Los principios de los Wright: buenos contra malos

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Orville (izquierda) y Wilbur Wright

Wilbur y Orville, después de inventar la máquina de volar, consideraron que tenían derecho a ser reconocidos universalmente como los genuinos autores de la invención y a disfrutar en exclusiva de los derechos asociados a la propiedad intelectual de la misma. Todas las personas que trataron a los Wright los tuvieron en gran estima: serios y trabajadores, cumplían los compromisos que adquirían y eran incapaces de mentir ni engañar a nadie. La firmeza con que defendieron sus derechos frente a terceros se inspiraba en el código moral y los sólidos principios en que fueron educados. Sin embargo, su falta de flexibilidad durante el largo proceso que siguieron para comercializar su invento y el modo en que quisieron protegerlo no favoreció sus intereses ni tampoco los de la industria aeronáutica estadounidense de principios del siglo XX. Los Wright fueron hombres de principios sólidos e inmutables y no supieron adaptarlos a las circunstancias de un mundo nuevo. Inventores de la moderna máquina de volar, fueron víctimas de unos principios cuyos fundamentos enraizaban con las ideas de sus ancestros.

Dan Wright, el abuelo de los Wright por parte paterna, fue un hombre profundamente religioso hasta el punto de no abrazar ninguna religión por parecerle que las que pudo conocer no defendían sus creencias con suficiente firmeza. La religiosidad del estricto Dan se fundamentaba en la abolición de tres vicios muy arraigados en algunos sectores de la sociedad norteamericana de su época: el alcohol, la esclavitud y la pertenencia a organizaciones secretas. Dan era un granjero que cultivaba con sus manos una gran extensión de tierra, llevaba una vida austera y siempre prefirió vender su maíz a un precio más bajo con la condición de que no se empleara para destilar alcohol. Para Dan, todos los hombres eran iguales y no se podía favorecer a nadie por el color de su piel o la pertenencia a una determinada organización. Algunas sectas, como las masónicas, utilizaban todos los recursos disponibles a su alcance para favorecer a sus afiliados y aquella conducta a Dan le parecería siempre tan reprobable como la esclavitud.

El segundo hijo de Dan Wright, Milton, nació el 17 de noviembre de 1828 y alcanzaría la fama por ser el padre de Wilbur y Orville Wright, los inventores de la máquina de volar más pesada que el aire. Milton heredó de Dan algunas formas de entender el mundo que después transmitiría a sus hijos, aunque no todas les serían de gran utilidad. Los tres principios fundamentales que alimentaron la existencia de Dan pasarían intactos al alma de Milton que siempre rechazó el alcohol, la esclavitud y la pertenencia a organizaciones secretas. La defensa a ultranza del último de estos tres principios condicionaría su existencia y la de sus hijos más pequeños.

Milton Wright aprendió a leer cuando tenía doce años y practicó la oratoria desde muy joven, en el campo, mientras trabajaba. Cuando cumplió los quince años sintió la vocación religiosa con una fuerza irresistible, pero aún tardaría cinco más en recibir el bautismo de manos del reverendo Joseph Ball. Milton abrazó la fe de la Iglesia de los Hermanos Unidos en Cristo para iniciarse como predicador cuando apenas tenía veinte años. Con veinticinco años, en 1853, ya era uno de los miembros de la junta que dirigía los destinos de la congregación religiosa para la que oficiaba de predicador.

Milton conoció a la que sería su esposa, Susan Koerner, en la universidad de Hartsville. Los Koerner habían emigrado a Estados Unidos desde Alemania, en 1818, vivían en una granja de 170 acres y en 1845 abandonaron el presbiterianismo para abrazar la fe de la Iglesia de los Hermanos Unidos en Cristo. Susan Koerner acudió a estudiar matemáticas y literatura, a la universidad de Harstville que pertenecía a la Iglesia de los Hermanos Unidos en Cristo y en la que Milton Wright daba clases. Los dos jóvenes se enamoraron y después de un noviazgo de seis años, Milton y Susan contrajeron matrimonio.

La vida de los Wright se vería condicionada por los traslados del predicador para atender a sus obligaciones ministeriales y sus largas ausencias cuando tenía que dar sermones en distintas ciudades de acuerdo con un calendario programado. Milton era un hombre metódico, ordenado, que solía apuntar en un cuaderno todo lo que ocurría a su alrededor; llevaba con disciplina su profesión y, a pesar de los inconvenientes familiares debidos a los muchos cambios de residencia el prelado conseguiría hace que la situación fuera soportable para todos. Los problemas laborales empezaron para el obispo Milton Wright el día en el que se opuso a que se modificaran los estatutos de la Iglesia.

En el año 1850, en Estados Unidos la masonería contaba con unos cinco mil afiliados y en 1865 la cifra creció hasta pasar los doscientos mil. El aglutinamiento de la población en torno a las grandes ciudades y la ausencia de raíces familiares harían que muchos individuos buscaran en las organizaciones secretas protección y ayuda. Hombres de negocios, profesionales independientes y artistas, en busca de referentes, relaciones sociales y apoyo, encontrarían en las logias masónicas un espacio idóneo para sentirse integrados en una sociedad emergente. Muchos miembros de la Iglesia de los Hermanos Unidos en Cristo solicitarían un cambio en los estatutos para poder militar en la masonería sin tener que renunciar a su fe. Milton Wright encabezaría una recalcitrante oposición a cualquier cambio, dentro del seno de la Iglesia, de aquél principio fundamental de la fe de su padre Dan- que también era la suya- y que formaba parte de la esencia de su alma religiosa.

El primer debate serio sobre la conveniencia de permitir a los creyentes la pertenencia a sociedades secretas ocurrió durante la conferencia de la Iglesia del año 1869. Milton y sus radicales ganaron el debate, pero su victoria iba en contra de la tendencia dominante en la sociedad norteamericana. Aquél año daría comienzo la gran batalla de la vida del obispo Milton que culminaría veinte años más tarde, en 1889, cuando se separó de la Iglesia creando otra nueva: la Iglesia de los Hermanos Unidos en Cristo (Antigua Constitución). Milton mantuvo siempre que las verdades no podían someterse a votación. Su lucha partió de un principio muy liberal que defendía a ultranza, la igualdad de todas las personas; la pertenencia de un individuo a un determinado grupo para gozar del distintivo que le permitiera reclamar acciones del grupo a su favor, le parecía inmoral. Sin embargo, la testarudez con que Milton elevaba un asunto a la categoría de verdad absoluta contrastaría siempre con la liberalidad del principio que trataba de defender. Así es como Milton se convertiría en un liberal muy conservador.

Los tres hijos más pequeños de los Wright, Wilbur, Orville y Katharine vivieron muy de cerca la descomunal batalla del viejo obispo contra su Iglesia y se solidarizaron plenamente con todos sus principios; incluso el propio Wilbur lo ayudó de forma directa en algunas de sus disputas.

Wilbur y Orville aprendieron que existía una línea, perfectamente delimitada, que separaba el bien del mal, lo justo de lo injusto, los buenos de los malos y que la defensa de aquella frontera era una misión encomendada a los hombres buenos. Quizá para los inventores del moderno aeroplano lo que era justo y bueno ya no coincidía exactamente con lo que fue para su abuelo Dan, pero la frontera seguía existiendo y la lucha entre los dos mundos no había terminado. Así es como los Wright, ante la incredulidad de su amigo el ingeniero de Chicago Octave Chanute, emprendieron una batalla desigual contra todos para defender lo que ellos consideraban que eran sus legítimos derechos.

http://www.elsecretodelospajaros.com

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