La invención del vuelo: descubrir el secreto de los pájaros

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Nunca pensé que para contar cómo el hombre aprendió a volar necesitaría escribir más de mil páginas. Es posible que de imaginarlo nunca hubiese empezado. Mientras escribía mi libro, El secreto de los pájaros, dediqué muchas horas a estudiar la vida de los protagonistas, algo que me interesó siempre tanto como sus inventos y eso es lo que hizo que el libro se alargara. Hace unos días un amigo me comentó ¿por qué no tratas de resumir en pocas hojas cómo y por qué los hombres inventaron la máquina de volar? Se me ocurrió responderle lo mismo que dijo León Tolstói cuando le pidieron que resumiera en unas cuantas palabras su novela, Ana Karenina, y el escritor contestó que si pudiera hacerlo no hubiera escrito una historia tan larga. Pero, es evidente que yo no soy León Tolstói y seguro que podría haber escrito una historia más corta. Además, hubiese sido una contestación muy petulante. Así es que voy a poner en práctica la sugerencia de mi amigo e intentaré explicar lo que ocurrió, en bastantes menos páginas.

Desde hace algún tiempo el famoso actor George Clooney anuncia una máquina de hacer café revolucionaria (NESPRESSO What else?) Quizá uno de los grandes inventos de esta última década. Pero ¿alguien esperaba al NESPRESSO? o ¿a la máquina de coser, la cosechadora o la imprenta? Como casi todos los inventos un día aparecieron y la gente supo de ellos entonces, por primera vez. Sin embargo, desde hace miles de años, los hombres aguardaban con impaciencia el invento de la máquina de volar. Fue un artefacto deseado de forma explícita desde siempre. Y eso la diferencia de casi todas las invenciones, como la del NESPRESSO.

Desde siempre, hubo gente que trató de inventar un dispositivo que le permitiera volar. Lo primero que se le ocurrió a los antiguos fue montarse en animales que volaran, pero como todas las aves son relativamente pequeñas, terminaron concibiendo animales grandes con alas, como el caballo Pegaso o los grifos ─mitad león, mitad águila─ que no existían. Otros recurrieron a engarzar veinticinco gansos a una carroza, como Domingo Gonsales ─según nos cuenta el obispo de Hereford─, para que los transportaran a la Luna. En la antigüedad, la frontera entre los sueños y la vida real era mucho más permeable y la gente estaba dispuesta a cruzarla sin incomodarse demasiado. De ahí que los recursos a la fantasía tuvieran mejor acogida que hoy en día.

Los más científicos se apoyaron en las teorías de Aristóteles que concebía al mundo hecho con cuatro elementos esenciales: el agua, la tierra, el fuego y el aire. Según el pensamiento antiguo, todas las cosas gozaban de una tendencia natural de moverse hacia los elementos que las componían. Si los pájaros tenían plumas, las plumas eran del aire y para volar bastaría con emplumarse. Muchas personas perdieron la vida saltando de torres, emplumados, y agitando apéndices con la pretensión de que les sirvieran de alas.

Leonardo da Vinci fue la primera persona que abordó el problema del vuelo desde una perspectiva científica. En mi libro, El secreto de los pájaros, dedico muchas páginas a la vida de este ilustre ingeniero. El florentino pintó muy pocos cuadros, hizo pocas estatuas y a lo que dedicó la mayor parte de su vida fue al diseño y construcción de obras civiles y militares, de máquinas ─incluidas las de volar y muchas para hacer la guerra─, y al estudio del cuerpo humano y el movimiento de los fluidos. Es posible que Leonardo construyera alguno de sus aparatos ornitópteros (con alas móviles), pero no existe ninguna prueba de que lo hiciera. Dejó muchos bocetos de máquinas (con las que no se podía volar) y una especie de sacacorchos para enroscarse en el aire en el que muchos quieren ver al precursor del helicóptero. La mayor parte de sus conceptos sobre el vuelo eran erróneos, pero fue la primera persona que abordó el problema de la máquina de volar desde una perspectiva científica. Leonardo murió en el año 1519 y su obra aeronáutica permaneció oculta hasta mediados del siglo XIX por lo que antes, nadie pudo aprovecharse de sus estudios.

Fue un fisiólogo, matemático y físico, el napolitano Giovanni Alfonso Borelli, quien describió la anatomía de los pájaros y constató que sus músculos pectorales alcanzaban una sexta parte del peso de los pájaros, mientras que los de los hombres no llegaban a la centésima. El mensaje de Borelli a los hombres de su tiempo fue muy claro y es que: los brazos humanos carecen de la fuerza, energía y potencia de los pájaros y que por más que los agitemos nunca seremos capaces de mover alas capaces de transportarnos por los aires. Aquellas conclusiones se publicaron en su libro, De motu animalum, el año siguiente a su muerte (1680). Borelli también sería el primero en explicar el movimiento de las alas de los pájaros y la torsión a que las someten durante el movimiento descendente para generar la fuerza de propulsión. Hasta entonces, se creía que los pájaros eran ̕remeros̕ y movían las alas hacia abajo para equilibrar el peso y hacia atrás para impulsarse.

Después de Borelli, a finales del siglo XVII, cualquier estudioso podía entender que los hombres nunca llegarían a volar agitando las alas con sus brazos. Una conclusión que descartaba la viabilidad de la mayoría de los diseños de máquinas voladoras de Leonardo da Vinci, aunque como permanecieron ocultos muchos años nadie se enteró. Los inventores más ilustrados lo entendieron y dejarían de encaramarse a las torres para lanzarse al vacío con alas artificiales, pero siempre ha habido personas incapaces de atenerse a razones y el vicio de subirse a los campanarios para romperse la crisma continuaría durante muchos años. Quizá, el último de estos grandes saltadores fue Franz Reichelt que el 4 de febrero de 1912 se lanzó desde la torre Eiffel con un traje volador de su invención. El desafortunado y atrevido Reichelt perdió la vida y dejó en el suelo un agujero de 15 centímetros.

Aunque Borelli nos enseñó, hace ya más de trescientos años, que nuestros músculos son muy débiles para desarrollar la potencia que exige el vuelo, durante estos último años el hombre, auxiliado de la tecnología, se las ha ingeniado para dar al traste con muchas limitaciones de este tipo. Un ciclista, Bryan Allen, logró mantener un vuelo nivelado, pedaleando, con un aeroplano diseñado por Paul McCready, en 1977; más difícil todavía: en 2013, Todd Reitcher consiguió levantarse del suelo verticalmente, pedaleando, con un helicóptero inventado por él y su socio Cameron Robertson. Un deportista bien entrenado puede entregar unos 250 vatios de potencia de forma sostenida y eso es muy poco para volar, de forma que las conclusiones de Borelli de hace más de trescientos años siguen siendo válidas, en el sentido de que la musculatura humana no está adaptada para realizar los esfuerzos físicos asociados al vuelo animal.

A finales del siglo XVII, cuando fallece Borelli, Isaac Newton publicó su obra Principia (1687), en la que el libro I está dedicado a los sólidos y el II a los fluidos. El aire es un fluido y cuando el viento incide sobre un cuerpo se producen unas fuerzas que Newton trató de analizar desde una perspectiva científica. El desarrollo de la ciencia del vuelo exigía cuantificar el efecto del aire sobre las alas y el cuerpo de los voladores en función de su geometría. De 1687 a 1757, año en el que el gran matemático Leonhard Euler publicó sus trabajos sobre la Mecánica de Fluidos, un grupo de científicos europeos trabajaron en el desarrollo de los fundamentos de esta nueva ciencia. Bernoulli, D’Alembert , Lagrange y Clairaut, contribuirían a la formulación que hizo Euler de las ecuaciones, en derivadas parciales, de la Mecánica de Fluidos. Casi un siglo más tarde Navier y Stokes, cada uno por separado, agregarían a las ecuaciones de Euler otra más (energía) y el concepto de viscosidad, y desde entonces se conocen como ecuaciones de Navier-Stokes.

El problema es que estas ecuaciones son difíciles de resolver, salvo para casos muy concretos en el que se introducen simplificaciones importantes, y no servirían de mucho a los inventores interesados en cuantificar las fuerzas que el viento ejerce sobre un plano o un perfil curvo que actúe a modo de ala. De hecho, hasta principios del siglo XX, cuando ya habían transcurrido varios años desde la invención del avión por los hermanos Wright, lo científicos no fueron capaces de calcular las fuerzas de sustentación y resistencia de un perfil aeronáutico.

La respuesta científica a la invención del vuelo artificial con máquinas más pesadas que el aire la darían los empíricos. El método científico basado en la experimentación y la estadística, muy desarrollado en otras ciencias como las sociales, fue el único que permitió acumular un conocimiento verdaderamente útil a los inventores de máquinas de volar. Los artilleros descubrieron que el alcance de las balas de sus cañones también dependía de la forma de los proyectiles. Igual que el agua ofrecía resistencia al avance de los barcos el aire lo hacía con las balas. Durante el siglo XVIII empezaron a utilizarse cada vez más molinos de viento y de agua para mover batanes y muelas y los constructores de obras civiles también querían saber la fuerza que ejercía el viento sobre las paredes y techumbres. Si los científicos no eran capaces de desarrollar fórmulas con qué calcularlas, ingenieros como Benjamin Robins, John Smeaton y Jean-Charles Borda, realizaron experimentos para determinar las fuerzas que los fluidos ejercen sobre los sólidos. Smeaton mandó calcular la fuerza, sobre una superficie plana, de una corriente de aire que incide perpendicularmente sobre placa, en función de la velocidad del aire. Las tablas de Smeaton mostraron que dicha fuerza es proporcional al cuadrado de la velocidad del aire. La mayor parte de los experimentos que se hicieron, durante la segunda mitad del siglo XVIII, tratarían de evaluar el valor de la resistencia, es decir, la fuerza en la dirección de la corriente de aire que se opone al avance del sólido.

A finales del siglo XVIII los inventores de la máquina de volar habían progresado muy poco. Desde Borelli sabían que era inútil pensar en auxiliarse de los brazos para volar agitando unas alas y los magníficos hombres de ciencia de su época no les pudieron ayudar mucho a entender y cuantificar las fuerzas que gobernaban aquel ejercicio. A los empíricos les interesaba la balística, los molinos o la construcción y se preocuparon sobre todo de estudiar la resistencia y nadie se interesó por la sustentación: es decir, la fuerza aerodinámica sobre un sólido que ejerce una corriente de aire y que es perpendicular a la dirección del flujo.

