Águila perdicera

TIODANIEL-DIGITAL

TÍO DANIEL, EL SECUESTRADOR Y OTRAS HISTORIAS DEL AIRE

En este libro he recogido siete historias muy diferentes. De las siete, en la última, que quizá sea la más verosímil de todas, he dado mayor libertad a mi imaginación.

AGUILA PERDICERA

 

Nací en primavera, hace cuatro años, y me crie sobre la repisa de un cortado en la pared gris de una cárcava que excavó el río Guadalope; no sé muy bien en qué lugar, pero debió ser cerca de Pitarque; un poblacho silencioso donde el aire sopla de un modo que me resulta muy familiar, por eso creo que fue aquí donde mi madre vivió pendiente de mis primeros vuelos hasta que aprendí a buscarme la comida.

Yo me lancé del nido al vacío, por primera vez, cuando me arrastró aquel impulso irresistible de sentir la caricia del viento en las plumas de mi pecho y su fuerza tensando mis jóvenes alas. Mi hermano era un pollo menos audaz y se quedó en el nido. Yo extendí los brazos y vi como las paredes rocosas pasaban veloces a mi lado, el río abajo se agrandó un poco y me dejé caer hasta que decidí batir las alas. Sentí un dolor muy grande en el pecho. Nunca había ejercitado mis pectorales ni conocía el sufrimiento que puede acarrear el vuelo. Ahora todo me parece sencillo, pero entonces no lo era. Daría tres o cuatro aletazos, no más, y gané altura, volví a planear, extendí las patas, levanté las alas y caí mal, sobre otra roca, desde la que se dominaba el valle. Me hice daño. Allí me quedé, sin atreverme a repetir la hazaña, durante un día entero. Cuando volví a lanzarme desde la roca ya sabía que me dolerían los brazos, batí un par de veces las alas, con mucho cuidado y regresé a mi observatorio sin atreverme a descender al valle. Esas excursiones las repetí más veces: cortos planeos alrededor del promontorio en que me había aposentado, desde donde divisaba todo cuanto ocurría alrededor. Mi madre, que muy pronto se enteró dónde estaba, me traía algo de comer todos los días. Ella me había enseñado a saborear las patas de las palomas bravías y las cornejas, las vísceras de las liebres, a desplumar urracas y hasta, alguna vez, a disfrutar de la carne de las culebras. Antes de engullir un pájaro hay que desplumarlo y entre picotazo y picotazo es necesario mantener la guardia, porque las plumas se las lleva el aire y son como un reclamo para otros rapaces. Son peligrosos los halcones peregrinos, los búhos reales, los cernícalos, las águilas reales e incluso los cuervos de gran tamaño. Cuando éramos más pequeños, a veces mis padres salían del nido para alejar de nuestras inmediaciones a los buitres leonados, las bandadas de córvidos e incluso a rapaces mucho más grandes que ellos. Sin embargo, nunca los vi enfrentarse a los halcones peregrinos y tenían muy buenas razones para no hacerlo.

Yo me había acomodado en aquella roca y mi hermano seguía en el nido. Mi pobre madre tenía que cazar para ambos y llevar la comida a dos sitios distintos, pero no nos faltó el alimento. Creo que fue un día de agosto, poco después del amanecer, a una hora en la que los rayos del sol aún lucían tibios y el campo exhalaba ese perfume que arrastran los vapores del rocío, cuando desde mi atalaya descubrí un pequeño conejo en un descampado, no muy lejos del río. Desconozco de qué lugar surgió el impulso que hizo que mis patas me lanzaran desde la roca al vacío y una vez en el aire se extendieran como por arte de magia mis alas y yo me viese suspendido en un espacio lleno de este fluido caprichoso que nos permite volar. No tuve mucho que pensar, en alguna parte de mi cerebro las imágenes y la presión del aire se convertían en impulsos nerviosos que controlaban mis alas. Eran mis manos las partes que hacían, casi sin darme cuenta, todo el trabajo al mover ligeramente las plumas primarias, las que están en las puntas de las alas, abiertas, dejando que el susurro del viento se colara entre ellas. Fue un largo y preciso descenso, sin utilizar los músculos pectorales para levantar las alas, solamente las plumas rémiges y las rectrices de la cola, y los brazos, un poco adelantados o un poco atrás para ir más despacio o más deprisa, una ligera torsión asimétrica en las alas y empezaba a girar, tanto que la punta de un ala miraba la tierra y la otra el sol y después otra torsión asimétrica, justo al contrario, para hacer girar mi cuerpo ciento ochenta grados y que el ala de tierra apuntara al sol. Fueron unos movimientos muy bien calculados porque cuando menos me lo esperaba me encontré con el conejo muy cerca y yo en vuelo estabilizado a dos metros de altura, no más. Levanté las alas para frenar, alargué las patas para cogerlo por el cuello, pero el conejo dio un salto y yo estuve a punto de estrellarme, de que me engullera la hierba, o mucho peor, de descalabrarme contra alguna roca escondida debajo del manto verde de los matorrales. Tuve que dar dos aletazos vigorosos, rocé la hierba con las patas y perseguí al conejo que corría desesperadamente, no sé si volando a pocos centímetros del suelo o dando zancadas, pero logré que mis garras se clavaran en su yugular y remontar el vuelo con el animal bien sujeto. Sentí el mismo dolor en el pecho que la primera vez y el peso del conejillo en las alas que tenía que batir con todas mis fuerzas para ganar altura y regresar a mi roca. Llegué exhausto a la cima, con mi corazón a 500 pulsaciones por minuto, o más, y el aterrizaje fue un golpe seco que amortiguó mi presa, ensangrentada, que ya había dejado de moverse. No tardó mucho en llegar mi madre que se posó con gran maestría a mi lado. Me miró con los dos ojos, primero el de un costado y luego giró por completo la cabeza para hacerlo con el otro. Me fijé en sus grandes pupilas, el iris y el nacimiento del pico, amarillo, su pecho blanco con pintas, el dorso pardo oscuro con una mancha blanca, las plumas coberteras anaranjadas y sus poderosas garras. Miró el conejo que yacía bajo mis pies y se marchó. No volví a verla nunca más.

