La invención de los cohetes

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En 1806 Claude Fortuné Ruggeri envió una oveja con un cohete a 200 metros de altura. El animal descendió en paracaídas a tierra sin sufrir ningún percance. Antes había elevado ratones y otros animales pequeños. Claude era hijo de Petronio, uno de los cinco hermanos de la familia Fortuné Ruggieri que abandonaron Italia para instalarse en París, en 1730. Muy pronto se convirtieron en los pirotécnicos de moda de la alta sociedad europea. Es posible que a Claude le corresponda el honor de ser el primer artificiero que lanzó un ser vivo utilizando un cohete, pero realmente se haría más famoso por sus conocimientos de química que le permitirían mezclar pólvoras con sales metálicas para colorear las luces de sus fuegos artificiales. Mezclando pólvoras con estroncio las hacía rojas, verdes con bario y azules con cobre. Además era capaz de dibujar figuras y de lanzar sus castillos desde globos de aire caliente.

Los cohetes han servido tradicionalmente para pintar las noches oscuras de fiestas con bonitos colores y  aunque también tuvieron aplicaciones militares siempre fue mayor el ruido que el daño, al menos hasta mediados del pasado siglo. Los primeros cohetes se lanzaron en China, ya que allí se inventó la pólvora y esta sustancia la trajeron los árabes a Europa. Una de las primeras referencias escritas que se tiene en este continente del explosivo chino figura en las crónicas de un rey español, Alfonso XI de Castilla: …tiraban [los árabes] muchas pellas de hierro que las lanzaban con truenos, de los que los cristianos sentían un gran espanto…

Podríamos decir que la historia de los cohetes, como propulsores de una carga útil que normalmente se le suele llamar en el argot aeronáutico “carga de pago”, tiene algo más de mil años. Sin embargo, durante las primeras nueve centurias sirvieron para divertir a la gente y asustar en las guerras. La parte más importante del desarrollo de los cohetes se produjo en un espacio de tiempo que escasamente duró sesenta años, durante el siglo pasado.

Creo que hay cinco grandes protagonistas que, desde el año  1903 hasta la década de 1960, hicieron posible que los cohetes pasaran de levantar una oveja un par de centenas de metros a llevar una tripulación de astronautas hasta la Luna. Fue en aquella década cuando el Saturno V, un impresionante cohete con tres etapas, 110 metros de altura y 10 de diámetro, capaz de transportar más de 45 toneladas de carga a una órbita lunar, inició los vuelos tripulados a nuestro satélite. Ha habido otros cohetes que han completado con éxito más misiones, como los Atlas estadounidenses o los R-7 rusos, pero hasta la fecha ninguno ha superado las prestaciones de los Saturno V.

En la actualidad la NASA trabaja en el desarrollo del Space Launch System que será el cohete que lleve a cabo las misiones previstas hasta el 2032, incluyendo  la caza y la puesta en órbita lunar de algún asteroide próximo, una expedición con astronautas al asteroide en la órbita lunar y un viaje a Marte, tripulado.

Son muchas las personas que han trabajado en el desarrollo de la tecnología de los cohetes, pero por varias razones, cinco de ellas marcaron hitos muy importantes en esa historia. El ruso Tsiolkovsky formuló los principios básicos teóricos de la ciencia de los cohetes. Los resultados de sus investigaciones los publicó en 1903 y en 1911 y todos los que le siguieron tratarían de llevar a la práctica sus ideas, aunque es posible que no todos llegaran a conocer la obra del ruso y tuvieron que reinventarla. El primer cohete cuya concepción respondía a los conceptos de Tsiolkovsky lo lanzó un estadounidense, Goddard, en una granja el año 1926. Fue Goddard quien demostró de manera fehaciente que las ideas de Tsiolkovsky eran viables. Un húngaro, austríaco, alemán o rumano, dependiendo del momento de su vida ya que a lo largo de la misma su ciudad natal cambió de nacionalidad varias veces, por culpa de las guerras y la política, que se llamaba Oberth, también fue el primero en repetir en Alemania, algo similar a lo que hizo Goddard en Estados Unidos. Oberth probó un cohete de combustible líquido, estático, en un laboratorio berlinés, en 1929. Quizá, si no hubiera tenido un ayudante, su experimento se hubiera quedado en otro experimento más, pero von Braun asistió a Oberth durante las pruebas del motor cohete y aquella colaboración marcaría para siempre al joven aristócrata. Von Braun fue el director técnico de los desarrollos de los cohetes alemanes que culminaron con el emblemático V-2, en 1943. Después de la segunda guerra mundial la mayor parte de la tecnología alemana relacionada con los cohetes fue a parar a Estados Unidos y el resto a la Unión Soviética. Von Braun asumió el liderazgo norteamericano. En la Unión Soviética otro ingeniero siguió los pasos de su maestro Tsiolkovsky  y se aprovechó de la experiencia alemana, se llamaba Korolev. El equipo de Korolev tomó el liderazgo mundial en el desarrollo de cohetes  cuando en 1957 puso en órbita el Sputnik 1. Kennedy, ayudado por la inteligencia estadounidense, emplazó a su país para que recuperase un liderazgo que nunca había tenido y von Braun tuvo un papel principal en el desarrollo del proyecto al dirigir el diseño y la construcción del cohete Saturno V que en 1969 llevó al hombre a la Luna.