En 1783, a unos fabricantes de papel franceses de Annonay, los hermanos Montgolfier, se les ocurrió llenar una gran bolsa de aire caliente y así inventaron el globo, o aeróstato. La idea no era nueva, un franciscano, Lana de Terzi había propuesto una nave ─de eso hacía ya un siglo─ que podría volar, haciendo el vacío a dos esferas de cobre, y un brasileño, Lorenzo de Gusmao, construyó un pequeño globo de aire caliente que logró elevarse en el palacio del rey Juan II de Portugal el 8 de agosto de 1709; su globo estuvo a punto de provocar una catástrofe al encender los cortinajes del salón de Indias, del palacio real, donde sus majestades contemplaron la exhibición. Joseph Montgolfier no copió la idea de Gusmao, al parecer se le ocurrió al contemplar cómo su camisa ─que se estaba secando junto a la chimenea─ emprendió el vuelo al inflarse con el aire caliente. Convenció a su hermano Etienne para construir en la fábrica de papel familiar un gigantesco globo y el 19 de septiembre de 1783, en Versalles, demostraron al rey Luis XVI y su esposa, María Antonieta, que una oveja, un gallo y un pato, podían elevarse en aquel artefacto para después regresar sanos y salvos a tierra. El rey dijo que sacaran algún condenado a muerte de la cárcel para ver si los hombres corrían la misma suerte que los animales en sus excursiones aéreas. Lo que no podía imaginarse el monarca fue que la naturaleza de los seres humanos, tan ávida de notoriedad, jamás permitiría que el honor de inaugurar el vuelo en aeróstatos recayera en presidiarios desconocidos. El marqués de Arlandes y Juan Francisco Pilâtre Rozier fueron los primeros en volar a bordo de un globo el 21 de noviembre de 1783.

Los aeróstatos alcanzaron una notoriedad sin precedentes durante los años que siguieron y a lo largo de todo el siglo XIX. A finales del siglo XVIII los cielos de todos los países desarrollados se adornarían con mucha frecuencia con vistosos globos. Y los aeróstatos pasaron a formar parte de la decoración del mobiliario, la cubertería, las vajillas, los juegos de té, los pañuelos, la ropa, la relojería y las joyas. Sin embargo, no podemos decir que los aeróstatos sean aeronaves ya que evolucionan en el espacio a merced del viento, sin que los tripulantes puedan dirigirlos a voluntad. El único mecanismo de control de que disponen les permite ascender o bajar, pero nada más.

A finales del siglo XVIII, el hombre había logrado inventar un artefacto con el que podía surcar los cielos, con escaso control; no era eso lo que anhelaba desde siempre, pero en algo se le parecía. El problema de la falta de control que caracterizaba a los aeróstatos hizo que Jean Baptiste Meusnier inventara, tan pronto como en 1784, lo que se conoció como ̕dirigible̕: un balón dotado de un cuerpo más estilizado para reducir la resistencia al avance. Sin embargo, la implantación práctica de este concepto no se pudo realizar hasta un siglo después. En 1884, el dirigible de Krebs y Renard, La France, fue la primera máquina que propulsada por un motor eléctrico consiguió volar de Chalais Meudon a Villacoublay y de regreso a Chalais Meudon, recorriendo un circuito de unos siete kilómetros. Por fin, un aparato que flotaba en el aire demostró que era capaz de evolucionar a voluntad de sus tripulantes.

Los aparatos que vuelan gracias a su flotabilidad son necesariamente muy grandes, en relación con el peso que pueden transportar, ya que un metro cúbico de aire pesa 1,2 kilogramos, en condiciones normales. Aproximadamente este es el peso que es capaz de levantar un dirigible por cada metro cúbico de volumen (si se llena de hidrógeno, cuya densidad es casi mil veces inferior a la del aire). El conde Zeppelin, en Alemania, desarrolló a partir del año 1900 los dirigibles que llegarían a alcanzar mayor fama. El último de ellos, el Hindenburg ─que en 1937 protagonizó el accidente que acabó con la historia de los zepelines como aeronaves de transporte de largo recorrido─ medía 245 metros y tenía un diámetro máximo de 41,2 metros. El Hindenburg desplazaba 200 toneladas de aire y con 112 personas a bordo (tripulación y pasaje) contaba con una autonomía de 16 500 kilómetros a una velocidad de crucero de 124,9 kilómetros por hora.

El fin del siglo XVIII marcó el inicio del desarrollo de las máquinas de volar menos pesadas que el aire, que a lo largo de los años evolucionó de los globos de aire caliente hasta los dirigibles y que estuvo caracterizado por la dificultad de gobierno que siempre han planteado estos aparatos. Pero justo el último año de este siglo se produjo un acontecimiento de gran importancia para el desarrollo de la máquina de volar más pesada que el aire: un aristócrata inglés, sir George Cayley, inventó el concepto de aeroplano moderno.

La invención del concepto de aeroplano es un hecho insólito que ocurrió de un modo completamente arbitrario e inesperado. En 1799, el joven baronet sir George Cayley cumplió 26 años y gobernaba desde su mansión de Brompton, High Hall, las propiedades familiares. Estaba casado con Sarah Walker, hija de quien fue su tutor durante la época que pasó estudiando en Nottingham. Walker fue un librepensador que simpatizaba con las ideas de la Revolución Francesa y su influencia imprimió en Cayley rasgos liberales, muchas veces difíciles de hacer compatibles con su condición de terrateniente. Para completar su educación ─y alejarlo de la influencia de su prometida Sarah a quién la madre de Cayley no consideraba una persona apropiada para que se casara con su hijo─ su progenitora lo envió a Londres. Allí el futuro inventor se introdujo en los círculos liberales y reformistas y decidió contravenir los deseos maternos para casarse con Sarah, antes de regresar a Brompton y asumir el puesto de cabeza de familia tras la muerte de su padre. Sir George se preocupó de mejorar la productividad de sus tierras y resolver los problemas que acarreaban las frecuentes inundaciones en Yorkshire. Es difícil entender por qué, en un mundo tan alejado de la aeronáutica, en 1799, el joven Cayley grabó en un disco de plata unas extrañas figuras para describir una máquina que el mundo conocería como aeroplano.

«Hasta ese momento, todas las máquinas voladoras, excepto los globos, se habían concebido como ornitópteros, es decir, dotadas de alas que batían el aire, igual que los pájaros, y que gracias a ese movimiento pretendían conseguir la sustentación y el empuje necesarios para volar. Sin embargo, Cayley introduce la idea completamente nueva de un avión con ala fija. Cayley la formuló en términos muy simples: “el problema se reduce a hacer que una superficie soporte un peso dado mediante la aplicación de energía para vencer la resistencia del aire”. Cayley resuelve el problema del vuelo mediante un plano fijo (las alas) que se mueve recibiendo la corriente de aire con un pequeño ángulo. En estas condiciones, el plano genera una fuerza de sustentación hacia arriba, perpendicular a la corriente de aire, que equilibra el peso de la nave; de otra parte, la corriente de aire también origina una fuerza de resistencia, horizontal, en la dirección del movimiento, que hay que vencer con un dispositivo que genere empuje accionado por un motor.» ( El Secreto de los pájaros, pág. 155)

Durante los primeros años del siglo XIX, sir George, empezó a trabajar con la idea de construir un aeroplano, uno de aquellos aparatos que había concebido. Sabía que el viento al incidir con un pequeño ángulo sobre una superficie generaba las fuerzas de sustentación y resistencia, pero desconocía en qué medida y proporción y tampoco sabía cómo hacer los cálculos. Decidió llevar a cabo experimentos en su propia casa y colocó un brazo giratorio en la parte más alta de la escalera principal por la que haría descender un cabo de unos 15 metros, con un peso en el extremo, que desenrollaba el tambor que hacía girar el brazo. En un extremo del brazo colocó una superficie plana sobre la que incidía el aire con un ángulo negativo, ajustable, y en el otro extremo un peso para medir la fuerza de sustentación que era la que equilibraba el brazo. Los moradores de High Hall pensaron que el baronet se había vuelto loco (a su hijo siempre le molestarían las excentricidades del aristócrata, impropias, a juicio suyo, de un noble). De sus experimentos ─pasando los valores al sistema decimal─ dedujo que para levantar 90 kilogramos, que era el peso que estimó para un aeroplano con su piloto a bordo, necesitaría alas de 20 metros cuadrados y una hélice capaz de suministrar 10 kilogramos de tracción, para volar a una velocidad de 36 kilómetros por hora. Según estos cálculos bastaría con un motor de 1,5 caballos de potencia.

Es realmente insólito que a principios del siglo XIX, un joven inglés, en solitario, hubiera avanzado tanto en el camino adecuado que llevaría al hombre a inventar la máquina de volar más pesada que el aire. En su desarrollo práctico, sir George cometería el mismo error que muchos de los que le siguieron: se obsesionó con el motor. Cayley sabía que la musculatura humana sería incapaz de suministrar la energía para el vuelo y necesitaba un motor. En el año 1800 había en Inglaterra unos 500 motores de vapor y la mayoría de ellos prestaban servicios en la industria minera del país; se trataba de una opción inviable para resolver la cuestión del vuelo, debido a su peso. Cayley inventó el ̕motor de aire caliente̕, que empleaba sustancias explosivas, como la pólvora, al que le dedicaría muchos años de trabajo sin lograr ningún resultado práctico.

El aristócrata publicó sus ideas aeronáuticas en tres artículos, de agosto a octubre de 1809, en la revista Nicholson, bajo el título On Aerial Navigation. La publicación de sus artículos lo convertiría en el centro de atención de los pocos interesados por la aeronáutica de su época y también serviría para dignificar un asunto, el del vuelo humano, que para muchos era cuestión de visionarios, charlatanes y embaucadores. La familia, la política, la administración de sus bienes y otros inventos consumirían todas las energías del aristócrata y ya en el atardecer de su vida, en 1849 y 1853, construyó dos planeadores en los que probablemente volaron un niño y su chófer.

