresa de Hanover, Maryland, especializada en búsquedas en las profundidades de los océanos, efectuó dos sondeos utilizando las últimas tecnologías sonar durante 2002 y 2006 cubriendo una extensa zona de 3100 kilómetros cuadrados. Después de gastar 4,5 millones de dólares sin encontrar nada, el director de la empresa, David Jourdan, sigue creyendo que «con todos los datos que obran en nuestro poder la única hipótesis verosímil es que el avión cayó al océano en las proximidades de la isla Howlland y que está ahora mismo, intacto, a unos cinco o seis mil metros debajo del agua».

La segunda hipótesis es la de la conspiración, como suele ocurrir en todos los asuntos sin resolver. En realidad hay muchas variantes en torno a la conspiración: Amelia era una espía que dirigió su avión a las islas Marshall, los japoneses derribaron su aeronave y la capturaron o que fue abducida por alienígenas, son algunas de ellas. En 2003, el coronel retirado de la Fuerza Aérea estadounidense- Rollin Reineck- publicó un libro, Amelia Earhart sobrevivió, en el que cuenta cómo Amelia fue rescatada en secreto de una prisión japonesa y regresó a Estados Unidos después de la segunda guerra mundial. Earhart vivió en su país hasta su muerte, en 1982, con el seudónimo de Irene Bolam en New Jersey.

La tercera hipótesis la sostiene Ric Gillespie, fundador del Grupo Internacional para la Recuperación de Aviones Históricos (TIGHAR). Según los análisis hechos por este Grupo, al no encontrar la isla de Howland el Lockheed Electra siguió volando y consiguió efectuar un aterrizaje de emergencia sobre el atolón de Nikuramoro, de la República de Kiribati, que entonces se llamaba la isla Gardner y pertenecía al imperio Británico. Allí, los náufragos sobrevivieron un tiempo. Durante los primeros días, desde tierra, enviaron señales de radio. Estas señales fueron detectadas por los equipos de rescate que no lograron identificar con exactitud su procedencia. Una semana después del accidente tres aviones de la Marina estadounidense sobrevolaron la isla, pero ya no detectaron señales y el avión lo había arrastrado la marea por lo que no encontraron ningún vestigio del aparato. En la isla no había agua. Los náufragos subsistieron con la que recogieron de las lluvias. Se alimentaron de tortugas, almejas, cangrejos, peces y pájaros marinos. Amelia falleció en el sureste de la isla y de Noonan no se sabe nada. El avión lo arrastró el mar y sus restos tienen que estar en el fondo del mar, cerca de la parte oeste de la isla.

A lo largo de los últimos veintitrés años, TIGHAR ha llevado a cabo 10 expediciones a Nikuramoro para recabar datos que validen su hipótesis. Ha entrevistado a personas que vivieron en la isla años después. Ha podido verificar que, con anterioridad a 1939, se registró un accidente en el atolón de Nikuramoro. Parece que hubo dos náufragos, un hombre y una mujer, y en 1940 se encontró un esqueleto que se llevó a la Escuela de Medicina Central de Suva, Fiji, y que podía pertenecer a Earhart, pero no pudo encontrar más información sobre el mismo. En las dos primeras exploraciones, de los años 1989 y 1991, THIGAR halló utensilios, construidos por los isleños que habitaron Nikuramoro de 1939 a 1963, hechos con aluminio procedente de una aeronave. En sus exploraciones sucesivas al atolón encontró un área en el que hay restos de comida cocinada de un modo distinto a como lo harían los indígenas, así como sustancias que podrían proceder de productos cosméticos propios de una mujer de los años 1930. También recogió restos orgánicos y huesos que requieren análisis bastante complejos antes de que se pueda concluir nada.

Hasta hace muy poco tiempo, TIGHAR ha considerado que la evidencia más contundente de la veracidad de su hipótesis es el análisis hecho por Jeff Glickman- en 2010- de una fotografía tomada por el oficial británico Eric R. Bevington en octubre de 1937, tres meses después de que el avión de Earhart hiciese un supuesto aterrizaje forzoso en Nikumaroro. Bevington, formaba parte de la expedición de la Armada británica que visitó el atolón, durante tres días, para estudiar su habitabilidad. Sobre el agua y en la proa del barco hay una mancha en la fotografía que Glickman entiende que se corresponde con una pata del tren de aterrizaje del Lockheed Electra de Earhart. Es una mancha pequeña y muy difusa. Hace unos meses la organización anunció que ha encontrado imágenes sonar de la exploración del verano pasado, en la que utilizaron un vehículo submarino no tripulado para investigar el fondo de algo más de una milla de costa, cerca del lugar en donde estuvo la supuesta pata del tren de aterrizaje del Electra, en las que parece distinguirse una importante anomalía. Bien, eso quiere decir que en ese lugar hay algo distinto al resto de lo que hay en la pendiente submarina del atolón. Sea lo que sea, no se va a saber hasta que los investigadores vuelvan.

En este contexto de indicios la existencia de un reportaje aéreo de fotos del atolón Nikumaroro, hecho unos dieciocho meses después de que se perdiera el Electra de Amelia y su tripulación, sugiere la posibilidad de que muestre imágenes que resuelvan de una vez por todas una historia que parece no tener fin. Matthew O’Sullivan podía haber encontrado la respuesta a un misterio que lleva más de setenta y cinco años engendrando especulaciones, dentro de un bote de hojalata. También es posible que las fotos aporten algunos grises, blancos y negros, difuminados, que únicamente sirvan para alimentar una especulación cuyo final es posible que ya a nadie le interese.

No sólo es posible, sino muy probable.

¿Han encontrado el avión de Amelia Earhart?

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras