Volar con pequeños globos de helio

Matt Silver-Vallance Balloonbloke

Matt Silver-Vallance

El pasado mes de abril, Matt Silver-Vallance tardó una hora en volar desde la isla de Robben a Ciudad del Cabo, unos 6 kilómetros, colgado de 160 pequeños globos de helio. Es un travesía sobre un mar cuyas aguas están infestadas de tiburones.

Durante el vuelo la dirección del viento debía mantenerse entre 230 y 310 grados y no soplar con una fuerza superior a 5 metros por segundo (18 km/h); estas condiciones suelen darse después del paso de un frente de baja presión. Su equipo de apoyo contaba con 6 estaciones meteorológicas en la costa para determinar el momento idóneo en el que se tenía que iniciar el vuelo. Sin embargo, el viento no siguió la secuencia que los organizadores imaginaron y Matt voló una trayectora distinta a la que esperaba, que lo llevó más al norte. Se posó sobre una lancha de salvamento poco antes de llegar a la costa, en vez de hacerlo en la playa como había previsto.

Matt nació en Ciudad del Cabo en 1976. Empezó a trabajar en Australia como vendedor de material médico y después se trasladó al Reino Unido donde continuó sus actividades comerciales en el sector hospitalario. Hace cuatro años decidió emprender la aventura de cruzar el mar con unos globos con el objetivo de recaudar fondos para la construcción del Hospital de niños de la fundación Nelson Mandela en Johannesburgo. En África hay 4 hospitales que atienden una población de 450 millones de niños. La fundación pretende construir un hospital con 200 camas, en el que ningún niño sea rechazado por no poder pagar el tratamiento.

Nelson Mandela estuvo durante muchos años en la prisión de la isla Robben, el lugar desde donde Matt voló hasta Ciudad del Cabo. Casualmente, poco después de que el intrépido aerostero llegara a su destino, Nelson Mandela- a sus 94 años- salió del hospital en donde había recibido tratamiento para curarse una neumonía.

Matt no es el único en haber utilizado pequeños globos para volar. El jueves de la semana pasada, 12 de septiembre, Jonathan Trappe despegó de Caribou, Maine, sujeto por 370 globos de helio. Su objetivo era, ni más ni menos, que cruzar el océano Atlántico. Una travesía de 4000 kilómetros, que tardaría en recorrer de tres a cinco días, y que en función del viento podía aterrizar prácticamente en cualquier lugar entre Noruega y Marruecos, aunque las predicciones meteorológicas aventuraban que lo más probable es que aterrizara en Europa occidental. Trappe y su equipo llevaban unos cien días esperando que la meteorología le resultara favorable.

No es la primera vez que Jonathan vuela suspendido de pequeños globos de helio, ya cruzó el Canal de la Mancha en 2010 y ha volado sobre los Alpes. Tampoco es la primera vez que alguien atraviesa el Atlántico Norte en globo, el primero y último que lo hizo en solitario fue Joe Kittinger un oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, en 1984, pero con un aeróstato más convencional. Ni siquiera así es una aventura fácil ya que cinco personas han perdido la vida en viajes similares, quizá por eso Joe Kittinger se desplazó hasta Caribou para despedir a Trappe.

Las veces anteriores Trappe había volado en una silla de oficina, sujeta a los globos, pero para cruzar el Atlántico se colocó sobre una pequeña balsa salvavidas de color amarillo. Llevaba lastre para liberarlo y ganar altura y para descender tenía que soltar globos o reventarlos. El plan de vuelo contemplaba alcanzar alturas de hasta unos 7,6 km.

El jueves pasado, unas 12 horas después del despegue, Jonhatan mandó un mensaje…hmm esto no parece Francia… Acababa de aterrizar en Newfoundland, Canadá. Parece que Trappe no pudo estabilizar la altitud del vuelo. El conjunto de globos ascendía a unos 7000 metros para después bajar hasta la superficie del océano, sin que su piloto fuera capaz de mantenerlo a nivel. Después de recorrer 350 millas su equipo y él decidieron abortar la misión a las 06:30 de la tarde.

Trappe pasó la noche en su inhóspito lugar de aterrizaje, a unas 5 millas de la carretera más cercana. El viernes, una periodista de la cadena CBC Newfoundland-Labrador, Lindsay Bird, acudió a rescatarlo en un helicóptero. Nunca me he sentido tan contento de ver a la prensa, le dijo Trappe; también le comentaría que se estaba quedando sin lastre demasiado pronto, por lo que tuvo que elegir entre aterrizar el jueves en aquellos bosques solitarios o caer en el océano el viernes.

Extraterrestres. Ya no se trata de luces en el cielo sino de mentiras en la Tierra

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Foto W.C Hall, Australia , 1954- OVNI sobre el rebaño de ovejas

Del 23 de abril al 3 de mayo del presente año se celebró en Washington una audiencia pública sobre los contactos establecidos por los extraterrestres con nuestra civilización. El evento estuvo organizado por el Paradigm Research Group. El lema de este grupo es que ya no se trata de luces en el cielo sino de mentiras en la Tierra. Una aseveración perfectamente simétrica. Vale tanto para quienes niegan como para los que afirman hechos sin fundamento real.

El objetivo principal del evento de Washington (Citizen hearings on disclosure), cuyo formato sería parecido al de las audiencias públicas en el Congreso de Estados Unidos y que costó más de 600 000 dólares, fue el de presionar a los políticos para que levanten el velo que oculta los asuntos de Estado relacionados con los extraterrestres. Existe la creencia generalizada entre la mayoría de los participantes en este tipo de encuentros de que los extraterrestres y los líderes de la Tierra establecieron algún pacto. Los dirigentes terrícolas dijeron a los visitantes que el mundo no estaba preparado para recibirlos y que necesitaban tiempo. Con pacto, o sin él, lo cierto es que lo relacionado con los avistamientos de objetos no identificados todos los estados lo clasifican como materia reservada. Según afirmó Bassett, existe una presión creciente sobre el gobierno de Estados Unidos para que haga pública la información que tiene sobre este asunto y lo que se necesita es un evento que genere la “masa crítica” capaz de empujar los políticos y los medios a moverse en esa dirección.

Incluso el propio Paul Hellyer, defensor a ultranza de la existencia de un pacto entre los líderes terrícolas y los alienígenas, reconoce que absolutamente todo no se puede hacer público. Algunas cosas, muy pocas, no se podrán contar. Eso quizá nos haga pensar que, aunque los estados revelen ciertos hechos sobre este asunto y su política informativa se torne más transparente, siempre habrá gente que se queje de falta de información.

Durante la audiencia pública intervinieron representantes de diez países, un ex senador y cinco antiguos congresistas de Estados Unidos, políticos, militares, pilotos, ingenieros, investigadores, sociólogos, abogados y periodistas. La mayoría de los participantes no necesitaba acudir al evento para convencerse de la existencia de una “conspiración”, dirigida por el poder económico, militar y social de nuestro planeta, que oculta la existencia de numerosos visitantes extraterrestres, con los que ha establecido un pacto para mantener sus privilegios. Según esta línea de pensamiento hasta los gobiernos son víctimas de estas fuerzas del mal. Hellyer, en alguna de sus intervenciones anteriores, ya había parafraseado a Bill Clinton diciéndole a la reportera de la Casa Blanca, Sarah McClendon: “Sarah, hay un Gobierno dentro del Gobierno y yo no lo controlo.”

A lo largo de las jornadas se expusieron múltiples avistamientos y se presentaron testimonios del supuesto OVNI que se estrelló cerca de la ciudad de Roswell en 1947. También se insistió en que los extraterrestres pertenecían a varias especies, dos, cuatro, o veinte, ya que se manejaron cifras distintas y lo más probable es que cada especie tuviera su propia agenda. Se dijo que había dos alienígenas trabajando para el gobierno de Estados Unidos, lo cual encajaba muy bien con la hipótesis del pacto secreto, aunque no tanto con la de la variedad de especies y diversidad de agendas. Las intervenciones duraron unas treinta horas y quizá llame la atención la avanzada edad de algunos de los participantes. Los periodistas le preguntaron a uno de ellos por qué había tardado tanto tiempo en hacer público lo que sabía. La respuesta era evidente: quería conservar su puesto de trabajo.

Al tiempo que los defensores de los OVNI hacían sus declaraciones, los detractores insistirían en que se trataba, como siempre, de un ejercicio inútil en busca de publicidad y que los antiguos congresistas no buscaban otra cosa distinta a la de ganar dinero fácilmente (recibirían por asistir al acto 20 000 dólares cada uno). Que los defensores de la teoría de la conspiración eran los verdaderos conspiradores, que todos los discursos no dejaban de ser parte del mismo círculo vicioso y que Hellyer, Bassett y muchos de sus colegas razonaban como suele hacerse a una edad avanzada.

Como casi siempre, este asunto polariza las opiniones y es difícil abordarlo con serenidad. Por eso yo me fijo mucho en las circunstancias que rodean a las personas que han llegado al firme convencimiento de que los extraterrestres están aquí, con nosotros. De todos esos individuos, para mí hay dos en los que concurren elementos muy interesantes. Uno es Paul Hellyer y el otro Gordon Cooper.

