Los primeros ases de la aviación alemana

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LA VIDA DE ANTHONY FOKKER

Anthony Fokker, primeros años
El primer avión de Anthony Fokker
Anthony Fokker, Johannisthal y el amor de Ljuba
Fabricante de aviones en Alemania

El falso teniente que hizo que las hélices disparasen las ametralladoras

 

Max Immelmann y Oswald Boelke

Junto con la introducción en la guerra de los aviones de caza, Eindecker, surgieron en Alemania los pilotos que desarrollaron las técnicas de vuelo de la nueva arma. Max Immelmann y Oswald Boelcke fueron los primeros en proponer métodos de caza y Manfred Richthofen consiguió el mayor número de derribos de aviones enemigos durante la contienda.

Tony Fokker se mostró siempre muy sensible a las opiniones de estos ases con los que trató de intimar, en el frente, o invitándolos en Berlín cuando disponían de días libres. Pasaba mucho tiempo en las unidades operativas escuchando sus opiniones y, si podía, los llevaba a su fábrica para que la visitasen y vieran con sus propios ojos cómo se hacían los aviones. En Berlín, Fokker tenía habitaciones en el hotel Bristol siempre disponibles para sus invitados y un programa de diversiones que pasaba por los mejores restaurantes de la ciudad, cabarets y cafés de moda, además de contar con una amplia y variada lista de admiradoras siempre dispuestas a compartir con los jóvenes aviadores tiernas experiencias. No todos se prestaban al paquete de ocio completo que Fokker ponía a su disposición, pero la mayoría solía agradecerlo y procuraba disfrutar en Berlín de la vida, que no podía ser muy larga en aquél oficio, antes de regresar a la monótona exasperación del frente. Max Immelmann, Oswald Boelcke y Manfred Richthofen, los grandes héroes populares de la aviación alemana, llegaron a intimar con Anthony Fokker.

Max Immelmann era un muchacho juicioso, tranquilo, afable, confiado en sí mismo y frugal. No comía carne, no fumaba y no bebía alcohol. A los 15 años, Max Immelmann había ingresado en la escuela de cadetes de Dresden, pero en 1912 dejó la carrera militar para ingresar en la escuela de ingeniería y cuando estalló la guerra se presentó voluntario al Cuerpo de Aviación. Lo mandaron a Adlershof, desde donde los futuros pilotos y observadores eran enviados a los cursos que se hacían en distintos establecimientos. Aprendería a volar en LFV y allí también recibió clases de mecánica, construcción de aeroplanos y meteorología. Después de 24 vuelos con un instructor, el 31 de enero de 1915 se soltó. El 9 de febrero consiguió su licencia de piloto al superar un examen en el que hizo varios ochos y aterrizó en el lugar indicado, entre dos postes. A continuación inició el largo proceso para que le otorgaran el grado de piloto de guerra. Hizo 20 aterrizajes más, 2 vuelos de 30 minutos a 500 metros de altura, voló una hora a 2000 metros y para acabar la serie de ejercicios tuvo que planear desde una altura de 800 metros hasta el suelo. La segunda tanda de pruebas consistió en un ascenso a 2600 metros, en los que emplearía 65 minutos, un descenso a 2400 para volar nivelado durante unos 20 minutos, seguido de otro descenso a 2200 metros para iniciar un planeo de 3 minutos hasta el suelo. Y por último, aún tuvo que efectuar una serie de aterrizajes. Con aquella preparación ya estaba casi listo para ir al frente, no del todo, porque cuando lo llamaron por primera vez tuvo que hacer unas pruebas adicionales y en una de ellas efectuó un aterrizaje forzoso por lo que seguiría con sus entrenamientos hasta que, por fin, el 12 de abril de 1915 fue transferido al frente. Su primer destino sería una unidad de cooperación con la Artillería en la que permaneció dos semanas. De allí lo mandaron a la Abteilung 62, en Douai, cuyo comandante era Hauptmann Kastner, para volar como piloto en un avión de observación del fabricante LVG.

En Douai, Immelmann coincidió con un antiguo compañero de la academia militar de Dresden que también había ingresado en el Cuerpo Aéreo, Ehrhardt von Teuben. Pero, con quién Max congeniaría muy pronto fue con Oswald Boelcke. Immelmann anotó en su diario, poco después de conocerlo, que le había impresionado por su calma y porque nunca se ponía nervioso.

Oswald era un militar profesional que, al igual que otros muchos, realizó los cursillos para obtener la licencia de vuelo en la escuela de Halberstadt Works, en Halberstadt, en 1914. En septiembre de ese mismo año ingresó en el Cuerpo Aéreo y empezó a volar con su hermano, como piloto en una Fliegerabteilungen que contaba con seis biplanos de observación clase B, sin armamento. Boelcke fue distinguido con una Cruz de Hierro en febrero de 1915 por haber llevado a cabo con éxito 15 misiones de vuelo. En abril de ese año se creó la Abteilung 62 y Boelcke fue asignado a la nueva unidad para que colaborase en la tarea de organizarla.

Hasta la primavera de 1915 la mayoría de los aviones alemanes eran biplanos con dos asientos, de la clase B, dedicados a tareas de observación. Los que más abundaban, los Albatros, Aviatik y LVG, no llevaban armamento; el piloto se sentaba en el asiento de atrás y el observador delante. Los Aliados empezaron a montar ametralladoras en sus observadores y Roland Garros fue el primero en disparar a través de las hélices con la ametralladora de su Morane-Saulnier. Los alemanes tuvieron que introducir una nueva clase de aviones de observación, la C, en la que el piloto se colocaba delante y el observador detrás con una ametralladora Parabellum. Oswald recibió la primera unidad de este tipo.

Cuando Oswald Boelcke se incorporó a su destino, uno de sus objetivo era el de desarrollar el combate aéreo con los aviones de observación, clase C.
El nuevo sistema de sincronización de disparos, de Fokker, también se acababa de probar y uno de los prototipos en los que se montó era un avión Fokker M.5, modificado, que pilotaba el teniente Otto Parschau, a quién también destinaron a la Abteilung 62.
En la Abteilung 62 se recibirían los primeros Eindecker que eran aparatos completamente nuevos, con una misión específica muy concreta: derribar aviones enemigos. Era el primer avión que se construía con ese único propósito.

Boelcke, Immelmann y Teuben compartían una casa en Douai. Durante aquellos meses Oswald y Max estudiaron el combate aéreo con la idea de formular una metodología que les permitiera abordarlo de un modo racional. Entre los dos desarrollaron una doctrina que posteriormente se generalizaría.
Los principios que plantearon los dos pilotos eran muy sencillos y también muy eficientes. Al iniciar el ataque el caza debería estar colocado a mayor altura que su objetivo. A ser posible, con el sol detrás. El ataque convenía hacerlo en un sector en el que el enemigo no pudiera hacer valer sus armas, buscando las zonas muertas de las ametralladoras que llevara a bordo. Si un enemigo atacaba de frente la mejor defensa era volar hacia él ya que así se reducían al mínimo tanto la superficie del blanco para el oponente como el tiempo que disponía para hacer fuego. Si el adversario atacaba por la cola la maniobra evasiva consistía en virar al máximo, para intentar ponerse en la cola del enemigo o alejarse de él.

Immelmann inventó una maniobra que llevaría su nombre: giro Immelmann. Era una acrobacia que solía hacer Alphonse Pégoud en sus demostraciones acrobáticas, pero que Max la había adoptado como una técnica de combate. Consistía en que al salir del picado —después de atacar a sus adversarios— el piloto efectuara medio rizo, porque cuando se encontraba en la parte más alta, con el avión invertido, entonces deshacía el rizo girando media vuelta sobre su eje longitudinal para ponerse boca arriba y seguir volando a nivel, en dirección opuesta a la que traía. A partir de este punto el piloto podía hacer dos cosas, una era la de seguir esa trayectoria si quería abandonar el combate o no tenía sentido continuarlo porque había derribado a su oponente; la otra consistía en levantar el morro, para entrar en pérdida y virar, con lo que el avión iniciaba otro picado que le facilitaba un nuevo ataque.
Boelcke y Max Immelmann recibieron los E.II con motor Oberursel de 100 HP en julio de 1915. La nueva versión del Eindecker alcanzaba una velocidad de 87 millas por hora. Con estos aviones los dos pilotos lograrían sus primeras victorias.

El 1 de agosto de 1915, a las 4:45 horas Immelmann creyó oír una veintena de aviones sobre el campo de Douai y poco después el estruendo de un intenso bombardeo. Boelcke salió detrás de los agresores con su Eindecker E.II y Max Immelmann iba a hacer lo mismo con su LFV, cuando el observador de su aeroplano insistió en que las condiciones meteorológicas no eran buenas para volar. Immelmann se subió a bordo del otro E.II y despegó detrás de Boelcke que le llevaba algo de ventaja. Cuando estaba cerca de él vio cómo Oswald daba la vuelta y emprendía el regreso porque su ametralladora se había encasquillado. Immelmann continuó detrás de los bombarderos enemigos solo. Al cabo de un rato uno de ellos se puso a tiro y le disparó una ráfaga. Era un BE.2, británico, que no llevaba observador para poder cargar más bombas, y al ser alcanzado descendió para efectuar un aterrizaje de emergencia. Immelmann tomó tierra a su lado, no llevaba ningún arma, pensaba que su víctima era un francés y se acercó al piloto para decirle «eres mi prisionero», en su idioma. El piloto le respondió en inglés «tengo el brazo roto porque disparas muy bien». El alemán le ayudó a salir de la cabina y después se fue a buscar un médico para que lo atendiera. Por aquella, su primera victoria, a Immelmann se le concedería la Cruz de Hierro.

Para Boelcke, el Eindecker, monoplano, colmaba sus aspiraciones como piloto y en julio escribió a sus padres para decirles que el avión satisfacía plenamente sus deseos porque podía ser observador, guerrero y piloto al mismo tiempo. Oswald derribó su primer avión, con el nuevo Fokker, el 19 de agosto.
En septiembre, Max Immelman derribó otros tres aeroplanos.

En octubre, Oswald Boelcke y Ehrhardt von Teuben fueron destinados a Metz, mientras Immelmann seguía en Douai. Desde allí patrullaba en solitario sobre el cielo de Lille y se ganó el sobrenombre de El Águila de Lille. En Metz von Teuben quería volar con Oswald, pero a Boelcke le asignaron un Eindecker. Allí tuvo una actuación que llevó su nombre hasta el despacho del káiser. Derribó un Voisin que pretendía bombardear la estación justo en el momento en el que iba a llegar el emperador.

En octubre, Boelcke se reunió con el mayor Thomsen en el Cuartel General de la Aviación alemana para asesorarlo en cuestiones relacionadas con las políticas de armonización de métodos y procedimientos operativos aéreos. Fue la primera, de una serie de reuniones en las que Boelcke ayudaría a configurar una doctrina de operaciones, avanzada, para la caza alemana.
En diciembre, Boelcke estaba de vuelta en Douai y von Teuben terminaría destinado en una oficina de Berlín, donde pasó el resto de la guerra.

Pour le Mérite

En enero de 1916 Immelman estuvo en Berlín y Fokker lo convenció para que viajara con él a Schwerin. Durante la visita que hizo a la fábrica del holandés se interesó en los pormenores relacionados con la construcción de las máquinas. Fokker pudo constatar que a Max le interesaban siempre las cuestiones prácticas y era muy poco aficionado a las especulaciones teóricas. Tenía una magnífica puntería y estuvo muy atento cuando le explicaron los detalles del sistema de sincronización de la ametralladora con la hélice. Quiso entender las razones por las que unos aviones maniobraban mejor que otros y se interesó mucho en la opinión de Fokker sobre el modo de ejecutar determinadas maniobras de vuelo. Max Immelmann sabía que Anthony era un excelente piloto y lo respetaba.

Immelmann era un muchacho de aspecto deportivo y desvalido, con los nervios muy templados, incapaz de perder la compostura en momentos de extrema tensión. Fokker se fijó en su mirada, que era como la de un pájaro de presa, capaz de distinguir cualquier pequeño movimiento en tierra desde las alturas. Nunca le hizo a Anthony el menor comentario del que pudiera deducirse que alguna vez había sentido un poco de miedo a bordo de su aeroplano durante los combates.

Fokker se enteró de que Max también había estudiado ingeniería y le propuso que cuando se acabara la guerra fuera a trabajar con él. Primero como jefe del equipo de pilotos de ensayos de vuelo. Después, cuando adquiriera experiencia y conocimientos pasaría al departamento de diseño. Disfrutaría de un sueldo fijo, mejorado con un porcentaje sobre los aviones que vendiese y los emolumentos que cobrase a los alumnos a los que enseñara a volar. Max se tomó muy en serio la oferta de Tony, porque se lo contó a su madre en una carta, subrayando el hecho de que la propuesta de Fokker la había hecho en presencia de testigos.

Poco después, el 12 de enero de 1916, Guillermo II concedió la medalla Pour le Mérite a Immelmann y a Boelcke. Se trataba de una altísima distinción que el káiser otorgaba a militares o civiles que acreditaran la consecución de resultados excepcionales. Los que recibían esta distinción pasaban a formar parte de una orden, por lo que aunque se hacía referencia a ella como si fuera una condecoración, en realidad la concesión de la Pour le Mérite equivalía a un nombramiento, como caballero de una distinguida orden. Su nombre, francés, se debía a que había sido establecida por Federico II de Prusia, El Grande, en una época en la que el francés era el idioma oficial de la corte prusiana. La medalla llevaba una cruz de Malta, de color azul —por lo que se le solía llamar Max Azul —con la inscripción Pour le Mérite sobre la cruz y cuatro águilas entre los brazos. Las águilas eran el símbolo de los caballeros de la Orden Teutónica de San Juan. Cuando la cruz se otorgaba una segunda vez o por méritos extraordinarios, se añadían en la parte superior algunas hojas de roble. Ningún aviador consiguió una cruz con aquel distintivo.

Immelmann y Boelcke fueron los primeros pilotos alemanes en recibir una distinción tan señalada. Acumular ocho victorias aéreas, a principios de 1916, para un piloto era una heroicidad, pero los aviones cambiaron rápidamente y, al cabo de un año, doce aviadores más alcanzaron ese número de derribos. Todos ellos recibirían la Pour le Mérite. En enero de 1917, el Gobierno subió el listón a 16 victorias y Manfred von Richthofen fue el único piloto alemán que obtuvo el distintivo al alcanzar esta marca. Enseguida volvió a incrementarse el listón, a 20 derribos. En total hubo 75 nombramientos de caballeros Pour le Mérite entre los oficiales de la aviación alemana durante la guerra. La mayoría recayó sobre los pilotos de caza (59), y muchos menos en observadores (9) y bombarderos (5). Dos nombramientos de Pour le Mérite, que serían muy criticados por los aviadores en el frente, se otorgarían a los jefes de la aviación: el teniente general jefe del Servicio Aéreo Ernst Wilhelm von Hoeppner y el jefe de Estado Mayor del Aire teniente coronel Herman Thomsen.

Immelmann era sajón y el día que el príncipe coronado de Sajonia le otorgó la medalla de la Orden de San Enrique, su ego se sintió aún más satisfecho que cuando el emperador prusiano le concedió la Pour le Mérite. En abril de 1916, sus compañeros de armas contrataron una banda y organizaron una gran cena en su honor para celebrarlo. Max escribió una sencilla carta a sus padres: «Ahora soy teniente y de repente también me he convertido en uno de los más veteranos entre mis camaradas. Ha sido un negocio rápido. Creo que mi carrera no tiene parangón. Hace tan solo un año era un oficial sin ninguna distinción… ¡y hoy!»

La vida de Max Immelmann, como héroe, fue muy corta. En junio de 1916 cayó en el frente durante un combate. Ni siquiera había transcurrido un año desde que, por primera vez, cuando era un piloto desconocido ante la opinión pública, se subió a un Eindecker para iniciar su efímera y brillante carrera de piloto de caza. Poco antes de morir, Immelmann recibía todos los días unas cincuenta cartas, sobre todo de admiradoras, que le enviaban felicitaciones, declaraciones de amor, rosarios y estampas. Su ordenanza se encargaba de atender el correo, ya que él no disponía de suficiente tiempo para hacerlo. Hasta el último día, Immelmann se comportó como un hombre ajeno a los peligros que entrañaba la práctica del combate aéreo.

El 18 de junio de 1916 el piloto segundo teniente McCubbin y el cabo Waller, observador, pertenecientes al Real Cuerpo de Vuelo británico, cruzaron las líneas del frente alemán con su F.E:2.b. Immelman les salió al encuentro. Les dio una pasada y a continuación inició su famoso giro Immelmann. Justo cuando el avión de Max estaba en la parte alta del rizo, boca abajo, antes de iniciar la media vuelta para ponerse boca arriba, el cabo Waller le disparó y el avión cayó a tierra.

Los Farman Experimental (F.E.2.b), construidos por la Real Fábrica de Aviones fueron unos aeroplanos que contribuyeron con eficacia a terminar con el Azote Fokker. Era un biplano con la hélice de empuje, en la parte trasera, y llevaban un observador en el asiento delantero armado con una ametralladora anclada al fuselaje.

La muerte de Immelmann causó una verdadera conmoción en las filas alemanas. El mando se resistió a creer que el héroe había sido derribado por el enemigo y circuló la versión de que el mecanismo de sincronización de su ametralladora había fallado y las balas rompieron la hélice, lo que originó fuertes vibraciones hasta el punto de partir la estructura del E.III. Anthony Fokker se alarmó, porque la última versión podría tener unas consecuencias desastrosas para su negocio y pidió que le dejaran analizar los restos del aeroplano. El avión se había partido en dos. Después de examinarlo con detenimiento, Tony llegó a la conclusión de que la metralla había cortado al aeroplano, en dos partes. La cola apareció a una gran distancia del resto del fuselaje y los cables de control presentaban tajaduras limpias, en vez de mostrar el alargamiento típico que se producía cuando la estructura del avión se deformaba al impactar contra el suelo. El accidente se había producido cerca de las líneas alemanas y del informe de Anthony Fokker parecía deducirse que la artillería de su propio país podía haberlo derribado, al confundirlo con un monoplano Morane-Saulnier. Aquella posibilidad aterrorizó al Ejército que jamás podría explicar al pueblo cómo sus defensas antiaéreas habían cometido semejante error. El mando decidió abandonar la teoría del colapso de la estructura del Fokker, con lo cual Anthony consiguió salvar la situación, y optó por mantener una versión oficial de los hechos bastante confusa. A pesar de todo, el mando tomó la decisión de repartir entre los artilleros de las baterías del frente, siluetas de los aviones alemanes para evitar en el futuro confusiones.

La pérdida de Immelmann marcó el final del Azote Fokker y tuvo consecuencias importantes en la moral de la aviación alemana. Con la aparición del Nieuport 11, Bébé, y los F.E:2.b, los Eindecker ya habían empezado a perder el liderazgo desde hacía algunos meses. El último modelo de Fokker, el E.IV no tuvo el éxito que esperaban los aviadores alemanes. Después de probarlo, Immelmann decidió continuar con su E.III. En marzo de 1916, Boelcke también había dicho que al E.IV le faltaba velocidad ascensional a partir de 3000 metros y que era urgente desarrollar otro caza para contrarrestar los Nieuport, con los que el piloto alemán ya había mantenido encuentros difíciles.

El mando decidió que no se podía permitir el lujo de perder otro héroe nacional en un periodo de tiempo corto, cuando la aviación alemana pasaba por momentos difíciles, y ordenó a Boelcke que abandonase sus misiones aéreas. Oswald fue enviado a Austria, Bulgaria y Turquía para dar charlas a otros pilotos. Sin embargo, Boelcke empezó a aburrirse muy pronto de aquella ocupación en la que se sentía incómodo, rodeado de aduladores.

Anthony Fokker: el falso teniente que hizo que las hélices disparasen las ametralladoras

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LA VIDA DE ANTHONY FOKKER

Anthony Fokker, primeros años
El primer avión de Anthony Fokker
Anthony Fokker, Johannisthal y el amor de Ljuba
Fabricante de aviones en Alemania

Un pasaporte alemán para la guerra

Anthony Fokker tenía 24 años cuando se desencadenó una guerra que no esperaba. Hacía poco tiempo que se había instalado en Schwerin y por primera vez en su vida tenía un negocio próspero que no le planteaba la necesidad de pedir dinero a su familia. Era un piloto famoso, conocido en los círculos aeronáuticos europeos, y muy popular en Alemania, donde sus exhibiciones habían causado impacto al estamento militar. En su escuela de Schwerin se formaban pilotos para el Ejército del káiser, fabricaba algunos aviones para los militares y también para particulares; el nieto de Bismark le había encargado un aeroplano. Fokker vivía de espaldas a la política, mantenía su nacionalidad neerlandesa, que era la de un país que no participó en el conflicto bélico que azotó Europa durante los años siguientes.

Nada más iniciarse la guerra recibió un telegrama del Gobierno en el que se le comunicaba que todas las aeronaves y otros productos que tuviera en la fábrica habían sido incautados por lo que quedaban a disposición de las fuerzas armadas. Al día siguiente llegó de Berlín, en un potente automóvil, un oficial de la Armada que le informó que todos sus aviones pertenecían a partir de aquél momento a la Marina de guerra alemana. Poco después se presentaron en su fábrica otros oficiales del Ejército con pretensiones similares.

Los militares compraron todas sus existencias, a cualquier precio, y se las disputaron con tan poco sentido que Fokker aprovechó para venderlas muy bien. La gente creía que la guerra duraría muy poco, que en Navidades las tropas alemanas estarían en París. Lo urgente entonces, para el Ejército, era acopiar material lo antes posible porque luego ya no haría falta.
Además de las visitas de militares en busca de aeronaves y equipos, también llegaron a Schwerin 30 oficiales para recibir entrenamiento de vuelo y un pedido para que fabricara 24 aeroplanos de un asiento (M.5). Poco después recibió una orden para producir 40 aviones con dos asientos (M.8).

Como su fábrica tenía más trabajo Tony, en vez de comprar maquinaria para automatizar la producción, prefirió aumentar significativamente la plantilla. Fokker sabía que si la guerra duraba poco tiempo, como todos decían, el Ejército dejaría de pedirle aeroplanos y perdería el dinero invertido, mientras que siempre podría deshacerse de los empleados que le sobraran. En previsión de que tuviera que reducir la producción de golpe, Anthony se mostró muy reacio a realizar grandes construcciones en Schwerin y se limitó a añadir unos barracones de madera.

En 1914, los fabricantes alemanes tenían una capacidad de producción de unos 100 aeroplanos mensuales. Al estallar la guerra, el Ejército decidió que para mediados de septiembre la industria alemana debería producir 200 aeronaves al mes. Albatros era la empresa más importante, con unos 400 empleados, pero, además había otras: Aviatik, Luftverkehrsgesellschaft (LVG), Rumpler, Deutsche Flugzeug-Werke (DFW), Euler, Gotha, Jeannin, AEG y Luftfahrzeug-Gesellschaft (LFG). DFW, Albatros, LVG y Aviatik también abrieron fábricas en Austria durante 1914. El punto más débil de la industria aeronáutica alemana era la fabricación de motores de tecnología propia. El principal suministrador, Daimler, producía un motor en línea refrigerado por agua, de 100 HP, muy fiable. Ese mismo año, el ministerio de Guerra había pedido a Benz que fabricara algunos motores y también esperaba que Oberursel pusiera en el mercado su motor rotatorio, copia del Gnôme. En tanto, mientras que el Ejército había establecido para septiembre una producción de 200 aeronaves al mes, las fábricas de motores apenas fabricaban 170. El resultado era que los fabricantes de aeroplanos veían limitada su entrega de aviones por la escasez de motores. El reparto de la producción entre las fábricas y la asignación de motores a cada una de ellas lo efectuaba la Inspektion der Fliegertruppen (Idflieg), que ejercía un férreo control sobre toda la industria aeronáutica alemana.

El único fabricante que ensamblaba aeroplanos de diseño propio era Fokker, ya que los demás producían el Taube austríaco. La fábrica de Anthony no era muy grande, en 1914 llegó a tener unos 150 empleados, pero su tecnología le otorgaba importancia estratégica de forma que al Ejército le interesaba mantenerla activa, a toda costa. Los M.8 que empezó a entregar en octubre de 1914, eran una variante del M.5, con dos asientos, y para muchos pilotos alemanes superaban con creces las prestaciones de los Taube para llevar a cabo misiones de observación.

Tony era consciente de la situación y también de que si la guerra iba a durar poco, como estaba ganando mucho dinero con aquél aluvión de órdenes, quizá lo más inteligente fuera vender la empresa en aquél momento a un grupo financiero. Sin embargo, la idea de perder lo que consideraba que era lo más valioso que tenía en la vida, su fábrica de aviones, no le atraía en absoluto. Optó por lo contrario, quedársela toda. Anthony ofreció a sus socios neerlandeses adquirir las acciones que poseían, cuyo importe ascendía a 300 000 marcos, devolviéndoles el principal con un 10% de interés el primer año y un 5% el segundo. Les dijo que como la guerra no dudaría mucho quizá les conviniera aprovechar la buena racha que estaba pasando la sociedad para recuperar la inversión. Todos aceptaron la propuesta del joven empresario. La operación de compra la apoyó el Gobierno alemán, que veía con buenos ojos la retirada de los accionistas de los Países Bajos. Anthony se quedó con la totalidad de las acciones, mediante un préstamo que consiguió de la Bankhaus Strauss & Co de Karlsruhe. El 13 de enero de 1915 se disolvió la Fokker Aeroplanbau GmbH y se creó la Fokker Flugzeugwerke. La guerra duró mucho más de lo previsto y si los socios iniciales no hubieran vendido las acciones habrían podido constatar cómo aquellos trescientos mil marcos se convirtieron en treinta millones de marcos.

Anthony Fokker se sintió un hombre libre y feliz, sin ataduras financieras ni problemas de tesorería; podía dedicar sus energías a fabricar aviones que era lo que más le gustaba hacer. Para demostrar su compromiso con su principal cliente, el 22 de enero de 1914, Tony solicitó la nacionalidad alemana a la que acompañó una carta en la que rogaba que el asunto se tramitase con urgencia. El 6 de abril de 1915 el Gobierno se la concedió y le hizo entrega de su nuevo pasaporte. Sin embargo, en su autobiografía, Anthony pasa por alto este dato y da la impresión de que durante todo el conflicto bélico el creyó haber mantenido exclusivamente la nacionalidad neerlandesa.

Disparar a través de las hélices

Al empezar la guerra no existían aviones diseñados para derribar aparatos enemigos, ya que la misión principal de la aviación era efectuar operaciones de observación y apoyo a la artillería. Los franceses fueron los primeros en extender estos cometidos haciendo que sus pilotos abrieran fuego contra los aviones alemanes. Cuando se montaron las primeras ametralladoras en los aeroplanos su capacidad de disparo se veía limitada por la hélice. Si el aparato llevaba la hélice atrás o delante, con independencia de dónde se colocase el armamento, siempre quedaba un sector a través del que no se podía hacer fuego.

En los aviones británicos de dos plazas el piloto iba atrás y el observador delante; si se dotaban con una ametralladora, el observador era siempre el que se encargaba de la artillería. Los aviones con hélices tractoras (en el morro) tenían el ángulo muerto delante, además del que les obligaba a respetar el piloto que llevaban detrás, mientras que en los aeroplanos con hélices de empuje (atrás), el ángulo muerto estaba en la parte trasera.
En los aviones Voisin franceses el piloto y el observador iban colocados en tándem, uno al lado del otro, por lo que el observador contaba con una zona más amplia para hacer fuego.

La mayoría de los aviones alemanes se fabricaron con hélices tractoras, en la parte delantera. El observador se situaba en el asiento de detrás del piloto y cuando disponía de una ametralladora Parabellum se montaba apuntando a la cola. Podía hacer fuego hacia atrás y a los lados, pero no de frente.
Todas aquellas complicaciones se simplificarían con la invención de un mecanismo, cuya autoría se atribuye a Anthony Fokker, que a partir de la primavera del año 1915 inauguraría una época conocida como el Azote Fokker en la que los aviones del holandés se apoderaron de los cielos del escenario bélico.

Antes de la guerra, Roland Garros trabajaba para la fábrica de aviones Morane-Saulnier. Era un hombre culto, sensible, que combinaba sus dotes como piloto con una gran capacidad para estudiar y resolver cualquier problema mecánico.
La idea de fabricar un mecanismo capaz de sincronizar los disparos de una ametralladora con el movimiento de la hélice se había planteado ya en 1912. El ingeniero suizo Frank Schneider, de la empresa alemana LVG, ya había patentado un mecanismo de sincronización pero el Ejército alemán decidió que los aviones, cuya misión principal era la observación, no llevarían ametralladoras por lo que no prestó gran atención al invento.

En Morane-Saulnier también diseñaron otro dispositivo con el que se trataba de sincronizar los disparos de la ametralladora con el movimiento de la hélice, para evitar que las balas rompieran las palas del propulsor. La solución parecía sencilla, hacer que la hélice evitara que la ametralladora disparase, en el momento que pasaban las palas. El problema que detectaron en la fábrica Morane-Saulnier era que, a veces, la munición de la ametralladora Hotchkiss fallaba y los disparos se retrasaban. Pero, también ocurría que no era fácil detener los disparos y la ametralladora hacía alguno más después de actuar el mando para interrumpirlos. Los técnicos del fabricante francés abandonaron la idea del sincronismo y se plantearon un método más rudimentario que consistía en proteger las palas de las hélices de los impactos de las balas mediante una especie de blindaje. Las balas que chocaban contra el blindaje salían rebotadas, en cualquier dirección. El sistema era peligroso para el piloto, pero funcionaba, al menos en tierra porque la empresa Morane-Saulnier no lo había probado en vuelo.

Cuando estalló la guerra, Roland Garros se enroló en una escuadrilla de Morane-Saulnier de la Aviación Militar francesa, pero a finales de 1914 solicitó permiso para regresar a la fábrica donde quería perfeccionar el mecanismo para disparar a través de la hélice y probarlo. En la factoría, Roland mejoró el dispositivo al utilizar hélices con menor superficie y balas rellenas de plomo o cobre recubiertas exteriormente de una lámina de acero. En unos meses logró armar un mecanismo que superó todas sus pruebas y decidió llevarlo al campo de batalla para cerciorarse de que funcionaba correctamente.
El 15 de marzo de 1915, Garros volvió a incorporarse a su escuadrilla, en el frente. Dos semanas más tarde, el 1 de abril, volaba sobre Flandes, en solitario, cuando se encontró con cuatro Albatros. Garros se fijó en uno de ellos, el piloto iba armado con una pistola y el observador llevaba un rifle. Se aproximó para hacer fuego con su ametralladora Hotchkiss que disparaba a través de la hélice. Hizo 72 disparos ante los ojos sorprendidos de los alemanes que se preguntaban qué hacía aquel loco detrás de ellos acercándose a toda velocidad. El Albatros se incendió y cayó en barrena a tierra. Los otros tres aviones alemanes se lanzaron en picado para llegar lo antes posible a su base e informar a sus jefes de lo que habían presenciado. El avión derribado de los alemanes cayó en una zona que controlaban los Aliados y, después de aterrizar, Roland Garros se acercó para observar en persona el efecto que había producido el ametrallamiento sobre el avión enemigo. La escena le horrorizó. Roland ayudó a sacar del montón de escombros dos cuerpos desnudos y sangrientos. El cuerpo del piloto estaba tan destrozado que era irreconocible.

Garros tardó dos semanas en derribar otro enemigo y su tercera victoria se produjo el 18 de abril. Los franceses celebraron los éxitos de Roland con entusiasmo. El piloto se convertiría en el primero de los ases que con tanta pasión vitorearía la gente de los dos bandos. Después del éxito del nuevo héroe, la Aviación Militar de Francia decidió montar este dispositivo en los aviones con hélices tractoras. Los británicos también lo harían, pero con mayor lentitud.

Sin embargo, el triunfo francés no fue más que el preludio de la terrible pesadilla, el Azote Fokker, que sumiría a las fuerzas aéreas aliadas en un auténtico caos. El 19 de abril, por la tarde, Roland Garros fue derribado en una misión de bombardeo sobre la estación de ferrocarril de Courtrai. Un soldado alemán, Schlenstedt, le disparó con un rifle y la bala rompió el conducto de alimentación de combustible de su Morane. El motor se paró y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en una zona controlada por el enemigo. Garros incendió su aparato, como mandaban las ordenanzas, pero los alemanes llegaron a tiempo de recuperar parte del avión y lo detuvieron.

En su autobiografía, Flying Dutchman, Fokker cuenta la aventura de la invención del sistema para sincronizar los disparos de la ametralladora con la hélice. La descripción que hace de los hechos está repleta de exageraciones y episodios rocambolescos relacionados con su presencia en el frente. Anthony fue un hombre de una gran imaginación y con toda seguridad el relato no se ajusta con demasiada exactitud a la realidad, aunque en un principio me atendré a su versión de lo que sucedió.

Cuando los alemanes supieron quién era el piloto, enviaron a toda prisa los restos del avión a Berlín. Desde allí, avisaron a Fokker para que acudiera para examinar el dispositivo del francés. Al holandés le pareció un sistema bastante rudimentario, pero el Ejército alemán estaba dispuesto a montar algo parecido en todos sus aviones con hélices en el morro.

Hasta entonces, Anthony no había visto nunca una ametralladora. A las cinco de la tarde de un jueves, Tony viajaba de vuelta a Schwerin, con el último modelo de Parabellum y el encargo de diseñar una solución al problema de dispararla a través de una hélice girando a 1200 vueltas.

Esa misma noche se le ocurrió la idea de que el motor debería actuar el percutor en la ametralladora, es decir realizar los disparos, en vez de intentar evitarlos cuando las palas de la hélice interceptaban la línea de tiro. Las palas pasaban por un punto fijo 2400 veces por minuto y la ametralladora no podía hacer más de 600 disparos por minuto, pero reducir la frecuencia de disparo no le planteaba ningún problema.

En un tiempo récord, Fokker montó un mecanismo sencillo en el que, al girar el motor, un botón actuaba sobre una leva que a su vez movía una palanca que accionaba una varilla con un muelle de recuperación. Para interrumpir los disparos o activarlos en función de si el operador dejaba libre el gatillo o lo presionaba, Fokker interpuso una pieza con una bisagra que al levantarse interrumpía las percusiones.

Al día siguiente montó un prototipo y tuvo que hacer algunos ajustes. Anthony colocó un disco de madera girando con la hélice para ver a que distancia de las palas pasaban las balas y así pudo ajustar el mecanismo.
Cuando comprobó que el sistema funcionaba bien lo montó en un monoplano que tenía en Schwerin y lo probó. Después cogió su coche, un potente Peugeot, y el jueves por la noche remolcó el avión hasta Berlín.

Al día siguiente, viernes, por la mañana se reunió con un grupo de oficiales en un aeródromo militar para demostrarles cómo funcionaba su invento. Puso el motor del aeroplano en marcha y a través de la hélice disparó la ametralladora varias veces.

Los militares comprendieron que el ingenio funcionaba bien en tierra, pero le preguntaron si también ocurriría lo mismo cuando se disparaba desde el aire. Ante su desconfianza, Fokker colocó unos blancos en el suelo y despegó con su aeroplano y la ametralladora en el morro. Desde una altura de unos 300 metros empezó a disparar sobre los objetivos y las balas rebotaron en el pavimento lo cual hizo que los observadores escaparan para refugiarse en uno de los hangares.

Cuando Fokker aterrizó creía que ya estarían convencidos, pero no fue así. Le pidieron que fuera al frente y demostrara que su invento era capaz de derribar un avión enemigo.

La idea era un tanto descabellada porque Anthony era neerlandés (según narra en sus memorias), ciudadano de un país neutral, que milagrosamente no estaba en guerra. Sin embargo, la actividad de Fokker, como proveedor de material bélico de alta tecnología del Gobierno alemán, podría cuestionar dicha neutralidad. En cualquier caso, Fokker pensó que oponerse a aquella petición le podría acarrear problemas.

Tony hizo una demostración en el frente, en el cuartel general de von Heeringen y otra en Stenay, donde se encontraba el príncipe heredero, a unos dieciocho kilómetros de Verdún. El capitán Blume presentó a Fokker al príncipe con el título de inventor del avión de combate. Antes de la exhibición, Anthony le explicó con detalle cómo funcionaba el mecanismo; después sorprendió a todos con sus acrobacias aéreas y realizó una serie de disparos desde el aire, cerca del lugar en donde el príncipe contemplaba extasiado las maniobras del piloto. Cuando terminó la demostración, el príncipe Guillermo de Prusia invitó a Fokker a comer con él, en su castillo y al finalizar el ágape hizo que lo llevara su chófer de vuelta al aeródromo con instrucciones de que lo tratasen como se merecía.

Pero, ni la sonrisa del heredero ni sus buenas palabras sirvieron para que el Ejército lo liberase de aquél encargo, que a Anthony cada vez se le hacía más insoportable: derribar a un avión contrario en el frente. Fokker estaba convencido de que si caía en manos del enemigo, lo fusilarían. A los alemanes también les preocupaba aquella posibilidad y para evitarla, le proporcionaron documentación falsa y un uniforme de teniente del ejército alemán.

Fokker salía a volar todos los días, pero en el cielo no se divisiban aviones enemigos. El comandante de una batería artillera le pidió que observara su posición porque se suponía que estaba bien camuflada y quería saber si desde el aire se podía distinguir con facilidad. Anthony sobrevoló la zona y descubrió que si bien el camuflaje ocultaba la batería, las sendas y caminos que conducían hasta aquella posición la delataba. Se lo dijo al comandante que trató de poner remedio al asunto, como pudo.

En sus excursiones, una vez se acercó demasiado a las líneas francesas que lo recibieron con fuego antiaéreo que le dejó algún pequeño recuerdo en la cola del avión. Otro día pudo ver cómo las baterías enemigas hacían cortinas de fuego que anunciaban un ataque de la infantería. Se mantuvo el tiempo que pudo en el aire, viendo como las explosiones de la artillería levantaban toneladas de tierra. No llegó a ver el ataque de los soldados porque se le hizo de noche.

Durante aquellos días, Anthony también tuvo la oportunidad de observar cómo era la vida de los soldados en las trincheras. Hundidos en lúgubres refugios, mal alumbrados, rodeados de alambradas con púas, escondidos detrás de sacos terreros, con las líneas enemigas a centenares de metros, tan cerca que se podía ver a los franceses andar de un lado para otro. Todo en el frente de la infantería tenía un aspecto sórdido. Cuando la artillería abría fuego, Anthony veía montones de tierra, árboles y ladrillos, saltar por los aires, lo que le producía un miedo que se reflejaba en sus ojos sin que pudiera evitarlo; los soldados lo miraban sorprendidos, y se reían al constatar que un oficial de la Fuerza Aérea llevara tan mal aquellos pequeños inconvenientes de las barricadas. Fokker pensó que sería difícil hacer que los soldados soportaran durante mucho tiempo semejantes condiciones en las trincheras y que los aviadores eran seres afortunados. Sus bases estaban varios kilómetros detrás de las líneas de combate, allí disponían de agua limpia para bañarse y comida y no tenían que padecer la angustia de las terribles cortinas de fuego artillero. Entonces, sus aviones con ametralladoras aún no habían inaugurado el Azote Fokker y los pilotos sufrían muchos accidentes, pero el riesgo de morir en un combate aéreo no era excesivo. Todo iba a cambiar, y en muy poco tiempo, los aviadores tendrían en la guerra una vida, quizá más cómoda que la de sus compañeros de infantería, pero por lo general bastante más breve.

