Un invento chino: la cometa.

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Para los chinos, volar cometas es un ejercicio saludable que baja la fiebre y disminuye la tensión ocular. En el festival de Qingming la gente vuela sus cometas tan alto y tan lejos como le resulta posible; después corta la línea que los sujeta y los deja ir. De esa forma cree liberarse de la tristeza y la infelicidad, al menos durante todo el año siguiente. Las figuras que los artistas dibujan en estos ingenios voladores tienen un significado: las tortugas, grullas y melocotones favorecen la longevidad, el murciélago la suerte, las mariposas y las flores la armonía y el dragón atrae el poder y la prosperidad. Siempre, cuanto más alto vuele la cometa mayor es el beneficio.

Las cometas tienen su origen en China. Las primeras noticias que se tienen de ellas datan de la época de los Reinos Combatientes (475-221 a.C.), por lo que su antigüedad supera los dos mil años. En el libro de Han Fei Zi se relata que un maestro carpintero, Mu Zi, tardó tres años en construir una cometa, de madera, capaz de levantar un hombre y en el libro de Hong Shu, se explica que otro artesano, Lu Ban, también construyó una cometa de madera. Las dos se emplearon para levantar observadores sobre la ciudad de Song Cheng.

Se dice que el inventor de la cometa fue un granjero que se ató el gorro para que no se lo llevara el viento y una ráfaga le arrebató el tocado que ascendió sujeto a la cuerda; para otros, los inventores fueron unos soldados que reforzaron un gran estandarte con varas de madera que también se llevó el viento.

En cualquier caso, lo que sí parece seguro es que las primeras aplicaciones de las cometas fueron militares. Sirvieron para levantar observadores, enviar señales a las tropas, elevar guerreros armados con arcos que disparaban desde lo alto, y hasta para calcular la distancia que había desde donde se encontraban las tropas de asedio hasta la ciudad que hostigaban. Fue el general Han Hsin, de la dinastía Han, quien mandó construir un túnel subterráneo, para pasar por debajo de las murallas de la ciudad que tenía sitiada, después de medir la distancia exacta que necesitaba excavar, utilizando una cometa. Quizá la historia más singular del uso que le dieron los antiguos jefes militares a las cometas fue el del general Zhang Liang, durante la guerra Chu-Han (206-202 a. C.). Liang, de la dinastía Hang, mandó que se elevaran cometas sobre las posiciones de los soldados enemigos un día en que la visibilidad era escasa. Sujetos a las cometas volaron niños con flautas e instrumentos musicales que empezaron a entonar canciones Chu. Los soldados de Xiang Yu, al escuchar aquella música, sintieron una gran añoranza por sus hogares y se dispersaron sin luchar. Desesperado y vencido, el temible Xiang Yu se cortó el cuello.

Aún tendrían que pasar bastantes años antes de que las cometas chinas se emplearan como juguetes, instrumentos de diversión popular y con fines religiosos. A partir de la dinastía Tang (618- 907 d. C.) se inició la fabricación de cometas de seda y papel, con el armazón de bambú. Durante la dinastía Ming (1368-1644 d. C.) la producción y el uso de cometas alcanzó en China su máxima popularidad que se extendería también a lo largo de la dinastía Qing (1644-1912).

Marco Polo trajo a Europa, en el año 1282, la noticia de que los chinos habían inventado un dispositivo volador al que los ingleses bautizarían años más tarde con el nombre de kite (milano) y los castellanos con el de ‘cometa’. La cometa castellana y el kite inglés es el artilugio que los chinos llaman fen zheng (que significa viento-instrumento musical con cuerdas). Y fue también el mercader veneciano quien contó que, en la ciudad de Weifang, vio cómo se utilizaban aquellos artefactos para levantar marineros borrachos desde la popa de los barcos, anclados en el puerto, y que si ganaban altura y se aguantaban bien en el aire los nativos lo interpretaban como un buen augurio para iniciar la travesía. Aunque Marco Polo trajo a Europa algunas cometas su uso no empezaría a popularizarse en occidente hasta finales del siglo XVI.

En Estados Unidos el político e inventor Benjamín Franklin utilizó una cometa con el armazón metálico, hilo de seda, y con una llave sujeta en el extremo de tierra del hilo, para demostrar que las nubes estaban cargadas de electricidad. Tras su experimento, que tuvo lugar en Filadelfia el año 1752, el estadounidense inventó el pararrayos.

También en Estados Unidos, Wilbur Wright utilizó una cometa, en Dayton, para probar el sistema de control con el que pretendía controlar un aeroplano en vuelo. La cometa de Wilbur voló en Dayton en 1899 y cuatro años después, él y su hermano Orville, inauguraron la aviación en las dunas de Kitty Hawk.

Desde hace algunos años existen planes para utilizar cometas que ayuden a mover a los grandes barcos de carga transoceánicos; aunque el descenso de los precios del combustible parece ralentizar esta iniciativa, es muy posible que las cometas presten de este modo un servicio invaluable a la sociedad en un futuro próximo. Otra aplicación de las cometas, al menos experimental, consiste en elevar grandes molinillos que actúen como generadores eólicos.

Mientras las cometas encuentran aplicaciones prácticas, sus inventores, en China, continúan produciendo millones de ejemplares de papel, seda y bambú, con vistosas y coloridas decoraciones. Uno de los modelos de cometa más espectacular es el ciempiés. En Weifang han fabricado una cometa de este tipo cuya longitud se extiende unos 5 kilómetros. Está hecho con 2500 cometas más pequeños y la cuerda que lo sujeta pesa 500 kilogramos. Por eso, Weifang, en la provincia china de Shandong, está considerada como la capital de las cometas y allí, todos los años por estas fechas, más de un centenar de equipos internacionales compiten para llegar más alto y más lejos con sus gigantescas cometas.

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De Madrid a Nueva York, con Iberia y la bendición de Spellman

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Cuenta don César Gómez Lucía que en la junta general de accionistas de 1953 de Iberia se dijo que la empresa pasaría de la niñez a la mocedad, en el ejercicio económico siguiente. Era el año en el que se incorporaría a su flota un nuevo modelo de avión: el Super Constellation. Resulta un tanto curioso que el director general de la línea aérea en su libro,  Diagonal Histórica del Tráfico Aéreo Español, después de hacer el comentario relativo a la mocedad de la empresa y a la adquisición de tres Lockheed  Super Constellation, disculpe a la empresa por adquirir este aparato en vez del Douglas DC-7. Iberia contaba con un claro historial de volar los aviones que fabricaba Donald Douglas en California: DC-2, DC-3 y DC-4.

La cuestión fue que la aerolínea tenía cierta urgencia por inaugurar su enlace aéreo con Nueva York. Hasta entonces todas sus rutas americanas se dirigían hacia el centro y el sur, pero con la firma de los Pactos de Madrid, el 23 de septiembre de 1953, mediante los que España autorizaba a Estados Unidos a instalar bases militares de aquel país en su territorio a cambio de ayuda económica y militar, la política internacional española inició una nueva etapa. La línea aérea tuvo que comprometer con urgencia la adquisición de aeronaves cuyas prestaciones se adecuaran al servicio que exigían las nuevas rutas y el DC-7 de Douglas sufría retrasos que Iberia no podía asumir. Para volar a Nueva York también, a toda prisa, Iberia se vio obligada a renegociar el tratado bilateral con Estados Unidos, porque en aquel momento dos aerolíneas estadounidenses cubrían las rutas de Nueva York a Madrid (TWA) y Barcelona (Pan Am), mientras que Iberia únicamente tenía derechos de vuelo a Miami y San Juan, aunque no los ejercía.

El Super Constellation L-1049G era un avión cuyo diseño original databa del año 1939. Fue Howard Hughes quién lo encargó a la Lockheed para su línea aérea: la TWA. En aquellos años la industria estaba obsesionada con desbancar la hegemonía del DC-3, y los expertos pensaban que solamente podría hacerse con un avión de cuatro motores. Durante la II Guerra Mundial se produjeron 220 unidades militares del Super Constellation (C-69) y al finalizar el conflicto lo empezaron a incorporar a sus flota la TWA y la Pan Am. El avión era muy popular y se conocía con el sobrenombre de Connie. Sin embargo, en 1954, las aerolíneas sabían que a los Connie se les acercaba el turno de reemplazo por los nuevos aviones con motores a reacción. Aunque fue también justo en 1954 cuando el primer reactor comercial, el De Havilland DH.106, Comet, sufrió dos accidentes que se añadieron a su negro historial y, temporalmente, dejaría de volar. Los tres primeros Super Constellation de Iberia se bautizaron con los nombres de las carabelas de Cristobal Colón: Santa María, Pinta y Niña. La idea no fue de don César, ni de ninguno de sus subordinados, sino de los hermanos Gross, propietarios de la Lockheed, fabricante del avión. También se les ocurrió a los estadounidenses que la ceremonia del bautizo del primero de estos aparatos la presidiera una bonita estrella cinematográfica de Hollywood. Sin embargo, la línea aérea española optó por pedirle al cardenal de Nueva York, Francis Spellman, que lo hiciese con agua bendita. El prelado gozaba fama de anticomunista y simpatizante del régimen de Franco y no hacía mucho tiempo que había estado en España con ocasión de un Congreso Eucarístico en Barcelona.

Y así fue cómo el 20 de junio de 1954 Spellman se subió a una escalera situada en un hangar del aeropuerto de Nueva York, con el acetre y el hisopo, para rociar con agua bendita el morro del primer Super Constellation de Iberia, que ya llevaba pintado su nombre en el flanco: Santa María. El cardenal se inventó las palabras con que acompañó la bendición y que pronunciaría en latín.

Era la primera vez que el cardenal bendecía una aeronave y tuvo que improvisar el ritual que, en silencio y muy respetuosamente, seguían los hermanos Gross, el embajador español, Lequerica, con su esposa, un grupo de directivos de Iberia y representantes de los medios. Ni los empresarios, ni los técnicos, ni los políticos, ni los periodistas, que acudieron al acto, se enteraron bien del significado de las muchas palabras latinas con que el cardenal acompañó sus rociadas. Cuando acabó, Spellman sacó un papel del bolsillo y leyó la traducción al inglés:

«Oremos,

Oh Dios, que creaste todas las cosas y destinaste al servicio del hombre todos los elementos del mundo, bendice, te rogamos, este avión. Que sirva para extender tu alabanza y tu gloria y para solucionar sin peligro los problemas humanos. Y fomente en las almas de todos los que en él navegan el pensamiento y el deseo del cielo. Por Cristo Nuestro Señor, amén.

Oh Dios, que consagraste todo lo de la tierra por el misterio de la Encarnación, derrama, te pedimos, tu bendición sobre este avión, que lleva el nombre de María. Que bajo la protección de la Virgen Bendita todos los que vuelen en él lleguen felizmente a su destino y vuelvan sanos a su hogar. Por el mismo Cristo Nuestro Señor, amén.»

La gente le aplaudió.

El Santa María llegó a Madrid el 24 de junio y el 3 de agosto —el mismo día que zarpó Colón de Palos— regresó a Nueva York, llevando a bordo a un grupo de 53 invitados en lo que fue el vuelo de inauguración oficial, con escala en Azores y Bermudas. A partir del 8 de agosto empezaron los vuelos comerciales de Iberia, entre Madrid y Nueva York (IB-951); las tarifas por trayecto ascendían a 436 dólares para la primera clase y 334 dólares en turista.

Es posible que a la línea aérea le llegara la mocedad —tal y como habían anticipado sus accionistas y directivos— en 1954. Con la incorporación a su flota de los Super Constellation reorganizó sus rutas y abrió el mercado del Atlántico Norte. A estos elegantes y confortables aviones se les conocía como ‘los mejores trimotores que cruzaban el Atlántico’, porque a pesar de ser cuatrimotores, raro era el viaje que consumaban con todos ellos funcionando. Sin embargo, eran los primeros aviones de Iberia cuya cabina, con capacidad para 19 pasajeros en primera clase y 55 en clase turista, estaba presurizada. La cola de los Super Constellation, con 3 planos verticales, les confería un aspecto inconfundible.

La bendición de Spellman no conseguiría hacer del Santa María un avión afortunado. El 5 de mayo de 1965 en el aeropuerto de Los Rodeos (Tenerife Norte), el Santa María se aproximó a la pista 30 cuando el controlador le indicó que la visibilidad estaba bajo mínimos. El piloto frustró la maniobra para realizar otra aproximación. En aquel segundo intento se estrelló en un campo antes de alcanzar la pista. En total 30 personas, de las 49 que viajaban a bordo, perdieron la vida.

