André Malraux: los ideales de un aviador sin licencia para volar

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André Malraux, Potez 540

André Malraux fue un escritor autodidacta y comprometido que puso su obra al servicio de sus ideales.

Una de sus novelas más leídas, L´Espoir, está inspirada en hechos reales que vivió en España cuando luchaba en el bando republicano durante la guerra civil. Entonces, André Malraux, simpatizaba con los comunistas, aunque esta filiación política la dio por concluida pocos años después, en 1939.

Cuando el escritor francés llegó a España, en agosto de 1936, era ya un novelista famoso, tenía 35 años, colaboraba con el partido comunista y su gesto de apoyo a la República estaba en consonancia con su temperamento aventurero y el alto nivel de compromiso con sus ideales que siempre tuvo. En agosto de 1936, Malraux aterrizó en Madrid al frente de lo que se llamaría la Escuadrilla España. El escritor, que nada sabía de aviones ni de combates aéreos, recibió de la República el distintivo de coronel y en dependencia directa de Ignacio Hidalgo de Cisneros, responsable de la aviación republicana, se puso al frente de una escuadrilla de siete aviones Potez 540 de bombardeo.

Nada más iniciarse el conflicto armado español en julio de 1936, la República había enviado una comisión de expertos a Londres París y Berlín, para negociar la adquisición de armamento. Nada más producirse el alzamiento, en España, André Malraux se había presentado como voluntario ante el ministro del Aire francés, Pierre Cot, para trasladarse a España e informarle de lo que ocurría en Madrid. En la capital española, Malraux, descubrió el ambiente revolucionario con el que siempre había soñado. Se entrevistó con el presidente del Gobierno, Azaña, varios ministros y diputados y regresó a su país entusiasmado. A su regreso a París informó a Cot y se puso a trabajar con el gobierno francés y la embajada española para organizar la ayuda militar a los republicanos. El apartamento parisiense de André se convirtió en una oficina para reclutar pilotos. Francia fue el primer país en facilitar aeronaves al Gobierno español al enviar seis bombarderos Potez 540 y 14 cazas Dewoitine D-372 entre los días 7 y 8 de agosto al aeropuerto del Prat, en Barcelona. El 26 de agosto llegaron otros 2 bombarderos y a principios de septiembre 5 cazas. Todos los aviones aterrizaron sin armamento por mandato del Parlamento francés que había propuesto a nivel internacional un tratado de no intervención en el conflicto español. Francia ya no suministró más ayuda a la República que tuvo que recurrir a la Unión Soviética para proveerse de material bélico en lo sucesivo, en tanto que los rebeldes recibían armas de Italia y Alemania.

Pero, a principios de septiembre de 1936 la única ayuda exterior de que disponía la aviación de la República española era la francesa. Durante los primeros meses de la guerra civil, la aviación republicana tuvo una posición muy ventajosa con respecto a la de los rebeldes. Una superioridad que no supo aprovechar. De un total de 304 aviones militares que había en el país cuando se produjo la sublevación militar, 210 quedaron en manos del Gobierno y los 94 restantes en las de los rebeldes. A esto habría que añadir unas 200 avionetas que también controlaba la República, frente a poco más de una docena de pequeños aviones que poseían los sublevados. La ayuda francesa desequilibraba aún más aquella impresionante ventaja aérea gubernamental.
Antes de la llegada de la ayuda exterior, la mayoría de los aviones de caza españoles eran Nieuport 52 y Breguet XIX, bastante anticuados. En cuanto a aeronaves de mayor tamaño las mejores eran los DC-2, de la aerolínea estatal LAPE, que rápidamente se transformaron para efectuar misiones de bombardeo. Estos aviones norteamericanos eran mucho más rápidos que los aviones de caza.

En un principio, el Gobierno, obsesionado con la defensa de Madrid y sin una organización central con visión estratégica, no supo beneficiarse de su gran ventaja, que le hubiera permitido poner en serias dificultades el puente aéreo que los sublevados establecieron para transportar a la Península las fuerzas de Marruecos. El teniente Aurelio Villimar, jefe de la aviación gubernamental en el aeródromo de El Rompedizo, en Málaga, solicitó en varias ocasiones aviones de caza para impedir el transporte de tropas sobre el Estrecho, pero el mando no le hizo mucho caso. Los sublevados recibieron aviones de transporte Junkers 52 alemanes y Savoias SM.8 italianos, con los que consiguieron que las tropas africanas pasaran a la Península. A partir de octubre los cruceros de los rebeldes, Canarias y Cervera, dominaron el Estrecho y el transporte pudo hacerse en barco.

