Girolamo Cardano, filósofo, matemático, médico renacentista y contemporáneo de Leonardo, afirmó que el florentino trató de volar pero que fracasó en todos sus intentos.
Muchos de los diseños aeronáuticos de Leonardo datan de su primera época milanesa, de 1482 a 1499, cuando trabajaba al servicio de Ludovico Sforza. Del duque recibió importantes encargos: el retrato de su amante Cecilia Gallerani, la construcción del pabellón de su esposa en los jardines del Castillo y una figura ecuestre en memoria de su padre: Francisco Sforza. Para fabricar la estatua- cuyas proporciones eran dantescas- hizo un molde de barro que causó la admiración del público. Sin embargo, la fundición de la gran estatua se convirtió en una tarea que no estaba al alcance de los medios disponibles en aquella época. Al final, el bronce de la estatua serviría para saldar las deudas que tenía Ludovico con su suegro, el duque de Ferrara – quién lo empleó en fundir cañones con qué hacer frente a la invasión francesa.
Para hacer la estatua que nunca pudo terminar, Leonardo se instaló en el Palacio Vecchio, ubicado en la plaza del Duomo de Milán, que tenía una sala de baile de noventa metros de largo por quince de ancho. En el piso superior, con casi toda seguridad, Da Vinci construyó alguna de sus máquinas de volar y lo más probable es que intentara probar si funcionaba correctamente. Nadie ha podido demostrar que dichos experimentos se llevaran a cabo, pero es difícil creer lo contrario si tenemos en cuenta el temperamento y la curiosidad del gran ingeniero que fue Leonardo. Un hombre con su atrevimiento, capaz de enarbolar un bisturí y diseccionar el cuerpo de una persona que acababa de morir- para ver si encontraba en sus vísceras el motivo por el que aquél hombre había tenido una vida feliz o desgraciada- no pudo arredrarse ante la idea de romperse la cabeza con alguno de sus inventos.
Archivos Mensuales: febrero 2013
La crónica del duque de Polignac del primer viaje en globo.
El rey francés Luis XVI ofreció condenados a muerte como pasajeros para el primer vuelo tripulado en globo. Sin embargo, Pilâtre de Rozier y el marqués de Arlandes se prestaron como voluntarios para protagonizar aquella insólita aventura. Los constructores del aeróstato, los hermanos Montgolfier, llevaron el globo a los jardines del castillo de la Muette, en el Bois de Boulogne. El 21 de noviembre de 1783, los dos intrépidos aerosteros despegaron a bordo del gran globo de aire caliente para sobrevolar París y aterrizar 25 minutos después en Buttes-aux–Cailles. Entre los espectadores se encontraba también Benjamín Franklin y una comisión, presidida por el duque de Polignac, cuyo objetivo era el de certificar el éxito o el fracaso de la empresa. El duque de Polignac, describió los acontecimientos de la siguiente forma:
…majestuosamente y cuando el balón alcanzó una altura de 250 pies sobre el terreno, los intrépidos viajeros, se quitaron los sombreros y saludaron a los espectadores. En ese momento uno experimentaba un sentimiento de temor mezclado con admiración. Pronto los viajeros se perdieron de vista, pero la máquina, flotando en el espacio y mostrando su hermosa forma, ascendió hasta al menos 3000 pies, altura a la cual aún resultaba visible, cruzó el Sena por debajo de la puerta de la Conferencia y pasando entre la Escuela Militar y el Hotel de los Inválidos, alcanzó una posición en la que podía verse desde cualquier parte de París. Cuando los viajeros se sintieron satisfechos con el experimento, sin desear hacer un viaje más largo, acordaron descender, pero dándose cuenta de que el viento los llevaba sobre las casas de la calle de Sèvres, en Fauburg Saint German, mantuvieron la calma y, aumentando la producción de gas, se elevaron otra vez y continuaron su viaje a través del cielo hasta que pasaron las afueras de París. Hicieron un suave descenso en un campo detrás del nuevo bulevar, al otro lado del molino de Croulebarge, sin padecer la menor incomodidad, con las dos terceras partes del aprovisionamiento de combustible intacto; de forma que ellos hubieran podido viajar, de haberlo deseado, tres veces más lejos. El viaje duró de 20 a 25 minutos, habiendo recorrido una distancia de cuatro a cinco mil brazas.
