La frustración de Guillermo II: planes, acorazados y zepelines.

12the emperors-HH_II_MM_ Tsar Nicholas II of Russia and Kaiser Wilhelm II of Prussia

Guillermo II, emperador alemán y Señor de la Guerra, accedió al trono cuando tenía 29 años para suceder a su padre, Federico III, cuyo reinado duró tan solo 99 días. Su madre, la princesa Victoria, era la hija mayor de la que fue emperatriz de la India y soberana del Reino Unido durante más de 60 años. Guillermo fue, por tanto, nieto de la reina Victoria, al igual que el rey Jorge V del Reino Unido y el zar Nicolás II de Rusia, a los que se enfrentó durante la I Guerra Mundial.

El futuro emperador tuvo un alumbramiento muy difícil: nació con una mano más corta que la otra, después de un parto que duró diez horas. De pequeño no destacó por ser un muchacho de inteligencia despierta sino más bien por su carácter hiperactivo y sus frecuentes accesos de ira.

La mayoría de sus biógrafos coinciden en que Guillermo II jamás maduró. Incapaz de escuchar a los demás, sus conversaciones no pasaban de ser largos monólogos. Necesitaba tener siempre gente a su alrededor, despreciaba a sus colaboradores, veía la realidad como le gustaba que fuese y se mostraba irascible con quien no siguiera sus recomendaciones. Poseía un extraño sentido del humor: le gustaba apretar las manos de la gente hasta destrozárselas y a veces le divertía golpear a sus subordinados. Sentía verdadera pasión por el boato y los uniformes. Adoraba la compañía de los militares, los desfiles, las condecoraciones y pasar revista a las tropas. En presencia del estamento militar, el personal civil se veía siempre relegado a un segundo término; incluso los delegados militares en las embajadas extranjeras recibían mayor atención del Káiser que los propios embajadores.

El Káiser accedió al trono el 15 de junio de 1888 y su desentendimiento con el canciller Bismark era anterior a su coronación. El canciller, que sería dimitido dos años después, estaba convencido de que el emperador padecía alguna enfermedad mental «heredada de sus antepasados rusos o ingleses». Aún se mostraría más ácido con su emperador el canciller cuando dijo: «El Káiser tiene una opinión sobre cada cosa, pero cada día es diferente». El presidente estadounidense Roosevelt que lo conoció durante un viaje a Europa escribiría refiriéndose al emperador: «Debo decir que estuve en completo desacuerdo con él. Lo encontré vanidoso como un pavo real. Debería más bien presidir la cabecera de una procesión antes que dirigir un imperio. Eso es lo que ha contribuido principalmente a su declive porque con certeza ha tenido una caída».

A partir de 1914 aparecerían muchas publicaciones en las que se hacía referencia al desequilibrio mental del Káiser. Un siquiatra suizo, el doctor Neipp aseguró que era un maníaco depresivo y el doctor Paul Tesdorpf de Munich también apoyó este diagnóstico. En algunos círculos políticos berlineses se barajó la posibilidad de su incapacitación.

Bismark, artífice del Imperio Alemán de 1871, concibió una confederación de estados en la que la soberanía la ostentaba un cuerpo no electo, denominado Bundesrat, formado por los representantes de todos los estados alemanes. El rey de Prusia ejercía el cargo de presidente del Bundesrat y de emperador de Alemania. En tiempo de paz, cada estado mantenía su propio ejército y solamente en época de guerra el emperador asumía el mando supremo de todas las fuerzas militares. El emperador asumía el rol de Señor de la Guerra. El imperio también contaba con un parlamento cuyos miembros se elegían mediante sufragio universal ─el Reichstag─, cuya función principal era la de aprobar los presupuestos. El emperador elegía al primer ministro, o canciller, personalmente sin que interviniera el Reichstag, y solía encargarse de los asuntos de política exterior y militares.

