ISON, el hueso de dinosaurio y las naves que siguen a los cometas

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ISON 8 Octubre- Credit: Adam Block / CaelumObservatory.com

Es posible que ISON se haya desintegrado. Las imágenes que se observaron del cometa ISON, el jueves 28 de noviembre, cuando se aproximaba al Sol, indican un debilitamiento del núcleo que podría anticipar su completa desaparición.

La NASA ha dicho que ISON es una reliquia, algo así como el “hueso de un dinosaurio” de la formación del Sistema Solar, un cometa que ha estado en el congelador de la nube de Oort desde hace 4500 millones de años.

Si ISON fuera capaz de soportar las altas temperaturas cuando esté cerca del sol, a su regreso, lo podríamos ver desde la Tierra a simple vista con su gigantesca cola. Pero, además de ofrecernos un magnífico espectáculo los científicos podrían observar con sus potentes telescopios la estructura de hielo, amoniaco, metano y otros compuestos del objeto celeste. Procede de un lugar del espacio, la nube de Oort, en donde se conserva la materia en el mismo estado que tuvo hace 4500 millones de años, cuando se formó el Sistema Solar. ISON nos mostraría cómo era esta parte del Universo cuando se creó. Y todo eso podría ocurrir en una fecha tan próxima como el 26 de diciembre.

ISON no es el único cometa que se ha podido contemplar desde la Tierra. El Halley nos visita cada 76 años y la próxima vez lo hará en 2061. Se debilita cada vez que pasa cerca del Sol, pero quienes estén en este planeta dentro de 48 años tendrán la oportunidad de echarle un vistazo. Durante algún tiempo se pensó que fue el responsable de guiar a los reyes Magos hasta el portal de Belén. No pudo ser así, porque el Halley pasó por Belén diez o doce años después del nacimiento de Cristo.

Conviene recordar que en 1997, otro cometa, Hale-Boop se pudo observar desde la Tierra durante un año y medio, a simple vista. Lo descubrieron en 1995 dos observadores, de forma independiente: Alan Hale y Thomas Boop. Fue el cometa más importante del siglo XX, desde el punto de vista astronómico y, desgraciadamente, también desde otros puntos de vista.

El 22 de marzo de 1997, Hale-Boop, pasó por el punto de su trayectoria más próximo a la Tierra; cuatro días después la policía de San Diego, en California, encontró los cuerpos de 39 miembros del grupo religioso Puerta del Cielo (Heaven’s Gate) que se habían suicidado. Todos ellos creían que detrás del cometa Hale-Boop viajaba una nave espacial extraterrestre y que al suicidarse sus almas embarcarían en aquél vehículo que los transportaría a otro nivel superior de la existencia. El líder espiritual de aquella secta fue Marshall Applewhite, un profesor de música tejano que en el hospital, mientras se recuperaba de un infarto de miocardio, creyó haber experimentado una situación de proximidad absoluta a la muerte. Convenció a su enfermera, Bonnie Nettles, de que los dos habían sido designados como mensajeros divinos y durante un par de años viajaron por Estados Unidos para enrolar adeptos, con poco éxito, porque tan solo consiguieron un afiliado. Applewhite fue arrestado durante seis meses, por no devolver un vehículo alquilado a su debido tiempo. Aprovechó el encierro para revisar sus ideas religiosas y concibió un proyecto espiritual que ofrecía a sus creyentes la posibilidad de que los extraterrestres los visitaran y les ofrecieran cuerpos nuevos. La idea tuvo éxito.

Applewhite convenció a sus discípulos de que ascenderían con sus cuerpos a una nave extraterrestre y allí se produciría el cambio corporal. A lo largo de los años centenares de personas ingresaron y abandonaron la comunidad religiosa de Applewhite, que mantuvo un total de entre unos 20 y 60 feligreses en todo momento.

En 1985, Nettles, la enfermera que lo había acompañado a lo largo de su viaje místico falleció y Applewhite sufrió una profunda depresión.

A partir de la muerte de Nettles, el predicador desarrolló la idea de que era posible abandonar el cuerpo y viajar con el alma hasta las naves extraterrestres. Y aquello es exactamente lo que trató de hacer a finales de marzo de 1997: embarcarse con la mayoría de sus fieles en la supuesta nave extraterrestre que seguía al cometa Hale-Boop. Claro que, para hacerlo, tuvieron que envenenarse y abandonar sus cuerpos en el planeta Tierra.

De acuerdo con la creencia popular los cometas no suelen anunciar buenas nuevas por lo que quizá no debamos preocuparnos demasiado si ISON se ha disuelto por culpa de la calentura solar, y si no es así, nuestros telescopios podrán contarnos cómo era esta parte del Universo, hace 4500 millones de años.

Noticias para la Navidad.

Los pilares de la creación

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Los pilares de la creación – Imagen NASA- Hubble

 

El 1 de abril de 1995 el telescopio espacial de la NASA, Hubble, tomó una fotografía en la nebulosa Águila que alcanzó una gran popularidad. La foto es en realidad una composición de varias imágenes y muestra un lugar en el que nacen las estrellas. Son pilares de color ámbar que emergen sobre un fondo más claro salpicado de luces rosadas y violetas. Estas magníficas columnas están hechas con moléculas de hidrógeno y en su interior las fuerzas gravitatorias forman glóbulos gaseosos que son los embriones de las estrellas, que después de nacer se apartan de los pilares. Las columnas soportan fuertes radiaciones ultravioleta provenientes de las estrellas, luces rosadas, que actúan como si fueran  vientos y turbulencias capaces de erosionar los pilares. Aunque en la imagen puedan parecerlo, no son pequeños, el de la izquierda mide unos cuatro años luz, es decir, cerca de cincuenta billones de kilómetros.

Los sucesos que capta la escena, fotografiada por J. Hester y P. Scowen, ocurrieron hace unos 6500 años porque a esa distancia, en años luz, se encuentran las columnas. Cuando observamos en el Universo lugares remotos contemplamos las imágenes con el retraso que tarda la luz en viajar desde aquellos sitios hasta nosotros.

Esta imagen se ha realizado con emisiones del espectro visible, pero con posterioridad se han obtenido otras de rayos X e infrarrojos que han permitido observar con mayor detalle el interior de los Pilares de la Creación y constatar que allí se originan glóbulos que forman estrellas. Estas concentraciones de hidrógeno se iluminan, crecen,  y abandonan las columnas envueltos en nubes de polvo revolviéndose contra el ámbar que los aprisiona hasta que se liberan de las turbulencias para brillar con claridad en el fondo. Es un largo proceso que recuerda el nacimiento de los seres vivos.

Los “pilares” se encuentran en la nebulosa Águila, que también se conoce como NGC6611, está en la constelación Serpens, y fue descubierta por Charles Messier que la incluyó como el objeto número 16 (M-16) en su primera versión del Catálogo de Nebulosas y Cúmulos Estelares, en 1771. Sin embargo, es posible que esta paridera de estrellas ya no exista, y que ni siquiera existiera ya cuando Messier descubrió la nebulosa Águila.

El equipo de Nicolas Flagey, del Instituto de Astrofísica Espacial de Orsay en Francia, obtuvo unas imágenes de la nebulosa que muestran una nube de polvo muy caliente que podría indicar la existencia de una potentísima onda de radiaciones producida por la explosión de una supernova, a una distancia de unos 1000 años luz, aproximándose a los “pilares”. Es posible que esta onda haya destruido por completo la hermosa cuna de estrellas y, de ser así, ocurrió hace unos 5500 millones de años, por lo que hoy allí ya no queda nada de lo que estamos viendo. También es posible que hace unos 1000 años nuestros antepasados observaran la explosión de la supernova desde la Tierra, pero eso es algo que aún no se ha podido verificar. Sin embargo, hay astrónomos que no comparten la hipótesis de la destrucción de los “pilares”; Stephen Reynolds, de la universidad del Estado de Carolina del Norte, en Raleigh, Estados Unidos, piensa que la onda expansiva debería emitir más rayos X para alcanzar un poder destructivo capaz de arrasar los “pilares”.

De todas formas, estas grandiosas columnas son una imagen de la energía que conforma el Universo. Los Pilares de la Creación, sometidos a las fuerzas creativas y destructoras de Brahma y Shiva, sugieren la necesidad de que Vishnú nos preserve y proteja.

 

Cazar un asteroide

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La misión es tan sorprendente que algunos expertos piensan que es casi imposible. La NASA propone salir al espacio con un robot, buscar un asteroide de unas 500 toneladas de peso, cazarlo y ponerlo en una órbita lunar; después mandaría un par de astronautas para que lo visitaran y se trajeran alguna muestra del celestial viajero apresado por el robot y convertido en luna de la Luna. Una misión que costará alrededor de dos mil seiscientos millones de dólares.