Sin embargo, las descripciones que se conocen del marqués de Arlandes no revelan que el viaje fuera tan idílico, especialmente cuando pasaron sobre el Sena y tuvieron que atizar el fuego rápidamente porque el globo perdía altura. Tampoco fue suave ni tranquilo el aterrizaje, ya que de milagro no se incrustaron en las aspas de unos molinos y el golpe contra el suelo resultó muy violento puesto que el aire se había enfriado y perdían altura a gran velocidad. Inmediatamente después de su toma de tierra tuvieron que cuidar de que las superficies del globo que empezaron a colapsar no ardieran en el brasero que aún tenía fuego y más tarde hubo de intervenir la autoridad local, a fin de evitar que un grupo de descontrolados destrozara el globo.
Lorenzo de Gusmao en el palacio del rey de Portugal, Juan V
Bartolomé Lorenzo de Gusmao quiso inventar una máquina de volar para transportar enseres y tropas a los confines del vasto imperio de su monarca. El joven brasileño viajó hasta la corte de Lisboa y allí estuvo a punto de organizar un buen desastre.
El rey lusitano, que entonces tenía veinte años, una gran curiosidad por las ciencias y las artes, y que también oficiaba de mecenas, decidió ayudar al joven Gusmao que, el 19 de abril de 1709, recibiría de su monarca el encargo de construir una máquina capaz de volar, apoyo financiero y un puesto de profesor de matemáticas en la universidad de Coimbra. Se sabe que su primer ingenio, que probó en el palacio de San Jorge, no funcionó correctamente, pero después de varios ensayos y cambios radicales en el modelo, Gusmao presentó en el palacio real, su famoso globo de aire caliente. El experimento se llevó a cabo el 8 de agosto de 1709, en el salón de Indias del palacio real, en Lisboa, en presencia del rey y su esposa, la reina Ana María, del cardenal Conti, que con el tiempo se convertiría en el Papa Inocencio III, y de otros dignatarios (Fig. 6-200). El relato de lo que ocurrió aquél día en palacio lo recoge el padre Ferreira en su Ephemeride historica chronologica. El globo disponía de una pequeña cesta metálica, bajo la abertura del balón, donde ardían ascuas que producían el aire caliente. El aparato flotó por la sala y llegó a elevarse unos tres metros y medio, con tal mala fortuna que fue a dar con unos cortinajes, prendiéndoles fuego, de modo que los lacayos de su majestad tuvieron que abatirlo y apagar las llamas, urgentemente, para evitar un incendio de grandes proporciones. El globo de Gusmao, armado con una ligera estructura de madera, era de papel.