André Malraux llegó a España con su grupo de pilotos, en un momento en el que la aviación republicana aún no tenía una cabeza que la dirigiera. El general Núñez de Prado, director de la Aeronáutica gubernamental fue hecho preso por los rebeldes en Zaragoza en los primeros días del alzamiento, cuando se dirigió allí para entrevistarse con el general Cabanellas y convencerlo de que se mantuviera al margen de la rebelión. Hidalgo de Cisneros actuaba como responsable de los aeródromos de Madrid y coordinaba las acciones de la aviación con los otros jefes regionales, Sandino en Barcelona y Ortiz en Los Alcázares. Asegurar el control de Madrid era prioritario para el Gobierno. Las tropas sublevadas en el norte de España amenazaban la capital y miles de voluntarios civiles se incorporaron al frente para defender la ciudad. Los aviones de Hidalgo de Cisneros vigilaban en solitario, durante todo el día, la sierra madrileña y cumplían con una agotadora colección de misiones aisladas de apoyo a una infantería desorganizada que deseaba liquidar el conflicto con urgencia. La aviación republicana se consumiría en aquél esfuerzo tan poco productivo.

A principios de septiembre el presidente Azaña mandó al líder socialista Largo Caballero que formara gobierno y Prieto asumió las carteras de Marina y Aeronáutica. Ignacio Hidalgo de Cisneros fue designado responsable de la Fuerza Aérea republicana.

Mientras tanto, André Malraux terminó de organizar su escuadrilla cuyos pilotos eran todos mercenarios. La figura del mercenario desvinculaba a Francia de la ayuda militar y el propio escritor pensaba que tenía algunas ventajas. Desde luego, ninguna era de orden económico porque los pilotos mercenarios cobraban un salario de 50000 francos, una cifra astronómica para la España que estaba en guerra. Todos los gastos de la Escuadrilla España los sufragaría el Gobierno con oro que ya había enviado a Paris en las bodegas de los DC-2 de LAPE. Con dinero en abundancia, Malraux contrató pilotos, mecánicos, telegrafistas, administrativos y cocineros.

André Malraux se instaló en el hotel Florida de Madrid, acompañado de una parafernalia de amigos, familiares y administrativos, que nunca escatimaron en celebraciones ni en copiosos ágapes, hasta el punto de que su frivolidad soliviantó a muchos aviadores, entre los que cabe incluir al propio Hidalgo y a uno de los mejores pilotos de caza republicanos: Andrés García Lacalle. En el Florida, situado en la plaza de Callao, solían hospedarse los corresponsales de prensa extranjeros y los escritores e intelectuales que estuvieron en Madrid durante la guerra civil, como Hemingway o John Dos Passos.

El escritor francés también se agenció un “comisario Político”.

El belga Paul Nothomb llegó a Madrid con su novia Margot Develer y un nombre falso: Paul Bernier. Paul y Margot eran comunistas y los dos querían luchar a favor de la República de forma desinteresada. Para el joven Nothomb, que había sido piloto militar en su país, fue una gran sorpresa saber que cobraría por prestar sus servicios a las órdenes de Malraux. Como era comunista y había leído a Nietzsche, el escritor le otorgaría el título de “comisario político”, aunque nunca ejerció como tal, salvo cuando tenía que acompañar a su jefe André en sus visitas al embajador de la Unión Soviética en Madrid o a Hidalgo de Cisneros.

Hidalgo nunca le tuvo demasiada simpatía a la escuadrilla de Malraux. Siempre pensó que el escritor era un intelectual, progresista, pero eso no lo convertía en un buen aviador. Desconocía por completo el mundo aeronáutico se dejaba llevar por la opinión de sus colaboradores a los que, en general, Hidalgo tenía por bastante mediocres. Hacían la guerra por su cuenta, de forma un tanto desordenada. Las operaciones aéreas de la Escuadrilla España fueron un desastre.

