Los primeros vuelos de la historia: la gran aventura de Kitty Hawk (1/6)

Miembros de las estación de salvamento, Kitty Hawk. 1900

Miembros de la estación de salvamento de Kitty Hawk, 1900

Del libro El secreto de los pájaros

En el año 1900 Ohio era un Estado próspero cuya riqueza tenía sus fundamentos en la agricultura y se había desarrollado gracias al denso entramado de una red de ferrocarriles que facilitaba el transporte. La sociedad vivía en paz: ya habían nacido dos generaciones desde la Guerra Civil y la lucha con los indios estaba prácticamente olvidada. La paz discurría entre murmullos de guerras lejanas, como el conflicto de Cuba con los españoles desencadenado por la voladura del Maine en el puerto de la Habana. Las comunicaciones habían mejorado, gracias al telégrafo primero y luego al teléfono de Graham Bell. Desde el año 1867 existían servicios telegráficos de costa a costa y un año antes se había inaugurado la telegrafía a través del Atlántico mediante un cable submarino. Aún había pocos automóviles, unos ocho mil en Estados Unidos, y todavía resultaban escasamente fiables, ruidosos y muy caros. Las locomotoras de vapor ofrecían el mejor sistema de transporte, alcanzando velocidades de 60 y 70 millas por hora, con vagones para el público en general y otros muy lujosos de carácter privado. Desde que Robert Fulton inaugurara el transporte fluvial con un vapor, remontando el Hudson en 1807, los barcos se adentraban por los caudalosos ríos americanos miles de kilómetros en el continente. Las compañías marítimas ofrecían pasajes de uno a otro lado del Atlántico en buques de esloras que superaban los 500 pies y cuya duración apenas alcanzaba los seis días. La distancia entre Europa y América se había acortado hasta hacer posibles y frecuentes los viajes trasatlánticos por motivos exclusivamente de negocios. En el Reino Unido, la anciana y poderosa reina Victoria, con quien habían emparentado casi todas las monarquías europeas, estaba ya al final de su mandato, pero el estilo de su época seguía marcando el paso a una sociedad conservadora y de estricta moral cuyos principios y costumbres habían enraizado en las tierras norteamericanas. Las mujeres llevaban zapatos abotonados, ceñidos corsés reforzados con ballenas metálicas, faldas ahuecadas, tobilleras, y prodigiosos sombreros decorados con flores y frutas, cuyo descomunal tamaño las obligaba a lucirlos con un pañuelo anudado por debajo de la barbilla. La incomodidad del vestuario femenino contagiaba al masculino de cuellos almidonados, corbatas o lazos, chaquetas, abrigos largos, guantes y bombines.

Así era el mundo de los Wright, un mundo en el que casi todos los grandes inventos se habían hecho: el telégrafo, el teléfono, la luz eléctrica, la máquina de vapor, la locomotora, el motor de explosión, la bicicleta y el automóvil. Todos, menos el de la máquina de volar de la que varios eminentes hombres de ciencia habían profetizado su absoluta inviabilidad. Uno de ellos había sido Thomas Edison, quién a instancias de James Gordon Bennett, explorador, deportista y editor, había certificado que el vuelo no sería posible hasta que el hombre no dispusiera de un motor de 50 CV que pesara menos de 40 libras. A partir de ese momento, Edison abandonaría los estudios aeronáuticos, a lo que le ayudaría también la creencia de que sería imposible proteger la propiedad intelectual del descubrimiento. Pero Edison no era el único hombre de ciencia de su época que practicaba el escepticismo aeronáutico, otro gran detractor de esta disciplina sería el gran físico inglés: Lord Kelvin.

En aquél mundo, Wilbur se planteaba como el reto de su vida, la resolución del único problema de gran envergadura, que a su juicio quedaba por resolver: el vuelo con una máquina más pesada que el aire. Es difícil comprender qué fuerza interior lo impulsaba a creer que él sería capaz de desentrañar una cuestión que a otros, con mayor preparación y disponibilidad económica, les había resultado imposible. La realidad es que Wilbur, después de analizar el problema de forma sistemática, sabía el punto exacto al que sus predecesores habían llegado, creía conocer los motivos de sus fracasos y tenía un plan muy concreto y las ideas clave para desarrollarlo con éxito.

Wilbur y Orville constituyeron su primera asociación mercantil seria con el negocio de la imprenta y luego seguirían con el de las bicicletas. Tenían una cuenta en el banco, a nombre de los dos, donde ingresaban sus ganancias y de la que disponían según sus necesidades sin que ninguno de los dos se ocupara de lo que gastaba el otro. Normalmente siempre gastaba más Orville. El equipo que formaban había empezado, también, a trabajar en el asunto del vuelo. El método de trabajo se alimentaba de las discusiones que tenían todas las noches en casa. Mientras Carrie preparaba la cena ellos discutían en el salón, primero a media voz y después en un tono elevado. Cuando la discusión se caldeaba excesivamente, la cortaban durante un rato y pensaban cada uno de ellos sobre los argumentos del contrario. Ambos se sentaban a los dos lados de la chimenea, Orville con los brazos cruzados y Wilbur con las piernas estiradas, los codos abiertos y las manos detrás del cuello. Al retomar la discusión, a veces, se cambiaban los puntos de vista, defendiendo cada uno lo que antes defendía el contrario. Aquellos ejercicios, que ejecutaban con gran satisfacción, fueron conformando día a día, y paso a paso, la estrategia a seguir para hacer posible el vuelo de una máquina más pesada que el aire. Así es como la pareja de fabricantes de bicicletas de Dayton, dos hombres con escasa formación académica y mucha curiosidad, en la temprana madrugada del siglo veinte, concibieron un plan audaz y bien estructurado para llevar a cabo sus propósitos. La marcha de Wilbur a Kitty Hawk marcaba el comienzo de una historia cuyos insólitos acontecimientos ninguno de los dos podía imaginar entonces.

El 6 de septiembre de 1900 por la tarde, Wilbur inició un largo viaje, un viaje que lo llevaría a un remoto pueblo en una isla de arena frente a las costas de Carolina del Norte. Consigo llevaba una maleta llena, un baúl y varios cajones con herramientas y partes del planeador. Faltaba por comprar los largueros de 18 pies, cosa que pensaba hacer en Norfolk. De Dayton a Kitty Hawk, hoy en día por carretera hay unas 743 millas que se pueden recorrer en coche en un par de días cómodamente. Wilbur tardó casi siete días en llegar y su viaje no resultaría cómodo, en absoluto. El tren, desde Dayton lo llevaría a Old Point Comfort, donde llegó al día siguiente a las seis de la tarde y allí tomó un vapor, el Pennsylvania, para desembarcar en Norfolk, Virginia, donde se hospedaría en el hotel Monticello. El sábado, día 8, por la mañana hacía calor y Wilbur debía estar agotado por el cansancio del viaje. No pudo encontrar tablas de abeto de 18 pies, en los almacenes de madera de Norfolk, por lo que tuvo que resignarse con tablones de pino de 16 pies. Por la tarde tomó un tren que lo llevó a Elizabeth City, que estaba a unas 40 millas al noroeste de Kitty Hawk, aunque separada por el canal de Albemarle. Allí se alojaría en el hotel Arlington mientras organizaba el pasaje hasta su destino final. La primera gran sorpresa que se llevaría fue que nadie en Elizabeth City sabía dónde estaba Kitty Hawk. En realidad las indicaciones que le había dado William Tate eran del todo confusas ya que textualmente le decía que “…puedes venir aquí desde Elizabeth City tomando un barco desde Manteo…”, pero Manteo estaba a 50 millas de Elizabeth City. Finalmente, el martes por la tarde contactaría con Israel Perry, capitán de la goleta Curlicue, fondeada en el río Pasquotank unas 7 millas hacia el oeste, y que estaba dispuesto a llevarlos a él y su carga hasta Kitty Hawk. El capitán Perry sabía perfectamente dónde estaba Kitty Hawk porque había nacido allí. Sin mayor demora esa misma tarde cargaría la maleta y el baúl en una vieja lancha- las cajas y los tablones con material del planeador los había consignado para que los enviara un transportista de carga- y después de un lamentable viaje, en el que tuvieron que achicar agua constantemente, Wilbur subió a bordo del Curlicue para zarpar al cabo de poco tiempo rumbo a Kitty Hawk. La goleta se encontraba en unas condiciones deplorables, las velas raídas, los cabos deshilachados, los maderos húmedos y podridos. Al poco de zarpar la mar se embraveció y el agua saltaba por la proa entrando en cubierta y en la cabina, por lo que tuvieron que achicar a menudo. El génova se soltó varias veces y la botavara de la mayor daba golpetones a cada bandazo. La navegación en aquellas condiciones resultó imposible y el capitán Israel Perry tomó la decisión de buscar refugio en las aguas del North River donde fondearon para pasar la noche. A la mañana siguiente tuvieron que hacer reparaciones y por la tarde reemprendieron el viaje hacia Kitty Hawk a donde llegaron después de la puesta de sol, por lo que Wilbur decidió pasar la noche a bordo y desembarcar al día siguiente.

Wilbur utilizó los servicios de un muchacho para localizar a los Tate que vivían como un cuarto de milla alejados del punto en el que había desembarcado. Bill Tate, nacido en 1860, era hijo de un náufrago escocés. El título de capitán le venía de la graduación alcanzada en la base de salvamento que servía. En 1874 se construyeron en los Outer Banks siete estaciones de salvamento, para evitar naufragios y auxiliar a los supervivientes de los hundimientos y varadas así como para dar trabajo a los pescadores lugareños durante los meses de diciembre a marzo, cuando no podían salir a faenar. Una de esas estaciones estaba en Kitty Hawk y la otra unas 4 millas al sur, cerca de las cuatro dunas de arena, en un lugar llamado Kill Devil Hill. Durante las noches con mala mar el personal de salvamento recorría las playas con linternas para advertir a los barcos de los lugares en donde había bajos. Bill Tate, además de capitán en la estación de salvamento también era comisario del Currituck County, notario oficial en Kitty Hawk y, aunque oficialmente el puesto era de su mujer Addie, ejercía como encargado de la oficina de correo en la ciudad.

Cuando Bill Tate y su mujer Addie comprobaron que, durante las últimas cuarenta y ocho horas, Wilbur había subsistido gracias a la cajita de gelatina que le había puesto Katharine en uno de los bolsillos de su chaqueta, le cocinaron un espléndido desayuno de huevos con jamón. Wilbur les solicitó cobijo en su casa hasta que llegara Orville. Los Tate dudaron al principio porque temían que la vivienda y su nivel de vida no fuera suficientemente cómodo para los Wright. Wilbur tuvo que convencerlos de que él se conformaría con lo que ellos pudieran ofrecerle con la única salvedad de que le hirvieran el agua de beber, costumbre que los Wright practicaban desde las fiebres tifoideas que había padecido Orville en 1896. Bill Tate aceptó entonces y Wilbur se instaló en una habitación que tenían libre. A la mañana siguiente ya estaba trabajando en el montaje de su planeador. Como los largueros de las alas solamente tenían 16 pies, en vez de los 18 con que lo habían diseñado, tuvo que empezar por hacer ajustes en las telas. Para ese trabajo, que hizo en la casa, le pediría prestada la máquina de coser a la señora Tate. El montaje del resto del planeador lo haría en una tienda que plantó a media milla de donde vivían los Tate, en un lugar con vistas a la bahía.

El 23 de septiembre el planeador estaba prácticamente montado y Wilbur escribió a su padre una carta en la que le contaba con más detalle cuáles eran sus planes. El objetivo principal de sus ensayos consistía en resolver el problema del control porque, a su juicio, el asunto del empuje no planteaba mayores dificultades. No pensaba asumir ningún riesgo ya que la máquina que estaba construyendo era sólida y segura y todo lo hacía por placer, sin ánimo de lucro. Wilbur le dijo a su padre que pensaba regresar a Dayton más sano y más fuerte y que además tomaba precauciones con el agua que bebía.

Al mismo tiempo que Wilbur escribía a su padre, aprovechando el asueto dominical que los Wright siempre respetaban, Orville cargaba el baúl con atuendos de acampada, camas de lona plegables, una lámpara de acetileno de bicicleta, mantas, café, té, azúcar y otros productos que Wilbur le había pedido. Para atender la tienda de bicicletas, Orville había contratado una persona, Harry Dillon a quién le ayudaría en las reparaciones Cordy Ruse. Katharine y Lorin se encargarían de supervisarlo todo durante su ausencia.

Orville llegó a Kitty Hawk el 28 de septiembre, cuando faltaba muy poco para que Wilbur finalizara el montaje del planeador, después de un viaje más tranquilo que el de su hermano, aunque no exento de experiencias porque tardó dos días en cruzar el Albemarle, esta vez por falta de viento. No se trasladarían a la tienda de campaña hasta el 4 de octubre y durante una semana, Orville, se quedaría también en la casa de los Tate. Como Wilbur ya se estaba habituando a los fuertes vientos del lugar tuvo mucho cuidado, a la hora de anclar la tienda, atándola por un extremo a un roble. Cada vez que soplaba una galerna, los lugareños se asomaban por las ventanas para ver si la tienda de los Wright seguía en su sitio.

Los Wright se organizaron rápidamente y se pusieron a trabajar para terminar el montaje del planeador. Orville asumió las tareas de cocinero, puesto que conservó a lo largo de todas sus estancias en Kitty Hawk, mientras que Wilbur se empleó en la limpieza de los platos.

Kitty Hawk está situada en los bancos de arena que forman islas frente a las costas de Carolina del Norte, en un lugar que genéricamente se conoce como los Outer Banks. Es una franja arenosa, frente al continente que separa los canales de Albemarle y Currituck del océano Atlántico. La historia de los Outer Banks se remonta a los principios de la colonización británica en Estados Unidos. El 13 de julio de 1584 dos barcos enviados por la reina de Inglaterra y financiados por un aventurero, Raleigh, encontraron un paso a través de los bancos y desembarcaron en un lugar al que dieron por nombre Roanoke Island. Los exploradores permanecieron en la zona por espacio de unas seis semanas y constataron la presencia de una gran abundancia de conejos, ciervos, pájaros de todas las clases y muchísimos peces. También pudieron observar la existencia de magníficos cedros rojos, pinos, cipreses y árboles aromáticos como el sasafrás. Establecieron contactos con los nativos que se mostraron amigables y de vuelta a Inglaterra se llevarían a dos de ellos, Manteo y Wanchese, junto con un cargamento de pieles y algunas perlas. Otra segunda expedición regresaría a Roanoke Island, también financiada por Raleigh y capitaneada por su sobrino, esta vez con más barcos y con el ánimo de establecer una colonia permanente que, por mandato de la Reina, se denominaría Virginia. Los expedicionarios arribaron a Roanoke Island en julio de 1585, parte regresaría pronto a Inglaterra y el resto, con poca experiencia agrícola, decidió abandonar el lugar y volver al Reino Unido. Posteriormente, en 1587 se organizó una nueva expedición, con tres barcos y ciento cincuenta colonos a bordo, que se establecerían en Roanoke Island. Hostigados por los indios y con discrepancias entre los capitanes, la flota regresó a Inglaterra para pedir refuerzos dejando en el lugar a ciento cuatro colonos. Al llegar al Reino Unido, Raleigh no pudo fletar barcos adicionales de apoyo porque la Armada británica estaba seriamente amenazada por la española y se preparaba para librar una dura batalla con el poderoso rey de España, dueño de medio mundo. Prácticamente, todos los barcos disponibles habían quedado al servicio de la Reina al mando de sir Francis Drake. Hasta agosto del año 1590, Raleigh no pudo fletar otra expedición que sirviera de auxilio a los colonos, que puso al mando del capitán White, al igual que la anterior. Cuando White fondeó en Roanoke no encontró a nadie. Aunque los fugitivos dejaron escrito el nombre de su destino, Croatoan, White no encontró la isla ni el menor rastro de los colonos. Ninguna de las expediciones posteriores que se organizaron en su búsqueda dio resultados positivos. Lo más probable es que los colonos fueran asaltados por los indios en su huida de la isla, todos los hombres habrían sido pasados a cuchillo y las mujeres y los niños incorporados a la tribu.

Pero cuando los Wright llegaron a aquellos inhóspitos parajes, los Outer Banks ni siquiera pertenecían ya al Estado de Virginia. Después de más de trescientos años de historia aquella antigua parte de Virginia se llamaba Carolina del Norte. Por entonces, Kitty Hawk era un lugar muy despoblado, con un puñado de viviendas dispersas, una oficina meteorológica, una iglesia, un almacén y las dos estaciones de salvamento marítimo. A unas 12 millas hacia el sur se encontraba la zona residencial veraniega de Nags Head, con las fachadas de las casas mirando al canal y a Roanoke Island y la parte trasera enfrentada al océano. Era un sitio muy apreciado por las familias bien situadas de Virginia, pero de difícil acceso y en el que no había prácticamente nada. El único hotel de la zona se encontraba precisamente allí, en Nags Head, pero un incendio lo había destruido el mes de agosto de 1900, poco antes de la llegada de Wilbur.