Si los inventores aeronáuticos del siglo XIX hubieran leído con atención los artículos de sir George Cayley habrían evitado muchos de los errores que cometieron. Si bien es cierto que hasta principios del siglo XX la industria no fue capaz de construir un motor cuya relación peso-potencia lo hiciera apto para el vuelo, la práctica del vuelo sin motor estaba al alcance de la tecnología mucho antes. En términos generales, casi todos los inventores del siglo XIX pusieron más énfasis en la motorización de la aeronave que en los sistemas de control. De la observación del vuelo de los grandes pájaros se podía deducir que estos voladores hacen un uso muy escaso de los sistemas de propulsión: aprovechan las térmicas y los gradientes de velocidad en altura para ascender y planean con gran maestría. Cayley ya advirtió a sus coetáneos de que el secreto del vuelo de los pájaros consistía en adquirir velocidad.

El desarrollo aeronáutico de la primera mitad del siglo XIX estuvo a cargo del genial inventor del aeroplano, sir George Cayley, y durante la segunda mitad aparecerían centenares de personas que trataron de inventar la máquina de volar más pesada que el aire, sin ningún éxito. Aquel siglo fue el de los inventos. El reconocimiento de la propiedad intelectual, el avance de la ciencia, la industrialización y el crecimiento económico favorecieron la proliferación de los “inventores”, personas ─con más ánimo de lucro y reconocimiento social que de gloria─ en busca del beneficio de la propiedad intelectual que podían adquirir gracias a su imaginación. El barco de vapor, el acorazado, el submarino, la segadora mecánica, la máquina de coser, la máquina de escribir, la pluma estilográfica, el telégrafo, el teléfono, la linotipia, la locomotora de vapor, la hélice naval, la bicicleta y la fotografía fueron algunos de los muchos inventos que ─al igual que el NESPRESO del siglo XXI─ aparecieron en el siglo XIX, aunque nadie los esperase. Sin embargo, los hombres tuvieron que aguardar hasta el siglo XX para ver culminada la invención de la máquina de volar, un artilugio que deseaban desde tiempos inmemorables.

«Es difícil determinar con exactitud el número de inventores de máquinas de volar más pesadas que el aire que hubo a lo largo del siglo XIX, pero a partir de la información disponible en la literatura actual tenemos referencia de al menos ciento cincuenta y cuatro inventores perfectamente identificados, que desarrollaron entre ellos más de ciento ochenta y tres proyectos de cierta importancia. Dentro de este número se incluyen los diseños, los modelos y los aparatos a escala real. En cuanto a la nacionalidad de los autores, la mayoría serían franceses y británicos. A final del siglo, se unirían a los anteriores los norteamericanos y alemanes.» (El Secreto de los pájaros, pág. 276)

Para aprender a volar los inventores siempre se fijaron en los pájaros. Borelli descubrió la potencia de sus músculos y el modo que tienen de propulsarse con las puntas de las alas y Cayley que el secreto del vuelo estaba en la velocidad. Durante el siglo XIX ornitólogos como Mouillard y fisiólogos como Marey, estudiaron el movimiento de las alas de los pájaros. En su libro Le vol des oiseaux (1890) el fisiólogo francés Marey describió con detalle el vuelo de los pájaros. La mayoría de los inventores se inspiraron en las aves para diseñar y construir sus inventos. Las hélices serían para muchos un mecanismo más adecuado para producir el empuje que la torsión de las puntas de las alas en el movimiento descendente tal y como hacían los pájaros. Si la naturaleza no empleaba hélices era por la dificultad de hacer pasar la sangre a través de una junta rotatoria y no porque no fueran eficientes.

El historiador aeronáutico Gibbs-Smith clasifica a los inventores de aeronaves del siglo XIX en dos grupos: los chóferes y los aviadores. Los primeros creían que lo más importante era contar con un motor ligero y potente y que una vez en el aire el piloto sabría controlar la aeronave con mandos relativamente simples. Los segundos pensaban que antes de motorizar la máquina de volar tenían que aprender a manejarla en el aire, porque no era una cuestión tan sencilla como podía parecer. En el grupo de chóferes estarían el estadounidense, afincado en el Reino Unido, Hiram Maxim, y su paisano Samuel Langley, así como el ruso Mozhaiski y el francés Clément Ader. Y entre los aviadores destacarían el alemán Otto Lilienthal, su discípulo el británico Percy Pilcher, y los norteamericanos Octave Chanute y hermanos Wright.

Los gobiernos de Estados Unidos y Francia gastaron mucho dinero en los proyectos de Samuel Langley y Clément Ader, respectivamente. Langley realizó bastantes ensayos aerodinámicos antes de construir su máquina tripulada de volar y la equipó con un potente motor de gasolina. Sin embargo, no prestó suficiente atención a los sistemas de control y a la robustez de la estructura. En su segundo intento, el 8 de diciembre de 1903, el Gran Aerodrome de Langley se hundió nada más abandonar la plataforma de despegue, situada sobre una barcaza en el río Potomac. Pocos días después los hermanos Wright, el 17 de diciembre, conseguirían realizar lo que se considera como el primer vuelo de la historia de la aviación. Clément Ader tampoco tuvo mucha suerte, a pesar de contar con el apoyo del gobierno francés, y sus dos prototipos, el Eole y el Avion 3, tampoco conseguirían levantarse del suelo y efectuar un vuelo mínimamente controlado. Tras la fracasada demostración de Ader al Ejército francés, del 14 de octubre de 1897, y después de haber dilapidado 600 000 francos del erario público, el ingeniero se vería obligado a abandonar los ensayos de vuelo. En los dos proyectos sus máximos responsables, Langley y Ader, consiguieron equipar sus aeroplanos con motores capaces de hacerlos volar, pero los dos descuidarían los sistemas de control.

Hiram Maxim construyó, con su propio dinero, un aparato gigantesco. Cuando inició su aventura aeronáutica Maxim ya era un hombre rico gracias a sus muchos inventos entre los que figuraba la máquina de disparar automática: la ametralladora. Después de realizar ensayos aerodinámicos Maxim construyó una máquina de volar que, con tres tripulantes a bordo, pesaba algo menos de 4 toneladas. Las hélices, movidas por un motor de vapor, generaban una tracción de una tonelada. Su aparato corría sobre unas vías, con topes, para que no se levantara más de unos centímetros del suelo. En 1894 descarriló y sus socios y su esposa lo convencieron para que no siguiera gastando dinero en aquella aventura que podría arruinarlo.

Los constructores de grandes máquinas de volar gastaron mucho dinero y no consiguieron acercarse lo más mínimo a la solución del problema del vuelo porque no le prestaron suficiente atención a la cuestión del control de la máquina en vuelo.

Un francés, Alphonse Pégaud, demostró en 1871 con pequeños modelos la utilidad de la cola de los aeroplanos y mostró la forma de colocarla para conseguir que el vuelo fuera estable. Sin embargo, la línea de desarrollo que finalmente llevó a la invención del vuelo la retomaron a final del siglo XIX dos alemanes: los hermanos Lilienthal. Otto Lilienthal trazó un plan que, a partir del estudio del vuelo de los pájaros ─en concreto de las cigüeñas─, pasó por efectuar ensayos aerodinámicos con brazos giratorios para confeccionar tablas de fuerzas, siguió con la construcción y experimentación en vuelo de planeadores y cuando, según Lilienthal, había llegado el momento de equipar los planeadores con un motor, el ingeniero alemán sufrió un accidente que le costó la vida. La desgracia ocurrió en agosto de 1896. Otto llevaba cinco años en los que había efectuado unos dos mil vuelos con distintos tipos de planeador. Sus artefactos, incluido el piloto, pesaban alrededor de 100 kilogramos, llevaban alas de 14 metros cuadrados de superficie y su velocidad de planeo era de unos 32 kilómetros por hora. Lilienthal demostró en la práctica que las alas con perfiles curvos tenían unas prestaciones aerodinámicas superiores a las planas. De acuerdo con sus estimaciones necesitaría un motor capaz de suministrar una potencia de unos 2 caballos para mantener el vuelo. Eran unos números muy similares a los que había propuesto sir George Cayley, a principios de siglo. La fotografía permitió que el mundo entero contemplara las impresionantes imágenes del alemán colgado de sus planeadores, en pleno vuelo. Sin embargo, Lilienthal que parecía estar llamado a resolver el problema del vuelo falleció al entrar en pérdida su planeador en 1896. «Es necesario hacer sacrificios», fueron sus últimas palabras. Su discípulo, el británico Percy Pilcher, trató de seguir los pasos de Lilienthal, pero desgraciadamente también moriría en otro accidente, en 1899.

El control del vuelo de los planeadores de Lilienthal y Pilcher, lo ejercía el piloto desplazando su centro de gravedad, hacia delante, atrás o a los lados. Este sistema funcionaba bien con un planeador de 20 kilogramos y un piloto de 80. Al introducir a bordo un motor, el peso del aparato aumentaría de forma notoria y el mismo Lilienthal se dio cuenta de que el sistema de control por desplazamiento del cuerpo del piloto ya no sería tan efectivo. Al estadounidense Octave Chanute se le ocurrieron métodos alternativos para mantener la estabilidad de los planeadores, moviendo las alas hacia delante y atrás de forma automática, en función de la intensidad del viento, para librar así al piloto de tener que desplazarse. Durante la temporada de verano de 1896, Octave Chanute y su equipo de colaboradores hicieron ensayos de vuelo en una zona de dunas próxima a Chicago con distintos tipos de planeador. La muerte de Lilienthal y el poco éxito de sus ensayos desanimaron al estadounidense a seguir financiando experimentos de vuelo.

En verano de 1896 Octave Chanute, ingeniero experto en ferrocarriles de Chicago, tenía 64 años. Desde hacía algún tiempo se dedicaba por completo a la aeronáutica después de una brillante y larga carrera como ingeniero civil. Chanute contaba con el reconocimiento profesional de sus colegas y se había planteado el asunto del vuelo con el rigor y la disciplina que lo caracterizaban. Muy pronto se convirtió en el centro neurálgico de la pequeña comunidad de aeronautas mundial. En 1894 había publicado un libro, Progress in Flying Machines, en el que recopiló el estado del arte de la tecnología aeronáutica de su época y daba un repaso general a su desarrollo anterior. Chanute se carteaba con todos los inventores, recopilaba información, organizaba conferencias sobre aeronáutica y financió la construcción de algunos prototipos de colaboradores suyos. Fue un personaje que desempeñó un rol diferente al resto de los que, entonces, se ocupaban del desarrollo aeronáutico al asumir el papel de divulgación y conexión que hoy llevan a cabo, con tanto éxito, las redes sociales.

