La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

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En 1936, el joven aristócrata Wernher von Braun asumió la dirección técnica del centro de investigación de cohetes que el gobierno alemán acababa de instalar en Peenemünde. Hijo del barón Magnus von Braun y su esposa Emmy, que poseían una gran extensión de tierra en Silesia, el pequeño Wernher quería ser músico, pero después de leer los libros de Hermann Oberth, sobre viajes espaciales, cambió de opinión y se aficionó a la cohetería. A los doce años, él y su hermano Magnus, lanzaron un carro impulsado por cohetes por la calle Tiergarten, en el centro de Berlín, ante los despavoridos ojos de los viandantes. El ingenio recorrió la vía siguiendo una quebrada que terminó abruptamente en la fachada del ultramarinos. Sus padres les regalaron un telescopio, con la intención de que los chicos cambiaran de hábitos, pero la contemplación de las estrellas serviría para acrecentar la pasión de Wernher por el espacio. Con 19 años ingresó en la Sociedad para Viajar al Espacio y un año después, en 1932, hizo una demostración a los militares lanzando un cohete que ascendió unos 30 metros. El capitán Walter Dornberger, que dirigía el grupo castrense encargado del desarrollo de cohetes, se fijó en el joven científico y le ofreció que trabajara en su equipo. Entonces, Von Braun estudiaba en el Instituto Tecnológico de Berlín ingeniería aeronáutica y colaboraba en el laboratorio de Hermann Oberth que realizaba experimentos con motores para cohetes. Werner demostró poseer, además de conocimientos técnicos, un entusiasmo desmedido, capacidad para contagiarlo a sus colaboradores y dotes de liderazgo. Su primer cohete militar, el A-1 explotó en vuelo, pero el A-2 voló 1,5 millas. El 27 de julio de 1934 se doctoró en la universidad berlinesa con una tesis sobre el uso de combustibles líquidos en motores cohete, cuyo contenido no pudo hacer público en su totalidad al considerarse material clasificado. Cuando accedió a la dirección técnica del centro de investigaciones alemán, en Peenemünde, Von Braun tenía 24 años.

El joven ingeniero había puesto sus ilusiones en los viajes espaciales, pero el Ejército quería un cohete capaz de transportar una cabeza explosiva de una tonelada de peso a 160 millas de distancia. Ese era el mandato que su jefe, Walter Dornberger, había recibido de sus superiores. El diseño del cohete A-4 del equipo de Wernher se había hecho teniendo en consideración estos requerimientos. El motor daba un empuje de 25 400 kilos, contaba con aletas estabilizadores, timones de control, vanos para desviar la salida de gases, cuerpo con formas que ofrecían la mínima resistencia aerodinámica, un mecanismo giroscópico de guiado y comunicación de datos vía radio entre el cohete y la base en tierra. Los hombres de von Braun trabajaban día y noche, pero las dificultades que planteaba el ambicioso proyecto eran grandes. Se contrataron a miles de técnicos, científicos e ingenieros. Bajo el mando del joven y brillante director técnico, los trabajos progresaban con lentigud en Peenemünde. Sin embargo, los militares tenían una fe ciega en von Braun, hasta el punto de que —según relataría más tarde el propio científico— fueron los políticos del círculo más próximo a Hitler quienes insistieron en que se afiliase al Partido Nazi, en 1937.

A partir de 1939, tras la invasión de Polonia, el gobierno alemán impulsó los trabajos de desarrollo en Peenemünde, aportando más fondos. Aún tardaría tres años más el equipo de von Braun en lograr que un cohete, el A-4, volase. El 3 de octubre de 1942, un prototipo del A-4 recorrió 193 kilómetros a 5632 kilómetros por hora y se elevó más de 80 kilómetros. Dornberger anunció el advenimiento de «una nueva era de transporte espacial», sin saber que los problemas del A-4 reaparecerían y el Ejército tardaría en disponer de aquel artefacto casi un par de años más.

La presión, los nervios y la prisa, en la cúpula del poder nazi, por disponer de un arma que ya habían rebautizado con el pomposo nombre de Vergeltungswaffe 2  (Arma de la venganza 2) V-2, hicieron que el jefe de la Gestapo y de las SS, Heinrich Himmler, asumiera la máxima responsabilidad del proyecto. El general Hans Kammler reemplazó a Dornberger, amigo personal de von Braun, en la dirección del programa V-2. El nuevo líder, un experto en la construcción de campos de concentración y el empleo de esclavos en instalaciones industriales, era un hombre despiadado que, bajo la apariencia de una persona cultivada, ocultaba un temperamento ególatra y megalómano.

Las instalaciones de Peenemünde, aunque estaban bien protegidas, fueron bombardeadas por los aliados y estos creían haberlas destruido. La realidad era muy diferente, porque el bombardeo apenas causó daños a la factoría. En busca de una mayor protección, el mando alemán decidió construir una gran fábrica subterránea para producir los V-2, en el centro de Alemania, cerca de Nordhausen bajo las montañas Harz. El nuevo complejo industrial se diseñó con dos túneles de unas dos millas de largo, uno para ubicar la línea de fabricación y el otro para albergar el material, unidos por otros túneles perpendiculares a los principales, que los comunicaban. Para horadar las montañas se llevaron prisioneros del campo de Buchenwald a los que se les alimentaba con una dieta de 1000 calorías diarias. La desnutrición hacía que tardasen unos seis meses en morir, exhaustos. Cada jornada perecían unos 160 esclavos, víctimas de la gangrena, la disentería y la desnutrición o cualquiera de las muchas enfermedades que fustigaban a los internos del campo de concentración Dora, donde se alojaban los trabajadores que construían la nueva fábrica. Para mantener la disciplina, cada día, los vigilantes colgaban a unos cuantos desgraciados, en público. No importaban los cargos, ni siquiera que los tuvieran, y sus cuerpos sin vida quedaban expuestos durante varios días. El ignominioso y cruel modo con que se levantó y operó aquella fábrica, a la que se le puso el nombre de Mittelwerk (Trabajos Centrales), es una de las sombras que siempre ha planeado sobre la figura de Wernher von Braun, pues nunca se llegó a clarificar hasta qué punto estuvo al corriente de aquellos actos criminales.

En agosto de 1944, Hans Kammler, pudo informar a sus jefes que ya disponía de un millar de misiles V-2 y el 8 de septiembre ordenó que se lanzara el primero sobre Londres. A las 18:44 horas, once casas volaban por los aires en Chiswick, un barrio situado al oeste de la city. El V-2 llegó sin hacer ruido, ya que viajaba a una velocidad superior a la del sonido. La explosión causó 27 heridos, 3 de los cuales fallecieron poco después. La onda expansiva que siguió al desastre fue ensordecedora. El misil tardó siete minutos en recorrer la distancia que lo separaba desde su plataforma de lanzamiento cerca de La Haya, en Holanda, hasta el corazón de Chiswick. Fue la obertura del fatídico concierto originado por un total de 517 misiles que cayeron sobre la capital del Reino Unido, a lo largo de poco más de seis meses. Quizá, el que mayor alarma causó a la población fue el que impactó en los grandes almacenes Woolworths, en New Cross, el 25 de noviembre y en el que perdieron la vida 160 personas. En total, los V-2 mataron a 2754 londinenses durante toda la guerra.

La explosión del primer V-2 en Londres reavivó en las potencias aliadas su interés por la tecnología de los cohetes. Tanto en la Unión Soviética como en Estados Unidos los respectivos gobiernos no habían prestado demasiada atención a este asunto. En América, el científico estadounidense Robert Goddard disponía de un modesto laboratorio especializado en el desarrollo de cohetes, en Annapolis, que trabajaba para la Marina desde 1942. Sus prototipos de cohete distaban mucho del nivel alcanzado por los V-2. En la Unión Soviética el propio Stalin había descabezado al grupo de científicos que trabajaba en este asunto durante las purgas de la década de los años 1930. Aun así y todo, el Comisariado Popular de Asuntos Internos (NKVD), precursor de la KGB, seguía muy de cerca los movimientos de Wernher von Braun en Alemania. Uno de sus espías, Breitenbach, informó al NKVD periódicamente sobre las actuaciones del científico alemán hasta el año 1942, cuando fue descubierto y aniquilado, cruelmente, por la Gestapo. La noticia de que los misiles alemanes habían llegado al Reino Unido impresionó profundamente a Stalin, que presionó a sus técnicos y científicos para que acelerasen el desarrollo de la industria de cohetes soviética.

En agosto de 1944, Serguei Pavlovich Korolev salió de la cárcel de Kazán, aunque las autoridades no le dejaban abandonar la ciudad sin un permiso especial. Para el científico ruso se cerraba un angustioso periodo que había durado más de seis años. El 27 de junio de 1938, en Moscú, tres oficiales del NKVD entraron en su casa para registrarla. Horas después se lo llevaron detenido, acusado de «ser miembro de una organización contrarrevolucionaria y de haber cometido actos de sabotaje». Stalin dispuso que en 10 días se resolvieran los juicios de los ‘enemigos del pueblo’ y a continuación se los deportaba al Gulag si no eran fusilados. Korolev había sido delatado por sus colegas de oficio — Kleimenov, Langemak y Glushko— en confesiones bajo los efectos de la tortura. Tuvo suerte y lo condenaron a 10 años en el Gulag. Al abandonar Moscú, rumbo a su destino Korolev temió por la suerte que pudieran correr su esposa Ksenia y su hija Natasha. Al jefe máximo del Instituto de Investigación Científica de Reacción (RNII), Mikhail Tukhachevsky, lo habían fusilado junto con ocho de sus colaboradores más cercanos y poco después la madre del científico y sus hermanos corrieron la misma suerte. Korolev trabajaba en el RNII, con Glushko, desde la fundación del Instituto, en 1933. En muy poco tiempo, el efecto de las purgas de Stalin sobre la capacidad para el desarrollo de la tecnología de los cohetes en Rusia fue devastador.

Sin embargo, Ksenia y Natasha se libraron del NKVD. Korolev fue internado en el campo de concentración de Maldyak, al este de Siberia. Trabajaba de las cuatro de la madrugada hasta las ocho de la noche. Comía sopa de col y algo de pan. Muy pronto cayó en un estado de absoluta desesperación; víctima del escorbuto, le sangraban las encías y perdió los dientes. Sin embargo, aún le quedaron fuerzas para escribir al Fiscal General del Estado y al propio Stalin, reivindicando su inocencia. Nadie le hizo caso. El brillante y joven científico que había sido Serguei Korolev se hundió en un estado de profunda depresión. Su vida, llena de luz y energía, se truncó de un modo imprevisible. Nada en su existencia hacía prever que aquello pudiese ocurrir. Korolev había nacido en Kiev un 12 de enero de 1907. A los 6 años, sus abuelos lo llevaron a una exhibición aeronáutica local. Desde que contempló a Serguei Utochkin surcando el cielo a bordo de su rudo aeroplano ya no se pudo quitar a los aviones y la exploración del espacio de su cabeza. Estudió ingeniería aeronáutica en la Politécnica de Kiev y después en Moscú. Cuando se graduó lo contrataron en el Instituto Central de Aero-hidrodinámica de Moscú. En 1931 se casó con Ksenia, a quien conocía desde que tenía 18 años. Su pasión por el espacio y los cohetes empezó entonces. Entusiasmado con la idea de viajar al espacio, ingresó en una sociedad creada por los aficionados a los cohetes, en Moscú: el Grupo de Investigación del Movimiento a Reacción (GIRD), que dirigía Fridikh Tsander. Alrededor del GIRD se congregó un grupo de intelectuales, todos ellos interesados en el espacio y en las teorías de Tsiolkovsky, el precursor ruso de la ciencia de los cohetes. La mente despierta y lúcida de Korolev, su entusiasmo y capacidad de liderazgo lo llevaron a la dirección del GIRD cuando, inesperadamente, Tsander falleció enfermo de tifus en 1933. Poco después el GIRD lanzó al espacio un cohete con un motor de combustible líquido que se elevó unos 400 metros. El grupo atrajo la atención de Valentín Glushko, que dirigía un grupo militar especializado también en el desarrollo de motores de combustible líquido. Fue Mikhail Tukhachevsky, un militar visionario, quien tuvo la idea de unir a los dos equipos, el de Glushko y el de Korolev en el RNII. Todo aquel esfuerzo se vendría abajo cuando los hombres de Stalin, llevados de un celo incomprensible, fusilaron o encarcelaron al núcleo más valioso de científicos soviéticos que trabajaban en el desarrollo de los cohetes. Muchos desaparecieron y otros, como Korolev, quedarían sepultados en el frío glaciar del Gulag, a -50 grados centígrados.

