Salto Angel: la gran catarata del aviador James Crawford Angel

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Rodeado de selva y bosques vírgenes, el Auyantepuy permaneció oculto a los ojos del mundo hasta que un aviador norteamericano, James Crawford Angel Marshall, su mujer y dos venezolanos, aterrizaron en aquella meseta el 9 de octubre de 1937, con tan mala fortuna que las ruedas del tren de aterrizaje de su avión se hundieron en el lodo y el avión metió el morro en la tierra. Ya no pudieron despegar. Auyantepuy quiere decir, en la lengua que hablan los indios pemones, montaña del diablo. Es un tepuy, una meseta muy alta con las paredes que caen a pico, que se encuentra en el estado de Bolívar (Venezuela) a unos 46 kilómetros al sureste de Canaima. La planicie que corona aquel tepuy tiene una vasta extensión, de unos 700 kilómetros cuadrados y una altura que sobrepasa los 2000 metros.

Al aviador estadounidense se le conocía como Jimmy Angel. Era un explorador aventurero que había sobrevolado la zona muchas veces desde hacía unos diecisiete años. Jimmy buscaba oro. A Venezuela, en los años 1920, lo llevó por primera vez un tal McCracken ─a quien había conocido en un bar de Panamá─ que le pagó la desorbitada suma de cinco mil dólares para que aterrizase en una de aquellas altiplanicies. McCracken lo condujo a un lugar que se parecía mucho al Auyantepuy, orientándose con un plano que llevaba y Jimmy, entonces, consiguió aterrizar sin ningún problema. Su cliente bajó del avión y desapareció. McCracken regresó con unos 30 kilogramos de oro metido en pequeños sacos. Entonces Jimmy se enteró de que el extraño personaje había llegado a aquel lugar hacía ya tiempo con otra persona; encontraron oro, recogieron el preciado metal y lo guardaron para regresar a por su tesoro más tarde. Sin embargo, el compañero de McCracken murió, de una picadura de serpiente, en el viaje de vuelta.

Jimmy Angel, McCracken y su valiosa carga regresaron a Panamá y el piloto, con el paso del tiempo, terminó por olvidar el asunto. En 1934, ya habían transcurrido catorce años, cuando el aviador y el buscador de oro volvieron a coincidir en un tren y recordaron su viaje. McCracken le preguntó a Jimmy si se había hecho rico porque pensaba que, sabiendo donde se encontraba el oro, habría vuelto con su avión a aquel lugar. A partir de ese momento, Jimmy ya no pudo quitarse de la cabeza la idea de regresar al sitio donde abundaba el oro. Compró un avión Flamingo y decidió invertir todos sus ahorros y los de su esposa, María, en la búsqueda del yacimiento.

Jimmy Angel creía que el oro se encontraba en la meseta del Auyantepuy y durante años realizó vuelos de inspección por toda aquella zona. Algunos de ellos se los financiarían empresas mineras y otros los costearon Jimmy y su mujer. En uno de aquellos vuelos, el 18 de noviembre de 1933, descubrió una larguísima cola de agua que se desprendía por una de las paredes del Auyantepuy. Era una impresionante cascada cuya caída se acercaba a los mil metros. No había otra en el planeta Tierra de semejantes proporciones. Al principio no le creyeron porque no había mapas de la zona y ni siquiera estaba bien señalizada la presencia del Auyantepuy. El aviador hizo amistad con el topógrafo y geólogo Shorty Martín que por entonces realizaba levantamientos en aquella región. Con él efectuó varios vuelos alrededor del gran tepuy, hicieron mapas del contorno, auxiliándose de la brújula del avión, pudieron contemplar la catarata y de las lecturas del altímetro del aeroplano dedujeron que el salto tenía una altura próxima a los mil metros.

Sin embargo, a Jimmy no le interesaba la inmensa cascada en la que el agua al llegar a su base se pulverizaba sino que lo único que buscaba era un lugar para aterrizar, arriba, cerca del río Caroní donde pensaba que se podía hallar la reserva de oro. Por eso, a su avión Flamingo lo había bautizado con el nombre de Río Caroní.

