Ingenieros, curas y aviadores: los Loring

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La Pepa, avioneta E-2 de Fernando Rein Loring, 1932

El sacerdote jesuita, Jorge Loring, falleció el pasado 25 de diciembre de 2013 a los 92 años de edad. De su libro Para salvarte, se vendieron más de un millón de ejemplares en España. El padre Loring alcanzó una gran popularidad como predicador en las factorías navales de Cádiz adonde iban a escucharle tres o cuatro mil trabajadores todos los meses; también fue uno de los primeros clérigos de habla hispana que empleo con éxito los medios y las redes sociales para hacer apostolado. Había estudiado ingeniería en Madrid y a los 33 años abandonó su carrera para dedicarse al sacerdocio. Además de ser un gran viajero, grabó centenares de conferencias que hoy siguen disponibles en internet al alcance de cualquier interesado. Fue un hombre conservador a quién el concilio Vaticano II le obligó a revisar algunos de sus principios, aunque su profunda humanidad le permitiría estar siempre por encima de las cuestiones ideológicas.

La existencia del padre Jorge Loring fue la de una persona que vivió con intensidad, entregado a sueños e ideales que lo empujarían a predicar sus verdades por todo el mundo. Falleció dos siglos después de que otro hombre, de quien heredó su entusiasmo, arribara a Málaga en 1810: su tatarabuelo George Loring James, el primer Loring de la saga familiar española que lleva su apellido. Entre estos dos grandes personajes, de la Historia que se escribe con letra pequeña, hubo otros Loring cuyas vidas no pasaron desapercibidas.

En sus escritos, el padre Loring recuerda cómo el gran acontecimiento de su época escolar fueron los viajes en avioneta a Manila de un familiar suyo: Fernando Rein Loring. También relata episodios de su niñez, como los que protagonizaba su familia cuando viajaba en avión a Barcelona, desde Madrid, y el periódico ABC distribuía la noticia con una foto de los señores de Loring en la que aparecían con sus ocho hijos y la institutriz, justo antes de embarcar, delante del avión. Los aviones serían muy importantes en su niñez. El que llegaría a ser un famoso predicador se curó la tosferina volando de pie, en una cabina abierta, sobre la sierra del Guadarrama. El piloto ─ que trabajaba en el taller de su padre─ después de los ejercicios aéreos en la montaña, bajaría a Madrid para dar alguna pasada al edificio donde vivía su novia, en la calle Alfonso XIII, con el futuro jesuita de pasajero, bien aireado y en la cabina. Y es que el padre de Jorge, Jorge Loring Martínez, ingeniero de caminos, era entonces dueño de un taller que fabricaba aviones en Carabanchel.

En 1810, George Loring James, capitán de barco estadounidense, nacido en Massachusetts y tatarabuelo del jesuita, desembarcó en Málaga; descubrió las maderas, los vinos, las pasas y las frutas de las tierras andaluzas y empezó a comerciar con ellos. En 1817 se casó con María Rosario Oyarzábal, de familia vasca afincada en Málaga; el estadounidense se quedaría allí para siempre. Los Loring-Oyarzábal tuvieron nueve hijos que se integrarían por completo en los círculos sociales de la clase acomodada malagueña. A lo largo del siglo XIX, los Loring emparentaron con los Heredia y los Larios, tres familias que contribuirían al gran impulso económico que tuvo la ciudad de Málaga durante la segunda mitad de la centuria.

El tercer vástago de George Loring, Jorge Enrique Loring Oyarzábal, heredó de su padre una habilidad extraordinaria para los negocios. Se casó con Amalia Heredia, que también pertenecía a una familia adinerada, propietaria de altos hornos y empresas navieras. Jorge Enrique estudió ingeniería de Caminos en Harvard, ingresó en la masonería, fundó el periódico El Correo de Andalucía, participó en la creación del banco de Málaga y también invirtió en sociedades mineras y de ferrocarriles. Pero, a Jorge Enrique, además de los negocios, también le interesaron la política y la sanidad pública. La reina Isabel II le concedió el título de marqués de la Casa-Loring en 1856, por su generosa intervención en la epidemia de cólera que asoló las costas del Mediterráneo español durante 1854 y 1855. El matrimonio Loring-Heredia poseía una finca en Málaga, La Concepción, en la que solía organizar reuniones a las que acudían políticos importantes, miembros de la aristocracia europea y la élite industrial y financiera andaluza; entre sus invitados solían figurar Cánovas del Castillo y la emperatriz Isabel de Austria. Cuando Jorge Enrique falleció, en 1900, dejó a sus herederos una gran fortuna. El primer marqués de la Casa-Loring fue bisabuelo del sacerdote Jorge Loring.

El mayor de los hijos del marqués, Jorge, heredó el título nobiliario. El tercero de sus hijos, Manuel Loring Heredia, ingeniero de minas, se casó con su prima Ana Martínez. Fue diputado por el partido Conservador y concejal del Ayuntamiento de Málaga. La saga de los Loring vivió momentos difíciles. Uno de ellos se produciría con la muerte violenta de Manuel, abuelo del religioso, cuando tenía 36 años, en 1891, asesinado en una reyerta con el director del Diario Mercantil por cuestiones políticas. A pesar de su corta vida, Manuel tuvo con su esposa seis hijos; el quinto de los vástagos fue Jorge Loring Martínez, padre del sacerdote.

Jorge Loring Martínez estudio ingeniería de Caminos en Madrid; en la escuela entablaría amistad con Juan de la Cierva, el inventor del autogiro. Jorge se aficionó a la aviación desde muy joven: sacó la licencia de piloto en 1916. Empezó a trabajar como director técnico en una empresa de Barcelona en donde conoció a Monserrat Miró Bordas con quién se casó en 1920; por ese motivo, el padre Loring nació en aquella ciudad en 1921. Jorge regresó a Madrid y en 1924 compró un terreno de 120 hectáreas, en Carabanchel, junto al aeródromo de Cuatro Vientos, para ubicar su factoría aeronáutica. Empezó fabricando el avión C-4 de Fokker, bajo licencia, pero muy pronto y con la ayuda del ingeniero Eduardo Barrón se dedicó a producir aeronaves de diseño propio. Barrón proyectó los aviones de Loring, el R-1, el R-2 y el R-3. De este último, la Aeronáutica Militar encargó 110 unidades a la fábrica del malagueño; fue el pedido más cuantioso, que se había hecho hasta aquel momento, de una aeronave diseñada en España. En 1930, Barrón diseñó y construyó en el taller de Loring la avioneta E-2 y al año siguiente se fabricarían tres o cuatro más.

La familia Loring Martínez era muy religiosa: de ocho hermanos, el primogénito, Jorge, ingresó en la orden jesuita, cinco harían votos como religiosas y el otro varón de la familia también tomó los hábitos de San Ignacio; solamente una hermana, Carmina, contrajo matrimonio. La tragedia volvió a ensombrecer la vida de los Loring, en 1936, cuando el padre de los ocho Loring Martínez fue fusilado por un grupo de incontrolados, en Madrid, poco después de que se iniciara la guerra civil. Pero, sus 46 años de vida le bastaron para ser uno de los grandes impulsores de la aeronáutica en España. Ninguno de sus hijos seguiría los pasos del padre, a pesar de que Jorge estudió ingeniería. Su primogénito, alcanzó más popularidad que él, aunque con un trabajo muy distinto: como predicador y apóstol de la fe católica.

La fábrica de Loring se trasladó a Alicante durante la guerra y se reabriría en Madrid, al acabar el conflicto, con otro nombre (AISA); otras personas y antiguos directivos de la sociedad levantaron el negocio, que había iniciado Loring antes de la guerra, y que aún viviría épocas de esplendor.

Para el padre Jorge Loring Miró, tataranieto de George Loring James, lo más notable de su época como estudiante en el colegio fue seguir día a día el viaje de Fernando Rein Loring, con su avioneta E-2, hasta Manila. Fernando Rein era otro fanático de la aviación. Con el padre del jesuita compartía, como bisabuelo, al estadounidense fundador de la dinastía: George Loring. En 1932 era un piloto conocido en el mundo aeronáutico porque ya contaba con unas 2500 horas de vuelo, hechas mientras servía al Ejército en África y después en una empresa de fotografía aérea. A Fernando le pareció que la avioneta E-2 fabricada en los talleres de su pariente Jorge y diseñada por Eduardo Barrón, que ya había participado en la primera vuelta aérea a España, se adecuaba bien para realizar su ambicioso proyecto de volar desde Madrid hasta Manila. Era un aparato lento, robusto, construido con madera, reforzada con tubos metálicos ─una innovación que había introducido el fabricante holandés Anthony Fokker hacía ya muchos años─ y recubierta de tela. La avioneta original se modificó en los talleres de Loring: el puesto delantero fue eliminado, en las alas se ubicaron depósitos de combustible de mayor capacidad y se instaló un motor Kinner radial de cinco cilindros en estrella que suministraba 100 CV de potencia. La avioneta tenía, así, una autonomía de unos 1300 kilómetros.

El vuelo de Madrid a Manila ya se había hecho antes, pero no en solitario. En 1926 habían volado a Manila 3 Breguet-19 de la Patrulla Elcano. Fernando estimaba que consumiría unos 2000 litros de gasolina y más de 200 de aceite y que tendría que volar 16 000 kilómetros para llegar a su destino, en 13 etapas. Cada etapa se correspondía con un día de vuelo, en nueve efectuaría dos saltos y en el resto sólo uno. El proyecto de Fernando Rein contaba con pocas ayudas oficiales, aunque después del vuelo se le otorgarían algunas que llegaron a cubrir menos de la mitad de los costes. El avión fue bautizado con el nombre de La Pepa en una ceremonia en la que las hijas de Jorge Loring actuaron como madrinas.

Con una maleta en la que apretujó la ropa, nueve litros de agua, una cantimplora, algunos víveres, un cuchillo, una pistola, piezas de repuesto del motor, otra hélice de recambio, botes de humo y cohetes de señales, Fernando Rein despegó de Cuatrovientos (Madrid) el 24 de abril de 1932 a las 6:25 para cubrir su primera etapa hasta Málaga. A partir de aquel momento, el pequeño Jorge Loring Miró, desde su colegio, seguiría con los ojos muy abiertos, en un tablero que pusieron en su clase, el viaje del famoso aviador. Una etapa tras otra se irían marcando con chinchetas y anotaciones. Málaga, Argel, Trípoli, Bengasi, El Cairo…Pero, nadie en el colegio de Jorge sospechaba lo mal que lo estaba pasando su pariente. Un depósito de queroseno, ubicado encima de su cabeza, perdía combustible y el piloto se empapaba del líquido viscoso y de olor penetrante, lo que, además de ser muy desagradable y causar un serio peligro de incendio, también acortaba la autonomía de la avioneta. El problema se agravó cuando sobrevoló el desierto de Arabia, donde las turbulencias, originadas por las térmicas, sometieron al tanque de combustible a deformaciones que ahondaron sus grietas. Fernando consiguió que lo reparasen, aunque no del todo, en un aeropuerto. Logró subsanar el fallo definitivamente, casi al final del periplo, untando con jabón el exterior del tanque. Pero, todas aquellas desventuras, como los calentamientos del motor y muchas más, nunca aparecerían en el tablero de la clase del pequeño Jorge que observaba atónito cómo Fernando daba saltos, a lo largo del planeta, en su viaje hacia Filipinas. Y así, hasta Hong Kong. Allí llegó con algo de retraso, en junio y, para sorpresa de todos, allí dio la impresión de que se había pegado al tablero: durante los días que siguieron, el avión no conseguía avanzar, con lo poco que quedaba ya para llegar a Manila.

