La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Primera parte)

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En 1936, el joven aristócrata Wernher von Braun asumió la dirección técnica del centro de investigación de cohetes que el gobierno alemán acababa de instalar en Peenemünde. Hijo del barón Magnus von Braun y su esposa Emmy, que poseían una gran extensión de tierra en Silesia, el pequeño Wernher quería ser músico, pero después de leer los libros de Hermann Oberth, sobre viajes espaciales, cambió de opinión y se aficionó a la cohetería. A los doce años, él y su hermano Magnus, lanzaron un carro impulsado por cohetes por la calle Tiergarten, en el centro de Berlín, ante los despavoridos ojos de los viandantes. El ingenio recorrió la vía siguiendo una quebrada que terminó abruptamente en la fachada del ultramarinos. Sus padres les regalaron un telescopio, con la intención de que los chicos cambiaran de hábitos, pero la contemplación de las estrellas serviría para acrecentar la pasión de Wernher por el espacio. Con 19 años ingresó en la Sociedad para Viajar al Espacio y un año después, en 1932, hizo una demostración a los militares lanzando un cohete que ascendió unos 30 metros. El capitán Walter Dornberger, que dirigía el grupo castrense encargado del desarrollo de cohetes, se fijó en el joven científico y le ofreció que trabajara en su equipo. Entonces, Von Braun estudiaba en el Instituto Tecnológico de Berlín ingeniería aeronáutica y colaboraba en el laboratorio de Hermann Oberth que realizaba experimentos con motores para cohetes. Werner demostró poseer, además de conocimientos técnicos, un entusiasmo desmedido, capacidad para contagiarlo a sus colaboradores y dotes de liderazgo. Su primer cohete militar, el A-1 explotó en vuelo, pero el A-2 voló 1,5 millas. El 27 de julio de 1934 se doctoró en la universidad berlinesa con una tesis sobre el uso de combustibles líquidos en motores cohete, cuyo contenido no pudo hacer público en su totalidad al considerarse material clasificado. Cuando accedió a la dirección técnica del centro de investigaciones alemán, en Peenemünde, Von Braun tenía 24 años.

El joven ingeniero había puesto sus ilusiones en los viajes espaciales, pero el Ejército quería un cohete capaz de transportar una cabeza explosiva de una tonelada de peso a 160 millas de distancia. Ese era el mandato que su jefe, Walter Dornberger, había recibido de sus superiores. El diseño del cohete A-4 del equipo de Wernher se había hecho teniendo en consideración estos requerimientos. El motor daba un empuje de 25 400 kilos, contaba con aletas estabilizadores, timones de control, vanos para desviar la salida de gases, cuerpo con formas que ofrecían la mínima resistencia aerodinámica, un mecanismo giroscópico de guiado y comunicación de datos vía radio entre el cohete y la base en tierra. Los hombres de von Braun trabajaban día y noche, pero las dificultades que planteaba el ambicioso proyecto eran grandes. Se contrataron a miles de técnicos, científicos e ingenieros. Bajo el mando del joven y brillante director técnico, los trabajos progresaban con lentigud en Peenemünde. Sin embargo, los militares tenían una fe ciega en von Braun, hasta el punto de que —según relataría más tarde el propio científico— fueron los políticos del círculo más próximo a Hitler quienes insistieron en que se afiliase al Partido Nazi, en 1937.

A partir de 1939, tras la invasión de Polonia, el gobierno alemán impulsó los trabajos de desarrollo en Peenemünde, aportando más fondos. Aún tardaría tres años más el equipo de von Braun en lograr que un cohete, el A-4, volase. El 3 de octubre de 1942, un prototipo del A-4 recorrió 193 kilómetros a 5632 kilómetros por hora y se elevó más de 80 kilómetros. Dornberger anunció el advenimiento de «una nueva era de transporte espacial», sin saber que los problemas del A-4 reaparecerían y el Ejército tardaría en disponer de aquel artefacto casi un par de años más.

La presión, los nervios y la prisa, en la cúpula del poder nazi, por disponer de un arma que ya habían rebautizado con el pomposo nombre de Vergeltungswaffe 2  (Arma de la venganza 2) V-2, hicieron que el jefe de la Gestapo y de las SS, Heinrich Himmler, asumiera la máxima responsabilidad del proyecto. El general Hans Kammler reemplazó a Dornberger, amigo personal de von Braun, en la dirección del programa V-2. El nuevo líder, un experto en la construcción de campos de concentración y el empleo de esclavos en instalaciones industriales, era un hombre despiadado que, bajo la apariencia de una persona cultivada, ocultaba un temperamento ególatra y megalómano.