Goddard jamás consiguió el apoyo financiero que tuvo von Braun, porque le tocó vivir épocas en las que los cohetes no interesaban a los políticos de su país. Tsiolkovsky fue ignorado durante muchos años, en un país empobrecido y convulso. A Oberth ni siquiera le dejaron publicar su tesis doctoral en Alemania, por considerarla “inoportuna”. Von Braun disfrutó del apoyo incondicional de la maquinaria de guerra de Hitler. Korolev estuvo a punto de pasar a mejor vida en una de las famosas purgas de Stalin y fue rescatado como otros muchos técnicos y científicos para contrarrestar a los muchachos de von Braun, durante la segunda guerra mundial. La rabieta de Stalin cuando se enteró de que los estadounidenses se habían llevado casi todo el material y los expertos de los V-2 de Alemania, al terminar la guerra, llenó de rublos el presupuesto de Korolev que en pocos años sorprendió a una sociedad estadounidense poco interesada por la actividad espacial, primero con un satélite y después con un astronauta en el espacio. Las circunstancias hicieron que, la carrera espacial, algo que poco antes parecía inútil se convirtiera en la razón de ser de un país. Aquella locura norteamericana sacó a von Braun del aburrimiento para construir un impensable cohete de 110 metros de altura. Tsiolkovsky, Goddard, Oberth, von Braun y Korolev, hombres de gran talla, fueron las marionetas de una extraña y voluble forma de hacer política que estuvo a punto de destruir el mundo. Fueron años de guerras calientes y de la guerra fría.

Konstantin Eduardovich Tsiolkovsky  nació el 17 de septiembre de 1857 en Izhevskoye, una pequeña ciudad del vasto y atrasado imperio ruso. De niño padeció escarlatina que afectó su audición lo que motivaría que no quisieran admitirlo en la escuela pública. Tsiolkovsky fue un autodidacta que se refugió en su mundo aislado y solitario para dedicarse al estudio de la física y las
matemáticas. De adolescente comenzó a soñar con los viajes espaciales.

Tsiolkovsky acudió durante tres años a una biblioteca en Moscú en donde trabajaba Nikolai Fyodorov, padre del cosmismo ruso: un movimiento filosófico que consideraba al hombre destinado a ejercer un control absoluto sobre la naturaleza hasta el punto de conseguir liberarse de la muerte. Según la filosofía cosmista en el hombre coexiste lo divino y lo material en perfecta armonía; la raza humana está llamada a manipular los fenómenos meteorológicos, la rotación de la Tierra y colonizar el Universo, para lo que tiene que adquirir un conocimiento profundo de las leyes que gobiernan el mundo en que vivimos. A lo largo de toda su vida el pensamiento de Tsiolkovsky estuvo imbuido de las ideas de Fyodorov. Sus trabajos astronáuticos serían una parte menor de una obra que escribió en más de 400 libros de los que solamente 90 tuvieron que ver con los viajes espaciales.

A pesar de su falta de formación académica Tsiolkovsky aprobó los exámenes de profesor. Su primer empleo fue dar clases en una escuela de Borovsk, cerca de Moscú. El profesor se casó con Varvara Sokolovaya, tuvo una familia y vivió aislado dedicado a la docencia y la investigación.

En 1892 lo trasladaron como profesor a la ciudad de Kaluga. En 1897 instaló en su pequeño apartamento el primer túnel de viento que se utilizó en Rusia para determinar las fuerzas de sustentación y resistencia de objetos con distintas formas. Ideó un dirigible metálico y también hizo bocetos de una máquina de volar más pesada que el aire, pero no obtuvo ningún apoyo para desarrollar estos proyectos y los abandonó.

En 1903 publicó su libro La exploración del espacio cósmico mediante dispositivos a reacción, junto con otros artículos, en los que se compendiaba el resultado de sus trabajos de investigación astronáutica y sobre cohetes. No logró una gran acogida porque Tsiolkovsky se había adelantado a su época. Sin embargo, su publicación de 1911, Investigación sobre cohetes en el espacio exterior, tuvo mayor impacto en los medios científicos internacionales.

El autodidacta ruso calculó que la velocidad mínima para mantener un objeto en una órbita terrestre era de 8000 metros por segundo (28 800 kilómetros por hora) y también determinó la velocidad de escape desde cualquier planeta, es decir, la velocidad a la que hay que impulsar un objeto para que lo abandone. Tsiolkovsky formuló todos los conceptos que con posterioridad llevarían a la práctica los ingenieros y científicos que le siguieron hasta construir los cohetes que transportaron al hombre a la Luna. En primer lugar, estableció la fórmula que permite calcular la velocidad de un cohete en cualquier momento, a partir del impulso específico del combustible y las masas inicial y final. Propuso la idea de cohetes con varias etapas, el uso de combustibles líquidos (oxígeno e hidrógeno) y otros muchos detalles que se implantarían con posterioridad.

Cuando estalló la revolución soviética en su país, Tsiolkovsky apoyó a los bolcheviques y en 1918 fue nombrado miembro de la Academia Socialista. Se retiró en 1920 del trabajo que tenía como profesor de matemáticas en la escuela de Kaluga. En 1928 publicó La voluntad del Universo. La inteligencia desconocida, obra en la que aseveraría que los humanos colonizaremos nuestra galaxia. Para el científico ruso la Tierra era la cuna de la Humanidad, pero la Humanidad no podía estar siempre en la cuna. Durante los últimos años de su vida se interesó por la doctrina eugénica, desarrollada por Galton, que defendía la intervención y el ordenamiento social en la producción de la descendencia humana. La simpatía que mostró por estas ideas no acrecentaría su popularidad. Tsiolkovsky  murió en Kaluga de cáncer de estómago el 19 de septiembre de 1935.