Paul Hellyer participó en la audiencia pública de Washington y el comienzo de su intervención me parece muy ilustrativa:

Mi nombre, como dije, es Paul Hellyer. Soy ex ministro de Defensa Nacional de Canadá. He servido en tres gobiernos sumando un total de 23 años como miembro del Parlamento . Como todos los ministros de Defensa Nacional recibí informes sobre Objetos Voladores no Identificados (OVNI). Estaba muy ocupado para preocuparme sobre eso en aquél momento porque estaba tratando de unificar el Ejército la Marina y la Fuerza Aérea en una fuerza única de Defensa canadiense y eso era ya una batalla en sí mismo hasta que se terminó, de forma que aquello no tenía una alta prioridad en mi agenda. Hace unos diez años empecé a interesarme cuando un joven de Ottawa me envió material sobre el asunto. Le dije que estaba muy ocupado para leerlo pero que algún día lo haría. Me envió una copia del libro del Coronel Corso, El día después de Roswell. Me llevó algún tiempo leerlo, pero me lo llevé como lectura veraniega, en el año 2005 y quedé realmente impresionado. Yo pensé que contenía asuntos realmente grandiosos y que la gente de Estados Unidos y la gente de todo el mundo tenía derecho a conocer lo que estaba pasando, porque son parte de ello, no es un asunto aislado. Después de confirmar el contenido del libro con un general retirado del Ejército de Estados Unidos acepté la invitación de Victor Viggiani, quien está por acá en algún lugar, y de su colega Mike Bird de hablar en un simposio en la universidad de Toronto y dije: “Los extraterrestres son tan reales como los aviones que vuelan sobre nuestras cabezas” Me otorgaron la dudosa distinción de ser la primera persona con rango ministerial del G8 (Grupo de los 8 países supuestamente más importantes del mundo), en decir algo así. Desde entonces he aprendido muchísimo de otras fuentes incluyendo un gran número de testigos…

Las declaraciones de Paul Hellyer en la universidad de Toronto se produjeron en septiembre de 2005, causaron un gran revuelo y ocuparon las cabeceras de la prensa. El ingeniero, escritor y político tenía entonces 82 años.

Otro personaje que también defendió hasta su muerte la existencia de extraterrestres fue el astronauta Gordon Cooper. Antes de incorporarse a la NASA, Cooper estuvo destinado como piloto en Alemania y allí, en 1951, dijo que había visto innumerables vehículos extraterrestres volando en la misma formación que nosotros… sus naves no tenían alas y se desplazaban con rapidez lateralmente… Años más tarde, en 1958, cuando trabajaba como responsable de un proyecto en la base de Edward, California, explicó que tenía un equipo de filmación que trabajaba para mí y cuando estaban filmando, un pequeño disco sobrevoló el lugar donde filmaban y descendió y se apoyó en algo parecido a trenes de aterrizaje a unos 13 metros del equipo… el operador de la cámara que estaba acostumbrado a volar y conocía todos los tipos de aeronaves cogió su equipo y empezó a documentar aquello… Cuando sus colegas trataron de acercarse la nave recogió el tren de apoyo y desapareció a una velocidad muy alta…

Gordon Cooper dijo que pudo ver el negativo antes que sus superiores le hicieran entregar el material del que nunca volvió a saber nada.

Poco después de su experiencia en el desierto del Mohave, en 1959, Cooper fue seleccionado para formar parte del primer grupo de siete astronautas de la NASA. Gordon Cooper se suponía que “gozaba de condiciones físicas excepcionales, era intelectualmente superdotado y podía trabajar en equipo y solo, además de ser piloto de reactores con amplia experiencia de vuelo”. Esos eran los requisitos impuestos por la NASA a sus primeros astronautas. Su firme creencia en los extraterrestres fue uno de los argumentos que utilizaría el jefe de astronautas de la agencia para apearlo del mando de la misión Apolo XIII, en 1970. Gordon Cooper contaba entonces con un historial impecable como astronauta, acreditado por sus actuaciones en las difíciles misiones espaciales en las que había participado. Ese año Cooper abandonó la agencia espacial y durante el resto de su vida trabajó como consultor y directivo en diferentes empresas privadas. En varias ocasiones Cooper negó haber visto OVNIs pero en una entrevista, grabada en video, en 1973, se justificaría de la siguiente forma:

Durante muchos años yo he vivido con un secreto, un secretismo impuesto sobre todos los especialistas en astronáutica. Yo puedo revelar ahora que todos los días, en Estados Unidos, nuestros instrumentos de radar capturan objetos cuya forma y composición nos es desconocida. Y hay miles de informes de testigos y cantidad de documentos que prueban esto, pero nadie lo quiere hacer público.
¿Por qué? Porque la autoridad teme que la gente pueda pensar que solo Dios sabe qué clase de invasores tenemos. De forma que la contraseña es: evitar el pánico a toda costa.

Poco después en una carta a la Organización de Naciones Unidas, en 1978, Cooper decía:

…Yo creo que estos vehículos extraterrestres y sus tripulaciones visitan este planeta desde otros planetas, los cuales están obviamente un poco más avanzados que aquí en la Tierra. Siento la necesidad de un programa coordinado a alto nivel para recopilar y analizar toda la información del mundo relativa a estos encuentros y determinar la mejor forma de relacionarnos con estos visitantes de un modo amigable. También, yo tuve la ocasión en 1951 de observar… vuelos suyos, de distintos tamaños, volando en formación, de este a oeste sobre Europa.

Gordon Cooper falleció de Parkinson, en 2004 a los 77 años, y hasta entonces seguiría creyendo en los extraterrestres.

Ya no se trata de luces en el cielo sino de mentiras en la Tierra y acabar con esas mentiras, las de los dos extremos, no parece ser una tarea sencilla.

Apollo XIII

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Terminator

La tripulación del Apollo XIII despegó del Centro Espacial Kennedy el 11 de abril de 1970 a las 19:13 UTC.  Sus tripulantes tenían la misión de posarse con el módulo lunar en la región Fra Mauro de nuestro satélite.  Dos de ellos estaban llamados a ser el quinto y el sexto hombre en pisar la Luna. El vuelo se complicó y la expedición se convirtió en una odisea que hizo honor a la tradicional mala suerte que  se le atribuye al número trece.

De acuerdo con las rotaciones que seguía habitualmente la NASA, la tripulación que le correspondía hacer el viaje con el Apollo XIII estaba compuesta por L. Gordon Cooper como comandante, Donn F. Eisele como piloto del Módulo de Mando y Edgar Mitchell, piloto del Módulo Lunar. Pero el director que asignaba las tripulaciones, Deke Slayton, decidió sustituir a Cooper y Eisele. El veterano astronauta Gordon Cooper solía hacer declaraciones incómodas para la Agencia y se mostraba bastante díscolo a la hora de seguir los entrenamientos; además, creía en la existencia de naves extraterrestres que decía haber visto volando en Alemania. Donn F. Eisele tenía problemas matrimoniales. A la NASA le gustaba que sus astronautas fueran personas equilibradas y que formaran parte de familias perfectas para exhibirlos al mundo como ejemplos de virtud patria.  Para Slayton y sus jefes, ni Cooper ni  Eisele encajaban bien en el modelo de héroe que la agencia espacial trataba de promocionar.

Después de algunos cambios, la tripulación nominal para el Apolo XIII quedó formada por James A. Lovell, como comandante, Kenneth Mattingly,  piloto del Módulo de Mando y Fred H. Haise como piloto del Módulo Lunar. Pero, aún hubo cambios de última hora, porque 72 horas antes del lanzamiento un hijo de astronauta Charlie Duke contagió a su padre las paperas.  Kenneth Mattingly  y Charlie Duke eran los dos únicos astronautas del programa Apollo 13 que no eran inmunes a esa enfermedad y los responsables del vuelo decidieron dejar a Mattingly en tierra por si Charlie lo había contagiado y la enfermedad se manifestaba a bordo, cuando se encontrara solo en el Módulo de Mando. Jack Swigert, de la tripulación de reserva, tomó el puesto de Mattingly.

El Apollo XIII despegó, se situó en su órbita de aparcamiento  alrededor de la Tierra y los cohetes Saturno de la tercera etapa lo impulsaron hacia la Luna. Un viaje de casi tres días. Habían transcurrido poco menos de 56 horas de vuelo cuando,  a las 03:08 UTC horas del 14 de abril, Jack Swigert envió un mensaje al Centro de Control con una frase que pasaría a la historia: “Houston, tenemos un problema.”  En realidad la frase es de la película Apollo 13 protagonizada por Tom Hanks y dirigida por Ron Howard, que se estrenó en 1995. Swigert no dijo eso, aunque sí pronunció una frase muy parecida: “Houston, hemos tenido un problema”. Hacía nueve minutos que los astronautas habían finalizado el programa de televisión, de 49 minutos de duración, que se retrasmitió en directo a todo el mundo para demostrar cómo se vivía a bordo. La nave se encontraba a 320 000 kilómetros de la Tierra. En el momento en que Swigert activó un interruptor para agitar por quinta vez  los tanques de oxígeno, una maniobra solicitada desde tierra, el tanque número 2 explotó y el número 1 quedó dañado y empezó a perder oxígeno. Los tanques se agitaban para evitar que la formación de capas estratificadas falsearan las lecturas de los sensores que medían la cantidad de combustible almacenado, en cada momento. En un principio la tripulación creyó que un meteorito había alcanzado al Módulo Lunar. Jim Lovell le dijo a Jack Swigert que cerrara la escotilla de acceso al Módulo Lunar para evitar una posible descompresión de los dos módulos, pero el mecanismo de cierre no funcionó. Aquél fallo salvaría la vida de la tripulación. Un tanque de oxígeno se perdió con la explosión y el otro, el número 1, se vació por completo en unos 130 minutos, las pilas de combustible dejaron de funcionar y la energía disponible en el Módulo de Mando se quedó reducida a una cantidad mínima: la que había almacenada en las baterías.

