Matusalén

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Imagen: NASA, ESA, and A. Feild and F. Summers (STScI)

 

Cuando engendró a Noé ya había cumplido 187 años y murió el año del Diluvio Universal. Poco más sabemos de Matusalén, que según el Antiguo Testamento llegó a vivir 969 años. Por eso a los seres longevos, aquí en la Tierra, les llamamos Matusalén.

Matusalén es el nombre del Pinus longaeva que vive cerca de cinco mil años y también el de la estrella HD 140283. La estrella se descubrió hace más de un siglo, sin embargo su edad se ha calculado unas cuantas veces durante los últimos años. Según Howard Bond de la Universidad del Estado de Pennsylvania “es la estrella más vieja que conocemos a la que se le ha podido determinar la edad”. Pero, su antigüedad ha planteado serios problemas a los científicos porque el primer cálculo que se hizo, en el año 2000, le asignaba una vida de unos 16 000 años. Sin embargo, se estima que el Universo se formó hace 13 800 años, con lo que alguna pieza en el rompecabezas no terminaba de encajar bien.

A Matusalén podemos verla con unos binoculares en la constelación Libra, como una estrella de magnitud 7. Es posible calcular la distancia a que se encuentra de nosotros si observamos las variaciones de su posición en el firmamento, en función de la ubicación de la Tierra en su órbita. Hace poco, y mediante triangulaciones, Bond y su equipo calcularon que se encuentra a 190,1 años luz. Con esta medición, bastante precisa de la distancia, en función del brillo y las características de la luz que emite, los científicos han podido establecer la edad de Matusalén con mayor precisión.

Conforme hemos acumulado un mayor conocimiento acerca de la evolución de la vida de las estrellas se ha empezado a calcular con precisión su antigüedad.

Las estrellas nacen en nebulosas que son nubes de hidrógeno, algo de helio y trazas de otros elementos y se encuentran normalmente en las extremidades de las galaxias. Cuando las partes más densas de esas nubes empiezan a aglutinarse, por la fuerza gravitatoria de atracción mutua, se inicia el ciclo de vida de la estrella. 

Todas las estrellas brillan porque en su interior se producen reacciones nucleares de fusión. El hidrógeno se combina entre sí para producir helio y la reacción nuclear desprende una gran cantidad de energía. La masa del helio es ligeramente inferior a la del hidrógeno que lo forma, por lo que la diferencia de masa se transforma en energía, de acuerdo con la teoría de Einstein.

A lo largo de su vida, las estrellas evolucionan de forma distinta en función de su masa inicial. La masa del Sol, que es la estrella más próxima a la Tierra y su luminosidad se utilizan como unidades de referencia para medir la masa (M) y la luminosidad (L) de las estrellas.

Las estrellas pequeñas, con masas inferiores a 0,25 M (25% la del Sol),  arden despacio y consumen todo su hidrógeno. Su vida es larguísima y puede alcanzar trillones de años. Como el Universo tiene una vida que se estima en 12 800 millones de años, no existe ninguna estrella de estas características que haya agotado su ciclo vital. Se conocen con el nombre de “enanas rojas”.

Las estrellas que tienen una masa parecida a la del Sol, arden más deprisa. Se estima que el Sol consumirá el hidrógeno disponible para fusionarse durante esta primera fase, en unos 10 mil millones de años, de forma que aún le quedan 5 mil millones de años para pasar a la fase siguiente. Cuando el combustible útil empieza a agotarse en el núcleo la estrella se expande y la corteza exterior se enfría. Dentro de 5 mil millones de años el Sol aumentará su radio a unos 150 millones de kilómetros, es decir, llegará hasta la Tierra. En esta fase, las estrellas se denominan “gigantes rojas”. El núcleo de la estrella que ha consumido el hidrógeno, empieza a fusionar helio y su radio disminuye al tiempo que la temperatura aumenta; estas reacciones van produciendo elementos cada vez más pesados, en capas concéntricas, como las de una cebolla. En la medida en la que el núcleo de la estrella se comprime la radiación aumenta y presiona la corteza exterior hasta convertirla en una nebulosa planetaria. Si la masa que queda en el núcleo de la estrella es inferior a 1,4 M, el núcleo se comprime para formar una “enana blanca” compuesta por materia de gran densidad. Las enanas blancas brillan, debido a la gran cantidad de calor que han acumulado en su interior. Con el tiempo la “enana blanca” se convierte en una “enana negra”.

En las estrellas más grandes, la fusión continúa en el núcleo. En la capa exterior arde hidrógeno y en las interiores elementos más pesados: helio, carbón, neón, oxígeno, silicio y hierro. En el núcleo, se genera hierro que no es capaz de fusionarse para producir otro elemento con liberación de energía. Cuando el núcleo de hierro alcanza una masa superior a 1,4 M, en esta zona la materia no puede soportar la fuerza gravitatoria y colapsa. Se produce una onda de partículas y radiación que hace explotar al resto de la estrella lo que da origen a una “supernova”. Las supernovas de nuestra galaxia pueden observarse a simple vista desde la Tierra.

Si después de la explosión de la “supernova”, la estrella retiene una masa entre 1,5 M y 3 M, se forma en el núcleo un conglomerado de neutrones de altísima densidad en una pequeña esfera de unas diez millas de diámetro. La estrella de “neutrones” girará sobre sí misma a gran velocidad. Si la masa, después de la gran explosión, excede a 3 M, el núcleo de la estrella se contraerá para formar un “agujero negro”.  Estos cuerpos son tan densos que atrapan la luz y no la dejan escapar.

Así pues, nuestro Universo está lleno de estrellas como soles, gigantes rojas, enanas blancas y negras, supernovas, estrellas de neutrones y agujeros negros. Todo cambia y poco a poco, aprendemos cómo se producen esos cambios.

Matusalén se encuentra en una fase de su vida en la que empieza a ser una gigante roja. Según las últimas observaciones del equipo de Bond, la relación entre oxígeno y hierro en el núcleo de la estrella es mayor de la que se suponía. Teniendo en cuenta este y otros factores como la velocidad a la que la estrella consume el hidrógeno, su composición química y su estructura interna, el equipo de la universidad de Pennsylvania ha concluido que la edad de Matusalén es de 14,5 mil millones de años, pero con un nivel de certidumbre que puede llegar a más o menos 800 millones de años. Según Bond: “Es la mejor estrella en el cielo para hacer cálculos de edad con precisión, debido a su proximidad y brillo”. Con este margen de error, la estrella podría haberse formado dentro del espacio de tiempo en el que nuestro Universo ha existido: unos 13 800 millones de años. El rompecabezas volvería a encajar.

Calcular la edad de las estrellas con 800 millones de años de error no parece que nos permita decir que, hoy por hoy, tengamos métodos muy precisos para hacerlo. Aun así y todo, es muy posible que sean más exactos que los que utilizó el historiador que nos cuenta en pocas líneas la edad de nuestros antepasados Noé y Matusalén.

Las cosas mejoran.

 

Las mentiras de la Luna

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La Luna- Imagen: NASA/GSF/Arizona State University

Ya nadie se cree el histórico viaje de Domingo González a la Luna, a remolque de unos gansos, según nos contó el señor obispo de Hereford hace casi cuatrocientos años. Sin embargo, poco después de que finalizara la Guerra Civil en Estados Unidos el presidente del Gun-Club de Baltimore, Impey Barbicane, expuso a sus colegas que de acuerdo con sus cálculos era posible viajar a la Luna con un proyectil disparado por un cañón desde la Tierra. Un grupo reducido de expertos del club se puso a trabajar para determinar la dimensión exacta del cañón así como el tamaño del proyectil y el tipo de materiales y pólvora que había que emplear. Al mismo tiempo solicitaron fondos a los gobiernos de distintos países. Estados Unidos aportó 4 millones de dólares y el Reino Unido absolutamente nada. Al final consiguieron juntar los cinco millones y medio de dólares necesarios para realizar el proyecto.

Decidieron que el punto desde el que había que lanzar la cápsula espacial- a la que bautizaron con el nombre de Columbiad– estaba en Tampa, Florida, que viajaría una tripulación de tres astronautas, Ardan, Barbicane y Nicholl y que la nave espacial se haría en aluminio y pesaría 19 250 libras.

Para el lanzamiento del vehículo espacial había que construir un cañón de 274 metros con un calibre de 2,74 metros. Harían falta unas 122 toneladas de pólvora que ocuparían 61 metros en el alma del cañón. El cañón se construiría horadando la tierra. La cápsula estaría dotada de amortiguadores para absorber parte de la aceleración a la que estarían sometidos los astronautas durante el disparo.

Según los cálculos de los expertos, para llegar a la Luna hacía falta abandonar la Tierra con una velocidad de 11 kilómetros por segundo. Con el cañón se conseguiría alcanzar una velocidad de unos 12 kilómetros por segundo que considerarían suficiente para vencer la resistencia de la atmósfera cuyo efecto supusieron que era despreciable.

El Gun-Club consiguió llevar adelante sus planes y la nave se lanzó en el mes de diciembre. Después de un viaje de 242 horas y 31 minutos, en el que estuvo 48 horas en la órbita lunar, regresó a la Tierra, amerizando en el océano Pacífico en donde la recuperó el buque Susquehanna de la Marina de Estados Unidos.

Este viaje lo inventó el novelista francés Julio Verne y se publicó en dos libros, el primero de ellos De la Tierra a la Luna, en 1865, y el segundo Alrededor de la Luna, cinco años más tarde. El fotógrafo, aerostero, dibujante y aventurero francés, Gaspard-Félix Tournachon, conocido con el seudónimo de Nadar, fue quién contagió a Julio Verne su entusiasmo por la navegación aérea. Uno de los astronautas de la imaginaria nave del novelista, el Columbiad, Michel Ardan, lleva encriptado en su apellido el nombre del fotógrafo. Verne hizo un ejercicio técnico muy meritorio, aunque la presión y temperatura a que se sometería el obús lo hubieran convertido en una masa incandescente y en cualquier caso, los astronautas jamás podrían soportar aceleraciones del orden de unos 30 000 g.

Tuvieron que transcurrir unos cien años para que el hombre organizara otro viaje alrededor de la Luna y resulta que, al igual que en el Columbiad, también fueron tres los astronautas del Apolo 8: Anders, Borman y Lovell. El Apolo 8 fue el vehículo espacial que por primera vez orbitó alrededor de la Luna, como la nave de Julio Verne. Pero, las coincidencias no se acaban aquí porque el costo de la expedición del Gun-Club fue de unos 5 millones de dólares del año 1865 que trasladados a 1969 son unos 12 mil millones de dólares, una cifra similar a los 14 mil millones que costó el programa lunar norteamericano hasta el Apolo 8. La NASA lanzó el Apolo 8 desde un emplazamiento situado a unos 213 kilómetros del lugar que utilizaron los astronautas de Julio Verne y el vehículo espacial, hecho también en gran parte de aluminio, pesaba 26 275 libras, un poco más que el Columbiad. La agencia espacial estadounidense eligió el mes de diciembre para lanzar la tripulación del Apolo 8, que después de un viaje de 147 horas con 20 horas en la órbita lunar, regresó a la Tierra y fue recogida en el océano Pacífico por el buque Hornet de la Marina de Estados Unidos. Las coincidencias entre las dos misiones, separadas en el tiempo un siglo, son muchas.

El Apolo 8 fue la primera misión de la NASA en la que un vehículo espacial abandonó la órbita terrestre, viajó a la Luna, la circunnavegó diez veces y regresó a la Tierra. Fue una de las misiones preparatorias a la del Apolo 11, que alunizó el 20 de julio de 1969 para que Armstrong y Aldrin pudieran darse un paseo por la Luna delante de seiscientos millones de espectadores, una quinta parte de los habitantes que entonces tenía el planeta Tierra, que los estaba viendo en sus televisores. La nave del Apolo 11, el Columbia, tenía un nombre similar a la de los astronautas del Gun-Club (Columbiad). Pero, tampoco se acaban aquí las coincidencias.

Si bien es cierto que el viaje a la Luna de Michel Ardan es producto de la imaginación de Julio Verne, desde mediados de los años 1970 se ha desarrollado de forma insistente la “teoría de la conspiración”, según la cual los alunizajes tripulados a la Luna de la NASA son una gran farsa inventada por la agencia espacial. El promotor de esta teoría fue Bill Kaysing, un antiguo empleado de Rocketdyne, la empresa que construyó los motores del cohete Saturno V. Kaysing publicó un libro, en 1976, en el que explica que los astronautas de la NASA jamás pisaron la Luna porque las probabilidades de que la misión tuviera éxito se habían estimado en un 0,0017%.

Según Kaysing los motores de Rocketdyne F-1 no eran fiables y la primera etapa de combustión del Saturno V se montó con propulsores tipo B-1, más seguros, que se habían instalado en secreto, en el interior de las carcasas de los F-1. Los cinco propulsores únicamente podían suministrar la mitad de la fuerza de un solo F-1. La televisión transmitió la entrada de los astronautas en el Apolo, pero poco después, aprovechando “una pérdida de señal accidental”, abandonaron la nave y se instalaron en otra idéntica. El lanzamiento resultó, en apariencia normal, aunque el peso que levantaron los cohetes fue una veinteava parte del que se había anunciado. La nave espacial se situó en una órbita de “aparcamiento” y los astronautas fueron trasladados a unas instalaciones lunares en Nevada, a 80 millas de Las Vegas. Allí simularon el alunizaje y el paseo por la superficie lunar. Después los astronautas volaron a Hawaii para introducirse en el módulo de mando que se embarcó en un avión de transporte Lockheed C-5 Galaxy para ser lanzado en un lugar próximo al sitio en el que se encontraba el buque de rescate.

La teoría de la conspiración ha tenido un gran éxito y en algunas partes del mundo posee una gran credibilidad. Incluso en Estados Unidos, las últimas encuestas que se han hecho al respecto muestran que un 6% de la población cree en la “teoría de la conspiración”. Sin embargo, no parece muy probable que la NASA haya podido confabular a unas 400 000 personas que son las que de algún modo habrían tenido que convertirse en cómplices de la agencia para mantener la farsa. Además, hoy existen fotografías tomadas con posterioridad por organizaciones distintas a la NASA que muestran las huellas de la misión lunar del Apolo 11.

En cualquier caso, nuestro satélite la Luna, siempre ha tenido fama de mentirosilla y no estar en sus cabales, cuando decrece nos enseña una “c” y cuando crece una “d”, por lo que no debe extrañarnos que le acompañe la controversia.

Astronautas a Marte

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Imagen: NASA- Atmósfera de Marte

Hace aproximadamente un año- el 6 de agosto de 2012 a las 05:17 UTC-  el Curiosity, un robot móvil del tamaño de un coche, aterrizaba en la superficie del planeta rojo. Después de recorrer unos 563 millones de kilómetros, el vehículo de la NASA, se posaba en un lugar conocido como el cráter de Gale, a unos 2,4 kilómetros del objetivo previsto.

Da la impresión de que Marte está otra vez de moda. Hace poco, en unas jornadas sobre Marte, el responsable de la agencia espacial estadounidense, Charles Bolden, dijo: “Un vuelo tripulado a Marte es ahora el destino final de la Humanidad en nuestro Sistema Solar y la prioridad de la NASA«.

El planeta rojo es visible desde la Tierra y los egipcios ya estudiaron su movimiento, pero quien realmente lo puso de moda fue un astrónomo italiano, Giovanni Schiaparelli, en 1877. Con su telescopio de 22 centímetros, en Milán, observó la superficie marciana y dibujó los primeros mapas en los que aparecían unas líneas, “canales”, a las que bautizó con nombres de ríos terrestres. El astrónomo norteamericano Percival Lowel construyó un observatorio en Flagstaff, Arizona, en 1894 y durante quince años observó los “canales marcianos”. Los resultados de sus estudios los publicó en  tres libros que desbarataron la imaginación del público. Se extendió la idea de que el planeta rojo estaba habitado por una civilización inteligente capaz de construir obras hidráulicas de un tamaño gigantesco.

El 30 de octubre de 1938, Orson Welles, anunció en un programa de ficción por la radio que “a las ocho menos veinte de esta mañana, el profesor Farrell del observatorio Mount Jennings, en Chicago, ha comunicado la observación de varias explosiones de gas incandescente a intervalos regulares en el planeta Marte”. Poco después anunciaba que los marcianos habían llegado a la Tierra, en Grovers Mills, y avanzaban hacia Nueva York con malas intenciones. Cundió el pánico. La idea de que Marte podía albergar vida inteligente había calado en la población y Orson Welles supo explotar el subconsciente de sus oyentes. El locutor estuvo a punto de organizar un auténtico caos.

Sin embargo, los canales marcianos no existen en la realidad, son un efecto óptico.

Después de una serie de misiones que fracasaron durante los años 60, el 27 de noviembre de 1971 el Mars 2 de la Unión Soviética se estrelló contra la superficie de Marte. Era el primer objeto humano que visitaba el planeta rojo. Desde los años 60 se han producido 50 intentos  para llegar hasta Marte y desentrañar sus misterios, pero solamente 21 de estas misiones han funcionado completamente bien, por lo que la probabilidad de que una expedición marciana fracase es relativamente alta. Se han ensayado tres tipos de misión, con éxito: mandar una sonda que describa una trayectoria que en alguno de sus tramos se aproxime a Marte, poner en la órbita marciana un satélite, y aterrizar con un robot fijo o móvil (rover).

Con todas estas misiones hemos aprendido mucho sobre el planeta rojo, aunque todavía tenemos un conocimiento bastante limitado de nuestro vecino. Su color se debe al polvo de óxido de hierro que cubre una gran parte de la superficie del planeta. Describe una órbita cuya excentricidad es mayor que la de la Tierra y está más alejada del Sol. El año marciano dura 686,9 días terrestres, pero da una vuelta completa sobre sí mismo en un tiempo muy parecido al que tarda nuestro planeta: 24,6 horas. El eje de rotación de Marte está inclinado 25 grados (en vez de los 23,5 grados de inclinación que tiene la Tierra), lo cual da origen a estaciones como las nuestras; sin embargo, debido a la mayor excentricidad de su órbita en el hemisferio sur el clima es más extremo que en el norte. Marte es más pequeño  que nuestro planeta, su masa es un 10% la de la Tierra y la gravedad es 0,38 veces la que soportamos en nuestro hábitat terrestre. Es un planeta con montañas muy altas, como el Olimpus Mons (25 kilómetros) y valles profundos como el Calles Marineris (7 kilómetros). Tiene dos lunas pequeñas: Fobos y Deimos. Posee dos casquetes polares en los que hay grandes masas de hielo. El hemisferio norte es llano, con mares de lava solidificada y el sur montañoso con muchos cráteres. Es muy posible que hace cuatro mil millones de años un asteroide, cuyas dimensiones pudieron alcanzar hasta dos tercios las de la Luna, impactara en el hemisferio norte marciano y crease esa inmensa planicie.

