Ramón Franco- Libro tercero

RAMON FRANCO, EN EL CENTRO_

Durán, Ramón Franco y Ruíz de Alda

RAMÓN FRANCO, EL GRAN AVIADOR ESPAÑOL

Francisco Escartí

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© Francisco Escartí, 2017

 

LIBRO PRIMERO

LIBRO SEGUNDO

LIBRO TERCERO

 

 

 

LA INVENCIÓN DE UN HÉROE

 

 

 

El Alcione y un Dornier Wal sin nombre

A finales de 1924, Ramón Franco empezó a estudiar la posibilidad de efectuar lo que entonces se llamaba un raid, un vuelo largo, «que diera a conocer el valor de la Aviación española fuera de las fronteras, y al mismo tiempo sirviera para ganar honra y prestigio para España». Ramón ya era famoso y con este viaje pretendía consolidar su posición como uno de los grandes pilotos de la Aeronáutica Militar en su país y en el resto del mundo.

Acababa de casarse con Carmen y, cuando no estaba de servicio, dedicaba todo su tiempo libre a estudiar con detalle el proyecto. Llegó a la conclusión de que el vuelo al río de la Plata, en Buenos Aires, demostraría la posibilidad de enlazar el sur del continente americano con España y realzaría los lazos de unión entre los países latinos. Para llevarlo a cabo hacía falta un hidroavión, y él era el piloto más competente de la Aeronáutica Militar en este tipo de aeroplanos, una capacidad que ya había demostrado en su vuelo a Canarias, en enero de 1923. Sin embargo, el Dornier Wal, con los motores que disponían los de la aviación española, no serviría, porque necesitaba que el hidroavión contara con un alcance de unos 3000 kilómetros, aunque faltaba poco. Ramón concluyó que aquel vuelo poseía un extraordinario atractivo político y a la vez encajaba perfectamente con su experiencia aeronáutica. Habló del asunto con el general Soriano, director de la Aeronáutica, que se mostró entusiasmado con la idea y empezó a realizar una serie de gestiones por su cuenta. También se entrevistó con Emilio Herrera para preguntarle detalles sobre la meteorología de la ruta; el ilustre ingeniero hacía tiempo ya que había concebido la idea de una compañía de transporte aéreo entre Sevilla y Buenos Aires, que operase con dirigibles de cuerpo rígido. Compró libros y cartas náuticas y obtuvo del Observatorio de Hamburgo un informe meteorológico detallado y un resumen de los estudios que se habían hecho para las travesías aéreas sobre el Atlántico.

El proyecto de Ramón, con el apoyo del general Soriano, pero sin ninguna autorización oficial, continuaría tomando forma a lo largo de 1925. En el mes de marzo, se desplazó a Alemania y a Pisa[i]. El Gobierno había decidido comprar otros 4 Dornier Wal para apoyar el desembarco de Alhucemas, sin embargo el último de estos aparatos no podría entregarse hasta el 15 de septiembre. Ramón consiguió autorización del general Soriano para que este avión lo equiparan con motores Napier Lion de 450 HP, más potentes, y así pudiera servir para efectuar el vuelo previsto por el aviador.

Durante los seis primeros meses de 1925, Ramón se desplazó a Madrid muchas veces y por motivos diversos, hizo algún curso, viajó al extranjero, y habló con muchos colegas en relación con el raid que llevaba en la cabeza. Con el ingeniero Emilio Herrera intercambió información en varias ocasiones. Herrera estaba destinado en Cuatro Vientos y tenía el encargo de construir un túnel de viento para la Aviación Militar española. En 1925, a los 46 años, el militar había iniciado una nueva etapa profesional, apartado de la primera línea de acción y dedicado a la ciencia y la tecnología. Era vicepresidente de la Sociedad Matemática Española y dos años antes había acompañado a Einstein mientras estuvo en España. Mantenía buenas relaciones internacionales, hasta el punto de que por sugerencia suya los brasileños cedieron la isla Penedo de San Pedro a Portugal, en reconocimiento a que allí habían tomado mar los portugueses Sacadura Cabral y Gago Coutinho, en su histórico vuelo de Lisboa a Río de Janeiro, en 1922, con su endeble hidroavión.

En Madrid, Ramón solía acudir a la calle Fuencarral para visitar a su padre que siempre le preguntaba por el raid y seguía con atención sus progresos. Don Nicolás se había retirado en 1924, pero su temperamento seguía siendo el mismo. La hermana de Ramón, Pilar, también vivía en Madrid, casada con Alfonso Jaraiz, ingeniero de caminos y en 1916 tuvieron una hija, también Pilar, que fue la primera nieta de don Nicolás. Los hijos de Alfonso y Pilar Franco visitaban a su abuelo de vez en cuando y él los recibía con interés aunque se cansaba muy pronto de ellos; era Agustina quién trataba de hacerles la estancia entretenida con obsequios y palabras cariñosas. Nicolás, el hermano mayor de Ramón, durante la Gran Guerra se había pasado a la industria privada para fabricar barcos de los que había una gran demanda. Juerguista, mujeriego, divertido y vividor, cuando pasaba por Madrid también solía acercarse a la casa de su padre[ii]. El único que jamás se dejaba ver en el piso de don Nicolás era Paco, el jefe de la Legión.

Ramón encajó, pieza a pieza, el equipo y la configuración del hidroavión con el que pensaba volar al río de la Plata. Además de una motorización más potente, depósitos de combustible adicionales y refuerzos en la célula, creyó que sería útil llevar a bordo un radiogoniómetro para la navegación. El goniómetro detectaría la dirección desde la que se recibiera una estación de radio y si localizaba, dos o tres, la intersección de estas líneas le serviría para situar la posición del aeroplano. Las radios terrestres de Cabo Verde o Pernambuco eran muy potentes y también podría beneficiarse de las que llevaban a bordo los barcos que encontrara en la ruta. Al parecer, nadie había utilizado hasta entonces esta técnica para determinar su posición geográfica en una aeronave en el Atlántico Sur. En cuanto a la radio, Ramón ya la había utilizado antes y le parecía imprescindible, sobre todo la radiotelegrafía con la que se podían enviar mensajes que cualquier buque que los recibiera sabría descifrar. Además del gonio y la radio también tendría que auxiliarse de un derivómetro, un sextante, la brújula y un reloj. Ramón no poseía una sólida formación técnica y pensó que su acompañante debía contar con conocimientos de navegación, radiotelegrafía y algo de electrónica para reparar los equipos, si fuera necesario, durante el viaje. Solicitó ayuda a su amigo, el capitán Mariano Barberán, para completar la lista del material que necesitaba y trazar las rutas idóneas que lo llevaran hasta Buenos Aires. El ingeniero y piloto se entusiasmó con el proyecto y se entregó por completo a las labores preparatorias del vuelo a Buenos Aires. Había nacido en Guadalajara un año antes que Ramón, en 1895, salió de la escuela de Ingenieros en 1917 y al año siguiente ingresó en la aviación. Barberán mandaba una escuadrilla de sesquiplanos Breguet en Melilla y con Ramón empezó a efectuar largos vuelos con el Dornier Wal para elaborar la tabla de derivas. Barberán se dio cuenta enseguida de que no sería sencillo instalar el cuadro del gonio en el hidroavión, al llevar los motores en la mitad del fuselaje. Se le ocurrió que una solución podría ser poner otro cuadro, en paralelo.

El proyecto de Ramón avanzaba, sin que Soriano dispusiera todavía del consentimiento del Gobierno; sin embargo, en junio la prensa ya hablaba del vuelo que estaba preparando el capitán Ramón Franco a América del Sur.[iii]. En julio de 1925, el general Soriano pidió a los dos aviadores que le presentaran un proyecto detallado y por escrito. En la memoria que Ramón y Mariano Barberán hicieron llegar al director de la Aeronáutica, el 22 de julio[iv], justificaban su raid por ser un elemento de prestigio para la aviación española y un símbolo de unión fraternal entre España y América del Sur. Trataron de minorar el riesgo de un fracaso dados el máximo alcance de la aeronave, las características de la ruta a seguir, la fiabilidad del Dornier Wal y las técnicas de navegación que emplearían. Según los pilotos el hidroavión podría navegar hasta 3400 kilómetros y la distancia loxodrómica entre Porto Praia y Natal, la etapa más larga, era como máximo de 2800 kilómetros; sin embargo esta etapa se podía acortar en unos 400 kilómetros, en caso de que fuera necesario, si se hacía sobrevolando Fernando de Noronha y también se contaba con la ventaja de que los vientos alisios soplaban a favor. El Dornier Wal era un hidroavión excelente, cuya robustez y fiabilidad la habían podido constatar durante 1924, en un escenario de guerra como el de Marruecos y en cualquier caso volarían con un mecánico cualificado para resolver los problemas que surgiera durante la travesía. Con respecto a la navegación, pensaban recurrir al método tradicional de navegación por estima, con tablas de deriva y un derivómetro, completada con navegación tradicional marítima con sextante, auxiliándose de la radiogoniometría a unos 500 o 600 kilómetros de los lugares de destino. Los radiogoniómetros ya se habían empleado en otros vuelos, el pionero fue el Seabird, en 1919, que efectuó la travesía sin escalas de Londres a Madrid y utilizó esta tecnología. Los portugueses Coutinho y Sacadura Cabral demostraron, en 1921, que la aviación podía emplear los mismos métodos que la navegación marítima para seguir una ruta. Estos dos aeronautas, despegaron de Lisboa rumbo a Madeira después de que un buque, el Porto, tomara el mismo rumbo y cuando lo sobrevolaron, según el barco estaban a 151 millas de Lisboa y de acuerdo con los aviadores a 146. Para los pilotos españoles, este error de 5 millas les parecía insignificante, quizá no les hubieran salido las cuentas expresado en porcentaje (4%), que en una travesía de 2305 kilómetros, de Praia a Fernando de Noronha, daba una cifra del orden de 100 kilómetros. Es cierto que desde una cierta altura una isla o la línea de la costa se divisan a gran distancia, aunque también es posible que únicamente se vea cuando se encuentre muy cerca, depende de las condiciones atmosféricas. En cualquier caso, se trataba de hacer ver al mando que el raid a Buenos Aires, desde Cádiz, no era ninguna locura y contaba con plenas garantías de éxito. De no ser así, el Gobierno jamás asumiría el riesgo de un fracaso. En total planificaron 11 etapas, para un viaje de ida y vuelta. En la ida, la primera, de Cádiz a Las Palmas (1275 km), la segunda, de Las Palmas a Cabo Verde (1700 km), la tercera, la más complicada, podía terminar en Fernando de Noronha (2305 km) o en Natal (2635 km), según fueran las cosas, la cuarta, de Natal a Río de Janeiro (2300 km) y la quinta, de Río a Buenos Aires (2225 km). La vuelta se haría en seis etapas porque planearon hacer escala en Fernando de Noronha; de allí para ir a Las Palmas, en vez de pasar por Cabo Verde lo harían por Bisáu. El trayecto más complicado era el de Porto Praia (en Cabo Verde) a Natal y por eso dejaron abierta la posibilidad de hacer escala en la isla de Fernando de Noronha que tiene unos 13 kilómetros de longitud y un pico, La Pirámide, que se eleva 243 metros; en función de la meteorología y la gasolina que les quedara al avistar Fernando de Noronha, tomarían la decisión de seguir hasta el continente o amerizar en las proximidades de la isla[v].

Desde un punto de vista estrictamente aeronáutico, el vuelo en sí no poseía nada que fuera extraordinariamente novedoso. En 1919 John Alcock y Arthur Brown efectuaron el primer salto a través del Atlántico Norte sin escalas, con un Vickers Vimy, desde San Juan, Terranova, a Connemara, Irlanda. Recorrieron 3040 kilómetros en 15 horas y 57 minutos y consumieron 3900 litros de combustible. El vuelo fue una auténtica odisea, a través de la niebla, atravesaron una fuerte tormenta de nieve, se helaron los instrumentos, se les rompieron algunos mandos y tuvieron un aterrizaje muy duro. Navegaron por estima y con ayuda de un sextante que apenas pudieron utilizar por culpa de la meteorología; los británicos ganaron el premio del Daily Mail, dotado con 10 000 libras. Siete años antes que Ramón Franco y Barberán propusieran su raid, dos británicos habían efectuado un vuelo a través del océano cuya magnitud, en todos los sentidos, era equiparable o superaba al proyecto de los españoles. Con respecto al Atlántico Sur, dos portugueses, Sacadura Cabral y Gago Coutinho, en marzo de 1922, realizaron el primer vuelo de Lisboa a Río de Janeiro. Salieron de la desembocadura del río Tajo el 30 de marzo de 1922, en un hidroavión Fairey con motor Rolls Royce. La primera etapa los llevó a Las Palmas y de allí despegaron rumbo a Cabo Verde, donde tomaron mar con averías y se vieron obligados a permanecer durante doce días para que les arreglaran el avión. De Cabo Verde volaron a los islotes de San Pedro y San Pablo, en Brasil, amerizaron con mala mar, y el hidro se hundió. Los recogió un crucero de la Marina portuguesa que los llevó a Fernando de Noronha. El Gobierno portugués les mandó otro avión con el que el 11 de mayo de 1922 volvieron a despegar y cuando sobrevolaban San Pedro y San Pablo tuvieron que amarar debido a que les falló el motor. Permanecieron 9 horas en el mar hasta que los recogió un carguero británico y los llevó, otra vez, a Fernando de Noronha. El Gobierno les envió otro avión que lo transportó un buque portugués hasta San Pedro y San Pablo. De allí despegaron rumbo a Recife y después de hacer varias escalas llegaron a Río de Janeiro el 17 de junio de 1922. El famoso aviador Santos Dumont esperaba a los navegantes para darles un abrazo. En Brasil fueron aclamados como héroes por haber completado la primera navegación aérea a través del Atlántico Sur, con la ayuda exclusiva de la navegación astronómica. Gago Coutinho utilizó un sextante, con un horizonte artificial de su invención[vi], para situarse durante la travesía. Cuatro años antes de que Ramón Franco concibiera su vuelo a Buenos Aires, dos portugueses ya habían cruzado el Atlántico Sur, aunque para ello tuvieran que emplear tres hidroaviones que no demostraron resultar idóneos para ese tipo de navegación. El Dornier Wal que pensaba utilizar Ramón era un hidroavión mucho más sólido y fiable que el Fairey de los portugueses, concebido principalmente para operar en lagos y estuarios.

A pesar de que el proyecto de raid de los aviadores españoles no resultara extraordinariamente novedoso desde una perspectiva estrictamente aeronáutica, poseía una fuerte carga emocional al establecer un enlace entre España y naciones de habla hispana en América del Sur. El valor simbólico del gesto cobraba más fuerza si el despegue se hacía en el mismo lugar en el que Cristóbal Colón había zarpado de España con sus tres carabelas. La puesta en escena de un redescubrimiento de América con una máquina que representaba la modernidad, poseía connotaciones muy populistas a las que Primo de Rivera, el dictador, era muy aficionado. Y había otra cuestión relacionada con el prestigio de la aviación española en el mundo. Los grandes vuelos, o raids, hasta la fecha, los habían protagonizado en la mayoría de los casos pilotos franceses, británicos y estadounidenses. Sin embargo, los italianos se mostraban durante los últimos años muy activos. En julio de 1925, el marqués de Pinedo y su mecánico Ernesto Campanelli habían llegado a Sídney desde Roma, en un hidro Savoia, y tenían intención de volar hasta Tokio antes de emprender el regreso a Italia, con lo que completarían un fantástico raid de 56 000 kilómetros. Además, este no era el único que tenían en marcha los italianos, incluso se sabía que el marqués de Casagrande estaba preparando una expedición para cruzar el Atlántico Sur. La aviación española, corría el riesgo de quedarse completamente al margen de aquella competición mundial de grandes vuelos que anunciaba el principio de un nuevo modo comercial de transporte: el aéreo.

Todo parecía jugar a favor de que Ramón Franco y Mariano Barberán conseguirían que el Gobierno otorgara la autorización necesaria a su proyecto. Sin embargo, en julio de 1925, el dictador y sus más estrechos colaboradores estaban absortos en los preparativos del desembarco de Alhucemas. El general Soriano permitió que Ramón siguiera adelante con sus planes, pero todavía no contaba con la bendición final de Primo de Rivera sin la cual el raid no podría despegar.

A finales de agosto surgió un problema que Ramón no esperaba. Su amigo Mariano Barberán discutió con otro capitán, también jefe de escuadrilla del grupo Breguet, Arias Salgado, y se enzarzaron en una pelea con bofetadas e insultos que hizo que los dos fueran arrestados. A Mariano la solución al conflicto que crearon los dos oficiales, que finalmente decidió el mando, le pareció muy injusta y pidió la baja voluntaria de aviación. Barberán pasaría alejado de la aviación hasta 1927 y en 1932 protagonizó junto con Joaquín Collar un extraordinario vuelo de Sevilla a Camagüey, en Cuba, con el Cuatro Vientos, que duró 39 horas y 55 minutos; de allí despegaron hacia México y desaparecieron. Pero eso ocurrió cinco años después y en 1925 Ramón se quedó sin pareja.

De no haberse partido la cara el impulsivo Barberán con Arias Salgado, muchas cosas habrían cambiado en la historia de la aviación española. A Ramón no le vino mal porque la presencia de Mariano a bordo le hubiera restado protagonismo. En septiembre, se vio en la necesidad de reponer aquella lamentable baja a toda prisa. Se trasladó a Madrid, habló con el general Soriano y dos de las personas que tenía en mente no se decidieron a incorporarse a su proyecto. Recibió ofertas de voluntarios y al final optó por el navarro de Estella, amante de la fotogrametría, observador, piloto, y una persona con la cabeza bien dotada para las matemáticas: Julio Ruiz de Alda.

El Dornier Wal del raid de Ramón Franco estaba previsto que se entregaría en septiembre, pero afortunadamente se retrasó hasta octubre. Aunque Ramón se opuso a que los pilotos italianos hicieran las primeras pruebas, en Marina de Pisa, el mando español les autorizó a que las completaran y el aviador español se quedó en España muy ocupado con las operaciones del desembarco de Alhucemas. Al mismo tiempo, Julio hacía un esfuerzo extraordinario para ponerse al día y familiarizarse con los detalles del proyecto.

Julio podría hacer de navegante y segundo piloto, pero su tripulación necesitaba un mecánico. En la base había muchos y buenos, aunque lo más importante es que no se marease a bordo con el hidro meciéndose sobre las aguas, porque un excelente mecánico mareado no servía para nada. Que no pesara mucho también era otra ventaja y que conociera los motores Napier Lion, algo imprescindible. Ramón andaba dándole vueltas al asunto del mecánico cuando se le aproximó Pablo Rada que volaba habitualmente con él. Era un muchacho de pocas palabras, escaso peso, decidido, valiente y sacrificado. Salía en pleno vuelo de la carlinga, sin miedo a las quemaduras de los gases de escape ni a las hélices, para reparar cualquier avería y dormía en el hidro si necesitaba prepararlo para volar al amanecer. Ramón le preguntó si conocía bien los motores Napier Lion y Pablo le dijo que sí, aun así y todo, el aviador envió al mecánico una temporada a la escuadrilla que disponía de aviones con ese tipo de motor.

Pablo Rada Ustarroz había nacido en el año 1901, en Caparroso, Navarra. De joven aprendió el oficio de su padre, carpintero, luego se hizo mecánico y a los 19 años entró en una empresa azucarera. De ideas revolucionarias, estuvo detenido en 1920 por su intervención en una huelga y lo despidieron de la fábrica. En Valencia estudió mecánica en un centro profesional y después se trasladó a Las Palmas para trabajar en una empresa de transporte marítimo. Fue llamado al servicio militar, destinado a Burgos y pidió el ingreso en Aviación donde, por oposición, obtuvo una plaza de mecánico. Ramón tenía fe en Pablo, sabía que de poco iba a servir su pericia como piloto ni la de la tripulación como navegantes si su mecánico no era capaz de resolver los problemas que surgirían a lo largo del vuelo. A pesar de que el Dornier Wal era un excelente hidroavión, las averías serían inevitables y cualquiera de ellas daría al traste con el raid si no se subsanaba a tiempo y de forma correcta. Su experiencia en la guerra le había demostrado que era infinitamente más fácil que su hidroplano tuviera que hacer un amerizaje forzoso por un problema mecánico que fuese derribado por el fuego enemigo.

El mismo mes que ascendió Ramón Franco a comandante, esta vez por méritos de guerra, en octubre de 1925, se desplazó con Julio Ruiz de Alda a Marina di Pisa para recoger el hidroavión Dornier Wal con el que pensaban cruzar el océano. Cuando llegaron a la fábrica, Ramón se disgustó al comprobar que ya se habían efectuado una serie de pruebas con los motores, en ausencia suya, que faltaba instalar los aparatos de radio y que, en general, daba la impresión de que los operarios no se afanaban por acabar los trabajos pendientes. Aquella lentitud tenía una explicación: los italianos querían darle una cierta ventaja al marqués de Casagrande que hasta el 4 de noviembre no pudo despegar de Italia para iniciar su raid en el que también pretendía cruzar el Atlántico Sur. Sin embargo, nada más llegar a Barcelona, Casagrande tuvo que hacer un alto para que le reparasen el sistema de radiotelegrafía.

Ramón estudió los resultados de las pruebas de motor y comprobó que, con 1500 kilogramos de carga, el hidro volaba a 197 kilómetros por hora, y que era capaz de despegar con 3120 kilogramos de carga útil con el viento en calma y el mar ligeramente movido. Para aceptar el aparato, Ramón hizo algunas pruebas complementarias.

Por fin, el 12 de noviembre salieron de Marina di Pisa, rumbo a Barcelona, que era la primera etapa de su viaje a Melilla, donde pensaban completar la preparación del vuelo trasatlántico. Con ellos viajaba el mecánico Marquardt que estaba destinado en Melilla y había acudido a Marina di Pisa para trabajar en el hidro. Nada más arribar a Barcelona se enteraron de que Casagrande había despegado el día anterior y que estaba en Los Alcázares.

