Howard Hughes y Ángeles del infierno

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Clarke y Roy Wilson en la película Ángeles del infierno- 1930

En el año 1921 Bo Hughes, el padre de Howard, ya era un hombre muy rico. Bo había inventado una barrena para perforar pozos de petróleo y su empresa empezaba a tener éxito. Vivía con su familia en Houston, en una lujosa mansión georgiana con más de quince habitaciones diseñada por un famoso arquitecto y construida con mármoles y maderas nobles. Ese mismo año, cuando su hijo Howard, a quien llamaban en casa Sonny, iba a cumplir dieciséis años años lo enviaron a la escuela Thacher en Ojai, una pequeña ciudad del sur de California, situada a unas cincuenta millas de distancia de Hollywood. El motivo del cambio fue que los padres pasaban largas temporadas en California donde tenían una residencia en la isla Coronado de San Diego. En la Thacher, Sonny fue uno de los alumnos más aventajados de Física que nunca tuvo la escuela y destacó en álgebra y matemáticas; también montó un equipo de radio con el que se comunicaba con otros aficionados como él de todo el mundo. Cada alumno podía elegir la actividad que más le gustase y Sonny descubrió la equitación. A caballo, disfrutaba paseando por los solitarios parajes del valle Ojai. Aquél verano, Sonny también descubrió el cine cuando pasó unas largas vacaciones en la casa de su tío Rupert, escritor y guionista, hermano de su padre, en Los Angeles. Todas las tardes acudían a alguna sala de proyecciones para ver películas, algunas filmadas con guiones del propio Rupert. Pero, el más desagradable de los descubrimientos, que haría Howard aquél año, fue el trato vejatorio que su tío daba a su esposa Adelaide. Rupert disfrutaba con casi todos los vicios imaginables y es posible que, durante aquellos años, mantuviera relaciones sexuales con su propio sobrino.

El 29 de marzo de 1922, la madre de Howard, Allene, murió en Houston. La habían ingresado en el hospital para efectuarle un raspado de matriz y cuando le pusieron la anestesia falleció. La madre de Sonny tenía treinta y ocho años y hacía algún tiempo que vivía separada de su marido Bo que mantenía un romance con Eleanor Boardman, una actriz que en ese momento estaba rodando la película Almas en venta, cuyo guión era de Rupert. Bo Hughes, muy afectado por la muerte de Allene, sacó a su hijo de la escuela Thacher para poder estar más cerca de él y consiguió que ingresara en el Instituto de Tecnología de Pasadena. Como Sonny no tenía los estudios básicos necesarios para entrar en el Instituto, su padre pagó un soborno y lo aceptaron.

En poco tiempo, Howard tendría que hacer frente a desgracias familiares que cambiarían su vida. Su tía Adelaide, esposa de Rupert, se embarcó en un crucero por Oriente para recuperarse de una operación en la que le habían extirpado un tumor canceroso. Las relaciones con su marido habían sido muy tormentosas durante los últimos meses porque el escritor tenía un romance con una actriz secundaria. Adelaide no superó la crisis y se suicidó colgándose con una correa de cuero, de sujetar equipajes, en el camarote del barco, el 13 de diciembre de 1923. Aún no se había recuperado del dolor que le produjo aquella muerte cuando el 14 de enero su padre, Bo Hughes, falleció de forma repentina en su despacho, víctima de un accidente cardiovascular.

