Lee Ya-Ching la primera aviadora china

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Lee Ya-Ching trabajó en China como actriz de cine mudo, hasta que en 1934 se trasladó a Suiza donde obtuvo la licencia de piloto. Al año siguiente, en la escuela de Oakland de Boeing perfeccionó sus conocimientos aeronáuticos. Sobre la bahía de San Francisco, a unos 600 metros de altura, ese año, Lee Ya-Ching aprendió acrobacia aérea y en una de las clases se le soltó el cinturón de seguridad y se encontró en el espacio vacío, fuera del avión. De pronto recordó que llevaba un paracaídas de emergencia y tiró de la anilla. Cayó al mar y tragó mucha agua, antes de que una lancha la rescatara.

En 1937, cuando Japón invadió China, Lee se presentó voluntaria para volar en la Fuerza Aérea de su país, pero no la aceptaron, aunque al final del conflicto pudo enrolarse en la Cruz Roja para pilotar las aeronaves que transportaban suministros de Hong Kong a Cantón. En aquella época en China, antes de la II Guerra Mundial, a las mujeres no se les permitía conducir un automóvil.

Años después, en 1939, la piloto china recorrió Estados Unidos y Canadá a bordo del Spirit of New China para recolectar fondos destinados a los refugiados de su país.

En 1943, explicó la razón que la llevó a convertirse en la primera aviadora china:

«De muy pequeña, a menudo escuchaba cuentos en las rodillas de mi abuela. Muchas veces me contaba uno que me impresionó mucho. Era la leyenda de una joven mujer que volaba a través de las nubes, ayudando a los pobres y desafortunados. Yo estaba otra vez en China después de estudiar en Europa, y vi con qué rudeza Japón inició su agresión. Entonces y allí, decidí hacer lo que pude por China y empecé a estudiar el arte fascinante del vuelo. Yo sabía incluso entonces que algún día sería capaz de ayudar a mi patria con mis conocimientos de aviación».

No se conoce mucho de su vida tras la II Guerra Mundial. Regresó a Hong Kong, pero en 1960 se estableció en California donde murió en 1998, a la edad de 86 años.

Lee Ya-Ching fue la primera aviadora china.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadoras

El encarcelamiento del aviador más famoso de la historia de España

Ramón Franco en la cárcel_1930

Con Mola en los talones

Cuando el general Berenguer nombró ministro del Gobierno al general Marzo, los dos, de mutuo acuerdo, pensaron en el general Emilio Mola para que se hiciera cargo de la dirección de Seguridad. Mola estaba entonces destinado en Larache y recibió la noticia con sorpresa. Hasta que se hizo cargo de su puesto, en Madrid, el anterior director de Seguridad, general Bazán, que lo había sido a las órdenes del general Martínez Anido, continuaría en su puesto.

Emilio Mola no tenía ninguna experiencia en trabajar con la policía y aquel entorno, en su mayoría compuesto por funcionarios civiles, se le hizo incómodo, complicado y, sobre todo, confuso; la gente hablaba mucho y se contradecía y casi todos se acusaban entre ellos para quedar bien con sus jefes. A Mola le resultaba poco grato el ambiente y además tampoco contaba con un presupuesto demasiado holgado para mejorar la situación. Heredó de su predecesor una colección de espías y confidentes que con cierta prisa reemplazó por otros que le merecían más confianza. Hasta el mes de mayo no logró disponer de un equipo propio en el que pudiera confiar mínimamente.

El primer problema con que se encontró Mola, fue que al gobierno de Dámaso Berenguer, lleno de la mejor buena fe, le costaba muchísimo ganar apoyos en la sociedad española. Los que habían colaborado con la Dictadura lo miraban con recelo y los viejos políticos, con la salvedad de un pequeño grupo de monárquicos que casi todos pertenecían al grupo de Bugallal, se volvieron contra el rey, y de paso, contra su Gobierno. La entrega del poder a Primo de Rivera, tras el alzamiento del 13 de septiembre de 1923, había convertido al rey, a los ojos de la mayoría de los políticos del país, en un traidor a la Constitución española de 1876. El primero en definirse fue Miguel Maura, un hombre de derechas, hijo de Antonio Maura, que se declaró republicano el 20 de febrero de 1930, en una conferencia que pronunció en el Ateneo de San Sebastián. El segundo en manifestarse —y el más esperado por ser el jefe del Partido Conservador y acabar de salir de la prisión a donde fue a parar tras su intento de golpe de Estado de principios de 1929—, fue don José Sánchez Guerra. El 27 de febrero, el ilustre y veterano político español, entre lágrimas y sollozos, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, mostró su rechazo absoluto a Alfonso XIII. Nadie sabía qué iba a decir el político en su discurso —aunque Mola lo sospechaba por las confidencias que le había hecho un policía— y sus declaraciones en contra del monarca, levantaron un inmenso revuelo en todo el país. El recién elegido decano del Colegio de Abogados de Madrid, Ossorio y Gallardo, un maurista, en una perorata que pronunció en el Ateneo de Zaragoza, se alineó con Sánchez Guerra y mostró su rechazo a Alfonso XIII. En el teatro Apolo de Valencia, don Niceto Alcalá Zamora, el 13 de abril denunció su alejamiento definitivo de la monarquía y la necesidad de que en España se instaurase la República. Don Niceto había sido ministro en el último Gobierno constitucional de don Alfonso. Diez días después, en el Ateneo Científico y Literario de Madrid ―uno de los centros donde el ambiente crítico tuvo más eco durante aquella época― el socialista Indalecio Prieto enarboló la bandera revolucionaria y propuso la destrucción del orden establecido, con lo que abogaba sin duda por la República. El 27 del mismo mes, Melquíades Álvarez, jefe del Reformismo y presidente del último Parlamento constitucional postuló su tesis de unas Cortes Constituyentes que remodelaran las estructuras del Estado, una opción que se conocería con el nombre de constitucionalista y que ganó bastantes adeptos.

