En el aeropuerto

mauritanos

 

Esta es un historia real a la que le he cambiado algunos nombres, escenas y personajes; la he novelado por decirlo de algún modo. Creo que es una forma de contar cosas que han sucedido sin comprometer a nadie. En un libro corto he conseguido reunir varias de estas historias: reales y deformadas.

Me ha dicho Leo que son unos quince o veinte individuos y todos llegaron de Nuadibú a Las Palmas con pasaportes falsos, según la policía española. No les dejaron entrar. Han transcurrido más de quince días y siguen allí, en el aeropuerto, atendidos por la Cruz Roja que les da de comer, mantas para dormir y medicinas. Hablan árabe entre ellos, a veces francés y también un tercer idioma. Hay varios niños de seis a doce años, cuatro o cinco mujeres y alrededor de seis hombres, tres de ellos de edad avanzada. El que se erige en líder del grupo es un varón, bastante mayor, de ojos oscuros profundos que se hace entender en español con alguna dificultad. Dice que son una familia de mauritanos que ahora busca asilo político en el Reino de España.

Leo opina que la postura del Ministerio del Interior español es demasiado inflexible. No quieren dejarlos entrar en el país porque creen que son terroristas, aunque a él le ha comentado el personal del aeropuerto de Gando que no lo parecen. La situación empieza a ser insostenible de forma que, hoy, nuestros empleados de Las Palmas y la policía han ideado un plan para deshacerse de ellos. Les hemos facilitado a todos billetes en un vuelo de Air Mauritanie de Las Palmas a Nuadibú y los vamos a embarcar, esta tarde, con sus pasaportes para devolverlos al país de origen. Parece que esa va a ser la única forma de liberarnos de ellos, de lo contrario me temo que se quedarán a vivir para siempre en el aeropuerto de Gando.

Nadie se explica cómo ha podido ocurrir, pero cuando el avión de Air Mauritanie iba a cerrar las puertas, el comandante ha comunicado al centro de control de la torre que en su avión había embarcado un grupo de gente con pasaportes mauritanos falsos. Desde el centro de control le han informado que la policía española había inspeccionado la documentación del citado grupo sin detectar ninguna irregularidad. El comandante, muy airado, se ha negado a despegar con los supuestamente falsos mauritanos; ha dejado el avión en la plataforma y, con su tripulación, se ha marchado al hotel donde habían pasado la noche anterior. Desde el aeropuerto le han hecho llegar el aviso de que ya habían desembarcado al grupo y que hiciera el favor de regresar a la plataforma para tomar su aeronave y salir de Las Palmas con su tripulación y el pasaje lo antes posible. Leo me ha llamado esta noche a casa para contarme lo que ha ocurrido con todo detalle.

Los mauritanos siguen en el aeropuerto de Las Palmas viviendo de la caridad de la Cruz Roja Internacional. Leo dice que son exactamente dieciséis personas: cinco muchachos, ni siquiera adolescentes, cinco mujeres y seis hombres, tres de ellos de avanzada edad. Algunos tiene facciones bereberes y parecen bidanis de raza blanca; el resto son más oscuros. El que actúa como jefe es un bidani que todos respetan. Entre ellos se entienden en árabe, o en alguna variante de ese lenguaje, a veces en francés y en ocasiones dicen que también les han oído palabras en italiano.

Ahora, Leo y el director de Seguridad, han pergeñado otro plan que me parece mucho más complicado que el anterior que no ha funcionado. Los quieren traer a Madrid, donde la policía tampoco les permitirá entrar en España, y después pretenden embarcarlos en un vuelo especial, nuestro, a Trípoli. La idea de que son un grupo terrorista que trabaja para Gadafi ha calado, Leo ya no lo duda.