De un modo inexplicable para Korolev, aunque no tanto para quienes observaban lo que estaba ocurriendo en Alemania, cuando apenas llevaba un año en el Gulag recibió la orden de presentarse en Moscú, donde su caso sería revisado. Tras un viaje repleto de aventuras, porque el Ejército no sufragó el transporte, Korolev llegó a Moscú, en 1940, un año después de recibir la orden de traslado. Allí, el tribunal redujo su pena a 8 años y en vez de devolverlo a Siberia lo mandaron a una prisión especial para trabajadores técnicos en Moscú. Privado de libertad, al menos Korolev empezó a disfrutar de una alimentación más sana y de jornadas laborales en centros de investigación, junto con otros colegas, lo que le ayudaría a recuperar el ánimo. De Moscú fue destinado a Omsk y finalmente a Kazán.

En verano de 1944 Korolev obtuvo permiso para salir de la prisión de Kazán, aunque no podía abandonar la ciudad. Ese mismo año, los soviéticos crearon un grupo de técnicos para el estudio de los cohetes, dirigido por el general Mikhailovich Galdukov. Mientras los alemanes hacían estallar sus V-2 en Londres, Korolev tenía otra preocupación. Quería viajar a Moscú para rencontrarse con su mujer Ksenia y su hija Natasha. Incluso pensaba que podía rehacer la vida familiar. Sabía que había otras cuestiones que podrían impedirlo. Fue en noviembre —justo el mismo mes en que un V-2 causó un pánico atroz en Londres al explotar en Woolworths— cuando Korolev mantuvo un frío encuentro con Ksenia en Moscú, tras conseguir el permiso para viajar a la capital desde Kazán. La pareja no rehízo su vida en común, quizá porque Korolev mantenía relaciones con una mujer que se llamaba Ivanovna, cuñada de Glushko. A finales de 1944 regresó a Kazán para enfrentarse a una nueva vida.

A principios de 1945, en tanto que Serguei Korolev recomponía las hechuras de su existencia de cara a un futuro, en el que las oscuras sombras del pasado se desvanecían, Wernher von Braun se enfrentaba a las incertidumbres de un futuro, en el que sus pretéritas glorias se emborronaban. Sin saberlo, compartían un destino que los llevaría a luchar por la supremacía en la conquista del espacio.

En medio de la confusión que reinaba en Alemania, a principios de 1945, von Braun recibió dos órdenes contradictorias a finales del mes de enero. Los soviéticos invadían Alemania y Peenemünde ya no era un lugar seguro. Las SS regionales le urgían a defender hasta el último bastión y destruir cualquier elemento valioso antes de que cayera en manos del enemigo. Hans Kammler, el general que mandaba en el proyecto V-2, quería que los hombres de von Braun y su equipamiento se trasladaran a la fábrica de Mittlewerk en Nordhausen. El convoy que hizo el viaje de 400 kilómetros hacia el sur, desde Peenemünde a Nordhausen, que encabezaba von Braun y Dornberger, consiguió llegar a su destino con muchas dificultades.

Los soviéticos, británicos y estadounidenses, estaban muy interesados en cuanto tuviera que ver con el diseño y la producción de misiles V-2, lo que incluía al personal técnico y sobre todo al principal cerebro del grupo: Wernher von Braun. Stalin puso a Malenkov al frente de un comité especial cuyo objetivo era el de extraer de Alemania todo el conocimiento que fuera posible, relacionado con los V-2. El juego entre los aliados con respecto a esta materia no era excesivamente limpio. Cuando los británicos solicitaron a los soviéticos permiso para visitar las bases de lanzamiento de los V-2 que habían tomado en Blizna (Polonia), Stalin se las ingenió para retrasar la inspección lo indecible. Mientras tanto vació las plataformas y se llevó a Moscú un motor de V-2. Los estadounidenses destacaron a un ingenioso capitán, Robert Staver, que después de recabar información sobre los V-2 de la inteligencia británica y francesa, recibió la orden de sustraer de Alemania toda el material que pudiera, que tuviera que ver con los V-2, y trasladarlo a un centro en Estados Unidos en White Sands, Nuevo México. Los americanos tenían la convicción de que los nazis les llevaban 20 años de ventaja en el desarrollo de misiles. Para Robert Staver, von Braun, encabezaría muy pronto la lista del personal más buscado por su país en lo concerniente a aquel asunto. Su nombre figuraba en la lista de la operación que se conocería con el nombre de Paperclip cuyo objetivo consistía en trasladar, después de la guerra, a Estados Unidos a los científicos y técnicos más relevantes de Alemania. Al tiempo que sus tropas invadían el territorio alemán, los aliados se preparaban para apoderarse, por separado, de la tecnología de misiles nazi.

En Nordhausen von Braun sufrió un accidente de tráfico en el que se rompió un brazo. Se acomodó en una lujosa mansión, Villa Frank, que había pertenecido a un judío deportado por los nazis y allí, después de discutirlo con algunos de sus más allegados llegó a la conclusión de que las 14 toneladas de documentación, planos e informes de los V-2, que habían traído con ellos desde Peenemünde, corrían un serio peligro de ser destruidas por los soldados de las SS para que no cayeran en manos enemigas. Esas eran las instrucciones que habían recibido del propio Hitler. Incluso ellos también serían aniquilados por aquellos fieros cumplidores de los mandatos del Fürher, para que los enemigos de la madre patria no se aprovecharan de sus conocimientos. En la mente de von Braun, y de muchos de sus colaboradores, se había instalado la convicción de que su futuro estaba en América. Allí podrían reemprender la tarea de construir cohetes capaces de hacer realidad su sueño: viajar al espacio. La destrucción de los documentos supondría años de retraso y decidieron esconderlos. Von Braun encomendó a Dieter Huzel y Bernhard Tess buscar un lugar seguro en el que ocultar aquella montaña de papeles y guardarlos allí. Los americanos ya estaban en las proximidades de Nordhausen cuando los dos colaboradores de von Braun lograron llevar a una mina abandonada, cuya entrada cegaron después con unas cuantas toneladas de rocas y tierra, los papeles que contenían valiosísima información sobre los programas de desarrollo de los A-4, A-9 y A-10.

Dornberger y von Braun creían que con un poco de suerte caerían en manos de los soldados estadounidenses en cuestión de días, si es que los hombres de las SS de Kammler no los mataban antes. Sin embargo, el 1 de abril, el general nazi ordenó a von Braun, Dornberger y los 500 científicos y técnicos de mayor relevancia del grupo, que se desplazaran a los Alpes Bávaros, un lugar más seguro, en el que muchos pensaban que se escondía el Fürher protegido por numerosas y bien armadas unidades de las SS. El viaje en tren hasta su destino, Oberammergau, un plácido lugar en las montañas, les llevó algunos días debido a la escasa velocidad con que avanzaba el convoy. Una vez allí, von Braun y su hermano, Magnus, se albergaron en el pueblo de Weilheim, al sur de Oberammergau.

Entre tanto, los americanos entraron en Nordhausen y cuando su posición estuvo asegurada, el capitán Robert Staver se desplazó para inspeccionar la fábrica de los V-2. Fue el primero en recorrer sus instalaciones y pudo contemplar, horrorizado, los cadáveres de esclavos que se apilaban en las inmediaciones de la fábrica. Staver empezó a embalar las piezas y el material que encontró en Mittlewerk con la intención de enviarlos en camión a Amberes y de allí en barco a White Sands, Nuevo México. Sus colegas esperaban recibir un centenar de V-2. Al capitán no le resultó difícil juntarlos.

El 20 de abril Hitler celebró su 56 cumpleaños en el bunker y el 1 de mayo se quitó la vida. La radio alemana dio la noticia fingiendo que el Fürher había caído en el frente luchando contra los bolcheviques y que el almirante Karl Doenitz lo revelaba en el mando. Sin embargo, la guerra había terminado.

Dornberger le ofreció al comandante de las SS, que vigilaba a los 500 técnicos de los V-2, que quemaran los uniformes y pasaran a engrosar las filas de sus soldados regulares. De esa forma les evitaba la molestia de que, tuvieran que cumplir las órdenes del desaparecido, como por ensalmo, general Kammler —matar a todos los científicos antes de que cayeran en poder de los aliados— lo que les podría acarrear serios problemas cuando los apresaran los americanos: seguramente los fusilarían. El comandante pactó con Dornberger aquella salida para él y sus soldados.

Los hombres de von Braun acordaron enviar a Magnus en bicicleta, con un pañuelo blanco, en busca de las fuerzas americanas que se encontraban ya en las proximidades. El 2 de mayo, al amanecer, el hermano de Wernher se topó con una unidad del Séptimo Ejército de Estados Unidos que después de tomar Munich se dirigió hacia el sur. Ese mismo día von Braun, Dornberger y los líderes alemanes del programa V-2 se entregaron a las fuerzas estadounidenses.

Robert Staver sabía que el tiempo jugaba en su contra. En febrero de 1945 los aliados ya se habían repartido la Alemania que quedase una vez acabada la guerra. Nordhausen quedaba en zona soviética. El 1 de junio era la fecha prevista para que se hiciera el cambio de mando y además del material y un centenar de V-2, Staver quería enviar a Estados Unidos el alijo documental que mandó esconder von Braun y que había descubierto por casualidad. Aún más, también había recibido órdenes de sacar en un tren de aquel lugar, y trasladarlos a la zona americana, tantos científicos y técnicos relacionados con los V-2 como pudiese. Cuando supo que von Braun estaba en manos de su Ejército fue a por él y lo escoltó hasta Nordhausen. Como Wernher tenía intención de trasladarse a trabajar a Estados Unidos, no le fue difícil que lo ayudara a convencer a muchos técnicos para que salieran de Nordhausen en el tren de Staver y se moviesen a la zona de influencia americana. Todos querían saber qué les ofrecían los americanos para compararlo con lo que prometían los soviéticos. Malenkov había enviado un grupo de expertos soviéticos a Alemania para que se hiciera cargo de las instalaciones de los V2 y ofreciera trabajo, un buen salario y la seguridad de que continuarían desarrollando su labor de investigación en el campo de los cohetes a todos los técnicos y científicos alemanes que hubieran trabajado en aquel programa. La oferta soviética la publicitaban en la radio.

Material de la fábrica de Nordhausen, cien V-2 y un tren con mil expertos del equipo de von Braun, abandonaron Nordhausen antes de que los soviéticos asumieran el mando en la zona. El capitán Robert Staver cumplió las órdenes recibidas, gracias a su astucia y atrevimiento burló a los servicios secretos aliados y cuando los soviéticos entraron en Mittlewerk, se encontraron con una fábrica vacía. El capitán tuvo suerte, porque al final la fecha del cambio de mando de Estados Unidos a la Unión Soviética, en aquel territorio, se pospuso del 1 al 21 de junio.

El Ejército de Estados Unidos envió al representante de General Electric en Paris para que interrogase a los expertos alemanes, que apenas eran capaces de entender las preguntas de sus interlocutores. El 15 de mayo, von Braun escribió un documento de ocho páginas en el que expuso su particular visión sobre el futuro de la exploración espacial: aviones cohete, telescopios espaciales, espejos gigantes capaces de alargar la duración del día en algunos puntos de la tierra, satélites y viajes interplanetarios.