El robot cazador se lanzaría al espacio con el nuevo Space Launch System (SLS) y la misión tripulada iría a bordo de la nave Orion, dos productos de la agencia espacial que están actualmente en fase de desarrollo. El SLS transportaría un robot, propulsado con un motor iónico que se alimentaría con energía solar, hasta llegar al asteroide. Una vez allí podría desplegar un contenedor cilíndrico hinchable en cuyo interior se alojaría el asteroide, luego el cilindro se deshincharía para atraparlo en una especie de bolsa pegada a su superficie. Es posible que el asteroide estuviera girando sobre sí mismo a gran velocidad y habría que detener la rotación del prisionero, quizá desplegando con un cabo una masa sujeta al asteroide para que al girar disminuyese su velocidad angular, igual que hacen las bailarinas al extender los brazos cuando dan vueltas sobre sí mismas. En el momento en que la velocidad de giro fuese suficientemente pequeña habría que soltar la masa y el cabo, que se perderían en el espacio llevándose con ellas la mayor parte de la energía cinética de rotación del incrédulo asteroide. A partir de ese momento, el motor iónico se encargaría de transportar la presa a una órbita lunar.

La segunda parte de la misión consistiría en enviar dos astronautas con una nave Orion al asteroide. Allí llevarían a cabo labores de investigación, tomarían algunas muestras y regresarían a la Tierra.

Los argumentos más contundentes en contra de este proyecto se centran en que si no se sabe con suficiente antelación el asteroide que se pretende cazar, será imposible cumplir con la agenda prevista. Si detectamos un pequeño asteroide con la antelación necesaria y decidimos que ese va a ser el objetivo de la misión corremos el riesgo de que cuando esté cerca de nosotros nos demos cuenta de que sus características hagan inviable el proyecto y será demasiado tarde para buscar otro. De otra parte, es muy difícil predecir cuándo vamos a encontrar el asteroide idóneo para el programa, quizá eso no ocurra en el plazo que establezca nuestra agenda. Una alternativa consistiría en viajar hasta un asteroide, que conozcamos desde un principio con suficiente detalle, para extraer un trozo del mismo y llevarlo a la órbita lunar.

¿Por qué quiere la NASA hacer esto? Un periodista de la CNN comentaba en broma que es posible que nuestras naves no puedan llevar combustible suficiente para llegar a su destino y sería interesante poder aterrizar en un asteroide, repostar y seguir el viaje; quizá no haría falta reemprender la marcha inmediatamente, si elegimos el asteroide adecuado podría acercarnos al lugar donde nos dirigimos. También se especula con la posibilidad de extraer de los asteroides materias primas que en la Tierra se han agotado o que ni siquiera existen. La experimentación con motores iónicos, necesarios para una futura misión tripulada a Marte, es otra razón que apoya este proyecto. Sin embargo, la defensa de nuestro planeta ante una posible colisión con un asteroide grande capaz de destruir o dañar seriamente nuestra civilización podría justificar con creces el proyecto.

Del 30 de septiembre al 2 de octubre de 1913, la NASA ha organizado en Houston un congreso para tratar de forma amplia esta iniciativa con distintos representantes del público en general, el mundo académico, las empresas y otras organizaciones gubernamentales. Para el debate del evento se ha seleccionado un centenar de comunicaciones. Una de estas presentaciones se titula Reposicionamiento de un asteroide para la defensa del planeta, de Geoffrey A. Landis. Geoffrey es un científico que trabaja para la NASA en el John Glenn Research Center y en sus ratos libres también escribe ciencia ficción. El resumen que hace de su comunicación es muy interesante:

Geoffrey A. Landis, NASA GRC

Durante estos últimos años ha quedado cada vez más claro que los impactos de asteroides han sido los responsables de extinciones masivas sobre la Tierra, incluyendo el impacto de Chicxulub que terminó con la era de los dinosaurios. La probabilidad de un impacto como este es pequeña pero las consecuencias serían grandes. Por lo tanto, hay un gran interés en encontrar alguna defensa contra un impacto capaz de producir un cataclismo. Nuestra idea es la de utilizar un asteroide contra otro asteroide. Concretamente, proponemos que podríamos encontrar un asteroide de 7 a 10 metros de diámetro, llegar hasta él y llevarlo a una órbita lunar estable que pase por algún punto de Lagrange. Desde esta posición, si se detecta un asteroide amenazante, el asteroide defensivo puede lanzarse siguiendo una trayectoria que intercepte la del objeto que nos amenaza para desviar su trayectoria y evitar que impacte sobre la Tierra.

La probabilidad de que un gran asteroide impacte sobre la Tierra es pequeña, como dice Geoffrey, pero las consecuencias serían terribles para nuestro mundo. La defensa de nuestro planeta frente a semejante amenaza podría ser el primer gran logro de la era espacial.

Extraterrestres. Ya no se trata de luces en el cielo sino de mentiras en la Tierra

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Foto W.C Hall, Australia , 1954- OVNI sobre el rebaño de ovejas

Del 23 de abril al 3 de mayo del presente año se celebró en Washington una audiencia pública sobre los contactos establecidos por los extraterrestres con nuestra civilización. El evento estuvo organizado por el Paradigm Research Group. El lema de este grupo es que ya no se trata de luces en el cielo sino de mentiras en la Tierra. Una aseveración perfectamente simétrica. Vale tanto para quienes niegan como para los que afirman hechos sin fundamento real.

El objetivo principal del evento de Washington (Citizen hearings on disclosure), cuyo formato sería parecido al de las audiencias públicas en el Congreso de Estados Unidos y que costó más de 600 000 dólares, fue el de presionar a los políticos para que levanten el velo que oculta los asuntos de Estado relacionados con los extraterrestres. Existe la creencia generalizada entre la mayoría de los participantes en este tipo de encuentros de que los extraterrestres y los líderes de la Tierra establecieron algún pacto. Los dirigentes terrícolas dijeron a los visitantes que el mundo no estaba preparado para recibirlos y que necesitaban tiempo. Con pacto, o sin él, lo cierto es que lo relacionado con los avistamientos de objetos no identificados todos los estados lo clasifican como materia reservada. Según afirmó Bassett, existe una presión creciente sobre el gobierno de Estados Unidos para que haga pública la información que tiene sobre este asunto y lo que se necesita es un evento que genere la “masa crítica” capaz de empujar los políticos y los medios a moverse en esa dirección.

Incluso el propio Paul Hellyer, defensor a ultranza de la existencia de un pacto entre los líderes terrícolas y los alienígenas, reconoce que absolutamente todo no se puede hacer público. Algunas cosas, muy pocas, no se podrán contar. Eso quizá nos haga pensar que, aunque los estados revelen ciertos hechos sobre este asunto y su política informativa se torne más transparente, siempre habrá gente que se queje de falta de información.

Durante la audiencia pública intervinieron representantes de diez países, un ex senador y cinco antiguos congresistas de Estados Unidos, políticos, militares, pilotos, ingenieros, investigadores, sociólogos, abogados y periodistas. La mayoría de los participantes no necesitaba acudir al evento para convencerse de la existencia de una “conspiración”, dirigida por el poder económico, militar y social de nuestro planeta, que oculta la existencia de numerosos visitantes extraterrestres, con los que ha establecido un pacto para mantener sus privilegios. Según esta línea de pensamiento hasta los gobiernos son víctimas de estas fuerzas del mal. Hellyer, en alguna de sus intervenciones anteriores, ya había parafraseado a Bill Clinton diciéndole a la reportera de la Casa Blanca, Sarah McClendon: “Sarah, hay un Gobierno dentro del Gobierno y yo no lo controlo.”

A lo largo de las jornadas se expusieron múltiples avistamientos y se presentaron testimonios del supuesto OVNI que se estrelló cerca de la ciudad de Roswell en 1947. También se insistió en que los extraterrestres pertenecían a varias especies, dos, cuatro, o veinte, ya que se manejaron cifras distintas y lo más probable es que cada especie tuviera su propia agenda. Se dijo que había dos alienígenas trabajando para el gobierno de Estados Unidos, lo cual encajaba muy bien con la hipótesis del pacto secreto, aunque no tanto con la de la variedad de especies y diversidad de agendas. Las intervenciones duraron unas treinta horas y quizá llame la atención la avanzada edad de algunos de los participantes. Los periodistas le preguntaron a uno de ellos por qué había tardado tanto tiempo en hacer público lo que sabía. La respuesta era evidente: quería conservar su puesto de trabajo.

Al tiempo que los defensores de los OVNI hacían sus declaraciones, los detractores insistirían en que se trataba, como siempre, de un ejercicio inútil en busca de publicidad y que los antiguos congresistas no buscaban otra cosa distinta a la de ganar dinero fácilmente (recibirían por asistir al acto 20 000 dólares cada uno). Que los defensores de la teoría de la conspiración eran los verdaderos conspiradores, que todos los discursos no dejaban de ser parte del mismo círculo vicioso y que Hellyer, Bassett y muchos de sus colegas razonaban como suele hacerse a una edad avanzada.

