El Boy-Carrier

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Triplano de Cayley- 1849

En agosto de 1848 sir George Cayley tenía 75 años. Su hija Emma acababa de morir y su nieto George John, hijo de la difunta, se refugió en la propiedad familiar de Brompton con su abuelo. George John era un muchacho brillante, educado en el Eton College, que había viajado a Estados Unidos y sentía una admiración especial por las actividades aeronáuticas de sir George Cayley; se trataba de la única persona del entorno familiar que seguía con verdadero entusiasmo los experimentos del patriarca. Cayley había tenido con su esposa Sarah diez hijos. Siete hembras y tres varones, de los que dos murieron de sarampión en 1813. El heredero de sir George y futuro baronet, Digby Cayley, no tenía ningún interés por los experimentos que hacía su padre. En realidad, al primogénito de los Cayley le ponía nervioso aquella excentricidad de su progenitor, impropia a su juicio de un aristócrata que debía dedicar su tiempo a la caza del zorro, el cuidado de sus tierras, las fiestas y el enriquecimiento.

Nieto y abuelo, para olvidar la pérdida de Emma, empezaron a construir un aeroplano que pasaría a la historia con el nombre de Boy-Carrier. Hacía muchos años que el baronet no fabricaba aparatos para volar. En 1799 Cayley había descubierto que el modo de volar más eficiente era con una máquina dotada de un ala fija para generar la sustentación y un mecanismo de propulsión capaz de vencer la resistencia al avance, y que para que el ingenio fuera estable y pudiera controlarse debería de incorporar una cola con dos planos: uno vertical y otro horizontal. Entusiasmado con su hallazgo, lo grabó en un disco de plata. Años después, en 1804, Cayley construyó un aeroplano a escala reducida, con un ala de tela sobre una varilla de madera de un metro y medio de longitud y la cola unida a la varilla mediante un hilo de alambre. Fue el primer aeroplano de la historia de la aviación. Consciente de que sus aeroplanos no podían mantenerse en vuelo si no contaban con un motor, Cayley los llamaría “paracaídas”. En 1804 también hizo experimentos con unos brazos giratorios para medir la fuerza de sustentación y resistencia de placas planas, en función de la velocidad y el ángulo de ataque. El sistema de medida lo montó en la parte superior de su propia vivienda. Los brazos giraban gracias a un tambor en el que se enrollaba un cabo que pasaba por una polea y del que se suspendía un peso que descendía por el hueco de la escalera- de unos 15 metros de altura- de su casa en Brompton. En los brazos colocó a un lado la placa plana, con un ángulo de ataque negativo, y al otro un contrapeso para medir la fuerza de sustentación del aire sobre la placa. Con los resultados de sus experimentos pudo deducir la superficie de placa necesaria para soportar un peso determinado, en función de la velocidad y el ángulo de ataque, y también la potencia que haría falta para mantener el vuelo de un aeroplano. Cayley llegó a la conclusión de que a una velocidad de unos 36 kilómetros por hora un ala plana podía generar una sustentación de una libra por pie cuadrado de superficie, aproximadamente.

Después de inventar la configuración de la máquina de volar, el aeroplano, construir y probar un modelo a escala y efectuar ensayos para medir las fuerzas de resistencia y sustentación de los planos, en función de la velocidad del aire y el ángulo de ataque, lo único que necesitaba para volar era un motor que le suministrara el empuje necesario (1,5 CV de acuerdo con sus cálculos). El aristócrata inglés se puso a trabajar enseguida en el desarrollo de un motor ligero, capaz de suministrar esa potencia ya que los motores de su época, de vapor, eran demasiado pesados. Cayley diseñó y probó a lo largo de muchos años un tipo de motor, que él denominaría “de aire caliente”, sin mucho éxito.