Cuando se produjo la explosión, la nave estaba configurada con cuatro módulos: el de Servicio, el de Mando (Odyssey) y otros dos para aterrizar y regresar de la Luna (Aquarius). El Módulo de Servicio llevaba los tanques de hidrógeno y oxígeno, las pilas de combustible y el propulsor principal con su tobera de escape, además de otros sistemas y equipo de comunicaciones. Justo delante del Módulo de Servicio estaba el Módulo de Mando, de forma tronco cónica, en donde se encontraban los astronautas.  Desde el Módulo de Mando se podía acceder al Módulo Lunar que tenía dos compartimentos, el que conectaba con el Módulo de Mando para el ascenso, desde la Luna,  y el que llevaba el motor para el alunizaje.

En el Centro de Control creyeron, en un principio, que un meteorito había colisionado con Apolo XIII. Sin embargo, con posterioridad se supo que la explosión del tanque la originó un cortocircuito en los cables de alimentación del motor de “agitación”, cuyo aislante se había dañado debido a un sobrecalentamiento durante los ensayos anteriores al vuelo.

En el Centro de Control tuvieron que rehacer el plan de vuelo. El director de la operación, Gene Kranz, abortó la misión. El procedimiento ordinario de emergencia para regresar a la Tierra, desde aquél lugar, consistía en desprenderse del Módulo Lunar y volver directamente, para lo cual había que activar el sistema de propulsión principal del Módulo de Servicio. Sin embargo, los astronautas necesitaban el único oxígeno disponible que estaba en el Módulo Lunar, alimentado por baterías. No podían desprenderse del Módulo Lunar que se había convertido en su bote salvavidas. Además, tampoco estaban muy seguros del estado de la estructura del Módulo de Servicio que, si se había dañado con la explosión, podía romperse al encender el propulsor principal. Gene Kranz decidió que una vuelta directa era poco recomendable ya que los astronautas no podían desprenderse del  “salvavidas”,  que era el Módulo Lunar, por lo que la nave tendría que orbitar alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra. Al aprovechar la gravedad lunar, el impulso requerido para el retorno sería menor. Desde Houston se ordenó que dos astronautas pasaran al Módulo Lunar, dejando a uno en el Módulo de Mando, para pilotar la nave, que utilizaría las estrellas para guiarse y recibiría el oxígeno necesario del Módulo Lunar.

En ambos módulos se desconectaron todos los sistemas que no eran imprescindibles ya que la escasez de energía a bordo se había convertido en el principal problema de la misión. Se suspendieron las emisiones en directo y se limitó el uso de los sistemas de comunicaciones. A pesar de todo, el mundo entero estaba pendiente de lo que sucedía a bordo y un desastre podía tener unas consecuencias muy negativas para la NASA.

Era preciso corregir la trayectoria de la nave para sacarla de la órbita lunar y redirigirla a la Tierra de forma que la primera instrucción que recibieron los astronautas fue la de activar los cohetes del Módulo Lunar durante 30,7 segundos. Con esta acción la nueva trayectoria pasaría por detrás de la Luna y traería a los astronautas de vuelta a casa.

El Módulo Lunar estaba diseñado para llevar a dos astronautas, en vez de a tres, y durante dos días, no cuatro como eran los que duraría el regreso a la Tierra. El oxígeno no sería un problema porque este módulo llevaba suficiente ya que tenía que rellenar la cápsula un par de veces, después de las excursiones previstas para los astronautas por la superficie del satélite. Sin embargo, cuando transcurrieron 36 horas desde el accidente las luces de advertencia de contaminación de dióxido de carbono (CO2) se encendieron.

En un edificio próximo al Centro de Control y durante el vuelo de los astronautas se mantenía abierta una sala en la que un grupo de ingenieros y expertos estaba a disposición del responsable de las operaciones para suministrar asesoramiento en caso necesario. Don Arabian, el jefe del grupo de asistencia técnica, era una persona capaz de evaluar cualquier anomalía con rapidez y ,a pesar de su tono de voz elevado y desafiante, su crudeza al tratar los asuntos más delicados y su manera de ir directo al núcleo de cualquier problema, era un personaje carismático que contaba con el apoyo incondicional de jefes y subordinados. Cuando se encendieron las alarmas de contaminación, Arabian llamó a Jerry Woodfill, uno de los ingenieros que había trabajado en el diseño de los sistemas de alerta y comprobaron que las señales funcionaban bien, teniendo en cuenta el CO2 que tenía que haber a bordo, según sus estimaciones. No se trataba de una falsa alarma, el CO2 había alcanzado un nivel excesivo. La situación era crítica porque continuaría aumentando hasta alcanzar valores que los astronautas no podrían soportar.

El dióxido de carbono (CO2) se eliminaba mediante filtros de hidróxido de litio que purificaban el aire. En el  Módulo Lunar había dos filtros, de sección circular, alojados en dos barriletes;  un barrilete estaba conectado al sistema de control medioambiental y el otro servía de contenedor para el segundo filtro. Cuando se consumía el primer filtro los astronautas los intercambiaban y el usado se quedaba en el barrilete que hacía de contenedor. El sistema de alerta se había montado para avisar a los astronautas de que cambiaran los filtros. Woodfill le explicó a Arabian que lo que tenían que hacer los astronautas era cambiar el filtro, pero que con el que llevaban de más en el Módulo Lunar no sería suficiente para completar la misión. En el Módulo de Mando había muchos filtros, pero todos eran de sección cuadrada. Jerry Woodfill miró a Arabian y le dijo: “Sin un milagro capaz de hacer que una pieza cuadrada entre en un agujero circular, la tripulación no sobrevivirá.”

Don Arabian no se arredró y le dijo a Ed Smylie, el jefe de sistemas de a bordo,  que disponía de 24 horas para que su gente buscara una solución al problema. El equipo se encerró en un cuarto con las únicas herramientas y materiales con que contaban los astronautas: bolsas de plástico para guardar unas rocas lunares que no iban a recoger, cartones de las tapas de los cuadernos de a bordo, mangueras de los trajes espaciales y cinta adhesiva. La solución que idearon consistió en acoplar un extremo de una manguera de traje espacial a una válvula de salida de aire, que normalmente se utilizaba para impulsar aire a través del traje. El otro extremo de la manguera, en vez de enchufarlo al traje espacial, se conectaría al filtro. El aire, impulsado por el ventilador, pasaría a través del filtro cuadrado que absorbería el CO2. El barrilete no se tendría que utilizar y, aunque se agotara su filtro, el nuevo dispositivo mantendría el ambiente respirable. El problema de esta solución era acoplar la pequeña  abertura circular de la manguera a la cuadrada del filtro de mayor tamaño. El equipo de Smylie utilizó plástico, cartón para darle rigidez al adaptador y cinta adhesiva para evitar fugas de aire.

Después de construir un modelo y probar en el simulador que funcionaba correctamente transmitieron a los astronautas las instrucciones, durante más de una hora, para que hicieran una réplica a bordo. Los tripulantes montaron dos artefactos con filtros cuadrados y según escribiría en su libro Lost Moon, el jefe de la expedición Jim Lovell: “El artilugio no era muy hermoso pero funcionó.”

Los propulsores del Módulo Lunar habían funcionado bien durante la corrección inicial que se hizo de la trayectoria, para colocarla en una órbita de vuelta a la Tierra pasando por detrás de la Luna. El Centro de Control observó que aunque el Apollo XIII navegaba siguiendo una órbita que lo traía a la Tierra, la duración del viaje se aproximaba demasiado al máximo que permitían las existencias de abordo por lo que decidieron que convendría darle otro impulso a la nave para acortar el tiempo del viaje. Dos horas después de que el Apollo XIII pasara por el punto más próximo a la Luna, la nave volvió a encender los mismos propulsores para adelantar 10 horas el retorno y aterrizar en el océano Pacífico en vez del Índico.  Sin embargo, al cabo de un cierto tiempo, el Centro de Control detectó que el Apollo XIII se estaba saliendo de su trayectoria y que de seguir así no entraría en la atmósfera terrestre sino que se la dejaría a un lado y se perdería en el espacio. Daba la impresión de que alguna extraña fuerza movía la nave, sin que nadie supiera cuál era su origen. Después se descubriría que el vapor frío que emitían las toberas del motor del Módulo Lunar era el causante de aquél viento que parecía arrastrarlo. Hacía falta darle a la nave otro impulso para corregir la trayectoria. El problema era que activar los sistemas eléctricos para poner en marcha los giróscopos, el equipo de navegación y los ordenadores, consumiría una energía adicional de la que andaban muy escasos.