Durante la mayor parte de su órbita el planeta rojo circula por lo que se denomina como “zona habitable” del Sistema Solar, pero lo que lo inhabilita para que en él se desarrolle la vida es que su atmósfera está formada por una fina capa gaseosa, poco densa, con un  95% de dióxido de carbono, 3% de nitrógeno, 1,6% de argón, trazas de oxígeno y vapor de agua y mucho polvo en suspensión. El planeta rojo no tiene un campo magnético que actúe como escudo frente a las radiaciones solares. El viento solar barre su atmósfera que se pierde en la estela que deja Marte a lo largo de su órbita y la radiación ultravioleta en la superficie es muy elevada. La presión media en la atmósfera marciana es 0,6% la de la Tierra. En esas condiciones es imposible encontrar agua líquida, salvo durante breves periodos de tiempo y en las partes más profundas del planeta. Se ha encontrado metano en su atmósfera, aunque en muy pequeñas cantidades, que se genera en dos puntos concretos del planeta. La existencia de metano sugiere la posibilidad de actividad microbiológica en el subsuelo, aunque también cabe que se produzca mediante otro tipo de reacciones químicas. Hasta la fecha, no se ha detectado ninguna forma de vida en Marte.

Por todo lo que sabemos de Marte, se trata de un lugar inhóspito para los seres humanos, frío, rocoso y polvoriento, sin atmósfera respirable, sometido a una intensa radiación ultravioleta y desde la Tierra nuestras naves tardan en llegar unos siete meses. De existir alguna forma de vida, tiene que ser muy simple. Pero es cierto que, de todos los planetas del Sistema Solar, quizá sea el menos inhabitable para el hombre.

Entonces ¿por qué queremos ir a Marte?, o ¿por qué quiere el Administrador de la NASA poner en marcha un programa para que en la década de 2030 sus muchachos vayan a Marte? No lo sé y aunque he buscado motivos racionales que justifiquen ese empeño no estoy seguro de haberlos encontrado. Según Buzz Aldrin, el astronauta que junto a Neil Amstrong pisó la superficie de la Luna en 1969 y que a sus 83 años continua apoyando activamente los programas espaciales estadounidenses, en relación con la expedición a Marte ha escrito recientemente: “Hay que interesar al mundo otra vez en la exploración espacial y tener el espíritu pionero para ir más allá de nuestros límites y capacidades actuales”. Aldrin también piensa que: “Siempre he sentido que Marte debería ser el siguiente destino después de nuestros alunizajes. Lo he dicho muchas veces durante mucho tiempo. Hoy el sueño de alcanzar el planeta rojo parece que está cerca de convertirse en una realidad”. Son argumentos válidos, pero no los encuentro muy convincentes, igual que este otro que Aldrin también expone en su escrito: “Para mí, al igual que para otros espectadores, esas imágenes de color enviadas por el Curiosity mostraban paisajes que me sugerían lugares del suroeste de Estados Unidos. Espero que esa familiaridad en otro mundo  suscitará la curiosidad de la juventud y la idea de explorar más allá de la Tierra, en nuestra luna y en Marte”. Que algunos jóvenes sientan deseos irresistibles de ir a Marte no sé si justifica el dispendio. Aldrin añade otras consideraciones: “Porque nos sentimos bien y creemos en el futuro de nuestro país y aventurándonos en el espacio mejoramos la vida de todos aquí en la Tierra. Los avances científicos y las innovaciones que surgen de este tipo de investigaciones crean productos y tecnología que utilizamos en nuestra vida diaria y mejoran la existencia de la gente en todo el mundo.” Es verdad que los proyectos espaciales generan puestos de trabajo y tecnología, aunque eso ocurre con independencia de si llevan astronautas a bordo o no.

Mucha gente piensa que la exploración espacial no ha alcanzado un grado de madurez que aconseje el envío a Marte de seres humanos y que las exploraciones deberían seguir haciéndose con robots. Transportar hombres a Marte resultaría muy caro y con un escaso retorno, desde el punto de vista tecnológico y científico, de la inversión que habría que hacer. Pero, lo más probable es que la NASA entienda que sin un proyecto capaz de movilizar a su país, al igual que hizo Kennedy cuando decidió enviar un hombre a la Luna, su futuro peligra. Quizá la razón principal de Charles Bolden para abogar por el envío de astronautas al planeta rojo en la década de 2030 sea la de convertir a su organización en el centro neurálgico de un gran proyecto de Estado que garantice la supervivencia de la agencia espacial. Enviar hombres a Marte tiene un componente emocional y publicitario muy sugestivo, es un símbolo de poder y prestigio para la nación que abandere el esfuerzo, también es una de las pocas iniciativas capaces de aglutinar y despertar sentimientos de solidaridad entre todos los seres humanos. Resulta muy difícil cuantificar el valor de esos componentes tan intangibles como reales.

En cualquier caso, la carrera espacial a Marte ha empezado ya. En la actualidad hay dos robots móviles (rover) exploran el planeta rojo, el Opportunity y el Curiosity, y tres satélites robotizados giran en torno a su eje de rotación: el 2001 Mars Odyssey, el Mars Express (de la agencia europea) y el Mars Reconnaissance Orbiter. Estos cinco robots suministran información sobre la superficie marciana, la actividad volcánica, el subsuelo, la radiación, la atmósfera del planeta, sus ciclos climatológicos, las  formas de agua y las posibilidades de vida actuales o en un pasado remoto. Son actividades preparatorias a las que seguirán otras durante los próximos años y que parece que culminarán con el viaje al planeta rojo de astronautas que volverán a captar el interés de miles de millones de personas, aquí en la Tierra, dentro de unos 20 años.

Sin embargo, hay una pequeña cuestión que no podemos dejar pasar por alto. Será un viaje de ida, sin retorno. No es previsible que en 2030 la tecnología nos permita enviar gente a Marte con un billete de vuelta. Esto no es ningún problema para muchísimos voluntarios. La astronauta rusa Valentina Tereshkova, la primera mujer que viajó al espacio, ha manifestado hace poco que le gustaría ir a Marte, aun sabiendo que jamás regresaría de aquél planeta. Pero, como ella hay más de 70 000 personas en el mundo, dispuestas a afrontar un viaje de ida sin retorno. Y es que, desde hace un par de años, el proyecto de enviar seres humanos a Marte no es un asunto exclusivo de la NASA, lo cual sí es una novedad en el panorama del desarrollo espacial.

El holandés Bas Lansdorp se graduó en ingeniería mecánica por la universidad de Twente en 2003, creó Ampyx Power, una empresa que ha desarrollado un sistema muy original para producir energía, mediante un planeador que evoluciona en el aire sujeto con un cabo a tierra cuya tensión mueve un generador eléctrico. En 2008 Lansdorp vendió parte de sus acciones de Ampyx Power y en marzo de 2011 creó, junto con Arno Wielder un físico de la agencia espacial europea, una fundación sin ánimo de lucro: Mars One. En mayo de 2012 Mars One anunció sus planes de mandar a Marte un equipo de cuatro astronautas el año 2023. Allí se ubicarán, en una estación sobre la superficie marciana, y cada dos años llegarán nuevas expediciones para crear la primera colonia humana fuera de nuestro planeta. No está previsto que estos pioneros regresen a la Tierra.

El proceso de selección para los primeros astronautas se abrió en abril de 2013 y en poco más de dos semanas Mars One recibió unas 78 000 solicitudes de 120 países. Según Bas Lansdorp “es el trabajo más deseado de la historia”. La compañía seguirá admitiendo solicitudes hasta el 31 de agosto de este año. A partir de entonces se seleccionarán de 50 a 100 candidatos en cada una de las 300 regiones del mundo identificadas por Mars One. Después de cuatro rondas, el número de seleccionados se reducirá a una cifra entre 28 y 40. En 2015, los finalistas se incorporarán a la fundación Mars One para empezar el entrenamiento cuya duración será de unos siete años. La organización tiene previsto montar en la Tierra, en un lugar similar a la superficie marciana, un simulador, una réplica exacta de la estación que desplegará en el planeta rojo, para entrenar a los astronautas.

Antes del envío de la primera expedición de astronautas, Mars One, pondrá en la órbita marciana un satélite de comunicaciones, enviará un robot móvil para determinar la ubicación idónea de la base espacial y situará sobre la superficie del planeta los módulos de la estación junto con provisiones, repuestos y robots móviles.

Mars One estima que el coste de la misión será del orden de unos 6000 millones de dólares. Además del apoyo financiero de empresas patrocinadoras, donaciones particulares, venta de camisetas, tazones, pegatinas y otros objetos, cuenta con ingresos masivos de publicidad en los medios. La iniciativa puede crear una gran audiencia y se televisarán los eventos más importantes. Ya se están distribuyendo videos con entrevistas de aspirantes a formar parte de la primera misión y el proyecto puede dar origen al reality show más morboso y espectacular de la historia de la televisión. Todo dependerá del modo en que Mars One gestione la comunicación.

Mars One esgrime tres razones para ir a Marte, la primera es que con esa hazaña cumplimos un sueño asombroso, la segunda es que nos permitirá averiguar cosas que siempre quisimos saber relacionadas con la historia de la Tierra, la posible evolución de la vida en aquél planeta y otros asuntos, y la tercera razón es que enviar gente a Marte es “el siguiente paso de gigante para la Humanidad”. Son tres motivos, pero tampoco parecen muy racionales.

Da la impresión de que los argumentos que se aducen para llevar hombres a Marte tienen, en cualquier caso, una fuerte componente emocional y pienso que eso los hace extraordinariamente sólidos. Ahora que la Unión Soviética no azuza al Gobierno de Estados Unidos, a la NASA le ha salido un extraño competidor, extraño porque Charles Bolden puede encontrar en Mars One el mejor aliado para llevar a cabo su proyecto.

Con casi toda seguridad vamos a tener una colonia de héroes, encerrados en Marte, dentro de unos cuantos años. Esta vez van a ser los marcianos quienes tendrán que preocuparse de los terrestres.

Marte está otra vez de moda

Sir Hiram Maxim (III)

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Sir Hiram Maxim

Los enredos de un héroe

En septiembre de 1898, Hiram Maxim llegaría a alcanzar la categoría de héroe nacional, cuando en Omdurman el general sir Herbert Kitchener tuvo que enfrentarse, con un ejército de veintiséis mil soldados, a los cuarenta y cinco mil rebeldes Madhist que defendían la ciudad. Las ametralladoras de Hiram Maxim causaron quince mil bajas enemigas, generando el pánico entre los adversarios de los británicos que huirían desordenadamente. Las bajas del Ejército imperial no pasarían de quinientas. La victoria de Omdurman permitiría a los ingleses recuperar el control de Sudán. Sir Edwin Arnold escribiría en el Daily Telegraph un artículo que decía: «En la mayoría de nuestras guerras, ha sido el brío, la habilidad y la bravura de nuestros oficiales y hombres los que ganaron, pero en este caso la batalla fue ganada por un silencioso caballero científico desde Kent.» Durante unos días, Maxim ocupó el centro de todas las atenciones en el Reino Unido.

Un mes después de haber alcanzado la cima de la gloria, Maxim viajaría a Estados Unidos. Allí se encontraría de nuevo con uno de los monstruos de su vida anterior. El 7 de octubre de 1898 un policía, acompañado de Helen Leighton, se presentó en la habitación del hotel Manhattan de Nueva York donde se hospedaba Hiram Maxim, para detenerlo, después de que la mujer lo identificara. A la mañana siguiente, Maxim, con su abogado Gordon Battle, el policía y Helen, tomarían el tren para trasladarse a Poughkeepsie, una pequeña ciudad junto al río Hudson, a unas 70 millas al norte de Nueva York, lugar en el que residía Helen Leighton, para presentarse ante el juez. A Hiram Maxim, Helen, asesorada por su abogado Charles Morschauser, le acusaba de bigamia y desasistencia. Helen afirmaba, bajo juramento, haber contraído matrimonio con Hiram en 1878, cuando Maxim estaba casado con Jane Budden de quién tenía tres hijos, y después de vivir con él unos años la abandonaría en 1881, trasladándose a París, y dejándola completamente desasistida. El juez, vistos los cargos, le impuso a Maxim una fianza de mil quinientos dólares y dejó el caso, para que se viera una semana más tarde, el 14 de octubre.

Durante los días que siguieron, Helen, aconsejada por Morschauser, haría declaraciones a la prensa, contando con detalle su historia. Según la versión que daría Helen de su relación con Maxim, se habían conocido en un carruaje de transporte público en Nueva York. Durante los días que siguieron Maxim la invitaría a salir y se presentó a sí mismo como un hombre soltero que buscaba una relación seria. Después de un mes, a lo largo del cual Helen no consentiría que la relación pasara de lo propio en un noviazgo comedido, Maxim le propuso el matrimonio. Helen tenía entonces quince años, aunque su apariencia fuera la de una mujer mucho mayor, y la cabeza llena de ilusiones, por lo que muy pronto se imaginaría viviendo con Maxim en una extraordinaria mansión, rodeada de joyas y comodidades, junto a un hombre poderoso, bien situado y físicamente muy agraciado. El 28 de enero de 1878 la llevó a un magistrado de la calle 41 en Nueva York y allí se celebraría la ceremonia. Después de haber contraído matrimonio se irían a vivir al hotel Astor House durante una semana y de allí volvería a la casa en donde había vivido para después alojarse en residencias de las calles Herny, Willoughby y Warren de Brooklyn. El 26 de abril de 1879 nacería la hija que tuvo con Maxim, Romaine, cuando vivían en la calle Warren. Hiram dijo que no quería niños, que los odiaba y que sus viajes y su vida no les permitirían cuidar de ellos y a causa de este motivo terminarían dando a la pequeña Romaine en adopción. Cuando vivían en Brooklyn, Helen se enteró de la existencia de Jane Maxim, la otra mujer de Hiram, que tenía su casa relativamente cerca y vivía con sus tres hijos, en la calle Union, también en Brooklyn. Pero Hiram insistiría en que ella, Helen, era su única y verdadera mujer, que Jane lo había traicionado ya que en realidad tenía otro marido. Helen preferiría creerle. Durante aquellos años Hiram le presentaría amigos y familiares, siempre como esposa y residieron en varias ciudades, Nueva York, Saratoga, Bridgeport, Filadelfia, y Trenton. Un día, cuando vivían en la calle 22 en Nueva York, se dio cuenta, al volver a casa, de que su baúl estaba abierto y alguien había hurgado en el interior llevándose el certificado de matrimonio y cartas que Hiram le había enviado en las que se dirigía a ella como «querida esposa». En su declaración, Helen diría que más tarde Maxim le confesó que había sido él quien, después de hacer un molde de cera de su llave del baúl y duplicarla, le robó el certificado de matrimonio y las cartas, para privarla de las únicas pruebas que podía tener de aquél enlace. El motivo por el que Maxim habría cambiado de comportamiento sería Sarah. En 1881, Maxim viajaría a Europa con la idea de regresar después de seis semanas, pero esto no ocurriría. Helen reunió el dinero necesario para trasladarse hasta París y allí pudo conocer a Sarah. Helen se vería obligada a regresar a Estados Unidos y de Maxim obtuvo doscientos dólares y promesas que no cumpliría nunca por lo que durante todos aquellos años había tenido que vivir completamente desasistida mientras Hiram y Sarah disfrutaban de todas las comodidades y lujos que la vida podía proporcionar a una pareja. Pero, esta vez Helen estaba dispuesta a resarcirse, a poner a Hiram Maxim en el lugar que le correspondía y a obtener de él una recompensa por todas las desgracias que, por su culpa, había tenido que vivir. Helen dijo tener pruebas, cartas que había recibido de Hiram a lo largo de los años, así como evidencias de que Hiram había contribuido económicamente al sustento de su hija Romaine pagando a la familia que la había adoptado parte de los gastos de su formación e incluso cuidando personalmente de ella cuando estuvo en Inglaterra. Allí le había dicho a Romaine que no era hija suya y eso a Helen le había dolido inmensamente. Helen dijo que también tenía testigos, personas que habían visto su certificado de matrimonio y familiares directos de Hiram Maxim que testificarían a favor suyo.

Las declaraciones de Helen y su abogado Charles Morschauser harían que la prensa, durante aquellos días, pusiera a prueba los nervios de Hiram Maxim y la habilidad de sus letrados. Estos últimos, desesperadamente buscarían en los lugares donde Helen había trabajado, indicios de que hubiera ejercido la prostitución, y aunque los sitios no tenían muy buena reputación, ella había desarrollado en todos labores de limpieza.

A Maxim le vendría a ayudar su primera mujer Jane, que preferiría ponerse de su parte, porque Percy el mayor de los tres hijos de ambos estaba a punto de casarse y no quería ver mezclada a la familia en un escándalo.

De 1878 a 1881 las relaciones entre Jane y Hiram Maxim podían haberse deteriorado y los trabajos de Maxim, harían que tuviera que ausentarse durante meses fuera de la ciudad supervisando las instalaciones de alumbrado que montaba para su compañía. Concretamente, Helen dijo que después de nacer Romaine, en 1879, se trasladaron a Saratoga y efectivamente Maxim durante ese tiempo estuvo seis meses allí. Más tarde escribiría un artículo en el Times sobre la curiosa historia de una dinamo que instaló en esa ciudad y producía unas extrañas vibraciones capaces de atraer a los mosquitos. Comprobó que todos eran mosquitos machos, porque con el microscopio pudo observarles la antena en la cabeza, y pronto llegó a la conclusión de que se acercaban a la dinamo porque la vibración que producía tenía una frecuencia de entre 200 y 500 ciclos por segundo, igual que la del batir de las alas de las mosquitos hembra. Ese episodio, según Hiram Maxim, había ocurrido en Saratoga, en 1879. También es cierto que Maxim estuvo en Bridgeport. Sin embargo, resulta un poco complicado que Maxim presentara a Helen como su esposa, a sus familiares y amigos, al tiempo que mantenía oficialmente su otra esposa y tres hijos. Claro que en aquella época, no existían los transportes ni las comunicaciones actuales. En cualquier caso, la boda con Helen lo más probable es que fuera un fraude, porque a su abogado, Charles Morschauser, le resultó completamente imposible encontrar un documento que la avalara. Un fraude, en el sentido de que la montara Hiram Maxim para engañar a Helen. Sin los papeles de una boda, le iba a ser muy difícil al abogado de Helen demostrar la bigamia.

La vista del día 15 de octubre se iniciaría con la petición de las partes de que se viera primero lo relacionado con el abandono, porque cabía la posibilidad de que la acusación de bigamia fuera retirada. A la semana siguiente, la acusación decidiría retirar los cargos de bigamia y abandono, porque si no podía probar la bigamia le iba a ser difícil demostrar el abandono. Morschauser decidiría cambiar la vía penal por la civil, anunciando ahora un pleito por incumplimiento de compromisos adquiridos. La reclamación pasaría a ser una cuestión de cantidad que, en principio se cifraría en veinticinco mil dólares. El abogado de Hiram Maxim, Barton Weeks, conseguiría, un mes más tarde alcanzar un acuerdo fuera de los tribunales que, sorpresivamente, se limitaría a unos mil dólares.