Fernando tuvo que permanecer casi un mes esperando a que las autoridades del gobierno de China le otorgaran permiso para aterrizar en Taiwán. Debido a los retrasos anteriores, cuando llegó a Hong-Kong la meteorología había cambiado y los vientos predominantes eran del sur, por lo que pensó que quizá debía hacer una escala intermedia en aquella isla, antes de saltar a Filipinas. Durante la espera conoció a un británico, aviador, que estaba también de paso. Le preguntó que de dónde venía y se enteró que de Londres y que, de allí, pensaba volar hasta Australia. Fernando le pidió que le enseñase con qué avioneta estaba efectuando aquel viaje tan ambicioso y cuando la vio, una Comper Swift, decidió que acababa de encontrar el aeroplano con el que volaría en su próxima aventura. Tardó muy poco tiempo en encargar al fabricante británico una de aquellas avionetas, por la que pagaría 25 000 pesetas.

Por fin, Jorge vio como el avión de Fernando volvía a moverse en el tablero de su clase y esta vez sería para dar un salto de Hong-Kong a Aparri (Filipinas) y al día siguiente, el 11 de julio, otro hasta Manila. Su pariente había llegado, por fin, a su remoto destino, esta vez con el pelo seco y sin olor a queroseno. Los homenajes y honores con que fue recibido Fernando en Filipinas los reproduciría la prensa española y los muchachos del colegio de Jorge seguirían las aventuras de su héroe: el gran aviador de la familia Loring.

Fernando dejó a La Pepa en Manila, con el encargo de que la vendieran y regresó a Madrid en barco. En la capital española fue condecorado con la Medalla Aérea, además de ser objeto de numerosos agasajos y ceremonias en las que se exaltaron sus méritos, muy al estilo de la época. Pero, el vuelo, a Manila, que a la postre se había hecho tan largo, no fue de su gusto, de forma que se puso a preparar el siguiente, esta vez con otro avión: el Compter Swift, al que bautizaría en Pamplona con el nombre de Ciudad de Manila. Lo decoró con pinturas de mozos corriendo los toros en San Fermín, chistularis, flamencos y del Gordo y el Flaco (Laurel y Hardi), acompañadas de leyendas que sugerían al público que visitara España (Visitad España). El fuselaje estaba pintado de rojo y el plano superior del ala de blanco, con la matrícula EC-AAT, muy visible. En esta ocasión, Fernando Rein consiguió una subvención de 40 000 pesetas.
Y por segunda vez, en el colegio del pequeño Jorge Loring se volvió a colocar el tablero, aunque ahora los saltos se sucedieron puntualmente, uno detrás de otro, desde que el 18 de marzo de 1933 despegó el Ciudad de Manila de Getafe. En una de las etapas la avioneta de Fernando, y su piloto, sobrevolaron tormentas de arena, soportando un calor asfixiante; aunque, de aquellos inconvenientes los escolares tampoco supieron nada. En Thakek la falta de visibilidad y el mal tiempo lo detuvo. Allí permaneció durante diez días aguardando a que la meteorología se arreglara. Cuando llegó a Hong-Kong, el 8 de abril, Fernando hizo que le revisaran a fondo al motor antes de dar el salto final sobre el Mar de China. La última etapa, de Hong-Kong a Manila, de 1140 kilómetros, la efectuó el 10 de abril. Cuando aterrizó en Filipinas, había recorrido 15 000 kilómetros en 82 horas y 40 minutos.

Fernando Rein Loring continuaría volando durante el resto de su vida profesional. En 1947 se convirtió en el primer piloto español que consiguió superar las 10 000 horas de vuelo; ese mismo año pilotó el avión DC-4 que traería a Eva Duarte de Perón a España. De 1942 a 1971 fue jefe de pilotos de la compañía Iberia y recibió la medalla de Mérito al Tráfico Aéreo al sobrepasar el millón de kilómetros volados. Pero, a pesar de sus aventuras de juventud, a Fernando siempre le gustaron los vuelos tranquilos, sin sobresaltos, mejor nocturnos y con la Luna llena. Murió en Málaga, en 1978.

Jorge Loring Miró, el sacerdote jesuita que siguió con entusiasmo las largas excursiones de Fernando Rein durante su niñez, volaría millones de kilómetros, en sus giras americanas como predicador, de conferencia en conferencia. Solía atribuir su éxito a que creía todo cuanto decía y sabía de lo que hablaba. También murió en Málaga, en 2013, y es posible que con él se fueran para siempre los últimos recuerdos vivos de la época de los grandes vuelos españoles.

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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Breve historia de la Tierra

RedGiant

Gigante roja

Parece increíble que hoy sepamos con bastante certeza que, cuando nació, el tamaño del Universo era del orden de una pelota de golf. Allí ya se guardaba absolutamente todo cuanto hoy existe. Aquella pelota empezó a expandirse, hace 13.800 millones de años, justo en el momento del Big Bang, y así ha seguido desde entonces. Dicen que en el interior de la pelota de golf inicial la materia no tenía una distribución uniforme y que gracias a esas irregularidades se pudieron formar, después, las galaxias, las estrellas y los planetas. En los lugares en los que las irregularidades hicieron que hubiera más masa, se formarían nubes de polvo que al condensarse atraídas por las fuerzas gravitatorias, originarían los distintos cuerpos celestes.

Durante un tiempo se pensó que la expansión empezaría a disminuir en algún momento porque las fuerzas gravitatorias vencerían a las expansivas y el Universo volvería a reducirse. Es decir, que después de la expansión se iniciaría una contracción que llevaría al Universo otra vez a su estado inicial de pelota de golf. Incluso se especulaba con que, entonces, podría ocurrir otra nueva explosión como el Big Bang y todo volvería a empezar.

Sin embargo no es así. La puesta en servicio del telescopio Hubble, en 1998 demostró que cuanto más lejos se encuentran los objetos celestes a mayor velocidad se alejan de nosotros, con lo que parece que la velocidad de expansión, conforme transcurre el tiempo, aumenta. Y este hecho suscitó una cuestión importante, porque la expansión con una velocidad creciente requiere una cantidad de energía que no existe en la masa que podemos observar en el Universo. Los científicos se tuvieron que inventar el concepto de energía oscura, como fuente desconocida capaz de proveer el fondo energético necesario para justificar sus observaciones. Y el resultado es que al final hemos terminado con un concepto de Universo en el que más del 95% de su composición está hecho de materia y energía que nos son completamente desconocidas.

Así pues, en una parte de ese Universo en expansión y en un punto en el que había cierta concentración de masa en nuestra pelota inicial de golf, hace unos 4 600 millones de años, se formaron nuestra galaxia y el Sistema Solar. Hace 3 600 millones de años aparecieron en la Tierra las primeras células y han hecho falta casi todos esos años para que nosotros, los homo sapiens sapiens nos hayamos adueñado de este planeta, desde hace algo así como 60 000 años que llevamos en su superficie.

Los científicos calculan que dentro de unos 1000 millones de años la biosfera terrestre desaparecerá, debido a que el calentamiento del Sol hará imposible que en la superficie de la Tierra el agua se pueda mantener en estado líquido (si es que el hombre no lo consigue antes con su falta de cuidado con el medio ambiente). Quizá, aún tendrán que pasar unos 3 000 o 4 000 millones de años más para que el núcleo del Sol se caliente tanto como para inducir una reacción nuclear de fusión en su corteza exterior y la estrella comience a expandirse. Su radio se dilatará hasta sobrepasar la órbita actual de la Tierra y nuestro planeta será engullido literalmente por la estrella que se habrá convertido en una “gigante roja”. Esto ocurrirá dentro de unos 7 500 millones de años. El Sol aún vivirá más tiempo, se enfriará, su radio disminuirá y entrará en la categoría de las “enanas blancas”, para luego disfrutar de una larga ancianidad como “enana negra”.

Si el Sol fuera más grande, el pronóstico sería distinto, podría explotar como una supernova, pero no parece que eso vaya a ocurrir.

De todas formas, este sería el escenario futuro para un Sol y una Tierra cuya existencia no se vea alterada por otros posibles acontecimientos. Cabe la posibilidad de que un meteorito grande choque contra la Tierra y produzca cambios que hagan que nuestro planeta no se parezca en nada al que hubiera antes del impacto del objeto celeste. Eso podía haber ocurrido hace unos 65 millones de años, cuando desaparecieron la mayor parte de los dinosaurios y grandes voladores como los pterosaurios. También podría ocurrir que nuestro sistema solar se viera afectado por una supernova de nuestra propia galaxia, una estrella de gran masa que al colapsar explotase y que su onda expansiva nos barriera literalmente del mapa galáctico. Y no hay que descartar la posibilidad de que nuestra galaxia choque con otra de las muchas que pueblan el Universo, en cuyo caso las consecuencias son difíciles de prever.

La cuestión es que, si todo sale bien, estamos condenados a que nuestro Sol se nos trague cuando inicie su fase expansiva después de un fuerte calentamiento que convertirá a este planeta azul en un magma incandescente. Es decir, si no ocurren otros episodios igualmente probables, los años de nuestro planeta están contados y quizá ya haya transcurrido algo así como el 80% de su tiempo útil para albergar la vida. Las cifras son de una magnitud tal que pueden causarnos asombro o indiferencia, depende el punto de vista desde el que las analicemos, pero constatan la única certeza que nos rodea y es que nada de lo que existe es inmutable.

Kamikaze

Five kamikaze pilots playing with a puppy, May 26, 1945

Yukio Araki, con su cachorro

El modelo de Yukio Araki ganó el concurso de permanencia en el aire de aviones de papel que se organizó en su ciudad natal: Kiryu. El muchacho era un entusiasta de la aviación. En 1943, a los 15 años, fue admitido, como voluntario, en el Programa de Entrenamiento de Jóvenes Pilotos y se desplazó a la base aérea de Tachiarai, en Furuoka, donde recibió entrenamiento. Se graduó con la máxima puntuación en todas las disciplinas. Su primer destino lo cumplió en la base de Metabaru para completar su formación y de allí lo enviaron a Pyongyang, en Corea, a un escuadrón de aviones Mitsubishi K-51.

Yukio era feliz, había logrado lo que más deseaba en esta vida: pilotar aviones. Sin embargo, un viento divino cambiaría para siempre su vida. En febrero de 1945 todos los pilotos del escuadrón de Yukio Araki en Pyongyang se presentaron voluntarios para realizar ataques suicidas y convertirse en kamikazes.