Apenas quedan conejos o liebres. Son más fáciles de cazar que las cornejas, las grajillas o las urracas. Fue una suerte que mi primera presa me permitiera llenar el estómago durante unos cuantos días porque, aunque lo intenté bastantes veces, no conseguí atrapar ninguna paloma bravía en vuelo durante ese tiempo. Y es lo único que me parecía que estaba a mi alcance ya que con los córvidos no me atrevía. Una gineta me sacó del apuro. Primero la vi correr entre los matorrales y después se quedó muy quieta, por lo que deduje que andaba detrás de alguna presa. La observé mientras se movía con mucha cautela, temerosa de hacer el menor ruido. Y de golpe dio un salto: se abalanzó contra un grupo de perdices que yo no había visto porque se confunden muy bien con el terreno. Apresó a una de ellas y las otras salieron volando hacia barlovento con aletazos fuertes cuyas ondas llegaron hasta mi observatorio. Me fijé en una de aquellas perdices y salté para realizar un largo planeo que me llevó hasta mi presa. Cuando la alcancé, agotada después de su corto y desesperado vuelo, ya se había posado otra vez en tierra. Fue una captura, que me pareció muy fácil, con la que pude abandonar mi dieta de conejo del que ya casi no quedaba nada. Mientras saboreaba la primera perdiz que atrapaban mis garras recordé que cuando mi hermano y yo éramos pollos, pero ya bastante grandes y aún estábamos en el nido, a veces mis padres salían juntos a cazar. Uno de ellos volaba a ras de tierra y el otro planeaba en las alturas, vigilante, atento a las piezas que levantaba el primero; solían ser perdices. Ellos se ponían de acuerdo, cosa que yo no podía hacer con las ginetas, pero el resultado era el mismo. Desde entonces trato de observar lo que hacen estos depredadores y he descubierto que no siempre se esfuerzan demasiado porque muchas veces encuentran conejos enfermos en las oquedades de los troncos.

Imagino que mi madre se quedó con mi hermano hasta que aprendió a volar y a cazar por su cuenta. No lo sé porque nunca regresé al nido, alguna fuerza me apartaba de aquel lugar y hacía que fuese en busca de otros espacios, para dejarles a ellos libre el terreno y la caza. Los últimos días de septiembre no eran una mala época para un joven aguilucho como yo en los desfiladeros y gargantas del Guadalope, porque por estos sotos, en esa estación, desfilan aves migratorias que vienen del norte de Europa a pasar el invierno en lugares más cálidos. Vuelan hacia la cabecera del río. Hay gran abundancia de currucas, zorzales, mosquiteros y petirrojos, pequeñas piezas con las que un inexperto cazador tiene bastante dificultades para saciar el apetito, pero el bullicio hacía que salieran de sus escondrijos otros animales.

Esta temporada, con mi regreso al lugar donde nací, pude comprobarlo. En octubre, cuando llegamos, ella y yo, los riachuelos y sus valles rebosaban la misma vida y alegría que ya había contemplado entonces, casi recién nacido. En aquella época, a veces, yo me apartaba del río para explorar los alrededores y sobrevolaba los bosques de las cimas y laderas de las montañas. En las zonas altas crecían pinos de troncos asalmonados, copas cónicas, largas y gruesas, en las laderas los troncos de los pinos se tornaban plateados y sus copas eran más redondas. A través de las masas de coníferas no veía la tierra ni siquiera a los pájaros que volaban a baja altura en el sotobosque. Por eso, siempre regresaba a los roquedos desde donde podía contemplar lo que ocurría en los valles y las riberas del Guadalope y sus afluentes.