Ya casi al final de sus días, convencido de la imposibilidad de construir un motor ligero y potente y animado por su nieto George John, Cayley retomaría con entusiasmo la construcción de un aeroplano en el verano de 1848. Con la ayuda de su mecánico, Vick, y de George John, los trabajos de construcción del Boy-Carrier duraron hasta mediados de 1849. El aparato era un triplano, es decir, llevaba tres alas paralelas y Cayley lo construyó así para reducir la envergadura (dimensión transversal, de un extremo a otro de las alas) de la superficie sustentadora. Si, en vez de tres alas, Cayley hubiera colocado una única ala esta hubiera tenido mayor envergadura para desplegar la misma superficie. Un ala con mayor envergadura habría resultado mucho más frágil y al aristócrata le preocupaba la seguridad del tripulante. Debajo de las alas colocó una barquilla apoyada en unas ruedas. Es la primera vez que se diseñó un aeroplano con “tren de aterrizaje”, aunque quizá sir Cayley pensó en las ruedas antes por el despegue que por el aterrizaje. La idea fundamental de su aeroplano era conseguir el vuelo adquiriendo velocidad primero, al igual que hacían los pájaros. Una vez alcanzada cierta velocidad, el aire, al incidir con un pequeño ángulo sobre las alas se encargaría de aportar la sustentación necesaria para soportar el peso del aparato, a expensas de una fuerza de resistencia relativamente pequeña que habría que vencer con un dispositivo que generase empuje. Así pues, al igual que los pájaros que cuando inician el vuelo echan a correr siempre hacia el viento o se dejan caer desde una percha, el aeroplano tendría que adquirir velocidad en tierra y por tanto necesitaría unas ruedas que facilitaran esta carrera de despegue. Para Cayley, se trataría más bien de un “tren de despegue” que de un “tren de aterrizaje”. En cuanto al dispositivo para generar empuje, un motor de vapor al que se le podía acoplar una hélice sería demasiado pesado y su motor de aire caliente no funcionaba bien, así que a Cayley no se le ocurrió ninguna otra cosa distinta a la de poner un par de remos como si de una barca se tratara. No creo que sir George confiara mucho en este mecanismo, pero pensó que quizá podía ayudar. En la parte posterior de las alas había una cola cruciforme cuya misión sería la de mantener el equilibrio del aparato. En la barquilla, otra cola cruciforme- que podía moverse a voluntad del piloto- haría las veces de sistema de control, para gobernar el vuelo del aparato. Este aeroplano representaba el último estado del arte de la tecnología aeronáutica a mediados del siglo XIX y si los seguidores de Cayley lo hubieran estudiado con detalle, la aviación habría progresado con mayor celeridad durante los cincuenta años siguientes.

Del estudio de la correspondencia de sir George Cayley con sus contemporáneos, cabe deducir que este aeroplano, o “paracaídas” como lo llamaría el noble inglés, voló transportando a bordo un muchacho y por eso se le conoce como el Boy-Carrier. Pocos años más tarde, en un aeroplano muy similar, enviaría por los aires- en otro vuelo experimental- a su chófer, que muy amargamente se quejó a su dueño: “señor Cayley usted no me ha contratado para volar sino para conducir”.

El baronet rondaba los ochenta años cuando ocurrieron aquellos acontecimientos y creo que se le puede disculpar el que no se atreviera a volar en persona con sus propios inventos, por su avanzada edad.

El secreto de los pájaros

El disco de plata de sir George Cayley

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Disco de plata de sir George Cayley (1799)

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En 1799 el aristócrata inglés sir George Cayley, grabó en un disco de plata una curiosa inscripción. Al baronet le debió parecer su idea muy importante y lo fue, porque Cayley había dejado impreso en su disco el concepto de lo que luego se conocería como aeroplano.
A sus inventos aeronáuticos él jamás los llamaría aeroplanos; utilizó el nombre de “paracaídas”, con toda lógica ya que sin un motor que los propulsara aquellos aparatos lo único que podían hacer era “parar una caída”.
Si bien Cayley descubrió la idea de cómo debía construirse un aeroplano moderno, aún tendrían que pasar más de cien años para que dos jóvenes norteamericanos- los hermanos Wright- fueran capaces de llevar a la práctica ese concepto y construyeran una máquina de volar que pudiera hacerlo.
En una cara de su disco, Cayley representó un artefacto con alas fijas, cola cruciforme y barquilla para el piloto. A falta de motores, el baronet inglés dotó al piloto de unos remos para impulsarse por los aires. Por primera vez se diseña una máquina de volar en la que la sustentación la proporciona un plano fijo y se desacopla con toda nitidez el concepto de sustentación del de empuje (los remos). Cayley va más allá al incorporar a su aparato una cola con dos planos, a fin de garantizar la estabilidad del aparato. Su dibujo contenía todos los elementos básicos del moderno aeroplano. En la otra cara, mostró cómo la fuerza aerodinámica sobre el plano del ala se descompone en dos fuerzas, una perpendicular a la velocidad del aire- que hoy llamamos sustentación- y otra en la misma dirección- que actualmente se conoce como resistencia. Es la primera vez que estos dos conceptos aerodinámicos, fundamentales en el mundo aeronáutico, se expresaron con absoluta claridad.
Sir George Cayley fue el inventor del aeroplano.