Al día siguiente, antes de salir, al revisar el aeroplano observaron que los enganches de los capós del motor trasero se habían roto; si se hubiesen desprendido, la hélice habría sufrido daños y quizá también el timón de cola. Los arreglaron de la mejor forma que pudieron y se dieron cuenta de lo fácil que iba a ser tener un problema serio, si no actuaban con el máximo cuidado. Al despegar de Barcelona, cuando el hidro alcanzó los 100 kilómetros por hora, con el mando atrás tendría que haber despegado, pero no fue así. La velocidad subió hasta 150 kilómetros por hora y el avión continuaba pegado al agua. Ya sin espacio para detenerse, Ramón bajó de golpe las revoluciones de los motores y el hidro se elevó pasando a pocos metros sobre los palos de los veleros. El problema, durante el despegue, se debió a que los ejes de las hélices quedaban demasiado altos y ejercían un par de picado, que al reducir la tracción desapareció, el avión encabritó ligeramente y con la velocidad que llevaba ganó enseguida la sustentación necesaria para elevarse; Ramón supuso también, que la estiba se había adelantado más de lo aconsejable. Y así fue porque cuando el mecánico comprobó la carga se dio cuenta de que todo el combustible ocupaba los bidones de la parte delantera. Corrigieron el desequilibrio y el hidro ganó velocidad, alcanzando los 200 kilómetros por hora en algunos tramos. Al llegar al cabo de San Antonio llovía a mares y tenían que volar a menos de 100 metros de altura para no meterse en nubes repletas de agua donde la visibilidad era nula. El tiempo mejoró un poco, pero antes de alcanzar Alicante el mecánico le pasó una nota a Ramón diciéndole que el motor trasero se había averiado y podría incendiarse. Tuvieron que amarar frente a Villajoyosa donde Marquardt hizo un arreglo y siguieron navegando un rato, a 12 nudos, sobre el agua. Aprovecharon para merendar, el mecánico hizo más arreglos y dijo que ya podían encender el motor trasero. Despegaron, y aunque el plan inicial era volar directos a Melilla, Ramón decidió amerizar en Los Alcázares. El último trayecto lo hicieron con Julio encima de un bidón, bombeando a mano gasolina mientras el motor cada cierto tiempo se paraba y el hidro perdía altura casi hasta rozar las crestas de las olas. En Cartagena amarraron el hidro junto a otro cuyo nombre, Alcione, les dio enseguida la pista de quien era su propietario: el marqués de Casagrande, en su segunda etapa hacia Argentina. Entonces Ramón se dio cuenta de dos cosas. La primera, que su hidroavión seguía sin bautizar[vii] y la segunda que aún no contaba con la autorización del mando para iniciar el raid. Miró el Alcione con curiosidad: era un Savoia S-55, de diseño y fabricación italiana; un impresionante hidroavión, de mayor envergadura y peso de despegue que su Dornier Wal. Quizá el marqués de Estella estuviese también pendiente de aquella máquina y su raid jamás obtendría su autorización si Casagrande tenía suerte. Sin embargo, Ramón pensó que era demasiado pronto para iniciar el vuelo, hasta diciembre o enero la meteorología no le sería favorable: «Si los aviones tienen alma, qué cambio de impresiones más interesantes tendrían aquella noche, el Alcione, ya en ruta hacia Buenos Aires, y nuestro Dornier, que aún no sabía si lograría autorización, para ello. La conversación de las máquinas, en el silencio de la noche y bajo las estrellas del cielo español, debió ser más sincera que la que hubo entre sus pilotos los dos días que comieron en la misma mesa y vivieron juntos en el pabellón de oficiales del Aeródromo de Lo Alcázares».[viii]

En Los Alcázares, Ramón y Casagrande tuvieron oportunidad de hablar durante mucho tiempo. El italiano propuso que hicieran el vuelo juntos, pero Ramón le dijo que él aún no contaba con la autorización de su Gobierno y que no pensaba, en ningún caso, salir hasta febrero o marzo. El marqués insistió mucho porque no le importaba esperar a Ramón en Las Palmas o cualquier otra escala, el tiempo que hiciera falta, incluso podían compartir los repuestos. El aviador español puso todas las excusas que pudo, reales e inventadas, para zafarse del compromiso de iniciar el viaje a Buenos Aires con el italiano. De las muchas conversaciones que mantuvieron, Ramón dedujo que Casagrande no estaba preparado para llevar a cabo aquella travesía. Sin un radiogoniómetro que funcionase en vuelo, ni instrumentos de navegación náutica convencional, ni derivómetro, confiaba en la estima y la posición que pudieran darle por radio los barcos que encontrara en la ruta.

El italiano y el español quedaron en salir juntos de Los Alcázares, tras el despegue uno se desviaría hacia Gibraltar y el otro seguiría a Melilla. Fue imposible porque los motores del Alcione se negaron a arrancar y Ramón, aburrido de esperarlo, lo dejó en Cartagena. En su viaje a Melilla probaron la navegación poniendo rumbo a la isla de Alborán que acertaron de pleno y les salió por la proa cuando por estribor se veía el cabo Tres Forcas y el monte Gurugú.

 

Cristóbal y Ramón

Nada más llegar a Melilla, Ramón se enteró de que el general Ricardo Soriano estaba en Tetuán y Primo de Rivera en Larache. Pidieron permiso para entrevistarse con ellos y cuando lo obtuvieron fueron con un hidro de la base de Melilla, primero a Tetuán, y con el general se desplazaron a Larache. A Primo de Rivera el proyecto le entusiasmó y les pidió que fueran a Madrid a verlo y les organizaría una visita con el ministro de Marina para que les prestara ayuda con algún buque de escolta de la Armada. Por fin, el Dornier Wal de Ramón conseguía que su misión contara con el beneplácito del Gobierno, aunque todavía no tuviese nombre.

Mientras informaban a sus jefes del raid, Casagrande sobrevoló Larache, venía de Gibraltar y se dirigía a Casablanca. Sin embargo, Ramón acertó cuando supuso que su rival jamás llegaría a Buenos Aires. En Casablanca el hidroplano del marqués quedó averiado durante bastante tiempo, hasta que le llegaron las piezas de Italia. Despegó rumbo a Las Palmas, pero el aparato volvió a averiarse y el italiano amerizó. Fue rescatado por un buque y remolcado hasta Casablanca donde llegó con el hidroplano en malas condiciones y su Gobierno decidió suspender el raid.

Con muy mal tiempo llevaron al general Soriano a Ceuta donde la meteorología los retuvo un par de días antes de que pudiesen emprender viaje de vuelta a Melilla. Allí les esperaba un montón de trabajo. Colocaron los soportes del derivómetro, dos brújulas magistrales, compensaron los compases, verificaron los desvíos y montaron un interfono entre proa y popa. Cambiaron las hélices que habían traído de Italia por otras de cuatro palas. Modificaron algunas piezas y construyeron tapas para cerrar herméticamente las torretas de proa y de popa, por si se veían obligados a realizar un amerizaje forzoso. Observaron que los conductos de la instalación de suministro de combustible eran excesivamente rígidos y trataron de construir juntas flexibles, pero no les dio tiempo. Además de supervisar y programar estas reparaciones y mejoras, Ramón y Julio salían a volar para practicar la navegación astronómica y el uso del radiogoniómetro, aunque lo hacían con otro hidroavión para evitarle horas de trabajo al destinado para el raid. Los motores de este último aparato se giraban manualmente todos los días, varias vueltas, para mantener lubricadas todas sus partes y evitar la oxidación.

El viaje a Madrid lo hicieron en hidroavión a Málaga y de allí en tren hasta la capital. La gran sorpresa de Ramón, nada más llegar, fue que el ministro de Marina, Honorio Cornejo, además de ofrecerle el apoyo de un destructor, el Alsedo, también insistió en que un oficial de la Aeronáutica Naval debía participar en el raid. La persona que finalmente designó la Armada para hacerlo fue el teniente de navío Juan Manuel Durán González a quien, Ramón y Julio, conocían porque había intervenido en las operaciones aéreas durante el desembarco de Alhucemas. Le tocó el servicio, aunque le sobrasen méritos, porque la Aeronáutica Naval hizo un sorteo entre los catorce pilotos destacados en Barcelona para cubrir este puesto. Según su esposa Carmen: «Ramón armó la marimorena cuando lo supo y amenazó con abandonarlo todo, pero ya era tarde; con él o sin él, el proyecto había crecido hasta proporciones tan gigantescas que no había ya posibilidad de pararlo, no teniendo otro remedio que ceder».

Durán había nacido en Jerez de la Frontera hacía 26 años, condecorado tres veces por méritos de guerra, pertenecía a la Aeronáutica Naval desde 1921. En su historial como aviador llevaba anotadas 208 horas y 45 minutos de vuelo. A Ramón no le hizo muy feliz la idea de incrementar el peso a bordo del hidroplano, pero poco podía objetar, salvo que en la travesía más larga, de Porto Praia a Pernambuco, el oficial de marina hiciera el trayecto en el buque de la Armada para aliviar la carga del hidroavión. Un periodista, Armando Guerra, escribió en La correspondencia militar un artículo sobre Durán bajo el título de El convidado[ix]. Según el reportero, al marino le sobraba experiencia como piloto y navegante para ocupar el puesto, pero como dichas posiciones ya se las habían asignado Ramón y Julio Ruiz de Alda, su papel se limitaría a prestar el cuerpo como víctima en caso de accidente y de segundón si todo funcionaba bien. Una posición que aceptaba con gallardía lo que daba una buena medida de sus excepcionales dotes como persona y militar.

La participación de la Armada se llevaría la partida más cara de los fondos que se habilitaron para el raid. El importe del presupuesto de la parte aeronáutica, incluyendo la aeronave, el combustible, la instrumentación, los repuestos, el transporte y demás gastos ascendía a 411 132 pesetas, de las que 340 784 se correspondían con el hidroplano, mientras que la Armada estimó que el coste de los buques de apoyo ascendería a unos 2 500 000 pesetas.

A mediados de diciembre de 1925, Ramón se entrevistó en Madrid con el comandante del Alsedo. Ramón tenía prisa, pero el marino le informó que no podría estar en Melilla para recoger los repuestos antes del 6 o 7 de enero y de allí saldría para Cádiz donde embarcaría el combustible y lubrificante para el vuelo del Plus Ultra. Otras reuniones, importantes, fueron las que mantuvieron con la Compañía Nacional de Telegrafía sin Hilos para obtener información de la previsible ubicación de diferentes barcos en el momento que tenían previsto sobrevolar las rutas del raid y las características y alcance de sus emisoras de radio. En el Observatorio Meteorológico coordinaron la forma de recibir los partes en cada uno de los lugares por donde tenían previsto pasar.

Otra vez, de vuelta en Melilla, hicieron pruebas con el hidro. El peso máximo con el que lograron despegar fue con una carga de 3500 kilogramos. En las pruebas, el avión, con una carga de 1800 kilogramos consumía un kilogramo de combustible por kilómetro recorrido, a una velocidad de 179 kilómetros por hora.

Por fin, la cuestión del nombre se resolvió en Mar Chica y el hidroavión pasó a llamarse Plus Ultra sin que tuviera lugar ninguna ceremonia. Cuando le preguntaron a Ramón por qué le había puesto ese nombre al hidro respondió: «He puesto el Plus Ultra sobre la proa de nuestro avión, porque convencido como lo estoy, aunque públicamente sostengo lo contrario, de las enormes dificultades que posiblemente se nos puedan presentar a través de nuestro viajes, servirá la visión de tan alentador lema, para sobreponer nuestro espíritu a las flaquezas humanas en los momentos de adversidad. Plus Ultra nos hará recordar que el cumplimiento de nuestro deber está en ir más allá… ¡aunque ese allá sea la muerte!»[x]

Y con todo prácticamente dispuesto, el 8 de enero Ramón y Julio volaron a Málaga para seguir en tren a Madrid y así despedirse del Gobierno y el rey[xi]. El 9 se entrevistaron con el presidente, el marqués de Estella y el ministro de la Guerra y supieron que el ministro de Marina había dispuesto que les acompañara un segundo buque: el Blas de Lezo.

En Madrid, el Aeroclub les ofreció un banquete el lunes 11 de enero de 1926, al que asistieron unas 150 personas y estuvo presidido por el general Soriano. Acudieron el agregado militar de Argentina, el alcalde de Madrid, Moreno Caracciolo, en representación del Aeroclub, y los coroneles Kindelán y Lombarte. Los comensales escucharon discursos de Ramón Franco y Soriano, entre otros oradores, y cerró el evento el señor ministro de Estado, Yanguas, cuyo acto de presencia se produjo al final del ágape. Ese mismo día, el Alsedo —que había recogido siete cajas de repuestos en Melilla y cargado combustible para el Plus Ultra— y el Blas de Lezo, zarpaban de Cádiz rumbo a Las Palmas y Porto Praia, en Cabo Verde.

El 11 de enero, a las 18:30 de la tarde, los tres aviadores fueron recibidos por el rey que estaba al corriente de los detalles del raid y se explayó ponderando la gran importancia del viaje de cara a la confraternización de los pueblos hispánicos y al resurgimiento de España como una nación avanzada que se incorporaba de pleno al desarrollo tecnológico. También les hizo muchas preguntas y Ramón se sorprendió de la cantidad de información que el monarca poseía con respecto al vuelo que pretendía realizar. El rey les entregó las cartas para los presidentes de las repúblicas de Brasil, Uruguay y Argentina.[xii] Al día siguiente fueron a ver al ministro de Estado que había realizado gestiones para que se les facilitara la información meteorológica durante el raid.

Carmen Díaz acompañó a su marido a Madrid para dirigirse luego a Irún, donde tenía intención de estar con sus padres el tiempo que el aviador se ausentara. Pensó que cuando volvieran a verse su vida sería muy distinta y así fue. Mientras Ramón se despedía del rey, de Primo de Rivera, de las autoridades, hacía discursos y aparecía en los periódicos, en Irún la vivienda de los Díaz-Guisasola se llenaba de periodistas y fotógrafos. El padre de Carmen decidió enviarla a Baracaldo, a casa de una tía viuda; creía que aquellos locos tripulantes del Plus Ultra desaparecerían en el océano y su hija estaba condenada a enviudar muy joven y recién casada.

El martes 12, por la noche, Ramón y Julio tomaron el tren para Málaga; les acompañaban el comandante Seoane, jefe de los servicios de radiotelegrafía de la Aviación y el ingeniero jefe de la Compañía Nacional de Telegrafía sin Hilos, Escolano. A la mañana del día siguiente, en la ciudad andaluza les esperaba un hidroavión para llevarlos a Melilla.

Durán se fue a Jerez para reunirse con su familia y de allí acudiría directamente a Palos de la Frontera.

En Melilla se organizaron tres eventos para decirle adiós a los aeronautas: un vino en el Círculo Mercantil, una fiesta en el Club Melilla y un ágape en la base de Mar Chica. Todos celebraban el éxito de los navegantes por anticipado.

El 16 de enero, Ramón y Julio, probaron la radiogoniometría desde Melilla con la estación del cabo de Palos que estaba a 400 kilómetros y pudieron constatar que con la señal eran capaces de determinar, en vuelo, el rumbo correcto.

Al día siguiente llegó el fotógrafo, Alonso, con su cámara de cine y una torreta para instalarla en el avión que además de pesar 11 kilogramos le hacía perder velocidad al aparato. Ramón se disgustó con aquel montaje

El 19 de enero, a las ocho de la mañana, el Plus Ultra despegó de Melilla. A bordo iban Franco, Ruiz de Alda, Rada y otras cuatro personas más: dos ingenieros, Escolano y Seoane que deseaban comprobar la instalación de radio, un comandante del Tercio, García Escámez, que iba a Huelva a visitar a su familia y el fotógrafo del Gabinete Central de Aviación, Leopoldo Alonso, a quien Primo de Rivera le había facilitado una real orden para que pudiera acompañarlos, a bordo, o en uno de los buques de la Armada. Y además de estos pasajeros, oficiales, escondido en la bodega, Ramón había autorizado al corresponsal de La Prensa, diario argentino, Emilio Herrero, a que embarcara unas horas antes, aunque al parecer el periodista contaba con el permiso del comandante general de Melilla para volar con ellos. Debido a la excesiva carga, a Ramón el viaje a Huelva se le hizo muy largo. Con Leopoldo Alonso en la torreta, se acordó del vuelo a Canarias en el que también lo había acompañado filmando: « ¡En aquella ocasión vencimos, a pesar de los temporales! ¿Nos reservará el porvenir la misma suerte? Y cuando regresemos abrumados por la fama ¿qué empresa nos obligarán a acometer nuestro afán de aventuras y el lema del avión?…».[xiii]Tres horas después acuatizaron en el río Odiel, frente a Huelva.

La salida estaba para el 23 de enero, que coincidía con la fecha en que el monarca celebraba su onomástica, pero la situación meteorológica era muy favorable y Ramón decidió adelantarla al 22.

Ramón había propuesto que su viaje se iniciara en Cádiz, pero la decisión gubernamental trasladó este punto a Palos de la Frontera, un lugar íntimamente ligado a la aventura colombina del almirante que descubrió las Américas. Desde el primer momento, la política encontró en el proyecto de raid de Ramón Franco una excelente oportunidad de revitalizar el sentimiento hispanoamericano al convertirlo en una gesta heroica, un viaje épico, equiparable al de Cristóbal Colón. Justo en aquellos años, Argentina vivía una época en la que los sentimientos españoles ganaban posiciones en la tradicional competencia que siempre tuvieron con los italianos. Brasil estaba en el área de influencia portuguesa, por lo que el efecto del vuelo no podría calar muy profundamente en aquella tierra y el Gobierno de Uruguay simpatizaba poco con el de Primo de Rivera. La operación política del viaje se centraba, por tanto, en producir un efecto de exaltación de los valores hispanoamericanos, de la raza y la cultura, así como de estrechamiento de vínculos entre Argentina y España. El fenómeno se podría extender a otros países latinoamericanos y el Gobierno tendría ocasión de organizar futuros raids que afianzaran las relaciones de España con esas naciones. La potenciación de los valores de la raza, la lengua común, la historia compartida y los ancestros, en el marco de un viaje único, que anunciaba un futuro prometedor y apuntaba al resurgimiento de la pujanza que alguna vez tuvo España, serviría en su conjunto a ensalzar la figura del Gobierno de Primo de Rivera, aumentar el prestigio del país y el de su monarca. Así pues, de un modo intencionado, se quiso ligar el viaje de Ramón a la Argentina con el que hacía más de cuatrocientos años realizó Cristóbal Colón a las Antillas. Y para vincularlo, se optó por ubicar su partida en el mismo lugar geográfico y rodearlo de una simbología que hiciera de este segundo viaje una prolongación espiritual del primero.

En el monasterio franciscano de la Rábida, en Palos de la Frontera, se hospedó Cristóbal Colón cuando preparaba su proyecto de viajar al Extremo Oriente por una ruta más corta hacia el oeste. Allí está enterrado Martín Alonso Pinzón que acompañó al descubridor en su histórico viaje al mando de La Pinta y falleció poco después de su regreso de América. Y del puerto de Palos de la Frontera partieron las tres carabelas, La Santa María, La Pinta y La Niña, el 3 de agosto de 1492, rumbo a Canarias en busca de los vientos alisios que los llevarían hasta alguna isla de las Bahamas, Guanahani, que Colón bautizó con el nombre de San Salvador. El viaje costó unos dos millones de maravedíes de los que Colón puso una cuarta parte, poco más de la mitad los reyes de España y el resto se correspondía con el coste de las dos carabelas que proveyó Palos debido a la imposición de los monarcas. El viaje de Franco costaría casi tres millones de pesetas, todos a cargo del contribuyente, y es posible que haciendo una dificilísima comparación resultara que los presupuestos fueran equiparables. Lo que ya no tenía parangón fueron los motivos, porque los Reyes Católicos, agotadas sus finanzas tras la última guerra de Granada, más que tierra buscaban riqueza y el general Primo de Rivera y su rey pretendían darle relumbrón a su mandato, no porque les sobrara el dinero, sino porque sabían que de aquella aventura no iban a conseguir ningún beneficio económico.

Ramón Franco era plenamente consciente de la importancia que tenía despegar desde aquél emplazamiento tan emblemático: «La salida del puerto de Palos significa para nosotros la necesidad de triunfar, porque el triunfo lleva consigo recordar al mundo entero que fue España la que descubrió América, con su espíritu, con sus naves, con sus hombres, con su fe con su dinero; que el espíritu de aquella España es el mismo de sus hombres de hoy, que sólo necesitan una ocasión para poner de manifiesto las virtudes que viven en la raza. Si no triunfáramos, la salida de Palos agrandaría el fracaso, con la insensatez que representa acometer tal empresa sin estar seguro del éxito».[xiv]

El día 20 de enero, por la mañana, Franco, Ruiz de Alda, Durán y Rada fueron recluidos en el monasterio de la Rábida para que, en silencio, meditasen, implorasen a Dios su asistencia y protección y rezaran. Ese mismo día cargaron combustible en el avión y al día siguiente se trasladaron a Palos en un vuelo que duró unos veinticinco minutos. El Plus Ultra se posó en las aguas del río Tinto, cerca del lugar en donde estuvieron fondeadas las tres carabelas del almirante Colón, antes de hacerse a la mar. Regresaron al monasterio de la Rábida y en el salón de actos de la Sociedad Colombina Ramón recibió de manos de su presidente una copa de oro para el presidente de la República Argentina en la que se había grabado una carabela, un avión y las siguientes palabras: «Al primer magistrado de la República Argentina, la Sociedad Colombina de la Rábida, en el vuelo Palos-Buenos Aires». Franco dejó escrito en el libro de firmas otro mensaje: «Gran emoción nos embarga al recibir el honor de ser portadores del saludo que esta histórica región envía al pueblo de Argentina. Esa región que una vez puso cuantos medios pudo a disposición de un navegante que descubrió un mundo, de nuevo da alas y fe a unos aviadores para que en Palos abran la ruta aérea de España, de Europa, a la Argentina, a América». En el monasterio, el padre franciscano Lorenzo Cerdán, un navarro de Estella como Julio, le entregó un mensaje de sus paisanos y les impuso a los tres oficiales la medalla de Nuestra Señora de la Virgen de Loreto, patrona de los aviadores.

Por la noche del 21 de enero de 1926 se celebró un acto en el Sindicato Católico de Empleados en el que el ministro de Estado, señor Yanguas, dijo que «estos aviadores son el símbolo de esta raza, que llenó al mundo con la grandeza de sus actos» y el nuncio de Su Santidad les deseó « ¡Que en este viaje les asista el espíritu de Colón, la concha peregrina del Apóstol Santiago y la luz radiante de la Virgen del Pilar!». Pernoctaron en el palacio del marqués de Valdealta. De toda España había acudido gente a Huelva para presenciar el despegue del Plus Ultra y esa noche casi todos se desplazaron a Palos y la Rábida. El gentío se aglomeró a los pies de la balconada, en la puerta del palacio, con guitarras, y cantó y bailó durante toda la noche para festejar el acontecimiento. A las seis de la mañana entraron oficiales, pilotos y observadores a despedirse de sus compañeros mientras la gente desde la calle cantaba «despierta, niño despierta»[xv]. De allí se fueron todos a la iglesia de Palos adonde también acudieron los infantes don Carlos de Borbón y don Alfonso de Orleáns, el general Soriano, autoridades locales y funcionarios del cuerpo diplomático. Los aviadores comulgaron con devoción en la misa que se celebró en el altar de la Milagrosa. Después del oficio religioso la tripulación del Plus Ultra se dirigió a pie al río Tinto para embarcar, acompañada de una multitud que los vitoreaba y despedía con aplausos al tiempo que repicaban las campanas de todas las iglesias de la contornada. Centenares de embarcaciones flanqueaban el hidro y en el cielo aparecieron veinte aviones que llegaron desde Sevilla. El Dornier número 1 también estaba allí porque los acompañaría hasta Larache. La noche anterior, Merino, Conde y Lorda, de la base de Mar Chica, que tripulaban el hidroavión, habían pedido permiso para volar junto a Ramón hasta Las Palmas, pero el general Soriano les autorizó a hacerlo tan sólo durante un par de horas.[xvi]

Los motores del Plus Ultra arrancaron a las 7:47 horas del 22 de enero de 1926; durante cuatro minutos surcó las aguas del río, entre embarcaciones que lo acompañaron. Después, inició una rápida carrera, levantó el vuelo y Ramón hizo un viraje inclinado sobre el monumento a Colón. Así se despidió de la gente de Huelva y de Palos, de los franciscanos de la Rábida y de los muchos españoles que vieron las fotos de su hidro sobre el río Tinto y pensaron en la Santa María; poco después se perdió en el cielo mientras se apagaba en tierra la ovación del gentío que había acudido a regalarle su último adiós. Igual que había hecho Cristóbal Colón, Ramón puso rumbo a Canarias, en busca de los alisios.