Recuerdo que un día, cuando el otoño ya coloreaba las hojas de los caducifolios que crecen en los cercados o en lugares poco accesibles y en las riberas del río y sus afluentes, y los teñía de rojo y amarillo, tuve una gran sorpresa. Otra águila perdicera, como yo, más bien un aguilucho, como yo, se mecía en el aire, un poco más arriba de mi observatorio. Agitaba las alas con escasa maestría, por eso descubrí que era un jovenzuelo y dio una pasada cerca de la plataforma desde donde yo trataba de escudriñar qué ocurría en los sotos. La reconocí enseguida: era mi hermano. Extendió sus torpes alas y se vino a mi roca, las levantó y se desplomó cerca del lugar en el que me encontraba. Él también me había reconocido, algo no muy difícil porque somos aves realmente escasas en estas tierras y creo que en todas. Nos conocen como hieraaetus fasciatus, águilas-azor, águilas de Bonelli o perdiceras y nos cuentan por parejas sin que en algunas regiones lleguemos a sumar una docena. En el aterrizaje mi hermano estuvo a punto de hacer que la especie menguara en otra unidad porque se salvó de milagro. Estábamos acostumbrados a vivir juntos y allí nos quedamos, en la repisa que yo había tomado, desde donde se podía contemplar una amplia extensión de terreno y espacio aéreo en el que se movían los candidatos a perecer en nuestras garras. Pasamos juntos dos o tres días y pude comprobar que mi hermano aún tenía que ejercitarse mucho en la práctica del vuelo y más en la de la caza. Estar juntos nos animó a librarnos de algunos buitres leonados que anidaban cerca. Esos animales son pestilentes, tienen unos piojos gigantescos y su compañía siempre es molesta. Al menos es lo que aprendimos de nuestros padres. Son demasiado grandes y poco sabrosos, así que lo que hicimos fue darles unas cuantas pasadas hasta que comprendieron que era una señal para que se trasladaran a otra parte. Y se marcharon.

Mi hermano tuvo mala suerte. Una tarde vimos un halcón que buscaba palomas bravías, como nosotros, y volaba en círculos a gran altura. No nos hizo mucho caso, pero al reconocer sus alas afiladas, largas y puntiagudas, enseguida supimos que se trataba de un ave rapaz muy peligrosa. Siempre vuelan en solitario, excepto durante la época del cortejo que es cuando cazan con su pareja. De eso me enteraría aquel invierno. La hembra vuela a baja altura y el macho está arriba. La hembra golpea la presa y el macho desciende muy rápido para atraparla en el aire, antes de que caiga al suelo. Después vuelan uno al lado del otro y el macho le pasa la pieza a su pareja. Entonces no conocía esas costumbres de los halcones ni que tenían unos ojos grandísimos, enmarcados en un círculo amarillo, que les permiten ver detalles que a otras rapaces nos pasan desapercibidos. El primer día el halcón nos ignoró, pero el segundo estaba irritado y pasó cerca de nuestro roquedo con intención de intimidarnos. Debió ascender muy alto y allí permaneció invisible. Empezaba a oscurecer cuando mi hermano vio unas palomas, en un claro del soto, picoteando granos entre las hierbas. Se lanzó a por una de ellas y yo permanecí en la roca, para ver cómo cazaba, dispuesto a ayudarlo si hacía falta. Había descendido la mitad de la altura, mientras describía un semicírculo y se aproximaba a las palomas que continuaban ajenas al peligro, ya a barlovento, cuando vi pasar el halcón a gran velocidad con una trayectoria oblicua y las alas poco extendidas, recogidas hacia atrás. Enseguida comprendí que iba directo contra mi hermano y que lo interceptaría en cuestión de segundos porque volaba muchísimo más rápido que él. Así fue, lo vi caer en sus garras y cómo se lo llevaba. Aquel no era un buen sitio para seguir cazando y salté del roquedo para alejarme tanto como pudiese antes de que se hiciera de noche.