Cerca de Verdún, Fokker no pudo encontrar aviones así que el mando decidió cambiarlo de aeródromo y lo destinaron a Douai. Allí, salió a volar durante cinco mañanas seguidas sin encontrar ningún avión enemigo y una tarde lo invitaron a la celebración del cumpleaños de un jefe de escuadrón. A mitad fiesta aparecieron cinco aviones Farman que bombardearon el campo. Todos salieron corriendo y no pudieron hacer otra cosa distinta a la de constatar cómo un avión había quedado completamente destruido y las bombas de los franceses dejaron bastantes agujeros en el campo de vuelo. El avión de Anthony seguía en su sitio, sin ningún daño.

Dos días después, Fokker se encontró con la oportunidad que lo había llevado al frente. Era un avión Farman con dos asientos, que apareció unos 3000 pies por debajo de su nivel de vuelo que era de 6000 pies. Anthony inició un picado que lo llevara directo a la cola del Farman. Lo más probable es que no lo hubieran visto, porque volaba bastante por encima de ellos. Incluso, de haberse percatado de su presencia, tampoco podrían entender, ni les tenía que preocupar mucho que un avión enemigo, con la hélice en el morro, se les acercara por la cola. Fokker pensó que su blanco era como un conejo indefenso, una presa tan fácil que cualquier cazador que se preciara un poco desdeñaría abatir. Si lograba alcanzar con sus disparos el depósito de combustible, el motor encendería la gasolina y el Farman ardería como una tea, esa era la manera más sencilla de derribarlo. Cuando se encontraba a una distancia a la que debía hacer fuego se fijó que uno de los tripulantes lo miraba sorprendido. Fue lo último que vio, porque al holandés se le agarrotaron los dedos, no pudo disparar y decidió que su vida activa como piloto al servicio del emperador Guillermo II se acababa en ese momento, incluso antes de empezar.

Anthony Fokker regresó a Douai y le dijo al comandante de la base que por su parte el ejercicio había terminado y no pensaba seguir en busca de enemigos para derribarlos. Eso lo tenían que hacer sus pilotos, no él.

Así es la descripción que hace Tony de cómo inventó el sistema de disparar a través de las hélices. En realidad, la introducción de la ametralladora a bordo fue un poco más laboriosa y complicada de lo que cuenta Fokker en su autobiografía. Tony hizo su demostración a los militares el 23 de mayo de 1915 y a finales de ese mes el teniente Otto Parschau empezó a volar con un M.5 modificado en el que la empresa Fokker montó una ametralladora Parabellum con el dispositivo de sincronización. El teniente fue asignado a la Feldflieger Abteilung (FFA) 62 como instructor, a la que también pertenecían dos pilotos que muy pronto adquirirían un renombre extraordinario: Boelcke e Immelmann.

Durante las pruebas iniciales la ametralladora se encasquillaba con bastante frecuencia y los técnicos de Fokker tuvieron que perfeccionar el diseño.
Fokker montó cinco prototipos con aviones del tipo M.5, los M.5K/MG. El último de éstos se le asignó al teniente Kurt Wintgens, del FA 6b en Bavaria. El 1 de julio de 1915 Wintgens derribó el primer avión aliado que fue víctima de los monoplanos de Fokker equipados con una ametralladora capaz de disparar a través de la hélice: un Moran-Saulnier tipo L, de dos asientos. Como el aparato cayó en territorio enemigo, la victoria de Kurt Wintgens no se pudo contabilizar oficialmente.

El Ejército alemán se dio cuenta enseguida de que los aviones de Tony Fokker con el dispositivo de sincronización de disparo de la ametralladora, tenían una capacidad extraordinaria para hacer fuego y derribar aeronaves enemigas. Estos aparatos, eran monoplanos (Eindecker), y en la fábrica de Schwerin se llegaron a producir un total de 416 unidades, con 4 versiones distintas (E.I a E.IV). La más popular sería la versión E.III. Todos estos aviones llevaban motores rotativos Oberursel, que eran copia de los Gnôme franceses, de 80 HP a 160 HP.

Con los Eindecker de Tony Fokker aparecería en el escenario bélico un arma nueva, el avión de caza, una máquina diseñada específicamente para derribar otras aeronaves.

El avión se consideró secreto militar y se dieron instrucciones específicas a todas las unidades de cómo debía usarse: estaba prohibido que volase tras las líneas enemigas.

Los E.I y sus sucesores empezaron a causar estragos en la aviación aliada dando origen a lo que se conocería como el Azote Fokker. En verano de 1915 los alemanes se hicieron con el dominio de los cielos.

No eran aeroplanos que gozaran de unas prestaciones extraordinarias, salvo por su maniobrabilidad, y los pilotos tenían dificultades para mantener el control lateral del avión debido al sistema de torsión de las alas que lo hacía bastante inestable. Era un aeroplano difícil de pilotar, lo que lo diferenciaba del resto de los aviones era su extraordinaria capacidad para hacer fuego. Gracias a ella, los pilotos alemanes se impusieron a los Aliados en la batalla aérea durante un periodo de tiempo que duró casi un año, hasta que la aviación británica y francesa logró disponer de aparatos capaces de hacer frente a los temibles Eindecker.

Anthony Fokker pasó de ser un pequeño fabricante del norte de Alemania a uno de los principales protagonistas de la industria aeronáutica internacional.

Tony Fokker, fabricante de aviones en Alemania

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M.5

Anthony Fokker, primeros años

El primer avión de Anthony Fokker

Anthony Fokker, Johannisthal y el amor de Ljuba

Problemas financieros

Tras su viaje a Rusia las finanzas de Anthony se encontraban en una situación crítica. Se ganaba la vida con clases de vuelo, bautismos de aire en los que sus pasajeros volaban por primera vez, las exhibiciones en el campo de vuelos y con la fabricación de algún que otro encargo, para los militares o para millonarios deportistas. Los ingresos eran escasos pero el trabajo empezó a amontonarse en su taller y había tenido que contratar empleados para que le ayudaran. En su hangar trabajaban unas veinte personas. Pagar el combustible, los sueldos a los mecánicos y los gastos de las exhibiciones, todos los meses, era un ejercicio complicado que no siempre le salía bien. Hasta entonces, la mayor parte de sus necesidades financieras las había resuelto con créditos que, cada vez más a regañadientes, le facilitaba su padre. El viejo Herman Fokker había acumulado con su hijo una cuenta de 100 000 marcos y no tenía intención de hacerla más grande. Anthony fue a Berlín para buscar apoyo financiero y allí logró firmar un acuerdo con un grupo de prestamistas. Muy pronto comprendió que el acuerdo únicamente beneficiaba a sus socios y, con dificultades, logró deshacerlo por lo que volvió a quedar libre. Libre, pero sin tesorería para hacer frente a los gastos de fin de mes.
Como su padre se mostraba bastante reacio a seguir financiando sus aventuras empresariales, al menos en solitario, Tony recurrió a su tío Eduard a quien convenció para que le transfiriese 20 000 marcos que lo sacarían de apuros durante algún tiempo.

El dinero se terminó y Fokker no tuvo más remedio que volver a enfrentarse con su progenitor. Trató de convencerlo, con argumentos como que jamás había hecho un uso indebido de los préstamos, que siempre lo empleó en el desarrollo de sus proyectos, que había trabajado muy duro, y que no llevaba la vida fácil de la mayoría de otros muchachos, hijos de familias adineradas, como él, que dilapidaban su fortuna y la de sus mayores en juergas y caprichos. Dibujó ante su padre su propia imagen con los trazos de un trabajador infatigable, honesto, entregado por completo al desarrollo de su negocio, una actividad de muchísimo futuro. Para completar el boceto y dramatizar aún más su solicitud reflexionó sobre el coste que hubiese tenido él para su padre, de haber aceptado la oferta que le hizo de estudiar en Delft con la asignación que le había prometido no hacía mucho tiempo. Le dijo que, al menos, esperaba una aportación última y definitiva cuyo importe equivaliese a la cifra que le hubiese costado mantenerlo en la universidad durante seis años, aminorada en lo que ya llevaba gastado. Herman Fokker volvió a ceder ante las presiones del muchacho, aunque no de muy buen grado. Anthony nunca comprendió las reticencias del viejo, quizá se había olvidado de que su progenitor de joven únicamente había podido contar con sus brazos para arrancarle a la jungla indonesia una plantación de café.

En su desesperación por vender aviones, Tony contactó con un capitán de la Armada. Felix Schultz, que así se llamaba, era un espía de los británicos en Alemania y de los alemanes en Gran Bretaña. Era un espía doble, aficionado a la aviación, que no sabía muy bien qué espiar ni a quién. Fokker lo contrató para vender sus aeroplanos en el Reino Unido. Schultz, investido con su nuevo rol de deportista rico al que le entusiasmaba la aeronáutica, viajó al Reino Unido y se inscribió en la escuela de vuelo, Avro, en Southampton. El alemán británico, trató de interesar a los oficiales de la Marina en los aviones de Fokker. Pero, no tuvo ningún éxito. Todos le dijeron que los aviones del holandés eran demasiado estables, incapaces de maniobrar. Entonces Anthony empezó a comprender mejor los inconvenientes de la estabilidad. Schultz no conseguiría ni una sola venta. A cambio, le envió a Fokker los planos de varios aviones que los británicos consideraban secretos. Anthony no necesitaba planos ya que no tenía pedidos. Fokker canceló el acuerdo con Schultz y el oficial espía regresó a Johannisthal para entregarse por completo al diseño y montaje de un aeroplano, inspirado en algún avión secreto de la fuerza aérea del Reino Unido.

En verano de 1913, Fokker consiguió su primer contrato importante. Los aviadores del káiser anunciaron un concurso público para suministrar al Ejército diez unidades aéreas transportables, por un importe de 45 000 marcos cada una de ellas. Las unidades deberían incluir un aeroplano desmontable, su motor, repuestos, depósitos de agua y combustible, piezas de repuestos, un hangar desplegable y un camión capaz de transportar todo este equipo, debidamente empaquetado. Las empresas interesadas en el suministro debían participar en la competición que el Ejército tenía previsto organizar. La ganadora sería la adjudicataria del contrato. El concurso consistía en llevar el equipo en el camión desde Johannisthal hasta Döberitz. Allí habría que desplegar el conjunto y realizar una serie de vuelos. A continuación, después de empaquetado, el material recorrería en el camión un circuito con carreteras que tuvieran pavimentos y trazados diferentes, en condiciones meteorológicas variadas. A lo largo del circuito se efectuarían también demostraciones de vuelo en las principales ciudades.

Fokker encargó a Daimler Benz un pequeño camión de dos toneladas y ganó la competición con un equipamiento ligero que se desplegaba en cinco minutos. Sacó una ventaja considerable a sus competidores, porque su grupo era menos pesado y los tiempos de ensamblaje más cortos. El triunfo de Fokker no solo le permitió ganar un concurso sino también acreditar, ante el Ejército, una merecida fama como excelente mecánico, ingeniero y hombre con ideas prácticas a la vez que imaginativas, capaz de resolver problemas complejos.

El nuevo contrato obligaba a Fokker a incrementar, de forma considerable, el tamaño de su fábrica ubicada, entonces, en un pequeño hangar en Johannisthal. La situación hizo que tuviera que enfrenarse a dos problemas. El primero tenía que ver con el espacio físico y el segundo con la falta de liquidez.
Johannisthal estaba saturado. El Ejército sugirió a los fabricantes del aeródromo berlinés que movieran sus instalaciones a otros lugares. Fokker recibió una oferta atractiva para alquilar un hangar en Schwerin, una ciudad en la costa del mar Báltico, a 220 millas al norte de Berlín. Para incentivar la descongestión en el aeródromo de Johannisthal, el Ejército le contrató también el adiestramiento de 30 pilotos al año. La intención de los militares era la de apoyar con firmeza a la industria aeronáutica del país, en vísperas del estallido de la guerra.

Trescientos mil marcos

Mover sus instalaciones de Johannisthal a Schwerin, abrir una escuela y montar una fábrica, no podía hacerse sin un dinero que en ese momento Anthony no poseía. De otra parte, su negocio había adquirido una nueva, aunque todavía modesta, dimensión. Tenía un pedido de aviones para el Ejército y sabía que vendrían más, un contrato de formación de pilotos militares para los siguientes tres años y continuaba recibiendo solicitudes de personas privadas que deseaban formarse en su escuela de vuelo como pilotos. Le había prometido a su padre que ya no le pediría más dinero, sin embargo regresó a Haarlem y se reunió con su tío, amigos de su tío, su padre y el señor Cremer. De aquella entrevista surgió la decisión de crear una compañía con un capital de 300 000 marcos, gracias al apoyo de su tío, aunque su padre también comprometió algún dinero. Muy poco después tuvo que recurrir a sus accionistas para pedirles un préstamo de 100 000 marcos.

Con la cuestión financiera en vías de resolución, Tony decidió abordar a fondo el diseño de sus aeronaves. Junto con su responsable de negocios, Haller, tomó un tren y se desplazó a París. Allí recogió un aeroplano Morane-Saulnier tipo H, dañado, que había adquirido por 500 marcos y lo trasladó a un hangar de su nueva fábrica en Schwerin. Era un avión que tenía fama de ser el más avanzado de su época. Equipaba un motor rotativo Gnôme, muy ligero, refrigerado por aire.

Bajo la dirección de su nuevo jefe de diseño, Martin Kreutzer, el Morane-Saulnier sirvió de modelo para la construcción del nuevo aeroplano de Fokker: el M.5. Equipado con un motor Gnôme de 80 HP, fabricado en Alemania por Oberursel que disponía de una licencia del fabricante francés, el M.5 alcanzaba una velocidad de 80 millas por hora. La estructura del fuselaje, con forma de cajón, estaba construida con tubos metálicos, en vez de madera. El control lateral se ejercía mediante un sistema de torsión de las alas. El aparato disponía de un único asiento para el piloto y resultaba muy ligero y maniobrable. El M.5 se apartaba por completo del concepto básico de los primeros aviones de Fokker, los Spider, caracterizados por ser muy estables.
En abril de 1914, el nuevo aeroplano, estaba listo para que Fokker empezara las demostraciones de vuelo.

La idea de construir un avión, ligero, con gran capacidad de maniobra se la habría inspirado el piloto francés Adolphe Pégoud. En 1912, este aviador que trabajaba para el fabricante francés Louis Blériot, conmocionó al mundo aeronáutico cuando, por primera vez y con un aparato al que se le había reforzado la estructura, efectuó en el aire una espectacular maniobra acrobática: el rizo. Rizar el rizo consistía en hacer que el avión describiese una trayectoria circular en un plano vertical, con la aeronave en posición invertida en la parte más elevada de la circunferencia. Para efectuar esta acrobacia, Adolphe Pégoud, se puso unos arneses de seguridad que lo sujetarían mientras volara con la cabeza boca abajo. Antes de intentar la maniobra, Pégoud había ensayado en un hangar, colgado de la cabina del avión para comprobar cuánto tiempo podía mantenerse en una posición invertida sin que el riego sanguíneo en su cabeza le produjera extrañas sensaciones. En otoño de 1913, el piloto francés voló en Johannisthal y dejó boquiabiertos a sus colegas alemanes. Tony se prometió a sí mismo que él tenía que ser el primer piloto del país que efectuara un rizo a bordo de un aeroplano. Sabía que para hacerlo necesitaba un avión con una gran capacidad de maniobra, como los Blériot y posiblemente mejor, como los últimos aviones diseñados por Morane-Saulnier.

Un día de mayo de 1914, Anthony Fokker subió a su nuevo avión, M.5, ganó altura y se lanzó en picado, tiró de la palanca con fuerza, empezó a subir y casi sin darse cuenta notó que ya estaba colgado boca abajo, sujeto por unas cinchas; luego volvió a caer y se aferró con desesperación a la palanca, tiró de ella y consiguió salir del picado para volar en horizontal. En la maniobra, que la había iniciado a unos 1500 pies de altura, perdió poco más de 200. El avión no se rompió y Anthony había completado con éxito su primer rizo. Cuando hizo los siguientes se dio cuenta de que no era necesario hacer fuerza, con suavidad la maniobra salía mejor. Pronto aprendió que los espectaculares rizos eran muchas veces las acrobacias más sencillas que hacía en las exhibiciones.

Tony se convirtió en el piloto más famoso de Alemania. Sus rizos fueron noticia en la primera página de la prensa en todo el país y los periodistas se referían a él como el maestro del cielo. Hizo exhibiciones en varias ciudades y su padre le envió una carta desde Haarlem: «Ahora es el momento de parar. La única cosa que te puede ocurrir a continuación es que te rompas el cuello». Herman Fokker no andaba muy desencaminado en sus apreciaciones porque, en aquellos años anteriores a la guerra, más de 30 jóvenes pilotos perdieron su vida en Johannisthal. El mismo Tony siempre se mostró sorprendido por el amplio repertorio de modalidades que posee un avión para acabar con la vida de su piloto.

En aquella época los fabricantes aeronáuticos alemanes, Albatros, Aviatik y Rumpler no disponían de gabinetes de diseño propios y fabricaban los Taube austríacos, que era el avión elegido por el Gobierno alemán. Las extraordinarias exhibiciones acrobáticas de Fokker con su M.5, hicieron de él, no solo el piloto más famoso del país sino el diseñador de aeronaves más avanzado. El propio Jefe de Estado Mayor, general Erich von Falkenhayn, inspeccionó su aeronave.

A lo largo del primer semestre de 1914, el Ejército alemán aumentó las órdenes a Fokker, la Marina mostró su intención de adquirir algún hidroavión y hubo particulares que también le hicieron pedidos. Por primera vez, desde sus comienzos el negocio de Anthony se equilibró desde un punto de vista financiero. En su factoría de Schwerin trabajaban alrededor de 150 personas.
El 7 de julio de 1914 se formalizó la constitución de su nueva empresa, la Fokker Aeroplanbau GmbH. En ese mismo momento los socios capitalistas, en su totalidad familiares y amigos además del propio Tony, desembolsaron en efectivo el 25% de los 300 000 marcos del capital social de la compañía.
Entonces, estalló la guerra.

Anthony Fokker, Johannisthal y el amor de Ljuba

Ljuba

Ljuba Galantschikova

 

Anthony Fokker, primeros años

El primer avión de Anthony Fokker

 

El inicio de la aviación en Alemania

En 1911 los zepelines gozaban de una imagen pública que representaba la fuerza y el poderío del pueblo alemán. Su imponente presencia en el cielo anunciaba, sin palabras, que aquellas máquinas, capaces de transportar bombas muy pesadas a distancias remotas y gran altura, podrían tener un poder de destrucción aterrador. Sin embargo, eran difíciles de maniobrar y cuando refrescaba el viento quedaban a su merced. Además, sus balones repletos de hidrógeno los hacía muy vulnerables al fuego y su gran tamaño los convertía en un blanco fácil para la artillería antiaérea y la aviación enemiga. En 1911, muchas voces en el Ejército del káiser recomendaban al mando que prestase más atención a los aeroplanos, cuyas prestaciones mejoraban día a día.
Walther Rathenau, director de la empresa Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft (AEG), constituyó con el beneplácito del emperador Guillermo II, un potente grupo industrial para fabricar y vender en Alemania los aviones de los Wright. Banqueros, financieros y empresarios importantes como Stinnes y Loewe, aportaron 500 000 marcos, en 1909, para impulsar el proyecto aeronáutico. Pero, a pesar del músculo financiero e industrial de los promotores tan solo conseguirían vender una aeronave, en 1911. El avión de los Wright quedó obsoleto y los militares, al igual que había ocurrido en Francia, preferirían optar por la tecnología nacional.

El general jefe de Estado Mayor alemán, Helmuth von Moltke, fue quien impulsó la creación de una agencia militar para que Alemania comprara los aviones más adecuados a sus necesidades. Mientras que los políticos del ministerio de Guerra, se inclinaban por seguir gastando dinero en dirigibles de cuerpo rígido, muchos mandos del Ejército preferían los aeroplanos, más pequeños y versátiles y menos costosos. A finales de 1911, el Ejército alemán contaba con 30 aeroplanos y Moltke quería incrementar aquél número de forma significativa por lo que deseaba adquirir 112 unidades para que se las entregaran el año siguiente. Sin embargo, el jefe del Estado Mayor de la Marina, August von Heeringen, convenció al káiser de que Alemania debía mantener la supremacía aérea con sus grandes dirigibles de cuerpo rígido. Moltke tuvo que atemperar sus apetencias y empleó poco más de la mitad de su presupuesto aéreo en aeronaves y el resto lo dedicó a los dirigibles.

Los austríacos fabricaban un avión robusto, que en el encuentro aeronáutico de Wiener Neustadt, de septiembre de 1910, había destacado frente a sus competidores extranjeros. Se trataba del Taube, un aeroplano diseñado por Igor Etrich equipado con un motor de 60 HP de Ferdinand Porsche. El jefe de Estado Mayor austríaco, general Conrad, obtuvo autorización de su ministro en 1911 para comprar 200 aeroplanos y entrenar a 400 pilotos. El Ejército alemán eligió también al Taube, que lo fabricaba Lohner en Austria, y designó empresas alemanas como Albatros, Rumpler y Aviatik, para que lo produjeran en su país, bajo licencia.

Cuando Anthony Fokker construyó su primer avión, en Baden Baden, y empezó a volar, el Ejército de su país disponía de muy pocos aviones y las empresas alemanas interesadas en desarrollar la aviación no contaban con diseños propios.
En Alemania, la élite de la comunidad aeronáutica —inventores, pilotos y fabricantes— se aglutinó en torno a un aeródromo próximo a la capital, Berlín. Al igual que había ocurrido en Issy les Moulineaux, en Francia, o en Brooklands, en el Reino Unido, los entusiastas de la aviación buscaron algún aeródromo para compartir sus experiencias y volar en público. El centro de la aviación alemana se ubicó en Johannisthal.
El aeródromo estaba rodeado de hangares donde los aviadores y fabricantes construían sus aeroplanos, los modificaban, y guardaban el material. Muy de mañana y al atardecer, cuando no soplaba el viento, se realizaban vuelos de demostración. La gente acudía a ver las exhibiciones y pagaba por el espectáculo un dinero que se repartían los pilotos, en función del tiempo que había durado cada vuelo. Entre los habitantes de aquél pequeño mundo abundaban jóvenes ociosos de familias adineradas, esnobs, en busca de aventuras. Otros eran profesionales del pilotaje que únicamente pretendían ganar tanto dinero como fuera posible. También los había que estaban en Johannisthal porque querían aprender a volar. Muchos, eran mecánicos a sueldo que trabajaban para los más acomodados y los fabricantes. Pocos trataban de vender sus ideas y, lo que no faltaba, era interesados en hacer de la producción de aeroplanos un negocio, que ocupaba a pilotos, mecánicos, vendedores y profesionales de las relaciones públicas que andaban de un lugar a otro, en busca de oportunidades. Alrededor de los protagonistas de la gran comedia, que todos los días se representaba en el aeródromo, pululaba una cohorte de acompañantes en la que destacaban las mujeres elegantes y divertidas en busca de entretenimiento.

Papa Senftleben regentaba el café de Johannisthal. Allí se reunían los más frívolos para escuchar música y tomar copas, después del vuelo de la tarde, antes de que su caravana de automóviles lujosos los trasladara a Berlín para continuar con la fiesta hasta bien entrada la noche o la madrugada. Algunos regresaban de la juerga justo para sentarse en la cabina de su avión, volar cuando el sol se asomaba por el horizonte, desayunar, y meterse en la cama hasta el atardecer.
A finales de 1911 volar era un ejercicio peligroso. La ocupación principal de la mayoría de los aviadores consistía en participar en demostraciones de vuelo para satisfacer la curiosidad del público. En estas exhibiciones los pilotos se veían obligados a arriesgar cada vez un poco más. Desde la invención del globo aerostático había sido así. A las masas les excitaba la presencia de un ingenio que desafiara las fuerzas de la naturaleza, con un hombre, con poderes casi sobrenaturales capaz de dominar semejante artefacto. Si el espectáculo no saciaba el morboso y voraz apetito que sentía la muchedumbre de ver cómo el héroe vencía con su artilugio a la bestia, encarnada en las leyes de la naturaleza, solía desencadenarse una reacción muy violenta por parte de los asistentes. Los pilotos se enfrentaban a los peligros del aire y también al de las muchedumbres. El desarrollo de la industria aeronáutica dependía del negocio de la fabricación de aviones y, en el estado tecnológico en que se encontraba aquel invento, los aeroplanos no tenían mayor utilidad práctica que la que quisieran darles los Ejércitos. Se trataba de organizaciones muy conservadoras que tardaban en adoptar cambios y que éstos casi siempre llegaban de la mano de la necesidad más que de la iniciativa propia. Francia era la nación que, en mayor medida, había iniciado el proceso de integrar la aviación en sus fuerzas armadas. En 1911, Alemania andaba un tanto rezagada en materia de aeroplanos. Por tanto, las exhibiciones aéreas, eran por el momento, el único modo de sobrevivir que tenía aquella incipiente comunidad aeronáutica en Johannisthal.

El amor: Ljuba Galantschikova

En diciembre de 1911, Anthony Fokker y Fritz Cremer decidieron instalarse en Johannisthal donde Tony pretendía ganar dinero con vuelos de demostración, hacer el avión de Fritz y vender aeroplanos a quién tuviera intención de comprarlos. Hasta aquél momento, Fokker nunca había tenido la oportunidad de contrastar sus ideas con otros expertos. El método de prueba y error había funcionado en su caso, extraordinariamente bien, pero era poco eficiente y arriesgado tratar de repetir en solitario un camino que ya había sido andado por otros aviadores.

Poco después de que Fokker se instalara en el campo con su aeronave recibió la visita de Willy Rosenstein y sus adláteres. Willy volaba un Taube fabricado por Rumpler y era el héroe del aeródromo que concitaba la envidia y el respeto de la pequeña comunidad de Johannisthal por la maestría con que manejaba el aeroplano. En el café de Senftleben sus opiniones eran los patrones con los que, en Johannisthal, se valoraban las cualidades de los aeroplanos y sus pilotos. Rosenstein saludó a Anthony con displicencia y se quedó un largo rato mirando su avión. Sus acompañantes se mantuvieron muy pendientes de él, en silencio. Al cabo de un tiempo —que a Fokker se le hizo eterno— Rosenstein se volvió a sus acompañantes y les dijo que aquél trasto era tan bueno para matarse como cualquier otro. A Tony le sentaron muy mal las carcajadas del grupo de aeronautas que, sin hacerle más caso, abandonaron el hangar mientras él se quedaba perplejo, escuchando el eco de sus voces. Era la primera evaluación que hacía un experto de su aeronave.

Rosenstein se equivocó. El primer día que Fokker trató de volar tuvo un incidente que lo dejó en tierra. Su motor se negó a arrancar después de muchos intentos. Daba unas cuantas explosiones cuando él giraba la hélice y luego se paraba. Así, una y otra vez, hasta que, aburrido, tuvo que abandonar la idea de volar aquella tarde. Al día siguiente se dio cuenta de que alguien había puesto azúcar en el depósito de gasolina de su aeroplano. Limpió el carburador, los conductos, cambió el combustible y desde entonces tuvo que montar guardia permanente para que no le volvieran a sabotear el aparato. Se enteró de que aquello era habitual en el campo de vuelos. Los pilotos cobraban en proporción al tiempo que cada uno permanecía en el aire. Si él no volaba, otros ocupaban su lugar y ganaban más dinero.

El primer día que Anthony voló era domingo y Johannisthal estaba abarrotado de espectadores. Soplaba algo de viento por lo que la mayoría de los pilotos habían decidido quedarse en tierra. Solamente dos de ellos estaban en el aire: Rosenstein y Amabróvich. Este último era un piloto ruso, muy bueno, que tenía tanta fama como el judío Rosenstein y volaba un aeroplano del tipo Wright. Fokker sorprendió a todos con su extraordinaria forma de volar. Su avión, estable y sin alerones ni mecanismo de torsión para efectuar giros con inclinación lateral, exigía que Anthony desplazara el cuerpo a un lado, al tiempo que accionaba el timón de dirección. Le costaba un poco más hacer que el avión tomara aquella posición, pero por el contrario, era capaz de efectuar giros más cerrados. Todo ello, gracias a la habilidad de Anthony Fokker. Aquella noche, durante la cena en el café de Senftleben, Rosenstein se acercó a la mesa de Fokker para felicitarlo en público. A partir de ese momento, Fokker se convirtió en una persona muy respetada en Johannisthal.

En el campo de vuelo, Fokker llevaba una vida muy ascética que contrastaba con la del grupo de ricos y caprichosos, acostumbrados a la diversión, que le rodeaba. Se levantaba a las cinco de la madrugada para volar y, después del primer vuelo matutino, desayunaba en su hangar o en el café. Luego, pasaba el día encerrado en el hangar trabajando en su avión, o en el nuevo aparato que estaba construyendo para Cremer. Después del vuelo de la tarde se solía permitir el lujo de cenar en el restaurante de Senftleben y se acostaba pronto. No bebía y tampoco tenía tiempo para tontear demasiado con las guapas jovencitas que rondaban por el aeródromo.
Su fama como piloto y constructor de aeronaves se fue extendiendo y un día aparecieron unos oficiales del ejército alemán interesados en su aeronave. Meses después los militares le pidieron que hiciera un vuelo de prueba de Johannisthal al aeródromo militar de Döberitz, que estaba a unos 30 kilómetros de distancia. Más tarde también haría un vuelo de demostración para los militares, de Berlín a Hamburgo, un trayecto de más de dos horas de vuelo que Tony dejó en manos de su acompañante. Como su avión era muy estable se controlaba con facilidad y el oficial que voló con él quedó favorablemente impresionado con el aeroplano de Fokker.

El 24 de mayo de 1912, Tony efectuaba un vuelo de demostración con un oficial del Ejército cuando uno de los cables que soportaba la carga de las alas del aparato se partió y la aeronave cayó al suelo. Fokker perdió el conocimiento y salvó la vida, milagrosamente, aunque se le rompieron algunas costillas. Sin embargo, el militar falleció. Aquél accidente le plantearía serios problemas a la hora de tratar de vender sus aviones al Ejército.

Para reforzar la estructura de sus aparatos Tony contactó con un joven mecánico de 26 años que se llamaba Reinhold Platz y era experto en soldadura oxiacetilénica. A finales de mayo, Platz, se incorporó a la plantilla de Fokker en Johannisthal, que por entonces contaba con una veintena de personas.

En agosto de 1912, Anthony se trasladó a San Petersburgo para participar en unas demostraciones organizadas por el Gobierno ruso. Una de las personas a las que había enseñado a volar, Grünberg, de origen ruso, le animó a que se presentara al concurso organizado por el ejército del zar, Nicolás II, para seleccionar un avión. Incluso, Grünberg, se ofreció a trabajar como agente comercial suyo. Allí se encontró con Igor Sikorsky, Amabróvich y una amplia representación de pilotos franceses. Muy pronto, la demostración aérea se convirtió en una batalla acrobática entre Fokker y Amabróvich, los dos pilotos de Johannisthal. Ya no se trataba de averiguar qué avión era el mejor sino de saber cuál de los dos pilotos estaba más loco, porque sus piruetas en el aire fueron en aumento hasta transgredir los límites de lo razonable. Anthony Fokker fue quién abandonó la carrera de despropósitos que ganó el ruso Amabróvich. El resultado de la exhibición, según el jurado, dio como vencedor a Amabróvich, después a Sikorsky y Fokker quedó en tercer lugar. Un puesto magnífico si se tenía en cuenta la nacionalidad de los ganadores y la de los jueces.

Del viaje a Rusia, Anthony concluyó que vender aviones en aquel país estaba fuera de su alcance. El sistema exigía que, antes de que un oficial se dignara hablar con los fabricantes, fuera necesario pagar a la cadena de asistentes del militar, desde el conserje hasta su secretario. Conforme aumentaba la importancia del cargo del funcionario, también se incrementaba el precio a pagar y los asuntos se decidían en esferas muy altas, por tanto muy caras. Los medios económicos de Anthony, que seguía dependiendo de los préstamos que conseguía de su padre, no le permitirían jugar a los negocios en la corte del zar Nicolás II.

Sin embargo, el joven holandés, quien confesaba no tener demasiado tiempo para dedicarlo a las mujeres, en San Petersburgo se enamoró de una aviadora rusa: Ljuba Galantschikova. La muchacha, de diecinueve años, se fue a Berlín con Tony, quizá más interesada en sus aviones que en el piloto. Vivieron un corto romance en el que Ljuba consiguió con un Spider ganar un record de altura para aviadoras (2200 metros). Pronto lo abandonó, seducida por la galantería y buena planta de otro aviador de Johannisthal, Gustav Adolf Michaelis.

Tony, descorazonado, pasó una mala temporada. Michaelis sufrió un accidente en el que perdió la vida el 27 de mayo de 1913 y dos meses después Ljuba encontró el consuelo en brazos de otro piloto, francés, Léon Letord con quien se marchó a París dejando a Tony completamente desconcertado. Fokker pasó algunas semanas buscando el consuelo en los cabarets de Berlín, aunque —según él mismo confesó en su autobiografía— nunca supo entender bien a las mujeres. En realidad a Tony no le interesaba nada que no fueran los aviones y cualquier conversación que versara sobre otro tema le parecía aburrida y enseguida perdía interés, algo que era incapaz de disimular.

Tony Fokker, fabricante de aviones en Alemania

de Francisco Escarti • Publicado en Aviadores

El primer avión de Anthony Fokker

Fokker_in_Haarlem_1911

 

Anthony Fokker, primeros años

 

La aviación en el mundo, en 1910

A finales de 1910, la aviación estaba en su infancia, pero durante los últimos siete años, que habían transcurrido desde que los hermanos Wright volaran por primera vez en las dunas de Kitty Hawk, el progreso no fue despreciable.
Orville Wright inauguró el vuelo de los modernos aeroplanos el 17 de diciembre de 1903 al despegar de un terreno nivelado y permanecer en el aire, a unos tres metros de altura, durante un recorrido, de aproximadamente 40 metros, que duró doce segundos. Los Wright se dieron cuenta de que su máquina tenía poca utilidad práctica y durante casi dos años la perfeccionaron en secreto para que nadie pudiese copiar sus ideas. En octubre de 1905, con su aeroplano, Orville y Wilbur realizaban figuras de ocho en el aire, aterrizaban y despegaban con seguridad y podían volar durante más de media hora en la que recorrían alrededor de 20 millas. Para que el avión subiera o bajase utilizaban un plano en el morro, el timón de profundidad, y para girar empleaban un sistema de torsión de las alas que en una incrementaba el ángulo de ataque y en otra lo disminuía, junto con un timón de dirección en el plano vertical que colocaron en la cola. El gran avance de los Wright, con respecto a los otros inventores de su época —que mostraron por primera vez en público cuando Wilbur voló en Le Mans, Francia, en agosto de 1908— fue el control que ejercían sobre su aparato en los giros. Hasta entonces, algunos pilotos habían conseguido volar; el primero que lo hizo en público fue Santos Dumont en París, el 13 de septiembre de 1906. Su aparato, el 14 bis, con alas de cajón, disponía de unos sistemas de control mucho más rudimentarios que los de los Wright. Los primeros aviones franceses, casi todos construidos por los Voisin, tenían alas de cajón, no disponían de mecanismo de torsión de las alas o alerones, y los pilotos como Delagrange y Farman realizaban giros con cierta dificultad. Las exhibiciones de vuelo de Wilbur en Le Mans, Avours y después en Pau, abrieron los ojos a los inventores de aviones.
En 1910, cuando Fokker empezó a construir su primer avión, los aeroplanos más avanzados podían permanecer en el aire durante varias horas, superar los 80 kilómetros por hora de velocidad y sus sistemas de control les permitían efectuar todo tipo de maniobras.
Francia era el país en el que la aeronáutica había alcanzado mayor nivel de desarrollo. Desde que, en 1783, los hermanos Montgolfier inauguraron la aerostación con sus globos de aire caliente, los franceses tenían a gala ser los líderes de la navegación aérea en el mundo. La irrupción de los Wright en el panorama aeronáutico internacional, en 1903, fue un duro revés para los círculos de aviadores franceses. Durante años no habían querido dar crédito a los estadounidenses, pero los vuelos de Wilbur en Le Mans despejaron todas sus dudas y tuvieron que aceptar la evidencia de que dos desconocidos fabricantes de bicicletas habían ganado la carrera de la invención de la máquina de volar más pesada que el aire. Sin embargo, los galos no se arredraron y, al año siguiente de aquella exhibición en Le Mans del norteamericano, el francés Blériot demostró que la aviación tenía un uso práctico. Hasta entonces, las exhibiciones se hacían en aeródromos en los que el público podía disfrutar de la contemplación de aquellos asombrosos pajarracos de madera y tela, propulsados por hélices que movían un ruidoso motor. Pero, la verdadera utilidad de la aviación no era la de embelesar a los curiosos sino llevar pasajeros y carga de un lugar a otro del planeta. Blériot, al enlazar Francia con el Reino Unido, con su histórico vuelo de Barraques a Dover el 28 de julio de 1909, puso en una imagen, ante los ojos del mundo, el potencial que tenía el nuevo modo de transporte. Al mes siguiente de aquel gran acontecimiento, los fabricantes de champagne franceses celebraron en Reims la Gran Semana Aeronáutica.
El estadounidense Glenn Curtiss ganó el premio de velocidad en la Gran Semana, al promediar sus vueltas con una velocidad de 75,79 kilómetros hora, y el segundo clasificado, en esta competición, fue Blériot. Aunque el avión de Blériot era más rápido, el norteamericano supo sacarle mejor partido a su aeroplano. La victoria de Curtiss, con un avión menos veloz que el de su competidor, resaltaría el hecho de que, en la aviación, la habilidad del piloto contaba tanto como las prestaciones del aparato. Curtiss había sido el primero en utilizar con éxito los alerones, pequeños planos en las puntas de las alas, para inducir los giros laterales. La idea la había sugerido Alexander Graham Bell, el inventor de los modernos sistemas de telefonía, a los técnicos de la Aerial Experiment Association (AEA) cuando Curtiss formaba parte de aquella organización creada por Bell. La prueba de permanencia en el aire, en la Gran Semana, era el premio mejor remunerado. Lo ganó Henri Farman, al volar 180 kilómetros durante 3 horas, 4 minutos y 56 segundos. Farman aburrió a los espectadores y se hizo tan tarde que tuvieron que encenderle antorchas en el campo para señalizar la pista al anochecer. Los Wright no participaron en aquél gran evento que evidenciaría su pérdida del liderazgo tecnológico aeronáutico. Los pilotos que se inscribieron en la Gran Semana con aviones del tipo Wright tuvieron poco éxito. Los hermanos de Dayton, a cambio, optaron por una estrategia defensiva. Poco antes de que empezaran los vuelos en Reims anunciaron que habían presentado una demanda contra Curtiss y pensaban hacerlo también contra el resto de los aviadores y fabricantes de aeronaves que usurparan los derechos que les otorgaban sus patentes, que, según su interpretación, cubrían prácticamente todos los sistemas de control que la incipiente industria aeronáutica utilizaba. Los inventores del moderno aeroplano querían cobrar derechos de uso a todos los fabricantes. Aquella actitud de los Wright tuvo poco efecto en Europa, pero en Estados Unidos contribuyó al estancamiento del desarrollo aeronáutico que se produjo hasta que el país decidió intervenir en el conflicto bélico europeo.
La realidad fue que un año después de que los Wright asombraran al mundo con sus vuelos, la aeronáutica francesa volvió a retomar el liderazgo. En 1909, el Ejército francés adquirió cinco aviones, 2 Farman, 2 Wright y 1 Blériot, para efectuar ensayos. En octubre de 1910 todos los aviones militares franceses se pusieron bajo las órdenes del general Roques, en la unidad de Inspección Aeronáutica Militar y ese mismo año se efectuaron pruebas con distintos aviones en la región de Picardy. El Ejército tomó la decisión de comprar 20 Farman y 20 Blériot. Fue el primer pedido de material aeronáutico de cierta importancia en todo el mundo.
Aunque los aspectos comerciales de la industria aeronáutica estaban sin desarrollar, los conceptos técnicos relacionados con el vuelo habían progresado notablemente durante los últimos años.