Como casi siempre, este asunto polariza las opiniones y es difícil abordarlo con serenidad. Por eso yo me fijo mucho en las circunstancias que rodean a las personas que han llegado al firme convencimiento de que los extraterrestres están aquí, con nosotros. De todos esos individuos, para mí hay dos en los que concurren elementos muy interesantes. Uno es Paul Hellyer y el otro Gordon Cooper.

Paul Hellyer participó en la audiencia pública de Washington y el comienzo de su intervención me parece muy ilustrativa:

Mi nombre, como dije, es Paul Hellyer. Soy ex ministro de Defensa Nacional de Canadá. He servido en tres gobiernos sumando un total de 23 años como miembro del Parlamento . Como todos los ministros de Defensa Nacional recibí informes sobre Objetos Voladores no Identificados (OVNI). Estaba muy ocupado para preocuparme sobre eso en aquél momento porque estaba tratando de unificar el Ejército la Marina y la Fuerza Aérea en una fuerza única de Defensa canadiense y eso era ya una batalla en sí mismo hasta que se terminó, de forma que aquello no tenía una alta prioridad en mi agenda. Hace unos diez años empecé a interesarme cuando un joven de Ottawa me envió material sobre el asunto. Le dije que estaba muy ocupado para leerlo pero que algún día lo haría. Me envió una copia del libro del Coronel Corso, El día después de Roswell. Me llevó algún tiempo leerlo, pero me lo llevé como lectura veraniega, en el año 2005 y quedé realmente impresionado. Yo pensé que contenía asuntos realmente grandiosos y que la gente de Estados Unidos y la gente de todo el mundo tenía derecho a conocer lo que estaba pasando, porque son parte de ello, no es un asunto aislado. Después de confirmar el contenido del libro con un general retirado del Ejército de Estados Unidos acepté la invitación de Victor Viggiani, quien está por acá en algún lugar, y de su colega Mike Bird de hablar en un simposio en la universidad de Toronto y dije: “Los extraterrestres son tan reales como los aviones que vuelan sobre nuestras cabezas” Me otorgaron la dudosa distinción de ser la primera persona con rango ministerial del G8 (Grupo de los 8 países supuestamente más importantes del mundo), en decir algo así. Desde entonces he aprendido muchísimo de otras fuentes incluyendo un gran número de testigos…

Las declaraciones de Paul Hellyer en la universidad de Toronto se produjeron en septiembre de 2005, causaron un gran revuelo y ocuparon las cabeceras de la prensa. El ingeniero, escritor y político tenía entonces 82 años.

Otro personaje que también defendió hasta su muerte la existencia de extraterrestres fue el astronauta Gordon Cooper. Antes de incorporarse a la NASA, Cooper estuvo destinado como piloto en Alemania y allí, en 1951, dijo que había visto innumerables vehículos extraterrestres volando en la misma formación que nosotros… sus naves no tenían alas y se desplazaban con rapidez lateralmente… Años más tarde, en 1958, cuando trabajaba como responsable de un proyecto en la base de Edward, California, explicó que tenía un equipo de filmación que trabajaba para mí y cuando estaban filmando, un pequeño disco sobrevoló el lugar donde filmaban y descendió y se apoyó en algo parecido a trenes de aterrizaje a unos 13 metros del equipo… el operador de la cámara que estaba acostumbrado a volar y conocía todos los tipos de aeronaves cogió su equipo y empezó a documentar aquello… Cuando sus colegas trataron de acercarse la nave recogió el tren de apoyo y desapareció a una velocidad muy alta…

Gordon Cooper dijo que pudo ver el negativo antes que sus superiores le hicieran entregar el material del que nunca volvió a saber nada.

Poco después de su experiencia en el desierto del Mohave, en 1959, Cooper fue seleccionado para formar parte del primer grupo de siete astronautas de la NASA. Gordon Cooper se suponía que “gozaba de condiciones físicas excepcionales, era intelectualmente superdotado y podía trabajar en equipo y solo, además de ser piloto de reactores con amplia experiencia de vuelo”. Esos eran los requisitos impuestos por la NASA a sus primeros astronautas. Su firme creencia en los extraterrestres fue uno de los argumentos que utilizaría el jefe de astronautas de la agencia para apearlo del mando de la misión Apolo XIII, en 1970. Gordon Cooper contaba entonces con un historial impecable como astronauta, acreditado por sus actuaciones en las difíciles misiones espaciales en las que había participado. Ese año Cooper abandonó la agencia espacial y durante el resto de su vida trabajó como consultor y directivo en diferentes empresas privadas. En varias ocasiones Cooper negó haber visto OVNIs pero en una entrevista, grabada en video, en 1973, se justificaría de la siguiente forma:

Durante muchos años yo he vivido con un secreto, un secretismo impuesto sobre todos los especialistas en astronáutica. Yo puedo revelar ahora que todos los días, en Estados Unidos, nuestros instrumentos de radar capturan objetos cuya forma y composición nos es desconocida. Y hay miles de informes de testigos y cantidad de documentos que prueban esto, pero nadie lo quiere hacer público.
¿Por qué? Porque la autoridad teme que la gente pueda pensar que solo Dios sabe qué clase de invasores tenemos. De forma que la contraseña es: evitar el pánico a toda costa.

Poco después en una carta a la Organización de Naciones Unidas, en 1978, Cooper decía:

…Yo creo que estos vehículos extraterrestres y sus tripulaciones visitan este planeta desde otros planetas, los cuales están obviamente un poco más avanzados que aquí en la Tierra. Siento la necesidad de un programa coordinado a alto nivel para recopilar y analizar toda la información del mundo relativa a estos encuentros y determinar la mejor forma de relacionarnos con estos visitantes de un modo amigable. También, yo tuve la ocasión en 1951 de observar… vuelos suyos, de distintos tamaños, volando en formación, de este a oeste sobre Europa.

Gordon Cooper falleció de Parkinson, en 2004 a los 77 años, y hasta entonces seguiría creyendo en los extraterrestres.

Ya no se trata de luces en el cielo sino de mentiras en la Tierra y acabar con esas mentiras, las de los dos extremos, no parece ser una tarea sencilla.

Los asteroides próximos

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Eros, el asteroide- Fotografía, NASA

Es un asteroide, se llama 433 Eros, tiene forma de cacahuete, con 34 kilómetros en la parte más larga y el 31 de enero de 2012 pasó cerca de la Tierra, a unos 26,7 millones de kilómetros. Los astrónomos lo vigilan y es el segundo más grande en la lista de objetos cercanos a la Tierra, identificados por la comunidad científica. El de mayor tamaño es Ganymed con 34 kilómetros de diámetro y que pasará a unos 55,9 millones de kilómetros de la Tierra el 13 de octubre de 2024.

Los asteroides nos visitan periódicamente porque orbitan en el Sistema Solar. Este tráfico celestial de objetos que se aproximan a nuestro planeta, todos los días, supone un riesgo permanente para nuestra civilización.

El 15 de febrero del presente año un asteroide de unos 17-20 metros de diámetro penetró en la atmósfera terrestre y explotó con una fuerza equivalente a 20-30 bombas atómicas como las de Hiroshima. El meteorito estalló a una altura de 15-25 kilómetros. La explosión produjo un gran destello de luz, una potente onda de choque y gran cantidad de pequeños meteoritos que se esparcieron en una amplia zona sobre los Urales. La mayor parte de la energía la absorbió la atmósfera. En la ciudad rusa de Chelyabinsk la onda expansiva hirió a miles de personas al romper gran cantidad de cristales y causar daño en muchas estructuras de los edificios. Este es el último meteorito conocido que ha originado trastornos serios a las personas. El anterior que originó un impacto del mismo orden de magnitud cayó en Siberia, Tunguska, en 1908. Este último tenía un radio de 80 metros, arrasó una amplia zona de árboles y dejó su huella en una extensión de 2150 kilómetros cuadrados.

El mismo día, el 15 de febrero de 2013, otro asteroide, el 2012 DA14, de 30 metros de diámetro pasaba a 27 700 kilómetros de la Tierra, muy cerca, sin que, en principio, tuviera nada que ver con el incidente de Chelyabinsk ya que las órbitas de los dos asteroides eran muy diferentes. El asteroide fue descubierto el 23 de febrero de 2012 por astrónomos españoles, que operaban un telescopio en el Observatorio Astronómico de la Sagra, en Granada, desde Palma de Mallorca. Sin embargo el meteorito que explotó sobre los Urales, cerca de Chelyabinsk, no fue detectado hasta su entrada en la atmósfera.

Hace unos 66 millones de años, en Chicxulub, México, cayó un objeto celeste de un tamaño similar a Eros y produjo un cráter de 180 kilómetros de diámetro. El impacto del asteroide sobre la superficie de la Tierra originó una nube de polvo, cenizas y vapor de agua que pudo cubrir toda la superficie de nuestro planeta durante unos diez años. La nube fue la causa de un enfriamiento importante de la superficie terrestre y gran parte de la flora y muchas especies animales se extinguieron. Es posible que el asteroide fuera el responsable de la desaparición de los dinosaurios.

