La primera carrera de aviones de la historia: Madrid-París (1911)

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El 25 de julio de 1909, Blériot, a bordo de un pequeño monoplano (Blériot XI) de 7,79 metros de envergadura, equipado con un motor Anzani de tres cilindros con una potencia inferior a 30 caballos, demostró que se podía volar de Francia al Reino Unido en 37 minutos. El Blériot XI se convirtió en el aeroplano de moda y empezó a fabricarse con otros motores, Gnome, de 50 y 70 caballos. Louis Blériot, con su histórico vuelo a través del Canal que separa Francia de Gran Bretaña, puso de manifiesto que los aviones servían para viajar de un lugar a otro de la Tierra. Hasta entonces los vuelos se habían limitado prácticamente a la realización de exhibiciones aeronáuticas en los aeródromos, sin salir de ellos. La aviación acababa de nacer.

Aún no habían transcurrido dos años del vuelo de Blériot cuando el periódico francés Le Petit Parisien organizó la primera carrera de aviones de la historia de la aviación: de París a Madrid. En aquella época, las gestas aeronáuticas constituían una preciada fuente de ingresos para los periódicos y las editoriales más importantes establecían premios de aviación para aumentar sus tiradas contando las aventuras de los intrépidos aviadores que, en busca de fama y dinero, pugnaban por ocupar las portadas de la prensa. Cuando Blériot cruzó el Canal, ganó el premio del Daily Mail, dotado con mil libras; pero sobre todo consiguió una popularidad extraordinaria que se tradujo en centenares de pedidos para su incipiente fábrica de aeronaves.

Le Petit Parisien organizó la carrera de aviones de París a Madrid, con un generoso premio de 100 000 francos para el vencedor. Los participantes iniciarían el recorrido en Issy-les-Moulineaux, París, el 21 de mayo de 1911, con la intención de alcanzar la meta, situada en Getafe (Madrid), el día 25 del mismo mes. Se previeron dos escalas: la primera en Angulema (Francia) y la segunda en San Sebastián (España). Sin embargo, los participantes podían hacer otras paradas intermedias para avituallarse o reparar los aparatos.

Hubo alrededor de 27 inscripciones, aunque el día de la salida tan solo se presentaron en la competición 8 aviadores, con sus respectivos aeroplanos. Cuatro de ellos volarían con aviones del tipo Blériot XI, dos con aeronaves Morane y los otros dos con aparatos un tanto originales. Los Morane eran muy parecidos a los Blériot. De hecho, el fabricante, Léon Morane (que primero se asoció con Gabriel Borel y después con Raymond Saulnier) había trabajado con Louis Blériot en el diseño del Blériot XI. De los otros dos aeroplanos, uno de ellos lo pilotaba su fabricante: Emile Train. Era el único con capacidad para llevar un pasajero a bordo y el fuselaje estaba construido con tubos metálicos. Las costillas de las alas eran de madera y el avión se parecía mucho a la Demoiselle de Alberto Santos Dumont. Emile era un hombre con magníficas ideas al que le faltaba apoyo financiero. Y el segundo aparato, que tampoco se parecía a los Blériot XI, era el Goupy II que volaría el piloto Pierre Divétain. Era el único biplano, un avión experimental diseñado por Ambroise Goupy y Mario Calderara, fabricado en 1909 en el taller de Blériot. En su configuración había dos innovaciones importantes: se trataba del primer biplano con hélice tractora (hasta entonces todos los biplanos llevaban hélices de empuje, detrás de las alas) y también fue el primer biplano con dos pares de alas en las que las inferiores estaban retrasadas con respecto a las superiores. Además, el Goupy II utilizaba alerones para el control lateral, mientras que el resto de las aeronaves que participaron empleaban el sistema de torsión de los hermanos Wright.

La carrera no pudo empezar peor.

Las crónicas de la época narran que en Issy-les-Moulineaux se llegaron a congregar unas 200 000 personas para presenciar el inicio del evento. Eran las seis de la madrugada. A pesar de lo intempestivo de la hora el ministro francés de la Guerra, Maurice Berteaux, y el presidente del Gobierno, Ernest Monis, presidían el acto junto con otras autoridades. A los aviadores se les fue dando la salida con intervalos de diez minutos. Beaumont, Gibert, Garros y Le Lasseur de Ranzay lograron despegar. A Frei se le rompió el avión, el aparato de Garnier rodó sobre la pista sin elevarse y Jules Védrines volcó. El quinto en salir fue Emile Train; un constructor y piloto poco conocido que aquel día lograría hacerse tristemente famoso. Era el único participante que llevaba un pasajero a bordo. El propio Emile describió así lo que ocurrió el 21 de mayo de 1911 en Issy-les-Moulineaux:

«Tan pronto como abandoné la tierra, me di cuenta de que el motor no funcionaba bien. Iba a aterrrizar, después de hacer un giro a un lado, cuando vi un destacamento de coraceros cruzando la pista de vuelo. Intenté hacer una pequeña curva para evitarlos, y aterrizar en la dirección opuesta, pero mi motor en ese momento fallaba más y más, y me fue imposible realizar el giro. Elevé la máquina para pasar sobre las tropas y aterrizar detrás de ellas. En ese momento un grupo de personas, que habían permanecido ocultadas a mi vista por los coraceros, se dispersaban delante de mí en todas las direcciones. Traté de hacer lo imposible, arriesgando la vida de mi pasajero, para prolongar mi vuelo y caer más allá de las últimas personas del grupo. Estaba a punto de aterrizar, cuando el aparato, que había levantado casi verticalmente, cayó pesadamente sobre la tierra. Salí de debajo de la máquina, con mi pasajero, creyendo que había evitado cualquier accidente. Fue solamente entonces cuando conocí la terrible desgracia.»

El jefe de la policía ordenó a los coraceros entrar en la pista para desalojar a los espectadores que la habían invadido y el grupo de personalidades decidió dar un paseo para estirar las piernas. Los paseantes quedaron detrás de los coraceros montados a caballo. Emile logró esquivar a los soldados, pero se topó con los paseantes que estaban detrás, en medio de la pista. La hélice del avión de Train seccionó un brazo del ministro de la Guerra, Maurice Berteaux, le produjo heridas en la cabeza y el político falleció en el aeródromo poco después. Ernest Monis, el presidente del Gobierno, también sufrió contusiones y perdió el conocimiento, pero salvó la vida.

Monis decidió que no se suspendiera la prueba y al día siguiente tomaron la salida los participantes que no lo pudieron hacer el 21 de mayo.

Tan solo 3 participantes consiguieron llegar a Angulema: Garros, Gibert y Védrines. Jules Védrines ganó la etapa al cubrir los 390 kilómetros en 4 horas, 24 minutos y 16 segundos.

En la segunda etapa, de 335 kilómetros, Védrines aterrizó en la playa de Ondarreta, en San Sebastián, 2 horas antes que el siguiente que fue Garros. Gibert llegaría más tarde y, al cruzar los Pirineos, se encontró con un águila de la que tuvo que defenderse a tiros.

La ruta de la última etapa, de San Sebastián a Madrid, se estableció tomando la referencia de la línea férrea que pasa por Tolosa y desde allí hasta Burgos y Madrid siguiendo la carretera. Antes de atravesar la sierra, al norte de Madrid, se encenderían hogueras para advertir a los aviadores de su presencia.

Al salir de San Sebastián, el primero en hacerlo, Rolland Garros, tuvo que regresar, por problemas técnicos, hasta tres veces. La última vez rompió el avión durante el aterrizaje, cerca de Andoaín. Gibert tampoco tuvo suerte y su avión volcó al aterrizar en Olazagutia, cerca de Vitoria.

En Getafe, los reyes de España, acompañados del marqués de Viana, esperaban la llegada de Védrines. Sin embargo, el aviador tuvo que efectuar un aterrizaje de emergencia en el pueblo de Quintanapalla, cerca de Burgos. Los lugareños jamás habían visto un avión, pero le facilitaron al piloto medios de transporte para que se desplazara a Burgos y adquiriese las piezas de repuesto que necesitaba. Mientras le reparaban el aeroplano, Védrines, con un automóvil, recorrió la ruta que tenía que seguir hasta Guadarrama para familiarizarse con ella. El rey y su séquito se vieron obligados a abandonaron Getafe, después de una infructuosa espera.

El 26 de mayo, un día después de lo previsto, a las ocho horas y seis minutos de la mañana, Jules Védrines se proclamó vencedor de la primera carrera internacional de la historia de la aviación al aterrizar en Getafe. Los reyes no estuvieron allí, pero un público muy numeroso se encargó de dar la bienvenida al intrépido navegante. De aquella carrera de aviones, entre París y Madrid, fue el único participante que logró alcanzar la meta; con un ganador, Le Petit Parisien pudo declarar que la competición había sido un éxito.

Eran tiempos en los que el vuelo era un ejercicio peligroso. Después de su victoria en la carrera Paris-Madrid Jules Védrine logró otros éxitos como aviador. Durante la I Guerra Mundial alcanzó el grado de as de la aviación militar francesa y, poco después de finalizar la contienda, en 1919, Védrines murió al realizar un aterrizaje forzoso en Saint Rambert d’Albon con su Caudron C.23.

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