Su primer avión

Fokker vivía en un mundo apartado de los centros en donde la aeronáutica evolucionaba con mayor rapidez y, aunque seguía con interés las noticias del sector, se había formado sus propias ideas sin haber tenido la oportunidad de contrastarlas con otras personas realmente competentes en la materia. Cuando llegó a un acuerdo con el teniente von Daum, para fabricar el avión, el holandés decidió poner en práctica sus ideas, que en algunos aspectos eran algo descabelladas. El joven Tony pensaba que si los pájaros no tenían en la cola timones verticales, su avión tampoco los necesitaba. Concibió un aeroplano estable, sin mecanismo de torsión asimétrica de las alas, ni alerones. Los planos sustentadores los dispuso hacia atrás, en delta, inclinados hacia arriba para formar un acusado diedro, que, junto con la posición del centro de gravedad, elevada, harían que el vuelo del aparato fuera naturalmente estable.
Quizá Anthony Fokker había leído en algunos artículos que las máquinas de los Wright eran muy inestables y que los pilotos debían corregir con los mandos, en todo momento, las desviaciones del aparato para mantener el vuelo. Esa inestabilidad las hacía muy peligrosas. Desde del accidente de Orville, que le costó la vida a su acompañante, el teniente Selfridge, en uno de los vuelos de demostración, en Fort Myer, en 1908, la inestabilidad inherente al diseño de los Wright había sido motivo de discusiones en los círculos aeronáuticos.
Sin embargo, Fokker eligió mal su modelo, porque, si bien los pájaros no utilizan timones verticales, el vuelo que ejercen es mucho más inestable que el de cualquier aeroplano. Los pájaros adaptan en todo momento la forma de su cuerpo a las necesidades del vuelo, con un ejercicio permanente del sistema de control que maneja su cerebro. Cuando Anthony empezó con las primeras pruebas, en seguida comprendió que necesitaba un timón vertical y un estabilizador en la cola, pero insistió en prescindir de alerones y mecanismos de torsión.
A finales de 1910 tuvo que interrumpir los ensayos con el aeroplano porque se vio afectado por una neumonía y regresó a Haarlem para curarse y pasar las Navidades.
Mientras Fokker celebraba las fiestas de fin de año, von Daum aprovechó su ausencia para volar el extraño avión que su socio estaba construyendo. El vuelo del teniente finalizó al pie de un gran manzano, el único de la contornada, y cuando Tony regresó a Baden Baden se encontró con los restos del accidente. Tuvo que reconstruir el avión lo que no le llevaría mucho tiempo. Del hangar surgió un extraño monoplano, con montantes y riostras, una hélice tractora en el morro, dos plazas, un timón vertical de forma triangular en la cola, dos ruedas debajo de las alas y un patín en la cola para el aterrizaje y despegue, y no contaba con ningún mecanismo de control lateral distinto al timón vertical de cola, aunque sí tuvo que montar un sistema para poder virar en los carreteos. De Baden Baden se trasladaron a Maguncia, donde el campo de vuelo era más grande.
Con aquél aparato, Fokker empezó a correr por la pista y dar pequeños saltos que fue alargando hasta lograr vuelos cortos de unos 500 metros. Era la distancia máxima que podía saltar en aquel terreno si quería estar seguro de no salirse del llano, como le había ocurrido a Büchner en Wiesbaden durante el aterrizaje. El 5 de mayo de 1911 fue una fecha histórica para Anthony Fokker. Ese día decidió probar su sistema de control lateral en vuelo para lo que después de ascender a unos 15 o 20 metros continuó volando sobre el campo, con la idea de virar a la izquierda. Durante un rato dudó si era capaz de hacerlo y entonces se acordó otra vez de Büchner y de lo peligroso que era intentar un aterrizaje cuando tenía pocos metros de terreno llano en el morro. Giró el timón ligeramente, inclinó el cuerpo y su aeronave le obedeció con docilidad hasta completar media circunferencia con lo que tomó el rumbo inverso al que traía. Mantuvo ese rumbo y volvió a efectuar otra media circunferencia para sobrevolar el campo. Repitió aquella maniobra tres veces, con seguridad, mientras veía abajo las figuras de su socio y otras personas que lo contemplaban, muy sorprendidas de lo que ocurría en el cielo con aquel extraño artefacto. Aterrizó sin ningún problema. Su avión volaba.
El 16 de mayo, Tony obtuvo su licencia de piloto en el aeroclub de Maguncia después de pasar el examen práctico con su avión, en el que tuvo que realizar varias veces un ocho y aterrizar en un lugar señalizado. Había tardado diez días en aprender a volar con un avión que había construido el mismo, hacía diez días.
El socio de Fokker insistió en que quería aprender a volar como Tony. Fokker sintió pavor porque vio en peligro la integridad de aquella máquina que ya tuvo que reconstruir una vez, con la que había aprendido a volar, y en la que tenía puestas todas sus esperanzas como futuro profesional de la aviación. Sin embargo, no podía oponerse, su socio tenía el legítimo derecho a volar, igual que él. Para sorpresa suya, von Daum no empezó mal, dando los saltos iniciales con bastante soltura. Pero un día sucedió lo que Anthony tanto se temía y el teniente volvió a encontrarse con un árbol que lo atrajo de un modo irresistible. El piloto sufrió algunas contusiones y le quedó un dolor en la espalda, lo que haría que desistiese para siempre de seguir volando. Tony aplaudió el gesto y le dijo que a su edad los golpes podían acarrearle problemas muy serios y que sus reflejos quizá estuvieran ya algo perjudicados. Von Daum y Fokker negociaron un precio razonable por la transacción del aparato, otra vez dañado, y Anthony se quedó con el avión. Tuvo que contar con la ayuda de su padre que le prestó 1200 marcos.
Después de reparar el aeroplano, Fokker reanudó su campaña de vuelos que no pasó desapercibida para los residentes de la contornada, una zona en la que vivía una extensa comunidad de acaudalados hombres de negocios. Mucha gente de Wiesbaden acudía al aeropuerto de Maguncia para ver el aparato de Fokker y charlar con su dueño. La fama de Anthony se fue extendiendo y pronto llegó a su ciudad, Haarlem.
Una de las jornadas más felices de la existencia de Anthony Fokker, fue el día que voló en Haarlem, delante de su padre, sus familiares y amigos y todos aquellos profesores que nunca pudieron sacar ningún provecho de él, tal y como anticipó su padre al poco tiempo de instalarse con su familia en aquella ciudad. Al fin, Tony servía para algo, y el viejo Herman se sintió feliz con el triunfo de su hijo, aunque el vuelo no le pareciese el mejor oficio para el chico. En Haarlem, Anthony volvió a encontrarse con Fritz Cremer y su amigo le dijo que quería que le construyese un avión como el suyo. La relación que Fokker mantendría con Cremer duraría el resto de su vida.
Cuando Fokker voló en Haarlem, delante de sus paisanos, en 1911, tenía 21 años y ya sabía lo que deseaba hacer con su vida: construir y pilotar aviones.

 

Anthony Fokker, Johannisthal y el amor de Ljuba

Anthony Fokker, primeros años

Young_Anthony Fokker

 

 

 

Los primeros años

El padre de Tony, Herman Fokker, siempre pensó que los profesores serían incapaces de sacar provecho de su hijo en la escuela. Y así fue.
Anthony Fokker nació en Blitar, una pequeña población al sur de Kediri, en la isla de Java, el 6 de abril de 1890. El moderno aeroplano aún no se había inventado. Sus padres cultivaban café en unas tierras que Herman Fokker había arrebatado a la jungla hacía ya algunos años. El padre de Tony emigró a las Indias Orientales Neerlandesas, Indonesia, y cuando su plantación empezó a producir algo de dinero volvió a Amsterdam, conoció a Anna Diemont, la que más tarde sería la madre de Tony, se casó con ella y regresó con su esposa a Java. Allí tuvieron dos hijos: una niña y Anthony.

Los seis primeros años de la vida de Tony trascurrieron en compañía de los nativos de aquellas hermosas tierras salvajes. Aprendió a trepar a los árboles con la misma agilidad con que lo hacían los monos y utilizaba los dedos de los pies también casi con la destreza de los simios. No supo lo que eran los zapatos hasta que cumplió los seis años.

En la memoria de Anthony quedaron grabados para siempre los restos de una conversación que escuchó a sus padres la noche anterior al día que abandonaron Blitar. Los Fokker hablaron de que sus hijos se merecían una educación que en aquella parte del mundo no podían tener, ellos habían ganado suficiente dinero y, por tanto, era el momento de regresar a Holanda.
Los Fokker empaquetaron sus pertenencias y viajaron por tierra hasta Batavia, la ciudad que hoy se llama Yakarta, y a continuación embarcaron para llegar a Amsterdam después de un larguísimo viaje que duró varias semanas. No podía imaginarse el padre de Tony que, años más tarde, su hijo pequeño fabricaría artefactos para una empresa neerlandesa capaces de volar y transportar pasajeros de Amsterdam a Batavia en un par de jornadas.

Cuando llegaron a Holanda, la familia de Tony se estableció en una pequeña población al norte de Amsterdam, Haarlem; un lugar al que solía acudir gente acomodada.

Desde el primer día, a Tony no le gustaron las muchas obligaciones asociadas a su nueva vida y, en particular, la de ir todos los días a una escuela fue un motivo de insatisfacción permanente. Los profesores jamás conseguirían despertar el interés de Anthony; como mucho lograron que se mostrara tolerante con asignaturas que tuvieran prácticas. Su padre, soportó con resignación las malas notas y los apercibimientos escritos y verbales que su hijo Tony coleccionaba, mes tras mes. Al muchacho, el colegio le aburría y sólo consiguió superar las pruebas escritas gracias al ingenio que desarrolló para copiar en los exámenes. Para ello inventó y fabricó diversos artilugios que sus profesores no pudieron, o no quisieron, descubrir.

Si bien su rendimiento escolar fue desastroso, Tony destacaría por su habilidad en el manejo de las herramientas y su imaginación para inventar aparatos mecánicos. Sus padres le permitieron utilizar la última planta de la casa —que con los años se convirtió en un verdadero laboratorio— para que desplegara en ella su taller y sus juguetes. Durante una época, el ático se transformó en un complejo ferroviario en el que las vías se cruzaban, y por donde circulaban locomotoras y vagones a toda velocidad. Las primeras locomotoras eran de cuerda, las siguientes eléctricas, después también hizo algunas de vapor y lo que no consiguió fue fabricar pequeños motores de gasolina que las movieran. Las vías, clavadas en el suelo, se cruzaban y los trenes cambiaban de vía con mecanismos ideados y construidos por el propio Anthony. Su interés ferroviario se desvaneció cuando empezó a construir modelos de aeroplanos, con distintas alas, contrapesos, planos de cola y timones, que perfeccionaba en función de cómo volara cada configuración en particular. También, una vez subió unos tablones a su guarida y al cabo de un tiempo llamó a sus familiares para mostrarles un pequeño velero que había construido con las maderas. Su padre quedó tan impresionado que convocó a sus amigos para que viesen lo que su hijo Tony era capaz de hacer, quizá porque la gente pensaba que el muchacho no servía para nada, a tenor de las notas que obtenía en el colegio. Con aquel barco Tony aprendió a navegar en los muchos estanques que bordeaban la pequeña ciudad de Haarlem.

A los 18 años, Tony, seguiría siendo un desastre en la escuela, iba retrasado algunos cursos por lo que casi todos sus compañeros eran bastante más jóvenes que él. Una de las veces que el profesor lo expulsó de clase, Tony se quedó en el portal del colegio. Allí coincidió con otro compañero que había corrido la misma suerte. Se llamaba Fritz Cremer y, los padres de los muchachos eran amigos. En la puerta del colegio, Tony, se enteró de que los Cremer tenían un automóvil, algo muy poco usual en la ciudad de Haarlem, en el año 1908.

Fritz y Tony congeniaron bien enseguida. Salían con el coche de los Cremer de excursión por los mal pavimentados caminos de los alrededores y rara era la ocasión en que no tuvieran alguna avería. Tony aprendió muy pronto a reparar el vehículo. Era capaz de desguazarlo pieza a pieza y montarlo otra vez, en poco tiempo, sin que le sobrase ninguna. De esa forma podía arreglar las averías con facilidad. Sin embargo, había algo que ocurría con mucha frecuencia y que les fastidiaba demasiadas excursiones: los pinchazos.

Parecía como si los neumáticos del automóvil sintieran una especial atracción por los clavos, cristales y demás objetos punzantes y cortantes que tanto abundaban en las carreteras. El joven Fokker pensó mucho sobre aquel asunto y llegó a la conclusión de que había nacido para resolver el problema, de forma que concentró toda su actividad en el desarrollo de una solución a los indeseables pinchazos. Se entregó con entusiasmo a la tarea. Fabricó sus propios aparatos de medida para analizar la deformación de los neumáticos durante la marcha y los probó en su bicicleta, por las noches, porque no quería que nadie le copiara las ideas.

La solución que inventó consistía en una banda de acero, exterior, flexible, que se sujetaba a una circunferencia rígida mediante muelles capaces de absorber las deformaciones. Cuando llegó a aquél punto, Tony había consumido todos los recursos económicos de que disponía por lo que necesitaba dinero y además tiempo libre para continuar con sus investigaciones. Entonces, decidió pedir ayuda a su padre.

Para el propio Tony fue una sorpresa ver cómo su padre consintió en aprobar el plan, le prestó dinero y además le autorizó a que se ausentara del colegio durante un par de semanas. Anthony fue a ver al director para comunicarle la buena nueva de que iba a trabajar en el desarrollo de un invento suyo y que durante un par de semanas no acudiría a clase. Extrañado, el director movió la cabeza de un lado para otro y no le dijo nada. Anthony salió del despacho del profesor dándose cierta importancia sin saber que ya no volvería jamás a la escuela.

El desarrollo de la rueda a prueba de pinchazos se alargó mucho en el tiempo. Después de agotar el programa de ensayos con la bicicleta Tony se fue a ver a su amigo Fritz Cremer para decirle que le gustaría hacer pruebas con el automóvil de su familia y ofrecerle además, una parte en el negocio que había emprendido. Fritz y su padre se convirtieron en socios de los Fokker.

El desarrollo del producto, al que los dos entusiastas colegiales dedicaban todo su tiempo, no iba mal y el padre de Anthony contrató un abogado para que se encargara de las patentes. El asesor legal empezó a realizar estudios, uno cada semana, relacionados con la propiedad intelectual del invento, y las facturas se amontonaron en la mesa del despacho de Herman Fokker. Los socios capitalistas, que a su vez eran los padres de los inventores, urgieron a los chicos a que dieran por concluida la fase de desarrollo y empezaran con la comercialización del producto que, de acuerdo con los últimos ensayos, funcionaba a la perfección. Tony y Fritz habían montado una de sus ruedas a prueba de pinchazos en un lado del coche de los Cremer y en el otro una rueda normal. En esas condiciones comprobaron que un pasajero no podía diferenciar entre una y otra rueda, con independencia del tipo de calzada sobre la que rodara el vehículo. Parecía que los problemas técnicos estaban resueltos cuando una mañana el abogado se presentó en casa de los Fokker para decirle a Herman que acababa de descubrir una patente francesa, de fecha anterior, que les impediría comercializar el invento. Aquella mala noticia dio al traste con el negocio de las ruedas a prueba de pinchazos, pero serviría para que Anthony y Fritz estrecharan unos lazos que luego aunarían con mayor fuerza y que Tony Fokker tuviera que plantearse, en serio, qué pretendía hacer con su vida.

El curso de aeronáutica de Zalbach

A Herman Fokker le hubiera gustado que su hijo estudiase en la universidad de Delft, incluso estaba dispuesto a pasarle una generosa asignación anual de 2400 florines para que disfrutara de una cómoda estancia en Delft si Tony se decidía a estudiar ingeniería en aquel centro de tanto prestigio. Sin embargo, el propio Herman era consciente de la incapacidad de Tony para encerrarse durante seis años en un lugar de estudio. Mientras tanto, Anthony tuvo que presentarse para hacer el servicio militar obligatorio y después de algún tiempo consiguió evitarlo gracias a que, a cambio de mil florines, un médico sin demasiados escrúpulos certificó su incapacidad. Anthony estaba acostumbrado a comprar casi todo lo que quería.

Sin otras obligaciones que lo ataran, Tony se vio en la necesidad de decidir sobre su futuro y le dijo a su padre que quería ser piloto. El muchacho, además de fabricar modelos de avión, seguía con interés los acontecimientos aeronáuticos de la época y también había construido un simulador de un puesto de control de vuelo, en el ático de su casa, en el que dispuso junto a una vieja silla los mandos de un avión del tipo Wright. A la izquierda colocó la palanca del timón de profundidad y a la derecha la de control de torsión de las alas que inducía el alabeo, o control lateral, y que también servía para actuar sobre el timón de dirección vertical, al girar la palanca. Por entonces, Tony Fokker, ya había decidido cómo tenía que ser el avión ideal, después de observar el vuelo de sus modelos a escala reducida. Desde aquél puesto realizaba vuelos imaginarios que reproducía en su mente a la vez que actuaba sobre los mandos, en perfecta sincronía con la evolución de la aeronave.

Cuando dijo en casa que quería aprender a volar su padre le respondió que no estaba dispuesto a financiar semejante aventura en la que su hijo terminaría rompiéndose la cabeza, con toda seguridad.

Después de muchas discusiones y analizar diferentes alternativas, padre e hijo, convinieron en que Tony se desplazara a la universidad alemana de Bingen, a orillas del Rin, para hacer un curso de ingeniería que duraba un año. El curso parecía lo suficientemente práctico como para suscitar el interés de Anthony. Con algo de nostalgia, el joven estudiante, emprendió su largo viaje en barco hasta Bingen, que estaba a unas 300 millas de Amsterdam. Sin embargo, Tony no llegó nunca a su destino inicial porque se enteró de que en Zalbach iban a impartir, por primera vez, un curso sobre aeronáutica y convenció a su padre para cambiar el plan. La excusa fue que en Zalbach había un interesantísimo curso sobre automoción con la intención de plantear la cuestión aeronáutica con posterioridad, como formación adicional, junto con la petición de mil marcos para financiar el complemento. El dinero de más lo necesitaba para los materiales del avión, que los alumnos del curso aeronáutico tenían que construir a lo largo del año, y la constitución de una fianza.

El curso empezó con pocos alumnos y un profesor que decía ser ingeniero aeronáutico. Fokker destacó inmediatamente, por su destreza en el manejo de las herramientas y por sus conocimientos en la materia. Cuando el aeroplano estaba casi terminado, la escuela contrató a un piloto que sería el primero en volarlo y que daría clases de vuelo a los alumnos. El aviador se llamaba Büchner. La primera vez que vio el aeroplano de los estudiantes no dijo nada, pero su rostro cambió de color. Aunque Büchner presumía de estar cualificado con creces para ser titular de una licencia de vuelo expedida por la Federación Aérea Internacional (FAI), no la tenía, pero como venía de Johannisthal nadie se atrevía a cuestionar sus habilidades como piloto. Entonces, en el aeródromo de Johannisthal, en Berlín, se habían congregado los personajes más destacados de la aviación alemana y era el centro neurálgico aeronáutico del país.

Para realizar los ensayos de vuelo, la universidad alquiló unos terrenos en Wiesbaden, cerca de Maguncia. Durante las primeras pruebas todos comprendieron que el artilugio que habían construido servía para cortar la hierba con la hélice y para nada más. Las alas tenían poca superficie, al motor le faltaba potencia, al aparato le sobraba peso y la hélice no podía tirar con fuerza del invento ni siquiera para arrastrarlo sobre el campo nivelado. Cuesta abajo ganaba algo de velocidad, no mucha, por lo que los alumnos trataron de hacerlo volar dejándolo caer por la pendiente con Büchner a los mandos. Después de cada intento fallido tenían que arrastrarlo, cuesta arriba, para repetir otra infructuosa carrera.

Anthony Fokker se hizo amigo de Büchner y creyó intuir que el piloto estaba encantado con la situación, porque repetían una y otra vez carreteos que jamás lograrían que aquel ingenio levantase el morro para volar. No parecía que Büchner tuviera gran empeño en practicar la navegación aérea.
La única decisión sensata fue la que adoptaron, después de innumerables ensayos frustrados, y consistió en hacer otro avión con mayor superficie alar, menos peso y un motor más potente. La escuela no tenía fondos para adquirir otro motor, pero uno de los alumnos, panadero, que quería volar a toda costa, resolvió la cuestión. Compró un motor Agnus de 50 caballos de vapor (HP) y se lo alquiló a la escuela. Aquél gesto provocó una oleada de entusiasmo aeronáutico entre los jóvenes universitarios y muchos, que antes no lo habían hecho, se inscribieron en el curso de aviación.

Cuando el segundo aparato estuvo listo para volar, Büchner inició las pruebas de carreteo sobre la pista. El avión alcanzaba 30 o 40 millas en tierra. Era suficiente. El piloto empezó a dar saltos con el aeroplano, primero cortos, luego más largos. Anthony Fokker ya no tenía ninguna duda, Büchner no había volado en su vida y estaba aprendiendo a hacerlo delante de sus narices y además cobraba por ello. Sin embargo, el tiempo del curso se acababa y el primer vuelo tenía que efectuarse con la debida solemnidad. El día del vuelo inaugural, la escuela entera se vistió de gala y, encabezada por su director, se alineó con formalidad en el campo de vuelo para presenciar cómo el gran Büchner paseaba por los cielos de Wiesbaden el magnífico avión de los alumnos de Zalbach. Todos los estudiantes de aeronáutica esperaban aquella jornada con impaciencia porque, después del vuelo del maestro, habría llegado su turno, el gran día en que se iniciarían en el arte de manejar aeroplanos.
Büchner se lanzó por la pendiente a toda velocidad, tiró de la palanca y el avión ganó altura con rapidez. El piloto se debió sentir muy incómodo en el aire, sin tierra pegada a las ruedas de su aeroplano. Todo iba bien, no parecía que hubiese ninguna razón para que la aeronave evolucionara de la forma que lo hizo. Büchner tenía sus motivos, a Fokker le pareció que el piloto nunca había volado y sintió un pánico terrible a dejar la tierra llana que aún quedaba debajo del avión y adentrarse en el bosque, por encima de los árboles. De un modo inesperado, el avión de la escuela inició el descenso para aterrizar en lo que aún quedaba de espacio libre hasta la foresta. El aparato golpeó el suelo con dureza y el piloto no pudo detenerlo antes de estrellarse contra el tronco de un magnífico nogal. Anthony fue uno de los primeros en llegar al montón de maderos rotos y telas desgarradas del que surgió, milagrosamente ileso, un Büchner desconcertado. El joven estudiante se percató enseguida de que el motor había sufrido un daño irreparable.
Con la pérdida del segundo aeroplano, la escuela tuvo que cancelar las actividades del departamento aeronáutico. Sin embargo, Fokker consiguió seguir adelante con su idea de construir un avión y aprender a volar. Uno de sus compañeros, el teniente von Daum, era un estudiante muy peculiar: ya había cumplido los 50 años, disfrutaba de una posición económica holgada y para él la aviación no era otra cosa distinta a la de un entretenimiento en el que pasar el tiempo. El oficial se había dado cuenta de que la única persona con habilidad para construir un aeroplano, en aquella disparatada universidad, era Anthony Fokker. Le propuso que construyeran un avión entre los dos y consiguió que le prestasen un sitio en un antiguo hangar de la empresa Zeppelin, en Baden Baden. Tony escribió otra vez a casa para solicitar fondos que le permitiesen llevar a cabo su proyecto, ahora con un nuevo socio: el teniente von Daum.

El acuerdo entre Fokker y el oficial consistió en que el primero construiría el aparato con un presupuesto de 1500 marcos y el segundo aportaría el motor. Anthony diseñó un aeroplano de acuerdo con sus propias teorías, que había experimentado con pequeños modelos en el ático de su casa y en los talleres de la universidad.

El primer avión de Anthony Fokker

 

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de Francisco Escarti • Publicado en Aviadores

Anthony Fokker, disparar a través de las hélices

Entre los no demasiados libros de aviación escritos en español, no existe hasta la fecha ninguna biografía de Anthony Fokker, uno de los grandes fabricantes de aviones durante la I Guerra Mundial y los años 1920. Sus aviones ocuparon posiciones de liderazgo en la aeronáutica mundial hasta el inicio de la década de los años 1930, cuando las aeronaves de los constructores estadounidenses tomaron el relevo en los primeros puestos del escalafón tecnológico de la aviación.

Anthony Fokker, además de ser una de las figuras más importantes de las primeras décadas de la aviación, fue un personaje muy singular. Nacido en las Indias Orientales Neerlandesas y criado en Holanda, inició su carrera aeronáutica en Alemania y la desarrolló posteriormente en los Países Bajos y Estados Unidos. Adquirió fama como fabricante de aviones en Alemania, durante la I Guerra Mundial y después se instaló en Holanda donde consiguió el apoyo del Gobierno de los Países Bajos y hasta de Estados Unidos, aunque en menor medida, para impulsar su negocio.

Fokker fabricó el primer avión de caza de la historia de la aviación, el Eindecker, y en realidad podemos considerar que fue el inventor de esta modalidad de aeronave. Gracias al desarrollo de un mecanismo de sincronización de disparos de la ametralladora con el giro de las palas de la hélice, Anthony Fokker hizo posible el nacimiento de los aviones de caza.

Sus aeronaves de alas con perfiles gruesos, en voladizo y con fuselajes de estructura de tubos metálicos, revolucionaron la tecnología aeronáutica.

Sin embargo, Anthony careció siempre de una sólida formación técnica. Sus cualidades de excelente piloto le servirían de mucho en los comienzos de la aviación, cuando nadie disponía de un bagaje de conocimientos teóricos suficiente en el que se pudieran apoyar los diseños de los aviones. Anthony volaba sus aeronaves para comprobar como respondían a los mandos y las perfeccionaba; gracias a su intuición sabía encontrar las modificaciones necesarias para que sus aparatos ejecutaran bien todas las maniobras.

Además de ser un magnífico piloto, tenía una gran visión para los negocios, lo que le permitiría acumular una importante fortuna a lo largo de su vida, aunque jamás fue el dinero el móvil principal de su existencia.

Su temperamento tampoco carecería de singularidades: fue un hombre egocéntrico que necesitaba vivir rodeado de personas y sus relaciones con las mujeres nunca fueron fáciles. Fracasó en sus dos matrimonios.

Dejó unas memorias de su vida, que dictó a un periodista estadounidense, y se publicaron en 1933, después de su fracaso empresarial en Estados Unidos: The Flying Dutchman. El libro, primero se editó en inglés y luego se tradujo al flamenco, con algunas pequeñas modificaciones que introdujo Fokker. En sus memorias, los sucesos aparecen desde una perspectiva excesivamente personal, muchos de ellos significativamente distorsionados por lo que son un relato divertido que no se ajusta del todo a la realidad.

Además de la autobiografía del propio Fokker, hay otros dos libros, en inglés, que relatan su vida.

El mejor documentado es el de Marc Dierikx, Fokker a transatlantic biography.

La otra biografía, Fokker the creative years, de A. R. Weyl, cubre principalmente el periodo de la I Guerra Mundial y describe los aviones de Fokker de esa época con un gran nivel de detalle. El autor no puede evitar que en sus textos predomine la crítica a la figura del fabricante de aviones y se enaltezca la de su mecánico y jefe de diseño: Reinhold Platz. Weyl aporta muchos detalles en su libro, pero no cita las fuentes, al revés que Dierikx que es muy prolijo en especificar el origen de la información que aporta.

La admiración de Weyl por Reinhold Platz es comprensible, pero resulta excesiva. Tanto Fokker como Platz carecían de formación técnica suficiente para continuar al frente del equipo de diseño de un fabricante de aviones de éxito a partir de los años 1930. Ambos eran unos ignorantes en materia de resistencia de materiales y aerodinámica, cuando ya existían túneles de viento en los que se hacían ensayos con aviones a escala. En gran medida, los dos fueron responsables del retraso tecnológico de Fokker que estuvo a punto de hacer que la empresa desapareciese.

Cuando terminé de escribir Ramón Franco el aviador, a partir de un borrador que tenía guardado desde hace ya bastante tiempo, me puse a trabajar en otro libro: Anthony Fokker, disparar a través de las hélices. Si la historia del español me llevó años de trabajo, y una exhaustiva labor de compilación de notas de prensa, no tengo ningún inconveniente en reconocer que en el libro de Fokker no aporto nuevos conocimientos con respecto a su vida. He utilizado como principales fuentes de información del personaje, las tres obras a las que me he referido anteriormente. Con respecto a los aviadores, aeronaves y sucesos relacionados con la I Guerra Mundial, los datos que recojo en esta biografía se pueden encontrar con facilidad en la abundante literatura que existe sobre ese periodo.

Mi intención ha sido escribir un libro sobre la vida de Anthony Fokker y su obra como fabricante de aviones, de fácil lectura y en español. Con ello tan solo pretendo cubrir esa inmensa laguna de la bibliografía aeronáutica, en mi idioma, en la que este extraordinario personaje es un desconocido.

Antes de imprimir el libro, y para poder corregirlo con mayor calma, publicaré en este blog los primeros capítulos que espero susciten el interés de los lectores.

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de Francisco Escarti • Publicado en Aviadores

Ramón Franco el aviador

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Ramón Franco el aviador

Esta biografía de Ramón Franco es una magnífica oportunidad para conocer cómo se inició la aviación civil y militar en el mundo y en España, cómo resolvieron los aeronautas los problemas de navegación sin visibilidad, cómo las circunstancias convirtieron a un simple comandante en un héroe popular sin precedentes que terminó rebelándose contra el poder, y cómo el héroe se transformó en un político radical hasta consumirse y desconcertar al mundo entero. Es la historia de un hombre vitoreado, malquerido y despreciado, todo ello con el mismo apasionamiento, y abandonado a un prolongado olvido del que nadie se atrevería a rescatarlo.

La biografía de Ramón Franco entronca con los inicios de la aeronáutica en España y su estreno como arma de destrucción en la guerra de Marruecos. A Primo de Rivera, nada favorable a la presencia militar española en el norte de África, le hubiera gustado que el plan de guerra aérea urdido por el general Soriano hubiese bastado para amedrentar a los indígenas, pero el militar no disponía de suficientes efectivos para culminarlo con éxito y Primo de Rivera se vio obligado a organizar con Francia el desembarco de Alhucemas. Entonces, Ramón ya era un famoso piloto de hidroaviones de la Aviación Militar. Después de batirse cuerpo a cuerpo en las arenas del occidente marroquí, deslumbrado por los ases del aire de la Gran Guerra, decidió incorporarse a la recién nacida aviación. Participó en los bombardeos masivos ordenados por el general Soriano y muy pronto llegó a convertirse en el mejor piloto de hidroaviones del país.
Ramón diseñó un viaje a través del Atlántico Sur y logró que se lo autorizasen tras el desembarco de las tropas españolas en Alhucemas. En 1926 alcanzó una fama indescriptible en su vuelo de Palos a Buenos Aires. Aquel viaje hizo de él uno de los españoles más famosos y populares de todos los tiempos.

Su pasión por la aventura lo llevó a emprender un segundo viaje, alrededor del mundo; sin embargo, fracasó en el intento.

De su etapa como aviador famoso acabó enfrentado con el monarca Alfonso XIII y sus jefes aviadores, enzarzado en discusiones sobre la escasa utilidad de la protección a la industria aeronáutica española, la precariedad del material aeronáutico de la aviación militar y la poca fiabilidad de los servicios meteorológicos del Gobierno. Convencido de que el futuro del transporte aéreo transoceánico estaba en los hidroaviones de gran tamaño y no excesivamente ducho en la navegación astronómica, nunca supo reconocer sus errores.

Su enfrentamiento con el Gobierno lo llevó a luchar por la República Española, codearse con grupos de extrema izquierda y patrocinar uno de los golpes más audaces y desconcertantes a la monarquía: la toma del aeródromo de Cuatro Vientos, en diciembre de 1930, días después de la sublevación de Jaca. Se exiló en París y regresó para dirigir, por muy poco tiempo, la Aeronáutica Militar durante el primer Gobierno de Azaña. Su posicionamiento político se radicalizó y se vio obligado a abandonar el Ejército para ejercer como diputado en un sector extremista. Enfrentado al grupo republicano que organizó la política española tras la caída del régimen monárquico, de acuerdo con el famoso Pacto de San Sebastián, Ramón se asoció con Esquerra y los nacionalistas andaluces de Blas Infante, aunque finalmente se refugiaría políticamente en un pequeño núcleo de izquierda radical.

Desengañado, al perder en las elecciones catalanas a finales de 1932, Ramón se apartaría de la política para regresar al mundo de la aviación, fascinado por el vuelo a Cuba de su amigo Mariano Barberán. Cuando el presidente Alcalá Zamora decidió reemplazar el Gobierno y sustituyó a Azaña por Lerroux, Ramón consiguió reingresar en la aviación militar y que se le asignaran algunas misiones en México y Estados Unidos. A partir de ese momento, el aviador perdió el apoyo de la extrema izquierda a lo que habría que sumar las pocas simpatías que gozaba entre los republicanos y la mayoría de los políticos, así como la profunda antipatía que le profesaban los monárquicos. Ramón se convirtió en un personaje solitario y malquerido casi por todos.
La Guerra Civil española le sorprendió en Estados Unidos y se vio obligado a elegir entre los dos bandos, en un momento en el que vivía al margen de la política de su país. Regresó a España para combatir como aviador y en plena contienda falleció en un extraño accidente.

Al margen de su vida aventurera, Ramón se casó dos veces y reconoció como suya una hija de su segunda mujer. Hasta sobre su paternidad existen dudas razonables. Divorciado y vuelto a casar por las leyes de la II República, el ordenamiento jurídico de la Dictadura deslegitimó su segundo matrimonio, aunque su viuda seguiría cobrando la correspondiente pensión. Su primer matrimonio no estuvo exento de escándalos y en el segundo, el aviador encontró la paz que hasta entonces le había dado la espalda durante toda la vida.

Ramón Franco fue hermano del dictador que gobernó en España durante 40 años: Francisco Franco. Sus relaciones resultaron especialmente difíciles durante las etapas más revolucionarias del aviador. Los dos hermanos poseían temperamentos diametralmente opuestos y ambos alcanzaron muy pronto la fama: cuando Francisco era un militar acreditado por su historial africano, Ramón ya ostentaba la condición de ser uno de los españoles más populares de la historia.

El vínculo familiar entre Ramón y Francisco ha contribuido a que la figura del primero estuviera siempre sujeta a controversia y a que la vida del piloto se analizara, en muchas ocasiones, con la intención principal de criticar a su hermano. Su parentesco no ha favorecido que al aviador se le tratara con objetividad.

En esta biografía he procurado dejar los juicios para el lector, salvo en algunas cuestiones técnicas, y he tratado de reconstruir su vida con la mayor precisión que las fuentes me han permitido. Además de las biografías que se han escrito sobre Ramón, sus propios escritos y otros documentos, he investigado con mucho detalle las noticias de prensa que aparecieron sobre el aviador a lo largo de su vida. Esta labor de reconstrucción me ha llevado a descubrir errores en otras biografías, por ejemplo, cuando Ramón regresó de Buenos Aires hubo festejos en Sevilla que según algunos autores debían de finalizar con la presencia del aviador en Jerez de la Frontera donde le esperaba el dictador Primo de Rivera y Ramón lo dejó plantado al no presentarse en dicha ciudad y regresar directamente a Madrid. El plantón al mismísimo presidente del Gobierno sería un motivo de desencuentro entre ambos en el que algunos biógrafos insisten con demasía. La realidad es que ese día en Jerez no lo esperaba Primo de Rivera ya que el mandatario estaba en Madrid con una agenda bien definida (basta consultar las noticias publicadas en prensa). Esa misma labor de reconstrucción me ha llevado a concluir que el giro político de Ramón no se produce de un modo abrupto en 1936 sino gradual, a partir de finales de 1932, al perder las elecciones catalanas. Durante mucho tiempo, Azaña y sobre todo Miguel Maura, mantuvieron una actitud muy beligerante con Ramón y a pesar de su insistencia en regresar al servicio activo de aviación, sus peticiones cayeron en saco roto.

He escrito este libro porque pensé que nadie tendría nunca interés en ocuparse de la vida de Ramón Franco, a no ser para criticar a su hermano o sacar a relucir historias de su familia. Por eso, en casi todos los libros que sobre él se han escrito lo nombran tomando a su hermano como referente: el hermano maldito, el republicano, el hermano olvidado…Yo he preferido limitarme a considerarlo simplemente como Ramón Franco el aviador. Fue un traidor para las izquierdas y para las derechas, por lo que analizar su vida en clave política es absurdo ya que Ramón jamás fue un hombre de pensamiento, simplemente un aventurero, un individuo entregado a la acción.

Su experiencia profesional y personal, transita por unos vericuetos de gran interés ya que vivió en primera persona sucesos clave de la aviación y la historia española, se codeó con todos los grandes aviadores de su época y con los políticos durante unos años que resultarían cruciales para el futuro de su país. La corta vida de este gran aviador está llena de acontecimientos que hacen de esta biografía una aventura extraordinaria.

Ramón Franco el aviador

de Francisco Escarti • Publicado en Aviadores

Ramón Franco: cinco biografías y dos esposas

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Casi a punto de finalizar mi biografía sobre Ramón Franco no dejo de hacerme preguntas sobre su complicada personalidad y la importancia que tuvieron en su vida sus dos mujeres. En las cuatro biografías que se han escrito sobre Ramón, hasta la fecha, sus esposas han desempeñado un papel, aparentemente secundario y muy importante a la hora de motivar su escritura o juzgar la conducta de terceras personas, por las muchas críticas de que fueron objeto.

La primera biografía del aviador Ramón Franco se editó en 1978, cuando ya hacía tres años que había fallecido su hermano Francisco, el dictador que gobernó España durante casi cuarenta años. Su existencia, tan peculiar y poco ajustada a la práctica de los valores espirituales que promocionó el franquismo, hicieron que ningún escritor se atreviera a publicar un libro sobre Ramón en vida del general. En esta temprana biografía del héroe del Plus Ultra, escrita por Ramón Garriga, la figura de su primera esposa, Carmen Díaz Guisasola, aparece totalmente desfigurada por el testimonio de Pilar, la hermana de los Franco. Inspirado en las declaraciones de la elocuente dama, Garriga narra en la biografía de Ramón que el joven piloto se trasladó a Biarritz para jugar en el Casino y que de allí «salió con bastante dinero para prolongar su vida nocturna con otra de sus diversiones predilectas: el trato con las mujeres fáciles…Ramón apagó su inagotable sed con buen champaña mientras alternaba, sin abandonarla ni un solo momento, con una gentil y guapa española, artista de la casa, que se llamaba Carmen Díaz». Según Pilar Franco, el primer matrimonio de su hermano pequeño fue consecuencia de los efectos del alcohol. «Carmenchu tomaba drogas, bebía y, en las reuniones que Ramón daba en su casa, organizaba unos espectáculos muy poco edificantes». Garriga se creyó las maledicencias de la señora. Sin embargo, nada de todo eso era verdad.