Tres meses después de la formación del Gobierno de Berenguer, la mayoría de los políticos habían adoptado una postura beligerante con respecto al monarca, optaban por su abdicación o apoyaban claramente un cambio de régimen: de la Monarquía a la República.

El Presidente, apoyado en sus ministros, tenía un plan y casi todos los que lo conocieron de cerca insisten en que actuaba de buena fe. Deseaba convocar unas elecciones a Cortes lo antes posible y, en principio serían a finales de año, pero tuvo problemas con el censo y decidió elaborar uno nuevo, lo que las retrasaría hasta el primer trimestre del año siguiente (1931). Esas Cortes decidirían el modo en que deberían hacerse las elecciones municipales y podrían introducir las modificaciones que estimaran pertinente en la Constitución. Mientras tanto, el Gobierno de Berenguer trató de restablecer las libertades individuales suprimidas por la Dictadura, entre ellas la libertad de prensa. Todo ello tuvo que llevarlo a cabo con escasa colaboración por parte de los vestigios del partido político de Primo de Rivera, la Unión Patriótica (UP), que aún quedaban en el país, y la crítica continuada del resto de los políticos. La UP se debilitó mucho al fallecer, de forma inesperada en París, el general Primo de Rivera, el 16 de marzo. Su cadáver fue trasladado a España y enterrado con todos los honores sin que en la ceremonia se produjeran desórdenes de importancia. El marqués de Estella, murió a causa de su avanzada diabetes, en compañía de sus hijas, en un modesto hotel de la capital francesa.

El general Mola entendió enseguida que era el director de Seguridad de un Gobierno abocado al fracaso, porque las fuerzas que se estaban movilizando en su contra eran abrumadoras. Los políticos no cesaban de hablar mal del monarca y sus discursos calaban en la gente. Muchos militares también eran republicanos y podían hacer gala de ello sin que eso fuera un delito, ya que la libertad de expresión la amparaba el régimen de libertades al que se había comprometido Berenguer. Las preocupaciones de Mola se centraron en los militares republicanos que propagaban la idea de un movimiento subversivo, lo cual sí podía constituir una falta. El director general de Seguridad creía que tan solo un movimiento de fuerza amparado por el Ejército podría tener éxito y derrocar al Gobierno, legítimamente constituido según él; deslegitimado por la actuación del monarca, según la mayoría. Otras dos fuerzas actuaban en aquel escenario: estudiantes y obreros. Los universitarios organizaban frecuentes algaradas en las principales Universidades, que la policía ya había aprendido a controlar. Las revueltas obreras eran mucho más complicadas. En Barcelona los anarquistas empezaron a dar signos de movilizarse, incluso de hacerlo con violencia. Deseaban salvar el protagonismo perdido durante la Dictadura, en favor del Sindicato Libre y de la UGT. Los métodos para reconquistar las cuotas sindicales podían ser bastante agresivos, acompañados de violencia en las fábricas o en los domicilios de los obreros. Sin embargo, la CNT, según muchos de sus afiliados y líderes, solamente estaba en contra del odioso sistema burgués y el capitalista, no tenía ningún credo político, pero siempre se mostró dispuesta a empuñar las armas si hacía falta. En Cataluña, entre anarquistas e independentistas se fueron estableciendo alianzas. Ambos ganaban con una revuelta que derrocara al régimen, ya que esa situación acercaría a unos al Estado Catalán y a otros al Comunismo Libertario.

Con muy pocos medios, el general Mola, trató de componer el escenario de lo que ocurría para prevenir atentados, sobre todo contra el rey y el Presidente que eran los blancos favoritos de los más extremistas, y bloquear cualquier intento de subversión. En sus pesquisas muy pronto fue a dar con el capitán de Ingenieros Alejandro Sancho, de quien tuvo por múltiples conductos referencias de que desempeñaba un papel importante en la preparación de un movimiento en contacto con los anarquistas catalanes. Otro personaje que apareció en sus listas fue Pedro Romero, un militar que conocía bien, y el tercer elemento que nunca faltaba en muchos de los comentarios que recibía fue Ramón Franco.

Barcelona era un centro revolucionario importante. Allí estaba destinado Alejandro Sancho. El 2 de abril, Mola se desplazó a la capital catalana y trató de organizar con su jefe de policía en la ciudad, el coronel Toribio, entrevistas con el líder del Sindicato Único, el anarquista Ángel Pestaña, el del Sindicato Libre, Ramón Sales y el capitán de Ingenieros, Alejandro Sancho. Pudo verse con los dos primeros, pero no con Alejandro a quien conocía de Marruecos y del que tenía un buen concepto. Ramón Sales se comprometió a no liarse a tiros con los del Único y Pestaña también hizo votos para que la situación no se descontrolara con los del Libre, de la UGT no quiso hablar.