Las instalaciones de Peenemünde, aunque estaban bien protegidas, fueron bombardeadas por los aliados y estos creían haberlas destruido. La realidad era muy diferente, porque el bombardeo apenas causó daños a la factoría. En busca de una mayor protección, el mando alemán decidió construir una gran fábrica subterránea para producir los V-2, en el centro de Alemania, cerca de Nordhausen bajo las montañas Harz. El nuevo complejo industrial se diseñó con dos túneles de unas dos millas de largo, uno para ubicar la línea de fabricación y el otro para albergar el material, unidos por otros túneles perpendiculares a los principales, que los comunicaban. Para horadar las montañas se llevaron prisioneros del campo de Buchenwald a los que se les alimentaba con una dieta de 1000 calorías diarias. La desnutrición hacía que tardasen unos seis meses en morir, exhaustos. Cada jornada perecían unos 160 esclavos, víctimas de la gangrena, la disentería y la desnutrición o cualquiera de las muchas enfermedades que fustigaban a los internos del campo de concentración Dora, donde se alojaban los trabajadores que construían la nueva fábrica. Para mantener la disciplina, cada día, los vigilantes colgaban a unos cuantos desgraciados, en público. No importaban los cargos, ni siquiera que los tuvieran, y sus cuerpos sin vida quedaban expuestos durante varios días. El ignominioso y cruel modo con que se levantó y operó aquella fábrica, a la que se le puso el nombre de Mittelwerk (Trabajos Centrales), es una de las sombras que siempre ha planeado sobre la figura de Wernher von Braun, pues nunca se llegó a clarificar hasta qué punto estuvo al corriente de aquellos actos criminales.

En agosto de 1944, Hans Kammler, pudo informar a sus jefes que ya disponía de un millar de misiles V-2 y el 8 de septiembre ordenó que se lanzara el primero sobre Londres. A las 18:44 horas, once casas volaban por los aires en Chiswick, un barrio situado al oeste de la city. El V-2 llegó sin hacer ruido, ya que viajaba a una velocidad superior a la del sonido. La explosión causó 27 heridos, 3 de los cuales fallecieron poco después. La onda expansiva que siguió al desastre fue ensordecedora. El misil tardó siete minutos en recorrer la distancia que lo separaba desde su plataforma de lanzamiento cerca de La Haya, en Holanda, hasta el corazón de Chiswick. Fue la obertura del fatídico concierto originado por un total de 517 misiles que cayeron sobre la capital del Reino Unido, a lo largo de poco más de seis meses. Quizá, el que mayor alarma causó a la población fue el que impactó en los grandes almacenes Woolworths, en New Cross, el 25 de noviembre y en el que perdieron la vida 160 personas. En total, los V-2 mataron a 2754 londinenses durante toda la guerra.

La explosión del primer V-2 en Londres reavivó en las potencias aliadas su interés por la tecnología de los cohetes. Tanto en la Unión Soviética como en Estados Unidos los respectivos gobiernos no habían prestado demasiada atención a este asunto. En América, el científico estadounidense Robert Goddard disponía de un modesto laboratorio especializado en el desarrollo de cohetes, en Annapolis, que trabajaba para la Marina desde 1942. Sus prototipos de cohete distaban mucho del nivel alcanzado por los V-2. En la Unión Soviética el propio Stalin había descabezado al grupo de científicos que trabajaba en este asunto durante las purgas de la década de los años 1930. Aun así y todo, el Comisariado Popular de Asuntos Internos (NKVD), precursor de la KGB, seguía muy de cerca los movimientos de Wernher von Braun en Alemania. Uno de sus espías, Breitenbach, informó al NKVD periódicamente sobre las actuaciones del científico alemán hasta el año 1942, cuando fue descubierto y aniquilado, cruelmente, por la Gestapo. La noticia de que los misiles alemanes habían llegado al Reino Unido impresionó profundamente a Stalin, que presionó a sus técnicos y científicos para que acelerasen el desarrollo de la industria de cohetes soviética.