Kamikaze significa “viento divino”. En el año 1281, el mongol Kublai Khan se aproximó a Japón al frente de una poderosa Armada. El Imperio estaba condenado a caer en manos del enemigo cuando, de pronto, una tormenta aniquiló las naves del invasor. Aquella fuerza que salvó a Japón de la destrucción fue el “kamikaze” o el viento divino. En el otoño de 1944, los líderes japoneses eran conscientes de que perderían la guerra y en un esfuerzo desesperado recurrieron a otras fuerzas extraordinarias para intentar salvarse: los kamikazes.

En octubre de 1944, el almirante Takijiro Onishi recibió autorización del ministerio de la Guerra para organizar el primer grupo kamikaze. El marino japonés decía: “Si nuestros jóvenes pilotos están en tierra, serán bombardeados y en el aire, derribados. Eso es triste…muy triste. Tokko (la organización de ataques suicidas) es para que los jóvenes tengan una muerte hermosa. Darles una muerte bella, eso se llama compasión”.

Los pilotos suicidas volarían con aviones japoneses Mitsubishi A6M, que se conocían también con el nombre de Zero, en los que transportarían una bomba de 225 kilogramos. El primer ataque kamikaze organizado de la Historia tuvo lugar el 25 de octubre de 1944, lo dirigió el teniente Yukio Seki, participaron 26 pilotos –la mitad de escolta y la otra mitad eran los kamikaze– y atacaron y hundieron el portaaviones estadounidense Saint Lo. A este le seguirían unas 3.400 misiones suicidas más que hundieron unos 40 barcos en el Pacífico y 16 en las Filipinas. Pero, esta vez el viento divino no destruyó a los enemigos del emperador que, a pesar de los kamikaze, no tuvo otra opción distinta a la de rendirse.

Los kamikazes eran voluntarios y había dos formas de solicitar el ingreso en las filas de los pilotos suicidas. La primera se hacía a petición del interesado y la segunda a través de una encuesta en la que a los participantes se les preguntaba si estaban muy interesados / estaban interesados / o no estaban interesados, en participar en los ataques suicidas.

Muy pocos kamikazes procedían del estamento militar profesional. Las escuadrillas de pilotos suicidas se nutrían principalmente de dos fuentes. La primera era la de los cadetes muy jóvenes que se habían formado en escuelas para muchachos que terminaban el bachillerato; casi todos estos eran menores de dieciocho años. La segunda fuente era la de los universitarios de élite que se habían incorporado forzosamente al servicio militar −a partir de 1943 se denegaron todas las prórrogas por estudios en las principales universidades del país− y habían ingresado en escuelas de vuelo. La casualidad hizo que el plan de kamikazes se pusiera en marcha, justo cuando estos dos grupos de personas finalizaban los programas de entrenamiento de vuelo.

Los jóvenes cadetes solían pedir el ingreso como kamikazes voluntariamente y el número de candidatos era muy elevado, con lo que las autoridades podían elegir a los pilotos más diestros. En cuanto a los universitarios se les solía hacer la encuesta porque el número de peticiones era menor y se seleccionaba a los que “estaban muy interesados”. Siempre hubo más voluntarios de los que el programa del almirante Onishi podía gestionar.

Yukio Araki creía que su vida pertenecía al emperador y que morir por él, para que su país lograra la victoria final, era el mejor uso que podía hacer de su existencia. Le habían enseñado que desde la época de los Samurai los guerreros debían contemplar la muerte como una parte más de la vida. El sacrificio del guerrero, al morir gritando banzai −que el emperador viva 10.000 años− era recompensado con el más alto honor, para él, su familia y su país.

Los mismos sentimientos de Araki los compartían todos los pilotos de su escuadrón y si alguno tenía alguna duda se vería sometido a unos remordimientos insoportables por no aceptar el sacrificio que sus compañeros estaban dispuestos a asumir; sobre todo cuando el sacrificio consistía en un gesto tan noble, tan elevado, como dar la vida por el emperador. La educación de aquellos jóvenes, durante el bachillerato y en la Escuela de Jóvenes Pilotos los había preparado para ofrecer con alegría y resignación su muerte por la patria y el emperador. No había nada negativo en aquél pensamiento.

Para los universitarios que habían solicitado participar en las operaciones de los kamikazes los sentimientos solían ser muy diferentes. Con más años y racionalidad, no podían evitar el dolor por la pérdida de la compañía de las personas que amaban y de los placeres que la vida les podía ofrecer, más aun cuando se encontraban en plena juventud. Su sacrificio por la patria, por la victoria e incluso por el emperador, les parecía un acto de suprema nobleza, pero no exento de un gran dolor.

A finales de marzo, Yukio Araki y sus compañeros de escuadrón volaron a la base aérea de Kakamigahara para preparar sus aviones para realizar los ataques suicidas. La unidad cambió de nombre y se denominó 72 Escuadrón Shinbu. Para ejecutar su misión necesitaban un pequeño entrenamiento. El vuelo que se les había encomendado parecía fácil, pero no era tan sencillo. En primer lugar, el avión llevaba mucho peso durante el despegue y no se podía tirar bruscamente de la palanca porque era fácil entrar en pérdida. A los alumnos se les ponía una carga y practicaban el despegue, en una pista suficientemente larga. Y había dos maneras de lanzarse contra un buque: cayendo en picado desde una altura de 16.000 a 20.000 pies o volar a 10.000 pies hasta divisar el blanco y aproximarse al buque a una altura de 650 a 750 pies sobre el mar. El primer método permitía acercarse sin ser visto, y la exposición a los cazas enemigos era menor, pero ejecutar una trayectoria de caída óptima no era fácil y muchos aviones se hundían en el mar o pasaban por encima del barco. El segundo, facilitaba corregir la trayectoria en todo momento y los radares no detectaban al avión del piloto suicida, pero planteaba la dificultad de tener que atravesar la cortina de agua que levantaban los cañonazos, bombas y aviones que caían al mar durante la batalla. Los instructores insistían en que lo más importante era no cerrar los ojos en el último momento. Al final, la velocidad del avión parecía aumentar desproporcionadamente, los objetos se veían con todo detalle y si el piloto cerraba los ojos, casi con seguridad, no acertaría a impactar en el centro de la diana que en su mente había dibujado. No tenía ningún sentido desperdiciar una vida.

Durante el tiempo que Araki estuvo en Kakamigahara aprovechó para ir a pasar un día con su familia. Los pilotos no podían hablar de los planes militares, pero la familia del muchacho tuvo que intuir cual sería el destino de Yukio cuando entregó les entregó tres cartas cerradas, una para sus padres, otra para su hermano mayor y otra para sus hermanos pequeños, con instrucciones de que las abrieran en caso de que falleciese.

Una vez que completaron los preparativos, los doce pilotos, con sus aviones, regresaron a Pyongyang, en Corea del Norte. Al poco de llegar, quizá por un error, el 21 de abril les dieron la orden de que se trasladaran a Nanking, en China. Allí fueron atacados por aviones P-51 estadounidenses y uno de los pilotos del escuadrón perdió la vida y otro resultó gravemente herido. Pocos días después, el 5 de mayo, Araki y sus nueve compañeros que habían salido ilesos del ataque recibieron la orden de trasladarse a la base aérea de Metabaru, en donde permanecieron hasta que fueron llamados a la base secreta de Bansei, en el extremo sur de Kyushu.

La misión del 72 Escuadrón Shinbu estaba prevista para el día 21 de mayo de 1945, pero debido al mal tiempo se pospuso para el día 27. El 20 de mayo, Yukio Araki, escribió en su diario: “He recibido la orden de partir mañana. Estoy profundamente emocionado y espero hundir uno (un barco aliado). Ya nos han visitado centenares de personas. Alegremente cantando la última despedida.” Ya no volvió a escribir más en su diario.

El 26 de mayo, un reportero desconocido fotografió a Yukio Araki con su cachorro, rodeado de otros compañeros. Al día siguiente, de madrugada, despegaron de Bansei hacia Okinawa los diez pilotos de su escuadrón, pero uno de ellos tuvo problemas con el motor y regresó a la base.

Fue el último vuelo de Yukio Araki. Y sería un viaje tranquilo, sin miedo. Todos los kamikaze que se vieron forzados a interrumpir la misión dieron una versión muy parecida de cuáles fueron sus sentimientos. En su vuelo suicida, Kiitchi Matsuura no sintió el mínimo temor, ya había asumido que iba a morir. Estaba tranquilo. Empezó a fallar su motor y tuvo que abortar la misión. Durante el regreso a la base pensó que caería al mar, quería salvarse y pasó mucho miedo.

Yukio Araki tenía diecisiete años y dos meses cuando llevó a cabo su última misión.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

El éxito y la tragedia de Barberán y Collar

Barberan y Collar

Joaquín Collar y Mariano Barberán

Nunca antes dos hombres habían volado tantos kilómetros sobre el mar, ni una distancia tan larga, hasta que el 11 de junio de 1933, Mariano Barberán y Joaquín Collar, aterrizaron con su biplano, el Cuatro Vientos, en Camagüey (Cuba). Habían despegado de Sevilla hacía 39 horas y 55 minutos y tras cruzar el inmenso Atlántico Norte arribaron a la isla caribeña dejando atrás 7320 kilómetros de vuelo ininterrumpido. Quizá también, muy pocas veces, dos hombres tendrían que enfrentarse a un destino en el que el éxito y la tragedia se hallaran tan próximos.

El avión había costado 80.000 pesetas (unos 500 euros). Fabricado en Construcciones Aeronáuticas SA (CASA) ─por encargo del Ministerio de la Guerra español─ era una variante del Breguet 19, Super Bidón, con un gran depósito de combustible agrandado, cilíndrico, que formaba parte del fuselaje. Propulsado con un solo motor Hispano Suiza de 720 caballos de máxima potencia, el Cuatro Vientos no llevaba radio para reducir el peso a bordo. Una brújula, tres cronómetros, dos sextantes, una regla de cálculo, varios derivómetros, bengalas de humo y luminosas para observar el ángulo de deriva, completaban todo su equipamiento para la navegación.

La ruta que habían seguido hasta las Antillas, fue la que escogió Barberán, después de un concienzudo estudio meteorológico: de Sevilla a la isla Madera y de allí a San Juan de Puerto Rico para seguir hasta La Habana. Uno de los objetivos del militar español, con aquel vuelo, era el de “abrir una ruta transoceánica de enorme futuro”.

Cuando los militares aterrizaron en Camagüey solo les quedaban 150 litros de combustible y el tiempo era malo, aunque les hubiera gustado seguir hasta la capital cubana, no les pareció prudente hacerlo. Al día siguiente volaron de Camagüey a La Habana, donde los esperaban en el aeropuerto más de 10.000 personas entusiasmadas.

Si el vuelo fue agotador para los pilotos, su estancia en La Habana no lo sería menos. Banquetes, recepciones, brindis, pesca en yate, visitas a establecimientos españoles, entrega de llaves de la ciudad, imposición de medallas, conferencia telefónica con el presidente de la República española, don Niceto Alcalá Zamora, y otros eventos hasta el día 19 de junio que se tomaron de descanso antes de reemprender su viaje, esta vez a México, desde donde pensaban viajar a Estados Unidos.