Es posible que el norteamericano Robert Hutchins Goddard, nacido el 5 de octubre de 1882 en Worcerster, Massachusetts, no llegara nunca a conocer bien la obra del ruso Tsiolkovsky. Cuenta Goddard que el 19 de octubre de 1899 estaba arriba de un cerezo podando las ramas viejas y empezó a soñar que sería bello observar el despegue de una nave rumbo a Marte, desde aquél  hermoso prado que se extendía debajo de sus pies. Cuando bajó del árbol se sintió un muchacho distinto porque la existencia al fin parecía tener una finalidad. Desde entonces, el 19 de octubre se convirtió en el  día del aniversario y lo consideraba como un festivo de carácter personal. Tsiolkovsky y Goddard compartieron una visión del mundo romántica y un temperamento introvertido y receloso.

Durante la adolescencia fue un estudiante aplicado, de frágil salud, ávido lector y muy curioso. Se graduó en física por el Worcester Polytechnic Institute en 1908 y completó su formación académica con un doctorado en la Clark University de Worcester en 1911. En 1912 obtuvo una beca de investigación en el laboratorio de física Palmer de la universidad de Princeton, aunque allí estuvo poco tiempo porque cayó enfermo y tuvo que regresar a Worcester al año siguiente. Los médicos creyeron que Goddard no superaría la tuberculosis, pero la pasión del joven físico por la ciencia y sus ganas de vivir lograron vencer la batalla  que tuvo contra las bacterias y, a finales de ese mismo año, Robert empezó a redactar sus primeras patentes. A lo largo de toda su vida llegó a registrar 214 patentes, pero las dos primeras, que describen un cohete con múltiples etapas y el sistema de propulsión con gasolina y óxido de nitrógeno líquido, marcarían un hito muy importante en el desarrollo de la tecnología de los cohetes. Cuando se recuperó de la enfermedad, Robert empezó a trabajar en la universidad Clark, en Worcester, como instructor e investigador.

En 1915 Goddard organizó un gran revuelo en la universidad al lanzar su primer cohete de pólvora. El joven inventor tuvo que aclarar que su experimento era inocuo, aunque fuera ruidoso y que nadie tenía que temer por su integridad, pero no convenció a los directores y a partir de entonces efectuó las pruebas en una cámara, dentro del laboratorio. Robert constató que la eficiencia del cohete de pólvora era de un 2%. Es decir, que solamente ese porcentaje de la energía liberada en la combustión se convertía en energía mecánica capaz de impulsar el cohete. Entonces se le ocurrió utilizar la tobera inventada por el sueco Gustav Laval, en 1888, para canalizar el flujo y comprobó que era posible incrementar mucho la velocidad de salida de los gases.  La tobera, primero se estrechaba y luego se ensanchaba, algo poco intuitivo porque para aumentar la velocidad de un fluido que circula por un conducto parece que hay que reducir la sección del conducto; esto es cierto siempre y cuando la velocidad del fluido sea inferior a la del sonido. Así pues, en la tobera de Laval el fluido aumentaba la velocidad en el estrechamiento hasta alcanzar la del sonido y luego se ensanchaba para que en el tramo supersónico el fluido continuara aumentando su velocidad. De esta forma, el cohete de Goddard conseguiría un rendimiento del 63%, lo cual suponía un paso de gigante en el desarrollo de la tecnología de los cohetes.

Aquellos resultados, según Goddard, demostraban la posibilidad de impulsar con cohetes una nave capaz de escapar de la atracción terrestre y viajar al espacio exterior. Pero, en 1915, cuando todavía no se había encontrado utilidad práctica a la recién inventada máquina de volar, hablar de cohetes espaciales era un atrevimiento que bordeaba la enajenación. Robert Goddard había llegado mucho más allá: en 1916 y 1917 realizó sus primeros experimentos con motores de iones.  Sus pequeños motores de cristal generaban un chorro de aire ionizado. Casi cien años después la NASA ha apostado por esta tecnología para propulsar en el futuro las naves que realicen misiones muy alejadas de la Tierra.

Robert Goddard utilizaba parte de su salario para financiar los costes de las investigaciones, pero a partir de 1916 los gastos empezaron a quedar fuera de sus posibilidades. Solicitó al Smithsonian apoyo económico y para describir sus trabajos envió una monografía con el título de  Un método para alcanzar altitudes extremas. El Smithsonian aceptó proporcionarle una ayuda de 5000 dólares en total, durante cinco años. La universidad Clark añadiría otros 3500 dólares a esa cantidad y la politécnica de Worcester le prestó unas instalaciones seguras donde hacer las pruebas.