El 13 de mayo de 1900, Octave Chanute recibió una carta de un personaje desconocido, Wilbur Wright de Dayton, que le impresionó porque la respondería casi a vuelta de correo. El contenido de la misiva daba a entender que Wilbur había estudiado el problema que pretendía resolver y que, después de analizar el trabajo de sus predecesores, había encontrado una solución que pretendía validar en la práctica:

«Dese hace algunos años me aflige la creencia de que el hombre puede volar. Mi enfermedad se ha agudizado y creo que pronto me costará una cantidad importante de dinero, si no es la vida. He organizado mis asuntos de forma que pueda dedicar durante unos pocos meses todo mi tiempo a experimentar en este campo…El vuelo del águila y de aves similares es una convincente demostración del valor de la destreza y de la falta de necesidad, al menos en parte, de sistemas propulsores. Es posible volar sin motores, pero no sin conocimientos e intelecto…Yo también pienso que los aparatos de Lilienthal son inadecuados no solamente por el hecho de que fracasó, sino porque las observaciones del vuelo de los pájaros me convencieron de que los pájaros usan métodos más activos y enérgicos para recuperar el equilibrio que simplemente el de cambiar la posición del centro de gravedad…Mi observación del vuelo de las águilas me lleva a creer que ellas recuperan el equilibrio lateral, cuando se ve perturbado parcialmente por una ráfaga de viento, mediante la torsión de la punta de las alas. Si la parte posterior de la punta derecha del ala se gira hacia arriba y la izquierda hacia abajo, el pájaro se convierte en un molino e instantáneamente gira en torno a un eje que va de su cabeza a la cola. De esta forma recupera el equilibrio, tal y como he podido comprobarlo observándolos…»

Wilbur le expuso a Chanute cómo pensaba controlar su aeroplano: mediante dispositivos aerodinámicos. Pensaba construir una máquina inestable que el piloto, con sus mandos y sin utilizar el desplazamiento del cuerpo, fuera capaz de controlar. Lo que Wilbur proponía era tan revolucionario que ni siquiera el mismo Chanute llegó a comprenderlo del todo.

Wilbur y Orville Wright se pusieron a trabajar siguiendo un método perfectamente definido. Aprovecharon los veranos de 1900 a 1903, en las dunas de Kitty Hawk, para realizar sus experimentos prácticos con las máquinas que construían durante el invierno, mientras trabajaban en su fábrica de bicicletas de Dayton. El verano de 1900 probaron, con una cometa, el funcionamiento del sistema de control de torsión de las alas. En 1901 construyeron un planeador utilizando, para calcular las dimensiones, las tablas de Lilienthal. En las dunas de Kitty Hawk soplaban vientos duros y para volar con el planeador lo que hacían era lanzarse a barlovento desde los montículos para caer paralelos a las lomas. Se llevaron muchas sorpresas cuando probaron su primer planeador. A su regreso a Dayton, Wilbur pasó por momentos difíciles y estuvo a punto de abandonar el proyecto. Chanute le animó a que siguiera adelante. En vez de arredrarse, Orville y Wilbur construyeron un pequeño túnel de viento y efectuaron ensayos aerodinámicos para medir las fuerzas de sustentación y resistencia de distintos perfiles. Cayley, Langley, Maxim y Lilienthal ya lo habían hecho antes. Con los datos que obtuvieron de los ensayos en el túnel dimensionaron un planeador nuevo y en verano de 1902 lo probaron en Kitty Hawk. Tuvieron que resolver algunos problemas, pero su planeador funcionó muy bien. Como ya estaban seguros de que podrían volar con su máquina, durante la temporada de invierno de 1902-1903 construyeron un motor muy simple que daba 16 caballos al arrancar y cuando se calentaba la potencia se reducía a 12 caballos. Con aquel rudimentario propulsor y una hélice muy eficiente, que diseñaron ellos mismos, los Wright consiguieron volar por primera vez en la historia de la aviación con una máquina más pesada que el aire. Eso ocurrió el 17 de diciembre de 1903 en las dunas de Kitty Hawk. Pocos días antes la máquina de Langley se había hundido en el río Potomac con un motor de 53 caballos, después de gastar más de 50 000 dólares del Gobierno.

Durante casi cinco años los Wright no volarían en público para evitar que nadie les copiara su invento antes de perfeccionarlo y venderlo. Una venta que resultó aún más laboriosa que la invención misma. Wilbur voló en público por primera vez en Le Mans, Francia, el 8 de agosto de 1908. Durante el tiempo que los Wright se negaron a volar ante el público, otros inventores consiguieron hacerlo en París. El primero fue el brasileño Santos Dumont en septiembre de 1906 con su 14 bis que era un aparato con alas de cajón muy poco maniobrable. Los círculos aeronáuticos franceses, que no querían reconocer que los Wright habían volado en 1903, saludaron al brasileño con todos los honores lo que provocó la ira del entorno más próximo a Clément Ader que salió de su retiro para reivindicar el honor de primer aeronauta mundial. Sin embargo, cuando Wilbur voló en público en Le Mans quedaría sobradamente demostrado que la maniobrabilidad y capacidad de vuelo de su máquina excedía con creces a las de todos los artefactos que se habían construido en el viejo continente durante los últimos años.

Y así es como ese invento tan deseado fue a nacer en una barra de arena azotada por los vientos, de manos de unos desconocidos fabricantes de bicicletas porque entendieron bien que «es posible volar sin motores, pero no sin conocimientos e intelecto…».

 
El secreto de los pájaros (libro)
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Cómo el hombre aprendió a volar

García Morato, as de ases

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El aviador Joaquín García Morato y Castaño se convirtió, durante la Guerra Civil española, en uno de los grandes mitos de la historia de la Aviación. Antes de la contienda estaba considerado como el mejor piloto acrobático de la aeronáutica militar española y en la guerra demostró una capacidad extraordinaria para la caza.

A lo largo de la guerra Morato fue derribado una sola vez y en circunstancias muy peculiares. Él mismo lo contó en una cena, durante la batalla del Ebro, en el hotel Condestable de Burgos. Mientras ametrallaba un “Rata”, que perseguía por la cola, una bala inutilizó su motor. Pasó un mal rato; con la hélice “a la funerala” planeó y voló “a vela” hasta abandonar el territorio controlado por el enemigo y logró aterrizar en un terreno abrupto desde el que era imposible despegar. Regresó andando a su base y allí se encontró con un grupo de pilotos en el que uno de ellos contaba a sus compañeros cómo había derribado un “Rata”. Morato le interrumpió:

─ ¿Estás seguro de que era un “Rata”?

─ Creo que sí.

─ Eres muy modesto, muchacho, a quién has abatido hoy es al comandante García Morato.

El piloto de su escuadrilla disparó al “Rata” trasversalmente, pero el tiro pasó por detrás del avión enemigo y alcanzó el motor del caza de Morato, que lo perseguía. El tipo de proyectil que se encontró en el motor lo utilizaba exclusivamente la aviación de Franco. Con gran habilidad, Morato consiguió aterrizar en un terreno del que no se podía despegar, por lo que su avión tuvo que ser desmontado y trasladarlo a piezas hasta la base.

Derribar a García Morato tenía mucho más mérito que derribar un simple “Rata”, que era el nombre que los aviadores de Franco dieron a los cazas Polikarpov I-16 fabricados en la Unión Soviética. Condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando a título individual por su actuación en uno de los combates aéreos durante la batalla del Jarama, el aviador era un símbolo que las fuerzas de Kindelán deseaban preservar a toda costa. El jefe de la Legión Cóndor había dicho de él: «Es el héroe del mundo, el que ha batido el record de la guerra. Morato no es ya de un Estado, sino el héroe de todas las alas del mundo. A un héroe de tal naturaleza no debía dejársele volar más. Si un día cayese, la pérdida sería irreparable para las alas mundiales». Franco lo designó consejero del Consejo Nacional para apartarlo del frente; sin embargo, Morato insistió en que «mientras haya guerra mi puesto está en el aire». El gran piloto español tuvo una reacción similar a la del as alemán de la I Guerra Mundial, Manfred von Richthofen, cuando el propio káiser Guillermo II trató de evitar que siguiese en la primera línea del combate.

La Cruz Laureada de San Fernando es la más alta condecoración militar española. Morato la ganó el 18 de febrero de 1937, por su comportamiento en un combate aéreo con la aviación republicana que tuvo lugar en el frente del Jarama. A finales de 1936 la aviación italiana destacada en España, que operaba los Fiat CR-32 en el frente de Madrid, empezó a sentir con dureza los efectos de los nuevos aviones rusos republicanos. El jefe italiano, teniente coronel Bonomi, y sus mandos habían sufrido pérdidas importantes. Con ellos volaban los capitanes españoles García Morato y Salas Larrazábal, y el teniente Julio Salvador Díaz Benjumea, que sobrellevaron el infortunio con mejor ánimo. El mando italiano prohibió que los cazas cruzaran las línea del frente y penetrasen en territorio enemigo y que plantearan batalla, a no ser que contasen con ventaja en cuanto a su posición y número. Al frente de una patrulla, persiguiendo a bombarderos enemigos, el capitán Salas desobedeció las instrucciones de Bonomi. El jefe de la base de Torrijos, el italiano Fagnani, ordenó que se arrestara a Salas lo que le propició un desagradable y violento encuentro con el capitán español García Morato. A partir de aquel momento las relaciones entre Morato y el mando italiano se harían más difíciles y el capitán español fue destinado al frente del sur, junto con el teniente Salvador. Allí se constituyó la Patrulla Azul de Morato que, en un principio, la formaron él, Salvador y Narciso Bermúdez de Castro. Mientras la Patrulla Azul operaba en el sur y cubría los abastecimientos aéreos del santuario de Santa María de la Cabeza, en los cielos de Madrid la situación no mejoraba y los cazas italianos apenas ofrecían protección a sus bombarderos, después de cruzar la línea del frente, que se convertían en blancos fáciles para la caza republicana. Los aviones de caza de la Legión Cóndor, He-51, tampoco tenían capacidad para enfrentarse a los “Chatos” (I-15) y “Ratas” o “Moscas” que era el nombre que dieron los republicanos a los modernos Polikarpov I-16. El 6 de febrero el ejército de Franco inició la ofensiva del Jarama y el 16, el jefe de su Aviación, general Kindelán, llamó a la Patrulla Azul de Morato para que se incorporase al nuevo frente y diera protección a sus bombarderos. El 18, de madrugada, despegaron dos Romeo-37, tres Junkers-52 y la Patrulla Azul junto con más de veinte aviones de caza italianos al mando del capitán Nobili. Cuando alcanzaron la línea del frente los aviones de caza (siguiendo las órdenes recibidas) no la traspasaron y viraron para seguir volando paralelos a dicha línea. Los bombarderos se adentraron en territorio enemigo y entonces apareció una numerosa formación de cazas republicanos. El capitán Morato abandonó el grupo italiano con su exigua Patrulla Azul para enfrentarse a la caza enemiga. Fue un movimiento suicida debido a la abrumadora mayoría de sus oponentes. El capitán Nobili vaciló, pero finalmente decidió acompañar a los españoles con sus pilotos y así comenzó el combate aéreo que dio a Morato la Cruz Laureada de San Fernando.