El comandante Lovell había experimentado en el Apollo 8 la posibilidad de orientarse utilizando la línea divisoria entre la luz y la sombra en la Tierra, el terminator, que podía ver desde su posición en el espacio.  El jefe de la expedición decidió prescindir de los sistemas de control automáticos para efectuar la corrección de la trayectoria. Así ahorraría una energía que iba a necesitar durante la reentrada.  Utilizando esta referencia, Lovell fue capaz de controlar la guiñada de la aeronave, mientras Haise controlaba el cabeceo y Swigert el tiempo de ignición del motor que le había transmitido el Centro de Control. De esta forma, completamente manual, y con terminator ( la traza divisoria entre la luz y la sombra en la superficie de la Tierra) como referente, los astronautas controlaron la actitud del Apollo XIII mientras los motores del Módulo Lunar aportaban la energía necesaria para corregir la trayectoria.

Otro problema importante que había que resolver era arrancar de nuevo el Módulo de Mando después de haber desconectado la mayor parte de sus circuitos. Los astronautas tenían que ocupar este módulo para aterrizar. El astronauta que se había quedado en tierra, Mattingly, un controlador de vuelo, John Aaron, y un equipo de ingenieros, trabajaron para desarrollar un procedimiento nuevo que permitiera arrancar el Módulo de Mando con la energía disponible. Además, debido a los recortes de energía la temperatura en el interior del módulo había descendido a  4 grados centígrados  y el agua empezó a condensarse  lo cual podía originar algún corto circuito a bordo. Afortunadamente, esto no llegó a ocurrir.

Cuando los astronautas se aproximaron a la Tierra, cuatro horas antes del amerizaje,  se refugiaron en el Módulo de Mando y liberaron, primero, al Módulo de Servicio. Atónitos, vieron como desfilaba ante sus ojos un cascarón averiado al que le falta por completo el panel  del sector 4 y la antena estaba dañada. Después, la tripulación expulsó el Módulo Lunar (Aquarius) y se preparó para cruzar la atmósfera terrestre. El blindaje térmico del Módulo de Mando no había sufrido daños importantes y protegió a los astronautas de las altas temperaturas durante la reentrada. El buque de la Marina estadounidense Iwo Jima los recogió en el Pacífico Sur. El 17 de abril llegaron de nuevo a la Tierra, estaban bien, aunque Haise padecía una importante infección urinaria.

Hasta el vuelo del Apollo XVII, que tuvo lugar del  7 al 19 de diciembre de 1972, aún habría cinco misiones más en las que no se produjo ningún  incidente tan grave como los del Apollo XIII. En total, los vuelos de los Apollo XI al XVII permitirían que doce hombres se pasearan por la Luna, entre julio de 1969 y diciembre de 1972. De todas ellas, la expedición del Apollo XIII fue la única que fracasó.  Jerry Woodfill estudió con detalle las causas del fallo y también los doce motivos por los que la misión pudo salvarse.

Los doce motivos que Jerry Woodfill apunta están muy bien justificados, pero la gente supersticiosa piensa que quizá todo se hubiera arreglado cambiándole el nombre a la misión. Santos Dumont, el primer hombre que voló en público con una máquina más pesada que el aire en París en agosto de 1906,  lo hizo con un aparato que se llamaba Santos Dumont XIV bis; era el segundo artefacto número catorce, pero tuvo la precaución de saltarse el trece en la serie de sus máquinas de volar.

Los supersticiosos también comprenden que la NASA no puede permitirse el lujo de ser supersticiosa.

 

 

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La barrera de la luz

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Supernova Kepler- Chandra

El Voyager I se lanzó el 5 de septiembre de 1977 y durante estos últimos 36 años ha viajado hasta los confines de nuestro Sistema Solar. En 1979 se encontró con Júpiter desde donde envió a la Tierra fotos del planeta y su satélite, Europa. En noviembre de 1980 estuvo cerca de Saturno y también nos mandó fotos de su luna gigantesca, Titán. El 2 de agosto de este año la NASA anunció que el Voyager I era el primer objeto humano que, desde hacía un año, había abandonado el Sistema Solar. Sin embargo, es posible que la nave se encuentre en una zona desconocida de la heliosfera, sin viento solar. En la actualidad está a 125 unidades astronómicas (1 ua=149,59 millones de kilómetros) del Sol y viaja en dirección a la constelación Ofiuco en la que se halla la estrella de Barnard, a unos 6 años luz del Sol, que es la segunda estrella más próxima a nuestro planeta, después de Alpha de Centauri. En esa zona también se encuentran los restos de la supernova Kepler, que observó el famoso astrónomo el año 1604 y que en aquella época era más brillante que cualquier otra estrella.

El Voyager I viaja a 17 kilómetros por segundo ( 61 200 kilómetros hora) por lo que tardaría alrededor de 100 000 años en llegar a Barnard, aunque en realidad serían menos años porque Barnard también se mueve hacia nosotros. Pero, dentro de doce años los sistemas eléctricos del Voyager dejarán de funcionar y nos será imposible saber nada más de él. A bordo, al igual que en el resto de los Voyager, viaja un disco chapado en oro en el que se ha grabado información científica, sonido de animales salvajes, música de Mozart y otros autores y cantantes, un discurso del secretario de las Naciones Unidas, otro del presidente de Estados Unidos y varios mensajes más, por si lo encuentra alguna civilización.

Con la velocidad a la que viajan nuestras naves espaciales, para llegar a las estrellas más próximas es necesario invertir un tiempo no inferior a 60 000 años. Eso hace imposible la exploración del espacio más allá de nuestro Sistema Solar; incluso los viajes dentro de la heliosfera consumen mucho tiempo. Un viaje a Marte puede llevarnos de 6 a 10 meses y al Voyager I le ha costado unos 35 años llegar a los confines del Sistema Solar. La exploración práctica del Universo será muy difícil a no ser que dispongamos de naves espaciales capaces de viajar a una velocidad superior a la de la luz.

Igual que el hombre venció la barrera del sonido, en 1947, algunos científicos piensan que a finales de este siglo, o antes, es posible que encontremos la forma de viajar más deprisa que la luz. El primer problema con que topamos es que según las teorías de Einstein, no es posible desplazarse a una velocidad superior a la de la luz. En principio, para movernos hace falta energía, en la medida en que aumentamos nuestra velocidad la energía necesaria es mayor y para llegar a movernos a la velocidad de la luz necesitaríamos una cantidad infinita de energía. Sin embargo, desde hace algunos años, hay científicos que apuntan a que habría forma de hacerlo, sin contradecir la teoría de la Relatividad.

En 1994, el físico mexicano Miguel Alcubierre Moya publicó en la revista Classical and Quantum Gravity la descripción teórica del motor Alcubierre que es capaz de viajar más deprisa que la luz sin violar la teoría de la Relatividad. Su modelo consiste en encerrar en una burbuja un espacio plano que se desplaza en un espacio curvo. La burbuja se mueve gracias a una contracción del espacio-tiempo que tiene delante y una expansión del espacio-tiempo que tiene detrás. Para fabricar una burbuja de este tipo haría falta un anillo que la rodease en el que habría que inyectar una gran cantidad de energía negativa. El motor Alcubierre sería como una especie de alfombra rodante, como la de las terminales de los aeropuertos, que por delante se curva y viaja hacia atrás se vuelve a curvar y sale a nuestras espaldas. La alfombra sería nuestra burbuja y sobre ella podríamos viajar más rápidos que la luz, igual que sobre ella podemos viajar más de prisa de la velocidad máxima a la que caminamos por la tierra firme.

De otra parte, tampoco se sabe a ciencia cierta si la energía negativa existe o no, de forma que el motor Alcubierre no deja de ser un concepto ideado para hacer posible un viaje a velocidad superior a la luz sin contradecir la física de Einstein. Este tipo de motor, sería un motor de curvatura del espacio o un propulsor de curvatura, que se caracteriza por inducir el movimiento mediante la alteración del tiempo-espacio que envuelve a la nave. La idea parece estar inspirada en los sistemas de propulsión que utilizaban las naves de la película La guerra de las galaxias.

Pero lo más sorprendente es que la NASA tiene un pequeño grupo de científicos trabajando en el desarrollo práctico de este concepto. “Sonny” White es el responsable del departamento de sistemas de propulsión avanzados de la NASA en el Johnson Space Center y dejó sin aliento al mundo especializado en propulsión aeroespacial al anunciar, en 2011, que estaba trabajando en un motor del tipo Alcubierre. El pasado año volvió a desbaratar la imaginación de los más soñadores cuando dijo que la cantidad de energía necesaria para poner en marcha un motor de Alcubierre podía ser muy inferior a la que inicialmente se pensó. Este año, durante el mes de agosto, en declaraciones a la prensa, White ha moderado su optimismo: “El equipo de investigación de la NASA sabe los pasos que hay que dar para construir un demostrador conceptual, que nos permita evaluar si el motor de Alcubierre es viable en la práctica.” White va a experimentar con un prototipo microscópico que nada tendría que ver con un sistema real. Según White “aún falta una década o más antes de que se pueda construir un motor del tamaño de un coche, e incluso eso únicamente sería posible si encontramos esa materia exótica, que probablemente no encontraremos.”