En 1920 el Smithsonian publicó la monografía de Robert Goddard que había recibido dos años antes. El documento explicaba cómo mediante el uso de una tobera de Laval se lograba conseguir la mayor cantidad posible de empuje al aumentar la velocidad del flujo supersónico a partir de la garganta del dispositivo. La mayor parte del documento tiene que ver con cuestiones relacionadas con los combustibles, la velocidad de los gases en las toberas, la masa del cohete y su carga de pago, así como la utilización de los cohetes en aplicaciones de exploración de la atmósfera. Sin embargo, en una sección, Goddard explicaba que era posible alcanzar la Luna con un cohete cuyo peso en el momento del lanzamiento fuera de 3,21 toneladas. El cohete llegaría a nuestro satélite con una carga de pago de unos 5 kilogramos. Para verificar, desde la Tierra, la llegada  a la Luna del cohete, se podía hacer que explotara una carga en la superficie lunar que pudiera observarse con un telescopio desde nuestro planeta. En general, la reacción de la prensa fue muy negativa. La idea de que un cohete pudiera llegar hasta la Luna les pareció a muchos periodistas absurda y ridícula. Goddard recibió críticas también desde algunos estamentos científicos, todo lo cual contribuiría a que el físico se aislara y protegiese sus trabajos con un velo de opacidad y secretismo.

El 16 de marzo de 1926 su equipo lanzó el primer cohete que utilizó combustible líquido: una mezcla de gasolina y oxígeno líquido. El cohete no podía ser más simple, pero contaba con todos los elementos básicos necesarios para demostrar la viabilidad de sus teorías. La tobera estaba en la parte superior, de la que colgaban los depósitos con el oxidante y el combustible protegidos por un cono para evitar que el chorro de gases de la tobera incidiera directamente sobre los depósitos. Había dos conductos que desde los depósitos salían hasta la cámara de combustión, arriba, y pasaban por los lados del cohete, separados por dos brazos. Así, con el centro de gravedad por debajo del de empuje, Goddard conseguiría que el cohete mantuviera la estabilidad durante el vuelo. Era un artefacto muy poco atractivo. El lanzamiento se produjo en la granja de la tía Effie, en Auburn, y el cohete ascendió unos 12 metros recorriendo una trayectoria de 60 metros en 2,5 segundos. La prueba fue satisfactoria en el sentido de que se pudo demostrar que las ideas del científico funcionaban, pero un fracaso desde cualquier otro punto de vista. Durante unos 20 segundos por la tobera se expulsaron gases sin que el cohete ascendiera un solo milímetro; el ascenso se inició cuando se hubo quemado suficiente combustible para que el peso se redujera de forma considerable. Parte de la tobera se fundió y la película de la cámara de Esther Goddard, que grababa el gran evento, se agotó antes de que el cohete despegara.

Goddard se dio cuenta de que necesitaba mecanismos automáticos para controlar el vuelo de sus cohetes. Las aletas sólo no eran suficiente y colocó vanos móviles en las salidas de gases, todo ello controlado mediante sistemas con giróscopos.

El famoso piloto Lindbergh, que había volado en solitario de Nueva York a París se interesó por el trabajo de Goddard y actuó de intermediario para que la familia Guggenheim apoyara financieramente al inventor. A partir de 1930 estableció su base de operaciones en Roswell, Nuevo México, para seguir con sus experimentos con un pequeño equipo, aislado y en secreto. A lo largo de más de 10 años, de 1930 a 1941, Goddard lanzó en Roswell 31 cohetes; el que alcanzó mayor altura ascendió hasta unos 2500 metros, en 1937.

Mientras Robert Goddard progresaba muy lentamente en Roswell sin que la Administración de su país le prestara demasiada atención,  en Alemania el gobierno nazi daría un gran impulso al desarrollo de esta tecnología.

El primer científico que realmente se interesó por la ciencia de los cohetes en centro Europa fue  Hermann Julius Oberth nacido en Nagyszeben, en el reino de Hungría que formaba parte del imperio Austro- Húngaro de Francisco José, el 25 de junio de 1894. La lectura de las novelas de Julio Verne,  Desde la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, impactaron al joven Hermann hasta el punto de construir un pequeño cohete cuando tenía 14 años.

Oberth estudió medicina, pero no se olvidó de los cohetes y siguió experimentando por su cuenta. Al joven le interesaba más la física que la medicina y cuando terminó la guerra, en 1919, se trasladó a Alemania para estudiar Física, primero en Munich y después en Göttingen.

Cuando escribió su tesis doctoral En cohetes al espacio planetario, en 1922, sus profesores consideraron que el tema no era adecuado y Oberth se negó a cambiarlo, de forma que no pudo doctorarse. Sin embargo, la universidad rumana de Cluj aceptó su tesis y le otorgó el grado de doctor. El joven físico subsistió, hasta 1938, dando clases en un colegio, en Rumanía.

Pero, durante el tiempo en que Oberth vivió en Rumanía no perdió el interés por los cohetes ni sus contactos con los centros y personas interesados por aquella ciencia. En junio de 1929 ganó el premio de la Sociedad Astronómica Francesa con su libro Caminos del vuelo espacial que escribió a partir de su tesis doctoral. Durante los años 1928 y 1929 trabajó en Berlín, parte de su tiempo, como consultor del equipo cinematográfico que estaba rodando la película Mujer en la Luna. Una de sus tareas fue la de construir y lanzar un cohete, como evento publicitario de la película. Pero quizá, la actividad más destacable durante aquella época fueron los experimentos que llevó a cabo en los laboratorios del Instituto de Tecnología Química en Berlín. Allí probó estáticamente un motor cohete de combustible líquido, construido por Klaus Riedel, con la ayuda de un joven de 17 años que se llamaba Wernher Braun.