A las 5:52 de la mañana del día 20 de junio el Cuatro Vientos despegó de La Habana. La meteorología no era muy buena. Para la travesía, cuya duración estimaron los tripulantes en unas 12 horas, cargaron 2.000 litros de combustible. Según parece ─de acuerdo con las conversaciones que mantuvieron con pilotos cubanos─ el plan de vuelo consistía en volar hasta Villa Hermosa y a partir de allí, en función de las circunstancias, decidir la ruta hasta la ciudad de México. El capitán del barco Lezcano, los vio antes de entrar en la península del Yucatán y también parece que se comprobó el paso del avión por Dzitás, Ticul, Champotón, Carmen y Villahermosa (a las 11:35 hora local mexicana). Aquella ciudad de Tabasco fue la última en la que, al parecer, se tiene constancia del paso del biplano de Barberán y Collar por tierras mexicanas.

Después de haber cruzado el Atlántico, aquél salto de La Habana a México a todos les parecía una empresa sencilla, pero aun así y todo muchos aviadores cubanos les recomendaron que hicieran escala en Veracruz, a lo que los oficiales españoles se opusieron. El Nacional, un periódico mexicano, publicaba el 20 de junio una calurosa editorial dedicada a los aviadores: “¡Bienvenidos! Desde las márgenes del Bravo hasta los límites con las tierras polares del Ártico, el clamor de los pueblos es unánime en el anchuroso Continente americano de habla española: ¡Bienvenidos los aviadores españoles!” En la ciudad de México los aviones que salieron para darles escolta, regresaron cuatro horas más tarde, porque se levantó una fuerte tormenta. En el aeropuerto de la capital mexicana, un gentío aguantó la lluvia hasta las siete de la tarde sin que los héroes del Cuatro Vientos diesen señales de vida. A las ocho y media de la noche, el Gobierno dio la orden para que se procediera a la búsqueda del avión español que se dio oficialmente por desaparecido. En un principio, no se tuvo información precisa de si había sobrevolado México o no.

El presidente de la República, Abelardo L. Rodríguez ordenó a la Aviación Militar que coordinara las operaciones de búsqueda de los aviadores españoles. A pesar del extraordinario despliegue de medios que se pusieron a disposición del operativo no se encontró el menor rastro del Cuatro Vientos y el 28 de junio se dio oficialmente como desaparecido. El avión se desvió de su rumbo, debido al mal tiempo y cayó al mar: esa fue la versión oficial. Para apoyar esta hipótesis se utilizó la cámara de un neumático, de goma roja, hallada en la costa de Barra de Chiltepec, en Tabasco. Según confirmó el mecánico de la expedición del Cuatro Vientos, Madariaga, aquella cámara la llevaban los pilotos sujeta con un lazo debajo de los asientos para que hiciera las veces de salvavidas, en caso necesario. La sensación de absoluto desconocimiento del paradero del avión español la recoge con cierta sorna un chascarrillo popular mexicano: “estás más perdido que el Cuatro Vientos”. Poco después, el compositor mexicano, Raúl Castell, escribió un corrido para conmemorar la gesta de los españoles: “Aguilas heróicas”.

En diciembre de 1933, Ramón Franco ─famoso aviador republicano y hermano del dictador español Francisco Franco─ se hizo cargo de la agregaduría militar española en Washington DC y se desplazó a México para dirigir una investigación oficial sobre la desaparición del Cuatro Vientos. Franco se limitó a entrevistar a algunas personas, asistir a numerosos cócteles y recepciones y condecorar a los pilotos mexicanos que participaron en la búsqueda del avión español. El agregado militar envió un informe a Madrid que, junto con casi toda la información que se disponía relacionada con el Cuatro Vientos, desapareció durante la Guerra Civil española.

En 1941, la revista mexicana Hoy (que luego se llamaría Impacto), recibió una carta de don Julián Díaz Ordaz, de Santa María Chilchotla, en la que informaba del paradero del Cuatro Vientos y de las confesiones de una mujer que aseguraba que los pilotos fueron asesinados. La revista organizó una expedición y envió a tres periodistas, en el mes de agosto, para que investigaran sobre el acontecimiento. Uno de los reporteros fue Edmundo Valadés.

Don Antonio Avendaño era una autoridad en la región, bajito, fornido y de aspecto adusto. Su rancho de La Paz se extendía por toda la contornada, los peones lo respetaban y llevaba una pistola al cinto. Una mujer le contó que su marido y otros habían matado a los dos hombres del aeroplano. El marido, al ver caer el avión estaba con otros peones y les dijo que eso era el diablo, que no se acercaran. Luego, se fue con otros dos al lugar del accidente a ver qué ocurría. El “peloncito” (Barberán), tenía las piernas rotas y el que le acompañaba (Collar) estaba bien. Vieron que tenían dinero, los mataron y les robaron todas las pertenencias.

Si Avendaño era el hombre fuerte de la región, Julián Díaz Ordaz era el hombre bueno, el que decía qué había que hacer, lo que estaba bien y lo que estaba mal. Después de escuchar el relato de la mujer, el hacendado fue a ver a Díaz Ordaz para contárselo y pedirle consejo. Y fue el hijo de don Julián, que estaba con ellos, a quién se le ocurrió escribir una carta a la revista Hoy para pedir ayuda y montar la expedición que les permitiera acceder al lugar donde se suponía que se había estrellado el avión. Era un sitio apartado, al que no se podía llegar sin peones y aprovisionamiento, porque para hacer el viaje se necesitaban no menos de dos semanas a través de un terreno infestado de serpientes venenosas.

La expedición de Edmundo Valadés y los periodistas que lo acompañaron no pudo aportar pruebas, tan solo testimonios de personas que decían haber escuchado declaraciones de otras personas y una relación nominal de los culpables. A partir de la información que recabó de sus reporteros la revista Hoy publicó varios artículos sobre el presunto asesinato de Barberán y Collar, de octubre a diciembre de 1941, pero fueron censurados por el Gobierno. Algunas de estas historias se publicarían años más tarde por la revista Impacto.

En 1947 se organizó otra expedición a la Sierra Mazateca en la que se encontraron un altímetro, unos auriculares y un cinturón de seguridad, pero se comprobó que ninguno de estos objetos pertenecía al Cuatro Vientos. En 1973, el periodista Jacobo Zabludowsky exploró la zona sin obtener tampoco ningún resultado.

El 20 de octubre de 1982, el general Carlos Ramírez con un escuadrón de soldados y el periodista, Jesús Salcedo, viajaron a Oaxaca. Encontraron a una de las personas que según las investigaciones de 1941 se había señalado como presunto asesino y lo entrevistaron, pero el inculpado no respondió con claridad a las preguntas de Salcedo, ya que, al parecer, tenía dificultades con el castellano porque su idioma materno era el mazateco. Años después, en 1995, Salcedo creyó que había encontrado los restos del avión, pero los expertos aeronáuticos españoles no pudieron confirmar que sus hallazgos pertenecieran al Cuatro Vientos.

El catalán Enrique Pallarés fue el primer español que acompañó a Salcedo en sus exploraciones por la Sierra Mazateca, ha viajado a México varias veces por este asunto y cree que el avión sigue en alguna parte del cerro de la Guacamaya. Es una opinión que también comparten muchas personas que visitan periódicamente la zona, como Fernando Rodríguez Rodríguez que cree que el salvavidas del avión fue arrojado al río Petlapa, que está al fondo de la ladera donde cayó el avión, y la corriente lo arrastró hasta el mar.

El historiador de Oaxaca, Jorge Mejías Torres, posee una pistola militar española, Gabilondo, fabricada en Eibar, marcada con la leyenda “Plus Ultra” que un tío suyo compró en el poblado de Córdoba, de la Guacamaya, en 1934. Esta sería otra prueba más que apoyaría la hipótesis de que el Cuatro Vientos cayó en la Sierra Mazateca y sus tripulantes fueron asesinados por unos bandidos para apropiarse de sus pertenencias.

Sin embargo, entre los detractores de esta teoría cabe destacar al historiador aeronáutico de México, Manuel Ruiz Romero Bataller, que mantiene con firmeza que los españoles no llevaban a bordo armas de fuego, ni dinero, en billetes o monedas, ni joyas, ni oro, por lo que las especulaciones sobre el asesinato para robarles carecen de fundamento. Además, según él, nadie ha podido aportar hasta la fecha ninguna prueba que demuestre como cierta dicha hipótesis y el único resto que se ha hallado del Cuatro Vientos es una cámara de un neumático, que encontró un campesino el 25 de junio en la Barra de Chiltepec, cerca de Frontera, en el Golfo de México, tres días después de la desaparición del avión. La cámara roja, estaba grabada con el texto Nacional Pirelli Manresa 30 x 4,50 y Madariaga, el mecánico de la expedición, la identificó como perteneciente al equipo del avión.

La versión más oficial de los hechos, por llamarla de algún modo, sigue siendo la que sitúa a los restos del Cuatro Vientos en el fondo del mar. En marzo de 2003, se efectuó una exploración marítima, con un buque oceanográfico de la Armada mexicana, el Onjuku, de la que tampoco se obtendría ningún resultado.

Existen muchos indicios de que en las proximidades del cerro de la Guacamaya, en la Sierra Mazateca, se estrelló algún avión entre 1933 y 1941, pero es posible que no se tratara del Cuatro Vientos, sino de otro cualquiera y de ese modo encajarían muchas de las piezas de este rompecabezas; con una salvedad, y es que los restos del biplano español siguen en paradero desconocido desde aquél fatídico 20 de junio de 1933, en que miles de personas aguardaban su llegada en el aeropuerto de la capital mexicana.

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Los secretos de Charles Lindbergh

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Charles Lindbergh y Anne Morrow

Millones de personas se acuestan todos los días en París. Pero, el 21 de mayo de 1927, fue la primera vez que lo hizo una persona que el día anterior se había despertado en Nueva York. El viajero se llamaba Charles Lindbergh, tenía 25 años y esa noche había aterrizado en Le Bourget, después de cruzar el océano, en solitario, a bordo de su avión: Spirit of St Louis. La proeza le serviría para ganar el premio Orteig.

Raymond Orteig, había desembarcado en Estados Unidos cuando tenía 12 años, en 1882, con 13 francos en el bolsillo. Era uno de los muchos emigrantes franceses que llegaban al Nuevo Mundo en busca de fortuna. No todos la encontrarían, pero Raymond sí lo hizo. Empezó a trabajar como portero y veinte años más tarde era el propietario del hotel Lafayette de Nueva York. Durante la Primera Guerra Mundial, su hotel fue el favorito de los aviadores franceses que visitaban la ciudad norteamericana. En 1919, Orteig, con la ayuda técnica del Aero Club de América, estableció su premio, dotado con 25.000 dólares, para el primer aviador de un país aliado que volara, en cualquier dirección, de Nueva York a París. La validez del premio se extendía durante cinco años que transcurrirían sin que nadie lo ganase; Orteig lo prorrogó otros cinco más.