A pesar de las notas que le hacían llegar, Mola no estaba muy convencido de que Alejandro Sancho estuviera metido en una conspiración o movimiento subversivo porque, del trato que había tenido con él, lo consideraba un hombre leal a sus jefes. Llamó a Pedro Romero y le advirtió seriamente de que desistiera de sus actuaciones revolucionarias y el militar se mostró bastante dócil, aunque le hizo poco caso. En abril, con respecto a las noticias que le llegaban de Ramón Franco, Mola decidió tener una conversación con su hermano mayor, el general Francisco Franco, y éste escribió la carta cuya contestación ya hemos visto anteriormente. Mola anotó en sus memorias cuales eran sus pensamientos con respecto al aviador: «Preocupaban las andanzas del comandante Franco, no porque se le creyera apto para dirigir una sublevación, pues para ello le faltaba inteligencia, prestigio y otras condiciones indispensables; pero sí se le consideraba capaz de tomar parte en cualquier movimiento revolucionario, ya fuese republicano, sindicalista o comunista: la cuestión era dar satisfacción a sus sentimientos de despecho, reavivar la popularidad y hacer olvidar con un gesto simpático a la galería el fracaso de la última expedición que intentó realizar». Quizá esta frase estuviera condicionada por el revés que le causó al propio Mola una serie de acontecimientos posteriores, pero da a entender que no lo tenía en gran estima.

El día 1 de mayo, Unamuno ―que había regresado a su cátedra de Salamanca después de su destierro en Fuerteventura y Francia― se trasladó a Madrid para pronunciar varias conferencias, lo que originó numerosos enfrentamientos entre la policía y los estudiantes que se saldó con una víctima mortal: un obrero que también participaba en las algaradas. Miguel Villanueva, que conducía el movimiento constitucionalista, le había dicho a Ramón, en algunas ocasiones, que por qué los militares no se unían a los estudiantes en sus refriegas, a lo que el aviador le respondió que no tenía ningún sentido desgastarse con aquellas escaramuzas. La estrategia de los constitucionalistas consistía en erosionar al Gobierno mediante revueltas estudiantiles y, en la medida de lo posible, huelgas, aunque las masas obreras todavía estaban fuera de su control.

Mientras tanto, Ramón Franco se movía por todo el país para hacer proselitismo de la AMR. No disponía apenas de otros medios económicos que los propios y vendió una vivienda para aliviar su situación económica. Poco a poco su postura se fue radicalizando. Al duque de Estremera que poseía una escuela de pilotos cuyas avionetas recorrían los cielos madrileños con un «¡Viva el rey!», pintado bajo sus alas, Ramón y sus compañeros añadieron un poco de esmeril al aceite de los motores, lo que hizo que una de ellas se rompiese al realizar un aterrizaje de emergencia. También contactó con los anarquistas catalanes y en su casa de la Guindalera fabricó bombas de mano que después escondía en una finca de las afueras de Madrid. A finales de mayo compró bombas, le prestó un automóvil a su cuñado, José Díaz, para que las transportase y bajando la cuesta de Baraza fue arrollado por un camión que destrozó el vehículo. Todas las actuaciones de Ramón iban dirigidas a un objetivo único: lograr un levantamiento popular y militar que derrocase la monarquía para instaurar en el país la República, lo antes posible. Sus movimientos, apresurados y sin demasiado orden, discurrían al margen de los republicanos, los constitucionalistas, los anarquistas y los comunistas, con quienes mantenía contactos y compartía el objetivo general, pero sin que existiera entre ellos un plan de acción coordinado.

La AMR contaba con un Comité Central en el que estaban los generales Queipo de Llano y López Ochoa, el coronel Juan García Gómez Caminero, los tenientes coroneles Mariano Muñoz Castellanos de Artillería y López Bravo de Infantería, los comandantes Andrés Fuentes de Infantería, Ramón Franco de Aviación y Lizarza y Jiménez Orge de Caballería y los capitanes Juan Aiza de Caballería, Valdivia y Ordiales de Intendencia, y Díaz Sandino y Pedro Fuentes de Aviación. Felipe Díaz Sandino y Pedro Romero trabajaron muy activamente para coordinar las actividades de la organización con los políticos republicanos, aunque, en general, los miembros de la AMR buscaban un desenlace relativamente rápido al proceso revolucionario, mientras que los políticos se mostraban más cautos.

Uno de aquellos contactos entre la AMR y los políticos republicanos tuvo lugar a principios de verano. Ramón y Pedro Romero fueron a Bilbao a por Indalecio Prieto y de allí marcharon a Hendaya, en donde se reunieron con Miguel Maura y Ramón Viguri, en casa de Ortega y Gasset. Según Franco, las conversaciones fueron difíciles y les costó mucho involucrar a los políticos en el proceso revolucionario. Les amenazaron con unirse a los extremistas y el más reacio de todos fue Miguel Maura que mantuvo un incidente con Pedro Romero, algo violento.