Si bien los periódicos norteamericanos se hicieron eco y siguieron la disputa entre Helen y Maxim, los británicos se mantendrían al margen. A la sociedad puritana de la reina Victoria aquél asunto no podía gustarle nada y al liberal y comprensivo Príncipe de Gales no le importaba en absoluto, de forma que la prensa británica preferiría ignorarlo, quizá por no deteriorar la imagen de un personaje que ayudaba a vender periódicos con tanta eficacia, gracias a sus inventos e ideas extravagantes. Cuando Maxim regresó al Reino Unido, a finales de 1899, cumpliría veinte años de residencia en aquél país y aquello le concedía el privilegio de convertirse en un «maldito británico», tal y como solía designar él a los súbditos de la reina. Maxim regresaría a vivir a la ciudad de Londres y se instaló en una lujosa residencia en Queens Gate Place, al sur de Kensington. En recompensa a los servicios prestados a la Corona por el importante papel que desempeñó la ametralladora en la resolución favorable a los intereses británicos de los conflictos del Sudán y los Boer, su nombre aparecería a finales de 1900 en la lista de quienes serían nombrados caballeros por la Reina. Sin embargo, la reina Victoria fallecería el 22 de enero de 1901 y fue su amigo, el rey Eduardo VII, quién puso la espada sobre el hombro de Hiram Maxim para transformarlo para siempre en sir Hiram Maxim.

Declaraciones de Maxim

El primer vuelo de los Wright no tuvo una gran difusión en el Reino Unido y Maxim no le daría mayor importancia, pero en 1906, el inventor de la ametralladora ya era consciente de que los Wright estaban realizando progresos importantes con sus aparatos porque en una reunión de la Aeronautical Society of the Great Britain, refiriéndose a los experimentos de los fabricantes de bicicletas de Dayton, dejaría bien claro que «nos guste o no nos guste, esto ha venido para quedarse. Esta máquina marca una nueva época que será distinta…»

Después de las pruebas con su aeronave Maxim no perdería el interés por la aeronáutica y consideraba que sus experimentos habían sido un éxito, interrumpido por cuestiones financieras y por la falta de un lugar adecuado para seguir haciendo ensayos. Su socio Albert Vickers estaba en contra de cualquier iniciativa en este campo y le había prohibido que invirtiera dinero suyo o de la empresa en el desarrollo de máquinas de volar. Hiram Maxim trataría de buscar algún modo de financiar nuevos experimentos y se le ocurrió construir un tiovivo, en el que unas naves con alas capaces de transportar siete u ocho pasajeros, se sujetaban al centro de giro mediante brazos con articulaciones que les permitían subir o bajar. El piloto podía variar el ángulo de ataque de las alas. Al girar, las naves alcanzaban suficiente velocidad como para que las alas generasen sustentación y el piloto tenía la capacidad de hacer que la nave ascendiera o bajase. Maxim patentaría el invento en 1904 y construyó una máquina para la exhibición de Earls Court de ese mismo año. Cuando tuvo que pasar la inspección de seguridad le obligaron a prescindir de la capacidad de maniobra del piloto, con lo que el invento había perdido toda su gracia, a juicio de Hiram Maxim. Sin embargo, en la exhibición resultaría ser un éxito generando unos beneficios próximos a las ocho mil libras esterlinas. Aquello animaría a Maxim a construir dos máquinas para Blackpool y Southport y otra más grande para el Crystal Palace. Para llevar a cabo estos proyectos Maxim haría un acuerdo con una empresa de Lancashire que muy pronto empezaría a tener problemas con los trabajadores. Las entregas se demorarían y los costes casi se duplicaron. Para complicar aún más los negocios, uno de los operadores de las máquinas iniciaría un pleito contra Maxim fingiendo haber inventado con anterioridad el sistema cuyas patentes se estaban tramitando, lo cual retrasaría el proceso de registro y hubo otros pleitos que harían que Maxim abandonara finalmente el proyecto cerrando la compañía, en noviembre de 1904, lo cual le originaría unas pérdidas de unas diez mil libras esterlinas. Así pues, lo que empezaría siendo un negocio para recaudar dinero para la realización de experimentos terminaría convirtiéndose en otro gasto adicional a sumar a la abultada cuenta de investigación aeronáutica que Maxim tenía abierta desde 1889.

Para el frustrado proyecto del tiovivo Hiram Maxim contrataría los servicios de un joven ingeniero, Albert Peter Thurston con quién, a partir de 1904 empezaría a trabajar en una versión a escala reducida de su primer aparato. El proyecto se desarrollaría en la fábrica Vickers, a regañadientes del empresario, que no tenía ninguna fe en el futuro del nuevo invento. Junto con la aeronave, cuya configuración no se diferenciaba mucho de la que había probado en Baldwyns Park, también iniciaría el proyecto de un motor de combustión interna extraordinariamente ligero.

A finales de 1908, Hiram Maxim, acompañado de su hijo y de su hermano, se entrevistó con Wilbur Wright en Francia y, por los comentarios que el norteamericano haría a Orville, el encuentro no sería muy gratificante. Wilbur dijo que Maxim trataba mal a sus familiares, que era un bocazas, gritón, y que dudaba de su buena fe. Por entonces Maxim, había perdido audición y su tono de voz, que de natural ya fue siempre elevado, resultaba atronador. Los modos de Maxim, su soberbia, petulancia, chauvinismo y acento americano, nunca se llevarían bien con las exquisitas clases acomodadas británicas a las que tuvo que tratar dado su prestigio social y las amistades y relaciones que el trabajo le facilitaría.

En 1908, el primer ministro Asquith resolvió nombrar un subcomité para que asesorara al gobierno en relación con el tema aeronáutico y su potencial uso en la guerra. El subcomité dependía del Comité de Defensa Imperial, presidido por Lord Esher y contaba con personajes como Richard Haldane, Secretario de Estado para la Defensa, políticos de la talla de David LLoyd George y Reginald MacKenna, primer Lord del Almirantazgo y responsable ante el Parlamento de la Armada y profesionales de la milicia como el general sir William Nicholson, Jefe del Estado Mayor Imperial, el general sir Charles Hadden, responsable de Armamento y Material, el capitán Reginald Bacon, Director de Armamento y Material Naval, y el general J Spencer Ewatt, Director de Operaciones Militares. El influyente Jefe de Estado Mayor, general Nicholson, no tenía ninguna fe en la aviación, como arma de futuro. Todos ellos constituían un grupo de influyentes, poderosos y encumbrados personajes que se confabularían para no contar con el asesoramiento de Hiram Maxim, cuyos modales, actitud y forma de pensar les desagradaba profundamente. Sin embargo, otro político influyente, que por entonces ejercía como Secretario de Comercio, Winston Churchill, poseía una gran fe en Hiram Maxim. Churchill que era miembro de la Aeronautical Society, al igual que Maxim, tenía una visión completamente distinta, sobre el papel que desempeñaría la aviación en los escenarios bélicos durante el futuro, de la del general Nicholson. Churchill consiguió romper la confabulación contra Maxim para que el subcomité le concediera una audiencia y contase con su opinión a la hora de emitir el informe. Para ello tuvo que enviar una carta al subcomité, diciendo que sería importante que escuchasen las opiniones de Maxim ya que, por lo que había hablado con él, se mostraba muy cauto con la máquina de Wright, considerando que era bastante imperfecta y que su excelente funcionamiento se debía a la pericia extraordinaria de su piloto: Wilbur. De otra parte, también informaría al subcomité, que Maxim le había dicho que él podría construir un aparato mejor que el de los Wright, en un plazo máximo de un año, capaz de volar a 55 millas por hora, por un importe total de unas dos mil libras. Lord Esher se vería en la obligación de incluir a sir Hiram Maxim como uno de los personajes a entrevistar, antes de redactar su informe, muy a pesar suyo y de casi todos los miembros del subcomité.

El 28 de enero de 1909 Maxim sería recibido por el subcomité. Lord Esher oficiaría como presidente y Hiram Maxim no se dejaría impresionar en ningún momento por las ilustres personalidades que lo someterían a un largo interrogatorio. Cuando Lord Esher le preguntó si estaba familiarizado con la máquina de los Wright, respondería que:
…los Wright eran una pareja de jóvenes inteligentes, sin ninguna experiencia, que habían aprendido a reparar bicicletas y que después de que yo hiciera mis experimentos y les mostrara lo que podía hacerse, en la forma de elevarse…los hermanos Wright construyeron planeadores sin motor, se subieron a una colina y bajaron.
Maxim también apuntaría que los Wright habían hecho algo que estaba bien, pero que cualquiera que hubiera visto su aparato sabía que era muy burdo y que sin un motor francés no irían a ninguna parte. Maxim justificaría su escasa actividad aeronáutica, en aquél momento, por el excesivo gasto en el que ya había incurrido, tanto él como sus socios. Declararía que, solamente él a título individual ya había gastado más de treinta mil libras en experimentos aeronáuticos. Sin embargo, si el Gobierno le prestaba ayuda financiera, tanto él como la Vickers Sons y Maxim podrían abordar el proyecto, aunque tendría que consultarlo con Albert Vickers. Al subcomité le interesó conocer la opinión de Maxim sobre la utilización de aquellos aparatos en el campo de batalla. Hiram Maxim disertaría sobre la posibilidad de emplear las aeronaves para bombardear objetivos enemigos terrestres o en el mar, explicando que las bombas debían colocarse en el centro de gravedad de las aeronaves para no alterar su equilibrio después del lanzamiento. Para el inventor, los bombardeos sobre ciudades serían muy efectivos con bombas de gran tamaño y con la concurrencia simultánea de muchos aparatos. Los miembros del subcomité se interesarían por el coste, los plazos de entrega, y otras cuestiones. A lo largo de su intervención Maxim no defraudaría a sus interlocutores en cuanto a la falta de modestia, altivez y soberbia de sus respuestas, pero no consiguió convencerlos de las ventajas que la aviación reportaría a los ejércitos en tiempos de guerra. El subcomité recomendaría al Gobierno no gastar dinero con aquellas máquinas, de momento, porque aunque era cierto que últimamente se habían conseguido notables progresos con vuelos de hasta dos horas de duración con la máquina de los hermanos Wright, todavía estaba por demostrar que los aeroplanos fueran suficientemente fiables para poder ser empleados bajo cualquier condición meteorológica. Sin embargo, el comité recomendaría una inversión de treinta y cinco mil libras para la construcción de un dirigible de cuerpo rígido para la Armada y otra de diez mil para otro de cuerpo elástico para el Ejército. El subcomité se vio influenciado por los progresos alemanes del conde Zeppelin en el campo de los dirigibles de cuerpo rígido, unos monstruos capaces de proyectar una amenazadora sombra sobre el suelo del Reino Unido. Hiram Maxim opinaba todo lo contrario y así lo había expresado en una entrevista que le concedió a The Times en julio de 1908 y en la que dijo que el futuro estaba en los aeroplanos y no en los dirigibles y que Inglaterra no tenía por qué temer a los dirigibles alemanes.

Las previsiones de Maxim se harían realidad años más tarde, pero sus proyectos aeronáuticos no seguirían adelante.

Sir Hiram Maxim murió en Londres el 24 de noviembre de 1916, a la edad de 76 años, en plena guerra mundial cuando sus ametralladoras hacían que los europeos se mataran despiadadamente en las trincheras.

Extracto de El secreto de los pájaros.

http://www.elsecretodelospajaros.com

Sir Hiram Maxim (III)

Hiram Maxim (II), el aeronauta

Aeronave

Experimentos aerodinámicos de Maxim

Después de formalizar su relación con Sarah, mediante la boda que celebró en Londres en 1890, viajó a Estados Unidos y a México para regresar al Reino Unido y entregarse febrilmente a la construcción de su nuevo invento. El plan inicial de Maxim era dedicar tres años al desarrollo de un nuevo motor de combustión interna y dos a la construcción de la máquina. Sin embargo, Maxim abandonaría muy pronto la idea de utilizar motores de combustión interna de gasolina. El tiempo que hacía falta, según sus estimaciones, para desarrollar un motor de este tipo, que cumpliera con los requisitos que precisaba su máquina, sobrepasaba con creces el que disponía, teniendo en cuenta su presupuesto. Sin embargo, Maxim no tenía la menor duda de que el motor de combustión interna sería la opción a tener en cuenta para futuros desarrollos aeronáuticos.

Al descartar el motor de gasolina, centraría sus esfuerzos en un nuevo motor de vapor. Para alimentar los motores de vapor de su máquina (Fig. 19-1800), Maxim diseñaría una caldera tubular de grandes dimensiones, 8 pies de largo por 4 pies 6 pulgadas de ancho y 6 pies de alto, que con la caja, pesaba unas 1000 libras (Fig. 19-1850).

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Fig. 19-1800. Hiram Maxim. Motor de vapor. Cada una de las dos hélices de su aparato se movía con el motor de vapor de la fotografía.

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Fig. 19-1850. Hiram Maxim. Caldera. La caldera suministraba presión a los dos motores

Los 1400 pies de tubos de cobre de 3/8 de pulgada, los había traído de Francia y trabajaban a una presión de unas 320 psi. El agua se calentaba mediante quemadores de gas con una matriz de 7650 inyectores que producían una llama continua a lo largo de toda la caldera y empleaban petróleo como combustible. La caldera alimentaba dos motores, extraordinariamente ligeros, con un peso de 320 libras, uno para cada hélice, capaces de suministrar 180 caballos, cada uno de ellos. El condensador lo diseñaría utilizando una serie de perfiles huecos, formando una configuración de multiplano, muy en la línea con las ideas de Phillips, situados detrás de las hélices aprovechando la corriente de aire que enfriaba el agua, también para generar sustentación. La planta de potencia de vapor, sería la más eficiente y ligera que jamás se había construido, constituyendo un auténtico logro, desde el punto de vista tecnológico.

Al tiempo que el equipo de Maxim trabajaba en la construcción de la caldera y los motores, también se ocuparía de recopilar toda la información disponible sobre hélices de propulsión. Después de comprender que el estado del conocimiento sobre esta materia no permitía diseñar y construir hélices que fueran capaces de suministrar un determinado empuje a partir de una potencia específica de forma predecible, Maxim llevaría a cabo una serie de experimentos con ocho tipos distintos de hélice utilizando un aparato de su invención capaz de medir la potencia y el empuje (Fig. 19-1900).

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Fig. 19-1900. Hiram Maxim. Balanza para medir el empuje de las hélices. Dispositivo inventado por Maxim para medir el empuje de las hélices

También estudió el flujo de aire alrededor de una hélice porque algunos expertos le habían dicho que las hélices eran muy poco eficientes ya que tomaban aire por la parte central y lo expulsaban radialmente por la punta de las palas. Maxim construyó un dispositivo con hilos de seda que le permitirían visualizar el flujo de aire alrededor de las hélices. Descubrió todo lo contrario, precisamente que el aire entraba por las puntas de las palas (Fig. 19-2000).

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Fig. 19-2000. Flujo de aire alrededor de las hélices. Maxim estudió el flujo de aire alrededor de las hélices, utilizando pequeños hilos que le permitirían observar la dirección e intensidad de la corriente de aire en distintos puntos. De sus experimentos concluiría que por la parte posterior el aire entra y también sale del plano de la hélice.

En sus experimentos llegaría a la conclusión de que si las superficies de las hélices estaban bien pulidas la resistencia de fricción era prácticamente despreciable, cosa que no ocurría cuando la superficie presentaba una cierta rugosidad. También dedujo que, al igual que en los barcos, las hélices debían colocarse en la parte posterior de la aeronave a fin de no perturbar el flujo de aire sobre el fuselaje. Maxim seleccionó un tipo de hélice cuya eficiencia era un 40% mejor que las diseñadas por el capitán Renard para el dirigible La France, dato que constató gracias a la información que le proporcionaría su amigo Gaston Tissandier, aprovechando un viaje que hizo a París (Fig. 19-2100).

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Fig. 19-2100 Hélices. Hiram Maxim probó distintos tipos de hélices en su balanza. En la fotografía superior se muestran tres hélices que dieron buen resultado en los ensayos.

Las hélices de su aparato tendrían un diámetro de 17 pies y 10 pulgadas y eran capaces, con los motores que había diseñado, de suministrar un empuje total de unas 2000 libras. Para construir hélices de gran tamaño ideó un ingenioso método apilando listones de madera de menores dimensiones.

Maxim construyó una especie de túnel de viento de tamaño reducido con el que estudió la resistencia al avance de distintos tipos de materiales y acabados, de diferentes formas, así como la influencia sobre la resistencia de la separación de los cuerpos sometidos a un flujo de aire, y la sustentación y resistencia de algunos perfiles (Fig. 19-2200).

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Fig. 19-2200 Túnel de viento. Con este aparato, Hiram Maxim probaría la resistencia a las corrientes de aires de distintos tipos de materiales y formas, así como la sustentación y la resistencia de algunos perfiles

El norteamericano se daría cuenta de la importancia que tiene la forma de un objeto en relación con la resistencia que ofrece en el seno de una corriente de aire. Cambiando 180 grados la orientación de la forma, viento por delante o por detrás, la resistencia puede cambiar de forma espectacular, dependiendo de la forma (Fig. 19-2300).

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Fig. 19-2300. Resistencia de formas. Hiram Maxim determinaría la resistencia de distintas formas como las de la figura, de la (a) a la (d). Con un viento de 40 millas por hora la forma (a) ofrecía una resistencia de 0,78 libras y con el viento por atrás la resistencia era de 1,22 libras, mientras que para la (b) los valores serían de 0,28 y 0,42 libras, respectivamente.

Hiram Maxim probó distintos perfiles con cámara, incluyendo los de Horatio Phillips, variando el ángulo de ataque y la velocidad del viento, para determinar la sustentación y la resistencia. Comprobaría que cada perfil tenía unas características aerodinámicas específicas (Fig. 19-2400).

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Fig. 19-2400. Perfil sustentador.
Maxim experimentó con distintos perfiles, determinando la sustentación y la resistencia en función del ángulo de ataque. Con un viento de 40 millas por hora y un ángulo de 1/12 el perfil daba una sustentación de 5 libras y una resistencia de 0,43 libras.

Maxim empezó a realizar ensayos de alas con un brazo giratorio de 63,69 pies de diámetro, al que acoplaría instrumentos para medir la resistencia y la sustentación. Mediante un cable extendería el brazo giratorio hasta conseguir un diámetro de 318 pies, probando así los planos a una velocidad de 80 mph. Los experimentos le demostrarían que, para algunos de sus planos, era posible obtener 70 libras de sustentación aplicando un empuje de 5 libras, cuando el ángulo de ataque era de unos 4 grados, es decir la sustentación era 14 veces superior a la resistencia (Fig. 19-2450).

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Fig. 19-2450. Hiram Maxim. Brazo giratorio. Maxim realizaría ensayos de alas con un brazo giratorio de 63.69 pies de diámetro, al que acoplaría instrumentos para medir la resistencia y la sustentación. Mediante un cable extendería el brazo giratorio hasta conseguir un diámetro de 318 pies, probando así los planos a una velocidad de hasta 80 mph. Los experimentos le demostrarían que, para algunos de sus planos, era posible obtener 70 libras de sustentación aplicando un empuje de 5 libras, cuando el ángulo de ataque era de unos 4 grados, es decir la sustentación era 14 veces superior a la resistencia.