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¿Voló Leonardo da Vinci?

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Máquina de volar de Leonardo da Vinci

Girolamo Cardano, filósofo, matemático, médico renacentista y contemporáneo de Leonardo, afirmó que el florentino trató de volar pero que fracasó en todos sus intentos.
Muchos de los diseños aeronáuticos de Leonardo datan de su primera época milanesa, de 1482 a 1499, cuando trabajaba al servicio de Ludovico Sforza. Del duque recibió importantes encargos: el retrato de su amante Cecilia Gallerani, la construcción del pabellón de su esposa en los jardines del Castillo y una figura ecuestre en memoria de su padre: Francisco Sforza. Para fabricar la estatua- cuyas proporciones eran dantescas- hizo un molde de barro que causó la admiración del público. Sin embargo, la fundición de la gran estatua se convirtió en una tarea que no estaba al alcance de los medios disponibles en aquella época. Al final, el bronce de la estatua serviría para saldar las deudas que tenía Ludovico con su suegro, el duque de Ferrara – quién lo empleó en fundir cañones con qué hacer frente a la invasión francesa.
Para hacer la estatua que nunca pudo terminar, Leonardo se instaló en el Palacio Vecchio, ubicado en la plaza del Duomo de Milán, que tenía una sala de baile de noventa metros de largo por quince de ancho. En el piso superior, con casi toda seguridad, Da Vinci construyó alguna de sus máquinas de volar y lo más probable es que intentara probar si funcionaba correctamente. Nadie ha podido demostrar que dichos experimentos se llevaran a cabo, pero es difícil creer lo contrario si tenemos en cuenta el temperamento y la curiosidad del gran ingeniero que fue Leonardo. Un hombre con su atrevimiento, capaz de enarbolar un bisturí y diseccionar el cuerpo de una persona que acababa de morir- para ver si encontraba en sus vísceras el motivo por el que aquél hombre había tenido una vida feliz o desgraciada- no pudo arredrarse ante la idea de romperse la cabeza con alguno de sus inventos.

La crónica del duque de Polignac del primer viaje en globo.

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Globo de aire caliente de los hermanos Montgolfier

 

El rey francés Luis XVI ofreció condenados a muerte como pasajeros para el primer vuelo tripulado en globo. Sin embargo, Pilâtre de Rozier y el marqués de Arlandes se prestaron como voluntarios para protagonizar aquella insólita aventura. Los constructores del aeróstato, los hermanos Montgolfier, llevaron el globo a los jardines del castillo de la Muette, en el Bois de Boulogne. El 21 de noviembre de 1783, los dos intrépidos aerosteros despegaron a bordo del gran globo de aire caliente para sobrevolar París y aterrizar 25 minutos después en Buttes-aux–Cailles. Entre los espectadores se encontraba también Benjamín Franklin y una comisión, presidida por el duque de Polignac, cuyo objetivo era el de certificar el éxito o el fracaso de la empresa. El duque de Polignac, describió los acontecimientos de la siguiente forma:

…majestuosamente y cuando el balón alcanzó una altura de 250 pies sobre el terreno, los intrépidos viajeros, se quitaron los sombreros y saludaron a los espectadores. En ese momento uno experimentaba un sentimiento de temor mezclado con admiración. Pronto los viajeros se perdieron de vista, pero la máquina, flotando en el espacio y mostrando su hermosa forma, ascendió hasta al menos 3000 pies, altura a la cual aún resultaba visible, cruzó el Sena por debajo de la puerta de la Conferencia y pasando entre la Escuela Militar y el Hotel de los Inválidos, alcanzó una posición en la que podía verse desde cualquier parte de París. Cuando los viajeros se sintieron satisfechos con el experimento, sin desear hacer un viaje más largo, acordaron descender, pero dándose cuenta de que el viento los llevaba sobre las casas de la calle de Sèvres, en Fauburg Saint German, mantuvieron la calma y, aumentando la producción de gas, se elevaron otra vez y continuaron su viaje a través del cielo hasta que pasaron las afueras de París. Hicieron un suave descenso en un campo detrás del nuevo bulevar, al otro lado del molino de Croulebarge, sin padecer la menor incomodidad, con las dos terceras partes del aprovisionamiento de combustible intacto; de forma que ellos hubieran podido viajar, de haberlo deseado, tres veces más lejos. El viaje duró de 20 a 25 minutos, habiendo recorrido una distancia de cuatro a cinco mil brazas.

Sin embargo, las descripciones que se conocen del marqués de Arlandes no revelan que el viaje fuera tan idílico, especialmente cuando pasaron sobre el Sena y tuvieron que atizar el fuego rápidamente porque el globo perdía altura. Tampoco fue suave ni tranquilo el aterrizaje, ya que de milagro no se incrustaron en las aspas de unos molinos y el golpe contra el suelo resultó muy violento puesto que el aire se había enfriado y perdían altura a gran velocidad. Inmediatamente después de su toma de tierra tuvieron que cuidar de que las superficies del globo que empezaron a colapsar no ardieran en el brasero que aún tenía fuego y más tarde hubo de intervenir la autoridad local, a fin de evitar que un grupo de descontrolados destrozara el globo.

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Lorenzo de Gusmao en el palacio del rey de Portugal, Juan V

Lorenzo de Gusmao

Lorenzo de Gusmao

Bartolomé Lorenzo de Gusmao quiso inventar una máquina de volar para transportar enseres y tropas a los confines del vasto imperio de su monarca. El joven brasileño viajó hasta la corte de Lisboa y allí estuvo a punto de organizar un buen desastre.

El rey lusitano, que entonces tenía veinte años, una gran curiosidad por las ciencias y las artes, y que también oficiaba de mecenas, decidió ayudar al joven Gusmao que, el 19 de abril de 1709, recibiría de su monarca el encargo de construir una máquina capaz de volar, apoyo financiero y un puesto de profesor de matemáticas en la universidad de Coimbra. Se sabe que su primer ingenio, que probó en el palacio de San Jorge, no funcionó correctamente, pero después de varios ensayos y cambios radicales en el modelo, Gusmao presentó en el palacio real, su famoso globo de aire caliente. El experimento se llevó a cabo el 8 de agosto de 1709, en el salón de Indias del palacio real, en Lisboa, en presencia del rey y su esposa, la reina Ana María, del cardenal Conti, que con el tiempo se convertiría en el Papa Inocencio III, y de otros dignatarios (Fig. 6-200). El relato de lo que ocurrió aquél día en palacio lo recoge el padre Ferreira en su Ephemeride historica chronologica. El globo disponía de una pequeña cesta metálica, bajo la abertura del balón, donde ardían ascuas que producían el aire caliente. El aparato flotó por la sala y llegó a elevarse unos tres metros y medio, con tal mala fortuna que fue a dar con unos cortinajes, prendiéndoles fuego, de modo que los lacayos de su majestad tuvieron que abatirlo y apagar las llamas, urgentemente, para evitar un incendio de grandes proporciones. El globo de Gusmao, armado con una ligera estructura de madera, era de papel.