Su asistente, Wernher von Braun,  había nacido en Wirsitz, en 1912 en el seno de una familia aristocrática. De pequeño quería ser compositor, aprendió a tocar el piano y el chelo, pero después de leer las obras de ciencia ficción que había escrito Hermman Oberth, sobre viajes espaciales, se aficionó a la astronomía y el espacio. Para von Braun, trabajar con Oberth en el Instituto de Tecnología Química, experimentando con un motor cohete, era más de lo que podía imaginar. Entonces, Wernher estudiaba en el Instituto Tecnológico de Berlín para graduarse como ingeniero aeronáutico.

Después de la diplomatura, von Braun continuaría estudiando Física  en la universidad Federico-Guillermo. Hermann Oberth había sido un pionero en el mundo de los cohetes, en unos momentos en que se trataba de una ciencia “poco adecuada”, pero el mundo había cambiado. Cuando el partido nazi tomó el poder en Alemania, impulsar la tecnología de los cohetes pasó a formar parte de las prioridades del Gobierno. Wernher von Braun leyó su tesis doctoral el 27 de julio de 1934. La tesis de von Braun trataba sobre el uso de combustibles líquidos en cohetes y la mayor parte de su contenido no se haría público por considerarse material clasificado. Nada más leer su tesis, el capitán Walter Dornberger puso a su disposición una ayuda para que trabajara en su laboratorio de Kummersdorf y a finales de 1934 el equipo de von Braun ya había lanzado dos cohetes que alcanzaron 2200 y 3500 metros de altura, respectivamente. El brillante doctor llegó al mundillo de los cohetes, justo a tiempo. Goddard aún no había conseguido unos resultados tan buenos en Roswell, pero la diferencia de medios con que contaba su equipo y el del joven alemán era abismal.

En 1936 el gobierno alemán creó un centro de investigación de cohetes en Peenemünde, en la isla de Usedom en el mar Báltico. Dornberger sería el responsable máximo del centro y Wernher von Braun fue nombrado director técnico.

Aprovechando la ola de interés sobre los cohetes que impulsó el gobierno nazi, Austria no quiso quedarse atrás y Hermann Oberth abandonó Rumanía en 1938 para trabajar en el Instituto Técnico de Viena. De allí se trasladó a Dresden, en Alemania, y en 1941 von Braun se lo llevó a Peenemünde.

El cohete que mayor popularidad otorgaría a Peenemünde fue el A-4. Durante la tercera prueba, el 3 de octubre de 1943, el A-4 alcanzó 80 kilómetros de altura y se estrelló a 193 kilómetros del lugar de lanzamiento, siguiendo la trayectoria prevista. En 1943, en plena guerra,  se inició la producción en serie del A-4, con el nombre que le puso el ministro nazi Goebbels: Vergeltungswaffe 2  (Arma de la venganza 2). El V-2 llevaba un depósito con una mezcla de etanol y agua como combustible y oxígeno líquido como oxidante. El motor del cohete funcionaba durante 65 segundos, el resto de la trayectoria seguía un curso balístico y portaba una cabeza explosiva de 1 tonelada. Si el V-2 se lanzaba verticalmente, podía alcanzar una altura de 206 kilómetros. La fabricación de las V-2 se haría en Mittelwerk, mientras que las investigaciones seguirían en Peenemünde con von Braun a la cabeza del equipo técnico.

En Estados Unidos, Goddard no contaba con los medios de von Braun y sus desarrollos tuvieron un alcance mucho más limitado. El teniente Fischer de la Marina estadounidense visitó a Goddard en Roswell en 1941 y quedó impresionado con el trabajo del científico. Recomendó a sus superiores que se aplicara aquella tecnología para desarrollar un motor de empuje variable que permitiera despegar aeronaves pesadas en una pista tan corta como la cubierta de un portaviones. En un tiempo récord el equipo de Goddard puso a disposición de la Marina una unidad que cumplía con los requisitos que les habían sido impuestos.

Con la guerra como epicentro de cuanto acontecía en el mundo, en 1942, Robert Goddard trasladó su modesto centro de operaciones a Annapolis, donde estaba el cuartel general de la Marina. En 1945 le enviaron un V-2 capturado a los alemanes y Goddard dijo que le “habían robado su trabajo” porque tenía el mismo diseño que alguno de sus cohetes. Los servicios de inteligencia alemanes habían seguido de cerca el trabajo de Robert. Él mismo confesó que algunos informes suyos habían desaparecido y que alguien había abierto su correspondencia. Si bien es cierto que el espionaje alemán anduvo cerca de las instalaciones de Goddard en Roswell también parece que la información que suministró fue bastante confusa. Lo cierto es que el equipo de Wernher von Braun en Peenemünde, mucho más numeroso, bien equipado y con un presupuesto generoso, progresó mucho más deprisa que Goddard y sus colaboradores. El ejército estadounidense no consideró que los trabajos de Robert Goddard tenían una gran importancia estratégica y los medios lo trataron con cierto desprecio, ni siquiera en las universidades, con excepción de la Clark, hubo estudiosos interesados en desarrollar la tecnología de los cohetes. El propio Goddard no encontró ningún estudiante del Massachusetts Institute of Technology que quisiera incorporarse a su equipo.