En 1914, la guerra europea parecía inevitable, aunque el Káiser trató de evitarla. En esa política tan suya de hacer y deshacer, Guillermo II llevaba años ─con la ayuda del almirante Tirptiz─ tratando de equipar la Armada alemana a la británica, aunque aún estaba muy lejos de haberlo logrado, había intentado aislar a los franceses con un pacto con el zar ruso Nicolás II, las cicatrices de la última guerra con los galos seguían abiertas, y su política exterior suscitaba una gran desconfianza en el Reino Unido. Alemania se había convertido en la potencia continental emergente. Sus militares tenían la seguridad de que la guerra era inevitable y, aún en contra de la opinión de su emperador, cuando llegó el momento en que creyeron que las circunstancias les podían resultar favorables, forzaron la situación para dar un paso definitivo que hiciera estallar el conflicto.

Uno de los pocos militares alemanes que no deseaba que se iniciara la guerra era el almirante Tirpitz porque sabía que la flota Imperial Alemana de Alta Mar no estaba todavía en condiciones de enfrentarse con éxito a la británica. Desde el año 1898, cuando consiguió que el Reichstag aprobase el presupuesto naval, Tirpitz había consagrado su vida a la reconstrucción de la flota Imperial de Alta Mar. El Káiser había encontrado en Tirpitz al hombre idóneo para sacar adelante aquél proyecto que necesitaba financiación a largo plazo cuya aprobación debía hacerse en el parlamento. El almirante supo convencer a los líderes de los grupos políticos y movilizó a la opinión pública, con llamadas al patriotismo, para que le aprobaran la financiación del programa de construcción naval, a largo plazo, de los costosísimos buques acorazados para la flota Imperial Alemana de Alta Mar.

El Jefe del Estado Mayor General, Moltke, pensaba que «la guerra cuanto antes, mejor» y que la Marina no estaría jamás preparada para el conflicto. Desde hacía dos años, el general Moltke, se preparaba para empezar la guerra contra Francia y Rusia inmediatamente. Para aumentar las reservas de alimentos enlatados se interrumpió temporalmente el consumo; las fábricas estatales de Mainz y Spandau se ampliaron. El Reichsbank empezó a acumular oro y consiguió aumentar sus reservas en un 50% en tan solo un par de años. Las academias militares acordaron acortar el periodo formativo de las promociones de oficiales y lo presupuestos de defensa se incrementaron. La guerra podría demorarse, pero era imparable.

Muchos expertos aseguran que el emperador alemán Guillermo II dirigió el conflicto durante la I Guerra Mundial desde el ‘asiento de atrás’. El propio Káiser se quejaba de que sus oficiales le contaban lo que querían de lo que ya había ocurrido y nunca lo que pensaban hacer. Sin embargo, el emperador asumió la responsabilidad de nombrar y dimitir, en los momentos clave, a las personas que dirigieron las operaciones bélicas. El Señor de la Guerra y sus soldados tenían planes antes de que empezase la batalla, unos proyectos muy bien definidos para los tres escenarios del conflicto: la tierra el mar y el aire. Sin embargo, los tres dibujos que figuraban en el diseño de la guerra se emborronaron hasta perder por completo su forma original, debido a una serie de circunstancias que ninguno de los grandes estrategas supo predecir.

Para las operaciones terrestres los oficiales alemanes conocían el plan a seguir, ‘Plan Schlieffen’, la Armada contaba con magníficos acorazados blindados con los mejores aceros de la factoría Krupp y la aviación alemana disponía de los portentosos dirigibles de cuerpo rígido del conde Zeppelin, capaces de volar hasta el corazón de Londres y bombardear el palacio de Buckingham. Tres elementos alrededor de los cuales se articularía la victoria. Pero, apenas había comenzado el conflicto, en enero de 1915, los subalternos de Guillermo II, el Señor de la Guerra, comprendieron que necesitaban cambiar todos aquellos planes.

El ‘Plan Schlieffen’ consistía en conquistar rápidamente Francia, en primer lugar, para después atacar Rusia. La invasión francesa se haría desde Bélgica, por lo que las tropas alemanas tenían que declarar la guerra a este país y aplastar su ejército en unos pocos días. La primera parte del plan funcionó bien, pero las tropas aliadas detuvieron a los alemanes cerca de París, en el Marne. A mediados de septiembre el Plan Schlieffen había fracasado. El ejército alemán no pudo avanzar a la velocidad que habían previsto los estrategas. La logística de abastecimiento del frente se complicó a pesar de los 26 000 obreros que trabajaban en la reparación de las vías férreas destruidas por el enemigo durante su retirada. El 14 de septiembre Helmuth von Moltke fue sustituido, como jefe del Estado Mayor General alemán, por el general Eric von Falkenhayn.