En 1978 Carmen Díaz vivía, y leyó con horror el retrato que le hicieron en la biografía de su ex marido, escrita por Garriga, inspirado en los trazos de doña Pilar, su ex cuñada. Educada en el Sagrado Corazón de París, hija de un ingeniero español que trabajaba en la Règie Renault, recibió una educación esmerada y conoció de muy jovencita, con apenas 18 años, a Ramón Franco en Madrid mientras él hacía un curso. Para desmentir las historias que sobre ella se habían urdido, sin ningún fundamento, recurrió al escritor José Antonio Silva y contó en un libro, que se publicó en 1981, las peripecias de su vida con Ramón Franco. El relato ganó el premio Espejo de España. Aunque la mayor parte de la obra está dedicada a los años que Carmen y su esposo pasaron juntos, el recopilador —también piloto de profesión— aprovechó para tratar, sobre todo desde una perspectiva aeronáutica, la vida del aviador. La historia de Ramón Franco, narrada casi cincuenta años después, desde el punto de vista de una mujer a la que su marido engañó con una hermosa cabaretera, tampoco podría librarse de las deformaciones propias del olvido y el resentimiento. Carmen rebajó el elevado tono de sensualidad, excesos, juergas y consumo de alcohol, con que Garriga había presentado a su biografiado; declaró que jamás había visto ebrio a su marido y que «tan solo bebía de vez en cuando un vino en las comidas». Se casaron con prisas, porque Ramón deseaba siempre las cosas de modo urgente, el 22 de julio de 1924 en Hendaya; ella tenía diecinueve años y él veintiocho. La boda se celebró en Francia porque a Ramón no le dio tiempo de tramitar el obligatorio permiso que necesitaban del monarca los oficiales para casarse. Se separaron siete años más tarde, en el mes de julio de 1931. De la lectura del libro que dictó Carmen parece deducirse que fueron bastante felices, al menos, hasta mediados de 1929, año en el que a Ramón se le complicó la existencia después de su frustrado viaje a través del Atlántico Norte.

La tercera biografía de Ramón Franco la escribieron Joaquín Leguina y Asunción Núñez y se publicó en el año 2002. Los autores reconocen que su libro es deudor de los dos anteriores y quizá su principal aportación a las fuentes es la pormenorizada descripción del marco político en el que se desenvolvió la vida del protagonista. Fue una época convulsa de la historia de España, llena de acontecimientos.

La cuarta biografía data de 2009. José María Zavala descubrió en la Fundación Franco un informe de la policía del año 1939, que se conservaba en formato digital y sobre el que ya se tenía noticia, pero que nadie había hecho público. La obra de Zavala, arranca en el capítulo I con ese texto en el que se describe con minuciosidad la vida privada de Engracia Moreno, la segunda esposa de Ramón Franco. El lenguaje chusco y descarnado del informante narra con crudeza la vida miserable de la madre de Engracia, viuda, y sus tres hijas, que se vieron obligadas a huir de su pueblo, Alcubilla de Avellaneda, a Burgo de Osma dada la inmoralidad de la señora «que hacía contacto carnal con hombres de la localidad». En Burgo de Osma, Engracia ofició de niñera y una hermana suya, Petra que lo hacía de sirvienta, fue deshonrada por El Soguero. Por esto y por la vida licenciosa de la madre se desplazaron a Madrid donde la viuda entraría a servir en un convento. Engracia se hizo novia de un artista, Leoncio, conocido más tarde como Kanisca, que en los circos ambulantes de Barcelona y el sur de Francia, actuaba de tragasables y adquirió fama por ingerir bombillas eléctricas encendidas que le iluminaban las interioridades. Engracia ayudaba al artista en sus actuaciones, pero cansada de seguirlo se volvió de Francia con 6000 francos que aprovecharía en Barcelona para tomar clases de canto y música, y comprarse ropas. Empezó a actuar en algunos cabarets, al tiempo «que hacía vida licenciosa sin limitación». En Barcelona volvió a reunirse con su madre y sus hermanas, una de ellas se emparejó con un militar y la otra con un ayudante de minas y Kanisca regresó de Francia para dejar preñada a Engracia y marcharse antes de que naciera la niña. La madre y la hija embarazada alquilaron una vivienda, en la calle Pi y Molist número 2 y «a ese domicilio vino Engracia solamente a salir de su cuidado». En abril de 1927 nació la niña que le pusieron de nombre Ángeles Leoncia y las tres se mudaron a la calle Cabanes a donde fue también a residir Kanisca, por poco tiempo. Estuvieron dos años en ese domicilio durante los que Engracia tuvo relaciones con un marino y se mudaron a la calle Floridablanca 27. «Ya aparece en ese domicilio de Floridablanca don Ramón. Con él hacía tiempo que se relacionaba Engracia y por su causa tenía frecuentes discusiones Engracia con su madre, porque ésta decía que no hiciera caso a don Ramón, que era muy alocado, y sí al marino que era más formal y daba más dinero». Por esta época (1929), el informante deja constancia de que Engracia se aparta de otros hombres, abandona el trabajo en los cabarets y vive a costa del aviador. De allí se trasladaron a otra casa en la Bonanova en donde conviviría con Ramón y en enero de 1935 fueron a vivir a la calle Cerdeña 332. El 24 de julio, don Ramón se casó con Engracia y el 29 compareció ante notario para reconocer como hija suya a Ángeles.

Para José María Zavala este informe es una invención de la policía, en la que se mezclan datos ciertos con mentiras, y asevera que «Engracia Moreno no era una mujer de vida fácil, ni mucho menos Ángeles era hija de aquel ridículo tragasables circense» y señala a Francisco Franco como instigador de la falsa historia. Sin embargo, tampoco hay pruebas de que las cosas fueran tal y como el escritor sugiere.

En esta última biografía de Ramón Franco, su autor dedica bastantes páginas a las relaciones de Engracia y su hija Ángeles, después de haber fallecido Ramón, y sus relaciones con la familia del doctor Antonio Puigvert que el eminente urólogo dejó por escrito en su libro Mi vida… y otas más. También, en el último capítulo especula con la posibilidad de que el dictador Francisco Franco fuera monórquido (la palabra, al parecer, se emplea para designar a una persona con un solo testículo) y que su única hija no fuese en realidad suya sino de Ramón y una cabaretera. No deja de constituir este capítulo un cúmulo de conjeturas, tan bien hiladas como indemostrables.

En mi biografía del aviador, la quinta, he tratado de que discurriese en un marco frío y ecuánime con escasos juicios de valor, procurando seguir día a día la vida de Ramón Franco, lo que me ha permitido aclarar algunas dudas y descubrir errores que aparecen en otras biografías. Con respecto al escenario en el que se desarrolló su vida he dedicado bastantes páginas a describir qué ocurría en el Marruecos español durante el primer cuarto del siglo pasado, el desarrollo de la aviación en el mundo y en España en aquella época, y los acontecimientos políticos en España desde la caída de Primo de Rivera hasta el comienzo de la Guerra Civil española.

De las mujeres, en la vida de Ramón, tengo que decir que hubo cuatro que para él fueron importantes: su madre, Pilar, su primera esposa Carmen o Carmenchu que es como la llamaba él, su segunda esposa Engracia y su hija Ángeles.

Ramón adoraba a su madre Pilar y ella debió sentir siempre cierta predilección por su hijo pequeño, el más travieso. Sus dos esposas fueron el móvil principal de la mitad de lo que se ha escrito hasta la fecha sobre el aviador y fue la segunda quien más influiría en su vida. Quizá la primera tuviese razón cuando en 1931, antes de separarse, echó en cara a su marido que ella había sido poco más que un capricho para él, pero su esposo no la trató tan mal como parece deducirse de otros pasajes de su relato. Sorprende hasta qué punto la hermana del aviador, Pilar, contó historias increíbles de ella, aún más cuando reconoció que tan solo la vio una vez en toda su vida, en casa de su madre, en Ferrol.

En realidad importa poco cómo fue la vida de Engracia Moreno antes de conocer a Ramón y lo único que sabemos de la mujer es lo que relata ese informe que, con casi toda seguridad, encargó Francisco Franco a la policía un año después de que falleciera su hermano. Tampoco veo ninguna razón para que los investigadores falsearan los datos por mandato de sus superiores y me parece impensable que lo hicieran por iniciativa propia. Parecería más lógico que la falsificación se inclinase a borrar los episodios más truculentos para reconstruir un historial acorde con los valores morales del mandamás de la familia Franco. Por otra parte, las leyes del franquismo anularon los matrimonios celebrados bajo la Ley del Divorcio republicana y consideraron a los hijos nacidos o adoptados en ellos como ilegítimos. La estricta aplicación de estas leyes, a Engracia la hubiera privado de la pensión que le correspondió como viuda de militar. Sin embargo, la oficina del propio Francisco Franco, a finales de 1939, dio las órdenes para que se tramitase una pensión a favor de Engracia. Al margen de este gesto, el trato que tuvieron Engracia y su hija Ángeles, después de la muerte de Ramón, con la familia Franco, fue prácticamente ninguno. Engracia logró situarse económicamente y disfrutar de una posición cómoda que le permitiría, gracias a una serie de negocios, dar una excelente educación a su hija Ángeles que murió prematuramente en 1976. Poco después, Engracia desapareció para siempre.

Tampoco creo que tenga demasiada importancia si Ángeles fue hija natural de Ramón o simplemente la adoptó como hija suya en 1935, días después de que se celebrara su matrimonio con Engracia. Con toda seguridad, Ramón, un hombre extraordinariamente generoso, no habría tenido ningún problema en reconocer a Ángeles como hija suya aun sabiendo que no fuese su padre natural. Teniendo en cuenta la fecha del nacimiento de Ángeles (1 de abril de 1928) y los movimientos de Ramón en verano de 1927, cuando aparentemente llevaba una vida feliz con Carmenchu, no parece probable que el aviador mantuviera entonces relaciones con Engracia. Todo apunta a que la relación entre Engracia y el aviador empezó a tomar cierta relevancia, en 1929, aunque no hay pruebas definitivas que demuestren nada.

En cualquier caso me parece irrelevante cómo fue la vida de Engracia, antes de conocer a Ramón, y si Ángeles era o no hija natural del aviador y la que fue su segunda esposa, para constatar la gran importancia que tuvo en la vida del pequeño de los Franco su segunda mujer.

En 1926 el vuelo a través del Atlántico Sur, con el Plus Ultra, convirtió a Ramón Franco en uno de los hombres más famosos de toda la historia española. A su regreso, entusiasmado con la celebridad de su hazaña Ramón no se resignaría a convertirse en un ciudadano normal y quiso realizar otra gran gesta. Primero sería la vuelta al mundo, incluso volando con su mujer, después, cuando las cosas se complicaron en gran medida por su desacertada elección de la aeronave, se conformaría con un viaje a través del Atlántico Norte, en 1929. La aventura fracasó y fue un milagro que no perdiera en ella la vida. Además, Ramón cometió un acto de desobediencia a sus mandos porque hizo el vuelo con un avión con el que no estaba autorizado, para lo que tuvo que manipular las matrículas y la documentación de los aparatos. Aquella falta era muy grave y su jefe, Kindelán, lo separó de la Aviación. También fue acusado, en los corrillos que frecuentaban sus compañeros, de haber cobrado una importante cantidad de dinero de una empresa extranjera y la acusación tuvo su origen, al parecer, en fuentes próximas a la casa del monarca, Alfonso XIII.

Según su sobrina, Pilar Jaraiz, Ramón no era un hombre de convicciones sino de acción. No tenía ideología alguna. La mayor parte de los políticos y militares de alta graduación que lo conocieron pensaban que Ramón era un botarate; otra forma menos piadosa de reconocer que carecía de convicciones salvo las más elementales. En 1929, tras su frustrado viaje a través del Atlántico Norte, Ramón inició una batalla, para justificar su fracaso, contra el rey, su primer ministro, Primo de Rivera, Kindelán, el director del Observatorio Meteorológico, los fabricantes de material aeronáutico españoles y los técnicos de la Aviación Militar y su organización, a los que haría responsables del lamentable resultado de su última expedición a ninguna parte. Para soslayar la censura de la prensa, que con férrea vigilancia ejercía Primo de Rivera, escribió un libro en el que consignó con mucho detalle sus cuitas y reclamaciones (Águilas y Garras). El libro también cayó en manos de la censura y no vio la luz, tal y como Ramón había previsto. El aviador perdió el control de aquella batalla que fue agrandándose hasta alcanzar proporciones gigantescas. Demonizó las figuras del rey, la monarquía, sus primeros ministros y sus jefes. Al cabo de unos meses, se encontró solo y su primer matrimonio entró en una profunda crisis. Su esposa, Carmenchu, no lo entendía y la única persona cercana capaz de seguirlo era Pablo Rada, el mecánico del Plus Ultra. Tampoco es que fuera nada fácil de entender la postura que adoptó Ramón Franco.

En aquella pelea, de forma instintiva, buscó la alianza de la gente que lo había aplaudido en todos los rincones de España y en muchos de América del Sur: el pueblo. Ramón estaba acostumbrado a suscitar el interés de la gente y a congregar masas de individuos anónimos que lo aplaudían, lo jaleaban, se deshacían en vivas a su persona, allá donde fuese. Y en la lucha que mantenía contra todos, Ramón estableció una alianza con el pueblo para derrocar a sus enemigos. En su cabeza, ellos, la gente, el pueblo, eran los únicos aliados y amigos con que contaba en la pelea que había emprendido contra los poderosos. Yo creo que de un modo sutil y sin que él mismo se diera cuenta, esa situación lo llevaría a considerar enemigos suyos a quienes lo fuesen de sus amigos. Y si su aliado era el pueblo ¿quiénes eran los enemigos del pueblo? La respuesta estaba en la calle: los curas, los nobles, los terratenientes y los burgueses. Eso explica cómo, en 1930 y conforme la pelea de Ramón con el régimen monárquico se embroncó hasta unos límites impensables, cambió el sombrero por la gorra, los zapatos por zapatillas y se mezcló con la gente que rondaba los grupos más marginales y revolucionarios del país hasta el extremo de participar en la toma del aeródromo de Cuatro Vientos que lo llevaría al exilio en París. Cuando cayó la monarquía y llegaron los republicanos al poder las cosas no cambiaron y Ramón siguió la pelea junto a los que deseaban transformarlo todo, construir un mundo nuevo porque la República no les había dado la oportunidad de acabar con las lacras que continuaban oprimiendo a su aliado: el pueblo. En la guerra personal de Ramón Franco, que empezó a solas contra el rey y sus acólitos, y a la que incorporó a un aliado único, el pueblo, y también sus enemigos, ya habían sido derrotados los primeros pero no los segundos: los opresores del pueblo. En 1931, con la República establecida en el país, Ramón aún continuaría peleando una año más, hasta finales de 1932. Justo en esas fechas Ramón Franco perdió las elecciones en Cataluña y comprendió que el pueblo lo había abandonado. Sus aliados habían elegido otros líderes y a él no le cabía seguir otro camino que retirarse de la batalla, porque no era un hombre de ideas sino de acción. Ramón nunca fue comunista, ni anarquista, ni socialista, ni conservador, ni fascista, quizá tan solo republicano, aunque se viera enrolado en peleas donde se enfrentaran facciones políticas, más bien como mercenario sin saberlo.

A finales de 1932, sus únicos aliados eran Engracia y también la pequeña Ángeles y su objetivo proporcionarles seguridad y un lugar feliz donde vivir en este mundo. Y para eso necesitaba regresar a la Aviación y disfrutar de un buen trabajo. No le resultaría fácil, porque Azaña estuvo en contra suya. Luchó por ello y tardó un año en conseguir que lo admitieran en la Aviación, gracias al cambio de Gobierno en el que Lerroux asumió la presidencia. A partir de ese momento alternó periodos en el extranjero con estancias en España, pero Ramón continuó luchando por lo que le interesaba, un destino fijo en Washington, hasta conseguirlo en 1935, casarse con Engracia y llevarse a su familia a Estados Unidos.

Engracia se convirtió en el centro de su existencia durante los últimos siete años de su vida y alrededor de ella organizó todo cuanto hizo ¿Qué importancia tenía quién hubiera sido en el pasado aquella mujer? Lo importante es lo que era, en ese instante. Los prejuicios de uno u otro signo y la ideología tenían un valor muy relativo en la mente de un hombre consagrado a la lucha por alcanzar metas concretas en cada momento. Muchos de los que lo conocieron lo definirían como un botarate, la mayoría como una persona generosa de gran corazón, casi todos como un gran aviador y yo me atrevería a decir que fue un hombre de acción marcado por tres batallas: alcanzar la fama, derrocar un monarca y conservar a Engracia.

Ramón Franco el aviador (Libro)
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de Francisco Escarti • Publicado en Aviadores

Ramón Franco- Libro tercero

RAMON FRANCO, EN EL CENTRO_

Durán, Ramón Franco y Ruíz de Alda

RAMÓN FRANCO, EL GRAN AVIADOR ESPAÑOL

Francisco Escartí

Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción parcial o total de este libro por cualquier medio sin la autorización por escrito del titular del Copyright.

© Francisco Escartí, 2017

 

LIBRO PRIMERO

LIBRO SEGUNDO

LIBRO TERCERO

 

 

 

LA INVENCIÓN DE UN HÉROE

 

 

 

El Alcione y un Dornier Wal sin nombre

A finales de 1924, Ramón Franco empezó a estudiar la posibilidad de efectuar lo que entonces se llamaba un raid, un vuelo largo, «que diera a conocer el valor de la Aviación española fuera de las fronteras, y al mismo tiempo sirviera para ganar honra y prestigio para España». Ramón ya era famoso y con este viaje pretendía consolidar su posición como uno de los grandes pilotos de la Aeronáutica Militar en su país y en el resto del mundo.

Acababa de casarse con Carmen y, cuando no estaba de servicio, dedicaba todo su tiempo libre a estudiar con detalle el proyecto. Llegó a la conclusión de que el vuelo al río de la Plata, en Buenos Aires, demostraría la posibilidad de enlazar el sur del continente americano con España y realzaría los lazos de unión entre los países latinos. Para llevarlo a cabo hacía falta un hidroavión, y él era el piloto más competente de la Aeronáutica Militar en este tipo de aeroplanos, una capacidad que ya había demostrado en su vuelo a Canarias, en enero de 1923. Sin embargo, el Dornier Wal, con los motores que disponían los de la aviación española, no serviría, porque necesitaba que el hidroavión contara con un alcance de unos 3000 kilómetros, aunque faltaba poco. Ramón concluyó que aquel vuelo poseía un extraordinario atractivo político y a la vez encajaba perfectamente con su experiencia aeronáutica. Habló del asunto con el general Soriano, director de la Aeronáutica, que se mostró entusiasmado con la idea y empezó a realizar una serie de gestiones por su cuenta. También se entrevistó con Emilio Herrera para preguntarle detalles sobre la meteorología de la ruta; el ilustre ingeniero hacía tiempo ya que había concebido la idea de una compañía de transporte aéreo entre Sevilla y Buenos Aires, que operase con dirigibles de cuerpo rígido. Compró libros y cartas náuticas y obtuvo del Observatorio de Hamburgo un informe meteorológico detallado y un resumen de los estudios que se habían hecho para las travesías aéreas sobre el Atlántico.

El proyecto de Ramón, con el apoyo del general Soriano, pero sin ninguna autorización oficial, continuaría tomando forma a lo largo de 1925. En el mes de marzo, se desplazó a Alemania y a Pisa[i]. El Gobierno había decidido comprar otros 4 Dornier Wal para apoyar el desembarco de Alhucemas, sin embargo el último de estos aparatos no podría entregarse hasta el 15 de septiembre. Ramón consiguió autorización del general Soriano para que este avión lo equiparan con motores Napier Lion de 450 HP, más potentes, y así pudiera servir para efectuar el vuelo previsto por el aviador.

Durante los seis primeros meses de 1925, Ramón se desplazó a Madrid muchas veces y por motivos diversos, hizo algún curso, viajó al extranjero, y habló con muchos colegas en relación con el raid que llevaba en la cabeza. Con el ingeniero Emilio Herrera intercambió información en varias ocasiones. Herrera estaba destinado en Cuatro Vientos y tenía el encargo de construir un túnel de viento para la Aviación Militar española. En 1925, a los 46 años, el militar había iniciado una nueva etapa profesional, apartado de la primera línea de acción y dedicado a la ciencia y la tecnología. Era vicepresidente de la Sociedad Matemática Española y dos años antes había acompañado a Einstein mientras estuvo en España. Mantenía buenas relaciones internacionales, hasta el punto de que por sugerencia suya los brasileños cedieron la isla Penedo de San Pedro a Portugal, en reconocimiento a que allí habían tomado mar los portugueses Sacadura Cabral y Gago Coutinho, en su histórico vuelo de Lisboa a Río de Janeiro, en 1922, con su endeble hidroavión.

En Madrid, Ramón solía acudir a la calle Fuencarral para visitar a su padre que siempre le preguntaba por el raid y seguía con atención sus progresos. Don Nicolás se había retirado en 1924, pero su temperamento seguía siendo el mismo. La hermana de Ramón, Pilar, también vivía en Madrid, casada con Alfonso Jaraiz, ingeniero de caminos y en 1916 tuvieron una hija, también Pilar, que fue la primera nieta de don Nicolás. Los hijos de Alfonso y Pilar Franco visitaban a su abuelo de vez en cuando y él los recibía con interés aunque se cansaba muy pronto de ellos; era Agustina quién trataba de hacerles la estancia entretenida con obsequios y palabras cariñosas. Nicolás, el hermano mayor de Ramón, durante la Gran Guerra se había pasado a la industria privada para fabricar barcos de los que había una gran demanda. Juerguista, mujeriego, divertido y vividor, cuando pasaba por Madrid también solía acercarse a la casa de su padre[ii]. El único que jamás se dejaba ver en el piso de don Nicolás era Paco, el jefe de la Legión.

Ramón encajó, pieza a pieza, el equipo y la configuración del hidroavión con el que pensaba volar al río de la Plata. Además de una motorización más potente, depósitos de combustible adicionales y refuerzos en la célula, creyó que sería útil llevar a bordo un radiogoniómetro para la navegación. El goniómetro detectaría la dirección desde la que se recibiera una estación de radio y si localizaba, dos o tres, la intersección de estas líneas le serviría para situar la posición del aeroplano. Las radios terrestres de Cabo Verde o Pernambuco eran muy potentes y también podría beneficiarse de las que llevaban a bordo los barcos que encontrara en la ruta. Al parecer, nadie había utilizado hasta entonces esta técnica para determinar su posición geográfica en una aeronave en el Atlántico Sur. En cuanto a la radio, Ramón ya la había utilizado antes y le parecía imprescindible, sobre todo la radiotelegrafía con la que se podían enviar mensajes que cualquier buque que los recibiera sabría descifrar. Además del gonio y la radio también tendría que auxiliarse de un derivómetro, un sextante, la brújula y un reloj. Ramón no poseía una sólida formación técnica y pensó que su acompañante debía contar con conocimientos de navegación, radiotelegrafía y algo de electrónica para reparar los equipos, si fuera necesario, durante el viaje. Solicitó ayuda a su amigo, el capitán Mariano Barberán, para completar la lista del material que necesitaba y trazar las rutas idóneas que lo llevaran hasta Buenos Aires. El ingeniero y piloto se entusiasmó con el proyecto y se entregó por completo a las labores preparatorias del vuelo a Buenos Aires. Había nacido en Guadalajara un año antes que Ramón, en 1895, salió de la escuela de Ingenieros en 1917 y al año siguiente ingresó en la aviación. Barberán mandaba una escuadrilla de sesquiplanos Breguet en Melilla y con Ramón empezó a efectuar largos vuelos con el Dornier Wal para elaborar la tabla de derivas. Barberán se dio cuenta enseguida de que no sería sencillo instalar el cuadro del gonio en el hidroavión, al llevar los motores en la mitad del fuselaje. Se le ocurrió que una solución podría ser poner otro cuadro, en paralelo.

El proyecto de Ramón avanzaba, sin que Soriano dispusiera todavía del consentimiento del Gobierno; sin embargo, en junio la prensa ya hablaba del vuelo que estaba preparando el capitán Ramón Franco a América del Sur.[iii]. En julio de 1925, el general Soriano pidió a los dos aviadores que le presentaran un proyecto detallado y por escrito. En la memoria que Ramón y Mariano Barberán hicieron llegar al director de la Aeronáutica, el 22 de julio[iv], justificaban su raid por ser un elemento de prestigio para la aviación española y un símbolo de unión fraternal entre España y América del Sur. Trataron de minorar el riesgo de un fracaso dados el máximo alcance de la aeronave, las características de la ruta a seguir, la fiabilidad del Dornier Wal y las técnicas de navegación que emplearían. Según los pilotos el hidroavión podría navegar hasta 3400 kilómetros y la distancia loxodrómica entre Porto Praia y Natal, la etapa más larga, era como máximo de 2800 kilómetros; sin embargo esta etapa se podía acortar en unos 400 kilómetros, en caso de que fuera necesario, si se hacía sobrevolando Fernando de Noronha y también se contaba con la ventaja de que los vientos alisios soplaban a favor. El Dornier Wal era un hidroavión excelente, cuya robustez y fiabilidad la habían podido constatar durante 1924, en un escenario de guerra como el de Marruecos y en cualquier caso volarían con un mecánico cualificado para resolver los problemas que surgiera durante la travesía. Con respecto a la navegación, pensaban recurrir al método tradicional de navegación por estima, con tablas de deriva y un derivómetro, completada con navegación tradicional marítima con sextante, auxiliándose de la radiogoniometría a unos 500 o 600 kilómetros de los lugares de destino. Los radiogoniómetros ya se habían empleado en otros vuelos, el pionero fue el Seabird, en 1919, que efectuó la travesía sin escalas de Londres a Madrid y utilizó esta tecnología. Los portugueses Coutinho y Sacadura Cabral demostraron, en 1921, que la aviación podía emplear los mismos métodos que la navegación marítima para seguir una ruta. Estos dos aeronautas, despegaron de Lisboa rumbo a Madeira después de que un buque, el Porto, tomara el mismo rumbo y cuando lo sobrevolaron, según el barco estaban a 151 millas de Lisboa y de acuerdo con los aviadores a 146. Para los pilotos españoles, este error de 5 millas les parecía insignificante, quizá no les hubieran salido las cuentas expresado en porcentaje (4%), que en una travesía de 2305 kilómetros, de Praia a Fernando de Noronha, daba una cifra del orden de 100 kilómetros. Es cierto que desde una cierta altura una isla o la línea de la costa se divisan a gran distancia, aunque también es posible que únicamente se vea cuando se encuentre muy cerca, depende de las condiciones atmosféricas. En cualquier caso, se trataba de hacer ver al mando que el raid a Buenos Aires, desde Cádiz, no era ninguna locura y contaba con plenas garantías de éxito. De no ser así, el Gobierno jamás asumiría el riesgo de un fracaso. En total planificaron 11 etapas, para un viaje de ida y vuelta. En la ida, la primera, de Cádiz a Las Palmas (1275 km), la segunda, de Las Palmas a Cabo Verde (1700 km), la tercera, la más complicada, podía terminar en Fernando de Noronha (2305 km) o en Natal (2635 km), según fueran las cosas, la cuarta, de Natal a Río de Janeiro (2300 km) y la quinta, de Río a Buenos Aires (2225 km). La vuelta se haría en seis etapas porque planearon hacer escala en Fernando de Noronha; de allí para ir a Las Palmas, en vez de pasar por Cabo Verde lo harían por Bisáu. El trayecto más complicado era el de Porto Praia (en Cabo Verde) a Natal y por eso dejaron abierta la posibilidad de hacer escala en la isla de Fernando de Noronha que tiene unos 13 kilómetros de longitud y un pico, La Pirámide, que se eleva 243 metros; en función de la meteorología y la gasolina que les quedara al avistar Fernando de Noronha, tomarían la decisión de seguir hasta el continente o amerizar en las proximidades de la isla[v].

Desde un punto de vista estrictamente aeronáutico, el vuelo en sí no poseía nada que fuera extraordinariamente novedoso. En 1919 John Alcock y Arthur Brown efectuaron el primer salto a través del Atlántico Norte sin escalas, con un Vickers Vimy, desde San Juan, Terranova, a Connemara, Irlanda. Recorrieron 3040 kilómetros en 15 horas y 57 minutos y consumieron 3900 litros de combustible. El vuelo fue una auténtica odisea, a través de la niebla, atravesaron una fuerte tormenta de nieve, se helaron los instrumentos, se les rompieron algunos mandos y tuvieron un aterrizaje muy duro. Navegaron por estima y con ayuda de un sextante que apenas pudieron utilizar por culpa de la meteorología; los británicos ganaron el premio del Daily Mail, dotado con 10 000 libras. Siete años antes que Ramón Franco y Barberán propusieran su raid, dos británicos habían efectuado un vuelo a través del océano cuya magnitud, en todos los sentidos, era equiparable o superaba al proyecto de los españoles. Con respecto al Atlántico Sur, dos portugueses, Sacadura Cabral y Gago Coutinho, en marzo de 1922, realizaron el primer vuelo de Lisboa a Río de Janeiro. Salieron de la desembocadura del río Tajo el 30 de marzo de 1922, en un hidroavión Fairey con motor Rolls Royce. La primera etapa los llevó a Las Palmas y de allí despegaron rumbo a Cabo Verde, donde tomaron mar con averías y se vieron obligados a permanecer durante doce días para que les arreglaran el avión. De Cabo Verde volaron a los islotes de San Pedro y San Pablo, en Brasil, amerizaron con mala mar, y el hidro se hundió. Los recogió un crucero de la Marina portuguesa que los llevó a Fernando de Noronha. El Gobierno portugués les mandó otro avión con el que el 11 de mayo de 1922 volvieron a despegar y cuando sobrevolaban San Pedro y San Pablo tuvieron que amarar debido a que les falló el motor. Permanecieron 9 horas en el mar hasta que los recogió un carguero británico y los llevó, otra vez, a Fernando de Noronha. El Gobierno les envió otro avión que lo transportó un buque portugués hasta San Pedro y San Pablo. De allí despegaron rumbo a Recife y después de hacer varias escalas llegaron a Río de Janeiro el 17 de junio de 1922. El famoso aviador Santos Dumont esperaba a los navegantes para darles un abrazo. En Brasil fueron aclamados como héroes por haber completado la primera navegación aérea a través del Atlántico Sur, con la ayuda exclusiva de la navegación astronómica. Gago Coutinho utilizó un sextante, con un horizonte artificial de su invención[vi], para situarse durante la travesía. Cuatro años antes de que Ramón Franco concibiera su vuelo a Buenos Aires, dos portugueses ya habían cruzado el Atlántico Sur, aunque para ello tuvieran que emplear tres hidroaviones que no demostraron resultar idóneos para ese tipo de navegación. El Dornier Wal que pensaba utilizar Ramón era un hidroavión mucho más sólido y fiable que el Fairey de los portugueses, concebido principalmente para operar en lagos y estuarios.

A pesar de que el proyecto de raid de los aviadores españoles no resultara extraordinariamente novedoso desde una perspectiva estrictamente aeronáutica, poseía una fuerte carga emocional al establecer un enlace entre España y naciones de habla hispana en América del Sur. El valor simbólico del gesto cobraba más fuerza si el despegue se hacía en el mismo lugar en el que Cristóbal Colón había zarpado de España con sus tres carabelas. La puesta en escena de un redescubrimiento de América con una máquina que representaba la modernidad, poseía connotaciones muy populistas a las que Primo de Rivera, el dictador, era muy aficionado. Y había otra cuestión relacionada con el prestigio de la aviación española en el mundo. Los grandes vuelos, o raids, hasta la fecha, los habían protagonizado en la mayoría de los casos pilotos franceses, británicos y estadounidenses. Sin embargo, los italianos se mostraban durante los últimos años muy activos. En julio de 1925, el marqués de Pinedo y su mecánico Ernesto Campanelli habían llegado a Sídney desde Roma, en un hidro Savoia, y tenían intención de volar hasta Tokio antes de emprender el regreso a Italia, con lo que completarían un fantástico raid de 56 000 kilómetros. Además, este no era el único que tenían en marcha los italianos, incluso se sabía que el marqués de Casagrande estaba preparando una expedición para cruzar el Atlántico Sur. La aviación española, corría el riesgo de quedarse completamente al margen de aquella competición mundial de grandes vuelos que anunciaba el principio de un nuevo modo comercial de transporte: el aéreo.

Todo parecía jugar a favor de que Ramón Franco y Mariano Barberán conseguirían que el Gobierno otorgara la autorización necesaria a su proyecto. Sin embargo, en julio de 1925, el dictador y sus más estrechos colaboradores estaban absortos en los preparativos del desembarco de Alhucemas. El general Soriano permitió que Ramón siguiera adelante con sus planes, pero todavía no contaba con la bendición final de Primo de Rivera sin la cual el raid no podría despegar.

A finales de agosto surgió un problema que Ramón no esperaba. Su amigo Mariano Barberán discutió con otro capitán, también jefe de escuadrilla del grupo Breguet, Arias Salgado, y se enzarzaron en una pelea con bofetadas e insultos que hizo que los dos fueran arrestados. A Mariano la solución al conflicto que crearon los dos oficiales, que finalmente decidió el mando, le pareció muy injusta y pidió la baja voluntaria de aviación. Barberán pasaría alejado de la aviación hasta 1927 y en 1932 protagonizó junto con Joaquín Collar un extraordinario vuelo de Sevilla a Camagüey, en Cuba, con el Cuatro Vientos, que duró 39 horas y 55 minutos; de allí despegaron hacia México y desaparecieron. Pero eso ocurrió cinco años después y en 1925 Ramón se quedó sin pareja.

De no haberse partido la cara el impulsivo Barberán con Arias Salgado, muchas cosas habrían cambiado en la historia de la aviación española. A Ramón no le vino mal porque la presencia de Mariano a bordo le hubiera restado protagonismo. En septiembre, se vio en la necesidad de reponer aquella lamentable baja a toda prisa. Se trasladó a Madrid, habló con el general Soriano y dos de las personas que tenía en mente no se decidieron a incorporarse a su proyecto. Recibió ofertas de voluntarios y al final optó por el navarro de Estella, amante de la fotogrametría, observador, piloto, y una persona con la cabeza bien dotada para las matemáticas: Julio Ruiz de Alda.

El Dornier Wal del raid de Ramón Franco estaba previsto que se entregaría en septiembre, pero afortunadamente se retrasó hasta octubre. Aunque Ramón se opuso a que los pilotos italianos hicieran las primeras pruebas, en Marina de Pisa, el mando español les autorizó a que las completaran y el aviador español se quedó en España muy ocupado con las operaciones del desembarco de Alhucemas. Al mismo tiempo, Julio hacía un esfuerzo extraordinario para ponerse al día y familiarizarse con los detalles del proyecto.

Julio podría hacer de navegante y segundo piloto, pero su tripulación necesitaba un mecánico. En la base había muchos y buenos, aunque lo más importante es que no se marease a bordo con el hidro meciéndose sobre las aguas, porque un excelente mecánico mareado no servía para nada. Que no pesara mucho también era otra ventaja y que conociera los motores Napier Lion, algo imprescindible. Ramón andaba dándole vueltas al asunto del mecánico cuando se le aproximó Pablo Rada que volaba habitualmente con él. Era un muchacho de pocas palabras, escaso peso, decidido, valiente y sacrificado. Salía en pleno vuelo de la carlinga, sin miedo a las quemaduras de los gases de escape ni a las hélices, para reparar cualquier avería y dormía en el hidro si necesitaba prepararlo para volar al amanecer. Ramón le preguntó si conocía bien los motores Napier Lion y Pablo le dijo que sí, aun así y todo, el aviador envió al mecánico una temporada a la escuadrilla que disponía de aviones con ese tipo de motor.

Pablo Rada Ustarroz había nacido en el año 1901, en Caparroso, Navarra. De joven aprendió el oficio de su padre, carpintero, luego se hizo mecánico y a los 19 años entró en una empresa azucarera. De ideas revolucionarias, estuvo detenido en 1920 por su intervención en una huelga y lo despidieron de la fábrica. En Valencia estudió mecánica en un centro profesional y después se trasladó a Las Palmas para trabajar en una empresa de transporte marítimo. Fue llamado al servicio militar, destinado a Burgos y pidió el ingreso en Aviación donde, por oposición, obtuvo una plaza de mecánico. Ramón tenía fe en Pablo, sabía que de poco iba a servir su pericia como piloto ni la de la tripulación como navegantes si su mecánico no era capaz de resolver los problemas que surgirían a lo largo del vuelo. A pesar de que el Dornier Wal era un excelente hidroavión, las averías serían inevitables y cualquiera de ellas daría al traste con el raid si no se subsanaba a tiempo y de forma correcta. Su experiencia en la guerra le había demostrado que era infinitamente más fácil que su hidroplano tuviera que hacer un amerizaje forzoso por un problema mecánico que fuese derribado por el fuego enemigo.

El mismo mes que ascendió Ramón Franco a comandante, esta vez por méritos de guerra, en octubre de 1925, se desplazó con Julio Ruiz de Alda a Marina di Pisa para recoger el hidroavión Dornier Wal con el que pensaban cruzar el océano. Cuando llegaron a la fábrica, Ramón se disgustó al comprobar que ya se habían efectuado una serie de pruebas con los motores, en ausencia suya, que faltaba instalar los aparatos de radio y que, en general, daba la impresión de que los operarios no se afanaban por acabar los trabajos pendientes. Aquella lentitud tenía una explicación: los italianos querían darle una cierta ventaja al marqués de Casagrande que hasta el 4 de noviembre no pudo despegar de Italia para iniciar su raid en el que también pretendía cruzar el Atlántico Sur. Sin embargo, nada más llegar a Barcelona, Casagrande tuvo que hacer un alto para que le reparasen el sistema de radiotelegrafía.

Ramón estudió los resultados de las pruebas de motor y comprobó que, con 1500 kilogramos de carga, el hidro volaba a 197 kilómetros por hora, y que era capaz de despegar con 3120 kilogramos de carga útil con el viento en calma y el mar ligeramente movido. Para aceptar el aparato, Ramón hizo algunas pruebas complementarias.

Por fin, el 12 de noviembre salieron de Marina di Pisa, rumbo a Barcelona, que era la primera etapa de su viaje a Melilla, donde pensaban completar la preparación del vuelo trasatlántico. Con ellos viajaba el mecánico Marquardt que estaba destinado en Melilla y había acudido a Marina di Pisa para trabajar en el hidro. Nada más arribar a Barcelona se enteraron de que Casagrande había despegado el día anterior y que estaba en Los Alcázares.