(De El secreto de los pájaros)
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Del castillo al río con las alas de un herrero

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Coruña del Conde. España

No se sabe con certeza si la historia del español Diego Marín Aguilera es real o producto de la imaginación, aunque lo más probable es que tenga un poco de ambas cosas. Según la leyenda, este pastor burgalés consiguió volar con unas alas de su invención el 16 de mayo del año 1793 . Diego Marín Aguilera nació en Coruña del Conde el 13 de noviembre de 1758 y era hijo legítimo de Narciso y Catalina. Este pueblo pertenece a la provincia de Burgos en la Comunidad Autónoma española de Castilla y León, ubicado en la Ribera del Duero, famosa por sus excelentes vinos. A finales del siglo XVIII, los habitantes de Coruña del Conde se dedicaban al cultivo de los cereales, trigo y cebada y al pastoreo de las ovejas churras y merinas. Las ovejas churras proporcionan una excelente carne, el lechazo, y, las merinas, lana. Diego era el mayor de ocho hermanos y quedó huérfano de padre muy joven. Pronto tuvo que dedicarse por completo al oficio de pastor que completaba con otras actividades agrícolas. Sin embargo, de muy niño es posible que recibiera alguna educación y en cualquier caso era un muchacho curioso y observador. Durante larguísimas jornadas, en compañía de sus ovejas, en las llanuras burgalesas, Diego pudo observar el vuelo de los buitres y las águilas, que abundan por esas tierras, remontando las corrientes de aire térmicas ascendentes que también son muy frecuentes en esos lugares. La curiosidad de Diego no se limitaba a las aves sino que inventó un dispositivo para mejorar el rendimiento de los molinos de su pueblo y otro para cortar el mármol en las canteras de Espejón, en tierras de Soria. Sin embargo, su obsesión principal fue la de volar como las majestuosas aves de sus altísimos cielos castellanos. Puso cepos para cazar águilas y buitres y observó con detenimiento las características de sus presas: el peso, el volumen y la forma. Parece ser que hizo cálculos comparativos para determinar el tamaño de las alas que debía construir, teniendo en cuenta su peso y las observaciones que había llevado a cabo. Con la ayuda del herrero de su pueblo, que mantenía relaciones con su hermana, construyó un aparato que tenía una estructura de madera, con pedales y otros mandos capaces de articular unas alas reforzadas con barras de hierro y alambre y recubiertas de tela y plumas. Parece que el dispositivo contaba con estribos para afianzar los pies y una manivela para accionar el mecanismo que batía las alas. La construcción de aquél ingenio la llevaron con el máximo secreto su hermana, el herrero y él. Diego tenía intención de realizar un primer vuelo, desde lo alto del castillo de su pueblo hasta Burgo de Osma, donde al parecer tenía familiares y después pretendía seguir hasta Soria. De Coruña del Conde a Burgo de Osma, por carretera, hay unos 60 kilómetros y desde allí hasta Soria, otros tantos, con lo que, entre la ida y la vuelta, Diego pretendía recorrer algo menos de 240 kilómetros, para lo que había estimado que emplearía una semana completa. Con ese ánimo y según algunos cronistas, encomendándose a San Isidro Labrador, el 16 de mayo de 1793, al atardecer, se encaramó a una de las partes más altas del castillo de su pueblo y desde allí se lanzó al aire, consiguiendo remontar el vuelo y surcó los aires hasta que un perno de sujeción del ala derecha se rompió y el atrevido pastor dio con sus huesos en la era del pueblo, lugar en donde se trillaba el cereal para separar la paja del grano, que estaba al otro lado del río Arandilla. Allí acudieron veloces a socorrerlo el herrero y su hermana y pudieron comprobar que tenía algunas magulladuras, pero que estaba con vida y prácticamente ileso, aunque furioso por el percance. En total se dice que recorrió 430 varas castellanas, es decir, algo más de 350 metros. Diego quiso intentarlo de nuevo, pero sus familiares le obligaron a desistir y quemaron el aparato sin que su diseñador dejara ningún plano o dibujo. Es posible que una de las razones por la que los allegados a Diego tomaran la decisión de purificar en la hoguera los desvaríos del pastor, fuera el temor a las represalias religiosas que en su época podían ser graves si la curia estimaba procedente entender que en ello pudiera haber influencia demoníaca. Diego, profundamente deprimido, murió pocos años después. Hoy, en su memoria, hay junto al castillo de su pueblo, el fuselaje plateado de un Lockheed T33 aeronave a reacción que perteneció a la Fuerza Aérea española. En la carretera puede leerse una placa conmemorativa de su hazaña, junto a otra que dice que por allí también pasó el Cid Campeador, camino del destierro.