Los estadounidenses tenían algunas dudas con respecto a la conveniencia de que von Braun se trasladase a su país y en el Gobierno coexistían las dos opiniones contrarias. Los soviéticos le ofrecieron 5000 marcos de recompensa si se pasaba a su bando. Stalin estaba furioso porque los americanos le habían vaciado Nordhausen, Peenemünde lo destruyeron los alemanes y muchos trabajadores de los V-2 se habían pasado a las zonas de influencia estadounidense. La explosión de las bombas atómicas en Hirosima y Nagasaki, a principios de agosto, pusieron de manifiesto la trascendencia bélica que tendría en el futuro el dominio de las tecnologías nuclear y de misiles de forma simultánea. El asunto de adquirir la tecnología de los V2 se convirtió en algo apremiante para el dictador soviético.

Y en medio de aquella algarabía y confusión, en septiembre de 1945, Serguei Pavlovich Korolev recibió la orden de trasladarse desde Moscú a Viena y de allí a Berlín. Con el grado de teniente coronel, rehabilitado tras una penosa estancia en el Gulag, el joven ingeniero portaba la orden de adquirir todo el conocimiento desarrollado por los hombres de von Braun. Su misión consistía en hacer que la Unión Soviética se posicionara a la cabeza del desarrollo tecnológico en aquella materia. Ese mismo día, von Braun salía de Alemania hacia Estados Unidos.

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

Tío Daniel, el secuestrador y otras historias del aire

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El mundo de la aviación y el vuelo son una fuente inagotable de historias; en este libro he recogido siete muy diferentes. De las siete, en una me he ajustado en todo lo posible a la realidad, en cinco he novelado lo que ocurrió y en la última, que quizá sea la más verosímil de todas, he dado mayor libertad a mi imaginación.

La historia verídica se corresponde con la vida de Santiago de Cárdenas ─un peruano de quien muchos han escrito, sin saber que sus ideas son desde el punto de vista aeronáutico tan originales como revolucionarias. Todos los interesados por la ciencia del vuelo de su época trataron de emular a los pájaros con máquinas que batían las alas, algo que don Santiago obvió. El gran descubrimiento del ilustre inventor fue que las aves como los cóndores, que él llamaba legítimas, «se bastaban con guardar la tensión y extensión de las alas». La idea de que para construir un artefacto volador más pesado que el aire, bastaba con un par de alas fijas, no tenía gran predicamento. Fue un aristócrata inglés quien, en 1799, grabó en un disco de plata este concepto de máquina de volar de alas fijas que, sin saberlo, compartía con Santiago de Cárdenas; su concepción sobre el modo en que deberían construirse las máquinas de volar le valió el título de inventor del aeroplano moderno; se llamaba: sir George Cayley. Nadie cayó en la cuenta de que un limeño desconocido se había anticipado en algunos años al baronet inglés. Sin desmerecer al aristócrata, a quién no le han faltado reconocimientos, no estaría de más apuntar algunos en la memoria del peruano desfavorecido por la suerte y los poderosos. En el relato de Santiago Cárdenas he procurado ajustarme a la realidad en todo lo posible; es una narración que he reconstruido a partir de la escasa documentación que ha sobrevivido al personaje.

Las líneas aéreas son responsables de transportar pasajeros que lleven consigo la documentación exigible para acceder a los países donde viajan. Es inevitable que, en algunas ocasiones, los pasajeros sean rechazados en su destino, porque la documentación que les acompaña no es correcta, o por otros motivos; y desgraciadamente, también ocurre que a estos pasajeros, de regreso al país de origen, se les niegue la entrada. Hoy, este problema tiene mejor solución en muchos países ya que de alguna forma se hacen cargo de la situación, pero hace algunos años la compañía aérea era la única responsable de estos individuos. Resolver estas situaciones desencadenaba sucesos tan rocambolescos como los que describo en Dos cajas de güisqui. Se trata de una historia basada en hechos reales que he deformado, cambiando nombres, personajes y partes de la trama, que viví muy de cerca.

Hasta que uno de los dos muera es una historia cuyo desarrollo gira en torno a una terrible confusión de los gestores de una aerolínea, que afecta gravemente a una pasajera y sus familiares. El error ocurrió tal y como lo describo, aunque los acontecimientos relacionados con el personaje central y sus familiares son pura invención. Esta es la otra historia, de la cual también tuve conocimiento directo.

Tío Daniel, el secuestrador es un relato basado en un hecho verídico que ocurrió fuera de España. Las motivaciones y la vida del protagonista así como las de su sobrina, las he novelado; sin embargo, casi todo lo relativo al secuestro se fundamenta en un episodio real. Para quién desee enlazar esta narración con el mundo de los hechos ciertos le sugiero que se fije en el nombre del protagonista: una clave que lo transportará a la realidad y sus incertidumbres. Esta es la narración más larga de todas, por eso la he utilizado para titular el libro.

En la historia de Lola García, la astronauta, todo es real menos Lola y su entorno próximo. A los demás personajes, protagonistas del inicio de la exploración espacial en Estados Unidos, no les he cambiado el nombre, ni a los acontecimientos las fechas, ni a las organizaciones las siglas. Es una historia breve, que cuenta las peripecias y la lucha de las mujeres que no se resistieron a la discriminación sexual con que la NASA inauguró la conquista tripulada del espacio.

De Rebelión en las nubes, poco tengo que decir porque el lector descubrirá con facilidad los hechos que la inspiran.

La última de las historias es una concesión a la fantasía, en la que he tratado de adecuar con precisión mis descripciones al método que siguen sus protagonistas para vencer la gravedad. Quiero decir que he procurado ajustar mis explicaciones al vuelo real de los pájaros. En Águila Perdicera el protagonista es un volador que, para que podamos entenderlo, se expresa como si fuera un ser humano instruido; no he encontrado otro modo de interpretar el mundo, visto a través de los ojos de un águila. Es una técnica que también utilizó Santiago de Cárdenas —el limeño que inventó el aeroplano— que hizo hablar a los cóndores para que explicaran con mayor propiedad lo que él no sabría decir mejor.

Tío Daniel el secuestrador y otras historias del aire

 

 

 

 

El miedo a volar y la incomodidad

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Isaac Asimov, Stanley Kubick y John Reagan compartieron la misma fobia que padece, o ha sufrido alguna vez, algo así como la mitad de las personas que utilizamos el avión. A pesar de que volar es 29 veces más seguro que conducir un automóvil, según las estadísticas del Departamento de Transporte de Estados Unidos, mucha gente sufre ansiedad a bordo de los aviones.

El miedo es una reacción natural del organismo para facilitar el que nos apartemos del peligro. Se produce ante una amenaza real y por tanto no suele durar mucho. La ansiedad no es miedo al peligro sino a que se produzca una situación de peligro; es un estado que perdura en el tiempo. Cuando aparece una rata y alguien siente miedo, esa persona no experimenta la misma sensación que el individuo que tiene miedo, permanentemente, por si aparece una rata. La ansiedad desgasta y tiene un efecto devastador sobre el organismo.

Los expertos nos explican que el vuelo no es un modo natural de transporte para el hombre y que, en esa situación, puede sentir fragilidad y vulnerabilidad. Esto es la causa del miedo a volar, que definen los estudiosos como una fobia específica, es decir, un estado de ansiedad que se produce por algo en particular, como la agorafobia o la claustrofobia.

Las expresiones fisiológicas del miedo a volar suelen traducirse en tensión muscular, temblores, respiración acelerada, palpitaciones, dolor en el pecho, trastornos abdominales, sudoración, picores, mareos, boca seca o palidez; afortunadamente no suelen presentarse todas juntas. Los trastornos psicológicos de esta fobia pueden inducir pérdidas de memoria, juicio perturbado, sensaciones muy negativas y pensamientos obsesivos.

Algunos expertos opinan que absolutamente todas las personas padecemos esta fobia, en algún grado, aunque sea mínimo.

Sobre este asunto se han escrito muchos libros. Yo he contado más de un centenar en Amazon, en inglés, y quizá la mitad en español, lo que nos da una idea de la popularidad que tiene. Sin embargo, lo que a mí más me ha llamado la atención siempre, son los elementos primarios que podrían alimentan la aviofobia: espacios cerrados, altura, aglomeraciones, falta de control de la situación, aire demasiado cargado, posibilidad de ataque terrorista que se le recuerda permanentemente al pasajero a lo largo de todo el vuelo de forma directa o indirecta, turbulencias, aceleraciones, imposibilidad de ir al servicio durante largos periodos de tiempo imprevisibles y otros muchos. El problema es que el número de elementos primarios que pueden inducir la aviofobia está creciendo debido a que a la lista se incorporan otros que, hasta la fecha, o no existían o no se han tenido en cuenta. Desde hace ya varios años la gente considera, cada vez más, la experiencia del vuelo como algo bastante indeseable: todo el proceso es harto incómodo.

El acceso a los aeropuertos, lejos del centro de la ciudad, nos obliga muchas veces a levantarnos a horas inhumanas. En las colas de los filtros nos faltan manos para llevar los bultos y la documentación. Nunca sabemos si hay que quitarse los zapatos o no, qué hacer con el iPad, si la hebilla del cinturón pitará o no pitará al pasar el arco y si las cremas o los líquidos que llevamos superan el aleatorio criterio de los guardianes. Después del trauma que siempre ocasiona el paso por un filtro, nos espera, con un poco de mala suerte, un camino zigzagueante por la terminal —para que no nos perdamos ninguna tienda— hasta llegar a la puerta de embarque. Para los creyentes es un buen momento de rezar y pedirle a su dios que no se retrase el vuelo (o no se retrase más) y, con un poco de suerte sentarse, entre maletas y equipajes de mano, antes de incorporarse a la tercera o cuarta cola del día que le permitirá subir al avión. El incómodo acceso —en fila india a través de una pasarela, o tras un viaje en un congestionado autobús bien cogido a una asidera para no estamparse contra los vecinos, por culpa de las aceleraciones que el conductor es incapaz de ahorrar a sus pasajeros—, es el preludio de la gran batalla que se libra en el interior del avión por el espacio de los maleteros que alojan el equipaje de mano. Una vez sentados, hemos llegado al núcleo del proceso. Y aquí las cosas varían mucho en función del precio del billete. En las llamadas clases de negocios es posible que recuperemos la sensación de pertenecer al género humano. Sin embargo, en lo que muchos ya denominan clase del ganado, disfrutaremos del ingenio y las nuevas tecnologías que las líneas aéreas y los fabricantes de aviones han aplicado al proceso de empaquetamiento de pasajeros. Este asunto se merece un punto y aparte.