En 1937, Jimmy y su esposa María habían enrolado en su empresa a Gustavo Heny, un explorador venezolano, aventurero, a quien le llamaban Cabuya por su aspecto, muy delgado y alto. Y así es como el aviador le había contado al explorador la historia de la existencia de oro en la zona del Auyantepuy. Pero si ocurrió exactamente así, o de otra forma, nadie lo sabe. Clifford Angel, hermano de Jimmy, narró los hechos con ciertas variantes sobre la versión que el aviador ofreció a Cabuya.

Clifford Angel escribió que su hermano Jimmy se hizo aviador en la I Guerra Mundial durante la cual, en Europa, derribó un dirigible y varios aviones enemigos. Voló en el famoso escuadrón de Rickenbacker y a su regreso a Estados Unidos convenció a sus cinco hermanos para formar un ‘circo volante’. Les enseñó a volar a todos y a practicar ejercicios como el de andar por las alas, lanzarse en paracaídas y pasar del avión a un automóvil. En los años de la década de 1920 muchos pilotos, ex combatientes de la guerra, realizaban acrobacias y demostraciones aéreas en California. Jimmy y sus hermanos se unieron al festival de locuras con el identificativo comercial de Flying Angels y un aeropolano Curtiss Jenny.

Jimmy se casó con la única chica que no le hacía caso: se llamaba Virginia y solo tenía 16 años. La muchacha se incorporó al grupo de ‘ángeles voladores’ y además de ser una buena mecánica demostró que no tenía miedo a pasearse por las alas, saltar a otros aviones o lanzarse en paracaídas.

A finales de la década de 1920 los ‘circos volantes’ empezaron a desaparecer. Los viejos aeroplanos se fueron estrellando, muchos pilotos perdieron la vida, los paracaídas llevaban ya tantos parches que no se podían usar y la gente se aburrió del espectáculo que ofrecían aquellos pilotos. En 1927, los hermanos Angel, abrieron una escuela de vuelo cerca de San Diego. Uno de sus primeros clientes fue un chino que aprendió a realizar acrobacias y que les trajo una gran cantidad de paisanos suyos a quienes les siguió una multitud de japoneses. Cuando se acabó el adiestramiento de una auténtica fuerza aérea oriental cerraron la escuela y se trasladaron a Los Angeles para rodar películas de aviones en Hollywood.

Un día Jimmy reunió a todos sus hermanos y les enseñó las cifras del negocio: caminaban hacia una bancarrota segura. No tenían más remedio que disolver la sociedad y separarse. Con la ruptura del equipo familiar, también se produjo la separación de Jimmy y Virginia.

Jimmy abandonó Estados Unidos y se fue a México para dedicarse al transporte de mercancías para mineros y empresas que construían vías férreas. Una vez le dieron 500 dólares por llevar a una pareja de burros colgados de las alas a un campo aislado. Poco a poco se fue trasladando más al sur. En 1930 llegó a Venezuela. Allí encontró a un hombre que se llamaba McCracken y que le contó que había escalado una montaña, cerca del nacimiento del Churun, un afluente del Orinoco. Allí encontró mucho oro en la cuenca de un río. Sin embargo, sabía que ya era demasiado viejo para realizar otro viaje al mismo lugar y necesitaba que un piloto, muy especial, fuera capaz de viajar con él hasta aquel remoto espacio de la jungla, que estaba a 250 millas de la civilización, y aterrizar en algún descampado. Jimmy se agenció un monoplano Curtiss y tres días después los dos aventureros llegaron a Ciudad Bolívar. Cargaron el avión y desde allí se dirigieron hacia el sur, a un lugar maldito para los nativos.