La salud de Goddard siempre fue bastante mala. En 1945 le diagnosticaron un cáncer de garganta y murió ese mismo año, en el mes de agosto.

Poco antes de que falleciera el ilustre físico estadounidense, en marzo de 1945, un técnico de laboratorio polaco, que trabajaba en la universidad de Bonn, encontró en un baño trozos de papel que parecían contener los nombres de una misteriosa lista. El técnico hizo llegar al servicio de inteligencia británico su hallazgo que se lo pasó a los estadounidenses. Los papeles contenían la lista Osenberg.  Era la relación de científicos y técnicos alemanes, elaborada por las autoridades nazis en 1943, que debían permanecer en los centros de investigación para trabajar en el desarrollo de nuevas armas. El comandante Staver, responsable de la Sección de Sistemas de Propulsión del departamento de Investigación e Inteligencia del ejército de Estados Unidos utilizó la lista de Osenberg para identificar los científicos alemanes que debían ser detenidos e interrogados. Wernher von Braun encabezaba aquella relación.

En la primavera de 1945 las tropas rusas estaban a unos 150 kilómetros de Peenemünde. Braun recibió órdenes contradictorias de sus superiores, mientras el general Kammler de las SS quería reubicar al equipo de técnicos en el centro de Alemania, otros generales le ordenaron que se incorporaran a la lucha para defender su país. Von Braun falsificó documentos para unos 500 colaboradores suyos y se movieron a una zona que estaba cerca de Mittelwerk. Kammler había dado orden de que los fusilaran a todos antes de dejarlos caer en manos del enemigo, pero von Braun se las ingenió para dispersar a su gente. En mayo, los técnicos alemanes fueron apresados por el ejército estadounidense. A von Braun lo llevaron al castillo de Kransberg, donde el mando británico y estadounidense interrogaba a los líderes científicos, sociales y económicos alemanes. Allí mismo lo incorporaron a la nómina de los afiliados a la operación Paperclip. Esta operación, apadrinada por el presidente Truman,  tenía como objetivo reclutar a los científicos más sobresalientes de la Alemania nazi para que trabajaran en Estados Unidos. Los servicios de inteligencia facilitaban la documentación y los permisos de residencia y trabajo necesarios, al tiempo que eliminaban de los registros existentes cualquier traza que pudiera relacionar de forma indecorosa a los científicos con el nazismo.

Hermann Oberth corrió una suerte distinta. Ya no era tan importante como von Braun y permaneció en Nuremberg, Alemania, hasta 1948 cuando recibió autorización para trasladarse con su familia a Suiza. De allí fue a Italia, en 1950, para colaborar con la Marina en el desarrollo de misiles anti aéreos de combustible sólido. Oberth regresó a Alemania y después viajó a Estados Unidos. Trabajó con von Braun en Huntsville y en la industria privada. Se retiró en 1962, cuando cumplió 68 años. Fue una voz independiente, dedicado a escribir artículos y libros sobre el espacio y siempre defendió la teoría de que no estábamos solos en el Universo.

Wernher von Braun y muchos de sus colaboradores fueron trasladados a Estados Unidos, al amparo de la operación Paperclip. De 1945 a 1950 trabajaron en la instalación del Ejército en Fort Bliss, al norte de El Paso. Fueron años difíciles para ellos, en un lugar inhóspito de un país extranjero, estrechamente vigilados, sin poder circular libremente. En 1950 los movieron a Huntsville, Alabama, cuando empezó la guerra de Corea. Los programas militares ocuparían a von Braun hasta el año 1957.

Von Braun seguía soñando con el espacio y en 1952 publicó una serie de artículos en la revista Collier´s Weekly titulada Man Will Conquer Space Soon (El hombre conquistará el espacio pronto) en los que desarrollaría sus ideas de cómo debía ser una estación espacial: una estructura toroidal de76 metros de diámetro que giraba de  forma que producía una aceleración similar a la de la gravedad. La estación serviría como plataforma desde la que se apoyarían las expediciones lunares. Después escribió una novela, que no se publicaría hasta el año 2006, y participó en programas de televisión con Walt Disney para popularizar los viajes espaciales. En 1959 publicó un cuadernillo con episodios de sus escritos anteriores sobre sus ideas acerca de las expediciones a la Luna.

Para que von Braun pudiera realizar el sueño de su vida fue necesario que Sergei  Korolev y sus colegas de la Unión Soviética irrumpieran con energía y liderazgo en el panorama espacial.

Stalin se enfureció en 1945 al constatar que los estadounidenses se habían apropiado de casi todo el material de los V-2 y que la mayoría de los técnicos y científicos alemanes  relacionados con su desarrollo estaban ya en la zona controlada por los norteamericanos. El dictador soviético ordenó que varios equipos de expertos se trasladaran a Alemania para inspeccionar las instalaciones, apropiarse de los cohetes que encontraran y deportaran a los expertos que fuera posible con el objetivo de adquirir la tecnología de los V-2.  Uno de los técnicos de Stalin que, en agosto de 1945, estuvo en Alemania fue el ingeniero Sergei  Korolev, aún bajo la vigilancia de la inteligencia soviética.

