El telescopio espacial Hubble

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Credit: Nasa

A principios de 1609 Galileo estaba pasando una mala racha. Aquel año, en el que cumpliría 45 años, su salud empezaba a deteriorarse y había sufrido ataques de asma, dolores en las hernias y artritis. Le agobiaban los problemas económicos. A pesar de que, como profesor en la universidad de Padua, contaba con un magnífico salario de 500 coronas anuales, los gastos lo asfixiaban. Tenía a su cargo a su amante, tres hijos y una madre; sus hermanas necesitaban una dote que tan solo él podía darles y en Florencia sus parientes, arruinados, no disponían de otros medios económicos que no fueran su ayuda. Para ganar un dinero extra haría horóscopos, pero Galileo buscaba otra cosa, algo importante capaz de captar el interés de los poderosos, y muy en particular el de la familia Médici de Florencia.

Durante la primavera de aquel año de 1609 en Europa se extendió la noticia del invento del telescopio. Se empezaron a vender en las ópticas de París, el Vaticano −que estaba al tanto de cuanto ocurría en el mundo− compró uno y Galileo se percató de que el gran invento que andaba buscando se acababa de inventar. Sin embargo, el profesor de Padua, no se arredraría y decidió construir su propio telescopio y se las ingenió para presentarlo en Venecia ante las autoridades y la élite científica y artística de la ciudad, como si fuera el último y más genial de sus descubrimientos, en el que llevaba trabajando durante años. Los que subieron a la torre de San Marcos, que fue el lugar donde Galileo instaló su telescopio, pudieron observar entusiasmados los pueblos colindantes de Treviso y Padua, tan cerca, que parecía que estaban al alcance de la mano. El atrevido profesor le ofreció al dogo de Florencia su aparato y el Senado de la ciudad votó una resolución por la que se le doblaría el salario como profesor a Galileo y su cátedra le pertenecería de por vida.

Sin embargo, Galileo no pudo otorgarle a la ciudad de Venecia una patente que nunca poseyó y el dogo, Priuli, siempre le guardaría cierto rencor al científico por ese motivo. Galileo perfeccionó el telescopio y en poco tiempo construyó instrumentos muy bien adaptados para la realización de observaciones astronómicas. Le mostró a Cosme II de Médici, de Florencia, la Luna a través de su telescopio y descubrió cuatro lunas que orbitaban en torno a Júpiter a las que denominaría “astros mediceos”, todo ello para ganarse la voluntad del Gran Duque, lo que finalmente conseguiría.

Con Galileo nació el telescopio astronómico y gracias a las observaciones con este instrumento el científico descubrió nuevos cuerpos celestes y determinó con mayor precisión el movimiento de los planetas, lo que confirmaría que la Tierra giraba en torno al Sol. Una realidad que a Galileo le acarrearía problemas con la Iglesia durante los últimos años de su vida.

A lo largo de poco más de 300 años, los astrónomos utilizaron telescopios cada vez más potentes para observar y catalogar los cuerpos celestes. Hasta el comienzo del pasado siglo, creían que todos estos cuerpos se hallaban en el interior de una galaxia única. Sin embargo, en 1904 se construyó lo que entonces fue el telescopio más potente de la historia de la Astronomía, en el observatorio Wilson, al norte de Los Ángeles, en Estados Unidos. En 1924, un famoso astrónomo estadounidense, Edwin Hubble, descubrió en el observatorio Wilson que en el interior de la Nebulosa Andrómeda había estrellas. Hasta entonces, se pensaba que todas las nebulosas estaban en el interior de la galaxia, pero el hallazgo de Hubble demostró que más allá de nuestra galaxia, había otras galaxias que contenían multitud de estrellas, igual que la nuestra. Además, las galaxias se alejaban unas de otras a una velocidad que crecía en función de la distancia que nos separaba de ellas. Su descubrimiento engrandecería el tamaño del Universo conocido y cambiaría radicalmente el concepto de un mundo encerrado, en una simple galaxia, a otro en el que millones de galaxias se expanden ocupando un volumen, cada vez mayor, que entonces aún no se podía cuantificar.

