Hiram Maxim

Hiram Maxim retrato

El inventor de la ametralladora, Hiram Maxim, decidió aplicar su desbordante energía a la resolución del problema del vuelo, en 1889. Maxim, a sus 49 años había alcanzado fama universal, primero por sus inventos relacionados con las máquinas de distribución de gas, después con sus artilugios eléctricos y finalmente gracias al desarrollo de la máquina de matar perfecta: la ametralladora. Maxim registró en el Reino Unido una patente en la que describía una máquina de volar gigantesca y convenció a algunos socios suyos para que invirtieran en el proyecto de construir una máquina de volar más pesada que el aire. En unos terrenos situados en Baldwyns Park, Kent, montó un raíl de más de 500 metros sobre el que haría correr su máquina alada de casi cuatro toneladas de peso, cuya envergadura alcanzaba los 30 metros, movida por hélices que hacían girar un motor de vapor. Maxim tripularía su invento durante las pruebas en las que llevaba a veces a dos personas y consiguió levantarlo del suelo, pero para que no escapara puso unos topes en los raíles que mantenían la máquina a escasos centímetros de la vía. En sus demostraciones transportaba personajes ilustres; uno de ellos sería el príncipe de Gales, futuro Eduardo VII. El 31 de julio de 1894 la plancha que hacía de tope se rompió al tener que soportar una fuerza sustentadora de casi cinco toneladas y Maxim se vería obligado a cortar el vapor de golpe. Las ruedas se hundieron en el césped y el aparato sufrió daños importantes al deformarse la estructura. Aunque Maxim continuó haciendo experimentos durante otro año más, los negocios se le complicarían. Los dueños de su campo de experimentos le obligarían a buscarse otro sitio porque en aquél se iba a construir un asilo, sus socios financieros empezaron a mostrar cansancio porque no veían el modo de rentabilizar la inversión y Maxim llevaba gastado en el proyecto un montante del orden de unas 30 000 libras. Además, la cuestión era que si bien su máquina podía sustentarse en el aire, no estaba muy claro hasta qué punto su inventor y piloto podía controlarla.

Clément Ader

Clément Ader

En 1882 el ingeniero francés, Clément Ader, había ganado bastante dinero con los aparatos eléctricos de su invención y decidió dedicarse por completo a la aeronáutica. Nueve años después, había construido un aparato al que bautizó con el sugestivo nombre de Eole y consiguió permiso para probarlo en las instalaciones militares de Satory. Casi nadie pudo ver los resultados de las pruebas del Eole, porque la máquina sufrió un accidente y se dañó, pero con toda seguridad se sabe que apenas logró separarse de la tierra unos centímetros en un cortísimo y descontrolado vuelo. Sin embargo, Ader logró convencer al ministro de Guerra Freycinet y al general Mensier de que sería capaz de construir una máquina de volar si podía contar con 300 000 francos de su Gobierno. Las autoridades francesas creyeron en él y firmaron un convenio por el que Ader se comprometía, en un año, a suministrar una máquina de volar capaz de hacerlo durante seis horas, transportar carga de pago, y maniobrar a voluntad del piloto. A cambio recibiría el dinero que pedía, con independencia de los resultados, y más de un millón de francos si su invento cumplía con los requisitos impuestos. El convenio de Ader con el Gobierno se firmó en París, el 3 de febrero de 1892 y a mediados de 1894 el ingeniero había consumido los fondos, se había endeudado y los trabajos de construcción del aparato estaban retrasadísimos. Con muy poca fe, el 24 de julio de 1894 el general Mercier, que era el nuevo ministro del Aire, le concedería una ampliación de 250 000 francos para que terminara el trabajo. Cuando Clément Ader envió una carta al ministro de Guerra, general Billot, el 21 de julio de 1897- con cuatro años de retraso sobre el plan original-  para decirle que el Avion 3 estaba listo para realizar las pruebas de vuelo,  ya nadie creía en su proyecto. Por fin, el 14 de octubre de 1897, en presencia de los generales Mensier y Grillon en Satory, Ader en persona pilotaría el Avion 3. El comportamiento del Avion 3 no sería muy diferente al que ya había protagonizado el Eole, seis años antes y las pruebas finalizaron con un accidente del que el ingeniero salió ileso y la constatación de que la capacidad de vuelo del artefacto distaba mucho de las exigencias del convenio de 1892. A pesar de los intentos de Clément Ader por conseguir financiación adicional para reparar el aeroplano, el Gobierno de su país decidiría dar por concluido el asunto, después de dilapidar 600 000 francos.

Alexander Mozhaiskii

Mozhaiskii- retrato

El ruso, Alexander Mozhaiskii, era un oficial de la Marina y desde 1856 empezó a sentir una enorme curiosidad por las máquinas de volar. Después de construir algunos modelos propulsados con gomas y mecanismos de relojería, hizo una demostración a un comité de sabios ruso y consiguió 3000 rublos del Gobierno para seguir con sus experimentos. En 1881 registró la primera patente aeronáutica en Rusia. El invento de Mozhaiskii era un aeroplano de unos 1200 kilogramos de peso y 22,8 metros de envergadura. Empezó a construirlo y pronto se quedó sin dinero. Tres nobles le auxiliarían con 2800 rublos más. Su aeroplano era el más grande que jamás nadie había intentado construir. En 1885, utilizando una rampa, parece que dio un salto de 18 a 30 metros. Mozahiskii nunca logró hacer volar su aparato, por falta de recursos económicos, por falta de una motorización adecuada y por la ausencia de un sistema de control efectivo.

Grandes proyectos aeronáuticos de finales del siglo XIX

Un oficial del ejército ruso, un ingeniero francés, un impetuoso norteamericano afincado en Londres y un astrónomo estadounidense, abordaron proyectos muy costosos a finales del siglo XIX, para desarrollar la máquina de volar más pesada que el aire. Ninguno de ellos logró hacer otra cosa distinta a la de gastar una cantidad significativa de dinero. Dos fabricantes de bicicletas, de aspecto victoriano, en una remota ciudad de Ohio invirtieron una suma mucho más modesta y consiguieron volar.