El Reino Unido situó el grueso de su flota de alta mar en Scapa Flow, un magnífico puerto natural situado en las islas Orcadas, al norte de Escocia. A continuación de las Orcadas se encuentran las islas Shetland que distan unas 200 millas de la costa noruega. La Armada británica organizó un bloqueo lejano a la flota alemana cerrando el mar del Norte por este flanco y al sur por el canal de la Mancha. La Flota Imperial de Alta Mar Alemana quedaría encerrada en Wilhemshaven, prácticamente durante toda la guerra. Los británicos impidieron que buques de cualquier nacionalidad arribaran a los puertos alemanes. El bloqueo naval tendría un efecto inmediato en la población debido a la falta de alimentos. La legalidad del bloqueo, impidiendo el acceso a los puertos alemanes de buques neutrales que no transportaran material bélico, era muy cuestionable. Pero, en cualquier caso, la costosísima flota de acorazados del emperador no serviría de mucho, al igual que el ‘Plan Schlieffen’. La desesperada respuesta de la Marina al bloqueo fue la ‘guerra submarina sin restricciones’. Los submarinos alemanes recibieron la orden de hundir todos los mercantes que se dirigiesen a los puertos de los aliados, con independencia de su pabellón. Antes de tomar aquella decisión, los alemanes lograron que el presidente de Estados Unidos, Wilson, tratara de convencer a los británicos ─sin ningún éxito─ de que levantaran el bloqueo. La ofensiva submarina fue muy popular en Alemania y la tuvo que autorizar personalmente el Káiser, Guillermo II, a quién aquella decisión le parecería una actuación desesperada: «Torpedear grandes barcos de pasajeros llenos de mujeres y niños es un acto de incomparable brutalidad con el que conseguiremos atraer el odio y la rabia envenenada del mundo entero». El 7 de mayo de 1915 un submarino alemán hundió el Lusitania, un buque de transporte, y en el naufragio más de 1200 personas perdieron la vida, entre las que se encontraban 128 ciudadanos estadounidenses. El Káiser prohibió que, en lo sucesivo, los submarinos atacaran buques de países neutrales. A lo largo del conflicto armado, la guerra ‘submarina sin restricciones’, tuvo sus altibajos y fue uno de los motivos que impulsaría a Estados Unidos a declarar la guerra a Alemania. Los submarinos se convertirían en los buques de guerra alemanes que mayores trastornos causaron a los aliados y no la flota de magníficos y costosos acorazados que a lo largo de más de 15 años se empeñó en construir el almirante Tirpitz para su emperador.

En agosto de 1914, cuando se desencadenó la I Guerra Mundial, el conde Zeppelin fabricaba dirigibles de cuerpo rígido de la clase L3 cuya longitud alcanzaba los 158 metros, transportaban 9200 kilogramos de carga y volaban a 84 km/h, cubriendo distancias de hasta 2200 km. Ninguna otra máquina de volar podía llegar tan lejos, subir tan alto y transportar tanto peso. En el cielo, su figura representaba un dibujo grandioso con el que se identificaban el pueblo alemán y su emperador.

En la primera Conferencia Internacional de Paz de la Haya de 1899, se acordó prohibir en las guerras el lanzamiento de explosivos desde aeróstatos o máquinas similares, pero el acuerdo expiró en 1904. Diez años más tarde, Alemania poseía una aeronave capaz de adentrarse en el territorio enemigo y descargar mortíferas bombas sobre cualquier objetivo que se le antojara. La gente sabía que, por primera vez en la historia, la guerra ya no se limitaría al frente en donde siempre habían combatido los soldados, sino que los ejércitos podrían llevar la destrucción hasta los lugares más alejados de la retaguardia. Y no había otras máquinas mejor dotadas para convertir aquel temor en realidad que los grandes dirigibles de cuerpo rígido del conde Zeppelin.