Sonny, que acababa de cumplir dieciocho años, viajó a Houston para asistir al entierro de su padre y convertirse en Howard para siempre. En su testamento Bo había legado una cuarta parte de su empresa a su esposa Allene y otro tanto a su hijo; el resto se lo cedió a los abuelos de Howard y su tío Félix. Rupert quedó excluido de la herencia. Desde un primer momento Howard manifestó su deseo de administrar los bienes de su propiedad, aunque no tuviera la edad legal para hacerlo y se viera obligado a solicitar un permiso judicial para ello. El joven huérfano también decidió fijar su residencia en Houston y no volver al Instituto en California. En diciembre de 1924, Howard consiguió liberarse de la forzosa tutela a la que quería someterlo su tío Rupert y compró a su familia la parte de la empresa que no era suya. También tuvo que pagar los dispendios de su padre Bo, en joyas, pieles y artículos de lujo que guardaba Eleanor Broadman en sus armarios. Para consolidar su imagen de respetable administrador y hombre de negocios decidió buscar una mujer que pudiera convertirse en su esposa y casarse con ella. La elección recaería sobre Ella Rice, una joven de buena familia, discreta, abstemia, que bailaba bien y no hablaba demasiado y a quien Howard conocía desde que era niño. A los Rice les entusiasmó la idea de emparentar con los Hughes y la fastuosa boda se celebró en Houston el 4 de junio de 1925 con una espléndida ceremonia en la magnífica residencia de William y Libby Farish; Dudley Sharp, amigo también de los novios desde la infancia, ofició de padrino en tanto que Libby sería la madrina. Ninguno de los miembros de la excéntrica familia de Howard, los Hughes, asistió a la ceremonia.

Después de una desastrosa luna de miel en Nueva York, los recién casados se incorporaron a la residencia familiar del magistrado Hughes en Los Ángeles. Los abuelos de Howard se dispensaban un trato muy formal y su amplia mansión era el refugio de sus tíos cuando cambiaban de pareja o tenían problemas. Allí convivían los Hughes en un ambiente que, más que al de una familia, se asemejaba al de una residencia para adultos con problemas siquiátricos. Howard y Ella no pudieron soportar durante mucho tiempo el entorno familiar y se trasladaron a vivir al hotel Ambassador.

A partir de aquél momento, el extraño multimillonario que fue Hughes iría mostrando todas las facetas de su personalidad. Howard no llegó a ser nunca un industrial, un financiero, un artista, o un hombre de negocios, se limitó a ser Howard Hughes. Muchos estudiosos de su vida han intentado explicarla mediante complejos términos sicológicos o siquiátricos; para Charles J. Kelly, uno de sus biógrafos, Howard fue siempre un niño al que le gustaban las mujeres, los aviones y las películas. Según Kelly, todo en Howard Hughes se puede explicar desde el punto de vista de un ser inmaduro al que le apetecía disfrutar de esas tres cosas.

Hughes fue un hombre alto y delgaducho aunque fibroso, de grandes ojos, que caminaba con la cabeza inclinada hacia adelante. Solía vestirse con desaliño, con prendas mal planchadas que le venían grandes; tenía un aspecto aniñado que inspiraba compasión a las mujeres. A lo largo de toda su vida coleccionó una interminable lista de amantes con las que mantuvo unas relaciones muy superficiales. Podía ser dulce y suave, aunque oía mal y muchas veces gritaba al hablar; su voz era nasal, aflautada y desagradable. Su aspecto apocado, no desvelaba su verdadero talante, despótico, arrogante, abrasivo, cínico, desconsiderado y a veces agresivo. Había heredado de su madre el pánico a los contagios, la contaminación y las bacterias; también era un hipocondríaco como ella y estaba lleno de manías relacionadas con su higiene y alimentación. Se sometía a una estricta dieta de huevos, leche, galletas con chocolate, filetes y guisantes; era abstemio, no fumaba, no tomaba café ni probaba ninguna verdura que tuviera hojas y su extraño régimen le produjo siempre estreñimiento. Pasaba largas horas sentado en la taza del váter, lugar en el que no le importaba recibir a sus colaboradores y celebrar reuniones, mientras hacía esfuerzos por defecar sin importarle el mal olor que tenían que soportar sus invitados. Podía pasar largas horas leyendo el Wall Street Journal; los balances y estados financieros de empresas, junto con los manuales técnicos, le interesaron siempre más que la literatura, la filosofía y el arte. Howard Hughes, a diferencia de su padre Bo, que era un hombre extrovertido y muy sociable, fue un personaje solitario e introvertido, amante de los secretos y vivió pleiteándose con todo el mundo, casi por cualquier motivo. A pesar de su introversión buscó la aprobación y el reconocimiento del público en general, deseó la fama, pagó a sus propios biógrafos y demandó a quienes escribieron sobre su persona sin su consentimiento y aprobación. De otra parte, Howard Hughes fue un gran innovador, buen técnico, excelente piloto, hábil con las herramientas, decidido y valiente, y tuvo una visión especial para los negocios.

