Anthony Fokker: el falso teniente que hizo que las hélices disparasen las ametralladoras.

Anthony_Fokker

Anthony Fokker, izquierda, disfrazado de teniente con el capitán Geertz (1915).

A principios de 1915 Anthony Fokker recibió una llamada del mando de la Fuerza Aérea alemana para que se presentara en Berlín donde se le invitaba a inspeccionar los sistemas de un avión aliado derribado por la artillería. Fokker era el propietario de una pequeña fábrica de aviones ubicada en la ciudad de Schwerin- en el norte de Alemania- que tenía contratos con el Gobierno. A sus veinticinco años, el joven industrial, ingeniero y piloto, ya había acreditado una excelente reputación como diseñador y fabricante de aeronaves.

El motivo por el que el alto mando alemán quería que Fokker inspeccionara con urgencia los restos de la aeronave aliada estaba relacionado con la ametralladora y la hélice del aparato. El 18 de abril de 1915, el héroe francés Roland Garros inventor de un dispositivo que permitía disparar la ametralladora a través de las palas de la hélice, fue alcanzado por la artillería y tuvo que aterrizar con urgencia en territorio alemán. En tierra fue hecho prisionero antes de que pudiera incendiar su aeronave, como mandaba el reglamento.

Hasta que el piloto francés no inventó aquél sistema los aviones con hélices tractoras, en el morro, solamente podían disparar su ametralladora apuntando hacia atrás y los que llevaban una hélice de empuje, hacia adelante. Cuando a Garros se le ocurrió proteger las palas de la hélice con unos deflectores de acero para evitar que las rompieran las balas de la ametralladora, los pilotos franceses empezaron a disparar a través de las hélices, lo que aumentó de forma significativa el número de aeroplanos alemanes derribados.

Aunque su nacionalidad era holandesa, Fokker tenía muy buenas relaciones con los oficiales más influyentes de la Fuerza Aérea alemana que lo respetaban por sus excepcionales cualidades como ingeniero y como piloto. Además, Anthony tenía una personalidad arrolladora y un carácter extrovertido y entusiasta. Anthony Herman Gerard Fokker había nacido en Blitar, una pequeña población cerca de Keridi, en la isla de Java, Indonesia, el 6 de abril de 1890. Su padre Herman y su madre Anna Diemont eran emigrantes holandeses que poseían una plantación de café. Hasta que cumplió los seis años, Anthony, se educó en compañía de los indígenas, en un paraíso que marcaría para siempre su espíritu, libre y aventurero. El joven Anthony podía coger clavos con los dedos de los pies, trepar árboles como los monos y no sabía lo que era el calzado. Preocupados por la educación de sus hijos, los Fokker que ya habían ganado suficiente dinero, decidieron regresar a Holanda y se establecieron en una lujosa vivienda en Haarlem. Anthony nunca se acostumbró a la rigidez del horario escolar y fue un pésimo estudiante. En el ático de su casa disponía de un inmenso cuarto de juegos en el que coleccionaba trenes eléctricos, motores de vapor y construía artilugios diversos que era lo único que realmente le gustaba hacer. También sintió, desde un principio, una gran curiosidad por la aviación y siguió de cerca los hechos más relevantes de aquella industria emergente. Su padre se negó a costearle los gastos para obtener una licencia de piloto, pero aceptó que su hijo se trasladara a Alemania para estudiar en las escuelas de ingeniería, que ofrecían cursos más prácticos que en la universidad holandesa de Delft. Anthony fue a estudiar cursos de aviación a Bingen y luego Zalbach. Muy pronto construyó sus propios aeroplanos con los que consiguió volar y el 6 de mayo de 1911 obtuvo la licencia de piloto en el aero-club de Maguncia, en Alemania. Con ayuda financiera, primero de su padre y después de su tío Eduard, montó una pequeña fábrica de aeroplanos en Johannisthal, Berlín, que era el aeródromo en donde se ubicaron la mayor parte de los pilotos, constructores y entusiastas de la aviación en Alemania durante los años que precedieron a la primera guerra mundial. Anthony era un excelente piloto y también se acreditó como diseñador de aeroplanos. El primer contrato de la fábrica de Fokker con el Gobierno alemán fue anterior al inicio de la guerra de 1914. Parte del contrato incluía el entrenamiento de pilotos en Schwerin y Anthony trasladó su pequeña fábrica a aquella ciudad.

En Berlín, Anthony examinó con detalle el dispositivo ideado por Roland Garros para disparar a través de la hélice. Básicamente era un protector de acero que blindaba las palas y si algún proyectil lo golpeaba salía despedido en cualquier dirección; el sistema era muy rudimentario y peligroso para el piloto, pero no funcionaba del todo mal. Fokker no había visto en su vida una ametralladora y pidió que le prestaran una Parabellum para estudiar con detalle el mecanismo de disparo. Después de su inspección en Berlín regresó a Schwerin. La ametralladora que había pedido llegó un martes a las cinco de la tarde a su fábrica. Inmediatamente se le ocurrió la solución al problema: la hélice tendría que encargarse de disparar la ametralladora. En 48 horas de trabajo, día y noche, Anthony Fokker concibió la solución y construyó un prototipo que funcionaba perfectamente. La hélice giraba a 1200 vueltas por minuto y como tenía dos palas, por un punto fijo pasaba una pala 2400 veces cada minuto. La ametralladora solamente podía disparar 600 balas por minuto por lo que tuvo que hacer un ajuste, pero el sistema era relativamente sencillo: un botón que giraba con la hélice actuaba una leva que transmitía el movimiento al percutor de la ametralladora. De esta forma era la hélice la que efectuaba los disparos cuando quedaba un espacio libre entre las dos palas.

