El aviador Emilio Carranza, de México a Nueva York

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El tío de Emilio, el general Alberto Salinas Carranza, fundó la Escuela Mexicana de Aviación. El chico se aficionó al vuelo desde muy joven. Sin embargo, la muerte de Venustiano Carranza, tío abuelo de Emilio y asesinado en Tlaxcalantongo (Puebla) en 1920, obligó a su familia a exilarse a Estados Unidos, por segunda vez, donde el muchacho prosiguió sus estudios. Fue una época convulsa de la historia de México, en la que Venustiano Carranza luchó junto a Villa y Zapata, pero los revolucionarios no depusieron las armas, y al final de sus días también se enemistó con Obregón. Los padres de Emilio, Sebastián Carranza y María Rodríguez, ya se habían establecido en Texas en 1911 y regresaron a México en 1917, el año que Emilio cumplió 12 años. Aún no habían pasado tres años cuando la inestabilidad política de su país lo llevó a Tejas por segunda vez.

Álvaro Obregón ganó las elecciones de 1920 y en 1923 Emilio Carranza pudo regresar a su país para ingresar en la Escuela de Aviación Militar en la que se graduó como teniente, con honores, en 1926.

Muy pronto se hizo famoso por sus largos viajes con aeronaves que él mismo reconstruyó. El primero de Chicago a la ciudad de México y el segundo de la capital mexicana a la ciudad de Juárez. La aeronave de su segunda gran travesía la bautizó con el nombre de Coahuila, su estado natal, y era un viejo aeroplano de madera en el que instaló un potente motor BMW de 185 caballos.

En diciembre de 1927, Charles Lindbergh visitó México capital y Emilio Carranza fue designado para acompañarle. El estadounidense ya era mundialmente famoso por su vuelo de Nueva York a París, pero cuando aterrizó en México despegó de Washington, con lo que había recorrido en su vuelo a la capital mexicana una distancia también muy considerable, uno de los trayectos más largos que alguien había efectuado en avión hasta entonces.

Como ocurría en todo el mundo en aquella época fue un periódico, el Excelsior, quien propuso la idea de que, en justa reciprocidad, el país debía organizar un vuelo de la ciudad de México a Washington. Se organizó una colecta para recabar fondos que permitieran financiar el proyecto y el propio Lindbergh contribuyó con 2500 dólares. Dos meses más tarde el rotativo invitó al capitán Emilio Carranza, que estaba destinado en Jalisco, a que pilotara la aeronave que tenía que enlazar las dos capitales norteamericanas. El militar aceptó sin dudarlo.

El avión para efectuar la histórica travesía se encargó a la empresa que entonces era de un grupo de inversores y había pertenecido a Mahoney y Ryan, en San Diego (California), la misma que había construido el histórico Spirit of St Louis de Lindbergh. Equipaba un motor Wright Wirlwind J-5C igual al que llevó el estadounidense en su vuelo transoceánico. Al avión le pusieron el nombre de México-Excelsior. Emilio Carranza supervisó la construcción del aparato en San Diego y realizó varios vuelos de prueba antes de aceptarlo.

El 24 de mayo de 1928 despegó de las instalaciones del fabricante, en California, y el capitán decidió poner rumbo a la ciudad de México, sin escalas, lo que serviría para someter a una dura prueba a su avión y a él mismo; un buen entrenamiento para el viaje que pensaba realizar. Lo vieron cruzar los cielos en Sonora, Mazatlán, Ixtlán, y en Jalisco a las 9:40 de la mañana del día 26 de mayo. A las 12:06 pm aterrizaba en la ciudad de México donde unas 100 000 personas se habían aglomerado en el aeropuerto de Balbuena para darle una emotiva bienvenida. La gente lo recibió con vivas a México y a Carranza.

A principios de junio los preparativos del histórico vuelo se habían completado. En un aeropuerto, como el de la capital mexicana, a más de dos mil metros de altura sobre el nivel del mar, hace falta una pista muy larga para despegar con los depósitos llenos de combustible, por lo que tuvo que ser agrandada.