Alas cilíndricas y rotores de Flettner

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En febrero de 1925, un extraño barco, el Buckau, navegó de Gdansk (Polonia) a Escocia, a través del mar del Norte. Su diseñador, Anton Flettner, había sustituido las velas por dos cilindros giratorios, de 15 metros de altura y 3 de diámetro, sobre los que actuaba un motor eléctrico de 37 kilovatios. El barco fue capaz de orzar con ángulos de 20 y 30 grados, mucho más que con sus velas originales con las que no navegaba contra el viento con un ángulo de menos de 45 grados.

El principio físico que movía el buque se conoce como ‘efecto Magnus’. Es frecuente observar cómo un balón que se mueve, girando sobre sí mismo, en el aire, también se desplaza lateralmente. Lo que ocurre es que el movimiento de rotación del balón induce también un movimiento rotatorio del aire que le rodea. En el lado que gira en sentido contrario al de la marcha del balón se frena la corriente de aire, mientras que en el opuesto su velocidad aumenta. Según Bernoulli, al aumentar la velocidad la presión disminuye y al disminuir la velocidad la presión aumenta. La diferencia de presión produce una fuerza perpendicular al sentido de la marcha, que desvía el balón. Los dos cilindros del Buckau producían una fuerza, perpendicular al viento aparente, capaz de mover el barco. Para demostrar la viabilidad de este sistema de propulsión, Flettner, volvió a bautizar el mismo buque con otro nombre, Baden Baden, y el barco cruzó el Atlántico. El 9 de mayo de 1926 los neoyorquinos lo recibieron en su ciudad con todos los honores. Los rotores del buque suministraban una fuerza, por unidad de superficie, 10 veces mayor que las velas. Los mejores resultados se consiguen con una velocidad de la superficie de los cilindros que es entre 3,5 y 4 veces la del viento.

Anton Flettner había patentado sus rotores e intentó que los buques de transporte adoptaran este sistema de propulsión, revolucionario y muy eficiente desde el punto de vista energético, pero el precio del combustible fósil era tan barato que los armadores prefirieron seguir quemando carbón y gasóleo.

El uso de rotores de Flettner en buques mercantes resurgió en 2008 cuando el fabricante alemán de turbinas eólicas, Enercon, dotó un moderno barco, el E Ship 1, con cuatro grandes rotores cilíndricos. Desde entonces, este buque es capaz de ahorrar alrededor de un 30% a un 40% de combustible en sus viajes, gracias a los rotores Flettner. El E-Ship 1 lleva a bordo 7 generadores diesel que mueven una hélice de paso variable y sus gases de escape hacen girar los rotores de 25 metros de altura y 4 de diámetro. Además del barco de Enercon, la Universidad de Flensburg ha construido un catamaran experimental equipado con uno de estos rotores y Jacques Cousteau también los montó en su yate Alcyon.

La idea de los rotores de Flettner también la ha adoptado la Aeromobile European Association (AEA) en el diseño de su automóvil volador del futuro. El iCar 101 es un vehículo que, además de poder circular en tierra como cualquier otro coche, contaba originalmente con cuatro cilindros giratorios que le permitirían volar a 280 kilómetros por hora. La asociación aún no ha construido ningún prototipo que, en su última versión, ha reducido el número de cilindros giratorios a dos, son retráctiles, lleva una hélice en la cola y podrá transportar a dos pasajeros a una distancia de 900 a 1200 kilómetros. La asociación se nutre con donaciones voluntarias y el proyecto no parece que se desarrolle a gran velocidad.

Y es que con los rotores Flettner se puede volar. Hay que sustituir las alas por cilindros giratorios y se necesita una hélice para que el aparato adquiera y mantenga la velocidad horizontal. Una idea bastante antigua sobre la que ya se publicó un artículo en la revista Flight en el año 1924. Sin embargo, al menos que yo sepa, nadie ha volado con un artefacto de este tipo, aunque sí se han construido pequeños modelos teledirigidos que lo han hecho. Para cualquiera que tenga curiosidad y haga unos pequeños cálculos podrá comprobar que este tipo de alas generan una fuerza de sustentación por unidad de superficie muy elevada.

El ‘efecto Magnus’ también se ha tratado de explotar en molinos de viento con cilindros giratorios, en vez de velas, aunque estos aparatos no se han llegado a comercializar. Se trata de una tecnología poco experimentada y me parece muy extraño que, hasta la fecha, nadie se haya atrevido a construir y volar con una aeronave cuyas alas estén hechas con cilindros rotatorios, con el objetivo de ocupar un lugar preferente en el libro de los records y la historia de la aviación. Quedan ya, pocas oportunidades como esta.

La seguridad del transporte aéreo

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Treintra y tres millones de vuelos, veintiún accidentes y novecientos noventa muertos. Estas son las cifras con que Aviation Safety Network cerró las estadísticas de accidentes aéreos (incluyendo sabotajes, secuestros y derribos) del año 2014. La organización viene recopilando datos de accidentes, de modelos de aeronaves certificadas para transportar más de 14 pasajeros, desde 1946. En 1970, primer año en el que sus tablas consignan el número de vuelos, se produjeron 1557 víctimas mortales en los 80 accidentes de los lo casi nueve millones y medio de vuelos que operaron las líneas aéreas ese año. Desde entonces los accidentes se han dividido por cuatro y los vuelos se han multiplicado por tres y medio. El número global de accidentes tiende a disminuir a la vez que los vuelos aumentan. La seguridad del transporte aéreo, año tras año, ha mejorado.

De la lista de accidentes del año 2014 concluimos que África y Asia son los continentes con mayor índice de siniestralidad, y que solamente una tercera parte de los vuelos accidentados transportaban pasajeros en vuelos regulares. La mayoría de los aviones que se perdieron eran cargueros.

Las estadísticas demuestran que las líneas aéreas europeas y estadounidenses de transporte regular de pasajeros, tienen un índice extraordinariamente bajo de accidentes, cuya singularidad provoca ─cuando se producen─ una gran conmoción y verdaderos aluviones informativos. Este ha sido el caso del vuelo de Germanwings cuyo segundo piloto, Andreas Lubitz, al parecer estrelló deliberadamente su avión contra las montañas de los Alpes franceses.

No es la primera vez que un piloto se suicida, o lo intenta, arrastrando con su acción a la muerte a todos o parte de los pasajeros y tripulantes de su avión. En 1982, el comandante Seigi Katagiri de Japan Airlines conectó la reversa de dos de los cuatro motores de su DC-8 cuando se aproximaba al aeropuerto de Haneda, en Tokio. El segundo piloto y el mecánico trataron de recomponer la situación, pero la aeronave cayó al agua varios centenares de metros antes de alcanzar la cabecera de la pista de aterrizaje. El accidente se saldó con 24 víctimas mortales y Seigi Katagiri declaró a la policía que pretendía suicidarse. El tribunal que lo juzgó decidió declararlo no culpable; Katagiri era un enfermo mental que necesitaba tratamiento. En 1994 un comandante de la Royal Air Maroc desconectó el autopiloto para lanzar su ATR-42 contra las montañas; los 44 personas a bordo fallecieron en el accidente. En 1997, los 97 pasajeros y 7 tripulantes del vuelo de Silk Air 185 también perdieron la vida cuando el avión se estrelló en el río Musi, al sur de Sumatra. La investigación del accidente que llevó a cabo la National Transportation Safety Board (NTSB) de Estados Unidos determinó que el avión fue derribado intencionadamente por el piloto. Las 217 personas a bordo del vuelo de Egypt Air 990, en 1999, cuyo comandante decidió quitarse la vida precipitando su aeronave en el océano Atlántico, también fueron víctimas de otro suicidio. Hace tan solo un par de años, un avión Embraer E-90, de la Mozambique Airlines, se estrelló en Namibia; los resultados de la investigación dieron a entender que la causa más probable del accidente, que costó la vida a todos sus ocupantes, fueron las actuaciones deliberadas del comandante.

Sabotajes, secuestros y suicidios de pilotos, son causa de accidentes en la aviación comercial (3,5%), desde hace muchos años. De los datos recopilados por la Aviation Safety Network puede deducirse que los accidentes aéreos y el número de víctimas mortales debidos a esta causa, acumulados durante los últimos diez años, también sigue una tendencia descendente desde el año 1992. De 1988 a 1992 alcanzaron un valor máximo en la historia de la aviación comercial, por encima de 2000 víctimas (diez últimos años); en el presente siglo, la mayor cifra es la del año pasado, con 313 víctimas.

Desde un punto de vista objetivo no hay ninguna razón para alarmarse: la estadística demuestra que los métodos y procedimientos que utiliza la aviación para mejorar la seguridad de las operaciones son eficientes. Que al desafortunado accidente de los Alpes le otorguen los medios una amplia cobertura puede tener sentido desde un punto de vista humanitario. Sin embargo, las muchas opiniones de tertulianos y aficionados o representantes de grupos con intereses propios, en materia de seguridad aérea, generan confusión y desinforman a la opinión pública. No es posible garantizar la seguridad al cien por cien, únicamente podemos fabricar máquinas, desarrollar procedimientos y seleccionar, formar y controlar al personal aeronáutico, de modo que cada vez la probabilidad de que se produzca un accidente sea menor. El análisis objetivo y exhaustivo de cada incidente y accidente forma parte de los procedimientos que la aviación aplica para mejorar la seguridad. Las medidas a tomar las recomendará la comisión investigadora. Es un sistema que funciona y lo avala la estadística.

 

Solar Impulse 2: bordeando todos los límites

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Cuando el dibujante Hergé, creador de Tintin, Milú y el capitán Archibaldo Haddock, necesitó un sabio para su serie de comics —el profesor Calculus— lo importó del mundo real y copió la figura de Auguste Piccard: una poderosa frente despejada, gafas, bigote, melena en el cogote y un gesto de curiosidad que nunca abandona su rostro. El científico suizo nació en Basilea el 28 de enero de 1884 y fue la primera persona en contemplar con sus propios ojos la curvatura de la Tierra. Aquello ocurrió en 1931, cuando Piccard ascendió en globo a la estratosfera (15 780 metros). Nadie lo había hecho antes. Años después, en 1948, descendió en el océano a 3150 metros de profundidad con un batiscafo de su invención. Auguste Piccard descubrió el Uranio 235, construyó los sismógrafos y galvanómetros más precisos de su época y realizó experimentos, utilizando un aeróstato, para demostrar la validez de las teorías de Einstein. Murió en Lausanne en 1962, a los 78 años.

El año en que falleció Auguste Piccard, su hijo Jacques cumplió 40 años. Desde hacía dos años ostentaba el récord de inmersión oceánica que había obtenido con su batiscafo, el Trieste, en la fosa de las Marianas, a 10 916 metros. Jacques demostró que existía vida en profundidades donde no se creía que la hubiera, lo que cuestionó la idea de utilizar los fondos marinos para almacenar residuos tóxicos. En 1968 creó la Fondation pour l’Etude et la Protection de la Mer et des Lacs y construyó sumergibles experimentales para estudiar los ecosistemas de las profundidades marinas medias. Falleció en Ginebra, en 2008, a los 86 años de edad.

Al morir Jacques, habían transcurrido ya 9 años desde que Bertrand Piccard diera la vuelta al mundo sin escalas, acompañado de Brian Jones, en un aeróstato: el Breitling Orbiteer 3. Tardaron 19 días, 21 horas y 47 minutos, en recorrer 45 755 kilómetros, de Château d’Oex en Suiza a Egipto. La hazaña les valdría el trofeo Harmon y la Medalla de Oro de la Federación Aeronáutica Internacional. En noviembre de 2003, Bertrand se embarcó en un nuevo proyecto en cooperación con la Escuela Politécnica de Lausanne: un avión propulsado por energía solar, capaz de volar alrededor del mundo.

Bertran Piccard, a sus 57 años, el último de esta saga de hombres de ciencia y aventuras, acaba de emprender en compañía de André Boschberg un largo viaje a bordo de la única aeronave que se ha construido en la historia de la aviación, capaz de volar, con un piloto a bordo, ininterrumpidamente, día y noche, alimentada con energía solar. Su avión, el Solar Impulse 2, incorpora la última tecnología aeronáutica para hacer posible la circunvalación a la Tierra.