A finales del siglo XIX los científicos empezaron a comprender la importancia de los meteoritos en el desarrollo de nuestro planeta. Cambios importantes en el clima y la orografía de la Tierra han tenido su origen en colisiones con asteroides próximos. El impacto de un asteroide de varios kilómetros de radio sobre nuestro planeta puede hacer desaparecer la civilización y el mundo tal y como lo conocemos. La NASA tiene un programa desde 1998, el Near Earth Object Observation (NEOO), para identificar objetos próximos que puedan representar un peligro para la Tierra. Los observatorios de todo el mundo que localizan objetos coordinan con la NASA sus hallazgos para incorporarlos a una base de datos común. Hasta la fecha se ha descubierto el 95% de los objetos de más de 1 kilómetro de diámetro, pero tan solo el 10% de los que tienen menos de 300 metros y no llega al 1% de los que miden menos de 100 metros.

Si se tiene en cuenta que el impacto de un asteroide de 50 metros puede destruir una ciudad entera cabe deducir que el programa NEOO y el resultado de los esfuerzos que se han hecho en este sentido, hasta ahora, ofrece un nivel de protección que todavía es bastante limitado. Hoy en día, la detección de un asteroide con un diámetro superior a los mil metros que se aproximara a la Tierra con rumbo de colisión, serviría de poco. La destrucción de nuestra frágil existencia resultaría inevitable. Cuando le preguntaron al administrador de la NASA, Charles Bolden , qué era lo mejor que podíamos hacer en ese caso dijo que “rezar”. Sin embargo, la detección prematura del lugar y el momento exacto en el que vayan a impactar sobre la Tierra asteroides más pequeños, sí podría evitar alguna catástrofe. En cualquier caso, sucesos como el de Chelyabinks, pueden ocurrir cada cien años y colisiones como la de Chicxulub, cada cien millones de años, o sea que la probabilidad de que se produzca un impacto con consecuencias fatales para la Humanidad, a corto plazo, es pequeña.

Se considera que un asteroide es un objeto próximo a la Tierra si en su perihelio la distancia al Sol es inferior a 1,3 unidades astronómicas. La unidad astronómica es la distancia de la Tierra al Sol: unos 150 millones de kilómetros. A fecha de hoy se han detectado 10 014 asteroides próximos a la Tierra. Los distintos centros que trabajan en este asunto, en total, descubren en la actualidad del orden de unos 1000 objetos próximos cada año. Hay 858 objetos próximos conocidos que tienen un diámetro superior al kilómetro. Si de esta lista nos quedamos solamente con los que tienen una órbita que puede acercarlos a la Tierra más de 7,5 millones de kilómetros, la lista se reduciría a 154 objetos. A estos se les denomina “potencialmente peligrosos”.
Con todos estos datos se han elaborado tablas que tratan de cuantificar el riesgo de una colisión de los asteroides potencialmente peligrosos con la Tierra. El asteroide, del que se tiene noticia, con mayor riesgo de colisionar con la Tierra es 1950 DA con una probabilidad de impacto entre 0 y 0,33%, aunque este incidente se produciría en el año 2880. Con un diámetro de 1,1-1,4 kilómetros si 1950 DA penetrara en la atmósfera terrestre, habría llegado el fin de la civilización que entonces pudiera haber en nuestro planeta.

En la última década del siglo pasado se empezaron a estudiar los asteroides próximos a la Tierra y estos estudios se han intensificado a lo largo de este siglo. Al final de 1999 se habían identificado 875 asteroides próximos y en la actualidad hay 10 014 en la misma tabla. De los grandes, más de 1000 metros de diámetro, aún quedan varias docenas por descubrir, pero de los que tienen un diámetro inferior entre 100 y 300 podrían haber decenas de miles de los que no tenemos ninguna información. Conforme se avanza en el conocimiento de nuestro vecindario espacial parece más urgente poner en marcha iniciativas que nos permitan, algún día, defender a la Tierra de una colisión que la Naturaleza no esté dispuesta a evitar.

Se han formulado distintas propuestas para variar la órbita de un asteroide. Quizá tres de ellas son las más viables: explosiones nucleares próximas, impactar la superficie del asteroide con una nave a gran velocidad y utilizar una nave espacial como “tractor gravitatorio”. Hay más propuestas, pero no todas han sido evaluadas con detalle.

Una serie de explosiones nucleares, en la proximidad del planeta, tendría el efecto de empujarlo gracias a la onda térmica de la explosión que calentaría la superficie del planeta y al efecto cohete de la masa de gases que se desprendería producida por los materiales sobrecalentados.

La Agencia Europea del Espacio (ESA) estudia la viabilidad de producir un impacto con una nave espacial a gran velocidad contra el asteroide, que lo saque de su órbita. La agencia tiene encargado un estudio de este concepto a Astrium y de momento parece haber demostrado, teóricamente, que con una nave de 1 tonelada de peso es posible desviar un objeto próximo como 99942 Apophis.

El Instituto Carl Sagan, en Palo Alto, analiza la posibilidad de utilizar una nave espacial situada en las proximidades del asteroide con un motor iónico, para desviar su trayectoria. La nave espacial y el planeta se atraen mutuamente y el motor iónico de la nave “tiraría” del asteroide hasta sacarlo de su órbita.

Hoy por hoy, la NASA considera que la solución más efectiva, con gran diferencia con respecto a las demás, es la de hacer explotar cargas nucleares cerca del asteroide, aunque en algunos casos esta técnica no sería posible.

Estos impactos son poco probables cuando se analiza el fenómeno en un espacio corto de tiempo, pero muy probables cuando se amplía la perspectiva. Las consecuencias pueden ser tan desastrosas que parece lógico trabajar en soluciones a largo plazo capaces de evitar la destrucción de nuestro mundo.

http://www.elsecretodelospajaros.com

El centro de la Galaxia

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El centro de la Galaxia. NASA/CXC/MIT/F. Baganoff, R. Shcherbakov et al

 

Este mes de agosto se pueden leer muchos artículos sobre el centro de nuestra galaxia porque un equipo de científicos del  Instituto Max Planck, de la Universidad de Bonn, ha descubierto un magnífico instrumento para averiguar qué pasa allí. En realidad, lo que han visto los científicos alemanes es lo que ocurría hace 27 000 años- es decir, en nuestro Paleolítico Superior- porque ése es el tiempo que ha tardado la luz en viajar hasta sus telescopios desde aquél lugar.

En el centro de nuestra galaxia, al igual que en la mayoría de las galaxias en espiral, hay una concentración de masa o “agujero negro” denominado Sagitario A* (SgrA*). En ese lugar se supone que hay una masa equivalente a unos cuatro millones de soles. Es oscuro porque su campo gravitatorio engulle materialmente  la luz que no puede escapar a su poder de atracción. El Sol y los cien o cuatrocientos mil millones de estrellas, con sus planetas, que forman nuestra galaxia, giran en torno su centro en donde habita ese inmenso agujero negro que es SgrA*, a una velocidad de unos 220 kilómetros por segundo. Nuestro Sol completa una órbita en torno a la galaxia en 200 millones de años, por lo que tiene unos 25 años galácticos y se supone que hasta la edad de 50 seguirá en este estado, antes de convertirse en una gigante roja, engordar y aumentar su radio hasta llegar a la mismísima Tierra. El centro de la galaxia, SgrA*,  también se desplaza y camina por el Universo a una velocidad del orden de un millón de kilómetros por hora, al igual que unos cien mil millones más de galaxias que hay en el Universo.

Pero, lo que ha descubierto el equipo de científicos alemán es una estrella de neutrones que está a medio año luz de SgrA* y emite pulsaciones electromagnéticas. Es un pulsar, del tipo magnetar denominado así por su potente campo magnético, cuya designación es PSR J1745-2900. Al encontrarse tan próximo al agujero negro SgrA* será posible estudiar el centro de la galaxia observando su efecto sobre el campo magnético del pulsar. Una de las cuestiones que tiene realmente intrigados a los científicos es que nuestro centro galáctico no engulle polvo estelar y materia, con la voracidad que se le supone debería tener, en virtud de su masa de una forma equiparable a lo que hacen otros agujeros negros. Es un agujero negro un tanto especial.

Los agujeros negros no se pueden ver, porque su poder gravitatorio engulle la luz próxima, pero es posible detectarlos observando los efectos que producen alrededor suyo. Actúan como lentes ya que curvan y concentran la luz. Cuando observamos una galaxia a través de un agujero negro es como si nos hubieran prestado una potentísima lente. Su inmenso poder de atracción, debido a la altísima concentración de masa,  afecta el movimiento de las estrellas próximas. Los científicos pueden estudiar esos cuerpos, invisibles, calcular su masa y otras propiedades a través de los efectos que producen en otros elementos visibles. El extraordinario recibimiento que la comunidad científica ha otorgado al pulsar PSR J1745-2900 se debe a las oportunidades que ofrece para estudiar el centro de nuestra galaxia.