(De El secreto de los pájaros)
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Del castillo al río con las alas de un herrero
No se sabe con certeza si la historia del español Diego Marín Aguilera es real o producto de la imaginación, aunque lo más probable es que tenga un poco de ambas cosas. Según la leyenda, este pastor burgalés consiguió volar con unas alas de su invención el 16 de mayo del año 1793 . Diego Marín Aguilera nació en Coruña del Conde el 13 de noviembre de 1758 y era hijo legítimo de Narciso y Catalina. Este pueblo pertenece a la provincia de Burgos en la Comunidad Autónoma española de Castilla y León, ubicado en la Ribera del Duero, famosa por sus excelentes vinos. A finales del siglo XVIII, los habitantes de Coruña del Conde se dedicaban al cultivo de los cereales, trigo y cebada y al pastoreo de las ovejas churras y merinas. Las ovejas churras proporcionan una excelente carne, el lechazo, y, las merinas, lana. Diego era el mayor de ocho hermanos y quedó huérfano de padre muy joven. Pronto tuvo que dedicarse por completo al oficio de pastor que completaba con otras actividades agrícolas. Sin embargo, de muy niño es posible que recibiera alguna educación y en cualquier caso era un muchacho curioso y observador. Durante larguísimas jornadas, en compañía de sus ovejas, en las llanuras burgalesas, Diego pudo observar el vuelo de los buitres y las águilas, que abundan por esas tierras, remontando las corrientes de aire térmicas ascendentes que también son muy frecuentes en esos lugares. La curiosidad de Diego no se limitaba a las aves sino que inventó un dispositivo para mejorar el rendimiento de los molinos de su pueblo y otro para cortar el mármol en las canteras de Espejón, en tierras de Soria. Sin embargo, su obsesión principal fue la de volar como las majestuosas aves de sus altísimos cielos castellanos. Puso cepos para cazar águilas y buitres y observó con detenimiento las características de sus presas: el peso, el volumen y la forma. Parece ser que hizo cálculos comparativos para determinar el tamaño de las alas que debía construir, teniendo en cuenta su peso y las observaciones que había llevado a cabo. Con la ayuda del herrero de su pueblo, que mantenía relaciones con su hermana, construyó un aparato que tenía una estructura de madera, con pedales y otros mandos capaces de articular unas alas reforzadas con barras de hierro y alambre y recubiertas de tela y plumas. Parece que el dispositivo contaba con estribos para afianzar los pies y una manivela para accionar el mecanismo que batía las alas. La construcción de aquél ingenio la llevaron con el máximo secreto su hermana, el herrero y él. Diego tenía intención de realizar un primer vuelo, desde lo alto del castillo de su pueblo hasta Burgo de Osma, donde al parecer tenía familiares y después pretendía seguir hasta Soria. De Coruña del Conde a Burgo de Osma, por carretera, hay unos 60 kilómetros y desde allí hasta Soria, otros tantos, con lo que, entre la ida y la vuelta, Diego pretendía recorrer algo menos de 240 kilómetros, para lo que había estimado que emplearía una semana completa. Con ese ánimo y según algunos cronistas, encomendándose a San Isidro Labrador, el 16 de mayo de 1793, al atardecer, se encaramó a una de las partes más altas del castillo de su pueblo y desde allí se lanzó al aire, consiguiendo remontar el vuelo y surcó los aires hasta que un perno de sujeción del ala derecha se rompió y el atrevido pastor dio con sus huesos en la era del pueblo, lugar en donde se trillaba el cereal para separar la paja del grano, que estaba al otro lado del río Arandilla. Allí acudieron veloces a socorrerlo el herrero y su hermana y pudieron comprobar que tenía algunas magulladuras, pero que estaba con vida y prácticamente ileso, aunque furioso por el percance. En total se dice que recorrió 430 varas castellanas, es decir, algo más de 350 metros. Diego quiso intentarlo de nuevo, pero sus familiares le obligaron a desistir y quemaron el aparato sin que su diseñador dejara ningún plano o dibujo. Es posible que una de las razones por la que los allegados a Diego tomaran la decisión de purificar en la hoguera los desvaríos del pastor, fuera el temor a las represalias religiosas que en su época podían ser graves si la curia estimaba procedente entender que en ello pudiera haber influencia demoníaca. Diego, profundamente deprimido, murió pocos años después. Hoy, en su memoria, hay junto al castillo de su pueblo, el fuselaje plateado de un Lockheed T33 aeronave a reacción que perteneció a la Fuerza Aérea española. En la carretera puede leerse una placa conmemorativa de su hazaña, junto a otra que dice que por allí también pasó el Cid Campeador, camino del destierro.