Cuando Lindbergh despegó del Roosevelt Field en Nueva York, Orteig estaba de vacaciones, con su esposa, en la ciudad francesa de Pau. Su hijo le envió un telegrama y el hotelero salió hacia Paris donde llegó a tiempo para recibir a Lindbergh en el aeródromo de Le Bourget.

Otros aviadores habían intentado ganar el premio a lo largo de los últimos meses. Al as de la aviación francesa de la Primera Guerra Mundial, René Fonck, se le había roto el tren de aterrizaje de su Sykorsky cuando trataba de despegar de Roosevelt Field, ocho meses antes. En el accidente perdieron la vida los dos tripulantes que le acompañaban. Un mes antes, dos aviadores de la Marina estadounidense, Noel Davis y Stanton Wooster también fallecieron en un accidente durante el despegue en el aeródromo Langley, en Virginia, cuando probaban el avión que tenían previsto utilizar en la travesía trasatlántica. Hacía un par de semanas, el 8 de mayo, otro as de la aviación francesa, el capitán Charles Nungesser y el navegante François Coli, habían despegado de París con un hidroavión Levasseur PL 8, rumbo a Nueva York, y se perdieron para siempre en el océano.

El viaje trasatlántico era peligroso y aunque a Lindbergh no le gustaba asumir grandes riesgos, siempre pensó que sin riesgo el éxito era imposible. Cuando despegó de Nueva York, la previsión meteorológica, sin ser muy mala, no era buena. Las borrascas le ayudaron a cruzar el océano en 33.5 horas. Había despegado del aeródromo Roosevelt a las 7:52 de la mañana del día 20 de mayo y aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget a las 10:22 de la noche del 21.

En París, Lindbergh fue recibido por unos 150.000 espectadores que lo sacaron de la cabina en volandas y tuvo que intervenir la policía, para evitar que el avión lo deshiciera el público y lo convirtiese en un montón de pequeños souvenires.

El avión, Spirit of St Louis, se construyó en la empresa que habían fundado Frank Mahoney y Claude Ryan, en San Diego, en 1925. Un ingeniero de dicha sociedad, Donald A. Hall, lo diseñó con el objetivo de ganar el premio Orteig de acuerdo con las ideas de Lindbergh. El 23 de febrero de aquél año, Lindbergh había encargado el avión por un importe de 10.580 dólares y el compromiso de que se construiría en dos meses. El piloto quería que llevase un solo motor porque era la configuración que le parecía más segura y su obsesión, desde el primer momento, fue la reducción de peso. No quiso transportar nada que no fuera absolutamente imprescindible, ni siquiera una radio, porque entonces estos equipos eran bastante pesados.

Antes de cruzar el océano con su avión, a Charles Lindbergh no lo conocía nadie. El histórico vuelo le otorgaría una fama como muy pocas personas habían acaparado hasta entonces. En Francia, el presidente de la República le otorgó la medalla de la Legión de Honor y regresó a Estados Unidos a bordo de un buque de la Marina estadounidense: el Memphis. Nada más llegar, aviones, buques de guerra y hasta un dirigible, lo escoltaron hasta la base naval en Washington DC. El presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge lo condecoró y el departamento de Correos emitió sellos con un mapa del vuelo del Spirity of St Louis.

A partir de entonces la vida del famosísimo Charles Lindbergh sería muy complicada.

En diciembre de 1927, el gobierno de Estados Unidos pidió a Lindbergh que efectuara un viaje oficial por Latinoamérica que facilitara a la diplomacia de su país estrechar lazos con sus vecinos del sur. Durante su estancia en México conoció a Anne Spencer Morrow, hija del embajador estadounidense, con la que contraería matrimonio en 1929. Lindbergh enseñó a Anne a volar y juntos realizaron muchos viajes, por encargo de las líneas aéreas, a fin de recabar datos para la apertura de nuevas rutas.

El 1 de marzo de 1932, el hijo de los Lindbergh, Charles Augustus, de 20 meses de edad, fue secuestrado en su casa de Nueva Jersey; los padres pagaron 50.000 dólares de rescate, pero diez semanas más tarde la policía encontró el cuerpo del niño. En 1934, un carpintero, Bruno Richard Hauptmann fue acusado del asesinato y detenido. El juicio sometería a los Lindbergh a una terrible presión mediática hasta el punto de que, en 1935, decidieron trasladarse a vivir a Europa, con su hijo Jon de tres años. El 3 de abril de 1936, Hauptmann, que había sido declarado culpable en el juicio, fue ejecutado en la silla eléctrica de la prisión estatal de New Jersey.

Mientras estuvo en Europa, Lindbergh viajó a Alemania y quedó impresionado con la industria aeronáutica de aquél país. En 1938 Hermann Goering le otorgó un medalla honorífica que en Estados Unidos suscitó muchas críticas y opiniones poco favorables al aviador por su admiración y simpatía por los nazis.

En 1939 Lindbergh regresó a Estados Unidos y en 1941 actuó como portavoz de la organización America First que estaba en contra de que el país entrara en guerra contra Hitler. La desaparición del nazismo dejaría a Europa indefensa frente al comunismo soviético, según defendían los partidarios de este movimiento político. Lindbergh criticó la política exterior del presidente Roosevelt, acusó a grupos de presión británicos y judíos de manipular los destinos de su país y renunció a su escalafón como aviador militar en la Reserva. Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbour, Lindbergh abandonó sus posiciones políticas y trató de colaborar con el Gobierno que, entonces, prefirió prescindir de sus servicios. Durante el conflicto armado, Lindbergh trabajó como asesor técnico y piloto de pruebas para la Ford y la United Aircraft Corporation. En abril de 1944 estuvo en el frente del Pacífico, como piloto civil, aunque participó en más de 50 misiones de combate.

Después de la guerra, el presidente Eisenhower le volvió a otorgar su rango militar. Lindbergh trabajó como asesor de la Fuerza Aérea estadounidense, de la línea aérea Pan American y contribuyó a definir las características del Boeing 747. En 1953 publicó su libro The Spirit of St. Louis que al año siguiente ganaría el premio Pulitzer.

A partir de 1960 se interesó por la conservación de especies en peligro de extinción como las ballenas azules y por los aspectos culturales de algunos pueblos africanos y filipinos. No apoyó el desarrollo de los aviones supersónicos por la contaminación atmosférica y se retiró a vivir en la isla hawaiana de Maui, donde murió de cáncer en 1974.

En agosto de 2003, Dyrk, Astrid y David Hesshaimer anunciaron, en una conferencia de prensa que se celebró en Munich, que los tres eran hijos de Charles Lindbergh. Hicieron públicas más de 100 cartas de amor que Lindbergh había enviado a su madre Brigitte, desde finales de la década de 1950 hasta su muerte en 1974, y para que no quedara la menor duda de la veracidad de sus aseveraciones se sometieron a un test de ADN que las confirmó. Poco después se supo que el gran aviador había mantenido también relaciones amorosas con otras dos mujeres alemanas con las que tuvo otros cuatro hijos. Todos ellos nacieron entre 1958 y 1967.

La existencia de una vida tan agitada por pasiones que no quiso mostrar en público, en un personaje como Lindbergh, podría explicarse a partir del trauma que le causó el asesinato de su primer hijo. Fue muy estricto con los cinco hijos que sobrevivieron de su matrimonio con Anne, mantuvo posiciones ideológicas bastante extremas a lo largo de su vida y no supo controlar sus devaneos amorosos, en los que encontraría el modo de liberar sus profundas tensiones internas.

Sin embargo, la prensa de Estados Unidos ha preferido ignorar la vida amorosa secreta del famoso piloto. Hasta hoy, ha pasado por alto aquella parte de la existencia del héroe que mantuvo celosamente oculta mientras vivió. Es posible que, Lindbergh, tal y como ya había acertado a explicar su mujer Anne Morrow, solamente amó a su avión: el Spirit of St Louis.

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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

San Valentín en el aire

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“El amor está en el aire” no es solo una canción, ni una película (bastante aburrida). Es también un recurso comercial que utilizan las líneas aéreas para captar pasajeros.

Hacer ya algunos años, en 2009, Air New Zeland, invitó a 100 solteros a encontrar a su amor en el aire. En un vuelo de Los Ángeles a Auckland se organizó una gran fiesta para los participantes. No sé muy bien que pasó. Más práctica, la línea aérea holandesa, KLM, dispone de un servicio que permite a los pasajeros elegir sus compañeros de asiento, vía Facebook y Linkedin, en todos los vuelos desde Amsterdam. Y más atrevida, la aerolínea Virgin America, lanzó el pasado año una aplicación para que cualquier pasajero pueda elegir una persona que viaje en su mismo vuelo, enviarle un mensaje y también invitarle a una copa. Todo ello a través de la pantalla del sistema de entretenimiento de a bordo que está en la parte posterior del respaldo del asiento que llevan delante los pasajeros.  El objeto de deseo, puede levantarse y observar quién ha iniciado la relación y decidir, de acuerdo con el resultado de la exploración visual, el siguiente paso. Si al destinatario le apetece, la historia puede empezar con un chateo y seguir con una conversación en un par de asientos contiguos que estén libres.

Este año, United Airlines ha organizado un concurso para premiar, con dos billetes de ida y vuelta al destino que elija, a la pareja que resulte ganadora de la promoción “Amor en el Aire”. Los participantes tienen que relatar su historia de amor (sin exceder 500 palabras)  y resaltar el papel que desempeñó la línea aérea en la misma. El plazo para el envío de escritos finalizó el 5 de febrero y, hoy, día de San Valentín, United anunciará quién ha ganado el concurso. De momento hay 10 historias finalistas. En la página web de United (abajo he puesto un link) se pueden leer, en inglés. Yo he reflexionado sobre tres de ellas y me he permitido resumirlas, para analizar la parte aérea del amor de sus protagonistas: Sean, un homosexual que se enamoró de otro chico, la del profesor del MIT que se prendó de Susan y la de Jim y Connie en su viaje a China.

Sean:

La existencia de Sean era perfecta, o así lo creía, hasta que tuvo que abandonar la isla de Maui porque se había quedado sin trabajo. Fue a la playa, por última vez, para despedirse del sol y del mar antes de marcharse de aquel paraíso. Allí descubrió a “él”, el amor de su vida. Se acercó para decirle algo y no se atrevió. Al día siguiente, cuando se sentó en la butaca del avión se llevó una gran sorpresa porque, “él”, ocupaba el asiento de al lado. Hablaron durante el viaje y se intercambiaron sonrisas. Ya en San Francisco, organizaron una cita y al cabo de poco tiempo se fueron a vivir juntos. Hoy, son una pareja feliz.