¿Qué ocurrió exactamente el 18 de febrero de 1937? Es difícil de saber, pero no hay la menor duda de que García Morato tuvo un gesto de valor excepcional. Por lo demás, existen varias versiones de lo sucedido.

Quizá una de las más extravagantes se publicó en Informaciones el 5 de abril de 1939. Su autor firmaba con el seudónimo de El Tebib Arrumi, que en árabe significa ‘médico cristiano’, y en realidad era don Víctor Ruíz Albéniz, médico, dedicado a la literatura y al periodismo, padre de Jose María Ruíz Gallardón y abuelo de Alberto Ruíz-Gallardón. Pletórico de entusiasmo El Tebib Arrumi, describiría así los hechos: «Y al toro se fueron, es decir, al campo de batalla. Y aparecieron, no un toro, sino cincuenta, y a pesar de ello, Morato y los suyos volaron rectos como dardos a su encuentro. ¡Diecisiete aviones cayeron al suelo demolados (sic) por nuestros cazas! ¡Sólo Morato derribó doce!»

Pero, seguro que no fueron tantos. Jesús Salas Larrazábal, en su libro La guerra de España desde el aire ─quizá la obra más ecuánime y mejor documentada que se ha escrito sobre el rol de la aviación a lo largo del conflicto─, contabiliza ocho “Chatos” derribados, uno de ellos por Morato. Aunque por la tarde, en otro combate, ese mismo día se derribaron también dos “Ratas”. Jesús Salas pudo haber sacado la cifra de ocho derribos del libro del propio García Morato, “Guerra en el aire”, en el que aporta ese dato refiriéndose al combate de la mañana.

Sin embargo, las cuentas que hace Jesús Salas no coinciden con las de Andrés García Lacalle que participó en aquella pelea en el lado republicano al frente de su escuadrilla. Lacalle llegó a ser jefe de la aviación de caza republicana y en su libro Mitos y verdades cuestiona los datos de Salas que, según él, si se basan en la información que le dio uno de sus pilotos (el estadounidense Tinker), solo podría justificar tres derribos por la mañana y dos por la tarde. Lacalle dice que su escuadrilla jamás sufrió más de un derribo en ningún combate y participó en todas las batallas del Jarama.

De diecisiete derribos pasamos a ocho y luego a tres o quizá menos, pero lo cierto es que al final el número no importa. El mérito de Morato fue el de salir en defensa de sus bombarderos, en inferioridad de condiciones. El propio García Lacalle describe con realismo y crudeza aquella situación:

«Los aviones Junker (sic) de bombardeo venían siempre en muy cerrada formación, lo que les daba el aspecto de una sólida y lenta columna. Enfilaba la rígida columna nuestras líneas con intención aparente de perforarlas perpendicularmente, pero al vernos y comprobar que la caza que los protegía no se adelantaba a romper nuestra formación, viraba y se alejaba. Seguíamos patrullando a lo largo de nuestras líneas, sin rebasar los límites de nuestro frente, como lo teníamos ordenado, hasta que después de un lento y largo viraje volvían los Junker a la carga otra vez, casi siempre con la caza que los protegía más alta y bastante retrasada. Al segundo o tercer intento se decidían a pasar y entonces entrábamos nosotros en acción causándoles muy severos daños. El resultado era bien visible».

«Al día siguiente o ese mismo día por la tarde, volvían nuevamente a la carga, pero siempre con menor número de aviones. Y así un día tras otro y sin conseguir bombardear nuestras líneas. Ignoraba por completo quiénes eran los pilotos que tripulaban los Junker, pero tenía la segura intuición de que eran españoles; tenían que ser españoles. Entonces y ahora les rindo mi sincera admiración».

Joaquín García Morato fue un adicto al riesgo. Consciente del peligro, y a veces hasta de la inutilidad de incurrir en él, sentía una atracción irresistible por la práctica de una forma de volar que ni siquiera recomendaba a sus discípulos. Cuentan que en cierta ocasión, mientras los alumnos de un curso de pilotos recibían en el aeródromo una clase, se aproximó a la pista un avión. El piloto, en vez de tomar tierra, les ofreció una demostración acrobática muy completa y arriesgada que culminó con un vuelo invertido a un metro del suelo. Era el comandante García Morato y cuando descendió de su aeronave los alumnos se acercaron para aplaudirle y vitorearlo. Y entonces el laureado jefe les pidió que guardaran silencio para dirigirles unas palabras: «Ya habéis visto las cosas que se pueden hacer con un caza. Yo os he querido hacer esta demostración para después poder deciros que todo eso que yo acabo de hacer es precisamente lo que vosotros nunca debéis hacer».

Pero él no pudo resistir la atracción de volar en el límite de lo posible. Sus increíbles dotes como piloto le permitieron sobrevivir a la guerra, aunque estaba convencido de que su destino era morir en alguno de los muchos combates en que participó con su Fiat CR-32, matrícula 3-51, que le acompañó durante casi todo el conflicto armado. El fatal accidente le sobrevino el 4 de abril de 1939 en Griñón, cuatro días después de finalizar la guerra, en una exhibición acrobática en la que, en la cabina de su Fiat, traspasó el umbral de lo posible.

Cuando falleció, Morato había derribado más de 40 aviones en los 140 combates que libró durante sus 511 misiones de guerra. Era el as de ases de la aviación militar española, un título que se habría merecido una muerte distinta, pero quizá imposible de alcanzar con un amor tan desmedido por el riesgo.

Los autogiros de Juan de la Cierva

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La mayoría de las personas confunde el autogiro con el helicóptero y desconoce que don Juan de la Cierva fue un inventor excepcional. El ingeniero español concibió una máquina de volar distinta a todas las que se conocían hasta entonces, logró que la comunidad aeronáutica internacional reconociera la genialidad de sus contribuciones al desarrollo de la aviación y murió prematuramente.

En el siglo XVI Leonardo da Vinci sugirió la posibilidad de construir una máquina capaz de volar gracias al movimiento giratorio de una especie de tornillo o sacacorchos y en 1768 un matemático francés describió un aparato al que denominó Pterophore con dos hélices, una para equilibrar el peso del artefacto y otra para propulsarse. Dos franceses, Launoy y Bienvenu, mostraron en la Academia de Ciencias de París, en 1784, un mecanismo construido con dos hélices contra rotatorias (hechas con plumas) que aprovechaban la energía elástica de un arco cuya tensión desenrollaba el hilo sujeto al eje alrededor del que giraban las plumas; el juguete de los inventores se elevó ante el asombro de los académicos.

En el libro de Octave Chanute, Progress in Flying Machines, publicado en 1894, se muestran los dibujos de una docena de diseños de helicópteros concebidos por distintos inventores a lo largo de más de 200 años. Fue el francés, Ponton d’Amécourt quien inventó la palabra ‘helicóptero’ al designar de este modo el ingenio que presentó en la Exposición Aeronáutica de Londres de 1868 con dos molinos contra rotatorios de dos palas cada uno, movidos por una máquina de vapor.

Ninguno de todos aquellos artilugios conseguiría volar, aunque en sus diseños y modelos los inventores dejaron constancia de la intención de emplear alas giratorias, movidas por un motor, para desarrollar el empuje capaz de vencer el peso del aparato.

Después de 1894 se seguirían dibujando máquinas de este tipo y construyendo modelos. En 1907 Paul Cornu, un modesto mecánico francés, consiguió elevarse del suelo, por primera vez en la historia de la aviación, con un helicóptero de su invención, pero el aparato era incontrolable y no tuvo ninguna utilidad práctica. En realidad, hasta el año 1940, con la aparición de los helicópteros de Igor Sykorsky (con los que el ruso llevaba trabajando desde hacía casi 30 años) este tipo de aeronave no alcanzaría el nivel mínimo de prestaciones necesario para resultar operativa.

Entre los muchos diseños y proyectos de máquinas de ala rotatoria también hay que incluir el del mallorquín Pere Sastre Obrador, más conocido como Pere de Son Gall coetáneo de Juan de la Cierva. Hay personas que quieren ver en los trabajos del isleño la fuente de inspiración del murciano, pero en realidad no hay ningún fundamento sólido en que apoyar esa hipótesis. De otra parte, de la Cierva tuvo acceso a la información de docenas de proyectos, a nivel mundial, relacionados con sus desarrollos e investigaciones.

De la Cierva propuso, diseñó y construyó, una máquina de volar conceptualmente distinta a los aeroplanos y los helicópteros. Su autogiro llevaba una hélice, igual que los aeroplanos, que generaba una fuerza de empuje horizontal. Cuando el aparato alcanzaba cierta velocidad ─no hacía falta mucha─ empezaban a girar unas palas situadas en un plano horizontal, alrededor de un eje vertical que sobresalía del fuselaje, sin necesidad de que las moviera ningún motor y producían el empuje necesario para sustentar el aparato. Las alas rotatorias que soportaban el autogiro se movían igual que los molinos de viento, con una rotación inducida por el flujo de aire (auto rotación). Al conjunto de palas giratorias, Juan de la Cierva le dio el nombre de ̕rotor’. Mientras que en un helicóptero las palas sustentadoras se mueven por la acción de un motor, en el autogiro lo hacen de forma natural. Tanto en el helicóptero como en el autogiro las palas rotatorias generan la fuerza que soporta el peso de la máquina, pero en el primer caso necesitan un motor y en el segundo giran libremente debido a la corriente de aire que induce el movimiento de la máquina. Se mueven igual que los molinos de viento y el autogiro recibe en inglés el nombre de flying windmill, cuya traducción al castellano es la de ‘molino de viento volador’.