Antes de que los traigan he hablado con el secretario de Estado de Seguridad. Le he explicado lo que ocurría con este grupo y que habíamos pensado en trasladarlos a Madrid desde donde será más fácil repatriarlos. Él ya estaba al corriente de todo. Me sugiere que los dispersemos, que nos deshagamos de ellos de uno en uno, o como mucho de dos en dos. Eso es lo que solemos hacer en circunstancias similares, que son más de las que yo me podía imaginar, con otros individuos que nos rechazan en la frontera de algún Estado. Los ̕recolocamos’ en otros países. Pero, en este caso, los dieciséis mauritanos se han opuesto de forma radical a que deshagamos su grupo. Prefieren permanecer unidos, aún a costa de entorpecer el modo de encontrar un país de acogida. El secretario de Estado de Seguridad ha hablado a su vez con el ministro del Interior que se ratifica en su firme voluntad de no permitir que a estos individuos se les autorice la entrada en España. Tiene la convicción absoluta de que trabajan para el terrorismo libio. Es posible que disponga de información que nosotros no tenemos. Le he pedido ayuda para ejecutar el plan de Leo, nuestro director de Seguridad y creo que también de la policía, que consiste en llevarlos a Trípoli desde Madrid.

Ayer llegaron los mauritanos a Madrid; Leo no pudo resistir la curiosidad y fue a verlos. El grupo le impresionó por su aspecto. Los mayores se visten con ropajes tradicionales de su país: los hombres con pantalones sarruel, gruesos cinturones de cuero, camisas boubou con grandes bolsillos en el pecho, o caftanes, y algunos con un haouli anudado a la cabeza, las mujeres enrolladas en vistosas mulafas. Las más jóvenes se cubren con telas de colores, aunque llevan pantalones vaqueros y los muchachos lucen camisas y pantalones de estilo occidental. Forman un conjunto muy llamativo por la mezcla de blancos, azules, negros, bordados amarillos y telas estampadas con figuras geométricas que cubren todas sus carnes. Durante casi una hora estuvo con el líder del grupo. Habla francés bastante bien y un poco de español. Leo dice que se pudo entender con el mauritano porque las deficiencias de su francés las suplía con el escaso conocimiento de español de su interlocutor. Se llama Amadou Kandé. Leo me lo ha descrito como un varón mayor, de tez oscura, pelo bien rasurado muy blanquecino, orejas descubiertas, bigotillo, barba encanecida y cuello erguido. De estatura mediana, vestía un elegante caftán azul claro, algo raído, y se expresaba con mucha dignidad. Él y su familia son oriundos del Sahel sudoccidental, descendientes de hasaníes que no muchos años atrás se dedicaban al pastoreo. La familia prosperó y abandonó los rebaños para comerciar con telas y pieles. Hace dos años se desencadenaron revueltas entre campesinos y ganaderos, en las que terminarían también peleando senegaleses contra mauritanos. Los Kandé decidieron trasladarse a Nuadibú, donde creyeron que estarían más protegidos. Allí, Amadou abrió nuevas tiendas y se estableció con su familia. En la ciudad tuvo ocasión de encontrarse con otros parientes que no había visto desde hacía mucho tiempo, algunos acudieron a él para pedirle favores y otros, que estaban mejor situados, le ayudaron en los negocios. Amadou me explicó que los Kandé descienden de un emir cuyo poder, en la época de los franceses, se extendía en una amplia región del Sahel sudoccidental. En Nuadibú los parientes empezaron a otorgarle el mismo reconocimiento que antaño merecían los emires cuya principal misión era la de actuar como árbitros en las disputas religiosas o de carácter civil. El gobierno del país estaba en manos de un general, Oud Taya, que se había inmiscuido en los negocios privados para recaudar dinero y muchos comerciantes de las clases acomodadas no eran bien vistos por el poder. La antipatía era recíproca y la desconfianza en el orden establecido por el nuevo dirigente se había generalizado entre la exigua clase empresarial del país. Hasta el empresario Hamida Bucharaya, el rey de la pesca, tuvo que pagar una ingente cantidad de dinero para librarse de la cárcel porque según los funcionarios de Oud Taya su flota pesquera no hacía entrega de las capturas a la Sociedad Mauritana de Comercialización de Pescado. Cuando la policía detectó