Al día siguiente, antes de salir, al revisar el aeroplano observaron que los enganches de los capós del motor trasero se habían roto; si se hubiesen desprendido, la hélice habría sufrido daños y quizá también el timón de cola. Los arreglaron de la mejor forma que pudieron y se dieron cuenta de lo fácil que iba a ser tener un problema serio, si no actuaban con el máximo cuidado. Al despegar de Barcelona, cuando el hidro alcanzó los 100 kilómetros por hora, con el mando atrás tendría que haber despegado, pero no fue así. La velocidad subió hasta 150 kilómetros por hora y el avión continuaba pegado al agua. Ya sin espacio para detenerse, Ramón bajó de golpe las revoluciones de los motores y el hidro se elevó pasando a pocos metros sobre los palos de los veleros. El problema, durante el despegue, se debió a que los ejes de las hélices quedaban demasiado altos y ejercían un par de picado, que al reducir la tracción desapareció, el avión encabritó ligeramente y con la velocidad que llevaba ganó enseguida la sustentación necesaria para elevarse; Ramón supuso también, que la estiba se había adelantado más de lo aconsejable. Y así fue porque cuando el mecánico comprobó la carga se dio cuenta de que todo el combustible ocupaba los bidones de la parte delantera. Corrigieron el desequilibrio y el hidro ganó velocidad, alcanzando los 200 kilómetros por hora en algunos tramos. Al llegar al cabo de San Antonio llovía a mares y tenían que volar a menos de 100 metros de altura para no meterse en nubes repletas de agua donde la visibilidad era nula. El tiempo mejoró un poco, pero antes de alcanzar Alicante el mecánico le pasó una nota a Ramón diciéndole que el motor trasero se había averiado y podría incendiarse. Tuvieron que amarar frente a Villajoyosa donde Marquardt hizo un arreglo y siguieron navegando un rato, a 12 nudos, sobre el agua. Aprovecharon para merendar, el mecánico hizo más arreglos y dijo que ya podían encender el motor trasero. Despegaron, y aunque el plan inicial era volar directos a Melilla, Ramón decidió amerizar en Los Alcázares. El último trayecto lo hicieron con Julio encima de un bidón, bombeando a mano gasolina mientras el motor cada cierto tiempo se paraba y el hidro perdía altura casi hasta rozar las crestas de las olas. En Cartagena amarraron el hidro junto a otro cuyo nombre, Alcione, les dio enseguida la pista de quien era su propietario: el marqués de Casagrande, en su segunda etapa hacia Argentina. Entonces Ramón se dio cuenta de dos cosas. La primera, que su hidroavión seguía sin bautizar[vii] y la segunda que aún no contaba con la autorización del mando para iniciar el raid. Miró el Alcione con curiosidad: era un Savoia S-55, de diseño y fabricación italiana; un impresionante hidroavión, de mayor envergadura y peso de despegue que su Dornier Wal. Quizá el marqués de Estella estuviese también pendiente de aquella máquina y su raid jamás obtendría su autorización si Casagrande tenía suerte. Sin embargo, Ramón pensó que era demasiado pronto para iniciar el vuelo, hasta diciembre o enero la meteorología no le sería favorable: «Si los aviones tienen alma, qué cambio de impresiones más interesantes tendrían aquella noche, el Alcione, ya en ruta hacia Buenos Aires, y nuestro Dornier, que aún no sabía si lograría autorización, para ello. La conversación de las máquinas, en el silencio de la noche y bajo las estrellas del cielo español, debió ser más sincera que la que hubo entre sus pilotos los dos días que comieron en la misma mesa y vivieron juntos en el pabellón de oficiales del Aeródromo de Lo Alcázares».[viii]

En Los Alcázares, Ramón y Casagrande tuvieron oportunidad de hablar durante mucho tiempo. El italiano propuso que hicieran el vuelo juntos, pero Ramón le dijo que él aún no contaba con la autorización de su Gobierno y que no pensaba, en ningún caso, salir hasta febrero o marzo. El marqués insistió mucho porque no le importaba esperar a Ramón en Las Palmas o cualquier otra escala, el tiempo que hiciera falta, incluso podían compartir los repuestos. El aviador español puso todas las excusas que pudo, reales e inventadas, para zafarse del compromiso de iniciar el viaje a Buenos Aires con el italiano. De las muchas conversaciones que mantuvieron, Ramón dedujo que Casagrande no estaba preparado para llevar a cabo aquella travesía. Sin un radiogoniómetro que funcionase en vuelo, ni instrumentos de navegación náutica convencional, ni derivómetro, confiaba en la estima y la posición que pudieran darle por radio los barcos que encontrara en la ruta.

El italiano y el español quedaron en salir juntos de Los Alcázares, tras el despegue uno se desviaría hacia Gibraltar y el otro seguiría a Melilla. Fue imposible porque los motores del Alcione se negaron a arrancar y Ramón, aburrido de esperarlo, lo dejó en Cartagena. En su viaje a Melilla probaron la navegación poniendo rumbo a la isla de Alborán que acertaron de pleno y les salió por la proa cuando por estribor se veía el cabo Tres Forcas y el monte Gurugú.

 

Cristóbal y Ramón

Nada más llegar a Melilla, Ramón se enteró de que el general Ricardo Soriano estaba en Tetuán y Primo de Rivera en Larache. Pidieron permiso para entrevistarse con ellos y cuando lo obtuvieron fueron con un hidro de la base de Melilla, primero a Tetuán, y con el general se desplazaron a Larache. A Primo de Rivera el proyecto le entusiasmó y les pidió que fueran a Madrid a verlo y les organizaría una visita con el ministro de Marina para que les prestara ayuda con algún buque de escolta de la Armada. Por fin, el Dornier Wal de Ramón conseguía que su misión contara con el beneplácito del Gobierno, aunque todavía no tuviese nombre.

Mientras informaban a sus jefes del raid, Casagrande sobrevoló Larache, venía de Gibraltar y se dirigía a Casablanca. Sin embargo, Ramón acertó cuando supuso que su rival jamás llegaría a Buenos Aires. En Casablanca el hidroplano del marqués quedó averiado durante bastante tiempo, hasta que le llegaron las piezas de Italia. Despegó rumbo a Las Palmas, pero el aparato volvió a averiarse y el italiano amerizó. Fue rescatado por un buque y remolcado hasta Casablanca donde llegó con el hidroplano en malas condiciones y su Gobierno decidió suspender el raid.

Con muy mal tiempo llevaron al general Soriano a Ceuta donde la meteorología los retuvo un par de días antes de que pudiesen emprender viaje de vuelta a Melilla. Allí les esperaba un montón de trabajo. Colocaron los soportes del derivómetro, dos brújulas magistrales, compensaron los compases, verificaron los desvíos y montaron un interfono entre proa y popa. Cambiaron las hélices que habían traído de Italia por otras de cuatro palas. Modificaron algunas piezas y construyeron tapas para cerrar herméticamente las torretas de proa y de popa, por si se veían obligados a realizar un amerizaje forzoso. Observaron que los conductos de la instalación de suministro de combustible eran excesivamente rígidos y trataron de construir juntas flexibles, pero no les dio tiempo. Además de supervisar y programar estas reparaciones y mejoras, Ramón y Julio salían a volar para practicar la navegación astronómica y el uso del radiogoniómetro, aunque lo hacían con otro hidroavión para evitarle horas de trabajo al destinado para el raid. Los motores de este último aparato se giraban manualmente todos los días, varias vueltas, para mantener lubricadas todas sus partes y evitar la oxidación.

El viaje a Madrid lo hicieron en hidroavión a Málaga y de allí en tren hasta la capital. La gran sorpresa de Ramón, nada más llegar, fue que el ministro de Marina, Honorio Cornejo, además de ofrecerle el apoyo de un destructor, el Alsedo, también insistió en que un oficial de la Aeronáutica Naval debía participar en el raid. La persona que finalmente designó la Armada para hacerlo fue el teniente de navío Juan Manuel Durán González a quien, Ramón y Julio, conocían porque había intervenido en las operaciones aéreas durante el desembarco de Alhucemas. Le tocó el servicio, aunque le sobrasen méritos, porque la Aeronáutica Naval hizo un sorteo entre los catorce pilotos destacados en Barcelona para cubrir este puesto. Según su esposa Carmen: «Ramón armó la marimorena cuando lo supo y amenazó con abandonarlo todo, pero ya era tarde; con él o sin él, el proyecto había crecido hasta proporciones tan gigantescas que no había ya posibilidad de pararlo, no teniendo otro remedio que ceder».

Durán había nacido en Jerez de la Frontera hacía 26 años, condecorado tres veces por méritos de guerra, pertenecía a la Aeronáutica Naval desde 1921. En su historial como aviador llevaba anotadas 208 horas y 45 minutos de vuelo. A Ramón no le hizo muy feliz la idea de incrementar el peso a bordo del hidroplano, pero poco podía objetar, salvo que en la travesía más larga, de Porto Praia a Pernambuco, el oficial de marina hiciera el trayecto en el buque de la Armada para aliviar la carga del hidroavión. Un periodista, Armando Guerra, escribió en La correspondencia militar un artículo sobre Durán bajo el título de El convidado[ix]. Según el reportero, al marino le sobraba experiencia como piloto y navegante para ocupar el puesto, pero como dichas posiciones ya se las habían asignado Ramón y Julio Ruiz de Alda, su papel se limitaría a prestar el cuerpo como víctima en caso de accidente y de segundón si todo funcionaba bien. Una posición que aceptaba con gallardía lo que daba una buena medida de sus excepcionales dotes como persona y militar.

La participación de la Armada se llevaría la partida más cara de los fondos que se habilitaron para el raid. El importe del presupuesto de la parte aeronáutica, incluyendo la aeronave, el combustible, la instrumentación, los repuestos, el transporte y demás gastos ascendía a 411 132 pesetas, de las que 340 784 se correspondían con el hidroplano, mientras que la Armada estimó que el coste de los buques de apoyo ascendería a unos 2 500 000 pesetas.

A mediados de diciembre de 1925, Ramón se entrevistó en Madrid con el comandante del Alsedo. Ramón tenía prisa, pero el marino le informó que no podría estar en Melilla para recoger los repuestos antes del 6 o 7 de enero y de allí saldría para Cádiz donde embarcaría el combustible y lubrificante para el vuelo del Plus Ultra. Otras reuniones, importantes, fueron las que mantuvieron con la Compañía Nacional de Telegrafía sin Hilos para obtener información de la previsible ubicación de diferentes barcos en el momento que tenían previsto sobrevolar las rutas del raid y las características y alcance de sus emisoras de radio. En el Observatorio Meteorológico coordinaron la forma de recibir los partes en cada uno de los lugares por donde tenían previsto pasar.

Otra vez, de vuelta en Melilla, hicieron pruebas con el hidro. El peso máximo con el que lograron despegar fue con una carga de 3500 kilogramos. En las pruebas, el avión, con una carga de 1800 kilogramos consumía un kilogramo de combustible por kilómetro recorrido, a una velocidad de 179 kilómetros por hora.

Por fin, la cuestión del nombre se resolvió en Mar Chica y el hidroavión pasó a llamarse Plus Ultra sin que tuviera lugar ninguna ceremonia. Cuando le preguntaron a Ramón por qué le había puesto ese nombre al hidro respondió: «He puesto el Plus Ultra sobre la proa de nuestro avión, porque convencido como lo estoy, aunque públicamente sostengo lo contrario, de las enormes dificultades que posiblemente se nos puedan presentar a través de nuestro viajes, servirá la visión de tan alentador lema, para sobreponer nuestro espíritu a las flaquezas humanas en los momentos de adversidad. Plus Ultra nos hará recordar que el cumplimiento de nuestro deber está en ir más allá… ¡aunque ese allá sea la muerte!»[x]

Y con todo prácticamente dispuesto, el 8 de enero Ramón y Julio volaron a Málaga para seguir en tren a Madrid y así despedirse del Gobierno y el rey[xi]. El 9 se entrevistaron con el presidente, el marqués de Estella y el ministro de la Guerra y supieron que el ministro de Marina había dispuesto que les acompañara un segundo buque: el Blas de Lezo.

En Madrid, el Aeroclub les ofreció un banquete el lunes 11 de enero de 1926, al que asistieron unas 150 personas y estuvo presidido por el general Soriano. Acudieron el agregado militar de Argentina, el alcalde de Madrid, Moreno Caracciolo, en representación del Aeroclub, y los coroneles Kindelán y Lombarte. Los comensales escucharon discursos de Ramón Franco y Soriano, entre otros oradores, y cerró el evento el señor ministro de Estado, Yanguas, cuyo acto de presencia se produjo al final del ágape. Ese mismo día, el Alsedo —que había recogido siete cajas de repuestos en Melilla y cargado combustible para el Plus Ultra— y el Blas de Lezo, zarpaban de Cádiz rumbo a Las Palmas y Porto Praia, en Cabo Verde.

El 11 de enero, a las 18:30 de la tarde, los tres aviadores fueron recibidos por el rey que estaba al corriente de los detalles del raid y se explayó ponderando la gran importancia del viaje de cara a la confraternización de los pueblos hispánicos y al resurgimiento de España como una nación avanzada que se incorporaba de pleno al desarrollo tecnológico. También les hizo muchas preguntas y Ramón se sorprendió de la cantidad de información que el monarca poseía con respecto al vuelo que pretendía realizar. El rey les entregó las cartas para los presidentes de las repúblicas de Brasil, Uruguay y Argentina.[xii] Al día siguiente fueron a ver al ministro de Estado que había realizado gestiones para que se les facilitara la información meteorológica durante el raid.

Carmen Díaz acompañó a su marido a Madrid para dirigirse luego a Irún, donde tenía intención de estar con sus padres el tiempo que el aviador se ausentara. Pensó que cuando volvieran a verse su vida sería muy distinta y así fue. Mientras Ramón se despedía del rey, de Primo de Rivera, de las autoridades, hacía discursos y aparecía en los periódicos, en Irún la vivienda de los Díaz-Guisasola se llenaba de periodistas y fotógrafos. El padre de Carmen decidió enviarla a Baracaldo, a casa de una tía viuda; creía que aquellos locos tripulantes del Plus Ultra desaparecerían en el océano y su hija estaba condenada a enviudar muy joven y recién casada.

El martes 12, por la noche, Ramón y Julio tomaron el tren para Málaga; les acompañaban el comandante Seoane, jefe de los servicios de radiotelegrafía de la Aviación y el ingeniero jefe de la Compañía Nacional de Telegrafía sin Hilos, Escolano. A la mañana del día siguiente, en la ciudad andaluza les esperaba un hidroavión para llevarlos a Melilla.

Durán se fue a Jerez para reunirse con su familia y de allí acudiría directamente a Palos de la Frontera.

En Melilla se organizaron tres eventos para decirle adiós a los aeronautas: un vino en el Círculo Mercantil, una fiesta en el Club Melilla y un ágape en la base de Mar Chica. Todos celebraban el éxito de los navegantes por anticipado.

El 16 de enero, Ramón y Julio, probaron la radiogoniometría desde Melilla con la estación del cabo de Palos que estaba a 400 kilómetros y pudieron constatar que con la señal eran capaces de determinar, en vuelo, el rumbo correcto.

Al día siguiente llegó el fotógrafo, Alonso, con su cámara de cine y una torreta para instalarla en el avión que además de pesar 11 kilogramos le hacía perder velocidad al aparato. Ramón se disgustó con aquel montaje

El 19 de enero, a las ocho de la mañana, el Plus Ultra despegó de Melilla. A bordo iban Franco, Ruiz de Alda, Rada y otras cuatro personas más: dos ingenieros, Escolano y Seoane que deseaban comprobar la instalación de radio, un comandante del Tercio, García Escámez, que iba a Huelva a visitar a su familia y el fotógrafo del Gabinete Central de Aviación, Leopoldo Alonso, a quien Primo de Rivera le había facilitado una real orden para que pudiera acompañarlos, a bordo, o en uno de los buques de la Armada. Y además de estos pasajeros, oficiales, escondido en la bodega, Ramón había autorizado al corresponsal de La Prensa, diario argentino, Emilio Herrero, a que embarcara unas horas antes, aunque al parecer el periodista contaba con el permiso del comandante general de Melilla para volar con ellos. Debido a la excesiva carga, a Ramón el viaje a Huelva se le hizo muy largo. Con Leopoldo Alonso en la torreta, se acordó del vuelo a Canarias en el que también lo había acompañado filmando: « ¡En aquella ocasión vencimos, a pesar de los temporales! ¿Nos reservará el porvenir la misma suerte? Y cuando regresemos abrumados por la fama ¿qué empresa nos obligarán a acometer nuestro afán de aventuras y el lema del avión?…».[xiii]Tres horas después acuatizaron en el río Odiel, frente a Huelva.

La salida estaba para el 23 de enero, que coincidía con la fecha en que el monarca celebraba su onomástica, pero la situación meteorológica era muy favorable y Ramón decidió adelantarla al 22.

Ramón había propuesto que su viaje se iniciara en Cádiz, pero la decisión gubernamental trasladó este punto a Palos de la Frontera, un lugar íntimamente ligado a la aventura colombina del almirante que descubrió las Américas. Desde el primer momento, la política encontró en el proyecto de raid de Ramón Franco una excelente oportunidad de revitalizar el sentimiento hispanoamericano al convertirlo en una gesta heroica, un viaje épico, equiparable al de Cristóbal Colón. Justo en aquellos años, Argentina vivía una época en la que los sentimientos españoles ganaban posiciones en la tradicional competencia que siempre tuvieron con los italianos. Brasil estaba en el área de influencia portuguesa, por lo que el efecto del vuelo no podría calar muy profundamente en aquella tierra y el Gobierno de Uruguay simpatizaba poco con el de Primo de Rivera. La operación política del viaje se centraba, por tanto, en producir un efecto de exaltación de los valores hispanoamericanos, de la raza y la cultura, así como de estrechamiento de vínculos entre Argentina y España. El fenómeno se podría extender a otros países latinoamericanos y el Gobierno tendría ocasión de organizar futuros raids que afianzaran las relaciones de España con esas naciones. La potenciación de los valores de la raza, la lengua común, la historia compartida y los ancestros, en el marco de un viaje único, que anunciaba un futuro prometedor y apuntaba al resurgimiento de la pujanza que alguna vez tuvo España, serviría en su conjunto a ensalzar la figura del Gobierno de Primo de Rivera, aumentar el prestigio del país y el de su monarca. Así pues, de un modo intencionado, se quiso ligar el viaje de Ramón a la Argentina con el que hacía más de cuatrocientos años realizó Cristóbal Colón a las Antillas. Y para vincularlo, se optó por ubicar su partida en el mismo lugar geográfico y rodearlo de una simbología que hiciera de este segundo viaje una prolongación espiritual del primero.

En el monasterio franciscano de la Rábida, en Palos de la Frontera, se hospedó Cristóbal Colón cuando preparaba su proyecto de viajar al Extremo Oriente por una ruta más corta hacia el oeste. Allí está enterrado Martín Alonso Pinzón que acompañó al descubridor en su histórico viaje al mando de La Pinta y falleció poco después de su regreso de América. Y del puerto de Palos de la Frontera partieron las tres carabelas, La Santa María, La Pinta y La Niña, el 3 de agosto de 1492, rumbo a Canarias en busca de los vientos alisios que los llevarían hasta alguna isla de las Bahamas, Guanahani, que Colón bautizó con el nombre de San Salvador. El viaje costó unos dos millones de maravedíes de los que Colón puso una cuarta parte, poco más de la mitad los reyes de España y el resto se correspondía con el coste de las dos carabelas que proveyó Palos debido a la imposición de los monarcas. El viaje de Franco costaría casi tres millones de pesetas, todos a cargo del contribuyente, y es posible que haciendo una dificilísima comparación resultara que los presupuestos fueran equiparables. Lo que ya no tenía parangón fueron los motivos, porque los Reyes Católicos, agotadas sus finanzas tras la última guerra de Granada, más que tierra buscaban riqueza y el general Primo de Rivera y su rey pretendían darle relumbrón a su mandato, no porque les sobrara el dinero, sino porque sabían que de aquella aventura no iban a conseguir ningún beneficio económico.

Ramón Franco era plenamente consciente de la importancia que tenía despegar desde aquél emplazamiento tan emblemático: «La salida del puerto de Palos significa para nosotros la necesidad de triunfar, porque el triunfo lleva consigo recordar al mundo entero que fue España la que descubrió América, con su espíritu, con sus naves, con sus hombres, con su fe con su dinero; que el espíritu de aquella España es el mismo de sus hombres de hoy, que sólo necesitan una ocasión para poner de manifiesto las virtudes que viven en la raza. Si no triunfáramos, la salida de Palos agrandaría el fracaso, con la insensatez que representa acometer tal empresa sin estar seguro del éxito».[xiv]

El día 20 de enero, por la mañana, Franco, Ruiz de Alda, Durán y Rada fueron recluidos en el monasterio de la Rábida para que, en silencio, meditasen, implorasen a Dios su asistencia y protección y rezaran. Ese mismo día cargaron combustible en el avión y al día siguiente se trasladaron a Palos en un vuelo que duró unos veinticinco minutos. El Plus Ultra se posó en las aguas del río Tinto, cerca del lugar en donde estuvieron fondeadas las tres carabelas del almirante Colón, antes de hacerse a la mar. Regresaron al monasterio de la Rábida y en el salón de actos de la Sociedad Colombina Ramón recibió de manos de su presidente una copa de oro para el presidente de la República Argentina en la que se había grabado una carabela, un avión y las siguientes palabras: «Al primer magistrado de la República Argentina, la Sociedad Colombina de la Rábida, en el vuelo Palos-Buenos Aires». Franco dejó escrito en el libro de firmas otro mensaje: «Gran emoción nos embarga al recibir el honor de ser portadores del saludo que esta histórica región envía al pueblo de Argentina. Esa región que una vez puso cuantos medios pudo a disposición de un navegante que descubrió un mundo, de nuevo da alas y fe a unos aviadores para que en Palos abran la ruta aérea de España, de Europa, a la Argentina, a América». En el monasterio, el padre franciscano Lorenzo Cerdán, un navarro de Estella como Julio, le entregó un mensaje de sus paisanos y les impuso a los tres oficiales la medalla de Nuestra Señora de la Virgen de Loreto, patrona de los aviadores.

Por la noche del 21 de enero de 1926 se celebró un acto en el Sindicato Católico de Empleados en el que el ministro de Estado, señor Yanguas, dijo que «estos aviadores son el símbolo de esta raza, que llenó al mundo con la grandeza de sus actos» y el nuncio de Su Santidad les deseó « ¡Que en este viaje les asista el espíritu de Colón, la concha peregrina del Apóstol Santiago y la luz radiante de la Virgen del Pilar!». Pernoctaron en el palacio del marqués de Valdealta. De toda España había acudido gente a Huelva para presenciar el despegue del Plus Ultra y esa noche casi todos se desplazaron a Palos y la Rábida. El gentío se aglomeró a los pies de la balconada, en la puerta del palacio, con guitarras, y cantó y bailó durante toda la noche para festejar el acontecimiento. A las seis de la mañana entraron oficiales, pilotos y observadores a despedirse de sus compañeros mientras la gente desde la calle cantaba «despierta, niño despierta»[xv]. De allí se fueron todos a la iglesia de Palos adonde también acudieron los infantes don Carlos de Borbón y don Alfonso de Orleáns, el general Soriano, autoridades locales y funcionarios del cuerpo diplomático. Los aviadores comulgaron con devoción en la misa que se celebró en el altar de la Milagrosa. Después del oficio religioso la tripulación del Plus Ultra se dirigió a pie al río Tinto para embarcar, acompañada de una multitud que los vitoreaba y despedía con aplausos al tiempo que repicaban las campanas de todas las iglesias de la contornada. Centenares de embarcaciones flanqueaban el hidro y en el cielo aparecieron veinte aviones que llegaron desde Sevilla. El Dornier número 1 también estaba allí porque los acompañaría hasta Larache. La noche anterior, Merino, Conde y Lorda, de la base de Mar Chica, que tripulaban el hidroavión, habían pedido permiso para volar junto a Ramón hasta Las Palmas, pero el general Soriano les autorizó a hacerlo tan sólo durante un par de horas.[xvi]

Los motores del Plus Ultra arrancaron a las 7:47 horas del 22 de enero de 1926; durante cuatro minutos surcó las aguas del río, entre embarcaciones que lo acompañaron. Después, inició una rápida carrera, levantó el vuelo y Ramón hizo un viraje inclinado sobre el monumento a Colón. Así se despidió de la gente de Huelva y de Palos, de los franciscanos de la Rábida y de los muchos españoles que vieron las fotos de su hidro sobre el río Tinto y pensaron en la Santa María; poco después se perdió en el cielo mientras se apagaba en tierra la ovación del gentío que había acudido a regalarle su último adiós. Igual que había hecho Cristóbal Colón, Ramón puso rumbo a Canarias, en busca de los alisios.

Carmen, la esposa del comandante del Plus Ultra tenía una fe ciega en su marido, estaba segura de que regresaría de aquella aventura. Solo temía que hiciera lo que le viniese en gana y se organizase algún jaleo por ese temperamento tan independiente que lo caracterizaba. Le sorprendió la facilidad con que se avino a protagonizar tantos actos religiosos, con lo descreído que era, lo que le sirvió de consuelo al pensar que quizá esta vez, su esposo, se resignaría a desempeñar el rol que se le había asignado.

La revista Aérea (enero de 1926, nº 32, pg. 8), publicó un artículo en el que decía que «el raid español lo realizan Franco, Ruiz de Alda y el mecánico Pablo Rada, pero lo hace España entera…No puede confundirse el éxito deportivo de un puñetazo de Paulino, de una estocada de Belmonte o de un partido futbolístico. Esto es algo más grande, mucho más grande, incomparablemente más grande». El autor se olvidó de Durán, pero acertó por completo en el fondo del asunto, porque el raid se convirtió en una empresa de los españoles, en la que se logró involucrar a la mayor parte de la ciudadanía.

El halo de los aeronautas

El Plus Ultra puso rumbo a Las Palmas con sus cuatro tripulantes y el fotógrafo Alonso a bordo. Dicen muchos marineros que del Mediterráneo al Caribe el pasaje más peligroso es el del Estrecho de Gibraltar. Durante unos cuarenta minutos navegaron acompañados del Dornier número 1 de la base de Melilla al que le hubiera gustado seguirles hasta Las Palmas. En el hidro, para entretenerse, llevaban bombones que se encargó de repartir Durán, el resto de las provisiones tan solo viajaban con ellos por si naufragaban: cinco kilos de higos, dos de jamón, dos de azúcar, un kilo de café, otro de cacao y tres de galletas, una botella de coñac y otra de vino de Jerez. Rada preguntó que a dónde iban, en realidad lo único que sabía era que el destino final estaba en Buenos Aires, pero no se había preocupado de enterarse de cuáles serían las etapas intermedias.

Ramón empezó el vuelo manteniendo una altura de unos 100 metros sobre el mar. Julio trató de orientarse con el goniómetro, pero no lo consiguió y ajustaron el rumbo observando la dirección y velocidad del viento, así como la que llevaba el avión, mediante las tablas de deriva. Según su estima tenían que añadir un par de grados al rumbo magnético para corregir la deriva. Al cabo de un poco más de una hora la turbulencia hacía el vuelo bastante incómodo, el horizonte se cerró y por la proa podían verse algunos chubascos. Ramón subió por encima de las nubes, a unos 1500 metros de altura desde donde se podía contemplar un cielo de color azul, muy intenso.

A las 10:02 Julio tomó la altura con el horizonte artificial y obtuvo un error de unas 5 millas con respecto a la posición estimada, lo que les pareció aceptable y mantuvieron el rumbo. Por fin, a las 12:00, el gonio recibió las señales de las estaciones de Las Palmas y Tenerife. Con estas dos direcciones, Julio determinó su posición que se aproximaba bastante a la de la estima, aunque las líneas del gonio formaban todavía un ángulo muy pequeño porque las estaciones estaban próximas entre ellas y alejadas del Plus Ultra. A partir de aquel momento se orientaron con la señal de Las Palmas y utilizaron la de Tenerife para marcar su posición exacta. Con correcciones de dos a tres grados lograron mantener el rumbo.

Julio y Ramón se sintieron muy satisfechos; habían conseguido volar durante cuatro horas sobre las nubes, sin ninguna referencia visual y sin poder hacer uso del derivómetro, con mucha seguridad en cuanto a la posición en donde se hallaban en todo momento.

Alonso, el fotógrafo, estuvo persiguiendo durante todo el vuelo el halo del avión; era la sombra del aparato que proyectaba el sol sobre las nubes, rodeada de un arco iris. El problema era la temperatura, dentro hacía frío y el sol quemaba o deslumbraba.

Sobre las 15:45, Alda comprobó que las señales del gonio eran muy fuertes, a pesar de todos los ajustes que podía hacer, por lo que tenían que llegarles con un ángulo elevado, lo que quería decir que Las Palmas estaba debajo del avión. Ramón pudo ver las montañas de la isla a unas 10 millas, por la proa. Sobrevolaron la ciudad de Las Palmas y amararon en el puerto a las 16:03. Se habían dejado al Puerto de Palos a 1300 kilómetros por la popa; la aventura empezó bien.

En Las Palmas Ramón pidió a las autoridades que los liberasen de agasajos porque necesitaban descansar y revisar el material. Allí los esperaba Mariano Barberán con quién Ramón se fundiría en un largo abrazo. Le hubiera gustado que siguiese con él la travesía que acababa de empezar, pero sabía que era imposible. Con respecto al fotógrafo Alonso, Ramón tuvo que decirle que no podía cruzar el Atlántico con ellos. La torre del cinematógrafo ofrecía demasiada resistencia y mermaba la velocidad de vuelo, además en caso de un amerizaje de emergencia representaba un peligro para todos y el peso adicional de Alonso y el material fotográfico eran una carga que no podía permitirse el lujo de llevar.

Durante la estancia de los aviadores en Las Palmas celebraron una misa, para emular los rezos que, según la tradición, hizo Colón en Canarias antes de zarpar rumbo a las Antillas, y no pudieron obviar algún que otro ágape.

Hicieron una exhaustiva inspección del hidro y constataron que el capó del motor trasero presentaba los mismos problemas que ya habían tratado de reparar en Melilla: la sujeción se había roto, con lo que decidieron prescindir del capó, aunque sin la carena empeorase la aerodinámica del aeroplano. Los cables del mando de dirección tenían rozaduras, debido a que las poleas estaban descentradas; cambiaron uno y agrandaron los agujeros de paso.

En Las Palmas se levantó mar y el día 23 de enero, no pudieron despegar, ni tampoco el 24. Con el hidro a plena carga necesitaban un par de kilómetros para despegar y eso significaba que tenían que salir del puerto. Como estaba previsto que las condiciones del viento continuarían así algunos días más, Ramón decidió despegar desde otro lugar de la isla en el que la mar se lo permitiese. Fueron a la Bahía de Gando y comprobaron que allí las aguas estaban mucho más calmadas. Trasladarse hasta la bahía navegando con el hidro cargado, o incluso a remolque, era peligroso. Lo que hicieron fue aligerarle el peso para que pudiera volar hasta Gando y allí cargarlo para despegar rumbo a Cabo Verde. En todas esas tareas les ayudó el cañonero Infanta Isabel.

Ramón mandó ajustar la carga al máximo. La noche del 25 al 26 la pasaron a bordo y ese día les llegó de Cabo Verde la noticia de que en Porto Praia el alisio había amainado un poco. En un primer intento no logró despegar porque se le echó la costa encima. La segunda vez, Ramón se adentró un poco más en el mar antes de iniciar la carrera de despegue, levantó el morro del agua a unos 110 kilómetros por hora y pasó rozando los tejados de los edificios de la costa. Eran las 07:35 y llevaban a bordo unos 2900 kilogramos de carga.

El siguiente destino del Plus Ultra estaba en la isla de Santiago en Cabo Verde, pero tomaron un rumbo que los llevaba a la isla de La Sal, por precaución, ya que si el viento hacía que derivasen demasiado a babor y apuntaban a Santiago, corrían el riesgo de dejarse el archipiélago a estribor y perderse en el océano. El viento soplaba del noreste con una fuerza de unos 32 kilómetros por hora, a favor, lo que les acortaría casi una hora el viaje. Ramón volaba a baja altura, a unos 200 metros sobre el mar para beneficiarse del alisio.

Durante las tres primeras horas el gonio detectó las señales de las estaciones de Las Palmas y Tenerife con las que Alda podía determinar con bastante exactitud la posición del aeroplano. Cuando llegaron a la altura de Villa Cisneros también escucharon la radio de su estación. A las 12:44, Julio tomó una meridiana cuya latitud se ajustaba bien a la navegación por estima y posiciones que había determinado con el gonio. A partir de las 13:00 Julio detectó dos grupos de señales, unas le llegaban por la proa y otras ligeramente a estribor. Conforme avanzaban las de estribor se separaban más hacia la derecha. Eran señales que procedían de barcos ya que no se correspondían con las frecuencias de las radios terrestres. A las 14:30, Ramón cambió de rumbo, abandonó el de la Sal y tomó el de Porto Praia. Ramón le preguntó a Julio si sabía con exactitud cuál era su posición y Julio le contestó que recibía señales de dos direcciones distintas, pero de barcos, no de tierra. Ramón empezó a preocuparse seriamente, pensó que se habían perdido y en las consecuencias que iba a tener su fracaso. Cuando el segundo grupo de señales lo recibían de través, Julio le dijo a Durán que mirase a la derecha en busca de una isla. Ramón, al poco tiempo divisó, en un claro entre nubes, unas rompientes que tenían que ser las de la isla de La Sal. La visibilidad era tan mala que apenas alcanzaba a unas diez millas. Las señales eran de barcos anclados en los puertos de San Vicente, en la isla de La Sal, y Porto Praia, en la isla de Santiago. En esta segunda etapa, al igual que en la primera, el uso del radiogoniómetro fue providencial.

El Alsedo y el Blas de Lezo los esperaban en la rada de Porto Praia, donde el Plus Ultra amerizó con bastante mala mar a las 17:25 (hora de Canarias, 16:25 hora local).

En la isla fueron invitados de honor en el palacio del gobernador que se ocupó de organizarles excursiones para que disfrutaran de sus hermosos paisajes. Era el segundo avión en la historia de la isla que la visitaba, el primero fue el de los portugueses Sacadura Cabral y Gago Coutinho y el gobernador les dispensó el mismo trato. Sin embargo, en la isla a Ramón se le agrió el carácter. Se mostraba de mal humor, irritable y tenía algunos motivos para ello. El plan inicial consistía en hacer el viaje de Porto Praia a Pernambuco aprovechando la luna llena que les permitiría disponer de suficiente luz por la noche ya que la duración del viaje excedía la del día solar, pero los retrasos, motivados por el mal tiempo en Canarias, les hicieron perder el plenilunio. De otra parte, el mar en Porto Praia no mejoraba, lo que complicaba el despegue, con casi cuatro toneladas de carga, que era lo que necesitaban transportar en aquella tercera etapa, la más comprometida de todas. En esas condiciones de estiba el hidro sólo podía despegar en un espejo de aguas tranquilas, muy amplio y con algo de viento. También hubo que hacer reparaciones: Rada cambió el segundo cable de control de dirección, que estaba demasiado gastado, quitó la hélice posterior porque se había desencolado, montó hélices de mayor rendimiento y retiró otra pieza del capó de los motores que estaba en malas condiciones y amenazaba con romperse. Los arreglos, con el hidro amarrado a una boya en la parte más calmada de la bahía, los hizo con mucha dificultad debido al constante balanceo con que lo acunaban las olas.

El comandante decidió aligerar toda la carga que pudo, hasta el punto de que Julio empezó a preocuparse cuando vio que se quedaban sin hélice trasera de repuesto; Durán viajaría en el Alsedo y con él sus pertenencias. Ramón recorrió en una chalupa toda la isla, un par de veces, en busca de un caladero donde la mar estuviera menos agitada. Encontraron un lugar entre Punta Preta y la Barrera do Inferno en el que las aguas parecían estar más quietas. Ramón decidió despegar desde allí y hacerlo por la noche.

El 29 de enero se despidieron del gobernador de Porto Praia[xvii], embarcaron en el Blas de Lezo y cenaron pronto con la tripulación, descansaron hasta las doce de la madrugada y a esa hora empezaron a remolcar al Plus Ultra con una canoa para transportarlo hasta el lugar del despegue. A la salida del puerto el oleaje partió los cabos de arrastre varias veces y las cornamusas del hidro estuvieron a punto de saltar por los aires. El Blas de Lezo navegaba detrás de ellos, a cierta distancia, iluminando la maniobra con unos focos. Debido a la fuerza de las olas el remolque llevó más tiempo del previsto porque se vieron obligados a reducir la marcha y llegaron a Barrera do Inferno al amanecer.

La información meteorológica que tenían de Pernambuco era que la mar estaba rizada y de la isla de Fernando de Noronha que el cielo permanecía cubierto y la mar ondulada. A las 06:01, Ramón intentó despegar, sin éxito, porque la velocidad del hidro no pasó de 50 kilómetros por hora. Se estaba haciendo muy tarde, y de no despegar pronto tendrían que aplazar la salida a la noche siguiente. El hidro llevaba 3625 kilogramos de carga, bastante más del peso máximo autorizado por el fabricante (2000 kilogramos). En el segundo intento, a las 06:10, consiguió levantar el vuelo. Los tripulantes lanzaron tres hurras porque sabían que acababan de superar uno de los momentos más difíciles de todo el viaje. En un principio Julio recibió las señales de la radio del Blas de Lezo, pero a las 09:30 las perdió. Navegaron a la estima y a las 11:51 tomó una altura meridiana que les indicó que habían recorrido unas 526 millas náuticas. Tres horas después sobrevolaron el buque alemán, Arthus, que les dio la posición y corrigieron el error de su estima que era de 8 millas náuticas. Hasta las 16:00 horas, que recibieron la señal de radio de Pernambuco, que estaba a unos 900 kilómetros, no pudieron auxiliarse del gonio para hacer la recalada con seguridad. A las 16:25 atravesaron el Ecuador y Alda lo celebró repartiendo coñac, muy contento, porque la radio de Pernambuco se detectaba con fuerza. A las 16:45 recibieron señales de la estación de radio de Noronha y eso les obligó a corregir el rumbo dos veces, la primera 6 grados y la segunda 3 grados. Con las mediciones que habían tomado con el sextante y las correcciones de la deriva, un magnífico piloto como Ramón había seguido el rumbo con gran exactitud durante diez horas, sin embargo para la aproximación final, con mala visibilidad, el gonio se volvió a mostrar como un instrumento de excepcional ayuda.

Según su propio relato, Ramón divisó la isla de Noronha cuando la tenía a unas 60 millas, justo en la proa, y ya estaba anocheciendo. Forzó los motores y a pesar de navegar, con el viento a favor, a unos 200 kilómetros por hora, se hizo de noche antes de que pudiera alcanzar la isla. Los últimos minutos que volaron hacia el sol, con la isla de Noronha en la proa, fueron para los aviadores «los más hermosos y emocionantes que pasaremos en nuestras vidas…por aquel atardecer ecuatorial con una luminosidad formidable…» Con mala mar y mucha pericia, a las 18:35 Ramón amerizó cerca del costado de un buque, cuando todavía estaban a unas 25 millas al noreste de Fernando de Noronha. El barco cambió su rumbo y se acercó a los aviadores que le agradecieron el gesto, dijeron que estaban bien y el buque prosiguió su navegación. Tardaron dos horas y media en llegar a la isla, navegando a flor de agua. En el puerto de San Antonio descubrieron sobre el mar una misteriosa luz flotando, a la que se acercaron, y pudieron comprobar que, sujeta a unos maderos, estaba fuertemente anclada. Amarraron el hidro a la boya iluminada. Al cabo de unos veinte minutos se acercó una barcaza desde la que unos indígenas les dijeron que no podrían desembarcar. Ramón se empeñó en subir al bote, porque no querían pasar la noche en el hidro, y les rogaron a los marineros que los llevasen a tierra, pero las rompientes les impidieron desembarcar y tuvieron que regresar al Plus Ultra. Durante la noche cayeron fuertes chaparrones que los empaparon mientras trataban de conciliar el sueño, sacudidos por las olas. La barcaza también se había amarrado a la boya y sus ocupantes estuvieron toda la noche pescando. A la mañana siguiente, el domingo 31 de enero, apareció el Alsedo que fondeó cerca del Plus Ultra y pasaron al buque para ducharse. En la barca de pescadores, que por la mañana consiguió acercarse a la playa, fue a visitarlos el gobernador de la isla que les había preparado un solemne recibimiento en tierra. Ramón se disculpó, le dijo que tenían que preparar el hidro para el siguiente trayecto y que sintiéndolo mucho no podían aceptar su invitación.