Las casas de los habitantes de Kitty Hawk eran muy sencillas, con dos pisos, de madera, con las paredes sin emplastecer y los interiores vacíos de mobiliario. A unas 4 millas al sur de Kitty Hawk, en Kill Devil Hill, es donde se encontraban las dunas desde las que los Wright iniciarían los vuelos con el planeador. En este lugar había tres promontorios: el “grande”, el “pequeño” y el “mediano”, cuyas alturas variaban de un año a otro, pero eran del orden de unos 100, 60 y 30 pies, respectivamente. Unos dicen que el nombre de Kill Devil Hill se lo puso un editor de Norfolk en referencia a los comentarios de los marineros que decían que la navegación por aquellos lugares era como “matar al diablo”, aunque según otros el nombre le viene de las apariciones que el diablo solía hacer en aquellos parajes.

La poca gente que poblaba el lugar vestía rudimentariamente y su aspecto contrastaba con el de los victorianos Wright, encamisados, con chaquetas, gorras y corbatas. Sin embargo, muy pronto se establecieron lazos de afecto entre los nativos y aquella pareja de intrépidos visitantes. Para los habitantes de Kitty Hawk, los Wright eran amables hasta lo indecible, trabajadores y muy osados, pero no estaban del todo seguros que es lo que hacían con aquellos artilugios blancos de navegar por los cielos, ni cuáles eran sus últimas intenciones. Los testarudos indígenas, descendientes de colonos, indios y náufragos, creían en un buen Dios, un demonio malo y un infierno caliente, y tenían claro que el buen Dios no había hecho al hombre para que volara.

En el paisaje dominaban el viento el mar y la arena. De vez en cuando podían verse vacas, cerdos y caballos desnutridos. Orville, con su sentido del humor, describiría así el lugar: “Las únicas cosas que prosperan y engordan son los chinches, mosquitos, y la carcoma…pero es un lugar espléndido para pescar y cazar. Los peces son tan gruesos que puedes ver docenas siempre que miras al agua. Las puestas de sol son las más hermosas que he visto nunca…” La principal actividad de aquellas gentes era la pesca de la que enviaban la práctica totalidad a Baltimore. Comprar pescado en Kitty Hawk no era una tarea sencilla y otra cosa no había. Mr Calhoun hacía las veces de tendero en una comunidad tan austera que apenas le permitía ejercer el oficio. Los Wright eran los únicos habitantes en aquellas dunas con poder adquisitivo suficiente como para consumir con regularidad y tenían dada orden de compra a Calhoun de todo lo que encontrara, de modo que los nuevos vecinos de Dayton desequilibraron de inmediato la economía del lugar, acaparando la mayor parte de las provisiones. Gracias a los oficios del tendero, los Wright conseguían regularmente café, bizcochos y arroz o tomates y huevos, y muy pronto acumularon en su despensa los escasos huevos y latas disponibles en la región. Quizá uno de los aspectos más incómodos del lugar en donde habían ubicado el campamento era la falta de agua, que había que transportarla durante un largo trecho.

Cuando finalizaron el montaje de su planeador, en la primera semana de octubre, Wilbur intentó pilotarlo, sin éxito debido al escaso viento y a que el aparato parecía dar bastante menos sustentación de la que había calculado. Entonces volaron el aparato como un cometa, sin peso y con un lastre de hasta 50 libras de cadena, durante tres o cuatro horas varios días, con lo que pudieron comprobar que los sistemas de control, tanto longitudinal como lateral, funcionaban bien.

De acuerdo con el plan inicial, el 10 de octubre por la tarde, los Wright trataron de utilizar el aparato suspendido en la torre de unos 12 pies de altura que habían construido para esos experimentos, con un contrapeso. El conjunto estaba cerca de una colina de arena. Con este mecanismo, pensaban que podrían alargar su permanencia en el aire y así ganar experiencia en el manejo del aparato, asunto que consideraban de primordial importancia. Las primeras pruebas resultaron bastante decepcionantes y enseguida se dieron cuenta de que Chanute tenía razón cuando les había desaconsejado el uso de torres cabos y contrapesos para mantener el planeador en vuelo. El problema principal era que el aparato se situaba a unos 20 pies de altura inmediatamente y su tendencia era a seguir subiendo, resultando difícil la maniobra de acercarlo al suelo.

Llevaron el aparato al campamento para hacerle algunas modificaciones y una ráfaga de viento lo volcó causándole importantes destrozos. Durante un momento, Wilbur y Orville estuvieron a punto de dejar los experimentos en aquél punto, sobre todo por el desconcierto de Wilbur en relación con la escasa sustentación que generaba el planeador. Sin embargo, a la mañana siguiente decidieron repararlo y a los tres días el aeroplano estaba otra vez operativo.

Los Wright reiniciaron una serie de pruebas con el aparato cautivo y con la ayuda de los Tate, Bill y su hermano Dan y hasta del pequeño Tom, hijo de Dan, que incluso se atrevió a subir a la cometa y manejarla durante los días que hacía poco viento.

El viento era un problema, especialmente por las noches, ya que soplaba con una violencia extraordinaria obligándoles a salir a gatas y sujetar la lona para que no se les volara el tenducho. A veces, por las mañanas, el planeador amanecía semienterrado en la arena y para librarse de ella tenían que hacer un gran esfuerzo.

Después de probar el planeador como una cometa, decidieron efectuar vuelos de planeo y el 18 de octubre lo transportaron a unas colinas próximas, pero como no hacía suficiente viento se tuvieron que conformar con dejarlo caer por la pendiente, sin piloto, pudiendo constatar el buen comportamiento del aparato. Al día siguiente trasladaron la máquina hasta la duna grande de Kill Devil Hill, que estaba a unas 4 millas al sur. El promontorio tenía alrededor de cien pies de altura, con una pendiente en la cara noreste de 9 ½ grados. El problema con el que se encontraron, después de haber padecido el pesado transporte del artilugio, fue el de la ausencia de viento.

Por fin, el 20 de octubre, los vientos les permitieron retomar las pruebas. Como el manejo de los controles de cabeceo y alabeo de forma simultánea eran complicados para el piloto, en un principio anularon el control de alabeo. Allí, con vientos de unas 14 millas, subían el planeador a la cima, entonces los dos ayudantes, Orville y Bill Tate, corrían hacia el viento tirando del aparato hasta que se levantaba unos pies y luego seguían corriendo, para corregir con la mano cualquier movimiento ascendente de las alas, hasta que les era imposible seguir al aparato. Cuando los ayudantes quedaban atrás, le gritaban a Wilbur que estaba suelto y el vuelo continuaba durante muy poco tiempo ya que o bien un ala rozaba la arena o Wilbur actuaba sobre el estabilizador horizontal para aterrizar. De este modo consiguieron ejecutar planeos, a unos 3 pies del suelo, siguiendo la pendiente, de unos 5 segundos de duración, con una velocidad con respecto al viento de 25 millas. Una vez que Wilbur se habituó a manejar con soltura el control de cabeceo, liberaron el de alabeo y entonces le fue posible realizar varios vuelos de 300 y 400 pies, con permanencias en el aire de hasta 15 segundos. Una de las sorpresas de Wilbur fue la facilidad y precisión con que era posible controlar el movimiento de cabeceo del planeador, actuando sobre el estabilizador horizontal. Otro descubrimiento importante fue que el diedro no era una solución especialmente atractiva. El planeador fue reconstruido para eliminar el diedro inicial, ya que introducía un importante factor de inestabilidad con rachas de viento transversal. El sistema de barras en los pies también era bastante difícil de manejar.

Los Wright pensaron que de aquella máquina no iban a aprender nada que no supieran ya, por lo que el 23 de octubre dieron por finalizadas las pruebas y emprendieron el viaje de vuelta a casa, dejando el planeador en manos de Bill Tate para que dispusiera de él a su antojo. En un lugar en el que faltaba de casi todo, el capitán resolvería desguazar por completo el invento, pieza a pieza, hasta las telas, que sirvieron para que Addie confeccionara fantásticos vestidos para sus hijas.

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El vuelo de las fragatas

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La fragata es un animal que sólo vuela; apenas anda y no sabe nadar. Pero, aunque únicamente vuela no es capaz de iniciar el vuelo desde una superficie plana, tiene que lanzarse al aire desde una roca, una rama o cualquier percha, para caer, ganar velocidad y así iniciar el vuelo. Sus pies son pequeños y torpes. Vive en lugares de aguas cálidas, donde soplan los alisios y contralisios, en bandadas numerosas, y en tierra se refugia en árboles o acantilados.

Las alas de la fragata son muy grandes, de punta a punta superan los dos metros de envergadura en muchos casos y tienen un aspecto alargado lo que le otorga unas magníficas condiciones para el vuelo. En relación con la superficie de sus alas pesa poco, uno o dos kilogramos; eso le permite efectuar largos planeos con ángulos de descenso muy pequeños.

El pico es largo y fuerte, curvado en la punta, capaz de asestar un golpe mortal a sus presas. Los machos tienen el plumaje negro o marrón y las hembras igual, pero con una mancha blanca en el pecho. A los machos el buche se les inflama y adquiere un color rojo intenso durante la época del apareamiento. Las hembras eligen su pareja atendiendo al color del buche y el tamaño del macho. Empollan huevos cada dos años, los polluelos tardan en independizarse casi nueve meses; al principio la pareja cuida de ellos y durante los últimos meses el macho abandona el nido y es la hembra la que sigue con los pequeños.

Comen peces que cogen en la superficie del agua, moluscos, crustáceos, pequeñas tortugas de mar y pescados que arrebatan a otros pájaros pescadores. Roban alimentos a otros pájaros, como los alcatraces y pelícanos, y de ahí les viene el nombre de “piratas”.

Quizá sean los animales que mejor vuelan. Pueden pasar días, hasta una semana, volando sobre el mar. Evolucionan en el aire con elegancia, son capaces de realizar cualquier tipo de vuelo con gran maestría: remontan térmicas, planean con ángulos muy pequeños, pueden efectuar picados extraordinariamente veloces como los de un halcón peregrino, atacan a otros pájaros en vuelo y les arrebatan su pesca, son capaces de elevarse con un pez grande en el pico centenares de metros, y continúan volando cuando arrecia el viento en las tormentas.

Las fragatas no andan, no saben nadar, si caen al agua no remontan el vuelo, sus plumas se mojan y son incapaces de despegar, si están en un terreno llano tampoco pueden echar a volar a no ser que el viento sople con mucha fuerza, por eso siempre se posan en las ramas de los árboles, en promontorios o acantilados.

Las fragatas sólo pueden volar y eso las hace distintas a muchos pájaros que pescan zambulléndose en el agua o posándose sobre la superficie del mar. Vuelan a gran velocidad a ras del agua y, con su poderoso pico,  cogen peces voladores o peces que nadan en la superficie, pero también han aprendido a beneficiarse del esfuerzo de otros animales como las marsopas y los pájaros que pescan. Las marsopas persiguen arenques, merluzas o salmonetes y nadan detrás de bancadas de peces pequeños que huyen despavoridos. En su frenético y desesperado nadar, a veces dan saltos por encima de la superficie del agua. Las fragatas observan desde las alturas el espectáculo y hacen sus cálculos de distancia, se lanzan en un planeo rápido y luego vuelan a pocos centímetros de la superficie del mar, a gran velocidad, para apresar con sus fuertes picos a los peces que saltan tratando de escapar de las marsopas.

Los pájaros, incluso grandes, lo pasan peor con las fragatas porque cuando pescan y llevan su presa en el pico estas piratas del aire se abalanzan en grupo sobre ellos, les golpean en el cuello y les quitan el alimento. Luego, cuando las fragatas ascienden con el botín, también se pelean, a veces pierden el pescado que vuelve a caer hacia el mar y con gran habilidad se lanzan en picado y casi siempre lo recuperan; si lo pierden, regresan desairadas a su atalaya para seguir observando lo que ocurre cerca del mar.

Si una fragata ha cogido con su pico un bicho y no lo puede tragar porque lo lleva mal sujeto, hay veces que lo suelta y lo vuelve a recoger en el aire. También pueden rascarse la cabeza con sus pequeños pies, en pleno vuelo, para aliviar el escozor de los parásitos que anidan entre sus plumas, sobre todo alrededor de las orejas. Son pájaros capaces de realizar maniobras aéreas muy complicadas.

Las fragatas no saben nadar, pero vuelan extraordinariamente bien y han aprendido a bañarse en el mar.  Se bañan en pequeños grupos. Escogen un lugar donde las aguas estén tranquilas y lo observan dando vueltas desde una posición elevada, con mucha parsimonia, aprovechando una corriente ascendente. Una vez que se han asegurado de que no hay ningún peligro, dos o tres fragatas abandonan el grupo de planeadoras. Encojen las alas para iniciar un picado muy rápido, como si fueran águilas o halcones. Caen con un ángulo elevado a gran velocidad y a pocos metros del agua extienden sus alas para cambiar la trayectoria y seguir volando muy deprisa, pero horizontalmente. Entonces hacen algo inaudito, se lanzan contra el agua, como cuando echamos un canto aplanado sobre la superficie de un lago en el que el agua esté quieta, y rebotan una o dos veces al igual que la piedra. Cuando la primera fragata sale del rebote, la que le sigue detrás golpea el agua y después lo hacen, por orden, el resto de las que han abandonado el grupo para darse un baño. En el ascenso agitan su cuerpo, para sacudirse el agua, y en poco tiempo regresan al mismo lugar desde el que iniciaron la excursión, junto al resto de sus compañeras que las han observado dando vueltas, con las alas extendidas, esperando su turno.

Las fragatas no pueden ir a ninguna parte si no es volando.

Santiago de Cárdenas: el vuelo del cóndor

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Manuel d’Amat i Junyent, virrey de Perú

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Cuando el excelentísimo señor don Manuel d’ Amat i Junyent hojeó aquél documento tuvo que sorprenderse al leer que su autor afirmaba que con la máquina que había inventado “volar era cosa más fácil que sorberse un huevo fresco y de menos peligro que persignarse.” Hacía unos meses que su majestad, el rey español Carlos III, lo había nombrado virrey del Perú y sus preocupaciones más importantes eran otras, muy distintas a la de financiar una máquina de volar, pero si aquél ingenio funcionaba la corona jamás le perdonaría que cayera en manos de los ingleses. En noviembre de 1761, Europa seguía envuelta en la Guerra de los Siete Años.

El inventor de aquella supuesta máquina tan revolucionaria, capaz de volar, se llamaba Santiago de Cárdenas. De la lectura de su escrito- titulado Nuevo sistema de navegar por los aires, sacado de las observaciones de la naturaleza volátil– podía deducirse que no era un hombre muy instruido.

El virrey solicitó informes de Cárdenas y pronto supo que durante diez años había sido grumete en un mercante que hacía la ruta de Callao a Valparaíso y que a lo largo de ese tiempo observó con entusiasmo el vuelo de las fragatas que él llamaba tijeretas. En 1746, cuando cumplió Cárdenas los veinte años, el barco se hundió y tuvo que buscar ocupación en Lima. Desde entonces vivía humildemente haciendo trabajos manuales como sombrerero y sastre, oficios en los que era muy hábil. Cuando ahorraba algún dinero, el inventor se iba a las montañas que rodean la ciudad de Lima para observar el vuelo y la anatomía de los pájaros. Y no se limitaba a verlos, porque también le dijeron al virrey que el tal Cárdenas había abierto decenas de especímenes para estudiar sus vísceras, tejidos, plumaje y osamenta.

Al parecer, Santiago se había obsesionado con el cóndor, al igual que anteriormente le había ocurrido con la fragata. En su escrito describía el lugar dónde moraban estos magníficos pájaros, su anatomía y la forma que tenían de volar, antes de exponer con detalle la máquina que le permitiría al hombre elevarse a las alturas igual que lo hacía el cóndor. De estos magníficos voladores escribiría:

“Son tan grandes que, al menos tiene tres varas y una tercia (2,8 metros) de alas de punta a punta, y media vara y cinco sesmas de ancho (1,1 metro)…Cabeza aguileña, ojos chicos y redondos, pico curvo, agudo y dentado, tan fuerte que parece acero templado…Son de vida muy dilatada, moran en las partes más altas de las sierras, sus carnes no tienen mal olor (como piensan algunos), y estas sirven para calenturas; esto es comidas. El sebo, para disolver tumores y vivificar nervios; muertos al calor, el corazón para la epilepsia; la lengua y buche para los ahogos; los huesos de la cabeza y cerebro para vahídos, y otras muchas virtudes que entre los indios se experimentan y los médicos ignoran…Son aves carnívoras, a un cebo de becerrillos, corderitos, y aún de las reses grandes triunfan con arte tan nuevo, que los inclinan a los desfiladeros, barrancos, y lugares proporcionados, a intento de despeñarlos, así que los toman con tal situación con un aletazo, una dentellada o picada a la pata, lo consiguen y luego, en seguimiento de la presa bajan al destrozo. Es constante que ellos moran en las sierras o en las cordilleras más rígidas…a las 9 de la mañana, después de haber recorrido todas las lomas de la sierra, como lugares en donde prueben alimentos, en ganados que allí pacen-comen…En las once y doce del día pasan con los buches llenos para las sierras, alimentar sus polluelos, a las 3 de la tarde vuelven vacíos a llevar más provisión…”

Las descripciones sobre la anatomía del cóndor se le harían muy farragosas a don Manuel, pero la descripción que hacía Santiago sobre el vuelo del cóndor debió dejar perplejo al virrey:

“Todos guardan un método, y en su mayor movimiento avanzan a ochenta leguas por hora solamente con guardar la tensión y extensión de alas sin hacer movimiento de parte en las alas, solo en la cola para determinar los destinos, el de la cabeza y pescuezo para los ascensos y descensos…En sus giros gozan de una potencia rara contra los vientos, sin que el más agrio temporal deforme la planimetría horizontal a que aspiran.”