El inventor llegó a la conclusión de que con un plano sólido de madera podía sustentar 113 libras de peso por caballo de potencia, mientras que si el plano tenía una estructura de madera recubierta de tela, la sustentación bajaba a 40 libras por caballo de potencia. También pudo comprobar que los perfiles con la parte inferior ligeramente cóncava y la superior convexa daban una relación entre la sustentación y la resistencia mayor, por lo que eran, desde el punto de vista aerodinámico, más efectivos.

Conforme Maxim llevaba a cabo experimentos y obtenía resultados, su máquina de volar cambiaba de configuración. Si bien en un principio no sabía qué planta de potencia iba a utilizar, cómo serían las hélices, qué superficies de sustentación necesitaba y cómo ejercería el control del aparato, en la medida en que sus experimentos le suministraban información la máquina de volar iría tomando forma.

Los ensayos de Maxim le darían a entender que el tipo de ala que suministraba mayor sustentación era el construido con una pieza de madera sólida, pero el peso resultaba excesivo, de forma que al inventor se le ocurriría un nuevo diseño de ala. Estaría formada por una estructura de acero para soportar las cargas, delimitando los bordes de ataque y de salida mediante un cable de acero bien tensado. A continuación colocaría una serie de costillas o piezas de madera en el sentido longitudinal. La parte inferior del ala la recubrió de tela que no impermeabilizó completamente y la superior también, pero ésta sí la impermeabilizaría. Durante los ensayos comprobó que el aire atravesaba la parte inferior del ala, siendo la superior la que soportaba las diferencias de presión. La planta del módulo principal del ala era octogonal y tenía una envergadura de unos 50 pies y una superficie de 1500 pies cuadrados. Maxim haría pruebas montando en su aeronave únicamente este módulo y comprobó que a velocidades de 37 y 42 millas conseguía una sustentación de 3000 y 4000 libras. Con este tipo de construcción, Maxim diría que sus planos se comportaban aerodinámicamente igual que si los hubiera hecho de madera maciza.

Con el fin de darle utilidad adicional a las superficies del radiador de la caldera, Maxim diseñaría estos tubos con forma de perfil aerodinámico hueco y los organizaría de forma similar a los planos paralelos de Horatio Phillips para que le proporcionaran sustentación adicional (Fig. 19-2500)

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Fig. 19-2500. Condensador

Para hacer las pruebas, Maxim desplegó en Baldwyns Park unos raíles a lo largo de 1800 pies, con anchura de vía de 9 pies. El aparato se deslizaba por la vía, sobre ruedas (Fig. 19-2600 y 19-2700).

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Fig. 19-2600. Dibujo de la aeronave de Hiram Maxim

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Fig. 19-2700. Aeronave de Hiram Maxim en Baldwyns Park, Kent

Durante las primeras pruebas, con el plano principal únicamente, dependiendo de la dirección del viento, la sustentación podía ser tan grande que la máquina se levantaba del suelo, por lo que Maxim colocaría ruedas adicionales de hierro fundido que, con sus ejes y conexiones, pesaban una tonelada y media. La máquina se apoyaba en las ruedas originales, que podían levantarse hasta 6 pulgadas, y cuando éstas perdían el contacto con los raíles, continuaba ligada a la vía a través de las conexiones y las ruedas pesadas. El problema que le planteó aquella solución fue la dificultad de acelerar y sobre todo de frenar el aparato, debido a la gran inercia que introducía la masa añadida. Entonces, decidiría construir unas planchas elevadas 2 pies sobre los raíles de acero, separadas 30 pies por lo que quedaban por fuera de la vía cuya anchura era de 9 pies. En el aparato montó cuatro ruedas con sólidos ejes con balancines que, cuando el conjunto se elevaba 1 pulgada topaban con la superficie inferior de las planchas evitando que pudiera levantar el vuelo.

La aeronave de Maxim tenía además del plano octogonal principal, dos planos que salían de los laterales de éste y otros dos planos iguales que salían de los laterales de la plataforma situada bajo el plano principal. Los planos laterales, con diedro, se extendían 27 pies más, con lo que la envergadura del aparato era de 104 pies. En el morro y en la parte posterior había dos timones horizontales, octogonales, construidos de forma análoga al plano principal, con el objetivo de proporcionarle a la aeronave el control de cabeceo. Los mecanismos que actuaban sobre estos timones eran extraordinariamente suaves y precisos.

La nave no estaba diseñada, en este punto de su desarrollo, para volar libremente, pero disponía de control de cabeceo gracias a los timones, así como alas en diedro para garantizar la estabilidad lateral, o de alabeo, y para controlar la guiñada, Maxim pretendía aplicar asimétricamente la potencia a las hélices. Maxim creía que para dotar de estabilidad a la aeronave sería necesario utilizar un sistema automático gobernado por un giróscopo y también llegaría a efectuar algunos ensayos con este tipo de dispositivo.

De 1889 a 1894, Maxim construiría su motor, llevaría a cabo ensayos aerodinámicos y montaría por partes su máquina de volar, sin la intención de que aquella versión de su aparato sirviera de aeronave, sino que la utilizaría como un banco de pruebas sobre el que podía verificar la bondad de sus diseños, presa en los raíles que había dispuesto para que no pudiese remontar un vuelo que aún no estaba seguro de poder controlar.

Experimentos de vuelo de Maxim

El artefacto de Maxim rodaba sobre carriles hasta alcanzar una velocidad en la que la sustentación lo levantaba. Por encima de los carriles había colocado unos planos de retención, de forma que cuando el aparato perdía contacto con la vía, unas ruedan topaban con estos planos manteniendo el aeroplano suspendido en el aire, pero a unos centímetros del suelo. El aparato contaba con dos planos de control horizontales, uno hacia el morro y el segundo en la parte de la cola cuyos ángulos de incidencia con respecto al viento podían variarse independientemente. Mediante estos timones de estabilización horizontal, Maxim tenía previsto ejercer el control para elevarse o descender. Levantando el plano de morro y manteniendo el de cola horizontalmente, las ruedas delanteras eran las primeras en topar con el sistema de retención (Fig. 20-10). Con el plano de cola alzado y el de morro horizontal, eran las ruedas traseras las que primero alcanzaban el tope (Fig. 20-20). Con los dos planos con un pequeño ángulo de una magnitud similar, el aparato se mantenía nivelado, levantando las ruedas delanteras y traseras al mismo tiempo (Fig. 20-30). Maxim también había concebido una posición para los planos de control en caso de avería para descender de forma controlada, como si se tratara de un paracaídas (Fig. 20-40). Este mecanismo de control le permitiría al aparato subir, descender o mantenerse a nivel. Hiram Maxim pensaba que en vuelo el piloto tendría que estar actuando constantemente estos timones por lo que sería conveniente dotar a la máquina de un sistema automático, utilizando un giróscopo, que efectuara las correcciones necesarias que permitieran mantener el vuelo nivelado.

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Fig. 20-10. Hiram Maxim. Planos de control para levantar el morro. Rueda delantera sobre el plano de retención.

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Fig. 20-20. Hiram Maxim. Planos de control para meter el morro. Rueda trasera sobre el plano de retención

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Fig. 20-30. Hiram Maxim. Planos de control en posición de vuelo estabilizado. Las dos ruedas en el plano de retención.

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Fig. 20-40. Hiram Maxim. Planos de control en posición de emergencia.

En cuanto al equilibrio lateral, Maxim había dotado a su máquina con alas que contaban con un acusado diedro, con lo cual entendía que sería posible mantener el equilibrio frente a ráfagas de viento transversal. Para girar, y controlar la guiñada del artilugio, Hiram Maxim pretendía utilizar los motores, aplicando mayor potencia a una de las hélices, aunque también consideró la posibilidad de montar un timón vertical. En general, todo el sistema de control era bastante rudimentario y el inventor era plenamente consciente de ello, por lo que en ninguna prueba dejó que el aparato abandonara el carril y los planos de tope dispuestos para evitar que la máquina volase libremente.

La forma de la máquina variaría de unas pruebas a otras, pero la configuración con la que llevó a cabo los ensayos más importantes disponía de una superficie de sustentación de unos 4000 pies cuadrados, y con la cabina con tres tripulantes a bordo y 600 libras de agua, pesaba algo menos de 8000 libras. En estas condiciones, con los motores a plena potencia, sujetando el aparato a un dinamómetro, conseguiría medir unas 2100 libras de empuje. Con ese empuje, si se liberaba la aeronave, rodaba unos 300 pies por la vía antes de que la sustentación hiciera que las ruedas se levantaran. Cuando las ruedas perdían el contacto con el raíl, al elevarse, a escasos centímetros del suelo, los planos de tope impedían que volara libremente. Para verificar el punto en que esto ocurría, las ruedas de tope se pintaban de rojo con lo que, al levantarse, marcaban de este color las planchas de madera.

Según las estimaciones de Maxim, el aparato daba una sustentación de 10 000 libras a una velocidad de unas 40 millas. Maxim hizo muchas pruebas con su máquina, dando cuenta a los periódicos, buscando la máxima publicidad, y aunque en algunos casos se produjeron incidentes, los daños no serían muchos y conseguiría reparar el aparato sin mayores consecuencias.

Una de las demostraciones privadas que hizo Maxim tuvo como pasajeros al hijo del Príncipe de Gales, futuro Rey George V, y al Almirante de la Flota, sir Edmund Commerell que era miembro del Consejo de Directores de la Maxim-Nordenfelt. A bordo del aparato y nada más liberarlo, al ver como los árboles pasaban a su lado a una velocidad cada vez mayor, el Almirante se asustó y le dijo a Maxim que lo detuviera, mientras que el Príncipe le ordenó que “le dejara andar lo que pudiera dar de sí”. El experimento se desarrollaría sin incidentes y la máquina se detuvo utilizando el mecanismo de frenada previsto por Maxim: enganchando tres gruesos cabos enrollados a unos tambores que hacían girar molinos de viento.

El 31 de julio de 1894 Maxim estaba preparado para hacer una demostración a la prensa y un escogido grupo de invitados en Baldwyns Park. Maxim extendió el raíl todo lo que pudo, hasta una media milla, y si no lo hizo más fue por el precio que el dueño de la tierra puso a cada uno de los árboles que tenía que cortar. Primero llevaría a cabo algunas pruebas, con mayor potencia cada vez, hasta que finalmente hizo que la caldera funcionase a la máxima presión de trabajo, 320 libras por pulgada cuadrada. Maxim relataría lo que ocurrió de la siguiente forma:

No habíamos recorrido más de 250 pies con una velocidad de 42 millas por hora cuando todo el peso se había descargado de las ruedas inferiores y las cuatro ruedas superiores rodaban, en rotación reversa, bajo la parte inferior de la pista superior. Después de rodar unos 1,000 pies el efecto sustentador llegó a ser tan grande que el árbol del eje de una de las ruedas que mantenían el aparato en tierra se dobló haciendo que las otras tres ruedas tuvieran que soportar toda la sustentación. El efecto de la sustentación fue tan grande que la plancha de pino de Georgia se partió en dos saltando por los aires; la máquina se liberó y flotó en el aire dándonos a los que estábamos a bordo la sensación de estar en un barco. Desafortunadamente, un pedazo de la placa golpeó una de las hélices rompiéndola. En el mismo instante yo corté el vapor y la máquina se detuvo descendiendo a tierra, con las ruedas hundiéndose en el césped blando sin dejar otras marcas, mostrando que la máquina cayó y se detuvo sin rodar sobre la hierba.

Aquella fue la primer vez en la historia del mundo en la que una máquina de volar se levantó a sí misma y a su tripulación en el aire.
El accidente esta vez sí que produjo daños de consideración en el aparato, rompiendo el ala inferior derecha, una hélice, y deformando la estructura de la plataforma. Maxim lo llevó al hangar y al poco tiempo estaba reparándolo.

El periódico The Times consideraría la prueba como un éxito narrando que “después de este experimento pocos ingenieros negarán en el futuro, tal y como algunos han hecho en el pasado, la posibilidad de construir una aeronave tan potente y ligera como para ser capaz de impulsarse a sí misma y a su tripulación a través del aire, junto con agua y combustible suficiente para el viaje.”

Según declararía Maxim al Aeronautical Journal, el coste de sus experimentos hasta aquella fecha, incluyendo las reparaciones de su último accidente, ascendía a veinte mil libras.

Maxim seguiría consumiendo dinero durante otro año más, hasta alcanzar la cifra de treinta mil libras de las que una gran parte habían sido suyas. En julio de 1895 una representación de la Aeronautical Society visitaría sus instalaciones en Baldwyns Park, cuando ya la propiedad de los terrenos le había anunciado que tenía que liberarlos para la construcción de un asilo. Los socios financieros de Maxim, que hubieran deseado un retorno sobre la inversión mucho más rápido, no mostrarían ningún interés en seguir poniendo dinero en un proyecto cuyo periodo de maduración era del todo imprevisible. Así es que, al tener que abandonar las instalaciones en las que tampoco había podido ampliar la longitud de los raíles, sin un horizonte de éxito claro a medio plazo y con las finanzas exhaustas, este proyecto aeronáutico de Maxim llegaría a su fin.

Los negocios de la Maxim Nordenfelt no funcionaron muy bien durante aquellos últimos años en los que Maxim estaba tan ocupado con los experimentos de vuelo. El gobierno demoraba una y otra vez pedidos de armamento, en gran parte debido a la crisis económica y la línea de producción pasaba por altibajos en función de las órdenes que recibía, principalmente de fuera de Inglaterra. Además, Maxim, un hombre de acción, imaginativo, enérgico, no poseía las virtudes necesarias para la buena administración de los negocios y el trato con un personal reivindicativo y muy influenciado por la acción sindical. Por si fuera poco, el gobierno había legislado de tal modo que otros fabricantes podían hacerle la competencia a la Maxim Nordenfelt a costa de pagar una pequeña tasa por el uso de las patentes. Como consecuencia de todos aquellos factores negativos, en 1894, la empresa tuvo unas pérdidas de veinte mil novecientas noventa libras esterlinas, cifra con la que engulliría todo el beneficio acumulado durante los últimos años que ascendía a poco más de siete mil libras. En 1895 las pérdidas fueron de trece mil libras esterlinas y el Consejo de Directores, influenciado por Albert Vickers, decidiría nombrar a un amigo de Lord Rothschild, Sigmund Loewe, primer ejecutivo de la firma. Hiram Maxim, que permanecería como Director en el Consejo de la empresa, se sentiría aliviado y el nuevo gestor consiguió cambiar por completo el rumbo de la sociedad, hasta el punto de que los resultados del año siguiente alcanzarían un beneficio de ciento treinta y ocho mil libras esterlinas.

En 1895 los negocios de armamento de Hiram volvían a estar bajo control, pero el genial norteamericano había gastado en su aventura aeronáutica una gran cantidad de dinero y sus socios, muy concretamente los Vickers, no creían en el proyecto. El inventor había demostrado que el vuelo era posible, montando para ello una máquina espectacular capaz de producir más de una tonelada de empuje y levantar cinco toneladas, con tres tripulantes y varios pasajeros a bordo. Aquello era un logro sin precedentes en la historia de la aeronáutica, pero ante Maxim se presentaba un panorama difícil de gestionar, lleno de interrogantes entre los que cabía destacar dos: cómo controlar el aparato en vuelo y dónde hacer las pruebas. Sin demasiados fondos a su alcance, sin el campo de pruebas de Baldwyns Park, sin el apoyo de sus socios ni de su esposa Sarah temerosa de que la aventura aeronáutica de su marido acabara con su patrimonio, y sin demasiadas ideas de cómo controlar el aparato, el proyecto de Hiram Maxim se vendría abajo.

Extracto de El secreto de los pájaros

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Sir Hiram Maxim (III)

Hiram Maxim (I): el inventor

Hiram Maxim retrato

Poco después de que Mozhaiskii, en San Petersburgo, probara con poco éxito su aeroplano, un norteamericano residente en Londres, Hiram Maxim, famoso mundialmente por haber inventado la ametralladora automática, iniciaría su proyecto de fabricación de otra máquina de volar de grandes dimensiones.

El interés de Maxim por el vuelo podía remontarse a las conversaciones que tuvo con su padre a los dieciséis años, en 1856, cuando Isaac Maxim compartiría con su hijo Hiram el proyecto de construir un helicóptero con dos hélices contra rotatorias coaxiales, para las que el prematuro inventor sabía que no existía un motor capaz de suministrar la potencia necesaria para el vuelo. Isaac inventaría el concepto de inclinar el plano en el que se mueven las palas del helicóptero, hacia adelante, con el objeto de que la sustentación de las palas sirviera también para aportar una fuerza de tracción capaz de propulsar el artefacto, tal y como hacen hoy en día estos aparatos.

En 1872, Hiram tuvo noticia del motor de aire caliente de Roper y del de gasolina de Brayton y retomaría la idea de su padre dibujando un helicóptero, pero esta vez con dos hélices contra rotatorias separadas, con la intención de que de este modo los flujos de aire de ambas hélices no interfiriesen entre sí. Sin embargo, los motores de aire caliente y el de gasolina de Brayton se hallaban en una etapa aún muy inmadura de desarrollo y Maxim abandonaría la idea de construir su helicóptero.

En 1887, el equipo de directores de su empresa de Londres preguntaría a Maxim si creía que era posible el vuelo con una máquina más pesada que el aire. Con cierta petulancia Maxim dijo «que si el ganso podía volar el hombre también era capaz de hacerlo» y que necesitaría cien mil libras esterlinas y cinco años para llevar el proyecto a buen término, tres de ellos dedicados al desarrollo de un motor de combustión interna y otros dos para montar y probar el aeroplano y las hélices. Sus colegas, los directores, le invitarían a que empezara a trabajar en el asunto y Maxim alquilaría unos terrenos en Bexleyheath, cerca de Crayford, conocidos como Baldwyns Park, en donde, con la ayuda de dos mecánicos norteamericanos, iniciaría sus experimentos aeronáuticos, en 1889.

Ese mismo año registró la patente número 16883, en el Reino Unido, de un aeroplano con una superficie sustentadora de la que colgaba una plataforma para soportar la tripulación y las dos hélices. Durante los siguientes cinco años, hasta 1894, cuando llevó a cabo sus primeras demostraciones públicas, Hiram Maxim trabajaría en el desarrollo de su máquina de volar más pesada que el aire.

Aquél hombrón rudo y de una extraordinaria fortaleza que era Hiram Maxim cuando tenía 49 años, emprendería la tarea de diseñar y construir una máquina de volar, con el mismo entusiasmo y tenacidad que había empleado en todo cuanto iniciaba. En la refinada Inglaterra victoriana de finales del siglo XIX, los modales y el talante que Hiram había desarrollado en su Norteamérica salvaje, eran un contrapunto que en muchas ocasiones le originaría serios problemas.