A lo largo del viaje McCracken fue dando indicaciones a Jimmy sobre la ruta que tenía que seguir. Le hizo volar más de lo necesario, haciendo y deshaciendo el camino, hasta que llegaron al Auyantepuy: «¡Esa es! ¡Esa es la montaña del diablo! ¡Mira!, ese es el cortado que yo escalé hasta la planicie cerca de la cumbre.». Jimmy ascendió sobre la meseta y McCracken, muy excitado, le dijo que allí estaba el río del oro y que descendiera. El aviador pudo aterrizar en la cuenca del río, sobre un terreno rocoso pero firme. Cuando el avión se detuvo su acompañante abrió la portezuela y saltó de la cabina para abalanzarse sobre el agua. Jimmy abandonó también el aeroplano y se unió a la eufórica actividad de su acompañante que consistía en recoger con las manos abundantes pepitas de oro de la arena del río.

Regresaron a Ciudad Bolívar con todo el oro que pudieron cargar en el aeroplano y encontraron un comprador para su mercancía en Panamá. Después de vender el oro McCracken tomó un tren para Nueva Orleans con la promesa de que regresaría en el plazo de un mes y Jimmy se quedó con la intención de preparar el avión para su segundo viaje. Pero, McCracken ya no pudo volver porque murió de un ataque al corazón.

Según Clifford Angel, hermano de Jimmy, desde finales de 1930 el aviador continuó buscando el lugar sin ningún éxito, en solitario, durante cinco años, hasta que se le acabó el dinero. A partir de entonces su búsqueda trató de financiarla, en parte, con otros socios. Las fechas no coinciden, pero según el relato de Clifford, en uno de aquellos vuelos, Jimmy descubrió una inmensa catarata: «Yo no era un turista, pero sabía que había encontrado la mayor catarata del mundo; y también sabía que ningún hombre blanco había estado allí antes que yo ¡Era fantástico! El agua salía de un agujero desde dentro de la montaña, unos 250 pies debajo del borde de una meseta que se parecía a la montaña descrita en el libro, The Lost World, de Sir Arthur Conan Doyle. Desde allí se desplomaba en la jungla y se perdía de vista en la bruma allá abajo.»

Jimmy viajó a Estados Unidos en busca de dinero para proseguir sus exploraciones tras el oro. Una mujer pelirroja, que se parecía a Virginia, se ofreció a financiar el viaje; se llamaba María y el trato concluyó también con una boda entre los dos socios.

El relato de la historia de Jimmy Angel, escrito por su hermano Clifford, continúa y no se ajusta exactamente al de Gustavo Heny. Sin embargo el explorador venezolano, junto con su jardinero, formaron parte de la expedición de Jimmy y María, el año 1937, cuando el Flamingo del aviador se quedó empotrado en el lodo, en la meseta del Auyantepuy. Parece lógico pensar que la versión del venezolano se ajusta más a la realidad que la narración del hermano de Jimmy.

Entre el explorador y el piloto surgió, nada más conocerse, una corriente de simpatía y confianza mutua ya que compartían un mismo deseo irrefrenable por la aventura. Según cuenta Gustavo Heny, en otoño de 1937 se asentaron en un campamento al sur del Auyantepuy donde Jimmy podía aterrizar y despegar con facilidad. Desde allí Gustavo y Miguel, su jardinero, realizaban exploraciones terrestres y Jimmy y María vuelos de observación. Gustavo logró subir a la meseta del Auyantepuy dos veces y se aproximó al lugar donde Jimmy había indicado que podía encontrarse el oro, pero un roquedo le impidió proseguir la marcha. Mientras tanto, Jimmy había logrado encontrar en la altiplanicie un sitio en el que el firme parecía ser suficientemente consistente como para soportar el impacto de las ruedas del Flamingo durante el aterrizaje. En aquel lugar había dejado marcadas las ruedas. Al regreso de la segunda exploración a la meseta del Auyantepui, Gustavo, se encontró con que Jimmy lo esperaba para volar hasta la cima y aterrizar allí. El explorador le pidió que esperase unos 12 días, que era lo que necesitaba para subir a la planicie otra vez, y así podría indicarle con exactitud el lugar del aterrizaje. Jimmy ya no quería esperar más tiempo.