Carmen, la esposa del comandante del Plus Ultra tenía una fe ciega en su marido, estaba segura de que regresaría de aquella aventura. Solo temía que hiciera lo que le viniese en gana y se organizase algún jaleo por ese temperamento tan independiente que lo caracterizaba. Le sorprendió la facilidad con que se avino a protagonizar tantos actos religiosos, con lo descreído que era, lo que le sirvió de consuelo al pensar que quizá esta vez, su esposo, se resignaría a desempeñar el rol que se le había asignado.

La revista Aérea (enero de 1926, nº 32, pg. 8), publicó un artículo en el que decía que «el raid español lo realizan Franco, Ruiz de Alda y el mecánico Pablo Rada, pero lo hace España entera…No puede confundirse el éxito deportivo de un puñetazo de Paulino, de una estocada de Belmonte o de un partido futbolístico. Esto es algo más grande, mucho más grande, incomparablemente más grande». El autor se olvidó de Durán, pero acertó por completo en el fondo del asunto, porque el raid se convirtió en una empresa de los españoles, en la que se logró involucrar a la mayor parte de la ciudadanía.

El halo de los aeronautas

El Plus Ultra puso rumbo a Las Palmas con sus cuatro tripulantes y el fotógrafo Alonso a bordo. Dicen muchos marineros que del Mediterráneo al Caribe el pasaje más peligroso es el del Estrecho de Gibraltar. Durante unos cuarenta minutos navegaron acompañados del Dornier número 1 de la base de Melilla al que le hubiera gustado seguirles hasta Las Palmas. En el hidro, para entretenerse, llevaban bombones que se encargó de repartir Durán, el resto de las provisiones tan solo viajaban con ellos por si naufragaban: cinco kilos de higos, dos de jamón, dos de azúcar, un kilo de café, otro de cacao y tres de galletas, una botella de coñac y otra de vino de Jerez. Rada preguntó que a dónde iban, en realidad lo único que sabía era que el destino final estaba en Buenos Aires, pero no se había preocupado de enterarse de cuáles serían las etapas intermedias.

Ramón empezó el vuelo manteniendo una altura de unos 100 metros sobre el mar. Julio trató de orientarse con el goniómetro, pero no lo consiguió y ajustaron el rumbo observando la dirección y velocidad del viento, así como la que llevaba el avión, mediante las tablas de deriva. Según su estima tenían que añadir un par de grados al rumbo magnético para corregir la deriva. Al cabo de un poco más de una hora la turbulencia hacía el vuelo bastante incómodo, el horizonte se cerró y por la proa podían verse algunos chubascos. Ramón subió por encima de las nubes, a unos 1500 metros de altura desde donde se podía contemplar un cielo de color azul, muy intenso.

A las 10:02 Julio tomó la altura con el horizonte artificial y obtuvo un error de unas 5 millas con respecto a la posición estimada, lo que les pareció aceptable y mantuvieron el rumbo. Por fin, a las 12:00, el gonio recibió las señales de las estaciones de Las Palmas y Tenerife. Con estas dos direcciones, Julio determinó su posición que se aproximaba bastante a la de la estima, aunque las líneas del gonio formaban todavía un ángulo muy pequeño porque las estaciones estaban próximas entre ellas y alejadas del Plus Ultra. A partir de aquel momento se orientaron con la señal de Las Palmas y utilizaron la de Tenerife para marcar su posición exacta. Con correcciones de dos a tres grados lograron mantener el rumbo.

Julio y Ramón se sintieron muy satisfechos; habían conseguido volar durante cuatro horas sobre las nubes, sin ninguna referencia visual y sin poder hacer uso del derivómetro, con mucha seguridad en cuanto a la posición en donde se hallaban en todo momento.

Alonso, el fotógrafo, estuvo persiguiendo durante todo el vuelo el halo del avión; era la sombra del aparato que proyectaba el sol sobre las nubes, rodeada de un arco iris. El problema era la temperatura, dentro hacía frío y el sol quemaba o deslumbraba.

Sobre las 15:45, Alda comprobó que las señales del gonio eran muy fuertes, a pesar de todos los ajustes que podía hacer, por lo que tenían que llegarles con un ángulo elevado, lo que quería decir que Las Palmas estaba debajo del avión. Ramón pudo ver las montañas de la isla a unas 10 millas, por la proa. Sobrevolaron la ciudad de Las Palmas y amararon en el puerto a las 16:03. Se habían dejado al Puerto de Palos a 1300 kilómetros por la popa; la aventura empezó bien.

En Las Palmas Ramón pidió a las autoridades que los liberasen de agasajos porque necesitaban descansar y revisar el material. Allí los esperaba Mariano Barberán con quién Ramón se fundiría en un largo abrazo. Le hubiera gustado que siguiese con él la travesía que acababa de empezar, pero sabía que era imposible. Con respecto al fotógrafo Alonso, Ramón tuvo que decirle que no podía cruzar el Atlántico con ellos. La torre del cinematógrafo ofrecía demasiada resistencia y mermaba la velocidad de vuelo, además en caso de un amerizaje de emergencia representaba un peligro para todos y el peso adicional de Alonso y el material fotográfico eran una carga que no podía permitirse el lujo de llevar.

Durante la estancia de los aviadores en Las Palmas celebraron una misa, para emular los rezos que, según la tradición, hizo Colón en Canarias antes de zarpar rumbo a las Antillas, y no pudieron obviar algún que otro ágape.

Hicieron una exhaustiva inspección del hidro y constataron que el capó del motor trasero presentaba los mismos problemas que ya habían tratado de reparar en Melilla: la sujeción se había roto, con lo que decidieron prescindir del capó, aunque sin la carena empeorase la aerodinámica del aeroplano. Los cables del mando de dirección tenían rozaduras, debido a que las poleas estaban descentradas; cambiaron uno y agrandaron los agujeros de paso.

En Las Palmas se levantó mar y el día 23 de enero, no pudieron despegar, ni tampoco el 24. Con el hidro a plena carga necesitaban un par de kilómetros para despegar y eso significaba que tenían que salir del puerto. Como estaba previsto que las condiciones del viento continuarían así algunos días más, Ramón decidió despegar desde otro lugar de la isla en el que la mar se lo permitiese. Fueron a la Bahía de Gando y comprobaron que allí las aguas estaban mucho más calmadas. Trasladarse hasta la bahía navegando con el hidro cargado, o incluso a remolque, era peligroso. Lo que hicieron fue aligerarle el peso para que pudiera volar hasta Gando y allí cargarlo para despegar rumbo a Cabo Verde. En todas esas tareas les ayudó el cañonero Infanta Isabel.

Ramón mandó ajustar la carga al máximo. La noche del 25 al 26 la pasaron a bordo y ese día les llegó de Cabo Verde la noticia de que en Porto Praia el alisio había amainado un poco. En un primer intento no logró despegar porque se le echó la costa encima. La segunda vez, Ramón se adentró un poco más en el mar antes de iniciar la carrera de despegue, levantó el morro del agua a unos 110 kilómetros por hora y pasó rozando los tejados de los edificios de la costa. Eran las 07:35 y llevaban a bordo unos 2900 kilogramos de carga.

El siguiente destino del Plus Ultra estaba en la isla de Santiago en Cabo Verde, pero tomaron un rumbo que los llevaba a la isla de La Sal, por precaución, ya que si el viento hacía que derivasen demasiado a babor y apuntaban a Santiago, corrían el riesgo de dejarse el archipiélago a estribor y perderse en el océano. El viento soplaba del noreste con una fuerza de unos 32 kilómetros por hora, a favor, lo que les acortaría casi una hora el viaje. Ramón volaba a baja altura, a unos 200 metros sobre el mar para beneficiarse del alisio.

Durante las tres primeras horas el gonio detectó las señales de las estaciones de Las Palmas y Tenerife con las que Alda podía determinar con bastante exactitud la posición del aeroplano. Cuando llegaron a la altura de Villa Cisneros también escucharon la radio de su estación. A las 12:44, Julio tomó una meridiana cuya latitud se ajustaba bien a la navegación por estima y posiciones que había determinado con el gonio. A partir de las 13:00 Julio detectó dos grupos de señales, unas le llegaban por la proa y otras ligeramente a estribor. Conforme avanzaban las de estribor se separaban más hacia la derecha. Eran señales que procedían de barcos ya que no se correspondían con las frecuencias de las radios terrestres. A las 14:30, Ramón cambió de rumbo, abandonó el de la Sal y tomó el de Porto Praia. Ramón le preguntó a Julio si sabía con exactitud cuál era su posición y Julio le contestó que recibía señales de dos direcciones distintas, pero de barcos, no de tierra. Ramón empezó a preocuparse seriamente, pensó que se habían perdido y en las consecuencias que iba a tener su fracaso. Cuando el segundo grupo de señales lo recibían de través, Julio le dijo a Durán que mirase a la derecha en busca de una isla. Ramón, al poco tiempo divisó, en un claro entre nubes, unas rompientes que tenían que ser las de la isla de La Sal. La visibilidad era tan mala que apenas alcanzaba a unas diez millas. Las señales eran de barcos anclados en los puertos de San Vicente, en la isla de La Sal, y Porto Praia, en la isla de Santiago. En esta segunda etapa, al igual que en la primera, el uso del radiogoniómetro fue providencial.

El Alsedo y el Blas de Lezo los esperaban en la rada de Porto Praia, donde el Plus Ultra amerizó con bastante mala mar a las 17:25 (hora de Canarias, 16:25 hora local).

En la isla fueron invitados de honor en el palacio del gobernador que se ocupó de organizarles excursiones para que disfrutaran de sus hermosos paisajes. Era el segundo avión en la historia de la isla que la visitaba, el primero fue el de los portugueses Sacadura Cabral y Gago Coutinho y el gobernador les dispensó el mismo trato. Sin embargo, en la isla a Ramón se le agrió el carácter. Se mostraba de mal humor, irritable y tenía algunos motivos para ello. El plan inicial consistía en hacer el viaje de Porto Praia a Pernambuco aprovechando la luna llena que les permitiría disponer de suficiente luz por la noche ya que la duración del viaje excedía la del día solar, pero los retrasos, motivados por el mal tiempo en Canarias, les hicieron perder el plenilunio. De otra parte, el mar en Porto Praia no mejoraba, lo que complicaba el despegue, con casi cuatro toneladas de carga, que era lo que necesitaban transportar en aquella tercera etapa, la más comprometida de todas. En esas condiciones de estiba el hidro sólo podía despegar en un espejo de aguas tranquilas, muy amplio y con algo de viento. También hubo que hacer reparaciones: Rada cambió el segundo cable de control de dirección, que estaba demasiado gastado, quitó la hélice posterior porque se había desencolado, montó hélices de mayor rendimiento y retiró otra pieza del capó de los motores que estaba en malas condiciones y amenazaba con romperse. Los arreglos, con el hidro amarrado a una boya en la parte más calmada de la bahía, los hizo con mucha dificultad debido al constante balanceo con que lo acunaban las olas.

El comandante decidió aligerar toda la carga que pudo, hasta el punto de que Julio empezó a preocuparse cuando vio que se quedaban sin hélice trasera de repuesto; Durán viajaría en el Alsedo y con él sus pertenencias. Ramón recorrió en una chalupa toda la isla, un par de veces, en busca de un caladero donde la mar estuviera menos agitada. Encontraron un lugar entre Punta Preta y la Barrera do Inferno en el que las aguas parecían estar más quietas. Ramón decidió despegar desde allí y hacerlo por la noche.

El 29 de enero se despidieron del gobernador de Porto Praia[xvii], embarcaron en el Blas de Lezo y cenaron pronto con la tripulación, descansaron hasta las doce de la madrugada y a esa hora empezaron a remolcar al Plus Ultra con una canoa para transportarlo hasta el lugar del despegue. A la salida del puerto el oleaje partió los cabos de arrastre varias veces y las cornamusas del hidro estuvieron a punto de saltar por los aires. El Blas de Lezo navegaba detrás de ellos, a cierta distancia, iluminando la maniobra con unos focos. Debido a la fuerza de las olas el remolque llevó más tiempo del previsto porque se vieron obligados a reducir la marcha y llegaron a Barrera do Inferno al amanecer.

La información meteorológica que tenían de Pernambuco era que la mar estaba rizada y de la isla de Fernando de Noronha que el cielo permanecía cubierto y la mar ondulada. A las 06:01, Ramón intentó despegar, sin éxito, porque la velocidad del hidro no pasó de 50 kilómetros por hora. Se estaba haciendo muy tarde, y de no despegar pronto tendrían que aplazar la salida a la noche siguiente. El hidro llevaba 3625 kilogramos de carga, bastante más del peso máximo autorizado por el fabricante (2000 kilogramos). En el segundo intento, a las 06:10, consiguió levantar el vuelo. Los tripulantes lanzaron tres hurras porque sabían que acababan de superar uno de los momentos más difíciles de todo el viaje. En un principio Julio recibió las señales de la radio del Blas de Lezo, pero a las 09:30 las perdió. Navegaron a la estima y a las 11:51 tomó una altura meridiana que les indicó que habían recorrido unas 526 millas náuticas. Tres horas después sobrevolaron el buque alemán, Arthus, que les dio la posición y corrigieron el error de su estima que era de 8 millas náuticas. Hasta las 16:00 horas, que recibieron la señal de radio de Pernambuco, que estaba a unos 900 kilómetros, no pudieron auxiliarse del gonio para hacer la recalada con seguridad. A las 16:25 atravesaron el Ecuador y Alda lo celebró repartiendo coñac, muy contento, porque la radio de Pernambuco se detectaba con fuerza. A las 16:45 recibieron señales de la estación de radio de Noronha y eso les obligó a corregir el rumbo dos veces, la primera 6 grados y la segunda 3 grados. Con las mediciones que habían tomado con el sextante y las correcciones de la deriva, un magnífico piloto como Ramón había seguido el rumbo con gran exactitud durante diez horas, sin embargo para la aproximación final, con mala visibilidad, el gonio se volvió a mostrar como un instrumento de excepcional ayuda.

Según su propio relato, Ramón divisó la isla de Noronha cuando la tenía a unas 60 millas, justo en la proa, y ya estaba anocheciendo. Forzó los motores y a pesar de navegar, con el viento a favor, a unos 200 kilómetros por hora, se hizo de noche antes de que pudiera alcanzar la isla. Los últimos minutos que volaron hacia el sol, con la isla de Noronha en la proa, fueron para los aviadores «los más hermosos y emocionantes que pasaremos en nuestras vidas…por aquel atardecer ecuatorial con una luminosidad formidable…» Con mala mar y mucha pericia, a las 18:35 Ramón amerizó cerca del costado de un buque, cuando todavía estaban a unas 25 millas al noreste de Fernando de Noronha. El barco cambió su rumbo y se acercó a los aviadores que le agradecieron el gesto, dijeron que estaban bien y el buque prosiguió su navegación. Tardaron dos horas y media en llegar a la isla, navegando a flor de agua. En el puerto de San Antonio descubrieron sobre el mar una misteriosa luz flotando, a la que se acercaron, y pudieron comprobar que, sujeta a unos maderos, estaba fuertemente anclada. Amarraron el hidro a la boya iluminada. Al cabo de unos veinte minutos se acercó una barcaza desde la que unos indígenas les dijeron que no podrían desembarcar. Ramón se empeñó en subir al bote, porque no querían pasar la noche en el hidro, y les rogaron a los marineros que los llevasen a tierra, pero las rompientes les impidieron desembarcar y tuvieron que regresar al Plus Ultra. Durante la noche cayeron fuertes chaparrones que los empaparon mientras trataban de conciliar el sueño, sacudidos por las olas. La barcaza también se había amarrado a la boya y sus ocupantes estuvieron toda la noche pescando. A la mañana siguiente, el domingo 31 de enero, apareció el Alsedo que fondeó cerca del Plus Ultra y pasaron al buque para ducharse. En la barca de pescadores, que por la mañana consiguió acercarse a la playa, fue a visitarlos el gobernador de la isla que les había preparado un solemne recibimiento en tierra. Ramón se disculpó, le dijo que tenían que preparar el hidro para el siguiente trayecto y que sintiéndolo mucho no podían aceptar su invitación.

De Fernando de Noronha a Pernambuco hay 540 kilómetros. Despegaron a las 12:10 horas al tiempo que zarpaba el Alsedo. Julio se orientó nada más despegar con la señal de la radio de Recife que recibía muy bien el gonio. Tomaron un rumbo dos grados más del que marcaba la señal para llegar a la costa del continente, al norte de la ciudad. Con el derivómetro midieron que el viento les causaba una deriva de 8 grados a estribor, por lo que tuvieron que corregir el rumbo y dejar la señal del gonio 6 grados a estribor para seguir la ruta que se habían trazado. La mar estaba encrespada, soplaba el viento fuerte y los chubascos se sucedían, uno tras otro. Ramón volaba a unos 150 metros de altura. A 112 kilómetros de distancia de su destino la hélice trasera se rompió, lo que produjo un fuerte temblor en la estructura del hidro. Ramón cortó el motor posterior y aceleró el delantero para seguir volando con un motor, viró a estribor y en vez de seguir la ruta directa enfiló hacia la costa para bordearla hasta alcanzar Pernambuco. La velocidad, que era de180 kilómetros antes del incidente, se redujo a la mitad. Podía haber amerizado para cambiar la hélice, pero Ramón pensó que la mar estaba en muy malas condiciones y que esa opción siempre la tenía. Mandó que echaran por la borda toda la carga que no necesitaran y aun así el hidro volaba a muy baja altura, a 10 o 20 metros sobre el mar. Ramón, un piloto excepcional, aprovechaba las ráfagas para aproarse al viento y ganar unos metros de altura, igual que hacen los albatros. El espectáculo de la costa fascinó a la tripulación. Acostumbrados a brumas, nubes y una extensión infinita de agua que se confundía con el horizonte, por estribor desfilaban las copas de los cocoteros, chozas de indígenas con sus artes de pesca sobre la arena de la playa, desembocaduras de ríos, algunos edificios, iglesias de mampostería, balsas de troncos, botes, veleros y la gente que los saludaba agitando los brazos mientras los niños corrían tras ellos como si pretendieran alcanzarlos.

Amerizaron el en puerto de Pernambuco sin ningún problema y amarraron el hidro en la boya que las autoridades habían reservado para ellos. Les mandaron una canoa y fueron recibidos por las autoridades y el cónsul de España.

 

El precio del éxito

Ramón Franco había realizado la parte más difícil de su viaje, desde un punto de vista aeronáutico. Aún le quedaba volar a Río y a Buenos Aires, pero lo haría costeando y Julio ya no necesitaría hacer uso del sextante ni utilizar el gonio, tampoco sería difícil encontrar algún río o laguna para tomar agua si la mar se embravecía y surgían problemas que les impidieran volar. Ramón rozaba el éxito con la punta de los dedos y si las grandes celebraciones habían empezado antes de salir, en adelante serían imparables. Los principales problemas que se vería obligado a gestionar, a partir de ese momento, serían dos: las exhaustivas celebraciones que pusieron en riesgo a su aeroplano y los agotarían a él y a su tripulación, física y moralmente, y la cuestión del regreso.

El éxito alcanzó unas proporciones gigantescas, casi inimaginables. Las celebraciones y agasajos estimularon la imaginación y el ego del comandante que tomó decisiones por su cuenta hasta el punto de incomodar a sus jefes en Madrid; preocupados por perder el control de la situación y temerosos de que la aventura finalizase con un estrepitoso fracaso, que diera al traste con el capital de éxito acumulado, desde España diseñaron un final para la aventura que disgustó profundamente a Ramón.

En Pernambuco los abrazos, apretones, palmadas y fortísimos estrechones de mano empezaron a producirles verdadero agobio. La gente los agarraba de un brazo para llevarlos hacia algún lugar mientras otras personas hacían lo mismo con el otro brazo, pero queriendo ir a un sitio distinto. Los periodistas y fotógrafos los sometieron a un verdadero asedio. De sus primeras horas en Recife tan solo les produjeron verdadero placer las copas de champán frío y las flores y besos de un grupo de brasileñas bonitas. Hasta el baile de la machicha los acaloraba. Ramón tuvo la suerte de que a los discursos de los homenajes respondía el cónsul español. La colonia de españoles les regaló una placa de oro que emocionó a los aviadores. Ramón organizó una pequeña ceremonia para colocarla en la proa del Plus Ultra. En Recife, el comandante habló por primera vez de su regreso: dijo que lo haría cruzando los Andes, por el Pacífico hasta Cuba para llegar a Estados Unidos y atravesar el Atlántico Norte, haciendo escala en las Azores, y entrar en España por Vigo para volar después hasta Palos de la Frontera.

En Pernambuco, se despidieron de la tripulación del Blas de Lezo, que regresaba a España.

En España, el raid de Ramón se seguía con entusiasmo. La llegada a Noronha suscitó un entusiasmo popular delirante. Los balcones de las casas se engalanaron en todo el país, miles de personas acudieron a la calle de Sevilla de Madrid para contemplar la pizarra y el mapa, con las últimas posiciones del Plus Ultra que el Aeroclub actualizaba periódicamente. Los diarios de Madrid y muchos de provincias agotaron sus ediciones del domingo. Cuando alcanzaron el continente americano, en Recife, las bandas de música salieron a la calle, en las ciudades y los pueblos redoblaron las campanas de las iglesias a la vez que el olor de la pólvora y el humo blanco de cohetes y petardos empañaba las ciudades. La prensa y las revistas se deshicieron en elogios y cantos a la hispanidad, la raza y el valor de los tripulantes españoles. En Marruecos el coronel Lombarte presidió un banquete que los aviadores organizaron en honor del Plus Ultra. Su discurso refleja el estado de conmoción que fue capaz de inducir aquel viaje:

«Por vuestra emoción juzgad la mía. Franco, hace algún tiempo, logró ser conocido en aviación como bueno donde todos lo son. Su hermano, el que dentro de poco será el general más joven del Ejército, hizo popular su apellido. No hay lugar español donde no se alabe su inteligente bravura. Por impulso de sana emulación, hoy nuestro Franco se da a conocer en el mundo entero ejecutando una empresa gigantesca. Atravesó el Atlántico y llegó ya a América. El raid, virtualmente está hecho.