Howard Hughes llegó a poseer una fortuna extraordinaria que administraron sus allegados, gracias a los cuales se libró de la ruina y la cárcel, aunque no pudieron evitar que terminara siendo víctima de sus propias neurosis. El día de Acción de Gracias de 1925 Howard contrató a Noah Dietrich. Hughes buscaba una persona de confianza que le ayudara a gestionar sus negocios para poder utilizar su tiempo en hacer lo que le gustara. El joven empresario no tenía ninguna referencia de Noah que había trabajado como cajero en un banco, de auditor en una empresa inmobiliaria, de administrador en una petrolera y como ejecutivo en empresas automovilísticas. Noah se trasladó a vivir al hotel Ambassador con su familia para estar junto a Hughes. Como máximo responsable de los negocios de Howard Noah fue contratado con un magnífico salario de 10 000 dólares anuales; en muy poco tiempo conseguiría ganarse la confianza de su jefe y permaneció en su puesto durante más de tres décadas.

Howard se interesó por el cine y produjo una primera película que no tuvo ningún éxito. Después de este fracaso contrató a un director para hacer una segunda que logró que la vieran algunos espectadores y con su tercera película, Hermanos de armas, dirigida por Lewis Milestone, consiguió su primer éxito al ganar un oscar en 1928.
Su relación con Ella se deterioraría rápidamente porque Howard empezó a salir con una joven actriz Carole Lombard, mientras que Ella pasaba más tiempo en Nueva York con su hermana Libby y en Houston, con su familia.

La película en la que Hughes puso todo su empeño fue Ángeles del infierno, una historia de combates aéreos- ambientada en la primera guerra mundial- que empezó a rodar en 1927. Howard se identificó tanto con su producción cinematográfica que decidió aprender a volar y en otoño de ese mismo año contrató a Chuck La Jotte para que lo instruyese. Según La Jotte- que entonces tenía la misma edad que Hughes, 22 años- Howard era un piloto extraordinario. En diciembre de 1927 pasó el examen de piloto privado y en agosto del año siguiente consiguió la licencia de piloto comercial.

Para rodar Ángeles del infierno, Hughes no escatimó ningún medio. Compró decenas de aeronaves de época, contrató a millares de figurantes, construyó una gigantesca maqueta de un zepelín y contrató los mejores pilotos para filmar espectaculares escenas de combate aéreo. Movió cuadrillas enteras de pilotos y aeronaves a sitios donde se suponía que el cielo y las nubes tenían el aspecto que deseaba para su película y filmó trescientas veces más metros de celuloide de lo que normalmente se hacía en una película ordinaria que tuviera la misma duración. Gastó unos cuatro millones de dólares, una cifra que tuvo que pagar Noah Dietrich con dinero de las empresas del joven cineasta, escandalizado. Compró los terrenos de Inglewood Field, el lugar en donde actualmente se encuentra el aeropuerto de Los Ángeles, para montar una réplica de una base aérea británica; en una enorme extensión de terreno ubicada en Chatsworth, en el valle de San Fernando, situó la base alemana. No pudo encontrar ningún bombardero alemán Gotha y tuvo que modificar un Sikorsky para sustituirlo; los Avros británicos también los tuvo que reemplazar por Curtiss Jenny norteamericanos. Se trajo expertos de Alemania para que construyeran los interiores de un gran zepelín. La secuencia del incendio del dirigible le costó cerca de medio millón de dólares. Durante el rodaje perdió varios aviones; uno de ellos lo destrozó él mismo al hacer una prueba que uno de sus pilotos le desaconsejó. Hughes quería que un Thomas Morse Scout después de despegar hiciera un viraje a la izquierda, antes de picar. Frank Clarke, un piloto acrobático, le dijo que con el motor rotatorio Le Rhone que llevaba ese aeroplano el par giroscópico le haría perder el control si trataba de efectuar esa maniobra. Hughes despegó para intentarlo y la advertencia de Frank se hizo realidad por lo que el aeroplano- con el productor a bordo- se estrelló. Hughes sufrió una herida importante en la mandíbula que le causaría problemas durante el resto de su vida.