Juan de la Cierva Codorniú era ingeniero de caminos canales y puertos. Desde siempre se había interesado por la aviación. Nacido en Murcia, el 21 de septiembre de 1895, su niñez coincidió con el alumbramiento de la aviación. Los hermanos Wright volaron por primera vez en 1903, aunque muy poca gente se enteró hasta que vinieron a Europa y Wilbur Wright realizó vuelos de demostración y con pasajeros en Le Mans y Pau, desde el 8 de agosto de 1908 al 20 de marzo de 1909. En uno de aquellos vuelos, el 16 de noviembre de 1908, Wilbur Wright tuvo como pasajero a don José Saavedra y Salamanca, segundo marqués de Viana y Caballerizo mayor del rey Alfonso XIII. Durante 5 minutos, el aristócrata español pudo contemplar la tierra desde los cielos de Le Mans; después de él voló el secretario de la embajada española en París, don José Quiñones de León durante 8 minutos y 20 segundos. Fueron los dos primeros españoles en volar en una máquina más pesada que el aire. Meses más tarde, el 20 de febrero de 1909, el rey Alfonso XIII acudió a Pau para presenciar dos vuelos de Wilbur Wright y escuchar de boca del inventor cómo funcionaba su aparato. Del 22 al 29 de agosto de 1909, en Reims se celebró la Gran Semana de Aviación, un evento que marcaría el inicio de un rapidísimo desarrollo de la aeronáutica en Europa.

El joven Juan de la Cierva siguió muy de cerca y con gran interés el desarrollo de la aeronáutica; tanto, que apenas había transcurrido un año desde la celebración de Reims, en 1910, cuando la Cierva ─adolescente─ construyó un planeador con la ayuda de dos amigos: José Barcala y Pablo Díaz. La asociación Barcala-Cierva-Díaz dio origen al nombre de la sociedad que fabricó el planeador y dos años después un biplano (BCD-1) al que apodarían el Cangrejo, debido a que estaba pintado de rojo. El avión volaba bien, ‘milagrosamente’, según reconocería más tarde el propio la Cierva. El francés Jean Mauvais fue quien pilotó la aeronave de los precoces inventores en el aeródromo de Cuatro Vientos, durante el verano de 1912. Fue el primer avión construido en España que efectuó un número de vuelos suficiente que demostrase su maniobrabilidad. Muy animados por su primer éxito los muchachos construyeron un segundo avión en 1913, el BCD-2, que nunca logró volar tan bien como el primero.

Juan de la Cierva Codorniú pertenecía a una acomodada familia en la que su padre, un hombre de gran personalidad, Juan de la Cierva Peñafiel, desempeñó los cargos de alcalde de Murcia, gobernador de Madrid, y varias veces ministro durante el reinado de Alfonso XIII: de Instrucción Pública y Bellas Artes, de Gobernación, de Guerra, de Hacienda y de Fomento. La tradición familiar era que los vástagos se dedicaran a la abogacía, pero a Juan le interesaba la aeronáutica y la mecánica.

A partir de 1914, el joven la Cierva tuvo que centrar su actividad en el estudio mientras cursaba la carrera de ingeniero de caminos, canales y puertos. En el último curso retomó su actividad como constructor aeronáutico y diseñó y fabricó un biplano con tres motores. La aeronave la presentó a un concurso de aviones organizado por la Aeronáutica Militar, pero el aparato, en un viraje cerrado, entró en pérdida y sufrió daños irreparables. Julio Ríos, el piloto, salió con vida de aquel accidente y años más tarde, Juan de la Cierva, solía bromear diciendo que él era el verdadero inventor del autogiro. Frustrado, al constatar la dificultad de las aeronaves de ala fija para mantener el vuelo a baja velocidad, según sus propias palabras, se propuso: «Conseguir un sistema de vuelo que, conservando las buenas cualidades del avión no tenga sus defectos de falta de sustentación por pérdida de velocidad y de tener que aterrizar a velocidades horizontales del orden de los 80 kilómetros por hora, para lo cual busco un sistema en el que las alas se muevan con respecto al aire…»

El año 1919 fue muy importante para Juan de la Cierva. Además del frustrado accidente de su trimotor finalizó los estudios de ingeniería, se casó con María Luisa Gómez-Acebo y, siguiendo la tradición familiar, ingresó en el Congreso de los Diputados. Al año siguiente, de la Cierva concibió y patentó el autogiro. Para completar sus desarrollos teóricos mantuvo una intensa relación con los matemáticos Julio Rey Pastor y Pedro Puig Adam.

Después de fabricar tres prototipos, con el apoyo de la Aeronáutica Militar española, en las instalaciones del laboratorio de Cuatro Vientos ─donde contó con la colaboración del ingeniero militar Emilio Herrera y tuvo acceso a su túnel aerodinámico─, su modelo C-4 efectuó tres vuelos. El 31 de enero de 1923, el cuarto prototipo de autogiro recorrió unos cuatro kilómetros de longitud, en tres minutos y treinta segundos, a 25 metros de altura. Ese día el teniente Alejandro Gómez Spéncer se convirtió en el piloto que efectuó oficialmente el primer vuelo de la historia de la aviación con un autogiro.

Desde un principio el problema con que se topó Juan de la Cierva era que la pala del rotor del autogiro, al avanzar en la dirección de la marcha, se encontraba con un viento cuya velocidad era la de la rotación de la pala más la del desplazamiento del aparato y, cuando retrocedía el viento era menor porque a la velocidad de rotación había que restar la del desplazamiento. El resultado de una mayor sustentación en un semicírculo y menor en el otro producía un par de giro sobre el eje que hacía volcar el aparato. Para resolver esta cuestión, la Cierva, colocó primero dos rotores en el eje que girasen en sentidos opuestos y después trató de compensar la pérdida de sustentación variando el ángulo de ataque en las palas. Pero estos remedios no sirvieron para resolver el problema y los tres primeros prototipos del inventor no volaron.

Cuando fabricó el cuarto (C-4), se le ocurrió la genial idea de sujetar las palas al eje mediante una articulación (bisagra) para que subieran o bajaran libremente, de este modo no podían transmitir ningún par de vuelco al eje. Las palas no subían hasta la vertical debido a la fuerza centrífuga y la resultante de esta y la de sustentación determinaban el ángulo de inclinación que adquirían durante el giro. La fuerza centrífuga era de 8 a 10 veces superior a la de sustentación por lo que las palas no se separaban mucho del plano horizontal. Además, cuando la fuerza de sustentación aumentaba, y la pala subía, este movimiento aminoraba el ángulo de ataque en la pala con lo que la sustentación disminuía; en el movimiento descendente ocurría justo lo contrario. La sujeción al eje mediante articulaciones también permitía mitigar el efecto giroscópico. Esta fue la primera gran aportación de la Cierva a la solución del complejo movimiento de las palas de un rotor diseñado para que actúe como ala rotatoria.

Su autogiro C-4 estaba equipado con un motor Rhone de 80 HP que movía una hélice tractora en el morro y disponía de los mismos controles que los aeroplanos. Para girar, el autogiro necesitaba un timón vertical y alerones y para subir o bajar contaba con timones de profundidad. La gran ventaja del autogiro era la facilidad para aterrizar y despegar en pistas muy cortas y la posibilidad de volar a muy baja velocidad. Sin embargo, a esas velocidades tan pequeñas los controles de alabeo y profundidad funcionaban mal. El tercer día que se probó el C-4, el motor del autogiro se averió y el piloto pudo descender sin que el aterrizaje forzoso produjera lesiones al piloto ni daños importantes a la aeronave. Fue la primera demostración práctica de que el autogiro era un vehículo de transporte aéreo muy seguro.

Otro problema que la Cierva tuvo que resolver fue el del inicio de la rotación de las palas que había que hacerlo manualmente o con un motor auxiliar. Al ingeniero se le ocurrió la cola de escorpión, que consistía en unas aletas adicionales en la cola para que desviaran el flujo de aire de la hélice tractora e indujeran el giro del rotor. Sin embargo, a partir del prototipo C-19, la Cierva introdujo un embrague para conectar momentáneamente el motor al rotor y hacerlo girar.

Desde muy pronto, el ingeniero promocionó su invención en el extranjero. El 14 de octubre de 1925, el autogiro voló por primera vez fuera de España. La Cierva expuso su invento ante la Royal Aeronautical Society, en Londres y firmó acuerdos de fabricación con empresas británicas. En 1926, junto con el industrial y aviador escocés James George Weir, creó en el Reino Unido la empresa Cierva Autogiro Company Limited.

El ejército británico adquirió varios autogiros del modelo C-6. El 7 de enero de 1927, con motivo del accidente de uno de estos aparatos en el que se desprendieron dos palas del rotor, todos los vuelos quedarían suspendidos. El piloto sufrió magulladuras leves, pero el ejército británico no autorizaría la reanudación de los vuelos hasta que se determinara y resolviera la causa del accidente. La Cierva llegó a la conclusión de que la rotura de las palas, en el encastre, se debió a problemas de fatiga del material por los sobreesfuerzos cíclicos en la unión del buje. Para resolver el problema introdujo una segunda articulación, en el plano horizontal, capaz de absorber estos esfuerzos. La solución también favorecería la reducción de efectos giroscópicos.

Al año siguiente, en 1928, la Cierva viajó a Estados Unidos y llegó a un acuerdo por el que Harold Pitcairn adquirió los derechos de fabricación del autogiro en aquel país. De vuelta a Europa, el 19 de septiembre de ese mismo año, con el director de la revista L’Aeronautique ─Henry Bouché─ como pasajero, cruzó con un autogiro C-8 el Canal de la Mancha.

En muy pocos años, Juan de la Cierva había pasado del anonimato a ser una celebridad aeronáutica global: su autogiro suscitaba el interés en el mundo entero. El invento del ingeniero español alcanzó su madurez en 1933 con el prototipo C-30 en el que introdujo el sistema de control que él denominaría como ‘directo̕, el paso variable de las palas del rotor y la posibilidad de dar un ‘salto̕ durante el despegue.