De Fernando de Noronha a Pernambuco hay 540 kilómetros. Despegaron a las 12:10 horas al tiempo que zarpaba el Alsedo. Julio se orientó nada más despegar con la señal de la radio de Recife que recibía muy bien el gonio. Tomaron un rumbo dos grados más del que marcaba la señal para llegar a la costa del continente, al norte de la ciudad. Con el derivómetro midieron que el viento les causaba una deriva de 8 grados a estribor, por lo que tuvieron que corregir el rumbo y dejar la señal del gonio 6 grados a estribor para seguir la ruta que se habían trazado. La mar estaba encrespada, soplaba el viento fuerte y los chubascos se sucedían, uno tras otro. Ramón volaba a unos 150 metros de altura. A 112 kilómetros de distancia de su destino la hélice trasera se rompió, lo que produjo un fuerte temblor en la estructura del hidro. Ramón cortó el motor posterior y aceleró el delantero para seguir volando con un motor, viró a estribor y en vez de seguir la ruta directa enfiló hacia la costa para bordearla hasta alcanzar Pernambuco. La velocidad, que era de180 kilómetros antes del incidente, se redujo a la mitad. Podía haber amerizado para cambiar la hélice, pero Ramón pensó que la mar estaba en muy malas condiciones y que esa opción siempre la tenía. Mandó que echaran por la borda toda la carga que no necesitaran y aun así el hidro volaba a muy baja altura, a 10 o 20 metros sobre el mar. Ramón, un piloto excepcional, aprovechaba las ráfagas para aproarse al viento y ganar unos metros de altura, igual que hacen los albatros. El espectáculo de la costa fascinó a la tripulación. Acostumbrados a brumas, nubes y una extensión infinita de agua que se confundía con el horizonte, por estribor desfilaban las copas de los cocoteros, chozas de indígenas con sus artes de pesca sobre la arena de la playa, desembocaduras de ríos, algunos edificios, iglesias de mampostería, balsas de troncos, botes, veleros y la gente que los saludaba agitando los brazos mientras los niños corrían tras ellos como si pretendieran alcanzarlos.

Amerizaron el en puerto de Pernambuco sin ningún problema y amarraron el hidro en la boya que las autoridades habían reservado para ellos. Les mandaron una canoa y fueron recibidos por las autoridades y el cónsul de España.

 

El precio del éxito

Ramón Franco había realizado la parte más difícil de su viaje, desde un punto de vista aeronáutico. Aún le quedaba volar a Río y a Buenos Aires, pero lo haría costeando y Julio ya no necesitaría hacer uso del sextante ni utilizar el gonio, tampoco sería difícil encontrar algún río o laguna para tomar agua si la mar se embravecía y surgían problemas que les impidieran volar. Ramón rozaba el éxito con la punta de los dedos y si las grandes celebraciones habían empezado antes de salir, en adelante serían imparables. Los principales problemas que se vería obligado a gestionar, a partir de ese momento, serían dos: las exhaustivas celebraciones que pusieron en riesgo a su aeroplano y los agotarían a él y a su tripulación, física y moralmente, y la cuestión del regreso.

El éxito alcanzó unas proporciones gigantescas, casi inimaginables. Las celebraciones y agasajos estimularon la imaginación y el ego del comandante que tomó decisiones por su cuenta hasta el punto de incomodar a sus jefes en Madrid; preocupados por perder el control de la situación y temerosos de que la aventura finalizase con un estrepitoso fracaso, que diera al traste con el capital de éxito acumulado, desde España diseñaron un final para la aventura que disgustó profundamente a Ramón.

En Pernambuco los abrazos, apretones, palmadas y fortísimos estrechones de mano empezaron a producirles verdadero agobio. La gente los agarraba de un brazo para llevarlos hacia algún lugar mientras otras personas hacían lo mismo con el otro brazo, pero queriendo ir a un sitio distinto. Los periodistas y fotógrafos los sometieron a un verdadero asedio. De sus primeras horas en Recife tan solo les produjeron verdadero placer las copas de champán frío y las flores y besos de un grupo de brasileñas bonitas. Hasta el baile de la machicha los acaloraba. Ramón tuvo la suerte de que a los discursos de los homenajes respondía el cónsul español. La colonia de españoles les regaló una placa de oro que emocionó a los aviadores. Ramón organizó una pequeña ceremonia para colocarla en la proa del Plus Ultra. En Recife, el comandante habló por primera vez de su regreso: dijo que lo haría cruzando los Andes, por el Pacífico hasta Cuba para llegar a Estados Unidos y atravesar el Atlántico Norte, haciendo escala en las Azores, y entrar en España por Vigo para volar después hasta Palos de la Frontera.

En Pernambuco, se despidieron de la tripulación del Blas de Lezo, que regresaba a España.

En España, el raid de Ramón se seguía con entusiasmo. La llegada a Noronha suscitó un entusiasmo popular delirante. Los balcones de las casas se engalanaron en todo el país, miles de personas acudieron a la calle de Sevilla de Madrid para contemplar la pizarra y el mapa, con las últimas posiciones del Plus Ultra que el Aeroclub actualizaba periódicamente. Los diarios de Madrid y muchos de provincias agotaron sus ediciones del domingo. Cuando alcanzaron el continente americano, en Recife, las bandas de música salieron a la calle, en las ciudades y los pueblos redoblaron las campanas de las iglesias a la vez que el olor de la pólvora y el humo blanco de cohetes y petardos empañaba las ciudades. La prensa y las revistas se deshicieron en elogios y cantos a la hispanidad, la raza y el valor de los tripulantes españoles. En Marruecos el coronel Lombarte presidió un banquete que los aviadores organizaron en honor del Plus Ultra. Su discurso refleja el estado de conmoción que fue capaz de inducir aquel viaje:

«Por vuestra emoción juzgad la mía. Franco, hace algún tiempo, logró ser conocido en aviación como bueno donde todos lo son. Su hermano, el que dentro de poco será el general más joven del Ejército, hizo popular su apellido. No hay lugar español donde no se alabe su inteligente bravura. Por impulso de sana emulación, hoy nuestro Franco se da a conocer en el mundo entero ejecutando una empresa gigantesca. Atravesó el Atlántico y llegó ya a América. El raid, virtualmente está hecho.

»Ruiz de Alda y Rada comparten justamente su gloria. Durán, que no sé si habrá hecho la tercera etapa, por su valía, confianza y valor logra que su personalidad quede alumbrada por la potente luz que del equipo irradia.

»Seguramente el alma española contribuyó al éxito y tal vez ayudaron eficazmente las hoy imponderables energías mentales de 20 millones de hermanos que con el corazón los despidieron, y las de algunos millones más que desde América los atraen, para que, al llegar el Plus Ultra y al izarse en él nuestra bandera, con lágrimas de la más santa emoción puedan enronquecer gritando: Esta es España.

»No nos limitemos a cantar la hazaña; saquemos partido de ella; pongamos todos nuestra parte sobre aquel ideal; sumemos nuestros esfuerzos, que al fin se logrará. Ahora bebamos una copa por España, por el Rey y por el equipo del Plus Ultra».[xviii]

Las proclamas de los ministros de Marina («…hechos que nos incorporan al movimiento general del mundo…»), de la Guerra («Mi satisfacción es inmensa») y de Estado («El atrevido gesto…envuelve, además, el germen de una nueva visión positiva y tangible en la obra intercontinental de acercamiento político hispanoamericano») fueron igual de grandilocuentes. El ministerio de Trabajo declaró el raid de interés científico mediante una Real Orden, y el jefe de la Aeronáutica, general Soriano, por orden del rey declaró un día de fiesta en el que se repartiría un rancho extraordinario a la tropa y la misma cantidad reglamentaria, en efectivo, que se distribuía con motivo de la onomástica regia.

A la esposa de Ramón, Carmen, le llegó un telegrama que firmaba el alcalde de Baracaldo, que a su vez procedía del gobernador militar de Vizcaya a quien se lo había mandado el ayudante del rey Alfonso XIII, de parte de su majestad. En la misiva, el monarca felicitaba a la esposa del comandante Ramón Franco, y a su parabién se unía el del propio alcalde. De este modo, el rey, a fin de congraciarse con el héroe, otorgaba su beneplácito de forma implícita al matrimonio que se había celebrado sin su consentimiento previo. El gobernador le envió una cesta gigante de flores y el alcalde y toda la corporación fueron con el telegrama para entregárselo a la casa de su tía, viuda, con quien pasaba aquellos días. En Baracaldo, por la noche se organizaron fiestas y fuegos artificiales y como nadie tenía una foto de Ramón, Carmen prestó una para que la enmarcaran, la adornasen con flores y la pusieran en la puerta del Ayuntamiento. Mientras Carmen recibía felicitaciones y era objeto de homenajes, la hermana de Ramón, Pilar, hacía declaraciones a la prensa de las que parecía deducirse que su hermano, el aviador, estaba soltero, lo que organizó una gran confusión en los medios.[xix]

En Ferrol, la madre de Franco, doña Pilar, recibió una comisión de niñas del Ayuntamiento de Mugardos que le hicieron entrega de un espléndido ramo de flores, con una nota en la que se expresaba que la villa había decidido otorgar el nombre de Ramón Franco a una de las avenidas de la ciudad. También se reunió el Ayuntamiento de Ferrol, para decidir que el día que Ramón llegase a Buenos Aires se declararía festivo, se engalanarían las fachadas, se iluminarían las calles principales y se celebraría un tedeum; el consistorio envió una delegación a la casa de la madre del aviador para felicitarla y anunciarle su intención de colocar una placa conmemorativa en la vivienda de los Franco.[xx]

El Gobierno estaba dispuesto a capitalizar el éxito del Plus Ultra; en la reunión del Consejo de Ministros del 2 de febrero, se decidió que el día que los aeronautas llegaran a Buenos Aires en todas las escuelas de España se dieran conferencias sobre la importancia de la hazaña realizada por Franco y sus compañeros; las conferencias deberían constituir lecciones de Geografía de la ruta seguida por los aviadores, «señalando la intervención de España en la historia de todas aquellas naciones y las hazañas de nuestros ascendientes desde que América fue descubierta».[xxi]

Mientras tanto, Ramón y sus tripulantes continuaban el viaje hacia Buenos Aires. El jueves 4 de febrero, a las 5:10 despegaron de Recife. El servicio meteorológico les advirtió que frente a Victoria se encontrarían con una tormenta y se adentraron en el mar para evitarla. A las 17:32 horas amerizaron en el puerto de Río de Janeiro, donde enseguida se vieron rodeados por centeneras de embarcaciones que les cortaron el paso y ponían en peligro la integridad del hidro. Una de ellas, repleta de fotógrafos y periodistas, los abordó por la popa, a pesar de que Rada trató de amortiguar su arrancada con los pies. El golpe dañó el timón de dirección. Ramón se puso furioso, perdió la calma y se despachó con una letanía de improperios mientras la gente de los barcos los vitoreaba y aplaudía. Fondearon el hidro y cuando lo abandonaron en una barcaza los barcos de olvidaron del Plus Ultra para seguirlos a ellos. En tierra los arrastraron prácticamente en volandas hasta una tribuna en la que las autoridades pronunciaron varios discursos. Después los llevaron en automóviles por la avenida de Río Branco, hacia el hotel. Ramón iba en la capota del coche, para que las miles de personas que se habían congregado a lo largo de la vía pudieran verlo y, desde los balcones y la calle, la gente les arrojaba ramilletes de flores. Algunos les impactaron como si fueran proyectiles. En el hotel no los dejaron solos, dentro de las habitaciones hacían turno guardianes, que se encargaban de impedir el paso a algunas personas y franquearlo a otras. A media noche la avenida aún seguía llena de gente que los vitoreaba.

En Río asistieron a docenas de banquetes, ágapes, recepciones y fiestas. También allí Ramón, a quien no le gustaba hacer discursos ni tenía ninguna facilidad para ello, contó con la ayuda del ministro de España que se encargaba de responder a los oradores en los eventos. Les sorprendió que la gente les pidiera autógrafos, porque no estaban acostumbrados, y tuvieron que firmar centenares de dedicatorias. Se desplazaron a Petrópolis, un lugar donde solía pasar el verano la gente acomodada de la ciudad, para entrevistarse con el presidente de la República. También asistieron a un par de misas y a la salida de una de ellas a Ramón le arrancaron todos los botones de la guerrera.

Según narran en su libro De Palos al Plata, Franco y Ruiz de Alda, en Río se toparon con un periodista grueso, alto, moreno y muy impertinente, que participaba en todos los eventos y les hacía más preguntas que ninguno. El día 8, que era cuando tenían previsto iniciar la siguiente etapa, el periodista «cada dos o tres horas se nos acercaba a preguntarnos si por fin haríamos escala en Montevideo, y como le contestáramos afirmativamente, llegó a decirnos que no podíamos hacerla. A media noche volvió a preguntarlo, y teniendo ya nosotros sobre este punto órdenes y autorizaciones concretas de nuestro Gobierno, le mandamos a paseo con bastante mal humor».

Sin embargo, el 8 de febrero no despegaron de Río de Janeiro, a pesar de que esa era la fecha prevista; Pablo Rada y Durán habían desaparecido y no dieron señales de vida hasta ese día bien entrada la mañana. Ramón pospuso la salida para la jornada siguiente. Por la tarde mandó a la policía para que obligaran a Pablo a quedarse encerrado en su habitación; cuando fueron a verlo, Julio y Ramón, estaba rodeado de admiradoras y tenía un aspecto deplorable. Los días de juerga en Río le habían pasado factura. Los dos aviadores le pidieron a las muchachas que abandonasen su cuarto porque Pablo necesitaba descansar para estar en condiciones de reemprender la marcha al día siguiente y dieron instrucciones a la policía de que no dejara pasar a nadie.

A pesar de las aseveraciones de Ramón y Julio en su libro, con respecto a la escala de Montevideo, lo cierto es que el marqués de Estella transmitió una orden expresa para que el Plus Ultra no se detuviera en la capital uruguaya, en su ruta hacia Buenos Aires[xxii]. El presidente de la República de Uruguay, ingeniero José Serrato, fue el primer mandatario electo de aquel país, en 1923, justo el mismo año en que Primo de Rivera llegó a la presidencia del Gobierno español mediante un golpe de Estado, consentido por el propio monarca, Alfonso XIII. Los Gobiernos de ambos países no mantenían una relación excesivamente cordial. El plan que finalmente se concibió para el raid incluía una parada en Montevideo, al regreso, aunque en el proyecto inicial sí se había considerado una escala en la capital uruguaya en el trayecto de ida a Buenos Aires. Sin embargo, parecía lógico no alargar innecesariamente el viaje de ida con otra escala en dicha capital. Los círculos españoles en Uruguay, al enterarse de que el Plus Ultra no se detendría en Montevideo antes de llegar a Buenos Aires, hicieron presión para que sí lo hiciera y Ramón fue objeto de dichas presiones. Hubo bastante confusión con respecto a lo que ocurriría finalmente. El Gobierno español ratificó a última hora que no se produciría la escala, sin embargo Ramón había cursado instrucciones al representante español en Montevideo en relación con el amaraje y las disposiciones que se debían tomar para garantizar la seguridad de la aeronave y de la tripulación. En pleno vuelo se enviaron mensajes al Plus Ultra desde Juncao y Porto Alegre para transmitirle las órdenes recibidas de Primo de Rivera de que siguiese hasta Buenos Aires, pero el hidro no las escuchó o decidió hace caso omiso de ellas.

Ramón tenía una excusa para acuatizar en Montevideo y es que, el día 9 de febrero, la salida de Río de Janeiro se demoró. Tuvo que efectuar cuatro intentos de despegue, debido a que la gasolina que cargaron en los depósitos era de automóvil y no poseía las características idóneas. Los motores se calentaban y no suministraban la potencia normal. Las maniobras de despegue se prolongaron durante un par de horas. Se hizo tarde y el combustible no era el más adecuado para seguir el vuelo, lo que dio a Ramón una buena excusa con la que los medios españoles y el propio comandante justificaron el amerizaje en Montevideo. Sin embargo, a Primo de Rivera, el gesto de independencia que mostró Franco, y que fue interpretado por algunos medios como de insubordinación para satisfacer las peticiones de los círculos hispanistas en Uruguay, desagradó al dictador y marcó el principio de sus desavenencias. A esta actuación habría que añadir las declaraciones públicas que el comandante había hecho sobre la ruta que pensaba efectuar en su viaje de vuelta a España, un vuelo que aún no contaba con la aprobación de su Gobierno.

Poco antes de llegar a Montevideo salieron a recibirlos aviones de la Fuerza Aérea de Uruguay. Amerizaron en el puerto a las 19:32 horas, quince minutos antes de la puesta del sol, al tiempo que sonaban todas las sirenas. Las autoridades y delegaciones los esperaban en el crucero Montevideo y de allí se dirigieron al hotel escoltados por 900 policías a caballo, flanqueados por una multitud de unas 200 000 almas que los vitorearon y aclamaron con entusiasmo. El propio Ramón, escribiría en su libro que el recibimiento en Uruguay fue extraordinario: «De apoteosis monumental podemos calificar esta entrada triunfal en Montevideo, en que el entusiasmo se veía centuplicado por las dudas que se habían formado sobre nuestra llegada»[xxiii]. Ramón ordenó que Pablo Rada pasara la noche a bordo del Montevideo para evitar que se perdiese, otra vez, entre las faldas de las lugareñas. Durante toda la noche escucharon, desde sus habitaciones, los festejos populares que en su honor se celebraron en la calle. Al día siguiente, por la mañana, acudieron al despacho del presidente de la República, ingeniero Serrato, y le hicieron entrega del mensaje que traían del rey de España. El presidente se empeñó en saludar a Pablo Rada que lo había confinado Ramón en el Montevideo; fueron a por él y lo trajeron para que Serrato pudiera estrecharle la mano y felicitarlo. La visita fue muy breve, el representante español estaba agobiado y quería perder de vista a sus paisanos lo antes posible. A las 11:55 encendieron los motores y nada más despegar dieron unas vueltas sobre la ciudad, antes de poner rumbo al destino final de su viaje: Buenos Aires.

En su última etapa, a través del Plata, Ramón amerizó para que Rada apretase la brida de un manguito del sistema de alimentación que perdía gasolina. A pesar de la interrupción del vuelo, el trayecto duró poco más de una hora. A las 12:27 horas (hora local) el Plus Ultra amaró en el antepuerto del Plata, en Buenos Aires. El raid había cumplido con su principal objetivo, tras recorrer 10 270 kilómetros, en 59 horas y 39 minutos.[xxiv]

 

Buenos Aires

Alrededor de la Asociación Patriótica Española de Buenos Aires, se congregaba la mayoría de las asociaciones y organizaciones simpatizantes con España en Argentina. La asociación organizó una Comisión de Recepción y Homenaje, con motivo de la llegada del Plus Ultra, que en la reunión que celebró el 16 de enero de 1926 decidió lo siguiente: enviar antes de la partida del hidroavión tres telegramas de felicitación, al rey, a los aviadores y a Primo de Rivera; obsequiar a España con un hidroavión similar al utilizado por los aeronautas; ordenar que se celebrara una misa de impetración de ayuda a la empresa; realizar una gran fiesta de recepción en el teatro Colón; y obsequiar a la tripulación con un gran almuerzo popular en la Asociación Patriótica Española.[xxv] Además de estos eventos cada organización, asociación o entidad, quedaba en plena libertad para organizar los agasajos, homenajes o cualesquiera actos en honor de los aeronautas que estimase oportuno.

Nada más llegar a Buenos Aires los recibió una canoa, en la que se encontraban el ministro de España en la Argentina, Alfonso Danvila, el presidente de la Asociación Patriótica Española, Félix Ortiz y San Pelayo y un gallego nacido en Ferrol, el doctor Germán Martín Yañez, que por indicación expresa de los paisanos de Ramón acudía para darle un abrazo[xxvi]. Sin embargo, siguiendo el turno protocolario, el primero que abrazó a Ramón fue el ministro, el segundo, don Félix —con los ojos llenos de lágrimas que no pudo contener desde que apareció el hidroavión en el cielo— y el tercero el ferrolano. En la canoa trasladaron a la tripulación al cañonero Paraná donde les dio la bienvenida el ministro de Marina argentino y el comandante del buque; en el barco pudieron lavarse y al bajar a tierra pasaron «los momentos de más peligro de nuestra estancia en Buenos Aires». El Arsenal era un recinto de la Marina, por lo que no esperaban tal aglomeración de gente. Los marineros les abrieron paso a empujones mientras al ministro el gentío le arrancó una de las mangas del traje y a los tripulantes del Plus Ultra los zarandearon con violencia. Todo ello entre vítores a España, a la Argentina y los aviadores. No tuvieron más remedio que refugiarse en las oficinas del Arsenal. Como el delirio de la multitud no amainaba se formó un cordón de marineros para protegerlos hasta que alcanzaron los automóviles. Con gente en los estribos de los vehículos recorrieron las avenidas en las que había miles de personas, en las calles, los balcones, encaramados a las estatuas, subidos a las farolas y los árboles, que los ovacionaban y les arrojaban ramilletes de flores y cintas con los colores de la bandera española. En la Casa Rosada los esperaba el presidente Alvear, con algunos de sus ministros, que se adelantó para abrazarlos y exclamar: « ¡Así, querida España!» Ramón le hizo entrega del mensaje del rey y salieron a la balconada que daba a la plaza de Mayo para contemplar los millares de personas que llenaban el recinto, abarrotado, al igual que las avenidas que parecían ríos de gente que desembocaban en la gran plaza. A los tripulantes del Plus Ultra les embargó una profunda emoción al escuchar los himnos de la Argentina y la Marcha Real española; cuando se iniciaron los compases de esta última, el presidente Alvear empezó a aplaudir y a sus palmas se unieron las de los miles de personas que los ovacionaban. Un reportero de La Prensa observó el semblante de Ramón y esa misma noche escribiría para su periódico: «Fue entonces cuando el héroe ha de haber sentido sobre su frente tostada y taciturna el leve golpe de ala que es el beso de la gloria». Al abandonar la Casa Rosada una avalancha de gente rompió los cordones de la policía y los recién llegados tuvieron que entrar en los vehículos a toda prisa. Esta vez, la policía tomó los estribos de los coches.

Por la tarde Ramón se comunicó con el rey, que se encontraba en Málaga, a través de Italcable. Le proporcionó muchos detalles sobre el viaje y de los agasajos que estaban recibiendo. En varias ocasiones se vio obligado a interrumpir la comunicación cablegráfica para salir al balcón y vitorear a España y la Argentina. El rey, le dijo: «Presente el Rey, que te felicita de todo corazón por la hermosa hazaña que acabas de realizar. Hazme el favor de adelantarme del viaje los incidentes que hayas tenido, sobre todo después de haber pasado por Fernando de Noronha y regreso hasta amarar en aquellas aguas»[xxvii]. Ramón resumió para el monarca el viaje y puso especial interés en justificarle el conflictivo amaraje que hizo en Montevideo: «…Al salir para Buenos Aires, en Río quisimos salir a las cinco, pero la excesiva carga del avión nos obligó a ensayos infructuosos hasta las siete y media de la mañana que conseguimos salir. Ya no teníamos día suficiente para llegar a Buenos Aires y solo forzando los motores conseguimos llegar a Montevideo…» A las explicaciones de Ramón, el monarca le contestó felicitándolos: «Está bien, celebro que todo haya salido bien. Como recuerdo de este día, os concedo llave de gentilhombre a ti, Ruiz de Alda y Durán, reservándome el demostrar mi gratitud al mecánico Rada. En este momento acabo de firmar indulto legionario ferrolano por el cual te interesabas. Tu familia está toda bien y la tengo al corriente de tu viaje. Te repito fortísimo abrazo y grito con vosotros: ¡Viva España y viva la Aviación española!» Ramón le respondió: «Tripulantes del Plus Ultra reciben honor de Vuestra Majestad con nombramiento de gentilhombres, con la mayor alegría indulto del legionario ferrolano y hacemos votos por felicidad de Vuestra Majestad y de nuestra Patria. Plus Ultra, con su viaje, ha realizado unión del pueblo iberoamericano. Nos unimos para gritar ¡Viva España, la Aviación española! y del corazón nos sale un viva a nuestro Rey». El monarca terminó su comunicación con Ramón con frases de saludo y agradecimiento para con Argentina: «Haz público mi saludo a la nación argentina y mi agradecimiento por el recibimiento que te dispensan».

Del edificio de Italcable se dirigieron al de La Prensa para presidir el paso de una gran manifestación. La fachada la habían iluminado con focos y de ella colgaban banderas argentinas y españolas. Desde el balcón contemplaron las columnas de gente que desfilaba, pero ocurría que se detenía para ovacionarlos, de forma que tuvieron que entrar en el edificio para que la manifestación se moviera. Cada vez que salían la concurrencia les obligaba a decir algunas palabras y el gentío se detenía para aplaudirlos y vitorearlos.

El recibimiento que se les dio a los tripulantes del Plus Ultra fue tal que, según la prensa, nunca había sucedido antes nada parecido. La Razón publicó: «Ningún acontecimiento en los últimos tiempos, ninguno de cualquier índole, ha hecho vibrar en forma tan profunda e intensa el espíritu de la multitud argentina…». Y La Nación, también se expresaría en términos muy similares: «La ciudad de Buenos Aires no ha conocido ‒esta es la impresión unánime‒ una manifestación igual en magnitud, al arribo del Plus Ultra». La prensa, las autoridades y la gente se sintieron profundamente conmocionadas por el acontecimiento cuya grandeza adquirió proporciones gigantescas. El viaje se transformó en un acto heroico y sus protagonistas debían poseer unas virtudes extraordinarias cuyas raíces se adentraban en los valores de la raza, ignorados desde tiempos inmemoriales. Una raza que la gente compartía con los héroes y que unía a decenas de pueblos a los que el Plus Ultra venía a recordarles todo su valor, en el que habían dejado de creer. El presidente Carlos Alvear lo expresó de una forma muy clara: «la magnífica hazaña realizada por la tripulación del Plus Ultra afirma las glorias de España una vez más y la fuerza espiritual de ese gran pueblo…»; al igual que Carlos M. Noel el Intendente Municipal de Buenos Aires: « La hazaña de Franco enardece hondamente la fibra patriótica argentina porque una pujanza siempre viva de la raza progenitora es promesa de grandeza para nuestro porvenir…»; el manifiesto de la Casa de Galicia: «Franco, nuestro hermano, ha cruzado el cielo purísimo de América con la misma fe, con el mismo arrojo de aquellos magníficos héroes, símbolo de la raza, que con empuje de titanes conquistaron para la civilización las selvas tenebrosas del continente desconocido»; el diario de Buenos Aires, La Prensa, que dedicó muchísimas páginas al Plus Ultra, en uno de sus artículos decía: «grandes destinos están reservados a esta raza».

La Prensa publicó algunos de los mensajes de felicitación que recibieron de España los tripulantes del Plus Ultra el día de su llegada. Encabezaban la lista los del rey, el de la infanta Isabel y los de la madre de Ramón y su abuelo Ladislao; después venían los del capitán general del Ejército, Weyler, el presidente Primo de Rivera y cinco ministros; y a estos les seguían los del embajador de la Argentina en España, el alcalde de Madrid, el alto comisario en Marruecos, el jefe de la Aeronáutica Militar y una lista de personajes; entre estos últimos figuraban los rectores de varias universidades, políticos, Ramiro de Maeztu, Mariano Benlliure, Azorín y Ramón y Cajal. Pero las felicitaciones no sólo llegaron a Buenos Aires de España, también se recibieron de casi todos los presidentes de los países latinoamericanos: Brasil, Uruguay, Chile, Cuba, Bolivia, Colombia y Paraguay.

En España se vivió con nerviosismo la llegada del Plus Ultra a Buenos Aires. La decisión de Ramón de hacer escala en Montevideo alteró los planes de muchísimas celebraciones que tuvieron que posponerse. Desde que se conoció que los aviadores habían tomado agua en el Plata empezaron a producirse manifestaciones en toda España. En Madrid, un grupo de socios del Aeroclub salió a la calle con bandas de música para vitorear a Franco. En Barcelona, a las cuatro y media de la madrugada las baterías de Montjuic dispararon quince salvas y en todas las iglesias de la ciudad redoblaron las campanas para honrar a los tripulantes; en los balcones del palacio de la Generalidad y del Ayuntamiento se izaron banderas americanas y españolas y las Ramblas se llenaron de gente que vitoreaba a Franco. En Valencia se dispararon tracas, repicaron las campanas, se cerró el comercio y una imponente manifestación salió de la plaza del Ayuntamiento para recorrer la calle de las Barcas, la de la Paz y se disolvió en la plaza de la Virgen de los Desamparados; la cabecera de la manifestación la presidía Nicolás Franco, hermano de Ramón junto a las autoridades locales y representantes diplomáticos. En Sevilla, las campanas de la Giralda repicaron durante toda la tarde, mientras los aviones de la base de Tablada sobrevolaban la villa. En Zaragoza los estudiantes salieron a la calle para tomar el centro de la ciudad, acompañados de la banda de música del regimiento de Aragón. En Huelva se cerraron los establecimientos, las campanas se echaron al vuelo y la gente salió a las calles. En Bilbao, desde la media tarde, empezaron a explotar cohetes y petardos, salieron a la calle bandas de música y se izó la bandera española en todos establecimientos públicos. En Baracaldo, la banda municipal recorrió la ciudad, seguida de muchas personas y después se organizó una manifestación que llegó hasta la casa donde se alojaba Carmen, la esposa de Ramón, para felicitarla. En Ferrol la gente acudió en masa a la vivienda de la madre del comandante que tuvo que salir al balcón para responder a los saludos. La lista de pueblos y ciudades españolas en los que se celebró espontáneamente la llegada a Buenos Aires de los tripulantes del Plus Ultra, incluye la práctica totalidad de las localidades del país. Tracas, cohetes, repiques de campanas, iluminaciones, colgaduras, manifestaciones espontáneas de gente y sobre todo de estudiantes, manifestaciones organizadas con las autoridades en la cabeza, vuelos de aeroplanos, cañonazos y toques de sirena de los buques, fue el modo en el que la nación española expresó su satisfacción al conocer el feliz desenlace del raid de Ramón Franco y sus tripulantes. A esas expresiones de alegría espontáneas siguieron multitud de actos organizados en plazas, teatros y locales públicos, banquetes, fiestas, bailes, conciertos y representaciones teatrales para conmemorar el vuelo de los aeronautas[xxviii]. El rey publicó un real decreto de indulto general.

Quizá, una de las expresiones populares organizadas más multitudinaria tuvo lugar en Madrid, en el monumento de Colón, con la presencia del embajador de Argentina en España y el alcalde de la ciudad. El embajador parafraseó al presidente Alvear, « ¡Así, querida España!», y se abrazó al alcalde, conde de Vallellano, y a una artista argentina expatriada, Lola Membrives, que no pudo contener la emoción, mientras la gente aplaudía y unos cincuenta aviones sobrevolaban la Castellana. Entre los numerosos actos que se celebraron en España hubo una recepción organizada por el ministerio de Estado en la que se rindió homenaje a los tripulantes del Plus Ultra y los países de América y Portugal, sobre los que había volado. El discurso final, a cargo del presidente Primo de Rivera, contenía el mensaje político del raid y explicaba las razones de Estado que lo habían motivado: «…al poco de constituirse el Directorio Militar, se celebró en el paraninfo de la Universidad la fiesta de la Raza, que presidió Su Majestad el Rey. Yo dije entonces que nuestro Directorio intensificaría nuestras relaciones con América, y, que esto lo incluía en su programa de gobierno…Las relaciones entre España y América se estrechan y yo hago fervientes votos porque todas las naciones americanas estén representadas en el gran Certamen de Sevilla. Luego Su Majestad el Rey irá a América para devolverles el saludo cordial». Parte de la operación política orquestada por el marqués de Estella consistía en ganar prestigio frente a las naciones hispanoamericanas, la otra parte tenía que ver con la imagen del régimen en la propia España. Sin embargo, el dictador no podía imaginarse que el comandante Ramón Franco fuera a crearle tantos problemas.

Al día siguiente de la llegada de los tripulantes del Plus Ultra, en Buenos Aires, se celebró un tedeum en la catedral y la muchedumbre, al igual que en las otras ceremonias religiosas a las que habían asistido en Pernambuco y Río de Janeiro, asaltó a los españoles con violencia. A Ramón le hicieron daño en una mano y a Pablo Rada le lesionaron un brazo hasta el punto de que precisó de asistencia médica durante unos días. El vicario, en su alocución, prorrumpió en vivas a la Argentina y a España y la salida de la iglesia fue tan peligrosa, para los aviadores, como la entrada.

Ramón convocó a toda la prensa en el hotel donde se alojaban y los periodistas los invitaron a sus redacciones. En las oficinas de La Nación vieron la película de su vuelo, revelada en Brasil y que habían traído ellos a Buenos Aires.

En la capital argentina había unas 300 sociedades españolas que competían entre ellas por agasajarlos y a estas se sumaban las porteñas, que no eran menos. Las jornadas de los tripulantes incluían 20 o 30 eventos cada día, lo que les resultaba agotador.

En la Casa Rosada celebraron un gran almuerzo con el presidente Alvear en el que Ramón le hizo entrega de la copa de la Sociedad Colombina de Huelva, brindando en ella con vino español; Rada también participó en el ágape.

A los tripulantes del Plus Ultra se les acumularon los obsequios que les trajeron delegaciones de pueblos y ciudades: placas de oro, pergaminos, medallas y otros objetos; a cambio se vieron en la obligación de firmar centenares de retratos. Todos los días les llegaban miles de cartas y telegramas, que no podían contestar, ni con la ayuda de un gallego, que se había presentado voluntario para ocuparse de ese menester.

Quitándole horas al sueño, Ramón también trabajaba en el diseño del viaje de regreso a España. Sin embargo, había gente en Buenos Aires que decía que el raid debería concluir allí mismo y que España tendría que donar el avión a la Argentina. El propio Durán advirtió a Ramón de que no se rompiera la cabeza con el raid de vuelta a España porque allí se terminaba su viaje.

El 14 de febrero llegó el Alsedo a Buenos Aires y ese día por la tarde los tripulantes del Plus Ultra se embarcaron en el buque español para trasladarse a Mar de Plata; era este un lugar de veraneo donde se congregaba por aquella época la alta sociedad argentina. Allí les habían organizado más fiestas y agasajos, más eventos, de aquella larga ceremonia de exaltación que no parecía que iba a tener nunca fin.

Ramón estaba exultante, incluso a veces bromeaba con los periodistas. A uno de la Associated Press, estadounidense, que le pedía información que no le daba y que a modo de queja le dijo que tenía orden de escribir cinco mil palabras, le respondió: «Tengo la seguridad de que desde el día que nací hasta ahora no he pronunciado aún tantas palabras».

De Chile, el presidente de aquel país, envió aviones para darles la bienvenida y tratar de convencer a Ramón de que volara hasta allí. En una conferencia con el jefe de la Aeronáutica chilena, señor Veloso, le dijo que saldría de Buenos Aires el 1 o 2 de marzo y le explicó los detalles del plan en lo referente a Chile para que informase al Gobierno de su país[xxix]. El comandante Franco había comenzado a tomar decisiones por su cuenta que iban más allá de lo que pertenecía al ámbito de su competencia, las noticias llegaban a España y a los superiores del comandante les causó preocupación, aunque dada la popularidad del héroe tuvieron que actuar con mucha cautela.

El 19 de febrero, Ramón había concluido su proyecto de vuelo de regreso y lo envió a Madrid. A fin de minimizar el riesgo del viaje a Chile, pretendía cruzar los Andes por la región de los lagos y el río Negro y así alcanzar Valparaíso, desde allí volaría a Guayaquil, Panamá, La Habana, Nueva York y San Juan de Terranova, para atravesar el Atlántico con escala en las Azores antes de llegar a Vigo y finalizar el viaje en Palos de la Frontera. En total, para el regreso haría nueve etapas, algunas terrestres lo que no le planteaba ningún problema ya que el hidroavión podía equiparse con ruedas.

 

El final del raid a la Argentina

En Mar de Plata, cómodamente alojados en el Golf Club, visitaron al presidente Alvear y las fiestas continuaron, hasta que al atardecer del día 21 de febrero recibieron la orden del Gobierno español de dar por terminado el raid en Buenos Aires, después de la visita, que aún tenían pendiente, a Montevideo. Ramón se encerró en su cuarto, canceló su programa de fiestas y al día siguiente regresó en tren a Buenos Aires. Alda no pudo seguirle, enfermo de tanto comer, se quedó en Mar de Plata y aprovechó el tiempo para preparar la conferencia que tenía que dar en Montevideo.

Ramón estaba desesperado, furioso y cuando la gente le preguntaba qué podían hacer para que prosiguiera con el raid solamente se le ocurrió decir que habría que pedirle permiso al presidente Alvear para continuarlo con bandera argentina. La idea era un despropósito, pero varias decenas de miles de manifestantes lo hicieron, sin ningún éxito. La decisión del Gobierno frustró las ilusiones del comandante, en un momento en el que su ego había alcanzado unas dimensiones muy considerables. De golpe todos sus proyectos para el futuro se vinieron abajo y se sintió completamente vacío. También zozobraban las peticiones que el Ayuntamiento y la cámara de comercio de Ferrol habían hecho al rey don Alfonso, para que Ferrol fuera la última etapa del raid y que se le regalara a la ciudad el Plus Ultra una vez que concluyera este. La petición iba acompañada de otra aún más comprometida para el monarca: que a Ramón Franco se le otorgara el título de marqués de Palos[xxx]. De haber cedido el rey, en cuanto a la cuestión nobiliaria, es muy posible que en el futuro el aviador le hubiese causado aún más dolores de cabeza.

Cuando los argentinos recibieron la noticia del Gobierno español de que el hidroavión les sería entregado, el periódico La Razón trató de impulsar el proyecto de un retorno del Plus Ultra a España, esta vez pilotado por el mayor Zanni, el alférez Nelson Page y el mecánico Beltrame, todos ellos pertenecientes a la Aviación Argentina. Sin embargo, la idea no prosperó ya que el Gobierno argentino se sentía obligado a preservar el hidro como un precioso recuerdo del gran vuelo de los españoles.

La noticia del inesperado final del raid enrareció el ambiente entre los medios y algunas organizaciones españolas en Argentina. Se propagó la noticia de que fueron los representantes de las sociedades españolas los que pidieron al Gobierno de España que el raid concluyera en Buenos Aires. Y todas apuntaban a que el principal inductor fue Félix Ortiz y San Pelayo, presidente de la Asociación Patriótica. Lo cierto es que el día 22, cuando ya era pública la decisión del Gobierno español de dar por finalizado el vuelo, don Félix envió un telegrama al rey y al presidente del Gobierno español con el siguiente texto: «De ser cierto que viaje Plus Ultra termina en Buenos Aires, creemos interpretar vehemente aspiración colectividad española solicitando sea donado hidroavión a la Nación Argentina, como recuerdo y símbolo de la unión de ambos pueblos». De este telegrama la Asociación Patriótica mandó copia a los periódicos, que lo publicaron el día 23. La misiva tuvo un éxito fulminante, porque al día siguiente la solicitud fue atendida. Félix Ortiz insistió en que su misiva al Gobierno de España la envió después de que éste decidiera suspender el raid y que jamás participó en ningún intento de presionar a las autoridades españolas para que dieran por finalizado el viaje del Plus Ultra en Buenos Aires. El diario Crítica de Buenos Aires —que nunca mostró simpatía alguna con el Gobierno de Primo de Rivera ni con el monarca español— apuntaba a Félix Ortiz como el responsable principal de la decisión española que tanto contrarió a Ramón.