Y lo que resulta aún más sorpresivo es que a la NASA le ha salido un competidor que se llama Marshall Barnes que en febrero de este año hizo pública su intención de competir con la agencia estatal en el desarrollo del motor Alcubierre. Marshall dice ser el primero en haber descubierto las relaciones entre las fuerzas gravitatorias y electromagnéticas y ha desarrollado demostradores, desde 2002, con los que trata de verificar sus teorías. Enfrentado a Sonny White de la NASA y a Stephen Hawking, el famoso autor de A brief history of time, ha recorrido Estados Unidos de costa a costa para hacer declaraciones y presentar sus proyectos de futuro.

Pero, con independencia de la competencia que pueda tener la NASA, la cual no está exenta de oportunismo publicitario, las máquinas de volar a una velocidad superior a la de la luz plantean problemas que no tienen solución dentro del marco en el que se encuadra el conocimiento que tenemos en la actualidad de cómo funciona el Universo. Los científicos tratan de buscar singularidades en la teoría de la Relatividad para justificar velocidades superiores a las de la luz. Si a esto añadimos la descomunal cantidad de energía necesaria para construir las hipotéticas máquinas que se proponen, la cuestión plantea dificultades- hoy por hoy- insuperables.

Los motores de Alcubierre no son la única fórmula que se ha sugerido para viajar a velocidades superiores a las de la luz. Hay más, pero todas ellas requieren soluciones muy singulares a las ecuaciones de la física relativista. Es como si hubiera que hacerle alguna trampa al señor Einstein y utilizar recursos muy teóricos como la energía negativa y la materia exótica.

Llama la atención que, a la vista de todas estas consideraciones, Sonny White gaste dinero de la NASA en investigar sobre este asunto. Cabe la posibilidad de que disponga de una información que no ha hecho pública.

Todos sabemos que cuando detenemos una máquina hay que disipar la energía asociada al movimiento, lo que normalmente se consigue evacuando calor a través de los frenos del aparato. Análogamente, si se pudiera construir una burbuja de Alcubierre, cuando la nave llegase al término de su viaje, al frenar, podría evacuar una cantidad de energía desmesurada. De tal magnitud, que la onda expansiva sería capaz de aniquilar el mundo ubicado en el destino de los astronautas viajeros. Un final absurdo para una máquina imposible.

La barrera de la luz parece más infranqueable que la del sonido.

Brujas nocturnas

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Ryabova y Popova

Durante la segunda guerra mundial Yekaterina Ryabova y Nadezhda Popova llegaron a efectuar dieciocho incursiones aéreas en una sola noche. Cruzaban las líneas enemigas y cerca de su objetivo desconectaban el motor para descender planeando. Cuando los soldados en tierra oían el silbido del aire en las riostras de su avión PO-2, era ya demasiado tarde. Dejaban caer las bombas y encendían el motor para escapar. Las dos valientes rusas pertenecían al escuadrón 588.

En 1942 la Unión Soviética creó tres regimientos de mujeres que realizaban misiones de bombardeo nocturnas con biplanos PO-2. El efecto sicológico de estas operaciones sobre las tropas enemigas era más importante que el daño real ya que impedía a los soldados que descansaran por las noches. Los alemanes bautizaron a las pilotos rusas con el sobrenombre de brujas nocturnas (Nachthexen).

Durante la segunda guerra mundial el Polikarpov PO-2 era un avión obsoleto. Voló por primera vez en junio de 1927 y dejó de fabricarse en 1952. La Unión Soviética construyó cerca de 40 000 aparatos de este tipo y fueron extraordinariamente populares. Fabricados con riostras, tela y madera, sus hechuras anticuadas harían de este avión un blanco capaz de soportar una gran cantidad de impactos sin ser derribado. El motor de los Polikarpov hacía un ruido característico- de máquina de coser- que tenía el efecto de atemorizar a las tropas enemigas, aunque su capacidad como bombardero estaba limitada al transporte de dos o tres bombas de 100 kilogramos A la velocidad de crucero de los PO-2, muy lenta, los modernos cazas alemanes entraban en pérdida. Podían hacer giros que para los Messerschmitt 109 eran imposibles y los pilotos rusos de los PO-2 aprendieron a defenderse volando bajo, efectuando virajes muy cerrados, hasta conseguir que sus perseguidores se aburrieran y los dejaran ir.

Natalia Fiódorovna Kravtsova llevó a cabo unas 840 misiones de bombardeo nocturno y en su libro Crónica del bombardero ligero nocturno Po-2, o 46.º Regimiento de guardia femenino relata una incursión en la que la simplicidad de los elementos constructivos de su aeronave le permitiría regresar a la base.

“…Nos retiramos al norte, hacia el mar. Los reflectores no nos dejaron hasta que no nos situamos a ras del agua. Los rayos de luz se posaron sobre la tierra y, finalmente, se apagaron. Nina dijo: “Natasha, mira las alas”. Yo vi dos agujeros grandes en el ala inferior, el superior también fue agujereado, el larguero estaba roto, los trozos de lona colgaban como una bandera. Pero el avión volaba y todos los miedos quedaron atrás. De repente mis piernas temblaron fuerte, golpeándose contra el suelo de la cabina. Con las manos las apreté con todas mis fuerzas pero fue inútil. Poco a poco pasó. Ahora estábamos volando en un cielo despejado, sin nubes. Las estrellas desprendían una luz pacífica. Delante de nosotras en la tierra ya se divisaban tres tenues lucecitas. Allí nos esperaban. Allí estaba nuestra casa”.

Es evidente que un avión metálico se hubiera partido, pero la tela dejó pasar los obuses y el PO-2 pudo seguir volando con dos agujeros.

Durante la guerra las bombarderas soviéticas llegaron a efectuar más de 24 000 vuelos y lanzaron unas 3000 toneladas de explosivos sobre los objetivos enemigos. El Ejército alemán premiaba con el máximo galardón, la Cruz de Hierro, a los soldados que las derribaban. Una de cada tres perdió la vida, los alemanes jamás apresaron a ninguna bruja nocturna y cuando capturaban sus cadáveres las enterraban con todos los honores militares.

Así fue como un centenar de mujeres jóvenes, de alrededor de veinte años de edad, con aviones de otra época, fue capaz de poner en jaque a la potentísima máquina de guerra de Hitler.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

La barrera del sonido

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FA-18 cruzando la barrera del sonido

No tenía formación académica, pero poseía un instinto especial que le permitía detectar cualquier anomalía en vuelo y corregirla. En la escuela fue seleccionado para volar el XS-1 pasando por delante de 125 compañeros con más experiencia y antigüedad que la suya. Se llamaba Charles E. Yeager y todos lo conocían como “Chuck”. Había ingresado en la Fuerza Aéra en 1941, con dieciocho años, y después de servir en el frente europeo como piloto en una escuadrilla de aviones P-51 cuando regresó a Estados Unidos se incorporó a la escuela de pilotos de pruebas. Fue elegido para llevar a cabo un misión especial: volar más rápido que el sonido.

En 1947 nadie sabía que ocurría cuando una aeronave volaba más de prisa que la velocidad a la que se propagan las ondas de presión en el aire. Esta es la velocidad del sonido, que a 20 grados de temperatura y una atmósfera de presión es de 343 metros por segundo (1234 km/h). La velocidad del sonido en la atmósfera depende de la presión y la temperatura por lo que, para evitar incertidumbres, se suele expresar con el número de Mach. Cuando la velocidad, independientemente de las condiciones atmosféricas, es igual a la del sonido, se dice que el número de Mach vale 1; una velocidad Mach 2 es igual al doble de la que tiene el sonido en las condiciones atmosféricas en que se encuentra el móvil. Quizá, en 1947, lo único que se sabía con toda certeza era que un observador que contemplara un avión acercándose a una velocidad mayor que la del sonido no podría escuchar el ruido del aparato hasta después de que hubiera pasado por encima de su cabeza.

Los expertos en balística sabían que los objetos podían viajar a velocidades superiores a las del sonido, porque lo hacían los obuses y las balas. Incluso habían constatado que la resistencia al avance aumentaba con la velocidad y muy bruscamente cuando la velocidad se acercaba a la del sonido. Una vez que un proyectil cruzaba este umbral, la resistencia disminuía. Pero, los proyectiles no tenían que soportar su peso con alas y la experiencia había demostrado que cuando las aeronaves se aproximaban a la velocidad del sonido ocurrían fenómenos extraños. La onda de choque frontal aumentaba la resistencia y en algunas partes de las alas empezaban a formarse y deshacerse ondas supersónicas porque la velocidad del aire, en determinados sitios del avión superaba la del sonido. En régimen supersónico el centro de la resultante aerodinámica en las alas se desplaza hacia atrás y la formación de ondas de choque puede originar desprendimientos de la corriente de aire lo cual incrementa la resistencia y disminuye la sustentación. En estas condiciones, cuando la velocidad de las aeronaves se acercaba a la del sonido, se producía inestabilidad acompañada de temblores y vibraciones en las alas. Era como el anuncio de que algo irremediablemente desastroso podía ocurrir con el avión.

En 1946, la Fuerza Aérea estadounidense disponía de dos aviones X-1 experimentales, construidos por Bell Aircraft , en Muroc Air Field, en el desierto californiano del Mohave. El Bell X-1 se parecía más a un cohete o a un obús que a un avión. El morro era cónico muy puntiagudo y de su grueso fuselaje, pintado de color naranja, salían dos alas cortas de escasa envergadura. La cabina del piloto estaba en el morro y en el interior del fuselaje llevaba cuatro motores cohete y 8000 libras de combustible. El X-1 pesaba mucho y sus alas tenían poca superficie para que pudiese despegar por lo que necesitaba que otro avión lo elevara a unos 20 000 pies, desde dónde lo soltaba; así, el avión ya contaba con la velocidad necesaria para mantener el vuelo en el momento en que comenzaban los experimentos.