El inventor había descubierto que no hacía falta mover las alas para desplazarse a gran velocidad, bastaba con “guardar la tensión y la extensión de las alas”, y con la cabeza, el pescuezo y la cola, el cóndor controlaba los virajes, ascensos y descensos. La concavidad de las alas, la disposición de las plumas y el cuerpo, toda su anatomía estaba concebida para permitir que el pájaro hiciera un uso inteligente de las corrientes de aire, las térmicas, y pudiera volar a gran velocidad sin dar un aletazo. Solamente cuando tenía el buche lleno, o el viento encalmaba, el cóndor se veía en la necesidad de recurrir al movimiento de las alas para inducir la corriente de aire que necesitaba para volar.

Don Manuel d’Amat i Junyent no podía saber que aún tendrían que pasar casi 40 años para que, en 1799, un aristócrata inglés grabara las mismas ideas de Cárdenas en un disco de plata. El autor del dibujo, Sir George Cayley, pasaría a la historia como el inventor del concepto de aeroplano moderno: un par de alas que reciben el aire con un pequeño ángulo y utilizan una cola para ejercer el control. No cabe la menor duda de que la esencia del farragoso y complicado discurso de Santiago de Cárdenas contiene los elementos básicos del vuelo y que el representante de Carlos III lo intuyó porque en vez de ignorarlo se lo pasó a Cosme Bueno, para que lo estudiara y elaborase un informe.

El doctor don Francisco Antonio Cosme Bueno y Alegre, aragonés de nacimiento, había estudiado medicina y farmacia en la universidad limeña de San Marcos. Era catedrático de medicina por oposición, trabajaba en varios hospitales, ejercía el cargo de Cosmógrafo Mayor y daba clases de matemáticas en la universidad. También, por encargo de un antiguo virrey, publicaba con cierta periodicidad artículos sobre Perú, en los que recogía notas históricas y datos geográficos interesantes. Era un erudito que gozaba de un gran prestigio social y científico. El hecho de que el virrey enviara a Cosme Bueno el escrito de Cárdenas daba a entender que se lo había tomado en serio.

La gente de Lima se enteró de las gestiones de Santiago y supo que el virrey había mandado estudiar su proyecto. Un día corrió el rumor de que, para demostrar la viabilidad de la propuesta, Santiago tenía intención de volar, el 22 de noviembre a las cuatro de la tarde, desde el cerro de San Cristóbal hasta la plaza Mayor. Era un rumor sin ningún fundamento. El propio Santiago relata lo que sucedió de esta manera:

“En el genio del país, tan novelero y ciego de ver cosas prodigiosas, no quedó noble ni plebeyo que no se aproximase al cerro u ocupase los balcones, azoteas de las casas y torres de las iglesias. Cuando se desengañaron de que no había ofrecido a nadie volar, en semejante oportunidad desencadenó Dios su ira y el pueblo me rodeó en el atrio de la catedral diciéndome: «o vuelas o te matamos a pedradas». Advertido de lo que ocurría, el señor virrey mandó una escolta de tropa que me defendiese, y rodeado de ella fui conducido a palacio, libertándome así de los agravios de la muchedumbre”.

A partir de entonces la gente llamaría a Cárdenas “Santiago el Volador” y se inventaron canciones en las que se mofaban del pobre hombre hasta el punto de que tuvo que intervenir el Santo Oficio que publicó un edicto con la prohibición de que se cantaran aquellas coplas.

El informe que Cosme Bueno presentó al virrey concluía que la máquina de Santiago no era viable, lo que se justificaba tras una larga disertación. El médico argumentaba, con razón, que la musculatura humana no tenía la potencia necesaria para mover las alas como hacían los pájaros.

Santiago de Cárdenas no se desanimó del todo y al año siguiente, el 6 de diciembre de 1762 volvió a presentar al virrey otro proyecto. Durante el último año habían ocurrido acontecimientos que podían cambiar las cosas. La Guerra de los Siete Años estaba a punto de terminar, pero las hostilidades se habían extendido al Río de la Plata cuando el gobernador Pedro de Cevallos atacó los dominios portugueses en aquella zona. Portugueses y británicos prepararon una flota para intervenir en la guerra y la enviaron al Plata para apoderarse de los dos lados del estuario.

Manuel d’ Amat i Junyent volvió a encontrarse otra vez con el diseño de aquella máquina voladora, que Cosme Bueno ya había rechazado, en un momento en el que portugueses y británicos iban a intervenir con firmeza en el sur, lo que inevitablemente tendría consecuencias a corto plazo en sus territorios. Pero, por segunda vez, los informes de los eruditos del virrey serían desfavorables y el 6 de febrero de 1763 Cárdenas recibió la mala nueva de que su máquina de volar no contaba con el apoyo de las autoridades.

Se cuenta que Cárdenas “estaba a punto de perder el seso con su teoría de volar”…y que “se había hecho retratar a la puerta de su tienda, en la calle pública, vestido de plumas y con alas extendidas en acción de volar, ilustrando su pintura con dísticos latinos y castellanos, alusivos a su ingenio y al arte de volar que blasonaba poseer”. Aunque quizá todo ello no fuera sino maledicencias a las que demasiada gente es tan aficionada.

En 1766, el duque de San Carlos prometió llevar la propuesta al rey Carlos III y Cárdenas preparó un tercer informe que nunca llegó al monarca. Santiago de Cárdenas murió poco después.

Las ideas de aquél entusiasta de los cóndores apenas traspasaron los umbrales de la crítica despiadada de un populacho ignorante. Sus aeronaves no hubieran podido servir de mucho en la guerra, ya que al fin y a la postre serían planeadores que necesitaban corrientes térmicas para elevarse, pero Cárdenas fue uno de los precursores que acertó con el camino correcto que conducía a la invención de la máquina de volar, al darse cuenta de que el secreto del vuelo no estaba en el aleteo sino en el planeo.

El virrey de Perú, Manuel d’ Amat i Junyent, tuvo que seguir el consejo de los eruditos y descartar en dos ocasiones la propuesta de Cárdenas. Quizá fuese él quien pasó el aviso al duque de San Carlos para que le llevara el proyecto al monarca. Don Manuel permaneció en Perú hasta que Carlos III tuvo a bien nombrarle un sucesor, en 1776. Allí vivió uno de los amores más escandalosos de la historia política de aquél país con una artista de teatro cuarenta y cuatro años más joven que él, La Perricholi. Regresó a España, se casó con María Francesca Fiveller y de Bru, en 1779, y murió dos años después.

Muerto el virrey, María Francesca disfrutaría de su magnífica mansión en La Rambla de Barcelona, el Palau de la Virreina, mientras La Perricholi vivía en Lima en una espléndida casa y de las rentas que le dejó su amante. De Cárdenas quedaron las coplas que el pueblo siguió cantando durante muchos años, hasta que en 1937 el Cuerpo Aeronáutico de Perú reeditó su obra y le otorgó la consideración, de sobra merecida, de pionero de la aviación.

Jaqueline Auriol

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Jaqueline Auriol

 

Sus inmensos ojos azules, aspecto deportivo y elegancia hicieron de ella una de las mujeres más atractivas de la alta sociedad parisiense en la década de los años cincuenta del pasado siglo. Pero, lejos de representar los valores de una sociedad frívola, Jaqueline Auriol sería también para los franceses el símbolo de la inteligencia, el coraje y el orgullo de su país cuando el 3 de agosto de 1953 se convirtió en la primera europea que pilotó un avión a una velocidad superior a la del sonido. La norteamericana Cochran era la única mujer que lo había hecho con anterioridad.

Jaqueline Douet nació el 5 de noviembre de 1917 en Challans, en el seno de una acomodada familia y se graduó en la universidad de Nantes y en la Escuela del Louvre de Bellas Artes en París. Muy joven, en 1938, se casó con Paul Auriol, hijo del líder socialista Vincent Auriol. Durante la segunda guerra mundial los Auriol lucharon con la Resistencia francesa y poco después de finalizar la contienda, en 1947, el padre de su marido fue elegido presidente de la República.

Jaqueline sentía pasión por la velocidad y en 1948 se sacó el título de piloto. Un año después, cuando volaba en un hidroavión sobre el río Sena, como pasajera, el aparato se estrelló y Jaqueline sufrió heridas importantes que le desfiguraron el rostro. Tres fracturas de cráneo, la rotura de  un brazo, varias costillas, la nariz y los dos maxilares, la obligaron a someterse a dos docenas de intervenciones quirúrgicas, en Francia y Estados Unidos. Pasaron años antes de que en su cara volviera a recomponerse la apariencia de un rostro humano y meses en liberarse de los vendajes que, según sus palabras, la convirtieron en una momia viviente. Pero, aquél revés acrecentaría su deseo de volar. Dedicó todo el tiempo que pudo a estudiar matemáticas, aerodinámica, navegación y mecánica, para preparar sus exámenes. En 1950 obtuvo la licencia de piloto militar y poco después, en Brétigny, la de piloto de pruebas.

El 11 de mayo de 1951, con un De Havilland DW.100, Vampire, volando a 508,8 millas por hora batió el record de velocidad de la estadounidense Jaqueline Cochran. Durante una década, las dos Jaqueline, Auriol y Cochran, pelearían por mantener el título de “mujer más rápida del mundo”; fueron años en los que el record aeronáutico de velocidad femenino cruzó el Atlántico varias veces hasta que, en 1964, la norteamericana voló a 2097 kilómetros por hora, 57 kilómetros más deprisa que lo había hecho Auriol en un Mirage III, el año anterior.

En 1926 el aeronauta Clifford B. Harmon había establecido el Trofeo Harmon que se otorgaba cada año al aviador, la aviadora y el aerostero, con mayores méritos aeronáuticos. El premio dejó de darse cuando se inició la segunda guerra mundial  y se restableció en 1949. Jaqueline Auriol lo ganó cuatro veces y Cochran cinco.  Los presidentes Truman y Einsenhower entregaron el premio a la piloto francesa. Era una prestigiosa distinción que, con anterioridad, la recibieron aviadoras como Amy Johnson y Amelia Earhart, además de Cochran.

Jaqueline Auriol consiguió premios y trofeos, voló el emblemático avión supersónico de transporte Concorde y ocupó las primeras páginas de los periódicos. Para Francia fue un símbolo que el presidente Jacques Chirac trató de resumir en la frase que envió a sus hijos con motivo de la muerte de la piloto: “Esta gran dama ha encarnado para los franceses, a lo largo de decenios, el coraje y la modernidad. Sus logros durante los años 50 y 60 le valieron fama mundial y fueron el orgullo de nuestro país”.

Para la piloto francesa las cosas fueron mucho más sencillas de lo que pensaba Chirac, cuando le pidieron que explicara su pasión por el vuelo se expresó de la siguiente forma: “Me siento feliz volando. Quizá es el sentimiento de poder, el placer de dominar la máquina tan hermosa como un pura sangre. Mezclados con esos placeres básicos hay otro sentimiento menos primitivo, el de la misión cumplida. Cada vez que pongo un pie en un aeródromo siento con frescura que ese es el lugar al que pertenezco.”

La familia de Jaqueline disfrutaba de una posición económica muy desahogada y su marido era hijo del presidente de la República durante los años en que ella se inició como piloto. Paul y Jaqueline contrajeron matrimonio dos veces, la primera en 1938 y la segunda en 1987, después de haberse divorciado veinte años antes, en 1967 y de aquél matrimonio nacieron dos hijos. Poco después de la guerra vivían instalados cómodamente en París. Jaqueline era una mujer distinguida,  que disfrutaba de una halagadora  e intensa vida social. Un general francés le sugirió, durante una recepción, que aprendiese a volar, cuando ella le dijo que le apasionaba la velocidad. Jaqueline tenía unas magníficas dotes para el vuelo, pero también un instructor excepcional: Raymond Guillaume.

Fue Raymond quién la guiaría paso a paso, desde su primera licencia de vuelo, en 1948, a batir el record de velocidad primero y cruzar la barrera del sonido, pocos años después. Un episodio que no estuvo exento de emociones para la piloto y su instructor. Jaqueline ascendió a 40000 pies y lanzó su Mystère en picado hasta pasar las 665,2 millas por hora (la velocidad del sonido), luego recuperó el avión y se dispuso a repetir la maniobra, a 35000 pies. Raymond Guillaume estaba en tierra, en contacto con Jaqueline por radio. Durante el segundo picado su instructor esperaba oírla decir que había pasado la velocidad del sonido al cabo de unos 80 segundos, después de iniciar el descenso. Sin embargo, la radio se mantuvo en silencio durante más de dos minutos. Raymond pensó que se habría estrellado, entonces escuchó su voz “no puedo controlar el avión”. Durante algunos segundos Jaqueline perdió la consciencia y al recuperarla se dio cuenta de que era incapaz de gobernar la aeronave. Le pasó el mensaje a Raymond “he entrado en barrena”. Jaqueline se acordó de lo que le había dicho otro piloto que había volado con el Mystère IV: “Si entras en barrena con este avión, lo que tienes que hacer para recuperarlo es tan contrario a los procedimientos aprobados que tendrás que ponerte tú misma en segundo plano para que seas capaz de hacerlos”.  Jaqueline consiguió recobrar el control de su aeronave poco antes de estrellarse y contactó con Raymond: “lo he hecho, he salido”.

En la rapidez con que la piloto consiguió sus éxitos también tendrían que ver su posición social, amistades y capacidad económica. Las dos mujeres que más veces ganaron el trofeo Harmon, Crochan y Auriol, pertenecían a familias adineradas e influyentes. Pero, con su dinero no pudieron comprar el valor ni la riqueza les torció la voluntad.

Sin embargo, los records aeronáuticos y la fama nunca fueron para Jaqueline la razón de su vida profesional. Su ocupación principal fue la de piloto de pruebas, que ejerció en Brétigny. Allí efectuó ensayos con más de un centenar de aparatos distintos. Su trabajo consistía en comprobar que las aeronaves se comportaban de acuerdo con lo previsto en los manuales y exigía una preparación minuciosa que se hacía en colaboración con los ingenieros de vuelo. Aquél sería su verdadero oficio, verificar las capacidades de nuevos modelos de aviones civiles y militares para garantizar la seguridad de las tripulaciones y los pasajeros. Entonces no había mujeres en las escuadrillas de caza ni en los equipos de ensayo en vuelo y cuando le preguntaron cómo se sentía dijo que “si mis colegas de trabajo me consideran como uno más de ellos, yo tengo la necesidad de decir que hago todo lo posible para que sea así y de eso me siento muy orgullosa”. Disfrutaba haciendo su trabajo, en un ambiente que describió como “caluroso, inquieto y excitante”.

Jaqueline se retiró en 1971 y murió el 11 de febrero de 2000 en París.

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

La guerra de las patentes: Wright contra Curtiss

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Glenn Curtiss vuela el avión de Langley sobre el lago Keuka – 1914

El 7 de diciembre de 1903, tan solo diez días antes de que los hermanos Wright volaran por primera vez en la historia de la Humanidad, Samuel Langley- secretario del Smithsonian- fracasó en su último intento de ganar aquella carrera.

Samuel Langley representaba el poder oficialmente establecido. Amigo de políticos y de personajes del mundo de la tecnología, como Alexander Graham Bell, había conseguido para su instituto más de 50 000 dólares para inventar la máquina voladora y llevaba trabajando en ello desde 1896. El Smithsonian de Washington era una institución pública emblemática en los ámbitos científicos y tecnológicos de Estados Unidos y Samuel Langley, secretario general del instituto, un hombre muy respetado en el país y en el mundo entero. Sin embargo, el 7 de octubre de 1903, su último engendro volador, el Gran Aerodrome, se rompió nada más abandonar la catapulta, situada sobre una barcaza en el río Potomac. La máquina, el excelente motor de gasolina que suministraba más de 50 caballos de potencia y el joven ingeniero que la pilotaba, Charles Manly, se fueron de bruces a las frías aguas del río. El problema fue que la estructura del invento no pudo soportar las fuerzas a las que se vio sometido al iniciar el vuelo. Samuel Langley y su equipo del Smithsonian ya habían fracasado con sus máquinas de volar en otras ocasiones y la prensa le tenía especial inquina. Al día siguiente, los medios fueron muy duros con Langley que tuvo que abandonar el proyecto para siempre, por falta de apoyos.

Pocos días después, el 17 de diciembre de 1903, dos jóvenes desconocidos, en un paraje inhóspito, consiguieron volar con su invento en el que habían invertido dos mil dólares en materiales, de su propio bolsillo, y muchas horas de trabajo de sus ratos libres. Desde el verano de 1900, Wilbur y Orville Wright dedicaban las vacaciones veraniegas a experimentar con sus aeroplanos de madera y tela en las dunas de Kitty Hawk, en Carolina del Norte. Si el fracaso de Langley tuvo una gran repercusión en los medios, el éxito de los Wright pasó desapercibido. En parte, serían ellos mismos quienes contribuyeron a que la noticia no tuviera mayor difusión porque querían seguir trabajando, sin testigos que pudieran copiarles las ideas, hasta que perfeccionaran su aparato.