El pasado 18 de marzo voló su cuarta etapa: de Varanasi (India) a Mandalay en Myanmar (Birmania). Recorrió 1401 kilómetros en 13 horas 29 minutos. Desde que despegó de Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos), el 9 de marzo, sus vuelos no han superado todavía las 16 horas. La siguiente etapa, de Mandalay a Chongqing (China), también es relativamente corta (1389 kilómetros) y, en función de la meteorología, los pilotos tienen previsto iniciarla el jueves 26 de marzo. El Solar Impulse 2, de Chongqing volará a Nanjing, Hawaii y Phoenix. No está aún definido el lugar de Estados Unidos donde hará escala antes de llegar a Nueva York, ni tampoco el sitio de la primera parada al otro lado del Atlántico antes de emprender el último trayecto hasta Abu Dhabi. El regreso a la ciudad de los Emiratos se supone que ocurrirá en agosto de 2015. De Nanjing (China) a Hawaii (Estados Unidos) la longitud de la etapa es del orden de 8500 kilómetros para lo que el avión necesitará volar durante unos 5 días ininterrumpidamente. Con un solo piloto a bordo, las etapas sobre el Pacífico y el Atlántico serán una dura prueba para André y Bernard.

La misión del Solar Impulse 2 se coordina desde un centro de control situado en Mónaco que está en contacto permanente, vía satélite, con la aeronave. De acuerdo con sus patrocinadores, el objetivo de esta iniciativa es «que el mundo de la innovación y la exploración contribuya a la causa de las energías renovables para demostrar la importancia de las tecnologías limpias en el desarrollo sostenible y recuperar los sueños y emociones en el corazón de la aventura científica»

Todo en este aeroplano bordea el límite de lo posible. Desde su envergadura, de 72 metros, similar a la del Airbus A-380, a los 4 metros de diámetro de sus hélices propulsoras. Sus estrechas y alargadas alas de 269,5 metros cuadrados de superficie llevan 17 000 celdas solares. Si las celdas solares de los paneles comerciales tienen una eficiencia de un 11%, las del Solar Impulse 2 alcanzan el 23% (un valor próximo al máximo teórico del 30%). Los 633 kilogramos de baterías de ion litio, capaces de almacenar 260 vatios hora de energía por kilogramo, junto con la altura que haya podido alcanzar, constituyen toda la reserva energética de que dispone para navegar en ausencia de radiación solar; en total, esta cifra ronda los 200 kilovatios hora.

Durante el día la radiación solar produce más energía de la que el aeroplano necesita para volar y con este surplus carga las baterías y asciende; a lo largo de la noche pierde altura y consume energía de las baterías. El problema es que al aumentar la altura, aunque la radiación solar es mayor, la densidad del aire es menor y es necesario incrementar la velocidad para no perder sustentación lo que se traduce en mayor resistencia, cuyo consumo energético no compensa el incremento de radiación solar. El Solar Impulse 2 asciende a 8500 metros durante el día, lo que implica que el piloto que viaja en una cabina sin presurizar, necesite oxígeno; por la noche desciende hasta 1500 metros.

La propulsión la generan cuatro motores de 17,5 kilovatios de potencia máxima que mueven las grandes hélices, extraordinariamente eficientes.

De la energía solar que incide sobre las alas, más de 1 kilovatio por metro cuadrado a pleno sol, las celdas fotovoltaicas solamente capturan un 23%, todo el sistema eléctrico (control de potencia, baterías, convertidores y motor) tiene un rendimiento de un 84% y las hélices del 77%; al final, de la energía solar se aprovecha menos del 15%.

La estructura del Solar Impulse 2, extraordinariamente resistente y flexible, construida con fibra de carbono, es muy ligera, con lo que el ala pesa del orden de 2 kilogramos por metro cuadrado de superficie. El peso del avión, con carga, es de 2300 kilogramos. Las grandes deformaciones del ala, en vuelo, alteran de forma significativa la posición del centro de gravedad del aeroplano, y estas variaciones complican el sistema de control de vuelo. Hace unos años el Helios, otra aeronave solar, se perdió debido a que su sistema de control de vuelo no supo gestionar las variaciones de la posición del centro de gravedad.

El avión vuela muy despacio con el objeto de reducir al mínimo el consumo de energía. La velocidad de crucero durante el día puede alcanzar los 90 kilómetros hora y por la noche se reduce a 60, para disminuir el consumo.

Se trata de una máquina muy compleja, en la que todos sus componentes funcionan en el límite de lo tecnológicamente viable. Una de las claves del éxito del proyecto es disponer de una predicción meteorológica muy bien ajustada a la realidad. La dependencia de los vientos y la radiación solar en las trayectorias oceánicas es de tal magnitud que cualquier error en la estimación del valor de estos parámetros, a lo largo de los días que puede durar el vuelo, puede hacerlo fracasar.

El Solar Impulse 2 no es el único proyecto de navegación aérea con energía solar. Desde que Ray Buchard hizo despegar en California el primer artefacto solar no tripulado, en 1974, esta tecnología ha continuado desarrollándose. El primer vuelo tripulado con un avión solar lo realizó el Gossamer Penguin de Paul McReady, en 1980; fue su hijo, Marshall de trece años (y 35 kilogramos) quien lo pilotó. Sin embargo, los proyectos de aeronaves solares tripuladas han suscitado menos interés industrial que los drones solares. Aeronaves no tripuladas, capaces de permanecer en el aire durante días, meses, recibiendo del sol la energía que necesitan para volar y cumplir con la misión asignada, tienen interés militar y civil. Hace un año, Google compró la empresa Titan Aerospace embarcada en el desarrollo de una nave solar no tripulada capaz de mantenerse en vuelo durante largos periodos de tiempo en la estratosfera. Una red de estas aeronaves serviría para facilitar las comunicaciones en lugares aislados, a un coste inferior del de los satélites. La adquisición de Google se produjo casi al mismo tiempo que Facebook compró Ascenta, una empresa de ingeniería cuyos fundadores participaron en el diseño de los primeros vehículos solares (Zephyr) que desarrolló QinetiQ para el ministerio de Defensa del Reino Unido. El lanzamiento de satélites es muy caro, por lo que las aeronaves no tripuladas solares pueden convertirse en una alternativa viable para construir una red de comunicaciones global. Google y Facebook así lo han entendido.

Al margen de este tipo de aplicaciones civiles, no parece que los aviones solares planteen un futuro muy prometedor sobre todo en el segmento del transporte aéreo de mercancías o pasajeros. Así lo ven Bertran Piccard y André Boschberg que, con este proyecto, se conforman con hacer causa de las energías renovables y recuperar el espíritu de la aventura científica. Sin embargo, cualquiera puede argumentar que la cantidad de energía sucia que se ha consumido para construir el Solar Impulse 2 supera con creces el ahorro energético que pueda obtenerse de todos los vuelos que realice a lo largo de su vida útil; si a esa energía se le añade la necesaria para transportar por todo el planeta el equipo que lo apoya, el balance es desastrosamente negativo para la capa de ozono. En cuanto a la aventura, hay gente que se pregunta cuál es la verdadera misión del piloto a bordo. Y esa es la cuestión, que el proyecto bordea muchos límites.

La etapa prevista para el próximo jueves no parece muy complicada, ni la siguiente hasta Nanjing; pero, desde allí hasta Hawaii es otra cosa. Para el piloto serán cinco o seis días seguidos encerrado en una cabina sin presurizar de 3,8 metros cúbicos, que asciende a 8500 metros y baja a 1500, con temperaturas exteriores entre -40 grados y + 40 grados, acompañado de 6 botellas de oxígeno, un paracaídas, una balsa salvavidas y suficiente agua y comida para una semana. Con ordenadores de navegación a bordo y un potente enlace de datos con el centro de control de Mónaco, no sabemos exactamente que tareas de navegación y control se reservará el piloto, lo que sí podemos imaginar es que lo pasará bastante mal y hay que desearle mucha suerte.

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviones

Salto Angel: la gran catarata del aviador James Crawford Angel

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Rodeado de selva y bosques vírgenes, el Auyantepuy permaneció oculto a los ojos del mundo hasta que un aviador norteamericano, James Crawford Angel Marshall, su mujer y dos venezolanos, aterrizaron en aquella meseta el 9 de octubre de 1937, con tan mala fortuna que las ruedas del tren de aterrizaje de su avión se hundieron en el lodo y el avión metió el morro en la tierra. Ya no pudieron despegar. Auyantepuy quiere decir, en la lengua que hablan los indios pemones, montaña del diablo. Es un tepuy, una meseta muy alta con las paredes que caen a pico, que se encuentra en el estado de Bolívar (Venezuela) a unos 46 kilómetros al sureste de Canaima. La planicie que corona aquel tepuy tiene una vasta extensión, de unos 700 kilómetros cuadrados y una altura que sobrepasa los 2000 metros.

Al aviador estadounidense se le conocía como Jimmy Angel. Era un explorador aventurero que había sobrevolado la zona muchas veces desde hacía unos diecisiete años. Jimmy buscaba oro. A Venezuela, en los años 1920, lo llevó por primera vez un tal McCracken ─a quien había conocido en un bar de Panamá─ que le pagó la desorbitada suma de cinco mil dólares para que aterrizase en una de aquellas altiplanicies. McCracken lo condujo a un lugar que se parecía mucho al Auyantepuy, orientándose con un plano que llevaba y Jimmy, entonces, consiguió aterrizar sin ningún problema. Su cliente bajó del avión y desapareció. McCracken regresó con unos 30 kilogramos de oro metido en pequeños sacos. Entonces Jimmy se enteró de que el extraño personaje había llegado a aquel lugar hacía ya tiempo con otra persona; encontraron oro, recogieron el preciado metal y lo guardaron para regresar a por su tesoro más tarde. Sin embargo, el compañero de McCracken murió, de una picadura de serpiente, en el viaje de vuelta.

Jimmy Angel, McCracken y su valiosa carga regresaron a Panamá y el piloto, con el paso del tiempo, terminó por olvidar el asunto. En 1934, ya habían transcurrido catorce años, cuando el aviador y el buscador de oro volvieron a coincidir en un tren y recordaron su viaje. McCracken le preguntó a Jimmy si se había hecho rico porque pensaba que, sabiendo donde se encontraba el oro, habría vuelto con su avión a aquel lugar. A partir de ese momento, Jimmy ya no pudo quitarse de la cabeza la idea de regresar al sitio donde abundaba el oro. Compró un avión Flamingo y decidió invertir todos sus ahorros y los de su esposa, María, en la búsqueda del yacimiento.

Jimmy Angel creía que el oro se encontraba en la meseta del Auyantepuy y durante años realizó vuelos de inspección por toda aquella zona. Algunos de ellos se los financiarían empresas mineras y otros los costearon Jimmy y su mujer. En uno de aquellos vuelos, el 18 de noviembre de 1933, descubrió una larguísima cola de agua que se desprendía por una de las paredes del Auyantepuy. Era una impresionante cascada cuya caída se acercaba a los mil metros. No había otra en el planeta Tierra de semejantes proporciones. Al principio no le creyeron porque no había mapas de la zona y ni siquiera estaba bien señalizada la presencia del Auyantepuy. El aviador hizo amistad con el topógrafo y geólogo Shorty Martín que por entonces realizaba levantamientos en aquella región. Con él efectuó varios vuelos alrededor del gran tepuy, hicieron mapas del contorno, auxiliándose de la brújula del avión, pudieron contemplar la catarata y de las lecturas del altímetro del aeroplano dedujeron que el salto tenía una altura próxima a los mil metros.

Sin embargo, a Jimmy no le interesaba la inmensa cascada en la que el agua al llegar a su base se pulverizaba sino que lo único que buscaba era un lugar para aterrizar, arriba, cerca del río Caroní donde pensaba que se podía hallar la reserva de oro. Por eso, a su avión Flamingo lo había bautizado con el nombre de Río Caroní.

En 1937, Jimmy y su esposa María habían enrolado en su empresa a Gustavo Heny, un explorador venezolano, aventurero, a quien le llamaban Cabuya por su aspecto, muy delgado y alto. Y así es como el aviador le había contado al explorador la historia de la existencia de oro en la zona del Auyantepuy. Pero si ocurrió exactamente así, o de otra forma, nadie lo sabe. Clifford Angel, hermano de Jimmy, narró los hechos con ciertas variantes sobre la versión que el aviador ofreció a Cabuya.