Desde entonces no había regresado a estos parajes. Los abandoné presa del miedo y la ansiedad y creo que durante varios días volé hacia el sol del mediodía y en contra de ese sol, hacia el del amanecer y en sentido contrario, por lo que mis viajes fueron erráticos. Al cabo de algún tiempo me tranquilicé y aprendí a buscar los sitios más convenientes para encontrar qué comer todos los días. A lo largo de estos años he conocido muchos lugares y he descubierto la forma de evitar los peligros que nos acechan. Una vez golpeé uno de esos cables que tienden los hombres para conducir la electricidad y caí hasta el suelo inconsciente. No sé cuánto tiempo permanecí entre la maleza, pero tuve suerte porque no me encontró ningún zorro, gineta o gato montés, ninguna rapaz se ocupó de mí, ni los carroñeros me dieron por muerto. Herido en un ala, me refugié como pude entre las ramas de un roble y allí estuve hasta que conseguí recuperar la capacidad para volar con cierta destreza. Siempre procuré huir de los hombres, de los caseríos, de los poblados, de los puentes, las carreteras y las líneas de ferrocarril. Suele haber más liebres y conejos en las zonas de matorral bajo, no muy lejos de lugares que cultiven los hombres y si hay cerca charcas, riachuelos o agua embalsada, mejor. Procuraba buscar paredes cortadas donde refugiarme y desde las que se pudiera acceder a sitios de esas características. Por las noches permanecía en los roquedos y al amanecer salía a cazar, siempre que podía, conejos o liebres y cuando escaseaban no tenía más remedio que buscar palomas, perdices y córvidos. Pronto descubrí que no era tan difícil abatir una corneja o un mirlo en vuelo y cuando derribé unos cuantos me atreví con las palomas bravías, las perdices y hasta con algún que otro cuervo. Me entrené para golpearlos con fuerza con las garras, dejarlos caer y recogerlos todavía en el aire, sin que llegaran a tocar el suelo. Si el tiempo era bueno, ensayaba una y mil veces aquellos ejercicios. Cuando la caza era abundante no podía comer todas mis presas y picoteaba las partes que más me gustaban, dejaba el resto para que lo disfrutaran los carroñeros. Si se formaba un grupo con muchos, volando en círculo sobre mi abandonada víctima, disfrutaba dejándome caer sobre ellos desde una gran altura para dar una pasada, por el centro de aquella congregación de oportunistas entre los que mi repentina presencia hacía que cundiera el pánico. Aprendí que nunca estaba solo, siempre me acompañaban otros cazadores, águilas, cernícalos, halcones, milanos, ratoneros, gavilanes y una cohorte de necrófagos: toda clase de buitres, alimoches, cuervos y quebrantahuesos. Con las rapaces es necesario guardar las distancias para no entorpecerse en la caza. Los halcones me daban pánico y siempre procuraba apartarme de ellos. Nunca me abandonó la imagen de mi hermano en las garras de una de aquellas rapaces de patas amarillas y uñas negras, curvas y afiladas. A veces coincidía con águilas perdiceras, como yo, incluso pude compartir dormideros con ellas, pero escaseamos y me costó mucho encontrar pareja.

Durante esos largos años, en que fui un incansable viajero, aprendí las técnicas del vuelo, para lo que hay que desentrañar los secretos del espacio transparente y ejercitar el uso del cuerpo.

El aire es un material muy extraño. Hay sitios en los que se calienta y asciende. Entonces puedo seguirlo hacia arriba para ganar altura, si soy capaz de no salirme de la estrecha chimenea por el que fluye en busca de una pequeña nube. Tengo que abrir bien las alas y, con giros muy cerrados, no perder el chorro caliente. En el carrusel se montan carroñeros y cuando subo he aprendido a no mirarlos, a olvidarme de ellos. Es necesario adelantar los brazos para que aumente el ángulo con que mis alas reciben el viento y así se vuela más despacio. Las plumas de la cola, abiertas y un poco hacia abajo. Es un ejercicio difícil, hay que dar vueltas y revueltas y no cejar en ese aburrido empeño que provoca cansancio. Los buitres leonados son maestros en el arte de remontar térmicas y lo hacen mejor que yo. Suben hasta agotar el potencial del chorro caliente y cuando lo abandonan inician un planeo muy tendido. No han perdido mucha altura y ya saben dónde hay otra corriente ascendente. Se dirigen hacia ella para remontar otra vez y así pueden pasarse el día entero. Para dominar las técnicas del uso de estos flujos de aire hay que fijarse en lo que hacen los buitres leonados.

En muchas ocasiones no hay térmicas, o están en lugares que no me interesan. Pero el viento llena el espacio de misterios y oportunidades. Tengo que saber siempre de dónde sopla y entender que trepa por las laderas de las montañas lo que origina una corriente ascendente, a veces tan útil como una térmica. Cuando vuelo a gran altura, en viajes largos, a veces he utilizado estas corrientes para sobrevolar las cadenas montañosas.

En los barrancos, cañones y torrenteras, el viento se enfila. No siempre es posible volar a barlovento, en el interior de estos canales, y a sotavento la velocidad de vuelo puede ser excesiva. Si caigo de gran altura y cojo velocidad en mi planeo, al entrar a barlovento en un barranco, puedo aprovechar el impulso de la corriente para ascender de forma brusca y hasta quedarme sin arrancada, suspendido en el aire.