Es posible que el estudio de estos agujeros negros arroje alguna información sobre uno de los misterios más curiosos del Universo: la energía oscura y la materia oscura. Estos dos conceptos, de los que no se sabe demasiado, tratan de explicar algunas contradicciones. El Universo se formó hace unos 13 700 millones de años con una inmensa explosión y desde el momento inicial está en expansión. A partir de esa gran explosión el Universo empezó a crecer en todas las direcciones y parece lógico que, debido a la fuerza gravitatoria de atracción, la velocidad de expansión fuera decreciendo con el tiempo. Y lo más curioso es que así fue. Así fue durante unos cinco o seis mil millones de años, porque a partir de ese instante en vez de disminuir, la velocidad de expansión, empezó a aumentar. Desde hace unos 7500 millones de años, el Universo se expande a una velocidad creciente. Para eso hace falta una energía que nadie sabe exactamente de dónde sale ni dónde está que ha dado origen al concepto de “energía oscura”.

Einstein se dio cuenta de que el espacio vacío no “es nada”, sino que “es algo”. El espacio tiene propiedades como la de crear más espacio y el espacio vacío puede poseer una energía que permite aumentar la velocidad de expansión del Universo. Hay otras hipótesis que tratan de explicar la “energía oscura”, pero ninguna de ellas es completamente satisfactoria.

En relación con la “materia oscura”, ocurre que con la materia que podemos ver en nuestro Universo, contando como visible la de los agujeros negros, no se puede explicar- de acuerdo con las leyes físicas conocidas- el comportamiento de ese Universo. Igual que hace falta más energía, también hace falta más masa y a esa masa los científicos la han bautizado con el nombre de “materia oscura”.

Lo más curioso es que, de acuerdo con los cálculos que se han hecho, vivimos en un Universo en el que el 68% es energía oscura, el 27% materia oscura y un 5% sería materia visible. Así pues, no parece que tengamos ni la menor idea de lo que ocurre en el 95% de nuestro hogar.

Cualquier ayuda para resolver este enigma será de agradecer, incluida por supuesto la de nuestro nuevo amigo PSR J1745-2900.

 

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Matusalén

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Imagen: NASA, ESA, and A. Feild and F. Summers (STScI)

 

Cuando engendró a Noé ya había cumplido 187 años y murió el año del Diluvio Universal. Poco más sabemos de Matusalén, que según el Antiguo Testamento llegó a vivir 969 años. Por eso a los seres longevos, aquí en la Tierra, les llamamos Matusalén.

Matusalén es el nombre del Pinus longaeva que vive cerca de cinco mil años y también el de la estrella HD 140283. La estrella se descubrió hace más de un siglo, sin embargo su edad se ha calculado unas cuantas veces durante los últimos años. Según Howard Bond de la Universidad del Estado de Pennsylvania “es la estrella más vieja que conocemos a la que se le ha podido determinar la edad”. Pero, su antigüedad ha planteado serios problemas a los científicos porque el primer cálculo que se hizo, en el año 2000, le asignaba una vida de unos 16 000 años. Sin embargo, se estima que el Universo se formó hace 13 800 años, con lo que alguna pieza en el rompecabezas no terminaba de encajar bien.

A Matusalén podemos verla con unos binoculares en la constelación Libra, como una estrella de magnitud 7. Es posible calcular la distancia a que se encuentra de nosotros si observamos las variaciones de su posición en el firmamento, en función de la ubicación de la Tierra en su órbita. Hace poco, y mediante triangulaciones, Bond y su equipo calcularon que se encuentra a 190,1 años luz. Con esta medición, bastante precisa de la distancia, en función del brillo y las características de la luz que emite, los científicos han podido establecer la edad de Matusalén con mayor precisión.

Conforme hemos acumulado un mayor conocimiento acerca de la evolución de la vida de las estrellas se ha empezado a calcular con precisión su antigüedad.

Las estrellas nacen en nebulosas que son nubes de hidrógeno, algo de helio y trazas de otros elementos y se encuentran normalmente en las extremidades de las galaxias. Cuando las partes más densas de esas nubes empiezan a aglutinarse, por la fuerza gravitatoria de atracción mutua, se inicia el ciclo de vida de la estrella. 

Todas las estrellas brillan porque en su interior se producen reacciones nucleares de fusión. El hidrógeno se combina entre sí para producir helio y la reacción nuclear desprende una gran cantidad de energía. La masa del helio es ligeramente inferior a la del hidrógeno que lo forma, por lo que la diferencia de masa se transforma en energía, de acuerdo con la teoría de Einstein.

A lo largo de su vida, las estrellas evolucionan de forma distinta en función de su masa inicial. La masa del Sol, que es la estrella más próxima a la Tierra y su luminosidad se utilizan como unidades de referencia para medir la masa (M) y la luminosidad (L) de las estrellas.

Las estrellas pequeñas, con masas inferiores a 0,25 M (25% la del Sol),  arden despacio y consumen todo su hidrógeno. Su vida es larguísima y puede alcanzar trillones de años. Como el Universo tiene una vida que se estima en 12 800 millones de años, no existe ninguna estrella de estas características que haya agotado su ciclo vital. Se conocen con el nombre de “enanas rojas”.

Las estrellas que tienen una masa parecida a la del Sol, arden más deprisa. Se estima que el Sol consumirá el hidrógeno disponible para fusionarse durante esta primera fase, en unos 10 mil millones de años, de forma que aún le quedan 5 mil millones de años para pasar a la fase siguiente. Cuando el combustible útil empieza a agotarse en el núcleo la estrella se expande y la corteza exterior se enfría. Dentro de 5 mil millones de años el Sol aumentará su radio a unos 150 millones de kilómetros, es decir, llegará hasta la Tierra. En esta fase, las estrellas se denominan “gigantes rojas”. El núcleo de la estrella que ha consumido el hidrógeno, empieza a fusionar helio y su radio disminuye al tiempo que la temperatura aumenta; estas reacciones van produciendo elementos cada vez más pesados, en capas concéntricas, como las de una cebolla. En la medida en la que el núcleo de la estrella se comprime la radiación aumenta y presiona la corteza exterior hasta convertirla en una nebulosa planetaria. Si la masa que queda en el núcleo de la estrella es inferior a 1,4 M, el núcleo se comprime para formar una “enana blanca” compuesta por materia de gran densidad. Las enanas blancas brillan, debido a la gran cantidad de calor que han acumulado en su interior. Con el tiempo la “enana blanca” se convierte en una “enana negra”.

En las estrellas más grandes, la fusión continúa en el núcleo. En la capa exterior arde hidrógeno y en las interiores elementos más pesados: helio, carbón, neón, oxígeno, silicio y hierro. En el núcleo, se genera hierro que no es capaz de fusionarse para producir otro elemento con liberación de energía. Cuando el núcleo de hierro alcanza una masa superior a 1,4 M, en esta zona la materia no puede soportar la fuerza gravitatoria y colapsa. Se produce una onda de partículas y radiación que hace explotar al resto de la estrella lo que da origen a una “supernova”. Las supernovas de nuestra galaxia pueden observarse a simple vista desde la Tierra.

Si después de la explosión de la “supernova”, la estrella retiene una masa entre 1,5 M y 3 M, se forma en el núcleo un conglomerado de neutrones de altísima densidad en una pequeña esfera de unas diez millas de diámetro. La estrella de “neutrones” girará sobre sí misma a gran velocidad. Si la masa, después de la gran explosión, excede a 3 M, el núcleo de la estrella se contraerá para formar un “agujero negro”.  Estos cuerpos son tan densos que atrapan la luz y no la dejan escapar.

Así pues, nuestro Universo está lleno de estrellas como soles, gigantes rojas, enanas blancas y negras, supernovas, estrellas de neutrones y agujeros negros. Todo cambia y poco a poco, aprendemos cómo se producen esos cambios.

Matusalén se encuentra en una fase de su vida en la que empieza a ser una gigante roja. Según las últimas observaciones del equipo de Bond, la relación entre oxígeno y hierro en el núcleo de la estrella es mayor de la que se suponía. Teniendo en cuenta este y otros factores como la velocidad a la que la estrella consume el hidrógeno, su composición química y su estructura interna, el equipo de la universidad de Pennsylvania ha concluido que la edad de Matusalén es de 14,5 mil millones de años, pero con un nivel de certidumbre que puede llegar a más o menos 800 millones de años. Según Bond: “Es la mejor estrella en el cielo para hacer cálculos de edad con precisión, debido a su proximidad y brillo”. Con este margen de error, la estrella podría haberse formado dentro del espacio de tiempo en el que nuestro Universo ha existido: unos 13 800 millones de años. El rompecabezas volvería a encajar.