El jueves por la noche Anthony Fokker montó el mecanismo que acababa de inventar en un aeroplano que tenía en Schwerin y lo remolcó con su automóvil, un flamante Peugeot, hasta Berlín que estaba a unas 220 millas. El viernes por la mañana hizo una demostración delante de los oficiales de la Fuerza Aérea. Puso el motor del avión en marcha y en tierra, con la hélice girando, disparó dos ráfagas de diez proyectiles y después otra de cien. Ante la incredulidad de los militares despegó con su aeroplano y desde el aire les mostró que funcionaba sin ningún problema disparando sobre unos blancos en el suelo.

La reacción del alto mando fue insólita porque le pidieron que se desplazara al frente, que buscara un avión francés o inglés y que lo derribara para demostrar que el sistema funcionaba correctamente. Anthony Fokker era extranjero, tenía pasaporte holandés y si caía en manos de los aliados, con toda seguridad que lo fusilarían. Para evitar aquél problema le proporcionaron documentación falsa y un uniforme de teniente de la Fuerza Aérea alemana.

Anthony Fokker se trasladó al frente de batalla, cerca de Laon, al cuartel general de von Heeringen. Desde allí despegó varios días seguidos en busca de un avión aliado, pero no fue capaz de encontrar ninguno. Sin embargo, durante su corta estancia en el frente sí que tuvo la oportunidad de constatar el poder de destrucción de la artillería y las miserias que pasaban los soldados de infantería en las trincheras.

Como en aquél lugar no había prácticamente ninguna actividad aérea lo trasladaron a Douai. Durante los primeros cinco días, volando por la mañana y por la tarde, no pudo ver ni un solo aparato aliado. Al sexto día, los pilotos alemanes del aeródromo lo invitaron a una cena en la que celebraban el cumpleaños del jefe de la unidad. Alrededor de las siete de la tarde, en plena fiesta, cinco bombarderos Farman franceses empezaron a lanzar bombas sobre el campo de vuelo desde unos 600 metros de altura. Los pilotos abandonaron la mesa a toda prisa y al salir vieron como uno de los hangares estaba envuelto en llamas y un aeroplano había sido alcanzado por las bombas. Fokker corrió hasta su aparato y arrancó el motor, pero cuando estaba caliente y listo para despegar los Farman ya habían desaparecido.

Por fin, dos días más tarde, cuando volaba a unos 1800 metros de altura en una de sus misiones de reconocimiento divisó un Farman de observación con dos tripulantes a unos 600 o 900 metros por debajo de él. Era su oportunidad. Anthony Fokker describió así lo que ocurrió aquél día:

Conforme la distancia entre nosotros se estrechaba el avión crecía ante mis ojos. Mi imaginación podía visualizar mis disparos perforando los tanques de gasolina frente al motor. El tanque se incendiaría. Incluso si mis balas no mataban al piloto y al observador la aeronave caería en llamas. Yo tenía mi dedo en el gatillo…Yo no tenía ninguna animosidad contra los franceses. Estaba volando simplemente para demostrar que cierto mecanismo que había inventado funcionaba. En ese momento estaba a punto de abrir fuego, y los pilotos franceses me miraban con curiosidad, asombrados sin duda, de que yo estuviera volando detrás de ellos. En un instante todo habría acabado para ellos. De repente, decidí que aquél trabajo se podía ir al infierno…No tenía estómago para aquél negocio ni ningún deseo de matar franceses para los alemanes. ¡Dejemos que se maten ellos!

Fokker regresó a Douai para informar al comandante del campo que había decidido terminar sus vuelos en el frente. Después de una pequeña discusión, el comandante aceptó que a la mañana siguiente Anthony entrenara a un piloto alemán en el uso de la ametralladora. El piloto seleccionado fue Oswald Boelke que se convertiría muy pronto en uno de los grandes héroes de la aviación alemana durante la primera guerra mundial. Fokker le explicó a Boelke como funcionaba su mecanismo y ese mismo día abandonó el aeródromo para regresar a Berlín. Allí se enteró de que su pupilo, en su tercer vuelo, había derribado un aeroplano aliado.

Anthony Fokker recibió el encargo de fabricar los mecanismos de sincronización de las ametralladoras para equipar todos los aeroplanos del káiser. A partir de ese momento los aviones de caza alemanes empezaron a derribar un gran número de aparatos aliados, pero la ventaja duró pocos meses porque sus enemigos también capturaron un caza alemán y copiaron la idea del holandés.

El invento de Fokker abrió un capítulo nuevo en la historia de la aviación al facilitar el uso de las ametralladoras en el combate aéreo. Su idea de que se mataran ellos se llevaría a la práctica hasta un extremo que ni el propio Anthony Fokker jamás pudo imaginar.

 

de Francisco Escarti Publicado en Aviadores

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s