(De El secreto de los pájaros)

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Huir del asedio a París (1870-1871) en globo.

L'Aigle, globo de Godard

Globo de Godard, l’Aigle

Del 19 de septiembre de 1870 hasta el 28 de enero de 1871, París estuvo sitiada por las tropas prusianas. Durante ese tiempo, los globos jugarían un importante papel manteniendo las comunicaciones entre la ciudad y el resto del mundo. Desde un primer momento, los aerosteros franceses se pondrían al servicio de la defensa de la ciudad y en septiembre de 1870, antes del comienzo del cerco, se instalarían tres globos cautivos, uno en la plaza de Saint Pierre, en Montmartre, otro en la plaza d’Italie, y el tercero en Vaugirard para observar el movimiento de las tropas enemigas. En las estaciones de Orléans y del Norte, se ubicarían las fábricas de los hermanos Louis y Jules Godard, la de Yon y la de Dartois, respectivamente. Durante el tiempo que duró el cerco, entre el 23 de septiembre de 1870 y el 28 de enero de 1871, se lanzaron sesenta y seis globos tripulados de unos 70,000 pies cúbicos, desde las estaciones de Orléans y del Norte. El primer aerostero que abandonó París fue Jules Durnot, a bordo del Neptune, el 23 de septiembre de 1870. Durnot despegó de la plaza de Saint-Pierre y, a pesar del duro ataque que sufriría por parte de los prusianos, lograría cruzar las líneas enemigas y ponerse a salvo aterrizando cerca de Evreux. Pronto se acabarían los aerosteros con experiencia y Eugène Godard tuvo que entrenar a marinos mientras Yon y Dartois adiestraban a voluntarios civiles. Durante el asedio, los globos transportaron ciento dos pasajeros, cuatrocientas palomas mensajeras, cinco perros y 11 toneladas de correo . Entre los pasajeros hubo científicos, ingenieros, militares y políticos. Quizá el más ilustre de los políticos fue el jefe del gobierno francés, Léon Gambetta, que partió acompañado de su secretario Spuller, de la plaza de Saint Pierre el 7 de octubre en el Armand-Barbés, pilotado por Trichet que por culpa de la ineptitud de su piloto terminó en el bosque d’Epineuse, cerca de Clermont d’Oise, y estuvo a punto de ser apresado por los prusianos. Gambetta logró escapar milagrosamente y pudo reunirse en Tours con el gobierno para organizar la defensa nacional.

Las palomas mensajeras se mandaban en globo para que desde los destinos volvieran a reenviarse a París, transportando correo, en películas de colodión de 3×5 centímetros, capaces de almacenar dieciséis páginas de escritura, que pesaban media décima de gramo. En cada página, se almacenaban hasta quince mil letras o cifras y las palomas podían transportar veinte películas, lo que suponía un total de trescientos mil caracteres que equivalía a unos cuatro mil telegramas, noticias o mensajes. La información se recuperaba proyectando las películas y transcribiendo los mensajes que contenían. Sin embargo, de las cuatrocientas palomas mensajeras, únicamente trescientas se enviaron de vuelta y de esas, tan solo cincuenta y siete llegaron a la ciudad. Las pérdidas se debieron a la meteorología, brumosa e inestable, al fuego enemigo que hacía blanco en las palomas, y a los halcones especialmente desplegados por los prusianos para interceptar a las mensajeras.

Los globos que partieron de París tuvieron un repertorio variado e impredecible de destinos, Bélgica, Holanda, Alemania, Noruega o el océano y ninguno de los globos que trataron de enviarse a París logró alcanzar la capital francesa. De los sesenta y seis globos que partieron de la capital francesa, cincuenta y ocho llegaron a alguna parte fuera del alcance enemigo, seis cayeron en manos de los prusianos, y dos se perdieron en el mar. Algunos pasajeros resultaron heridos durante el aterrizaje. No sería un mal balance, teniendo en cuenta que cincuenta pilotos no tenían experiencia y los despegues se hacían por la noche en circunstancias atmosféricas adversas. Fue la operación bélica mejor organizada por los franceses durante la guerra.