Durante dos años más, Wilbur y Orville refinaron los sistemas de control de su máquina de volar y mejoraron las prestaciones del motor. En octubre de 1905 eran capaces de controlar su aeroplano hasta el punto de dibujar ochos en el cielo y mantenerse en vuelo durante más de media hora. Decidieron no seguir volando y centrar sus esfuerzos en la comercialización del invento. Sin embargo, adoptaron para ello una estrategia difícil que pasaba por no enseñarlo a nadie, por miedo a que los copiaran, y jugárselo todo a que algún Estado se avendría a firmar un contrato, sin ni siquiera ver el producto, en el que todos los pagos estuvieras supeditados al cumplimiento de los requisitos pactados durante los vuelos de prueba. Era una fórmula complicada para unos gobiernos que ya tenían la experiencia de haber gastado dinero y el prestigio de sus funcionarios en contratos como los de Langley en Estados Unidos o Ader en Francia que no habían funcionado. A los empleados públicos les preocupaba más la crítica de los fracasos que el gasto público y con eso no contaron los Wright. Su formulaba protegía las arcas del Gobierno pero no libraba del ridículo a los funcionarios si al final el invento no volaba. Así es como las gestiones de los hermanos de Dayton para vender su máquina de volar se irían demorando, durante años, y no llegarían a concretarse casi hasta el comienzo de 1908.

De octubre de 1905 a principios de 1908, cuando los Wright recibieron los primeros encargos para demostrar que eran capaces de volar, como ellos decían y empezaron a fabricar algunos aeroplanos para hacer las correspondientes pruebas de demostración, transcurrieron más de dos años y medio a lo largo de los cuales la carrera aeronáutica no se detuvo. Los franceses reaccionaron y Santos Dumont fue la primera persona que voló en público en el mundo y en París en 1906. Glenn Curtiss, un fabricante de motores de Hammondsport y miembro fundador de la Aerial Experiment Association (AEA), creada por Alexander Graham Bell, efectuó lo que se considera como el primer vuelo público, previamente anunciado, en Estados Unidos, el 4 de julio de 1908 con el June Bug. Este vuelo le valió el premio de la Scientific American.

Samuel Langley murió en 1906, olvidado por casi todos, con la excepción de amigos que le acompañaron hasta el último momento, como Alexander Graham Bell. El inventor escocés, famoso por sus sistemas de telefonía, llevaba algunos años trabajando en cometas multicelulares que a su juicio podrían servir como base para el desarrollo de aeroplanos. Bell estaba convencido de que la tarea de la invención de la máquina de volar, encargada a su amigo Langley, la resolvería el Smithsonian, por eso consideraba que sus cometas no eran más que un entretenimiento divertido. Al morir Langley cambió sus planes y creyó que quizá le correspondía tomar el relevo. En 1907 fundó la Aerial Experiment Association (AEA), para diseñar y construir máquinas de volar. Graham Bell sabía que necesitaría un buen motor y por eso invitó a Glenn Curtiss a que se incorporara a su equipo ya que el joven mecánico de Hammondsport era dueño de un taller que fabricaba excelentes motores de gasolina para motocicletas. Un teniente del Ejército, Thomas Selfridge, y dos ingenieros canadienses completaron el equipo de la AEA que Bell presidía. Muy pronto construyeron aeronaves capaces de volar. El Red Wing lo hizo el 12 de marzo de 1908, a continuación montaron el White Wing, que llevaba alerones y el June Bug ganó el trofeo del Scientific American el día de la fiesta nacional estadounidense de aquél año.

Es cierto que los aviones de la AEA volaban de un modo rudimentario cuando Wilbur Wright, en agosto de 1908, dejó al mundo atónito al demostrar la maestría y el grado de perfección en el arte del vuelo que los fabricantes de bicicletas de Dayton habían conseguido con sus máquinas. Era la primera vez que los Wright volaban en público, primero lo hizo Wilbur en Le Mans, Francia, y al mes siguiente lo haría Orville en Fort Myer, Washington. Los Wright no hacían nada que no tuviera una intención clara y aquellos vuelos, en Europa y Estados Unidos, los efectuaban para demostrar que sus máquinas cumplían con los requisitos especificados en los contratos que habían firmado con un sindicato francés y con el gobierno estadounidense, respectivamente.
El teniente Selfridge de la AEA, fue designado por el Ejército estadounidense para volar con Orville en Washington durante las pruebas de aceptación de la máquina de los Wright. El 17 de septiembre de 1908, durante el vuelo de demostración, con Selfridge a bordo, Orville tuvo un accidente que le causó la muerte al oficial y heridas graves al inventor. Thomas Selfridge fue la primera víctima mortal del nuevo modo de transporte.

El último avión de la AEA fue el Silver Dart y tuvo el honor de ser el primer aeroplano que estrenó el cielo canadiense cuando despegó en el lago helado Bras d’Or, el 23 de febrero de 1909, cerca de Baddeck en Nueva Escocia, donde poseía una magnífica casa Alexander Graham Bell. Pero, Glenn Curtiss tenía otros planes y en 1909 abandonó la AEA que en marzo de ese año se disolvió. Curtiss quería fabricar aviones.

Los Wright ya habían advertido a Glenn Curtiss que sus patentes protegían los sistemas de control de los aparatos que la AEA utilizaba. Glenn no estaba de acuerdo porque el control lateral, o de alabeo, los Wright lo ejercían con un sistema muy rudimentario, retorciendo las alas para que una subiera y la otra bajase. A partir del White Wing, los aviones de la AEA estaban dotados con “alerones”, o pequeñas alas en las puntas que se actuaban de forma asimétrica. La idea de colocar alerones se le había ocurrido a Graham Bell y aunque con anterioridad también la utilizaron otros inventores, Alexander lo desconocía cuando sugirió a sus colegas que los montaran en el White Wing.

En 1909 Curtiss vendió su primer aeroplano a la Sociedad Aeronáutica de Nueva York, por 5000 dólares. Fue el primer avión que se vendió en Estados Unidos a un cliente civil y lo entregó en junio de ese mismo año en Nueva York, después de hacer las pruebas y entrenar a dos pilotos de la Sociedad Aeronáutica. Los Wright ya le habían amenazado de su intención de pleitearse con su empresa si vendía aviones sin llegar a un acuerdo con ellos en cuanto al uso de sus patentes. Eran unos enemigos muy poderosos, se habían convertido en el gran icono aeronáutico estadounidense, ya eran ricos y tenían amigos muy influyentes. Glenn quería fabricar aeroplanos, estaba convencido de que sus aviones no utilizaban ninguna invención atribuible a los Wright y poseía una firme e inquebrantable voluntad.

En agosto de 1909 Glenn Curtiss se trasladó a Reims para participar con un avión fabricado por su empresa en la Semana Aeronáutica organizada por los fabricantes de champagne franceses.

El 18 de agosto de 1909 los Wright solicitaron mandamientos judiciales contra la Sociedad Aeronáutica de Nueva York, la empresa de Glenn Curtiss y el propio Glenn Curtiss para que se detuvieran las exhibiciones del avión vendido por Glenn y se destruyera el aparato. La noticia causó muy mala impresión en la prensa estadounidense ya que era una acción contra el único ciudadano de aquél país que participaba en la competición de Reims, Glenn Curtiss, ya que los Wright no se habían inscrito en la Semana Aeronáutica. En Europa, la decisión de los inventores también suscitó comentarios muy negativos porque todo el mundo se imaginaba que después de Curtiss las acciones legales irían contra los fabricantes europeos.

Glenn Curtiss ganó el premio de velocidad Gordon Bennett en Reims al recorrer un circuito de 20 kilómetros a una velocidad media de 74,8 kilómetros por hora. En la Semana Aeronáutica participaron dos aviones del tipo de los Wright que no ganarían ningún premio. El mecánico de Hammondsport regresó victorioso a Estados Unidos, pero con un pleito que amenazaría sus negocios durante años.

A finales de 1909 los Wright cerraron un trato muy favorable con un grupo financiero estadounidense para constituir una sociedad mercantil: The Wright Company. La empresa contaba con un capital de un millón de dólares, los Wright recibieron cien mil dólares en efectivo, una tercera parte de las acciones y un 10% en concepto de royalty por cada aparato que vendieran. La nueva sociedad estableció sus oficinas principales en la Quinta Avenida de Nueva York y construiría una fábrica en Dayton. Wilbur sería el presidente y Orville el vicepresidente; además se haría cargo en lo sucesivo de los costes asociados a los litigios necesarios para mantener las patentes de los Wright.

El juez Hazel llevaría el pleito de las patentes de los Wright. Había sido nombrado juez en 1900, en recompensa a los servicios prestados durante la campaña presidencial de William McKinley. El juez aplicó a su resolución una interpretación muy abierta de la patente de los Wright del año 1906 relativa a su sistema de control lateral. En su resolución del 3 de enero de 1910, para el letrado los alerones y el retorcimiento de las alas eran expresiones diferentes de un mismo principio físico. La aplicación de este concepto al gobierno de una aeronave constituía una materia cuya propiedad intelectual pertenecía a los Wright, al estar protegida por sus patentes. Muchos se preguntaron si Hazel hubiera permitido patentar la rueda, o los ejes de las ruedas. El juez también prohibía a Curtiss, a partir de ese momento, la fabricación, venta y realización de demostraciones con fines lucrativos de cualquier tipo de aeronave. Sin embargo, Curtiss apeló la sentencia y el juez de la corte de apelaciones le autorizó a seguir con sus actividades comerciales y de producción si depositaba una fianza de 10 000 dólares. Meses después, en agosto de 1910, el mismo juzgado permitió que se retirase la fianza ya que todavía no se había sustanciado con suficiente contundencia la posible infracción relacionada con las patentes.

El asunto se complicó lo indecible porque a los Wright se les solicitó documentación adicional para delimitar con mayor precisión el alcance de sus patentes, porque si lo que ellos habían descubierto era el principio que hacía posible el vuelo cabía preguntarse si la materia era patentable. Abogados, expertos, los Wright, Glenn Curtiss, políticos y la opinión pública se enzarzaron en una disputa que se alargó siete años a lo largo de los cuales las relaciones personales entre los distintos actores se deterioraron, la imagen de los inventores del aeroplano salió mal parada y el desarrollo de la industria aeronáutica estadounidense se vio ralentizado. Cualquier excusa que permitiera devaluar la importancia de los descubrimientos de los Wright favorecía los intereses de quienes no querían que estos pudieran imponer franquicias a todos los fabricantes de aviones, como parecía ser su intención. A los inventores del aeroplano, verse minusvalorados les producía una sensación de injusticia casi insuperable.

En enero de 1914 los tribunales se inclinaron a favor de las tesis de los Wright, en contra de Curtiss. Sin embargo, aquél año Orville no estaba de humor para seguir las recomendaciones de los directores de su empresa que desde Nueva York le harían llegar su opinión de que había que imponer royalties a todos los fabricantes de material aeronáutico del país. Wilbur había muerto de tifus hacía menos de dos años y desde el comienzo de los juicios tuvo que dedicar la mayor parte de su actividad a cuestiones legales. En 1911 viajó a Europa para enfrentarse con docenas de empresas y aviadores entre los que excluyó a Santos Dumont que no creía en las patentes y nunca desarrolló actividades comerciales. Todos querían demostrar que los Wright no habían descubierto nada que no se hubiera hecho antes, que los verdaderos inventores de la aviación fueron Lilienthal, Ader, Santos Dumont o Louis Mouilllard. En el fondo, aunque no lo creyeran, los fabricantes europeos tenían que defender sus intereses frente al monopolio que deseaban imponer los Wright. Fueron jornadas muy duras para Wilbur que se consumía al ver como los retrasos de los juicios destruían de forma irreversible el valor de sus patentes. Orville siempre pensó que las peleas por los derechos intelectuales minaron la salud de Wilbur y que su cuerpo no pudo resistir la enfermedad por aquél debilitamiento. En enero de 1914 Orville tenía otros planes distintos a los de seguir peleando por las patentes, una pelea que tanta amargura había llevado a su familia.

Sin embargo, a principios de 1914, para Glenn Curtiss las cosas seguían igual o peor en relación con los juicios de las patentes. Nadie sabe por qué, en enero de 1914, al piloto acrobático estadounidense Lincoln Beachey se le ocurrió enviar una carta al Smithsonian proponiéndole que le permitiera restaurar el Gran Aerodrome de Langley para volarlo. El secretario del instituto, Walcott, le respondió diciendo que le podían ayudar a construir una réplica exacta, pero que no le parecía bien darle el original.

La carta de Beachey desencadenó una retahíla de conversaciones y correspondencia entre Walcott, Graham Bell y Glenn Curtiss. Los tres estaban interesados en rehabilitar la imagen de Langley y Curtiss quería demostrar que el Gran Aerodrome podía volar porque eso le ayudaría en su litigio con los Wright. Beachey se fue a Europa y se desinteresó del asunto. El 30 de marzo de 1914 se reunieron con Bell, en su casa de casa Washington, Walcott, McCurdy- el ingeniero canadiense que también había sido miembro de la AEA-, Glenn Curtiss y Sheldon Cameron, el abogado que llevaba el asunto de las patentes, para hablar de la restauración del aeroplano. En la reunión se concebiría el plan que más tarde ejecutó Glenn Curtiss.

Los restos del Gran Aerodrome que a partir de aquél momento recibió el nombre de Langley llegaron a Hammondsport en abril. Su presencia allí no fue ningún secreto y el periódico Herald dio cuenta de ello. El doctor Zahm fue designado como representante oficial del Smithsonian en Hammondsport. Charles Manley acudió para restaurar el motor que después de diez años estaba en unas condiciones bastante deplorables. Glenn sugirió que se sustituyera el encendido con baterías por otro con una magneto y bujías, a fin de ganar potencia.

Los trabajos de restauración y las reparaciones se hicieron- oficialmente- con el objetivo de comprobar si el aparato era capaz de volar con un piloto a bordo, en primer lugar, y también para evaluar las ventajas e inconvenientes de las alas en tándem. En cuanto al coste del trabajo no ha llegado a saberse a ciencia cierta quién lo financió. La primera discusión importante fue decidir cómo se iniciaría el vuelo si con una catapulta, desde tierra o desde el agua. Al final se decidió que tanto el inicio como el final del vuelo se realizarían en el agua con lo que hubo que dotar al aparato con flotadores y sujetarlos a la estructura, lo que aumentó el peso del Langley en unos 170 kilogramos.

¿Hasta qué punto se modificó el Langley con respecto al original, el Gran Aerodrome? Cuando Orville Wright se enteró de los trabajos que se estaban llevando a cabo en Hammondsport envió a sus propios espías que le informaron de modificaciones sustanciales en distintas partes del aparato. De acuerdo con las personas próximas al círculo de Glenn Curtiss los cambios fueron mínimos, los imprescindibles para restaurar el aeroplano y devolverle la configuración original. Orville se encargó de filtrar a la prensa las importantes transformaciones que había sufrido el avión de Langley y la gente de Glenn hizo declaraciones en sentido contrario.

El 28 de mayo el Langley se hallaba sobre la superficie del lago, listo para volar. Curtiss orientó el aeroplano con el morro hacia el viento y empezó a deslizarse muy suavemente sobre el agua hasta que se elevó a poca altura. Voló unos 50 metros y descendió con suavidad para posarse en el agua. Curtiss dijo que podía haber volado más distancia, pero que no quiso hacerlo porque no estaba familiarizado con el aeroplano. Durante los días siguientes hizo algunos vuelos más, todos muy cortos, para que los fotógrafos pudieran tomar las imágenes que quisieran. Los vuelos del Langley sobre el lago Keuka dieron la vuelta al mundo en la portada de los periódicos. El New York Times, en uno de sus artículos, reflexionaba sobre cual tendría que ser la postura de los jueces en la disputa de las patentes si quedaba demostrado que los Wright no habían descubierto el principio básico que posibilitaba el vuelo.

El Langley regresó al Smithsonian y los restauradores volvieron a rehacer sus formas para dejarlo tal y como sus creadores lo habían hecho. Curtiss, en Hammondsport tuvo que centrar su atención en los problemas del trabajo diario y a Orville Wright le dejó aquella aventura un poco más de resentimiento, sobre todo contra el Smithsonian.

Sin embargo Orville ya tenía otros planes. A lo largo de 1914 siguió desoyendo los consejos de los directivos de su empresa y compró casi todas las acciones de la Wright, incluso con préstamos de los bancos, se deshizo de su gerente y puso la empresa en venta. En octubre de 1915 la compró un grupo financiero liderado por William Boyce Thompson. Recibió una cifra que pudo ser del orden de 1,5 millones de dólares y Orville siguió trabajando como empleado, con un salario de 25 000 dólares en un laboratorio dedicado a la investigación. Eso era lo que siempre había querido hacer.

La batalla de las patentes tuvo que resolverla el Gobierno y lo hizo cuando Estados Unidos entró en la primera guerra mundial. Los conflictos con las patentes aeronáuticas se habían complicado tanto que eran un auténtico problema para el desarrollo de la actividad empresarial en este sector y en particular para las empresas más pequeñas. Se creó una asociación de fabricantes aeronáuticos con un fondo en el que se recogieron todas las patentes. El fondo compensó por la cesión de las mismas a sus legítimos dueños y estableció una tasa, igual para todos, por el uso de los derechos de las patentes.

Orville se liberó así de la mayor parte del fuego de aquél infierno que tuvo que soportar durante los años anteriores. Un embrollo que él mismo había puesto en marcha, junto con su hermano. Sin embargo, aún le aguardaban más juicios sobre patentes. Esta vez fueron los de los descendientes de un tal Montgomery que acusaban a los Wright de haber copiado sus alas de perfil curvo. Orville no se libró de aquella tortura hasta 1928, cuando un juez lo absolvió de las acusaciones.

Orville procuró no querellarse con nadie más en su vida.