Los antepasados de Hiram Maxim fueron protestantes hugonotes que huyeron de Francia a Canterbury, en Inglaterra, y después emigraron al condado de Plymouth, en Massachusetts. El abuelo de Maxim se desplazaría desde Massachusetts al estado de Maine para limpiar un pedazo de bosque y cultivarlo, teniendo que enfrentarse frecuentemente a los osos negros. Su padre, Isaac Weston Maxim, sería el más pequeño de los siete hijos que tuvo el granjero. Isaac también fue agricultor y después de casarse con Harriet Boston Stevens se estableció en otra granja en el centro del estado de Main. Allí nacería Hiram Stevens Maxim, el primero de sus hijos, en el año 1840.

Isaac, el padre de Hiram, fue un hombre de una gran fortaleza física, y disfrutaba leyendo libros a la luz del fuego, por las noches, después de una dura jornada de trabajo en el campo. La madre de Hiram, aunque de baja estatura, también era de complexión robusta. Pronto Isaac abandonaría el oficio de agricultor, vendiendo su granja, para establecerse como tornero de madera. La familia prosperó adquiriendo un molino de agua lo que permitiría a Maxim asistir a la escuela hasta que cumplió los 14 años.

Hiram Maxim heredaría de sus progenitores su fortaleza física y de su padre una insaciable curiosidad por el funcionamiento de las máquinas y del mundo que le rodeaba. Durante los veranos, Hiram, trabajaría fuera de casa desde el amanecer hasta la puesta del sol y después ayudaría en el negocio familiar, hasta la hora de dormir. Maxim desarrollaría una extraordinaria habilidad en el uso de cualquier tipo de maquinaria, especialmente en todas las que trabajaban la madera. Desde muy pronto mostraría una capacidad de concentración y de trabajo extraordinaria, así como una voluntad y tenacidad excepcionales. Hiram Maxim conservaría de por vida su talante de hombre duro, haciendo gala de intransigencia frente a las reivindicaciones de sus obreros y su comportamiento con las mujeres revelaría una educación escandalosamente machista, a la más antigua usanza.

Cuando estalló la Guerra Civil, en 1861, sus dos hermanos se alistaron en el Ejército, pero Hiram, aunque también se inscribió en la milicia, permanecería en la retaguardia ya que la ley contemplaba que cuando dos miembros de la familia eran llamados a filas el resto quedaba exento de la prestación del servicio militar. Por entonces trabajaba como artesano a sueldo en los talleres de Maine, pero como los salarios no eran muy buenos en aquellas tierras, decidiría trasladarse hacía el río St Lawrence y a Montreal. Durante varios años trabajó como artesano, pintor, ebanista y carpintero, en distintas ciudades a lo largo de la frontera de Canadá con Estados Unidos. Además de sus habilidades como artesano, Hiram también tenía una aptitud especial para el boxeo y participaría en numerosas peleas. Incluso llegó a pensar en dedicarse profesionalmente a este oficio, asunto del que lo disuadiría su médico y otros allegados porque, según todos ellos, su cabeza, ojos y nariz eran demasiado grandes y vulnerables. En cualquier caso, Hiram adquiriría fama de hombre duro y peleón al mismo tiempo que su cualificación como artesano se incrementaría de forma progresiva, debido principalmente, al interés de Maxim por los libros y por adquirir el conocimiento detallado del funcionamiento de las máquinas y aparatos que manejaba. Hiram Maxim entendería desde un principio que la experiencia no podía sustituir al conocimiento y que un buen mecánico tenía que comprender los principios básicos del funcionamiento de sus máquinas. Maxim devoraba los libros buscando en ellos el conocimiento necesario para entender las leyes que gobernaban la mecánica. Maxim emprendía inmediatamente el estudio detallado de cualquier asunto que le pudiera interesar, auxiliándose para ello de los libros.

Poco antes de que finalizara la Guerra Civil, Maxim se trasladaría a Fitchburg, en Massachusetts para ponerse a trabajar en el taller de un hermano de su madre: su tío Levi Stevens. Muy pronto, Levi se daría cuenta de la extraordinaria capacidad de trabajo y de la constancia y tenacidad, así como del dominio que su sobrino tenía en el uso de la práctica totalidad de las máquinas herramientas. El taller de Levi Stevens recibiría el encargo de fabricar máquinas de producción de gas para una empresa de Boston. Estas máquinas se empleaban para alimentar las luminarias y utilizaban gasolina que había que distribuir, en algunas instalaciones a más de un centenar de lámparas, y que después de gasificarse se quemaba. Maxim despiezaría una máquina y dibujaría todas sus partes en apenas unos días. El trabajo del joven artesano permitiría al taller de Levi Stevens iniciar la fabricación en muy poco tiempo. Maxim diseñó un modelo de máquina muy avanzado y construyó un prototipo que, después de algunas modificaciones, funcionó mejorando las prestaciones de la máquina que estaban fabricando en el taller de su tío. Sin embargo, al ponerse en contacto con la casa de Boston hubo una serie de mal entendidos entre Maxim y su propio tío lo cual daría al traste con la relación entre ambos y el joven artesano terminaría trabajando para la empresa a la que Levi le suministraba las máquinas. El cambio de trabajo supuso que Maxim tuviera que desplazarse a Boston, pero también un incremento en su salario que pasaría a ser de dos dólares y medio, diarios, justo el doble de lo que le pagaba su tío.

Cuando finalizó la Guerra Civil, en 1865, Maxim dejó su empleo fijo y empezó a trabajar como consultor independiente, ofreciendo sus servicios de experto en máquinas de generación y distribución de gas. Sin embargo, su experiencia trabajando por cuenta propia, duraría poco tiempo ya que en 1867 se casó con Louise Jane Budden, en Boston , y probablemente en búsqueda de una mayor seguridad volvió a emplearse, esta vez en una empresa que fabricaba grandes motores marinos de vapor: la Novelty Iron. Su mujer Jane Budden, era de origen británico y con ella tendría un hijo, Percy, y dos hijas, Florence y Adelaide, que nacerían a lo largo de los ocho años siguientes. Sin embargo, la vida familiar de Hiram Maxim resultaría especialmente tormentosa durante aquellos años y el inventor no alcanzaría un cierto equilibrio emocional hasta la década de 1880, cuando se unió a la mujer con la que compartiría el resto de su vida: Sara Haynes. A pesar de todo, Maxim protagonizaría una serie de escabrosos episodios sentimentales que más tarde le originarían problemas.

Trabajando en la Novelty Iron, Maxim inventaría un dispositivo genial, precursor y demasiado avanzado para su época. El aparato consistía en un sistema dotado de un detector de incendios que activaba automáticamente un extintor y que enviaba una señal de alarma vía telégrafo cuando aparecía un fuego. Maxim intentaría vender este aparato, pero absolutamente nadie se interesaría por él. Diecisiete años más tarde se instalaría el primer detector automático de incendios con extintores en una fábrica de algodón de Boston, pero para entonces la patente de Maxim había pasado a ser de uso público. La invención de artilugios cuyo uso se extendería con excesiva tardanza fue una de las características que, según Hiram Maxim, marcaría su existencia.

Los directivos de la Novelty Iron destacarían, al poco tiempo, al imaginativo e inteligente capataz, que era Hiram Maxim, a la fábrica de Nueva York. Con este nuevo destino a Maxim también le llegaría un incremento salarial importante, pasando a ganar siete dólares y medio, diarios, lo cual hacía que sus ingresos se alinearan con los de la burguesía acomodada. La holgura económica sería, a partir de entonces, otra característica de su forma de vida.

En Nueva York, Hiram Maxim seguiría pensando en las grandes máquinas de distribución de gas para el alumbrado. Muchas instalaciones, edificios públicos, hoteles, necesitaban doscientas o trescientas lámparas y no había máquinas con capacidad para resolver los problemas que planteaban las grandes instalaciones. A Maxim se le ocurrió la idea de gasificar la gasolina, comprimir el gas y distribuirlo desde un depósito a una presión prácticamente constante. Con algún crédito bancario y con parte de sus ahorros Maxim emprendería la aventura empresarial creando su propia sociedad para fabricar grandes máquinas de producción de gas para los sistemas de alumbrado, abandonando su magnífico empleo en la Novelty Iron. Los negocios le irían bien y pronto atraería el interés de otros inversores, de forma que en el año 1873, Maxim se asociaría con Welch para producir motores de vapor y máquinas de generación de gas para el alumbrado.

Hacia el año 1876 empezarían a aparecer las instalaciones de luz eléctrica y esta fuente de energía se vislumbró como la que daría fin al gas para resolver el problema de la iluminación. Maxim era un hombre práctico e inmediatamente se dio cuenta del cambio de rumbo que iba a tomar el negocio del alumbrado en el que tenía invertidos casi todos sus intereses. Junto con el industrial neoyorquino, Spencer D. Schuyler, en 1876 creó la United States Electric Company.

Thomas Edison anunciaría en 1878 que iba a inventar la bombilla incandescente para la generación de luz eléctrica. Maxim no le tenía ninguna simpatía a Edison y Schuyler se apresuró a darle a Hiram un montón de libros, todos ellos en francés, sobre electricidad, para que se apresurase a desarrollar el invento anunciado por Edison. Hiram Maxim no sabía nada de francés, aunque luego lo aprendería y llegaría a hablar, por lo que no es fácil imaginarse como el ingenioso inventor logró extraer el conocimiento de aquellos volúmenes. La idea acerca de la bombilla eléctrica consistía en hacer pasar una corriente por un filamento delgado que al calentarse generaba la luz. El material del filamento, aceptado ya por la mayoría de los que habían investigado el problema, era el carbono. El problema que planteaba el filamento es que al ser prácticamente imposible construirlo con un espesor uniforme, se quemaba fácilmente por las partes más delgadas. Después de estudiar el problema con detalle, Maxim registraría una patente el 4 de octubre de 1878 “sobre el principio de preservar y construir carbones en una lámpara incandescente calentándolos eléctricamente en una atmósfera de hidrocarburos”. Pero, antes de iniciar la fabricación de las bombillas y los filamentos, utilizando este método, Schuyler recibiría la advertencia de otros técnicos de su equipo por la que el sistema propuesto por Hiram Maxim no estaba exento de peligro al poder explotar fácilmente la atmósfera con hidrocarburos gaseosos. Las reticencias a adoptar este método de fabricación de filamentos se resolverían con una serie de pruebas y finalmente con el informe elaborado por el profesor Van Der Weyde. Sin embargo, el profesor publicaría los experimentos en una revista científica y Mr. D. He se apresuraría a patentar la idea, pero de un modo mucho más amplio, sin saber de la existencia de la patente de Maxim. Se abriría entonces un conflicto entre Mr. D. He y Maxim por la patente que, ayudado el primero por el falso testimonio de su padre y de su hermano, logró convencer a los jueces de que su método era más genérico y que lo había experimentado con anterioridad a Maxim, con lo que la patente de Maxim quedaría sin efecto.

Muy pronto Edison llegaría a la conclusión de que el único modo de conseguir que las bombillas con filamentos incandescentes de carbono funcionaran durante un tiempo suficientemente largo, era hacer que los filamentos fueran homogéneos en cuanto a su espesor. Edison presentó pruebas, ensayos y resultados, cuestionando la patente de Mr. D. He y el caso volvería a reabrirse. El testimonio del profesor Van Der Weyde hizo que el tribunal, esta vez en 1880, reconociera la autoría del invento a Hiram Maxim, pero las leyes de Estados Unidos harían que el invento resultara ser de uso público. Aquella decisión le costaría a Maxim una gran cantidad de dinero que él estimaría en al menos un millón de dólares anuales, durante bastantes años. Sin embargo, Edison recurriría la decisión judicial sobre la patente, reclamando la autoría del invento. De enero a agosto de 1881 tres tribunales fallarían a favor de Hiram Maxim confirmando sus derechos sobre una patente que había sido declarada de uso público.

A lo largo de la década de 1870 Hiram Maxim trasladó el centro de interés de su actividad de los sistemas de iluminación con gas, a los eléctricos. A finales de esa década, aunque había perdido la oportunidad de explotar una extraordinaria patente de su invención relacionada con la fabricación de los filamentos de carbono, la empresa de Hiram Maxim y Schuyler trabajaba con éxito en la instalación de sistemas de iluminación de gas y eléctricos, mediante arcos, dinamos y finalmente bombillas. En 1881, los directivos de la sociedad de Maxim propusieron al inventor que se trasladara a París, como representante de la empresa en la Feria Internacional, para que visitara a todos los expositores con material eléctrico y revisase las patentes francesas sobre el mismo asunto. Para Maxim la oferta resultaría extraordinariamente atractiva al permitirle salir de Nueva York, lugar en el que su vida sentimental se estaba complicando.

En primavera de 1875 Hiram decidió mover a su familia a Fanwood, en New Jersey, unas 30 millas al oeste de Brooklyn, en donde nacería Adelaide, la tercera de sus hijos. Mientras su familia vivía en Fanwood, Maxim pasaba la semana en Nueva York y durante los fines de semana se desplazaba ocasionalmente a la residencia familiar. En 1877 la familia regresaría a Nueva York, aposentándose en el número 325 de la calle Union, en Brooklyn. A lo largo de aquellos años, Hiram pasaría muchos días fuera de casa y estableció algún tipo de relación con otra mujer llamada Helen Leigthon. Cuando, en 1881, su empresa le propuso viajar hasta París, Maxim aceptaría entusiasmado de inmediato.

El 14 de agosto de 1881, Maxim zarpó de Nueva York rumbo a Liverpool, en el Germanic, donde arribaría ocho días más tarde. Después de pasar la noche en Londres, alojado en un hotel cerca del Trafalgar Square, y contemplar por primera vez el río Támesis que le parecería extraordinariamente pequeño, se desplazó a París, con la idea de permanecer en aquella ciudad durante las seis semanas siguientes. La realidad es que, poniendo de su parte lo que pudo, y gracias a las circunstancias, Maxim ya no volvería a residir nunca más en Estados Unidos. Al poco de llegar a París, desde Nueva York se trasladaría para auxiliarle en sus quehaceres Sarah Haynes, mecanógrafa y taquígrafa que trabajaba con él como secretaria en Estados Unidos. Sarah era entonces una joven de unos 25 años, alta, rubia y muy hermosa, con quién Maxim posiblemente ya hubiera establecido algún tipo de relación. La cuestión es que al poco tiempo de estar en París, Hiram y Sarah trabajaban y vivían juntos. Más tarde, Hiram afirmaría que Sarah era su mujer con quién había contraído matrimonio en Nueva York, en 1880, lo cual era absolutamente falso ya que por entonces estaba legalmente casado con Jane.

La compañía de Maxim tenía una oficina y talleres en Londres, la Maxim-Weston Company, y, cuando finalizó su trabajo en París, desde Estados Unidos le pedirían que se desplazara a Inglaterra para supervisar los trabajos de la sucursal relacionados con la explotación de patentes en el Reino Unido. A finales de 1881, Maxim también tuvo la oportunidad de viajar a Viena por motivos profesionales y allí coincidiría con un compatriota suyo que le haría una confesión: “Maxim, olvídate de tus aparatos eléctricos. Si quieres hacer una fortuna inconmensurable y apilar el oro a toneladas, inventa una máquina de matar- algo que les permita a estos europeos cortarse los unos a los otros el cuello con mayor facilidad- eso es lo que quieren” . Hiram se quedó con esta idea grabada en la cabeza y como buen inventor se concentraría en buscar una solución al problema capaz de satisfacer una supuesta demanda social, sin importarle demasiado si se trataba de gas, electricidad, iluminación o simplemente matar a otras personas con mayor eficacia.

A Hiram se le ocurriría que aprovechando la fuerza de retroceso de un arma de fuego tenía que ser posible vaciar la vaina usada y cargar otro cartucho y así sucesivamente. Con esta idea se pondría a diseñar en su tablero de dibujo lo que llegaría a ser el gran invento de su vida: la ametralladora automática.

Las relaciones de Maxim con los directivos de la sucursal inglesa de la Maxim-Weston, llegarían muy pronto a ser desastrosas. A los ojos de Maxim, la planta londinense estaba sucia y desorganizada y los trabajadores actuaban, indisciplinadamente, de forma descoordinada. Acostumbrado a un sistema de trabajo mucho más duro y exigente, a Maxim, los obreros británicos le parecían excesivamente blandos y reivindicativos y sus jefes demasiado permisivos. El desencuentro con el director general y su equipo haría que Maxim, sin poder suficiente para imponer sus criterios, se encontrara tan incómodo en la factoría que decidiese alquilar otra fábrica, en Hatton Garden, para trabajar en el montaje de su nuevo invento.

En junio de 1883, Maxim patentó un mecanismo para disparar automáticamente utilizando la fuerza de retroceso de los proyectiles. Poco antes había hecho pruebas, de su primer prototipo, con un rifle Winchester con el que conseguiría vaciar un cargador con seis cartuchos en medio segundo. A continuación montó un modelo completo de ametralladora capaz de hacer fuego a una velocidad de diez cartuchos por segundo. Hiram Maxim invitó a muchas personalidades a sus instalaciones en Hatton Garden para demostrar el funcionamiento de su nuevo aparato. Entre los personajes ilustres que asistirían a sus demostraciones figuraría el duque de Cambridge, primo de la reina Victoria y Comandante en Jefe del Ejército británico, y el Príncipe de Gales, futuro Eduardo VII. A Maxim no le resultaría difícil convocar a gente importante, teniendo en cuenta que era un personaje de reconocido prestigio internacional. Sin embargo, sus primeros prototipos de ametralladora, aunque funcionaban correctamente, eran complicados, muy grandes y pesados. Muchos pensaban que aquél invento sería poco fiable en el campo de batalla. Maxim sabía que tenía que refinar su máquina antes de poder venderla a los ejércitos, que mostrarían desde un principio un gran interés por ella.

En 1884, sir Garnet Woseley, sucedió en el mando del Ejército británico al duque de Cambridge y, con la idea de probar la ametralladora en la guerra africana contra los guerreros Ashanti, iniciaría los trámites para realizar un pedido, incluyendo las especificaciones que debía satisfacer el aparato. Ese mismo año Hiram Maxim crearía la Maxim Gun Company y se asociaría a un grupo de industriales importantes del Reino Unido, encabezado por los hermanos Vickers.

También fue en 1884 cuando la vida privada de Maxim se vio envuelta en una serie de acontecimientos relacionados con su extraño comportamiento matrimonial. El escándalo se haría público en Estados Unidos, y pasaría con bastante discreción en el Reino Unido, donde Maxim vivía con Sarah Haynes. El 9 de junio de 1884, el New York Times publicó un artículo en el que daba cuenta de que una tal Helen Leigthon reclamaba ante los tribunales su condición de esposa legítima de Maxim con quién había contraído matrimonio, según ella, en enero de 1878 y con quién había vivido felizmente algunos años en una bonita casa de la calle 11 Norte de Filadelfia. Su marido, según el testimonio de Helen, se había marchado a Europa en 1881 y muy pronto dejó de enviarle dinero. Helen, que había viajado hasta París, pudo constatar cómo su esposo vivía con otra persona, Sarah Haynes, rodeado de lujos, y disfrutando de unos magníficos ingresos que estimaba en unos diez mil dólares anuales. El artículo del New York Times se fundamentaba en declaraciones hechas por Helen. Un mes más tarde, el mismo periódico volvió a tratar el asunto, esta vez incluyendo el punto de vista de los abogados y representantes que Hiram Maxim se apresuró a contratar. Los mandatarios de Maxim negaban por completo la veracidad de las afirmaciones de Helen. Según éstos, Maxim había conocido a la tal Helen en el Bowery, un lugar de mala reputación, y jamás vivió con ella en la casa de la calle 11 Norte de Filadelfia. Maxim, ya le había manifestado su disconformidad cuando se enteró de que Helen había tomado aquella casa en alquiler, cosa que hizo sin contar con su beneplácito. Los representantes de Maxim se despacharían muy a gusto diciendo que Maxim estaba casado y tenía una familia en Brooklyn.