El 14 de octubre de 1947, a las 06:00 de la madrugada los mecánicos del aeródromo de Muroc empezaron a preparar el Bell X-1 y el viejo bombardero B-29 que tenía que transportar al pequeño avión experimental ubicado debajo de su enorme panza, con las compuertas de lanzamiento de bombas abiertas para hacerle un sitio. A las 10:00 el bombardero despegó y comenzó a ganar altura para situarse a 20 000 pies. Cuando estaba a 5000 pies el capitán Yeager se introdujo en la cabina del X-1, ayudado por su compañero y amigo Jack Ridley mientras Cárdenas, el piloto del B-29, continuaba con el ascenso.

Para Yeager aquél era el noveno vuelo que hacía con el Bell X-1 y el plan inicial era alcanzar una velocidad muy próxima a la del sonido: Mach 0,97. Sin embargo Chuck decidió cambiar los planes. Sentía dolor en las costillas. Durante el último fin de semana se había fracturado dos costillas al caerse del caballo, pero Yeager no se lo dijo a nadie, únicamente a su amigo el capitán Jack Ridley para evitar que se cancelaran los ensayos. Chuck pensó que había llegado el momento de enfrentarse a la terrible onda de choque supersónica y, a pesar de sus costillas rotas, se sentía en condiciones de afrontar lo desconocido.

Cárdenas, el piloto del B-29, soltó al X-1 cuando alcanzó los 20 000 pies. Eran las 10:26 y volaba a 250 millas por hora. A esa velocidad el avión experimental apenas podía mantenerse en vuelo y Yeager advirtió inmediatamente que entraría en pérdida de modo que dejó caer el aparato unos 500 pies antes de levantar el morro para iniciar el vuelo nivelado. Cuando recuperó el control encendió los cuatro cohetes XLR-11 de la aeronave y sintió en la espalda la aceleración con que impulsaban sus 6000 libras de empuje al Bell X-1. El aparato ascendió y aumentó su velocidad. En muy poco tiempo comprobó que estaba volando a Mach 0,85 que era la velocidad más alta en la que sabía cómo se volaba. A partir de ahí empezaba lo desconocido.

Yeager desconectó dos de los cuatro motores cohete para comprobar el funcionamiento de los mandos y la velocidad continuó subiendo hasta alcanzar Mach 0,95. En las alas empezaron a formarse y deshacerse pequeñas ondas de choque invisibles que producían vibraciones en los mandos y la estructura del aparato. Cuando volaba a 40 000 pies de altura niveló el avión y encendió uno de los dos motores que había apagado. La velocidad aumentó hasta Mach 0,99 y luego saltó a Mach 1,02; después el medidor de velocidad osciló y parecía dudar qué hacer hasta que de golpe saltó a Mach 1,06 cuando volaba a 43 000 pies.

Una potente onda de choque se propagó a gran velocidad por el desierto del Mohave y muchos pudieron escucharla en tierra. Fue como un anuncio al mundo de que la mítica barrera del sonido había sido traspasada por un joven piloto de 24 años a bordo de un extraño artefacto. Yeager no tuvo la sensación de que su aeronave se fuera a romper, como muchos habían vaticinado, y el primer vuelo nivelado supersónico transcurrió sin mayores incidencias.

Aquél 14 de octubre de 1947 Yeager y su equipo del Bell X-1 abrieron una nueva página de la historia de la aviación. El año pasado, 65 años después del primer vuelo supersónico, Yeager –con 89 años de edad- voló con el capitán David Vincent en un F-15 y rememoraron su hazaña cruzando la barrera del sonido en el mismo lugar y a la misma hora que cuando lo hizo con el X-1.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Los asteroides próximos

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Eros, el asteroide- Fotografía, NASA

Es un asteroide, se llama 433 Eros, tiene forma de cacahuete, con 34 kilómetros en la parte más larga y el 31 de enero de 2012 pasó cerca de la Tierra, a unos 26,7 millones de kilómetros. Los astrónomos lo vigilan y es el segundo más grande en la lista de objetos cercanos a la Tierra, identificados por la comunidad científica. El de mayor tamaño es Ganymed con 34 kilómetros de diámetro y que pasará a unos 55,9 millones de kilómetros de la Tierra el 13 de octubre de 2024.

Los asteroides nos visitan periódicamente porque orbitan en el Sistema Solar. Este tráfico celestial de objetos que se aproximan a nuestro planeta, todos los días, supone un riesgo permanente para nuestra civilización.

El 15 de febrero del presente año un asteroide de unos 17-20 metros de diámetro penetró en la atmósfera terrestre y explotó con una fuerza equivalente a 20-30 bombas atómicas como las de Hiroshima. El meteorito estalló a una altura de 15-25 kilómetros. La explosión produjo un gran destello de luz, una potente onda de choque y gran cantidad de pequeños meteoritos que se esparcieron en una amplia zona sobre los Urales. La mayor parte de la energía la absorbió la atmósfera. En la ciudad rusa de Chelyabinsk la onda expansiva hirió a miles de personas al romper gran cantidad de cristales y causar daño en muchas estructuras de los edificios. Este es el último meteorito conocido que ha originado trastornos serios a las personas. El anterior que originó un impacto del mismo orden de magnitud cayó en Siberia, Tunguska, en 1908. Este último tenía un radio de 80 metros, arrasó una amplia zona de árboles y dejó su huella en una extensión de 2150 kilómetros cuadrados.

El mismo día, el 15 de febrero de 2013, otro asteroide, el 2012 DA14, de 30 metros de diámetro pasaba a 27 700 kilómetros de la Tierra, muy cerca, sin que, en principio, tuviera nada que ver con el incidente de Chelyabinsk ya que las órbitas de los dos asteroides eran muy diferentes. El asteroide fue descubierto el 23 de febrero de 2012 por astrónomos españoles, que operaban un telescopio en el Observatorio Astronómico de la Sagra, en Granada, desde Palma de Mallorca. Sin embargo el meteorito que explotó sobre los Urales, cerca de Chelyabinsk, no fue detectado hasta su entrada en la atmósfera.

Hace unos 66 millones de años, en Chicxulub, México, cayó un objeto celeste de un tamaño similar a Eros y produjo un cráter de 180 kilómetros de diámetro. El impacto del asteroide sobre la superficie de la Tierra originó una nube de polvo, cenizas y vapor de agua que pudo cubrir toda la superficie de nuestro planeta durante unos diez años. La nube fue la causa de un enfriamiento importante de la superficie terrestre y gran parte de la flora y muchas especies animales se extinguieron. Es posible que el asteroide fuera el responsable de la desaparición de los dinosaurios.

A finales del siglo XIX los científicos empezaron a comprender la importancia de los meteoritos en el desarrollo de nuestro planeta. Cambios importantes en el clima y la orografía de la Tierra han tenido su origen en colisiones con asteroides próximos. El impacto de un asteroide de varios kilómetros de radio sobre nuestro planeta puede hacer desaparecer la civilización y el mundo tal y como lo conocemos. La NASA tiene un programa desde 1998, el Near Earth Object Observation (NEOO), para identificar objetos próximos que puedan representar un peligro para la Tierra. Los observatorios de todo el mundo que localizan objetos coordinan con la NASA sus hallazgos para incorporarlos a una base de datos común. Hasta la fecha se ha descubierto el 95% de los objetos de más de 1 kilómetro de diámetro, pero tan solo el 10% de los que tienen menos de 300 metros y no llega al 1% de los que miden menos de 100 metros.

Si se tiene en cuenta que el impacto de un asteroide de 50 metros puede destruir una ciudad entera cabe deducir que el programa NEOO y el resultado de los esfuerzos que se han hecho en este sentido, hasta ahora, ofrece un nivel de protección que todavía es bastante limitado. Hoy en día, la detección de un asteroide con un diámetro superior a los mil metros que se aproximara a la Tierra con rumbo de colisión, serviría de poco. La destrucción de nuestra frágil existencia resultaría inevitable. Cuando le preguntaron al administrador de la NASA, Charles Bolden , qué era lo mejor que podíamos hacer en ese caso dijo que “rezar”. Sin embargo, la detección prematura del lugar y el momento exacto en el que vayan a impactar sobre la Tierra asteroides más pequeños, sí podría evitar alguna catástrofe. En cualquier caso, sucesos como el de Chelyabinks, pueden ocurrir cada cien años y colisiones como la de Chicxulub, cada cien millones de años, o sea que la probabilidad de que se produzca un impacto con consecuencias fatales para la Humanidad, a corto plazo, es pequeña.