En agosto de 1944, Serguei Pavlovich Korolev salió de la cárcel de Kazán, aunque las autoridades no le dejaban abandonar la ciudad sin un permiso especial. Para el científico ruso se cerraba un angustioso periodo que había durado más de seis años. El 27 de junio de 1938, en Moscú, tres oficiales del NKVD entraron en su casa para registrarla. Horas después se lo llevaron detenido, acusado de «ser miembro de una organización contrarrevolucionaria y de haber cometido actos de sabotaje». Stalin dispuso que en 10 días se resolvieran los juicios de los ‘enemigos del pueblo’ y a continuación se los deportaba al Gulag si no eran fusilados. Korolev había sido delatado por sus colegas de oficio — Kleimenov, Langemak y Glushko— en confesiones bajo los efectos de la tortura. Tuvo suerte y lo condenaron a 10 años en el Gulag. Al abandonar Moscú, rumbo a su destino Korolev temió por la suerte que pudieran correr su esposa Ksenia y su hija Natasha. Al jefe máximo del Instituto de Investigación Científica de Reacción (RNII), Mikhail Tukhachevsky, lo habían fusilado junto con ocho de sus colaboradores más cercanos y poco después la madre del científico y sus hermanos corrieron la misma suerte. Korolev trabajaba en el RNII, con Glushko, desde la fundación del Instituto, en 1933. En muy poco tiempo, el efecto de las purgas de Stalin sobre la capacidad para el desarrollo de la tecnología de los cohetes en Rusia fue devastador.

Sin embargo, Ksenia y Natasha se libraron del NKVD. Korolev fue internado en el campo de concentración de Maldyak, al este de Siberia. Trabajaba de las cuatro de la madrugada hasta las ocho de la noche. Comía sopa de col y algo de pan. Muy pronto cayó en un estado de absoluta desesperación; víctima del escorbuto, le sangraban las encías y perdió los dientes. Sin embargo, aún le quedaron fuerzas para escribir al Fiscal General del Estado y al propio Stalin, reivindicando su inocencia. Nadie le hizo caso. El brillante y joven científico que había sido Serguei Korolev se hundió en un estado de profunda depresión. Su vida, llena de luz y energía, se truncó de un modo imprevisible. Nada en su existencia hacía prever que aquello pudiese ocurrir. Korolev había nacido en Kiev un 12 de enero de 1907. A los 6 años, sus abuelos lo llevaron a una exhibición aeronáutica local. Desde que contempló a Serguei Utochkin surcando el cielo a bordo de su rudo aeroplano ya no se pudo quitar a los aviones y la exploración del espacio de su cabeza. Estudió ingeniería aeronáutica en la Politécnica de Kiev y después en Moscú. Cuando se graduó lo contrataron en el Instituto Central de Aero-hidrodinámica de Moscú. En 1931 se casó con Ksenia, a quien conocía desde que tenía 18 años. Su pasión por el espacio y los cohetes empezó entonces. Entusiasmado con la idea de viajar al espacio, ingresó en una sociedad creada por los aficionados a los cohetes, en Moscú: el Grupo de Investigación del Movimiento a Reacción (GIRD), que dirigía Fridikh Tsander. Alrededor del GIRD se congregó un grupo de intelectuales, todos ellos interesados en el espacio y en las teorías de Tsiolkovsky, el precursor ruso de la ciencia de los cohetes. La mente despierta y lúcida de Korolev, su entusiasmo y capacidad de liderazgo lo llevaron a la dirección del GIRD cuando, inesperadamente, Tsander falleció enfermo de tifus en 1933. Poco después el GIRD lanzó al espacio un cohete con un motor de combustible líquido que se elevó unos 400 metros. El grupo atrajo la atención de Valentín Glushko, que dirigía un grupo militar especializado también en el desarrollo de motores de combustible líquido. Fue Mikhail Tukhachevsky, un militar visionario, quien tuvo la idea de unir a los dos equipos, el de Glushko y el de Korolev en el RNII. Todo aquel esfuerzo se vendría abajo cuando los hombres de Stalin, llevados de un celo incomprensible, fusilaron o encarcelaron al núcleo más valioso de científicos soviéticos que trabajaban en el desarrollo de los cohetes. Muchos desaparecieron y otros, como Korolev, quedarían sepultados en el frío glaciar del Gulag, a -50 grados centígrados.