Aunque con posterioridad se han construido telescopios más potentes que el del observatorio Wilson, uno de los problemas que plantea la observación astronómica desde la Tierra es que los rayos luminosos tienen que atravesar la atmósfera, que es una capa que contiene gases y polvo y que distorsiona y atenúa las radiaciones procedentes del espacio exterior. Las ondas de alta frecuencia como los rayos ultravioleta, gamma y rayos X, son absorbidas parcial o totalmente, por la atmósfera, antes de llegar a la Tierra; estas radiaciones, procedentes de remotas galaxias, contienen información tan útil para su estudio como la que aparece en el espectro visible, o aún más.

Colocar un gran telescopio fuera de la atmósfera terrestre, orbitando en torno a la Tierra, fue un sueño que los astrónomos verían cumplido el 24 de abril de 1990. Ese día, un gigantesco telescopio, bautizado con el nombre del gran astrónomo estadounidense, Hubble, viajó al espacio en la lanzadera espacial Discovery, con cinco astronautas a bordo, cuya misión principal, de cinco días de duración, fue la de desplegar el primer gran telescopio espacial.

El aparato pesa cerca de 11 toneladas, tiene una longitud de 13,2 metros y un diámetro máximo de 4,2. Es del tipo reflector (en vez de lentes, utiliza espejos para enfocar las imágenes), con un espejo primario de 2,4 metros de diámetro. El conjunto dispone de paneles solares para alimentar los equipos electrónicos y lleva cuatro motores para modificar su orientación. Completa una órbita cada 97 minutos a 559 kilómetros de altura.

El éxito inicial del telescopio Hubble duró muy poco. Pronto se convirtió en un fracaso de grandes dimensiones y en motivo de ensañamiento para la prensa cuando sus patrocinadores, la agencia estadounidense NASA y la europea ESA, tuvieron que admitir que el espejo primario se había tallado con gran precisión, pero con una forma distinta a la que se requería. Es decir, el fabricante, Perkin Elmer, lo había construido mal con una exactitud sin precedentes. La aberración que introducía en las imágenes hacía que el telescopio no sirviera para proporcionar datos de cuerpos con muy poca luminosidad; en esas condiciones, la utilidad del instrumento era muy cuestionable. Los medios criticaron sin piedad a los responsables del proyecto, al que empezaba a considerarse ya como un auténtico fracaso, como siempre, a costa del contribuyente.

El telescopio se había diseñado para que los astronautas pudieran efectuar misiones de reparación y mantenimiento, pero rectificar el espejo en el espacio era una tarea imposible y traerlo a la Tierra para repararlo y volver a ponerlo en órbita, una operación demasiado costosa. Después de tres años de discusiones, los técnicos concibieron un paquete de soluciones dignas de una mente tan prodigiosa como la del mismísimo Galileo. En vez de corregir el espejo principal, introducirían alteraciones en elementos ópticos, más pequeños, para compensar los errores en su construcción. Aquello se pudo hacer gracias a que el espejo se había fabricado mal, pero con otra forma, distinta a la deseable, que se conocía con gran exactitud, de modo que las aberraciones a introducir en los nuevos componentes podían también determinarse con la misma exactitud. Una magnífica lección: lo más importante es saber muy bien lo que uno hace.

En 1993 una nueva misión espacial, con una tripulación de astronautas entrenados para llevar a cabo las modificaciones, reparó el telescopio y, a principio de 1994, la NASA declaró que la operación había sido un éxito. Desde entonces, las contribuciones del telescopio espacial Hubble al desarrollo de la ciencia y a la mejora del conocimiento del Universo han sido muy importantes.

Galileo se dio cuenta de que el telescopio era un instrumento con futuro, gracias a él consiguió superar sus problemas económicos y abrir un nuevo mundo para los astrónomos que le siguieron; Hubble lo utilizó para descubrir que nuestra galaxia era una más en un mar de galaxias; la NASA y la ESA lo llevaron al espacio. Tres pasos de gigante en nuestra carrera contra la ignorancia.

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