Se denomina pitch a la distancia entre dos puntos iguales de dos asientos consecutivos, situados uno detrás (o delante) del otro. No hace muchos años, en los vuelos de corto y medio recorrido el pitch de la clase turística era de 31 o 32 pulgadas. Hoy por lo general es de 30 y en las cabinas de muchos operadores, casi todos los de bajo coste, no pasa de 28. Suele decirse que los nuevos materiales permiten construir asientos más delgados y que las reducciones del pitch no merman siempre el espacio útil para los pasajeros. Que cada vez los asientos son menos mullidos y cómodos eso parece cierto; la cuestión del espacio es discutible. En cuanto a la anchura de los asientos de clase turística, las aerolíneas argumentan que en los aviones de los años 1960 era de 14 pulgadas y hoy, el promedio es de 15. Puede ser, pero la tendencia de los últimos años es que la anchura merme. Los dos aviones de corto y medio recorrido del futuro son el B 737 MAX (2017) de Boeing y el A320neo (2016) de Airbus. El fabricante europeo recibió autorización de la European Aviation Safety Agency (EASA), el pasado mes de marzo, para incoporar 15 asientos más en su nuevo modelo que pasará de 180 a 195 asientos. El Boeing 737 MAX que ha comprado Ryanair contará con una versión de 200 asientos, a partir del 2019, aunque las primeras unidades llevarán 189. El pitch del A320neo podría bajar a 27 pulgadas y el del MAX a 29. Todo apunta a que la industria pretende en el futuro reducir el espacio para almacenamiento de equipajes y ubicar más asientos en las cabinas de pasajeros de la clase económica. Ya se han levantado voces de alarma para decir que, dentro de poco, nuestras maletas de cabina ya no servirán, serán demasiado grandes. Esta tendencia contrasta con dos hechos ciertos: el incremento de la obesidad en las personas mayores y de la altura en los jóvenes. Hoy, los pasajeros luchan por el espacio a bordo en las cabinas de la clase económica. Estas peleas han dado origen a inventos como el defensor de rodillas (knee defender) que es un artilugio que bloquea el mecanismo de reclinación del asiento delantero. Durante el pasado año, el uso de este aparato ha protagonizado importantes trifulcas a bordo, que en ocasiones forzaron aterrizajes no programados. Lo cierto es que, con el espacio que las aerolíneas dejan a los pasajeros de clase turista, los viajeros que miden más de 1,85 metros de altura empiezan a no saber qué hacer con sus piernas. La Federal Aviation Administration (FAA) de Estados Unidos también ha mostrado su preocupación por el efecto que tiene en la seguridad de las operaciones el incremento de la densidad de pasajeros en las aeronaves. La FAA efectúa ensayos periódicos para evaluar el tiempo que los pasajeros tardan en evacuar una aeronave. Estas pruebas se realizan en cabinas con un pitch de 31 pulgadas; un valor que excede el que ofrecen la mayoría de los transportistas en su clase económica.

En definitiva, el núcleo de la experiencia del vuelo, a bordo, suele consistir en soportar con el mejor humor posible, la proximidad del asiento delantero y sus movimientos que merman nuestro espacio, la pelea por el uso de los antebrazos que compartamos con un extraño y alguna pequeña cola en los servicios, si es que el vuelo está libre de percances. A la llegada, si hemos facturado el equipaje, aún nos espera la quinta o la sexta cola del proceso y vivir con cierta ansiedad la espera de las maletas. Si las recuperamos, emprenderemos, felices, el último tramo del viaje que va desde el aeropuerto a nuestro lugar de destino.

Como decía al principio el vuelo se ha convertido en un proceso, harto incómodo, que la gente tratará de evitar en lo sucesivo siempre que pueda. El cúmulo de inconveniencias es de tal magnitud, que la lista de elementos básicos que alimentan el miedo a volar, cada día se incrementa y, de seguir así, es posible que en un futuro no muy lejano, absolutamente todos padezcamos esa fobia, por una u otra razón. Sin duda, este es un peligro para el desarrollo de una aviación en la que parece urgente que las autoridades, los gestores aeroportuarios y las líneas aéreas empiecen a poner remedio para preservar el negocio. Yo creo que soluciones las hay, aunque no lo parezca, pero eso sería motivo de otra reflexión. Mientras tanto, todos los usuarios del transporte aéreo llevamos camino de engrosar la lista de los afectados por el miedo a volar.

Los análisis del impacto de un avión comercial en una central nuclear

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Han transcurrido 14 años desde que este mundo contempló asombrado, en la televisión, como dos aeronaves comerciales, llenas de pasajeros, se estrellaban contra las inmensas Torres Gemelas de Nueva York.

A partir de aquel momento los expertos se plantearon qué es lo que podía ocurrir si el impacto de una gran aeronave comercial, en vez de alcanzar un rascacielos, se produjera contra el edificio principal de un reactor nuclear. De hecho, aparentemente, la inteligencia de Estados Unidos tuvo noticia de que los terroristas habían barajado la posibilidad de lanzar uno de los aviones que secuestraron contra una central nuclear.

En el año 2002 había 130 reactores nucleares produciendo electricidad en Estados Unidos. En el mes de diciembre de aquel año, el Electric Power Research Institute (EPRI) junto con el Nuclear Energy Institute (NEI) publicaron un estudio con el siguiente título: «Disuadiendo al terrorismo: Los análisis de impacto de aeronaves demuestran la solidez estructural de las plantas de potencia nucleares». El estudio lo hicieron las referidas entidades en colaboración con dos empresas consultoras: ABS Consulting y ANATECH. El documento analizaba el impacto de aviones comerciales en los edificios de contención, depósitos de combustible usado, almacenamiento de combustible y contenedores de transporte de combustible nuclear. En Estados Unidos los reactores nucleares eran, básicamente de dos tipos: de agua a presión (PWR) y de agua en ebullición (BWR). En ambos, los muros de protección de hormigón armado del reactor tienen un espesor entre 1 y 1,35 metros, aproximadamente. Como avión de referencia, para el análisis, se empleó el Boeing 767 400, que por entonces cubría el 88% de los vuelos, en Estados Unidos, realizados con aeronaves con un peso máximo de despegue similar al suyo. Se estimó que la velocidad del impacto rondaría las 350 millas por hora, como máximo, ya que de ser mayor la aeronave sería poco controlable durante la maniobra de aproximación final al objetivo. Y también se supuso que los impactos se producían en las zonas más sensibles de los edificios, que en el momento del choque la masa del avión se correspondía con su peso máximo de despegue y que los depósitos de combustible estaban llenos; hipótesis tan desfavorables como imposibles. Aun así, el informe finalizaba con una conclusión escueta y sencilla: «El estudio determinó que las estructuras que alojan el combustible del reactor son robustas y protegen al combustible del impacto de grandes aviones comerciales.»

Aquel análisis de diciembre de 2002 serviría para tranquilizar a la mayoría de la opinión pública estadounidense, pero la realidad se ajustaba, tan solo en parte, a la categórica aseveración final del estudio. Casi todas las centrales nucleares del país se habían diseñado durante la década de los años 1960. Entonces, el mundo era distinto. En el diseño de los edificios de contención no se consideró la posibilidad de que un avión comercial chocara contra sus muros de hormigón. La hipótesis era tan improbable que pertenecía al mundo de lo imposible. Por el contrario, sí se tuvo en cuenta la eventualidad de que un avión militar (tipo Phantom) o un avión pequeño de la Aviación General, pudiera colisionar contra las instalaciones de la central. El impacto de un avión militar de caza o de una pequeña aeronave era altamente improbable, pero posible. Al parecer, los resultados de los primeros análisis, que se hicieron en 2002, del comportamiento de los contenedores nucleares frente al impacto de una aeronave de mayor tamaño, pareció demostrar que los márgenes de seguridad que se habían dado a los diseños originales fueron capaces de absorber el incremento de las cargas previsibles. Pero, muchos empezaron a cuestionar la metodología empleada para determinar las cargas sobre las estructuras. El método más generalizado con el que se calculaba, a final de los años 1960, la carga generada por el impacto de una aeronave contra los muros de contención de las centrales, fue el que propuso el doctor Jorge Riera (1968). Según dicho método, el avión se considera con forma cilíndrica con una distribución de masa y resistencia determinadas (medidas a lo largo de su eje longitudinal, a partir del morro); el muro de hormigón se supone que es rígido. La fórmula de Riera proporciona una carga, en función del tiempo a lo largo del impacto, que es la que se aplica a la estructura de hormigón armado para determinar cuál será su comportamiento. El método tiene la ventaja de su sencillez y por tanto permite efectuar muchos cálculos en distintas partes de la estructura, con diferentes velocidades y ángulos de incidencia de la aeronave. Sin embargo, a partir de los años 2001 y 2002, muchos expertos cuestionaron la validez del método de Riera cuando se trataba de evaluar las cargas que podía inducir el impacto de un gran avión comercial sobre la estructura del contendor de una central nuclear. Los técnicos empezaron a sugerir otros modelos para determinar estas cargas y estos nuevos modelos arrojaban valores bastante más altos.

El accidente de la central de Fukushima Daiichi, en marzo de 2011, volvió a conmocionar a la opinión pública y los políticos se vieron obligados a replantearse el asunto relativo a la seguridad de los más de 400 reactores nucleares que operaban en todo el mundo.

En Europa, el 25 de mayo de ese mismo año, la Unión Europea anunció que la Comisión y el Grupo Europeo de Reguladores de Seguridad Nuclear (ENSREG) habían llegado a un acuerdo sobre los criterios aplicables y el modo en que se efectuarían los stress test a que se someterían todos los reactores que operaban en su territorio. El acuerdo resultó mucho más complicado de lo que, en primer lugar podía suponerse, debido a los aspectos relacionados con el terrorismo. Para resolver estas disputas se convino en tratar por separado estos asuntos, con el objetivo de garantizar la confidencialidad. El objetivo principal de los test fue evaluar la seguridad y robustez de las plantas nucleares en caso de eventos naturales extremos (como en Fukushima). Según la Comisión el asunto de los efectos del impacto de grandes aeronaves comerciales también se trató, aunque de forma indirecta. La realidad es que, al constituir los actos de terrorismo un asunto de seguridad que concierne a la soberanía de los distintos estados, los stress test no se ocuparon de ellos y se creó un grupo especial para abordar todo lo relacionado con los mismos. Dicho grupo elaboró un conjunto de recomendaciones de carácter bastante general. En octubre de 2012, la Unión Europea evacuó una comunicación sobre los resultados de los stress test que se habían llevado a cabo en los 145 reactores de los 15 estados miembro. El documento incluía las recomendaciones a tener en cuenta en el diseño de nuevas centrales nucleares, sobre todo en lo relativo a su resistencia frente a terremotos e inundaciones, la necesidad de disponer de instrumentos para detección de seísmos en las centrales, equipo para combatir accidentes graves, procedimientos de emergencia, centro de control de emergencia adicional, medidas pasivas y líneas de actuación en caso de accidente grave.

El ejercicio europeo dejaba muchas lagunas, ante la opinión pública, de la capacidad de las centrales nucleares europeas para soportar ataques terroristas, que consistieran en estrellar grandes aviones comerciales contra los edificios de contención de los reactores. Todo lo relacionado con este asunto quedaba, por razones de seguridad, en la penumbra.

De otra parte, las investigaciones y los estudios de los expertos, cada vez apuntaban con mayor claridad a que la determinación de las cargas que el impacto de una gran aeronave produce sobre la estructura, debe efectuarse por métodos más sofisticados que los que se emplearon para el diseño de la mayoría de las centrales nucleares que operan en el mundo. Los dos métodos que se consideran más adecuados utilizan modelos mucho más complejos de las aeronaves, que se representan mediante un conjunto de superficies, o elementos finitos. Dichos elementos configuran el fuselaje, las alas, el tren, los motores, los depósitos de combustible y los planos de la cola. El choque contra un muro rígido se resuelve analizando la deformación y rotura del cuerpo de la aeronave, su descomposición en fragmentos, así como la existencia de masas discretas, como los motores que se convierten en proyectiles. Si en vez de considerar un muro rígido, se modela también la deformación de la estructura de hormigón armado y el efecto que dicha deformación tiene sobre el cuerpo del avión que se estrella, entonces tenemos un modelo de impacto conocido con el nombre de misil-blanco: el más preciso y elaborado que conocemos. Y, para aeronaves grandes, los resultados de las cargas que se estiman con este modelo misil-blanco difiere bastante de los que se obtendrían utilizando el antiguo método de Riera.

Después de que la Unión Europea hiciera públicos sus stress test, en los que tan poco se decía sobre el asunto de los posibles impactos de grandes aviones comerciales en las centrales nucleares, la organización internacional Greenpeace encargó otros estudios para evaluar el efecto de dichos impactos.