»Ruiz de Alda y Rada comparten justamente su gloria. Durán, que no sé si habrá hecho la tercera etapa, por su valía, confianza y valor logra que su personalidad quede alumbrada por la potente luz que del equipo irradia.

»Seguramente el alma española contribuyó al éxito y tal vez ayudaron eficazmente las hoy imponderables energías mentales de 20 millones de hermanos que con el corazón los despidieron, y las de algunos millones más que desde América los atraen, para que, al llegar el Plus Ultra y al izarse en él nuestra bandera, con lágrimas de la más santa emoción puedan enronquecer gritando: Esta es España.

»No nos limitemos a cantar la hazaña; saquemos partido de ella; pongamos todos nuestra parte sobre aquel ideal; sumemos nuestros esfuerzos, que al fin se logrará. Ahora bebamos una copa por España, por el Rey y por el equipo del Plus Ultra».[xviii]

Las proclamas de los ministros de Marina («…hechos que nos incorporan al movimiento general del mundo…»), de la Guerra («Mi satisfacción es inmensa») y de Estado («El atrevido gesto…envuelve, además, el germen de una nueva visión positiva y tangible en la obra intercontinental de acercamiento político hispanoamericano») fueron igual de grandilocuentes. El ministerio de Trabajo declaró el raid de interés científico mediante una Real Orden, y el jefe de la Aeronáutica, general Soriano, por orden del rey declaró un día de fiesta en el que se repartiría un rancho extraordinario a la tropa y la misma cantidad reglamentaria, en efectivo, que se distribuía con motivo de la onomástica regia.

A la esposa de Ramón, Carmen, le llegó un telegrama que firmaba el alcalde de Baracaldo, que a su vez procedía del gobernador militar de Vizcaya a quien se lo había mandado el ayudante del rey Alfonso XIII, de parte de su majestad. En la misiva, el monarca felicitaba a la esposa del comandante Ramón Franco, y a su parabién se unía el del propio alcalde. De este modo, el rey, a fin de congraciarse con el héroe, otorgaba su beneplácito de forma implícita al matrimonio que se había celebrado sin su consentimiento previo. El gobernador le envió una cesta gigante de flores y el alcalde y toda la corporación fueron con el telegrama para entregárselo a la casa de su tía, viuda, con quien pasaba aquellos días. En Baracaldo, por la noche se organizaron fiestas y fuegos artificiales y como nadie tenía una foto de Ramón, Carmen prestó una para que la enmarcaran, la adornasen con flores y la pusieran en la puerta del Ayuntamiento. Mientras Carmen recibía felicitaciones y era objeto de homenajes, la hermana de Ramón, Pilar, hacía declaraciones a la prensa de las que parecía deducirse que su hermano, el aviador, estaba soltero, lo que organizó una gran confusión en los medios.[xix]

En Ferrol, la madre de Franco, doña Pilar, recibió una comisión de niñas del Ayuntamiento de Mugardos que le hicieron entrega de un espléndido ramo de flores, con una nota en la que se expresaba que la villa había decidido otorgar el nombre de Ramón Franco a una de las avenidas de la ciudad. También se reunió el Ayuntamiento de Ferrol, para decidir que el día que Ramón llegase a Buenos Aires se declararía festivo, se engalanarían las fachadas, se iluminarían las calles principales y se celebraría un tedeum; el consistorio envió una delegación a la casa de la madre del aviador para felicitarla y anunciarle su intención de colocar una placa conmemorativa en la vivienda de los Franco.[xx]

El Gobierno estaba dispuesto a capitalizar el éxito del Plus Ultra; en la reunión del Consejo de Ministros del 2 de febrero, se decidió que el día que los aeronautas llegaran a Buenos Aires en todas las escuelas de España se dieran conferencias sobre la importancia de la hazaña realizada por Franco y sus compañeros; las conferencias deberían constituir lecciones de Geografía de la ruta seguida por los aviadores, «señalando la intervención de España en la historia de todas aquellas naciones y las hazañas de nuestros ascendientes desde que América fue descubierta».[xxi]

Mientras tanto, Ramón y sus tripulantes continuaban el viaje hacia Buenos Aires. El jueves 4 de febrero, a las 5:10 despegaron de Recife. El servicio meteorológico les advirtió que frente a Victoria se encontrarían con una tormenta y se adentraron en el mar para evitarla. A las 17:32 horas amerizaron en el puerto de Río de Janeiro, donde enseguida se vieron rodeados por centeneras de embarcaciones que les cortaron el paso y ponían en peligro la integridad del hidro. Una de ellas, repleta de fotógrafos y periodistas, los abordó por la popa, a pesar de que Rada trató de amortiguar su arrancada con los pies. El golpe dañó el timón de dirección. Ramón se puso furioso, perdió la calma y se despachó con una letanía de improperios mientras la gente de los barcos los vitoreaba y aplaudía. Fondearon el hidro y cuando lo abandonaron en una barcaza los barcos de olvidaron del Plus Ultra para seguirlos a ellos. En tierra los arrastraron prácticamente en volandas hasta una tribuna en la que las autoridades pronunciaron varios discursos. Después los llevaron en automóviles por la avenida de Río Branco, hacia el hotel. Ramón iba en la capota del coche, para que las miles de personas que se habían congregado a lo largo de la vía pudieran verlo y, desde los balcones y la calle, la gente les arrojaba ramilletes de flores. Algunos les impactaron como si fueran proyectiles. En el hotel no los dejaron solos, dentro de las habitaciones hacían turno guardianes, que se encargaban de impedir el paso a algunas personas y franquearlo a otras. A media noche la avenida aún seguía llena de gente que los vitoreaba.

En Río asistieron a docenas de banquetes, ágapes, recepciones y fiestas. También allí Ramón, a quien no le gustaba hacer discursos ni tenía ninguna facilidad para ello, contó con la ayuda del ministro de España que se encargaba de responder a los oradores en los eventos. Les sorprendió que la gente les pidiera autógrafos, porque no estaban acostumbrados, y tuvieron que firmar centenares de dedicatorias. Se desplazaron a Petrópolis, un lugar donde solía pasar el verano la gente acomodada de la ciudad, para entrevistarse con el presidente de la República. También asistieron a un par de misas y a la salida de una de ellas a Ramón le arrancaron todos los botones de la guerrera.

Según narran en su libro De Palos al Plata, Franco y Ruiz de Alda, en Río se toparon con un periodista grueso, alto, moreno y muy impertinente, que participaba en todos los eventos y les hacía más preguntas que ninguno. El día 8, que era cuando tenían previsto iniciar la siguiente etapa, el periodista «cada dos o tres horas se nos acercaba a preguntarnos si por fin haríamos escala en Montevideo, y como le contestáramos afirmativamente, llegó a decirnos que no podíamos hacerla. A media noche volvió a preguntarlo, y teniendo ya nosotros sobre este punto órdenes y autorizaciones concretas de nuestro Gobierno, le mandamos a paseo con bastante mal humor».

Sin embargo, el 8 de febrero no despegaron de Río de Janeiro, a pesar de que esa era la fecha prevista; Pablo Rada y Durán habían desaparecido y no dieron señales de vida hasta ese día bien entrada la mañana. Ramón pospuso la salida para la jornada siguiente. Por la tarde mandó a la policía para que obligaran a Pablo a quedarse encerrado en su habitación; cuando fueron a verlo, Julio y Ramón, estaba rodeado de admiradoras y tenía un aspecto deplorable. Los días de juerga en Río le habían pasado factura. Los dos aviadores le pidieron a las muchachas que abandonasen su cuarto porque Pablo necesitaba descansar para estar en condiciones de reemprender la marcha al día siguiente y dieron instrucciones a la policía de que no dejara pasar a nadie.

A pesar de las aseveraciones de Ramón y Julio en su libro, con respecto a la escala de Montevideo, lo cierto es que el marqués de Estella transmitió una orden expresa para que el Plus Ultra no se detuviera en la capital uruguaya, en su ruta hacia Buenos Aires[xxii]. El presidente de la República de Uruguay, ingeniero José Serrato, fue el primer mandatario electo de aquel país, en 1923, justo el mismo año en que Primo de Rivera llegó a la presidencia del Gobierno español mediante un golpe de Estado, consentido por el propio monarca, Alfonso XIII. Los Gobiernos de ambos países no mantenían una relación excesivamente cordial. El plan que finalmente se concibió para el raid incluía una parada en Montevideo, al regreso, aunque en el proyecto inicial sí se había considerado una escala en la capital uruguaya en el trayecto de ida a Buenos Aires. Sin embargo, parecía lógico no alargar innecesariamente el viaje de ida con otra escala en dicha capital. Los círculos españoles en Uruguay, al enterarse de que el Plus Ultra no se detendría en Montevideo antes de llegar a Buenos Aires, hicieron presión para que sí lo hiciera y Ramón fue objeto de dichas presiones. Hubo bastante confusión con respecto a lo que ocurriría finalmente. El Gobierno español ratificó a última hora que no se produciría la escala, sin embargo Ramón había cursado instrucciones al representante español en Montevideo en relación con el amaraje y las disposiciones que se debían tomar para garantizar la seguridad de la aeronave y de la tripulación. En pleno vuelo se enviaron mensajes al Plus Ultra desde Juncao y Porto Alegre para transmitirle las órdenes recibidas de Primo de Rivera de que siguiese hasta Buenos Aires, pero el hidro no las escuchó o decidió hace caso omiso de ellas.

Ramón tenía una excusa para acuatizar en Montevideo y es que, el día 9 de febrero, la salida de Río de Janeiro se demoró. Tuvo que efectuar cuatro intentos de despegue, debido a que la gasolina que cargaron en los depósitos era de automóvil y no poseía las características idóneas. Los motores se calentaban y no suministraban la potencia normal. Las maniobras de despegue se prolongaron durante un par de horas. Se hizo tarde y el combustible no era el más adecuado para seguir el vuelo, lo que dio a Ramón una buena excusa con la que los medios españoles y el propio comandante justificaron el amerizaje en Montevideo. Sin embargo, a Primo de Rivera, el gesto de independencia que mostró Franco, y que fue interpretado por algunos medios como de insubordinación para satisfacer las peticiones de los círculos hispanistas en Uruguay, desagradó al dictador y marcó el principio de sus desavenencias. A esta actuación habría que añadir las declaraciones públicas que el comandante había hecho sobre la ruta que pensaba efectuar en su viaje de vuelta a España, un vuelo que aún no contaba con la aprobación de su Gobierno.

Poco antes de llegar a Montevideo salieron a recibirlos aviones de la Fuerza Aérea de Uruguay. Amerizaron en el puerto a las 19:32 horas, quince minutos antes de la puesta del sol, al tiempo que sonaban todas las sirenas. Las autoridades y delegaciones los esperaban en el crucero Montevideo y de allí se dirigieron al hotel escoltados por 900 policías a caballo, flanqueados por una multitud de unas 200 000 almas que los vitorearon y aclamaron con entusiasmo. El propio Ramón, escribiría en su libro que el recibimiento en Uruguay fue extraordinario: «De apoteosis monumental podemos calificar esta entrada triunfal en Montevideo, en que el entusiasmo se veía centuplicado por las dudas que se habían formado sobre nuestra llegada»[xxiii]. Ramón ordenó que Pablo Rada pasara la noche a bordo del Montevideo para evitar que se perdiese, otra vez, entre las faldas de las lugareñas. Durante toda la noche escucharon, desde sus habitaciones, los festejos populares que en su honor se celebraron en la calle. Al día siguiente, por la mañana, acudieron al despacho del presidente de la República, ingeniero Serrato, y le hicieron entrega del mensaje que traían del rey de España. El presidente se empeñó en saludar a Pablo Rada que lo había confinado Ramón en el Montevideo; fueron a por él y lo trajeron para que Serrato pudiera estrecharle la mano y felicitarlo. La visita fue muy breve, el representante español estaba agobiado y quería perder de vista a sus paisanos lo antes posible. A las 11:55 encendieron los motores y nada más despegar dieron unas vueltas sobre la ciudad, antes de poner rumbo al destino final de su viaje: Buenos Aires.

En su última etapa, a través del Plata, Ramón amerizó para que Rada apretase la brida de un manguito del sistema de alimentación que perdía gasolina. A pesar de la interrupción del vuelo, el trayecto duró poco más de una hora. A las 12:27 horas (hora local) el Plus Ultra amaró en el antepuerto del Plata, en Buenos Aires. El raid había cumplido con su principal objetivo, tras recorrer 10 270 kilómetros, en 59 horas y 39 minutos.[xxiv]

 

Buenos Aires

Alrededor de la Asociación Patriótica Española de Buenos Aires, se congregaba la mayoría de las asociaciones y organizaciones simpatizantes con España en Argentina. La asociación organizó una Comisión de Recepción y Homenaje, con motivo de la llegada del Plus Ultra, que en la reunión que celebró el 16 de enero de 1926 decidió lo siguiente: enviar antes de la partida del hidroavión tres telegramas de felicitación, al rey, a los aviadores y a Primo de Rivera; obsequiar a España con un hidroavión similar al utilizado por los aeronautas; ordenar que se celebrara una misa de impetración de ayuda a la empresa; realizar una gran fiesta de recepción en el teatro Colón; y obsequiar a la tripulación con un gran almuerzo popular en la Asociación Patriótica Española.[xxv] Además de estos eventos cada organización, asociación o entidad, quedaba en plena libertad para organizar los agasajos, homenajes o cualesquiera actos en honor de los aeronautas que estimase oportuno.

Nada más llegar a Buenos Aires los recibió una canoa, en la que se encontraban el ministro de España en la Argentina, Alfonso Danvila, el presidente de la Asociación Patriótica Española, Félix Ortiz y San Pelayo y un gallego nacido en Ferrol, el doctor Germán Martín Yañez, que por indicación expresa de los paisanos de Ramón acudía para darle un abrazo[xxvi]. Sin embargo, siguiendo el turno protocolario, el primero que abrazó a Ramón fue el ministro, el segundo, don Félix —con los ojos llenos de lágrimas que no pudo contener desde que apareció el hidroavión en el cielo— y el tercero el ferrolano. En la canoa trasladaron a la tripulación al cañonero Paraná donde les dio la bienvenida el ministro de Marina argentino y el comandante del buque; en el barco pudieron lavarse y al bajar a tierra pasaron «los momentos de más peligro de nuestra estancia en Buenos Aires». El Arsenal era un recinto de la Marina, por lo que no esperaban tal aglomeración de gente. Los marineros les abrieron paso a empujones mientras al ministro el gentío le arrancó una de las mangas del traje y a los tripulantes del Plus Ultra los zarandearon con violencia. Todo ello entre vítores a España, a la Argentina y los aviadores. No tuvieron más remedio que refugiarse en las oficinas del Arsenal. Como el delirio de la multitud no amainaba se formó un cordón de marineros para protegerlos hasta que alcanzaron los automóviles. Con gente en los estribos de los vehículos recorrieron las avenidas en las que había miles de personas, en las calles, los balcones, encaramados a las estatuas, subidos a las farolas y los árboles, que los ovacionaban y les arrojaban ramilletes de flores y cintas con los colores de la bandera española. En la Casa Rosada los esperaba el presidente Alvear, con algunos de sus ministros, que se adelantó para abrazarlos y exclamar: « ¡Así, querida España!» Ramón le hizo entrega del mensaje del rey y salieron a la balconada que daba a la plaza de Mayo para contemplar los millares de personas que llenaban el recinto, abarrotado, al igual que las avenidas que parecían ríos de gente que desembocaban en la gran plaza. A los tripulantes del Plus Ultra les embargó una profunda emoción al escuchar los himnos de la Argentina y la Marcha Real española; cuando se iniciaron los compases de esta última, el presidente Alvear empezó a aplaudir y a sus palmas se unieron las de los miles de personas que los ovacionaban. Un reportero de La Prensa observó el semblante de Ramón y esa misma noche escribiría para su periódico: «Fue entonces cuando el héroe ha de haber sentido sobre su frente tostada y taciturna el leve golpe de ala que es el beso de la gloria». Al abandonar la Casa Rosada una avalancha de gente rompió los cordones de la policía y los recién llegados tuvieron que entrar en los vehículos a toda prisa. Esta vez, la policía tomó los estribos de los coches.

Por la tarde Ramón se comunicó con el rey, que se encontraba en Málaga, a través de Italcable. Le proporcionó muchos detalles sobre el viaje y de los agasajos que estaban recibiendo. En varias ocasiones se vio obligado a interrumpir la comunicación cablegráfica para salir al balcón y vitorear a España y la Argentina. El rey, le dijo: «Presente el Rey, que te felicita de todo corazón por la hermosa hazaña que acabas de realizar. Hazme el favor de adelantarme del viaje los incidentes que hayas tenido, sobre todo después de haber pasado por Fernando de Noronha y regreso hasta amarar en aquellas aguas»[xxvii]. Ramón resumió para el monarca el viaje y puso especial interés en justificarle el conflictivo amaraje que hizo en Montevideo: «…Al salir para Buenos Aires, en Río quisimos salir a las cinco, pero la excesiva carga del avión nos obligó a ensayos infructuosos hasta las siete y media de la mañana que conseguimos salir. Ya no teníamos día suficiente para llegar a Buenos Aires y solo forzando los motores conseguimos llegar a Montevideo…» A las explicaciones de Ramón, el monarca le contestó felicitándolos: «Está bien, celebro que todo haya salido bien. Como recuerdo de este día, os concedo llave de gentilhombre a ti, Ruiz de Alda y Durán, reservándome el demostrar mi gratitud al mecánico Rada. En este momento acabo de firmar indulto legionario ferrolano por el cual te interesabas. Tu familia está toda bien y la tengo al corriente de tu viaje. Te repito fortísimo abrazo y grito con vosotros: ¡Viva España y viva la Aviación española!» Ramón le respondió: «Tripulantes del Plus Ultra reciben honor de Vuestra Majestad con nombramiento de gentilhombres, con la mayor alegría indulto del legionario ferrolano y hacemos votos por felicidad de Vuestra Majestad y de nuestra Patria. Plus Ultra, con su viaje, ha realizado unión del pueblo iberoamericano. Nos unimos para gritar ¡Viva España, la Aviación española! y del corazón nos sale un viva a nuestro Rey». El monarca terminó su comunicación con Ramón con frases de saludo y agradecimiento para con Argentina: «Haz público mi saludo a la nación argentina y mi agradecimiento por el recibimiento que te dispensan».

Del edificio de Italcable se dirigieron al de La Prensa para presidir el paso de una gran manifestación. La fachada la habían iluminado con focos y de ella colgaban banderas argentinas y españolas. Desde el balcón contemplaron las columnas de gente que desfilaba, pero ocurría que se detenía para ovacionarlos, de forma que tuvieron que entrar en el edificio para que la manifestación se moviera. Cada vez que salían la concurrencia les obligaba a decir algunas palabras y el gentío se detenía para aplaudirlos y vitorearlos.

El recibimiento que se les dio a los tripulantes del Plus Ultra fue tal que, según la prensa, nunca había sucedido antes nada parecido. La Razón publicó: «Ningún acontecimiento en los últimos tiempos, ninguno de cualquier índole, ha hecho vibrar en forma tan profunda e intensa el espíritu de la multitud argentina…». Y La Nación, también se expresaría en términos muy similares: «La ciudad de Buenos Aires no ha conocido ‒esta es la impresión unánime‒ una manifestación igual en magnitud, al arribo del Plus Ultra». La prensa, las autoridades y la gente se sintieron profundamente conmocionadas por el acontecimiento cuya grandeza adquirió proporciones gigantescas. El viaje se transformó en un acto heroico y sus protagonistas debían poseer unas virtudes extraordinarias cuyas raíces se adentraban en los valores de la raza, ignorados desde tiempos inmemoriales. Una raza que la gente compartía con los héroes y que unía a decenas de pueblos a los que el Plus Ultra venía a recordarles todo su valor, en el que habían dejado de creer. El presidente Carlos Alvear lo expresó de una forma muy clara: «la magnífica hazaña realizada por la tripulación del Plus Ultra afirma las glorias de España una vez más y la fuerza espiritual de ese gran pueblo…»; al igual que Carlos M. Noel el Intendente Municipal de Buenos Aires: « La hazaña de Franco enardece hondamente la fibra patriótica argentina porque una pujanza siempre viva de la raza progenitora es promesa de grandeza para nuestro porvenir…»; el manifiesto de la Casa de Galicia: «Franco, nuestro hermano, ha cruzado el cielo purísimo de América con la misma fe, con el mismo arrojo de aquellos magníficos héroes, símbolo de la raza, que con empuje de titanes conquistaron para la civilización las selvas tenebrosas del continente desconocido»; el diario de Buenos Aires, La Prensa, que dedicó muchísimas páginas al Plus Ultra, en uno de sus artículos decía: «grandes destinos están reservados a esta raza».

La Prensa publicó algunos de los mensajes de felicitación que recibieron de España los tripulantes del Plus Ultra el día de su llegada. Encabezaban la lista los del rey, el de la infanta Isabel y los de la madre de Ramón y su abuelo Ladislao; después venían los del capitán general del Ejército, Weyler, el presidente Primo de Rivera y cinco ministros; y a estos les seguían los del embajador de la Argentina en España, el alcalde de Madrid, el alto comisario en Marruecos, el jefe de la Aeronáutica Militar y una lista de personajes; entre estos últimos figuraban los rectores de varias universidades, políticos, Ramiro de Maeztu, Mariano Benlliure, Azorín y Ramón y Cajal. Pero las felicitaciones no sólo llegaron a Buenos Aires de España, también se recibieron de casi todos los presidentes de los países latinoamericanos: Brasil, Uruguay, Chile, Cuba, Bolivia, Colombia y Paraguay.