que en casa de Amadou Kandé se reunían grupos de pequeños comerciantes con demasiada frecuencia y, a veces, el empresario, actuaba como árbitro para resolver diferencias entre ciudadanos, empezaron sus problemas con el Gobierno. Un día registraron uno de sus comercios y otro día se presentó en su casa la policía también con una orden de registro. No sabía qué buscaban y no encontraron nada, porque en realidad la actuación policial no era más que un aviso. Su primera mujer, Kadiaba, le sugirió que abandonaran Mauritania. Su hermano, Babacar Sidibé, había abierto una tienda en Las Palmas y le iba muy bien; seguro que él podría ayudarles a instalarse en España. Amadou no había tenido noticias de Babacar desde que tomó a su segunda esposa: Cheicka. Al hermano de Kadiaba no le pareció bien la decisión de su cuñado porque era una costumbre antigua y dejaron de verse. Después Babacar se trasladó a Las Palmas y todo lo que supo de él fue a través de Kadiaba; las noticias que le llegaron daban a entender que el hermano de su primera mujer prosperaba en España. Amadou escribió a Babacar para enterarse de cómo podía instalarse en nuestro país y le envió bastante dinero, a través de terceras personas, para que lo fuera guardando y así cuando llegaran ellos contarían con algo con qué empezar. Llevaba apuntados en sus libros todos los envíos y sumaban una cantidad importante de ouguiyas que su cuñado habría cambiado a pesetas. Cuando creyó que tenía suficiente dinero en España para empezar allí con un pequeño negocio decidió llevarse a toda la familia. Aunque pensaba dejar las tiendas de Nuadibú abiertas, con personas de confianza a su cargo, desconocía qué medidas podían tomar las autoridades en contra de los suyos si él abandonaba definitivamente el país; lo mejor era que se fueran todos. Además, ninguno de ellos había salido de Mauritania y sentían cierto temor a hacerlo, sobre todo sus dos hermanos que eran también mayores, como él. Babacar ─el hermano de su primera mujer, Kadiaba─ le asesoró para que la policía mauritana les facilitara los pasaportes y lo puso en contacto con empleados de nuestra aerolínea que le vendieron los billetes de avión para toda la familia. En total eran dieciocho personas: él y sus dos esposas, su hijo soltero de la primera esposa, sus dos hijos de la segunda mujer con sus respectivas esposas, sus dos hermanos, uno viudo y el otro con su esposa, un sobrino, también con la esposa, y cinco nietos. Embarcaron en Nuadibú y los oficiales de la policía se mostraron muy amables con ellos. El empleado de la línea aérea que estaba en el mostrador de facturación les pidió los pasaportes, pero un funcionario de policía salió al paso para recogerlos y decirle que luego se los mostrarían ya que los tenían que revisar ellos primero. Es lo que hicieron porque antes de que cerraran las puertas del avión subió a bordo otro policía para devolverles los pasaportes. Amadou desconoce el motivo por el que Kadiaba y su hijo se sentaron en el avión en la parte delantera, en un compartimento separado por una cortinilla, mientras que todos los demás fueron juntos en la parte de atrás de la cabina de pasajeros. Cuando llegaron a Las Palmas la policía no les dejó pasar. Les dijeron que aquellos pasaportes no eran válidos. Eso es lo que les ocurrió a todos, menos a Kadiaba y a su hijo mayor que ya no los volvieron a ver y supuso que habrían pasado el control de policía o estaban retenidos en otro lugar. Amadou ha podido hablar por teléfono varias veces con su cuñado Babacar que le repitió, una y otra vez, que no se explica por qué los han retenido ya que Kadiaba y su hijo no tuvieron ningún problema con la policía y los dos están bien, en su casa. Sin embargo, ahora, cuando llama a casa de su cuñado le dicen que no está, ni él ni Kadiaba ni su hijo y que tampoco saben cuándo regresarán. Amadou también se ha entrevistado con funcionarios mauritanos del consulado en Las Palmas. Le escucharon con atención, tomaron nota de todo cuanto les había ocurrido y no ha vuelto a saber nada de ellos. Ha llamado en múltiples ocasiones por teléfono a las oficinas del consulado y siempre le pasan con una persona con voz de mujer joven que le dice, en un francés muy correcto, que no se preocupe porque todo se arreglará.