Con 58 centrales nucleares, Francia es el campeón nuclear europeo, con diferencia, al que le sigue el Reino Unido, con 19 centrales. Bajo el título de Vulnerabilidad de las plantas de potencia nucleares francesas al impacto de una aeronave, el 27 de febrero de 2012, Greenpeace publicó un informe que había encargado a una empresa consultora londinense. Los autores del documento pusieron un gran énfasis en que los eventos reales de aeronaves que han impactado contra edificios (WTC y Pentágono el 11 de septiembre de 2001 y el B747 que se estrelló en Lockerbie, Escocia, en 1988) muestran un escenario mucho más complejo que el que se empleó para diseñar las centrales nucleares francesas. La carga del impacto genera ondas de choque en la estructura que induce daños en la propia estructura o en otras partes distantes; algunos restos del avión que se desintegra actúan como proyectiles; la masa de escombros, en que se convierte la aeronave, al proyectarse contra la estructura puede desequilibrarla y el combustible ardiendo tiene efectos devastadores al sobrecalentar la estructura. Al final, el extenso estudio aporta una conclusión relativamente ambigua: «los muros de contención primarios de las 58 plantas nucleares operativas en Francia están sometidos al riesgo de fallo en el supuesto de recibir el impacto de un avión del tamaño que operan las aerolíneas».

En diciembre de 2012, Greenpeace, en colaboración con Eda Becker, también hizo público otro informe: Consecuencias en las centrales nucleares españolas tras la colisión de un avión de pasajeros. Las conclusiones apuntaban a que las centrales más antiguas son las más vulnerables, mientras que la de Cofrentes, Vandellós 2 y Trillo probablemente soportarían el impacto de un avión de pasajeros.

El pasado mes de Agosto se celebró en Manchester la conferencia sobre Mecánica Estructural de la Tecnología de Reactores (SMIRT 23). De las intervenciones y comunicaciones que se presentaron cabe deducir que la metodología para determinar el posible impacto de una aeronave sobre una central nuclear sigue siendo un asunto que preocupa a los expertos. En un estudio de Alexander Siefert y Fritz-Otto Henkel se utilizaron modelos muy detallados de dos aeronaves: A320-200 y B747-400; para analizar las consecuencias del impacto se empleó una simulación integral desacoplada, del tipo misil-blanco, haciendo que los aviones se estrellaran contra el muro de contención del reactor, de hormigón armado, a una velocidad de 576 kilómetros por hora. Del estudio se deduce que para, que no se produzcan daños relevantes, el espesor del muro debería ser de 1,8 metros, con un 747, aunque para el A320 bastaría con 1,2 metros.

De todo este largo y penoso proceso está claro que la mayoría de las centrales nucleares, que hoy funcionan en el mundo, se diseñaron sin tener en consideración el posible impacto de un gran avión comercial. No podemos afirmar que sean capaces de soportar dicho impacto sin sufrir daños serios, pero tampoco está claro que cualquier accidente de esta naturaleza los vaya a generar. En cualquier caso, parece que únicamente para aviones realmente muy pesados, como el Boeing 747 o el Airbus 380, los impactos podrían comprometer la estructura del reactor en algunas instalaciones. Las nuevas centrales sí se han diseñado y se construyen teniendo en cuenta este tipo de eventos. La protección de las nucleares frente a ataques terroristas es una cuestión que afecta a la seguridad de cada nación y muchas de las medidas que se adoptan al respecto, son confidenciales.

No podemos asegurar que gozamos de una protección absoluta en caso de que se produzca un impacto de una aeronave contra cualquier central nuclear. Sin embargo, la probabilidad de que dicho evento origine daño grave a la población es extraordinariamente pequeña. Incluso, en el caso de un avión de gran tamaño, las condiciones del impacto deberían reunir un conjunto de características, tan peculiares, que difícilmente pueden concurrir en la práctica.

Aviones y rayos

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En 1929, por primera vez en la historia de la aviación, se le atribuiría a un rayo ser la causa de un accidente. Muchos pilotos e ingenieros lo negaron; trataron de demostrar que eso era imposible. Los hechos han venido a demostrar que no tenían razón. Es muy improbable que una descarga eléctrica atmosférica dañe un aeroplano, pero no imposible.

Todos los días nuestro planeta protagoniza unas 40 000 tormentas que producen unos 100 rayos por segundo. Truenos, rayos y relámpagos son meteoros muy frecuentes en el mundo en que vivimos.

A pesar de todo, no se conoce con gran exactitud cómo se forman y propagan, aunque, más o menos, las cosas ocurren de la siguiente manera:

«Cuando una corriente de aire cálido y húmedo se eleva en el seno de una nube hasta alcanzar suficiente altura, se enfría. El agua forma cristales de hielo que, al aumentar de tamaño y peso, caen mezclándose con las gotas de agua ascendentes. Las gotas y los cristales se mueven en el seno de la nube que se carga eléctricamente: en la parte superior la carga es positiva con respecto a la inferior, negativa. Esta polaridad da origen a descargas eléctricas, que son los rayos, entre las capas bajas y altas de la nube y entre la nube y tierra.

La mayoría de los rayos que caen en tierra se originan en las nubes. La nube está cargada negativamente con respecto a la superficie de la tierra y de ella surge una guía que baja hacia la superficie terrestre siguiendo una quebrada cuyos tramos tienen unos 50 metros, a una velocidad del orden de la sexta parte la de la luz. Cuando se aproxima al suelo, de este, salta el rayo de retorno que al encontrarse con la guía produce una descarga muy luminosa (relámpago) e intensa. La corriente eléctrica del rayo tiene una intensidad de unos 10 000 amperios y calienta el aire que se expande con brusquedad, lo que produce el ruido que llamamos trueno.

Los rayos se pueden generar de forma análoga, entre capas de aire (dentro o fuera de las nubes) o entre la parte superior de la nube y tierra, aunque en este último caso la carga de la nube sea positiva con respecto a la del suelo».

Los rayos causan la muerte, todos los años, a miles de personas en el mundo. Algunas estadísticas arrojan la cifra de 24 000 y otras la de 6 000 víctimas anuales de este meteoro. Estos accidentes afectan a individuos, en tierra, que en su mayoría se encuentran a la intemperie y viven en países subdesarrollados. En Estados Unidos el número se reduce a unas 40 o 50 personas. Sin embargo, las muertes producidas por los rayos entre los pasajeros de la aviación comercial son escasísimas.

La oficina francesa d’Etudes et Recherches Aérospatiales estima que cada 1000 horas de vuelo todos los aviones comerciales protagonizan un encuentro con un rayo; eso quiere decir que lo hacen, en promedio, con una frecuencia superior al año. Sin embargo, estas citas con los meteoros eléctricos no suponen un peligro grave para la navegación aérea.

Los aviones reciben casi todos los rayos cuando vuelan entre 1500 y 4500 metros de altura, en zonas tormentosas, con lluvia y temperaturas próximas a cero grados centígrados.

El primer accidente bien documentado de una aeronave comercial, cuya causa se atribuyó al impacto de un rayo, se produjo en un avión Boeing 707 de la Pan American World Airways el 8 de diciembre de 1963. La aeronave sobrevolaba Filadelfia, esperando autorización para aterrizar. El rayo originó el incendio de vapor de combustible que se saldó con la muerte de sus 81 ocupantes y la pérdida de la aeronave; desde entonces, todos los aviones comerciales llevan púas de descarga estática, o pequeñas varillas afiladas capaces de concentrar y disipar la carga eléctrica. En total no hay más de cincuenta casos de accidentes o incidentes en la aviación comercial, cuyo origen se deba a este tipo de meteoros que han causado poco más de 200 fatalidades. Casi todas las víctimas se produjeron en dos accidentes, además del ya mencionado: uno en 1973 con un Fairchild de Ozark Airlines en el que murieron 38 pasajeros y otro en 1985, que afectó un Lockheed L-1011 de Delta, en el que fallecieron 135 personas. La mayoría de los incidentes de este tipo se resolvieron sin ocasionar daños a los pasajeros.

Los pasajeros de una aeronave están protegidos de las descargas eléctricas porque las recibe el fuselaje (normalmente de aluminio), que es altamente conductor, e impide que en su interior se genere un campo eléctrico. Fue Michael Faraday quién explicó este fenómeno y por eso se dice que la caja metálica de la aeronave actúa como una jaula de Faraday. La introducción de componentes de fibra de carbono, incluso de fuselajes completos (Boeing 787, Airbus A350) de este material, suponía ─salvo que se adoptaran otras medida─ la pérdida de la protectora jaula de Faraday. Para evitarlo, los diseñadores de estos aviones han tenido que añadir al fuselaje una especie de malla metálica embebida, en la fibra, para dotarlo con la necesaria protección contra los rayos.

Aunque los pasajeros están protegidos y no pueden recibir ninguna descarga eléctrica, en la práctica, un rayo origina en la aeronave otros efectos que hay que tener en consideración: aumento de temperatura en los puntos que reciben el impacto y en los que se concentra el flujo de corriente, arcos voltaicos en goznes y puntos de soldadura, efectos de la onda de presión asociada (trueno), magnetismo residual y posible ignición de vapores gaseosos inflamables.

De la información disponible cabe deducir que entre un 30% y un 50% de los rayos que reciben las aeronaves producen daños de menor importancia. Por lo general son marcas en los puntos de entrada y de salida. En muy pocos casos, la descarga eléctrica induce averías en los equipos electrónicos, aunque puede generar alteraciones de su funcionamiento, momentáneas.

Como el avión se mueve en el aire mientras recibe el rayo, el punto de entrada, normalmente situado en el morro o en la punta de las alas, se desplaza hacia atrás, ocurriendo lo mismo con el de salida. En las entradas aparece una fuerte luminosidad debida a la ionización del aire. La corriente circula por la parte exterior del fuselaje y abandona la aeronave para cerrar el circuito fuera de la misma, normalmente en tierra.

Después de una larga experiencia y muchos rayos en los lomos de miles de aviones comerciales, se puede asegurar que estas chispas no presentan un gran problema; son mucho menos preocupantes que las turbulencias y las cizalladuras, capaces de abatir cualquier aeronave. Sin embargo, hay un tipo de meteoro eléctrico menos estudiado y conocido: los rayos que se generan en una capa, de una nube, cuya carga es más positiva que la tierra. Estos son diez veces más potentes que los negativos, pero afortunadamente se descargan tan solo en los picos de tormentas muy fuertes, en pocas ocasiones.

La conclusión es que para cualquiera de nosotros, los rayos a bordo de una aeronave no son mas peligrosos que dentro de un automóvil y menos que cuando andamos por la calle. Lo importante es que no nos hayamos olvidado del paraguas, porque si nuestro avión se encuentra con un rayo al aterrizar, lo más probable es que lo necesitaremos al salir del aeropuerto.

El vuelo de los insectos

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Abeja

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Una simple mosca tiene un pequeño cerebro con unas cien mil neuronas; un hombre cuenta con algunas más: alrededor de cien mil millones de neuronas. La mayoría de las neuronas del pequeño cerebro de la mosca se invierten en coordinar un modo de volar extraordinariamente complejo que hemos podido descifrar desde que se inventaron las cámaras de grabación capaces de tomar 22 000 imágenes por segundo.

En el movimiento descendente, la mosca mueve el ala hacia adelante y, antes de iniciar el ascendente, la gira 180 grados rotando el encastre del ala con el cuerpo; a lo largo del movimiento de ascenso el ala se mueve hacia atrás, al final la gira otra vez para repetir la secuencia. Las alas baten a una frecuencia de 200 ciclos por segundo, aunque en algunos insectos puede llegar hasta 1000.

Esta forma de mover las alas les permite generar sustentación en el movimiento ascendente y descendente de las alas; pueden mantenerse quietos en el aire, o volar en cualquier dirección, hacia adelante, atrás, o de lado. Sin embargo, el vuelo desde el punto de vista del consumo energético resulta muy oneroso y el ejercicio exige unos músculos extraordinariamente poderosos. El único pájaro que mueve las alas de un modo similar al de los insectos es el colibrí.

Los músculos pectorales de los insectos son, proporcionalmente, los más potentes que ha desarrollado la naturaleza. En función del tipo de insecto, los músculos actúan de forma directa sobre las alas, insertándose en su base, o distorsionan la forma del tórax del volador para inducir el movimiento de estos apéndices. Con el segundo método de mover las alas, indirecto, los insectos ahorran bastante energía y es el que utilizan los más evolucionados.

Cuando los insectos poseen alas en tándem, lo normal es que, durante el vuelo, los dos pares realicen de forma simultánea el mismo movimiento.