Las turbulencias que levantaron aquellos artículos en el New York Times no irían más allá y en el Reino Unido el asunto tuvo poca notoriedad. Sin embargo, Jane Maxim, la que todavía era esposa legítima de Maxim según sus propios representantes aseveraban, posiblemente utilizó aquél hecho para acelerar los trámites de su divorcio. Antes de 1890 Jane y Hiram se divorciarían con lo que Maxim podría casarse de nuevo, esta vez con la que sería la mujer de su vida: Sarah Haynes. Pero, el asunto con Helen no quedaría zanjado y volvería a reaparecer en la vida de Hiram, años más tarde, con mayor virulencia.

La comercialización de su nuevo invento, la ametralladora, se llevaría a cabo con lentitud, no exenta de dificultades. La primera entrega, compuesta por tres unidades, para el Ejército británico la hizo en 1886. A partir de ese momento, las órdenes llegarían con altibajos y, a la espera de recibir del Gobierno británico un pedido importante, Maxim desarrollaría una intensa actividad comercial en toda Europa, viajando continuamente.

Otro de los problemas que tendría que resolver Maxim para vender su invento fue el que le plantearía Lord Woseley en relación con el humo que producían las ametralladoras. Disparando una docena de cartuchos por minuto, en poco tiempo el artillero se veía inmerso en una humareda que le hacía perder de vista a su enemigo, al mismo tiempo que se convertía en un blanco fácil de abatir. En 1888, Maxim introduciría la «maximite» un producto que llevaba su nombre -hecho con algodón explosivo, nitroglicerina y aceite de castor- que servía como material explosivo para los cartuchos con la ventaja de no producir humo. En la elaboración de la «maximite» trabajaría con Maxim su hermano Hudson que se desplazaría de Estados Unidos a Inglaterra para trabajar en este asunto. La autoría de la «pólvora sin humo» sería, posteriormente, un motivo de disputa entre Maxim y Hudson.

Con los pedidos que empezaron a llegar de otros países, el taller de Hatton Garden se quedaría pequeño por lo que Maxim decidiría abrir otra fábrica, en Crayford, Kent, a unas 15 millas al este del centro de Londres. Maxim también cambiaría de residencia, vendiendo su casa de Londres y alquilando una amplia mansión en Bexleyheath, cerca de Crayford. En su nueva residencia, Maxim y Sarah pasarían a estar en el punto de mira del vecindario. Los norteamericanos, eran para los locales, una pareja de excéntricos derrochadores que pronto se vería rodeada de un grupo de proveedores y sirvientes aprovechados. Los contratistas encargados de los arreglos domésticos les cobrarían precios desorbitados, mientras que los cocineros pedían víveres en exceso por los que percibían comisiones y el cochero compraba el doble de la avena que necesitaban los caballos, para revenderla. Conforme Hiram y Sarah fueron descubriendo aquellas tropelías y ponían orden en su negocio doméstico, crecía en Maxim el desprecio que siempre tuvo por la gente de las clases trabajadoras del Reino Unido.

En Crayford, Maxim descubriría que el sueco Thorsten Nordenfelt acababa de montar una fábrica en Erith, junto al Támesis, a unas 4 millas de Crayford. Nordenfelt era el inventor de otra ametralladora que funcionaba razonablemente bien y era su principal competidor en Europa. Muy pronto, los dos inventores llegaron a un acuerdo para trabajar juntos fusionando sus empresas creando la Maxim and Nordenfelt Guns and Ammunition Company Ltd. Maxim lideraría la planta de Crayford y Nordenfelt la de Erith. En total contaban con unos mil empleados y un catálogo con un amplio repertorio de armas, con más de cuarenta y cinco productos distintos.

Al cabo de muy poco tiempo, a mediados de 1889 la situación en las dos factorías empezaría a deteriorarse debido, principalmente, al contraste entre el espíritu reivindicativo de los trabajadores y el autoritarismo cerril de Maxim que hacía gala de su desprecio por la clase trabajadora, sus «malditos británicos», utilizaba la violencia para resolver los asuntos y no creía en la negociación como método para resolver las discrepancias con sus empleados. En noviembre de 1889 se desencadenó un paro laboral, motivado por la introducción de un sistema de destajo por el que los empleados cobraban en función del trabajo realizado. La huelga, que comenzó en la planta de Erith y se propagaría inmediatamente a la de Crayfield, contaba inicialmente con el apoyo de la totalidad de los trabajadores, los sindicados y los que no pertenecían a ningún sindicato. Al cabo de unos meses, con un grupo de trabajadores afectos a la empresa, se volvería a restablecer con muchas alteraciones la producción, pero la normalidad plena no volvería hasta septiembre de 1890 cuando el Sindicato desconvocó formalmente el paro por lo que el conflicto duró prácticamente un año.

Los problemas laborales- cuyo origen, según uno de los accionistas, el teniente coronel Dutton, estaba en el comportamiento de Maxim para con sus empleados- harían que los beneficios desapareciesen y el precio de las acciones bajara notablemente. El descontento de los inversores se haría visible con la dimisión de Nordenfelt, en enero de 1890, asumiendo Albert Vickers su posición en el Consejo de Administración y dejando a Maxim como único Director Ejecutivo de la Sociedad. Paradójicamente, a pesar de las muchas críticas que recibiría Maxim, la crisis se saldaría con un reforzamiento de su poder y con la salida de Nordenfelt con quién el norteamericano mantenía unas pésimas relaciones. Había tres motivos que justificaban la decisión de los accionistas. El primero sería la nacionalidad norteamericana de Maxim que hacía que, en él, las palabras tuviesen un valor distinto al que tendría en boca de un británico. Su bien conocida frase de estos «malditos británicos», sonaba con acento americano de modo muy diferente y cabía una interpretación según la cual carecía de intención ofensiva. El segundo motivo, era el carisma de Maxim que suscitaba el respeto de sus trabajadores, debido a su conocimiento del oficio y del funcionamiento de las máquinas herramientas, así como a su extraordinaria fortaleza física que hacía patente trasladando por la fábrica pesos que ninguno de sus empleados se atrevería a levantar del suelo. Y el tercer motivo, sin duda el más importante de todos, era su prestigio internacional como inventor y hombre de negocios, que le facilitaba el acceso a las personas con el poder de decisión necesario para continuar acrecentando el volumen de la cartera de pedidos de la sociedad.

Una vez resuelta la crisis en la fábrica, Maxim volvió a centrar su atención en sus asuntos privados. Hiram Maxim se relacionaba en Londres con miembros de la alta y excluyente sociedad británica, políticos, industriales, aristócratas, y hasta llegaría a granjearse la amistad del Príncipe de Gales. A los ojos de la Inglaterra victoriana, la convivencia de Hiram con Sarah no dejaba de ser un hecho pecaminoso, aunque fuera algo que seguro que le importaba bien poco al permisivo heredero y futuro Rey Eduardo VII. Sin embargo, Maxim llegó a la conclusión de que era conveniente cubrir las apariencias y organizó su boda, con todo esplendor y lujo. La ceremonia se celebró el 10 de septiembre de 1890, en la oficina del registro del distrito de St George Hannover Square que entonces estaba en la calle Mount, situada en el exclusivo barrio de Mayfair, en Londres. Curiosamente, en el registro, Maxim haría que quedara constancia de que Sarah y él se habían casado previamente en Nueva York, el 12 de agosto de 1880. Esta declaración era completamente falsa ya que por entonces Hiram estaba legalmente casado con su primera esposa, Jane.

Después de su boda, en Londres, Maxim viajaría a Nueva York y a Méjico. En Nueva York haría unas declaraciones al New York Times relacionadas con sus iniciativas en el campo de la aeronáutica. En estas primeras manifestaciones, muy comedidas, diría que con un presupuesto inicial de unos diez mil dólares estaba investigando en Baldwyns Park el modo de propulsar una aeronave. Más tarde, a su vuelta a Nueva York desde Méjico y antes de zarpar rumbo a Inglaterra envió una carta al New York Times en la que expondría en relación con sus investigaciones aeronáuticas, «que había encontrado en sus experimentos que era necesario disponer de una velocidad de al menos 30 millas por hora, que 50 serían aún más favorables y que las 100 eran alcanzables…» y, haciendo gala de su proverbial inmodestia, añadiría a continuación que «tanto si triunfo como si no, los resultados de mis experimentos serán publicados y, puesto que soy el único que jamás haya intentado el experimento de una forma integral, con aparatos delicados y exactos, la información que seré capaz de suministrar tendrá más valor, para los que experimenten a partir de ahora, que todo que se ha publicado hasta la fecha». La realidad es que Maxim publicaría los resultados de sus experimentos en el año 1908, cuando los Wright ya habían volado, en un libro titulado Artificial and Natural Flight, haciendo honor a la tradición según la cual los inventores se vuelven poco comunicativos cuando creen que están cerca de conseguir el éxito y muy locuaces cuando están seguros de no alcanzarlo.

La patente de la máquina de volar, registrada por Maxim en Inglaterra en 1889, describía un aparato que a lo largo de los años siguientes sufriría ciertas modificaciones. Con este diseño, Hiram Maxim, el famoso inventor de la ametralladora, comenzaría sus ensayos y pruebas aeronáuticas que lo tendrían ocupado casi por completo hasta 1894.

Extracto de El secreto de los pájaros
http://www.elsecretodelospajaros.com

Hiram Maxim (II), el aeronauta

Sir Hiram Maxim (III)

Vehículos aéreos personales

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Jess Dixon, 1941

Según la NASA un vehículo aéreo personal (PAV) es una clase de aeronave cuyas características permiten que el vuelo resulte tan sencillo y accesible como la conducción de automóviles. Tiene que ser capaz de facilitar el transporte “puerta a puerta”, disponer de una autonomía de al menos 1300 kilómetros, desplazarse a una velocidad de 240 a 320 kilómetros hora. Cualquier persona con una licencia de conducir podría pilotarlo y debe ser seguro, confortable, silencioso, energéticamente eficiente, además de disponer de sistemas que le permitan operar en condiciones meteorológicas adversas.

Los automóviles capaces de volar se inventaron hace muchos años. En 1949 el Taylor Aerocar, del que se fabricaron seis unidades, podía desplazarse por tierra a unos 95 kilómetros por hora y en vuelo alcanzaba los 175. Las alas eran plegables y en la parte posterior del automóvil se montaba la hélice que hacía girar el motor del vehículo. El Aerocar funcionó correctamente pero no se vendió porque no hubo gente interesada en comprarlo. Años más tarde, en la década de los 70, Taylor quiso fabricar otro modelo. Entonces se topó con la doble regulación, la que afectaba a los fabricantes de automóviles y la aeronáutica. Diseñar un producto capaz de satisfacer ambas le resultaría prácticamente imposible y el Aerocar III, el último, también fue un fracaso.

En los años 50 del siglo pasado, el fabricante de automóviles Ford hizo un estudio de mercado cuyas conclusiones apuntaban a que existía una demanda potencial en la policía, bomberos, ambulancias y particulares con alto poder adquisitivo, suficiente como para que el automóvil aéreo fuera un negocio rentable; sin embargo, la Federal Aviation Administration (FAA) responsable de la gestión del espacio aéreo, no pudo comprometerse a facilitar el acceso masivo al espacio a este tipo de medio de transporte. Con posterioridad se intentó fabricar un automóvil aéreo, que era un cruce entre el Ford Pinto y la Cessna Skymaster, en 1974, pero el híbrido no llegó a producirse al fracasar las pruebas en las que hubo varios accidentes.

Otro referente en el mundo de los coches que vuelan es el Skycar. El ingeniero Paul Moller durante los últimos 50 años lleva gastados más de 100 millones de dólares en el desarrollo de su automóvil aéreo: el Skycar, que dispone de cuatro rotores y puede despegar y aterrizar verticalmente. Los motores son rotatorios, del tipo Wankel, extraordinariamente ligeros.

Quizá, el producto de este mercado que ha tenido un desarrollo más rápido y prometedor, durante los últimos años, ha sido el Terrafugia. La empresa fue creada en 2006 por un equipo de graduados en ingeniería aeronáutica y administración de empresas del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Carl Dietrich, el principal directivo, aportó los primeros 30 000 dólares para formar la sociedad que posteriormente se han ido ampliando hasta alcanzar un capital de 10 millones de dólares. El Transition de Terrafugia, completó la primera fase, de un total de seis fases de vuelos de prueba, en mayo de 2012. El Transition, con las alas plegables en los costados, doble timón vertical y una hélice de empuje en la parte posterior, parece un insecto volador gordo, como un abejorro, aunque simpático en apariencia.

Terrafugia sigue con su programa de vuelos de prueba del Transition, pero ya acepta órdenes. El precio del coche volador es de 279 000 dólares y se puede hacer una reserva con un depósito de 10 000 dólares. Cumple con todos los requisitos para circular por las carreteras como un coche normal, puede operar en 5000 aeropuertos distintos en Estados Unidos, cuenta con un paracaídas y cabe en un garaje. A una velocidad de 160 kilómetros hora tiene un alcance de 660 kilómetros, lleva dos pasajeros y lo mueve un motor de 100 caballos. En la actualidad Terrafugia ya tiene 100 pedidos del Transition que, de acuerdo con el plan previsto, empezará a entregar a partir del año 2015.

El desarrollo de los automóviles aéreos ha vuelto a tomar fuerza a comienzos de este siglo y es muy posible que esta vez se queden y pasen a formar parte de la colección de artefactos que utilizamos para movernos por la Tierra. Los problemas que tienen que superar estos aparatos para convertirse en algo práctico son técnicos, económicos, de prestaciones y regulatorios. Acomodar el diseño a la normativa de circulación en vías terrestres y aéreas, de forma simultánea, es un reto. Motores muy ligeros y potentes, hélices de alto rendimiento y materiales livianos, como la fibra de carbono, parece que van a permitir superar las cuestiones de orden técnico. El automóvil aéreo, desde un punto de vista tecnológico, hoy es posible.

Las prestaciones del automóvil volador sí influirán de modo definitivo en el éxito de su desarrollo, a medio plazo. El Transition de Terrafugia no tiene unas prestaciones muy atractivas. La carga de pago está limitada a 227 kilogramos, solo puede transportar dos personas y necesita una pista de despegue para operar. La mayor parte de las limitaciones operativas del Transition no las impone la tecnología sino que, como veremos un poco más adelante, son condicionantes de la normativa actual. En este sentido, Terrafugia ha anunciado el desarrollo de un nuevo producto, el TF-X con capacidad de despegue vertical, y acomodo para cuatro pasajeros, aunque ya advierte que es un producto que no estará en el mercado hasta dentro de unos diez años ¿Cuál es el problema? En realidad el problema está en que la normativa y la infraestructura de la gestión del espacio aéreo actuales no son capaces ni de certificar ese aparato ni de permitir que vuele. Terrafugia espera que dentro de diez años eso sea posible.

En cuanto al precio, si tomamos como referencia el Terrafugia, es caro; pero, la experiencia nos dice que en la medida en que el producto se introduzca en el mercado, haya competencia y se produzca en cantidades mayores, el precio disminuirá. No creo que, a la larga, el precio vaya ser el factor que inhiba la proliferación de estos aparatos.

El factor que limita en mayor medida el desarrollo de los coches voladores es la infraestructura de gestión del espacio aéreo y la normativa aeronáutica. Uno de los objetivos del Transition es simplificar al máximo los requerimientos exigibles al piloto. Para ello, Terrafugia quiere certificar su aparato como un avión deportivo ligero (Light Sport Aircraft, LSA) lo cual facilita la obtención de la correspondiente licencia a los pilotos del Tansition. Sin embargo, la FAA impone a este tipo de aparatos una serie de restricciones, como la de que su uso no puede ser comercial y solamente están autorizados a llevar a un pasajero, además del piloto.

Para que los automóviles aéreos se conviertan en un transporte de masas es preciso que el vuelo sea completamente automático. La función del piloto tiene que limitarse a introducir el destino y muy pocas actuaciones más, en caso de emergencia. Por tanto, el automóvil volador tiene que estar certificado para un tipo de vuelo que hoy no puede hacerse. Cuando el piloto introduzca su plan de vuelo, el sistema de gestión del espacio aéreo tiene que ser capaz de analizar el tráfico actual y el previsto, la meteorología, calcular una ruta y notificar al automóvil volador si está autorizado a despegar y cuándo. Y el automóvil aéreo deberá despegar automáticamente, volar la ruta asignada y aterrizar en el destino elegido sin intervención del piloto. La operación tendrá que efectuarse con un nivel de seguridad muy superior al asociado al movimiento de automóviles en las carreteras de hoy. Hoy, la tecnología nos permite construir una máquina eficiente capaz de efectuar este tipo de operaciones, pero la normativa y la infraestructura de gestión del espacio aéreo no.

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

Howard Hughes y Ángeles del infierno

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Clarke y Roy Wilson en la película Ángeles del infierno- 1930

En el año 1921 Bo Hughes, el padre de Howard, ya era un hombre muy rico. Bo había inventado una barrena para perforar pozos de petróleo y su empresa empezaba a tener éxito. Vivía con su familia en Houston, en una lujosa mansión georgiana con más de quince habitaciones diseñada por un famoso arquitecto y construida con mármoles y maderas nobles. Ese mismo año, cuando su hijo Howard, a quien llamaban en casa Sonny, iba a cumplir dieciséis años años lo enviaron a la escuela Thacher en Ojai, una pequeña ciudad del sur de California, situada a unas cincuenta millas de distancia de Hollywood. El motivo del cambio fue que los padres pasaban largas temporadas en California donde tenían una residencia en la isla Coronado de San Diego. En la Thacher, Sonny fue uno de los alumnos más aventajados de Física que nunca tuvo la escuela y destacó en álgebra y matemáticas; también montó un equipo de radio con el que se comunicaba con otros aficionados como él de todo el mundo. Cada alumno podía elegir la actividad que más le gustase y Sonny descubrió la equitación. A caballo, disfrutaba paseando por los solitarios parajes del valle Ojai. Aquél verano, Sonny también descubrió el cine cuando pasó unas largas vacaciones en la casa de su tío Rupert, escritor y guionista, hermano de su padre, en Los Angeles. Todas las tardes acudían a alguna sala de proyecciones para ver películas, algunas filmadas con guiones del propio Rupert. Pero, el más desagradable de los descubrimientos, que haría Howard aquél año, fue el trato vejatorio que su tío daba a su esposa Adelaide. Rupert disfrutaba con casi todos los vicios imaginables y es posible que, durante aquellos años, mantuviera relaciones sexuales con su propio sobrino.