La relación entre Ramón y su esposa Carmen se vio profundamente afectada cuando el aviador inició su existencia de revolucionario. Entre ambos se abrió una brecha de profundo e irreconciliable desentendimiento. Carmen, una mujer hermosa, en la plenitud de la vida, acostumbrada a una existencia desahogada y cómoda de viajes, recepciones, halagos y fiestas, se encontró de bruces con un marido huidizo y bronco, que recuperó sus manías africanas en el desaliño de su forma de vestir y la rareza de sus costumbres. Casi siempre mal afeitado, cambió el sombrero por la boina, se quitó los cordones de los zapatos, a veces no llevaba calcetines y vestía trajes raídos y pantalones arrugados. Su economía, antes desahogada, se fue deteriorando poco a poco y Ramón en casa, se transformó en una especie de huésped que se encerraba con extraños en su despacho y únicamente se mostraba a las horas de comer, cosa que seguía haciendo con mucho apetito. Durante días enteros desaparecía sin que su esposa supiera de su paradero. Carmen no lograba acomodarse a una forma de vida que se le hacía muy difícil de soportar y pasaba largas horas en su dormitorio tratando de consolarse entre lágrimas.

A finales de mayo, el general Mola recibió un anónimo en el que se denunciaba que los republicanos se habían asociado con los militares. En la misiva se especificaba que con la rebelión estaba todo el Cuerpo de Artillería, gran parte del de Ingenieros y muchos jefes y oficiales de otras armas, incluso de Carabineros y de la Guardia Civil. Iba acompañada de una serie de nombres de militares: los generales Aguilera, Miguel Cabanellas, Artiñano, Queipo de Llano, López Ochoa, García Moreno y Riquelme, y también mencionaba a Ramón Franco «célebre piloto del Plus Ultra a quien el pueblo español quiere como un ídolo». De la Marina citaba al capitán de corbeta don Ángel Rizo, a quien le seguían muchos oficiales. El autor del anónimo advertía que los socialistas también terminarían yéndose de la mano de los republicanos y que Miguel Villanueva era el constitucionalista «que dirigía la barquichuela revolucionaria camino de la República».

El director de Seguridad decidió reunirse con Alejandro Sancho. El 11 de junio estuvo en las fiestas de Logroño, San Bernabé, con Eduardo González Gallarza, que lo llevó en avión, y de allí se trasladaron los dos a Barcelona. El coronel Toribio le organizó una entrevista con el capitán de Ingenieros, Alejandro Sancho, en una cafetería céntrica: la Granja Royal de la calle de Pelayo, próxima a la plaza de Cataluña. Mola, apenas reconoció a Alejandro, aquejado de tuberculosis. Su antiguo colaborador le confesó que no estaba metido en política, y que no era comunista, ni anarquista, ni antimonárquico, ni republicano, aunque tenía un gran sentido social y ayudaba a los necesitados y simpatizaba con el nacionalismo catalán. En aquel momento, Mola ya no estaba muy seguro de que dijera la verdad, pero prefirió otorgarle un cierto crédito. Al día siguiente regresó con Gallarza a Madrid.

El 17 de agosto se celebró en el domicilio social de Unión Republicana, en San Sebastián, una reunión entre representantes de casi la totalidad de los partidos republicanos, los nacionalistas catalanes y gallegos, y personas que acudieron a título particular, entre las que se encontraba Indalecio Prieto. En la reunión se llegó a formular una estrategia conjunta para la instauración de la República en España.[i] Lo acordado allí se denominaría Pacto de San Sebastián y tuvo una gran importancia en el desarrollo de la política española durante los siguientes ocho meses. De la reunión surgió un Comité Ejecutivo para dirigir la acción política y el movimiento republicano, si era necesario, constituido por Alcalá Zamora, como presidente, Prieto, Azaña, Fernando de los Ríos, Domingo, Albornoz y Maura[ii]. Ni Ramón ni ningún otro militar participaron en aquella conferencia.

El 17 de agosto, Mola se encontraba de viaje por el norte de España. El 18 regresó de Asturias a Madrid y en su despacho le esperaba una carta de Barcelona de un sindicalista que denunciaba el recrudecimiento de las coacciones y agresiones en las puertas de las fábricas y en los domicilios particulares de los obreros por parte de los anarquistas del Sindicato Único. El director de Seguridad habló con Toribio y le dijo que contactara con Alejandro Sancho para obtener información sobre los anarquistas, pero el capitán de Ingenieros dijo que no sabía absolutamente nada del asunto. Mola reanudó su periplo por el norte del país, el 24 estuvo en Santander y el 25 pasó por San Sebastián donde sus policías desconocían lo que había ocurrido en la reunión de los republicanos del día 17.

Sin embargo, Alejandro Sancho estaba al corriente de lo que pasaba en Barcelona con la CNT. El capitán de Ingenieros contactó con Ramón Franco quien con Felipe Díaz Sandino y otro militar, Lacacy, acudieron a Barcelona para reunirse con los anarquistas. Ramón había conocido a Lacacy, un individuo que se mostraba siempre muy excitado, en el banquete que se celebró en Madrid en honor de Marcelino Domingo. En la reunión de Barcelona los obreros de la CNT manifestaron su disgusto porque no tenían armas y además, el golpe se retrasaba mucho. Se mostraron también muy escépticos con el Comité que había salido del Pacto de San Sebastián. Marcaron una fecha límite, a mediados de octubre, en la que si no se producía el golpe de Estado ellos tomarían sus propias decisiones al margen de los militares y los republicanos.