Korolev había sido condenado a 10 años de prisión, en 1938, por los tribunales que ejercieron las purgas de Stalin que conseguirían encarcelar a la élite aeronáutica del país. Se le acusaba de haber dilapidado dinero público con experimentos de cohetería inútiles. En 1940 los tecnócratas comunistas rescataron de las prisiones a los técnicos más relevantes, necesarios para nutrir la industria bélica del país, y los asignaron a oficinas de trabajo aunque siguieran bajo vigilancia. Korolev fue trasladado a un departamento que dirigía Tupolev, en Moscú. El propio Tupolev, también estaba bajo sospecha. En 1944 Korolev recibió el encargo de elaborar un diseño preliminar de un cohete capaz de competir con las V-2 alemanas. Disponía de tres días y 60 ingenieros para entregar el trabajo. La respuesta fue un cohete propulsado con alcohol y oxígeno líquido, con dos etapas y un sistema automático de guiado que dio origen a los D1 y D2 cuyo alcance sería de 75 kilómetros.

Von Braun y su equipo de Peenemünde habían conseguido un cohete cuyo alcance era de unos 300 kilómetros y a los soviéticos les parecería algo extraordinario. Durante su estancia en Alemania Korolev interrogó a los técnicos y científicos aeroespaciales que pudo y participó, como observador, en la operación británica Backfire, en la que se lanzó un V-2 de demostración, el 15 de octubre de 1945 desde Altenwaide.  Korolev también seleccionó a los 234 empleados alemanes de la factoría en donde se fabricaban los V-2, en Mittelwerke, que fueron deportados a Gordodomlya en el lago Seleger la noche del 22 al 23 de octubre de 1946.

Sergei Korolev seguía bajo la vigilante mirada del servicio de inteligencia soviético, pero eso no impidió que se le nombrara responsable del centro de investigación cuya misión era la de copiar y poner en producción los V-2, en la Unión Soviética, con la ayuda de los deportados. Otro ingeniero, que desempeñaría un papel clave en el desarrollo de la actividad aeroespacial soviética, Glushko, recibió el encargo de fabricar los motores de los cohetes de Korolev. Glushko también había sido rescatado de los campos de concentración. Los directivos, vigilados, se habían convertido en los vigilantes de centenares de alemanes deportados.  Eran los tiempos de Stalin, en un país en el que sus infraestructuras industriales distaban mucho de las de Alemania durante la guerra. La versión rusa del V-2, mejorado, sería el R-2 y en la medida en la que los soviéticos adquirían las capacidades necesarias para el desarrollo de sus cohetes, los técnicos alemanes fueron relegados a un segundo plano. Entre 1951 y 1953 se repatriaron a todos los deportados a quienes se les mantendría al margen de los nuevos proyectos.

Stalin apostó con fuerza por el desarrollo de la tecnología de los cohetes y en 1946 firmó un decreto para impulsar las actividades en este campo. Korolev demostraría poseer unas cualidades excepcionales para organizar el trabajo y motivar a sus colaboradores;  además, contaba con medios generosos para cumplir con sus objetivos. Con la ayuda inicial de los técnicos alemanes y bajo el liderazgo de Korolev  los soviéticos consiguieron, en un tiempo récord, perfeccionar la tecnología hasta el punto de poner en órbita el Sputnik 1 que sería el primer satélite, el 4 de octubre de 1957. El cohete  R-7 que se utilizó para propulsar al Sputnik 1 también serviría para impulsar la carga de los primeros misiles balísticos de largo alcance soviéticos.

Al éxito del Sputnik 1 de 1957 se añadió el de Yuri Gagarin, el primer astronauta que visitó el espacio, el 12 de abril de 1961, lo que confirmaría la clara ventaja soviética en el desarrollo de motores cohetes. La posibilidad de que los rusos dispusieran de misiles balísticos con cabezas nucleares capaces de alcanzar el corazón de Estados Unidos hizo que Kennedy asumiera el compromiso, en su campaña electoral, de eliminar la ventaja tecnológica rusa en la carrera espacial y de misiles balísticos. Lo cierto es que aquella supuesta ventaja, todavía  no suponía ninguna amenaza. Los misiles balísticos soviéticos de entonces eran muy complicados de operar y desplegar y su sistema de guiado mediante radiocontrol resultaba demasiado rudimentario. Los pocos misiles que se habían desplegado en las bases de Tyuratam y Plesetsk apenas podían alcanzar el norte de Estados Unidos. Los aviones espía U-2 de la inteligencia estadounidense disponían de una información muy precisa sobre la debilidad de aquella amenaza, pero que la opinión pública pensara lo contrario favorecía los intereses de la defensa nacional ya que facilitaría el incremento del gasto militar. A la inteligencia no le interesaba que los ciudadanos cambiaran de opinión y a los políticos tampoco. Kennedy nombró a McNamara  secretario de Defensa y como el nuevo servidor público procedía de la industria automovilística, estaba acostumbrado a pensar a gran escala. Decidió que el país tenía que construir 1000 misiles balísticos intercontinentales. Es posible que fuera una respuesta que no guardara una gran proporción con las ocho plataformas soviéticas, pero era un número redondo y fácil de memorizar. Para abaratar el producto se concibió un nuevo cohete de combustible sólido, el Minuteman.

Korolev recibió el encargo de responder aquella nueva amenaza con el diseño de otro misil de largo alcance propulsado con combustible sólido. Su equipo de ingenieros propuso una solución, el RT-2, pero este misil no llegó a funcionar bien.