Leo cree que esas personas no pueden ser terroristas ni agentes secretos de Gadafi, se lo ha dicho a nuestro director de Seguridad y a la policía. Ha localizado el lugar donde vive Babacar Sidibé en Las Palmas y la tienda que tiene en aquella ciudad. Ha intentado hablar con el cuñado de Amadou, pero en su casa y en la tienda siempre responden lo mismo y es que ha salido de viaje y no saben cuándo regresará. También ha preguntado por Kadiaba y por su hijo, pero las personas con las que ha podido hablar dicen que no los conocen. Leo me ha dicho que la policía debe tener información que no quiere darnos. La policía está al corriente de la historia que Amadou Kandé le ha contado, ha interrogado a Babacar Sidibé y parece que también a Kadiaba. No están convencidos de que exista algún parentesco entre Kadiaba y Amadou, aunque sí lo hay entre Babacar y Kadiaba: con casi toda seguridad son hermanos.

Los empleados de la aerolínea en Nuadibú han confirmado a Leo que la policía recogió los pasaportes del grupo de dieciocho personas en el que viajaba Amadou, en el mostrador de facturación, antes de que ellos pudieran verlos. Les dijeron que luego se los mostrarían, pero no lo hicieron y fue la policía la que los entregó a sus propietarios en el avión muy poco antes de que cerraran las puertas. La versión del jefe de escala en Nuadibú de la compañía coincide con la de Amadou. Ya se les ha recordado a nuestros empleados en el aeropuerto de Nuadibú que tienen la obligación de comprobar que los pasajeros embarcan en la aeronave con la documentación exigible para acceder al país al que se dirigen. Aquella vez no se hizo, pero tienen una buena disculpa ya que fue la policía local la que, con su actuación, impidió que se siguiera el procedimiento establecido. Para Leo está claro que las autoridades mauritanas quieren deshacerse de estas personas; lo que no resulta evidente es el por qué. De acuerdo con la versión de Amadou todo parece apuntar a una especie de venganza urdida por Kadiaba y su hermano Babacar. Para ello, tendrían que haber comprado los servicios de la policía mauritana sobornando algún funcionario público de suficiente nivel. La otra posibilidad es que sean individuos que, por otros motivos, las autoridades mauritanas no quieran en su país. Lo que Leo no ha podido averiguar es qué dicen los mauritanos en relación con este asunto. Se ha personado en la embajada de Mauritania en Madrid y no ha conseguido ninguna información porque le han comentado que, al tratarse de algo relacionado con el terrorismo, es confidencial y solo informan a la policía española. Tal y como están las cosas no tienen por qué decir absolutamente nada. El problema se reduce a que nuestra línea aérea ha tratado de introducir ilegalmente en España, con pasaportes supuestamente mauritanos, a dieciséis personas; eso es todo. Da igual lo que haya ocurrido, Amadou y su gente no van a poder entrar ni en Mauritania ni en España. En el primer país no sabemos muy bien por qué y en el segundo porque el señor ministro se ha puesto muy cabezota y no quiere, bajo ningún concepto, que pasen.

Lo que no comprendo es ese interés de las autoridades españolas en que los llevemos a Trípoli. Leo ya no cree que sean terroristas que trabajan para Gadafi, pero a la policía le molesta que investiguemos por nuestra cuenta o que desarrollemos teorías acerca de su procedencia. Según ellos, hay que repatriarlos para que regresen a su lugar de origen que es Libia. Leo ha tratado de concertar una segunda entrevista con Amadou para que le proporcione más datos sobre sus actividades en Mauritania, pero la policía no tiene interés en que nos inmiscuyamos en sus asuntos y no le han permitido reunirse con él. Lo cierto es que si las autoridades mauritanas no reconocen la documentación de estas personas no les van a dejar entrar en ese país, por mucho que averigüe Leo y pueda demostrar que Amadou y sus familiares son comerciantes honrados que poseen tiendas en Nuadibú y que Kadiaba y su hermano Babacar han organizado un complot, con la ayuda de empleados del gobierno mauritano, para librarse del marido y del cuñado y apropiarse de todos sus bienes.