El director de Seguridad se enteró de los movimientos de Ramón en Barcelona, a principios de septiembre, a través de un informador del coronel Toribio que se expresaba de la siguiente forma:

«En estos días han estado en Barcelona el comandante Franco, acompañado de otros dos militares llamados Sandino y Lacacy; éstos fueron esperados por el capitán de Ingenieros Sancho, encargado de las obras del puerto franco, quien les condujo a una clínica de obreros establecida en las cercanías del Paralelo, en una de cuyas habitaciones interiores les esperaban unos catorce o diez y seis individuos sindicalistas y separatistas, entre los que se encontraban Carbó y Peiró. Puestos al habla, se trató de dar forma práctica a la colaboración de los elementos militares en el movimiento obrero y republicano, nombrándose, después de larga discusión, comisiones ejecutivas de unos y otros sectores, recayendo la de los militares en los señores Sandino, Franco y Sancho».

Mola comentó la nota con el general Marzo y con el presidente del Gobierno. Acordaron que debían tomarse medidas extraordinarias, alertar y preparar a la Guardia Civil en las principales capitales porque en ellas era necesario evitar, a toda costa, que el movimiento triunfase. El director de Seguridad pensaba que los golpes que tenían éxito eran aquellos que triunfaban en las poblaciones más significativas del país. El 8 de septiembre, Mola envió instrucciones a los gobernadores civiles para que organizaran un plan de concentración de fuerzas en las capitales.

De Barcelona, Sandino regresó en tren a Madrid, pero Ramón y Lacacy se quedaron algún día más y después, en automóvil se desplazaron a Lérida para reunirse con un tal Arqués y tratar sobre el aprovisionamiento de armas que, con tanta urgencia, les requería la CNT. De la reunión, el general Mola tuvo un detallado informe. No se podía imaginar Ramón que viajaba con uno de los mejores agentes del director de Seguridad: el comandante Lacacy[iii]. El agente informó con detalle y prontitud a su jefe de lo que ocurrió en Lérida:

«En Lérida, en un almacén de maquinaria agrícola, propiedad de don Francisco Arqués, sito en el número 36 de la calle de Fernando, de dicha población, el comandante Franco sostuvo con éste y otro individuo, cuyo nombre se desconoce, de unos veinticuatro años, artesano, con domicilio en Tremp, una conversación sobre la provisión de armas, o mejor dicho, sobre el modo de adquirirlas, en la que el artesano citado, que parece era el encargado de ello, expuso las dificultades de comprarlas al por menor en Eibar, en donde, en cambio, sí se pedían de 50 000 para arriba, la operación sería más fácil porque los industriales de dicha zona podrían improvisar una fabricación clandestina para servir el pedido. Franco contestó que no había dinero para tanto, y entonces el joven desconocido les convenció, y así quedó acordado en principio, de que lo más conveniente era adquirirlas en Saint-Etienne.

»El tal Arqués tiene un hermano banquero en el mismo Lérida, el cual, cuando estaban conversando sobre esto, entregó sin explicaciones a Franco un fajo de billetes que éste se guardó sin decir una palabra.

»También se dijo en dicha conversación que lo que importaba por el momento era la adquisición por lo menos de 200 pistolas, suponiendo el informante, dada la fecha en que esto sucedía —primeros de septiembre—, de que lo que se trataba era de armar a los dependientes de comercio, para asaltar el local social del Sindicato Libre por el despojo de que fueron víctimas en tiempos de la Dictadura.

»El comandante Franco, en sus conversaciones, alardea de haber fabricado bombas de mano con la colaboración de su suegro y cuñado, y cree el informante que esto pudiera tener relación con manifestaciones hechas por…, con domicilio en…, el cual, lamentándose de que en estas revueltas unos cobraban o manejaban fondos a placer y otros no hacían más que sacrificarse, afirmó, que aún no le habían pagado a él quinientos metros de mecha facilitados, con algunas cantidades de dinamita, para la fabricación de bombas».

A mediados de septiembre Mola sabía la que se le avecinaba. Tenía el convencimiento de que la revolución se produciría en octubre. Disponía de una relación de militares y marinos comprometidos que pasaba del centenar, entre ellos varios generales, pero el director de Seguridad pensaba que Dámaso Berenguer era muy blando. Con respecto a Ramón Franco, el presidente del Gobierno le había dicho:

«A Franco vigílelo, procurando causarle las menores molestias. Llegado el movimiento, si se produce inopinadamente, o días antes, si logramos saber la fecha con precisión, lo detiene usted con cualquier pretexto, para evitar que tome parte en él, pues sería para mí una gran contrariedad verme obligado a proceder contra ese chico, que es capaz de cualquier tontería»[iv].

Vigilar a Ramón no era fácil porque contaba con abundantes recursos y muchos amigos, se movía con rapidez y los sabuesos que lo seguían, a veces se aliaban con el perseguido. Además, Ramón recibía información de las actuaciones de la policía a través de las filtraciones de los colaboradores y miembros de la AMR, que eran muchos.

Tras la reunión del Pacto de San Sebastián, los socialistas, cuyos representantes estuvieron presentes a título personal por la posición inicial de Besteiro y Largo Caballero ―partidarios de una evolución pacífica―, recibieron información de lo ocurrido a través de Fernando de los Ríos. Días después decidieron incorporarse al movimiento con lo que la poderosa UGT pondría a disposición del grupo republicano sus amplias bases obreras.