Clifford Angel escribió que su hermano Jimmy se hizo aviador en la I Guerra Mundial durante la cual, en Europa, derribó un dirigible y varios aviones enemigos. Voló en el famoso escuadrón de Rickenbacker y a su regreso a Estados Unidos convenció a sus cinco hermanos para formar un ‘circo volante’. Les enseñó a volar a todos y a practicar ejercicios como el de andar por las alas, lanzarse en paracaídas y pasar del avión a un automóvil. En los años de la década de 1920 muchos pilotos, ex combatientes de la guerra, realizaban acrobacias y demostraciones aéreas en California. Jimmy y sus hermanos se unieron al festival de locuras con el identificativo comercial de Flying Angels y un aeropolano Curtiss Jenny.

Jimmy se casó con la única chica que no le hacía caso: se llamaba Virginia y solo tenía 16 años. La muchacha se incorporó al grupo de ‘ángeles voladores’ y además de ser una buena mecánica demostró que no tenía miedo a pasearse por las alas, saltar a otros aviones o lanzarse en paracaídas.

A finales de la década de 1920 los ‘circos volantes’ empezaron a desaparecer. Los viejos aeroplanos se fueron estrellando, muchos pilotos perdieron la vida, los paracaídas llevaban ya tantos parches que no se podían usar y la gente se aburrió del espectáculo que ofrecían aquellos pilotos. En 1927, los hermanos Angel, abrieron una escuela de vuelo cerca de San Diego. Uno de sus primeros clientes fue un chino que aprendió a realizar acrobacias y que les trajo una gran cantidad de paisanos suyos a quienes les siguió una multitud de japoneses. Cuando se acabó el adiestramiento de una auténtica fuerza aérea oriental cerraron la escuela y se trasladaron a Los Angeles para rodar películas de aviones en Hollywood.

Un día Jimmy reunió a todos sus hermanos y les enseñó las cifras del negocio: caminaban hacia una bancarrota segura. No tenían más remedio que disolver la sociedad y separarse. Con la ruptura del equipo familiar, también se produjo la separación de Jimmy y Virginia.

Jimmy abandonó Estados Unidos y se fue a México para dedicarse al transporte de mercancías para mineros y empresas que construían vías férreas. Una vez le dieron 500 dólares por llevar a una pareja de burros colgados de las alas a un campo aislado. Poco a poco se fue trasladando más al sur. En 1930 llegó a Venezuela. Allí encontró a un hombre que se llamaba McCracken y que le contó que había escalado una montaña, cerca del nacimiento del Churun, un afluente del Orinoco. Allí encontró mucho oro en la cuenca de un río. Sin embargo, sabía que ya era demasiado viejo para realizar otro viaje al mismo lugar y necesitaba que un piloto, muy especial, fuera capaz de viajar con él hasta aquel remoto espacio de la jungla, que estaba a 250 millas de la civilización, y aterrizar en algún descampado. Jimmy se agenció un monoplano Curtiss y tres días después los dos aventureros llegaron a Ciudad Bolívar. Cargaron el avión y desde allí se dirigieron hacia el sur, a un lugar maldito para los nativos.

A lo largo del viaje McCracken fue dando indicaciones a Jimmy sobre la ruta que tenía que seguir. Le hizo volar más de lo necesario, haciendo y deshaciendo el camino, hasta que llegaron al Auyantepuy: «¡Esa es! ¡Esa es la montaña del diablo! ¡Mira!, ese es el cortado que yo escalé hasta la planicie cerca de la cumbre.». Jimmy ascendió sobre la meseta y McCracken, muy excitado, le dijo que allí estaba el río del oro y que descendiera. El aviador pudo aterrizar en la cuenca del río, sobre un terreno rocoso pero firme. Cuando el avión se detuvo su acompañante abrió la portezuela y saltó de la cabina para abalanzarse sobre el agua. Jimmy abandonó también el aeroplano y se unió a la eufórica actividad de su acompañante que consistía en recoger con las manos abundantes pepitas de oro de la arena del río.

Regresaron a Ciudad Bolívar con todo el oro que pudieron cargar en el aeroplano y encontraron un comprador para su mercancía en Panamá. Después de vender el oro McCracken tomó un tren para Nueva Orleans con la promesa de que regresaría en el plazo de un mes y Jimmy se quedó con la intención de preparar el avión para su segundo viaje. Pero, McCracken ya no pudo volver porque murió de un ataque al corazón.

Según Clifford Angel, hermano de Jimmy, desde finales de 1930 el aviador continuó buscando el lugar sin ningún éxito, en solitario, durante cinco años, hasta que se le acabó el dinero. A partir de entonces su búsqueda trató de financiarla, en parte, con otros socios. Las fechas no coinciden, pero según el relato de Clifford, en uno de aquellos vuelos, Jimmy descubrió una inmensa catarata: «Yo no era un turista, pero sabía que había encontrado la mayor catarata del mundo; y también sabía que ningún hombre blanco había estado allí antes que yo ¡Era fantástico! El agua salía de un agujero desde dentro de la montaña, unos 250 pies debajo del borde de una meseta que se parecía a la montaña descrita en el libro, The Lost World, de Sir Arthur Conan Doyle. Desde allí se desplomaba en la jungla y se perdía de vista en la bruma allá abajo.»

Jimmy viajó a Estados Unidos en busca de dinero para proseguir sus exploraciones tras el oro. Una mujer pelirroja, que se parecía a Virginia, se ofreció a financiar el viaje; se llamaba María y el trato concluyó también con una boda entre los dos socios.

El relato de la historia de Jimmy Angel, escrito por su hermano Clifford, continúa y no se ajusta exactamente al de Gustavo Heny. Sin embargo el explorador venezolano, junto con su jardinero, formaron parte de la expedición de Jimmy y María, el año 1937, cuando el Flamingo del aviador se quedó empotrado en el lodo, en la meseta del Auyantepuy. Parece lógico pensar que la versión del venezolano se ajusta más a la realidad que la narración del hermano de Jimmy.

Entre el explorador y el piloto surgió, nada más conocerse, una corriente de simpatía y confianza mutua ya que compartían un mismo deseo irrefrenable por la aventura. Según cuenta Gustavo Heny, en otoño de 1937 se asentaron en un campamento al sur del Auyantepuy donde Jimmy podía aterrizar y despegar con facilidad. Desde allí Gustavo y Miguel, su jardinero, realizaban exploraciones terrestres y Jimmy y María vuelos de observación. Gustavo logró subir a la meseta del Auyantepuy dos veces y se aproximó al lugar donde Jimmy había indicado que podía encontrarse el oro, pero un roquedo le impidió proseguir la marcha. Mientras tanto, Jimmy había logrado encontrar en la altiplanicie un sitio en el que el firme parecía ser suficientemente consistente como para soportar el impacto de las ruedas del Flamingo durante el aterrizaje. En aquel lugar había dejado marcadas las ruedas. Al regreso de la segunda exploración a la meseta del Auyantepui, Gustavo, se encontró con que Jimmy lo esperaba para volar hasta la cima y aterrizar allí. El explorador le pidió que esperase unos 12 días, que era lo que necesitaba para subir a la planicie otra vez, y así podría indicarle con exactitud el lugar del aterrizaje. Jimmy ya no quería esperar más tiempo.

El viaje en avión, desde el campamento, no duraba más de 15 minutos. Cargaron la gasolina justa para ir y volver y provisiones para un viaje de 15 días que era el tiempo que Gustavo había estimado que podían tardar en regresar a pie. A las 11:45 de la mañana del 9 de octubre de 1937 el tren de aterrizaje del Flamingo se hundió en un barrizal después de rodar sobre la hierba un largo trecho. El morro se sumergió en el lodo y la cola del avión se levantó. María y Miguel salieron del avión con facilidad, pero a Gustavo se le había roto el cinturón de seguridad y se fue contra Jimmy y el panel de instrumentos. Los dos tardaron un poco más en evacuar la aeronave. Ninguno sufrió el menor daño y el avión, aunque tenía algún desperfecto que se podría arreglar con facilidad, se había quedado atascado en el lodazal de donde les resultaba imposible sacarlo.

Jimmy se acercó al río y llegó a la conclusión de que aquél no era el lugar en el que había aterrizado hacía años con McCracken.

La vuelta al campamento, a pie, tenía el inconveniente de que necesitaban escalar un farallón donde, en sus excursiones anteriores, Gustavo no había encontrado el modo de bajar. Sin embargo, el explorador descubrió una grieta por la que pasaron al otro lado y a partir de allí el camino de regreso lo conocía a la perfección. Tardaron diez días en llegar al campamento desde el que habían despegado con el Flamingo. El viaje fue difícil: en algunos lugares tuvieron que cortar la maleza para abrirse paso, en otros los ríos les obligaron a caminar en busca de un lugar adecuado para cruzarlos y en muchos tramos los helechos y las hierbas les cortaban el rostro.

El aterrizaje de Jimmy y sus acompañantes en el Auyantepuy con el Flamingo y su viaje de regreso, a pie, captaron el interés del público por aquel remoto lugar. Desde entonces, la mayor catarata de la Tierra se conoce con el nombre del aviador: Salto Ángel.

Gustavo Heny, apostilló:

«Después de la odisea, Jimmy pasó algunos sinsabores en Venezuela y, apesadumbrado, se retiró a vivir en Panamá, donde murió en 1956. Fue su último deseo el que sus cenizas fueran traídas a Venezuela y esparcidas sobre la región, que tantas aventuras le deparó y de la que siempre guardaba un profundo recuerdo. Sus deseos fueron cumplidos. María, su hijo y Gustavo, en sencilla pero emotiva ceremonia, esparcieron desde un avión y sobre el Salto Ángel, el contenido de aquel cofre que, como diáfana nube, se abrazó al Salto, y con él regó para siempre la tierra que Jimmy tanto amó. »

Su hermano Clifford asegura que, desde el gran descubrimiento, a Jimmy ya no le faltó el dinero. Cuando se inició la II Guerra Mundial, el aviador operaba una pequeña línea aérea y tenía dos hijos. En primavera del año 1956 sufrió un accidente cuando aterrizaba en Panamá. Ingresó en el hospital y allí contrajo una pulmonía de la que se recuperó parcialmente; después entró en coma y así permaneció hasta el 8 de diciembre del mismo año, día en que falleció. Parte de sus cenizas se conservan en “The Portal of Folded Wings”, en Hollywood y el resto fueron esparcidas desde un avión sobre la gran catarata que lleva su nombre.

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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Torres Quevedo y la génesis de la aviación militar española

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La reina Victoria Eugenia y la infanta Beatriz contemplan la ascensión del España

 

En 1889, el teniente coronel don Licer López de la Torre Ayllón y Villarías era el jefe de la cuarta compañía del batallón de telégrafos del Ejército español. No era un batallón cualquiera porque tenía a su cargo la aerostación militar y justo aquél año llegó el primero y único globo que poseía el Ejército a su unidad. Las pruebas se hacían en la Casa de Campo, en terrenos que pertenecían a la familia real. Si para don Licer hacerse cargo de un aeróstato era un problema, el mundo se le vino abajo cuando le comunicaron que la reina regente, doña María Cristina de Habsburgo-Lorena, quería experimentar cómo era un ascenso en aquel artefacto. El militar trató de disuadirla, sin ningún éxito. El 27 de junio de 1889, la regente y el teniente coronel se elevaron 300 metros en la pequeña barquilla, cuya plataforma medía poco más de un metro cuadrado, construida con una estructura de hierro forjado que sujetaba la cesta de mimbre de caña de la India, cosida. La reina regente sería la primera testa coronada de la historia que se atrevió a subir en un aeróstato, aunque el globo permaneció durante el ascenso, cautivo, bien sujeto por un cabo a tierra firme. Tras la aventura de su majestad, el ingenio volador fue bautizado con el nombre de María Cristina. Pocos días después, don Licer ascendió a coronel y con el teniente coronel Pérez de los Cobos, el capitán Aranguren y el teniente Sánchez Tirado, realizó el primer vuelo libre de la aerostación militar española, de la Casa de Campo hasta Velilla de San Antonio, un recorrido que efectuaron en una hora aproximadamente, llegando a alcanzar una altura de 1050 metros.

Y eso es todo cuanto tuvo la aerostación militar española, un simple globo, el María Cristina, durante muchos años.