Se considera que un asteroide es un objeto próximo a la Tierra si en su perihelio la distancia al Sol es inferior a 1,3 unidades astronómicas. La unidad astronómica es la distancia de la Tierra al Sol: unos 150 millones de kilómetros. A fecha de hoy se han detectado 10 014 asteroides próximos a la Tierra. Los distintos centros que trabajan en este asunto, en total, descubren en la actualidad del orden de unos 1000 objetos próximos cada año. Hay 858 objetos próximos conocidos que tienen un diámetro superior al kilómetro. Si de esta lista nos quedamos solamente con los que tienen una órbita que puede acercarlos a la Tierra más de 7,5 millones de kilómetros, la lista se reduciría a 154 objetos. A estos se les denomina “potencialmente peligrosos”.
Con todos estos datos se han elaborado tablas que tratan de cuantificar el riesgo de una colisión de los asteroides potencialmente peligrosos con la Tierra. El asteroide, del que se tiene noticia, con mayor riesgo de colisionar con la Tierra es 1950 DA con una probabilidad de impacto entre 0 y 0,33%, aunque este incidente se produciría en el año 2880. Con un diámetro de 1,1-1,4 kilómetros si 1950 DA penetrara en la atmósfera terrestre, habría llegado el fin de la civilización que entonces pudiera haber en nuestro planeta.

En la última década del siglo pasado se empezaron a estudiar los asteroides próximos a la Tierra y estos estudios se han intensificado a lo largo de este siglo. Al final de 1999 se habían identificado 875 asteroides próximos y en la actualidad hay 10 014 en la misma tabla. De los grandes, más de 1000 metros de diámetro, aún quedan varias docenas por descubrir, pero de los que tienen un diámetro inferior entre 100 y 300 podrían haber decenas de miles de los que no tenemos ninguna información. Conforme se avanza en el conocimiento de nuestro vecindario espacial parece más urgente poner en marcha iniciativas que nos permitan, algún día, defender a la Tierra de una colisión que la Naturaleza no esté dispuesta a evitar.

Se han formulado distintas propuestas para variar la órbita de un asteroide. Quizá tres de ellas son las más viables: explosiones nucleares próximas, impactar la superficie del asteroide con una nave a gran velocidad y utilizar una nave espacial como “tractor gravitatorio”. Hay más propuestas, pero no todas han sido evaluadas con detalle.

Una serie de explosiones nucleares, en la proximidad del planeta, tendría el efecto de empujarlo gracias a la onda térmica de la explosión que calentaría la superficie del planeta y al efecto cohete de la masa de gases que se desprendería producida por los materiales sobrecalentados.

La Agencia Europea del Espacio (ESA) estudia la viabilidad de producir un impacto con una nave espacial a gran velocidad contra el asteroide, que lo saque de su órbita. La agencia tiene encargado un estudio de este concepto a Astrium y de momento parece haber demostrado, teóricamente, que con una nave de 1 tonelada de peso es posible desviar un objeto próximo como 99942 Apophis.

El Instituto Carl Sagan, en Palo Alto, analiza la posibilidad de utilizar una nave espacial situada en las proximidades del asteroide con un motor iónico, para desviar su trayectoria. La nave espacial y el planeta se atraen mutuamente y el motor iónico de la nave “tiraría” del asteroide hasta sacarlo de su órbita.

Hoy por hoy, la NASA considera que la solución más efectiva, con gran diferencia con respecto a las demás, es la de hacer explotar cargas nucleares cerca del asteroide, aunque en algunos casos esta técnica no sería posible.

Estos impactos son poco probables cuando se analiza el fenómeno en un espacio corto de tiempo, pero muy probables cuando se amplía la perspectiva. Las consecuencias pueden ser tan desastrosas que parece lógico trabajar en soluciones a largo plazo capaces de evitar la destrucción de nuestro mundo.

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El centro de la Galaxia

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El centro de la Galaxia. NASA/CXC/MIT/F. Baganoff, R. Shcherbakov et al

 

Este mes de agosto se pueden leer muchos artículos sobre el centro de nuestra galaxia porque un equipo de científicos del  Instituto Max Planck, de la Universidad de Bonn, ha descubierto un magnífico instrumento para averiguar qué pasa allí. En realidad, lo que han visto los científicos alemanes es lo que ocurría hace 27 000 años- es decir, en nuestro Paleolítico Superior- porque ése es el tiempo que ha tardado la luz en viajar hasta sus telescopios desde aquél lugar.

En el centro de nuestra galaxia, al igual que en la mayoría de las galaxias en espiral, hay una concentración de masa o “agujero negro” denominado Sagitario A* (SgrA*). En ese lugar se supone que hay una masa equivalente a unos cuatro millones de soles. Es oscuro porque su campo gravitatorio engulle materialmente  la luz que no puede escapar a su poder de atracción. El Sol y los cien o cuatrocientos mil millones de estrellas, con sus planetas, que forman nuestra galaxia, giran en torno su centro en donde habita ese inmenso agujero negro que es SgrA*, a una velocidad de unos 220 kilómetros por segundo. Nuestro Sol completa una órbita en torno a la galaxia en 200 millones de años, por lo que tiene unos 25 años galácticos y se supone que hasta la edad de 50 seguirá en este estado, antes de convertirse en una gigante roja, engordar y aumentar su radio hasta llegar a la mismísima Tierra. El centro de la galaxia, SgrA*,  también se desplaza y camina por el Universo a una velocidad del orden de un millón de kilómetros por hora, al igual que unos cien mil millones más de galaxias que hay en el Universo.

Pero, lo que ha descubierto el equipo de científicos alemán es una estrella de neutrones que está a medio año luz de SgrA* y emite pulsaciones electromagnéticas. Es un pulsar, del tipo magnetar denominado así por su potente campo magnético, cuya designación es PSR J1745-2900. Al encontrarse tan próximo al agujero negro SgrA* será posible estudiar el centro de la galaxia observando su efecto sobre el campo magnético del pulsar. Una de las cuestiones que tiene realmente intrigados a los científicos es que nuestro centro galáctico no engulle polvo estelar y materia, con la voracidad que se le supone debería tener, en virtud de su masa de una forma equiparable a lo que hacen otros agujeros negros. Es un agujero negro un tanto especial.

Los agujeros negros no se pueden ver, porque su poder gravitatorio engulle la luz próxima, pero es posible detectarlos observando los efectos que producen alrededor suyo. Actúan como lentes ya que curvan y concentran la luz. Cuando observamos una galaxia a través de un agujero negro es como si nos hubieran prestado una potentísima lente. Su inmenso poder de atracción, debido a la altísima concentración de masa,  afecta el movimiento de las estrellas próximas. Los científicos pueden estudiar esos cuerpos, invisibles, calcular su masa y otras propiedades a través de los efectos que producen en otros elementos visibles. El extraordinario recibimiento que la comunidad científica ha otorgado al pulsar PSR J1745-2900 se debe a las oportunidades que ofrece para estudiar el centro de nuestra galaxia.

Es posible que el estudio de estos agujeros negros arroje alguna información sobre uno de los misterios más curiosos del Universo: la energía oscura y la materia oscura. Estos dos conceptos, de los que no se sabe demasiado, tratan de explicar algunas contradicciones. El Universo se formó hace unos 13 700 millones de años con una inmensa explosión y desde el momento inicial está en expansión. A partir de esa gran explosión el Universo empezó a crecer en todas las direcciones y parece lógico que, debido a la fuerza gravitatoria de atracción, la velocidad de expansión fuera decreciendo con el tiempo. Y lo más curioso es que así fue. Así fue durante unos cinco o seis mil millones de años, porque a partir de ese instante en vez de disminuir, la velocidad de expansión, empezó a aumentar. Desde hace unos 7500 millones de años, el Universo se expande a una velocidad creciente. Para eso hace falta una energía que nadie sabe exactamente de dónde sale ni dónde está que ha dado origen al concepto de “energía oscura”.

Einstein se dio cuenta de que el espacio vacío no “es nada”, sino que “es algo”. El espacio tiene propiedades como la de crear más espacio y el espacio vacío puede poseer una energía que permite aumentar la velocidad de expansión del Universo. Hay otras hipótesis que tratan de explicar la “energía oscura”, pero ninguna de ellas es completamente satisfactoria.

En relación con la “materia oscura”, ocurre que con la materia que podemos ver en nuestro Universo, contando como visible la de los agujeros negros, no se puede explicar- de acuerdo con las leyes físicas conocidas- el comportamiento de ese Universo. Igual que hace falta más energía, también hace falta más masa y a esa masa los científicos la han bautizado con el nombre de “materia oscura”.

Lo más curioso es que, de acuerdo con los cálculos que se han hecho, vivimos en un Universo en el que el 68% es energía oscura, el 27% materia oscura y un 5% sería materia visible. Así pues, no parece que tengamos ni la menor idea de lo que ocurre en el 95% de nuestro hogar.

Cualquier ayuda para resolver este enigma será de agradecer, incluida por supuesto la de nuestro nuevo amigo PSR J1745-2900.

 

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Lilienthal, Marey y Nadar: la fuerza de las imágenes

Primer planeador 1889

Primer planeador de Otto Lilienthal, 1889

Las imágenes pueden servir para demostrar que algo está ocurriendo, explicar mejor un concepto o transmitir una sensación. Podemos pensar que son un lujo inútil y placentero, aunque siempre nos conducen hacia alguna parte; sus artimañas se combinan para impulsar nuestra andadura hacia un destino, que desconocemos, pero del que no es fácil librarse.