En septiembre, el Comité Ejecutivo republicano empezó a reunirse, casi a diario, en Madrid, en la biblioteca de la casa que tenía Miguel Maura en la calle Príncipe de Vergara; su primera decisión fue la de organizar un Gobierno en el que se repartieron las distintas carteras.

A su regreso de Barcelona, Ramón fue a ver a Miguel Maura para informarle de que la CNT necesitaba armas y los anarquistas estaban muy nerviosos y habían puesto una fecha límite a partir de la cual se podrían descolgar si no se producía el movimiento. El capitán Alejandro Sancho también viajó de Barcelona a Madrid para visitar a Maura y hacerle entrega del mismo mensaje. Los militares eran el enlace del Comité Ejecutivo con los anarquistas. A juicio de Ramón, el Comité Ejecutivo no parecía estar dispuesto a facilitar el dinero que se le pedía. En algún momento se comentó que dispondrían de fondos que proporcionaría el millonario Juan March, pero después resultó que no fue así. En uno de sus muchos y habituales arranques, Ramón se ofreció como voluntario para secuestrar al mallorquín.

Ramón Franco se aburría en las reuniones en casa de Maura. No veía con buenos ojos que, mientras la revolución esperaba, el Comité Ejecutivo pasara una noche entera discutiendo la composición del Gobierno de la República. Cuando se repartieron las carteras, las reuniones se empezaron a efectuar en el Ateneo, porque allí se les daba mayor solemnidad, y Ramón Franco dejó de ir. Lo sustituyó Díaz Sandino que a los miembros del Comité Ejecutivo —según Ramón— «les parecía más dúctil, menos impaciente y más pastelero».

El último domingo de septiembre, en la plaza de toros de Madrid, se produjo un gran acontecimiento de solidaridad republicana. En un grandioso mitin hablaron Martínez Barrios, Azaña, Marcelino Domingo, Alcalá Zamora y Lerroux. El optimismo de los políticos republicanos empezó a ser desbordante.

El general Mola seguía los acontecimientos políticos con retraso y confusión, pero estaba muy pendiente de lo que ocurría en Cataluña y con ciertos militares. Al final de la primera decena de octubre, un agente secreto, de absoluta garantía, le dio cuenta de que en Barcelona, los separatistas, algunos militares, y la CNT, desconfiando de los acuerdos alcanzados en la conferencia de San Sebastián, habían decido lanzarse por su cuenta según un plan de «gran envergadura». Al principio, el director de Seguridad no dio mucha importancia al documento, pero horas después de recibirlo, en la madrugada del día 9 de octubre, el coronel Toribio le informó que en Barcelona se había celebrado una conferencia en la que se acordó lanzar el movimiento. Aunque no estuvieron en la reunión, entre los comprometidos figuraban Alejandro Sancho y Ramón Franco.

Tras consultar con el ministro de la Gobernación, Mola ordenó al coronel Toribio que detuviera a los implicados, aunque antes debía avisar a Sancho para que se pusiera a salvo advirtiéndole que «así pagaba él las deslealtades de los amigos»; si tras su aviso, Alejandro se dirigía a la estación para coger un tren a Zaragoza le dio orden de que lo detuviese, y eso es lo que sucedió.

Mola llamó al general Francisco Franco para que hablara con su hermano. El día 10 de octubre cenaron juntos. Aquella tarde Ramón había estado con Niceto Alcalá Zamora y lo encontró muy pesimista, el político creía que lo iban a detener en cualquier momento. Ramón también sabía que durante los últimos días llevaba a la policía tras sus talones a todas horas. Veía físicamente a los policías que se turnaban para seguirlo y recibía de sus amigos multitud de copias de telegramas con instrucciones que salían de Madrid a los gobernadores civiles para que lo vigilaran en Salamanca, en Zaragoza o en Segovia, allá donde pensaban que podía ir.

Durante la cena, Francisco fue muy claro. Mola le había dicho que si continuaba con sus actividades lo detendría. Ramón lo sospechaba. Esa noche se acostó muy tarde, pero aliviado porque no parecía que su detención fuera a ser inmediata como se temía. Sin embargo, aquella misma noche Mola recibió una copia de las declaraciones que había hecho Ramón en el diario Política de Córdoba. Fue la gota que colmó el vaso y el director de Seguridad ordenó el encarcelamiento del aviador Ramón Franco. Para Francisco, la noticia no era buena, pero resultaba un alivio ya que así no detendrían a su hermano por causas más graves, cuyas consecuencias podían llevarlo ante un pelotón de fusilamiento.

 

[i] Los asistentes fueron: Fernando Sasiaín, Alejandro Lerroux y Manuel Azaña, por Alianza Republicana, Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz y Ángel Galarza por el Partido Republicano Radical Socialista, Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura por la Derecha Liberal Republicana, Manuel Carrasco Formiguera, por Acción Catalana, Matías Mallol Bosch por Acción Republicana de Cataluña, Jaime Aiguadé por Estat Catalá, Santiago Casares Quiroga por la Federación Republicana Gallega, y Felipe Sánchez Román, Fernando de los Ríos, Eduardo Ortega y Gasset e Indalecio Prieto, como invitados con carácter personal, adhiriéndose también Gregorio Marañón que, por encontrarse en Francia no pudo asistir.