Calcular la edad de las estrellas con 800 millones de años de error no parece que nos permita decir que, hoy por hoy, tengamos métodos muy precisos para hacerlo. Aun así y todo, es muy posible que sean más exactos que los que utilizó el historiador que nos cuenta en pocas líneas la edad de nuestros antepasados Noé y Matusalén.

Las cosas mejoran.

 

Las mentiras de la Luna

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La Luna- Imagen: NASA/GSF/Arizona State University

Ya nadie se cree el histórico viaje de Domingo González a la Luna, a remolque de unos gansos, según nos contó el señor obispo de Hereford hace casi cuatrocientos años. Sin embargo, poco después de que finalizara la Guerra Civil en Estados Unidos el presidente del Gun-Club de Baltimore, Impey Barbicane, expuso a sus colegas que de acuerdo con sus cálculos era posible viajar a la Luna con un proyectil disparado por un cañón desde la Tierra. Un grupo reducido de expertos del club se puso a trabajar para determinar la dimensión exacta del cañón así como el tamaño del proyectil y el tipo de materiales y pólvora que había que emplear. Al mismo tiempo solicitaron fondos a los gobiernos de distintos países. Estados Unidos aportó 4 millones de dólares y el Reino Unido absolutamente nada. Al final consiguieron juntar los cinco millones y medio de dólares necesarios para realizar el proyecto.

Decidieron que el punto desde el que había que lanzar la cápsula espacial- a la que bautizaron con el nombre de Columbiad– estaba en Tampa, Florida, que viajaría una tripulación de tres astronautas, Ardan, Barbicane y Nicholl y que la nave espacial se haría en aluminio y pesaría 19 250 libras.

Para el lanzamiento del vehículo espacial había que construir un cañón de 274 metros con un calibre de 2,74 metros. Harían falta unas 122 toneladas de pólvora que ocuparían 61 metros en el alma del cañón. El cañón se construiría horadando la tierra. La cápsula estaría dotada de amortiguadores para absorber parte de la aceleración a la que estarían sometidos los astronautas durante el disparo.

Según los cálculos de los expertos, para llegar a la Luna hacía falta abandonar la Tierra con una velocidad de 11 kilómetros por segundo. Con el cañón se conseguiría alcanzar una velocidad de unos 12 kilómetros por segundo que considerarían suficiente para vencer la resistencia de la atmósfera cuyo efecto supusieron que era despreciable.

El Gun-Club consiguió llevar adelante sus planes y la nave se lanzó en el mes de diciembre. Después de un viaje de 242 horas y 31 minutos, en el que estuvo 48 horas en la órbita lunar, regresó a la Tierra, amerizando en el océano Pacífico en donde la recuperó el buque Susquehanna de la Marina de Estados Unidos.

Este viaje lo inventó el novelista francés Julio Verne y se publicó en dos libros, el primero de ellos De la Tierra a la Luna, en 1865, y el segundo Alrededor de la Luna, cinco años más tarde. El fotógrafo, aerostero, dibujante y aventurero francés, Gaspard-Félix Tournachon, conocido con el seudónimo de Nadar, fue quién contagió a Julio Verne su entusiasmo por la navegación aérea. Uno de los astronautas de la imaginaria nave del novelista, el Columbiad, Michel Ardan, lleva encriptado en su apellido el nombre del fotógrafo. Verne hizo un ejercicio técnico muy meritorio, aunque la presión y temperatura a que se sometería el obús lo hubieran convertido en una masa incandescente y en cualquier caso, los astronautas jamás podrían soportar aceleraciones del orden de unos 30 000 g.

Tuvieron que transcurrir unos cien años para que el hombre organizara otro viaje alrededor de la Luna y resulta que, al igual que en el Columbiad, también fueron tres los astronautas del Apolo 8: Anders, Borman y Lovell. El Apolo 8 fue el vehículo espacial que por primera vez orbitó alrededor de la Luna, como la nave de Julio Verne. Pero, las coincidencias no se acaban aquí porque el costo de la expedición del Gun-Club fue de unos 5 millones de dólares del año 1865 que trasladados a 1969 son unos 12 mil millones de dólares, una cifra similar a los 14 mil millones que costó el programa lunar norteamericano hasta el Apolo 8. La NASA lanzó el Apolo 8 desde un emplazamiento situado a unos 213 kilómetros del lugar que utilizaron los astronautas de Julio Verne y el vehículo espacial, hecho también en gran parte de aluminio, pesaba 26 275 libras, un poco más que el Columbiad. La agencia espacial estadounidense eligió el mes de diciembre para lanzar la tripulación del Apolo 8, que después de un viaje de 147 horas con 20 horas en la órbita lunar, regresó a la Tierra y fue recogida en el océano Pacífico por el buque Hornet de la Marina de Estados Unidos. Las coincidencias entre las dos misiones, separadas en el tiempo un siglo, son muchas.

El Apolo 8 fue la primera misión de la NASA en la que un vehículo espacial abandonó la órbita terrestre, viajó a la Luna, la circunnavegó diez veces y regresó a la Tierra. Fue una de las misiones preparatorias a la del Apolo 11, que alunizó el 20 de julio de 1969 para que Armstrong y Aldrin pudieran darse un paseo por la Luna delante de seiscientos millones de espectadores, una quinta parte de los habitantes que entonces tenía el planeta Tierra, que los estaba viendo en sus televisores. La nave del Apolo 11, el Columbia, tenía un nombre similar a la de los astronautas del Gun-Club (Columbiad). Pero, tampoco se acaban aquí las coincidencias.

Si bien es cierto que el viaje a la Luna de Michel Ardan es producto de la imaginación de Julio Verne, desde mediados de los años 1970 se ha desarrollado de forma insistente la “teoría de la conspiración”, según la cual los alunizajes tripulados a la Luna de la NASA son una gran farsa inventada por la agencia espacial. El promotor de esta teoría fue Bill Kaysing, un antiguo empleado de Rocketdyne, la empresa que construyó los motores del cohete Saturno V. Kaysing publicó un libro, en 1976, en el que explica que los astronautas de la NASA jamás pisaron la Luna porque las probabilidades de que la misión tuviera éxito se habían estimado en un 0,0017%.

Según Kaysing los motores de Rocketdyne F-1 no eran fiables y la primera etapa de combustión del Saturno V se montó con propulsores tipo B-1, más seguros, que se habían instalado en secreto, en el interior de las carcasas de los F-1. Los cinco propulsores únicamente podían suministrar la mitad de la fuerza de un solo F-1. La televisión transmitió la entrada de los astronautas en el Apolo, pero poco después, aprovechando “una pérdida de señal accidental”, abandonaron la nave y se instalaron en otra idéntica. El lanzamiento resultó, en apariencia normal, aunque el peso que levantaron los cohetes fue una veinteava parte del que se había anunciado. La nave espacial se situó en una órbita de “aparcamiento” y los astronautas fueron trasladados a unas instalaciones lunares en Nevada, a 80 millas de Las Vegas. Allí simularon el alunizaje y el paseo por la superficie lunar. Después los astronautas volaron a Hawaii para introducirse en el módulo de mando que se embarcó en un avión de transporte Lockheed C-5 Galaxy para ser lanzado en un lugar próximo al sitio en el que se encontraba el buque de rescate.

La teoría de la conspiración ha tenido un gran éxito y en algunas partes del mundo posee una gran credibilidad. Incluso en Estados Unidos, las últimas encuestas que se han hecho al respecto muestran que un 6% de la población cree en la “teoría de la conspiración”. Sin embargo, no parece muy probable que la NASA haya podido confabular a unas 400 000 personas que son las que de algún modo habrían tenido que convertirse en cómplices de la agencia para mantener la farsa. Además, hoy existen fotografías tomadas con posterioridad por organizaciones distintas a la NASA que muestran las huellas de la misión lunar del Apolo 11.

En cualquier caso, nuestro satélite la Luna, siempre ha tenido fama de mentirosilla y no estar en sus cabales, cuando decrece nos enseña una “c” y cuando crece una “d”, por lo que no debe extrañarnos que le acompañe la controversia.

Exoplanetas

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Gliese 581 y sus cuatro planetas interiores. Imagen: NASA

Cuando contemplamos el cielo en una noche despejada y oscura, sin luna, en un lugar poco afectado por la contaminación luminosa, podemos observar miles de estrellas. Son minúsculos puntos luminosos que parpadean vigilantes. Esas lejanas estrellas, como nuestro Sol, son una masa incandescente en la que se producen reacciones nucleares de fusión. Incluso si utilizamos unos prismáticos o un telescopio, el paisaje celeste seguirá estando dominado por las estrellas. Los cuerpos celestes, como la Tierra, que giran en torno a esas luminarias, permanecen ocultos, el resplandor de las estrellas ciega nuestros ojos y no podemos verlos.