En 1896 se creó la Compañía de Aerostación, como una unidad independiente, que se estableció en Guadalajara, con dos grupos: el fijo, que daría origen al Parque Aerostático, y el móvil operativo. El conjunto se asignó al Establecimiento Central de Ingenieros que puso al frente de la incipiente aerostación española al comandante don Pedro Vives Vich.

Don Pedro, ingeniero catalán, había visitado la Exposición Universal de París y conocía bien Estados Unidos, país por el que viajó durante ocho meses mientras estaba destinado en Cuba. En Lérida levantó el plano de la ciudad y reconstruyó la red de carreteras comarcal, y en Gibraltar trabajó en la fortificación de las instalaciones. Cuando fue destinado al mando del Servicio de Aerostación se encontraba en Málaga donde había diseñado un modelo de barracón que después se construiría en serie para alojar los 8000 soldados que el Ejército desplazó a Melilla, durante la campaña de 1893. Su única experiencia aeronáutica había sido la creación del Palomar militar, también en Málaga. Esta unidad prestaría un gran servicio a las tropas africanas al facilitar las comunicaciones del ejército desplazado, con la Península.

En verano de 1899, Vives y el capitán Tejera, recorrieron Europa para estudiar el uso que hacían los principales ejércitos de globos y dirigibles. El Gobierno ya había aprobado la construcción de un establecimiento para fabricar aeróstatos en Guadalajara. Sin embargo, las primeras unidades se importaron de Alemania. Vives llegó a la conclusión de que los globos cometa alemanes de Parseval-Sigsfeld eran los que mejor se acomodaban para cubrir las necesidades del Ejército español, que se limitaban a tareas de observación. Al año siguiente a su periplo europeo, en 1900, se trasladó a Alemania para efectuar las pruebas de aceptación de las dos primeras adquisiciones: un globo cometa y otro esférico.

En 1900 no existían todavía los aviones de ala fija. Los Wright volaron, por primera vez, en 1903 y no lo hicieron en público hasta 1908. El éxito aeronáutico más celebrado de aquel año lo protagonizó el conde Zeppelin con su dirigible LZ1; el aristócrata voló durante unos 18 minutos el 2 de julio, sobre el lago Costanza, ante una multitud de espectadores. Apenas fue capaz de controlar su dirigible y cuando finalizó las pruebas su empresa se quedó sin dinero, pero en Alemania al público le entusiasmaban aquellas gigantescas máquinas voladoras. Muchos pensaban que el futuro de la aeronáutica estaba en los dirigibles que, a diferencia de los globos, llevaban hélices y motores con los que la tripulación trataba de gobernarlos.

Los globos, o aeróstatos, volaban a merced del viento. Su inmensa superficie frontal hace imposible que la fuerza de una hélice pueda vencer la resistencia del viento. Un francés, Jean Baptiste Meusnier, inventó un globo cuya envoltura tenía forma oval, y al desplazarse ofrecía menos superficie al viento. Para evitar que la barquilla deformara el balón diseñó un sistema de sujeción triangular y alargó la barquilla; además concibió el balonet (un balón interior de compensación) que facilitaba el mantenimiento de la forma de la envoltura del dirigible. Meusnier inventó el dirigible en 1784, no pudo construirlo y tampoco se fabricó ninguno que cumpliera mínimamente con el requisito de gobernabilidad hasta 1884. Aquel año, los capitanes Krebs y Renard, también franceses, efectuaron un trayecto de unos 7 kilómetros con un dirigible, movido por un motor eléctrico alimentado con baterías, al que bautizaron con el ampuloso nombre de La France.

Los globos eran ingobernables y propulsar y mantener la forma del cuerpo de los dirigibles durante el vuelo, cuya envoltura se construía con el mismo material elástico que empleaban los globos, era muy complicado. De ahí surgió la idea de los dirigibles de cuerpo rígido, cuyo desarrollo lideraría el conde Ferdinand von Zeppelin durante muchos años. Sin embargo, el principal problema de estos aparatos era que no podían desinflarse y se guardaban en unos hangares inmensos. Para los dirigibles de cuerpo rígido, las operaciones de entrada y salida de los hangares, con algo de viento cruzado, eran muy peligrosas.

Es perfectamente comprensible cómo el padre de la aviación militar española, don Pedro Vives, se inclinó a favor de los globos cometa y dirigibles de cuerpo elástico para su Ejército. Sin embargo, lo imprevisible fue la aparición, en el campo de la navegación aérea, de un brillante ingeniero de caminos cántabro.

En 1902, don Leonardo Torres Quevedo, realizó el estudio de un dirigible con ‘armadura funicular’ que presentó en las Academias de Ciencia española y francesa. Torres Quevedo, a sus 50 años, era un conocido y prestigioso inventor que, hasta entonces, no había trabajado en el sector aeronáutico. Su armadura funicular consistía en tres cordones interiores longitudinales que determinaban la forma trilobulada de la envoltura. La estructura trabajaba cuando se inflaba el dirigible, facilitaba el mantenimiento de la forma y permitía el desinflado.

Con la ayuda del capitán de ingenieros, don Alfredo Kindelán, en 1905 se empezó a construir en los talleres de Guadalajara un prototipo del dirigible de Torres Quevedo. Tras muchas dificultades, por falta de material adecuado ya que las telas se importaban de Francia, en 1908 comenzaron las pruebas, en las que se demostró que la estructura funicular era muy útil para mantener la forma del dirigible, pero no pudieron resolverse los problemas de control de vuelo.

Mientras los aeronautas de don Pedro Vives trabajaban en Guadalajara, con muchas dificultades, en el montaje del prototipo del dirigible de Torres Quevedo, en 1906, un brasileño asentado en París hizo el primer vuelo público en Europa. El 13 de septiembre, Santos Dumont, dio un pequeño salto con su aeroplano 14 bis, en Bagatelle. El Herald de París lo calificó como el mayor hito de la historia aeronáutica europea. Los Wright seguían con sus negociaciones para tratar de vender su invento y habían dejado de volar el 16 de octubre de 1905. Cuando Santos Dumont dio aquel pequeño salto con el 14 bis los Wright tenían una máquina capaz de volar más de 20 millas, durante unos 30 minutos, y efectuar giros muy cerrados. Pero, los norteamericanos seguían ocultando el aparato con la intención de proteger su propiedad intelectual. El vuelo de Santos Dumont fue el pistoletazo de salida de la carrera que iniciaron los aeronautas europeos para tratar de situarse a la cabeza de la aviación mundial. Charles Voisin, Louis Blériot, Henry Farman y Léon Delagrange tomaron la delantera en Europa y hasta en Estados Unidos les saldría un competidor a los inventores del aeroplano: Glenn Curtiss. En agosto de 1908, Wilbur Wright voló por primera vez en público en Le Mans (Francia) y sus vuelos dejaron sin aliento a los aviadores europeos. Después se trasladó a Pau, para entrenar los pilotos de la empresa de sus socios europeos.

En enero de 1909, Vives y Kindelán viajaron a Francia, Inglaterra, Alemania e Italia, para estudiar el estado del arte de los dirigibles y aeroplanos y presenciaron algunos vuelos de Wilbur Wright en Pau. Al regreso de su periplo recomendaron la adquisición de un dirigible alemán de 4000 metros cúbicos y que se estudiara la posibilidad de comprar algunos aeroplanos para entrenar pilotos, de forma experimental.

Kindelán se apartó del proyecto del dirigible de Torres Quevedo en Guadalajara. El inventor cántabro y el capitán Samaniego se desplazaron a Francia para continuar con el desarrollo. Allí, en Sartrouville, alquilaron un hangar a la compañía Astra. Torres Quevedo terminó vendiendo su patente a dicha empresa, con la autorización del Gobierno español que se reservó el derecho a fabricar dirigibles de este tipo en su país.

El dirigible que habían recomendado comprar Vives y Kindelán terminó fabricándolo Astra. En octubre de 1909, Vives y Kindelán y los cabos Gómez y Latapia se desplazaron a Meaux para realizar las pruebas de aceptación del dirigible. No pudieron hacerlo debido a una serie de problemas relacionados con el control del aparato. Decidieron trasladarlo a Guadalajara y allí se completaron los ensayos de recepción que concluyeron el 5 de mayo de 1910, con un viaje a Madrid y vuelta a Guadalajara. Vives y Kindelán firmaron el acta por parte española y en representación de Astra lo hizo el ingeniero Kapferer. El nuevo dirigible recibió el nombre de España.

El año 1909 fue decisivo para la aviación en el mundo. El francés Louis Blériot cruzó el Canal de la Mancha con su Blériot XI y demostró que la aviación servía para viajar de un lugar a otro. «Inglaterra ya no es una isla», fue el comentario con que la prensa británica recibió el vuelo del francés. En Reims se celebró una semana aeronáutica, organizada por los fabricantes de champaña franceses, en la que participaron 28 pilotos y 38 aeroplanos, que contó con la asistencia de centenares de miles de personas. El mundo entero, a través de la prensa, se enteró de que la aviación era una realidad. Y también fue un año decisivo para el futuro de la aviación militar española: los ingenieros de don Pedro Vives centraron todo su interés en los nuevos aeroplanos, el invento de Torres Quevedo quedó en manos de la compañía Astra y el dirigible España inició una corta y triste vida de cuyo final sería testigo el hijo de la reina regenta que inauguró la aerostación: el rey don Alfonso XIII.

Cuando ya estaban a punto de terminarse las pruebas del dirigible España, el 2 de abril de 1910 una Real Orden encargó al Parque Aerostático la selección del aeroplano que más conviniera al Ejército. A finales de octubre, el capitán Kindelán se trasladó a París para contratar en firme la adquisición de dos aeroplanos Henri Farman de 16,5 metros de envergadura, biplanos, con motores Gnome de 50 caballos y un Maurice Farman con motor Renault. Al final se cambió el Maurice Farman por otro Henri Farman y con ellos se entrenaron, de marzo a agosto de 1911 los cinco primeros pilotos de la aviación militar española: los capitanes Alfredo Kindelán, Emilio Herrera, Enrique Arrillaga y los tenientes Eduardo Barrón y José Ortiz Echagüe. Con la excepción del capitán Enrique Arrillaga que quedó inválido a causa de un accidente, en diciembre de 1911, estos oficiales formarían el núcleo a partir del cual se creó la aviación militar en España. Sus méritos profesionales trascendieron la aeronáutica y destacaron como historiadores, científicos y empresarios.

La aviación militar dejó de lado el proyecto de Torres Quevedo del que se beneficiaría la aeronáutica francesa. Astra perfeccionó el diseño del dirigible y el Astra-Torres 1 ganó en 1911 la copa Deperdussin. A lo largo de la I Guerra Mundial, Astra fabricó alrededor de 20 unidades para el Ejército francés y más de 50 para los británicos. Los dirigibles Astra fueron utilizados, principalmente, para apoyar a la Armada en las operaciones de guerra anti submarina y alcanzarían fama de ser los mejores de ‘cuerpo flexible de su época’. Don Leonardo Torres Quevedo, inventor de la máquina de jugar al ajedrez automática, los transbordadores del monte Ulía y de las cataratas del Niágara, doctor ‘honoris causa’ por las universidades de Coimbra y París no pudo ver cómo la aeronáutica de su país supo aprovecharse de su genial invención: la ‘armadura funicular’.

El España llevó una vida triste. De todos los dirigibles que fueron bautizados con el nombre de su país La France fue el único que tuvo una existencia gloriosa. El Deutschland se rompió en su viaje inaugural el 28 de junio de 1910, sin que el accidente causara víctimas mortales entre sus pasajeros, y el Italia se estrelló con los expedicionarios de Nobile, cerca del Polo Norte, el 25 de mayo de 1928, con peor fortuna. En 1913, el España había hecho 23 ascensiones y el 7 de febrero, de ese año, participó en uno de sus ascensos el rey don Alfonso XIII, acompañado del príncipe Mauricio de Battenberg, hermano de la reina, y el teniente general Marina. La tripulación estaba compuesta por el coronel Vives, los capitanes Kindelán y Jiménez Millas y el mecánico Quesada. Fue el último honor que se le otorgó al único dirigible español diseñado por Torres Quevedo. Poco después del ascenso real, el España fue retirado del servicio.