[ii] Así cayó Alfonso XIII, Miguel Maura pg. 72

[iii] «Lacacy percibía entre siete mil y catorce mil pesetas por traicionar a su camarada Ramón Franco». Franco el Republicano, José María Zavala, pg. 241

[iv] Lo que yo supe, Emilio Mola pg. 183

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

El extraño accidente del vuelo 5390

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El avión británico, BAC 1-11, fue uno de los primeros reactores comerciales que entró en servicio tras el famoso avión francés Caravelle. Lo fabricó la British Aircraft Corporation (BAC) y empezó a operar en el año 1965, poco antes que lo hicieran los DC-9 y Boeing 737.

Un BAC 1-111, fabricado en 1977, protagonizó un curioso accidente en el vuelo 5390 de British Airways cuyo comandante era el capitán Tim Lancaster. Despegó de Birmingham el 10 de junio de 1990 con destino Málaga y cuando alcanzó poco más de 5000 metros de altura, Lancaster vio cómo el cristal del parabrisas delantero desaparecía de su vista y una fuerza irresistible se lo llevaba por el hueco que dejó el cristal. El capitán quedó con el torso fuera del avión y las piernas dentro. Pudo ver la cola de la aeronave y los motores, a pesar del intenso frío que sentía en su cabeza. Poco después perdió el conocimiento. La puerta de la cabina de los pilotos saltó del marco y se fue contra los mandos de gases. Nigel Ogden, un azafato, corrió a sujetar a su comandante por el cinturón para que no se precipitase al vacío, mientras el copiloto, Alastair Atchison, iniciaba un rápido descenso. Como la cabina de vuelo se llenó de vapor de agua y además el ruido era ensordecedor, resultaba difícil comunicarse con el centro de control de tráfico aéreo.

Entre tanto, Lancaster se salió un poco más y desde el interior podían ver su cabeza que golpeaba la otra ventanilla que no se había roto. Se dieron cuenta de que tenía los ojos abiertos, pero que no parpadeaba a pesar de los golpes y pensaron que había fallecido. Aun así y todo, Alastair le dijo a la tripulación que lo sujetaran bien fuerte porque si se desprendía era posible que su cuerpo fuera a parar al motor izquierdo, lo que provocaría una parada inmediata del mismo. A Nigel Odgen, en su difícil tarea, lo reemplazaron el sobrecargo John Heward y otro compañero suyo, Simon Rogers.

Con dificultad, Atchison logró hacerse entender y que le autorizaran un aterrizaje de emergencia en Southampton. La gran sorpresa para todos fue que Lancaster, después de pasar más de veinte minutos en aquellas condiciones, seguía vivo, con heridas en la cara, un fuerte shock, congelación, y roturas en el brazo derecho, pulgar izquierdo y la muñeca derecha. Nigle Odgen también tenía dislocado el hombro, congelación en la cara y daños en el ojo izquierdo. El resto de la tripulación y todos los pasajeros estaban bien, por lo que el accidente se saldó sin pérdida de vidas humanas.

El problema con el parabrisas lo originaron los tornillos que lo sujetaban porque el cristal se había cambiado hacía poco tiempo y no eran los adecuados. Es evidente que el mecánico que hizo el trabajo no se ajustó a los procedimientos, pero los investigadores insistieron aún más en la necesidad de que un trabajo de esta naturaleza debe ser verificado antes de darse por bueno, y que es necesario que los supervisores asuman sus responsabilidades de control de calidad.

 

El Gamma que Howard compró a Jackie

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(De Los Ángeles al cielo– Memorias de DC-1)

 

Jack Frye y Howard Hughes mantenían una buena relación. En enero de 1936 la TWA ya no sabía qué hacer conmigo y me vendió al multimillonario, que pensaba dar la vuelta al mundo con un aeroplano. Para el magnate no se trataba de realizar una proeza aeronáutica, sino de demostrar que una máquina de volar moderna era fiable y que si se planificaba una operación con todos los detalles necesarios para ejecutarla no había más que seguir el libro de instrucciones.

Quizá lo único bueno de aquella transacción fue la oportunidad de regresar a California porque la empresa que me compró, en nombre de Hughes, era la Western Aero & Radio Co de Burbank.

Antes ya te he hablado de Howard Hughes, mi tercer dueño, después de Don y Frye. Lo observé con detalle y he de decirte que escuché muchos comentarios acerca de él, de la gente que le rodeaba. Hughes era un hombre alto y delgaducho, aunque fibroso, de grandes ojos que caminaba con la cabeza inclinada hacia adelante. Solía vestirse con cierto desaliño, con prendas mal planchadas que le venían grandes; tenía un aspecto aniñado que inspiraba compasión a las mujeres. Era un coleccionista de amantes con las que mantenía relaciones bastante superficiales. Podía ser dulce y suave, aunque oía mal y muchas veces gritaba al hablar; su voz era nasal, aflautada y desagradable. Su aspecto apocado, no desvelaba su verdadero talante, despótico, arrogante, abrasivo, cínico, desconsiderado y a veces agresivo. Había heredado de su madre el pánico a los contagios, la contaminación y las bacterias; también era un hipocondríaco como ella y estaba lleno de manías relacionadas con su higiene y su alimentación. Se sometía a una estricta dieta de huevos, leche, galletas con chocolate, filetes y guisantes; era abstemio, no fumaba, no tomaba café ni probaba ninguna verdura que tuviera hojas y su extraño régimen le produjo siempre estreñimiento. Pasaba largas horas sentado en la taza del váter del cuarto de baño, donde no le importaba recibir a sus colaboradores y celebrar reuniones, mientras hacía verdaderos esfuerzos por defecar sin importarle el mal olor que tenían que soportar sus invitados. Podía dedicar mucho tiempo a la lectura del Wall Street Journal; los balances y estados financieros de empresas junto con los manuales técnicos le interesaron siempre más que la literatura, la filosofía o el arte. Howard Hughes también era un gran innovador, buen técnico, excelente piloto, hábil con las herramientas, decidido y valiente, y tenía una visión especial para los negocios, pese a que siempre hiciera las cosas sin apenas reparar en gastos, lo que hubiera sido imposible sin el negocio de las brocas petrolíferas que heredó de su padre y que con tanto acierto sabía manejar Noah Dietrich.