Muchas estrellas poseen sus propios planetas, al igual que el Sol, que orbitan en torno a las mismas. Pero, nuestros ojos no pueden ver los planetas de las estrellas lejanas. Cuando, algún día, dispongamos de naves con las que nos resulte menos difícil viajar por el espacio, cabe la posibilidad de que nos desplacemos a otros planetas, pero no podremos acercarnos a las estrellas, así que nuestros futuros destinos han sido hasta hace muy poco tiempo unos desconocidos. Además, si existen otros seres vivos en el Universo, tienen que habitar en alguno de esos planetas que por las noches no vemos.

Los astros que giran en torno a estrellas distintas del Sol se conocen con el nombre de “exoplanetas”. La observación de los “exoplanetas” no puede hacerse directamente con un potente telescopio ya que desde la Tierra se ven muy próximos a la estrella y el resplandor los oculta. Para detectarlos los astrónomos estudian los efectos que dichos planetas producen en la apariencia de la estrella y normalmente se emplean cuatro métodos. El planeta puede alterar, con su campo gravitatorio, el movimiento de la estrella. Estudiando los desplazamientos del centro de gravedad de una estrella puede inferirse la presencia de un planeta. El segundo método consiste en ver si la radiación de la estrella, se desplaza hacia el azul y luego hacia el rojo, de forma periódica. El planeta, al describir su órbita, “tira” de la estrella acercándola o alejándola de nuestro punto de observación con lo que el espectro de la radiación se desplaza hacia el azul primero y hacia el rojo después, por el efecto Doppler. Este método se conoce como el de “cambios inducidos por la velocidad radial”. El tercer método se llama de “tránsito”, ya que consiste en detectar las alteraciones en el brillo de la estrella cuando el planeta se interpone en su disco y el observador. El cuarto método se basa en el efecto de curvatura de la luz de la estrella que produce el campo gravitatorio del planeta. Cuando pasa por delante del disco, este fenómeno actúa al igual que una lente por lo que aumenta la intensidad de la radiación que nos llega de la estrella.

Los primeros exoplanetas se descubrieron en la década de los 90 del siglo pasado. El grupo suizo de Michel Mayor y Didier Queloz anunciaron, el 6 de octubre de 1995, la existencia de un planeta de la estrella 51 Pegasi, al que llamaron 51 Pegasi b. Poco después, un equipo de la Universidad de California, dirigido por Geoffrey Marcy, descubrió la existencia de dos exoplanetas más. Hoy, la NASA tiene catalogados 881 exoplanetas.

Desde hace algunos años a esta parte las organizaciones espaciales de diversos países han puesto en marcha proyectos para identificar exoplanetas y estudiar sus propiedades. Uno de los mayores atractivos de estos proyectos es la posibilidad de localizar vida en el espacio, por lo que los estudiosos están interesados en encontrar planetas con características similares a las de la Tierra.

En nuestra galaxia es posible que haya unos 300 000 millones de estrellas y cada estrella puede tener varios planetas. Visto así parecería razonable pensar que en muchos de esos planetas exista vida. Sin embargo, la Tierra es un planeta muy singular y cuando los buscadores de “exoplanetas” tratan de encontrar cuerpos celestes en los que concurran circunstancias similares a las que se dan en nuestro planeta, la tarea se vuelve muy difícil a pesar de la gran cantidad de estrellas que pueblan el Universo.

Para que la vida pueda desarrollarse en un planeta que orbita en torno a una estrella es necesario que la estrella y el planeta cumplan una serie de condiciones. En cuanto a la estrella podemos asegurar que conviene que esté ubicada en la periferia de la galaxia, que su masa sea parecida a la del Sol y que no se trate de una estrella doble. Con respecto al planeta, resulta necesario que su órbita se aproxime a un círculo, que la distancia del planeta a la estrella esté dentro de lo que se denomina “zona habitable”, que su masa sea suficiente como para retener la atmósfera, que gire sobre sí mismo con una velocidad de rotación elevada, que su eje de giro no forme un ángulo excesivo con la perpendicular al plano en el que orbita, y si tiene un satélite grande, mejor.

La estrella idónea para alojar un planeta con vida no puede estar ubicada en cualquier lugar de la galaxia. Nuestra galaxia tiene la forma de una lenteja y la mayoría de las estrellas están en el centro de la lenteja; solamente un diez por ciento de las estrellas se encuentran en los bordes. En el centro de la galaxia hay una gran actividad, las estrellas se forman a partir de concentraciones de polvo, si su masa es grande arden muy rápidamente y las reacciones nucleares pueden originar una gran explosión: una supernova que barre un espacio de decenas de años luz con radiaciones que abrasan literalmente a cualquier planeta que se encuentre a esas distancias. Debido a las supernovas los planetas de estrellas situadas en el centro de la galaxia se ven sometidos a baños radioactivos con una frecuencia muy superior a los que orbitan en torno a estrellas situadas en el borde de la galaxia. Como la vida puede necesitar miles de millones de años en desarrollarse, es muy improbable que los planetas de estrellas que estén en el centro de la galaxia dispongan de ese espacio temporal sin sufrir una cauterización completa.

No solamente es necesario que la estrella esté situada en la periferia de la galaxia sino que también debe tener un tamaño adecuado; si es muy grande se consumirá rápidamente y dará origen a una supernova, si es pequeña se convertirá en una “enana blanca”.

En cuanto al planeta, para que la vida pueda existir, debe describir una órbita casi circular que permita que sus condiciones térmicas no sufran variaciones extremas. La órbita debe estar situada a una distancia adecuada, dentro de la “zona habitable” de la estrella, para que la temperatura no sea excesivamente fría ni demasiado cálida permita que exista agua en estado líquido; además, la masa del planeta tiene que ser la suficiente como para retener los gases de la atmósfera que lo envuelve ya que esta es necesaria para la vida.

Aún quedan tres cuestiones importantes que conviene que cumpla el planeta para preservar la vida durante un tiempo prolongado: una velocidad de rotación elevada, que el eje de giro forme un ángulo relativamente pequeño con respecto a la perpendicular del plano de la órbita y la existencia de un satélite grande, como la Luna. Cuando se creó la Tierra, la velocidad de rotación del planeta era mucho más lenta que en la actualidad y parece que una colisión con otro planeta grande, de una masa del orden de la mitad de la de la Tierra, aportó una gran cantidad de energía que aceleró la rotación. Parte de la masa de ese planeta la absorbió la propia Tierra y parte rebotó, pero quedó atrapada por la gravitación terrestre, dando origen a la Luna. La velocidad con que rota la Tierra es elevada, en comparación con la de otros planetas, y es producto de una colisión fortuita durante el proceso de formación del Sistema Solar. Con una velocidad de rotación más lenta y días de 100 horas, la temperatura diurna podría alcanzar en la superficie terrestre más de 100 grados Celsius y la nocturna -50. En esas condiciones la vida sería imposible. La inclinación del eje de giro de la Tierra, con respecto a la perpendicular del plano orbital, que es de 23,5 grados, da origen a las estaciones ya que el sol incide sobre un punto de la superficie terrestre con un ángulo variable, a lo largo del año. Si la inclinación del eje de la Tierra fuera mayor de 30 grados los cambios climáticos en las regiones serían demasiado severos y el gradiente de temperatura, entre distintas zonas, daría origen a meteoros difícilmente compatibles con la vida. Por último, la Luna tiene también efectos estabilizadores en la Tierra: las mareas que induce en el núcleo metálico de nuestro planeta refuerzan el campo magnético y su campo gravitatorio estabiliza la inclinación del eje de la Tierra. El campo magnético terrestre blinda y protege a la vida de la radiación cósmica.

Con todas estas peculiaridades que tiene nuestro planeta Tierra, encontrar otro en el que se den las mismas circunstancias y que esté lo suficientemente próximo para que nuestros sistemas de detección puedan descubrirlo, no parece que sea muy probable. Es posible que la vida sea un fenómeno extraordinariamente singular. Es cierto que el Universo es muy grande y que por tanto esa singularidad puede haber ocurrido en alguna otra parte. Pero, también es cierto que si tomamos como referencia lo que ha ocurrido en la Tierra, el proceso de formación de la vida inteligente es largo, muy largo si se toma como referencia el tiempo transcurrido desde la gran explosión que originó el mundo actual. De acuerdo con la teoría del Big Bang, el Universo tiene una edad de 13 700 millones de años. El planeta más antiguo que se ha descubierto se generó 2000 millones de años después del Big Bang; muy posiblemente durante ese tiempo las condiciones físicas del Universo no permitieron la formación de planetas. La Tierra se formó hace unos 4600 millones de años, unos 9000 millones de años después del Big Bang, y hace menos de 100 000 años que apareció el “homo sapiens sapiens”, es decir, nosotros. A nuestro planeta le ha costado 4600 millones de años producir vida inteligente, aunque los primeros microrganismos, la vida, se formaron en la Tierra hace 3470 millones de años. La aparición del hombre es un fenómeno relativamente nuevo y joven en el Universo. Si bien el tamaño del Universo puede haber dado oportunidades a la estadística para generar vida en otros lugares, el tiempo aún no ha jugado a favor de que se produzca este fenómeno tan singular.