El viaje en avión, desde el campamento, no duraba más de 15 minutos. Cargaron la gasolina justa para ir y volver y provisiones para un viaje de 15 días que era el tiempo que Gustavo había estimado que podían tardar en regresar a pie. A las 11:45 de la mañana del 9 de octubre de 1937 el tren de aterrizaje del Flamingo se hundió en un barrizal después de rodar sobre la hierba un largo trecho. El morro se sumergió en el lodo y la cola del avión se levantó. María y Miguel salieron del avión con facilidad, pero a Gustavo se le había roto el cinturón de seguridad y se fue contra Jimmy y el panel de instrumentos. Los dos tardaron un poco más en evacuar la aeronave. Ninguno sufrió el menor daño y el avión, aunque tenía algún desperfecto que se podría arreglar con facilidad, se había quedado atascado en el lodazal de donde les resultaba imposible sacarlo.

Jimmy se acercó al río y llegó a la conclusión de que aquél no era el lugar en el que había aterrizado hacía años con McCracken.

La vuelta al campamento, a pie, tenía el inconveniente de que necesitaban escalar un farallón donde, en sus excursiones anteriores, Gustavo no había encontrado el modo de bajar. Sin embargo, el explorador descubrió una grieta por la que pasaron al otro lado y a partir de allí el camino de regreso lo conocía a la perfección. Tardaron diez días en llegar al campamento desde el que habían despegado con el Flamingo. El viaje fue difícil: en algunos lugares tuvieron que cortar la maleza para abrirse paso, en otros los ríos les obligaron a caminar en busca de un lugar adecuado para cruzarlos y en muchos tramos los helechos y las hierbas les cortaban el rostro.

El aterrizaje de Jimmy y sus acompañantes en el Auyantepuy con el Flamingo y su viaje de regreso, a pie, captaron el interés del público por aquel remoto lugar. Desde entonces, la mayor catarata de la Tierra se conoce con el nombre del aviador: Salto Ángel.

Gustavo Heny, apostilló:

«Después de la odisea, Jimmy pasó algunos sinsabores en Venezuela y, apesadumbrado, se retiró a vivir en Panamá, donde murió en 1956. Fue su último deseo el que sus cenizas fueran traídas a Venezuela y esparcidas sobre la región, que tantas aventuras le deparó y de la que siempre guardaba un profundo recuerdo. Sus deseos fueron cumplidos. María, su hijo y Gustavo, en sencilla pero emotiva ceremonia, esparcieron desde un avión y sobre el Salto Ángel, el contenido de aquel cofre que, como diáfana nube, se abrazó al Salto, y con él regó para siempre la tierra que Jimmy tanto amó. »

Su hermano Clifford asegura que, desde el gran descubrimiento, a Jimmy ya no le faltó el dinero. Cuando se inició la II Guerra Mundial, el aviador operaba una pequeña línea aérea y tenía dos hijos. En primavera del año 1956 sufrió un accidente cuando aterrizaba en Panamá. Ingresó en el hospital y allí contrajo una pulmonía de la que se recuperó parcialmente; después entró en coma y así permaneció hasta el 8 de diciembre del mismo año, día en que falleció. Parte de sus cenizas se conservan en “The Portal of Folded Wings”, en Hollywood y el resto fueron esparcidas desde un avión sobre la gran catarata que lleva su nombre.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

5 comentarios el “Salto Angel: la gran catarata del aviador James Crawford Angel

  1. Audaz , persistente ..encontró algo más valioso que el oro que puede disfrutar la humanidad…la veracidad de la historia siempre depende de quien la cuente…puede que parte se pierda , o destaque sucesos de más interés para el que la vivió ..pero realmente la disfrute ..despertó mi interés…..GRACIAS

  2. Gracias!!! Estoy con una gripe que no tengo fuerzas para comentar nada y la negra es que tengo viaje el 26. Un abrazo Estimado Francisco Escarti por tu generosidad.

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