En España se vivió con nerviosismo la llegada del Plus Ultra a Buenos Aires. La decisión de Ramón de hacer escala en Montevideo alteró los planes de muchísimas celebraciones que tuvieron que posponerse. Desde que se conoció que los aviadores habían tomado agua en el Plata empezaron a producirse manifestaciones en toda España. En Madrid, un grupo de socios del Aeroclub salió a la calle con bandas de música para vitorear a Franco. En Barcelona, a las cuatro y media de la madrugada las baterías de Montjuic dispararon quince salvas y en todas las iglesias de la ciudad redoblaron las campanas para honrar a los tripulantes; en los balcones del palacio de la Generalidad y del Ayuntamiento se izaron banderas americanas y españolas y las Ramblas se llenaron de gente que vitoreaba a Franco. En Valencia se dispararon tracas, repicaron las campanas, se cerró el comercio y una imponente manifestación salió de la plaza del Ayuntamiento para recorrer la calle de las Barcas, la de la Paz y se disolvió en la plaza de la Virgen de los Desamparados; la cabecera de la manifestación la presidía Nicolás Franco, hermano de Ramón junto a las autoridades locales y representantes diplomáticos. En Sevilla, las campanas de la Giralda repicaron durante toda la tarde, mientras los aviones de la base de Tablada sobrevolaban la villa. En Zaragoza los estudiantes salieron a la calle para tomar el centro de la ciudad, acompañados de la banda de música del regimiento de Aragón. En Huelva se cerraron los establecimientos, las campanas se echaron al vuelo y la gente salió a las calles. En Bilbao, desde la media tarde, empezaron a explotar cohetes y petardos, salieron a la calle bandas de música y se izó la bandera española en todos establecimientos públicos. En Baracaldo, la banda municipal recorrió la ciudad, seguida de muchas personas y después se organizó una manifestación que llegó hasta la casa donde se alojaba Carmen, la esposa de Ramón, para felicitarla. En Ferrol la gente acudió en masa a la vivienda de la madre del comandante que tuvo que salir al balcón para responder a los saludos. La lista de pueblos y ciudades españolas en los que se celebró espontáneamente la llegada a Buenos Aires de los tripulantes del Plus Ultra, incluye la práctica totalidad de las localidades del país. Tracas, cohetes, repiques de campanas, iluminaciones, colgaduras, manifestaciones espontáneas de gente y sobre todo de estudiantes, manifestaciones organizadas con las autoridades en la cabeza, vuelos de aeroplanos, cañonazos y toques de sirena de los buques, fue el modo en el que la nación española expresó su satisfacción al conocer el feliz desenlace del raid de Ramón Franco y sus tripulantes. A esas expresiones de alegría espontáneas siguieron multitud de actos organizados en plazas, teatros y locales públicos, banquetes, fiestas, bailes, conciertos y representaciones teatrales para conmemorar el vuelo de los aeronautas[xxviii]. El rey publicó un real decreto de indulto general.

Quizá, una de las expresiones populares organizadas más multitudinaria tuvo lugar en Madrid, en el monumento de Colón, con la presencia del embajador de Argentina en España y el alcalde de la ciudad. El embajador parafraseó al presidente Alvear, « ¡Así, querida España!», y se abrazó al alcalde, conde de Vallellano, y a una artista argentina expatriada, Lola Membrives, que no pudo contener la emoción, mientras la gente aplaudía y unos cincuenta aviones sobrevolaban la Castellana. Entre los numerosos actos que se celebraron en España hubo una recepción organizada por el ministerio de Estado en la que se rindió homenaje a los tripulantes del Plus Ultra y los países de América y Portugal, sobre los que había volado. El discurso final, a cargo del presidente Primo de Rivera, contenía el mensaje político del raid y explicaba las razones de Estado que lo habían motivado: «…al poco de constituirse el Directorio Militar, se celebró en el paraninfo de la Universidad la fiesta de la Raza, que presidió Su Majestad el Rey. Yo dije entonces que nuestro Directorio intensificaría nuestras relaciones con América, y, que esto lo incluía en su programa de gobierno…Las relaciones entre España y América se estrechan y yo hago fervientes votos porque todas las naciones americanas estén representadas en el gran Certamen de Sevilla. Luego Su Majestad el Rey irá a América para devolverles el saludo cordial». Parte de la operación política orquestada por el marqués de Estella consistía en ganar prestigio frente a las naciones hispanoamericanas, la otra parte tenía que ver con la imagen del régimen en la propia España. Sin embargo, el dictador no podía imaginarse que el comandante Ramón Franco fuera a crearle tantos problemas.

Al día siguiente de la llegada de los tripulantes del Plus Ultra, en Buenos Aires, se celebró un tedeum en la catedral y la muchedumbre, al igual que en las otras ceremonias religiosas a las que habían asistido en Pernambuco y Río de Janeiro, asaltó a los españoles con violencia. A Ramón le hicieron daño en una mano y a Pablo Rada le lesionaron un brazo hasta el punto de que precisó de asistencia médica durante unos días. El vicario, en su alocución, prorrumpió en vivas a la Argentina y a España y la salida de la iglesia fue tan peligrosa, para los aviadores, como la entrada.

Ramón convocó a toda la prensa en el hotel donde se alojaban y los periodistas los invitaron a sus redacciones. En las oficinas de La Nación vieron la película de su vuelo, revelada en Brasil y que habían traído ellos a Buenos Aires.

En la capital argentina había unas 300 sociedades españolas que competían entre ellas por agasajarlos y a estas se sumaban las porteñas, que no eran menos. Las jornadas de los tripulantes incluían 20 o 30 eventos cada día, lo que les resultaba agotador.

En la Casa Rosada celebraron un gran almuerzo con el presidente Alvear en el que Ramón le hizo entrega de la copa de la Sociedad Colombina de Huelva, brindando en ella con vino español; Rada también participó en el ágape.

A los tripulantes del Plus Ultra se les acumularon los obsequios que les trajeron delegaciones de pueblos y ciudades: placas de oro, pergaminos, medallas y otros objetos; a cambio se vieron en la obligación de firmar centenares de retratos. Todos los días les llegaban miles de cartas y telegramas, que no podían contestar, ni con la ayuda de un gallego, que se había presentado voluntario para ocuparse de ese menester.

Quitándole horas al sueño, Ramón también trabajaba en el diseño del viaje de regreso a España. Sin embargo, había gente en Buenos Aires que decía que el raid debería concluir allí mismo y que España tendría que donar el avión a la Argentina. El propio Durán advirtió a Ramón de que no se rompiera la cabeza con el raid de vuelta a España porque allí se terminaba su viaje.

El 14 de febrero llegó el Alsedo a Buenos Aires y ese día por la tarde los tripulantes del Plus Ultra se embarcaron en el buque español para trasladarse a Mar de Plata; era este un lugar de veraneo donde se congregaba por aquella época la alta sociedad argentina. Allí les habían organizado más fiestas y agasajos, más eventos, de aquella larga ceremonia de exaltación que no parecía que iba a tener nunca fin.

Ramón estaba exultante, incluso a veces bromeaba con los periodistas. A uno de la Associated Press, estadounidense, que le pedía información que no le daba y que a modo de queja le dijo que tenía orden de escribir cinco mil palabras, le respondió: «Tengo la seguridad de que desde el día que nací hasta ahora no he pronunciado aún tantas palabras».

De Chile, el presidente de aquel país, envió aviones para darles la bienvenida y tratar de convencer a Ramón de que volara hasta allí. En una conferencia con el jefe de la Aeronáutica chilena, señor Veloso, le dijo que saldría de Buenos Aires el 1 o 2 de marzo y le explicó los detalles del plan en lo referente a Chile para que informase al Gobierno de su país[xxix]. El comandante Franco había comenzado a tomar decisiones por su cuenta que iban más allá de lo que pertenecía al ámbito de su competencia, las noticias llegaban a España y a los superiores del comandante les causó preocupación, aunque dada la popularidad del héroe tuvieron que actuar con mucha cautela.

El 19 de febrero, Ramón había concluido su proyecto de vuelo de regreso y lo envió a Madrid. A fin de minimizar el riesgo del viaje a Chile, pretendía cruzar los Andes por la región de los lagos y el río Negro y así alcanzar Valparaíso, desde allí volaría a Guayaquil, Panamá, La Habana, Nueva York y San Juan de Terranova, para atravesar el Atlántico con escala en las Azores antes de llegar a Vigo y finalizar el viaje en Palos de la Frontera. En total, para el regreso haría nueve etapas, algunas terrestres lo que no le planteaba ningún problema ya que el hidroavión podía equiparse con ruedas.

 

El final del raid a la Argentina

En Mar de Plata, cómodamente alojados en el Golf Club, visitaron al presidente Alvear y las fiestas continuaron, hasta que al atardecer del día 21 de febrero recibieron la orden del Gobierno español de dar por terminado el raid en Buenos Aires, después de la visita, que aún tenían pendiente, a Montevideo. Ramón se encerró en su cuarto, canceló su programa de fiestas y al día siguiente regresó en tren a Buenos Aires. Alda no pudo seguirle, enfermo de tanto comer, se quedó en Mar de Plata y aprovechó el tiempo para preparar la conferencia que tenía que dar en Montevideo.

Ramón estaba desesperado, furioso y cuando la gente le preguntaba qué podían hacer para que prosiguiera con el raid solamente se le ocurrió decir que habría que pedirle permiso al presidente Alvear para continuarlo con bandera argentina. La idea era un despropósito, pero varias decenas de miles de manifestantes lo hicieron, sin ningún éxito. La decisión del Gobierno frustró las ilusiones del comandante, en un momento en el que su ego había alcanzado unas dimensiones muy considerables. De golpe todos sus proyectos para el futuro se vinieron abajo y se sintió completamente vacío. También zozobraban las peticiones que el Ayuntamiento y la cámara de comercio de Ferrol habían hecho al rey don Alfonso, para que Ferrol fuera la última etapa del raid y que se le regalara a la ciudad el Plus Ultra una vez que concluyera este. La petición iba acompañada de otra aún más comprometida para el monarca: que a Ramón Franco se le otorgara el título de marqués de Palos[xxx]. De haber cedido el rey, en cuanto a la cuestión nobiliaria, es muy posible que en el futuro el aviador le hubiese causado aún más dolores de cabeza.

Cuando los argentinos recibieron la noticia del Gobierno español de que el hidroavión les sería entregado, el periódico La Razón trató de impulsar el proyecto de un retorno del Plus Ultra a España, esta vez pilotado por el mayor Zanni, el alférez Nelson Page y el mecánico Beltrame, todos ellos pertenecientes a la Aviación Argentina. Sin embargo, la idea no prosperó ya que el Gobierno argentino se sentía obligado a preservar el hidro como un precioso recuerdo del gran vuelo de los españoles.

La noticia del inesperado final del raid enrareció el ambiente entre los medios y algunas organizaciones españolas en Argentina. Se propagó la noticia de que fueron los representantes de las sociedades españolas los que pidieron al Gobierno de España que el raid concluyera en Buenos Aires. Y todas apuntaban a que el principal inductor fue Félix Ortiz y San Pelayo, presidente de la Asociación Patriótica. Lo cierto es que el día 22, cuando ya era pública la decisión del Gobierno español de dar por finalizado el vuelo, don Félix envió un telegrama al rey y al presidente del Gobierno español con el siguiente texto: «De ser cierto que viaje Plus Ultra termina en Buenos Aires, creemos interpretar vehemente aspiración colectividad española solicitando sea donado hidroavión a la Nación Argentina, como recuerdo y símbolo de la unión de ambos pueblos». De este telegrama la Asociación Patriótica mandó copia a los periódicos, que lo publicaron el día 23. La misiva tuvo un éxito fulminante, porque al día siguiente la solicitud fue atendida. Félix Ortiz insistió en que su misiva al Gobierno de España la envió después de que éste decidiera suspender el raid y que jamás participó en ningún intento de presionar a las autoridades españolas para que dieran por finalizado el viaje del Plus Ultra en Buenos Aires. El diario Crítica de Buenos Aires —que nunca mostró simpatía alguna con el Gobierno de Primo de Rivera ni con el monarca español— apuntaba a Félix Ortiz como el responsable principal de la decisión española que tanto contrarió a Ramón.

Ramón hizo declaraciones en contra del grupo de españoles en Argentina que había inducido a sus superiores a liquidar el raid y, aunque nunca se refirió de forma explícita a Félix Ortiz, muchos entendieron que era el último blanco de sus críticas. Entre Ortiz y Ramón Franco se produjo un claro distanciamiento. El presidente de la Asociación Patriótica consideraba que el aviador actuaba de forma caprichosa, criticaba en público a sus superiores de modo inapropiado, era un egocéntrico y organizaba su agenda de forma arbitraria, acudiendo a lugares que debería evitar y soslayando invitaciones que, a su juicio, tendría que haber aceptado. Ortiz era un conservador y Ramón poseía una veta rebelde cuya educación castrense podía amagar pero no extinguir. Por el contrario, Ortiz admiraba a Julio Ruiz de Alda —un muchacho lúcido y de gran valía— y a Durán, que protegido por sus compañeros argentinos de la Armada actuaba con mucha discreción e independencia. En la Asociación Patriótica que presidía Ortiz no figuraba ningún miembro que se proclamase republicano o agnóstico, aunque el número de organizaciones españolas con este perfil en Buenos Aires era muy reducido.

El 24 de febrero Ramón voló a Montevideo con el Plus Ultra. Julio Ruiz de Alda seguía curándose en Mar de Plata. El Alsedo también zarpó rumbo a Montevideo, donde Ramón y sus tripulantes, con la excepción de Julio, permanecieron durante cinco días, en los que continuarían los homenajes y agasajos, en un ambiente cordial con la participación muy activa del presidente Serrato.

El 1 de marzo, regresaron a Buenos Aires y se enteraron de que el Gobierno argentino había puesto a su disposición un buque, el Buenos Aires, para llevarlos a España. En Buenos Aires les esperaba Julio, ya repuesto.

Ramón Franco decidió que el último vuelo del Plus Ultra lo haría con el comandante del Alsedo, sus oficiales y algunos representantes de la tripulación. Mediante este gesto, el piloto, quería reconocer el apoyo que había recibido durante el raid del buque de la Armada. Con diez pasajeros a bordo, el Plus Ultra sobrevoló la ciudad de Buenos Aires, en un corto pero simbólico vuelo que cerró el historial operativo al servicio de España del famoso hidroavión.

Antes de proceder a la entrega del Plus Ultra al Gobierno argentino, Ruiz de Alda se desplazó a Montevideo, para la dar la conferencia a la que se había comprometido, y el resto de la tripulación visitó las ciudades de Rosario y Córdoba, en Argentina.

Se fijó la fecha del 11 de marzo para que se efectuase la entrega del Plus Ultra al pueblo de la Argentina; ese mismo día los españoles embarcarían en el Buenos Aires. La donación la hicieron don Alfonso Danvila encargado de negocios de España y el comandante Ramón Franco, en representación de su majestad el rey Alfonso XIII, al ministro de Marina don Manuel Domecq García, que actuó en nombre del Gobierno argentino. Al acabar la ceremonia de la firma, Ramón se dirigió al público que asistió al acto, visiblemente afectado: «Me complazco de que el hidroavión Plus Ultra», en el cual hemos realizado el viaje desde mi patria hasta la Argentina, pase a ser propiedad de este país. Pero, más me complacería que, si alguna nación intentara el vuelo hacia Europa rumbo a su patria, fuera ella la República Argentina, utilizando su propio avión un piloto argentino».

Sus palabras terminaron en aplausos y a continuación habló el señor Danvila, a quien la gente también aplaudió; el acto se cerró con un discurso del almirante don Manuel Domecq, en el que expresó el agradecimiento del presidente Alvear.

Dos hidroaviones de la Armada argentina sobrevolaron el Buenos Aires y el Plus Ultra a modo de despedida. Ramón abrió cuanto pudo los ojos para mirar con tristeza el hidroavión que lo había convertido en el aviador español más famoso de todos los tiempos. Sintió pena e indignación. El general Primo de Rivera le había robado el infinito placer de regresar al espacio con aquella excelente máquina, de recorrer miles de kilómetros y visitar otros países en donde lo esperaban para agasajarlo y darle apretones casi hasta romperle los huesos centenares de miles de personas; ya se había acostumbrado y también había descubierto que era un héroe: una expresión genuina de los valores de la raza, lo que le permitiría sobreponerse a cualquier contrariedad.

A Pablo Rada se le humedecieron los ojos al ver pasar al Plus Ultra, arrastrado por un remolcador por la proa del Buenos Aires; sintió un dolor como si le arrancaran parte del corazón. Una hora más tarde, a las 18:00, el que había sido comandante del Plus Ultra y su tripulación, zarpaban en el crucero Buenos Aires de vuelta a España.

El buque que transportó a los aviadores del Plus Ultra a su país era un crucero destinado por la Armada argentina para llevar a cabo misiones de representación. Su comandante, Américo Fincati, y los oficiales y marineros de la tripulación, estaban acostumbrados a transportar pasajeros ilustres a quienes procuraban entretener en las largas travesías. Durante los veintisiete días de navegación, Ramón se mostró educado pero no habló mucho. Su mirada ausente, los ojos caídos y una arruga entre las cejas, daban a entender que no estaba muy animado. Rada fue el más activo y colaboró con la tripulación del barco en multitud de tareas. Pasaron muchas horas jugando al mahjong, un entretenimiento que encontró Julio a bordo y al que le faltaban piezas, pero que, con tenacidad, consiguió recomponer buscándolas por todos los rincones. También escuchaban música en un gramófono, discos de tangos que les habían regalado en la Argentina, y a Ramón le gustaba hacer sonar de vez en cuando la música gallega que descubrió en la discoteca de a bordo. El más conversador de todos fue el jerezano Durán, sobre todo conforme se acercaban a Huelva. Durante horas hablaba de toros, de matadores, de la forma de lidiar las reses bravas, de su cría y de los campos de Andalucía donde había contemplado su impresionante figura tantas veces. Los oficiales argentinos seguían la conversación del jerezano hasta altas horas de la noche[xxxi].

Ramón podía estar satisfecho porque el raid había sido un éxito. Fue una verdadera lástima que en el tramo de la isla de La Sal a Recife tuvieran que hacer escala en Noronha, al echársele la noche encima. Deberían haber despegado antes de La Sal, pero el remolque hasta el lugar donde pudieron hacerlo, resultó mucho más difícil de lo que esperaba, debido a las condiciones de la mar. En cuanto a la navegación, Ramón mantuvo bien los rumbos y las estimas siempre fueron buenas. Él había pilotado el hidroavión durante casi toda la travesía, tan sólo cedió los mandos a Durán y Julio, en tramos muy cortos. Sin piloto automático, sobre el mar, no se podía perder de vista la brújula en ningún momento. Las observaciones del Sol, que hizo Julio durante la travesía, no sirvieron de mucho. La mejor ayuda, para garantizar las recaladas, en las travesías sobre el océano, fue el radiogoniómetro. Con buena visibilidad la estima hubiese bastado para encontrar las islas, pero sin ella, en ausencia de la radio, la navegación podría haber resultado fatal. La idea de la Marina de poner a su servicio dos buques fue muy útil, porque al distanciarlos, en ausencia de otras estaciones de radio, pudieron contar con las de los barcos; también les facilitó el remolque, en Las Palmas y la isla de La Sal, hasta lugares mejor protegidos desde donde pudieron despegar. El avión y los motores tuvieron un comportamiento magnífico, con pequeños problemas que Rada resolvió con facilidad. Durante la estancia en Argentina, Julio había propuesto a un grupo de inversores la posibilidad de crear una compañía para efectuar vuelos trasatlánticos, con aeronaves, de Sevilla a Buenos Aires. Sin embargo, el Dornier Wal, que era uno de los hidroaviones de mayor radio de acción en ese momento, distaba mucho de poseer las características técnicas necesarias para garantizar un servicio de transporte aéreo regular trasatlántico. Para cubrir las etapas más largas sobre el océano, necesitaba despegar con una mar tranquila, debido al peso; en unas condiciones de carga para las que no estaba proyectado, lo que ponía en peligro su estructura (el propio Julio Ruiz de Alda había comentado a su padre que no estaba seguro si las ‘varillas’ del hidro resistirían los despegues) y hacía imposible el transporte de carga de pago. Ningún hidroavión comercial de la época servía para efectuar esos servicios que, en un momento de euforia, Julio llegó a proponer. El propio Ramón Franco ya había anunciado en Río de Janeiro que el transporte aéreo comercial a través del Atlántico Sur estaba fuera del alcance de los hidroaviones de entonces, tan solo accesible a los dirigibles; sin embargo los hidros eran más baratos y quizá en unos cuatro o cinco años se dispondría de aviones capaces de prestar el servicio. El vuelo del Plus Ultra llevó al hidroavión al límite de sus posibilidades técnicas y se realizó con éxito gracias a la pericia del piloto, la ayuda de la radiogoniometría y un poco de suerte. Ramón cometió algunos errores de planificación: quizá dedicó demasiado tiempo a las celebraciones en Las Palmas, no contaba con portulanos de las islas para determinar las zonas abrigadas, en función de la dirección desde la que soplaran los vientos y el uso que hizo de las posibilidades, que ya había formulado Gago Coutinho, sobre la navegación astronómica, fueron muy limitadas. Blériot, el famoso aviador francés que el 25 de julio de 1909 voló por primera vez de Francia a Inglaterra, al despegar le preguntó a Leblanc, su jefe de operaciones: « ¿Dónde está Dover?». El ayudante, sorprendido, le contestó señalando con la mano: «Por allá». No llevaba a bordo ninguna brújula y durante diez angustiosos minutos, Blériot, voló envuelto en la niebla. Las estelas de unos barcos lo reorientaron y cuando el viento empezaba a zarandearlo se topó con Dover. Recorrió 44 kilómetros en 36 minutos y 30 segundos. Su mujer, Alice, anotaría poco después en su diario: «aquello fue el comienzo de la gloria». Incluso, Lindbergh, que al año siguiente cruzaría el Atlántico Norte, de Nueva York a París, tampoco se auxilió de la navegación astronómica, ni utilizó un radiogoniómetro, y su arribada al Continente en el punto estimado (con un error de pocas millas) ocurrió, en buena medida, gracias a la suerte. Sin embargo, nadie cuestiona que los vuelos de Blériot y Lindbergh, son unos de los más grandes de la historia de la aviación, a pesar de los fallos con que se ejecutaron. Por la misma razón, el vuelo del Plus Ultra no puede desmerecerse por los errores, en su preparación o en su ejecución, ni por la desproporcionada relevancia que tuvo en España y Argentina, motivada por causas ajenas a Ramón y al resto de los tripulantes, ni por el contenido político con que lo aderezó la máquina publicitaria del Gobierno de Primo de Rivera. Fue un vuelo al que Barberán y Franco trataron de restarle peligros en su informe al general Soriano, pero que estaba lleno de incertidumbres, dadas las condiciones límite en las que se vio forzado a operar el avión, en las etapas más largas sobre el Atlántico y a la precariedad de los métodos de navegación que se emplearon. Un poco más de viento o de mar, el fallo de la radio o la falta de visibilidad, hubieran dado al traste con la aventura.