Hoy me he reunido con los directores de Seguridad, Operaciones y Aeropuertos, en mi despacho, para organizar el traslado a Trípoli de este grupo de personas. Jorge, el director de Operaciones no sabía nada del asunto y ha tardado muy poco en opinar que le parece una insensatez. Leo, el director de Aeropuertos, le ha explicado que no hay otra alternativa. Jorge está seguro de que los libios no van a admitir a esos individuos con pasaportes falsos, incluso aunque se trate de agentes suyos. El país de Gadafi no está medianamente organizado y nadie sabe quién manda en ninguna parte; Jorge cree que el personal del aeropuerto hará lo que le venga en gana sin perder demasiado tiempo en consultar con los servicios de inteligencia. Yo tuve que intervenir en aquella discusión que no nos llevaba a ninguna parte. Estábamos allí para organizar aquella operación, no para discutir de sus ventajas e inconvenientes, porque ese trabajo nos lo han evitado otros, al parecer, con mejor información.

Tenemos un vuelo semanal, los jueves, que sale a las 7:15 de Madrid, hace escala en Barcelona y llega a Trípoli sobre las 11:30 para despegar de allí a las 12:35 con destino a Barcelona y Madrid. El avión es un DC-9 en el que la cabina de pasaje lleva veintidós filas con cinco butacas en cada una, tres a la izquierda según se mira hacia la cola y dos a la derecha, separadas por el pasillo. La última fila es la 23, porque de la número 12 se pasa a la 14, no hay fila 13. Para el vuelo de la próxima semana, a la ida, hay vendidas 43 plazas, de las que 30 pertenecen a pasajeros que vuelan desde Madrid y a la vuelta tenemos reservados 29 asientos, también la mayoría con destino a Madrid. Lo primero que hemos decidido es bloquear las reservas, no aceptar más pasaje en esos vuelos y avisar a los pasajeros con reservas confirmadas de que el vuelo de Trípoli a Barcelona y Madrid de la semana próxima está cancelado. Todos hemos pensado que sería una buena idea colocar la cortina que separa la clase preferente detrás de la fila 12, que es la posición más retrasada donde puede ir, ubicar en el compartimento delantero al pasaje de pago y reservar las filas de atrás para los dieciséis mauritanos y quienes les vayan a acompañar. Lo que no podemos evitar es que los pasajeros de pago pasen a la clase turista para acceder a los dos únicos lavabos del avión, justo en la cola. Hemos discutido la posibilidad de cambiar de avión y programar un Boeing 727 en vez del DC-9, que lleva, además de dos servicios en la cola, otro delante junto a la cabina de vuelo. Pero, ni siquiera así podemos asegurar que ningún pasajero de pago vaya a pasar por el compartimento trasero, si el servicio delantero está ocupado. Para garantizar la seguridad a bordo la policía se ha comprometido a que varios agentes viajen con los mauritanos, de modo que no hay por qué suponer que se vayan a producir altercados en el avión. Al final, hemos decidido que no es necesario cambiar de aeronave. El comandante, el segundo piloto y los tripulantes de cabina de pasajeros deben ser voluntarios y conocer con detalle el plan de actuación. Necesitamos un comandante con gran experiencia de vuelo, sangre fría, buen negociador, atrevido y a la vez muy flexible. En realidad no sabemos exactamente qué es lo que puede ocurrir y tiene que estar preparado para gestionar bien situaciones imprevistas. Jorge, el director de Operaciones, se encargará de buscar a la persona adecuada y formar con él la tripulación de voluntarios. En Trípoli, como allí no hay que embarcar a nadie, se hará una escala rápida y la aeronave despegará rumbo a Barcelona para cambiar su destino, una vez que esté en el aire, y dirigirse a Madrid.