Susan:

El 26 de noviembre de 1969, en un vuelo de Minneapolis a Cleveland, Susan, llevaba varios libros y su compañero de asiento le dijo si podía prestarle uno de filosofía de George Berkeley para leerlo durante el vuelo. Hablaron cuatro cosas y se pusieron los dos a leer. Meses después, en mayo de 1970, aquel muchacho fue a ver a Susan a la residencia donde vivía. A ella le costó reconocerlo. Él le  hizo memoria y le explicó que sabía su nombre porque estaba anotado en el libro que le había prestado en el avión y el de su universidad porque durante la breve conversación que mantuvieron ella se lo había dicho. Con esos datos, investigando un poco, había podido localizarla. Si no lo hizo antes fue porque tenía que terminar su tesis en el MIT. Hoy llevan 42 años casados, desde el 4 de septiembre de 1971 y tienen tres hijos, cuatro nietos y dos copias del libro de Berkeley.

Jim y Connie

Jim quería un asiento de pasillo para volar de San Francisco a Taipéi, por eso reservó un 10F. Cuando subió a bordo había una mujer sentada en su butaca. Le reclamó el asiento y cuando ella inició la maniobra para cambiarse de sitio, Jim se dio cuenta de que el avión tenía una configuración distinta a la que había pensado, con cinco asientos en la isla central en vez de cuatro, y que su asiento 10F no estaba en el pasillo. Pidió disculpas y se sentó en su sitio. El hecho de que estuviera dispuesta a cambiarse de asiento le sorprendió. Empezaron a hablar, la conversación se animó y tomaron una copa de vino. Después ella pidió una botella de Chardonnay y dos vasos. Cuando aterrizaron en Taipei habían bebido 3 botellas y seguían hablando, con mucho entusiasmo. Jim pasó 6 semanas en China y Connie salió para Singapur al día siguiente. Jim pensó que nunca más volverían a verse. Cuando Jim regresó a su casa, en Washington DC, en el buzón tenía una postal de Connie. Le contestó. Se casaron el 11 de febrero de 1991,  10 meses después de haberse conocido, y,  hoy, siguen casados. Tienen un hijo y en uno de sus viajes a China, adoptaron una niña.

Sean tuvo suerte al encontrarse al chico de la playa en el avión, al lado suyo, eso se llama suerte ¿está seguro de que era el mismo? le gustaba y congeniaron. El estudiante del Massachusetts Institute of Technology (MIT), procedió con método, la tesis, la búsqueda y el compromiso, algo irresistible para una verdadera intelectual como Susan. Connie y Jim creían en las bondades del Chardonnay.

La suerte, el método y el Chardonnay hicieron el trabajo, y no sé qué pintaba la United en todo esto, aparte de ofrecer unos asientos que siempre los pasajeros esperamos abandonar lo antes posible. Pero, hoy nos enteraremos, cuando la aerolínea estadounidense anuncie quién ha ganado el concurso y nos explique cuál fue su papel en la historia.

Mientras tanto, del “Amor está en el aire”, todavía nos queda una bonita canción de los años setenta, de John Paul Young

El amor está en el aire,
en todos los sitios en los que miro,
el amor está en el aire,
en cada suspiro y en cada sonido…

Pinchando este enlace se puede escuchar:

http://www.youtube.com/watch?v=NNC0kIzM1Fo&feature=kp

Feliz San Valentín

El concurso de la United en:

https://hub.united.com/en-us/Connections/Social-Specials/Pages/love-in-the-air-promotion.aspx

Ellen Church, la primera azafata de vuelo

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Ellen Church (arriba izquierda) y las siete primeras azafatas de la Boeing Air Transport- 1930

El 15 de mayo de 1930 un Boeing 80 A de la compañía Boeing Air Transport despegó de Oakland , San Francisco, para dirigirse a Chicago con 14 pasajeros a bordo. A lo largo del vuelo, de 20 horas de duración, el avión tendría que hacer 13 paradas. En la cabina de vuelo iba el comandante Elrey Borge Jeppesen; el hombre que crearía, años después, una empresa de cartografía aeronáutica que adquiriría un gran renombre internacional. Pero, lo más singular de aquél vuelo, visto con perspectiva, no es que el futuro empresario pilotara el avión, sino que en la cabina de pasajeros viajaba, inaugurando un nuevo servicio a bordo, Ellen Church, la primera azafata de la historia de la aviación.

Ellen había trabajado como enfermera en el hospital de San Francisco, pero sentía una gran atracción por los aviones, aprendió a volar y después de conseguir su licencia de piloto civil se presentó en las oficinas de la Boeing Air Transport para que la contrataran.  Steve Stimpson, el director de la oficina de la línea aérea en San Francisco, como sabía que no la iban a contratar como piloto, propuso a sus jefes que la empresa embarcara a enfermeras en los vuelos de larga duración, para que ayudaran a los pasajeros a quitarse el miedo a volar. La idea prosperó y en 1930, la British Air Transport contrató a Hellen como responsable del equipo de futuras azafatas de vuelo de la compañía.

Hasta entonces, las primeras personas en prestar servicios a los pasajeros en vuelo habían sido los hijos de los magnates y financieros que poseían las líneas aéreas. Era una diversión más que un trabajo. Cuando no se disponía de este apoyo, a finales de los años 1920, en algunas rutas comerciales el segundo piloto se encargaba de atender a los pasajeros a bordo.

Entonces, el transporte por vía aérea era una aventura llena de incomodidades. Las cabinas no estaban presurizadas y los aviones volaban por debajo del techo de nubes, donde la meteorología es más adversa. Además, las cabinas también estaban mal aisladas por lo que los pasajeros quedaban expuestos al ruido, las vibraciones, el frío y los olores de los escapes de los motores. Los asientos eran incómodos, los servicios minúsculos y los pasillos angostos.  Los viajeros no podían librarse del estrés que les producía la incertidumbre de si el tiempo permitiría que el avión despegara y en el supuesto de hacerlo de si el viaje terminaría en el destino previsto o en un aeropuerto alternativo, por no decir un descampado.

Steve Stimpson pensó que las enfermeras transmitirían seguridad a los pasajeros y que a éstos les daría vergüenza sentir miedo si los atendían mujeres que se pasaban la vida en las cabinas de los aviones, sin mostrar ningún temor. El joven ejecutivo convenció a los dirigentes de la Boeing Air Transport de que si llevaban a la práctica aquella idea, el tráfico aéreo de pasajeros aumentaría.

La nueva jefa de servicio a bordo de la Boeing Air Transport, Hellen Church, contrató a siete azafatas. Los requisitos que tenían que cumplir eran exigentes: mujer con titulación de enfermera, soltera, menor de 25 años, con un peso inferior a 52 kilos y una altura que no excediera 1.64 metros.

En vuelo servían algún refrigerio  no muy complicado porque escaseaba el espacio y los aviones se movían demasiado. Boeing Air Transport tuvo que renunciar a su espléndida vajilla después de perder todos los juegos de porcelana que había adquirido y pronto se impusieron los vasos de plástico y los termos. Las azafatas también procuraban que los fumadores no arrojaran colillas por las ventanillas y que no confundiesen la puerta del lavabo con la de salida del avión. Si algún pasajero se ponía demasiado nervioso trataban de infundirle calma, a los que se mareaban les ofrecían una pastilla con un vaso de agua y si la cosa se ponía peor, una bolsa. Las azafatas también eran responsables de comprobar que los asientos estaban bien atornillados al suelo del avión, de dar cuerda a los relojes y ajustar los altímetros de a bordo. Incluso, en algunas ocasiones, tenían que ayudar a cargar el equipaje y empujar el avión para meterlo en los hangares. Era un trabajo duro, pero muy bien pagado: 125 dólares al mes.

Ellen Church no pudo disfrutar de su nuevo empleo más de 18 meses porque un accidente de automóvil le causó lesiones que le impedirían seguir volando. Retomó su oficio de enfermera, en la segunda guerra mundial sirvió en la Fuerza Aérea, fue condecorada con la Medalla Aérea, se casó con un banquero y durante las últimas etapas de su vida trabajó como administradora del hospital Union de Terre Haute, en Indiana. Murió en un accidente, montando a caballo, a los 57 años.

Todas las líneas aéreas siguieron los pasos de la Boeing Air Transport y miles de azafatas se incorporaron a las cabinas de los aviones. Ellen Church, les abrió el camino.

El almirante Byrd: de los polos al centro de la Tierra

Josephine Ford 2

Josephine Ford 2

Durante mucho tiempo se ha supuesto que el almirante Richard E. Byrd, de la Marina de Estados Unidos, fue el primero en sobrevolar los dos polos, en sus expediciones aéreas. Hoy en día, la mayoría de los expertos coincide en que las expediciones de Roald Amundsen a los polos cuentan con pruebas incuestionables, lo cual no descarta que Byrd se le anticipara. El noruego Amundsen clavó la bandera de su país en el polo Sur, el 14 de diciembre de 1911 y sobrevoló el polo Norte con el dirigible Norge, el 11 de mayo de 1926.

Byrd obtuvo su licencia de piloto en agosto de 1917 y se entusiasmó con la aviación. El 9 de mayo de 1926, con un trimotor Fokker F-7, Byrd y el piloto Floyd Bennett despegaron de Spitsbergen y se dirigieron al Polo Norte. Edsel Ford, fabricante de automóviles, contribuyó financieramente a la expedición y el aeroplano en el que voló Bird se bautizaría con el nombre de su hija: Josephine Ford . Después de recorrer 1360 millas en 15 horas y media, Byrd dijo que había alcanzado el Polo Norte. A su vuelta fue agasajado y aclamado como un gran héroe, el Congreso de Estados Unidos le otorgó la Medalla de Honor y el éxito le permitiría acopiar los fondos necesarios para abordar su expedición al Polo Sur.

Para su viaje a la Antártida movilizó dos aviones y tres barcos. La expedición partió en 1928, durante aquél verano exploraron el continente y después del invierno, el 28 de noviembre de 1929, iniciaron su expedición al Polo Sur. Byrd voló con el piloto Bernt Balchen, el copiloto Harold June y el fotógrafo Ashley McKinley en otro trimotor Ford, el Floyd Bennett, cuyo nombre hacía honor a su compañero de expedición al Polo Norte, fallecido hacía poco tiempo. El vuelo al Polo Sur duró 18 horas y 41 minutos. Después del verano, que pasaron explorando el continente Antártico, la expedición regresó a Estados Unidos el 18 de junio de 1930. El éxito de esta segunda expedición le valió que la Marina lo ascendiera al cargo de almirante, cuando tenía solamente 41 años de edad. Esta vez recibiría también otra medalla, la de la American Geographical Society.

Después de su primera aventura en la Antártida, Byrd volvió al continente helado en cuatro ocasiones más. La tercera de ellas fue la más importante y la más larga. En 1946, 13 navíos de la Marina de Estados Unidos, 6 helicópteros, 6 hidroaviones y 15 aviones más, de diversas características, participaron en una expedición que involucró a unas 4000 personas.

Byrd murió el 11 de marzo de 1957, en su casa de Boston, de una enfermedad cardíaca, a los 68 años de edad.

Con respecto a su vida existen dos asuntos que con el tiempo suscitaron una gran polémica. El primero está relacionado con la expedición al Polo Norte y el segundo con un supuesto diario que dejó escrito, censurado por la Marina, y que no se haría público hasta después de su muerte.