El viento siempre arrecia conforme ascendemos y ese gradiente de velocidad, si es lo suficientemente acusado, puede aprovecharse. Si planeo hacia sotavento gano velocidad rápidamente y entonces puedo describir un amplio círculo, también con las alas quietas, para colocarme a barlovento. En esa posición, al aumentar el chorro de aire sobre mis alas empiezo a ascender y como en la medida en que gano altura el viento arrecia, sigo ascendiendo. Incluso puedo llegar a quedarme suspendido en el aire. Cuando mi velocidad disminuye mucho me giro otra vez para iniciar un planeo hacia sotavento. Al final del planeo he recuperado la velocidad y si viro a barlovento puedo repetir la misma maniobra que hice antes. El efecto de estos planeos consecutivos, a sotavento primero y después a barlovento, en una corriente de aire en la que conforme aumenta la altura el viento arrecia, es similar al de una térmica, en el sentido de que los utilizo para ganar altura sin batir las alas; pero si en vez de navegar en contra y a favor del viento, lo hago de forma que mi trayectoria lo reciba con un ángulo, entonces puedo desplazarme, siguiendo una quebrada, a un través del viento, también sin batir las alas.

Hay veces que el aire es espeso y frío, otras parece estar lleno de baches y oquedades; en ocasiones puedo distinguir las masas de aire caliente porque desvían la luz y tras ellas los objetos se ven borrosos. En las alturas, el aire es más fino y ligero, aunque esté frío, y vuelo más deprisa.

Pero no basta conocer los secretos del viento. Es necesario aprender a mover el cuerpo de forma correcta.

Batir las alas es un ejercicio agotador, inevitable cuando vuelo con una presa en las garras, o si quiero ir lejos, pero innecesario para mantenerse al acecho. Yo prefiero aguardar pacientemente en un roquedo a que se produzca una ocasión para cazar. Si no es posible, entonces la vigilancia hay que ejercerla desde el aire, eso sí, planeando. Los grandes maestros planeadores son esos buitres leonados, pero ellos tienen la ventaja de los carroñeros y es que sus presas no se mueven. Las mías corren o vuelan. Mientras que los buitres pueden tardar el tiempo que quieran en llegar a su objetivo, yo necesito hacerlo con rapidez y sin saber exactamente en dónde estará mi presa cuando llegue a sus proximidades. Tengo que ajustar en todo momento la velocidad de planeo y la longitud de la trayectoria para interceptar mi objetivo. Si estiro un poco las patas voy a incrementar la velocidad del descenso, bajaré con un ángulo más acusado, si las mantengo pegadas a las plumas mi planeo será más suave y perderé menos altura. También puedo encoger o estirar las alas, para ganar o disminuir la velocidad. El control de la velocidad durante el planeo es la clave el éxito. Al final, cuando esté cerca de mi presa estiraré las patas y trataré de apresarla con las garras. Si es otro pájaro en vuelo es posible que no pueda asirlo y tan solo le propine un fuerte golpe. En ese caso, si el impacto es fuerte caerá herido y procuraré agarrarlo otra vez antes de que toque el suelo. Si no le he hecho mucho daño y se libera es fácil que se escape, sobre todo si se trata de un córvido que procurará ganar altura y casi seguro que será más rápido ascendiendo que yo. Perseguir a los animales que corren en tierra es más fácil, aunque hay que dar aletazos fuertes volando a ras de suelo.

Mis plumas rémiges primarias, en las puntas de mis alas, insertadas en las manos, y la posición de las rectrices de la cola, junto con la inclinación del cuerpo, la torsión de los brazos, la posición del cuello, la flexión de las patas, el adelantamiento de las alas y su extensión, definen mi forma de volar. Al principio todo, en mi cuerpo, se movía de forma automática; a veces, el sistema de control se desordenaba y yo fracasaba en mis intentos por alcanzar la presa. Poco a poco aprendí a utilizar cada uno de aquellos mecanismos de que disponía para moverme con precisión en el aire. Hasta mi pequeño pulgar recubierto de plumas, el álula, sirve para algo. Cuando tengo que volar muy despacio no basta con adelantar los brazos, extender las plumas de las alas y la cola, abrir las primarias e inclinar el cuerpo ligeramente, sino que también debo de auxiliarme de ese dedo, aparentemente inútil, separándolo un poco del borde de ataque del ala; así consigo mantener el vuelo con la mínima velocidad posible. Con mucha práctica y paciencia fui descubriendo los secretos del vuelo, uno a uno.

Fueron años de aprendizaje en los que recorrí muchos lugares, pero que me han resultado útiles, sobre todo el pasado otoño cuando mi hembra y yo regresamos al Guadalope. Volar con ella, veloz, entre roquedos, remontando las cimas de los peñascos y después extender las alas para descender por las gargantas hasta la superficie del agua, y rozarla con las patas, antes de retomar el frenético aleteo, ascender, recoger las alas y hacer un tonel, levantar el cuerpo y detenerse en el aire con las alas a medio desplegar, hubieran sido ejercicios imposibles sin aquel entrenamiento. Ella es más grande, más oscura, tiene manchas pardas en el cuerpo, como todas las hembras, y una fuerza capaz de agotar mis energías. En mis vuelos nupciales tuve que demostrarle que sería capaz de alimentarla mientras empollaba y que después podría llevar al nido comida para todos. Si lo conseguí fue gracias al aprendizaje y la práctica que adquirí durante los años que pasé en solitario, vagando de un lugar a otro.