De 1891 a 1896 el alemán Otto Lilienthal realizó unos 2000 vuelos con planeadores de alas de murciélago que tenían unos 7 metros de envergadura y 2 de cuerda. Después de haber llevado a cabo múltiples experimentos- junto con su hermano Gustav- con un brazo giratorio para determinar la sustentación y resistencia aerodinámica de un ala, en función del ángulo de ataque, anunció públicamente que había decidido poner en práctica sus conocimientos. El ingeniero se lanzaba desde una colina, con el viento de cara. Llegó a volar más de 200 metros y a elevarse por encima de la altura desde la que había iniciado el vuelo, aprovechando las corrientes ascendentes. Pierre Mouillard, el romántico ornitólogo francés que vivía en Egipto estudiando el vuelo de los buitres leonados, no se creyó que Lilienthal había volado con un planeador hasta que su amigo, el norteamericano Octave Chanute, le envió unas fotos. La recién nacida técnica fotográfica permitiría que el mundo pudiera contemplar los extraños artefactos del alemán y su imponente figura, colgada de aquellas alas de murciélago, por encima de las cabezas de la gente, descendiendo por la ladera desde la torre cónica que utilizaba para lanzarse al espacio. Lo vuelos de Otto Lilienthal despertaron un nuevo interés por la aviación y desbarataron reticencias al tiempo que le otorgaban al mundo aeronáutico una credibilidad que hasta la fecha apenas tenía. La gente pudo imaginarse cómo iban a ser las máquinas voladoras y empezó a creer que para el hombre también existía la posibilidad del vuelo. Otto Lilienthal mostró al mundo, con imágenes, que algo estaba ocurriendo.

El médico investigador francés, Etienne Marey, trataría a lo largo de toda su vida de expresar los fenómenos vitales de modo gráfico. Marey se definía a sí mismo como un “cazador de curiosidades”, “ingeniero médico” y “fisiólogo trabajando en casa”. Hasta que Marey inventó el esfigmógrafo, capaz de convertir las pulsaciones del corazón en curvas gráficas, los médicos debían interpretar y describir sus sensaciones personales cuando tomaban el pulso de un paciente. Mediante unos tubos de goma, primero rellenos de agua y después de aire, el aparato de Marey transmitía las pulsaciones sobre la piel a un estilete que marcaba las señales en un cilindro rotatorio. En 1863, Marey y Chaveau, recibieron el premio de fisiología de la Academia de las Ciencias francesa por los cardiogramas que presentaron. Desde entonces, los médicos disponen de representaciones objetivas de los movimientos del corazón humano. Pero Marey fue más allá y construyó artefactos con sensores para medir la frecuencia y presión de los pies de los animales cuando caminan. Comprobó que los caballos al galope, a veces, tienen sus cuatro pezuñas suspendidas en el aire. Este fue un asunto muy controvertido en Estados Unidos, donde los expertos de la costa Este negaban que el caballo al galope perdiera contacto con el suelo mientras que los de la costa Oeste opinaban lo contrario. Marey también se las ingenió para convertir en secuencias gráficas el movimiento de las alas de los pájaros. En 1882 inventó un aparato, el cronofotógrafo, con el que podía tomar series fotográficas de objetos en movimiento. Fotografió el vuelo de palomos y gaviotas para estudiar el movimiento de sus alas y publicó los resultados en el libro Le vol des oiseaux, en 1890. Etienne Marey, al igual que hizo con el movimiento del corazón, explicó el vuelo mediante gráficos e imágenes que los interesados podían compartir, observar sin ambigüedad, analizar y discutir.

El fotógrafo, aerostero, caricaturista y periodista francés Gaspard-Félix de Tournachon, conocido como Nadar, fue la primera persona en realizar fotografías, desde aeróstatos. Sus primeras placas datan de 1858 y las hizo sobre la población de Petit Becerre, desde un globo cautivo, a 80 metros del suelo. Nadar había patentado la idea de utilizar fotografías aéreas para observar el terreno y elaborar mapas, tres años antes. Fue un hombre de gran vitalidad, imbuido de las ideas del romanticismo de su época. Abrió un estudio fotográfico en París en 1854, que en un principio gestionó su hermano. Pero, muy pronto Nadar descubrió en la fotografía una nueva forma de expresión y retrató a la mayoría de las personas importantes de la sociedad parisiense de finales del siglo XIX. Escritores, científicos y políticos pasaron por su elegante estudio del número 35 del Boulevard des Capucines, para dejarse fotografiar por el artista o sus colaboradores. Su afición por la aeronáutica lo llevó a crear dos sociedades y construir el globo más grande que jamás se había fabricado en 1863, el Géant, para recaudar fondos y promocionar el desarrollo de la máquina de volar más pesada que el aire. El aeróstato tuvo un accidente y se perdió en el segundo viaje, lo que le originaría importantes pérdidas, en vez de beneficios. Nadar transmitió su entusiasmo aeronáutico a Julio Verne que escribió varias obras relacionadas con la navegación aérea: De la Tierra a la Luna, Alrededor de la Luna, Cinco semanas en globo y La vuelta al mundo en ochenta días. El romántico artista francés supo transmitir la belleza, la curiosidad y el placer del vuelo a una sociedad ávida de emociones.

Las imágenes pueden mostrar lo que ocurre con gran realismo, explicar las cosas de forma que las entendamos todos de un modo muy parecido y despertar nuestras emociones. Son formas diferentes de servir a una misma causa que nos hace progresar en una dirección determinada.

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Marino e inventor: Jean-Marie Le Bris

LeBris1868

Albatros de Jean-Marie Le Bris, 1868

En muchos escritos se asegura que Gaspard-Félix Tournachon, conocido como Nadar, hizo esta foto del aeroplano de Jean-Marie le Bris, el Albatros, en 1868. Pero, es muy posible que no fuera Nadar su autor, sino los hijos de Pepin (Pepin fils), fotógrafos de Brest. En cualquier caso es una de las primeras fotografías que existen de un planeador. Su constructor, Le Bris, fue un marino francés que observó el vuelo de los albatros en sus travesías por los cabos de Buena Esperanza y de Hornos.

En 1856, Le Bris, fabricó un aparato de madera, de unos 50 pies de envergadura, cuyas alas podían girarse para variar el ángulo de ataque con unas manivelas desde la cabina de vuelo, en la que también dispuso unos pedales para mover la cola. Montado encima de un carro del que tiraba un caballo al galope que conducía un cochero de cara al viento, Le Bris consiguió que su aeroplano, sujeto con un cable, ascendiera unos 300 pies. Según cuenta el propio aeronauta, el cochero se enredó en el cabo cuando Le Bris liberó la sujeción. Con el conductor del carro colgado del aparato navegó a lo largo de 600 pies antes de aterrizar suavemente. Aunque un ala del planeador se rompió al tomar tierra, el cochero y el piloto no sufrieron el menor daño.

El marino reparó el artefacto y esta vez prescindió del carro y del cochero. Colgó el aeroplano de una verga sujeta a un mástil de 100 pies. Girando el aparato se podía orientar siempre cara al viento. Le Bris ajustó sus controles y se soltó del brazo. Su aeroplano inició un planeo largo y después una serie de ondulaciones que finalizaron en un aterrizaje violento. El aparato se rompió y el piloto se partió una pierna.

Jean-Marie consiguió reunir dinero de la Armada francesa para construir la segunda versión de su Albatros, a finales de 1868 en Brest. Allí es donde se hizo la foto. Este aeroplano era muy parecido al anterior, aunque pesaba menos y llevaba una masa para ajustar la posición del centro de gravedad. Esta vez, el marino hizo los vuelos de prueba desde el carro, sin moverlo, esperando a que el viento arreciara lo suficiente como elevarse unos metros. Consiguió levantarse con su planeador unos 35 pies y volar alrededor de 70 pies. Después hizo pruebas, sin piloto y el aeroplano efectuó vuelos de hasta 600 pies, alcanzando una altura de 50 pies. En uno de aquellos ensayos la máquina se rompió con lo que se acabarían para siempre los vuelos del marino. Le Bris murió asesinado pocos años después, en 1872.

La experiencia aeronáutica de Le Bris tiene un gran valor, porque su máquina incorporaba controles aerodinámicos que debía ajustar el piloto en vuelo. Este es un hecho que suele pasar desapercibido, pero el marino llegó a la conclusión de que los albatros controlaban el vuelo modificando el ángulo de ataque de sus alas. Una idea que sus contemporáneos no supieron explotar hasta la aparición de los Wright, mucho después. Le Bris fue un hombre con pocos recursos económicos por lo que tuvo que realizar grandes esfuerzos para sacar adelante su proyecto, en una época en la que el ejercicio de la aeronáutica no era muy recomendable. La gente pensaba que las personas que intentaban volar no estaban en su sano juicio. Desgraciadamente era así, la mayoría de los que llevaban a cabo estos experimentos carecían de formación técnica, sus proyectos eran completamente absurdos y se ganaban, con todo merecimiento, fama de enajenados. El mundo antiguo de los inventores de máquinas de volar se compone de una mezcla de individuos que estudiaron el problema con rigor y originalidad y personas que no aportaron absolutamente nada, porque sus ideas carecían del menor fundamento técnico. Desgraciadamente, el resultado de los experimentos, en ambos casos se parecía demasiado y las máquinas que construyeron también por lo que no es de extrañar que la creencia popular fuese hacer de todos ellos un colectivo escapado de una loquera.

Casi siempre, la frontera entre la competencia y la estupidez la marca una raya débil, a menudo inapreciable.

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