El problema del control del autogiro, sobre todo a baja velocidad, lo resolvería articulando el plato de sujeción del rotor para que este pudiera inclinarse hacia delante y atrás o lateralmente. El propio Juan de la Cierva describió así el funcionamiento de su aparato:

«El autogiro de hoy se compone de un cuerpo fuselado o fuselaje, donde van el piloto, pasajero, los depósitos de esencia, el motor, etc.; tiene tren de aterrizaje de tres ruedas, la de atrás orientable, y lleva una estructura piramidal, encima del fuselaje, en el vértice de la cual se encuentra el eje de giro del rotor. El rotor está compuesto de tres aspas generalmente, cada una de las cuales está articulada al buje común en dos planos perpendiculares. El eje mismo del rotor está también articulado universalmente al vértice de la pirámide, de manera que pueda inclinarse en cualquier dirección, y esa inclinación es controlada por el piloto por medio de una larga palanca que desciende directamente hasta su mano. Cuando ésta se adelanta, ese eje del piloto va a la izquierda, el eje se inclina a la izquierda, y al contrario. Estos son los mandos necesarios para el vuelo; no hay alerones, ni timón de profundidad, ni timón de dirección. La cola se compone de superficies verticales, horizontales y oblicuas fijas, cuya misión es, principalmente proporcionar al fuselaje estabilidad de veleta en cualquier dirección, compensar automáticamente el par de giro del motor y amortiguar oscilaciones proporcionando estabilidad dinámica.»

«Como la reacción total del viento de la marcha se desplaza juntamente con el eje de giro del rotor, cuando el piloto inclina este último en una y otra dirección, la reacción total, que es aproximadamente igual al peso del aparato, pasa por delante ,por detrás o por un lado del centro de gravedad, según se desee, y crea, por consiguiente, un par de fuerzas que tiende a inclinar el aparato en la dirección que se quiera y sin que la velocidad de la marcha influya para nada en el resultado»

«El cuerpo del aparato, que puede considerarse como una veleta, sigue dócilmente los impulsos del rotor, y de esta manera y con el aumento o disminución de la potencia del motor, a voluntad del piloto, se obtienen todos los movimientos necesarios para el vuelo, o sea: subir, descender, virar a izquierda o derecha y volar deprisa o despacio.»

Don Juan de la Cierva había alcanzado la cima de la gloria. Había sido condecorado con la Medalla de Oro de la Confederación Aeronáutica Internacional, las Grandes Cruces del Mérito Militar y Naval, el premio Duque de Alba y Duque de Berwick, la Medalla de Oro de Wakefield de la Royal Aeronautical Society, las Medallas de Oro de Madrid y Murcia y otras más.

El Reino Unido fue la primera nación en emplear autogiros en maniobras militares como vehículos de enlace entre los estados mayores y sus tropas, el gobierno de España ordenó la compra de 6 autogiros para la Aeronáutica Militar y 3 para la Naval y los ejércitos de Francia y Suecia también habían pedido autogiros a la casa Avro en el Reino Unido que fabricaba los productos de la Cierva. En España, desde el 12 de diciembre de 1924 los autogiros del ingeniero volaban en la Escuadrilla de Experimentación de Cuatro Vientos.

Cuando se inició la guerra civil española, de la Cierva y su familia se refugiaron en Francia. El inventor y su esposa tenían dos hijos, de doce y quince años.

El 9 de diciembre de 1936 la Cierva embarcó en Croydon en un DC-2 de la compañía KLM con destino a Amsterdam. El avión despegó con retraso, la visibilidad era escasa y el avión se estrelló cerca del aeródromo. Don Juan de la Cierva murió en aquel accidente a los 41 años de edad. Su obra quedó fatalmente truncada. Sin el inventor, el impulso de los autogiros perdió fuerza y los nuevos helicópteros ─que se beneficiarían de los sistemas de control del rotor diseñados por Juan de la Cierva─, acapararían el mercado de las aeronaves de ala rotatoria. Durante la II Guerra Mundial el helicóptero se impuso al autogiro ya que, desde un punto de vista operativo, resulta una aeronave más eficaz: puede mantenerse completamente quieta en el aire y despega y aterriza verticalmente.

A partir de los años 1950 se empezaron a producir gran cantidad de pequeños autogiros, de una o dos plazas, muy ligeros, en casi todo el mundo. Muchos de estos aparatos se diseñaron para que los pudieran construir sus futuros dueños, a partir de planos sencillos o mediante kits. Son pequeñas aeronaves, para las que, en casi todos los países, se exige una licencia de vuelo de ultraligeros para pilotarlas. Hoy, también hay empresas, como Carter Aviation Technologies y General Aeronautics Corporation, que anuncian futuras aeronaves híbridas, de uso personal, aeronaves de 6-9 plazas y aviones para transporte de pasajeros y carga con rotores, alas fijas y hélices propulsoras de gran diámetro. Es posible que los autogiros ─máquinas del pasado─ regresen para resolver los problemas de la aviación del siglo XXI, que ya no necesita ir más lejos, más alto, ni más deprisa, sino que busca la eficiencia energética y el respeto del medio ambiente.

La frustración de Guillermo II: planes, acorazados y zepelines.

12the emperors-HH_II_MM_ Tsar Nicholas II of Russia and Kaiser Wilhelm II of Prussia

Guillermo II, emperador alemán y Señor de la Guerra, accedió al trono cuando tenía 29 años para suceder a su padre, Federico III, cuyo reinado duró tan solo 99 días. Su madre, la princesa Victoria, era la hija mayor de la que fue emperatriz de la India y soberana del Reino Unido durante más de 60 años. Guillermo fue, por tanto, nieto de la reina Victoria, al igual que el rey Jorge V del Reino Unido y el zar Nicolás II de Rusia, a los que se enfrentó durante la I Guerra Mundial.

El futuro emperador tuvo un alumbramiento muy difícil: nació con una mano más corta que la otra, después de un parto que duró diez horas. De pequeño no destacó por ser un muchacho de inteligencia despierta sino más bien por su carácter hiperactivo y sus frecuentes accesos de ira.

La mayoría de sus biógrafos coinciden en que Guillermo II jamás maduró. Incapaz de escuchar a los demás, sus conversaciones no pasaban de ser largos monólogos. Necesitaba tener siempre gente a su alrededor, despreciaba a sus colaboradores, veía la realidad como le gustaba que fuese y se mostraba irascible con quien no siguiera sus recomendaciones. Poseía un extraño sentido del humor: le gustaba apretar las manos de la gente hasta destrozárselas y a veces le divertía golpear a sus subordinados. Sentía verdadera pasión por el boato y los uniformes. Adoraba la compañía de los militares, los desfiles, las condecoraciones y pasar revista a las tropas. En presencia del estamento militar, el personal civil se veía siempre relegado a un segundo término; incluso los delegados militares en las embajadas extranjeras recibían mayor atención del Káiser que los propios embajadores.

El Káiser accedió al trono el 15 de junio de 1888 y su desentendimiento con el canciller Bismark era anterior a su coronación. El canciller, que sería dimitido dos años después, estaba convencido de que el emperador padecía alguna enfermedad mental «heredada de sus antepasados rusos o ingleses». Aún se mostraría más ácido con su emperador el canciller cuando dijo: «El Káiser tiene una opinión sobre cada cosa, pero cada día es diferente». El presidente estadounidense Roosevelt que lo conoció durante un viaje a Europa escribiría refiriéndose al emperador: «Debo decir que estuve en completo desacuerdo con él. Lo encontré vanidoso como un pavo real. Debería más bien presidir la cabecera de una procesión antes que dirigir un imperio. Eso es lo que ha contribuido principalmente a su declive porque con certeza ha tenido una caída».

A partir de 1914 aparecerían muchas publicaciones en las que se hacía referencia al desequilibrio mental del Káiser. Un siquiatra suizo, el doctor Neipp aseguró que era un maníaco depresivo y el doctor Paul Tesdorpf de Munich también apoyó este diagnóstico. En algunos círculos políticos berlineses se barajó la posibilidad de su incapacitación.

Bismark, artífice del Imperio Alemán de 1871, concibió una confederación de estados en la que la soberanía la ostentaba un cuerpo no electo, denominado Bundesrat, formado por los representantes de todos los estados alemanes. El rey de Prusia ejercía el cargo de presidente del Bundesrat y de emperador de Alemania. En tiempo de paz, cada estado mantenía su propio ejército y solamente en época de guerra el emperador asumía el mando supremo de todas las fuerzas militares. El emperador asumía el rol de Señor de la Guerra. El imperio también contaba con un parlamento cuyos miembros se elegían mediante sufragio universal ─el Reichstag─, cuya función principal era la de aprobar los presupuestos. El emperador elegía al primer ministro, o canciller, personalmente sin que interviniera el Reichstag, y solía encargarse de los asuntos de política exterior y militares.

En 1914, la guerra europea parecía inevitable, aunque el Káiser trató de evitarla. En esa política tan suya de hacer y deshacer, Guillermo II llevaba años ─con la ayuda del almirante Tirptiz─ tratando de equipar la Armada alemana a la británica, aunque aún estaba muy lejos de haberlo logrado, había intentado aislar a los franceses con un pacto con el zar ruso Nicolás II, las cicatrices de la última guerra con los galos seguían abiertas, y su política exterior suscitaba una gran desconfianza en el Reino Unido. Alemania se había convertido en la potencia continental emergente. Sus militares tenían la seguridad de que la guerra era inevitable y, aún en contra de la opinión de su emperador, cuando llegó el momento en que creyeron que las circunstancias les podían resultar favorables, forzaron la situación para dar un paso definitivo que hiciera estallar el conflicto.

Uno de los pocos militares alemanes que no deseaba que se iniciara la guerra era el almirante Tirpitz porque sabía que la flota Imperial Alemana de Alta Mar no estaba todavía en condiciones de enfrentarse con éxito a la británica. Desde el año 1898, cuando consiguió que el Reichstag aprobase el presupuesto naval, Tirpitz había consagrado su vida a la reconstrucción de la flota Imperial de Alta Mar. El Káiser había encontrado en Tirpitz al hombre idóneo para sacar adelante aquél proyecto que necesitaba financiación a largo plazo cuya aprobación debía hacerse en el parlamento. El almirante supo convencer a los líderes de los grupos políticos y movilizó a la opinión pública, con llamadas al patriotismo, para que le aprobaran la financiación del programa de construcción naval, a largo plazo, de los costosísimos buques acorazados para la flota Imperial Alemana de Alta Mar.

El Jefe del Estado Mayor General, Moltke, pensaba que «la guerra cuanto antes, mejor» y que la Marina no estaría jamás preparada para el conflicto. Desde hacía dos años, el general Moltke, se preparaba para empezar la guerra contra Francia y Rusia inmediatamente. Para aumentar las reservas de alimentos enlatados se interrumpió temporalmente el consumo; las fábricas estatales de Mainz y Spandau se ampliaron. El Reichsbank empezó a acumular oro y consiguió aumentar sus reservas en un 50% en tan solo un par de años. Las academias militares acordaron acortar el periodo formativo de las promociones de oficiales y lo presupuestos de defensa se incrementaron. La guerra podría demorarse, pero era imparable.