Sin embargo, al principio de la contienda, el Ejército alemán contaba con siete dirigibles, la Marina poseía uno y la compañía DELAG de transporte aéreo tres que fueron incautados: dos para la Marina y uno para el Ejército.

El mando veía en los dirigibles de cuerpo rígido unos magníficos instrumentos para apoyar el combate en las líneas del frente, bombardeando las posiciones enemigas. Una idea muy desafortunada porque en el primer mes de la guerra se perdieron cuatro dirigibles (de los ocho que poseía el Ejército), abatidos por la artillería enemiga. El Ejército decidió no utilizarlos para esos menesteres, pero algunos oficiales se empeñaron en repetir la experiencia, siempre con los mismos resultados.

Fue la Marina y su comandante jefe de la flota de dirigibles, Peter Strasse, quien asumió el liderazgo en la utilización de estas máquinas. Desde un principio se mostraron muy efectivas para realizar misiones de observación marítima de apoyo a la flota. Sin embargo, Strasse creía que el gran potencial de los dirigibles se hallaba en la realización de misiones de bombardeo estratégico. El emperador, Guillermo II, no se mostraba muy favorable a emplear los zepelines en este tipo de operaciones, sobre el territorio del Reino Unido. Presionado por los mandos consintió en autorizar incursiones para bombardear objetivos militares y puso un gran énfasis en que se tratase por todos los medios de evitar que, por error, las bombas pudieran caer sobre el palacio de Buckingham.

La realidad es que los dirigibles no cumplirían las expectativas de sus más fieles defensores como armas de destrucción masiva. Eran un blanco fácil, debido a su tamaño, para la artillería y la aviación enemiga y su defensa consistía en volar de noche y a gran altura. El problema es que, volando por encima de las nubes o muy alto, resultaba difícil hacer blanco en los objetivos. Ernst Lehmann inventó un dispositivo que consistía en una góndola que se colgaba del dirigible mediante un cable, con un observador a bordo, y que se bajaba hasta que el operario podía distinguir bien los objetivos para enviar instrucciones de guiado y lanzamiento de bombas al dirigible a través de un interfono.

Pero muy pronto los aviones de caza podían ascender hasta los niveles de vuelo de los dirigibles (dos a tres mil metros) y Peter Strasse pidió a Zeppelin que fabricara aeronaves que pudieran subir hasta 5500 metros. A mediados de 1917 la nueva clase de zepelines alcanzaba esas alturas, pero ya era demasiado tarde porque muy pronto los nuevos cazas también eran capaces de llegar tan alto. El comandante de la Marina alemana nunca quiso ver que aquellas máquinas se habían quedado obsoletas para combatir con los aviones modernos.

En total, los zepelines del emperador llevaron a cabo 51 incursiones para bombardear posiciones enemigas de la retaguardia. Causaron 498 muertos y 1236 heridos; lo que no es mucho en comparación con las 57 misiones que efectuaron los bombarderos alemanes que originarían 915 muertos y 2171 heridos.

Las prestaciones de los dirigibles de cuerpo rígido aumentaron a lo largo de la guerra de forma significativa. Los de la clase L70, del final de la guerra, podían transportar 47 500 kg de carga, cinco veces más que los de la clase L3 del principio de la contienda, su techo operativo era más del doble, su alcance llegaba a los 12 000 km y su velocidad había aumentado en más de un 50%. A lo largo de la guerra se fabricaron 88 zepelines (en el periodo 1909-14 se habían producido trece) y al final de la contienda quedaban 15. Cada vez más grandes y más costosos, pero igual de poco operativos e ineficaces para hacer frente a los aviones.

Peter Strasse nunca quiso aceptarlo y perdió la vida, junto con toda su tripulación, el 5 de agosto de 1918, al ser derribado por un avión DH 4 de la Royal Air Force (RAF) cerca de Norfolk.

Quizá, la gesta más notable de la historia de los zepelines durante la I Guerra Mundial fue la que protagonizó el LZ-104 en su legendario viaje a África.

Y así es como ni el ‘Plan Schlieffe’, ni los grandes acorazados, ni los temibles zepelines, cumplieron con las expectativas del imprevisible y exótico Señor de la Guerra.

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