(De El secreto de los pájaros)
Huir del asedio a París (1870-1871) en globo.
Del 19 de septiembre de 1870 hasta el 28 de enero de 1871, París estuvo sitiada por las tropas prusianas. Durante ese tiempo, los globos jugarían un importante papel manteniendo las comunicaciones entre la ciudad y el resto del mundo. Desde un primer momento, los aerosteros franceses se pondrían al servicio de la defensa de la ciudad y en septiembre de 1870, antes del comienzo del cerco, se instalarían tres globos cautivos, uno en la plaza de Saint Pierre, en Montmartre, otro en la plaza d’Italie, y el tercero en Vaugirard para observar el movimiento de las tropas enemigas. En las estaciones de Orléans y del Norte, se ubicarían las fábricas de los hermanos Louis y Jules Godard, la de Yon y la de Dartois, respectivamente. Durante el tiempo que duró el cerco, entre el 23 de septiembre de 1870 y el 28 de enero de 1871, se lanzaron sesenta y seis globos tripulados de unos 70,000 pies cúbicos, desde las estaciones de Orléans y del Norte. El primer aerostero que abandonó París fue Jules Durnot, a bordo del Neptune, el 23 de septiembre de 1870. Durnot despegó de la plaza de Saint-Pierre y, a pesar del duro ataque que sufriría por parte de los prusianos, lograría cruzar las líneas enemigas y ponerse a salvo aterrizando cerca de Evreux. Pronto se acabarían los aerosteros con experiencia y Eugène Godard tuvo que entrenar a marinos mientras Yon y Dartois adiestraban a voluntarios civiles. Durante el asedio, los globos transportaron ciento dos pasajeros, cuatrocientas palomas mensajeras, cinco perros y 11 toneladas de correo . Entre los pasajeros hubo científicos, ingenieros, militares y políticos. Quizá el más ilustre de los políticos fue el jefe del gobierno francés, Léon Gambetta, que partió acompañado de su secretario Spuller, de la plaza de Saint Pierre el 7 de octubre en el Armand-Barbés, pilotado por Trichet que por culpa de la ineptitud de su piloto terminó en el bosque d’Epineuse, cerca de Clermont d’Oise, y estuvo a punto de ser apresado por los prusianos. Gambetta logró escapar milagrosamente y pudo reunirse en Tours con el gobierno para organizar la defensa nacional.
Las palomas mensajeras se mandaban en globo para que desde los destinos volvieran a reenviarse a París, transportando correo, en películas de colodión de 3×5 centímetros, capaces de almacenar dieciséis páginas de escritura, que pesaban media décima de gramo. En cada página, se almacenaban hasta quince mil letras o cifras y las palomas podían transportar veinte películas, lo que suponía un total de trescientos mil caracteres que equivalía a unos cuatro mil telegramas, noticias o mensajes. La información se recuperaba proyectando las películas y transcribiendo los mensajes que contenían. Sin embargo, de las cuatrocientas palomas mensajeras, únicamente trescientas se enviaron de vuelta y de esas, tan solo cincuenta y siete llegaron a la ciudad. Las pérdidas se debieron a la meteorología, brumosa e inestable, al fuego enemigo que hacía blanco en las palomas, y a los halcones especialmente desplegados por los prusianos para interceptar a las mensajeras.
Los globos que partieron de París tuvieron un repertorio variado e impredecible de destinos, Bélgica, Holanda, Alemania, Noruega o el océano y ninguno de los globos que trataron de enviarse a París logró alcanzar la capital francesa. De los sesenta y seis globos que partieron de la capital francesa, cincuenta y ocho llegaron a alguna parte fuera del alcance enemigo, seis cayeron en manos de los prusianos, y dos se perdieron en el mar. Algunos pasajeros resultaron heridos durante el aterrizaje. No sería un mal balance, teniendo en cuenta que cincuenta pilotos no tenían experiencia y los despegues se hacían por la noche en circunstancias atmosféricas adversas. Fue la operación bélica mejor organizada por los franceses durante la guerra.