De un modo inexplicable para Korolev, aunque no tanto para quienes observaban lo que estaba ocurriendo en Alemania, cuando apenas llevaba un año en el Gulag recibió la orden de presentarse en Moscú, donde su caso sería revisado. Tras un viaje repleto de aventuras, porque el Ejército no sufragó el transporte, Korolev llegó a Moscú, en 1940, un año después de recibir la orden de traslado. Allí, el tribunal redujo su pena a 8 años y en vez de devolverlo a Siberia lo mandaron a una prisión especial para trabajadores técnicos en Moscú. Privado de libertad, al menos Korolev empezó a disfrutar de una alimentación más sana y de jornadas laborales en centros de investigación, junto con otros colegas, lo que le ayudaría a recuperar el ánimo. De Moscú fue destinado a Omsk y finalmente a Kazán.

En verano de 1944 Korolev obtuvo permiso para salir de la prisión de Kazán, aunque no podía abandonar la ciudad. Ese mismo año, los soviéticos crearon un grupo de técnicos para el estudio de los cohetes, dirigido por el general Mikhailovich Galdukov. Mientras los alemanes hacían estallar sus V-2 en Londres, Korolev tenía otra preocupación. Quería viajar a Moscú para rencontrarse con su mujer Ksenia y su hija Natasha. Incluso pensaba que podía rehacer la vida familiar. Sabía que había otras cuestiones que podrían impedirlo. Fue en noviembre —justo el mismo mes en que un V-2 causó un pánico atroz en Londres al explotar en Woolworths— cuando Korolev mantuvo un frío encuentro con Ksenia en Moscú, tras conseguir el permiso para viajar a la capital desde Kazán. La pareja no rehízo su vida en común, quizá porque Korolev mantenía relaciones con una mujer que se llamaba Ivanovna, cuñada de Glushko. A finales de 1944 regresó a Kazán para enfrentarse a una nueva vida.

A principios de 1945, en tanto que Serguei Korolev recomponía las hechuras de su existencia de cara a un futuro, en el que las oscuras sombras del pasado se desvanecían, Wernher von Braun se enfrentaba a las incertidumbres de un futuro, en el que sus pretéritas glorias se emborronaban. Sin saberlo, compartían un destino que los llevaría a luchar por la supremacía en la conquista del espacio.

En medio de la confusión que reinaba en Alemania, a principios de 1945, von Braun recibió dos órdenes contradictorias a finales del mes de enero. Los soviéticos invadían Alemania y Peenemünde ya no era un lugar seguro. Las SS regionales le urgían a defender hasta el último bastión y destruir cualquier elemento valioso antes de que cayera en manos del enemigo. Hans Kammler, el general que mandaba en el proyecto V-2, quería que los hombres de von Braun y su equipamiento se trasladaran a la fábrica de Mittlewerk en Nordhausen. El convoy que hizo el viaje de 400 kilómetros hacia el sur, desde Peenemünde a Nordhausen, que encabezaba von Braun y Dornberger, consiguió llegar a su destino con muchas dificultades.

Los soviéticos, británicos y estadounidenses, estaban muy interesados en cuanto tuviera que ver con el diseño y la producción de misiles V-2, lo que incluía al personal técnico y sobre todo al principal cerebro del grupo: Wernher von Braun. Stalin puso a Malenkov al frente de un comité especial cuyo objetivo era el de extraer de Alemania todo el conocimiento que fuera posible, relacionado con los V-2. El juego entre los aliados con respecto a esta materia no era excesivamente limpio. Cuando los británicos solicitaron a los soviéticos permiso para visitar las bases de lanzamiento de los V-2 que habían tomado en Blizna (Polonia), Stalin se las ingenió para retrasar la inspección lo indecible. Mientras tanto vació las plataformas y se llevó a Moscú un motor de V-2. Los estadounidenses destacaron a un ingenioso capitán, Robert Staver, que después de recabar información sobre los V-2 de la inteligencia británica y francesa, recibió la orden de sustraer de Alemania toda el material que pudiera, que tuviera que ver con los V-2, y trasladarlo a un centro en Estados Unidos en White Sands, Nuevo México. Los americanos tenían la convicción de que los nazis les llevaban 20 años de ventaja en el desarrollo de misiles. Para Robert Staver, von Braun, encabezaría muy pronto la lista del personal más buscado por su país en lo concerniente a aquel asunto. Su nombre figuraba en la lista de la operación que se conocería con el nombre de Paperclip cuyo objetivo consistía en trasladar, después de la guerra, a Estados Unidos a los científicos y técnicos más relevantes de Alemania. Al tiempo que sus tropas invadían el territorio alemán, los aliados se preparaban para apoderarse, por separado, de la tecnología de misiles nazi.