Según Graham Taylor profesor asociado de Oxford: «El mecanismo de vuelo del moscardón es uno de los más complejos de la naturaleza. Se mueve increíblemente rápido y trabaja a muy pequeña escala. La mosca controla el vuelo mediante músculos que en algunos casos son tan delgados como un cabello humano. Por lo que presenta un reto verlos y entenderlos». Sin embargo, esos pequeños músculos que suponen un 3% de la masa muscular del insecto, desempeñan un papel crucial para controlar el vuelo del animal.

Lo sorprendente es que, a pesar de poseer un millón de veces más neuronas que los moscardones, seamos incapaces de efectuar esos ejercicios.

Del Blériot XI al E-Fan, intrigas y turbulencias sobre el canal de la Mancha

Right side long view from below and slightly to the rear of BlŽriot XI in flight; four children watch from beach in foreground. Original French caption: Le monoplan XI de Bleriot pique droit vers la c™te anglaise. ["BlŽriot's monoplane XI heads right for the English coast." This would seem to indicate that the aircraft is being piloted by Louis BlŽriot himself.]

El vuelo sobre el canal de la Mancha, la estrecha franja de agua que separa Francia del Reino Unido, continúa siendo un reto para la aviación. Cuando el francés Louis Blériot lo realizó por primera vez, con su Blériot XI el 25 de julio de 1909, inauguró una carrera cuya meta resucitaría con el tiempo varias veces.

A principios de julio de 1909, Louis Blériot ya era capaz de volar con su nuevo aeroplano, el Blériot XI, alrededor de una hora. El motor de su aparato ─que había comprado a Alexander Anzani, un italiano de Goria dueño de una pequeña fábrica en Asniéres─ tenía la extraña propiedad de continuar funcionando cuando los otros se paraban. Anzani ─un personaje con un temperamento lábil, gimnasta y piloto de motocicletas─ poseía unas dotes extraordinarias como mecánico. Blériot le encargó un motor de veinticinco caballos y las adaptaciones para que lo instalara en su aeronave. El italiano hizo un magnífico trabajo. Pero cuando Blériot se sintió en condiciones de optar al premio del Daily Mail, otro pionero de la aviación, Hubert Latham, se le había adelantado.

Alfred Harmsworth, editor del Daily Mail, ofrecía 1000 libras a quién volara sobre el mar, por primera vez, entre Francia y el Reino Unido. El premio estaba cargado de simbolismo. La posibilidad de volar entre el continente y Gran Bretaña, o viceversa, le otorgaría a la aviación la categoría de medio de transporte al tiempo que privaría al Reino Unido de la defensa natural que desde siempre le habían regalado los mares. El editor trató por todos los medios de convencer a Wilbur Wright para que hiciera aquel vuelo, pero el estadounidense se negó. A finales de 1908 se acabó el periodo de vigencia del premio, pero Harmsworth lo extendió por otro año y aumentó la dotación de 500 a 1000 libras. En junio de 1909, Hubert Latham se trasladó a Sangatte para intentar ganarlo con un Antoinette fabricado por Levavasseur.

Latham era un joven deportista que acababa de aprender a volar con el Antoinette IV. Estaba emparentado con el principal accionista de la empresa que fabricaba el avión ─Gastambide─ de la que era director y ocupaba el puesto que poco antes había dejado Louis Blériot, molesto porque Levavasseur empezó a fabricar aviones. A Hubert Latham le apasionaba la caza mayor, era frío y calculador y muy pronto se convirtió en un excelente piloto. A finales de junio se había instalado cerca de Calais para preparar su vuelo a través del canal. Blériot seguía con interés sus movimientos, mientras conseguía lo que hasta entonces no había podido lograr: mantenerse en el aire alrededor de una hora, gracias a su nuevo motor Anzani, con el Blériot XI.

El domingo 18 de julio, a las seis y media de la madrugada, Latham despegó rumbo a las costas británicas con el firme propósito de ganar el premio del Daily Mail. No había recorrido la mitad del trayecto cuando su motor Antoinette ─haciendo honor a la costumbre de los de su época─ empezó a ratear y después se paró. El piloto planeó y logró posarse suavemente sobre las aguas del mar. Levantó los pies y encendió un cigarrillo para fumárselo tranquilamente mientras esperaba que los barcos que le seguían lo sacaran del agua.

El lunes 19, Louis Blériot se reunió en las oficinas del aeroclub de París, en los Campos Elíseos, con algunos de sus amigos. Santos Dumont estuvo allí y salió precipitadamente para decirle a Alice, la esposa de Blériot que lo esperaba en la puerta del edificio dentro del automóvil en que los dos habían llegado, que su marido iba a optar al premio del Daily Mail.

El equipo de Blériot contaba con que a Latham tardarían en enviarle otro aparato. El 21 por la mañana el Bleriot XI llegó a Calais y al mediodía apareció Louis Blériot, con una pierna vendada, muletas y andando con dificultad, debido a las secuelas de su último accidente aéreo del que todavía no se había repuesto. Alice y los médicos cuidaban del piloto que necesitaba dos curas diarias. Louis no estaba en las mejores condiciones para realizar aquel vuelo. Su equipo se empeñó a fondo y cuando se supo que Blériot también estaba en Calais la gente de Levavasseur aceleró los trabajos para hacerle llegar a su piloto, Latham, un Antoinette nuevo. El 22 de julio, diez mecánicos de Levavasseur montaron en Sangatte el nuevo aeroplano que necesitaba Latham. Sin embargo, era distinto al anterior y el piloto tenía que efectuar, al menos, un vuelo de familiarización antes de lanzarse a la conquista del premio.

Anzani llegó de París y cuando se enteró que los mecánicos de Blériot habían modificado su motor organizó una gran trifulca. Les obligó a que restituyeran la configuración original: el éxito de la empresa dependía, en gran medida, de que el motor no se parase antes de llegar a Inglaterra. El truco de Anzani consistía en unas lumbreras situadas en la falda de las camisas por donde salían los gases de escape al final de la carrera de explosión. De esa forma reducía la temperatura del motor, a costa de otros muchos problemas, entre ellos el excesivo consumo de aceite, pero el calentamiento solía ser la principal causa por la que se paraban aquellos primitivos motores.

Louis Blériot, debido a su falta de forma física, tuvo que delegar la organización del vuelo en su colaborador: Alfred Leblanc. El 23 de julio, los aviones de los dos competidores ─el Blériot XI y el Antoinette VII estaban listos para volar, pero el tiempo lo impedía. A las dos de la madrugada del 25 Leblanc creyó entender que la situación meteorológica había mejorado y despertó a Blériot. Llevaron a Alice en automóvil para que embarcara en el destructor Escopette, que la Armada francesa había destacado para escoltar a los aviadores en su vuelo sobre el canal. Louis se despidió de su esposa y de allí se fue con Leblanc y su chófer al campamento donde se encontraba el avión y el resto del equipo. Con las primeras luces Anzani despertó a los que seguían durmiendo disparando al aire con su revólver y Blériot hizo un vuelo de prueba de unos diez minutos, aterrizó y esperaron a que amaneciera para cumplir con los requisitos que imponía el premio. A las cuatro horas y cuarenta y un minutos Anzani arrancó el motor. El italiano le recordó a Blériot que tenía que bombear aceite manualmente cada tres minutos. No podía olvidarse de hacerlo si quería llegar a Dover. Todo estaba listo, entonces Blériot miró sorprendido a Leblanc y le preguntó: « ¿Dónde está Dover?». Su jefe de operaciones le indicó una dirección con la mano: «Por allá». Louis despegó para encontrarse al poco tiempo solo en un cielo desde el que no podía ver otra cosa distinta al mar. Fueron diez minutos angustiosos, hasta que la estela de tres barcos le indicaron el rumbo a seguir para alcanzar la costa británica. Se topó con el castillo de Dover cuando el viento empezaba a zarandearlo y allí encontró un lugar donde posarse en tierra. Había recorrido unos 44 kilómetros en 36 minutos y 30 segundos. Su mujer, Alice, anotaría poco después en su diario: «aquello fue el comienzo de la gloria».

Ese día, Levavasseur también madrugó como Leblanc, pero creyó que el tiempo no mejoraría y decidió seguir durmiendo. Cuando se volvió a despertar escuchó el ruido del motor Anzani de Blériot. Ya era demasiado tarde. Dos días más tarde Latham intentó cruzar el canal por segunda vez. El motor del Antoinette VII falló poco antes de llegar a Dover y la travesía terminó con el aparato y el piloto en el mar, por segunda vez.

El Daily Mail se encargó de que la aventura de Louis Blériot tuviera una amplísima divulgación. A raíz de aquel éxito el fabricante francés consiguió una posición de liderazgo en la incipiente industria aeronáutica mundial.

Transcurrieron 72 años hasta que en 1981 el Solar Challenger ─un avión sin baterías, cuyos motores eléctricos se alimentaban exclusivamente con la energía producida en sus paneles de células solares fotovoltaicas─ cruzara el canal volando de Londres a París. Fue el primer avión eléctrico que repitió la hazaña de Blériot, aunque en sentido inverso. En su magnífico vuelo recorrió 163 millas, en unas cinco horas.

Cruzar el canal a nado, en moto de agua, tabla de wind surf o en globo, siempre ha sido noticia. El año 2015 parece que se recordará como aquél en que los aviones eléctricos despertaron. El pasado mes de julio Airbus tenía organizada una gran fiesta en la que la estrella principal era su avión eléctrico: E-Fan. Su piloto, Didier Esteyne, tenía que cruzar el canal para convertirse en el primero en hacerlo a bordo de un avión eléctrico. Si descontamos la hazaña del Challenger, eso es lo que ocurrió, aunque el vuelo no estuvo exento de intrigas y complicaciones que nos traen a la memoria la disputa entre Blériot y Latham de hace más de cien años.

En una nota de prensa, el distribuidor del fabricante de aviones ligeros esloveno Pipistrel, Michael Coates, acusó a Airbus de presionar a Siemens para impedir que el Alpha-Electro de Pipistrel fuera el primer avión eléctrico en cruzar el canal. El vuelo estaba previsto para el 7 de julio, pero una carta enviada por Siemens, dos días antes, le recordó al fabricante de aviones que su motor Dynadyn 80 kw, en su versión actual, no estaba diseñado, ni probado, ni aprobado por ellos para volar sobre el agua. Además, según el contrato entre ambos, Pipistrel necesitaba el permiso de Siemens para efectuar cualquier vuelo con dicho motor. De acuerdo con la versión de Coates, Siemens hizo posible que Airbus consiguiera el récord. Según Coates, Pipistrel ya había demostrado que el Alpha Electro, volando sobre tierra, puede: despegar de Francia, cruzar el Canal, aterrizar en Inglaterra y regresar a Francia sin recargar sus baterías. Coates se expresó en su nota con términos muy duros para con Airbus: «una compañía con bolsillos muy profundos deseosa de ser la primera, primera, primera a cualquier coste».

En otra declaración oficial del director general de Pipistrel, Ivo Boscarol, en la que describe cómo su empresa, a través de su distribuidor francés, había organizado el vuelo para el 7 de julio, se refiere así al Alpha Electro: «…tiene el doble de alcance que su competidor E-Fan y una tercera parte de su precio anunciado. La gran ventaja es probablemente la disponibilidad: la entrega del Alpha-Electro es inmediata ─aunque quizá sin un motor Siemens».