Ramón hizo declaraciones en contra del grupo de españoles en Argentina que había inducido a sus superiores a liquidar el raid y, aunque nunca se refirió de forma explícita a Félix Ortiz, muchos entendieron que era el último blanco de sus críticas. Entre Ortiz y Ramón Franco se produjo un claro distanciamiento. El presidente de la Asociación Patriótica consideraba que el aviador actuaba de forma caprichosa, criticaba en público a sus superiores de modo inapropiado, era un egocéntrico y organizaba su agenda de forma arbitraria, acudiendo a lugares que debería evitar y soslayando invitaciones que, a su juicio, tendría que haber aceptado. Ortiz era un conservador y Ramón poseía una veta rebelde cuya educación castrense podía amagar pero no extinguir. Por el contrario, Ortiz admiraba a Julio Ruiz de Alda —un muchacho lúcido y de gran valía— y a Durán, que protegido por sus compañeros argentinos de la Armada actuaba con mucha discreción e independencia. En la Asociación Patriótica que presidía Ortiz no figuraba ningún miembro que se proclamase republicano o agnóstico, aunque el número de organizaciones españolas con este perfil en Buenos Aires era muy reducido.

El 24 de febrero Ramón voló a Montevideo con el Plus Ultra. Julio Ruiz de Alda seguía curándose en Mar de Plata. El Alsedo también zarpó rumbo a Montevideo, donde Ramón y sus tripulantes, con la excepción de Julio, permanecieron durante cinco días, en los que continuarían los homenajes y agasajos, en un ambiente cordial con la participación muy activa del presidente Serrato.

El 1 de marzo, regresaron a Buenos Aires y se enteraron de que el Gobierno argentino había puesto a su disposición un buque, el Buenos Aires, para llevarlos a España. En Buenos Aires les esperaba Julio, ya repuesto.

Ramón Franco decidió que el último vuelo del Plus Ultra lo haría con el comandante del Alsedo, sus oficiales y algunos representantes de la tripulación. Mediante este gesto, el piloto, quería reconocer el apoyo que había recibido durante el raid del buque de la Armada. Con diez pasajeros a bordo, el Plus Ultra sobrevoló la ciudad de Buenos Aires, en un corto pero simbólico vuelo que cerró el historial operativo al servicio de España del famoso hidroavión.

Antes de proceder a la entrega del Plus Ultra al Gobierno argentino, Ruiz de Alda se desplazó a Montevideo, para la dar la conferencia a la que se había comprometido, y el resto de la tripulación visitó las ciudades de Rosario y Córdoba, en Argentina.

Se fijó la fecha del 11 de marzo para que se efectuase la entrega del Plus Ultra al pueblo de la Argentina; ese mismo día los españoles embarcarían en el Buenos Aires. La donación la hicieron don Alfonso Danvila encargado de negocios de España y el comandante Ramón Franco, en representación de su majestad el rey Alfonso XIII, al ministro de Marina don Manuel Domecq García, que actuó en nombre del Gobierno argentino. Al acabar la ceremonia de la firma, Ramón se dirigió al público que asistió al acto, visiblemente afectado: «Me complazco de que el hidroavión Plus Ultra», en el cual hemos realizado el viaje desde mi patria hasta la Argentina, pase a ser propiedad de este país. Pero, más me complacería que, si alguna nación intentara el vuelo hacia Europa rumbo a su patria, fuera ella la República Argentina, utilizando su propio avión un piloto argentino».

Sus palabras terminaron en aplausos y a continuación habló el señor Danvila, a quien la gente también aplaudió; el acto se cerró con un discurso del almirante don Manuel Domecq, en el que expresó el agradecimiento del presidente Alvear.

Dos hidroaviones de la Armada argentina sobrevolaron el Buenos Aires y el Plus Ultra a modo de despedida. Ramón abrió cuanto pudo los ojos para mirar con tristeza el hidroavión que lo había convertido en el aviador español más famoso de todos los tiempos. Sintió pena e indignación. El general Primo de Rivera le había robado el infinito placer de regresar al espacio con aquella excelente máquina, de recorrer miles de kilómetros y visitar otros países en donde lo esperaban para agasajarlo y darle apretones casi hasta romperle los huesos centenares de miles de personas; ya se había acostumbrado y también había descubierto que era un héroe: una expresión genuina de los valores de la raza, lo que le permitiría sobreponerse a cualquier contrariedad.

A Pablo Rada se le humedecieron los ojos al ver pasar al Plus Ultra, arrastrado por un remolcador por la proa del Buenos Aires; sintió un dolor como si le arrancaran parte del corazón. Una hora más tarde, a las 18:00, el que había sido comandante del Plus Ultra y su tripulación, zarpaban en el crucero Buenos Aires de vuelta a España.

El buque que transportó a los aviadores del Plus Ultra a su país era un crucero destinado por la Armada argentina para llevar a cabo misiones de representación. Su comandante, Américo Fincati, y los oficiales y marineros de la tripulación, estaban acostumbrados a transportar pasajeros ilustres a quienes procuraban entretener en las largas travesías. Durante los veintisiete días de navegación, Ramón se mostró educado pero no habló mucho. Su mirada ausente, los ojos caídos y una arruga entre las cejas, daban a entender que no estaba muy animado. Rada fue el más activo y colaboró con la tripulación del barco en multitud de tareas. Pasaron muchas horas jugando al mahjong, un entretenimiento que encontró Julio a bordo y al que le faltaban piezas, pero que, con tenacidad, consiguió recomponer buscándolas por todos los rincones. También escuchaban música en un gramófono, discos de tangos que les habían regalado en la Argentina, y a Ramón le gustaba hacer sonar de vez en cuando la música gallega que descubrió en la discoteca de a bordo. El más conversador de todos fue el jerezano Durán, sobre todo conforme se acercaban a Huelva. Durante horas hablaba de toros, de matadores, de la forma de lidiar las reses bravas, de su cría y de los campos de Andalucía donde había contemplado su impresionante figura tantas veces. Los oficiales argentinos seguían la conversación del jerezano hasta altas horas de la noche[xxxi].

Ramón podía estar satisfecho porque el raid había sido un éxito. Fue una verdadera lástima que en el tramo de la isla de La Sal a Recife tuvieran que hacer escala en Noronha, al echársele la noche encima. Deberían haber despegado antes de La Sal, pero el remolque hasta el lugar donde pudieron hacerlo, resultó mucho más difícil de lo que esperaba, debido a las condiciones de la mar. En cuanto a la navegación, Ramón mantuvo bien los rumbos y las estimas siempre fueron buenas. Él había pilotado el hidroavión durante casi toda la travesía, tan sólo cedió los mandos a Durán y Julio, en tramos muy cortos. Sin piloto automático, sobre el mar, no se podía perder de vista la brújula en ningún momento. Las observaciones del Sol, que hizo Julio durante la travesía, no sirvieron de mucho. La mejor ayuda, para garantizar las recaladas, en las travesías sobre el océano, fue el radiogoniómetro. Con buena visibilidad la estima hubiese bastado para encontrar las islas, pero sin ella, en ausencia de la radio, la navegación podría haber resultado fatal. La idea de la Marina de poner a su servicio dos buques fue muy útil, porque al distanciarlos, en ausencia de otras estaciones de radio, pudieron contar con las de los barcos; también les facilitó el remolque, en Las Palmas y la isla de La Sal, hasta lugares mejor protegidos desde donde pudieron despegar. El avión y los motores tuvieron un comportamiento magnífico, con pequeños problemas que Rada resolvió con facilidad. Durante la estancia en Argentina, Julio había propuesto a un grupo de inversores la posibilidad de crear una compañía para efectuar vuelos trasatlánticos, con aeronaves, de Sevilla a Buenos Aires. Sin embargo, el Dornier Wal, que era uno de los hidroaviones de mayor radio de acción en ese momento, distaba mucho de poseer las características técnicas necesarias para garantizar un servicio de transporte aéreo regular trasatlántico. Para cubrir las etapas más largas sobre el océano, necesitaba despegar con una mar tranquila, debido al peso; en unas condiciones de carga para las que no estaba proyectado, lo que ponía en peligro su estructura (el propio Julio Ruiz de Alda había comentado a su padre que no estaba seguro si las ‘varillas’ del hidro resistirían los despegues) y hacía imposible el transporte de carga de pago. Ningún hidroavión comercial de la época servía para efectuar esos servicios que, en un momento de euforia, Julio llegó a proponer. El propio Ramón Franco ya había anunciado en Río de Janeiro que el transporte aéreo comercial a través del Atlántico Sur estaba fuera del alcance de los hidroaviones de entonces, tan solo accesible a los dirigibles; sin embargo los hidros eran más baratos y quizá en unos cuatro o cinco años se dispondría de aviones capaces de prestar el servicio. El vuelo del Plus Ultra llevó al hidroavión al límite de sus posibilidades técnicas y se realizó con éxito gracias a la pericia del piloto, la ayuda de la radiogoniometría y un poco de suerte. Ramón cometió algunos errores de planificación: quizá dedicó demasiado tiempo a las celebraciones en Las Palmas, no contaba con portulanos de las islas para determinar las zonas abrigadas, en función de la dirección desde la que soplaran los vientos y el uso que hizo de las posibilidades, que ya había formulado Gago Coutinho, sobre la navegación astronómica, fueron muy limitadas. Blériot, el famoso aviador francés que el 25 de julio de 1909 voló por primera vez de Francia a Inglaterra, al despegar le preguntó a Leblanc, su jefe de operaciones: « ¿Dónde está Dover?». El ayudante, sorprendido, le contestó señalando con la mano: «Por allá». No llevaba a bordo ninguna brújula y durante diez angustiosos minutos, Blériot, voló envuelto en la niebla. Las estelas de unos barcos lo reorientaron y cuando el viento empezaba a zarandearlo se topó con Dover. Recorrió 44 kilómetros en 36 minutos y 30 segundos. Su mujer, Alice, anotaría poco después en su diario: «aquello fue el comienzo de la gloria». Incluso, Lindbergh, que al año siguiente cruzaría el Atlántico Norte, de Nueva York a París, tampoco se auxilió de la navegación astronómica, ni utilizó un radiogoniómetro, y su arribada al Continente en el punto estimado (con un error de pocas millas) ocurrió, en buena medida, gracias a la suerte. Sin embargo, nadie cuestiona que los vuelos de Blériot y Lindbergh, son unos de los más grandes de la historia de la aviación, a pesar de los fallos con que se ejecutaron. Por la misma razón, el vuelo del Plus Ultra no puede desmerecerse por los errores, en su preparación o en su ejecución, ni por la desproporcionada relevancia que tuvo en España y Argentina, motivada por causas ajenas a Ramón y al resto de los tripulantes, ni por el contenido político con que lo aderezó la máquina publicitaria del Gobierno de Primo de Rivera. Fue un vuelo al que Barberán y Franco trataron de restarle peligros en su informe al general Soriano, pero que estaba lleno de incertidumbres, dadas las condiciones límite en las que se vio forzado a operar el avión, en las etapas más largas sobre el Atlántico y a la precariedad de los métodos de navegación que se emplearon. Un poco más de viento o de mar, el fallo de la radio o la falta de visibilidad, hubieran dado al traste con la aventura.

En los medios internacionales el evento apenas alcanzó una mínima parte de la repercusión que tuvo en Brasil, Uruguay, Argentina y España, y es cierto que no se ha recogido con excesiva prodigalidad en la literatura aeronáutica especializada. En los libros de Mi vida con Ramón Franco contada por José Antonio Silva y Ramón Franco de Joaquín Leguina y Asunción Núñez, se hace referencia a un estudio de Darío Vecino según el cual no han hecho mención a este vuelo algunos tratadistas clásicos de la aviación y cita entre ellos a Dollfus; esto no es cierto, el historiador francés hace referencia al vuelo de Ramón Franco en su libro Histoire de l’Aéronautique (pg.425). En general, la literatura aeronáutica francesa es muy poco indulgente con los éxitos extranjeros. A mi juicio, José Antonio Silva califica el vuelo con excesiva dureza: «Considerándolo todo fríamente, el Atlántico NO HA SIDO VENCIDO, aunque el vuelo haya sido notable sin duda» (Mi vida con Ramón Franco pg. 48). Cuando Ramón Franco amerizó junto a un buque, a unas 25 millas de la isla de Noronha, eran las 18:35 horas y enseguida se hizo de noche. Le quedaban a bordo unos 900 litros de combustible, estaba a 540 kilómetros de Pernambuco, conocía perfectamente cuál era su posición y Julio Ruiz de Alda recibía con el gonio la señal de Pernambuco; la navegación hasta Recife no les planteaba ningún problema y llevaban gasolina para llegar al continente americano en tres horas más de vuelo. Sin embargo, aún faltaba hora y media para que saliera la luna, si no la ocultaba alguna nube, con lo que la mitad de ese tiempo habrían volado en la oscuridad, con mar fuerte del NE y viento del SE, lo que garantizaba un oleaje considerable en mar abierta; Ramón, siendo un piloto arriesgado, decidió amerizar por lo que resulta evidente que continuar le pareció una imprudencia que podría dar al traste con una misión cuyo éxito tenía prácticamente asegurado. Fuera cual fuese la planificación que hubiera hecho, las limitaciones de la aeronave forzosamente tenían que obligarle a tomar ese tipo de decisiones. La misión se cumplió dentro del margen de las previsiones razonables que se habían hecho, y por tanto entiendo que el piloto y su tripulación sí vencieron el Atlántico Sur, aunque dicha frase tenga un sentido tan ambiguo como retórico. Y creo que esa es la opinión de la mayoría de los que escribieron sobre el vuelo en la prensa no latinoamericana de la época, y la de los muchos pilotos y expertos extranjeros que hablaron entonces sobre el asunto. En concreto, ases de la aviación francesa, la prensa parisiense, italiana y estadounidense, se hicieron eco del éxito de los aeronautas españoles. Son muy llamativos los artículos publicados por los diarios estadounidenses; en algunos los autores se lamentan de que, mientras a la Marina de su país le resulta imposible volar en hidroavión hasta Hawái, los españoles hayan cruzado el Atlántico Sur. En general aplauden el vuelo del Plus Ultra y esbozan la idea de que dicha misión puede ser indicio de un resurgimiento de la vieja España, tras un periodo de profunda depresión[xxxii]. Ojalá lo hubiera sido.

 

El regreso del héroe

El Gobierno tuvo algunas dudas con respecto al puerto español en el que se recibiría a la tripulación del Plus Ultra, aunque muy pronto se disiparon y al Buenos Aires se le enviaron instrucciones para dirigirse directamente a Huelva. Como las islas Canarias solían ser el puerto de entrada habitual de los buques que arribaban de América del Sur, la prensa local especuló con la idea de que, a su regreso, allí pisarían los aeronautas tierra española por primera vez. Sin embargo, el buque argentino repostó combustible en Cabo Verde, suficiente para navegar sin escalas hasta Palos de la Frontera.

Su llegada estaba prevista para el día 5 de abril y la víspera, Huelva ya estaba abarrotada de gente. Por la noche, el Círculo Mercantil celebró un elegante baile de homenaje a la escuadra, que se había congregado en el puerto. Los buques Cataluña, Delfín, María de Molina, Lasaga, Vasco Núñez de Balboa, Jaime I, Blas de Lezo, contratorpedero Cíclope, torpedero Número 19, y los 7 submarinos de la base de Cartagena[xxxiii], habían acudido a Huelva porque el rey y su séquito tenían intención de recibir a los aeronautas. Los oficiales de la Marina, la alta sociedad onubense y personas que llegaron de Sevilla y Madrid, se dieron cita aquella noche en el Círculo Mercantil, mientras que el pueblo bailaba pasodobles en la plaza de las Monjas, iluminada con centenares de bombillas con las que se habían escrito los nombres de los aeronautas, el de Colón y las fechas de 1492 y 1926. En toda la ciudad, engalanada con banderas españolas, de Huelva y argentinas, se repetían las manifestaciones de una desbordante y contagiosa alegría.

En Huelva, el 5 de abril amaneció con sol. A las nueve de la mañana las salvas anunciaron la llegada del rey que embarcó en el Cataluña y una hora más tarde se divisó el Buenos Aires. El buque argentino pasó por el costado del español con los cuatro tripulantes del Plus Ultra formados en cubierta, enfrentados al puente del Cataluña para saludar militarmente al monarca. Justo al cruzarse las dos embarcaciones, la tripulación del Buenos Aires, formada, lanzó tres ‘hurras’ que contestaron los marineros de la escuadra española, formados también en las cubiertas de sus barcos. Las voces de los militares se entremezclaron con el doblar de las campanas, las salvas, los petardos, el clamor del gentío y los vivas que surgieron de miles de personas que atiborraban los muelles. Todo aquel barullo se mezcló con el rugido de los motores de decenas de aeronaves que surcaban los cielos. De Mar Chica, Tablada, Cuatro Vientos y de la Aeronáutica Naval de Barcelona, habían llegado pilotos militares con sus aviones para saludar a sus compañeros que regresaban de Argentina.

Ese mismo día, un desgraciado accidente en Barcelona, terminó con la vida de uno de los aviadores cuando trataba de unirse a sus compañeros que viajaron a Huelva. Fue un triste recordatorio de que el vuelo, en aquellos tiempos, era un ejercicio muy peligroso.

El Buenos Aires fondeó en el puerto y esperó a que subieran a bordo los agregados militar y naval de la embajada argentina en España. A las 10:40 una canoa del Cataluña recogió a los aeronautas españoles y a los agregados argentinos para llevarlos a la cubierta del buque en donde los esperaba el rey. El monarca abrazó efusivamente a los tripulantes del Plus Ultra y les ofreció una copa de champán. Después de intercambiar unas palabras, el soberano, el marqués de Viana, Franco, Alda, Durán, el infante don Carlos, Rada y el príncipe don Gabriel —por ese orden— embarcaron en una gasolinera para pasar al cazatorpedero Lazaga. Una vez que subieron a bordo, el rey se sentó bajo una toldilla y los demás quedaron de pie alrededor suyo. Ramón y el monarca entablaron una intensa conversación y el aviador, de vez en cuando, sacaba un bloc de notas del bolsillo para enseñarle algo al monarca. A las 11:30 el Lazaga enarboló el pendón morado de Castilla y zarpó rumbo a La Rábida, detrás le seguían el torpedero Número 19, con las autoridades y el Vasco Núñez de Balboa con los periodistas. El rey les dio a los aviadores las llaves de gentilhombres y les dijo que se las colgaran del hombro. En La Rábida desembarcaron todos y en automóviles se dirigieron a Palos de la Frontera para celebrar un tedeum. Tras la ceremonia religiosa regresaron al monasterio para participar en el acto organizado por la Sociedad Colombina. En el patio se había improvisado un estrado donde se ubicó el monarca junto con las autoridades que lo acompañaban. El secretario de la Sociedad leyó el acta de la sesión conmemorativa del vuelo del Plus Ultra: «…se abre esta acta para hacer constar que desde Palos sobre las aguas del Tinto, se deslizó el avión Plus Ultra, tripulado por…y al llegar al estero de Domingo Rubio, siendo las ocho horas y diez minutos, se elevó majestuosamente, voló sobre el Monasterio y tomó rumbo hacia la República Argentina, llevando un respetuoso y entusiasta mensaje para su ilustre presidente Dr. D. Marcelo T. de Alvear y una copa de oro dedicada por la Colombina…». En el documento se daba cuenta del viaje y de la entrega de la misiva y la copa al mandatario argentino y finalizaba con una llamada al estrechamiento de los vínculos de amor que deben unir a quienes comparten la misma raza, poniendo énfasis en el papel facilitador del Plus Ultra para lograr dicho fin. Una vez que se leyó el documento, el presidente de la Colombina, señor Marchena Colombo, pronunció un discurso y el rey otro que terminó también con alusiones a la raza hispana, destinada a fomentar la paz, el progreso y la libertad. En el acta se establecía un claro paralelismo entre el viaje de Cristóbal Colón y el de Ramón Franco. Ambos se iniciaron en «el estero de Domingo Rubio», que es el lugar desde el que zarparon las tres carabelas de don Cristóbal, el mismo sitio en el que según la Sociedad Colombina levantó el vuelo el Plus Ultra cuando comenzó su histórico viaje a América.

Terminados los actos de la mañana, el rey ofreció un almuerzo a los aviadores y sus familias, que se celebró en la caseta de las obras del puerto de Huelva, en la Punta del Sebo. A Palos de la Frontera habían acudido los hermanos de Ramón Franco y de Pablo Rada así como las familias de Ruiz de Alda y de Durán. Carmen, la esposa de Ramón no fue a Huelva; acudiría a Madrid cuando el piloto se quedara libre de compromisos.

Por la tarde, en Huelva, en la plaza de las Monjas, Pablo Rada recibió un martillo de oro que le regalaron los obreros de la ciudad. El rey no lo había nombrado gentilhombre, ya que no poseía el grado de oficial en el Ejército, y en alguna referencia a la distribución de tareas en el Plus Ultra, el monarca hacía un reparto en el que a Rada le asignaba la fuerza mecánica del trabajo y a los oficiales la funciones científicas e intelectuales. El martillo de oro supondría un cierto desquite a las diferencias tan acusadas entre oficiales y el resto de la tropa que por entonces establecían los ejércitos con tanto rigor. Sin embargo, la relación entre Rada y Ramón siempre fue excelente. Ambos se profesaban una fe mutua, Pablo estaba convencido de que con Ramón volaba con el mejor piloto del Ejército y para Franco era imposible llevar a bordo un mecánico más valiente y comprometido que Pablo. Después de la entrega del martillo y medallas para los aeronautas, hubo más celebraciones en el Círculo Mercantil hasta la cena que se celebró en el edificio de la plaza de la Merced de la Diputación Provincial; al final del banquete el brindis con champán lo adornó su presidente, señor Andolz, con un discurso que contestó el ministro de Marina. El brindis tampoco acabó con la fiesta: por la noche hubo un baile en el hotel Colón y el rey se exhibió por las calles de la ciudad entre aclamaciones y vítores de la gente. Algunos echaron de menos aquel día al presidente del Gobierno, Miguel Primo de Rivera. Su ausencia se justificó por motivos de salud que lo retuvieron en Madrid.

La escuadra zarpó de madrugada con rumbo a Sevilla, en el Buenos Aires viajaron los aeronautas y el rey en el Blas de Lezo. Al llegar a la desembocadura del Guadalquivir, en San Lucas de Barrameda, el monarca subió a bordo del Buenos Aires. El espectáculo de la escuadra navegando río arriba, hacia Sevilla, con el buque argentino en la última posición, rodeado de siete submarinos, era insólito. Los labriegos contemplaron el paso de aquellas moles grises, que desde una cierta distancia parecían surcar la tierra, con estupor e incredulidad.

El 6 de abril de 1926, la capital andaluza se mudó de fiesta, sus calles se iluminaron y vistieron con banderas españolas y argentinas, la gente llenaba los bares y restaurantes y deambulaba por las callejuelas con alegría.

A su paso por Sevilla, el curso del Guadalquivir sigue meandros que siempre dificultaron la navegación de buques de cierto calado por la falta de profundidad debido a los sedimentos que se acumulan y la dificultad de hacer giros tan cerrados. Mediante excavaciones para acortar los meandros, desde hacía ya muchos años, la ciudad mejoró la navegabilidad del río y la última de aquellas obras se conocía con el nombre de la Corta de Tablada; el proyecto —que databa del año 1902— incluía excavaciones, el dragado del canal navegable del río, un muelle de unos ochocientos metros, con sus grúas almacenes y aduanas, y la construcción de un puente levadizo: el Alfonso XIII. Fue el Gobierno de Primo de Rivera el que impulsó la realización de la obra y el 6 de abril de 1926, a bordo del Buenos Aires, junto con la recién llegada tripulación del Plus Ultra, en compañía de la escuadra, el propio Alfonso XIII navegaba por el Guadalquivir hacia Sevilla para inaugurar las obras recién terminadas. El buque argentino avanzó majestuosamente, parecía que fuera a abordar el puente, pero los dos bloques de hierro se levantaron y el Buenos Aires pasó y con su proa cortó dos cintas, una con los colores de la bandera argentina y otra con los de la española. Se escuchó el ruido de las sirenas, las salvas y el vocerío de la gente que se había aglomerado en el muelle para recibir a los ilustres visitantes.

En el muelle se improvisó una tribuna decorada con tapices y alfombras, acompañada de la imagen del rey Fernando III, santo de la ciudad, que habían traído de la sacristía de la catedral. Los barcos del puerto estaban engalanados con gallardetes y banderas. El Buenos Aires atracó en el desembarcadero, repleto de flores y banderas, alrededor de la 12:00 horas. Bajó a tierra el rey, delante del infante don Carlos y las autoridades, a las que siguieron los aeronautas. De allí fueron en automóvil hasta la tribuna, donde el presidente de la Junta de Obras del Puerto leyó el acta inaugural de las obras de la Corta que llevaba escrito en un pergamino. El cardenal Llundai recorrió la Corta y el puente levadizo, con el hisopo en la mano, y bendijo las obras; el ministro de Fomento, conde de Guadalhorce, pronunció unas palaras en las que ponderó las nuevas instalaciones y la hazaña del Plus Ultra.

El rey ofreció un vino en una de las casetas, antes del paso del desfile en honor de su majestad y los aeronautas.

Finalizados los actos de la inauguración de la Corta, se dirigieron a la casa de la Lonja donde la Cámara de Comercio de Sevilla había organizado un banquete con numerosa asistencia de gente, pero al que no se invitó a ninguna señora. La madre de Durán tuvo que almorzar con sus hijos en un restaurante céntrico de la ciudad[xxxiv]. Ramón se sentó con su hermano, Rada y otras personalidades en una de las mesas principales. Al finalizar el ágape, el presidente de la Cámara de Comercio, señor Molero, pronunció un breve discurso de felicitación al rey por la conclusión de las obras y el éxito del raid a Buenos Aires.

Del banquete en la Lonja pasaron a la catedral para celebrar un tedeum de agradecimiento a Dios, por el éxito del raid, y de allí fueron a la Unión Comercial donde su presidente ofreció una medalla conmemorativa a los aeronautas. Por la tarde, Ramón, Julio y Durán se desplazaron a los Reales Alcázares para jurar ante el monarca el cargo de gentilhombre. Por la noche, en el hotel Alfonso XIII, donde se hospedaban los aviadores, se celebró otro banquete y al terminar la cena se desplazaron al teatro San Fernando para contemplar el espectáculo de ópera los Hugonotes. Rada no acudió al espectáculo nocturno y se fue a ver a sus hermanos que se hospedaban en el hotel San Millán y que al día siguiente debían regresar a Madrid.

El 7 de abril volvió a ser otra jornada de celebraciones y apreturas, esta vez bajo un cielo azul y brillante. Rada madrugó y visitó el Parque de María Luisa de donde tuvo que escapar al ser reconocido por la gente. Ramón Franco acudió a la iglesia de san Isidoro para ingresar en la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de las Tres Caídas y Nuestra Señora de Loreto, patrona de los aviadores. Después los tripulantes del Plus Ultra se reunieron en la Pirotecnia militar donde les hicieron entrega de los pergaminos de honor de la institución, aunque Rada tuvo que conformarse con el título de obrero de honor; para cerrar el acto tomaron una copa de champán en el despacho del director y el personal del centro desfiló en su honor. Ese mismo día, Ramón pudo darle un abrazo al almirante Gago Coutinho que se encontraba en Sevilla. Por la noche se celebró otro banquete organizado por las autoridades gallegas que se encontraban en Sevilla, presidido por el alcalde de Ferrol, y una obra de teatro en honor de los tripulantes del Plus Ultra.[xxxv]

El 8 se organizó un gran almuerzo en la base de Tablada al que asistieron las autoridades, los aviadores y lo presidió el monarca. Allí no le fue difícil a Ramón encontrar un aeroplano y tripulantes dispuestos a trasladarlo a la capital cuando quisiera. Por la tarde en el Palacio de Arte Antiguo, en la Plaza de América, el rey les haría entrega de sus acreditaciones como Académicos de la Sociedad Hispanoamericana de Cádiz. Era la última ceremonia en la que participaría Alfonso XIII en aquellos interminables festejos[xxxvi]. Después, a eso de las ocho de la noche, el rey saldría en tren, con su comitiva, de regreso a Madrid. Al comandante se le había agotado la paciencia. Al día siguiente estaba prevista una visita a Jerez, pero Ramón decidió que si el rey volvía a Palacio ya nadie tenía derecho a retenerlo, pero no dijo nada.

Los capitanes Ignacio Jiménez Martí y Vicente Roa habían acudido a Sevilla con un prototipo de la empresa Hispano de Aviación, un avión Potez 25 B-2, para recibir al Plus Ultra. Con Ignacio Jiménez a los mandos del aparato y Vicente Roa con él, en el asiento trasero, Ramón regresó a Madrid el 9 de abril. El Potez aterrizó en Cuatro Vientos a las 11:24 de la mañana. Ramón había avisado a su mujer, Carmen, que llegaría al aeródromo sobre el mediodía, y cuando aterrizó el Potez ella lo estaba esperando. El comandante saludó a los mandos de la base, abrazó a su mujer, los dos tomaron un taxi y desaparecieron. En ese momento, en Jerez, la población y el gobernador civil de Cádiz esperaba a los aviadores y a los marinos argentinos. Los balcones de las casas se habían engalanado, la gente invadía las calles y en la ciudad andaluza se respiraba un aire festivo. Al mediodía llegó a Jerez un telegrama del comandante Franco en el que excusaba su presencia porque se había tenido que trasladar a Madrid debido a que su padre estaba enfermo; poco después se recibió un segundo mensaje telegráfico en el que se anunciaba que Ramón Franco había salido de Sevilla a Madrid a las once de la mañana. Durán, Ruiz de Alda y Rada se desplazaron en automóvil hasta Jerez, donde pasaron la jornada.

Mientras Ramón desorganizaba los actos programados en Jerez para festejar a los tripulantes del Plus Ultra, ese mismo día Primo de Rivera, marqués de Estella, tenía una agenda apretada: por la mañana, acudió a la estación para saludar al rey que regresaba en tren de Sevilla; a continuación celebró un Consejo de Ministros en Palacio, en presencia del monarca; y más tarde recibió en audiencia a varios personajes, entre ellos al general Francisco Franco[xxxvii]. El presidente del Gobierno tuvo que interesarse por la salud del padre del general, ante la sorpresa del militar que desconocía la excusa oficial con que su hermano se acababa de escapar de Sevilla. Hacía apenas unos días que Francisco había ascendido al generalato, por méritos de guerra, y se daba la extraordinaria circunstancia de que con su padre, Nicolás Franco Salgado-Araujo y su abuelo, Ladislao Bahamonde Ortega, vivos y naturales de Ferrol todos ellos, formaba un trío familiar de generales, único en la historia militar española. Sin embargo, el general con su padre no se hablaba, por eso cuando Primo de Rivera se interesó por la salud de don Nicolás, que había motivado el repentino viaje de Ramón a Madrid, tuvo que sentirse desconcertado.

El 12 de abril Ramón acudió a Palacio a cumplimentar al rey y a la salida de la audiencia no quiso hacer muchas declaraciones a los periodistas, aunque se quejó de que «tampoco hay derecho a que por siete días de viaje se obtengan tres meses de apoteosis». Cuando le preguntaron por el riesgo y el trabajo de su hazaña se acordó de sus duras jornadas sobre los cielos africanos: «El riesgo y el trabajo están en Marruecos, donde además son obscuros. Nosotros con esto hemos adquirido gloria, renombre y dinero; yo estoy agradecido a todos por los homenajes de que me han hecho objeto, y ahora solo ambiciono descansar». Ese mismo día también fue a ver a Primo de Rivera para hacerle entrega de una medalla que traía de Montevideo para el presidente, regalo de la colonia española en aquella ciudad.

El aviador tenía motivos para desear que se olvidaran de él unos días y lo dejaran disfrutar de la compañía de su joven esposa Carmen. Sin embargo era muy difícil pasar inadvertido y acudir a rendir pleitesía a los reyes y el primer ministro. El día siguiente al que se presentó al monarca y al presidente del Gobierno acudió a otra vez a Palacio para cumplimentar a la reina María Cristina. En realidad descubrieron su paradero muy pronto y la gente acudió a saludarlo al hotel Ritz, lanzando los sombreros al aire, cuando salió a uno de los balcones.[xxxviii] Pero el héroe del Plus Ultra trató de mantenerse oculto, hasta el punto de que empezó a circular por Madrid el rumor de que estaba arrestado en un castillo. Florencio Ceruti, un periodista argentino que conocía al aviador, se entrevistó con Ramón quién le reiteró que la razón de su precipitado viaje a Madrid fue el empeoramiento de la salud de su padre; también le dijo que estaba muy preocupado porque circulaba por la ciudad la noticia de que su desaparición había frustrado a los madrileños las ansias de expresar el afecto que sentían por el aviador. Ramón justificó su ausencia de los medios al no querer acaparar unos honores que debía compartir con los demás tripulantes del Plus Ultra y le dijo que, hasta que estos no llegaran a Madrid, se mantendría en un discreto segundo plano[xxxix].

No tardó en reunirse en la capital la tripulación completa del legendario hidroavión. Primero llegaron Julio y Durán, que el 12 acudió al ministerio de Marina, donde en ausencia del titular lo recibió el contralmirante Carranza, y por último se presentó Pablo Rada. Al mecánico lo esperaba una multitud en la estación, pero se apeó en Aranjuez y desde allí siguió el viaje en automóvil. Rada había alcanzado una popularidad extraordinaria.

Existía una cierta tensión entre el marqués de Estella y Ramón; según Carmen, la esposa del aviador, porque Ramón era muy rencoroso. Dicha tensión afectó también las relaciones entre el presidente de la Asociación Patriótica Española de Buenos Aires, Félix Ortiz y San Pelayo, y el propio Ramón Franco. El aviador hacía corresponsable de la suspensión del raid en Buenos Aires a Félix Ortiz, quién siempre negó haber tenido parte en la toma de aquella decisión. Uno de los puntos del acuerdo tomado por la Acción Patriótica para agasajar la gesta del Plus Ultra fue el de recaudar fondos para regalarle a España un hidroavión de características iguales o superiores a las del Dornier Wal con el que Ramón voló hasta la Argentina. Cuando el Gobierno de España decidió suspender el raid en Buenos Aires, muchos descontentos, liderados por Prudencio Ayuela, organizaron otra colecta para regalarle a Ramón un hidro con el que pudiera regresar a España por la ruta que había trazado y volver a la Argentina por el Atlántico Sur. Esta iniciativa contaba con el apoyo del comandante. Ayuela le pidió a Félix Ortiz que cambiara el destino de los fondos recaudados para el hidroavión que se iba a regalar a España y los aplicase a la nueva colecta: Pro avión Ramón Franco. Félix Ortiz se negó y la recaudación organizada por Ayuela fracasó. El presidente de Acción Patriótica Española no quiso alinearse con el grupo contestatario y disidente que aplaudía los movimientos, muchas veces impredecibles, del famoso aviador. Alrededor del 13 de abril, Félix Ortiz envió a Primo de Rivera la primera remesa de su colecta a favor de España para la compra de un hidroavión, por un importe de 200 000 pesetas. El Dictador lo comunicó a la prensa con regocijo, justo en un momento en el que sus relaciones con Ramón Franco no podían ser muy buenas.

El 14 de abril Ramón se reintegró al ceremonial de los festejos en Madrid. Acudió otra vez a Palacio para saludar a los reyes, esta vez acompañado de Durán. El monarca firmó un decreto por el que les concedía la Medalla Aérea a los tripulantes del Plus Ultra. El comandante fue al Ayuntamiento donde estaba reunida la comisión permanente del consistorio, presidida por el alcalde, conde de Vallellano. El regidor y Ramón se abrazaron mientras los concejales aplaudían y después el alcalde pronunció un discurso de reconocimiento a los méritos del aviador en su nombre y el del pueblo madrileño. Cuando Ramón se marchó, la comisión en pleno salió a despedirlo a la puerta.

La gran fiesta en Madrid tuvo lugar el día 16, aunque el tiempo no permitiese que volaran las aeronaves del aeródromo de Cuatro Vientos. El rey había concedido la máxima condecoración militar, la Laureada de San Fernando, a Primo de Rivera por sus actuaciones en la guerra de Marruecos, sin embargo hasta la fecha no había tenido la oportunidad de imponérsela al mandatario. Decidió que lo haría en Cuatro Vientos, al tiempo que condecoraba a los héroes del Plus Ultra con lo que la ceremonia ganaría en relieve y notoriedad. Cuando llegaron los reyes, don Alfonso y doña Victoria, acompañados de la reina doña Cristina y la infanta doña Isabel, con todo su séquito, no cabían más autoridades en el aeródromo de Cuatro Vientos. El Gobierno en pleno, con la excepción de un par de ministros enfermos, autoridades civiles, capitanes generales, directores generales de la Guardia Civil y Carabineros, embajadores y otros muchos civiles e ilustres militares, asistieron al acto. El jefe del Gobierno y los cuatro tripulantes del Plus Ultra estaban formados ante la tribuna donde se acomodaron los reyes. El ministro de la Guerra leyó las disposiciones relacionadas con las medallas que se iban a otorgar y el rey bajó de la tribuna para dirigirse primero a Primo de Ribera: «En nombre de la patria, y en cumplimiento de la ley, premio vuestros servicios, que tan alto han puesto el honor militar»; después se dirigió a Ramón: «por el renombre mundial que habéis conquistado, y por la hazaña que realizasteis, y que perdurará en la Historia, os concedo la medalla Plus Ultra»; y por último a los tres tripulantes del raid : «en nombre de la patria y de la ley, os concedo la medalla del aire, como premio a vuestra hazaña». El rey abrazó a los militares y regresó a la tribuna para presidir el desfile.[xl]

Mientras condecoraban a Ramón, en Cuatro Vientos, el alcalde de Ferrol regresaba en tren a su ciudad del viaje que había hecho a Sevilla para recibir a su paisano; nada más llegar, entrego a doña Pilar, la medalla que le había dado el aviador para su madre, regalo de las damas de la Cruz Roja argentina.

El diario La Época fue multado por el Dictador por el artículo que publicó el mismo día 16 por la tarde, relacionado con el evento de Cuatro Vientos. En una breve columna, de última hora y en primera página, se lamentaba el reportero de que justo en aquellos momentos en que se agasajaba a los aeronautas del Plus Ultra, el aviador Estévez y su mecánico, que tripulaban uno de los tres Breguet 19 que participaba en el raid de Madrid a Manila, anduvieran en paradero desconocido por el desierto de Siria: «pero la vida no tiene compartimentos estancos para los dolores y alegrías, y al lado de una satisfacción que conforta hay siempre una tristeza que la contrarresta». Tras esta introducción el articulista se deshacía en elogios a Ramón, «ensalzaba su deseo de escapar a los homenajes que le hicieron llegar a Madrid de modo inopinado», y no hacía absolutamente ninguna mención a la Laureada de don Miguel Primo de Rivera. Hay biógrafos de Ramón que quieren ver en la multa al diario, el enfado del presidente por la ausencia de referencias a su Laureada, en dicho artículo, pero en el mismo número del periódico también hay otra columna, más extensa, en la que sí se pone de manifiesto, en el título, que el rey impuso la gran cruz de San Fernando al presidente del Consejo. Lo cierto es que el piloto, en este caso, fue utilizado por el diario para castigar al presidente, como ocurriría con otras organizaciones y personajes en muchas ocasiones. Y también fue cierto que, mientras la aventura del Plus Ultra adquiría un reconocimiento desproporcionado, el raid a Filipinas, merecía una atención, por parte de las autoridades y el público en general, infinitamente más pequeña. Pero, en tanto que Ramón tenía motivos para estar molesto con quien le había privado de seguir con su triunfal vuelo, el Dictador aún no contaba con suficientes razones para estar disgustado con el aviador.

