Lilienthal, Marey y Nadar: la fuerza de las imágenes

Primer planeador 1889

Primer planeador de Otto Lilienthal, 1889

Las imágenes pueden servir para demostrar que algo está ocurriendo, explicar mejor un concepto o transmitir una sensación. Podemos pensar que son un lujo inútil y placentero, aunque siempre nos conducen hacia alguna parte; sus artimañas se combinan para impulsar nuestra andadura hacia un destino, que desconocemos, pero del que no es fácil librarse.

De 1891 a 1896 el alemán Otto Lilienthal realizó unos 2000 vuelos con planeadores de alas de murciélago que tenían unos 7 metros de envergadura y 2 de cuerda. Después de haber llevado a cabo múltiples experimentos- junto con su hermano Gustav- con un brazo giratorio para determinar la sustentación y resistencia aerodinámica de un ala, en función del ángulo de ataque, anunció públicamente que había decidido poner en práctica sus conocimientos. El ingeniero se lanzaba desde una colina, con el viento de cara. Llegó a volar más de 200 metros y a elevarse por encima de la altura desde la que había iniciado el vuelo, aprovechando las corrientes ascendentes. Pierre Mouillard, el romántico ornitólogo francés que vivía en Egipto estudiando el vuelo de los buitres leonados, no se creyó que Lilienthal había volado con un planeador hasta que su amigo, el norteamericano Octave Chanute, le envió unas fotos. La recién nacida técnica fotográfica permitiría que el mundo pudiera contemplar los extraños artefactos del alemán y su imponente figura, colgada de aquellas alas de murciélago, por encima de las cabezas de la gente, descendiendo por la ladera desde la torre cónica que utilizaba para lanzarse al espacio. Lo vuelos de Otto Lilienthal despertaron un nuevo interés por la aviación y desbarataron reticencias al tiempo que le otorgaban al mundo aeronáutico una credibilidad que hasta la fecha apenas tenía. La gente pudo imaginarse cómo iban a ser las máquinas voladoras y empezó a creer que para el hombre también existía la posibilidad del vuelo. Otto Lilienthal mostró al mundo, con imágenes, que algo estaba ocurriendo.

El médico investigador francés, Etienne Marey, trataría a lo largo de toda su vida de expresar los fenómenos vitales de modo gráfico. Marey se definía a sí mismo como un “cazador de curiosidades”, “ingeniero médico” y “fisiólogo trabajando en casa”. Hasta que Marey inventó el esfigmógrafo, capaz de convertir las pulsaciones del corazón en curvas gráficas, los médicos debían interpretar y describir sus sensaciones personales cuando tomaban el pulso de un paciente. Mediante unos tubos de goma, primero rellenos de agua y después de aire, el aparato de Marey transmitía las pulsaciones sobre la piel a un estilete que marcaba las señales en un cilindro rotatorio. En 1863, Marey y Chaveau, recibieron el premio de fisiología de la Academia de las Ciencias francesa por los cardiogramas que presentaron. Desde entonces, los médicos disponen de representaciones objetivas de los movimientos del corazón humano. Pero Marey fue más allá y construyó artefactos con sensores para medir la frecuencia y presión de los pies de los animales cuando caminan. Comprobó que los caballos al galope, a veces, tienen sus cuatro pezuñas suspendidas en el aire. Este fue un asunto muy controvertido en Estados Unidos, donde los expertos de la costa Este negaban que el caballo al galope perdiera contacto con el suelo mientras que los de la costa Oeste opinaban lo contrario. Marey también se las ingenió para convertir en secuencias gráficas el movimiento de las alas de los pájaros. En 1882 inventó un aparato, el cronofotógrafo, con el que podía tomar series fotográficas de objetos en movimiento. Fotografió el vuelo de palomos y gaviotas para estudiar el movimiento de sus alas y publicó los resultados en el libro Le vol des oiseaux, en 1890. Etienne Marey, al igual que hizo con el movimiento del corazón, explicó el vuelo mediante gráficos e imágenes que los interesados podían compartir, observar sin ambigüedad, analizar y discutir.

El fotógrafo, aerostero, caricaturista y periodista francés Gaspard-Félix de Tournachon, conocido como Nadar, fue la primera persona en realizar fotografías, desde aeróstatos. Sus primeras placas datan de 1858 y las hizo sobre la población de Petit Becerre, desde un globo cautivo, a 80 metros del suelo. Nadar había patentado la idea de utilizar fotografías aéreas para observar el terreno y elaborar mapas, tres años antes. Fue un hombre de gran vitalidad, imbuido de las ideas del romanticismo de su época. Abrió un estudio fotográfico en París en 1854, que en un principio gestionó su hermano. Pero, muy pronto Nadar descubrió en la fotografía una nueva forma de expresión y retrató a la mayoría de las personas importantes de la sociedad parisiense de finales del siglo XIX. Escritores, científicos y políticos pasaron por su elegante estudio del número 35 del Boulevard des Capucines, para dejarse fotografiar por el artista o sus colaboradores. Su afición por la aeronáutica lo llevó a crear dos sociedades y construir el globo más grande que jamás se había fabricado en 1863, el Géant, para recaudar fondos y promocionar el desarrollo de la máquina de volar más pesada que el aire. El aeróstato tuvo un accidente y se perdió en el segundo viaje, lo que le originaría importantes pérdidas, en vez de beneficios. Nadar transmitió su entusiasmo aeronáutico a Julio Verne que escribió varias obras relacionadas con la navegación aérea: De la Tierra a la Luna, Alrededor de la Luna, Cinco semanas en globo y La vuelta al mundo en ochenta días. El romántico artista francés supo transmitir la belleza, la curiosidad y el placer del vuelo a una sociedad ávida de emociones.

Las imágenes pueden mostrar lo que ocurre con gran realismo, explicar las cosas de forma que las entendamos todos de un modo muy parecido y despertar nuestras emociones. Son formas diferentes de servir a una misma causa que nos hace progresar en una dirección determinada.

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