La misión de la NASA Kepler, la Agencia Europea del Espacio (ESA), el Observatorio Austral Europeo (ESO) y la misión CoRoT liderada por Francia, interrumpida a finales de 2012, han trabajado durante los últimos años en la caracterización de numerosos exoplanetas. Con los medios actuales es muy difícil poder observar planetas relativamente pequeños, del tamaño de la Tierra, por lo que la mayoría de los descubrimientos son cuerpos formados por grandes masas gaseosas como TrES-4, cuyo tamaño es 1,7 veces el de Júpiter, se encuentra a 1400 años luz de la Tierra y tarda tres días y medio en dar una vuelta completa a su estrella.

La variedad de exoplanetas que han hallado los científicos es muy amplia. El primer exoplaneta rocoso que encontró la misión Kepler fue el Kepler-10b, con datos recogidos en mayo de 2009 y enero de 2010, tiene una masa de 1,4 veces la de la Tierra, por lo que es de los más pequeños. Otro planeta rocoso es el CoRoT-7b, descubierto por la misión francesa y pertenece a la clase denominada como Super-Tierra, con una masa cinco veces más grande que la de la Tierra y está situado a unos 480 años luz del Sol. La superficie de CoRoT-7b es un mar volcánico en el que llueven rocas y entre la cara iluminada y la oscura existe una gran diferencia de temperatura.

Uno de los exoplanetas más próximos a la Tierra es Epsilon Eridani b que orbita alrededor de una estrella anaranjada, a unos 10,5 años luz de nuestro Sol. Su órbita está demasiado alejada de la estrella y queda fuera de la “zona habitable” por lo que no habrá agua ni vida en su superficie. Por el contrario, el OGLE-2005-BLG-390L b es uno de los más lejanos que se han descubierto hasta la fecha y se encuentra a unos 28 000 años luz de la Tierra. Su masa es 5,5 veces la de la Tierra, es rocoso y orbita alrededor de una estrella enana roja. También es quizá el más gélido con una temperatura en la superficie de alrededor de -220 grados Celsius. En el otro extremo está el WASP-12b en cuya superficie la temperatura alcanza los 2 200 grados Celsius de promedio ya que su órbita está situada muy cerca de su estrella, a unos 3,4 millones de kilómetros (la distancia de la Tierra al Sol es de 150 millones de kilómetros). La masa de WASP-12b es 1,5 veces la de Júpiter y se encuentra a 870 años luz del Sol.

Pero de todos los exoplanetas el que suscitó un interés muy especial es Gliese 581d que se encuentra a unos 20 años luz de la Tierra, es decir, relativamente cerca, aunque uno de nuestros artefactos espaciales, con la tecnología actual, tardaría centenares de miles de años en alcanzarlo. Gliese 581d fue el primer exoplaneta que se descubrió dentro de la “zona habitable” de su estrella. El hallazgo se produjo el 23 de abril de 2007 por un equipo de astrónomos liderado por Stéphane Urdy del Observatorio de Ginebra, utilizando el método de “velocidad radial” en el Observatorio Austral Europeo de La Silla, Chile. Orbita en torno a la estrella Gliese 581, una enana roja, describiendo una trayectoria casi circular que tiene un radio de unos 50 millones de kilómetros, con un periodo de 67 días. Gliese 581d se encuentra en la “zona habitable” del sistema, aunque recibe menos de una tercera parte de la energía con que el Sol beneficia a la Tierra. Sin embargo, las simulaciones realizadas por los expertos apuntan la posibilidad de que en la superficie de Gliese 581d exista agua y llueva. Uno de los problemas que plantea este exoplaneta, desde el punto de vista de su aptitud para que la vida se desarrolle en él, es que mantiene una cara oculta y la otra iluminada de forma permanente, por lo que tiene que haber diferencias de temperatura importantes entre las dos semiesferas. Pero, el efecto invernadero en la atmósfera de Gliese 581d- si posee suficiente dióxido de carbono- permitiría atrapar la energía que recibe de la estrella y mantener la superficie caliente a pesar de que en una de sus caras sea siempre de noche. La masa de Gliese 581d es varias veces superior a la de nuestro planeta por lo que se trata de una Super-Tierra.  De todos modos, para confirmar la habitabilidad de Gliese 581d será necesario efectuar un estudio detallado de su atmósfera para lo cual es preciso utilizar instrumentos más potentes de los que actualmente tienen a su alcance los científicos.

Con posterioridad al descubrimiento de Gliese 581d, en el año 2010, se anunció la existencia de otro exoplaneta, Gliese 581g en la “zona habitable” de la misma estrella, con una masa inferior y muy próxima a la de la Tierra. Sin embargo, el mismo equipo meses más tarde y al año siguiente, en dos ocasiones, manifestó que no había podido corroborar la existencia de Gliese 581g. En julio de 2012 el equipo de astrónomos, liderado por Vogt, volvió a confirmar la existencia de Gliese 581g.

En diciembre de 2011, la misión Kepler de la NASA encontró su primer exoplaneta en la “zona habitable”: Kepler 22-b. Este exoplaneta con un radio 2.4 veces el de la Tierra y a 600 años luz de distancia tarda 290 días en describir una órbita completa. Si su atmósfera fuera similar a la que existe en la Tierra la temperatura de la superficie sería de unos 22 grados Celsius.

A fecha de hoy, la Universidad de Puerto Rico en Arecibo, ha consignado un total de 12 exoplanetas en la “zona habitable” que han sido descubiertos por diferentes equipos que trabajan en todo el mundo. De esos 12 exoplanetas se supone que únicamente 3 podrían ser aptos para desarrollar formas de vida complejas como las plantas y los animales, mientras que en los otros nueve podrían encontrarse microorganismos.

Se supone que a mediados de este siglo dispondremos de una información bastante completa de la tipología de los planetas de nuestra galaxia. Quizá habremos identificado algunos con unas condiciones idóneas para el desarrollo de la vida o, al menos, podremos estimar con mayor exactitud la probabilidad de que en nuestra galaxia exista este raro fenómeno que es la vida. En nuestro Universo, la energía se concentra en las estrellas, pero los complejos procesos de la vida, más afines a la naturaleza humana, se desarrollan en espacios templados y estables cuya exploración apenas ha comenzado hace unos pocos años. Para el astrónomo Steven Scott Vogt, profesor de astrofísica en la Universidad de California, en Santa Cruz, y experto en el estudio de exoplanetas, con toda seguridad existen en nuestra galaxia decenas de miles de millones de planetas en la “zona habitable” de su estrella. Cabe esperar que el número de hallazgos se incremente de forma exponencial durante los próximos años, aunque la tarea es ingente.

Tres exoplanetas en los que puede haber vida más o menos compleja no es mucho y además están a distancias de años luz de la Tierra, inalcanzables para nuestros vehículos espaciales. Pero, el cielo ha empezado a dejar de ser una simple aglomeración de puntos brillantes y gracias a la tecnología empezamos a comprender los misterios que esconden las oscuridades.

Pájaros marcianos

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Curiosity- Mayo 2013- Imagen: NASA/JPL-Caltech/MSSS

Hace cien años nadie podía imaginar que hoy la aventura del vuelo nos llevaría a colocar un propio en Marte. El camino que se inició aquella época ha tenido unas consecuencias entonces impensables. Quizá valga la pena echarle un vistazo a cómo serán las fotos antiguas, dentro de un siglo.

Este es un auto retrato que se ha hecho el Curiosity, un robot de la NASA que actualmente se encuentra en Marte. Salió de Cabo Cañaveral el 26 de noviembre de 2011 y “amartizó” (se posó sobre la superficie marciana) el 6 de agosto de 2012, después de un largo viaje de más de ocho meses. Curiosity se hizo esta foto que se ha compuesto con tomas efectuadas el 3 de febrero y el 10 de mayo de este año. En la parte inferior izquierda del suelo puede observarse polvo gris y un par de agujeros perforados por el robot. Las distintas imágenes con las que se ha compuesto la foto de Curiosity se hicieron con la ayuda de un brazo del propio robot que se colocó fuera del campo visual durante las tomas.

Este pájaro marciano pretende determinar si hubo vida alguna vez en Marte, tomar datos sobre su clima, estudiar la geología marciana y preparar la exploración humana al planeta rojo. Está previsto que la misión del Curiosity dure un año local, que son 686 días nuestros. Hasta la fecha se han descubierto composiciones geológicas que hacen presumir que alguna vez hubo agua en la superficie de Marte y que las radiaciones pueden suponer un riesgo para los futuros viajeros a ese lugar remoto.

Claro que, con ocho meses de ida y otros tantos de vuelta, el turismo marciano será para jubilados centenarios.