Con las primeras nieves en las cimas más altas empezamos a llevar ramas a una repisa elevada en la pared del acantilado para construir un nido. Ella las elegía con mucho cuidado: tenían que ser de pino resinero o de encina, pero los pinos resineros estaban muy lejos y las encinas no abundaban, así que empezamos a conformarnos con ramas de pino carrasco, de almendros y olivos. El nido me pareció muy grande, mucho más que el que fabricaron mis padres. A mí me gustaba rellenar los huecos con hojas de hiedra y tallos de romero y ella, que supervisaba el trabajo, aceptó mis sugerencias de buen grado. Cuando puso los huevos se quedó en el nido, sin moverse, hasta que nacieron los pollos que fueron dos. A partir de ese momento empecé a cazar para ella y después para los tres. Hasta entonces había escuchado su voz, geee-geee, las veces que hacíamos locuras volando juntos y yo le contestaba, heeeeeeeu-heeeeeeu. Eran unas voces que me resultaban familiares porque se las había oído a otras águilas como nosotros, pero cuando se quedó en el nido cambió el tono de sus llamadas y no podía confundirlas con las de ningún otro pájaro. En un espacio breve de tiempo emitía sonidos muy cortos que, al anochecer, me servían para orientar el vuelo hacia el nido.

Se acabó el invierno y las nieves se fundieron. Llegó la primavera. En los rebollares, cubiertos todavía de hojarasca recién caída, lucían violetas y primaveras y en los carrascales se extendían mantos de aliaga salpicados con peonías muy rojas. Los romeros se volvieron azules y hasta los insignificantes claveles de roca que crecen en los intersticios de los roquedos sacaron unas pequeñas florecillas de pétalos blancos y rosados. La explosión de luz y color contrastaba con el profundo cambio que se produjo en los interiores de mi organismo. Sentí otra vez el mismo miedo que me invadió cuando vi cómo aquel halcón peregrino se llevaba a mi hermano sujeto de las garras. Ella y yo lo habíamos visto pasar volando cerca del nido varias veces durante el invierno. Nos ignoró, pero era imposible que su extraordinaria vista no se hubiera percatado de nuestra existencia.

Mientras la nieve tapaba las cumbres y los días acortaban, mi jornada de caza se resolvía rápidamente. Tenía localizados varios nidos de palomas bravías, bastante lejos de nuestro refugio, me acercaba volando a gran altura y solía apostarme en una repisa elevada de un cortado. Desde allí observaba los movimientos de mis palomas, sin que ellas pudieran verme. Yo dejaba que salieran y se alejasen de sus nidos. Esperaba la llegada de los córvidos que se acercaban en busca de sus huevos. Abandonaba mi escondrijo y cogía uno de ellos al vuelo, casi siempre sujetándolo del ala con una de mis garras. Los demás escapaban. Mis presas se revolvían y graznaban desesperadamente por lo que, casi siempre, tenía que bajar a tierra para matarlas antes de llegar al nido. Cuando las palomas regresaban a los criaderos encontraban sus huevos intactos, como los dejaron. Si algún día no conseguía atrapar ningún cuervo, no tenía más remedio que cazar una paloma rezagada.

La rutina de la caza, el frío y la cortedad del día hicieron que me olvidase del halcón. Sin embargo, cuando llegó la primavera y nacieron los dos pollos mi trabajo como cazador aumentó porque tenía que llevar mucha comida al nido. Pasaba más tiempo en busca de alimento. Entonces, los inmensos ojos enmarcados en aquellas ojeras amarillas, el casco negro, el pico corvo, el pecho moteado en negro, el vientre barreado y las alas puntiagudas del halcón creía verlos casi todos los días en algún lugar del cielo. Una visión que siempre se borraba y se confundía con la bruma, pero que aceleraba el ritmo de mi corazón. Lo más curioso es que, en primavera, nunca lo vimos pasar cerca del nido. Era un fantasma que venía conmigo a cazar todos los días.

Un fantasma que no tardaría mucho tiempo en convertirse en realidad. Ahora los pollos están crecidos y el sol del verano calienta lo suficiente para que pasen muchos ratos estirando las alas, moviéndolas, haciendo los ejercicios que necesitan para aprender a volar solos. Ella ha vuelto a salir a cazar y yo no tengo tanto trabajo, ni siquiera paso todas las noches en el nido. Las fuerzas que nos unían a todos se debilitan, aunque no se han roto. Ya no hay palomas incubando huevos, pero este sitio, que fue mi atalaya principal a finales del invierno y durante el principio de la primavera, sigue siendo uno de mis favoritos. Aquí vengo muchos días y observo el valle y las lomas que se extienden en las faldas de estos roquedos. Apenas hay conejos, las perdices escasean, pero quedan voladores a los que les gusta remontar el río. No son siempre presas fáciles.