Pero los sustos para Airbus no terminaron con el Alpha-Electro. Algunos medios divulgaron la noticia el día 10 de julio, a primera hora de la mañana, de que Hugues Duval, un piloto francés, acababa de cruzar el Canal a bordo de su pequeño avión Cri Cri: E-Cristaline. Su hazaña lo convertía en el primer piloto que realizaba dicha travesía con un avión eléctrico, arrebatándole, por tan solo unas horas, el récord que con tanto celo perseguía el gigante aeronáutico Airbus. Duval es un conocido piloto acrobático que vuela en el grupo francés Tranchant y que en 2011 logró el récord de velocidad con un avión eléctrico también del fabricante Cri Cri. Hugues Duval despegó en su pequeño avión eléctrico, pero lo hizo encima de un avión convencional, pilotado por su padre, que lo soltó cuando ya había alcanzado suficiente altura. Su vuelo no es comparable al que horas más tarde realizaría el E-Fan, pero la noticia, que se distribuyó poco después del aterrizaje del avión de Airbus en Calais, causó una gran confusión.

El 10 de julio, el E-Fan despegó del aeropuerto de Lydd a las 08:15 (GMT), en Inglaterra, y 37 minutos después tomó tierra en Calais. Pilotada por Didier Esteyne la aeronave voló a unos 1000 metros de altura. El E-Fan es un aeroplano experimental, construido por Airbus para probar las tecnologías que incorporarán sus aviones eléctricos de serie: E-Fan 2.0, un avión de entrenamiento con dos asientos, y el E-Fan 4.0 con cuatro asientos. El E-Fan está equipado con dos motores eléctricos de 40 caballos (HP), cuenta con autonomía de una hora, aproximadamente, está construido con fibra de carbono, pesa en vacío 500 kilogramos y sus baterías de polímero de litio tienen una densidad energética de 207 vatios por kilogramo de peso.

Si comparamos el Blériot XI con el E-Fan, resulta que el aparato del pionero francés pesaba en vacío casi la mitad; aunque, la mayor diferencia está en la motorización: con 25 HP el Blériot, frente a los 80 HP de la aeronave de Airbus. Esto explica que la velocidad máxima del Blériot XI fuera de 75,6 kilómetros por hora, mientras que el E-Fan alcanza los 220.

El vuelo de Louis Blériot poco tuvo que ver con el de Didier Esteyne aunque los dos durasen casi el mismo tiempo. Al parecer, el primero no llevaba una brújula a bordo, un poco de viento lo hubiera detenido en el aire y ni siquiera tenía claro dónde iba a aterrizar. Su motor Anzani era muy ruidoso, pero lo peor no eran los decibelios sino la abundancia de aceite con la que aliñaba al piloto que tenía que bombear lubricante cada tres minutos, con la mano, para que no se gripara. Además, Blériot voló sin haber curado una profunda y dolorosa quemadura, recuerdo de un vuelo anterior. Encontró el castillo de Dover, casi por casualidad, y cerca de allí pudo abrazar a su querida Alice que había seguido a su esposo en un barco de la Armada francesa, mirando al mar, por si Louis se caía del cielo.

 

El amor de Louis Blériot

 

El incierto futuro de los automóviles voladores

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El joven y brillante ingeniero estadounidense, Carl Dietrich, soñó con hacer realidad los vehículos aéreos personales. Unos artefactos voladores que nos permitan trasladarnos de puerta a puerta, en cualquiera de nuestros desplazamientos, en un radio de un millar de kilómetros, y sin que para manejarlos necesitemos una licencia más complicada que la de conducir un automóvil. A este sueño, Dietrich y sus colaboradores le han puesto un nombre: TF-X. El coche-avión despega verticalmente, lleva a cuatro pasajeros y es capaz de aterrizar prácticamente en cualquier lugar. Hoy por hoy solamente existe un modelo virtual del TF-X, una vaga promesa de fabricarlo dentro de 10 años y un precio de referencia que ronda los 400 000 dólares. Hasta que ese sueño abandone la virtualidad, la empresa de Carl Dietrich tratará de vender un producto material al que han bautizado con el nombre de Transition. Es un híbrido entre coche y avión, con las alas plegables en los costados, hélice trasera y capacidad para transportar a un único pasajero, además del piloto. Rueda como los automóviles por las carreteras y despega y aterriza en un aeródromo que cuente con una pista de 500 metros.

«En la actualidad Terrafugia ya tiene 100 pedidos del Transition que, de acuerdo con el plan previsto, empezará a entregar a partir del año 2015». Eso es lo que escribí en este blog hace un par de años en vehículos aéreos personales. El pasado mes de julio el líder de Terrafugia, Carl Dietrich, anunció que sus primeros coches voladores se entregarán en 2017. La historia del Transition viene encadenando retrasos desde sus inicios en 2006. Terrafugia nació para revolucionar el transporte con un vehículo capaz de rodar por las carreteras como los automóviles y volar como los aviones. Han transcurrido ya nueve años y el proyecto se desvanece.

Las últimas demoras están relacionadas con el certificado que debe otorgar la Federal Aviation Administration (FAA). Para reducir costos de fabricación y simplificar la licencia de vuelo, exigible a los pilotos del Transition, Terrafugia quiere que la FAA lo certifique como un Light Sport Aircraft (LSA). Sin embargo, el aparato tiene un peso máximo de despegue de 816 kilogramos y una velocidad de entrada en pérdida de 100 kilómetros por hora, características técnicas que no se ajustan a los requisitos de la FAA para los LSA (no deben exceder los 599 kilogramos de peso máximo de despegue y 83 kilómetros por hora de velocidad de entrada en pérdida). En diciembre de 2014 la empresa ha solicitado a la autoridad aeronáutica que apruebe las correspondientes excepciones ya que las desviaciones se deben a la inclusión de una estructura capaz de cumplir con las regulaciones de seguridad para circular por las vías terrestres. Es muy probable que Terrafugia consiga resolver este problema de certificación con la FAA. Lo que quizá ya no sea tan probable es que el Transition logre servir de apoyo para generar los fondos que necesita Terrafugia hasta que el TF-X salga al mercado. El precio del Transition, 279 000 dólares, no debería ser el mayor inconveniente. Sin embargo, sus prestaciones como automóvil y como avión ligero son, en ambas modalidades, bastante pobres. El mercado de aviones LSA es muy competitivo y existe un amplio catálogo de modelos cuyo precio ronda los 130 000 dólares. De otra parte, hay muchos expertos que opinan que a Terrafugia le será difícil ganar dinero con el precio que ha establecido para el Transition.

En cualquier caso, el concepto de artilugio que llega al aeropuerto como automóvil y allí se transforma en aeroplano es muy antiguo y ha sido incapaz, hasta la fecha, de incentivar el desarrollo de algún engendro económicamente viable a pesar de los intentos de muchos inventores. Si bien el Transition cada vez se asemeja más a un automóvil muy poco atractivo y a un avión de regulares prestaciones, su sucesor, el TF-X, sí es un aparato novedoso. Responde al concepto de avión personal y no al de un vehículo con prestaciones multimodales que en cada una de ellas tiene que adaptarse a la infraestructura existente. Sin embargo, el gran reto del TF-X no es exclusivamente tecnológico, sino que precisa de un soporte de control externo que no existe en la actualidad; el desarrollo de dicha infraestructura es imprescindible para que el sueño de Terrafugia se instale en la materialidad. El pasado mes de julio la fundación CAFE de Santa Rosa publicó un estudio, de Brien A. Seeley, que analiza la viabilidad de un sistema de transporte regional de tránsito aéreo para cubrir desplazamientos inferiores a 160 kilómetros. Los vehículos deberían ser eléctricos, silenciosos y capaces de transportar al menos dos pasajeros a 193 kilómetros por hora, despegar y aterrizar verticalmente y volar de forma autónoma sin la asistencia de un piloto. Para los autores de este trabajo el coste de una aeronave y el mantenimiento de una licencia de vuelo hace que la aviación general sea accesible a un porcentaje muy pequeño de usuarios y la mayoría de estos aviones permanecen el 99% del tiempo aparcados en la plataforma de los aeropuertos o en el interior de un hangar. La descripción que se hace del nuevo paradigma de transporte local es la siguiente:

«Para entender la capital importancia del Regional Sky Transit (RST), imagine que es capaz de utilizar su teléfono móvil para reservar en su aeródromo de bolsillo local un seguro, autónomo y eléctrico Sky Taxi de dos asientos que pueda transportarlo cómodamente con mayor seguridad que una aerolínea a cualquier lugar dentro de un radio de 160 kilómetros. Usted simplemente seleccionaría su destino en el mapa de una pantalla táctil. Imagine que pueda completar su viaje a una velocidad, de puerta a puerta, cuatro veces superior a la que se pudiera alcanzar en un coche, con el mismo coste y sin incertidumbres relacionadas con el nivel de congestión del tráfico o el estado mental del piloto y la tripulación. Visualice una vista panorámica del terreno sin paneles de instrumentos y con una conexión de alta velocidad wi-fi a bordo por si la necesita. El Regional Sky Transit operaría de 6 de la mañana a 10 de la noche y podría volar con niebla, llovizna y lluvia, pero no con tormentas o hielo. Sus vuelos serían de punto a punto, con trayectorias 4D (cuatro-dimensionales) coordinadas por NextGen (sistema de gestión del tráfico aéreo futuro en Estados Unidos) pero podrían rehacerse en caso de cambios de ruta necesarios durante el vuelo. Las bajas altitudes evitarían la necesidad de oxígeno o cabinas presurizadas. Los Sky Taxis estarían certificados por la FAA esencialmente como aviones sin piloto con controles autónomos que corrigieran cualquier error del piloto. Esto los pondría al alcance de toda la población en vez de a la pequeña y menguante cohorte de pilotos privados con licencia. Al igual que con los UAV (aviones no tripulados) habría un pequeño grupo de pilotos que podrían intervenir con un cierto nivel de control remoto si fuera necesario. Por seguridad, los Sky Taxis tendrían una velocidad de aterrizaje muy reducida, un ángulo de planeo cercano a 20:1, un paracaídas para el vehículo, airbags para los pasajeros y el vehículo, y una balsa salvavidas automática».

En el estudio se ha estimado que para cubrir las zonas de tráfico de mayor densidad de población, en Estados Unidos, harían falta unos 166 000 Sky Taxis, cuyo costo rondaría los 800 000 dólares por unidad. Con este volumen de ventas, el Sky Taxi se convertiría en el mayor negocio aeronáutico de la historia. Los resultados del análisis detallado, para una región como la que rodea a la ciudad de San Francisco, muestran que el Sky Taxi es capaz de reducir la congestión vial terrestre de forma significativa, ahorrar emisiones de dióxido de carbono y lo que es más importante: mucho tiempo a los usuarios. Además, el sistema sería rentable, con un porcentaje del mercado de transporte del orden del 10% de los trayectos que de otro modo se efectuarían en automóvil. Como un paso previo a la implantación del Sky Taxi, se propone el Sky Cargo: vehículos de transporte de carga que servirían para validar el concepto.

En uno de los últimos apartados del trabajo de Brien A. Seeley se listan 23 tecnologías que facilitarían la implantación del Sky Taxi. Creo que aquí no se le otorga suficiente importancia a la gestión del espacio aéreo. El concepto es impracticable hasta que no se habiliten espacios aéreos cuya gestión se efectúe con criterios y parámetros radicalmente diferentes a los actuales. No se trata de cambiar el paradigma de gestión del tráfico aéreo en vigor, sino de habilitar espacios aéreos, en áreas perfectamente delimitadas y compatibles con las que utiliza hoy la aviación, en los que el control del tráfico aéreo se lleve a cabo de un modo completamente diferente al actual. Mientras tanto, el TF-X, los Sky Taxi y muchos otros sueños seguirán condenados a permanecer en el mundo virtual.

 

https://www.youtube.com/watch?v=wHJTZ7k0BXU#t=14

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

El lagarto basilisco y el origen del vuelo animal

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El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

 

Ponerse hecho un basilisco es mostrarse enfadado, muy agresivo; eso es lo que solía decir mi abuela, pero no lo he vuelto a escuchar en mi vida. Los basiliscos son animales mitológicos capaces de matar con una simple mirada, de ahí viene su relación con los seres humanos cuando estos se encolerizan. Sin embargo, también se llaman basiliscos los lagartos de varias especies. El basilisco común goza de una extraña habilidad y es que puede andar sobre las aguas; por eso, en algunos lugares es conocido como lagarto Jesucristo o lagarto de Jesucristo.

