Santiago de Cárdenas: el vuelo del cóndor

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Manuel d’Amat i Junyent, virrey de Perú

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Cuando el excelentísimo señor don Manuel d’ Amat i Junyent hojeó aquél documento tuvo que sorprenderse al leer que su autor afirmaba que con la máquina que había inventado “volar era cosa más fácil que sorberse un huevo fresco y de menos peligro que persignarse.” Hacía unos meses que su majestad, el rey español Carlos III, lo había nombrado virrey del Perú y sus preocupaciones más importantes eran otras, muy distintas a la de financiar una máquina de volar, pero si aquél ingenio funcionaba la corona jamás le perdonaría que cayera en manos de los ingleses. En noviembre de 1761, Europa seguía envuelta en la Guerra de los Siete Años.

El inventor de aquella supuesta máquina tan revolucionaria, capaz de volar, se llamaba Santiago de Cárdenas. De la lectura de su escrito- titulado Nuevo sistema de navegar por los aires, sacado de las observaciones de la naturaleza volátil– podía deducirse que no era un hombre muy instruido.

El virrey solicitó informes de Cárdenas y pronto supo que durante diez años había sido grumete en un mercante que hacía la ruta de Callao a Valparaíso y que a lo largo de ese tiempo observó con entusiasmo el vuelo de las fragatas que él llamaba tijeretas. En 1746, cuando cumplió Cárdenas los veinte años, el barco se hundió y tuvo que buscar ocupación en Lima. Desde entonces vivía humildemente haciendo trabajos manuales como sombrerero y sastre, oficios en los que era muy hábil. Cuando ahorraba algún dinero, el inventor se iba a las montañas que rodean la ciudad de Lima para observar el vuelo y la anatomía de los pájaros. Y no se limitaba a verlos, porque también le dijeron al virrey que el tal Cárdenas había abierto decenas de especímenes para estudiar sus vísceras, tejidos, plumaje y osamenta.

Al parecer, Santiago se había obsesionado con el cóndor, al igual que anteriormente le había ocurrido con la fragata. En su escrito describía el lugar dónde moraban estos magníficos pájaros, su anatomía y la forma que tenían de volar, antes de exponer con detalle la máquina que le permitiría al hombre elevarse a las alturas igual que lo hacía el cóndor. De estos magníficos voladores escribiría:

“Son tan grandes que, al menos tiene tres varas y una tercia (2,8 metros) de alas de punta a punta, y media vara y cinco sesmas de ancho (1,1 metro)…Cabeza aguileña, ojos chicos y redondos, pico curvo, agudo y dentado, tan fuerte que parece acero templado…Son de vida muy dilatada, moran en las partes más altas de las sierras, sus carnes no tienen mal olor (como piensan algunos), y estas sirven para calenturas; esto es comidas. El sebo, para disolver tumores y vivificar nervios; muertos al calor, el corazón para la epilepsia; la lengua y buche para los ahogos; los huesos de la cabeza y cerebro para vahídos, y otras muchas virtudes que entre los indios se experimentan y los médicos ignoran…Son aves carnívoras, a un cebo de becerrillos, corderitos, y aún de las reses grandes triunfan con arte tan nuevo, que los inclinan a los desfiladeros, barrancos, y lugares proporcionados, a intento de despeñarlos, así que los toman con tal situación con un aletazo, una dentellada o picada a la pata, lo consiguen y luego, en seguimiento de la presa bajan al destrozo. Es constante que ellos moran en las sierras o en las cordilleras más rígidas…a las 9 de la mañana, después de haber recorrido todas las lomas de la sierra, como lugares en donde prueben alimentos, en ganados que allí pacen-comen…En las once y doce del día pasan con los buches llenos para las sierras, alimentar sus polluelos, a las 3 de la tarde vuelven vacíos a llevar más provisión…”

Las descripciones sobre la anatomía del cóndor se le harían muy farragosas a don Manuel, pero la descripción que hacía Santiago sobre el vuelo del cóndor debió dejar perplejo al virrey:

“Todos guardan un método, y en su mayor movimiento avanzan a ochenta leguas por hora solamente con guardar la tensión y extensión de alas sin hacer movimiento de parte en las alas, solo en la cola para determinar los destinos, el de la cabeza y pescuezo para los ascensos y descensos…En sus giros gozan de una potencia rara contra los vientos, sin que el más agrio temporal deforme la planimetría horizontal a que aspiran.”

El inventor había descubierto que no hacía falta mover las alas para desplazarse a gran velocidad, bastaba con “guardar la tensión y la extensión de las alas”, y con la cabeza, el pescuezo y la cola, el cóndor controlaba los virajes, ascensos y descensos. La concavidad de las alas, la disposición de las plumas y el cuerpo, toda su anatomía estaba concebida para permitir que el pájaro hiciera un uso inteligente de las corrientes de aire, las térmicas, y pudiera volar a gran velocidad sin dar un aletazo. Solamente cuando tenía el buche lleno, o el viento encalmaba, el cóndor se veía en la necesidad de recurrir al movimiento de las alas para inducir la corriente de aire que necesitaba para volar.

Don Manuel d’Amat i Junyent no podía saber que aún tendrían que pasar casi 40 años para que, en 1799, un aristócrata inglés grabara las mismas ideas de Cárdenas en un disco de plata. El autor del dibujo, Sir George Cayley, pasaría a la historia como el inventor del concepto de aeroplano moderno: un par de alas que reciben el aire con un pequeño ángulo y utilizan una cola para ejercer el control. No cabe la menor duda de que la esencia del farragoso y complicado discurso de Santiago de Cárdenas contiene los elementos básicos del vuelo y que el representante de Carlos III lo intuyó porque en vez de ignorarlo se lo pasó a Cosme Bueno, para que lo estudiara y elaborase un informe.