El secreto de los pájaros (La invención del vuelo)

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La gran carrera de 1934, de Londres a Melbourne

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Gente de Albury ayuda a sacar del lodo al DC-2 de la carrera aérea Londres-Melbourne (1934)

John Batman fundó la ciudad de Melbourne en 1834 y los actos de conmemoración de su primer centenario los abriría en el parlamento australiano el príncipe Enrique, duque de Gloucester, en representación de su padre Jorge V.

El príncipe había ido de safari con su hermano a Kenia en 1928 y allí conoció a Beryl Markham con quién inició un apasionado romance. Un año después Markham residía en Londres donde visitaba con frecuencia a Enrique en el palacio de Buckingham. A la familia real la relación amorosa del duque no le pareció apropiada y la aviadora aceptó una pensión anual de un fondo de 15000 libras, que generosamente le ofreció la Corona, a cambio de abandonar el Reino Unido.

Uno de los eventos más importantes de la celebración australiana que con tanta pompa inauguró el príncipe Enrique fue la London to Melbourne Air Race, una carrera de aviones.  De los veinte participantes había tres Havilland DH.88 Comet, aeronaves construidas a propósito para ganar la prueba.

La tripulación de uno de los DH.88 estaba compuesta por un piloto de la Royal Air Force (RAF), el teniente L.C.W. Scott,  y el capitán Tom Campbell Black.

El capitán Campbell y Beryl Markham también habían sido amantes. Tom Campbell voló en la Royal Air Force durante la guerra y cuando acabó la contienda se trasladó a Kenia con su hermano para explotar una granja. A Tom le aburriría la agricultura y en septiembre de 1928, con otros amigos, compró el primer aeroplano que se registró en aquél país, un De Havilland DH51, al que le pusieron el nombre de Miss Kenya.  Al año siguiente Florence Kerr Wilson creó la Wilson Airways en Kenia que empezó a operar con un Gypsy Moth que pilotaba Campbell. El aviador también asumió el cargo de director ejecutivo de la compañía. La empresa creció y cuando Beryl  Markham, en  1931, recibió clases de vuelo de Tom,  ya contaba con una flota de cinco aeronaves. Por entonces Beryl perdió a su amante secreto- Denys Finch Hatton- otro piloto famoso no tanto por sus hazañas aeronáuticas sino por su relación amorosa con Karen Dixen, la autora de Memoras de África. Denys murió en un accidente aéreo en mayo de 1931.  Beryl, que estuvo a punto de quitarle el novio a Karen y que ya había mantenido también relaciones amorosas de forma esporádica con el marido de la escritora, se entregó a un nuevo romance amoroso con su profesor: Tom Campbell Black.

Tom abandonó Kenia en 1932 y fue él quien rompió las relaciones con Beryl.

En 1934, antes de volar a Melbourne, Campbell  hizo pública su intención de casarse con Florence Desmond, una hermosa actriz británica. Beryl le envió un telegrama a Tom: “Querido  ¿es verdad que te vas a casar con Desmond? Por favor responde stop corazón roto Beryl”. El mensaje se filtró a los medios y algunas revistas cambiarían el nombre a la London to Melbourne Air Race para llamarla  “Air Race Romance”.

La carrera comenzó el 20 de octubre, a las seis y media de la mañana. El Havilland DH.88, Black Magic, pilotado por la famosa aviadora Amy Johnson y su marido Jim Mollison tomó la delantera, pero debido a problemas técnicos se vio obligado a retirarse. Tom Campbell y Scott ganaron la carrera con su Grosvenor House– pintado de un color escarlata que no podía pasar desapercibido al cubrir la trayectoria de 11000 millas en 70 horas y 55 minutos.

De Havilland había construido los DH.88 para ganar aquella competición. Los vendió a un precio de 5000 libras con las que no cubrió los costes de desarrollo del aparato, pero la carrera aérea de Londres a Australia tenía que ganarla una aeronave hecha en el Reino Unido y el fabricante británico supo estar a la altura de las circunstancias. La victoria de Campbell y Scott no fue una sorpresa para nadie. La verdadera sorpresa fue que en segundo y tercer lugar llegaron dos aeronaves comerciales, fabricadas en Estados Unidos. No eran máquinas hechas para competir sino productos construidos para transportar pasajeros. En realidad, el gran vencedor de la carrera y el avión que acaparó mayor interés fue el que llegó en segundo lugar: un DC-2 de la aerolínea KLM con el nombre de Uiver (cigüeña).

Los DC-2 habían empezado a volar en Estados Unidos en el mes de mayo de aquél mismo año. Los operaba la TWA, podían transportar 14 pasajeros y hacían la ruta de costa a costa con tres escalas. La aerolínea había definido sus especificaciones y el fabricante de California Douglas los diseñó de acuerdo con las directrices de la TWA que quería un avión capaz de competir con el Boeing 247 de United Airlines. Del prototipo, DC-1, que  recibió la TWA en diciembre de 1933, solamente se fabricó una unidad porque la línea aérea quiso que los aviones de serie incluyeran algunas mejoras y llevaran dos pasajeros más. Las modificaciones de última hora retrasaron la puesta en servicio de los DC-2 que tendría lugar casi un año después que lo hicieran los Boeing 247 de la United. El retraso había valido la pena y una prueba de ello fue la victoria del DC-2 frente a su enemigo comercial, en un trayecto difícil y de muy largo recorrido. El margen del éxito fue estrecho, el  DC-2- con 90 horas y 13 minutos de vuelo- apenas sacó algo más de dos horas a su verdadero rival: el Boeing 247.

El viaje del Uiver no estuvo exento de incidentes y poco faltó para que tuviese que abandonar la competición. Una tormenta le obligó  a dirigirse a Albury, en New South Wales, un lugar sin aeródromo. El ingeniero de la oficina de correos señalizó la posición de la pequeña ciudad a la tripulación del DC-2, desde la subestación eléctrica, apagando y encendiendo todas las luces de la población varias veces. Un locutor de radio local llamó a los automovilistas para que acudieran a iluminar con sus faros una improvisada pista de aterrizaje donde el aeroplano pudiese aterrizar. El DC-2 se posó en un inmenso lodazal. Al día siguiente, centenares de paisanos de Albury tiraron de cabos hasta sacar a Uiver del barro. Sin la colaboración de las gentes de aquella ciudad el DC-2 jamás hubiera terminado la carrera. KLM agradeció aquél servicio con un importante donativo al hospital de Albury.

En Melbourne, Scott y Tom Campbell recibieron el trofeo de manos del príncipe Enrique, duque de Gloucester, que permaneció en el país durante los eventos de la celebración del centenario, de octubre a diciembre de 1934.

Al año siguiente de su victoria en la carrera de Londres a Australia, Tom Campbell Black y Florence Desmond contrajeron matrimonio. No transcurrió mucho tiempo antes de que Beryl intentara recuperar al aviador, como si se tratara de un trofeo de caza. La aviadora quiso atraer la atención del piloto con otra gesta aeronáutica.  Primero voló desde Nairobi  hasta al Reino Unido y allí empezó a planificar su siguiente hazaña.

En 1936, por primera vez un piloto, el escocés Jim Mollison, había cruzado el Atlántico norte, de este a oeste.  Beryl cenó con Mollison y le dijo que quería hacer lo mismo, pero desde el Reino Unido y no desde Irlanda como había hecho él. A Jim le sorprendieron  tanto las intenciones de Markham que le ofreció el avión que estaba construyendo para él, Messenger. Ella aceptó de inmediato la oferta. La intrépida aeronauta despegó de Abingdon, en Oxfordshire, el 4 de septiembre, rumbo a Nueva York. El vuelo no fue todo lo bien que hubiera querido porque tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia  en la costa de Newfoundland, Canadá. En cualquier caso, Beryl sería la primera mujer en cruzar el Atlántico norte, de este a oeste.

Cuando Tom se enteró de la proeza de su amiga hizo unas declaraciones a la prensa: “Increible, yo pensé que lo conseguiría, pero la meteorología, en lo que es siempre una travesía difícil, fue espantosa”.  Las palabras del piloto británico emocionaron a la aviadora. Beryl quería volver a Londres y ver a Tom. Había logrado llamar su atención, de eso no tenía la menor duda. Sin embargo, el 20 de septiembre le comunicaron por teléfono que Campbell Black había muerto en un estúpido accidente en el aeródromo de Liverpool: estaba con su avión en la pista, aguardando el turno de despegue, cuando otra aeronave chocó con la suya.

Es posible que aquél día Beryl Markham perdiera al verdadero amor de su vida, o quizá el famoso aviador murió demasiado pronto y así adquirió la condición de leyenda en el corazón de la aviadora.

Beryl Markham: Las otras memorias de África:

https://elsecretodelospajaros.wordpress.com/2013/09/28/beryl-markham-las-otras-memorias-de-africa/

El servicio a los pasajeros en los vuelos comerciales, en 1925 y un siglo después.

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Cine a bordo- 1925

El primer avión en el que realmente sus diseñadores tuvieron en cuenta el confort de los pasajeros como uno de los objetivos de diseño fue el Douglas Commercial One (DC-1) que encargó la TWA a la empresa Douglas en 1932. Arthur Raymond, el ayudante del vicepresidente de ingeniería del fabricante de aviones, se empeñó en hacer de aquella aeronave una máquina capaz de ofrecer a los pasajeros un nivel de comodidad hasta entonces desconocido. Raymond tuvo que trasladarse a las oficinas de la TWA, en Nueva York, para discutir las especificaciones del aeroplano que la aerolínea encargó a Douglas. El viaje de ida, desde Los Ángeles a Nueva York lo había hecho en tren, pero el regreso, lo hizo en avión y como pasajero sufrió una traumática experiencia que jamás olvidaría. En su viaje aéreo de costa a costa tuvo que soportar ruidos, vibraciones, malos olores, frío, estrecheces y salpicaduras. Raymond puso un cartel en la oficina de diseño para que sus ingenieros pensaran en la comodidad de los pasajeros en todo momento. Con la irrupción en el mundo aeronáutico del DC-1, el confort a bordo de las aeronaves comerciales empezó a tener la consideración que se merece.

Las fotografías de los primeros vuelos de la historia de la aviación comercial datan de los años 1920 y nos muestran señoras elegantes y encorbatados caballeros con trajes de magnífico corte, sombrero y pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Eso sí, todos con abrigo. También se recrean en mostrarnos las excelencias de un servicio a bordo del que hoy no queda el menor vestigio. Incluso en algunos de aquellos vuelos se proyectaban películas. La empresa británica, Imperial Airways, fue la primera en ofrecer cine a bordo. En abril de 1925 los pasajeros de la aerolínea podían ver la película The Lost World, el último gran éxito de Hollywood en el que los dinosaurios se peleaban con los hombres blancos igual que en Parque Jurásico, en los vuelos de Londres a París. Con una diferencia, y es que aquellos dinosaurios y los expedicionarios se expresaban con subtítulos porque la película era muda. De tener voz, los pasajeros no hubieran oído nada porque el ruido en la cabina era ensordecedor. Además de soportar tantos decibelios los sufridos pasajeros tampoco se atrevían a quitarse el abrigo durante el viaje para protegerse del frío. Las cabinas eran estrechas, los sillones incómodos y nada ergonómicos. Como la cabina de pasaje no estaba presurizada los aviones volaban por lo general por debajo de las nubes con lo que se veían zarandeados por las turbulencias. Las ventanas cerraban mal y el aroma de los gases de escape de los motores se colaba por las aberturas. Los váteres eran pequeños y llegar hasta ellos por los angostos pasillos obligaba a los pasajeros a realizar ejercicios de equilibrismo. Y los billetes aéreos eran muy caros. El único aliciente de los pasajeros de los años 20 era el de compartir durante unas horas, con otros pasajeros igual de ricos y elegantes, un mal rato para contarlo a las amistades en algún restaurante lujoso al día siguiente.

A pesar de las apariencias, nuestras líneas aéreas de bajo coste del siglo XXI ofrecen un servicio de lujo a sus clientes en comparación con las experiencias de los primeros y valientes pasajeros de la primera época de la aviación comercial.

Si a la falta de confort añadimos lo relativo a la seguridad, cualquier comparación de la experiencia de volar en las primeras líneas comerciales con hacerlo ahora es abrumadoramente favorable al magnífico servicio de los transportistas aéreos de bajo coste. En el año 1929 en Estados Unidos se produjeron 51 accidentes en los que murieron 61 personas. Si la seguridad se hubiera mantenido en ese nivel, teniendo en cuenta el volumen de pasajeros transportados, a lo largo del año 2012 habrían ocurrido 7000 accidentes con 8000 víctimas mortales. En realidad hubo 29 accidentes, en los que no hubo que lamentar ninguna fatalidad.

El progreso de la aviación, desde el punto de vista de los pasajeros, ha sido de tal magnitud que solo cabe añorar un futuro en el que los servicios mejoren con la misma celeridad que ha ocurrido en el pasado.

Jackie Cochran y las aviadoras

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Cuando Estados Unidos decidió arrebatarle a la Unión Soviética el liderazgo espacial, la NASA seleccionó a 7 astronautas para su proyecto Mercury, en 1959. El presidente Einsenhower impuso como condición que los futuros astronautas tenían que ser pilotos de reactores con un mínimo de 1500 horas de vuelo lo que excluía forzosamente a las mujeres, ya que la Fuerza Aérea aún no las admitía en estas unidades. Los aspirantes además debían “poseer condiciones  físicas excepcionales, ser intelectualmente superdotados y ser capaces de trabajar en equipo y solos…”.

El doctor William Randolph Lovelace II trabajó en el diseño de las pruebas físicas y sicológicas a las que había que someter a los candidatos. Cuando finalizó el proceso de selección, en 1960, quiso averiguar si las mujeres serían capaces de soportar las mismas pruebas que habían pasado los 7 elegidos por la NASA. La agencia espacial no tenía ningún interés en el proyecto del médico y Lovelace buscó financiación privada.

Jackie Cochran estaba casada con Floyd Bostwick Odlum, abogado, financiero y dueño de una inmensa fortuna. Pero, Jackie, además de ser rica por su matrimonio con Odlum gozaba del reconocimiento público de ser la primera aviadora del país y una mujer que había luchado desde su juventud por la integración de la mujer en el mundo de la aviación. El doctor Lovelace la conocía personalmente y estaba seguro de que no había en Estados Unidos nadie que pudiera tener más interés que ella en financiar su proyecto en el que pretendía demostrar que las mujeres eran igual de aptas que los hombres para el trabajo de astronauta.

La vida de Cochran no había sido fácil. Su nombre de soltera fue Bessie Lee Pittman y se casó embarazada muy joven, a los catorce años, con Robert Cochran un mecánico de aviación. Cuatro años después se divorció y regresó a la casa de sus padres que vivían modestamente en una pequeña ciudad del noreste de Florida: DeFufniak Springs.  Su hijo murió en un trágico accidente. De su primer esposo le quedaría para el resto de su vida el apellido, Cochran.

Bessie empezó a trabajar en una peluquería en Pensacola y poco después se trasladó a Nueva York donde le ofrecieron un buen puesto en un elegante salón de belleza de la Quinta Avenida. Bessie cambió su nombre por el de Jackie y a partir de entonces inició una nueva vida en la que no guardó ningún sitio para un pasado que trató de ocultar hasta su muerte.

En 1930, cuando tenía 24 años,  voló por primera vez con un amigo. La experiencia la emocionó profundamente.  Jackie empezó a tomar lecciones de vuelo en el aeródromo Roosevelt. Durante aquella época conoció a Floyd Bostwick Odlum, catorce años mayor que ella, con quien contrajo matrimonio en 1936.

Desde una posición económica muy desahogada, Jackie Cochran se entusiasmó con la aviación y junto con Amelia Earhart peleó para que en la famosa competición aeronáutica Bendix se permitiera que participaran las mujeres.  Esta competición se celebraba anualmente, patrocinada por el fundador de la corporación que llevaba su nombre, Vincent Bendix, y su propósito era favorecer el desarrollo de aeroplanos más seguros, fiables y rápidos.  En 1938, Jackie fue la ganadora  a bordo de una aeronave Severksy P-35 haciendo la travesía de Los Angeles a Cleveland en 8 horas y 10 minutos.

En 1938, a los 32 años, Jackie había acumulado un número considerable de records y trofeos aeronáuticos y estaba considerada como una de las mejores pilotos femeninas de su país. Entre sus records figuraba el de ser la primera mujer que había volado a través del océano Atlántico pilotando un bombardero. Esta misión la llevó a cabo como miembro de la organización Wings for Britain que se dedicaba  transportar aviones fabricados en Estados Unidos al Reino Unido.

En septiembre de 1940 Cochran envió una carta a Eleanor Roosevelt para proponerle la creación una organización similar a la Air Transport Auxiliary (ATA), del Reino Unido. La ATA tenía como misión cubrir los servicios de transporte de los aviones militares entre los aeródromos operativos y los centros de mantenimiento, así como efectuar transportes urgentes de pasajeros o material y equipamiento. Eran tareas de soporte a las unidades que efectuaban misiones de combate en el frente. Los pilotos de la ATA permitían que la Royal Air Force (RAF) contara con más efectivos en el campo de batalla al no tener que distraer parte de su dotación humana en esos menesteres. Se trataba de una iniciativa civil, integrada, en un principio, en la línea aérea BOAC y en la que trabajaron pilotos que no poseían la cualificación para volar las misiones de la RAF, debido a su edad o a la falta de entrenamiento. A lo largo de la guerra, la ATA contó con 1245 pilotos, hombres y mujeres, de 25 países, que operaron 147 tipos distintos de aeronave. Las primeras 8 mujeres de la ATA se incorporaron el día de año nuevo de 1940 y empezaron a trabajar bajo las órdenes de Pauline Gower.  Su paga era un 20% inferior a la de los hombres. Sin embargo, Pauline luchó para que sus muchachas tuvieran los mismos emolumentos que los varones y en 1943 la ATA implantó un sistema de igualdad de oportunidades para todos  sus empleados. A lo largo de la segunda guerra mundial en la ATA se alistaría un total de 168 mujeres, entre las cuales estuvieron Amy Johnson y Jackie Cochran.  El principal papel de Jackie Cochran fue el de reclutar y preparar mujeres estadounidenses para la organización.