Cuando ella empezó a cazar otra vez la traje aquí para que conociera este lugar. Tardó muy poco tiempo en adquirir la destreza que tuvo siempre, lo que me parece increíble después de tantos meses durante los que ha permanecido en el nido, primero con los huevos y después con los pollos. Yo solía quedarme en esta roca y ella iba y venía o se refugiaba en otros observatorios hasta que conseguía atrapar una presa y volvía al nido. Antes sobrevolaba mi atalaya para que yo no me perdiese el magnífico espectáculo que exhibía entre las garras. Muy pocas veces era yo el primero en cobrar una pieza.

Yo estaba aquí ayer, el sol se encontraba casi en el cenit, cuando vi una grajilla no demasiado grande a unos 250 metros de distancia. Volaba batiendo las alas con rapidez, a poca altura y venía hacia mi roca, situada en un nivel mucho más alto. Calculé que en unos 20 segundos pasaría por delante de mí. El viento era flojo, pero ella volaba hacia barlovento y eso le suponía un esfuerzo que yo adivinaba por el ritmo de sus aletazos. Sin hacer más cábalas mis patas se movieron solas hacia delante y salté al vacío. Di dos aletazos suaves, muy amplios, con los brazos completamente extendidos para ganar aún más impulso que el que me había proporcionado el salto. Un aletazo cada dos segundos. Cuatro segundos después, con las alas completamente desplegadas, ligeramente hacia atrás, la cola recogida y las patas escamoteadas, junto al cuerpo, planeaba a sotavento ganando velocidad muy rápidamente en dirección hacia la grajilla pero pegado a la roca, mientras que ella venía muy separada de la pared, a mi izquierda. Nos cruzamos a más de cuarenta metros y no pudo verme ya que iba rápido y encogido, a mayor altura y muy cerca de los roquedos; tuvo que confundirme con las piedras y los matorrales del cortado. En cuanto pasó por mi lado yo alabeé mi cuerpo para virar a la izquierda, extendí las plumas primarias y la cola y separé el álula. Describí un semicírculo abierto, porque no quería perder velocidad, para tomar el mismo rumbo que llevaba la grajilla. Me situé detrás de ella, a barlovento. No me había visto y seguía con su aleteo, a buen ritmo, pero no muy deprisa. Yo estaba aún bastante más arriba que ella. Volví a dar un par de aletazos fuertes, recogí un poco las alas, las eché hacia atrás, reduje la superficie de la cola y pegué otra vez las patas al plumaje para proseguir con mi planeo, esta vez descendiendo más deprisa. Estimé que tardaría siete segundos en alcanzarla. Quería llegar con velocidad, un poco por encima de ella, para frenar, extender las patas en la maniobra final, caer desde arriba y apresarla con las garras. Faltarían dos o tres segundos para llegar a ese punto cuando comprendí que no estábamos solos la grajilla y yo en aquel lugar del espacio. Percibí una extraña vibración, como un silbido tenue y el aleteo fuerte y claro de otro pájaro. Mi corazón se desbocó a 600 o 700 pulsaciones por minuto porque comprendí que algo terrible me iba a ocurrir. Como estaba pendiente del vuelo de la grajilla apenas había prestado atención a lo que sucedía por encima de mi cabeza. Lo primero que descubrí fue un perfil delgado y estrecho que descendía a una velocidad dos o tres veces superior a la mía y se dirigía hacia mi cola. Mantenía el vuelo horizontal con dificultad, oscilando sobre su eje longitudinal y ya asomaban sus garras armadas con aquellas espantosas uñas negras. Creí adivinar que su pecho era blanco, la cabeza muy oscura y que, con sus inmensos ojos, tenía clavada la vista en mis alas desplegadas: era un halcón. De aquella figura veloz surgían el silbido y la vibración que me hacían sentir un pánico inefable. Pero había algo más: un fuerte aleteo que venía de mi derecha, también de más arriba. Era otro pájaro, quizá un poco más grande que el halcón. Batía las alas desesperadamente, como si estuviera huyendo de un enemigo muy veloz, pero en realidad no trataba de escapar porque su curso era ascendente y no pude ver que le siguiera nadie. Pasó sobre mi vertical haciendo mucho ruido, como una exhalación. Al ver su lomo jaspeado y la cadencia de sus aleteos supe enseguida que era mi hembra. Habíamos venido juntos y ella estaría cazando por los alrededores. Yo sabía que me quedaba un segundo, o quizá menos, antes de recibir el terrible impacto de las garras de aquel halcón que se había precipitado desde una gran altura sobre mí. De forma instintiva, sin pensarlo, hice una maniobra desesperada: abrí las alas, me eché hacia atrás