Antes te he contado que Howard Hughes, en 1934, había contratado a Dick Palmer, Bill Seidel y su hijo Gus y a otros ingenieros y mecánicos para que le construyeran el avión más rápido del mundo. Noah Dietrich se hacía cargo de las facturas y en agosto de 1935, tras haber trabajado en secreto durante unos quince meses, los hombres de Hughes terminaron su avión que al final le llamarían Racer. Howard quiso probar el aparato antes que nadie y realizar los vuelos de prueba. Hizo que lo llevaran al aeródromo de Mines y durante varios días carreteó por las pistas de rodadura, arriba y abajo, sin despegar. El 15 de agosto estaba en la carlinga de su avión cuando fue alguien al aeropuerto a decirle que Will Rogers y Wiley Post habían muerto en un accidente aéreo en Alaska. Wiley ostentaba el récord aéreo de velocidad, alrededor del mundo y Howard había mantenido un romance con la hija de Rogers. Hughes dejó las pruebas durante unos días, hasta el 18 de agosto día en que se decidió a volar por primera vez con el Racer.

Howard cambió sus planes y en vez de tratar de ganar el Trofeo Bendix, de Burbank a Cleveland, decidió que intentaría batir el récord mundial de velocidad en un trayecto de 3000 metros que, desde hacía un año, estaba en manos de un francés: Raymond Delmotte con un Caudron C-460.

Howard convocó a un jurado internacional en el aeropuerto de Eddie Martin, en Orange County, al sur de Los Ángeles. El 13 de septiembre de 1935 Amelia Earhart y Paul Mantz acudieron para testificar los resultados del vuelo de Hughes con el Racer. Dio siete pasadas a gran velocidad, con un promedio de 352,8 millas por hora, lo que suponía batir el récord con un amplio margen de más de 30 millas por hora. Y todavía quiso dar otra pasada más, pero se quedó sin combustible y no pudo trasvasar queroseno de un depósito de reserva. Aterrizó de emergencia, con el tren metido, en un campo de remolachas en Santa Ana. Glenn Odekirk fue el primero en llegar al avión:

 

─¿Estás bien? –le preguntó.

─Lo hará mejor, Ode, sé que volará a 365 millas por hora –contestó Howard.

 

Hughes se había convertido en el piloto más rápido del mundo y a continuación se empeñó en que lo que quería era un récord de distancia.

Jackie Cochran, una joven piloto, tenía un Gamma en el aeropuerto de Mines, un avión cuyas características eran idóneas para ejecutar la misión que Howard pretendía asignarle, aunque habría que cambiarle el motor y equiparlo con una hélice de paso variable. Cochran se casó en 1936 con Floyd Bostwick Odlum, uno de los hombres más ricos de Estados Unidos, pero cuando Howard le quiso comprar el avión, ella aún no había contraído matrimonio con Odlum y no disponía de mucho dinero por lo que se resistió a vender el Gamma. La joven piloto, con su Northrop Gamma quería participar en el trofeo Bendix. No obstante, Howard le hizo una oferta para alquilarlo, casi por lo que le había costado el avión, y Jackie no pudo rechazarla. Con aquel aparato, después de modificarlo, Howard voló desde Burbank hasta Newark el 13 de enero de 1936, en 9 horas, 27 minutos y 13 segundos. El récord lo tenía entonces uno de los pilotos que había contratado para la película Ángeles del infierno, el coronel Roscoe Turner, en 10 horas 2 minutos y 57 segundos. Te dije antes que yo también lo había ostentado, cuando volé con Jack Frye, en febrero de 1934, aunque tardamos 13 horas y 4 minutos. Cuando Howard llegó a Newark era de noche y únicamente salió a recibirlo la persona que se encargaba del cronómetro oficial. Sin embargo, a nosotros nos recibió una turbamulta de periodistas y curiosos.

A Hughes, el premio le valdría el trofeo Harmon International como mejor aviador de 1936 que le entregó el presidente del Gobierno, Roosevelt. El multimillonario había conseguido su propósito de convertirse en el aeronauta más importante del país.

Pero, Howard tenía puestos los ojos en otra hazaña, todavía más difícil, que consistía en batir el récord de Wiley Post volando alrededor del mundo. Wiley había fallecido en un accidente de aviación en Alaska hacía poco tiempo y no se enteraría. Post empleó siete días y diecinueve horas en circunnavegar el planeta en 1933, volando en solitario, con su Lockheed Vega 5C, Winnie Mae.

 

(De Los Ángeles al cielo– Memorias de DC-1)