Jackie continuó ejerciendo presión para conseguir que las mujeres se integraran de algún modo como pilotos en la Fuerza Aérea. Había perdido a su mejor aliada, Patricia Earhart, cuando desapareció en el Pacífico en 1939, pero Cochran no se desanimó. El teniente general de la Fuerza Aérea de su país, Henry H. Arnold, Hap, tuvo en cuenta las recomendaciones de Cochran y le pidió que se desplazara a la ATA con un grupo de aviadoras estadounidense para estudiar con más detalle su funcionamiento. En marzo de 1942, la norteamericana se presentó en la organización británica con 25 paisanas suyas con licencia de piloto que habían pasado las pruebas que ella misma diseñó.

En agosto de 1943 el general Arnold autorizó la constitución del Women Airforce Service Pilots (WASP), compuesto por pilotos de sexo femenino,  al que se le asignaron funciones de entrenamiento y de transporte de aeronaves .  Jackie Cochran fue nombrada directora del WASP que estableció su base en Sweetwater, Tejas. Centenares de mujeres acudieron al centro tejano para recibir entrenamiento, bajo la supervisión de la famosa piloto.

Cuando finalizó la segunda guerra mundial, Jackie ingresó en la reserva de la Fuerza Aérea estadounidense.  En 1953 en el lago Rogers Dry, en California a bordo de un Sabre F-86 que pidió prestado a la Fuerza Aérea de Canadá traspasó la barrera del sonido. El comandante Chuck Yeager la había animado a hacerlo y, al igual que él fue el primer hombre que voló más rápido que el sonido, Jackie sería la primera mujer supersónica. Chuck y Jackie mantuvieron una estrecha amistad durante el resto de sus vidas. Siete años más tarde, el 6 de junio de 1960, la intrépida piloto voló en un A3J Vigilante a una velocidad de Mach 2 con lo que se convirtió en la primera mujer que viajó dos veces más deprisa que el sonido.

Durante los últimos veinte años, desde 1940 a 1960, Jackie había acumulado más trofeos, records de distancia, velocidad y altitud, títulos y honores aeronáuticos, que ninguna otra persona, mujer o varón, en todo el mundo. También había luchado por conseguir la igualdad de derechos de la mujer en el mundo aeronáutico. Sin embargo, en 1960, en Estados Unidos las mujeres no podían ingresar en la escuela militar de pilotos de combate ni ser astronautas de la NASA.

El perfil de Jackie encajaba a la perfección para convertirse en la patrocinadora del proyecto del doctor Lovelace, una iniciativa privada que únicamente pretendía demostrar que las mujeres podían llevara a cabo misiones espaciales, exactamente igual que los hombres. El médico tampoco quería ir mucho más allá y Cochran accedió a financiar la iniciativa.

Lovelace invitó primero a Jerrie Cobb, una experimentada piloto, para que participara en el proyecto. Jerrie consiguió pasar las tres fases de las pruebas. Después, con la ayuda de Jerrie, revisó más de 700 expedientes de voluntarias y seleccionaron a 19, de las que 12 pasaron las pruebas físicas que se habían hecho a los futuros astronautas durante la fase I.  Para realizar las pruebas de las fases II y III se necesitaba material, reactores y equipo militar, ubicado en la Naval School of Aviation Medicine, en Pensacola, Florida. Pocos días antes de la celebración de los test correspondientes a estas fases, la Marina denegó el permiso y exigió un requerimiento formal de la NASA para autorizar el uso de sus instalaciones.

Jerry Cobb y Jane Hart, otra de las participantes, escribieron al presidente Kennedy y fueron recibidas por el vicepresidente Johnson, pero no consiguieron que las pruebas se reanudasen. El 17 y 18 de julio de 1962 se celebraron audiencias públicas ante un subcomité del comité de Ciencia y Astronáutica en el que se investigó la posibilidad de discriminación de género, aunque dicha práctica en Estados Unidos no fue ilegal hasta la promulgación del Acta de Derechos Civiles de 1964. Cobb y Hart testificaron a favor de los beneficios del proyecto de Lovelace. Los representantes de la NASA, entre los que figuraban los astronautas John Glenn y Scott Carpenter,  afirmaron que según los criterios establecidos por la propia agencia espacial las mujeres no podían acceder al puesto de astronauta, lo cual era cierto porque tenían que ser pilotos de reactores  de combate. Quizá la nota más disonante en aquella disputa la aportaría la propia Jackie Cochran, que a pesar de haber contribuido económicamente a la financiación del estudio, manifestó su preocupación de que la puesta en marcha de un programa para seleccionar astronautas femeninos podría demorar el proyecto de la NASA. Sus declaraciones, en las que de algún modo apoyó la negativa a revisar la decisión que excluía a las mujeres como astronautas y poner en marcha un programa para incluirlas en el proyecto Mercury,  pudo estar condicionada por las presiones que recibió de los republicanos. Jackie militaba en el partido republicano, era amiga personal de Einsenhower y argumentó- no sin razón- que un retraso en el programa Mercury no era compatible con los intereses de la nación. Otros piensan que Cochran no quiso poner en peligro su condición de “primera aviadora” de su país, título que una astronauta le hubiera arrebatado inmediatamente.

Después de las audiencias el subcomité no tomó ninguna decisión. Las 13 mujeres de Lovelace pasarían a la historia como las del Mercury 13 para marcar el paralelismo con los 7 hombres del Mercury 7, aunque ellas, regresaron a sus puestos de trabajo y sus casas y no viajaron al espacio a pesar de que el doctor Lovelace demostró que podían hacerlo.

El asunto de las astronautas volvió a saltar a la opinión pública el 16 de junio de 1963, cuando una mujer rusa, Valentina Tereshkova  a bordo de la nave espacial Vostok IV,  comentaba con sus colegas de la agencia espacial soviética: “Veo el horizonte. Un azul pálido, una hermosa banda. Es la Tierra ¡qué hermosa! Todo va bien.”  Fue la primera mujer que viajó al espacio y la Unión Soviética volvía a demostrar su liderazgo y su capacidad para integrar a la mujer en el mundo aeronáutico. La NASA tuvo que aprender la lección, aunque le costó hacerlo porque la doctora Sally Ride, la primera astronauta estadounidense que viajó al espacio,  lo hizo en 1983 con veinte años de retraso.

Cochran murió en su rancho de California el 9 de agosto de 1980, cerca del aeropuerto que utilizó habitualmente y que hoy lleva su nombre: Jaqueline Cochran Regional Airport.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

Los pilares de la creación

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Los pilares de la creación – Imagen NASA- Hubble

 

El 1 de abril de 1995 el telescopio espacial de la NASA, Hubble, tomó una fotografía en la nebulosa Águila que alcanzó una gran popularidad. La foto es en realidad una composición de varias imágenes y muestra un lugar en el que nacen las estrellas. Son pilares de color ámbar que emergen sobre un fondo más claro salpicado de luces rosadas y violetas. Estas magníficas columnas están hechas con moléculas de hidrógeno y en su interior las fuerzas gravitatorias forman glóbulos gaseosos que son los embriones de las estrellas, que después de nacer se apartan de los pilares. Las columnas soportan fuertes radiaciones ultravioleta provenientes de las estrellas, luces rosadas, que actúan como si fueran  vientos y turbulencias capaces de erosionar los pilares. Aunque en la imagen puedan parecerlo, no son pequeños, el de la izquierda mide unos cuatro años luz, es decir, cerca de cincuenta billones de kilómetros.

Los sucesos que capta la escena, fotografiada por J. Hester y P. Scowen, ocurrieron hace unos 6500 años porque a esa distancia, en años luz, se encuentran las columnas. Cuando observamos en el Universo lugares remotos contemplamos las imágenes con el retraso que tarda la luz en viajar desde aquellos sitios hasta nosotros.

Esta imagen se ha realizado con emisiones del espectro visible, pero con posterioridad se han obtenido otras de rayos X e infrarrojos que han permitido observar con mayor detalle el interior de los Pilares de la Creación y constatar que allí se originan glóbulos que forman estrellas. Estas concentraciones de hidrógeno se iluminan, crecen,  y abandonan las columnas envueltos en nubes de polvo revolviéndose contra el ámbar que los aprisiona hasta que se liberan de las turbulencias para brillar con claridad en el fondo. Es un largo proceso que recuerda el nacimiento de los seres vivos.

Los “pilares” se encuentran en la nebulosa Águila, que también se conoce como NGC6611, está en la constelación Serpens, y fue descubierta por Charles Messier que la incluyó como el objeto número 16 (M-16) en su primera versión del Catálogo de Nebulosas y Cúmulos Estelares, en 1771. Sin embargo, es posible que esta paridera de estrellas ya no exista, y que ni siquiera existiera ya cuando Messier descubrió la nebulosa Águila.

El equipo de Nicolas Flagey, del Instituto de Astrofísica Espacial de Orsay en Francia, obtuvo unas imágenes de la nebulosa que muestran una nube de polvo muy caliente que podría indicar la existencia de una potentísima onda de radiaciones producida por la explosión de una supernova, a una distancia de unos 1000 años luz, aproximándose a los “pilares”. Es posible que esta onda haya destruido por completo la hermosa cuna de estrellas y, de ser así, ocurrió hace unos 5500 millones de años, por lo que hoy allí ya no queda nada de lo que estamos viendo. También es posible que hace unos 1000 años nuestros antepasados observaran la explosión de la supernova desde la Tierra, pero eso es algo que aún no se ha podido verificar. Sin embargo, hay astrónomos que no comparten la hipótesis de la destrucción de los “pilares”; Stephen Reynolds, de la universidad del Estado de Carolina del Norte, en Raleigh, Estados Unidos, piensa que la onda expansiva debería emitir más rayos X para alcanzar un poder destructivo capaz de arrasar los “pilares”.

De todas formas, estas grandiosas columnas son una imagen de la energía que conforma el Universo. Los Pilares de la Creación, sometidos a las fuerzas creativas y destructoras de Brahma y Shiva, sugieren la necesidad de que Vishnú nos preserve y proteja.

 

La invención de los cohetes

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En 1806 Claude Fortuné Ruggeri envió una oveja con un cohete a 200 metros de altura. El animal descendió en paracaídas a tierra sin sufrir ningún percance. Antes había elevado ratones y otros animales pequeños. Claude era hijo de Petronio, uno de los cinco hermanos de la familia Fortuné Ruggieri que abandonaron Italia para instalarse en París, en 1730. Muy pronto se convirtieron en los pirotécnicos de moda de la alta sociedad europea. Es posible que a Claude le corresponda el honor de ser el primer artificiero que lanzó un ser vivo utilizando un cohete, pero realmente se haría más famoso por sus conocimientos de química que le permitirían mezclar pólvoras con sales metálicas para colorear las luces de sus fuegos artificiales. Mezclando pólvoras con estroncio las hacía rojas, verdes con bario y azules con cobre. Además era capaz de dibujar figuras y de lanzar sus castillos desde globos de aire caliente.

Los cohetes han servido tradicionalmente para pintar las noches oscuras de fiestas con bonitos colores y  aunque también tuvieron aplicaciones militares siempre fue mayor el ruido que el daño, al menos hasta mediados del pasado siglo. Los primeros cohetes se lanzaron en China, ya que allí se inventó la pólvora y esta sustancia la trajeron los árabes a Europa. Una de las primeras referencias escritas que se tiene en este continente del explosivo chino figura en las crónicas de un rey español, Alfonso XI de Castilla: …tiraban [los árabes] muchas pellas de hierro que las lanzaban con truenos, de los que los cristianos sentían un gran espanto…

Podríamos decir que la historia de los cohetes, como propulsores de una carga útil que normalmente se le suele llamar en el argot aeronáutico “carga de pago”, tiene algo más de mil años. Sin embargo, durante las primeras nueve centurias sirvieron para divertir a la gente y asustar en las guerras. La parte más importante del desarrollo de los cohetes se produjo en un espacio de tiempo que escasamente duró sesenta años, durante el siglo pasado.

Creo que hay cinco grandes protagonistas que, desde el año  1903 hasta la década de 1960, hicieron posible que los cohetes pasaran de levantar una oveja un par de centenas de metros a llevar una tripulación de astronautas hasta la Luna. Fue en aquella década cuando el Saturno V, un impresionante cohete con tres etapas, 110 metros de altura y 10 de diámetro, capaz de transportar más de 45 toneladas de carga a una órbita lunar, inició los vuelos tripulados a nuestro satélite. Ha habido otros cohetes que han completado con éxito más misiones, como los Atlas estadounidenses o los R-7 rusos, pero hasta la fecha ninguno ha superado las prestaciones de los Saturno V.

En la actualidad la NASA trabaja en el desarrollo del Space Launch System que será el cohete que lleve a cabo las misiones previstas hasta el 2032, incluyendo  la caza y la puesta en órbita lunar de algún asteroide próximo, una expedición con astronautas al asteroide en la órbita lunar y un viaje a Marte, tripulado.

Son muchas las personas que han trabajado en el desarrollo de la tecnología de los cohetes, pero por varias razones, cinco de ellas marcaron hitos muy importantes en esa historia. El ruso Tsiolkovsky formuló los principios básicos teóricos de la ciencia de los cohetes. Los resultados de sus investigaciones los publicó en 1903 y en 1911 y todos los que le siguieron tratarían de llevar a la práctica sus ideas, aunque es posible que no todos llegaran a conocer la obra del ruso y tuvieron que reinventarla. El primer cohete cuya concepción respondía a los conceptos de Tsiolkovsky lo lanzó un estadounidense, Goddard, en una granja el año 1926. Fue Goddard quien demostró de manera fehaciente que las ideas de Tsiolkovsky eran viables. Un húngaro, austríaco, alemán o rumano, dependiendo del momento de su vida ya que a lo largo de la misma su ciudad natal cambió de nacionalidad varias veces, por culpa de las guerras y la política, que se llamaba Oberth, también fue el primero en repetir en Alemania, algo similar a lo que hizo Goddard en Estados Unidos. Oberth probó un cohete de combustible líquido, estático, en un laboratorio berlinés, en 1929. Quizá, si no hubiera tenido un ayudante, su experimento se hubiera quedado en otro experimento más, pero von Braun asistió a Oberth durante las pruebas del motor cohete y aquella colaboración marcaría para siempre al joven aristócrata. Von Braun fue el director técnico de los desarrollos de los cohetes alemanes que culminaron con el emblemático V-2, en 1943. Después de la segunda guerra mundial la mayor parte de la tecnología alemana relacionada con los cohetes fue a parar a Estados Unidos y el resto a la Unión Soviética. Von Braun asumió el liderazgo norteamericano. En la Unión Soviética otro ingeniero siguió los pasos de su maestro Tsiolkovsky  y se aprovechó de la experiencia alemana, se llamaba Korolev. El equipo de Korolev tomó el liderazgo mundial en el desarrollo de cohetes  cuando en 1957 puso en órbita el Sputnik 1. Kennedy, ayudado por la inteligencia estadounidense, emplazó a su país para que recuperase un liderazgo que nunca había tenido y von Braun tuvo un papel principal en el desarrollo del proyecto al dirigir el diseño y la construcción del cohete Saturno V que en 1969 llevó al hombre a la Luna.

Goddard jamás consiguió el apoyo financiero que tuvo von Braun, porque le tocó vivir épocas en las que los cohetes no interesaban a los políticos de su país. Tsiolkovsky fue ignorado durante muchos años, en un país empobrecido y convulso. A Oberth ni siquiera le dejaron publicar su tesis doctoral en Alemania, por considerarla “inoportuna”. Von Braun disfrutó del apoyo incondicional de la maquinaria de guerra de Hitler. Korolev estuvo a punto de pasar a mejor vida en una de las famosas purgas de Stalin y fue rescatado como otros muchos técnicos y científicos para contrarrestar a los muchachos de von Braun, durante la segunda guerra mundial. La rabieta de Stalin cuando se enteró de que los estadounidenses se habían llevado casi todo el material y los expertos de los V-2 de Alemania, al terminar la guerra, llenó de rublos el presupuesto de Korolev que en pocos años sorprendió a una sociedad estadounidense poco interesada por la actividad espacial, primero con un satélite y después con un astronauta en el espacio. Las circunstancias hicieron que, la carrera espacial, algo que poco antes parecía inútil se convirtiera en la razón de ser de un país. Aquella locura norteamericana sacó a von Braun del aburrimiento para construir un impensable cohete de 110 metros de altura. Tsiolkovsky, Goddard, Oberth, von Braun y Korolev, hombres de gran talla, fueron las marionetas de una extraña y voluble forma de hacer política que estuvo a punto de destruir el mundo. Fueron años de guerras calientes y de la guerra fría.

