Pilotos en Colombia

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José Cicerón, Bogotá 1911

¡Que guarden la resolana! ¡Que prendan la gasolina! Ya gira la mariposa, ya va para el sur el viento; ¡espérense otro momento porque se dañó una cosa! Con su traje de montar y encaramado en el ave, ni el piloto mismo sabe donde puede ir a parar. Al fin el bicho se arranca traqueando como una fiera; cuatro cuadras de carrera, medio revuelo… y se tranca! ¿Tal vez un dolor le asiste en la pechuga o la cola? El cuadro es de lo más triste: Un mueble que se resiste, y un volador que no vola (El Gráfico, serie V, No. 44, Bogotá, 24 de junio de 1911, s.p.).

El fragmento de este poema se atribuye al poeta bogotano Víctor Martínez Rivas y lo publicó El Gráfico poco después del segundo intento, por conseguir que una máquina más pesada que el aire volara en Colombia.

En 1911, un grupo de empresarios colombianos, pertenecientes al Polo Club de Bogotá, contrató al piloto francés Paul Miltgen para que hiciera una demostración de vuelo sobre los terrenos del club. Nunca antes otro piloto había volado en el país con un aeroplano. El avión era un Blériot XI, el mismo modelo con el que Louis Blériot sobrevoló el canal de la Mancha, de Francia a Inglaterra, por primera vez en la Historia, el 25 de julio de 1909. Sin embargo, en abril de 1911, Paul Miltgen no pudo despegar en Bogotá porque el improvisado aeródromo estaba a 2640 metros de altura, sobre el nivel del mar, y en esas condiciones la potencia del motor se reduce considerablemente. El aeroplano se estrelló contra una cerca. Los empresarios, para recuperar la inversión, colgaron los restos del aparato del techo del Salón Egipcio, en el Parque de la Independencia, y cobraron una entrada a los visitantes que desearan contemplar al avión. Se dice que el Gobierno quiso imponer una tasa que hubiera perjudicado el exiguo negocio de los empresarios, pero al final desistió ya que hubo voces que dijeron que en todas partes las autoridades, en vez de trabas al desarrollo aeronáutico, solían poner ayudas.

Según parece, en mayo de 1911, se produjo otro intento de remontar el vuelo en Bogotá. Un colombiano entusiasta de la aviación, emprendedor, inquieto y multifacético, José Cicerón Castillo, modificó el Blériot XI añadiéndole otro plano, con lo que pretendía incrementar la sustentación del aparato, y anunció su intención de conseguir lo que no había podido lograr el francés. El segundo y fallido intento de vuelo pasó a la Historia gracias a la fotografía y la ingeniosa coplilla del poeta bogotano. El avión quedaría abandonado en un rincón del club.

Don José Cicerón, a quien se le conocía con el sobrenombre de Jotacé, trató de convencer a sus coetáneos para que Colombia tomara la iniciativa en aquella nueva actividad, la aeronáutica, pero con poco éxito. Fue un canadiense, John Smith, el primero en volar en Colombia, al año siguiente, en 1912.