Durante los dos últimos días no había visto a Leo hasta hoy por la tarde: sobre las ocho ha venido a verme. Yo estaba con el último portafirmas cuando mi secretaria me ha avisado de su presencia. Le he pedido que lo hiciera pasar y nos pusiera dos cafés. Estaba más animado. Ha conseguido los teléfonos de un par de tiendas que Amadou Kandé posee en Nuadibú y ha podido hablar por teléfono con sus encargados. Uno no sabía nada de su patrón, pero el otro estaba desolado porque se había enterado de todo; este empleado de Amadou se llama Mohamed y lleva trabajando con él muchos años. Del nombre del primero no se acordaba; Leo cree que finge no saber nada, que es posible que se haya puesto de parte de los conspiradores si no lo estaba ya desde un principio. Mohamed no comprende cómo nadie sabe decirle dónde está su patrón. Hace poco que Babacar Sidibé ha desaparecido y él fue quién le dio la mala noticia del arresto de Amadou en España ¿arresto? Sí, por lo visto esa era la palabra que utilizó el cuñado de Amadou para definir la situación del marido de su hermana cuando habló con Mohamed. Después le llegaron rumores, a través de gente que venía de España y había escuchado frases y comentarios de personas que mantenían relaciones comerciales con Babacar. Todos coincidían en que la familia Kandé estaba retenida en la frontera española de Las Palmas, aunque nadie sabía por qué extraños motivos y de forma velada señalaban a Babacar y su hermana como los responsables. Mohamed tiene el convencimiento de que la detención de Amadou está rodeada por un halo de misterio que trata de ocultar las malas intenciones de algunas personas. Sin embargo, para Leo todavía existe la posibilidad de que este caso se resuelva de forma favorable a los legítimos intereses de Amadou y los suyos. Él opina que la operación de repatriación a Libia va a fracasar y que la próxima semana volveremos a tener a los Kandé otra vez en España. Entonces las autoridades deberán permitir que entren en nuestro país y Amadou tendrá la oportunidad de deshacer este inmenso embrollo que, al parecer, le han organizado su primera mujer y su cuñado. Con un poco de apoyo será posible desenmascarar a los conspiradores que tampoco deben gozar de apoyos políticos a muy alto nivel. Amadou no es un magnate como Hamida Bucharaya, pero cuenta con recursos suficientes para comprar su libertad. Leo también me ha contado que Jorge, el director de Operaciones, ya ha designado a la tripulación del vuelo a Trípoli y conoce al comandante: se llama Borgia. Ha tenido la oportunidad de hablar con él y los dos están de acuerdo en que cuando las autoridades libias rechacen a los pasajeros, los embarcará en su DC-9 y los traerá de vuelta a Madrid. Así es como terminará la historia de la repatriación.

Esta mañana, a las 07:00, Amadou y sus familiares embarcaron en un DC-9. Les asignaron asientos en las últimas filas y con ellos se entremezclaron seis policías, armados, con ropa muy informal: camisas de manga corta, pantalones vaqueros y hasta uno de ellos con sandalias, bermudas y una camisola floreada. No nos han hecho partícipes de la historia que les han contado para que embarcaran de buen grado. Yo pensé que, antes de subir al avión, serían capaces de cualquier cosa. Sin embargo, se han mostrado dóciles, rumbo hacia un destino incierto. Imagino que Amadou piensa como Leo: necesitan hacer ese viaje para que les crean y cuando regresen las cosas se van a arreglar. Los Kandé explicarán a los libios que ellos son mauritanos y que tan solo desean regresar a su país si es que los españoles no quieren acogerlos en el suyo. Los libios lo entenderán y les ayudarán a volver a España ¿qué otro interés pueden tener?