El doctor don Francisco Antonio Cosme Bueno y Alegre, aragonés de nacimiento, había estudiado medicina y farmacia en la universidad limeña de San Marcos. Era catedrático de medicina por oposición, trabajaba en varios hospitales, ejercía el cargo de Cosmógrafo Mayor y daba clases de matemáticas en la universidad. También, por encargo de un antiguo virrey, publicaba con cierta periodicidad artículos sobre Perú, en los que recogía notas históricas y datos geográficos interesantes. Era un erudito que gozaba de un gran prestigio social y científico. El hecho de que el virrey enviara a Cosme Bueno el escrito de Cárdenas daba a entender que se lo había tomado en serio.

La gente de Lima se enteró de las gestiones de Santiago y supo que el virrey había mandado estudiar su proyecto. Un día corrió el rumor de que, para demostrar la viabilidad de la propuesta, Santiago tenía intención de volar, el 22 de noviembre a las cuatro de la tarde, desde el cerro de San Cristóbal hasta la plaza Mayor. Era un rumor sin ningún fundamento. El propio Santiago relata lo que sucedió de esta manera:

“En el genio del país, tan novelero y ciego de ver cosas prodigiosas, no quedó noble ni plebeyo que no se aproximase al cerro u ocupase los balcones, azoteas de las casas y torres de las iglesias. Cuando se desengañaron de que no había ofrecido a nadie volar, en semejante oportunidad desencadenó Dios su ira y el pueblo me rodeó en el atrio de la catedral diciéndome: “o vuelas o te matamos a pedradas”. Advertido de lo que ocurría, el señor virrey mandó una escolta de tropa que me defendiese, y rodeado de ella fui conducido a palacio, libertándome así de los agravios de la muchedumbre”.

A partir de entonces la gente llamaría a Cárdenas “Santiago el Volador” y se inventaron canciones en las que se mofaban del pobre hombre hasta el punto de que tuvo que intervenir el Santo Oficio que publicó un edicto con la prohibición de que se cantaran aquellas coplas.

El informe que Cosme Bueno presentó al virrey concluía que la máquina de Santiago no era viable, lo que se justificaba tras una larga disertación. El médico argumentaba, con razón, que la musculatura humana no tenía la potencia necesaria para mover las alas como hacían los pájaros.

Santiago de Cárdenas no se desanimó del todo y al año siguiente, el 6 de diciembre de 1762 volvió a presentar al virrey otro proyecto. Durante el último año habían ocurrido acontecimientos que podían cambiar las cosas. La Guerra de los Siete Años estaba a punto de terminar, pero las hostilidades se habían extendido al Río de la Plata cuando el gobernador Pedro de Cevallos atacó los dominios portugueses en aquella zona. Portugueses y británicos prepararon una flota para intervenir en la guerra y la enviaron al Plata para apoderarse de los dos lados del estuario.

Manuel d’ Amat i Junyent volvió a encontrarse otra vez con el diseño de aquella máquina voladora, que Cosme Bueno ya había rechazado, en un momento en el que portugueses y británicos iban a intervenir con firmeza en el sur, lo que inevitablemente tendría consecuencias a corto plazo en sus territorios. Pero, por segunda vez, los informes de los eruditos del virrey serían desfavorables y el 6 de febrero de 1763 Cárdenas recibió la mala nueva de que su máquina de volar no contaba con el apoyo de las autoridades.

Se cuenta que Cárdenas “estaba a punto de perder el seso con su teoría de volar”…y que “se había hecho retratar a la puerta de su tienda, en la calle pública, vestido de plumas y con alas extendidas en acción de volar, ilustrando su pintura con dísticos latinos y castellanos, alusivos a su ingenio y al arte de volar que blasonaba poseer”. Aunque quizá todo ello no fuera sino maledicencias a las que demasiada gente es tan aficionada.

En 1766, el duque de San Carlos prometió llevar la propuesta al rey Carlos III y Cárdenas preparó un tercer informe que nunca llegó al monarca. Santiago de Cárdenas murió poco después.

Las ideas de aquél entusiasta de los cóndores apenas traspasaron los umbrales de la crítica despiadada de un populacho ignorante. Sus aeronaves no hubieran podido servir de mucho en la guerra, ya que al fin y a la postre serían planeadores que necesitaban corrientes térmicas para elevarse, pero Cárdenas fue uno de los precursores que acertó con el camino correcto que conducía a la invención de la máquina de volar, al darse cuenta de que el secreto del vuelo no estaba en el aleteo sino en el planeo.

El virrey de Perú, Manuel d’ Amat i Junyent, tuvo que seguir el consejo de los eruditos y descartar en dos ocasiones la propuesta de Cárdenas. Quizá fuese él quien pasó el aviso al duque de San Carlos para que le llevara el proyecto al monarca. Don Manuel permaneció en Perú hasta que Carlos III tuvo a bien nombrarle un sucesor, en 1776. Allí vivió uno de los amores más escandalosos de la historia política de aquél país con una artista de teatro cuarenta y cuatro años más joven que él, La Perricholi. Regresó a España, se casó con María Francesca Fiveller y de Bru, en 1779, y murió dos años después.

Muerto el virrey, María Francesca disfrutaría de su magnífica mansión en La Rambla de Barcelona, el Palau de la Virreina, mientras La Perricholi vivía en Lima en una espléndida casa y de las rentas que le dejó su amante. De Cárdenas quedaron las coplas que el pueblo siguió cantando durante muchos años, hasta que en 1937 el Cuerpo Aeronáutico de Perú reeditó su obra y le otorgó la consideración, de sobra merecida, de pionero de la aviación.

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