Bernt Balchen un explorador estadounidense de origen noruego, cuestionó la hazaña de Byrd en base a sus conocimientos sobre la velocidad del aeroplano que utilizó. Balchen apuntó la idea de que Byrd voló alrededor del Polo Norte, sin ver el hielo, y que nunca llegó a alcanzarlo. En 1996, se pudo comprobar que en cuaderno de vuelo de Byrd había tomas de sexante borradas, pero visibles, que diferían mucho de las que puso en su informe a la National Geographic Society. Sin embargo, hay expertos que justifican las diferencias de velocidad anotadas por Balchen por la existencia de condiciones meteorológicas de viento a favor, que el noruego no tuvo en cuenta, y también otros que consideran que las correcciones en el diario no tienen por qué ser mal intencionadas.

En cuanto al viaje fantástico, fue el escritor italiano Amadeo Giannini quién lanzó la idea de que Byrd escribió, en un diario secreto, las extraordinarias experiencias que tuvo durante una expedición al Polo Norte, en 1947. Según cuenta Giannini en su libro Los mundos más allá de los Polos, Byrd se encontró con un humanoide de otro “mundo” que le advirtió de que la Humanidad debería apartarse del camino de la guerra y también pudo ver un mamut lanudo, vivo, muy cerca del Polo.

Pero, quizá el libro, en el que la imaginación del autor lleva a Byrd al límite de lo que un almirante, medianamente cuerdo, puede soportar se titula El mayor descubrimiento geográfico de la historia hecho por el almirante Richard E. Byrd en la tierra misteriosa más allá de los polos- El origen real de los platillos volantes, y lo publicó en 1964 un esotérico líder de los rosacruces: Raymond W. Bernard.

Según Bernard, en su diario, Byrd describe cómo en el interior de la Tierra hay lagos, ríos, vida animal y vegetación, y la temperatura es de unos 20 grados centígrados. En su primer viaje por las interioridades de nuestro planeta, el almirante vio animales prehistóricos, como los mamuts, en bosques muy frondosos. Su avión fue saludado y escoltado por platillos volantes que los condujeron a la presencia de los reyes que gobernaban aquellos territorios. El rey y la reina de Agharta, que así se llama el reino subterráneo, les advirtieron del peligro que corre la Humanidad con sus guerras. Después de la audiencia los acompañaron hasta la salida a la superficie terrestre, por el agujero que hay en los polos. A ellos les habían permitido entrar por ser hombres de buen corazón.

Pero, Bernard no se conformó con el viaje al palacio de Agharta, sino que no dejaría pasar que, en 1956, Byrd y sus tripulantes volaron también hacia el centro de la Tierra, esta vez recorrieron 2300 millas y pudieron comprobar que los dos polos no son más que dos inmensos agujeros que comunican con el centro de la esfera terrestre. Byrd vio el Sol desde el interior del planeta.

Todo este jaleo se organizó cuando el almirante había muerto y no podía explicar los detalles de sus fantásticos viajes. El primer problema con que se hubiera encontrado para aclararlos es que en 1947 estaba en el Polo Sur, y no en el Polo Norte, como decía Giannini que escribió el almirante en su diario.

Con toda seguridad hubiera preferido volver centenares de veces a los duros hielos polares antes que confirmar o desmentir los escritos de su diario secreto.

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Alas volantes

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Vought V-173

 

Charles H. Zimmerman un experto en aerodinámica estadounidense ganó el concurso de diseño del Comité Nacional para el Asesoramiento Aeronáutico (NACA), de 1933, con un avión con forma de disco. El Comité consideró que el aparato era “demasiado avanzado” por lo que decidió no invertir más dinero en el desarrollo. El ingeniero siguió trabajando por su cuenta, construyó modelos a escala reducida y en 1938 obtuvo una patente. Se asoció con el grupo empresarial Vought y presentó una oferta a la Marina de Estados Unidos para producir este avión que se denominaría Vought V-173.

Su extraña forma le valió el apodo de “Pastel volante”. Las dos hélices de más de cinco metros de diámetro obligan a que las patas delanteras del tren de aterrizaje se alarguen hasta el punto de que sobre el suelo, la “tarta”, esté inclinada unos 22 grados y el piloto tenga que mirar por debajo de sus pies para no salirse de la pista de despegue.

Sin embargo, el avión gozaba de algunas propiedades que lo hacían muy útil para las misiones que la Marina de Estados Unidos le había encomendado, cuando encargó su construcción en el año 1940. El aparato iría a bordo de cruceros o buques de carga para defenderlos de los ataques de los “kamikazes” japoneses y era preciso que despegara con una carrera muy corta. Tan corta que con 25 nudos de viento el “pastel” se levantaba así que bastaba con que el buque pudiese alcanzar esa velocidad para que los “pasteles” protectores levitasen y fuera necesario hacerlos firmes con cabos a la cubierta.

La estructura del aparato era de madera y el recubrimiento de tela de algodón cosida a mano, para lo que hacía falta un ejército de costureros. El prototipo llegó a realizar unos 190 vuelos con más de 130 horas en el aire. El famoso aviador Charles Lindbergh fue uno de sus pilotos durante las pruebas. Cuando la Marina decidió fabricar las unidades de serie las encargó de mayor tamaño, metálicas y con motores más potentes. Se construyeron dos XF5U-1 experimentales, que así se llamó a la versión operativa del invento de Zimmerman, y en 1947 cuando comenzaron las pruebas de vuelo, finalizada ya la segunda guerra mundial, el proyecto se canceló. Los aviones se almacenaron durante un par de años y luego fueron destruidos.

Este avión puede parecer muy raro y de hecho lo es, pertenece a un tipo de aeronaves que se suelen llamar de “ala volante”, de los que hay algunas variaciones. El primer diseño de “ala volante” lo esbozaron dos franceses en 1876, Pénaud y Gauchot, que patentaron una máquina de volar de planta elíptica, con dos hélices en la parte frontal del aparato. Hasta cierto punto se parecía a la máquina de Zimmerman.

Alphonse Pénaud fue un gran ingeniero que en 1871 hizo una demostración a un grupo de sesudos expertos de la Sociedad de Navegación Aérea francesa con un modelo de aeroplano, a escala reducida, en el jardín de las Tullerías. Su avioncito era una varilla de madera de unos 50 centímetros, alas y cola sujetas a la varilla, propulsado por una hélice que se movía con una goma enroscada. Pénaud demostró la forma de construir una aeronave que fuera naturalmente estable. Cuando su avioncito tendía a meter el morro, el plano de cola- calado con un ángulo de ataque negativo- generaba mayor sustentación y corregía el picado; lo contrario ocurría cuando el modelo encabritaba. De una forma sencilla, el genial Pénaud, demostró a sus colegas cómo había que disponer el plano de cola de un aeroplano para conseguir que su vuelo longitudinal resultara estable. Aquél demostrador, Pénaud, lo bautizó con el nombre de Planophore.

Como era un visionario, el francés se asoció con su mecánico, Gauchot, para diseñar una aeronave completamente revolucionaria, un “ala volante”, que nunca llegaron a construir y que con toda seguridad, de haberlo hecho, tampoco hubiese conseguido volar. Penáud buscó socios para financiar su diseño, no los consiguió y su proyecto fue muy criticado, incluso ridiculizado, hasta el punto de que al joven y brillante ingeniero le sobrevino una crisis y se suicidó cuando aún no había cumplido los 30 años.

Un ala volante es un avión sin cola en el que el fuselaje y el ala se confunden, de forma que toda la superficie del aparato sirve para proporcionar sustentación. Se parece más a los pájaros que a un aeroplano convencional que consta de alas, dos planos o timones de control en la cola, uno vertical y otro horizontal y un fuselaje en donde se aloja la carga útil o de pago. Los pájaros no tienen timones de cola, por lo que es evidente que estos apéndices no son imprescindibles para volar. El problema que plantean las “alas volantes” tiene que ver con la estabilidad. Es más difícil conseguir, con estos dispositivos, que cualquier desviación sobre la actitud de equilibrio en vuelo se corrija automáticamente que con una configuración tradicional de alas con planos de control en la cola, o el morro. Las alas volantes no son configuraciones muy estables.

Los pájaros pueden adaptarse a cualquier condición de vuelo gracias a la facilidad que tienen para cambiar la forma de su cuerpo, extender, plegar o cambiar el ángulo de ataque de las alas, abrir las plumas rémiges y desplegar o recoger las patas. Sin embargo, los aviones no son capaces de efectuar todas esas operaciones; sus sistemas aerodinámicos de control son mucho más limitados.

A pesar de todas estas dificultades, desde que Pégaud diseño su “ala volante” hasta nuestros días, pasando por el V-173 de Zimmerman, los ingenieros han diseñado una gran variedad de aeronaves que podríamos caracterizar como “alas volantes”, aunque a partir de ese concepto se han introducido muchas variaciones y es difícil formular una definición genérica que encuadre a todas ellas. Casi ninguno de estos aviones ha pasado la frontera del mundo de la experimentación.

YB-49

YB-49

A veces se dice que las alas volantes ofrecen más resistencia al avance que los aviones convencionales y que su gran ventaja estriba en que pueden volar con ángulos de ataque más grandes, con lo que su sustentación es mayor. En realidad tampoco tiene que ser exactamente así.

Jack Northrop, un excelente ingeniero y gran entusiasta de las alas volantes desde los años 1920, impulsó hasta el fin de su vida el desarrollo de este tipo de aeronaves. El avión YB-49, cuyo diseño inicial fue de Northrop, no tenía la forma de “tarta” del V-173, porque se concibió como un avión de bombardeo. Con mayor envergadura, la relación entre sustentación y resistencia era muy superior a la del Vought de la Marina.

Sin embargo el YB-49 corrió una suerte parecida a la del V-173. De 1948 a 1950, año en que se canceló el programa, se perdieron los dos prototipos; el primero por un fallo estructural en vuelo, que costó la vida a cinco tripulantes, y el segundo al romperse el tren de aterrizaje cuando rodaba por la pista a gran velocidad. El YB-49, como todas las alas volantes, era un avión inestable y difícil de controlar.

Over the Pacific

Northrop-Grumman B-2

A partir de 1970, cuando se introdujeron a bordo potentes ordenadores, que facilitaron la tarea del control, el concepto de ala volante volvió a resurgir con fuerza. Poco antes de morir, Jack Northrop, pudo contemplar todavía en su silla de ruedas, en 1980, la maqueta del avión Northrop-Grumman B-2, cuyo primer vuelo tuvo lugar en 1989 y del que se fabricaron 21 unidades para la Fuerza Aérea estadounidense.