El 10 de junio de 1928, Emilio Carranza, cenó con un pequeño grupo de amigos, su esposa, su madre y su hermano Sebastián, su mecánico y compañero del primer gran vuelo que hizo desde Chicago. Esa noche durmió poco más de cinco horas porque a las 06:15 am ya estaba en el aeropuerto. Las personas que acudieron a despedirlo lo hicieron con nuevos vivas a México y a Carranza y el joven aviador, que aún no había cumplido los 23 años, se difuminó en el cielo con su espléndido México-Excelsior. México entero lo siguió, pendiente de las noticias que llegaban de Tulancingo, Huachinango, Tampico, un barco cuando navegaba hacia Nueva Orleans también notificó que lo había avistado, en Texas lo vieron sobrevolar Port Isabel a la 1:10 pm y Galveston a las 4:20 pm, Tejas. En Nueva Orleans creyeron haber escuchado el ruido de su motor a las 7:10 pm. A partir de entonces la navegación se le haría mucho más difícil al piloto solitario, porque empezó a llover y se desbarató una turbulencia muy desagradable y peligrosa. Por fin, lo avistaron en Atlanta, Georgia, rumbo hacia Washington cuando ya eran las 11:30 pm. Sin embargo, el México-Excelsior, volvió a desaparecer y todos pensaron que habría ocurrido una desgracia. Sus familiares recibieron con inmensa alegría la noticia de la Aviación Civil estadounidense que difundió a las 04:00 de la madrugada del día 12 de junio de 1928: Emilio Carranza se vio obligado a efectuar un aterrizaje de emergencia a las 03:45 am en Mooresville, Carolina del Norte. El piloto y la aeronave estaban bien. Tan solo quedaban 300 millas para llegar a Washington. Al día siguiente despegó de Mooresville, al mediodía y a las 05:15 pm fue recibido en la capital de Estados Unidos con todos los honores.

México y Washington se vistieron con flores y Carranza depositó una hermosa corona en la tumba del soldado desconocido, en el cementerio de Arlington. Cenó en la Casa Blanca con el presidente de Estados Unidos, Coolidge, y participó en numerosas recepciones que organizó en su honor la embajada mexicana. El Excelsior publicó que el avión, que se había construido con dinero del pueblo, pertenecía al pueblo. Carranza anunció que efectuaría el vuelo de regreso desde Nueva York; algo que no estaba previsto.

Cuando de despegó de Washington y a su llegada a Nueva York lo acompañaron aviones militares y en la gran urbe a orillas del Hudson lo recibió el alcalde que le hizo entrega de las llaves de la ciudad. Antes de iniciar el vuelo de regreso a México, Carranza pasó revista a los cadetes en West Point, pudo disfrutar de la compañía de su padre, que trabajaba en el consulado de aquella ciudad y hasta viajó a Detroit con Lindbergh para probar un avión del fabricante Curtiss.

A principios de julio el joven Emilio Carranza empezó a desesperarse porque la adversa meteorología le obligaba a posponer su vuelo de regreso a México, desde Nueva York una y otra vez. Lindbergh he aconsejó que no se embarcara con mal tiempo y que esperase lo que hiciera falta a que las condiciones meteorológicas mejorasen. Tras varias demoras el vuelo lo había previsto para el 12 de julio. Sin embargo aquella jornada se formó una tormenta que desaconsejaba que iniciara la travesía. Su equipo y el personal del aeropuerto, después de una larga discusión, consiguieron convencerlo de que desistiera de su empeño en despegar. Casi a la fuerza se lo llevaron a cenar al restaurante del hotel Garden City, en Long Island. Allí recibió un misterioso telegrama que Emilio leyó con atención y que, al parecer, motivó que de inmediato tomara la decisión de marcharse al aeropuerto para iniciar el vuelo de regreso a su país.

El 12 de julio de 1928, a las 7:18 pm despegó de Nueva York y desapareció en la cegadora y resplandeciente claridad de un cielo deslumbrado por las continuas descargas eléctricas. Nadie supo nada de él hasta el día siguiente cuando a las 3:25 pm llegaron noticias de Sandy Ridge, en Nueva Jersey. Un muchacho que buscaba bayas en un bosque había encontrado un trozo del ala de un avión y dio parte a la policía local. No tardaron mucho en encontrar los restos del México-Excelsior y el cuerpo sin vida de su piloto. Según algunas publicaciones (The lost mission of captain Carranza, John Galu and Dave Hart / El Diario, Juan de Dios Olivas) Emilio Carranza llevaba consigo el misterioso telegrama: «Sal inmediatamente, sin excusa ni pretexto o la calidad de tu hombría quedará en duda. Firma: general Joaquín Amaro.»

Al féretro de Emilio Carranza, sobre un armón adornado con flores y banderas, le acompañaron 10 000 soldados a la estación de Pennsylvania. En México, sus restos fueron depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres del panteón Civil de Dolores en la ciudad de México.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

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