En Nordhausen von Braun sufrió un accidente de tráfico en el que se rompió un brazo. Se acomodó en una lujosa mansión, Villa Frank, que había pertenecido a un judío deportado por los nazis y allí, después de discutirlo con algunos de sus más allegados llegó a la conclusión de que las 14 toneladas de documentación, planos e informes de los V-2, que habían traído con ellos desde Peenemünde, corrían un serio peligro de ser destruidas por los soldados de las SS para que no cayeran en manos enemigas. Esas eran las instrucciones que habían recibido del propio Hitler. Incluso ellos también serían aniquilados por aquellos fieros cumplidores de los mandatos del Fürher, para que los enemigos de la madre patria no se aprovecharan de sus conocimientos. En la mente de von Braun, y de muchos de sus colaboradores, se había instalado la convicción de que su futuro estaba en América. Allí podrían reemprender la tarea de construir cohetes capaces de hacer realidad su sueño: viajar al espacio. La destrucción de los documentos supondría años de retraso y decidieron esconderlos. Von Braun encomendó a Dieter Huzel y Bernhard Tess buscar un lugar seguro en el que ocultar aquella montaña de papeles y guardarlos allí. Los americanos ya estaban en las proximidades de Nordhausen cuando los dos colaboradores de von Braun lograron llevar a una mina abandonada, cuya entrada cegaron después con unas cuantas toneladas de rocas y tierra, los papeles que contenían valiosísima información sobre los programas de desarrollo de los A-4, A-9 y A-10.

Dornberger y von Braun creían que con un poco de suerte caerían en manos de los soldados estadounidenses en cuestión de días, si es que los hombres de las SS de Kammler no los mataban antes. Sin embargo, el 1 de abril, el general nazi ordenó a von Braun, Dornberger y los 500 científicos y técnicos de mayor relevancia del grupo, que se desplazaran a los Alpes Bávaros, un lugar más seguro, en el que muchos pensaban que se escondía el Fürher protegido por numerosas y bien armadas unidades de las SS. El viaje en tren hasta su destino, Oberammergau, un plácido lugar en las montañas, les llevó algunos días debido a la escasa velocidad con que avanzaba el convoy. Una vez allí, von Braun y su hermano, Magnus, se albergaron en el pueblo de Weilheim, al sur de Oberammergau.

Entre tanto, los americanos entraron en Nordhausen y cuando su posición estuvo asegurada, el capitán Robert Staver se desplazó para inspeccionar la fábrica de los V-2. Fue el primero en recorrer sus instalaciones y pudo contemplar, horrorizado, los cadáveres de esclavos que se apilaban en las inmediaciones de la fábrica. Staver empezó a embalar las piezas y el material que encontró en Mittlewerk con la intención de enviarlos en camión a Amberes y de allí en barco a White Sands, Nuevo México. Sus colegas esperaban recibir un centenar de V-2. Al capitán no le resultó difícil juntarlos.

El 20 de abril Hitler celebró su 56 cumpleaños en el bunker y el 1 de mayo se quitó la vida. La radio alemana dio la noticia fingiendo que el Fürher había caído en el frente luchando contra los bolcheviques y que el almirante Karl Doenitz lo revelaba en el mando. Sin embargo, la guerra había terminado.

Dornberger le ofreció al comandante de las SS, que vigilaba a los 500 técnicos de los V-2, que quemaran los uniformes y pasaran a engrosar las filas de sus soldados regulares. De esa forma les evitaba la molestia de que, tuvieran que cumplir las órdenes del desaparecido, como por ensalmo, general Kammler —matar a todos los científicos antes de que cayeran en poder de los aliados— lo que les podría acarrear serios problemas cuando los apresaran los americanos: seguramente los fusilarían. El comandante pactó con Dornberger aquella salida para él y sus soldados.

