La dama del cielo

La dama del cielo es el título de un libro que narra la vida, novelada, de la primera mujer que obtuvo una licencia de piloto de vuelo en España. Publicada en diciembre de 2021, no he tenido la oportunidad de leerlo hasta hace un par de días. En 2018 escribí en este blog un artículo sobre María Bernaldo de Quirós y después de la lectura del libro al que me acabo de referir —cuyo autor es Jorge Bernaldo de Quirós— he vuelto a releer mi artículo por si tuviera que hacer enmiendas. Creo que no, pero de ambas lecturas me he planteado algunas preguntas.

En primer lugar, tengo que decir que el libro se lee con facilidad y resulta ameno, excepto cuando el autor se extiende en las muchas relaciones entre los personajes del complejo entramado aristocrático de individuos con quienes se relacionó María. Me ha parecido muy oportuno el prólogo en el que escriben unas líneas otras dos mujeres: Bettina Kadner y Yolanda Gassó. La primera comandante de la aviación comercial española y la primera piloto del Ejército del Aire de este país. Dos personajes que con María forman un trío emblemático en el panorama aeronáutico español.

En cuanto a mis interroganes, son tres: ¿por qué se interesó María por los aviones? ¿cómo consiguió acceder a una escuela de pilotos para obtener la licencia? y ¿por qué dejó de volar?

María fue en su primera juventud una mujer desgraciada. Perdió muy joven a su madre, se llevaba mal con su progenitor, se casó muy joven con su primo hermano Ramón, en contra de la voluntad de su familia, tuvo dos hijos que fallecieron al poco tiempo de nacer y su esposo también murió, de la gripe española, casi de recién casados. Volvió a contraer matrimonio, aún con 24 años, con Manolo Sánchez-Arjona, sevillano, y se trasladaron a vivir a Ciudad Rodrigo.

En 1922, María Quirós, en vez de rehacer su vida en la villa salmantina empezó a sentirse incómoda con su nuevo esposo. Cuando el general Primo de Rivera dio un golpe de Estado y asumió el poder, en 1923, los gobernadores civiles se encargaron de nombrar a su antojo a los alcaldes y a Manolo lo hicieron alcalde de Ciudad Rodrigo. Fue un trabajo que el esposo de María desempeñó con celo, al que dedicaría muchas horas y que contribuyó a separar definitivamente a los cónyuges.

En marzo de 1928 tres aviones militares, que volaban de Valladolid a Sevilla, hicieron un aterrizaje forzoso en la Dehesa de Cantarinas, cerca de Ciudad Rodrigo, porque uno de los aparatos sufrió una avería. Los tres pilotos visitaron al alcalde y Manolo los invitó a comer a su casa. La sobremesa se prolongó; María pasó una entretenida velada en compañía de los militares. Dos de ellos reemprendieron el vuelo a Sevilla y el tercero, el capitán Antonio Rueda de Ureta, conde del Romeral, se quedó invitado en casa del alcalde durante los tres días que tardaron en llegar las piezas necesarias para reparar el aparato averiado. Fueron tres jornadas en las que se abrieron los ojos de María al mundo de la aviación, en largos paseos por el campo, a caballo, y visitas a la aeronave en la Dehesa, con Antonio, eso sí: siempre acompañados de una mujer carabina, la señorita Pontwianne, peluquera. María supo que otras mujeres, fuera de España, pilotaban aviones desde hacía ya bastante tiempo. La primera en obtener una licencia de vuelo, en 1910, fue la francesa Raymonde de la Roche, la segunda, en 1911, la americana Harriet Quimby y así se fue enterando de la larga lista de aviadoras extranjeras y sus hazañas. Quizá Antonio le comentase que la americana Amelia Earhart, se preparaba entonces para volar a través del Atlántico. Sin embargo, en España, ninguna mujer pilotaba aviones. María no lo dudó: «¡Seré la primera!».

Aburrida en Ciudad Rodrigo, cansada de su marido con quien no congeniaba en absoluto, blanco de las críticas de los mirobrigenses por su talante independiente y de los reproches de su esposo —«te prohíbo que salgas con la peluquera», le dijo en algunas ocasiones— María debió sentir la imperiosa necesidad de hacer algo nuevo, distinto, que le devolviese la autoestima y le otorgara un lugar destacado en el mundo, digno de su posición: convertirse en la primera mujer piloto del país.

En abril de 1928 se fue a Madrid. Los pilotos civiles se formaban en la Escuela de Aviación Civil del aeródromo de Getafe, que dependía del Real Aero Club. Allí le dijeron, sin muchas contemplaciones, que no enseñaban a volar a las mujeres. María no se arredró. Alquiló una casa en Madrid; había decidido hacerse piloto y separarse de Manolo.