Hughes disfrutó como un niño con el montaje de los escenarios, la adquisición del material de vuelo, la contratación de los pilotos, los técnicos y las modificaciones de las aeronaves, la confección del guion y el diseño y la preparación de las batallas aéreas. Se tomó la licencia de pintar de blanco a los aeroplanos de los aliados y de negro a los alemanes para facilitar a los espectadores la visualización de los aparatos durante el combate aéreo.

La historia, protagonizada por dos hermanos- uno snob y el otro mojigato, víctimas de una rubia ordinaria que engaña a ambos- se desarrollaba en Inglaterra, lo que le traería complicaciones que no podía prever cuando empezó a rodar la película. Hughes contrató a Ben Lyon para el papel de hermano mayor y a James Hall para que hiciera de mojigato; una noruega, Greta Grissen, hizo el papel de aristócrata británica enamorada de los dos hermanos.

Hughes se hizo muy amigo de Ben Lyon que era un hombre extrovertido, inmoral y alegre. Dejaban a sus respectivas amantes para irse de juerga a casa de Hughes o al rancho San Simeon, de William Randolph Hearst, con jóvenes aspirantes dispuestas a participar en sus orgías a cambio de un posible contrato como actrices secundarias. También iban juntos a los casinos flotantes, en la frontera mexicana, para jugar al black-jack y la ruleta. Jugaban juntos al tenis y al golf; hacían carreras de coches en polvorientas carreteras secundarias y a veces los sorprendieron en actitudes muy tiernas por lo que algunos llegaron a pensar que entre ellos había algo más que amistad. A Hughes también le gustaba pasar el tiempo en compañía de sus pilotos, jugando al póker o a la herradura, mientras ellos fumaban y bebían su licor de contrabando y él tomaba limonada. Pasaba mucho tiempo encerrado en una caseta con un váter que había construido en el complejo aeronáutico; allí revisaba planos, documentos y diseñaba maniobras para los combates aéreos.

Hughes empleaba también sus aviones y pilotos para sus desplazamientos por motivos personales. Lo transportaban hasta Palm Spring para que se acostara con su amante Carole Lombard los fines de semana, o al Club de Campo de San Gabriel para jugar al golf. Algunos días acudía a varios sitios, distantes unos de otros, azuzando a los pilotos para que se dieran prisa. Howard era muy exigente con los pilotos y siempre quería rodar escenas en las que arriesgaran hasta el límite de sus posibilidades. Durante el rodaje se produjeron varios accidentes en los que algunos de sus empleados perdieron la vida; para Hughes eso tenía poca importancia ya que le parecía que aquello era una guerra de verdad en la que podían ocurrir esas cosas.

Cuando la película estaba prácticamente rodada, en 1929, apareció el cine sonoro y las películas mudas, como era entonces Ángeles del infierno, perdieron de golpe todo el interés del público. Hughes decidió sonorizar su obra y tuvo que repetir una gran parte del rodaje y hasta cambió a la protagonista porque tenía una voz horrible y hablaba mal en inglés. A la noruega Greta Grissen la sustituiría por la estadounidense Jean Harlow y se trajo de Inglaterra un director de teatro, James Whale, para que ambientara las escenas que se suponía que ocurrían en Londres y Oxford. El británico tuvo que pelearse con el acento norteamericano de los artistas, con poco éxito.