y extendí cuanto pude las patas. Sobre mi cabeza escuché un golpe sordo y luego algunos chillidos. La maniobra hizo que me quedara casi suspendido en el aire y después eché el cuello y la cabeza hacia la derecha y plegué las alas un instante, como si pretendiera zambullirme en el río, cuando me vi cayendo hacia las transparentes aguas di dos aletazos tan fuertes como pude para escapar en un vuelo descendente. El halcón pasó a pocos metros, a mi izquierda, y siguió planeando con las garras abiertas, por delante. Había fallado el golpe. En ese momento no entendí por qué. El halcón cambió de planes con rapidez: se fue directo hacia la grajilla, de la que yo me había olvidado, y la atrapó con mucha facilidad con la garra de la pata derecha. Yo estaba entonces casi a ras del suelo y pude ver a mi hembra cómo efectuaba un viraje muy cerrado, a la izquierda, para cambiar de rumbo. Enseguida supe por qué el halcón había errado su encuentro conmigo: unas plumas, que aún flotaban en el aire, testificaban el terrible encontronazo que mi hembra y el halcón protagonizaron unos cuantos metros por encima de mi cabeza. Las plumas apenas se habían movido del sitio en tan poco tiempo. Mi hembra, que no debía de estar muy lejos, debió percatarse de la maniobra del halcón y le salió al paso para evitar que me matara. Los dos chocaron violentamente en el aire y el impacto hizo que la trayectoria de mi enemigo sufriera una alteración que ya no pudo corregir a última hora, lo que me permitiría salvar la vida. Tras el choque, mi finta, el apresamiento y el giro que hizo mi hembra, los tres volábamos río arriba batiendo las alas con mucha fuerza: yo tan cerca del agua que podía ver hasta las truchas, el halcón con la grajilla que no paraba de graznar y revolverse en el aire, bien sujeta por una de sus garras, y mi hembra, que era la que más deprisa se movía, en la posición más elevada. Así seguimos unos segundos y yo fui ganando altura hasta ponerme a su lado. Ella redujo la velocidad porque nos estábamos acercando mucho al halcón que seguía volando delante y parecía haberse olvidado de nosotros. La grajilla no era muy grande, pesaría cerca de 200 gramos y con esa carga, aunque el halcón es un gran volador, no podría ir muy lejos. Ella siguió al halcón con tenacidad, pero sin prisas y yo volé a su lado tratando de apaciguar el ritmo de mi desbocado corazón. Nosotros disminuimos mucho la frecuencia del aleteo, al poco tiempo nuestro vuelo era muy cómodo, pero el halcón continuaba braceando con fuerza y con un ritmo que quizá doblara al nuestro. Conocía a mi hembra muy bien y sabía que se estaba preparando para atacar al halcón: aguardaba a que se agotase, antes de agredirle. Nuestro enemigo dejó de batir las alas y empezó a planear perdiendo altura. Eso quería decir que había decidido tomar tierra en algún desplumadero. No había mucho tiempo que perder, el planeo de nuestro enemigo también serviría para que el rapaz recobrara el aliento y las fuerzas. Mi hembra emitió unas señales que yo conocía bien, ganó altura y se lanzó en picado sobre el halcón. Yo volaba detrás, pegado a su cola, siguiendo con precisión los movimientos que hacía. Mi corazón ya no latía con la fuerza del miedo. Primero llegó ella con las garras abiertas y las cerró con fuerza alrededor del cuello alargado del halcón y las mías lo asieron por el ala derecha. Caímos los cuatro en una especie de revoltillo del que se desprendieron plumas de varios colores. La grajilla se separó porque el halcón la liberó para utilizar sus defensas contra nosotros. Mi hembra no le dio ninguna oportunidad, sus garras le destrozaron el cuello y el halcón murió desangrado en poco tiempo sin que llegáramos a soltarlo. Cuando estuve seguro de que el enemigo ya no ofrecía ningún peligro me separé de ellos y mi hembra lo llevó a un descampado en la ribera donde lo desplumamos; comimos hasta saciar el hambre y después nos llevamos varios pedazos de carne para los pollos.

Esta mañana he regresado al mismo lugar de ayer, pero sin ninguna angustia ni miedo, con el corazón tranquilo. Aún quedan muchos halcones, búhos y águilas reales que pueden acabar con mi vida cualquier día de estos, o quizá sea yo quien termine con ellos. Los pollos ya han empezado a volar, mi hembra los cuidará algunos días más, no muchos. Yo no volveré al nido, allí no tengo nada que hacer, y ella se reunirá otra vez conmigo cuando los pollos se marchen.

Nos quedaremos aquí.

 

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