Los agasajos y honores que recibió Ramón Franco a su llegada a España y las manifestaciones de adhesión popular fueron de tal magnitud que es difícil encontrar en toda la historia del país un caso similar. Muy pocas veces, o quizá nunca, un hombre fue tan jaleado, vitoreado y encumbrado por las autoridades y la gente llana del pueblo español. Según sus propias manifestaciones el evento que más le conmovió fue el que tuvo lugar en la Academia de Infantería de Toledo, en el que también hizo acto de presencia el marqués de Estella[xli]. Los cadetes quisieron homenajear a los aviadores del cuerpo de Infantería que aquel año habían alcanzado la fama: el comandante Ramón Franco, por su hazaña con el Plus Ultra y los capitanes Esteve y Gallarza, por su participación en el vuelo de la Patrulla Elcano a Manila.

Justo el mismo día que el buque argentino Buenos Aires arribó a Huelva, tres aviones Breguet 19 de la Aeronáutica Militar española, la Patrulla Elcano, iniciaron otro impresionante raid. Despegaron de Cuatro Vientos con la intención de llegar a Manila. Los capitanes Lóriga, Gallarza y Esteve, acompañados, cada uno de un mecánico, pilotaban los aeroplanos. Tan solo un avión, con los capitanes Lóriga y Gallarza a bordo, llegó a su destino el 13 de mayo de ese mismo año, después de recorrer más de 17 000 kilómetros sobre tierras áridas, siguiendo rutas desconocidas. Los problemas técnicos de las aeronaves frustraron el viaje de los tres mecánicos y el capitán Esteve, que se vieron obligados a quedarse en el camino. Su éxito no tuvo una mínima parte de la repercusión que alcanzó la aventura del Plus Ultra, pero no podía pasar desapercibido para los cadetes de la Academia Militar de Infantería.

Durante el acto, la sala del Museo de la Academia dedicada a la Aviación se bautizó con el nombre de Ramón Franco y allí se colocó una lápida y se descubrió un busto en su honor. Primo de Rivera le hizo entrega de una placa que le dedicó la 19 promoción de infantería, la de Ramón, y en el discurso que pronunció durante el banquete al que asistieron unas 1200 personas, el presidente del Gobierno lo mencionó en repetidas ocasiones con palabras de admiración y cariño. Las discrepancias que pudiera haber entre Ramón y el marqués de Estella tuvieron que disiparse en aquel acto que para el aviador fue el más emotivo de todos cuantos había protagonizado tras su llegada a Buenos Aires, que no fueron pocos. De otra parte, el presidente Primo de Rivera tenía motivos para sentirse satisfecho: el éxito del desembarco en Alhucemas y la entrega de Abd el Krim a los franceses lo que presagiaba el fin definitivo de la guerra de Marruecos, la Cruz Laureada que recibió de manos del rey, el entusiasmo que había suscitado el vuelo del Plus Ultra y el fracaso del compló político, en su contra, que acababa de desbaratar el pasado día 22 de junio: la «Sanjuanada». La indulgencia que mostró el Dictador con los golpistas era un signo evidente de la seguridad que tenía en sí mismo, lo que a su vez favorecería que mirase a Ramón Franco con buenos ojos.

A los honores con que fueron recibidos Ramón y sus compañeros, en América y España, les acompañaron miles de regalos: medallas de oro, placas, joyas, bandas, mobiliario, automóviles…A Pablo Rada le obsequiaron con un espléndido Lincoln y a Ramón, la colonia española en Cuba, a través de una colecta que recaudó el Diario Español de la Habana, con un Studebaker. Los regalos también fueron para los familiares de los aviadores y muy especialmente para doña Pilar, la madre de Ramón. Según su hermana Pilar: «a nuestra madre, los Gobiernos sudamericanos le regalaron joyas por valor de más de diez mil millones de pesetas, en valor actual…En aquella época se peritaron en 900 millones». Es posible que exagerase, pero el importe de aquellos regalos fue considerable.

Además de regalos, los tripulantes del Plus Ultra también recibieron importantes sumas de dinero en efectivo. La prensa española y argentina planteó la conveniencia de organizar una subscripción para recoger dinero en metálico con el que se premiara a los tripulantes del Plus Ultra, con la intención de que resultara una cantidad importante. Los defensores de la colecta hacían referencia a la facilidad con que la gente se olvida de estas proezas y ponían como ejemplo al inventor del submarino, el español Isaac Peral, tan celebrado en un tiempo como sumido en el anonimato poco después, a la vez que criticaban los gastos excesivos en festejos y fuegos de artificio.[xlii]La Cámara de Comercio de Madrid recogió la iniciativa y desembolsó cinco mil pesetas[xliii]; en Valencia, el gobernador reunió a los presidentes de las sociedades económicas y de recreo y empezó a recaudar fondos en los teatros. En Huelva se organizó una colecta para regalarle a Rada un martillo de oro y en Tenerife la Sociedad Automóvil Club abrió una suscripción a fin de reunir una cantidad sustanciosa en efectivo para el mecánico del Plus Ultra. Pablo Rada, por el hecho de no ser oficial, en muchas ocasiones fue relegado a un segundo plano en las celebraciones y hubo organizaciones y grupos de trabajadores y obreros, tanto en España como en la Argentina, que organizaron colectas a favor suyo, quizá para compensar el ninguneo oficial. El periódico La Razón, de Buenos Aires, hizo entrega a Rada de un cheque de 150 000 pesetas[xliv]. En la prensa se publicó que, a mediados de abril, Rada ya habría recibido unas 600 000 pesetas en gratificaciones y que tenía intención de abandonar el Ejército[xlv]. Las iniciativas para recaudar fondos a favor de los aeronautas se extendieron por la mayoría de las provincias españolas; a ellas se sumaron otras muchas en Argentina y es difícil saber el monto total en efectivo que percibieron los tripulantes del Plus Ultra. Los fondos de algunas colectas argentinas se remitieron a España para que se incorporasen a los que se recaudaban en este país; este fue el caso de la que se hizo en Rosario, Santa Fe, cuyo importe de 68 500 pesetas se transfirió al cónsul español[xlvi]. En España fue el marqués de Viana quien sugirió la idea de organizar una colecta en favor de los aviadores del Plus Ultra, el rey apadrinó la idea y designó al marqués y don Torcuato Luca de Tena para que administrasen lo que dio en llamarse la Suscripción Nacional para los Tripulantes del Plus Ultra. La abrió el marqués de Viana, con un espléndido donativo de 10 000 pesetas; el marqués fue el primer presidente y el fundador del Real Aeroclub de España, y el primer español que, en 1908 con Wilbur Wright a los mandos, voló en un aeroplano. A finales de junio de 1926 se habían acumulado 1 082 530,25 pesetas que los administradores, de acuerdo con Ramón Franco y Ruiz de Alda, decidieron repartir del siguiente modo: 157 000 pesetas para los aviadores de la Patrulla Elcano y el resto: el 34% para Ramón Franco (314 860,35 pts.), el 29% para Julio Ruiz de Alda (268 493,85 pts.), el 22% para Juan Manuel Durán (203 616,70) y el 15% para Pablo Rada (138 829,55 pts.). El importe que asignaron a los tripulantes de la Patrulla Elcano se distribuyó así: 50 000 pesetas para cada uno de los capitanes Gallarza y Lóriga y 20 000 pesetas para cada uno de sus respectivos mecánicos, 20 000 pesetas para el capitán Estévez y 7500 para su mecánico[xlvii]. Como puede verse, los administradores de la Suscripción Nacional para los Tripulantes del Plus Ultra ampliaron el destino de los fondos a otros aviadores que nada tenían que ver con el Plus Ultra, pera los que el agravio comparativo resultaba escandaloso.

Así pues, el viaje a Buenos Aires hizo ricos y famosos a los tripulantes del hidroavión y, desde el punto de vista económico, quizá resultara el mecánico Pablo Rada el más beneficiado, aunque siempre estuvo en el último lugar en la cola de los honores, en línea con las palabras que a través de Italcable le anticipó el rey a Ramón en Buenos Aires, desde Málaga: «os concedo llave de gentilhombre a ti, Ruiz de Alda y Durán, reservándome el demostrar mi gratitud al mecánico Rada».

A mediados de julio de 1926, Ramón era un hombre satisfecho y feliz. Había ganado peso, sus mofletes redondeados y la papada lo atestiguaban y acudía a fiestas y homenajes en compañía de su esposa Carmen que vestía lujosos trajes. Con Ruiz de Alda era autor de un libro, De Palos al Plata, editado por Espasa Calpe, que se estaba vendiendo muy bien. Su condición de gentilhombre le abría las puertas a fiestas palaciegas. Ramón le enseñó a Carmen a efectuar el saludo reglamentario de las damas al monarca y, después de ensayarlo varias veces, fue con ella a Palacio para presentársela a los reyes. A su mujer le pareció que la reina era muy simpática porque se interesó por sus pensamientos mientras su marido cruzaba el Atlántico. La pareja debió sentirse feliz porque circulaban insistentes rumores de que el comandante tenía intención de dar la vuelta al mundo con su esposa y su amigo, el mecánico Pablo Rada. Ramón lo desmintió en algunas ocasiones, pero al navarro de Caparroso se le escapó la noticia y con toda seguridad él no se la inventó. El aviador y su esposa deberían llevarse muy bien para soñar con semejante aventura. Ramón y Carmen compraron un chalet en el número 5 de la calle José Picón[xlviii], en el barrio de Guindalera de Madrid, y lo llenaron con los miles de regalos que había recibido de todo el mundo, aunque muchos de ellos se los dio a su madre.

El piloto fue posponiendo su viaje a Ferrol, debido a sus muchos compromisos en la capital. Doña Pilar acudió a Madrid y pasó unos días en casa de su hijo y su esposa. Carmen tuvo la oportunidad de conocer personalmente a la madre de Ramón, una mujer extraordinaria: «En todos los días de mi vida, no he conocido una mujer más buena, más cariñosa y que para mí fue una segunda madre».

 

La gira de Rada, las conferencias de Julio y el triste viaje del Alsedo

La relación entre Ramón Franco y Pablo Rada, «la anguila» que así lo definió Julio, era muy cordial. Ambos se apreciaban mutuamente y sentían un profundo respeto el uno por el otro. Los dos eran personas sensibles y capaces de actuar con apasionamiento rayano en la insensatez. En una sociedad clasista, Pablo representaba el estamento obrero y Ramón el nobiliario, no por su dinero sino por su condición de oficial del Ejército. A Rada lo jaleaban grupos de trabajadores y la gente del pueblo, como a un héroe casi imposible ya que pertenecía a su estrato social. Pero entre Ramón y Pablo existía una amistad que estaba por encima de sus niveles de educación y clase. A su estilo, Rada era un aventurero, como su jefe. Al finalizar los actos de homenaje en Madrid, el mecánico se subió a su flamante automóvil para iniciar un largo viaje. El 24 de abril estaba en Plasencia y desde allí se alargó hasta Coria. Después fue a Logroño, a Tafalla y por fin llegó a Caparroso, su pueblo natal, el 28 de abril. Lo esperaban el obispo y las autoridades civiles para acompañarlo hasta su casa. También se reencontró con Pepita Pérez, la que había sido su novia de toda la vida, a quien dejó en el pueblo para cumplir con sus obligaciones en el servicio militar, pelear en África y viajar a Buenos Aires, pero no la había olvidado. En Caparroso se cantó una Salve en la iglesia, se descubrió una lápida en su honor en la calle principal y hubo banquetes, brindis, música, cohetes y fiesta durante tres días, para agasajar al hijo del pueblo que regresaba de América, rico y famoso. De su pueblo salió Rada en su flamante coche hacia Zaragoza donde llegó el 5 de mayo. La gente lo descubrió en el café Gambrinus y se arremolinó en torno suyo. El Heraldo de Aragón le ofreció una cena al día siguiente y el 7 por la tarde partió hacia Lérida. El 9 de junio ya estaba en Barcelona; le acompañaban su hermano Saturnino, un novillero y un amigo. En la ciudad catalana se presentó al gobernador, fue transportado a hombros, agasajado por el Ayuntamiento, viajó a Sitges para dar la salida a una competición automovilística, visitó fábricas y en la plaza de toros, la Monumental, asistió a una novillada en la que los toreros le brindaron las reses. Además fue el protagonista de otros incidentes un tanto peculiares: chocó con un taxi, en el cruce de la calle Mallorca con el Paseo de Gracia; los automóviles y una farola sufrieron daños importantes y tuvo que prestar declaración en un juzgado, además de abonar 4000 pesetas para reparar los desperfectos; en el hotel Oriente, donde se hospedaba, un par de individuos intentaron timarle 250 pesetas al pedirle ese dinero por una caja que trataron de entregarle y que, según ellos, contenía una carta importante y un regalo; Rada llamó a la policía y se descubrió que dentro de la caja tan sólo había unos trozos de papel y de ladrillos con lo que los sujetos en cuestión fueron detenidos. La gira triunfal de Rada, en su reparado automóvil, continuó por Castellón, Burriana, Valencia, Albacete, Alicante, Murcia y Los Alcázares. En todas las ciudades por las que pasó fue recibido como un héroe. En la base aérea fue objeto de un impresionante homenaje. El 24 de junio lo descubrieron paseando por Almería. Visitó Granada, Úbeda, Linares y Andújar. En esta última población, en la dehesa Cabeza Parda, se organizó una fiesta taurina en su honor y el mecánico se estrenó como torero con unos muletazos bastante afortunados. Después marchó a Córdoba, Málaga y el 11 de julio estaba en Cádiz cuando ya habían transcurrido más de dos meses desde que Pablo salió de Caparroso para llevar a cabo aquella extraordinaria gira en la que media España lo festejó, agasajó y trató como si fuera un héroe excepcional. Aunque con su novia, Pepita Pérez, estuvo algunos días, no siguió con ella la gira y muy pronto la envió a Pamplona con unas tías suyas; le puso una profesora y la muchacha empezó a recibir instrucción, un paso previo a la boda que el mecánico había apalabrado que se celebrase a finales de año con la familia de la prometida.

Julio Ruiz de Alda y Ramón Franco, siempre hicieron un buen equipo. Más frío y metódico el navarro, con muy buena cabeza para resolver cuestiones de cálculo, intuitivo y arriesgado el gallego, valientes y decididos los dos, sumaban energía y capacidad suficiente como para superar cualquier reto. Mientras que entre Pablo Rada y Ramón funcionaba una química en la que sobraban las palabras, con Julio el comandante se entendía bien y juntos trazaban planes en cuya ejecución constituían un equipo de forma natural. A Ruiz de Alda le gustaba pronunciar conferencias, aunque tampoco fuese un gran orador; Ramón odiaba hablar en público y se expresaba bastante mal. Durante el viaje del Plus Ultra, en América, Julio dio varias charlas sobre el vuelo y también acerca de otros asuntos, como el de la Aviación Española en la Guerra de África. El más importante de sus parlamentos en relación con la aventura del Plus Ultra lo articuló en Madrid, en el teatro Princesa, el 22 de abril de 1926. El acto académico estuvo organizado por el Colegio de Doctores de Madrid y la entrada se reservó a un elegido grupo de invitados. El presidente, el marqués de Estella y políticos de la relevancia de José Sánchez Guerra acudieron al evento que presidió Ramón Franco y al que no faltaron Durán y Rada. El teatro se llenó y, antes de empezar, los asistentes aplaudieron para exigir que Rada, situado en un segundo plano, se adelantase a la mesa presidencial con Ramón Franco. Julio inició su conferencia leyendo unas hojas de homenaje a la aviación española en Marruecos[xlix]. Después habló del Plus Ultra. Resaltó del viaje el aprecio y las manifestaciones de alegría con que fueron recibidos en todos los puertos y muy especialmente en Recife, donde la colonia de españoles apenas reunía a unas 40 o 50 personas; muchos, ya ni se acordaban de hablar en castellano. Para terminar, Julio pidió que se llevara a cabo el proyecto del comandante Herrera, a quién elogió mucho, de poner en funcionamiento una línea aérea con dirigibles que enlazara Sevilla con Buenos Aires; más adelante, cuando la aviación se desarrollara un poco más podría hacerse el trayecto con aviones. Al terminar, el público rompió en una ovación atronadora. Dos días después de pronunciar la conferencia en el teatro Princesa, Ruiz de Alda estaba en su villa natal: Estella. En el camino, los estudiantes de Soria lo aclamaron con entusiasmo y llegó a su casa tarde, pero no tanto como para que no hubiera gente que lo recibiese y se empeñara en llevarlo a casa a hombros. En la iglesia celebraron un tedeum y entrada la noche, Julio tuvo que salir al balcón para saludar a sus paisanos que desde la calle lo vitoreaban. Al día siguiente dieron comienzo en Estella los festejos oficiales en su honor. El 27 se desplazó, acompañado de sus padres, a Pamplona donde lo recibieron el gobernador y el alcalde y acudieron a la catedral para cantar otro tedeum; allí les esperaba el obispo. El templo estaba repleto de flores, las casas de la ciudad engalanadas; el comercio cerró aquel día, por las calles marchaban alegres bandas de música, acompañadas de gigantes y cabezudos. Al día siguiente se celebró un banquete en la Diputación, por la tarde, Julio pronunció otra conferencia en el Olimpia y por la noche sus compañeros de armas lo agasajaron con una cena que terminó en un baile en el Nuevo Casino. El 29 de abril, Julio se desplazó temprano al Castillo de San Javier, allí almorzó con los jesuitas y por la tarde viajó al pueblo de donde era oriunda la familia de su madre, en el valle de Salazar: Ezcároz. El 30 de abril, Julio ya estaba de regreso en Madrid aunque el viaje fue tormentoso, salpicado de una granizada que asoló los campos de Tafalla y Olite.

Julio trabajó con Ramón en los detalles de la publicación de su libro De Palos al Plata y en mayo también tuvo tiempo para viajar a Zaragoza y reunirse con el delegado regio de la Confederación Hidrológica del Ebro, quién le encargó que volara sobre la cuenca del río para sacar fotografías del terreno que facilitaran la parcelación[l]. Ruiz de Alda, desde hacía tiempo, estaba muy interesado en la fotogrametría, aunque en ese momento, al igual que Ramón y Pablo no sabía muy bien qué haría durante el resto de su vida.

El comandante decía que deseaba regresar a Melilla, pero en el fondo suspiraba por iniciar otra aventura como la de circunvalar el planeta; Rada había hecho público que se planteaba montar un negocio de automoción en Barcelona, pero sabía que si en abril de 1927 —tal y como sospechaba— Ramón despegaba con rumbo oeste y cargado de combustible hasta los topes, en busca de otra aventura, él lo seguiría; el único que sabía lo que iba hacer era Juan Manuel Durán: mientras Julio era homenajeado en Estella, el marino acompañó al comandante del Buenos Aires a Cartagena para despedirlo porque regresaba a Argentina; Durán, tan sólo ansiaba descansar y volver a su base de Barcelona.

A Ramón y Julio las obligaciones protocolarias seguían marcando su agenda. En junio viajaron a Bruselas y París; con ellos también fue Carmen, la esposa de Ramón. En Bélgica los recibió el rey y en París los agasajó el Aeroclub de Francia en una recepción liderada por su vicepresidente el conde de la Vaulx.

De compromiso en compromiso, discurrió la vida del navarro Julio Ruiz de Alda hasta los sanfermines, cuando se reunió para celebrarlos en Pamplona con su compañero de viaje a la Argentina: el jerezano Juan Manuel Durán. No podía imaginarse entonces Julio con qué brutalidad es capaz de romper el destino los proyectos de cualquier individuo.

Juan Manuel Durán siempre se distinguió por su sentido de la disciplina. Ramón, que se molestó mucho cuando el almirante Cornejo impuso su presencia a bordo del Plus Ultra, terminó reconociendo las virtudes de Durán. Su principal cometido en la expedición era representar a la Marina, porque el ministro no quiso privar a la Armada del honor de participar de modo activo en el glorioso vuelo a la Argentina. Durante la travesía, Ramón lo trató con deferencia y consintió en que tomara los mandos del hidroplano durante breves intervalos de tiempo, mientras él descansaba. El trayecto más complicado, desde Porto Praia a la isla Fernando de Noronha lo hizo a bordo del Alsedo para aligerar la carga del Plus Ultra; era parte de lo acordado cuando Ramón lo aceptó a bordo. El joven oficial sobrellevó con entereza su papel secundario en la aventura y eso le ganó el aprecio de sus compañeros de vuelo. Ramón estaba empeñado en continuar el raid desde Buenos Aires, para regresar a España por América del Norte. Al joven oficial de Marina le parecía una idea un tanto descabellada porque ponía en peligro un triunfo extraordinario que ya habían alcanzado, sin que fuera a reportarles beneficios adicionales, incluso cabía la posibilidad de que la gente se cansara de ellos. El sentido de disciplina de Durán lo obligó a mantener sus puntos de vista dentro de un estrecho círculo de allegados sin que trascendieran a la opinión pública. Además, para conseguir el beneplácito del Gobierno, en su afán por continuar el raid, Ramón Franco trató de minimizar ante sus jefes el riesgo que la operación conllevaba. Para seguir el juego impuesto por su comandante, tanto Alda como Durán, mantuvieron la tesis de que el vuelo había resultado menos azaroso de lo que en realidad fue. Sin embargo, no estuvo exento de complicaciones serias en casi todas las etapas. En algunos tramos del viaje el hidro fue zarandeado por los vientos con gran violencia y, según noticias publicadas por la prensa americana, antes de llegar a Fernando de Noronha la situación fue tan crítica, en algunos momentos, que Rada y Ruiz de Alda se ofrecieron a sacrificarse voluntariamente por la misión, saltando al agua para aligerar el peso de la nave si fuera necesario.

A su regreso a España, Durán participó en las fiestas de Huelva, Sevilla y Jerez y en los actos que se celebraron en Madrid a mediados de abril. A principios de mayo se retiró a Jerez para pasar unos días con su familia, aunque en su ciudad natal lo abrumaron con nuevos agasajos. A finales de mayo se incorporó a su destino en Barcelona. Allí también se vio obligado a asistir a homenajes, aunque tuvo tiempo para escaparse a Murcia y Cartagena en moto. A principios de julio viajó a Pamplona, invitado por su amigo Julio Ruiz de Alda, para pasas los sanfermines con él y de allí se fue a Biarritz. El 16 de julio ya estaba de vuelta en Barcelona para asistir a la fiesta en honor de la Virgen del Carmen que se celebró en el crucero Cataluña.

El 18 de julio, Durán participó en unas maniobras navales. Su misión, al mando de una escuadrilla de aviones Martynside, era la de efectuar un simulacro de ataque a una escuadra de barcos que se dirigía a Barcelona con la supuesta intención de bombardearla. Los buques venían de Mahón. Los aviones efectuaron el ejercicio con éxito y cuando regresaban, en formación, Durán dio la orden de romper filas a las 08:50 horas. En esta maniobra su avión chocó con el del alférez de navío García Cherlo. El avión de Durán cayó al mar, mientras que el alférez logró aterrizar en la playa de Casa Antúnez, con el aeroplano muy dañado, pero sin que el piloto sufriera heridas de importancia. Desde un dirigible, que se encontraba cerca del lugar del accidente, a 50 metros de altura, al ver lo ocurrido y sin dudarlo, el teniente de navío Núñez saltó al mar; el marino nadó hasta el avión de Durán que se hundía y consiguió separarlo del aparato. Herido de extrema gravedad, Juan Manuel miró a su compañero con los ojos muy abiertos, antes de perder el conocimiento. Núñez mantuvo a flote a Durán, como pudo, hasta que llegó una lancha de los buques de la Marina, que, al ver el accidente, se dirigieron hacia el lugar del suceso a toda máquina. La canoa que los rescató pertenecía al buque Alsedo en el que embarcaron al herido. La tripulación reconoció inmediatamente al compañero de viaje con quien unos meses antes había navegado desde Porto Praia a Fernando de Noronha. Durán tenía heridas en la cabeza y el pecho de las que no se pudo recuperar y falleció a bordo del Alsedo antes de llegar a Barcelona. Lo último que vieron sus ojos fue el rostro del valiente Antonio Núñez, nacido en Ferrol y compañero de promoción de Juan Manuel Durán, que con absoluto desprecio de su propia vida se lanzó desde el dirigible al mar para socorrer a su compañero.

El 19 de julio, cuando Ramón Franco se enteró de la muerte de Juan Manuel, tenía previsto viajar a Ferrol. Fue un duro golpe para Ramón, Julio y Pablo, incluso para Carmen que apreciaba a Durán por sus cualidades personales y también porque era «un chico muy guapo». Pablo Rada fue el primero en contactar con la familia del difunto y sobre el ataúd del teniente de navío, al día siguiente de su muerte, había un gran ramo de flores que le dedicaba el mecánico. Julio diría que, en el Plus Ultra, Rada era «la anguila» y Durán «la sonrisa».

 

La boda de Pablo Rada

A Ramón Franco no lo destinaron a Melilla sino que ocupó una jefatura de grupo en los servicios centrales, en Cuatro Vientos, cerca del jefe de la Aeronáutica, Alfredo Kindelán. Daba la impresión de que sus jefes querían seguir de cerca sus actuaciones, hasta cierto punto imprevisibles.

La Comisión pro avión Ramón Franco que lideraba Prudencio Ayuela, a finales del año 1926 aún seguía recaudando dinero para financiar un segundo viaje de Ramón a la Argentina. En diciembre, Ayuela se reunió con Primo de Rivera en Madrid, y además de solicitarle apoyo para la realización de dicho vuelo, también insistió en la conveniencia de que España iniciara la línea aérea entre Sevilla y Buenos Aires con dirigibles, preferiblemente de fabricación española, diseñados por Torres Quevedo. Es difícil saber hasta qué punto Ramón instigaba a don Prudencio o al revés, pero en cualquier caso, desde que se hizo famoso, al aviador lo trataron de utilizar los poderosos en su propio beneficio en múltiples ocasiones y el piloto se dejaría arrastrar por ingenuidad o idealismo sin darse cuenta del trasfondo real de los asuntos. No tardaría mucho en sufrir, otra vez, las consecuencias de esta actitud.

En diciembre de 1926, el último mes del gran año de los héroes del Plus Ultra, falleció el intendente general de la Armada, don Ladislao Baamonde Ortega, abuelo de Ramón, en Ferrol, a los 95 años de edad; era el general más antiguo de España. Y ese mismo mes también se casó Pablo Rada.

Aunque el mecánico estuvo prometido con Pepita Pérez durante muchos años y a su vuelta de Argentina a Caparroso le expresó su deseo de contraer matrimonio con ella, en unos pocos meses en la vida de los enamorados se produjeron importantes quiebros. Pepita conoció a Pedro Busto, de Peralta, y Pablo a María Luque, también de Caparroso. Los novios de siempre rompieron su compromiso para casarse con otras personas y fijaron las bodas en la misma fecha: el 28 de diciembre. Sin embargo la de Pablo se celebraría en Caparroso y la de Pepita en Marcilla, donde vivía su novio.

El 19 de diciembre se leyeron las amonestaciones y el domingo 26 llegó a Caparroso Ruiz de Alda. Al día siguiente lo hicieron Ramón Franco y su esposa Carmen. Surgió un problema grave y es que el cura no había recibido el permiso militar sin el cual se negó a celebrar la boda. El comandante tomó la iniciativa y organizó el traslado a Madrid de la comitiva nupcial en dos coches. Salieron de Caparroso el lunes 27 a las 16:30 horas y pasaron toda la noche y parte de la madrugada en la carretera, aunque tuvieron que hacer numerosas paradas por culpa del frío, la nieve y el hielo. En la capital, Ramón se encargó de buscar un cura y una iglesia para los novios. En la parroquia del Inmaculado Corazón de María, de la calle del Buen Suceso se celebró la boda de Pablo y María esa misma tarde. Ramón ofició de padrino; la señora Garcés, hermana de Rada, de madrina. A la ceremonia, en la que el mecánico vestía un smoking impecable y la novia un hermoso vestido blanco, acudieron familiares y pocos amigos, pero cuando la gente se enteró de que Pablo Rada se estaba casando empezó a congregarse una multitud en los alrededores de la iglesia. Como siempre ocurría aquel año, la presencia de los aviadores del Plus Ultra era un motivo de atracción irresistible para la gente. Fueron testigos de la boda dos personajes un tanto singulares: Simón Maturana, expresidente de la Diputación de Madrid y Carlos Zapater, un acaudalado argentino que se había hecho íntimo amigo de Rada. Cuando se firmó el acta de la boda de Pablo y María en Madrid, en Marcilla, la antigua novia del aeronauta, Pepita, se había casado ya, sin contratiempos y tenía previsto viajar a América con su marido. El padrino de Rada y María Luque, Ramón, se llevó a novios e invitados a un hotel para celebrar el acontecimiento con champán.

Así finalizaba para Ramón Franco el año 1926 en que se convirtió en uno de los españoles más afamados de todos los tiempos. La revista Época consignó a las ocho figuras del año: el comandante Franco, Rusiñol, don Juan de la Cierva y Codorníu, Josefina Díaz de Artigas, Menéndez Pidal, Ramón y Cajal, el maestro Guridi y Catalina Bárcena.

 

 

[i] 13/3/1925 El Liberal, Ramón Franco y Alejandro Más de Gaminde, 15 días a Italia y Alemania, para inspeccionar material.

[ii] El corto vuelo del gallo, Jaime Salom, pg. 58.

[iii] 2/06/1925 ABC Procedente de Pisa llegó Ramón Franco que declaró que allí se está construyendo el hidroavión con el que el próximo año realizaría su raid a Sudamérica.

[iv] 28/3/1926 ABC, pg. 20.

[v] Revista Aérea Octubre 1925, Número 29. De España a la Argentina por el aire.

[vi] Coutinho inventó un modelo de sextante con horizonte artificial de burbuja. Esta tecnología no era nueva ya que existían otros modelos como los alemanes Marcuse (1905), Hartman (1912) y Lindt (1912), el Byrd de la Marina de Estados Unidos, el Wilson de un profesor de Harvard, el Schwarzschild, también alemán diseñado para su uso en dirigibles y globos, o el Booth del Royal Aircraft Establishment británico (1920). Report No. 198 Astronomical Methods in Aerial Navigation. K. Hilding Beij, Bureau of Standards.

[vii] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 46.

[viii] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 47.

[ix] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg.130.

[x] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg.51.

[xi] 01/09/1926 El Imparcial de Madrid

[xii] Ramón Franco, el hermano maldito, Ramón Garriga pg. 66.

[xiii] Revista Hispanoamericana de letras ciencias y artes. Enero 1926.

[xiv] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 89.

[xv] 22/01/1926 La Voz

[xvi] 22/01/1926 La Nación, pg.3

[xvii] En el libro De Palos al Plata (pg.137) dice que se despidieron del gobernador el día 30, pero debe ser un error.

[xviii] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg. 190

[xix] 03/02/1926 La Libertad

[xx] 02/02/1926 El Sol, pg.3

[xxi] 03/02/1926 La Libertad

[xxii] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg. 244

[xxiii] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 232.

[xxiv] Las etapas del raid fueron cubiertas en los tiempos y con las distancias siguientes:

Palos-Las Palmas…………..      1200 km.           8 h.                       Media 163 km. hora

Las Palmas-Porto Praia…       1745 “              9 h. 50 m.              “       178     “

Porto Praia-Noronha             2805 “             12 h.   40 m.            “       181     “

Noronha-Pernambuco            540   “              8 h. 38 m.              “       150     “

Pernambuco-Río de Janeiro 2100 “              12 h. 15 m.             “       171     “

Río de Janeiro-Montevideo   2080 “              12 h.   5 m.              “       171     “

Montevideo-Buenos Aires       220 “              1 h. 11 m.              “       188     “

_____________________

10 270 km.         59 h. 39 m              “       172       “

De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 239

[xxv] El Plus Ultra en Buenos Aires, Félix Ortiz y San Pelayo pg.21

[xxvi] 02/05/1926 La Nación, pg. 2

[xxvii] Mi vida con Ramón Franco, contada a José Antonio Silva, pg. 43. Silva se pregunta a qué regreso se refiere el rey. Parece que Ramón pasó sobre Noronha y al ver que no llegaba a Recife optó por regresar a la isla. Según Silva este es un punto que Ramón ocultó siempre cuidadosamente. De acuerdo con el libro de Ramón y Julio Ruiz de Alda, De Palos al Plata, y la conferencia que pronunció Ruiz de Alda en Montevideo, el Plus Ultra amerizó antes de llegar a Noronha porque se hizo de noche y lo notificaron vía radio. No se puede descartar que el monarca recibiera información incorrecta y pensara que amerizaron después de pasar la isla de Noronha.

[xxviii] 11/02/1926 El Liberal de Madrid pg.8

[xxix] 17/02/1926 La Nación pg. 3

[xxx] 11/02/1926 El Heraldo de Madrid, Edición de la noche

[xxxi] 7/04/1926 El Liberal de Madrid

[xxxii] 11/02/1926 Heraldo de Madrid: Toda la prensa francesa del día 11 de enero dedicó un extenso espacio en primera plana al vuelo de Ramón Franco y en particular el Petit Parisien

De Pinedo: «Es verdaderamente cierto que las cualidades humanas encierran todavía el factor determinante de los éxitos. No fue el radiogoniómetro el que hizo que el comandante Franco hallara la islita de Noronha sin dificultad, sino los diez años de experiencia que lleva Franco en los vuelos sobre zonas desconocidas…».

Joseph Sadi-Lecointe: «El vuelo ha sido magnífico, admirable, principalmente por la regularidad demostrada a pesar de las condiciones adversas».

René Fonck: «Me alegro infinito del hermoso vuelo del comandante Franco y sus compañeros que han demostrado la posibilidad de una comunicación aérea regular entre Europa y Sudamérica en fecha no lejana…».

17/02/1926 Referencias a artículos de prensa estadounidense publicados por La Nación:

«España puede sentirse dos veces descubridora del Nuevo Mundo. Lo que no pudo soñar Colón lo ha realizado un compatriota suyo, si es verdad que colón nació en Galicia. De todos modos ha sido un bravo hijo de España el que ha descubierto las seguras rutas del aire, y esta envidiable prerrogativa nadie podrá arrebatársela a ese país, que cada día entra más en el aprecio del pueblo americano». The New York Times

«Sabíamos que los españoles eran valientes soldados y buenos marinos, llenos de nobleza y altivez, pero ignorábamos que también en los nuevos adelantos ocupaban un lugar de distinción. La repentina fama que el viaje del Plus Ultra le ha dado es digna de la que tenían sus soldados y sus marinos cuyo valor nosotros pudimos poner a prueba. Su triunfo en el aire la capacita, aun en contra de todos sus enemigos, para mirar cara a cara a los pueblos mejor preparados para las contingencias de la guerra moderna. Quienes han triunfado en el aire sobre el mar triunfarán en el aire sobre cualquier campo de batalla. El triunfo de la Aviación española influirá en los estudios de defensa nacional de nuestro país». The World

«Sería injusto negar la gloria que España ha conquistado gracias al valor y la serenidad moderada d sus aviadores en el viaje del Plus Ultra. El comandante Franco, nuevo colón del aire, ha hecho por su Patria más que dos generaciones de políticos sin ideales patrióticos. Él puede servir de modelo a todos los que se lancen a tales aventuras a través del Atlántico, y su viaje será tan famoso en los tiempos venideros como hoy lo es aún, y lo será siempre, la llegada de colón a nuestro continente. Si pudiéramos sentir la envidia de las glorias nacionales, ya que no pudios descubrir este mundo, hubiéramos deseado la ventura de ser los primeros en cruzar el mar que nos separa de Europa; pero no nos entristece el triunfo de España, y compartimos con la noble nación el júbilo de este momento histórico». The Sun

«Muchos compatriotas nuestros, que no conocen las virtudes del pueblo español, sonreían cuando se anunció que estaban terminados los preparativos para cruzar el Atlántico a bordo de un hidroplano y recordaban para dar valor a su incredulidad el fracaso de los italianos, que perdieron su ruta…España es un pueblo sobrio, lleno de virtudes ancestrales, y después de tantas humillaciones debía tener esta hora de dicha, porque de ella era merecedora, por ser la que descubrió América». The New York Herald Tribune

«La actividad tan callada de los españoles preparando en medio de muchos peligros interiores y de fuera una empresa como la que está realizando el comandante Ramón Franco nos enseña nuevos puntos de vista, que permanecían ocultos en el fondo de ese pueblo que no hace muchos años causaba lástima a naciones prósperas. Pero España ha reaccionado, y después de su notable resultado en la última etapa de la campaña de Marruecos ha tenido la propia confianza de intentar la más portentosa audacia de los últimos tiempos cruzando el Atlántico antes que ninguna otra nación. Probablemente, si otra lo hubiera intentado, habría tenido el mismo éxito; pero lo cierto es que ninguna lo ha intentado. La gloria será siempre de España. A nosotros únicamente se nos ha ocurrido volar desde San Francisco a Hawai y hemos fracasado siempre. No diremos que no tenemos aviadores; será mejor decir que nuestra Aviación no tiene la organización perfecta que ha demostrado tener la española, sin nuestros recursos y sin la aparatosidad que nosotros tenemos». Y en este mismo diario, Brisbane escribe: «Ramón Franco, el experto y atrevido aviador español, ha terminado su vuelo a través del Atlántico desde España a Pernambuco. Su próxima escala será en Río de Janeiro y la última, Buenos Aires. Este viaje habrá de interesar a nuestro bien intencionado Departamento de Aviación, que hasta ahora ha fracasado siempre en sus esfuerzos de completar un vuelo desde California a Hawai, con la ayuda de varios hidroplanos». The New York American

27/02/1926 Referencia a artículo de prensa italiana publicado por el Heraldo de Madrid:

El vuelo del comandante Franco y de sus bizarros y tenaces compañeros no tiene tan solo un valor de energía técnica, lo mismo que las grandiosas acogidas en el Brasil en Uruguay y en Argentina no son tan sólo una viva expresión humana de admiración por la hermosa empresa. Significan más. El comandante Franco es un valiente soldado español, y valientes militares son sus compañeros de viaje. El itinerario recorrido a través del océano va de España a la América latina…Está seguro que las grandes y poderosas colonias italianas de América del Sur se han unido —con el mismo sentimiento con que escribimos estas palabras— a los honores merecidos que se hacen, con fraternidad de raza, al comandante Franco y a sus valientes compañeros». La Tribuna de Roma

[xxxiii] España cuatro meses de gloria, Federico de la Cuadra Durán, pg. 329

[xxxiv] España cuatro meses de gloria, Federico de la Cuadra Durán, pg. 349

[xxxv] 7/04/1926 La Libertad

[xxxvi] 9/04/1926 La Libertad pg.3

[xxxvii] 9/04/1926 La Nación pg.8

[xxxviii] Mi vida con Franco contada por José Antonio Silva pg. 53

[xxxix] 14/04/1926 Heraldo de Madrid

[xl] 16/4/1926 La voz pg. 3

[xli] 07/07/1926 La Nación

[xlii] 08/02/1926 El Sol pg. 3

[xliii] 08/02/1926 La Época

[xliv] 10/04/1926 El Sol Madrid

[xlv] 14/04/1926 La Voz pg. 8

[xlvi] 26/03/1926 El Sol

[xlvii] 27/06/1926 El Imparcial

[xlviii] Diciembre 1926, Madrid Automóviles, matriculación de vehículos en noviembre 1926

[xlix] 23/04/1926 La Nación pg. 3

[l] 22/05/1926 La Correspondencia Militar pg.5

 

 

de Francisco Escarti • Publicado en Aviadores