En los medios internacionales el evento apenas alcanzó una mínima parte de la repercusión que tuvo en Brasil, Uruguay, Argentina y España, y es cierto que no se ha recogido con excesiva prodigalidad en la literatura aeronáutica especializada. En los libros de Mi vida con Ramón Franco contada por José Antonio Silva y Ramón Franco de Joaquín Leguina y Asunción Núñez, se hace referencia a un estudio de Darío Vecino según el cual no han hecho mención a este vuelo algunos tratadistas clásicos de la aviación y cita entre ellos a Dollfus; esto no es cierto, el historiador francés hace referencia al vuelo de Ramón Franco en su libro Histoire de lAéronautique (pg.425). En general, la literatura aeronáutica francesa es muy poco indulgente con los éxitos extranjeros. A mi juicio, José Antonio Silva califica el vuelo con excesiva dureza: «Considerándolo todo fríamente, el Atlántico NO HA SIDO VENCIDO, aunque el vuelo haya sido notable sin duda» (Mi vida con Ramón Franco pg. 48). Cuando Ramón Franco amerizó junto a un buque, a unas 25 millas de la isla de Noronha, eran las 18:35 horas y enseguida se hizo de noche. Le quedaban a bordo unos 900 litros de combustible, estaba a 540 kilómetros de Pernambuco, conocía perfectamente cuál era su posición y Julio Ruiz de Alda recibía con el gonio la señal de Pernambuco; la navegación hasta Recife no les planteaba ningún problema y llevaban gasolina para llegar al continente americano en tres horas más de vuelo. Sin embargo, aún faltaba hora y media para que saliera la luna, si no la ocultaba alguna nube, con lo que la mitad de ese tiempo habrían volado en la oscuridad, con mar fuerte del NE y viento del SE, lo que garantizaba un oleaje considerable en mar abierta; Ramón, siendo un piloto arriesgado, decidió amerizar por lo que resulta evidente que continuar le pareció una imprudencia que podría dar al traste con una misión cuyo éxito tenía prácticamente asegurado. Fuera cual fuese la planificación que hubiera hecho, las limitaciones de la aeronave forzosamente tenían que obligarle a tomar ese tipo de decisiones. La misión se cumplió dentro del margen de las previsiones razonables que se habían hecho, y por tanto entiendo que el piloto y su tripulación sí vencieron el Atlántico Sur, aunque dicha frase tenga un sentido tan ambiguo como retórico. Y creo que esa es la opinión de la mayoría de los que escribieron sobre el vuelo en la prensa no latinoamericana de la época, y la de los muchos pilotos y expertos extranjeros que hablaron entonces sobre el asunto. En concreto, ases de la aviación francesa, la prensa parisiense, italiana y estadounidense, se hicieron eco del éxito de los aeronautas españoles. Son muy llamativos los artículos publicados por los diarios estadounidenses; en algunos los autores se lamentan de que, mientras a la Marina de su país le resulta imposible volar en hidroavión hasta Hawái, los españoles hayan cruzado el Atlántico Sur. En general aplauden el vuelo del Plus Ultra y esbozan la idea de que dicha misión puede ser indicio de un resurgimiento de la vieja España, tras un periodo de profunda depresión[xxxii]. Ojalá lo hubiera sido.

 

El regreso del héroe

El Gobierno tuvo algunas dudas con respecto al puerto español en el que se recibiría a la tripulación del Plus Ultra, aunque muy pronto se disiparon y al Buenos Aires se le enviaron instrucciones para dirigirse directamente a Huelva. Como las islas Canarias solían ser el puerto de entrada habitual de los buques que arribaban de América del Sur, la prensa local especuló con la idea de que, a su regreso, allí pisarían los aeronautas tierra española por primera vez. Sin embargo, el buque argentino repostó combustible en Cabo Verde, suficiente para navegar sin escalas hasta Palos de la Frontera.

Su llegada estaba prevista para el día 5 de abril y la víspera, Huelva ya estaba abarrotada de gente. Por la noche, el Círculo Mercantil celebró un elegante baile de homenaje a la escuadra, que se había congregado en el puerto. Los buques Cataluña, Delfín, María de Molina, Lasaga, Vasco Núñez de Balboa, Jaime I, Blas de Lezo, contratorpedero Cíclope, torpedero Número 19, y los 7 submarinos de la base de Cartagena[xxxiii], habían acudido a Huelva porque el rey y su séquito tenían intención de recibir a los aeronautas. Los oficiales de la Marina, la alta sociedad onubense y personas que llegaron de Sevilla y Madrid, se dieron cita aquella noche en el Círculo Mercantil, mientras que el pueblo bailaba pasodobles en la plaza de las Monjas, iluminada con centenares de bombillas con las que se habían escrito los nombres de los aeronautas, el de Colón y las fechas de 1492 y 1926. En toda la ciudad, engalanada con banderas españolas, de Huelva y argentinas, se repetían las manifestaciones de una desbordante y contagiosa alegría.

En Huelva, el 5 de abril amaneció con sol. A las nueve de la mañana las salvas anunciaron la llegada del rey que embarcó en el Cataluña y una hora más tarde se divisó el Buenos Aires. El buque argentino pasó por el costado del español con los cuatro tripulantes del Plus Ultra formados en cubierta, enfrentados al puente del Cataluña para saludar militarmente al monarca. Justo al cruzarse las dos embarcaciones, la tripulación del Buenos Aires, formada, lanzó tres ‘hurras’ que contestaron los marineros de la escuadra española, formados también en las cubiertas de sus barcos. Las voces de los militares se entremezclaron con el doblar de las campanas, las salvas, los petardos, el clamor del gentío y los vivas que surgieron de miles de personas que atiborraban los muelles. Todo aquel barullo se mezcló con el rugido de los motores de decenas de aeronaves que surcaban los cielos. De Mar Chica, Tablada, Cuatro Vientos y de la Aeronáutica Naval de Barcelona, habían llegado pilotos militares con sus aviones para saludar a sus compañeros que regresaban de Argentina.

Ese mismo día, un desgraciado accidente en Barcelona, terminó con la vida de uno de los aviadores cuando trataba de unirse a sus compañeros que viajaron a Huelva. Fue un triste recordatorio de que el vuelo, en aquellos tiempos, era un ejercicio muy peligroso.

El Buenos Aires fondeó en el puerto y esperó a que subieran a bordo los agregados militar y naval de la embajada argentina en España. A las 10:40 una canoa del Cataluña recogió a los aeronautas españoles y a los agregados argentinos para llevarlos a la cubierta del buque en donde los esperaba el rey. El monarca abrazó efusivamente a los tripulantes del Plus Ultra y les ofreció una copa de champán. Después de intercambiar unas palabras, el soberano, el marqués de Viana, Franco, Alda, Durán, el infante don Carlos, Rada y el príncipe don Gabriel —por ese orden— embarcaron en una gasolinera para pasar al cazatorpedero Lazaga. Una vez que subieron a bordo, el rey se sentó bajo una toldilla y los demás quedaron de pie alrededor suyo. Ramón y el monarca entablaron una intensa conversación y el aviador, de vez en cuando, sacaba un bloc de notas del bolsillo para enseñarle algo al monarca. A las 11:30 el Lazaga enarboló el pendón morado de Castilla y zarpó rumbo a La Rábida, detrás le seguían el torpedero Número 19, con las autoridades y el Vasco Núñez de Balboa con los periodistas. El rey les dio a los aviadores las llaves de gentilhombres y les dijo que se las colgaran del hombro. En La Rábida desembarcaron todos y en automóviles se dirigieron a Palos de la Frontera para celebrar un tedeum. Tras la ceremonia religiosa regresaron al monasterio para participar en el acto organizado por la Sociedad Colombina. En el patio se había improvisado un estrado donde se ubicó el monarca junto con las autoridades que lo acompañaban. El secretario de la Sociedad leyó el acta de la sesión conmemorativa del vuelo del Plus Ultra: «…se abre esta acta para hacer constar que desde Palos sobre las aguas del Tinto, se deslizó el avión Plus Ultra, tripulado por…y al llegar al estero de Domingo Rubio, siendo las ocho horas y diez minutos, se elevó majestuosamente, voló sobre el Monasterio y tomó rumbo hacia la República Argentina, llevando un respetuoso y entusiasta mensaje para su ilustre presidente Dr. D. Marcelo T. de Alvear y una copa de oro dedicada por la Colombina…». En el documento se daba cuenta del viaje y de la entrega de la misiva y la copa al mandatario argentino y finalizaba con una llamada al estrechamiento de los vínculos de amor que deben unir a quienes comparten la misma raza, poniendo énfasis en el papel facilitador del Plus Ultra para lograr dicho fin. Una vez que se leyó el documento, el presidente de la Colombina, señor Marchena Colombo, pronunció un discurso y el rey otro que terminó también con alusiones a la raza hispana, destinada a fomentar la paz, el progreso y la libertad. En el acta se establecía un claro paralelismo entre el viaje de Cristóbal Colón y el de Ramón Franco. Ambos se iniciaron en «el estero de Domingo Rubio», que es el lugar desde el que zarparon las tres carabelas de don Cristóbal, el mismo sitio en el que según la Sociedad Colombina levantó el vuelo el Plus Ultra cuando comenzó su histórico viaje a América.

Terminados los actos de la mañana, el rey ofreció un almuerzo a los aviadores y sus familias, que se celebró en la caseta de las obras del puerto de Huelva, en la Punta del Sebo. A Palos de la Frontera habían acudido los hermanos de Ramón Franco y de Pablo Rada así como las familias de Ruiz de Alda y de Durán. Carmen, la esposa de Ramón no fue a Huelva; acudiría a Madrid cuando el piloto se quedara libre de compromisos.

Por la tarde, en Huelva, en la plaza de las Monjas, Pablo Rada recibió un martillo de oro que le regalaron los obreros de la ciudad. El rey no lo había nombrado gentilhombre, ya que no poseía el grado de oficial en el Ejército, y en alguna referencia a la distribución de tareas en el Plus Ultra, el monarca hacía un reparto en el que a Rada le asignaba la fuerza mecánica del trabajo y a los oficiales la funciones científicas e intelectuales. El martillo de oro supondría un cierto desquite a las diferencias tan acusadas entre oficiales y el resto de la tropa que por entonces establecían los ejércitos con tanto rigor. Sin embargo, la relación entre Rada y Ramón siempre fue excelente. Ambos se profesaban una fe mutua, Pablo estaba convencido de que con Ramón volaba con el mejor piloto del Ejército y para Franco era imposible llevar a bordo un mecánico más valiente y comprometido que Pablo. Después de la entrega del martillo y medallas para los aeronautas, hubo más celebraciones en el Círculo Mercantil hasta la cena que se celebró en el edificio de la plaza de la Merced de la Diputación Provincial; al final del banquete el brindis con champán lo adornó su presidente, señor Andolz, con un discurso que contestó el ministro de Marina. El brindis tampoco acabó con la fiesta: por la noche hubo un baile en el hotel Colón y el rey se exhibió por las calles de la ciudad entre aclamaciones y vítores de la gente. Algunos echaron de menos aquel día al presidente del Gobierno, Miguel Primo de Rivera. Su ausencia se justificó por motivos de salud que lo retuvieron en Madrid.

La escuadra zarpó de madrugada con rumbo a Sevilla, en el Buenos Aires viajaron los aeronautas y el rey en el Blas de Lezo. Al llegar a la desembocadura del Guadalquivir, en San Lucas de Barrameda, el monarca subió a bordo del Buenos Aires. El espectáculo de la escuadra navegando río arriba, hacia Sevilla, con el buque argentino en la última posición, rodeado de siete submarinos, era insólito. Los labriegos contemplaron el paso de aquellas moles grises, que desde una cierta distancia parecían surcar la tierra, con estupor e incredulidad.

El 6 de abril de 1926, la capital andaluza se mudó de fiesta, sus calles se iluminaron y vistieron con banderas españolas y argentinas, la gente llenaba los bares y restaurantes y deambulaba por las callejuelas con alegría.

A su paso por Sevilla, el curso del Guadalquivir sigue meandros que siempre dificultaron la navegación de buques de cierto calado por la falta de profundidad debido a los sedimentos que se acumulan y la dificultad de hacer giros tan cerrados. Mediante excavaciones para acortar los meandros, desde hacía ya muchos años, la ciudad mejoró la navegabilidad del río y la última de aquellas obras se conocía con el nombre de la Corta de Tablada; el proyecto —que databa del año 1902— incluía excavaciones, el dragado del canal navegable del río, un muelle de unos ochocientos metros, con sus grúas almacenes y aduanas, y la construcción de un puente levadizo: el Alfonso XIII. Fue el Gobierno de Primo de Rivera el que impulsó la realización de la obra y el 6 de abril de 1926, a bordo del Buenos Aires, junto con la recién llegada tripulación del Plus Ultra, en compañía de la escuadra, el propio Alfonso XIII navegaba por el Guadalquivir hacia Sevilla para inaugurar las obras recién terminadas. El buque argentino avanzó majestuosamente, parecía que fuera a abordar el puente, pero los dos bloques de hierro se levantaron y el Buenos Aires pasó y con su proa cortó dos cintas, una con los colores de la bandera argentina y otra con los de la española. Se escuchó el ruido de las sirenas, las salvas y el vocerío de la gente que se había aglomerado en el muelle para recibir a los ilustres visitantes.

En el muelle se improvisó una tribuna decorada con tapices y alfombras, acompañada de la imagen del rey Fernando III, santo de la ciudad, que habían traído de la sacristía de la catedral. Los barcos del puerto estaban engalanados con gallardetes y banderas. El Buenos Aires atracó en el desembarcadero, repleto de flores y banderas, alrededor de la 12:00 horas. Bajó a tierra el rey, delante del infante don Carlos y las autoridades, a las que siguieron los aeronautas. De allí fueron en automóvil hasta la tribuna, donde el presidente de la Junta de Obras del Puerto leyó el acta inaugural de las obras de la Corta que llevaba escrito en un pergamino. El cardenal Llundai recorrió la Corta y el puente levadizo, con el hisopo en la mano, y bendijo las obras; el ministro de Fomento, conde de Guadalhorce, pronunció unas palaras en las que ponderó las nuevas instalaciones y la hazaña del Plus Ultra.

El rey ofreció un vino en una de las casetas, antes del paso del desfile en honor de su majestad y los aeronautas.

Finalizados los actos de la inauguración de la Corta, se dirigieron a la casa de la Lonja donde la Cámara de Comercio de Sevilla había organizado un banquete con numerosa asistencia de gente, pero al que no se invitó a ninguna señora. La madre de Durán tuvo que almorzar con sus hijos en un restaurante céntrico de la ciudad[xxxiv]. Ramón se sentó con su hermano, Rada y otras personalidades en una de las mesas principales. Al finalizar el ágape, el presidente de la Cámara de Comercio, señor Molero, pronunció un breve discurso de felicitación al rey por la conclusión de las obras y el éxito del raid a Buenos Aires.

Del banquete en la Lonja pasaron a la catedral para celebrar un tedeum de agradecimiento a Dios, por el éxito del raid, y de allí fueron a la Unión Comercial donde su presidente ofreció una medalla conmemorativa a los aeronautas. Por la tarde, Ramón, Julio y Durán se desplazaron a los Reales Alcázares para jurar ante el monarca el cargo de gentilhombre. Por la noche, en el hotel Alfonso XIII, donde se hospedaban los aviadores, se celebró otro banquete y al terminar la cena se desplazaron al teatro San Fernando para contemplar el espectáculo de ópera los Hugonotes. Rada no acudió al espectáculo nocturno y se fue a ver a sus hermanos que se hospedaban en el hotel San Millán y que al día siguiente debían regresar a Madrid.

El 7 de abril volvió a ser otra jornada de celebraciones y apreturas, esta vez bajo un cielo azul y brillante. Rada madrugó y visitó el Parque de María Luisa de donde tuvo que escapar al ser reconocido por la gente. Ramón Franco acudió a la iglesia de san Isidoro para ingresar en la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de las Tres Caídas y Nuestra Señora de Loreto, patrona de los aviadores. Después los tripulantes del Plus Ultra se reunieron en la Pirotecnia militar donde les hicieron entrega de los pergaminos de honor de la institución, aunque Rada tuvo que conformarse con el título de obrero de honor; para cerrar el acto tomaron una copa de champán en el despacho del director y el personal del centro desfiló en su honor. Ese mismo día, Ramón pudo darle un abrazo al almirante Gago Coutinho que se encontraba en Sevilla. Por la noche se celebró otro banquete organizado por las autoridades gallegas que se encontraban en Sevilla, presidido por el alcalde de Ferrol, y una obra de teatro en honor de los tripulantes del Plus Ultra.[xxxv]

El 8 se organizó un gran almuerzo en la base de Tablada al que asistieron las autoridades, los aviadores y lo presidió el monarca. Allí no le fue difícil a Ramón encontrar un aeroplano y tripulantes dispuestos a trasladarlo a la capital cuando quisiera. Por la tarde en el Palacio de Arte Antiguo, en la Plaza de América, el rey les haría entrega de sus acreditaciones como Académicos de la Sociedad Hispanoamericana de Cádiz. Era la última ceremonia en la que participaría Alfonso XIII en aquellos interminables festejos[xxxvi]. Después, a eso de las ocho de la noche, el rey saldría en tren, con su comitiva, de regreso a Madrid. Al comandante se le había agotado la paciencia. Al día siguiente estaba prevista una visita a Jerez, pero Ramón decidió que si el rey volvía a Palacio ya nadie tenía derecho a retenerlo, pero no dijo nada.

Los capitanes Ignacio Jiménez Martí y Vicente Roa habían acudido a Sevilla con un prototipo de la empresa Hispano de Aviación, un avión Potez 25 B-2, para recibir al Plus Ultra. Con Ignacio Jiménez a los mandos del aparato y Vicente Roa con él, en el asiento trasero, Ramón regresó a Madrid el 9 de abril. El Potez aterrizó en Cuatro Vientos a las 11:24 de la mañana. Ramón había avisado a su mujer, Carmen, que llegaría al aeródromo sobre el mediodía, y cuando aterrizó el Potez ella lo estaba esperando. El comandante saludó a los mandos de la base, abrazó a su mujer, los dos tomaron un taxi y desaparecieron. En ese momento, en Jerez, la población y el gobernador civil de Cádiz esperaba a los aviadores y a los marinos argentinos. Los balcones de las casas se habían engalanado, la gente invadía las calles y en la ciudad andaluza se respiraba un aire festivo. Al mediodía llegó a Jerez un telegrama del comandante Franco en el que excusaba su presencia porque se había tenido que trasladar a Madrid debido a que su padre estaba enfermo; poco después se recibió un segundo mensaje telegráfico en el que se anunciaba que Ramón Franco había salido de Sevilla a Madrid a las once de la mañana. Durán, Ruiz de Alda y Rada se desplazaron en automóvil hasta Jerez, donde pasaron la jornada.

Mientras Ramón desorganizaba los actos programados en Jerez para festejar a los tripulantes del Plus Ultra, ese mismo día Primo de Rivera, marqués de Estella, tenía una agenda apretada: por la mañana, acudió a la estación para saludar al rey que regresaba en tren de Sevilla; a continuación celebró un Consejo de Ministros en Palacio, en presencia del monarca; y más tarde recibió en audiencia a varios personajes, entre ellos al general Francisco Franco[xxxvii]. El presidente del Gobierno tuvo que interesarse por la salud del padre del general, ante la sorpresa del militar que desconocía la excusa oficial con que su hermano se acababa de escapar de Sevilla. Hacía apenas unos días que Francisco había ascendido al generalato, por méritos de guerra, y se daba la extraordinaria circunstancia de que con su padre, Nicolás Franco Salgado-Araujo y su abuelo, Ladislao Bahamonde Ortega, vivos y naturales de Ferrol todos ellos, formaba un trío familiar de generales, único en la historia militar española. Sin embargo, el general con su padre no se hablaba, por eso cuando Primo de Rivera se interesó por la salud de don Nicolás, que había motivado el repentino viaje de Ramón a Madrid, tuvo que sentirse desconcertado.

El 12 de abril Ramón acudió a Palacio a cumplimentar al rey y a la salida de la audiencia no quiso hacer muchas declaraciones a los periodistas, aunque se quejó de que «tampoco hay derecho a que por siete días de viaje se obtengan tres meses de apoteosis». Cuando le preguntaron por el riesgo y el trabajo de su hazaña se acordó de sus duras jornadas sobre los cielos africanos: «El riesgo y el trabajo están en Marruecos, donde además son obscuros. Nosotros con esto hemos adquirido gloria, renombre y dinero; yo estoy agradecido a todos por los homenajes de que me han hecho objeto, y ahora solo ambiciono descansar». Ese mismo día también fue a ver a Primo de Rivera para hacerle entrega de una medalla que traía de Montevideo para el presidente, regalo de la colonia española en aquella ciudad.

El aviador tenía motivos para desear que se olvidaran de él unos días y lo dejaran disfrutar de la compañía de su joven esposa Carmen. Sin embargo era muy difícil pasar inadvertido y acudir a rendir pleitesía a los reyes y el primer ministro. El día siguiente al que se presentó al monarca y al presidente del Gobierno acudió a otra vez a Palacio para cumplimentar a la reina María Cristina. En realidad descubrieron su paradero muy pronto y la gente acudió a saludarlo al hotel Ritz, lanzando los sombreros al aire, cuando salió a uno de los balcones.[xxxviii] Pero el héroe del Plus Ultra trató de mantenerse oculto, hasta el punto de que empezó a circular por Madrid el rumor de que estaba arrestado en un castillo. Florencio Ceruti, un periodista argentino que conocía al aviador, se entrevistó con Ramón quién le reiteró que la razón de su precipitado viaje a Madrid fue el empeoramiento de la salud de su padre; también le dijo que estaba muy preocupado porque circulaba por la ciudad la noticia de que su desaparición había frustrado a los madrileños las ansias de expresar el afecto que sentían por el aviador. Ramón justificó su ausencia de los medios al no querer acaparar unos honores que debía compartir con los demás tripulantes del Plus Ultra y le dijo que, hasta que estos no llegaran a Madrid, se mantendría en un discreto segundo plano[xxxix].

No tardó en reunirse en la capital la tripulación completa del legendario hidroavión. Primero llegaron Julio y Durán, que el 12 acudió al ministerio de Marina, donde en ausencia del titular lo recibió el contralmirante Carranza, y por último se presentó Pablo Rada. Al mecánico lo esperaba una multitud en la estación, pero se apeó en Aranjuez y desde allí siguió el viaje en automóvil. Rada había alcanzado una popularidad extraordinaria.