La primera carrera de aviones de la historia: Madrid-París (1911)

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El 25 de julio de 1909, Blériot, a bordo de un pequeño monoplano (Blériot XI) de 7,79 metros de envergadura, equipado con un motor Anzani de tres cilindros con una potencia inferior a 30 caballos, demostró que se podía volar de Francia al Reino Unido en 37 minutos. El Blériot XI se convirtió en el aeroplano de moda y empezó a fabricarse con otros motores, Gnome, de 50 y 70 caballos. Louis Blériot, con su histórico vuelo a través del Canal que separa Francia de Gran Bretaña, puso de manifiesto que los aviones servían para viajar de un lugar a otro de la Tierra. Hasta entonces los vuelos se habían limitado prácticamente a la realización de exhibiciones aeronáuticas en los aeródromos, sin salir de ellos. La aviación acababa de nacer.

Aún no habían transcurrido dos años del vuelo de Blériot cuando el periódico francés Le Petit Parisien organizó la primera carrera de aviones de la historia de la aviación: de París a Madrid. En aquella época, las gestas aeronáuticas constituían una preciada fuente de ingresos para los periódicos y las editoriales más importantes establecían premios de aviación para aumentar sus tiradas contando las aventuras de los intrépidos aviadores que, en busca de fama y dinero, pugnaban por ocupar las portadas de la prensa. Cuando Blériot cruzó el Canal, ganó el premio del Daily Mail, dotado con mil libras; pero sobre todo consiguió una popularidad extraordinaria que se tradujo en centenares de pedidos para su incipiente fábrica de aeronaves.

Le Petit Parisien organizó la carrera de aviones de París a Madrid, con un generoso premio de 100 000 francos para el vencedor. Los participantes iniciarían el recorrido en Issy-les-Moulineaux, París, el 21 de mayo de 1911, con la intención de alcanzar la meta, situada en Getafe (Madrid), el día 25 del mismo mes. Se previeron dos escalas: la primera en Angulema (Francia) y la segunda en San Sebastián (España). Sin embargo, los participantes podían hacer otras paradas intermedias para avituallarse o reparar los aparatos.

Hubo alrededor de 27 inscripciones, aunque el día de la salida tan solo se presentaron en la competición 8 aviadores, con sus respectivos aeroplanos. Cuatro de ellos volarían con aviones del tipo Blériot XI, dos con aeronaves Morane y los otros dos con aparatos un tanto originales. Los Morane eran muy parecidos a los Blériot. De hecho, el fabricante, Léon Morane (que primero se asoció con Gabriel Borel y después con Raymond Saulnier) había trabajado con Louis Blériot en el diseño del Blériot XI. De los otros dos aeroplanos, uno de ellos lo pilotaba su fabricante: Emile Train. Era el único con capacidad para llevar un pasajero a bordo y el fuselaje estaba construido con tubos metálicos. Las costillas de las alas eran de madera y el avión se parecía mucho a la Demoiselle de Alberto Santos Dumont. Emile era un hombre con magníficas ideas al que le faltaba apoyo financiero. Y el segundo aparato, que tampoco se parecía a los Blériot XI, era el Goupy II que volaría el piloto Pierre Divétain. Era el único biplano, un avión experimental diseñado por Ambroise Goupy y Mario Calderara, fabricado en 1909 en el taller de Blériot. En su configuración había dos innovaciones importantes: se trataba del primer biplano con hélice tractora (hasta entonces todos los biplanos llevaban hélices de empuje, detrás de las alas) y también fue el primer biplano con dos pares de alas en las que las inferiores estaban retrasadas con respecto a las superiores. Además, el Goupy II utilizaba alerones para el control lateral, mientras que el resto de las aeronaves que participaron empleaban el sistema de torsión de los hermanos Wright.

La carrera no pudo empezar peor.

Las crónicas de la época narran que en Issy-les-Moulineaux se llegaron a congregar unas 200 000 personas para presenciar el inicio del evento. Eran las seis de la madrugada. A pesar de lo intempestivo de la hora el ministro francés de la Guerra, Maurice Berteaux, y el presidente del Gobierno, Ernest Monis, presidían el acto junto con otras autoridades. A los aviadores se les fue dando la salida con intervalos de diez minutos. Beaumont, Gibert, Garros y Le Lasseur de Ranzay lograron despegar. A Frei se le rompió el avión, el aparato de Garnier rodó sobre la pista sin elevarse y Jules Védrines volcó. El quinto en salir fue Emile Train; un constructor y piloto poco conocido que aquel día lograría hacerse tristemente famoso. Era el único participante que llevaba un pasajero a bordo. El propio Emile describió así lo que ocurrió el 21 de mayo de 1911 en Issy-les-Moulineaux:

«Tan pronto como abandoné la tierra, me di cuenta de que el motor no funcionaba bien. Iba a aterrrizar, después de hacer un giro a un lado, cuando vi un destacamento de coraceros cruzando la pista de vuelo. Intenté hacer una pequeña curva para evitarlos, y aterrizar en la dirección opuesta, pero mi motor en ese momento fallaba más y más, y me fue imposible realizar el giro. Elevé la máquina para pasar sobre las tropas y aterrizar detrás de ellas. En ese momento un grupo de personas, que habían permanecido ocultadas a mi vista por los coraceros, se dispersaban delante de mí en todas las direcciones. Traté de hacer lo imposible, arriesgando la vida de mi pasajero, para prolongar mi vuelo y caer más allá de las últimas personas del grupo. Estaba a punto de aterrizar, cuando el aparato, que había levantado casi verticalmente, cayó pesadamente sobre la tierra. Salí de debajo de la máquina, con mi pasajero, creyendo que había evitado cualquier accidente. Fue solamente entonces cuando conocí la terrible desgracia.»

El jefe de la policía ordenó a los coraceros entrar en la pista para desalojar a los espectadores que la habían invadido y el grupo de personalidades decidió dar un paseo para estirar las piernas. Los paseantes quedaron detrás de los coraceros montados a caballo. Emile logró esquivar a los soldados, pero se topó con los paseantes que estaban detrás, en medio de la pista. La hélice del avión de Train seccionó un brazo del ministro de la Guerra, Maurice Berteaux, le produjo heridas en la cabeza y el político falleció en el aeródromo poco después. Ernest Monis, el presidente del Gobierno, también sufrió contusiones y perdió el conocimiento, pero salvó la vida.

Monis decidió que no se suspendiera la prueba y al día siguiente tomaron la salida los participantes que no lo pudieron hacer el 21 de mayo.

Tan solo 3 participantes consiguieron llegar a Angulema: Garros, Gibert y Védrines. Jules Védrines ganó la etapa al cubrir los 390 kilómetros en 4 horas, 24 minutos y 16 segundos.

En la segunda etapa, de 335 kilómetros, Védrines aterrizó en la playa de Ondarreta, en San Sebastián, 2 horas antes que el siguiente que fue Garros. Gibert llegaría más tarde y, al cruzar los Pirineos, se encontró con un águila de la que tuvo que defenderse a tiros.

La ruta de la última etapa, de San Sebastián a Madrid, se estableció tomando la referencia de la línea férrea que pasa por Tolosa y desde allí hasta Burgos y Madrid siguiendo la carretera. Antes de atravesar la sierra, al norte de Madrid, se encenderían hogueras para advertir a los aviadores de su presencia.

Al salir de San Sebastián, el primero en hacerlo, Rolland Garros, tuvo que regresar, por problemas técnicos, hasta tres veces. La última vez rompió el avión durante el aterrizaje, cerca de Andoaín. Gibert tampoco tuvo suerte y su avión volcó al aterrizar en Olazagutia, cerca de Vitoria.

En Getafe, los reyes de España, acompañados del marqués de Viana, esperaban la llegada de Védrines. Sin embargo, el aviador tuvo que efectuar un aterrizaje de emergencia en el pueblo de Quintanapalla, cerca de Burgos. Los lugareños jamás habían visto un avión, pero le facilitaron al piloto medios de transporte para que se desplazara a Burgos y adquiriese las piezas de repuesto que necesitaba. Mientras le reparaban el aeroplano, Védrines, con un automóvil, recorrió la ruta que tenía que seguir hasta Guadarrama para familiarizarse con ella. El rey y su séquito se vieron obligados a abandonaron Getafe, después de una infructuosa espera.

El 26 de mayo, un día después de lo previsto, a las ocho horas y seis minutos de la mañana, Jules Védrines se proclamó vencedor de la primera carrera internacional de la historia de la aviación al aterrizar en Getafe. Los reyes no estuvieron allí, pero un público muy numeroso se encargó de dar la bienvenida al intrépido navegante. De aquella carrera de aviones, entre París y Madrid, fue el único participante que logró alcanzar la meta; con un ganador, Le Petit Parisien pudo declarar que la competición había sido un éxito.

Eran tiempos en los que el vuelo era un ejercicio peligroso. Después de su victoria en la carrera Paris-Madrid Jules Védrine logró otros éxitos como aviador. Durante la I Guerra Mundial alcanzó el grado de as de la aviación militar francesa y, poco después de finalizar la contienda, en 1919, Védrines murió al realizar un aterrizaje forzoso en Saint Rambert d’Albon con su Caudron C.23.

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Capear el temporal con un hidroavión. Ramón Franco y su tripulación, perdidos en el océano.

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Dornier J Wal (versión pasaje)

Ramón comprendió enseguida que el viaje se había terminado y con él su última oportunidad para recuperar la gloria.

Después de cruzar el Atlántico Sur de Palos al Plata con el Plus Ultra y convertirse en el gran héroe nacional, Ramón había logrado convencer al Gobierno para que le autorizara un vuelo alrededor del mundo. La aceptación estuvo condicionada a que se realizara con un avión Dornier Super Wal, fabricado en las nuevas instalaciones de Construcciones Aeronáuticas Sociedad Anónima (CASA), en Cádiz: el Numancia. Aquel fantástico hidroavión, con cuatro motores Napier Lion de 450 CV, no cumplió con las expectativas y el proyecto fracasó el 1 de agosto de 1928, después de tan solo treinta minutos de vuelo, al pararse los dos motores posteriores debido a un problema en el sistema de combustible. Amerizaron cerca de las playas de Faro (Portugal) y aunque el mecánico de Ramón, Pablo Rada, supo resolver la avería, no pudieron despegar debido a una vía de agua en el casco. Regresaron a Río Tinto con los motores del hidroavión y desde allí hasta Cádiz los remolcó una chalupa. La reparación llevaría un tiempo del que ya no disponían porque la época ideal para iniciar la vuelta al mundo había pasado. Ramón tuvo que abandonar el proyecto. Al año siguiente, esta vez con un Dornier Wal J con dos motores igual que el Plus Ultra, logró que le autorizaran llevar a cabo un vuelo trasatlántico, con escala en las Azores para dirigirse luego a Nueva York y regresar a las costas gallegas desde New Fouland (Terranova). La imposición gubernamental, además de que el avión estuviese fabricado en España, también afectaría a la composición de la tripulación. Pablo Rada, el mecánico, fue sustituido por Madariaga porque el primero había abandonado el Ejército. Ramón, el iconoclasta, llevaba a bordo una botella de cava para hacerse una foto mientras se la bebía con su tripulación, al pie de la estatua de la Libertad; en 1929 estaba en vigor en Estados Unidos la Ley Seca que prohibía el consumo de alcohol en lugares públicos. Aquel era uno más de los gestos, que caracterizaban al aviador, de rebeldía para con el orden establecido y que empezaban a causarle serios problemas con las autoridades militares y políticas españolas de la época.

Habían salido de España el 21 de junio amparados con el permiso que llegó justo el día anterior. Tuvo que intervenir Eduardo González Gallarza, segundo piloto de la expedición, que era ayudante del rey Alfonso XIII, para conseguir dicha autorización; Ramón ya tenía previsto un plan alternativo –en el supuesto de que no llegase el permiso− que consistía en volar alrededor de España durante 24 horas para batir el récord mundial de permanencia en el aire de hidroaviones, ese mismo día. Su copiloto no estaba dispuesto a seguirlo en aquella nueva aventura para la que no tenían autorización de sus jefes. El permiso para volar a América llegó y Ramón con González Gallarza de copiloto, Ruiz de Alda como navegante y Madariaga de mecánico, iniciaron la travesía. Al anochecer pasaron frente al cabo de San Vicente y siguieron rumbo a las Azores. Según el plan de vuelo recalarían en el archipiélago portugués sobre las nueve de la mañana, entre las islas de Santa María y San Miguel. La meteorología era mala, la atmósfera inestable, a ratos capas de nubes muy bajas ocultaban el mar y para mantener el rumbo los dos pilotos volaban aferrados a los mandos. Ruiz de Alda apenas podía tomar marcaciones para la navegación y cuando logró tomar una posición constató que volaban unas 25 millas al sur de la ruta. Con las primeras luces del día, el navegante divisó picos montañosos en el horizonte que supuso que pertenecían a las Azores, pero no tardaron en percatarse de que eran nubes. Cuando salió el sol tomaron la longitud: 30º 35’ Oeste.