(De El secreto de los pájaros)

El hombre que se enamoró de los pájaros: Louis-Pierre Mouillard

otogyps auricularis

Otogypus auricularis

 

El libro del vuelo de las aves se encuentra disponible impreso y en edición electrónica, para localizarlo haga click en el siguiente enlace: libros de Francisco Escartí

Su pasión en la vida fue observar el vuelo de los pájaros. A finales del siglo XIX su libro L’Empire de l’Air, en el que describió con todo detalle el vuelo de los grandes planeadores africanos, se convirtió en una obra de referencia para todos los interesados en el desarrollo de la aeronáutica. Mouillard consideró que el ejemplo a seguir por el hombre para iniciar el vuelo era el buitre leonado.
En 1866, Louis-Pierre Mouillard se fue a vivir a El Cairo; aquél año cumplía 32 años y allí pasó el resto de su existencia, marcada por un hecho trivial: “Tenía quince años, cuando el azar quiso que un pájaro realizara delante de mí movimientos que para mí resultaron ser una revelación.” Mouillard describe a su héroe- el buitre leonado- con una pasión capaz de transformar los aspectos más vulgares de la realidad en intensas emociones:

Estamos frente a nuestro desiderátum. Atención al pico, se pueden ignorar las garras, pero el pico es terrible, de una fuerza de la que no se puede dudar; el ropaje es insuficiente y no protege el cuerpo de una manera eficaz.
Muerto, hay que ponerse a cubierto de los vómitos; el olor es horrible. Este perfume no es fugaz, se agarra peor que el almizcle: todo el animal está impregnado. La habitación en la que permanezca solamente durante algunas horas conservará este olor nauseabundo durante meses enteros.
Además hay que cuidarse de los piojos, tienen una talla hermosa.
El primero de estos parásitos que se ve errar por sus ropajes causa un asombro indecible. El más bello ejemplar de la producción árabe (y los hay muy hermosos) no es sino un enano al lado del piojo del buitre. Sin embargo, a pesar de sus enormes proporciones, no es peligroso y no se aclimata en el hombre.
Pero, si pasáis por alto estas pequeñas molestias ¡qué animal tan bello tenéis delante de vuestros ojos!…

(El secreto de los pájaros)

El amor de Louis Blériot

Blériot y Alice- 25-07-1909

Louis Blériot y su esposa Alice, Dover 25/07/1909

Voló de Les Baraques, en Francia, a Dover, en Gran Bretaña, cruzando el canal de la Mancha, el 25 de julio de 1909. “Inglaterra ya no es una isla”, publicaría la prensa, y el francés se convirtió en un héroe. En los negocios y en el amor, Blériot fue un hombre obstinado.