El hombre que se enamoró de los pájaros: Louis-Pierre Mouillard
El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí
Su pasión en la vida fue observar el vuelo de los pájaros. A finales del siglo XIX su libro L’Empire de l’Air, en el que describió con todo detalle el vuelo de los grandes planeadores africanos, se convirtió en una obra de referencia para todos los interesados en el desarrollo de la aeronáutica. Mouillard consideró que el ejemplo a seguir por el hombre para iniciar el vuelo era el buitre leonado.
En 1866, Louis-Pierre Mouillard se fue a vivir a El Cairo; aquél año cumplía 32 años y allí pasó el resto de su existencia, marcada por un hecho trivial: “Tenía quince años, cuando el azar quiso que un pájaro realizara delante de mí movimientos que para mí resultaron ser una revelación.” Mouillard describe a su héroe- el buitre leonado- con una pasión capaz de transformar los aspectos más vulgares de la realidad en intensas emociones:
Estamos frente a nuestro desiderátum. Atención al pico, se pueden ignorar las garras, pero el pico es terrible, de una fuerza de la que no se puede dudar; el ropaje es insuficiente y no protege el cuerpo de una manera eficaz.
Muerto, hay que ponerse a cubierto de los vómitos; el olor es horrible. Este perfume no es fugaz, se agarra peor que el almizcle: todo el animal está impregnado. La habitación en la que permanezca solamente durante algunas horas conservará este olor nauseabundo durante meses enteros.
Además hay que cuidarse de los piojos, tienen una talla hermosa.
El primero de estos parásitos que se ve errar por sus ropajes causa un asombro indecible. El más bello ejemplar de la producción árabe (y los hay muy hermosos) no es sino un enano al lado del piojo del buitre. Sin embargo, a pesar de sus enormes proporciones, no es peligroso y no se aclimata en el hombre.
Pero, si pasáis por alto estas pequeñas molestias ¡qué animal tan bello tenéis delante de vuestros ojos!…
(El secreto de los pájaros)
El amor de Louis Blériot
Voló de Les Baraques, en Francia, a Dover, en Gran Bretaña, cruzando el canal de la Mancha, el 25 de julio de 1909. “Inglaterra ya no es una isla”, publicaría la prensa, y el francés se convirtió en un héroe. En los negocios y en el amor, Blériot fue un hombre obstinado.
Su madre, separada de su padre, vivía sola en París y Louis se había trasladado a su casa. La mayor parte de los días Blériot comía en un restaurante próximo a su despacho, Le Boeuf à la Mode. El temperamento obstinado y pertinaz de Louis Blériot se pondría de manifiesto un día cuando regresó a su casa y le dijo a su madre que mientras almorzaba había visto a la mujer con la que quería casarse y que, de no casarse con ella, no lo haría con ninguna otra . Después de semejante declaración, Louis utilizó un camarero para obtener información de la mujer de sus sueños, a la que había visto una sola vez en su vida, comiendo en una mesa próxima en el Boeuf à la Mode. El camarero se las arreglaría para suministrarle alguna información. La joven, de diecisiete años, se llamaba Alice y estaba de vacaciones en París, con su familia que vivía en un pueblo cerca de los Pirineos, llamado Bagnères-de-Bigorre. El señor Védère, el padre de la jovencita, era un militar retirado y de costumbres extraordinariamente formales. Los primeros intentos del impetuoso Blériot por establecer contacto con la familia se estrellarían ante la imperturbable actitud del viejo militar. Por fin, Louis Blériot conseguiría hablar con él un día que almorzaba en solitario en el Boeuf à la Mode. Blériot utilizaría todos sus trucos, invitaría a los visitantes a casa de su madre, los pasearía con su coche para que conocieran Versailles y apelaría a la camaradería militar, de quién deseaba como suegro, esgrimiendo su condición de oficial de la milicia universitaria. Blériot trataría de ganarse la simpatía de la madre, cosa que no le resultó excesivamente complicado, cuando la señora comprendió que el joven ingeniero y empresario no era un mal partido para la niña. La última en enterarse de las intenciones de Louis Blériot sería la propia Alice. Cuando los Védère abandonaron París, Louis prometió visitarlos pronto en Bagnères-de -Bigorre. Llegó dos días antes que ellos a su pueblo en los Pirineos y cuatro días después pidió formalmente la mano de Alice a sus padres. La madre de la jovencita pensó que la decisión tenía que ser de su hija y Alice solicitó cuarenta y ocho horas para dar una respuesta, que sería afirmativa. Los Védère informaron a Louis Blériot que la boda se celebraría cuando Alice cumpliese 22 años, por lo que habría que esperar cinco. Cuatro meses después, el 21 de febrero de 1901, Louis Blériot se casaba con Alice, en Bagnères-de-Bigorre, y antes de que su mujer cumpliera los 22 años ya habían tenido cinco hijos.