Existía una cierta tensión entre el marqués de Estella y Ramón; según Carmen, la esposa del aviador, porque Ramón era muy rencoroso. Dicha tensión afectó también las relaciones entre el presidente de la Asociación Patriótica Española de Buenos Aires, Félix Ortiz y San Pelayo, y el propio Ramón Franco. El aviador hacía corresponsable de la suspensión del raid en Buenos Aires a Félix Ortiz, quién siempre negó haber tenido parte en la toma de aquella decisión. Uno de los puntos del acuerdo tomado por la Acción Patriótica para agasajar la gesta del Plus Ultra fue el de recaudar fondos para regalarle a España un hidroavión de características iguales o superiores a las del Dornier Wal con el que Ramón voló hasta la Argentina. Cuando el Gobierno de España decidió suspender el raid en Buenos Aires, muchos descontentos, liderados por Prudencio Ayuela, organizaron otra colecta para regalarle a Ramón un hidro con el que pudiera regresar a España por la ruta que había trazado y volver a la Argentina por el Atlántico Sur. Esta iniciativa contaba con el apoyo del comandante. Ayuela le pidió a Félix Ortiz que cambiara el destino de los fondos recaudados para el hidroavión que se iba a regalar a España y los aplicase a la nueva colecta: Pro avión Ramón Franco. Félix Ortiz se negó y la recaudación organizada por Ayuela fracasó. El presidente de Acción Patriótica Española no quiso alinearse con el grupo contestatario y disidente que aplaudía los movimientos, muchas veces impredecibles, del famoso aviador. Alrededor del 13 de abril, Félix Ortiz envió a Primo de Rivera la primera remesa de su colecta a favor de España para la compra de un hidroavión, por un importe de 200 000 pesetas. El Dictador lo comunicó a la prensa con regocijo, justo en un momento en el que sus relaciones con Ramón Franco no podían ser muy buenas.

El 14 de abril Ramón se reintegró al ceremonial de los festejos en Madrid. Acudió otra vez a Palacio para saludar a los reyes, esta vez acompañado de Durán. El monarca firmó un decreto por el que les concedía la Medalla Aérea a los tripulantes del Plus Ultra. El comandante fue al Ayuntamiento donde estaba reunida la comisión permanente del consistorio, presidida por el alcalde, conde de Vallellano. El regidor y Ramón se abrazaron mientras los concejales aplaudían y después el alcalde pronunció un discurso de reconocimiento a los méritos del aviador en su nombre y el del pueblo madrileño. Cuando Ramón se marchó, la comisión en pleno salió a despedirlo a la puerta.

La gran fiesta en Madrid tuvo lugar el día 16, aunque el tiempo no permitiese que volaran las aeronaves del aeródromo de Cuatro Vientos. El rey había concedido la máxima condecoración militar, la Laureada de San Fernando, a Primo de Rivera por sus actuaciones en la guerra de Marruecos, sin embargo hasta la fecha no había tenido la oportunidad de imponérsela al mandatario. Decidió que lo haría en Cuatro Vientos, al tiempo que condecoraba a los héroes del Plus Ultra con lo que la ceremonia ganaría en relieve y notoriedad. Cuando llegaron los reyes, don Alfonso y doña Victoria, acompañados de la reina doña Cristina y la infanta doña Isabel, con todo su séquito, no cabían más autoridades en el aeródromo de Cuatro Vientos. El Gobierno en pleno, con la excepción de un par de ministros enfermos, autoridades civiles, capitanes generales, directores generales de la Guardia Civil y Carabineros, embajadores y otros muchos civiles e ilustres militares, asistieron al acto. El jefe del Gobierno y los cuatro tripulantes del Plus Ultra estaban formados ante la tribuna donde se acomodaron los reyes. El ministro de la Guerra leyó las disposiciones relacionadas con las medallas que se iban a otorgar y el rey bajó de la tribuna para dirigirse primero a Primo de Ribera: «En nombre de la patria, y en cumplimiento de la ley, premio vuestros servicios, que tan alto han puesto el honor militar»; después se dirigió a Ramón: «por el renombre mundial que habéis conquistado, y por la hazaña que realizasteis, y que perdurará en la Historia, os concedo la medalla Plus Ultra»; y por último a los tres tripulantes del raid : «en nombre de la patria y de la ley, os concedo la medalla del aire, como premio a vuestra hazaña». El rey abrazó a los militares y regresó a la tribuna para presidir el desfile.[xl]

Mientras condecoraban a Ramón, en Cuatro Vientos, el alcalde de Ferrol regresaba en tren a su ciudad del viaje que había hecho a Sevilla para recibir a su paisano; nada más llegar, entrego a doña Pilar, la medalla que le había dado el aviador para su madre, regalo de las damas de la Cruz Roja argentina.

El diario La Época fue multado por el Dictador por el artículo que publicó el mismo día 16 por la tarde, relacionado con el evento de Cuatro Vientos. En una breve columna, de última hora y en primera página, se lamentaba el reportero de que justo en aquellos momentos en que se agasajaba a los aeronautas del Plus Ultra, el aviador Estévez y su mecánico, que tripulaban uno de los tres Breguet 19 que participaba en el raid de Madrid a Manila, anduvieran en paradero desconocido por el desierto de Siria: «pero la vida no tiene compartimentos estancos para los dolores y alegrías, y al lado de una satisfacción que conforta hay siempre una tristeza que la contrarresta». Tras esta introducción el articulista se deshacía en elogios a Ramón, «ensalzaba su deseo de escapar a los homenajes que le hicieron llegar a Madrid de modo inopinado», y no hacía absolutamente ninguna mención a la Laureada de don Miguel Primo de Rivera. Hay biógrafos de Ramón que quieren ver en la multa al diario, el enfado del presidente por la ausencia de referencias a su Laureada, en dicho artículo, pero en el mismo número del periódico también hay otra columna, más extensa, en la que sí se pone de manifiesto, en el título, que el rey impuso la gran cruz de San Fernando al presidente del Consejo. Lo cierto es que el piloto, en este caso, fue utilizado por el diario para castigar al presidente, como ocurriría con otras organizaciones y personajes en muchas ocasiones. Y también fue cierto que, mientras la aventura del Plus Ultra adquiría un reconocimiento desproporcionado, el raid a Filipinas, merecía una atención, por parte de las autoridades y el público en general, infinitamente más pequeña. Pero, en tanto que Ramón tenía motivos para estar molesto con quien le había privado de seguir con su triunfal vuelo, el Dictador aún no contaba con suficientes razones para estar disgustado con el aviador.

Los agasajos y honores que recibió Ramón Franco a su llegada a España y las manifestaciones de adhesión popular fueron de tal magnitud que es difícil encontrar en toda la historia del país un caso similar. Muy pocas veces, o quizá nunca, un hombre fue tan jaleado, vitoreado y encumbrado por las autoridades y la gente llana del pueblo español. Según sus propias manifestaciones el evento que más le conmovió fue el que tuvo lugar en la Academia de Infantería de Toledo, en el que también hizo acto de presencia el marqués de Estella[xli]. Los cadetes quisieron homenajear a los aviadores del cuerpo de Infantería que aquel año habían alcanzado la fama: el comandante Ramón Franco, por su hazaña con el Plus Ultra y los capitanes Esteve y Gallarza, por su participación en el vuelo de la Patrulla Elcano a Manila.

Justo el mismo día que el buque argentino Buenos Aires arribó a Huelva, tres aviones Breguet 19 de la Aeronáutica Militar española, la Patrulla Elcano, iniciaron otro impresionante raid. Despegaron de Cuatro Vientos con la intención de llegar a Manila. Los capitanes Lóriga, Gallarza y Esteve, acompañados, cada uno de un mecánico, pilotaban los aeroplanos. Tan solo un avión, con los capitanes Lóriga y Gallarza a bordo, llegó a su destino el 13 de mayo de ese mismo año, después de recorrer más de 17 000 kilómetros sobre tierras áridas, siguiendo rutas desconocidas. Los problemas técnicos de las aeronaves frustraron el viaje de los tres mecánicos y el capitán Esteve, que se vieron obligados a quedarse en el camino. Su éxito no tuvo una mínima parte de la repercusión que alcanzó la aventura del Plus Ultra, pero no podía pasar desapercibido para los cadetes de la Academia Militar de Infantería.

Durante el acto, la sala del Museo de la Academia dedicada a la Aviación se bautizó con el nombre de Ramón Franco y allí se colocó una lápida y se descubrió un busto en su honor. Primo de Rivera le hizo entrega de una placa que le dedicó la 19 promoción de infantería, la de Ramón, y en el discurso que pronunció durante el banquete al que asistieron unas 1200 personas, el presidente del Gobierno lo mencionó en repetidas ocasiones con palabras de admiración y cariño. Las discrepancias que pudiera haber entre Ramón y el marqués de Estella tuvieron que disiparse en aquel acto que para el aviador fue el más emotivo de todos cuantos había protagonizado tras su llegada a Buenos Aires, que no fueron pocos. De otra parte, el presidente Primo de Rivera tenía motivos para sentirse satisfecho: el éxito del desembarco en Alhucemas y la entrega de Abd el Krim a los franceses lo que presagiaba el fin definitivo de la guerra de Marruecos, la Cruz Laureada que recibió de manos del rey, el entusiasmo que había suscitado el vuelo del Plus Ultra y el fracaso del compló político, en su contra, que acababa de desbaratar el pasado día 22 de junio: la «Sanjuanada». La indulgencia que mostró el Dictador con los golpistas era un signo evidente de la seguridad que tenía en sí mismo, lo que a su vez favorecería que mirase a Ramón Franco con buenos ojos.

A los honores con que fueron recibidos Ramón y sus compañeros, en América y España, les acompañaron miles de regalos: medallas de oro, placas, joyas, bandas, mobiliario, automóviles…A Pablo Rada le obsequiaron con un espléndido Lincoln y a Ramón, la colonia española en Cuba, a través de una colecta que recaudó el Diario Español de la Habana, con un Studebaker. Los regalos también fueron para los familiares de los aviadores y muy especialmente para doña Pilar, la madre de Ramón. Según su hermana Pilar: «a nuestra madre, los Gobiernos sudamericanos le regalaron joyas por valor de más de diez mil millones de pesetas, en valor actual…En aquella época se peritaron en 900 millones». Es posible que exagerase, pero el importe de aquellos regalos fue considerable.

Además de regalos, los tripulantes del Plus Ultra también recibieron importantes sumas de dinero en efectivo. La prensa española y argentina planteó la conveniencia de organizar una subscripción para recoger dinero en metálico con el que se premiara a los tripulantes del Plus Ultra, con la intención de que resultara una cantidad importante. Los defensores de la colecta hacían referencia a la facilidad con que la gente se olvida de estas proezas y ponían como ejemplo al inventor del submarino, el español Isaac Peral, tan celebrado en un tiempo como sumido en el anonimato poco después, a la vez que criticaban los gastos excesivos en festejos y fuegos de artificio.[xlii]La Cámara de Comercio de Madrid recogió la iniciativa y desembolsó cinco mil pesetas[xliii]; en Valencia, el gobernador reunió a los presidentes de las sociedades económicas y de recreo y empezó a recaudar fondos en los teatros. En Huelva se organizó una colecta para regalarle a Rada un martillo de oro y en Tenerife la Sociedad Automóvil Club abrió una suscripción a fin de reunir una cantidad sustanciosa en efectivo para el mecánico del Plus Ultra. Pablo Rada, por el hecho de no ser oficial, en muchas ocasiones fue relegado a un segundo plano en las celebraciones y hubo organizaciones y grupos de trabajadores y obreros, tanto en España como en la Argentina, que organizaron colectas a favor suyo, quizá para compensar el ninguneo oficial. El periódico La Razón, de Buenos Aires, hizo entrega a Rada de un cheque de 150 000 pesetas[xliv]. En la prensa se publicó que, a mediados de abril, Rada ya habría recibido unas 600 000 pesetas en gratificaciones y que tenía intención de abandonar el Ejército[xlv]. Las iniciativas para recaudar fondos a favor de los aeronautas se extendieron por la mayoría de las provincias españolas; a ellas se sumaron otras muchas en Argentina y es difícil saber el monto total en efectivo que percibieron los tripulantes del Plus Ultra. Los fondos de algunas colectas argentinas se remitieron a España para que se incorporasen a los que se recaudaban en este país; este fue el caso de la que se hizo en Rosario, Santa Fe, cuyo importe de 68 500 pesetas se transfirió al cónsul español[xlvi]. En España fue el marqués de Viana quien sugirió la idea de organizar una colecta en favor de los aviadores del Plus Ultra, el rey apadrinó la idea y designó al marqués y don Torcuato Luca de Tena para que administrasen lo que dio en llamarse la Suscripción Nacional para los Tripulantes del Plus Ultra. La abrió el marqués de Viana, con un espléndido donativo de 10 000 pesetas; el marqués fue el primer presidente y el fundador del Real Aeroclub de España, y el primer español que, en 1908 con Wilbur Wright a los mandos, voló en un aeroplano. A finales de junio de 1926 se habían acumulado 1 082 530,25 pesetas que los administradores, de acuerdo con Ramón Franco y Ruiz de Alda, decidieron repartir del siguiente modo: 157 000 pesetas para los aviadores de la Patrulla Elcano y el resto: el 34% para Ramón Franco (314 860,35 pts.), el 29% para Julio Ruiz de Alda (268 493,85 pts.), el 22% para Juan Manuel Durán (203 616,70) y el 15% para Pablo Rada (138 829,55 pts.). El importe que asignaron a los tripulantes de la Patrulla Elcano se distribuyó así: 50 000 pesetas para cada uno de los capitanes Gallarza y Lóriga y 20 000 pesetas para cada uno de sus respectivos mecánicos, 20 000 pesetas para el capitán Estévez y 7500 para su mecánico[xlvii]. Como puede verse, los administradores de la Suscripción Nacional para los Tripulantes del Plus Ultra ampliaron el destino de los fondos a otros aviadores que nada tenían que ver con el Plus Ultra, pera los que el agravio comparativo resultaba escandaloso.

Así pues, el viaje a Buenos Aires hizo ricos y famosos a los tripulantes del hidroavión y, desde el punto de vista económico, quizá resultara el mecánico Pablo Rada el más beneficiado, aunque siempre estuvo en el último lugar en la cola de los honores, en línea con las palabras que a través de Italcable le anticipó el rey a Ramón en Buenos Aires, desde Málaga: «os concedo llave de gentilhombre a ti, Ruiz de Alda y Durán, reservándome el demostrar mi gratitud al mecánico Rada».

A mediados de julio de 1926, Ramón era un hombre satisfecho y feliz. Había ganado peso, sus mofletes redondeados y la papada lo atestiguaban y acudía a fiestas y homenajes en compañía de su esposa Carmen que vestía lujosos trajes. Con Ruiz de Alda era autor de un libro, De Palos al Plata, editado por Espasa Calpe, que se estaba vendiendo muy bien. Su condición de gentilhombre le abría las puertas a fiestas palaciegas. Ramón le enseñó a Carmen a efectuar el saludo reglamentario de las damas al monarca y, después de ensayarlo varias veces, fue con ella a Palacio para presentársela a los reyes. A su mujer le pareció que la reina era muy simpática porque se interesó por sus pensamientos mientras su marido cruzaba el Atlántico. La pareja debió sentirse feliz porque circulaban insistentes rumores de que el comandante tenía intención de dar la vuelta al mundo con su esposa y su amigo, el mecánico Pablo Rada. Ramón lo desmintió en algunas ocasiones, pero al navarro de Caparroso se le escapó la noticia y con toda seguridad él no se la inventó. El aviador y su esposa deberían llevarse muy bien para soñar con semejante aventura. Ramón y Carmen compraron un chalet en el número 5 de la calle José Picón[xlviii], en el barrio de Guindalera de Madrid, y lo llenaron con los miles de regalos que había recibido de todo el mundo, aunque muchos de ellos se los dio a su madre.

El piloto fue posponiendo su viaje a Ferrol, debido a sus muchos compromisos en la capital. Doña Pilar acudió a Madrid y pasó unos días en casa de su hijo y su esposa. Carmen tuvo la oportunidad de conocer personalmente a la madre de Ramón, una mujer extraordinaria: «En todos los días de mi vida, no he conocido una mujer más buena, más cariñosa y que para mí fue una segunda madre».

 

La gira de Rada, las conferencias de Julio y el triste viaje del Alsedo

La relación entre Ramón Franco y Pablo Rada, «la anguila» que así lo definió Julio, era muy cordial. Ambos se apreciaban mutuamente y sentían un profundo respeto el uno por el otro. Los dos eran personas sensibles y capaces de actuar con apasionamiento rayano en la insensatez. En una sociedad clasista, Pablo representaba el estamento obrero y Ramón el nobiliario, no por su dinero sino por su condición de oficial del Ejército. A Rada lo jaleaban grupos de trabajadores y la gente del pueblo, como a un héroe casi imposible ya que pertenecía a su estrato social. Pero entre Ramón y Pablo existía una amistad que estaba por encima de sus niveles de educación y clase. A su estilo, Rada era un aventurero, como su jefe. Al finalizar los actos de homenaje en Madrid, el mecánico se subió a su flamante automóvil para iniciar un largo viaje. El 24 de abril estaba en Plasencia y desde allí se alargó hasta Coria. Después fue a Logroño, a Tafalla y por fin llegó a Caparroso, su pueblo natal, el 28 de abril. Lo esperaban el obispo y las autoridades civiles para acompañarlo hasta su casa. También se reencontró con Pepita Pérez, la que había sido su novia de toda la vida, a quien dejó en el pueblo para cumplir con sus obligaciones en el servicio militar, pelear en África y viajar a Buenos Aires, pero no la había olvidado. En Caparroso se cantó una Salve en la iglesia, se descubrió una lápida en su honor en la calle principal y hubo banquetes, brindis, música, cohetes y fiesta durante tres días, para agasajar al hijo del pueblo que regresaba de América, rico y famoso. De su pueblo salió Rada en su flamante coche hacia Zaragoza donde llegó el 5 de mayo. La gente lo descubrió en el café Gambrinus y se arremolinó en torno suyo. El Heraldo de Aragón le ofreció una cena al día siguiente y el 7 por la tarde partió hacia Lérida. El 9 de junio ya estaba en Barcelona; le acompañaban su hermano Saturnino, un novillero y un amigo. En la ciudad catalana se presentó al gobernador, fue transportado a hombros, agasajado por el Ayuntamiento, viajó a Sitges para dar la salida a una competición automovilística, visitó fábricas y en la plaza de toros, la Monumental, asistió a una novillada en la que los toreros le brindaron las reses. Además fue el protagonista de otros incidentes un tanto peculiares: chocó con un taxi, en el cruce de la calle Mallorca con el Paseo de Gracia; los automóviles y una farola sufrieron daños importantes y tuvo que prestar declaración en un juzgado, además de abonar 4000 pesetas para reparar los desperfectos; en el hotel Oriente, donde se hospedaba, un par de individuos intentaron timarle 250 pesetas al pedirle ese dinero por una caja que trataron de entregarle y que, según ellos, contenía una carta importante y un regalo; Rada llamó a la policía y se descubrió que dentro de la caja tan sólo había unos trozos de papel y de ladrillos con lo que los sujetos en cuestión fueron detenidos. La gira triunfal de Rada, en su reparado automóvil, continuó por Castellón, Burriana, Valencia, Albacete, Alicante, Murcia y Los Alcázares. En todas las ciudades por las que pasó fue recibido como un héroe. En la base aérea fue objeto de un impresionante homenaje. El 24 de junio lo descubrieron paseando por Almería. Visitó Granada, Úbeda, Linares y Andújar. En esta última población, en la dehesa Cabeza Parda, se organizó una fiesta taurina en su honor y el mecánico se estrenó como torero con unos muletazos bastante afortunados. Después marchó a Córdoba, Málaga y el 11 de julio estaba en Cádiz cuando ya habían transcurrido más de dos meses desde que Pablo salió de Caparroso para llevar a cabo aquella extraordinaria gira en la que media España lo festejó, agasajó y trató como si fuera un héroe excepcional. Aunque con su novia, Pepita Pérez, estuvo algunos días, no siguió con ella la gira y muy pronto la envió a Pamplona con unas tías suyas; le puso una profesora y la muchacha empezó a recibir instrucción, un paso previo a la boda que el mecánico había apalabrado que se celebrase a finales de año con la familia de la prometida.

Julio Ruiz de Alda y Ramón Franco, siempre hicieron un buen equipo. Más frío y metódico el navarro, con muy buena cabeza para resolver cuestiones de cálculo, intuitivo y arriesgado el gallego, valientes y decididos los dos, sumaban energía y capacidad suficiente como para superar cualquier reto. Mientras que entre Pablo Rada y Ramón funcionaba una química en la que sobraban las palabras, con Julio el comandante se entendía bien y juntos trazaban planes en cuya ejecución constituían un equipo de forma natural. A Ruiz de Alda le gustaba pronunciar conferencias, aunque tampoco fuese un gran orador; Ramón odiaba hablar en público y se expresaba bastante mal. Durante el viaje del Plus Ultra, en América, Julio dio varias charlas sobre el vuelo y también acerca de otros asuntos, como el de la Aviación Española en la Guerra de África. El más importante de sus parlamentos en relación con la aventura del Plus Ultra lo articuló en Madrid, en el teatro Princesa, el 22 de abril de 1926. El acto académico estuvo organizado por el Colegio de Doctores de Madrid y la entrada se reservó a un elegido grupo de invitados. El presidente, el marqués de Estella y políticos de la relevancia de José Sánchez Guerra acudieron al evento que presidió Ramón Franco y al que no faltaron Durán y Rada. El teatro se llenó y, antes de empezar, los asistentes aplaudieron para exigir que Rada, situado en un segundo plano, se adelantase a la mesa presidencial con Ramón Franco. Julio inició su conferencia leyendo unas hojas de homenaje a la aviación española en Marruecos[xlix]. Después habló del Plus Ultra. Resaltó del viaje el aprecio y las manifestaciones de alegría con que fueron recibidos en todos los puertos y muy especialmente en Recife, donde la colonia de españoles apenas reunía a unas 40 o 50 personas; muchos, ya ni se acordaban de hablar en castellano. Para terminar, Julio pidió que se llevara a cabo el proyecto del comandante Herrera, a quién elogió mucho, de poner en funcionamiento una línea aérea con dirigibles que enlazara Sevilla con Buenos Aires; más adelante, cuando la aviación se desarrollara un poco más podría hacerse el trayecto con aviones. Al terminar, el público rompió en una ovación atronadora. Dos días después de pronunciar la conferencia en el teatro Princesa, Ruiz de Alda estaba en su villa natal: Estella. En el camino, los estudiantes de Soria lo aclamaron con entusiasmo y llegó a su casa tarde, pero no tanto como para que no hubiera gente que lo recibiese y se empeñara en llevarlo a casa a hombros. En la iglesia celebraron un tedeum y entrada la noche, Julio tuvo que salir al balcón para saludar a sus paisanos que desde la calle lo vitoreaban. Al día siguiente dieron comienzo en Estella los festejos oficiales en su honor. El 27 se desplazó, acompañado de sus padres, a Pamplona donde lo recibieron el gobernador y el alcalde y acudieron a la catedral para cantar otro tedeum; allí les esperaba el obispo. El templo estaba repleto de flores, las casas de la ciudad engalanadas; el comercio cerró aquel día, por las calles marchaban alegres bandas de música, acompañadas de gigantes y cabezudos. Al día siguiente se celebró un banquete en la Diputación, por la tarde, Julio pronunció otra conferencia en el Olimpia y por la noche sus compañeros de armas lo agasajaron con una cena que terminó en un baile en el Nuevo Casino. El 29 de abril, Julio se desplazó temprano al Castillo de San Javier, allí almorzó con los jesuitas y por la tarde viajó al pueblo de donde era oriunda la familia de su madre, en el valle de Salazar: Ezcároz. El 30 de abril, Julio ya estaba de regreso en Madrid aunque el viaje fue tormentoso, salpicado de una granizada que asoló los campos de Tafalla y Olite.