Para romper aquella frustrante barrera trató por todos los medios de convencer a un íntimo amigo de su hermano Luis, capitán de la Aviación Militar y profesor de la Escuela de Aviación Civil, para que le diera clases de vuelo. El piloto se llamaba Pepe Rodríguez Díaz de Lecea. Al principio no le hizo caso, pero María lo persiguió mediante una sucesión de encuentros aparentemente casuales, bien organizados, que culminaron en una invitación formal a merendar en el palacio de la Huerta, de su tía Pepita Argüelles. Pepe no tuvo más remedio que tomarse en serio la solicitud de María y después de varios fracasos consiguió que el director del Real Aero Club la admitiese. El argumento final fue que, tal y como había ocurrido en otros países, la incorporación al oficio de las mujeres sería inevitable y con ello la organización ganaría en popularidad. Casi al mismo tiempo, también fue admitida otra mujer: Margot Soriano, que además era hija del general Jorge Soriano, que había ocupado el cargo de Jefe del Servicio de Aeronáutica.

En junio de 1928 María empezó a dar clases de vuelo. Su instructor fue Pepe Rodríguez Díaz de Lecea, que también llegaría a ser el gran amor de su vida. María quiso darse mucha prisa, no estaba dispuesta a que otra mujer le ganara en aquella carrera. En octubre voló sola y el 24 de noviembre le entregaron la licencia de vuelo, dos meses antes que Margot Soriano. Ocho meses después del aterrizaje forzoso de tres aviones en la Dehesa de Cantarinas, María Bernaldo de Quirós había pasado de la más absoluta ignorancia en asuntos aéreos a ser la primera mujer piloto del país.

En 1928 otras mujeres ya habían tenido problemas en su país para obtener una licencia de vuelo, como fue el caso de Bessie Coleman, y lo que hicieron fue viajar a Francia para sacarse una licencia internacional que luego convalidarían en su país. Benito Loygorri, titular de la primera licencia de vuelo expedida en España, tuvo que utilizar el mismo procedimiento que la Coleman, aunque bastantes años antes, en 1910. María Quirós, conectada a una extensa red social en la que abundaban los personajes influyentes, supo utilizar sus contactos para cambiar el modo discriminatorio de actuar del Real Aero Club. En cualquier caso, su situación económica le hubiese permitido desplazarse a Francia y seguir el camino de Loygorri.

Hasta aquí todo se puede explicar con asumir que María fue una mujer de carácter, independiente, valiente, decidida, ambiciosa y con habilidades innatas para pilotar una aeronave, además de poseer una considerable fortuna y estar muy bien relacionada, socialmente.

Lo que no he podido entender es el largo final de su historia aeronáutica.

A mediados de 1929 María compró un avión, Havilland DH60-G Gipsy Moth, por el que pagó una importante cantidad de dinero: 127 000 pesetas. En la transacción intervino el propio Geoffrey de Havilland, que le rebajó el precio un 50% a cambio de que efectuara una serie de demostraciones de vuelo en España con el aparato. La joven piloto realizó numerosas exhibiciones y bautismos de vuelo, sobre todo a mujeres. Pero su frenética actividad aeronáutica languideció de un modo abrupto a partir de 1930. La Dama del cielo apareció en el firmamento como las estrellas fugaces, tan intensas como breves.

En 1932 María hizo uso de la ley de divorcio de la República para romper su matrimonio con Manolo y cuando estalló la Guerra Civil su avión fue confiscado.

Según la novela de Jorge Bernaldo de Quirós, la protagonista participó en vuelos de reconocimiento y algunas misiones durante la Guerra Civil. Una de ellas un tanto curiosa, pues se supone que permaneció en Tánger, con un avión Junkers W 34, como reserva, por si surgía algún problema con el vuelo del Dragon Rapide que transportó a Franco de Tenerife a Tetuán; en esta operación, como en otras de carácter militar durante la contienda, intermedió Pepe Rodríguez Díaz de Lecea. Se trata de una novela y hay quien cuestiona que estos hechos ocurrieran en el mundo real.

La historia aeronáutica de María parece que se acaba en 1930. Después mantuvo una larga y complicada relación con Pepe que llegó a desempeñar el cargo de ministro del Aire con Franco. No parece que se llevara bien con la esposa del dictador, Carmen, asturiana como ella a la que conocía desde que era niña y a quien consideraba algo así como una advenediza. Tampoco sintió mucho entusiasmo con Franco y se mantuvo ajena a la política durante el resto de su vida, en su casa de Madrid, donde falleció a los 85 años de edad, en 1983.

Lo que no acabo de entender es por qué la mujer que se hizo piloto en unas condiciones muy complicadas, abandonó por completo la aviación con tanta premura. Así es que no he podido encontrar ninguna respuesta satisfactoria a mi tercera pregunta. Es cierto que el régimen de Franco puso todo tipo de trabas en la práctica para que las mujeres volasen, que su condición de divorciada por una ley que dejó de serlo era difícil, incluso su relación con quien fuera ministro del dictador le plantearía situaciones comprometidas. Pero a esta extraordinaria mujer, nunca le faltaron las dificultades en su vida y aprendió a superarlas.

Sea como sea, agradezco a don Jorge su novela que vuelve a arrojar luz sobre grandes personajes de nuestra historia, cuyos recuerdos debemos mantener vivos.