El comandante Borgia ha pedido en Barajas que cargaran en el avión un par de cajas de botellas de güisqui, aunque ya le han advertido que en ese vuelo los pasajeros no suelen tomar bebidas alcohólicas y que si los operarios libios las descubren, cuando manejen la carga en las bodegas, es posible que tenga algún problema. Es un país en el que está prohibida la venta y el consumo de alcohol. Este es un vuelo especial y la autorización ha tenido que hacerla el jefe de día desde el Centro de Control de Red que a su vez ha consultado con Jorge, director de Operaciones, quién me ha llamado a mí para ver qué me parecía, a las 6:50 de la mañana. No sé muy bien para qué van a servir, pero si el comandante las pide no vamos a empezar la jornada contrariando su voluntad: sería un mal comienzo. Le he dicho a Jorge que decidiera lo que estimara oportuno, yo no tenía nada que objetar.

A las 9:30 me ha llamado el secretario de Estado de Seguridad para comunicarme que preparásemos billetes para ocho personas que embarcarían en Trípoli y regresarían con el avión a Madrid. Tres de ellos eran funcionarios de la embajada española y cinco pertenecían a las fuerzas de Seguridad. Estos últimos habían llegado ayer a la capital libia, en vuelos de distintas aerolíneas europeas. En el ministerio se temían que regresar con el avión vacío podía levantar sospechas y decidieron organizar un pequeño grupo de clientes falsos. No llevarán maletas, solamente equipaje de mano. Los nombres y datos de todos ellos me los iba a mandar con un mensajero. Cuando han llegado se los he pasado a Leo para que preparen sus billetes y las tarjetas de embarque en Trípoli. Por precaución no hemos informado al jefe de escala ni a la delegación de la compañía en Libia de los objetivos de este vuelo. Les causó mucha sorpresa la cancelación que hicimos la semana pasada y aún más les va a sorprender que se presenten ocho pasajeros hoy, pero es gente discreta.

No he sabido nada más del vuelo a Trípoli hasta el mediodía, cuando mi secretaria me ha pasado un mensaje muy escueto del Centro de Control de Red: «El DC-9 ha tomado tierra, sin novedad, a las 11:23». El siguiente mensaje se demoró unos 45 minutos y también era breve: «Autorizados para despegar de Trípoli, sin novedad». Pero casi al mismo tiempo que esta última misiva he recibido una llamada telefónica urgente de Jorge. Borgia acababa de contactar vía radio con la compañía para informar que ya había cerrado las puertas y se dirigía hacia la cabecera de pista cuando de la torre de control le dijeron que no podía despegar sin llevarse a un grupo de dieciséis personas, que había traído de Madrid, porque sus pasaportes no estaban en regla. Nada más recibir esta notificación los empleados del aeropuerto colocaron un autobús con los mauritanos, justo delante del avión para impedirle el paso. Borgia quería que le diéramos instrucciones de cómo proceder. Yo, sin cortar la conexión telefónica con Jorge, por otra línea he hablado con el secretario de Estado de Seguridad que, muy tajante, me ha dicho que no los embarcáramos y que el embajador de España se dirigía hacia el aeropuerto para ayudar a nuestros empleados en lo que hiciera falta. Esas son las instrucciones que Jorge le ha pasado a Borgia.

Leo estaba con Jorge en el Centro de Control de Red cuando he hablado con él y de allí se ha venido a mi despacho. Mantiene contacto telefónico, casi permanente, con el jefe de escala en Trípoli. Allí el espectáculo es increíble. Hace mucho calor y el sol calienta el asfalto de las pistas hasta reblandecerlo. En el autobús, donde siguen los mauritanos, la refrigeración no funciona, las puertas las han dejado abiertas y el conductor se ha marchado. Al lado de una de las puertas del autobús han puesto un cubo grande, no sabe muy bien para qué; es posible que contenga agua. Las mujeres se han sentado en los asientos laterales del vehículo y algunos hombres también. Los más jóvenes y los muchachos deambulan por la plataforma del autobús mirando sorprendidos el avión que tienen prácticamente encima y la hierba reseca que bordea las pistas. El embajador se ha encerrado en el despacho del director del aeropuerto y después de mantener una larga conversación con él le ha pedido al jefe de escala que le permita hacer varias llamadas telefónicas desde su oficina. No sabemos con quién habla ni lo que está ocurriendo y mientras tanto Borgia sigue en el avión esperando instrucciones.