El 29 de marzo de 1922, la madre de Howard, Allene, murió en Houston. La habían ingresado en el hospital para efectuarle un raspado de matriz y cuando le pusieron la anestesia falleció. La madre de Sonny tenía treinta y ocho años y hacía algún tiempo que vivía separada de su marido Bo que mantenía un romance con Eleanor Boardman, una actriz que en ese momento estaba rodando la película Almas en venta, cuyo guión era de Rupert. Bo Hughes, muy afectado por la muerte de Allene, sacó a su hijo de la escuela Thacher para poder estar más cerca de él y consiguió que ingresara en el Instituto de Tecnología de Pasadena. Como Sonny no tenía los estudios básicos necesarios para entrar en el Instituto, su padre pagó un soborno y lo aceptaron.

En poco tiempo, Howard tendría que hacer frente a desgracias familiares que cambiarían su vida. Su tía Adelaide, esposa de Rupert, se embarcó en un crucero por Oriente para recuperarse de una operación en la que le habían extirpado un tumor canceroso. Las relaciones con su marido habían sido muy tormentosas durante los últimos meses porque el escritor tenía un romance con una actriz secundaria. Adelaide no superó la crisis y se suicidó colgándose con una correa de cuero, de sujetar equipajes, en el camarote del barco, el 13 de diciembre de 1923. Aún no se había recuperado del dolor que le produjo aquella muerte cuando el 14 de enero su padre, Bo Hughes, falleció de forma repentina en su despacho, víctima de un accidente cardiovascular.

Sonny, que acababa de cumplir dieciocho años, viajó a Houston para asistir al entierro de su padre y convertirse en Howard para siempre. En su testamento Bo había legado una cuarta parte de su empresa a su esposa Allene y otro tanto a su hijo; el resto se lo cedió a los abuelos de Howard y su tío Félix. Rupert quedó excluido de la herencia. Desde un primer momento Howard manifestó su deseo de administrar los bienes de su propiedad, aunque no tuviera la edad legal para hacerlo y se viera obligado a solicitar un permiso judicial para ello. El joven huérfano también decidió fijar su residencia en Houston y no volver al Instituto en California. En diciembre de 1924, Howard consiguió liberarse de la forzosa tutela a la que quería someterlo su tío Rupert y compró a su familia la parte de la empresa que no era suya. También tuvo que pagar los dispendios de su padre Bo, en joyas, pieles y artículos de lujo que guardaba Eleanor Broadman en sus armarios. Para consolidar su imagen de respetable administrador y hombre de negocios decidió buscar una mujer que pudiera convertirse en su esposa y casarse con ella. La elección recaería sobre Ella Rice, una joven de buena familia, discreta, abstemia, que bailaba bien y no hablaba demasiado y a quien Howard conocía desde que era niño. A los Rice les entusiasmó la idea de emparentar con los Hughes y la fastuosa boda se celebró en Houston el 4 de junio de 1925 con una espléndida ceremonia en la magnífica residencia de William y Libby Farish; Dudley Sharp, amigo también de los novios desde la infancia, ofició de padrino en tanto que Libby sería la madrina. Ninguno de los miembros de la excéntrica familia de Howard, los Hughes, asistió a la ceremonia.

Después de una desastrosa luna de miel en Nueva York, los recién casados se incorporaron a la residencia familiar del magistrado Hughes en Los Ángeles. Los abuelos de Howard se dispensaban un trato muy formal y su amplia mansión era el refugio de sus tíos cuando cambiaban de pareja o tenían problemas. Allí convivían los Hughes en un ambiente que, más que al de una familia, se asemejaba al de una residencia para adultos con problemas siquiátricos. Howard y Ella no pudieron soportar durante mucho tiempo el entorno familiar y se trasladaron a vivir al hotel Ambassador.

A partir de aquél momento, el extraño multimillonario que fue Hughes iría mostrando todas las facetas de su personalidad. Howard no llegó a ser nunca un industrial, un financiero, un artista, o un hombre de negocios, se limitó a ser Howard Hughes. Muchos estudiosos de su vida han intentado explicarla mediante complejos términos sicológicos o siquiátricos; para Charles J. Kelly, uno de sus biógrafos, Howard fue siempre un niño al que le gustaban las mujeres, los aviones y las películas. Según Kelly, todo en Howard Hughes se puede explicar desde el punto de vista de un ser inmaduro al que le apetecía disfrutar de esas tres cosas.

Hughes fue un hombre alto y delgaducho aunque fibroso, de grandes ojos, que caminaba con la cabeza inclinada hacia adelante. Solía vestirse con desaliño, con prendas mal planchadas que le venían grandes; tenía un aspecto aniñado que inspiraba compasión a las mujeres. A lo largo de toda su vida coleccionó una interminable lista de amantes con las que mantuvo unas relaciones muy superficiales. Podía ser dulce y suave, aunque oía mal y muchas veces gritaba al hablar; su voz era nasal, aflautada y desagradable. Su aspecto apocado, no desvelaba su verdadero talante, despótico, arrogante, abrasivo, cínico, desconsiderado y a veces agresivo. Había heredado de su madre el pánico a los contagios, la contaminación y las bacterias; también era un hipocondríaco como ella y estaba lleno de manías relacionadas con su higiene y alimentación. Se sometía a una estricta dieta de huevos, leche, galletas con chocolate, filetes y guisantes; era abstemio, no fumaba, no tomaba café ni probaba ninguna verdura que tuviera hojas y su extraño régimen le produjo siempre estreñimiento. Pasaba largas horas sentado en la taza del váter, lugar en el que no le importaba recibir a sus colaboradores y celebrar reuniones, mientras hacía esfuerzos por defecar sin importarle el mal olor que tenían que soportar sus invitados. Podía pasar largas horas leyendo el Wall Street Journal; los balances y estados financieros de empresas, junto con los manuales técnicos, le interesaron siempre más que la literatura, la filosofía y el arte. Howard Hughes, a diferencia de su padre Bo, que era un hombre extrovertido y muy sociable, fue un personaje solitario e introvertido, amante de los secretos y vivió pleiteándose con todo el mundo, casi por cualquier motivo. A pesar de su introversión buscó la aprobación y el reconocimiento del público en general, deseó la fama, pagó a sus propios biógrafos y demandó a quienes escribieron sobre su persona sin su consentimiento y aprobación. De otra parte, Howard Hughes fue un gran innovador, buen técnico, excelente piloto, hábil con las herramientas, decidido y valiente, y tuvo una visión especial para los negocios.

Howard Hughes llegó a poseer una fortuna extraordinaria que administraron sus allegados, gracias a los cuales se libró de la ruina y la cárcel, aunque no pudieron evitar que terminara siendo víctima de sus propias neurosis. El día de Acción de Gracias de 1925 Howard contrató a Noah Dietrich. Hughes buscaba una persona de confianza que le ayudara a gestionar sus negocios para poder utilizar su tiempo en hacer lo que le gustara. El joven empresario no tenía ninguna referencia de Noah que había trabajado como cajero en un banco, de auditor en una empresa inmobiliaria, de administrador en una petrolera y como ejecutivo en empresas automovilísticas. Noah se trasladó a vivir al hotel Ambassador con su familia para estar junto a Hughes. Como máximo responsable de los negocios de Howard Noah fue contratado con un magnífico salario de 10 000 dólares anuales; en muy poco tiempo conseguiría ganarse la confianza de su jefe y permaneció en su puesto durante más de tres décadas.

Howard se interesó por el cine y produjo una primera película que no tuvo ningún éxito. Después de este fracaso contrató a un director para hacer una segunda que logró que la vieran algunos espectadores y con su tercera película, Hermanos de armas, dirigida por Lewis Milestone, consiguió su primer éxito al ganar un oscar en 1928.
Su relación con Ella se deterioraría rápidamente porque Howard empezó a salir con una joven actriz Carole Lombard, mientras que Ella pasaba más tiempo en Nueva York con su hermana Libby y en Houston, con su familia.

La película en la que Hughes puso todo su empeño fue Ángeles del infierno, una historia de combates aéreos- ambientada en la primera guerra mundial- que empezó a rodar en 1927. Howard se identificó tanto con su producción cinematográfica que decidió aprender a volar y en otoño de ese mismo año contrató a Chuck La Jotte para que lo instruyese. Según La Jotte- que entonces tenía la misma edad que Hughes, 22 años- Howard era un piloto extraordinario. En diciembre de 1927 pasó el examen de piloto privado y en agosto del año siguiente consiguió la licencia de piloto comercial.

Para rodar Ángeles del infierno, Hughes no escatimó ningún medio. Compró decenas de aeronaves de época, contrató a millares de figurantes, construyó una gigantesca maqueta de un zepelín y contrató los mejores pilotos para filmar espectaculares escenas de combate aéreo. Movió cuadrillas enteras de pilotos y aeronaves a sitios donde se suponía que el cielo y las nubes tenían el aspecto que deseaba para su película y filmó trescientas veces más metros de celuloide de lo que normalmente se hacía en una película ordinaria que tuviera la misma duración. Gastó unos cuatro millones de dólares, una cifra que tuvo que pagar Noah Dietrich con dinero de las empresas del joven cineasta, escandalizado. Compró los terrenos de Inglewood Field, el lugar en donde actualmente se encuentra el aeropuerto de Los Ángeles, para montar una réplica de una base aérea británica; en una enorme extensión de terreno ubicada en Chatsworth, en el valle de San Fernando, situó la base alemana. No pudo encontrar ningún bombardero alemán Gotha y tuvo que modificar un Sikorsky para sustituirlo; los Avros británicos también los tuvo que reemplazar por Curtiss Jenny norteamericanos. Se trajo expertos de Alemania para que construyeran los interiores de un gran zepelín. La secuencia del incendio del dirigible le costó cerca de medio millón de dólares. Durante el rodaje perdió varios aviones; uno de ellos lo destrozó él mismo al hacer una prueba que uno de sus pilotos le desaconsejó. Hughes quería que un Thomas Morse Scout después de despegar hiciera un viraje a la izquierda, antes de picar. Frank Clarke, un piloto acrobático, le dijo que con el motor rotatorio Le Rhone que llevaba ese aeroplano el par giroscópico le haría perder el control si trataba de efectuar esa maniobra. Hughes despegó para intentarlo y la advertencia de Frank se hizo realidad por lo que el aeroplano- con el productor a bordo- se estrelló. Hughes sufrió una herida importante en la mandíbula que le causaría problemas durante el resto de su vida.

Hughes disfrutó como un niño con el montaje de los escenarios, la adquisición del material de vuelo, la contratación de los pilotos, los técnicos y las modificaciones de las aeronaves, la confección del guion y el diseño y la preparación de las batallas aéreas. Se tomó la licencia de pintar de blanco a los aeroplanos de los aliados y de negro a los alemanes para facilitar a los espectadores la visualización de los aparatos durante el combate aéreo.

La historia, protagonizada por dos hermanos- uno snob y el otro mojigato, víctimas de una rubia ordinaria que engaña a ambos- se desarrollaba en Inglaterra, lo que le traería complicaciones que no podía prever cuando empezó a rodar la película. Hughes contrató a Ben Lyon para el papel de hermano mayor y a James Hall para que hiciera de mojigato; una noruega, Greta Grissen, hizo el papel de aristócrata británica enamorada de los dos hermanos.

Hughes se hizo muy amigo de Ben Lyon que era un hombre extrovertido, inmoral y alegre. Dejaban a sus respectivas amantes para irse de juerga a casa de Hughes o al rancho San Simeon, de William Randolph Hearst, con jóvenes aspirantes dispuestas a participar en sus orgías a cambio de un posible contrato como actrices secundarias. También iban juntos a los casinos flotantes, en la frontera mexicana, para jugar al black-jack y la ruleta. Jugaban juntos al tenis y al golf; hacían carreras de coches en polvorientas carreteras secundarias y a veces los sorprendieron en actitudes muy tiernas por lo que algunos llegaron a pensar que entre ellos había algo más que amistad. A Hughes también le gustaba pasar el tiempo en compañía de sus pilotos, jugando al póker o a la herradura, mientras ellos fumaban y bebían su licor de contrabando y él tomaba limonada. Pasaba mucho tiempo encerrado en una caseta con un váter que había construido en el complejo aeronáutico; allí revisaba planos, documentos y diseñaba maniobras para los combates aéreos.

Hughes empleaba también sus aviones y pilotos para sus desplazamientos por motivos personales. Lo transportaban hasta Palm Spring para que se acostara con su amante Carole Lombard los fines de semana, o al Club de Campo de San Gabriel para jugar al golf. Algunos días acudía a varios sitios, distantes unos de otros, azuzando a los pilotos para que se dieran prisa. Howard era muy exigente con los pilotos y siempre quería rodar escenas en las que arriesgaran hasta el límite de sus posibilidades. Durante el rodaje se produjeron varios accidentes en los que algunos de sus empleados perdieron la vida; para Hughes eso tenía poca importancia ya que le parecía que aquello era una guerra de verdad en la que podían ocurrir esas cosas.

Cuando la película estaba prácticamente rodada, en 1929, apareció el cine sonoro y las películas mudas, como era entonces Ángeles del infierno, perdieron de golpe todo el interés del público. Hughes decidió sonorizar su obra y tuvo que repetir una gran parte del rodaje y hasta cambió a la protagonista porque tenía una voz horrible y hablaba mal en inglés. A la noruega Greta Grissen la sustituiría por la estadounidense Jean Harlow y se trajo de Inglaterra un director de teatro, James Whale, para que ambientara las escenas que se suponía que ocurrían en Londres y Oxford. El británico tuvo que pelearse con el acento norteamericano de los artistas, con poco éxito.

En 1929 y durante una de las visitas que hizo Ella a la residencia que los Hughes tenían en Los Ángeles, en la calle Muirfield, encontró en la habitación ropa que debería pertenecer a Carole Lombard y aquello sería el detonante que le haría solicitar el divorcio a su marido. Howard reaccionó mal y durante años mantendría la habitación de Ella en su casa de Muirfield cerrada, tal y como la dejó su ex – mujer el día que lo abandonó. Pero, a pesar de su desairada reacción Hughes ya había puesto sus ojos en otra escultural artista, morena de grandes ojos: Billie Dove. Se la presentó la amiga de William Randolph Hearst, Marion, en San Simeon durante una de las orgías que organizó con Ben Lyon.

Howard dejó a Carole Lombard para salir con Billie Dove que estaba casada con un boxeador, Irvin Willat. Cuando Billie abandonó a su marido para disfrutar de su apasionado romance con Howard el boxeador se negó a facilitarle el divorcio. Hughes no quería prescindir de su relación con Billie y temeroso de que lo acusaran de adulterio y aquello le costase una parte importante de su fortuna decidió pagar a Willat para que se divorciase de Billie. En un principio el boxeador le pidió un millón de dólares, pero el negocio se cerró en trescientos veinticinco mil dólares, una cantidad desorbitada a juicio de Noah Dietrich que tuvo que recoger el dinero y entregarlo en billetes al abogado del marido de Billie Dove. Su nueva compañera no le saldría barata a Hughes porque después de comprarle el divorcio la jovencita se encaprichó con un yate de cuarenta y ocho metros de eslora por el que la empresa de Hughes pagó trescientos cincuenta mil dólares. Para amortizar sus inversiones, Howard solía pasar con Billie los fines de semana en el barco.

El 29 de mayo de 1930 Howard se vistió de negro y se puso una corbata, Billie Dove lo acompañó con un precioso traje blanco y los dos entraron en la sala Grauman justo cuando cincuenta aviones sobrevolaban sus cabezas. Detrás de ellos, Ben Lyon, James Hall, Jean Harlow, Charlie Chaplin y un nutrido y selecto grupo de personalidades del cine formaban la comitiva que asistió a la inauguración de una de las películas más caras de la historia del cine: Ángeles del infierno. Los espectadores tuvieron que contener la risa en algunas escenas ambientadas en Londres y Alemania, pero cuando los aviones, el zepelín y los combates aéreos aparecieron en escena se escucharon aplausos y al final de la película la sala entera se puso en pie para cerrar el acto con una ovación que duró más de veinte minutos. Quizá fuera la noche más feliz de Howard Hughes. Ángeles del infierno fue un éxito en todo el mundo, pero no aportaría suficiente dinero como para recuperar los cuatro millones de dólares que había costado la película. Sin embargo, Hughes se convirtió en un productor importante, aunque ajeno al mundo tradicional del cine dominado por MGM, Warner y Paramount que consideraban a Howard un advenedizo. Desde el punto de vista financiero Howard solo había gastado dinero en su aventura cinematográfica y de 1925 a 1929 Noah Dietrich aportó los fondos para satisfacer los dispendios de su jefe.

Noah había incrementado el valor de las Hughes Tool Company de un millón de dólares a más de cincuenta, en aquellos cuatro años. El directivo de Howard consiguió que la barrena de la empresa se adoptara prácticamente en todas las explotaciones petrolíferas del mundo, desarrolló una nueva versión y manejó la sociedad con tal acierto que de no haber sido por él con casi toda seguridad Howard se habría arruinado.

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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Exoplanetas

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Gliese 581 y sus cuatro planetas interiores. Imagen: NASA

Cuando contemplamos el cielo en una noche despejada y oscura, sin luna, en un lugar poco afectado por la contaminación luminosa, podemos observar miles de estrellas. Son minúsculos puntos luminosos que parpadean vigilantes. Esas lejanas estrellas, como nuestro Sol, son una masa incandescente en la que se producen reacciones nucleares de fusión. Incluso si utilizamos unos prismáticos o un telescopio, el paisaje celeste seguirá estando dominado por las estrellas. Los cuerpos celestes, como la Tierra, que giran en torno a esas luminarias, permanecen ocultos, el resplandor de las estrellas ciega nuestros ojos y no podemos verlos.

Muchas estrellas poseen sus propios planetas, al igual que el Sol, que orbitan en torno a las mismas. Pero, nuestros ojos no pueden ver los planetas de las estrellas lejanas. Cuando, algún día, dispongamos de naves con las que nos resulte menos difícil viajar por el espacio, cabe la posibilidad de que nos desplacemos a otros planetas, pero no podremos acercarnos a las estrellas, así que nuestros futuros destinos han sido hasta hace muy poco tiempo unos desconocidos. Además, si existen otros seres vivos en el Universo, tienen que habitar en alguno de esos planetas que por las noches no vemos.