Entonces fue cuando Ramón supo que el viaje a América terminaba allí. Se habían dejado más de 200 millas atrás las islas de Santa María y San Miguel. No veían el mar, pero decidieron perforar la capa de nubes y descender hasta la superficie del océano. Volaron bajo, atisbando el horizonte en búsqueda de unas islas que no podían ver porque no estaban cerca de allí. Ramón decidió amerizar para tomar con exactitud su posición y poner luego rumbo a las Azores, aunque estaba seguro que no tendrían gasolina para llegar. Y así fue, a unas 50 millas de Santa María el hidroavión se quedó varado, sin combustible. A partir de ese  momento el avión dejó de serlo y se convirtió en un barco.

Los hidroaviones de la casa Dornier eran excelentes buques. Algunos aviadores decían que eran barcos con los que se podía volar. Los depósitos de combustible, vacíos, les otorgaban un extra de 4000 litros de flotabilidad: eran una plataforma insumergible, aunque podía volcar. Si se producía un vuelco tendrían que abrir aberturas en la parte inferior del fuselaje, pero aun así el aparato se mantendría a flote. Lo que no estaba claro es que la estructura del hidroavión pudiera soportar la mar que parecía venírseles encima.

Lo primero que hizo Ramón fue organizar un puesto de vigilancia permanente. Con el ala sobre montantes por encima del fuselaje, y los motores arriba de esta, la planta de propulsión ocupaba el punto más elevado de la nave. Allí situó el comandante el lugar desde el que, por riguroso turno, todos hacían guardia en compañía de unos prismáticos, cohetes, bengalas y la pistola de señales.

Recogieron algo de gasolina de las bombas y circuitos del motor, suficiente como para alimentar el generador eléctrico. Sin embargo, la radio no funcionaba.

En el equipo de salvamento de a bordo llevaban alimentos para ocho días que Ramón redistribuyó en pequeñas raciones para que les duraran un mes. Se llevaron una grata sorpresa al comprobar que el agua de los circuitos de refrigeración de los motores sabía mejor de lo que imaginaron en un principio; se podía beber. Consiguieron sacar unos 130 litros de refrigerante. Sin embargo, comprobaron que todas las artes de pesca, que con tanto esmero habían preparado antes de partir, se habían quedado olvidadas en la base. Improvisaron otras, pero no lograron merecer con ellas la atención de ningún pez.

El 24 de junio aparecieron nubarrones muy oscuros en el horizonte y por la tarde se puso a llover y la mar empeoró mucho. El 25 el hidroavión quedó a merced de las olas cada vez más encrespadas; por la cabina entraba agua; el ala derecha sufrió daños, aunque no de gran importancia. A mediodía encalmó. Ese día lograron reparar la radio. El receptor funcionaba bien porque escuchaban las emisoras de las Azores y las comunicaciones entre barcos, sin embargo el transmisor no debía estar bien ajustado porque no consiguieron establecer contacto con ninguna emisora.

Ramón organizó la vida a bordo para mantener a su tripulación ocupada. Por la mañana –nada más levantarse− recogían las camas, secaban la ropa y tomaban la longitud. Después le daba a cada uno su ración de desayuno. A mediodía medían la altura del sol para determinar la latitud y marcaban en la carta su posición. Copiaban también el mismo dato en un papel que metían dentro de una botella, la tapaban y luego la lanzaban al mar con algunas anotaciones. Almorzaban muy frugalmente los alimentos que Ramón repartía entre todos y a las cuatro de la tarde emitían un SOS. El rito de la cena era igual que el de las otras comidas con la salvedad de que, para celebrar la conclusión de la jornada, compartían un cigarrillo que se pasaban entre ellos hasta apurar la colilla que guardaban (para cuando se les acabara el tabaco). A las diez de la noche transmitían otro SOS. Antes de acostarse inflaban la balsa salvavidas y la sujetaban arriba, al fuselaje. Para estabilizar el rumbo del hidroavión arrastraban en el morro un ancla de capa y en el timón de dirección habían colocado también la vela de la balsa salvavidas; de este modo se mantenían aproados al viento.

El 26 de junio por la tarde el cielo se volvió otra vez de color negro. El viento refrescó y la mar se cubrió de espuma. Pasaron toda la noche achicando agua de la cabina, empapados, temerosos de que el hidroavión volcara o lo hiciera añicos alguna rompiente. Durante la mañana del día 27 media ala quedó sumergida porque en el depósito de combustible de ese lado había entrado agua. El hidroavión estaba muy inclinado. Cualquier ola de través lo haría volcar si no ponían remedio a la situación. Hicieron una cadena humana para sujetar a Madariaga que atado a un cabo, por la cintura, llegó hasta el otro depósito para abrir una escotilla y llenarlo con unos mil litros de agua. De ese modo consiguieron nivelar el aparato y estabilizarlo. En el interior del avión todos los enseres andaban revueltos y el sextante recibió un cachiporrazo que lo averió. Al mediodía la situación mejoró, el viento empezó a encalmar, pero un golpe de mar embistió contra el ala derecha, la hundió, y dieron la vuelta completa.

El 28 de junio lo peor ya había pasado, subió la presión atmosférica y pudieron hacer un inventario de daños. El viento los llevaba hacia la isla de Santa María y decidieron que, cuando la tuvieran cerca, uno de ellos se acercaría a tierra con el bote salvavidas. No hizo falta porque a las tres de la madrugada Gallarza gritó desde su puesto de vigilancia que había visto un barco. Lanzó señales luminosas y enseguida comprendieron que el buque puso rumbo al hidroavión cuando divisaron su luz roja a la derecha, la verde a la izquierda y las luces de tope enfiladas. Ramón vio cómo su tripulación, al acercarse el barco, se abalanzó sobre las provisiones para saciar el hambre que arrastraba desde su último amerizaje. El comandante les dijo:

—Si ese barco no puede llevarse el avión pediré víveres y seguiré a bordo hasta que me rescaten con el aparato.

Su tripulación se comprometió a no abandonarlo y siguió comiendo.

Los recogió el navío de la Armada británica Eagle a unas 45 millas al SO de Santa María.

Cuando las autoridades españolas perdieron el contacto con la aeronave de Ramón pusieron en marcha la operación de búsqueda para lo que solicitaron la ayuda de otros países. Además del Eagle, cinco destructores españoles y dos submarinos, dos cruceros italianos, un buque portugués y otros dos franceses, navegaron siguiendo una malla que cubría el área en la que suponían que podía encontrarse la tripulación española. El buque británico había dado por finalizada su búsqueda y se disponía a regresar a Gibraltar cuando atisbó a los náufragos que rescató junto con el hidroavión.

El vuelo a Estados Unidos del comandante Franco lo seguía toda España con muchísima atención. La desaparición del piloto y su tripulación, el fuerte temporal que se desencadenó en la zona y el inexorable paso del tiempo, sin que se supiera nada de ellos, creó un ambiente en el que el desenlace más probable era lo peor. Cuando el Eagle telegrafió la noticia del rescate España entera se convirtió en una fiesta. Los balcones se engalanaron, la gente se lanzó a la calle y los periódicos imprimieron ediciones especiales para dar la noticia. El comandante Franco, héroe del Plus Ultra, era una figura extraordinariamente popular en el país.

Quizá la única persona que tenía la seguridad de que Ramón volvería a casa era su mujer, Carmenchu. El rey, Alfonso XIII, le había hecho llegar la misiva —a través de su padre— de que en caso de que su marido despareciera para siempre el Gobierno le otorgaría una generosa pensión. Ella estaba segura de que el aviador reaparecería y así fue. Pablo Rada, el mecánico y gran amigo de su marido que se había quedado en tierra por orden del jefe de la Aeronáutica Militar, Kindelán, la llevó en su coche hasta Algeciras para recibir al héroe. Nada más desembarcar la muchedumbre lo rodeó hasta el punto de que a su mujer le resultó imposible darle un abrazo. A codazos y como pudo, Pablo Rada consiguió acercarse a Ramón y le pasó un enigmático mensaje:

—Ten cuidado Ramón, las cosas están muy mal.

Por la tarde, el aviador pudo abrazar a su esposa en el hotel de Algeciras. Allí, además de Carmenchu, le esperaba una carta de Kindelán. Ramón la leyó enseguida y después levantó la cabeza para decirle a su mujer:

—Kindelán, ¿has visto alguna vez un hombre más grande, más antipático y más feo?

El militar le decía en la misiva que después de lo ocurrido ya no podía ser ni su jefe ni su amigo.

Ramón sabía muy bien a lo que se refería su superior. Antes de salir de viaje, en el hangar, había dos hidroaviones Dornier, aparentemente idénticos. Uno era el Dornier 15, matrícula MWAO, fabricado en las instalaciones de la empresa Dornier italiana y el otro, el Dornier 16, matrícula MWAP fabricado en España por CASA. El Dornier 15 lo habían traído desde Pisa Gallarza y Ramón Franco. El Dornier 16 se construyó a toda prisa en la factoría de Cádiz para el vuelo que tenía intención de pilotar Ramón, en un principio, alrededor del mundo. Era el primero que se fabricaba por la empresa española de una serie de 17 que tenía encargados para la Aeronáutica Militar. Desde el fracaso de su primer intento de volar alrededor del mundo con el Dornier Super Wal fabricado también por CASA, Ramón tenía una clara preferencia por el material procedente de Italia dónde la empresa Dornier venía fabricando desde hacía más tiempo las aeronaves que, tras la guerra, tenía prohibido ensamblar en Alemania. Aunque CASA disponía de la correspondiente licencia y soporte técnico de Dornier, tanto el Super Wal como el Dornier 16 fueron los primeros aviones de su clase que se construyeron en la factoría de Cádiz. La obcecación del piloto llegó hasta el punto de que, con la ayuda y conocimiento de los otros tres miembros de su tripulación, cambiaron las matrículas de los aviones sin que se enterase nadie y emprendieron el vuelo hacia Nueva York con el aparato fabricado en Italia en vez de hacerlo con el construido en CASA. La autorización expresa que había recibido del mando era para volar con el hidroavión de fabricación nacional y no con el Dornier 15.

Ramón Franco era consciente de haber desobedecido una orden y sin la excusa del éxito sabía que nunca alcanzaría el perdón. Tampoco sintió jamás el menor arrepentimiento porque poco después escribiría: «En aquellos momentos estábamos en perfecto acuerdo, y así nos lo expresábamos, en que si, en vez de llevar un avión llevamos el otro, habríamos sido ya carne de tiburones»

Cuando llegaron a Madrid, Ramón y Carmenchu, fueron recibidos por una muchedumbre que estuvo a punto de hacer que el taxi volcase. De allí se dirigió al hotel Palace para asomarse a un balcón y saludar a la gente que acudió en masa a vitorearlo. Asistió a un Te Deum de acción de gracias y a una comida en el palacio real.

Mientras el público aclamaba a Ramón, uno de los personajes más famosos de la España de 1929, el presidente del gobierno, Primo de Rivera y el jefe de la Aeronáutica Militar, Kindelán, habían decidido separarlo de la Aviación. Al mes siguiente recibió una comunicación en la que el rey ordenaba su paso a la situación B. A partir de aquel momento su vida se precipitó en una espiral de acontecimientos cuyos episodios terminarían enfrentándolo a todo el mundo.

Ramón supo muy pronto que el error de navegación de su vuelo trasatlántico sobre las Azores marcaría definitivamente el nuevo rumbo de su vida.

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Amundsen, Byrd y Nobile tras el Polo Norte

Italia

El 29 de abril de 1926 aterrizaron en la isla Spitzberg del archipiélago Svalbard (Noruega) Richard Evelyn Byrd y su copiloto Floyd Bennett, a bordo de un Fokker F-VII. Los estadounidenses tenían intención de preparar desde aquel lugar una expedición aérea al Polo Norte. Nadie lo había sobrevolado con anterioridad. La casualidad hizo que el proyecto de los norteamericanos coincidiera con el del noruego Amundsen y el italiano Nobile que aquel día también estaban en Spitzberg avituallando un gigantesco dirigible de casco semirrígido, el Norge, para convertirse también en los primeros humanos que volaran sobre el Polo Norte.