Han transcurrido más de dos horas y el embajador acaba de abandonar el aeropuerto. Esa información nos la pasa el jefe de escala. Sin embargo, no le ha dejado ninguna instrucción, simplemente le ha dicho que no se preocupe, que el asunto se resolverá en poco tiempo, aunque el aspecto del funcionario español no era muy tranquilizador. Del Centro de Control de Red nos informan que la comunicación con Borgia es mala, a veces pierden la señal, pero por lo que les ha podido ir diciendo en la aeronave todo está bien; ellos no tienen ningún problema. Cada cierto tiempo recibe un mensaje de la torre de control para que obedezca sus instrucciones: quieren que regrese al aparcamiento de la terminal, donde le pondrán una escalerilla, y que recoja a los pasajeros del autobús, aunque si lo prefiere se la pueden colocar en donde está. Borgia les responde que necesita la autorización de su compañía para embarcar pasajeros y que aún no la tiene.

Llevamos ya tres horas con este asunto. Jorge ha podido hablar otra vez con Borgia y la gente a bordo del avión empieza a sentirse intranquila. El comandante dice que si no puede despegar con esos pasajeros a bordo, la tripulación y él tendrán que abandonar el avión y marcharse a un hotel a descansar, hasta que el asunto se aclare. Los policías de la escolta que les han acompañado desde Madrid pueden dejar las armas en el avión, lo que no sabe es si llevan pasaporte. En cualquier caso Borgia ha solicitado a la torre de control que le facilite una entrevista privada con el jefe del comité que gestiona el aeropuerto. Al parecer allí no manda nadie, hay un comité que organiza las cosas y el director del aeropuerto puede ser cualquiera de ellos, pero siempre en los comités hay alguien con más influencia política.

Leo insiste en que telefonee al secretario de Estado de Seguridad, esta vez para decirle que si no resuelven ellos el problema ya, vamos a ser nosotros quienes tomemos una decisión. He seguido su consejo, aunque solo a medias porque el secretario insiste, con mucha firmeza, que su ministro no consiente de ninguna manera que traigamos a esos individuos otra vez a Madrid. No he querido complicar más el asunto anticipándole que íbamos a decidir algo al respecto, también me ha dado la impresión de que el secretario no estaba muy de acuerdo con la postura del ministro.

Nos hemos quedado Leo y yo solos. Tenemos dos opciones. La primera es decirle a Borgia que desembarque el pasaje y que la tripulación se vaya al hotel hasta que se clarifique este asunto; el problema puede alargarse indefinidamente y no sabemos con seguridad qué riesgos van a correr nuestros empleados. La segunda opción es autorizar el embarque de los mauritanos y traerlos a Madrid. Después de analizar las ventajas e inconvenientes de las dos opciones, llegamos a la conclusión de que ambas implican gestionar el mismo tipo de conflicto con la autoridad de un país. Y los dos preferimos que ese país se llame España.

He hablado con Jorge para decirle que embarquen a los mauritanos en el DC-9 y regresen a Madrid. A Leo le ha cambiado el rostro. Está convencido de que Amadou Kandé y su familia encontrarán una vía para arreglar sus problemas.

Leo acababa de salir de mi despacho en el momento en que ha llamado Jorge desde el Centro de Control de Red. El director de Operaciones, después de la última conversación que tuvo conmigo trató de contactar con Borgia; cuando lo consiguió ya estaba en el aire, de vuelta a Madrid. El comandante mantuvo una entrevista confidencial con el jefe del comité del aeropuerto que no puso ningún inconveniente en subir a bordo del DC-9. Allí, a solas, en la cabina de vuelo cerraron el trato: dos cajas de güisqui a cambio de que le dejaran salir y se llevara el autobús con los mauritanos. Borgia regresó a la terminal, descargaron las cajas de la bodega y los libios retiraron el autobús con Amadou y su familia, que a partir de entonces se convirtieron en personas gratas a la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular Socialista de Muamar el Gadafi.

No sé cómo voy a explicárselo a Leo.

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