Su madre, separada de su padre, vivía sola en París y Louis se había trasladado a su casa. La mayor parte de los días Blériot comía en un restaurante próximo a su despacho, Le Boeuf à la Mode. El temperamento obstinado y pertinaz de Louis Blériot se pondría de manifiesto un día cuando regresó a su casa y le dijo a su madre que mientras almorzaba había visto a la mujer con la que quería casarse y que, de no casarse con ella, no lo haría con ninguna otra . Después de semejante declaración, Louis utilizó un camarero para obtener información de la mujer de sus sueños, a la que había visto una sola vez en su vida, comiendo en una mesa próxima en el Boeuf à la Mode. El camarero se las arreglaría para suministrarle alguna información. La joven, de diecisiete años, se llamaba Alice y estaba de vacaciones en París, con su familia que vivía en un pueblo cerca de los Pirineos, llamado Bagnères-de-Bigorre. El señor Védère, el padre de la jovencita, era un militar retirado y de costumbres extraordinariamente formales. Los primeros intentos del impetuoso Blériot por establecer contacto con la familia se estrellarían ante la imperturbable actitud del viejo militar. Por fin, Louis Blériot conseguiría hablar con él un día que almorzaba en solitario en el Boeuf à la Mode. Blériot utilizaría todos sus trucos, invitaría a los visitantes a casa de su madre, los pasearía con su coche para que conocieran Versailles y apelaría a la camaradería militar, de quién deseaba como suegro, esgrimiendo su condición de oficial de la milicia universitaria. Blériot trataría de ganarse la simpatía de la madre, cosa que no le resultó excesivamente complicado, cuando la señora comprendió que el joven ingeniero y empresario no era un mal partido para la niña. La última en enterarse de las intenciones de Louis Blériot sería la propia Alice. Cuando los Védère abandonaron París, Louis prometió visitarlos pronto en Bagnères-de -Bigorre. Llegó dos días antes que ellos a su pueblo en los Pirineos y cuatro días después pidió formalmente la mano de Alice a sus padres. La madre de la jovencita pensó que la decisión tenía que ser de su hija y Alice solicitó cuarenta y ocho horas para dar una respuesta, que sería afirmativa. Los Védère informaron a Louis Blériot que la boda se celebraría cuando Alice cumpliese 22 años, por lo que habría que esperar cinco. Cuatro meses después, el 21 de febrero de 1901, Louis Blériot se casaba con Alice, en Bagnères-de-Bigorre, y antes de que su mujer cumpliera los 22 años ya habían tenido cinco hijos.

(De El secreto de los pájaros)

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de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

La máquina de volar del inventor del teléfono

Red Wing

El Red Wing en el lago Keuka

Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono, creo la Aerial Experiment Association (AEA) el 30 de septiembre de 1907, con el objetivo de desarrollar una máquina de volar, en la que participaron dos jóvenes ingenieros, Casey Baldwin y John McCurdy, un fabricante de motores de Hammondsport, Glenn Curtiss, y el teniente Thomas Selfridge del ejército de Estados Unidos. La esposa de Bell, Mabel, aportó los fondos para el proyecto. Los Wright aún no lo habían volado en público y tardarían en hacerlo. En un tiempo récord, de menos de seis meses, el equipo de Bell tenía un avión listo para volar: el Red Wing

La AEA no tuvo ningún reparo en anunciar el día, el lugar y la hora, en la que el Red Wing tenía previsto volar sobre el lago Keuka. El 12 de marzo de 1908, a pesar del frio, una multitud se congregó en las orillas del lago, en Hammondsport, y los más atrevidos se acercaron al Red Wing, apoyado en sus patines sobre el hielo. El equipo de Glenn sujetó el aparato por las alas mientras arrancaban el motor y la hélice ganaba vueltas; luego, al escuchar la señal convenida lo soltaron y el aparato se deslizó sobre el hielo con rapidez. Después de una carrera de unos 200 pies levantó el morro y empezó a volar, al tiempo que la muchedumbre lanzaba una exclamación. Voló a una altura de unos 15 pies, nivelado y estable, durante un tiempo en el que los asistentes contendrían la respiración, hasta que un ala tocó con la punta el hielo y el aparato giró violentamente sobre sí mismo doblándose el ala y la cola. Casi inmediatamente, Casey salió, ileso, de la estructura que había quedado deformada por completo. Curtiss y McCurdy midieron la distancia recorrida por el aparato en vuelo: 318 pies y 11 pulgadas. El vuelo del Red Wing pasaría a ser el primero hecho en público en el cielo de Estados Unidos y también se declararía como la trayectoria más larga jamás volada por un aeroplano, en su primera prueba.

Dos días más tarde, el Aero Club of America, homenajearía a los héroes de la AEA en un banquete en Nueva York, con la asistencia de unas doscientas cincuenta personas. Alexander Graham Bell acapararía la atención de los asistentes y, aunque no pensaba intervenir, se levantó para aclarar que el éxito del vuelo pertenecía a sus compañeros de la AEA, sentados con él en la misma mesa y también hizo una referencia a su esposa, Mabel, ya que «era la primera vez que una mujer tomaba una participación activa en un experimento aeronáutico de éxito».

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