El sistema soviético facilitaba la proliferación de camarillas, intrigas, insidias y conspiraciones. En el mundo de los cohetes había tres lumbreras que competían de forma descarada:  Korolev, Glushko y Chelomei.  Korolev y Glushko habían sido huéspedes de las mazmorras de Stalin, durante las purgas anteriores a la segunda guerra mundial, pero después serían rehabilitados. Korolev había ido a prisión, delatado por Glushko, y entre los dos la animadversión era manifiesta. Chelomei trabajó en el desarrollo de misiles que se lanzaban desde aviones bombarderos, pero poco antes de la muerte de Stalin cayó en desgracia porque los sistemas de control de sus cohetes no funcionaban correctamente y tuvo que regresar a la Universidad para dar clases. A su pérdida de protagonismo contribuyó de forma decisiva el hijo del jefe de seguridad de Stalin, contratado por el responsable de diseño de la compañía MIG, que consiguió llevar a su empresa el trabajo del desarrollo de los misiles de Chelomei. Al morir Stalin, Malenkov  ayudó a Chelomei a regresar a la industria para desarrollar uno de sus proyectos: los misiles de crucero que equiparían los submarinos. El ingeniero aprendió la lección y cuando Krushchev ascendió al poder contrató a su hijo Sergei. El vástago de Krushchev le sería de gran ayuda en su batalla contra Korolev para quitarle el encargo del desarrollo del misil de combustible sólido. Krushchev encargó a Chelomei que desarrollase un misil pequeño, propulsado con combustible líquido, el UR-100, del que llegarían a fabricarse miles de unidades.

Por entonces, Korolev mantuvo otro frente abierto con Glushko que quería sustituir el oxígeno líquido por otro oxidante que pudiera almacenarse para evitar el complejo proceso de carga y generación del gas, antes de cada lanzamiento. Los militares apoyaron a Glushko y Chelomei porque, según ellos, Korolev había gastado cantidades astronómicas de dinero en el desarrollo de los programas de misiles balísticos intercontinentales R5, R-7 y R-9. Poco a poco, el ingeniero soviético se centraría en los proyectos espaciales. En agosto de 1964 logró que le aprobaran el proyecto de un vuelo tripulado a la Luna. Sin embargo, para el gobierno soviético la prioridad no era el espacio sino los misiles de su ejército. Korolev tuvo que luchar contra una burocracia que año tras año mermaba sus presupuestos mientras que la Administración Kennedy había puesto en marcha su ambicioso programa espacial con el apoyo de sus máximos dirigentes.

En 1966 Korolev murió en la mesa de operaciones de un hospital de Moscú mientras le intervenían un cáncer de colon. El cirujano no era la persona más adecuada para realizar esta operación, aunque ostentara el cargo de ministro de Sanidad. La prematura muerte de Korolev, a los 59 años, daría al traste con el programa espacial soviético. Dos semanas después de la muerte de Korolev el Luna 9 de la agencia espacial rusa aterrizó suavemente en la superficie de nuestro satélite. Fue el último acto de una obra en la que los soviéticos habían llevado la iniciativa.

En 1960 la NASA abrió el centro espacial Marshall en Huntsville y von Braun fue nombrado director del mismo, cargo que ocuparía hasta 1970. Durante aquellos años trabajó en el desarrollo del Saturno V que transportaría a los astronautas estadounidenses a la Luna. Fue el cohete de mayor tamaño y empuje que jamás se construyó, capaz de transportar 45 toneladas de carga de pago a la órbita de inyección lunar. Hasta la fecha no se ha construido ningún cohete que pueda transportar tripulaciones más allá de la órbita terrestre.  Disponía de tres etapas, todas llevaban oxígeno líquido como oxidante y el combustible de la primera era queroseno refinado (RP-1), mientras que las otras dos utilizaban hidrógeno líquido.

El competidor soviético del Saturno V fue el N1-L3 que se empezó a construir a finales de 1965, pero la muerte de Sergei Korolev, al año siguiente, contribuiría de manera decisiva al fracaso del proyecto. Después de cuatro intentos fallidos, uno de los cuales causó la mayor explosión no nuclear provocada por el hombre, el programa se canceló definitivamente en 1976.

Wernher von Braun dirigió los trabajos del centro Marshall, donde se concibió el mayor cohete de la historia de la astronáutica que prestó servicio en trece misiones espaciales y llevó al hombre a la Luna. Von Braun soñaba con seguir con la aventura espacial y en la década de 1980 creía que sus cohetes transportarían astronautas a Marte. Después del éxito de los Apollo y de la retirada de los soviéticos de la carrera espacial, el interés de la NASA por ir más allá de la Luna, o incluso regresar a nuestro satélite, decayó hasta el punto de que el ingeniero alemán, asentado ya cómodamente en Estados Unidos, abandonaría la agencia.

En 1972, von Braun se retiró de la NASA y durante cinco años trabajaría en la industria privada. Murió de cáncer de páncreas en 1977.

Desde qué Goddard lanzó su primer cohete de combustible líquido, un burdo demostrador, hasta el alunizaje de los astronautas estadounidenses transcurrieron  43 años, un intervalo de tiempo insignificante en comparación con el avance que experimentó la tecnología ¿cómo pudo ocurrir un desarrollo de tal magnitud con tanta celeridad? Los hombres clave hicieron el trabajo, pero la política marcó los presupuestos y la geografía de los acontecimientos.

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

La conquista del espaico: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

Un comentario el “La invención de los cohetes

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