Al veterano Amundsen se le heló la sangre cuando vio aparecer en la apartada isla noruega al oficial de la Armada estadounidense, Richard Byrd, famoso por sus múltiples aventuras. Para Byrd y Bennett, la presencia del gran dirigible no era ninguna novedad ya que habían podido seguir su viaje desde que partió de Roma.

Desde hacía más de un año Roald Amundsen llevaba en la cabeza la idea de aproximarse al Polo Norte en un avión. Lo había intentado en 1925 junto con Lincoln Ellsworth, el piloto Hjalmar Riiser-Larsen y tres tripulantes más. La expedición contó con dos Dornier Do J hidroaviones de construcción italiana, N-24 y N-25, y se vieron obligados a aterrizar en un punto de latitud 87º 44’ norte. Los aviones quedaron separados varias millas y el N-24 se dañó, aunque las tripulaciones consiguieron encontrarse. El mundo dio por perdidos a los seis expedicionarios mientras ellos emprendieron la dura tarea de apartar 600 toneladas de nieve para construir una pista que les permitiera despegar con el N-25. Riiser-Larsen consiguió levantar el hidroavión con sus cinco compañeros de expedición y Amundsen y sus exploradores reaparecieron milagrosamente cuando ya nadie los esperaba.

Si parecía que los aviones de ala fija tenían problemas para llegar hasta el Polo Norte, Amundsen pensó que quizá un dirigible podría ser el vehículo más adecuado para realiza aquella travesía. Se puso en contacto con el italiano Umberto Nobile y logró que el gobierno italiano les facilitara uno de sus dirigibles para volar hasta el Polo Norte. El aparato fue bautizado con el nombre de Norge (Noruega), y el ingeniero y aviador Umberto Nobile se puso al frente de la tripulación del dirigible de Amundsen con un equipo italiano.

Los italianos habían salido de Roma con el Norge el 14 de abril y Amundsen con Lincoln Ellsworth, Riiser Larsen y Oscar Wisting se incorporaron al grupo expedicionario en la isla de Spitzberg. En total la expedición contaba con 14 tripulantes además de Amundsen y Nobile. Entre todos acumulaban una gran experiencia. Desde que el 14 de diciembre de 1911 consiguiera ser el primer hombre en alcanzar el Polo Sur, Amundsen era quizá, el explorador más experimentado en incursiones a través de los hielos con que podía contar una expedición. Umberto Nobile había adquirido una merecida reputación como experto en el diseño, la fabricación y el pilotaje de dirigibles. Ingeniero, piloto, militar y hombre de negocios, el italiano era el gran defensor de los dirigibles de cuerpo semirrígido en su país, aunque no contaba con las simpatías del responsable de la aeronáutica italiana, Italo Balbo, ni del entorno político que rodeaba a Mussolini. El Norge, diseñado por Nobile, se había construido en las instalaciones del Estado italiano.

La llegada a Spitzberg del estadounidense Byrd fue un motivo de frustración tanto para Amundsen como para Nobile. Los dos sabían que los preparativos para la expedición de la aeronave de ala rígida se completarían en poco tiempo y que corrían el riesgo de ser los segundos y no los primeros en sobrevolar el Polo Norte.

Byrd, oficial de la Armada de Estados Unidos, era un gran aventurero. A los doce años se había escapado de casa para visitar a un amigo en las Filipinas y a su regreso escribió un libro contando las peripecias de su largo viaje alrededor del mundo. De joven ingresó en la Marina, donde fue condecorado por su valor, aunque debido a problemas físicos tuvo que aceptar destinos en puesto administrativos. Ingresó en la aviación naval y en 1919 era el responsable de las fuerzas de su país en Canadá. Había realizado algunos vuelos sobre Groenlandia y esa experiencia le animó a abordar la aventura del Polo Norte. Para su empresa contaba con el apoyo financiero de Edsel Ford y esa era la razón por la que su avión llevaba el nombre de la hija del fabricante de automóviles: Josehine Ford.

Los temores de Amundsen y Nobile se hicieron realidad. El 9 de mayo Byrd y Floyd Bennett despegaron con su Fokker VII y regresaron al cabo de menos de 16 horas a Spitzberg. Dijeron que habían sobrevolado el Polo Norte. La expedición que dirigía el noruego aún seguía preparando el dirigible en la isla de Sptizberg.

Amundsen y Nobile, con catorce tripulantes a bordo, partieron dos días más tarde. Su objetivo era el de llevar a cabo un vuelo más largo que el del Josefine Ford, al pretender cruzar el Ártico, desde Spitzberg hasta Alaska, un vuelo que nadie había realizado con anterioridad. Tardaron 29 horas y 50 minutos en recorrer los 3200 kilómetros que hacía falta para atravesar el Ártico. A lo largo de aquél viaje del Norge, Amundsen y Nobile tuvieron varias ocasiones para demostrar que se entendían bastante mal. Aunque Nobile había otorgado el mando de la expedición al noruego, el italiano sobrentendió que el dirigible quedaba bajo su exclusiva autoridad, una idea que nunca consiguió que Admunsen llegara a compartir. La expedición contó con momentos muy difíciles en los que la tripulación tuvo que echar por la borda, recambios, alimentos, sacos de dormir y ropajes.

Amundsen y Nobile mantuvieron cierta pugna por hacer valer para cada uno de ellos el mérito de la expedición. El problema lo acentuó Mussolini que mandó a Umberto Nobile de gira por Estados Unidos para dar una serie de conferencias en las que la gesta se presentaba como obra exclusiva de la Italia del dictador al mando de Nobile.

El ingeniero italiano llegó a la conclusión de que haría falta organizar otra expedición al Polo Norte, esta vez sin Amundsen, en la que él fuera el único responsable. El proyecto no contó con el apoyo de Italo Balbo, aunque lo terminaría aceptando a regañadientes y no se recató en expresar su deseo de que lo único bueno de aquella aventura era la posibilidad de perder de vista a Umberto para siempre. Los preparativos de la expedición se llevarían a cabo en Italia durante 1927 y el primer trimestre de 1928. El Gobierno aceptó prestar un dirigible para la expedición, el Italia, muy similar al Norge y un buque de seguimiento de la Armada, el Città di Milano y  la ciudad de Milán sufragó los gastos. La nueva expedición ‒con la excepción del meteorólogo Finn Malgrem, sueco,  y el geofísico Franz Behounek, polaco‒ estaría formada exclusivamente por italianos. El 30 de marzo de 1928 el papa recibió a la tripulación y le hizo entrega de un crucifijo para que lo lanzaran del dirigible justo cuando estuvieran sobre el Polo Norte.

El 24 de mayo de 1928 el Italia alcanzó el Polo Norte y en su viaje de vuelta, al día siguiente, se estrelló en el hielo. La cabina del dirigible, con diez tripulantes, se desprendió de la estructura que la sujetaba y se hizo pedazos mientras que las seis personas que componían el resto de la tripulación quedaron atrapadas en la superestructura que se separó de la góndola y unida al cuerpo del dirigible ganó altura y desapareció para siempre. De los diez tripulantes que cayeron al hielo, uno murió en el acto y tres sufrieron heridas de consideración;  Nobile fue uno de los heridos, con roturas en una pierna, un brazo y una costilla, y un corte en la cabeza. Los supervivientes consiguieron recoger una radio, una tienda, varias cajas de alimentos y otros enseres que les permitieron organizar un improvisado campamento. El accidente ocurrió en un lugar que se encontraba a unos 300 kilómetros de Spitzberg. Durante una semana no conseguirían hacer funcionar la radio. El 2 de junio, un radioaficionado ruso, Nikolai Schmidt, captó las señales del Italia : varias palabras entre las que pudo distinguir ‛Nobile‘, ‘Italia’ y ‘Tierra de Francisco José’.

Las autoridades italianas, noruegas, suecas, finlandesas y muchas organizaciones e individuos particulares organizaron una gran operación de rescate por tierra y por mar. La Unión Soviética envió su gigantesco rompehielos: el Krasin. El 18 de junio Roald Amundsen se embarcó con otros voluntarios en un hidroavión francés Latham 47 y se dirigió a la zona para participar en el rescate. Todos ellos, Amundsen, el piloto noruego Leif Dietrichson, el francés René Guilbaud y tres franceses más, desaparecieron y nunca se hallaron sus cadáveres.

Pocos días después del accidente el meteorólogo sueco, Finn Malmgren, y los italianos Mariano y Zappi, que eran el segundo y tercer jefe de expedición , decidieron partir en búsqueda de auxilio. Después de varias semanas los italianos fueron rescatados por el rompehielos Krasin. Dijeron que el meteórologo Malmgren, deprimido (se sentía responsable del desastre por no haber asesorado a sus compañeros debidamente) y debilitado, les pidió que siguieran sin él. Hubo rumores de que Zappi y Mariano lo asesinaron y lo canibalizaron.

Al cabo de un mes, el teniente Einar Lundborg de la Fuerza Aérea sueca y su observador, el teniente Schyberg, con un Fokker, consiguieron aterrizar cerca del lugar donde se encontraban los supervivientes. Nobile tenía un plan para el rescate según el cual Cecioni (el herido más grave) debía ser evacuado en primer lugar, a continuación había otros dos y él figuraba el cuarto en la lista. Los dos últimos serían Viglieri (navegante) y Biagi (radio operador). Sin embargo, Lundborg no quiso embarcar a nadie que no fuera Nobile. El más grave de los heridos, Cecioni, era demasiado pesado y no creía que su avión pudiera despegar con tanta carga. Nobile fue transportado a la Isla Ryss donde estaba la base de operaciones de rescate de Suecia y Finlandia. Lundborg regresó a por otro superviviente, pero al aterrizar su aeronave sufrió daños irreparables y tuvo que quedarse con los otros cinco tripulantes del Italia.

Nobile fue trasladado al buque italiano Cittá di Milano en donde, según comentaría más tarde, todos sus esfuerzos por organizar el rescate fueron ignorados y el capitán Romagna lo mantuvo virtualmente arrestado. Los periódicos de Mussolini, en Italia, dieron la noticia de que el rescate de Nobile era un signo de cobardía. El rompehielos soviético Krasin logró rescatar a los supervivientes cuando llevaban ya 48 días sobre la plataforma de hielo, a la deriva. A pesar de que Nobile insistió en continuar con la búsqueda de los otros seis tripulantes desaparecidos, el gobierno italiano ordenó el regreso a Italia del Città di Milano.

A los supervivientes del Italia les esperaba en Roma, el 31 de julio, una inesperada explosión popular de entusiasmo que convocó a unas doscientas mil personas. Cuando Nobile se entrevistó con Mussolini el dictador se sintió molesto por la actitud del ingeniero explorador que le echó en cara los agravios, injustificados, que había recibido del estamento gubernamental. La investigación oficial y sus muchos enemigos políticos lo responsabilizaron del accidente y de haber abandonado a sus hombres. El general Nobile dimitió de la Fuerza Aérea en marzo de 1929. Durante el resto de su larga vida continuaría justificando sus actuaciones al mando del dirigible Italia.

De 1925 a 1928 el Polo Norte fue testigo de las aventuras de tres grandes exploradores, empeñados en ser los primeros en sobrevolar el punto de máxima latitud norte terrestre. Byrd consiguió la medalla del Congreso de su país, pero años más tarde su vuelo fue cuestionado y es posible que los dos estadounidenses nunca llegaran al Polo Norte en aquel vuelo que les reportó tanta fama. De ser así, Amundsen y Nobile habrían sido los primeros en sobrevolarlo. El noruego y el italiano se enemistarían para siempre a raíz de sus discrepancias durante la aventura que corrieron juntos. Ofuscado, Umberto Nobile trató de repetir la expedición y, aunque consiguió sobrevolar el Polo Norte, el viaje fue un fracaso en el que estuvo a punto de morir; en cualquier caso la aventura mermaría su reputación para siempre y le obligaría a dar muchísimas explicaciones. La peor parte de la historia corrió a cargo del noruego Amundsen que, en un trágico accidente aéreo, perdió la vida cuando trataba de ayudar a Umberto Nobile y su tripulación.