Está claro que los militares consumen casi cualquier tipo de engendro capaz de volar, la cuestión es si estos artefactos tienen alguna utilidad para la aviación civil. Desde no hace mucho tiempo existe un gran interés por los “blended wing body” (BWB), que en castellano podríamos denominar como aeronaves de “fuselaje integrado”, aunque para no complicar más las cosas los llamaré BWB. Como su nombre indica, el fuselaje de estos aviones se confunde con el ala y todo el cuerpo del aparato está diseñado para producir sustentación. No difieren gran cosa de lo que siempre se ha llamado “alas volantes”. La ventaja de los BWB es que son más eficientes que los aeroplanos convencionales ya que el fuselaje deja de ser un peso muerto a transportar al servir como ala. La mayor eficiencia se ha estimado en una cifra del orden del 20%.

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Composición artística de Neill Blomkamp and Simon van de Lagemaat

La revista Popular Science publicó un artículo en el que se especulaba que la respuesta de Boeing al gigantesco avión A-380 de Airbus era otra monstruosa aeronave, el B-797, con capacidad para unos 1000 pasajeros. Desde hace años han circulado numerosos comentarios con fotos del nuevo avión y notas al respecto. Boeing ha desmentido en numerosas ocasiones la noticia que es obviamente falsa.

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X-48C

En la actualidad la NASA investiga la posible utilización de los BWB para prestar servicios en líneas aéreas comerciales. Boeing ha desarrollado un modelo de BWB controlado remotamente, de unos 6 metros de envergadura, cuya tercera versión, el X-48C, completó una serie de vuelos de prueba en abril de 2013.

Las posibles ventajas en cuanto a reducción de ruido y mayor eficiencia de los BWB en aplicaciones comerciales son lo suficiente atractivas como para proseguir esta línea de investigación. Se dice que para que los BWD fueran verdaderamente efectivos tendrían que ser muy grandes, con más de 700 pasajeros y que este segmento de aeronaves es un mercado decreciente de cara al futuro; también que, en comparación con los actuales diseños, los interiores no dispondrían de tantas ventanas y que las líneas aéreas no aceptarían cambios tan radicales.

Es muy posible que todo lo anterior sea cierto, pero cabría pensar en soluciones intermedias, es decir una evolución de los diseños actuales hacia formas en las que los fuselajes aportaran sustentación de manera efectiva durante el vuelo.

En cualquier caso, la fealdad del diseño de Zimmerman estaba justificada.

 

La aviación del ejército de Pancho Villa

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Pancho Villa

 

Edwin Charles Parson aprendió a volar en el aeródromo Domínguez, cerca de Los Ángeles. A principios de 1914 tenía 21 años, vivía en el sur de California y había ayudado al fabricante de aviones estadounidense Glenn Curtiss a vender al ejército mexicano de Doroteo Arango un bimotor de dos plazas. Más conocido como Pancho Villa, Doroteo Arango preparaba una campaña militar para apoderarse de Torreón que estaba en manos de Victoriano Huerta. Algunos de sus asesores le habían recomendado que adquiriese un avión para observar los movimientos del enemigo y bombardear sus posiciones.

Parson recibió una llamada de los revolucionarios para que se entrevistara con ellos en el bar del hotel Orndorf de El Paso. Allí le esperaban Raúl Madero y Jefferson De Villa, un caribeño nacido en Martinica de ascendencia francesa y española. Después de tomar unos tragos a Parson le ofrecieron 200 dólares mensuales si se incorporaba como piloto a las fuerzas aéreas revolucionarias. Charles cerró el trato, según el cual Jefferson actuaría como líder de la aeronáutica de guerra de Pancho Villa que contaba con un avión y dos pilotos. Además de llevar a cabo misiones aéreas en los territorios ocupados por el enemigo, Charles y Jefferson se encargarían de formar los primeros pilotos villistas. Los pagos se harían por adelantado, en oro.

Durante la campaña contra Torreón, del 22 de marzo al 2 de abril, los dos pilotos se turnaron en vuelos de reconocimiento y bombardeo. La falta de experiencia de los tripulantes, la excesiva altura desde la que liberaban las bombas y la escasa potencia de los explosivos convertirían aquellos ejercicios en un entretenimiento inocuo para los huertistas. De otra parte, la instrucción de oficiales del ejército de Pancho Villa como pilotos resultó poco efectiva. A Parson le costaba convencer a los voluntarios para que subieran al avión y cuando lo hacían una vez ya no querían repetir.

Después de la batalla contra Torreón Pancho Villa se dirigió hacia Zacatecas. En junio de 1914, durante aquella campaña, Parson tuvo que hacer un aterrizaje forzoso y el aparato se dañó, por lo que cruzó la frontera con Estados Unidos para comprar repuestos. Allí le dijeron que si su país intervenía en aquella guerra, lo que parecía probable que ocurriera, podría ser acusado de traición y terminar sus días en un paredón de fusilamiento. Parson regresó a Juárez, reparó el avión y sin despedirse volvió a Estados Unidos. Jefferson continuó volando para los revolucionarios poco tiempo más y cuando dejó su trabajo las fuerzas aéreas del general revolucionario quedaron fuera de servicio.

Pancho Villa era un magnífico jinete, un soldado que no tenía demasiada fe en la aviación. No podía entender cómo una neblina que no le impedía cabalgar pudiera dejar a los aviones en tierra y dudaba que un artefacto tan delicado pudiera suplantar a la caballería en las misiones de reconocimiento. En 1914, poco antes del estallido de la Gran Guerra, muchos generales de Caballería de los ejércitos europeos pensaban igual que Pancho Villa.

El jefe de la División del Norte tenía otras cuestiones más importantes en qué ocuparse para otorgarle mucha importancia a la aeronáutica; cada vez, sus discrepancias con Carranza, el primer jefe del Ejército Constitucionalista, eran más acusadas. El 24 de junio de 1914 Pancho Villa tomó Zacatecas, después de desobedecer las órdenes de Carranza de enviar ayuda al general Pánfilo Natera que había sitiado la ciudad. El jefe del Ejército Constitucionalista se vengó al cortar el tráfico ferroviario entre Aguascalientes y Monterrey con lo que Villa dejó de recibir carbón y sus tropas quedaron inmovilizadas. El 13 de agosto los federales se rindieron y Villa no participó en aquella operación.

José María Maytorena, amigo de Villa, regresó a Sonora para asumir el cargo que ya había ejercido con anterioridad, de gobernador, pero Obregón y otros militares se opusieron. Maytorena y Villa se alzaron contra Carranza al tiempo que invitaron a otros militares a que hicieran lo mismo.

Los intentos de los mediadores para que Carranza abandonara su puesto de primer jefe y Pancho Villa el de jefe de la División del Norte fracasaron, por lo que en noviembre de 1914 los revolucionarios iniciaron su guerra particular.

Carranza agrupó todos los aviones que estaban a su alcance en el puerto de Veracruz. Eran aparatos que habían pertenecido al ejército federal y otros confiscados. En total disponía de un bimotor Martin, tres monomotores Moisant, un Farman, un Blériot y un Deperdusin. El 5 de febrero creó el Arma de Aviación Militar, con un jefe, el mayor Alberto Salinas Carranza y dos pilotos: George Puffles, rumano, y Charles F. Niles, estadounidense.

A Pancho Villa no le interesaban demasiado los aviones, pero su hermano Hipólito asistió en El Paso a una demostración aérea y quedó impresionado con las acrobacias del piloto, Bill Heth. Compró cinco aviones Wright y un Christofferson. Eran aviones, incluso para la época, bastante anticuados y cuando los villistas los recibieron no estaban en muy buenas condiciones. El Ejército de Pancho Villa contrató pilotos estadounidenses con un salario mensual de 500 dólares, en oro, además de otras cantidades adicionales que recibirían por cada misión. Los aviones establecieron su base operativa en Monterrey, aunque poco después se trasladaron a Tamaulipas.

La aviación fue bastante efectiva llevando mensajes a las tropas y en sus misiones de observación. Sin embargo, las operaciones de bombardeo, aunque tuvieron cierto efecto sobre la moral de la tropa, no causaron muchos daños. Quizá, el mayor éxito de aquellos primitivos aeroplanos lo tuvieron durante las demostraciones aéreas que Pancho Villa solía organizar para divertir a sus hombres en Aguascalientes. Para los pilotos eran los ejercicios más peligrosos de la guerra. En una de aquellas exhibiciones, en mayo de 1915, un avión se estrelló y el tripulante perdió la vida.

Durante la contienda se produjo una interesante batalla aérea entre los mercenarios. Las tropas de Maytorena sitiaron la ciudad de Naco. Philip Rader volaba el Christofferson de Pancho Villa; otro piloto estadounidense contratado por Carranza, Dean Ivan Lamb, daba cobertura aérea a la ciudad cercada con un Curtiss. Los dos pilotos hacían misiones de observación y de vez en cuando bombardeaban a la parte contraria. Una mañana dio la casualidad de que se encontraran en el aire. Según Lamb, Rader se puso a su lado, sacó la pistola y le largó un par de tiros. Ivan Lamb le respondió también con balas. Se enzarzaron en una pelea a balazos al tiempo que evolucionaban en el aire para no ser alcanzados. Pronto se quedaron sin municiones, casi al mismo tiempo. Rader guardó la pistola, hizo un gesto de despedida con la mano y se marchó.

Lamb y Rader no fueron los primeros en establecer un combate aéreo de esas características; en Europa, nada más empezar la Gran Guerra, los aviadores llevaban rifles y pistolas y ya habían peleado en el aire con armas de fuego ligeras. Los resultados eran casi siempre los mismos, los pilotos agotaban la paciencia, el combustible del depósito o la munición y saldaban el combate con un amable saludo de despedida.

El sitio de Naco finalizó el 11 de enero de 1915, después de tres meses, porque Estados Unidos presionó a Villa para que abandonara el asedio que había costado un elevado número de vidas humanas y daños materiales. Poco después de su encuentro en el espacio aéreo de Naco, Lamb y Rader dejaron la aviación de Pancho Villa para incorporarse a la Royal Flying Corps británica que combatía en Francia contra los alemanes. Allí lucharon en el mismo bando.

Pancho Villa disponía de recursos muy escasos para comprar rifles y municiones, por lo que equiparse con una flota de aeronaves modernas estaba fuera de su alcance. Las tropas de Obregón y Carranza le obligaron a replegarse en el Estado de Chihuahua desde donde mantuvo a sus guerrilleros activos durante cuatro años y medio. Cuando murió Carranza, en 1920, llegó a un acuerdo con el presidente Adolfo de la Huerta. Abandonó la guerrilla, se retiró de la política y se refugió en su rancho de Chihuahua. Tres años después murió asesinado, a los cuarenta y cinco años de edad. Pancho Villa dejó un recuerdo imborrable en el pueblo, veintitrés viudas con las que había contraído matrimonio en vida y muchos hijos.

Ni los aviones de Pancho Villa ni los de Carranza influyeron demasiado en el curso de la revolución, pero harían posible que muchos mexicanos contemplasen, por primera vez, aquellos extraños artefactos que eran los aviones. Y el pueblo inventó un “corrido”, “La persecución de Villa”, en el que a la aviación le dedica unos versos:

Pancho Villa ya no anda a caballo
ni su gente tampoco andará
Pancho es dueño de aeroplano
y los alquila con gran comodidad

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