En 1929 y durante una de las visitas que hizo Ella a la residencia que los Hughes tenían en Los Ángeles, en la calle Muirfield, encontró en la habitación ropa que debería pertenecer a Carole Lombard y aquello sería el detonante que le haría solicitar el divorcio a su marido. Howard reaccionó mal y durante años mantendría la habitación de Ella en su casa de Muirfield cerrada, tal y como la dejó su ex – mujer el día que lo abandonó. Pero, a pesar de su desairada reacción Hughes ya había puesto sus ojos en otra escultural artista, morena de grandes ojos: Billie Dove. Se la presentó la amiga de William Randolph Hearst, Marion, en San Simeon durante una de las orgías que organizó con Ben Lyon.

Howard dejó a Carole Lombard para salir con Billie Dove que estaba casada con un boxeador, Irvin Willat. Cuando Billie abandonó a su marido para disfrutar de su apasionado romance con Howard el boxeador se negó a facilitarle el divorcio. Hughes no quería prescindir de su relación con Billie y temeroso de que lo acusaran de adulterio y aquello le costase una parte importante de su fortuna decidió pagar a Willat para que se divorciase de Billie. En un principio el boxeador le pidió un millón de dólares, pero el negocio se cerró en trescientos veinticinco mil dólares, una cantidad desorbitada a juicio de Noah Dietrich que tuvo que recoger el dinero y entregarlo en billetes al abogado del marido de Billie Dove. Su nueva compañera no le saldría barata a Hughes porque después de comprarle el divorcio la jovencita se encaprichó con un yate de cuarenta y ocho metros de eslora por el que la empresa de Hughes pagó trescientos cincuenta mil dólares. Para amortizar sus inversiones, Howard solía pasar con Billie los fines de semana en el barco.

El 29 de mayo de 1930 Howard se vistió de negro y se puso una corbata, Billie Dove lo acompañó con un precioso traje blanco y los dos entraron en la sala Grauman justo cuando cincuenta aviones sobrevolaban sus cabezas. Detrás de ellos, Ben Lyon, James Hall, Jean Harlow, Charlie Chaplin y un nutrido y selecto grupo de personalidades del cine formaban la comitiva que asistió a la inauguración de una de las películas más caras de la historia del cine: Ángeles del infierno. Los espectadores tuvieron que contener la risa en algunas escenas ambientadas en Londres y Alemania, pero cuando los aviones, el zepelín y los combates aéreos aparecieron en escena se escucharon aplausos y al final de la película la sala entera se puso en pie para cerrar el acto con una ovación que duró más de veinte minutos. Quizá fuera la noche más feliz de Howard Hughes. Ángeles del infierno fue un éxito en todo el mundo, pero no aportaría suficiente dinero como para recuperar los cuatro millones de dólares que había costado la película. Sin embargo, Hughes se convirtió en un productor importante, aunque ajeno al mundo tradicional del cine dominado por MGM, Warner y Paramount que consideraban a Howard un advenedizo. Desde el punto de vista financiero Howard solo había gastado dinero en su aventura cinematográfica y de 1925 a 1929 Noah Dietrich aportó los fondos para satisfacer los dispendios de su jefe.

Noah había incrementado el valor de las Hughes Tool Company de un millón de dólares a más de cincuenta, en aquellos cuatro años. El directivo de Howard consiguió que la barrena de la empresa se adoptara prácticamente en todas las explotaciones petrolíferas del mundo, desarrolló una nueva versión y manejó la sociedad con tal acierto que de no haber sido por él con casi toda seguridad Howard se habría arruinado.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

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