He escrito, “se dice” y “según parece” porque sobre todo lo anterior he tenido la oportunidad de leer versiones contradictorias. La reconstruida aquí es la que me parece más verosímil. La historia de la aviación en Colombia no deja estar llena de sorpresas y acontecimientos que sobrepasan las fronteras de lo imaginable. Según Arias de Greiff, historiador, el origen de la Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos SCADTA, que con el tiempo se convertiría en AVIANCA, es distinto al que siempre se ha contado. Un aventurero alemán, Fritz Klein, llegó a Colombia en 1902 en busca de piedras preciosas. Le costó 23 días subir el río Magdalena y en algún recóndito lugar se encontró con un nativo que había localizado el paradero de las minas de esmeraldas, de Chivor, en el archivo colonial de un monasterio en el sur del país. El colombiano falleció después de pasarle la información a Klein y el alemán verificó que la historia era cierta. Klein viajó a Alemania en busca de ayuda y regresó a Colombia con un experto. La I Guerra Mundial los sorprendió en Chivor y tuvieron que regresar a su país en donde Klein aprendería a volar. Cuando finalizó la guerra Klein regresó a Colombia y en el Club Alemán sugirió la idea de que una línea aérea que volara a lo largo del río Magdalena, facilitaría las comunicaciones que entonces cubría un lentísimo vapor y podía ser un buen negocio. El proyecto tuvo una excelente acogida y un grupo de alemanes y colombianos fundaron SCADTA. A Klein no le interesaban los aviones y al poco tiempo abandonó la empresa aérea para perderse en la selva tras las esmeraldas. Durante algún tiempo tuvo una participación importante en las extracciones mineras de Chivor y se haría famoso por encontrar la Esmeralda Patricia, de 632 kilates, que donó al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York.

Mientras Klein buscaba esmeraldas, la nueva compañía aérea empezó a volar con hidroaviones en rutas que se extendían a lo largo de los dos principales ríos del país: el Magdalena y el Cauca. En 1923, otro gran piloto colombiano, José Ignacio Forero, se incorporó a SCADTA. Por entonces era un joven militar que, a sus 20 años, el Ejército ya lo había formado como piloto, pero como la milicia no disponía de una flota aérea, Forero no podía mantenerse entrenado. Forero llevaba en el Ejército desde los trece años, cuando un amigo suyo le dijo que si se ponía un pantalón largo igual le daban trabajo en Artillería. Eso hizo, se presentó de largo en el cuartel y al poco tiempo estaba arreglando piezas en el taller. Era un buen mecánico y con el tiempo su comandante lo premió con un curso de vuelo.

Pero, sin aeronaves que volar, Forero ingresó en la compañía SCADTA que le ofreció trabajo en el taller de mantenimiento de motores de Barranquilla; casi todos sus compañeros de oficio eran alemanes. Muy pronto empezó a volar como copiloto. Su trabajo consistía en arrancar los motores; muchas veces con el avión flotando a la deriva, río abajo, se desplazaba sobre el ala hasta el propulsor para impulsar con las manos la hélice; algo que tenía que hacer, tantas veces como fuera necesario, hasta que el motor empezara a girar con pequeñas explosiones. Luego, regresaba a la cabina y despegaban. A principios de 1924 la empresa adquirió aviones con ruedas para llevar carga y correo a poblaciones alejadas de los ríos.

En diciembre de 1924, durante el primer vuelo en un avión con ruedas a Medellín, Forero experimentó su primer aterrizaje de emergencia sobre las copas de los árboles. La práctica de este ejercicio le permitiría en el futuro evitar a sus pasajeros experiencias más desagradables, en situaciones en las que los motores dejaban de funcionar. El piloto se lamentaba de que los pasajeros no entendieran las dificultades que ese ejercicio planteaba: “Tengo que decir que la gente no aprecia la habilidad de aterrizar en las copas de los árboles y la frialdad mental que se requiere para llevar a cabo esa maniobra”.

José Ignacio Forero reingresaría en la Fuerza Aérea de su país, después de una larga estancia en Estados Unido, donde dirigiría el departamento técnico. Años más tarde fue nombrado Director General de Aeronáutica Civil y se retiró en 1962 con la graduación de coronel.

Sobrevolar picos, valles inundados, selvas, parajes inhóspitos, bajo lluvias torrenciales, sería el día a día de aquellos primeros pilotos colombianos y extranjeros que abrieron las rutas aéreas de su tierra mágica. Algunos, como Jotacé, fueron visionarios, otros como Fritz Klein buscaban esmeraldas y muchos, como José Ignacio Forero, hicieron de la aeronáutica su vida.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

2 comentarios el “Pilotos en Colombia

  1. Cordial saludo.
    Por favor, cómo hago para compartir esta historia de mi abuelo en facebook?
    Gracias

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