(De El secreto de los pájaros)
La máquina de volar del inventor del teléfono
Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono, creo la Aerial Experiment Association (AEA) el 30 de septiembre de 1907, con el objetivo de desarrollar una máquina de volar, en la que participaron dos jóvenes ingenieros, Casey Baldwin y John McCurdy, un fabricante de motores de Hammondsport, Glenn Curtiss, y el teniente Thomas Selfridge del ejército de Estados Unidos. La esposa de Bell, Mabel, aportó los fondos para el proyecto. Los Wright aún no lo habían volado en público y tardarían en hacerlo. En un tiempo récord, de menos de seis meses, el equipo de Bell tenía un avión listo para volar: el Red Wing
La AEA no tuvo ningún reparo en anunciar el día, el lugar y la hora, en la que el Red Wing tenía previsto volar sobre el lago Keuka. El 12 de marzo de 1908, a pesar del frio, una multitud se congregó en las orillas del lago, en Hammondsport, y los más atrevidos se acercaron al Red Wing, apoyado en sus patines sobre el hielo. El equipo de Glenn sujetó el aparato por las alas mientras arrancaban el motor y la hélice ganaba vueltas; luego, al escuchar la señal convenida lo soltaron y el aparato se deslizó sobre el hielo con rapidez. Después de una carrera de unos 200 pies levantó el morro y empezó a volar, al tiempo que la muchedumbre lanzaba una exclamación. Voló a una altura de unos 15 pies, nivelado y estable, durante un tiempo en el que los asistentes contendrían la respiración, hasta que un ala tocó con la punta el hielo y el aparato giró violentamente sobre sí mismo doblándose el ala y la cola. Casi inmediatamente, Casey salió, ileso, de la estructura que había quedado deformada por completo. Curtiss y McCurdy midieron la distancia recorrida por el aparato en vuelo: 318 pies y 11 pulgadas. El vuelo del Red Wing pasaría a ser el primero hecho en público en el cielo de Estados Unidos y también se declararía como la trayectoria más larga jamás volada por un aeroplano, en su primera prueba.
Dos días más tarde, el Aero Club of America, homenajearía a los héroes de la AEA en un banquete en Nueva York, con la asistencia de unas doscientas cincuenta personas. Alexander Graham Bell acapararía la atención de los asistentes y, aunque no pensaba intervenir, se levantó para aclarar que el éxito del vuelo pertenecía a sus compañeros de la AEA, sentados con él en la misma mesa y también hizo una referencia a su esposa, Mabel, ya que «era la primera vez que una mujer tomaba una participación activa en un experimento aeronáutico de éxito».