Muchos expertos aseguran que el emperador alemán Guillermo II dirigió el conflicto durante la I Guerra Mundial desde el ‘asiento de atrás’. El propio Káiser se quejaba de que sus oficiales le contaban lo que querían de lo que ya había ocurrido y nunca lo que pensaban hacer. Sin embargo, el emperador asumió la responsabilidad de nombrar y dimitir, en los momentos clave, a las personas que dirigieron las operaciones bélicas. El Señor de la Guerra y sus soldados tenían planes antes de que empezase la batalla, unos proyectos muy bien definidos para los tres escenarios del conflicto: la tierra el mar y el aire. Sin embargo, los tres dibujos que figuraban en el diseño de la guerra se emborronaron hasta perder por completo su forma original, debido a una serie de circunstancias que ninguno de los grandes estrategas supo predecir.

Para las operaciones terrestres los oficiales alemanes conocían el plan a seguir, ‘Plan Schlieffen’, la Armada contaba con magníficos acorazados blindados con los mejores aceros de la factoría Krupp y la aviación alemana disponía de los portentosos dirigibles de cuerpo rígido del conde Zeppelin, capaces de volar hasta el corazón de Londres y bombardear el palacio de Buckingham. Tres elementos alrededor de los cuales se articularía la victoria. Pero, apenas había comenzado el conflicto, en enero de 1915, los subalternos de Guillermo II, el Señor de la Guerra, comprendieron que necesitaban cambiar todos aquellos planes.

El ‘Plan Schlieffen’ consistía en conquistar rápidamente Francia, en primer lugar, para después atacar Rusia. La invasión francesa se haría desde Bélgica, por lo que las tropas alemanas tenían que declarar la guerra a este país y aplastar su ejército en unos pocos días. La primera parte del plan funcionó bien, pero las tropas aliadas detuvieron a los alemanes cerca de París, en el Marne. A mediados de septiembre el Plan Schlieffen había fracasado. El ejército alemán no pudo avanzar a la velocidad que habían previsto los estrategas. La logística de abastecimiento del frente se complicó a pesar de los 26 000 obreros que trabajaban en la reparación de las vías férreas destruidas por el enemigo durante su retirada. El 14 de septiembre Helmuth von Moltke fue sustituido, como jefe del Estado Mayor General alemán, por el general Eric von Falkenhayn.

El Reino Unido situó el grueso de su flota de alta mar en Scapa Flow, un magnífico puerto natural situado en las islas Orcadas, al norte de Escocia. A continuación de las Orcadas se encuentran las islas Shetland que distan unas 200 millas de la costa noruega. La Armada británica organizó un bloqueo lejano a la flota alemana cerrando el mar del Norte por este flanco y al sur por el canal de la Mancha. La Flota Imperial de Alta Mar Alemana quedaría encerrada en Wilhemshaven, prácticamente durante toda la guerra. Los británicos impidieron que buques de cualquier nacionalidad arribaran a los puertos alemanes. El bloqueo naval tendría un efecto inmediato en la población debido a la falta de alimentos. La legalidad del bloqueo, impidiendo el acceso a los puertos alemanes de buques neutrales que no transportaran material bélico, era muy cuestionable. Pero, en cualquier caso, la costosísima flota de acorazados del emperador no serviría de mucho, al igual que el ‘Plan Schlieffen’. La desesperada respuesta de la Marina al bloqueo fue la ‘guerra submarina sin restricciones’. Los submarinos alemanes recibieron la orden de hundir todos los mercantes que se dirigiesen a los puertos de los aliados, con independencia de su pabellón. Antes de tomar aquella decisión, los alemanes lograron que el presidente de Estados Unidos, Wilson, tratara de convencer a los británicos ─sin ningún éxito─ de que levantaran el bloqueo. La ofensiva submarina fue muy popular en Alemania y la tuvo que autorizar personalmente el Káiser, Guillermo II, a quién aquella decisión le parecería una actuación desesperada: «Torpedear grandes barcos de pasajeros llenos de mujeres y niños es un acto de incomparable brutalidad con el que conseguiremos atraer el odio y la rabia envenenada del mundo entero». El 7 de mayo de 1915 un submarino alemán hundió el Lusitania, un buque de transporte, y en el naufragio más de 1200 personas perdieron la vida, entre las que se encontraban 128 ciudadanos estadounidenses. El Káiser prohibió que, en lo sucesivo, los submarinos atacaran buques de países neutrales. A lo largo del conflicto armado, la guerra ‘submarina sin restricciones’, tuvo sus altibajos y fue uno de los motivos que impulsaría a Estados Unidos a declarar la guerra a Alemania. Los submarinos se convertirían en los buques de guerra alemanes que mayores trastornos causaron a los aliados y no la flota de magníficos y costosos acorazados que a lo largo de más de 15 años se empeñó en construir el almirante Tirpitz para su emperador.

En agosto de 1914, cuando se desencadenó la I Guerra Mundial, el conde Zeppelin fabricaba dirigibles de cuerpo rígido de la clase L3 cuya longitud alcanzaba los 158 metros, transportaban 9200 kilogramos de carga y volaban a 84 km/h, cubriendo distancias de hasta 2200 km. Ninguna otra máquina de volar podía llegar tan lejos, subir tan alto y transportar tanto peso. En el cielo, su figura representaba un dibujo grandioso con el que se identificaban el pueblo alemán y su emperador.

En la primera Conferencia Internacional de Paz de la Haya de 1899, se acordó prohibir en las guerras el lanzamiento de explosivos desde aeróstatos o máquinas similares, pero el acuerdo expiró en 1904. Diez años más tarde, Alemania poseía una aeronave capaz de adentrarse en el territorio enemigo y descargar mortíferas bombas sobre cualquier objetivo que se le antojara. La gente sabía que, por primera vez en la historia, la guerra ya no se limitaría al frente en donde siempre habían combatido los soldados, sino que los ejércitos podrían llevar la destrucción hasta los lugares más alejados de la retaguardia. Y no había otras máquinas mejor dotadas para convertir aquel temor en realidad que los grandes dirigibles de cuerpo rígido del conde Zeppelin.

Sin embargo, al principio de la contienda, el Ejército alemán contaba con siete dirigibles, la Marina poseía uno y la compañía DELAG de transporte aéreo tres que fueron incautados: dos para la Marina y uno para el Ejército.

El mando veía en los dirigibles de cuerpo rígido unos magníficos instrumentos para apoyar el combate en las líneas del frente, bombardeando las posiciones enemigas. Una idea muy desafortunada porque en el primer mes de la guerra se perdieron cuatro dirigibles (de los ocho que poseía el Ejército), abatidos por la artillería enemiga. El Ejército decidió no utilizarlos para esos menesteres, pero algunos oficiales se empeñaron en repetir la experiencia, siempre con los mismos resultados.

Fue la Marina y su comandante jefe de la flota de dirigibles, Peter Strasse, quien asumió el liderazgo en la utilización de estas máquinas. Desde un principio se mostraron muy efectivas para realizar misiones de observación marítima de apoyo a la flota. Sin embargo, Strasse creía que el gran potencial de los dirigibles se hallaba en la realización de misiones de bombardeo estratégico. El emperador, Guillermo II, no se mostraba muy favorable a emplear los zepelines en este tipo de operaciones, sobre el territorio del Reino Unido. Presionado por los mandos consintió en autorizar incursiones para bombardear objetivos militares y puso un gran énfasis en que se tratase por todos los medios de evitar que, por error, las bombas pudieran caer sobre el palacio de Buckingham.

La realidad es que los dirigibles no cumplirían las expectativas de sus más fieles defensores como armas de destrucción masiva. Eran un blanco fácil, debido a su tamaño, para la artillería y la aviación enemiga y su defensa consistía en volar de noche y a gran altura. El problema es que, volando por encima de las nubes o muy alto, resultaba difícil hacer blanco en los objetivos. Ernst Lehmann inventó un dispositivo que consistía en una góndola que se colgaba del dirigible mediante un cable, con un observador a bordo, y que se bajaba hasta que el operario podía distinguir bien los objetivos para enviar instrucciones de guiado y lanzamiento de bombas al dirigible a través de un interfono.

Pero muy pronto los aviones de caza podían ascender hasta los niveles de vuelo de los dirigibles (dos a tres mil metros) y Peter Strasse pidió a Zeppelin que fabricara aeronaves que pudieran subir hasta 5500 metros. A mediados de 1917 la nueva clase de zepelines alcanzaba esas alturas, pero ya era demasiado tarde porque muy pronto los nuevos cazas también eran capaces de llegar tan alto. El comandante de la Marina alemana nunca quiso ver que aquellas máquinas se habían quedado obsoletas para combatir con los aviones modernos.

En total, los zepelines del emperador llevaron a cabo 51 incursiones para bombardear posiciones enemigas de la retaguardia. Causaron 498 muertos y 1236 heridos; lo que no es mucho en comparación con las 57 misiones que efectuaron los bombarderos alemanes que originarían 915 muertos y 2171 heridos.

Las prestaciones de los dirigibles de cuerpo rígido aumentaron a lo largo de la guerra de forma significativa. Los de la clase L70, del final de la guerra, podían transportar 47 500 kg de carga, cinco veces más que los de la clase L3 del principio de la contienda, su techo operativo era más del doble, su alcance llegaba a los 12 000 km y su velocidad había aumentado en más de un 50%. A lo largo de la guerra se fabricaron 88 zepelines (en el periodo 1909-14 se habían producido trece) y al final de la contienda quedaban 15. Cada vez más grandes y más costosos, pero igual de poco operativos e ineficaces para hacer frente a los aviones.

Peter Strasse nunca quiso aceptarlo y perdió la vida, junto con toda su tripulación, el 5 de agosto de 1918, al ser derribado por un avión DH 4 de la Royal Air Force (RAF) cerca de Norfolk.

Quizá, la gesta más notable de la historia de los zepelines durante la I Guerra Mundial fue la que protagonizó el LZ-104 en su legendario viaje a África.

Y así es como ni el ‘Plan Schlieffe’, ni los grandes acorazados, ni los temibles zepelines, cumplieron con las expectativas del imprevisible y exótico Señor de la Guerra.