Julio trabajó con Ramón en los detalles de la publicación de su libro De Palos al Plata y en mayo también tuvo tiempo para viajar a Zaragoza y reunirse con el delegado regio de la Confederación Hidrológica del Ebro, quién le encargó que volara sobre la cuenca del río para sacar fotografías del terreno que facilitaran la parcelación[l]. Ruiz de Alda, desde hacía tiempo, estaba muy interesado en la fotogrametría, aunque en ese momento, al igual que Ramón y Pablo no sabía muy bien qué haría durante el resto de su vida.

El comandante decía que deseaba regresar a Melilla, pero en el fondo suspiraba por iniciar otra aventura como la de circunvalar el planeta; Rada había hecho público que se planteaba montar un negocio de automoción en Barcelona, pero sabía que si en abril de 1927 —tal y como sospechaba— Ramón despegaba con rumbo oeste y cargado de combustible hasta los topes, en busca de otra aventura, él lo seguiría; el único que sabía lo que iba hacer era Juan Manuel Durán: mientras Julio era homenajeado en Estella, el marino acompañó al comandante del Buenos Aires a Cartagena para despedirlo porque regresaba a Argentina; Durán, tan sólo ansiaba descansar y volver a su base de Barcelona.

A Ramón y Julio las obligaciones protocolarias seguían marcando su agenda. En junio viajaron a Bruselas y París; con ellos también fue Carmen, la esposa de Ramón. En Bélgica los recibió el rey y en París los agasajó el Aeroclub de Francia en una recepción liderada por su vicepresidente el conde de la Vaulx.

De compromiso en compromiso, discurrió la vida del navarro Julio Ruiz de Alda hasta los sanfermines, cuando se reunió para celebrarlos en Pamplona con su compañero de viaje a la Argentina: el jerezano Juan Manuel Durán. No podía imaginarse entonces Julio con qué brutalidad es capaz de romper el destino los proyectos de cualquier individuo.

Juan Manuel Durán siempre se distinguió por su sentido de la disciplina. Ramón, que se molestó mucho cuando el almirante Cornejo impuso su presencia a bordo del Plus Ultra, terminó reconociendo las virtudes de Durán. Su principal cometido en la expedición era representar a la Marina, porque el ministro no quiso privar a la Armada del honor de participar de modo activo en el glorioso vuelo a la Argentina. Durante la travesía, Ramón lo trató con deferencia y consintió en que tomara los mandos del hidroplano durante breves intervalos de tiempo, mientras él descansaba. El trayecto más complicado, desde Porto Praia a la isla Fernando de Noronha lo hizo a bordo del Alsedo para aligerar la carga del Plus Ultra; era parte de lo acordado cuando Ramón lo aceptó a bordo. El joven oficial sobrellevó con entereza su papel secundario en la aventura y eso le ganó el aprecio de sus compañeros de vuelo. Ramón estaba empeñado en continuar el raid desde Buenos Aires, para regresar a España por América del Norte. Al joven oficial de Marina le parecía una idea un tanto descabellada porque ponía en peligro un triunfo extraordinario que ya habían alcanzado, sin que fuera a reportarles beneficios adicionales, incluso cabía la posibilidad de que la gente se cansara de ellos. El sentido de disciplina de Durán lo obligó a mantener sus puntos de vista dentro de un estrecho círculo de allegados sin que trascendieran a la opinión pública. Además, para conseguir el beneplácito del Gobierno, en su afán por continuar el raid, Ramón Franco trató de minimizar ante sus jefes el riesgo que la operación conllevaba. Para seguir el juego impuesto por su comandante, tanto Alda como Durán, mantuvieron la tesis de que el vuelo había resultado menos azaroso de lo que en realidad fue. Sin embargo, no estuvo exento de complicaciones serias en casi todas las etapas. En algunos tramos del viaje el hidro fue zarandeado por los vientos con gran violencia y, según noticias publicadas por la prensa americana, antes de llegar a Fernando de Noronha la situación fue tan crítica, en algunos momentos, que Rada y Ruiz de Alda se ofrecieron a sacrificarse voluntariamente por la misión, saltando al agua para aligerar el peso de la nave si fuera necesario.

A su regreso a España, Durán participó en las fiestas de Huelva, Sevilla y Jerez y en los actos que se celebraron en Madrid a mediados de abril. A principios de mayo se retiró a Jerez para pasar unos días con su familia, aunque en su ciudad natal lo abrumaron con nuevos agasajos. A finales de mayo se incorporó a su destino en Barcelona. Allí también se vio obligado a asistir a homenajes, aunque tuvo tiempo para escaparse a Murcia y Cartagena en moto. A principios de julio viajó a Pamplona, invitado por su amigo Julio Ruiz de Alda, para pasas los sanfermines con él y de allí se fue a Biarritz. El 16 de julio ya estaba de vuelta en Barcelona para asistir a la fiesta en honor de la Virgen del Carmen que se celebró en el crucero Cataluña.

El 18 de julio, Durán participó en unas maniobras navales. Su misión, al mando de una escuadrilla de aviones Martynside, era la de efectuar un simulacro de ataque a una escuadra de barcos que se dirigía a Barcelona con la supuesta intención de bombardearla. Los buques venían de Mahón. Los aviones efectuaron el ejercicio con éxito y cuando regresaban, en formación, Durán dio la orden de romper filas a las 08:50 horas. En esta maniobra su avión chocó con el del alférez de navío García Cherlo. El avión de Durán cayó al mar, mientras que el alférez logró aterrizar en la playa de Casa Antúnez, con el aeroplano muy dañado, pero sin que el piloto sufriera heridas de importancia. Desde un dirigible, que se encontraba cerca del lugar del accidente, a 50 metros de altura, al ver lo ocurrido y sin dudarlo, el teniente de navío Núñez saltó al mar; el marino nadó hasta el avión de Durán que se hundía y consiguió separarlo del aparato. Herido de extrema gravedad, Juan Manuel miró a su compañero con los ojos muy abiertos, antes de perder el conocimiento. Núñez mantuvo a flote a Durán, como pudo, hasta que llegó una lancha de los buques de la Marina, que, al ver el accidente, se dirigieron hacia el lugar del suceso a toda máquina. La canoa que los rescató pertenecía al buque Alsedo en el que embarcaron al herido. La tripulación reconoció inmediatamente al compañero de viaje con quien unos meses antes había navegado desde Porto Praia a Fernando de Noronha. Durán tenía heridas en la cabeza y el pecho de las que no se pudo recuperar y falleció a bordo del Alsedo antes de llegar a Barcelona. Lo último que vieron sus ojos fue el rostro del valiente Antonio Núñez, nacido en Ferrol y compañero de promoción de Juan Manuel Durán, que con absoluto desprecio de su propia vida se lanzó desde el dirigible al mar para socorrer a su compañero.

El 19 de julio, cuando Ramón Franco se enteró de la muerte de Juan Manuel, tenía previsto viajar a Ferrol. Fue un duro golpe para Ramón, Julio y Pablo, incluso para Carmen que apreciaba a Durán por sus cualidades personales y también porque era «un chico muy guapo». Pablo Rada fue el primero en contactar con la familia del difunto y sobre el ataúd del teniente de navío, al día siguiente de su muerte, había un gran ramo de flores que le dedicaba el mecánico. Julio diría que, en el Plus Ultra, Rada era «la anguila» y Durán «la sonrisa».

 

La boda de Pablo Rada

A Ramón Franco no lo destinaron a Melilla sino que ocupó una jefatura de grupo en los servicios centrales, en Cuatro Vientos, cerca del jefe de la Aeronáutica, Alfredo Kindelán. Daba la impresión de que sus jefes querían seguir de cerca sus actuaciones, hasta cierto punto imprevisibles.

La Comisión pro avión Ramón Franco que lideraba Prudencio Ayuela, a finales del año 1926 aún seguía recaudando dinero para financiar un segundo viaje de Ramón a la Argentina. En diciembre, Ayuela se reunió con Primo de Rivera en Madrid, y además de solicitarle apoyo para la realización de dicho vuelo, también insistió en la conveniencia de que España iniciara la línea aérea entre Sevilla y Buenos Aires con dirigibles, preferiblemente de fabricación española, diseñados por Torres Quevedo. Es difícil saber hasta qué punto Ramón instigaba a don Prudencio o al revés, pero en cualquier caso, desde que se hizo famoso, al aviador lo trataron de utilizar los poderosos en su propio beneficio en múltiples ocasiones y el piloto se dejaría arrastrar por ingenuidad o idealismo sin darse cuenta del trasfondo real de los asuntos. No tardaría mucho en sufrir, otra vez, las consecuencias de esta actitud.

En diciembre de 1926, el último mes del gran año de los héroes del Plus Ultra, falleció el intendente general de la Armada, don Ladislao Baamonde Ortega, abuelo de Ramón, en Ferrol, a los 95 años de edad; era el general más antiguo de España. Y ese mismo mes también se casó Pablo Rada.

Aunque el mecánico estuvo prometido con Pepita Pérez durante muchos años y a su vuelta de Argentina a Caparroso le expresó su deseo de contraer matrimonio con ella, en unos pocos meses en la vida de los enamorados se produjeron importantes quiebros. Pepita conoció a Pedro Busto, de Peralta, y Pablo a María Luque, también de Caparroso. Los novios de siempre rompieron su compromiso para casarse con otras personas y fijaron las bodas en la misma fecha: el 28 de diciembre. Sin embargo la de Pablo se celebraría en Caparroso y la de Pepita en Marcilla, donde vivía su novio.

El 19 de diciembre se leyeron las amonestaciones y el domingo 26 llegó a Caparroso Ruiz de Alda. Al día siguiente lo hicieron Ramón Franco y su esposa Carmen. Surgió un problema grave y es que el cura no había recibido el permiso militar sin el cual se negó a celebrar la boda. El comandante tomó la iniciativa y organizó el traslado a Madrid de la comitiva nupcial en dos coches. Salieron de Caparroso el lunes 27 a las 16:30 horas y pasaron toda la noche y parte de la madrugada en la carretera, aunque tuvieron que hacer numerosas paradas por culpa del frío, la nieve y el hielo. En la capital, Ramón se encargó de buscar un cura y una iglesia para los novios. En la parroquia del Inmaculado Corazón de María, de la calle del Buen Suceso se celebró la boda de Pablo y María esa misma tarde. Ramón ofició de padrino; la señora Garcés, hermana de Rada, de madrina. A la ceremonia, en la que el mecánico vestía un smoking impecable y la novia un hermoso vestido blanco, acudieron familiares y pocos amigos, pero cuando la gente se enteró de que Pablo Rada se estaba casando empezó a congregarse una multitud en los alrededores de la iglesia. Como siempre ocurría aquel año, la presencia de los aviadores del Plus Ultra era un motivo de atracción irresistible para la gente. Fueron testigos de la boda dos personajes un tanto singulares: Simón Maturana, expresidente de la Diputación de Madrid y Carlos Zapater, un acaudalado argentino que se había hecho íntimo amigo de Rada. Cuando se firmó el acta de la boda de Pablo y María en Madrid, en Marcilla, la antigua novia del aeronauta, Pepita, se había casado ya, sin contratiempos y tenía previsto viajar a América con su marido. El padrino de Rada y María Luque, Ramón, se llevó a novios e invitados a un hotel para celebrar el acontecimiento con champán.

Así finalizaba para Ramón Franco el año 1926 en que se convirtió en uno de los españoles más afamados de todos los tiempos. La revista Época consignó a las ocho figuras del año: el comandante Franco, Rusiñol, don Juan de la Cierva y Codorníu, Josefina Díaz de Artigas, Menéndez Pidal, Ramón y Cajal, el maestro Guridi y Catalina Bárcena.

 

 

[i] 13/3/1925 El Liberal, Ramón Franco y Alejandro Más de Gaminde, 15 días a Italia y Alemania, para inspeccionar material.

[ii] El corto vuelo del gallo, Jaime Salom, pg. 58.

[iii] 2/06/1925 ABC Procedente de Pisa llegó Ramón Franco que declaró que allí se está construyendo el hidroavión con el que el próximo año realizaría su raid a Sudamérica.

[iv] 28/3/1926 ABC, pg. 20.

[v] Revista Aérea Octubre 1925, Número 29. De España a la Argentina por el aire.

[vi] Coutinho inventó un modelo de sextante con horizonte artificial de burbuja. Esta tecnología no era nueva ya que existían otros modelos como los alemanes Marcuse (1905), Hartman (1912) y Lindt (1912), el Byrd de la Marina de Estados Unidos, el Wilson de un profesor de Harvard, el Schwarzschild, también alemán diseñado para su uso en dirigibles y globos, o el Booth del Royal Aircraft Establishment británico (1920). Report No. 198 Astronomical Methods in Aerial Navigation. K. Hilding Beij, Bureau of Standards.

[vii] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 46.

[viii] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 47.

[ix] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg.130.

[x] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg.51.

[xi] 01/09/1926 El Imparcial de Madrid

[xii] Ramón Franco, el hermano maldito, Ramón Garriga pg. 66.

[xiii] Revista Hispanoamericana de letras ciencias y artes. Enero 1926.

[xiv] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 89.

[xv] 22/01/1926 La Voz

[xvi] 22/01/1926 La Nación, pg.3

[xvii] En el libro De Palos al Plata (pg.137) dice que se despidieron del gobernador el día 30, pero debe ser un error.

[xviii] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg. 190

[xix] 03/02/1926 La Libertad

[xx] 02/02/1926 El Sol, pg.3

[xxi] 03/02/1926 La Libertad

[xxii] El vuelo España-América (I), Miguel España y Ricardo Tomás pg. 244

[xxiii] De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 232.

[xxiv] Las etapas del raid fueron cubiertas en los tiempos y con las distancias siguientes:

Palos-Las Palmas…………..      1200 km.           8 h.                       Media 163 km. hora

Las Palmas-Porto Praia…       1745 “              9 h. 50 m.              “       178     “

Porto Praia-Noronha             2805 “             12 h.   40 m.            “       181     “

Noronha-Pernambuco            540   “              8 h. 38 m.              “       150     “

Pernambuco-Río de Janeiro 2100 “              12 h. 15 m.             “       171     “

Río de Janeiro-Montevideo   2080 “              12 h.   5 m.              “       171     “

Montevideo-Buenos Aires       220 “              1 h. 11 m.              “       188     “

_____________________

10 270 km.         59 h. 39 m              “       172       “

De Palos al Plata, comandante Franco, capitán Ruiz de Alda, pg. 239

[xxv] El Plus Ultra en Buenos Aires, Félix Ortiz y San Pelayo pg.21

[xxvi] 02/05/1926 La Nación, pg. 2

[xxvii] Mi vida con Ramón Franco, contada a José Antonio Silva, pg. 43. Silva se pregunta a qué regreso se refiere el rey. Parece que Ramón pasó sobre Noronha y al ver que no llegaba a Recife optó por regresar a la isla. Según Silva este es un punto que Ramón ocultó siempre cuidadosamente. De acuerdo con el libro de Ramón y Julio Ruiz de Alda, De Palos al Plata, y la conferencia que pronunció Ruiz de Alda en Montevideo, el Plus Ultra amerizó antes de llegar a Noronha porque se hizo de noche y lo notificaron vía radio. No se puede descartar que el monarca recibiera información incorrecta y pensara que amerizaron después de pasar la isla de Noronha.

[xxviii] 11/02/1926 El Liberal de Madrid pg.8

[xxix] 17/02/1926 La Nación pg. 3

[xxx] 11/02/1926 El Heraldo de Madrid, Edición de la noche

[xxxi] 7/04/1926 El Liberal de Madrid

[xxxii] 11/02/1926 Heraldo de Madrid: Toda la prensa francesa del día 11 de enero dedicó un extenso espacio en primera plana al vuelo de Ramón Franco y en particular el Petit Parisien

De Pinedo: «Es verdaderamente cierto que las cualidades humanas encierran todavía el factor determinante de los éxitos. No fue el radiogoniómetro el que hizo que el comandante Franco hallara la islita de Noronha sin dificultad, sino los diez años de experiencia que lleva Franco en los vuelos sobre zonas desconocidas…».

Joseph Sadi-Lecointe: «El vuelo ha sido magnífico, admirable, principalmente por la regularidad demostrada a pesar de las condiciones adversas».

René Fonck: «Me alegro infinito del hermoso vuelo del comandante Franco y sus compañeros que han demostrado la posibilidad de una comunicación aérea regular entre Europa y Sudamérica en fecha no lejana…».

17/02/1926 Referencias a artículos de prensa estadounidense publicados por La Nación:

«España puede sentirse dos veces descubridora del Nuevo Mundo. Lo que no pudo soñar Colón lo ha realizado un compatriota suyo, si es verdad que colón nació en Galicia. De todos modos ha sido un bravo hijo de España el que ha descubierto las seguras rutas del aire, y esta envidiable prerrogativa nadie podrá arrebatársela a ese país, que cada día entra más en el aprecio del pueblo americano». The New York Times

«Sabíamos que los españoles eran valientes soldados y buenos marinos, llenos de nobleza y altivez, pero ignorábamos que también en los nuevos adelantos ocupaban un lugar de distinción. La repentina fama que el viaje del Plus Ultra le ha dado es digna de la que tenían sus soldados y sus marinos cuyo valor nosotros pudimos poner a prueba. Su triunfo en el aire la capacita, aun en contra de todos sus enemigos, para mirar cara a cara a los pueblos mejor preparados para las contingencias de la guerra moderna. Quienes han triunfado en el aire sobre el mar triunfarán en el aire sobre cualquier campo de batalla. El triunfo de la Aviación española influirá en los estudios de defensa nacional de nuestro país». The World

«Sería injusto negar la gloria que España ha conquistado gracias al valor y la serenidad moderada d sus aviadores en el viaje del Plus Ultra. El comandante Franco, nuevo colón del aire, ha hecho por su Patria más que dos generaciones de políticos sin ideales patrióticos. Él puede servir de modelo a todos los que se lancen a tales aventuras a través del Atlántico, y su viaje será tan famoso en los tiempos venideros como hoy lo es aún, y lo será siempre, la llegada de colón a nuestro continente. Si pudiéramos sentir la envidia de las glorias nacionales, ya que no pudios descubrir este mundo, hubiéramos deseado la ventura de ser los primeros en cruzar el mar que nos separa de Europa; pero no nos entristece el triunfo de España, y compartimos con la noble nación el júbilo de este momento histórico». The Sun

«Muchos compatriotas nuestros, que no conocen las virtudes del pueblo español, sonreían cuando se anunció que estaban terminados los preparativos para cruzar el Atlántico a bordo de un hidroplano y recordaban para dar valor a su incredulidad el fracaso de los italianos, que perdieron su ruta…España es un pueblo sobrio, lleno de virtudes ancestrales, y después de tantas humillaciones debía tener esta hora de dicha, porque de ella era merecedora, por ser la que descubrió América». The New York Herald Tribune

«La actividad tan callada de los españoles preparando en medio de muchos peligros interiores y de fuera una empresa como la que está realizando el comandante Ramón Franco nos enseña nuevos puntos de vista, que permanecían ocultos en el fondo de ese pueblo que no hace muchos años causaba lástima a naciones prósperas. Pero España ha reaccionado, y después de su notable resultado en la última etapa de la campaña de Marruecos ha tenido la propia confianza de intentar la más portentosa audacia de los últimos tiempos cruzando el Atlántico antes que ninguna otra nación. Probablemente, si otra lo hubiera intentado, habría tenido el mismo éxito; pero lo cierto es que ninguna lo ha intentado. La gloria será siempre de España. A nosotros únicamente se nos ha ocurrido volar desde San Francisco a Hawai y hemos fracasado siempre. No diremos que no tenemos aviadores; será mejor decir que nuestra Aviación no tiene la organización perfecta que ha demostrado tener la española, sin nuestros recursos y sin la aparatosidad que nosotros tenemos». Y en este mismo diario, Brisbane escribe: «Ramón Franco, el experto y atrevido aviador español, ha terminado su vuelo a través del Atlántico desde España a Pernambuco. Su próxima escala será en Río de Janeiro y la última, Buenos Aires. Este viaje habrá de interesar a nuestro bien intencionado Departamento de Aviación, que hasta ahora ha fracasado siempre en sus esfuerzos de completar un vuelo desde California a Hawai, con la ayuda de varios hidroplanos». The New York American

27/02/1926 Referencia a artículo de prensa italiana publicado por el Heraldo de Madrid:

El vuelo del comandante Franco y de sus bizarros y tenaces compañeros no tiene tan solo un valor de energía técnica, lo mismo que las grandiosas acogidas en el Brasil en Uruguay y en Argentina no son tan sólo una viva expresión humana de admiración por la hermosa empresa. Significan más. El comandante Franco es un valiente soldado español, y valientes militares son sus compañeros de viaje. El itinerario recorrido a través del océano va de España a la América latina…Está seguro que las grandes y poderosas colonias italianas de América del Sur se han unido —con el mismo sentimiento con que escribimos estas palabras— a los honores merecidos que se hacen, con fraternidad de raza, al comandante Franco y a sus valientes compañeros». La Tribuna de Roma

[xxxiii] España cuatro meses de gloria, Federico de la Cuadra Durán, pg. 329

[xxxiv] España cuatro meses de gloria, Federico de la Cuadra Durán, pg. 349

[xxxv] 7/04/1926 La Libertad

[xxxvi] 9/04/1926 La Libertad pg.3

[xxxvii] 9/04/1926 La Nación pg.8

[xxxviii] Mi vida con Franco contada por José Antonio Silva pg. 53

[xxxix] 14/04/1926 Heraldo de Madrid

[xl] 16/4/1926 La voz pg. 3

[xli] 07/07/1926 La Nación

[xlii] 08/02/1926 El Sol pg. 3

[xliii] 08/02/1926 La Época

[xliv] 10/04/1926 El Sol Madrid

[xlv] 14/04/1926 La Voz pg. 8

[xlvi] 26/03/1926 El Sol

[xlvii] 27/06/1926 El Imparcial

[xlviii] Diciembre 1926, Madrid Automóviles, matriculación de vehículos en noviembre 1926

[xlix] 23/04/1926 La Nación pg. 3

[l] 22/05/1926 La Correspondencia Militar pg.5

 

 

Un comentario el “Ramón Franco- Libro tercero

  1. Pingback: Ramón Franco, el gran aviador español | elsecretodelospajaros

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