Los astros que giran en torno a estrellas distintas del Sol se conocen con el nombre de “exoplanetas”. La observación de los “exoplanetas” no puede hacerse directamente con un potente telescopio ya que desde la Tierra se ven muy próximos a la estrella y el resplandor los oculta. Para detectarlos los astrónomos estudian los efectos que dichos planetas producen en la apariencia de la estrella y normalmente se emplean cuatro métodos. El planeta puede alterar, con su campo gravitatorio, el movimiento de la estrella. Estudiando los desplazamientos del centro de gravedad de una estrella puede inferirse la presencia de un planeta. El segundo método consiste en ver si la radiación de la estrella, se desplaza hacia el azul y luego hacia el rojo, de forma periódica. El planeta, al describir su órbita, “tira” de la estrella acercándola o alejándola de nuestro punto de observación con lo que el espectro de la radiación se desplaza hacia el azul primero y hacia el rojo después, por el efecto Doppler. Este método se conoce como el de “cambios inducidos por la velocidad radial”. El tercer método se llama de “tránsito”, ya que consiste en detectar las alteraciones en el brillo de la estrella cuando el planeta se interpone en su disco y el observador. El cuarto método se basa en el efecto de curvatura de la luz de la estrella que produce el campo gravitatorio del planeta. Cuando pasa por delante del disco, este fenómeno actúa al igual que una lente por lo que aumenta la intensidad de la radiación que nos llega de la estrella.

Los primeros exoplanetas se descubrieron en la década de los 90 del siglo pasado. El grupo suizo de Michel Mayor y Didier Queloz anunciaron, el 6 de octubre de 1995, la existencia de un planeta de la estrella 51 Pegasi, al que llamaron 51 Pegasi b. Poco después, un equipo de la Universidad de California, dirigido por Geoffrey Marcy, descubrió la existencia de dos exoplanetas más. Hoy, la NASA tiene catalogados 881 exoplanetas.

Desde hace algunos años a esta parte las organizaciones espaciales de diversos países han puesto en marcha proyectos para identificar exoplanetas y estudiar sus propiedades. Uno de los mayores atractivos de estos proyectos es la posibilidad de localizar vida en el espacio, por lo que los estudiosos están interesados en encontrar planetas con características similares a las de la Tierra.

En nuestra galaxia es posible que haya unos 300 000 millones de estrellas y cada estrella puede tener varios planetas. Visto así parecería razonable pensar que en muchos de esos planetas exista vida. Sin embargo, la Tierra es un planeta muy singular y cuando los buscadores de “exoplanetas” tratan de encontrar cuerpos celestes en los que concurran circunstancias similares a las que se dan en nuestro planeta, la tarea se vuelve muy difícil a pesar de la gran cantidad de estrellas que pueblan el Universo.

Para que la vida pueda desarrollarse en un planeta que orbita en torno a una estrella es necesario que la estrella y el planeta cumplan una serie de condiciones. En cuanto a la estrella podemos asegurar que conviene que esté ubicada en la periferia de la galaxia, que su masa sea parecida a la del Sol y que no se trate de una estrella doble. Con respecto al planeta, resulta necesario que su órbita se aproxime a un círculo, que la distancia del planeta a la estrella esté dentro de lo que se denomina “zona habitable”, que su masa sea suficiente como para retener la atmósfera, que gire sobre sí mismo con una velocidad de rotación elevada, que su eje de giro no forme un ángulo excesivo con la perpendicular al plano en el que orbita, y si tiene un satélite grande, mejor.

La estrella idónea para alojar un planeta con vida no puede estar ubicada en cualquier lugar de la galaxia. Nuestra galaxia tiene la forma de una lenteja y la mayoría de las estrellas están en el centro de la lenteja; solamente un diez por ciento de las estrellas se encuentran en los bordes. En el centro de la galaxia hay una gran actividad, las estrellas se forman a partir de concentraciones de polvo, si su masa es grande arden muy rápidamente y las reacciones nucleares pueden originar una gran explosión: una supernova que barre un espacio de decenas de años luz con radiaciones que abrasan literalmente a cualquier planeta que se encuentre a esas distancias. Debido a las supernovas los planetas de estrellas situadas en el centro de la galaxia se ven sometidos a baños radioactivos con una frecuencia muy superior a los que orbitan en torno a estrellas situadas en el borde de la galaxia. Como la vida puede necesitar miles de millones de años en desarrollarse, es muy improbable que los planetas de estrellas que estén en el centro de la galaxia dispongan de ese espacio temporal sin sufrir una cauterización completa.

No solamente es necesario que la estrella esté situada en la periferia de la galaxia sino que también debe tener un tamaño adecuado; si es muy grande se consumirá rápidamente y dará origen a una supernova, si es pequeña se convertirá en una “enana blanca”.

En cuanto al planeta, para que la vida pueda existir, debe describir una órbita casi circular que permita que sus condiciones térmicas no sufran variaciones extremas. La órbita debe estar situada a una distancia adecuada, dentro de la “zona habitable” de la estrella, para que la temperatura no sea excesivamente fría ni demasiado cálida permita que exista agua en estado líquido; además, la masa del planeta tiene que ser la suficiente como para retener los gases de la atmósfera que lo envuelve ya que esta es necesaria para la vida.

Aún quedan tres cuestiones importantes que conviene que cumpla el planeta para preservar la vida durante un tiempo prolongado: una velocidad de rotación elevada, que el eje de giro forme un ángulo relativamente pequeño con respecto a la perpendicular del plano de la órbita y la existencia de un satélite grande, como la Luna. Cuando se creó la Tierra, la velocidad de rotación del planeta era mucho más lenta que en la actualidad y parece que una colisión con otro planeta grande, de una masa del orden de la mitad de la de la Tierra, aportó una gran cantidad de energía que aceleró la rotación. Parte de la masa de ese planeta la absorbió la propia Tierra y parte rebotó, pero quedó atrapada por la gravitación terrestre, dando origen a la Luna. La velocidad con que rota la Tierra es elevada, en comparación con la de otros planetas, y es producto de una colisión fortuita durante el proceso de formación del Sistema Solar. Con una velocidad de rotación más lenta y días de 100 horas, la temperatura diurna podría alcanzar en la superficie terrestre más de 100 grados Celsius y la nocturna -50. En esas condiciones la vida sería imposible. La inclinación del eje de giro de la Tierra, con respecto a la perpendicular del plano orbital, que es de 23,5 grados, da origen a las estaciones ya que el sol incide sobre un punto de la superficie terrestre con un ángulo variable, a lo largo del año. Si la inclinación del eje de la Tierra fuera mayor de 30 grados los cambios climáticos en las regiones serían demasiado severos y el gradiente de temperatura, entre distintas zonas, daría origen a meteoros difícilmente compatibles con la vida. Por último, la Luna tiene también efectos estabilizadores en la Tierra: las mareas que induce en el núcleo metálico de nuestro planeta refuerzan el campo magnético y su campo gravitatorio estabiliza la inclinación del eje de la Tierra. El campo magnético terrestre blinda y protege a la vida de la radiación cósmica.

Con todas estas peculiaridades que tiene nuestro planeta Tierra, encontrar otro en el que se den las mismas circunstancias y que esté lo suficientemente próximo para que nuestros sistemas de detección puedan descubrirlo, no parece que sea muy probable. Es posible que la vida sea un fenómeno extraordinariamente singular. Es cierto que el Universo es muy grande y que por tanto esa singularidad puede haber ocurrido en alguna otra parte. Pero, también es cierto que si tomamos como referencia lo que ha ocurrido en la Tierra, el proceso de formación de la vida inteligente es largo, muy largo si se toma como referencia el tiempo transcurrido desde la gran explosión que originó el mundo actual. De acuerdo con la teoría del Big Bang, el Universo tiene una edad de 13 700 millones de años. El planeta más antiguo que se ha descubierto se generó 2000 millones de años después del Big Bang; muy posiblemente durante ese tiempo las condiciones físicas del Universo no permitieron la formación de planetas. La Tierra se formó hace unos 4600 millones de años, unos 9000 millones de años después del Big Bang, y hace menos de 100 000 años que apareció el “homo sapiens sapiens”, es decir, nosotros. A nuestro planeta le ha costado 4600 millones de años producir vida inteligente, aunque los primeros microrganismos, la vida, se formaron en la Tierra hace 3470 millones de años. La aparición del hombre es un fenómeno relativamente nuevo y joven en el Universo. Si bien el tamaño del Universo puede haber dado oportunidades a la estadística para generar vida en otros lugares, el tiempo aún no ha jugado a favor de que se produzca este fenómeno tan singular.

La misión de la NASA Kepler, la Agencia Europea del Espacio (ESA), el Observatorio Austral Europeo (ESO) y la misión CoRoT liderada por Francia, interrumpida a finales de 2012, han trabajado durante los últimos años en la caracterización de numerosos exoplanetas. Con los medios actuales es muy difícil poder observar planetas relativamente pequeños, del tamaño de la Tierra, por lo que la mayoría de los descubrimientos son cuerpos formados por grandes masas gaseosas como TrES-4, cuyo tamaño es 1,7 veces el de Júpiter, se encuentra a 1400 años luz de la Tierra y tarda tres días y medio en dar una vuelta completa a su estrella.

La variedad de exoplanetas que han hallado los científicos es muy amplia. El primer exoplaneta rocoso que encontró la misión Kepler fue el Kepler-10b, con datos recogidos en mayo de 2009 y enero de 2010, tiene una masa de 1,4 veces la de la Tierra, por lo que es de los más pequeños. Otro planeta rocoso es el CoRoT-7b, descubierto por la misión francesa y pertenece a la clase denominada como Super-Tierra, con una masa cinco veces más grande que la de la Tierra y está situado a unos 480 años luz del Sol. La superficie de CoRoT-7b es un mar volcánico en el que llueven rocas y entre la cara iluminada y la oscura existe una gran diferencia de temperatura.

Uno de los exoplanetas más próximos a la Tierra es Epsilon Eridani b que orbita alrededor de una estrella anaranjada, a unos 10,5 años luz de nuestro Sol. Su órbita está demasiado alejada de la estrella y queda fuera de la “zona habitable” por lo que no habrá agua ni vida en su superficie. Por el contrario, el OGLE-2005-BLG-390L b es uno de los más lejanos que se han descubierto hasta la fecha y se encuentra a unos 28 000 años luz de la Tierra. Su masa es 5,5 veces la de la Tierra, es rocoso y orbita alrededor de una estrella enana roja. También es quizá el más gélido con una temperatura en la superficie de alrededor de -220 grados Celsius. En el otro extremo está el WASP-12b en cuya superficie la temperatura alcanza los 2 200 grados Celsius de promedio ya que su órbita está situada muy cerca de su estrella, a unos 3,4 millones de kilómetros (la distancia de la Tierra al Sol es de 150 millones de kilómetros). La masa de WASP-12b es 1,5 veces la de Júpiter y se encuentra a 870 años luz del Sol.

Pero de todos los exoplanetas el que suscitó un interés muy especial es Gliese 581d que se encuentra a unos 20 años luz de la Tierra, es decir, relativamente cerca, aunque uno de nuestros artefactos espaciales, con la tecnología actual, tardaría centenares de miles de años en alcanzarlo. Gliese 581d fue el primer exoplaneta que se descubrió dentro de la «zona habitable» de su estrella. El hallazgo se produjo el 23 de abril de 2007 por un equipo de astrónomos liderado por Stéphane Urdy del Observatorio de Ginebra, utilizando el método de “velocidad radial” en el Observatorio Austral Europeo de La Silla, Chile. Orbita en torno a la estrella Gliese 581, una enana roja, describiendo una trayectoria casi circular que tiene un radio de unos 50 millones de kilómetros, con un periodo de 67 días. Gliese 581d se encuentra en la “zona habitable” del sistema, aunque recibe menos de una tercera parte de la energía con que el Sol beneficia a la Tierra. Sin embargo, las simulaciones realizadas por los expertos apuntan la posibilidad de que en la superficie de Gliese 581d exista agua y llueva. Uno de los problemas que plantea este exoplaneta, desde el punto de vista de su aptitud para que la vida se desarrolle en él, es que mantiene una cara oculta y la otra iluminada de forma permanente, por lo que tiene que haber diferencias de temperatura importantes entre las dos semiesferas. Pero, el efecto invernadero en la atmósfera de Gliese 581d- si posee suficiente dióxido de carbono- permitiría atrapar la energía que recibe de la estrella y mantener la superficie caliente a pesar de que en una de sus caras sea siempre de noche. La masa de Gliese 581d es varias veces superior a la de nuestro planeta por lo que se trata de una Super-Tierra.  De todos modos, para confirmar la habitabilidad de Gliese 581d será necesario efectuar un estudio detallado de su atmósfera para lo cual es preciso utilizar instrumentos más potentes de los que actualmente tienen a su alcance los científicos.

Con posterioridad al descubrimiento de Gliese 581d, en el año 2010, se anunció la existencia de otro exoplaneta, Gliese 581g en la “zona habitable” de la misma estrella, con una masa inferior y muy próxima a la de la Tierra. Sin embargo, el mismo equipo meses más tarde y al año siguiente, en dos ocasiones, manifestó que no había podido corroborar la existencia de Gliese 581g. En julio de 2012 el equipo de astrónomos, liderado por Vogt, volvió a confirmar la existencia de Gliese 581g.

En diciembre de 2011, la misión Kepler de la NASA encontró su primer exoplaneta en la “zona habitable”: Kepler 22-b. Este exoplaneta con un radio 2.4 veces el de la Tierra y a 600 años luz de distancia tarda 290 días en describir una órbita completa. Si su atmósfera fuera similar a la que existe en la Tierra la temperatura de la superficie sería de unos 22 grados Celsius.

A fecha de hoy, la Universidad de Puerto Rico en Arecibo, ha consignado un total de 12 exoplanetas en la “zona habitable” que han sido descubiertos por diferentes equipos que trabajan en todo el mundo. De esos 12 exoplanetas se supone que únicamente 3 podrían ser aptos para desarrollar formas de vida complejas como las plantas y los animales, mientras que en los otros nueve podrían encontrarse microorganismos.

Se supone que a mediados de este siglo dispondremos de una información bastante completa de la tipología de los planetas de nuestra galaxia. Quizá habremos identificado algunos con unas condiciones idóneas para el desarrollo de la vida o, al menos, podremos estimar con mayor exactitud la probabilidad de que en nuestra galaxia exista este raro fenómeno que es la vida. En nuestro Universo, la energía se concentra en las estrellas, pero los complejos procesos de la vida, más afines a la naturaleza humana, se desarrollan en espacios templados y estables cuya exploración apenas ha comenzado hace unos pocos años. Para el astrónomo Steven Scott Vogt, profesor de astrofísica en la Universidad de California, en Santa Cruz, y experto en el estudio de exoplanetas, con toda seguridad existen en nuestra galaxia decenas de miles de millones de planetas en la “zona habitable” de su estrella. Cabe esperar que el número de hallazgos se incremente de forma exponencial durante los próximos años, aunque la tarea es ingente.

Tres exoplanetas en los que puede haber vida más o menos compleja no es mucho y además están a distancias de años luz de la Tierra, inalcanzables para nuestros vehículos espaciales. Pero, el cielo ha empezado a dejar de ser una simple aglomeración de puntos brillantes y gracias a la tecnología empezamos a comprender los misterios que esconden las oscuridades.

La Demoiselle de Santos Dumont

Demoiselle

La Demosielle y Santos Dumont, 1909

(Extracto de El secreto de los pájaros)

El éxito de los Wright sumiría a Alberto Santos Dumont en una profunda depresión. El brasileño se dio cuenta de que los norteamericanos le habían robado su puesto como líder mundial de la aeronáutica. Jamás, durante la estancia de los Wright en Europa, Santos Dumont sintió la necesidad de conocerlos, o establecer algún tipo de contacto con quienes, a todas luces, habían alcanzado un impresionante grado de maestría en el arte del vuelo. A principios de 1909, nadie se acordaba de Alberto Santos Dumont, el hombre que había sido recibido en la Casa Blanca por el Presidente de Estados Unidos y que durante años había mantenido en vilo a los parisinos, siempre atentos a sus aventuras aéreas sobre el cielo de la capital francesa. A todo ello había que añadir sus repetidos fracasos con los aeroplanos 15, 16, 17, 18, y 19. También cabía sumar que otros aeronautas franceses ganaban popularidad de manera creciente. A principios de 1908, Henri Farman había ganado el Gran Prix d’Aviation con un biplano fabricado por Voisin y Farman, Louis Blériot y Delagrange, a lo largo de todo ese año, peleaban por conseguir vuelos cada vez más largos, kilómetro a kilómetro.

Santos Dumont trataría de resurgir de su abatimiento con un nuevo aparato, el Número 20. Concebido, a partir de sus predecesores, con la idea de que se convirtiese en la máquina de volar más pequeña del mundo. Cambió la posición del motor, moviéndola de encima de la cabeza del piloto a debajo del asiento y el 6 de marzo de 1909, llevó su aeroplano a Issy-les-Moulineaux, donde Louis Blériot tenía su hangar. El francés aceptaría de buen grado a su amigo con quién mantenía una excelente relación. El 9 de marzo, Santos Dumont, a bordo de su Número 20 recorrió el campo a toda velocidad, despegando y teniendo que aterrizar rápidamente para evitar los obstáculos al final del aeródromo. La velocidad del aeroplano era extraordinaria y el brasileño no sabía realizar giros, por lo que el campo de vuelo en Issy-les Moulineaux se le quedaría muy pequeño. Así es como decidiría desplazarse a la pradera de St Cyr, entre París y Versalles, donde el 6 de abril de 1909 voló, en línea recta, a lo largo de unos 2000 metros. Al día siguiente haría otro vuelo de 1500 metros, a una altura de unos 30 metros. El aparato era elegante y ligero y muy pronto se le conocería con el nombre de Demoiselle o Dragonfly.

Durante el verano de 1909, Santos volaría con su Demoiselle, prácticamente todos los días, por placer o para visitar a sus amigos en los alrededores de París. De este modo descubriría la necesidad de volar a cierta altura, al menos a unos seiscientos cincuenta pies, para en caso de fallo del motor, poder elegir un sitio en el que aterrizar con seguridad.

Demoiselle alcanzaría una gran popularidad, especialmente cuando el fabricante de automóviles francés, Clement-Bayard, construyó trescientos aparatos equipados con uno de sus motores de 30 caballos, que se venderían en Europa a un precio de mil doscientos cincuenta dólares. En Estados Unidos, Tom Hamilton, vendería la Demoiselle, sin motor, a un precio de doscientos cincuenta dólares. La revista Popular Mechanics, años más tarde, publicaría los planos del aeroplano junto con instrucciones para su montaje. El problema principal de Demoiselle era que el piloto no podía pesar más de 120 libras, por lo que se popularizaría principalmente entre los estudiantes.

Sin embargo, el éxito relativo de Demoiselle quedaría oscurecido por el renacimiento de la aviación francesa, a partir de 1909. El nombre de Santos Dumont perdería notoriedad, dando paso a otros héroes que ocuparían, con merecido éxito, su lugar. Sin embargo, el brasileño acusaría a muchos de sus amigos anteriores de haberlo abandonado. Desde el regreso de Estados Unidos, Santos Dumont ya no se relacionaba con su anteriormente inseparable Aimé. Tampoco mantenía ningún contacto con la princesa Isabel ni con su querido SEM. Santos Dumont se quejaría de su físico, débil y enclenque, y de falta de dinero, algo en lo que nadie creía. Cuando le sugirieron sus allegados que, para resolver el problema económico, lo que tenía que hacer era patentar Demoiselle, Santos Dumont se opondría rotundamente diciendo que se trataba de un regalo que quería hacer a la Humanidad.

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