La abrumadora ventaja de la aviación republicana empezó a declinar a partir del 15 de agosto y al cabo de un mes la situación se había invertido. Desde mediados de septiembre hasta principios de noviembre, el cielo español estuvo bajo el control de la aviación rebelde. La llegada de los cazas italianos Fiat CR-32 y alemanes He-51 cambiaron por completo el panorama aéreo. Los Breguet XIX y Nieuport 52 no podían competir con los cazas enemigos y la ayuda francesa era muy escasa para enfrentarse a la aviación fascista con pilotos y aeronaves extranjeros. La situación no volvería a equilibrarse hasta que llegaron los aviones rusos Polykarpov I-15, Chatos o Ratas, e I-16, Moscas. Como a los aviones italianos CR-32 los llamaban también Chirris, la guerra en el aire se convirtió en una batalla de chatos o ratas y moscas, contra chirris.

Los aviones Potez eran lentos, no volaban a más de 170 kilómetros por hora, y pesaban demasiado con sus siete tripulantes. Una tripulación bien entrenada podía operar los Potez con cuatro personas, pero los hombres de Malraux carecían de la competencia necesaria. Con tres tripulantes más, los aviones eran demasiado lentos. Cuando los rebeldes empezaron a recibir la ayuda italiana, los cazas Fiat CR-32 se convirtieron en unos enemigos letales para los bombarderos franceses de Malraux. Los Potez, cuyas características no eran excepcionales y sus tripulaciones estaban mal entrenadas, recibirían el sobrenombre de “ataúdes volantes”. Uno tras otro, irían cayendo bajo el fuego de los cazas italianos.

El 11 de febrero de 1937, los dos últimos Potez de la Escuadrilla España realizaron una misión de bombardeo cerca de Motril. A bordo volaban los últimos pilotos de Malraux, los supervivientes, los que aún se mantenían fieles a la causa porque muchos habían sido despedidos por falta de disciplina. El “comisario político”, Paul Nothomb, volaba con ellos. Después de lanzar las bombas, ya de regreso a la base, apareció una escuadrilla de chirris italianos. Un bombardero cayó envuelto en llamas y todos sus tripulantes murieron, mientras que el otro, averiado, consiguió aterrizar en la playa. El “comisario” logró salvar la vida y aquella sería la última misión de la Escuadrilla España. Desde hacía algunos meses la Escuadrilla España se había integrado en las Fuerzas Aéreas republicanas y sus pilotos percibían los mismos emolumentos que el resto de los aviadores. Malraux fue relegado a tareas publicitarias y de apoyo al Gobierno de la República.

Para Hidalgo y los jefes de la aviación republicana la desaparición de los aviones de Malraux no fue una buena noticia, pero al menos supuso el alivio de liberarlos de un quebradero de cabeza.

Malraux no contribuyó demasiado para mejorar las cosas en el frente republicano, pero la aventura española le sirvió para dar a luz una de sus mejores novelas, L’Espoir, que se publicó en París en diciembre de 1937. El escritor francés describió el entusiasmo republicano, el desorden- al que contribuiría de forma directa- los valores de la izquierda, comunista, anarquista y socialista, y el heroísmo de un aviador sobre Teruel en la batalla de Guadalajara en la que la aviación republicana jugó un papel decisivo. Resulta paradójico, pero entonces su escuadrilla ya había dejado de volar por falta de material y tripulaciones. La novela también dio origen a una película, Sierra de Teruel, que aunque su rodaje se hizo en 1938, no se estrenó en Francia hasta el año 1945 y en España en 1977.

A partir de 1939 el escritor se rebeló contra el estalinismo y también mantuvo posiciones muy encontradas con los movimientos políticos o intelectuales que privasen al artista de su libertad de expresión. Durante los primeros años de la segunda guerra mundial, Malraux no militó en la Resistencia francesa debido a la influencia que el comunismo ejercía sobre esta organización. Sin embargo, en 1944 se incorporó a la guerrilla francesa y fue hecho prisionero por la Gestapo nazi, por poco tiempo, ya que lo dejaron libre cuando las fuerzas de ocupación alemanas abandonaron Francia.

Después de la guerra fue ministro en los gabinetes del general De Gaulle, primero de Información, poco después de terminar la guerra, y después de Cultura de 1959 a 1969.

André Malraux ayudó a los republicanos españoles con su ejemplo y dio publicidad a la causa que defendía, aunque sus esfuerzos no fueron demasiado útiles en el frente. Muchas personas sufrieron la mala organización de su escuadrilla, costosa en oro y vidas humanas, pero que sirvió para inspirarle una de sus mejores novelas.

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

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