Konstantin Eduardovich Tsiolkovsky  nació el 17 de septiembre de 1857 en Izhevskoye, una pequeña ciudad del vasto y atrasado imperio ruso. De niño padeció escarlatina que afectó su audición lo que motivaría que no quisieran admitirlo en la escuela pública. Tsiolkovsky fue un autodidacta que se refugió en su mundo aislado y solitario para dedicarse al estudio de la física y las
matemáticas. De adolescente comenzó a soñar con los viajes espaciales.

Tsiolkovsky acudió durante tres años a una biblioteca en Moscú en donde trabajaba Nikolai Fyodorov, padre del cosmismo ruso: un movimiento filosófico que consideraba al hombre destinado a ejercer un control absoluto sobre la naturaleza hasta el punto de conseguir liberarse de la muerte. Según la filosofía cosmista en el hombre coexiste lo divino y lo material en perfecta armonía; la raza humana está llamada a manipular los fenómenos meteorológicos, la rotación de la Tierra y colonizar el Universo, para lo que tiene que adquirir un conocimiento profundo de las leyes que gobiernan el mundo en que vivimos. A lo largo de toda su vida el pensamiento de Tsiolkovsky estuvo imbuido de las ideas de Fyodorov. Sus trabajos astronáuticos serían una parte menor de una obra que escribió en más de 400 libros de los que solamente 90 tuvieron que ver con los viajes espaciales.

A pesar de su falta de formación académica Tsiolkovsky aprobó los exámenes de profesor. Su primer empleo fue dar clases en una escuela de Borovsk, cerca de Moscú. El profesor se casó con Varvara Sokolovaya, tuvo una familia y vivió aislado dedicado a la docencia y la investigación.

En 1892 lo trasladaron como profesor a la ciudad de Kaluga. En 1897 instaló en su pequeño apartamento el primer túnel de viento que se utilizó en Rusia para determinar las fuerzas de sustentación y resistencia de objetos con distintas formas. Ideó un dirigible metálico y también hizo bocetos de una máquina de volar más pesada que el aire, pero no obtuvo ningún apoyo para desarrollar estos proyectos y los abandonó.

En 1903 publicó su libro La exploración del espacio cósmico mediante dispositivos a reacción, junto con otros artículos, en los que se compendiaba el resultado de sus trabajos de investigación astronáutica y sobre cohetes. No logró una gran acogida porque Tsiolkovsky se había adelantado a su época. Sin embargo, su publicación de 1911, Investigación sobre cohetes en el espacio exterior, tuvo mayor impacto en los medios científicos internacionales.

El autodidacta ruso calculó que la velocidad mínima para mantener un objeto en una órbita terrestre era de 8000 metros por segundo (28 800 kilómetros por hora) y también determinó la velocidad de escape desde cualquier planeta, es decir, la velocidad a la que hay que impulsar un objeto para que lo abandone. Tsiolkovsky formuló todos los conceptos que con posterioridad llevarían a la práctica los ingenieros y científicos que le siguieron hasta construir los cohetes que transportaron al hombre a la Luna. En primer lugar, estableció la fórmula que permite calcular la velocidad de un cohete en cualquier momento, a partir del impulso específico del combustible y las masas inicial y final. Propuso la idea de cohetes con varias etapas, el uso de combustibles líquidos (oxígeno e hidrógeno) y otros muchos detalles que se implantarían con posterioridad.

Cuando estalló la revolución soviética en su país, Tsiolkovsky apoyó a los bolcheviques y en 1918 fue nombrado miembro de la Academia Socialista. Se retiró en 1920 del trabajo que tenía como profesor de matemáticas en la escuela de Kaluga. En 1928 publicó La voluntad del Universo. La inteligencia desconocida, obra en la que aseveraría que los humanos colonizaremos nuestra galaxia. Para el científico ruso la Tierra era la cuna de la Humanidad, pero la Humanidad no podía estar siempre en la cuna. Durante los últimos años de su vida se interesó por la doctrina eugénica, desarrollada por Galton, que defendía la intervención y el ordenamiento social en la producción de la descendencia humana. La simpatía que mostró por estas ideas no acrecentaría su popularidad. Tsiolkovsky  murió en Kaluga de cáncer de estómago el 19 de septiembre de 1935.

Es posible que el norteamericano Robert Hutchins Goddard, nacido el 5 de octubre de 1882 en Worcerster, Massachusetts, no llegara nunca a conocer bien la obra del ruso Tsiolkovsky. Cuenta Goddard que el 19 de octubre de 1899 estaba arriba de un cerezo podando las ramas viejas y empezó a soñar que sería bello observar el despegue de una nave rumbo a Marte, desde aquél  hermoso prado que se extendía debajo de sus pies. Cuando bajó del árbol se sintió un muchacho distinto porque la existencia al fin parecía tener una finalidad. Desde entonces, el 19 de octubre se convirtió en el  día del aniversario y lo consideraba como un festivo de carácter personal. Tsiolkovsky y Goddard compartieron una visión del mundo romántica y un temperamento introvertido y receloso.

Durante la adolescencia fue un estudiante aplicado, de frágil salud, ávido lector y muy curioso. Se graduó en física por el Worcester Polytechnic Institute en 1908 y completó su formación académica con un doctorado en la Clark University de Worcester en 1911. En 1912 obtuvo una beca de investigación en el laboratorio de física Palmer de la universidad de Princeton, aunque allí estuvo poco tiempo porque cayó enfermo y tuvo que regresar a Worcester al año siguiente. Los médicos creyeron que Goddard no superaría la tuberculosis, pero la pasión del joven físico por la ciencia y sus ganas de vivir lograron vencer la batalla  que tuvo contra las bacterias y, a finales de ese mismo año, Robert empezó a redactar sus primeras patentes. A lo largo de toda su vida llegó a registrar 214 patentes, pero las dos primeras, que describen un cohete con múltiples etapas y el sistema de propulsión con gasolina y óxido de nitrógeno líquido, marcarían un hito muy importante en el desarrollo de la tecnología de los cohetes. Cuando se recuperó de la enfermedad, Robert empezó a trabajar en la universidad Clark, en Worcester, como instructor e investigador.

En 1915 Goddard organizó un gran revuelo en la universidad al lanzar su primer cohete de pólvora. El joven inventor tuvo que aclarar que su experimento era inocuo, aunque fuera ruidoso y que nadie tenía que temer por su integridad, pero no convenció a los directores y a partir de entonces efectuó las pruebas en una cámara, dentro del laboratorio. Robert constató que la eficiencia del cohete de pólvora era de un 2%. Es decir, que solamente ese porcentaje de la energía liberada en la combustión se convertía en energía mecánica capaz de impulsar el cohete. Entonces se le ocurrió utilizar la tobera inventada por el sueco Gustav Laval, en 1888, para canalizar el flujo y comprobó que era posible incrementar mucho la velocidad de salida de los gases.  La tobera, primero se estrechaba y luego se ensanchaba, algo poco intuitivo porque para aumentar la velocidad de un fluido que circula por un conducto parece que hay que reducir la sección del conducto; esto es cierto siempre y cuando la velocidad del fluido sea inferior a la del sonido. Así pues, en la tobera de Laval el fluido aumentaba la velocidad en el estrechamiento hasta alcanzar la del sonido y luego se ensanchaba para que en el tramo supersónico el fluido continuara aumentando su velocidad. De esta forma, el cohete de Goddard conseguiría un rendimiento del 63%, lo cual suponía un paso de gigante en el desarrollo de la tecnología de los cohetes.

Aquellos resultados, según Goddard, demostraban la posibilidad de impulsar con cohetes una nave capaz de escapar de la atracción terrestre y viajar al espacio exterior. Pero, en 1915, cuando todavía no se había encontrado utilidad práctica a la recién inventada máquina de volar, hablar de cohetes espaciales era un atrevimiento que bordeaba la enajenación. Robert Goddard había llegado mucho más allá: en 1916 y 1917 realizó sus primeros experimentos con motores de iones.  Sus pequeños motores de cristal generaban un chorro de aire ionizado. Casi cien años después la NASA ha apostado por esta tecnología para propulsar en el futuro las naves que realicen misiones muy alejadas de la Tierra.

Robert Goddard utilizaba parte de su salario para financiar los costes de las investigaciones, pero a partir de 1916 los gastos empezaron a quedar fuera de sus posibilidades. Solicitó al Smithsonian apoyo económico y para describir sus trabajos envió una monografía con el título de  Un método para alcanzar altitudes extremas. El Smithsonian aceptó proporcionarle una ayuda de 5000 dólares en total, durante cinco años. La universidad Clark añadiría otros 3500 dólares a esa cantidad y la politécnica de Worcester le prestó unas instalaciones seguras donde hacer las pruebas.

En 1920 el Smithsonian publicó la monografía de Robert Goddard que había recibido dos años antes. El documento explicaba cómo mediante el uso de una tobera de Laval se lograba conseguir la mayor cantidad posible de empuje al aumentar la velocidad del flujo supersónico a partir de la garganta del dispositivo. La mayor parte del documento tiene que ver con cuestiones relacionadas con los combustibles, la velocidad de los gases en las toberas, la masa del cohete y su carga de pago, así como la utilización de los cohetes en aplicaciones de exploración de la atmósfera. Sin embargo, en una sección, Goddard explicaba que era posible alcanzar la Luna con un cohete cuyo peso en el momento del lanzamiento fuera de 3,21 toneladas. El cohete llegaría a nuestro satélite con una carga de pago de unos 5 kilogramos. Para verificar, desde la Tierra, la llegada  a la Luna del cohete, se podía hacer que explotara una carga en la superficie lunar que pudiera observarse con un telescopio desde nuestro planeta. En general, la reacción de la prensa fue muy negativa. La idea de que un cohete pudiera llegar hasta la Luna les pareció a muchos periodistas absurda y ridícula. Goddard recibió críticas también desde algunos estamentos científicos, todo lo cual contribuiría a que el físico se aislara y protegiese sus trabajos con un velo de opacidad y secretismo.

El 16 de marzo de 1926 su equipo lanzó el primer cohete que utilizó combustible líquido: una mezcla de gasolina y oxígeno líquido. El cohete no podía ser más simple, pero contaba con todos los elementos básicos necesarios para demostrar la viabilidad de sus teorías. La tobera estaba en la parte superior, de la que colgaban los depósitos con el oxidante y el combustible protegidos por un cono para evitar que el chorro de gases de la tobera incidiera directamente sobre los depósitos. Había dos conductos que desde los depósitos salían hasta la cámara de combustión, arriba, y pasaban por los lados del cohete, separados por dos brazos. Así, con el centro de gravedad por debajo del de empuje, Goddard conseguiría que el cohete mantuviera la estabilidad durante el vuelo. Era un artefacto muy poco atractivo. El lanzamiento se produjo en la granja de la tía Effie, en Auburn, y el cohete ascendió unos 12 metros recorriendo una trayectoria de 60 metros en 2,5 segundos. La prueba fue satisfactoria en el sentido de que se pudo demostrar que las ideas del científico funcionaban, pero un fracaso desde cualquier otro punto de vista. Durante unos 20 segundos por la tobera se expulsaron gases sin que el cohete ascendiera un solo milímetro; el ascenso se inició cuando se hubo quemado suficiente combustible para que el peso se redujera de forma considerable. Parte de la tobera se fundió y la película de la cámara de Esther Goddard, que grababa el gran evento, se agotó antes de que el cohete despegara.

Goddard se dio cuenta de que necesitaba mecanismos automáticos para controlar el vuelo de sus cohetes. Las aletas sólo no eran suficiente y colocó vanos móviles en las salidas de gases, todo ello controlado mediante sistemas con giróscopos.

El famoso piloto Lindbergh, que había volado en solitario de Nueva York a París se interesó por el trabajo de Goddard y actuó de intermediario para que la familia Guggenheim apoyara financieramente al inventor. A partir de 1930 estableció su base de operaciones en Roswell, Nuevo México, para seguir con sus experimentos con un pequeño equipo, aislado y en secreto. A lo largo de más de 10 años, de 1930 a 1941, Goddard lanzó en Roswell 31 cohetes; el que alcanzó mayor altura ascendió hasta unos 2500 metros, en 1937.

Mientras Robert Goddard progresaba muy lentamente en Roswell sin que la Administración de su país le prestara demasiada atención,  en Alemania el gobierno nazi daría un gran impulso al desarrollo de esta tecnología.

El primer científico que realmente se interesó por la ciencia de los cohetes en centro Europa fue  Hermann Julius Oberth nacido en Nagyszeben, en el reino de Hungría que formaba parte del imperio Austro- Húngaro de Francisco José, el 25 de junio de 1894. La lectura de las novelas de Julio Verne,  Desde la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, impactaron al joven Hermann hasta el punto de construir un pequeño cohete cuando tenía 14 años.

Oberth estudió medicina, pero no se olvidó de los cohetes y siguió experimentando por su cuenta. Al joven le interesaba más la física que la medicina y cuando terminó la guerra, en 1919, se trasladó a Alemania para estudiar Física, primero en Munich y después en Göttingen.

Cuando escribió su tesis doctoral En cohetes al espacio planetario, en 1922, sus profesores consideraron que el tema no era adecuado y Oberth se negó a cambiarlo, de forma que no pudo doctorarse. Sin embargo, la universidad rumana de Cluj aceptó su tesis y le otorgó el grado de doctor. El joven físico subsistió, hasta 1938, dando clases en un colegio, en Rumanía.

Pero, durante el tiempo en que Oberth vivió en Rumanía no perdió el interés por los cohetes ni sus contactos con los centros y personas interesados por aquella ciencia. En junio de 1929 ganó el premio de la Sociedad Astronómica Francesa con su libro Caminos del vuelo espacial que escribió a partir de su tesis doctoral. Durante los años 1928 y 1929 trabajó en Berlín, parte de su tiempo, como consultor del equipo cinematográfico que estaba rodando la película Mujer en la Luna. Una de sus tareas fue la de construir y lanzar un cohete, como evento publicitario de la película. Pero quizá, la actividad más destacable durante aquella época fueron los experimentos que llevó a cabo en los laboratorios del Instituto de Tecnología Química en Berlín. Allí probó estáticamente un motor cohete de combustible líquido, construido por Klaus Riedel, con la ayuda de un joven de 17 años que se llamaba Wernher Braun.

Su asistente, Wernher von Braun,  había nacido en Wirsitz, en 1912 en el seno de una familia aristocrática. De pequeño quería ser compositor, aprendió a tocar el piano y el chelo, pero después de leer las obras de ciencia ficción que había escrito Hermman Oberth, sobre viajes espaciales, se aficionó a la astronomía y el espacio. Para von Braun, trabajar con Oberth en el Instituto de Tecnología Química, experimentando con un motor cohete, era más de lo que podía imaginar. Entonces, Wernher estudiaba en el Instituto Tecnológico de Berlín para graduarse como ingeniero aeronáutico.

Después de la diplomatura, von Braun continuaría estudiando Física  en la universidad Federico-Guillermo. Hermann Oberth había sido un pionero en el mundo de los cohetes, en unos momentos en que se trataba de una ciencia “poco adecuada”, pero el mundo había cambiado. Cuando el partido nazi tomó el poder en Alemania, impulsar la tecnología de los cohetes pasó a formar parte de las prioridades del Gobierno. Wernher von Braun leyó su tesis doctoral el 27 de julio de 1934. La tesis de von Braun trataba sobre el uso de combustibles líquidos en cohetes y la mayor parte de su contenido no se haría público por considerarse material clasificado. Nada más leer su tesis, el capitán Walter Dornberger puso a su disposición una ayuda para que trabajara en su laboratorio de Kummersdorf y a finales de 1934 el equipo de von Braun ya había lanzado dos cohetes que alcanzaron 2200 y 3500 metros de altura, respectivamente. El brillante doctor llegó al mundillo de los cohetes, justo a tiempo. Goddard aún no había conseguido unos resultados tan buenos en Roswell, pero la diferencia de medios con que contaba su equipo y el del joven alemán era abismal.

En 1936 el gobierno alemán creó un centro de investigación de cohetes en Peenemünde, en la isla de Usedom en el mar Báltico. Dornberger sería el responsable máximo del centro y Wernher von Braun fue nombrado director técnico.

Aprovechando la ola de interés sobre los cohetes que impulsó el gobierno nazi, Austria no quiso quedarse atrás y Hermann Oberth abandonó Rumanía en 1938 para trabajar en el Instituto Técnico de Viena. De allí se trasladó a Dresden, en Alemania, y en 1941 von Braun se lo llevó a Peenemünde.

El cohete que mayor popularidad otorgaría a Peenemünde fue el A-4. Durante la tercera prueba, el 3 de octubre de 1943, el A-4 alcanzó 80 kilómetros de altura y se estrelló a 193 kilómetros del lugar de lanzamiento, siguiendo la trayectoria prevista. En 1943, en plena guerra,  se inició la producción en serie del A-4, con el nombre que le puso el ministro nazi Goebbels: Vergeltungswaffe 2  (Arma de la venganza 2). El V-2 llevaba un depósito con una mezcla de etanol y agua como combustible y oxígeno líquido como oxidante. El motor del cohete funcionaba durante 65 segundos, el resto de la trayectoria seguía un curso balístico y portaba una cabeza explosiva de 1 tonelada. Si el V-2 se lanzaba verticalmente, podía alcanzar una altura de 206 kilómetros. La fabricación de las V-2 se haría en Mittelwerk, mientras que las investigaciones seguirían en Peenemünde con von Braun a la cabeza del equipo técnico.