Los hombres de von Braun acordaron enviar a Magnus en bicicleta, con un pañuelo blanco, en busca de las fuerzas americanas que se encontraban ya en las proximidades. El 2 de mayo, al amanecer, el hermano de Wernher se topó con una unidad del Séptimo Ejército de Estados Unidos que después de tomar Munich se dirigió hacia el sur. Ese mismo día von Braun, Dornberger y los líderes alemanes del programa V-2 se entregaron a las fuerzas estadounidenses.

Robert Staver sabía que el tiempo jugaba en su contra. En febrero de 1945 los aliados ya se habían repartido la Alemania que quedase una vez acabada la guerra. Nordhausen quedaba en zona soviética. El 1 de junio era la fecha prevista para que se hiciera el cambio de mando y además del material y un centenar de V-2, Staver quería enviar a Estados Unidos el alijo documental que mandó esconder von Braun y que había descubierto por casualidad. Aún más, también había recibido órdenes de sacar en un tren de aquel lugar, y trasladarlos a la zona americana, tantos científicos y técnicos relacionados con los V-2 como pudiese. Cuando supo que von Braun estaba en manos de su Ejército fue a por él y lo escoltó hasta Nordhausen. Como Wernher tenía intención de trasladarse a trabajar a Estados Unidos, no le fue difícil que lo ayudara a convencer a muchos técnicos para que salieran de Nordhausen en el tren de Staver y se moviesen a la zona de influencia americana. Todos querían saber qué les ofrecían los americanos para compararlo con lo que prometían los soviéticos. Malenkov había enviado un grupo de expertos soviéticos a Alemania para que se hiciera cargo de las instalaciones de los V2 y ofreciera trabajo, un buen salario y la seguridad de que continuarían desarrollando su labor de investigación en el campo de los cohetes a todos los técnicos y científicos alemanes que hubieran trabajado en aquel programa. La oferta soviética la publicitaban en la radio.

Material de la fábrica de Nordhausen, cien V-2 y un tren con mil expertos del equipo de von Braun, abandonaron Nordhausen antes de que los soviéticos asumieran el mando en la zona. El capitán Robert Staver cumplió las órdenes recibidas, gracias a su astucia y atrevimiento burló a los servicios secretos aliados y cuando los soviéticos entraron en Mittlewerk, se encontraron con una fábrica vacía. El capitán tuvo suerte, porque al final la fecha del cambio de mando de Estados Unidos a la Unión Soviética, en aquel territorio, se pospuso del 1 al 21 de junio.

El Ejército de Estados Unidos envió al representante de General Electric en Paris para que interrogase a los expertos alemanes, que apenas eran capaces de entender las preguntas de sus interlocutores. El 15 de mayo, von Braun escribió un documento de ocho páginas en el que expuso su particular visión sobre el futuro de la exploración espacial: aviones cohete, telescopios espaciales, espejos gigantes capaces de alargar la duración del día en algunos puntos de la tierra, satélites y viajes interplanetarios.

Los estadounidenses tenían algunas dudas con respecto a la conveniencia de que von Braun se trasladase a su país y en el Gobierno coexistían las dos opiniones contrarias. Los soviéticos le ofrecieron 5000 marcos de recompensa si se pasaba a su bando. Stalin estaba furioso porque los americanos le habían vaciado Nordhausen, Peenemünde lo destruyeron los alemanes y muchos trabajadores de los V-2 se habían pasado a las zonas de influencia estadounidense. La explosión de las bombas atómicas en Hirosima y Nagasaki, a principios de agosto, pusieron de manifiesto la trascendencia bélica que tendría en el futuro el dominio de las tecnologías nuclear y de misiles de forma simultánea. El asunto de adquirir la tecnología de los V2 se convirtió en algo apremiante para el dictador soviético.

Y en medio de aquella algarabía y confusión, en septiembre de 1945, Serguei Pavlovich Korolev recibió la orden de trasladarse desde Moscú a Viena y de allí a Berlín. Con el grado de teniente coronel, rehabilitado tras una penosa estancia en el Gulag, el joven ingeniero portaba la orden de adquirir todo el conocimiento desarrollado por los hombres de von Braun. Su misión consistía en hacer que la Unión Soviética se posicionara a la cabeza del desarrollo tecnológico en aquella materia. Ese mismo día, von Braun salía de Alemania hacia Estados Unidos.

La conquista del espacio: Korolev contra von Braun (Segunda parte)

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