Shi Ton Tonia Hsieh y George Lauder, de la universidad de Harvard (Massachusetts), han explicado cómo estos lagartos Jesucristo se desplazan sobre la superficie del agua. Golpean verticalmente el líquido con sus pies, luego los mueven rápidamente hacia atrás y después los sacan del agua para llevarlos a la posición inicial. Lo más llamativo es que cuando el pie entra en el agua se crea una bolsa de aire, entre la superficie de la planta del pie del animal y el medio acuoso, que se deshace, antes de que lo abandone, mientras se mueve hacia atrás. De esta forma son capaces de recorrer distancias de unos 4,5 metros a una velocidad de 1,5 metros por segundo. Cuando pierden velocidad se hunden y nadan como cualquier otro animal. Estos lagartos, de adultos, pueden pesar unos 200 gramos.

Desde hace ya muchos años los científicos debaten sobre el origen del vuelo animal. Unos defienden la teoría de que fueron trepadores los que desarrollaron las alas para lanzarse desde los árboles contra sus presas y otros que los animales cazadores de insectos empezaron a utilizar estos apéndices para atrapar a sus víctimas o escapar de los enemigos. La discusión acerca de cómo se inició el vuelo tuvo su origen poco después del descubrimiento de lo que, durante mucho tiempo, fue el ancestro más antiguo conocido de los actuales pájaros: Archaeopteryx. Este animal vivió hace unos 150 millones de años en lo que hoy es el sur de Alemania y que entonces era un archipiélago de islas en las que el clima se asemejaba al de nuestros trópicos. En total, se han encontrado doce fósiles del Archaeopteryx y una pluma, en Solnhofen (Alemania), que podría pertenecer, o no, a estos animales. El primer hallazgo data del año 1860-61.

Las dos teorías sobre el origen del vuelo animal tratan de encontrar apoyo en la estructura de Archaeopteryx. Los defensores de la teoría arbórea argumentan que las garras en las manos y los pies de este lagarto se asemejan a las de los pájaros que trepan a los árboles. Sus oponentes esgrimen que las patas de Archaeopteryx indican que fue un gran corredor. Sin embargo la hipótesis de los cazadores pedestres tiene el inconveniente de que, al saltar, el animal pierde velocidad, algo indeseable tanto para un depredador como para el que huye de algún enemigo. El salto solamente tiene sentido como maniobra evasiva si es para lanzarse por un acantilado, pero en el archipiélago donde vivió Archaeopteryx no abundaban los roquedos. Además, el crecimiento de las alas no favorece la velocidad, característica esencial de los andadores. Y para complicar las cosas: en el sur de Alemania tampoco había muchos árboles hace 150 millones de años.

John J. Videler, en su libro Avian Flight, apunta una tercera vía evolutiva que pudo seguir el Archaeopteryx para que sus descendientes llegasen a volar. Según él: «los ancestros del Archaeopteryx eran dinosaurios Jesucristo capaces de explotar el truco de correr sobre el agua para escapar de los depredadores y viajar entre islas en las lagunas de coral de la Europa Central de hace 150 millones de años. En un principio utilizaban los brazos para mantener el equilibrio mientras corrían sobre el agua. De forma gradual los brazos evolucionaron para convertirse en alas que generaban sustentación capaz de incrementar la distancia cubierta con mayores pesos corporales».

Del estudio del fósil del Archaeopteryx de Berlín se deduce que su peso rondaba los 0,25 kilogramos y sus alas, con un área de 0,06 metros cuadrados, eran relativamente grandes. Tenían doce plumas primarias (las que se insertan en la mano) con tres dedos, que cubrían un 40% del ala. No poseían la capacidad de generar empuje, al no poder batirlas el animal, pero los Archaeopteryx sí extendían y replegaban las primarias con lo que variaban la forma y superficie del ala. Eran unas alas diseñadas para generar sustentación con un ángulo de ataque muy grande, sin entrar en pérdida. Y además de las alas, estos animales, poseían una amplia cola que también aportaría sustentación y equilibrio durante la marcha a gran velocidad sobre el agua. La grajilla (corvus monedula) es el ave actual cuyo peso y alas se asemejan más al Archaeopteryx.

Videler también nos recuerda en su libro que hay aves capaces de andar sobre el agua, como los somormujos. Estos pájaros lo hacen durante sus danzas nupciales, previas al emparejamiento, y utilizan técnicas diferentes a las de los lagartos basiliscos. Incluso pudiera ser que los Archaeopteryx emplearan un método original, que desconocemos, para correr sobre la superficie del mar. Su hipótesis es que los ancestros de nuestros pájaros ni caminaban sobre la tierra firme ni se lanzaban de los árboles, simplemente andaban sobre las aguas con unos apéndices estirados que les ayudaron a mejorar sus correrías, primero aliviando el peso y, más tarde, cuando aprendieron a batirlas, ganando velocidad.

Los lagartos basiliscos de 200 gramos corren sobre el agua a 5,4 kilómetros por hora y las grajillas del mismo peso vuelan a 45 km/h. Si algo parecido a un lagarto, con alas, llegó a convertirse en grajilla es perfectamente posible, aunque va a ser difícil que lleguemos a saberlo con seguridad.

El vuelo más largo de un avión eléctrico

André y Yasemine (esposa)  

André Borschberg se despidió de su esposa, Yasemine, el 28 de junio de 2015 en Nagoya (Japón); transcurrieron cuatro días, veintiún horas y cincuenta y dos minutos hasta que volvieron a verse, en Kalaeloa (Hawái). Todo ese tiempo André lo pasó a bordo del Solar Impulse 2 (Si2). Fue un vuelo muy largo, con el que ganó el record mundial de permanencia en el aire pilotando una aeronave en solitario. Un record que supera ampliamente el anterior de Steve Fossett de 2006 (76 horas y 45 minutos). Pero André Borschberg y su socio Bertrand Piccard no construyeron el Si2 para batir ese record y, según ellos, ningún otro. Desean que nos unamos todos al movimiento que pretende convencer a los líderes del planeta para que cambien su «plan de vuelo» en la conferencia global (Conference on Climate Change) del próximo mes de diciembre, en París. En otras ocasiones los promotores de esta iniciativa han manifestado que su objetivo también es promover el espíritu pionero y la innovación, así como incentivar el desarrollo de tecnologías limpias y el uso de la energía renovable.

Bertrand Piccard y André Borschberg iniciaron la aventura de dar la vuelta al mundo con su avión solar Si2 el pasado 9 de marzo en Abu Dabhi. Es un viaje que diseñaron para realizarlo en doce etapas. Las primeras las cubrieron con relativa facilidad. Sin embargo la más complicada del itinerario previsto, de Nankín (China) a Hawái, implicaba que el piloto tuviese que volar durante unos cinco días en solitario. En un primer intento no la pudieron completar debido a problemas meteorológicos al cruzarse un frente frío. El Si2 tuvo que aterrizar de modo imprevisto en Nagoya (Japón), el pasado 1 de junio. Allí se mantuvo a la esperara, durante casi un mes, hasta que se “abriera una ventana” en el sistema meteorológico del Pacífico, que le permitiera abordar el largo vuelo a Hawái.

Sin embargo, en el último viaje, de Nagoya a Hawái, las baterías del Si2 han sufrido daños cuya reparación es lo suficientemente complicada como para que el equipo se haya visto obligado a suspender la aventura hasta la primavera del próximo año. Al parecer, durante el primer día, las baterías sufrieron un sobrecalentamiento durante el ascenso que las averió de forma irreversible. A partir de ese momento las baterías fueron el motivo de serias preocupaciones para todo el equipo. La falta de experiencia en este tipo de operaciones de carga y descarga, con perfiles de temperatura exterior difícilmente previsibles, complica la simulación de su comportamiento y su diseño. El Si2 lleva 4 baterías de polímero de litio que en total pesan 633 kilogramos y tienen una capacidad de almacenamiento de energía de 260 vatios hora por kilogramo de peso; el fabricante, Air Energy, está especializado en la construcción de baterías de altísimo rendimiento para aplicaciones singulares.

Las baterías son uno de los elementos críticos del Si2; quizá junto con la habilidad del piloto y la predicción meteorológica y simulación de vuelo de gran precisión, forman el trío que separa el éxito del fracaso en este proyecto.

El vuelo del Si2 es bastante complicado. Cuando el sol tiene fuerza para recargar las baterías la aeronave empieza a subir, hasta 8500 metros de altura. El ascenso dura unas 4 horas, aproximadamente. En esa altitud permanece alrededor de 2 horas y luego inicia el descenso hasta un nivel que varía según el techo de nubes y la temperatura exterior. La maniobra de descenso le lleva otras 4 horas y cuando se sitúa en el nivel adecuado, alrededor de 2500 metros, mantiene la altitud durante 14 horas, aproximadamente. Con un poco de suerte, durante el vuelo a nivel, el piloto aprovecha para dormir.

Aunque desde Mónaco, en un sofisticado Centro de Control de Misión, se mantiene un contacto permanente con la aeronave y el piloto lleva un iPad y dispone de internet a bordo, la vida de André Borschberg en el pequeño habitáculo del Si2 es harto incómoda. La cabina no está presurizada, por lo que durante los ascensos necesita una máscara con oxígeno y un traje que lo proteja del frío exterior. Además, cuando duerme lo hace a intervalos de 20 minutos y las turbulencias ─ha tenido que pasar bastantes─ le obligan a desconectar el piloto automático y tomar los mandos del Si2.

La aeronave es muy frágil y lenta, con una velocidad de crucero que ronda los 70 kilómetros por hora, y además necesita volar bajo la luz del sol el mayor tiempo posible, cada día. En esas condiciones hay que diseñar una ruta que busque el sol, evite los frentes fríos y se beneficie de vientos favorables. Esa ruta nunca es la directa y suele incluir esperas en algunos puntos para que el entorno meteorológico abra una ventana que deje pasar al Si2. Cuando André Borschberg despegó de Nagoya, rumbo a Hawái, en el Centro de Control de Misión de Mónaco habían calculado una ruta, con esperas, que tuvieron que corregir durante los cinco días que duró el vuelo.

El sueño de Bertrand Piccard, de un avión pilotado, que vuele de forma ininterrumpida utilizando la energía solar, es hoy por hoy, todavía una quimera.

Quizá convenga explorar también otras vías alternativas, en las que se empleen las baterías para suministrar energía adicional durante el despegue y los motores eléctricos se alimenten en vuelo sostenido con la energía generada por pilas de combustible que consuman hidrógeno. El hidrógeno se puede generar en tierra con placas solares y equipos de electrolisis, antes de despegar. De ese modo, toda la energía del vuelo la proporcionaría igualmente el sol.

En 2008, el equipo europeo de desarrollo de tecnología de Boeing llevó a cabo en Ocaña (España) el primer vuelo a nivel, pilotado, con una aeronave que utilizaba exclusivamente una pila de combustible, alimentada con hidrógeno, como fuente de energía. Creo que una versión avanzada de un prototipo con el mismo esquema de funcionamiento también podría dar la vuelta al mundo y quizá estuviera más próximo a lo que serán los aviones eléctricos del futuro.

Algunos enlaces directamente relacionados

http://www.engineering.com/Videos/VideoPlayer/tabid/4627/VideoId/2379/Story-Of-Boeings-Hydrogen-Fuel-Cell-Aircraft.aspx

https://elsecretodelospajaros.wordpress.com/2015/03/23/solar-impulse-2-bordeando-todos-los-limites/

https://elsecretodelospajaros.wordpress.com/2014/01/14/el-futuro-avion-electrico-de-largo-recorrido/

http://batterybro.com/blogs/18650-wholesale-battery-reviews/31850627-batteries-for-electric-airplanes-solar-impulse-ii-flying-across-the-pacific

http://info.solarimpulse.com/en/our-adventure/solar-impulse-2/#.VbkEiLkw-Uk  

de Francisco Escarti Publicado en Aviones