Carta de Wilbur Wright a Octave Chanute
Cuando Wilbur Wright decide empezar sus experimentos de vuelo escribe una carta a Octave Chanute en la que le explica cuáles son sus planes. El fabricante de bicicletas le dice que está convencido de que se puede volar sin motores pero no sin habilidad y por tanto es necesario practicar el vuelo; no cree que nadie que invente la primera máquina voladora será acreedor de beneficios económicos y por lo tanto no va a hacer un secreto de sus planes; cree que los pájaros mantienen el equilibrio lateral modificando los ángulos de ataque de sus alas de forma simultánea y asimétrica y le pide asesoramiento para encontrar un lugar seco en el que de septiembre a enero sople un viento de unos quince nudos.
A lo largo de los años que siguieron Wilbur no cambió de parecer, excepto en lo relacionado con los beneficios económicos. Cuando llegó a la conclusión de que su hermano y él, llevaban una ventaja que el propio Wilbur estimó en unos seis años a sus competidores en la invención de la máquina de volar, los Wright decidieron conservar para ellos en exclusiva el honor y el beneficio de su invento.
Dayton, 13 mayo, 1900
Desde hace algunos años me aflige la creencia de que el hombre puede volar. Mi enfermedad se ha agudizado y creo que pronto me costará una cantidad importante de dinero si no es la vida. He organizado mis asuntos de forma que pueda dedicar durante unos pocos meses todo mi tiempo a experimentar en este campo.
Mis ideas generales sobre este asunto son similares a las de los que realizan experimentos prácticos, a saber: lo que se necesita principalmente es habilidad en mayor medida que maquinaria. El vuelo del águila y aves similares es una convincente demostración del valor de la destreza y de la falta de necesidad, al menos en parte, de sistemas propulsores. Es posible volar sin motores, pero no sin conocimientos y habilidad. Por lo tanto yo concibo que al hombre, debido a su mayor intelecto, le resulte más fácil igualar a los pájaros en conocimiento que a la naturaleza en la perfección con que fabrica sus máquinas.
Asumiendo que las ideas de Lilienthal, acerca de los principios sobre los que el hombre debe proceder, eran correctas, yo entiendo que su fallo se debió principalmente a la falta de adecuación de su método y de sus aparatos. En relación con su método, el hecho de que en cinco años dedicó solamente alrededor de cinco horas, en total, al vuelo real, es suficiente para mostrar que el método era inadecuado. Incluso la más simple de las proezas, intelectual o acrobática, nunca podría aprenderse con tan escasa práctica y ni siquiera Matusalén jamás hubiera llegado a ser un experto taquígrafo con una hora al año de prácticas. Yo también pienso que los aparatos de Lilienthal son inadecuados, no solamente por el hecho de que fracasó, sino porque las observaciones del vuelo de los pájaros me convencieron de que los pájaros usan métodos más activos y enérgicos para recuperar el equilibrio que simplemente el de cambiar la posición del centro de gravedad.
Después de esas aseveraciones generales de mis principios y creencias, procederé a describir el plan y los aparatos que tengo intención de probar. Al explicarlo, mi intención es aprender hasta qué punto otros planes similares se han probado encontrándose que son inadecuados, y obtener las sugerencias que su gran conocimiento y experiencia puedan proporcionarme. No voy a hacer ningún secreto de mis planes puesto que opino que el inventor de la primera máquina voladora no será acreedor de ningún beneficio económico y que solamente aquellos que estén dispuestos a dar y recibir sugerencias pueden esperar unir sus nombres al honor del descubrimiento. El problema es demasiado grande para que un hombre solo y sin ayuda pueda resolverlo en secreto.