En Estados Unidos, Goddard no contaba con los medios de von Braun y sus desarrollos tuvieron un alcance mucho más limitado. El teniente Fischer de la Marina estadounidense visitó a Goddard en Roswell en 1941 y quedó impresionado con el trabajo del científico. Recomendó a sus superiores que se aplicara aquella tecnología para desarrollar un motor de empuje variable que permitiera despegar aeronaves pesadas en una pista tan corta como la cubierta de un portaviones. En un tiempo récord el equipo de Goddard puso a disposición de la Marina una unidad que cumplía con los requisitos que les habían sido impuestos.

Con la guerra como epicentro de cuanto acontecía en el mundo, en 1942, Robert Goddard trasladó su modesto centro de operaciones a Annapolis, donde estaba el cuartel general de la Marina. En 1945 le enviaron un V-2 capturado a los alemanes y Goddard dijo que le “habían robado su trabajo” porque tenía el mismo diseño que alguno de sus cohetes. Los servicios de inteligencia alemanes habían seguido de cerca el trabajo de Robert. Él mismo confesó que algunos informes suyos habían desaparecido y que alguien había abierto su correspondencia. Si bien es cierto que el espionaje alemán anduvo cerca de las instalaciones de Goddard en Roswell también parece que la información que suministró fue bastante confusa. Lo cierto es que el equipo de Wernher von Braun en Peenemünde, mucho más numeroso, bien equipado y con un presupuesto generoso, progresó mucho más deprisa que Goddard y sus colaboradores. El ejército estadounidense no consideró que los trabajos de Robert Goddard tenían una gran importancia estratégica y los medios lo trataron con cierto desprecio, ni siquiera en las universidades, con excepción de la Clark, hubo estudiosos interesados en desarrollar la tecnología de los cohetes. El propio Goddard no encontró ningún estudiante del Massachusetts Institute of Technology que quisiera incorporarse a su equipo.

La salud de Goddard siempre fue bastante mala. En 1945 le diagnosticaron un cáncer de garganta y murió ese mismo año, en el mes de agosto.

Poco antes de que falleciera el ilustre físico estadounidense, en marzo de 1945, un técnico de laboratorio polaco, que trabajaba en la universidad de Bonn, encontró en un baño trozos de papel que parecían contener los nombres de una misteriosa lista. El técnico hizo llegar al servicio de inteligencia británico su hallazgo que se lo pasó a los estadounidenses. Los papeles contenían la lista Osenberg.  Era la relación de científicos y técnicos alemanes, elaborada por las autoridades nazis en 1943, que debían permanecer en los centros de investigación para trabajar en el desarrollo de nuevas armas. El comandante Staver, responsable de la Sección de Sistemas de Propulsión del departamento de Investigación e Inteligencia del ejército de Estados Unidos utilizó la lista de Osenberg para identificar los científicos alemanes que debían ser detenidos e interrogados. Wernher von Braun encabezaba aquella relación.

En la primavera de 1945 las tropas rusas estaban a unos 150 kilómetros de Peenemünde. Braun recibió órdenes contradictorias de sus superiores, mientras el general Kammler de las SS quería reubicar al equipo de técnicos en el centro de Alemania, otros generales le ordenaron que se incorporaran a la lucha para defender su país. Von Braun falsificó documentos para unos 500 colaboradores suyos y se movieron a una zona que estaba cerca de Mittelwerk. Kammler había dado orden de que los fusilaran a todos antes de dejarlos caer en manos del enemigo, pero von Braun se las ingenió para dispersar a su gente. En mayo, los técnicos alemanes fueron apresados por el ejército estadounidense. A von Braun lo llevaron al castillo de Kransberg, donde el mando británico y estadounidense interrogaba a los líderes científicos, sociales y económicos alemanes. Allí mismo lo incorporaron a la nómina de los afiliados a la operación Paperclip. Esta operación, apadrinada por el presidente Truman,  tenía como objetivo reclutar a los científicos más sobresalientes de la Alemania nazi para que trabajaran en Estados Unidos. Los servicios de inteligencia facilitaban la documentación y los permisos de residencia y trabajo necesarios, al tiempo que eliminaban de los registros existentes cualquier traza que pudiera relacionar de forma indecorosa a los científicos con el nazismo.

Hermann Oberth corrió una suerte distinta. Ya no era tan importante como von Braun y permaneció en Nuremberg, Alemania, hasta 1948 cuando recibió autorización para trasladarse con su familia a Suiza. De allí fue a Italia, en 1950, para colaborar con la Marina en el desarrollo de misiles anti aéreos de combustible sólido. Oberth regresó a Alemania y después viajó a Estados Unidos. Trabajó con von Braun en Huntsville y en la industria privada. Se retiró en 1962, cuando cumplió 68 años. Fue una voz independiente, dedicado a escribir artículos y libros sobre el espacio y siempre defendió la teoría de que no estábamos solos en el Universo.

Wernher von Braun y muchos de sus colaboradores fueron trasladados a Estados Unidos, al amparo de la operación Paperclip. De 1945 a 1950 trabajaron en la instalación del Ejército en Fort Bliss, al norte de El Paso. Fueron años difíciles para ellos, en un lugar inhóspito de un país extranjero, estrechamente vigilados, sin poder circular libremente. En 1950 los movieron a Huntsville, Alabama, cuando empezó la guerra de Corea. Los programas militares ocuparían a von Braun hasta el año 1957.

Von Braun seguía soñando con el espacio y en 1952 publicó una serie de artículos en la revista Collier´s Weekly titulada Man Will Conquer Space Soon (El hombre conquistará el espacio pronto) en los que desarrollaría sus ideas de cómo debía ser una estación espacial: una estructura toroidal de76 metros de diámetro que giraba de  forma que producía una aceleración similar a la de la gravedad. La estación serviría como plataforma desde la que se apoyarían las expediciones lunares. Después escribió una novela, que no se publicaría hasta el año 2006, y participó en programas de televisión con Walt Disney para popularizar los viajes espaciales. En 1959 publicó un cuadernillo con episodios de sus escritos anteriores sobre sus ideas acerca de las expediciones a la Luna.

Para que von Braun pudiera realizar el sueño de su vida fue necesario que Sergei  Korolev y sus colegas de la Unión Soviética irrumpieran con energía y liderazgo en el panorama espacial.

Stalin se enfureció en 1945 al constatar que los estadounidenses se habían apropiado de casi todo el material de los V-2 y que la mayoría de los técnicos y científicos alemanes  relacionados con su desarrollo estaban ya en la zona controlada por los norteamericanos. El dictador soviético ordenó que varios equipos de expertos se trasladaran a Alemania para inspeccionar las instalaciones, apropiarse de los cohetes que encontraran y deportaran a los expertos que fuera posible con el objetivo de adquirir la tecnología de los V-2.  Uno de los técnicos de Stalin que, en agosto de 1945, estuvo en Alemania fue el ingeniero Sergei  Korolev, aún bajo la vigilancia de la inteligencia soviética.

Korolev había sido condenado a 10 años de prisión, en 1938, por los tribunales que ejercieron las purgas de Stalin que conseguirían encarcelar a la élite aeronáutica del país. Se le acusaba de haber dilapidado dinero público con experimentos de cohetería inútiles. En 1940 los tecnócratas comunistas rescataron de las prisiones a los técnicos más relevantes, necesarios para nutrir la industria bélica del país, y los asignaron a oficinas de trabajo aunque siguieran bajo vigilancia. Korolev fue trasladado a un departamento que dirigía Tupolev, en Moscú. El propio Tupolev, también estaba bajo sospecha. En 1944 Korolev recibió el encargo de elaborar un diseño preliminar de un cohete capaz de competir con las V-2 alemanas. Disponía de tres días y 60 ingenieros para entregar el trabajo. La respuesta fue un cohete propulsado con alcohol y oxígeno líquido, con dos etapas y un sistema automático de guiado que dio origen a los D1 y D2 cuyo alcance sería de 75 kilómetros.

Von Braun y su equipo de Peenemünde habían conseguido un cohete cuyo alcance era de unos 300 kilómetros y a los soviéticos les parecería algo extraordinario. Durante su estancia en Alemania Korolev interrogó a los técnicos y científicos aeroespaciales que pudo y participó, como observador, en la operación británica Backfire, en la que se lanzó un V-2 de demostración, el 15 de octubre de 1945 desde Altenwaide.  Korolev también seleccionó a los 234 empleados alemanes de la factoría en donde se fabricaban los V-2, en Mittelwerke, que fueron deportados a Gordodomlya en el lago Seleger la noche del 22 al 23 de octubre de 1946.

Sergei Korolev seguía bajo la vigilante mirada del servicio de inteligencia soviético, pero eso no impidió que se le nombrara responsable del centro de investigación cuya misión era la de copiar y poner en producción los V-2, en la Unión Soviética, con la ayuda de los deportados. Otro ingeniero, que desempeñaría un papel clave en el desarrollo de la actividad aeroespacial soviética, Glushko, recibió el encargo de fabricar los motores de los cohetes de Korolev. Glushko también había sido rescatado de los campos de concentración. Los directivos, vigilados, se habían convertido en los vigilantes de centenares de alemanes deportados.  Eran los tiempos de Stalin, en un país en el que sus infraestructuras industriales distaban mucho de las de Alemania durante la guerra. La versión rusa del V-2, mejorado, sería el R-2 y en la medida en la que los soviéticos adquirían las capacidades necesarias para el desarrollo de sus cohetes, los técnicos alemanes fueron relegados a un segundo plano. Entre 1951 y 1953 se repatriaron a todos los deportados a quienes se les mantendría al margen de los nuevos proyectos.

Stalin apostó con fuerza por el desarrollo de la tecnología de los cohetes y en 1946 firmó un decreto para impulsar las actividades en este campo. Korolev demostraría poseer unas cualidades excepcionales para organizar el trabajo y motivar a sus colaboradores;  además, contaba con medios generosos para cumplir con sus objetivos. Con la ayuda inicial de los técnicos alemanes y bajo el liderazgo de Korolev  los soviéticos consiguieron, en un tiempo récord, perfeccionar la tecnología hasta el punto de poner en órbita el Sputnik 1 que sería el primer satélite, el 4 de octubre de 1957. El cohete  R-7 que se utilizó para propulsar al Sputnik 1 también serviría para impulsar la carga de los primeros misiles balísticos de largo alcance soviéticos.

Al éxito del Sputnik 1 de 1957 se añadió el de Yuri Gagarin, el primer astronauta que visitó el espacio, el 12 de abril de 1961, lo que confirmaría la clara ventaja soviética en el desarrollo de motores cohetes. La posibilidad de que los rusos dispusieran de misiles balísticos con cabezas nucleares capaces de alcanzar el corazón de Estados Unidos hizo que Kennedy asumiera el compromiso, en su campaña electoral, de eliminar la ventaja tecnológica rusa en la carrera espacial y de misiles balísticos. Lo cierto es que aquella supuesta ventaja, todavía  no suponía ninguna amenaza. Los misiles balísticos soviéticos de entonces eran muy complicados de operar y desplegar y su sistema de guiado mediante radiocontrol resultaba demasiado rudimentario. Los pocos misiles que se habían desplegado en las bases de Tyuratam y Plesetsk apenas podían alcanzar el norte de Estados Unidos. Los aviones espía U-2 de la inteligencia estadounidense disponían de una información muy precisa sobre la debilidad de aquella amenaza, pero que la opinión pública pensara lo contrario favorecía los intereses de la defensa nacional ya que facilitaría el incremento del gasto militar. A la inteligencia no le interesaba que los ciudadanos cambiaran de opinión y a los políticos tampoco. Kennedy nombró a McNamara  secretario de Defensa y como el nuevo servidor público procedía de la industria automovilística, estaba acostumbrado a pensar a gran escala. Decidió que el país tenía que construir 1000 misiles balísticos intercontinentales. Es posible que fuera una respuesta que no guardara una gran proporción con las ocho plataformas soviéticas, pero era un número redondo y fácil de memorizar. Para abaratar el producto se concibió un nuevo cohete de combustible sólido, el Minuteman.

Korolev recibió el encargo de responder aquella nueva amenaza con el diseño de otro misil de largo alcance propulsado con combustible sólido. Su equipo de ingenieros propuso una solución, el RT-2, pero este misil no llegó a funcionar bien.

El sistema soviético facilitaba la proliferación de camarillas, intrigas, insidias y conspiraciones. En el mundo de los cohetes había tres lumbreras que competían de forma descarada:  Korolev, Glushko y Chelomei.  Korolev y Glushko habían sido huéspedes de las mazmorras de Stalin, durante las purgas anteriores a la segunda guerra mundial, pero después serían rehabilitados. Korolev había ido a prisión, delatado por Glushko, y entre los dos la animadversión era manifiesta. Chelomei trabajó en el desarrollo de misiles que se lanzaban desde aviones bombarderos, pero poco antes de la muerte de Stalin cayó en desgracia porque los sistemas de control de sus cohetes no funcionaban correctamente y tuvo que regresar a la Universidad para dar clases. A su pérdida de protagonismo contribuyó de forma decisiva el hijo del jefe de seguridad de Stalin, contratado por el responsable de diseño de la compañía MIG, que consiguió llevar a su empresa el trabajo del desarrollo de los misiles de Chelomei. Al morir Stalin, Malenkov  ayudó a Chelomei a regresar a la industria para desarrollar uno de sus proyectos: los misiles de crucero que equiparían los submarinos. El ingeniero aprendió la lección y cuando Krushchev ascendió al poder contrató a su hijo Sergei. El vástago de Krushchev le sería de gran ayuda en su batalla contra Korolev para quitarle el encargo del desarrollo del misil de combustible sólido. Krushchev encargó a Chelomei que desarrollase un misil pequeño, propulsado con combustible líquido, el UR-100, del que llegarían a fabricarse miles de unidades.

Por entonces, Korolev mantuvo otro frente abierto con Glushko que quería sustituir el oxígeno líquido por otro oxidante que pudiera almacenarse para evitar el complejo proceso de carga y generación del gas, antes de cada lanzamiento. Los militares apoyaron a Glushko y Chelomei porque, según ellos, Korolev había gastado cantidades astronómicas de dinero en el desarrollo de los programas de misiles balísticos intercontinentales R5, R-7 y R-9. Poco a poco, el ingeniero soviético se centraría en los proyectos espaciales. En agosto de 1964 logró que le aprobaran el proyecto de un vuelo tripulado a la Luna. Sin embargo, para el gobierno soviético la prioridad no era el espacio sino los misiles de su ejército. Korolev tuvo que luchar contra una burocracia que año tras año mermaba sus presupuestos mientras que la Administración Kennedy había puesto en marcha su ambicioso programa espacial con el apoyo de sus máximos dirigentes.

En 1966 Korolev murió en la mesa de operaciones de un hospital de Moscú mientras le intervenían un cáncer de colon. El cirujano no era la persona más adecuada para realizar esta operación, aunque ostentara el cargo de ministro de Sanidad. La prematura muerte de Korolev, a los 59 años, daría al traste con el programa espacial soviético. Dos semanas después de la muerte de Korolev el Luna 9 de la agencia espacial rusa aterrizó suavemente en la superficie de nuestro satélite. Fue el último acto de una obra en la que los soviéticos habían llevado la iniciativa.

En 1960 la NASA abrió el centro espacial Marshall en Huntsville y von Braun fue nombrado director del mismo, cargo que ocuparía hasta 1970. Durante aquellos años trabajó en el desarrollo del Saturno V que transportaría a los astronautas estadounidenses a la Luna. Fue el cohete de mayor tamaño y empuje que jamás se construyó, capaz de transportar 45 toneladas de carga de pago a la órbita de inyección lunar. Hasta la fecha no se ha construido ningún cohete que pueda transportar tripulaciones más allá de la órbita terrestre.  Disponía de tres etapas, todas llevaban oxígeno líquido como oxidante y el combustible de la primera era queroseno refinado (RP-1), mientras que las otras dos utilizaban hidrógeno líquido.

El competidor soviético del Saturno V fue el N1-L3 que se empezó a construir a finales de 1965, pero la muerte de Sergei Korolev, al año siguiente, contribuiría de manera decisiva al fracaso del proyecto. Después de cuatro intentos fallidos, uno de los cuales causó la mayor explosión no nuclear provocada por el hombre, el programa se canceló definitivamente en 1976.

Wernher von Braun dirigió los trabajos del centro Marshall, donde se concibió el mayor cohete de la historia de la astronáutica que prestó servicio en trece misiones espaciales y llevó al hombre a la Luna. Von Braun soñaba con seguir con la aventura espacial y en la década de 1980 creía que sus cohetes transportarían astronautas a Marte. Después del éxito de los Apollo y de la retirada de los soviéticos de la carrera espacial, el interés de la NASA por ir más allá de la Luna, o incluso regresar a nuestro satélite, decayó hasta el punto de que el ingeniero alemán, asentado ya cómodamente en Estados Unidos, abandonaría la agencia.

En 1972, von Braun se retiró de la NASA y durante cinco años trabajaría en la industria privada. Murió de cáncer de páncreas en 1977.

Desde qué Goddard lanzó su primer cohete de combustible líquido, un burdo demostrador, hasta el alunizaje de los astronautas estadounidenses transcurrieron  43 años, un intervalo de tiempo insignificante en comparación con el avance que experimentó la tecnología ¿cómo pudo ocurrir un desarrollo de tal magnitud con tanta celeridad? Los hombres clave hicieron el trabajo, pero la política marcó los presupuestos y la geografía de los acontecimientos.

La historia completa en el libro El viaje a la Luna

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La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)