Mi plan es este. En un lugar apropiado erigiré una torre ligera de unos ciento cincuenta pies de altura. Un cabo pasando sobre una polea en el extremo superior hará las veces de guía de una cometa. Dispondrá de un contrapeso de forma que cuando se pasen ciento cincuenta pies de cabo soportará una carga igual al peso del aparato y el operador, aproximadamente. El viento levantará la máquina desde la base de la torre y el peso se soportará en parte por la sustentación del viento y en parte por el tiro del cabo. El contrapeso se organizará de forma que conforme el viento levante el aparato el tiro del cabo disminuya hasta que cesará por completo cuando su longitud se haya reducido a cien pies. El objetivo es practicar finalmente con un viento capaz de sostener el operador a una altura igual a la de la torre. El tiro del cabo hará las veces de motor para contrarrestar la resistencia al avance. Veo que el tiro del cabo introducirá complicaciones que no se encontrarán en el vuelo libre, pero el plan me permitirá permanecer en el aire para practicar horas en vez de segundos. Espero adquirir suficiente habilidad como para superar las dificultades del sistema y las inherentes al vuelo. Conocimiento y habilidad en manejar la máquina son absolutamente esenciales para volar y es imposible obtenerlas sin una práctica extensiva. El método empleado por Mr Pilcher de remolque mediante caballos en muchos aspectos es mejor que lo que propongo, pero no ofrece garantías de que el experimentador no sufra ningún accidente antes de adquirir la habilidad necesaria para evitarlo. En mi plan yo confío en el cabo y el contrapeso para al menos evitar la fuerza de una caída. Mi observación del vuelo de las águilas me lleva a creer que ellas recuperan el equilibrio lateral, cuando se ve perturbado parcialmente por una ráfaga de viento, mediante la torsión de la punta de las alas. Si la parte posterior de la punta derecha del ala se gira hacia arriba y la izquierda hacia abajo, el pájaro se convierte en un molino e instantáneamente gira en torno a un eje que va de su cabeza a la cola. De esta forma recupera el equilibrio, tal y como he podido comprobarlo observándolos. Yo creo que el pájaro, en general recupera su equilibrio lateral, en parte presentando sus dos alas al viento con ángulos distintos y en parte retrayendo un ala, reduciendo de esta forma su área. Yo me inclino a pensar que lo primero es el método más importante y usual. En el aparato que intento emplear haré uso del principio de torsión. En apariencia es muy similar al biplano que usted y Mr. Herring utilizaron en sus experimentos en 1896-7. El punto en el que difiere en principio es que quitaré las sujeciones cruzadas que evitan que el plano superior se mueva hacia adelante y atrás y el final del plano superior puede moverse independientemente hacia arriba o hacia abajo mediante un mecanismo adecuado. El equilibrio lateral puede así conseguirse moviendo un final más que el otro o moviendo los dos en direcciones opuestas. Si haces un tubo cuadrado de cartulina de dos pulgadas de diámetro y ocho o diez de longitud y eliges dos lados para los planos verás inmediatamente el efecto de torsión de mover un extremo del plano superior hacia delante y el otro hacia atrás y como este efecto se consigue sin sacrificar la solidez lateral. Mi plan consiste en sujetar la cola rígidamente al cable trasero superior, el cual conecta los planos, con lo que el efecto será que cuando el plano superior se mueve hacia delante la parte final de la cola se eleva de forma que la cola favorece el restablecimiento del equilibrio longitudinal. Mis experimentos con este aparto se han limitado a máquinas de hasta quince pies cuadrados de superficie y han resultado suficientemente alentadores como para inducirme a hacer planes de pruebas.
Mis negocios personales exigen que el trabajo experimental lo lleve a cabo durante los meses de septiembre a enero y le agradecería su asesoramiento en relación con el lugar adecuado donde hubieran vientos de unos quince nudos, sin lluvia ni tiempo muy desapacible. Tengo la seguridad de que tales lugares son difíciles de encontrar.
Dispongo de su Progress in Flying Machines y sus artículos en los Anuales 95, 96 y 97 así como sus artículos recientes en el Independent. Le agradecería que me proporcionara información del lugar en el que pueda obtener datos sobre los experimentos de Pilcher.
(De El secreto de los pájaros)
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